Martes, 10 Noviembre 2020 16:05

Chile. El día después

Escrito por José Bengoa
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Hernando Vergara, sin título, acrílico sobre lienzoHernando Vergara, sin título, acrílico sobre lienzo

Es el tercer plebiscito que votamos. En 1980 nos tocó ir a aprobar o rechazar la Constitución que había redactado la dictadura de Pinochet. No había registros electorales siquiera y el ambiente de terror era evidente. Ganó –en un fraude ampliamente denunciado– la Constitución de Jaime Guzmán y esa noche el dictador ebrio de entusiasmo en el frontis del Edificio Diego Portales (Ex Unctad) prometió televisores, bicicletas, automóviles y todo tipo de “baratijas”: el consumo irrestricto como la base de la integración y desarrollo social y cultural. Chile se transformó en un “mall”.


Ocho años después el dictador le preguntó al pueblo si seguía por ocho años más o no. Y ganó en un día primaveral el No. Pero no se fue. Quedó de comandante en jefe del Ejército por diez años más y luego como senador vitalicio. La Constitución se modificó cosméticamente varias veces. El triunfo del No inauguró un ciclo de gobiernos democráticos. Hubo crecimiento económico y sobre todo alto nivel de consumo; todo ello en el marco rígido de la Constitución ilegítima en su origen.


Desde los años 90, durante la llamada transición, fuimos observando las limitaciones del proceso. Se censuró a los críticos de autoflagelantes Ganaron los autocomplacientes. Ya bien entrado el nuevo milenio un grupo de personas firmamos un llamado a una “Nueva Constitución y la formación de una Asamblea Constituyente (AC)”. La idea quedó pero no prendió. En el segundo gobierno de Michelle Bachelet se dieron nuevos impulsos, hubo debates constitucionales múltiples y participaron miles de personas, pero tampoco prendió la idea por la resistencia en su propia coalición. El presidente Sebastián Piñera en su actual segundo mandato la desechó y todo lo que se había trabajado fue a dormir en un canasto de papeles.


En esos años se produjeron numerosos procesos difíciles de entender. Por una parte el acomodo del sistema político partidista y su creciente desprestigio. No es fácil interpretar el fenómeno, pero lo que no cabe duda es que las dirigencias (hombres, mujeres, jóvenes y viejos) de los partidos políticos que habían llevado al país a la democracia cayeron en el más profundo desprestigio. Acusados de corruptos, acomodados y ladrones, no se salvó casi ninguno.

 

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Los estudiantes secundarios comenzaron las protestas. Se les llamó los pinguinos por el uniforme escolar que usan. Sobre todo los estudiantes de los Liceos llamados emblemáticos, los de mayor fama, se fueron descolgando del sistema y vivieron los últimos años en paros, tomas y también destrozos de sus locales. Años después esos mismos en la universidad iniciaron un enorme movimiento estudiantil por la gratuidad y calidad de la educación. De ese sector surgieron nuevos liderazgos que llegaron también al Congreso y lamentablemente –no todas ni todos– se contaminaron, o aparecen contaminados, con la política de los pasillos del poder.
A esos movimientos juveniles habría que agregar tres más de una profundidad difícil de sopesar: el movimiento de mujeres y de género, el movimiento mapuche indígena y el movimiento de las personas de edad por mejores pensiones. Las manifestaciones han sido masivas en los últimos años.


Un proceso profundo de despatriarcalización se apoderó  de la gente joven, las mujeres, en particular. Películas como la ganadora del premio Oscar constituyen una ruptura notable en la conservadora sociedad chilena. La “performance” del grupo de Valparaíso llamado Las Tesis dio la vuelta al mundo.


El sur de Chile comenzó a arder literalmente y se vive un rico proceso de descolonización y anti racismo. Ya el segundo gobierno de Bachelet se mostró incapaz de iniciar cualquier política positiva con respecto a los mapuches. Más aún. Un subsecretario del interior, de militancia histórica socialista, construyó un “montaje” ridículo llamado Operación Huracán, que aprisionó a una cantidad de dirigentes indígenas en coordinación además con la administración de Macri en Argentina. Todo resultó ser una gran mentira. Después de ello el siguiente gobierno de Piñera inauguró con bombos y platillos el Comando Jungla, según dijo, preparado en la lucha antiguerrillera en Colombia, que concluyó con el asesinato del comunero Camilo Catrillanca y un montaje absurdo que hizo caer a la cúpula político militar. Las cosas en la Araucanía se pusieron muy difíciles. El Estado no produjo ninguna política salvo la criminalización de la protesta y la represión policial y militar. La prensa se ha hecho cómplice de esta barbarie comunicativa.


