Jueves, 15 Octubre 2020 08:23

Las enseñanzas de los tiempos

Escrito por Carlos Gutiérrez M.
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Las enseñanzas de los tiempos

Fue una efeméride sin eco entre los sectores alternativos colombianos en disputa por la presidencia de la república. El pasado 4 de septiembre, el triunfo electoral de Salvador Allende, denominado por algunos “la vía chilena al socialismo”, cumplió 50 años. Fue un triunfo que en su momento, de generalizada acción guerrillera, despertó en todo el continente una intensa polémica resumida en una tremenda disyuntiva: “Revolución o reforma”.


En su tiempo, aún con el fresco de la revolución cubana aireando por el continente, con el verdor que todavía conservaba la revolución china y el sostenido avance de la guerra del pueblo vietnamita contra el coloniaje de Estados Unidos, toda acción que se pretendiera transformadora del estado de cosas existente era armada o no era. Precisamente el triunfo de la Unidad Popular en Chile logró abrirle un interrogante a tal máxima.


El debate suscitado por el triunfo electoral se sintió por doquier. En Colombia no fue menor el asunto y desde ese momento la izquierda quedó más divida entre quienes estaban por la vía armada y quienes la rechazaban por improcedente, valorando el camino electoral como único conducto para acceder al gobierno y reformar el establecimiento. El golpe de Estado contra Allende, tres años después, tras una prolongada conspiración y el saboteo de la economía chilena por los Estados Unidos, reforzó los argumentos de los impulsores de la vía armada como única vía para acceder al gobierno y transformar el Estado.


El debate alcanzó a prolongarse por varios años, reforzado por el triunfo guerrillero en Nicaragua (1979) y el ascenso de la insurgencia en El Salvador (años 80). En Colombia, el eco de las acciones del M-19, que inspiraban un triunfo armado de corto plazo, reforzaba la opción armada; y el accionar paramilitar, con extensa matanza de liderazgos sociales, vino a desestimular la vía legal o no armada, y reforzar su contrario.


Tal dualidad, de alguna manera menguada por el proceso de paz iniciado en Colombia en los años 80 y su primer cierre al empezar la década de los 90, insufla la opción electoral como único camino para llegar al gobierno y desde ahí emprender reformas en favor de las mayorías. La opción tiene cada vez mayor aceptación entre la diversidad de organizaciones que integran el amplio espectro de la izquierda, giro en el diseño político aupado por la crisis de lo conocido como “socialismo real” y el auge mismo del neoliberalismo, todo lo que da la sensación del final de un período histórico y el comienzo de otro; una sensación que no logra cambiar ni el asesinato de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo, candidatos presidenciales, el primero por el desmovilizado M-19 y el segundo por la Unión Patriótica.


Es esa opción lo que precisamente gana aún más potencia en los años 2000 y hasta los días que corren, con el triunfo electoral alcanzado por la opción de izquierda ahora conocida como progresismo; triunfos en Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, que paradójicamente reafirman “la vía chilena al socialismo”, es decir, el acceso al gobierno a pesar de no alcanzar a transformarlo estructuralmente. La conspiración, que por parte de los Estados Unidos afecta a cada una de estas experiencias, más los golpes de Estado vividos en Honduras (2009) y Paraguay (2012) contra presidentes alineados en la corriente progresista, así como las ofensivas judiciales desatadas como estrategia para neutralizar las cabezas de estas experiencias, contradictoriamente, aunque abren interrogantes sobre la viabilidad de la vía legal, no llevan a desfallecer a sus defensores. Las elecciones se transforman en la única estrategia posible para gobernar. A la luz del debate ideológico y político de los años 70, se puede decir que el reformismo terminó por imponerse.


La razón profunda de esta aceptación ‘incondicional’ de la vía electoral es la ausencia de una opción de modelo social que arrincone al capitalismo, vacío histórico que también rompe la necesaria convicción para gobernar e igualmente avanzar hacia la transformación de la estructura económico-socio-político-cultural-militar heredada, lo que demandaría la prioridad del protagonismo social para dar paso a un poder de nuevo tipo.


