Domingo, 20 Septiembre 2020 12:56

Un bicho miserable… Un actor neurasténico

Escrito por César “Coco” Badillo P.
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Con esta situación del bicho miserable, al teatro se le cortó su sistema de creatividad y de sobrevivencia. La opción encontrada en cierto modo, para salir de la crisis, es lo digital, ¿pero se puede hablar de un teatro virtual? ¿Existe algo así? ¿Es vital la presencia de los cuerpos para que haya teatro? ¿Aparecerá otro arte o habilidad cultural? Este artículo indaga las secuelas que deja el parón del mundo, al Arte del Teatro y las evoluciones insólitas que puede traer esta situación.

¿Hasta cuándo nos tocará hacer teatro sin salas de teatro y sin espectadores? ¿Al deseo vital de seguir haciendo teatro, le enfrentaremos un “teatro digital”? ¿Existe el “teatro digital”? y si existe, ¿qué es exactamente?

Entiendo que el mundo digital tiene sus encantos. Ha transformado la vida de millones de seres. De seguro que hay andariegos de las redes que no necesitan viajar, por ejemplo, a conocer la selva, como creo que deben existir personas que no requieren a otra para hacer el amor. No obstante, en ambos casos, jamás conocerán el placer real de conocer la selva y de tener orgasmos en el contacto –contagio con otro cuerpo. De alguna manera está pasando así con el teatro. Hemos encontrado espectadores internáuticos que no irán a las salas o que nunca han ido y, sin embargo, tendrán una experiencia especial y distinta con el “teatro digital”. Pero no conocerán el placer real de interrelacionarse con el hecho vivo escénico, con las actrices, los actores, los espectadores y las salas de teatro.

Con este parón del mundo, nos estamos dando cuenta de que casi todas las maneras de proceder en lo social, en lo político, en lo artístico y en lo económico en nuestro mundo, se han hecho con una aureola de autosuficiencia y certezas que no son reales. Prácticamente ninguna sociedad ha podido abolir la desigualdad, ni crear un conglomerado efectivamente estable, con acceso a la educación, al arte, a la salud, la agricultura, la investigación científica, ni garantizar una prosperidad económica para su totalidad.

Para despertar de este indigesto letargo, producido por engullir tanto sistema, que se ha instalado en grandes sectores de la humanidad, hay que aprovechar esta detención de la vida “normal” y quitar las sombras que no dejan ver con extrañeza este mundo de anomalías normalizadas. Esto que está pasando, este miserable bicho, le ha dado un tremendo porrazo, no solo al capitalismo y su inhumanidad, que gracias al virus es más evidente, sino a toda la sociedad, a las ideas y también a nuestra sensibilidad. Pero me pregunto: ¿Este bicho espantoso, nos ayudará a despejar esas sombras? ¿Aprenderá el género humano a replantear las ideas, su vida, después de este golpazo? Es muy pronto para afirmarlo o negarlo. Aun no lo sabemos. Lo que está en riesgo no solo es nuestra convivencia teatral, sino la convivencia humana, nuestra presencia como especie en la Tierra. El desafío del presente nos exigirá, sin duda, replantearnos nuestra relación con la Tierra.

Pero voy a mi necesidad y supongo que a la de todos los actores y actrices que como yo, en este tiempo, nos sentimos en una cuerda floja: actuar frente al público, ¡actuar!, aquel placer real al que estoy acostumbrado hace 40 años –que cumplí este 2020–, y que paradójicamente tuve que celebrar grabando un solitario brindis de saludo a “Coco” desde mi celular, que no es de buena resolución.