Finalmente, aunque hay muchas otras señales, el movimiento por No más AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones), convocó a miles de miles de personas en una reivindicación muy sentida: la precariedad de las jubilaciones y sobre todo la mentira que se prometió durante la dictadura su creador José Piñera, hermano (no querido) del presidente. Las cifras de ganancias que ostentan las AFP son escandalosas frente a la miseria de las pensiones que pagan. Esos enormes capitales dan vueltas entre las manos de los mismos acelerando la concentración de la riqueza en Chile.


Estas son tres de las “asignaturas pendientes” que subyacen y se votaron masivamente el plebiscito. El descrédito de la política institucional, por otra parte, explotó en medio de una guerra que se produjo entre las élites por asuntos ligados a corrupción y financiamiento ilegal de la política. Fueron acusados y procesados dos de los mayores empresarios del país de financiar a la derecha (el Caso Penta). Luego salieron al baile los dineros de un yerno de Pinochet (Ponce Lerou) que “mojaba” a todo el espectro político, y así se fueron ensuciando todas y todos. Las salpicaciones de los escándalos brasileros (Obredecht) también arribaron a estas heladas playas. No quedó nadie bien parado. Las instituciones perdieron totalmente credibilidad y sus agentes con ellas.


Habría que señalar que todos estos y muchos otros procesos no son exclusivamente chilenos sino que se dan en muchos países del mundo. Hay un ethos de descrédito de las instituciones y de la incapacidad del sistema capitalista tardío de satisfacer las necesidades que promete resolver.


Bueno es en estos días recordar el concepto de expectativas crecientes, ya que mucho de ello explica lo que ocurre. Mi experiencia en la Universidad es bien significativa. Muchos jóvenes son los primeros en llegar a la educación superior en su familia. Las expectativas del grupo familiar son enormes. Las ceremonias de graduación así lo demuestran siempre: familiares orgullosos de que su hija o hijo reciban su título. Sin embargo las denominadas redes sociales brillan por su ausencia. Salen de sus estudios con un cartón en la mano y les cuesta años encontrar un lugar en el mercado de trabajo, condicionado por las amistades, los apellidos, la “facha”, en fin, el origen social, y muchos otros elementos extra académicos. No es casualidad que este tipo de jóvenes ha estado presente y muy activo en las manifestaciones y posiblemente fue el que más fue a votar.


Hace un año, en ese ambiente, se le ocurrió a una señora ministra de Transporte y a un panel de expertos subir en 30 pesos el pasaje del Metro de Santiago. Los estudiantes secundarios comenzaron por saltarse los torniquetes, manifestarse en las estaciones, y el 18 de octubre del 2019 se produjo una revuelta violenta que destruyó estaciones, trenes del Metro y hubo saqueos de grandes tiendas de los afamados malls, símbolos ambos del “progreso nacional”. El 25 de octubre –justamente un año antes del plebiscito– más de un millón y medio de personas marchó por la Alameda en el centro de Santiago y otras tantas en todas las regiones.


No parecía haber modo de parar las manifestaciones, saqueos, incendios y protestas que ocurrían en todo el país. En ese contexto los presidentes de los desprestigiados partidos políticos se reunieron y acordaron llamar a un plebiscito para cambiar la Constitución, luego de una iniciativa presidencial que la propuso.


No pareció para nada evidente, pero ante la falta de salidas de otro tipo con el tiempo se fue imponiendo e incluso los sectores juveniles movilizados consideraron que era un camino posible. La pandemia del covid-19 vino a hacer lo suyo. Las personas encerradas en sus casas, los que la tienen, vieron que el plebiscito era una alternativa.


El silencio y descrédito de los partidos políticos se mantuvo. Pero no teníamos conciencia del papel que jugarían los medios de comunicación y las “redes sociales”. La televisión criminalizó las manifestaciones y las redes, en cambio, mostraban la complejidad y sobre todo el arrojo de los que se manifestaban. Por ejemplo, la TV mostró el incendio de dos iglesias, mientras por las redes se difundía cómo los manifestantes se peleaban con los que provocaron las llamas, entre los que había evidentes infiltrados, uno de ellos de la Armada nacional. Muchos pensaron que esas manifestaciones afectarían el voto del plebiscito y aumentaría el rechazo, los datos muestran que no fue así.