Esta ausencia de carácter histórico –vacío– lleva a un callejón sin salida a la vía armada, cuyos reductos aún sobrevivientes buscan a toda costa una negociación política del conflicto armado con el establecimiento, para girar hacia la vía legal, es decir, hacia la participación electoral. El reformismo también venció por este conducto y creó la disposición a un acuerdo negociado que impulsa, a quienes todavía están en armas, a fortalecerse para hacer cada vez más necesario el diálogo entre partes, y no para asaltar el poder –como era su propósito original. La dualidad revolución vs. reforma ahora quedó reducida a reforma o reforma.


Es tal el peso de esta falsa dualidad, que organizaciones armadas como el Ejército Popular de Liberación (EPL), de minoritaria presencia en el país, se esfuerzan por crecer y hacerse visible, no para constituirse en amenaza real contra el establecimiento sino para que lo consideren como enemigo que merece ser llamado a la mesa de diálogo. El propósito de la reforma en su primera etapa, al tratarse de organizaciones armadas, es el reconocimiento: el segundo, lograr algunos ajustes de la estructura social y política existente. Así suene desolador, todo parece indicar que la revolución perdió el sendero en algún recoveco de la historia global y nacional.


Sorprenden los asaltos de la historia. Dos caminos que parecían bifurcados terminan siendo uno solo; un camino, el ahora impuesto como único, que en caso de triunfo no eclosiona lo heredado sino que lo refuerza por otra vía, pues el peso del aparato estatal termina por consumir todas las energías de los otrora revolucionarios, hasta transformarlos en bomberos de su propia causa. Y el otro camino, el armado, afanado por una negociación del conflicto que concrete algunas reformas del establecimiento y permita el accionar civil de sus integrantes.


Es aquello lo que llaman realismo político, que solo tiene una posibilidad de ser superado: alimentar toda la potencia que reside en las necesidades y los sueños de vida distinta que izan los sectores sociales siempre excluidos de la participación social y de algún acceso al poder. Una insurgencia social que lo cuestione todo, incluso el gobierno mismo que la potencie, desatando nuevas formas de ser, producir, redistribuir y vivir. Es el viejo sueño de la revolución que parecía liquidado pero que resurge como fantasma en estos tiempos de pandemia, como solución alternativa para superar los factores estructurales, asustando a la totalidad del poder: el real –financiero, económico, militar, empresarial, mediático…– y el formal –quienes administran el gobierno.


Es esta una posibilidad y un sueño necesario de retomar y para el que no importa la vía electoral, pues sus contradictorios y limitados resultados están a la vista. Desentrañar cómo poner a andar un proyecto de transformación radical, con una economía de base que le garantice recursos suficientes, autogestionarios, sin tener que recurrir a recibir ni administrar los del Estado, es el reto por desentrañar en su primera instancia. Administrarlos de manera ejemplar, es el segundo. Conseguir que la sociedad tome nuevas formas de convivencia puede ser el tercero, aunque también se cruza con el segundo, e incluso con el primero, poniendo en evidencia que, en procura de una transformación real, no existe secuencia mecánica, pues en verdad el ritmo y sus formas las impone la misma gente en su vivir diario, aunque se parta para ello de un referente histórico y una estrategia, que debe haberlos.


Al final, reformismo o revolución no quedan resueltas por la vía electoral ni por la armada, sino por quién propulse la más grande y decidida insurgencia social, lo que se puede derivar de un proyecto social, político, económico, cultural, científico, ecológico, autónomo, con protagonismo femenino y juvenil, incluyente de los pueblos indígenas y afrodescendientes, garantía de que el demos se haga poder, razón de ser de una democracia directa, participativa, refrendataria, base de un nuevo proyecto histórico y faro para superar la crisis sistémica que ahoga a la sociedad global.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Información adicional

  • Autor:Carlos Gutiérrez M.
  • Edición:Nº204
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº204, octubre 2020
Visto 74 vecesModificado por última vez en Jueves, 15 Octubre 2020 08:32

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