Me he sentido extraño en estos meses, a estas altura del año ya hubiese hecho cerca de 60 o más funciones y no sé cuántas improvisaciones y personajes. Siento que por momentos pierdo mi identidad; soy Actor, Director, Teatrero, lo sigo siendo… pero desde el sofá de la casa, para los cuadros y libros… Siento ganas de ir al teatro, ver a mis camaradas actrices y actores, tener algún momento de convivencia… la perspectiva de estar dos años, o más, proscrito de este elixir de vida, me espanta y me acongoja, pero a la vez me seduce.
Y sigo preguntándome: a la abstinencia teatral, ¿le enfrentamos un “teatro digital”? ¿”Adaptamos” lo que sabemos hacer: actuar, improvisar, crear colectivamente, inventar personajes, a una realidad que no es real para el arte del teatro? ¿Y si esto se “normaliza”, seguiremos pensando en forzar las nuevas creaciones con los conceptos y pre saberes que teníamos antes de la pandemia? La malas noticias dicen que seremos los últimos en recuperar nuestros lugares, que quizá no vamos a tener las salas por hasta dos años y esto será fatal, muchos artistas y espacios no se recuperarán. Hay que tener en cuenta dos aspectos: ¿qué hacemos en estos años sin los teatros? Y el otro, ¿cómo vamos a asumir esa nueva realidad que se puede avecinar después de la pandemia?

Para cualquiera de los dos, hay quizás, que transformar y variar los conceptos que tenemos del arte teatral. O posiblemente, más que los conceptos, hay que abrir otros lenguajes. Finalmente la historia del teatro no se basa solo en las anécdotas, o en los textos teatrales, ni en los triunfos o las riñas de los artistas, sino que se construye a partir de las formas de expresión del arte teatral en cada momento, es decir, es la historia del lenguaje o los lenguajes creados para cada época. Historia que obviamente se rastrea en muchas cosas, como los textos, las anécdotas, el espectador, etcétera. Por eso es tan difícil hacer una historia del teatro, porque es un arte que se escribe en el aire y poco queda de él. Sobre todo del arte de la actuación que nunca ha sido igual en cada época del teatro. Siempre es y será una continua variación de sus lenguajes.

Hay una idea de Albert Einstein que sirve para aclararnos lo que vamos conversando: La definición de ‘estupidez’, es seguir haciendo las mismas cosas y esperar un resultado distinto. Y si a pesar de este sacudón del cierre de nuestras salas y de la suspensión indefinida de nuestra identidad de actores, seguimos con los mismos lenguajes y las mismas ideas del teatro, quizá caigamos en un letargo llenito de estupidez. En el caso de que esto dure dos años o más, tendríamos que hacer un arte, o mejor una experiencia, con lo digital, y es claro que los códigos y los lenguajes de esta herramienta internáutica son otros y los tendremos que aprender. Y quizá esto transforme o varíe el arte de nuestro teatro presencial, tanto como el digital, y en él incluyo el video. Es posible que aparezca otro arte, maestría o habilidad cultural interesante… aún no sabemos qué Frankenstein renazca. En el mapa mundial del arte teatral ya no hay maestros, gurús, ni Mesías, ni tampoco una lengua ecuménica. Nadie puede asegurar a nadie cómo hacer, sentenciar, percibir o poner los términos del teatro. Cada cual encuentra sus vías en el arte. Y no es importante preocuparnos por ponerle un nombre: “teatro digital u online, o cualquier otro, eso no es tan significativo, sabemos que no es teatro, está claro. Opino, que simplemente hay que vivir y explorar esta experiencia que nos está dando esta insólita situación sin la presencia corporal…

Por otro lado, la no convivencia de los cuerpos, no está ocurriendo solo ahora, está sucediendo hace tiempo, en el uso de las redes, en las horas que pasamos frente al celular o el computador, en la televisión, etcétera, y no nos debe abatir, ni el teatro se va a morir por ese motivo, la gran dificultad no son las redes, ni lo digital, sino la ferocidad neoliberal que nos puso a trabajar y trabajar y trabajar e inhibe toda posibilidad humana de encontrarnos cuerpo a cuerpo, de tener arte, educación, salud, agricultura, ciencia, libertad y una vida digna. Por eso reivindicar la presencia de los cuerpos, ya era primordial antes del bicho miserable. La quiebra de los vínculos sociales no es culpa del contagio y de esta situación que estamos viviendo.

¿Qué pasará con el público? ¿Aprenderá a disfrutar tanto de lo digital como de lo presencial? Tampoco lo sabemos. Pero un internauta de algún perdido pueblo del mundo, al que nos es difícil llegar con el teatro real, quizá por las redes disfrutará de otra manera: la digital.