La noche del plebiscitario hubo grandes manifestaciones de alegría en todas las ciudades, por todas partes las plazas y calles se llenaron de gente esperanzada. En Achao, isla de Quinchao, Chiloé, por ejemplo, enterraron simbólicamente la Constitución de Pinochet. Fue uno de los miles de actos de ese tipo. Se ha considerado que la votación terminó con el legado del dictador, y eso da sentido. Como siempre, no había banderas partidarias en las manifestaciones.


Llamó mucho la atención la cantidad de gente joven que participó en la votación. No sabemos lo que ello podrá significar para el futuro pero es un dato importante. No es fácil contabilizar el voto juvenil ni tampoco el de las mujeres.


Significativa es la votación de las comunas ricas de Santiago: Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea fueron las únicas tres comunas metropolitanas en las que ganó el Rechazo, por un porcentaje apreciable. Allí reside un pequeño porcentaje de la población del país que concentra buena parte de los ingresos. Ahí están los colegios de mejores puntajes para ingresar a las universidades y los establecimientos más caros de educación superior, los de la “cota mil” como dijo un cura. La clase alta chilena, los ricos (los cuicos), se refugiaron en los faldeos de la Cordillera, se atrincheraron y hoy se expresa vivamente esa situación. No por casualidad son objeto de robos, portonazos y cunde entre ellos el temor y la inseguridad.


La votación siguió las pautas históricas. En el norte se dieron los mayores porcentajes de apruebo, como en Copiapó con más del 90 por ciento de la votación. Es el norte minero y su tradición de izquierdas. En Temuco, la Araucanía, se dio una relación favorable al Apruebo, pero con alta votación del Rechazo. Recordemos que fue el único lugar en que ganó el Sí en el plebiscito de 1988 cuando en todo el país ganó el No. No es como han querido interpretar algunos medios producto de la descolonización y de las acciones violentas que allí ocurren.


Quizá el concepto clave de estos días es el de “abuso”. Hay un sentimiento de que se es abusado por el Estado, por las grandes empresas, por los servicios, en fin por todo el sistema que se ha formado de manera abusiva en el país. Y eso es lo que se quiere cambiar.


Y algo importante es que el temor a la violencia no tuvo efectos en la votación. Muchos pensaban que aumentaría el Rechazo por la violencia que ha ocurrido en la Plaza Italia, o Baquedano y hoy llamada “Plaza de la Dignidad”. Muchos pensaron que las pintadas de colores del monumento al general Baquedano iban a ser repudiadas. Nada de eso pareciera haber afectado a los votantes. Más aún, la convicción general es que si no hubiera habido grandes manifestaciones, acciones de rechazo duras y también violentas, no habría habido plebiscito. Que este ocurrió gracias a “la calle”.


Viene ahora un conjunto de negociaciones para saber cómo se van a presentar los y las candidatas a la Constituyente. La autonomía del movimiento va a ser puesta a prueba. Los partidos políticos tratarán de dominar el escenario y quizá lo logren. Lo importante es que las peleas se darán tanto en el ámbito callejero y masivo como en el de las negociaciones políticas. Nada está dicho aún.


Lo que se ha mostrado es el carácter histórico de la memoria de los sectores populares chilenos. No son fáciles de dominar. Así ha sido siempre. Las oligarquías reaccionarias en el mejor sentido de la palabra, rechazan obviamente cualquier apertura y así lo han hecho también en este plebiscito.  Los sectores populares enfrentados a coyunturas auspiciosas o posibles, participan con ideas de cambio, con utopías de una vida mejor. Los partidos políticos se ven agotados, pero quizás puedan surgir nuevos liderazgos, nuevas ideas, en fin, algún tipo de renovación en un contexto cambiante y para muchos amenazante. No es fácil predecir el futuro próximo. Menos aún con el mundo que nos rodea y la pandemia que sigue su marcha sin descansar. Está fijado el 11 de abril próximo las elecciones de miembros de la Asamblea o Convención Constituyente. No pareciera fácil interrumpir el cronograma decidido, no pareciera haber condiciones para ello.


Lo que no cabe duda es la apertura de la esperanza, sobre todo a partir del día después.

 

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*Antropólogo.

Información adicional

  • Autor:José Bengoa
  • Edición:205
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº205, noviembre 2020
Visto 99 vecesModificado por última vez en Jueves, 12 Noviembre 2020 07:42

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