Domingo, 20 Septiembre 2020 12:43

Visiones de un artista en cuarentena. Tiempo interior

Escrito por Fernando Maldonado
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Fernando Maldonado, La exploradora, óleo sobre lienzo, 90 x 126 cm (Cortesía del autor)Fernando Maldonado, La exploradora, óleo sobre lienzo, 90 x 126 cm (Cortesía del autor)

Los efectos de la pandemia declarada a partir de la aparición del codi-19 se han sentido en numerosos aspectos de la vida humana y en las actividades de las personas que ejercen diversas profesiones. Quienes trabajan en el mundo del arte y la cultura tienen vivencias tal vez divergentes y en cierto sentido muy opuestas acerca del aislamiento y el encierro obligado. En lo que todos están de acuerdo es en la dificultad del subsistir prosaico cuando los medios de difusión y comercialización de sus producciones no llegan al público, de la forma y con la intensidad que tenían antes de esta crisis mundial.

En los años sesenta, una serie de televisión producida en los Estados Unidos, dejó huella en la mente de muchas personas en todos los lugares del planeta. Para Latinoamérica su título fue traducido como La Dimensión desconocida. El creador de la serie, Rod Serling, fue un auténtico visionario que supo conjugar la escritura de guiones para televisión con la complejidad reflexiva de la buena literatura. Cada capítulo de 25 minutos, más los consabidos cortes de comerciales, planteaba situaciones de la vida cotidiana en las cuales hombres o mujeres comunes se involucraban sin saberlo, en paradojas existenciales próximas a lo incomprensible, como en lo onírico, la poesía o la ciencia en sus fronteras más complejas. Ignoro si Serling leyó a Borges pero, a mi parecer, un cierto aire o atmósfera los hacía habitar un territorio equivalente. De niño fui impactado por La Dimensión desconocida a tal punto que con el paso de los años y formado como artista plástico, continué buscando atmósferas similares a esas. Cito la anécdota porque en los guiones de Serling y en los cuentos de Borges, los protagonistas suelen ser humanos aislados en situaciones extremas que en ocasiones acontecen sólo dentro de ellos mismos. Sus vidas se desarrollan en cuarentenas interminables porque no logran explicar lo que les sucede y caen en el aislamiento social.

En muchos casos lo que experimenta un artista en sus procesos creativos es algo equivalente. Cuando me preguntan por el impacto sicológico del aislamiento que impuso la pandemia del covid-19 en mi vida, debo confesar que no he sentido ninguno. He vivido en permanente aislamiento social desde que tengo memoria, desde la infancia y los primeros años en los cuales buscaba un instrumento que me permitiera materializar los recorridos interiores que llevaba a cabo en solitario. Lo encontré en las artes plásticas. Para muchas personas como yo, la soledad es un patrimonio invaluable que ha sido vilipendiado y desprestigiado por la raza humana. Si comprendiéramos su valor, una de las consecuencias inmediatas sería la drástica reducción del consumismo irracional del mundo contemporáneo. Ahora bien, estar en soledad no es igual que sentirse desolado. Esto último es lo que en realidad aterroriza y nos impulsa a llenar la existencia con actividades centradas en la compra de artefactos o situaciones placenteras pero efímeras. Quizá por esa razón las primeras reacciones a las cuarentenas cuando estas terminan, son las compras desaforadas y los viajes de placer. Estar a solas consigo mismo en silencio y sin tener que llenar el espacio vital con el ruido y la presencia de otros consumidores del mismo talante, es algo que en nuestros días alcanza la forma de una utopía. Sin embargo, en el trabajo artístico están incluidas profesiones muy diversas, disímiles en su relación con el entorno social y la vida íntima. También sucede que para muchos artistas la soledad es intolerable.

De otro lado, algunas formas de arte como la música y el teatro están supeditadas a un público presente o remoto pero necesario. Se diría que la pintura o las artes plásticas también y hay una parte de esta argumentación que no lo niega. Estoy de acuerdo con que toda forma de arte está destinada a ser observada, escuchada o experimentada por los espectadores. Aun así, pintar, dibujar o escribir son acciones que no tienen el condicionamiento emocional que impone el tiempo real del teatro, la música o la danza. Aunque puedo ver obras de teatro grabadas o conciertos de música en sistemas de reproducción, algo se pierde allí.

La pintura es el espacio-tiempo congelado y ahí radica su misterio. Un congelamiento que al mismo tiempo no lo es porque puede desencadenar en el observador espacios interiores de profunda conexión emocional. La pintura es un acto solitario que debería estar impregnado de sacralidad, está hecha para la contemplación sensible y esto implica que nunca vemos lo mismo en una obra a lo largo de los años, aún si la observamos todos los días, algo que saben bien los buenos coleccionistas de arte. Llevar a término una pintura no implica la presencia de espectador alguno. Ahí está la diferencia fundamental con respecto a otras formas de arte. En medio de la pandemia, se ha incrementado el silencio, se ha concentrado la reflexión y esto es muy positivo en el trabajo del pintor y de los artistas en general. Lo cual no quiere decir que pensemos que la pandemia es un asunto claro, como lo cuentan los medios de comunicación. Hay una enorme y justificada sospecha de acciones con intereses oscuros. Hasta es posible que nunca haya habido una razón verdadera para las cuarentenas. En todo caso para los artistas, con pandemia o sin ella, de lo que se trata es de quitarse el yugo de la productividad materialista, porque el arte asumido como rito interior o como silencio logra socavar la instrumentalización del ser humano contemporáneo.