Es posible que el hecho teatral tenga que viajar temporalmente en estas redes, por las superficies, por los vericuetos, por los espacios de lo liminal. El quehacer del teatro que dominamos no va a ser posible retomarlo pronto. Quizá venga un teatro de fronteras. Si recordamos, sus orígenes provienen de las chispas espontáneas de los músicos, de los cantantes, de los bailarines, los juglares, los recitadores y los poetas. Mucho después aparecieron lo que podríamos llamar actores profesionales. Es decir, el teatro surgió de lo que no era teatro. En este presente, pletórico de confusión e incertidumbre, hay que repensar sus conceptos. Quizás sus fronteras tan precisas están destinadas a borrarse, un nuevo teatro posiblemente va a ser un acontecimiento por los bordes… En esos bordes puede estar lo digital; sin embargo, no nos enredemos, ni perdamos el tiempo. Eso no es teatro, ni hay que intentar suplantarlo, tal vez hay que invitar a otra experiencia sensual y personificada, u otro modo de concebir la ficción.

Con todo esto que estamos hilvanando, no está en duda la importancia social de nuestro arte y su necesidad; creo que hoy es más necesario y primordial que nunca. Para mí lo es: como, duermo, sueño y c... canto teatro. Pero… ocurre que se quebrantó el ecosistema económico teatral que a muchos actores y actrices nos permitía sobrevivir del oficio. Algunos teatros, entre esos La Candelaria, mi grupo, que recibe del Estado un treinta y cinco por ciento del presupuesto anual, debe autogestionar el 65 por ciento restante a través de temporadas, venta de funciones, giras nacionales e internacionales, talleres, lo cual no es posible por el momento y no se sabe hasta cuándo podamos volver a hacer actividades de esta índole. Varias salas en Bogotá, Cali, Bucaramanga y Medellín, están colapsadas y algunas ya han cerrado. Ahora, esta crisis es económica, no creativa, no de ideas estéticas. En el grupo La Candelaria, y estoy seguro de que en muchos otros grupos, se continúa explorando el proyecto artístico de otras maneras, con las dificultades, debilidades y potencias del momento. De todas formas, se cortó un sistema económico de sobrevivencia, que permitía sobreaguar, sobrevivir del oficio, y esto conlleva que para darle salida a la crisis, nos hemos volcado a lo digital, bien por presión de los apoyos del Estado, por un auténtico interés creativo y experimental, y para encontrar otros modos de sobrevivencia con el oficio.


¿Y si la “nueva normalidad” llega, cómo puede seguir funcionando el teatro? Ante todo, ¿cómo seguir con un arte vinculado a una vida que estará seguramente inmerso en graves crisis sociales, individuales, económicas, políticas, anímicas, de qué manera vamos a crear teatro o un lenguaje propio para lo que viene? Sin hacer futurología, porque no es mi finalidad, pienso que el Teatro seguirá a como dé lugar. Su necesidad de expresarse seguirá estando, hablar de su muerte es echar hacia atrás, hacia una discusión casi pueril, sin dejar vías abiertas para los que vengan o para nosotros mismos, cuando retomemos. Por lo tanto, como lo dije atrás, lo que está sucediendo aterra, es verdad, pero también seduce, porque atrae, desafía y merece la pena ser contado de alguna forma.
Ante tanta desazón no nos queda sino fortalecer el barco de la creación con gozo, que, como dijo nuestro recordado y querido maestro Santiago García, “es el único lugar donde no se naufraga”, y más en estos momentos de indecisión, donde no podemos perder la fuerza para irradiar la entereza y el humor ante esta civilización empobrecida y avara. Seguiremos creando y digiriendo el mundo, y los desafíos del presente...

* Actor-creador del Teatro La Candelaria desde 1980.

 

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Información adicional

  • Autor:César “Coco” Badillo P.
  • Edición:203
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº203, septiembre 2020
Visto 317 vecesModificado por última vez en Domingo, 20 Septiembre 2020 13:51

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