En el capítulo de Dimensión desconocida que lleva por título Suficiente tiempo al fin, emitido por primera vez en 1959, un hombre de gruesos lentes, Henry Bemis, lector obsesivo, bibliófilo impenitente, trata de aislarse cada vez que puede para devorar las novelas y cuentos que tanto le fascinan. Lee en todo momento, al punto que su empleo de gris funcionario bancario y su propio matrimonio están en juego por esta obsesión. Un día de rutina se encierra a leer a la hora del almuerzo en la bóveda del banco, para evitar distracciones. Estando allí un ataque con una poderosa arma que aniquila sólo las formas de vida orgánica, lo deja como único sobreviviente en medio de la ciudad. Absorto y protegido por los muros y la gran puerta de seguridad, se entera del evento apocalíptico por un temblor sordo que lo hace salir. Vaga de un lado a otro y se da cuenta de su absoluta soledad. Al comienzo se deprime e incluso piensa en el suicidio, pero su periplo lo lleva al frente de la biblioteca municipal. Su alegría es inmensa. Miles de libros a su alcance y todo el tiempo del mundo para leer. Seguramente vivirá de la comida que se preservó en las tiendas y los supermercados. Es toda una ciudad a su disposición y lo más relevante, sin humanos que lo importunen. Tiene la inigualable libertad de dejar de ser un simple instrumento de la producción material de dinero y bienes de consumo. Salta de alegría en medio de libros apilados en la calle. En un giro del destino su deseo se ha hecho realidad. De repente, sus gruesos lentes de fondo de botella caen al piso y se hacen añicos. Queda sumido en la desesperación buscando, al borde del llanto, su preciado artefacto porque, sin esos lentes está casi ciego y ahora no podrá moverse pero, sobre todo, no podrá leer. Paradojas como las que ha planteado la pandemia actual.


Lo que en realidad preocupa a los artistas plásticos es algo como lo que torturó a Henry antes de la destrucción masiva de su mundo; la imposibilidad de dedicarse a lo que aman y a la vez, vivir de ello. Tenemos más tiempo, más de esa invaluable soledad, pero lo que hacemos tardará más en llegar al público y las posibilidades de acceder a un comprador se reducen.


En la historia de la civilización occidental se verifica el modo en que los artistas se las arreglaron para suplir sus necesidades básicas. Al comienzo la cercanía con los poderes de la Iglesia y el Estado eran la solución ideal. Los artistas trabajaban para los nobles, los altos prelados o las órdenes religiosas. Pasaron varios siglos para que la capa social de personas vinculadas al comercio y la industria formaran un nuevo tipo de patrocinador. La burguesía entró en acción y ya nunca más abandonaría el terreno del consumo de obras de arte. Casi como un subgénero dentro de ella se formaron los coleccionistas que son desde entonces, el gran objetivo de los artistas para obtener recursos económicos. Ellos y los Estados laicos, en asocio con el mundo corporativo y bancario, reemplazaron a la Iglesia y a la nobleza en el comercio de obras y el mecenazgo.


La pandemia ha forzado aún más las circunstancias; los eventos oficiales son necesarios, casi imprescindibles para ayudar a los profesionales de las artes plásticas. Un sólido mecenazgo estatal, aún si es transitorio atenuaría un poco el impacto de esta crisis. El problema es su insuficiente accionar en un medio con tantos artistas pero en un país en proceso de desarrollo. La tercera vía es quizá, más difícil pero deseable. Consiste en tener una actividad paralela y obtener recursos para subsistir en tanto que la producción artística continúa. Se requiere disciplina para no abandonar la tarea, pero es posible hacerlo con un beneficio adicional y es conservar la independencia frente a un medio que ejerce presión buscando satisfacer ciertos temas o enfoques del arte con los cuales puede no estar de acuerdo el artista.
Las artes visuales tienen la característica de generar un producto material que puede ser mostrado al público de forma simultánea. Los medios de difusión electrónica han potenciado esta posibilidad y hoy la mayoría de las galerías de arte, museos y centros culturales, están haciendo muestras virtuales como una alternativa a las tradicionales inauguraciones y recorridos “in situ” tan habituales al género. Las ventas de obras de arte vía internet funcionan hace varios años, pero con la pandemia son la herramienta más común en el medio artístico.
El cambio de hábitos y rutinas al cual hemos sido lanzados en todos los campos de la existencia, afectó la actividad de los artistas plásticos, en este caso, de una forma no del todo negativa si bien, nada reemplaza la experiencia directa de ver una pintura, un dibujo o una escultura . Hoy podemos decir, parafraseando a Rod Serling, que estamos entrando a una Dimensión desconocida.

* Pintor, dibujante, ilustrador y escultor colombiano.

 

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Información adicional

  • Autor:Fernando Maldonado
  • Edición:203
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº203, septiembre 2020
Visto 408 vecesModificado por última vez en Domingo, 20 Septiembre 2020 13:50

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