Miércoles, 11 Noviembre 2020 09:23

¿Nueva? normalidad: “Cambiar para que nada cambie”

Escrito por Carlos Gutiérrez Márquez
Valora este artículo
(0 votos)
Hernando Vergara, sin título, acrílico sobre lienzoHernando Vergara, sin título, acrílico sobre lienzo

Vivimos un tiempo de crisis y ruptura; un tiempo de especial significación para la especie humana y cuyas consecuencias se extenderán sobre el conjunto de la naturaleza que habitamos. La humanidad ha transitado otros momentos similares, como consecuencia, por ejemplo, de las anteriores revoluciones industriales, la tercera de las cuales implicó la renovación de los procesos productivos, la consiguiente transformación del mundo del trabajo, la aceleración del comercio entre regiones –producto de la incorporación de las vías férreas o de una navegación de mayor rendimiento–, la consolidación misma de los Estados-nación y el desplazamiento de millones de personas que, como mano de obra barata, migraron entre países, en especial hacia Estados Unidos.


Con origen en la cuarta revolución industrial, la actual crisis y las rupturas a que asistimos están potenciadan por la particularidad de la transformación del planeta en una aldea con lo cual el aleteo de una mariposa en algún lugar del mundo alcanza a sentirse, incluso, en su opuesto geográfico.
Es una realidad que, además, está marcada, y de manera especial, por la disputa entre imperios, entre uno en declive y otro en ascenso, y que, poco a poco, con el riesgo de “un ascenso a los extremos” (1), va llevando al sistema mundo a la configuración de bloques que tendrán en pocos años un alinderamiento claro, por ejemplo, en los sistemas de comunicación que adopten (2).


En medio de esta crisis/ruptura, acumulada desde años atrás pero acelerada por el efecto covid-19, nada va quedando indemne. Por ejemplo, el mundo del trabajo verá reducida la jornada laboral y la patronal pugnará por quebrar aún más el salario, así como la estabilidad laboral. Son transformaciones posibles en los próximos años a lo ancho del planeta, presionando hacia la ‘modernización’ de los códigos laborales para incorporar las particularidades de las cambiantes relaciones patrón-trabajador que ya están en curso, de las cuales podrán salir lastrados si no construyen modelos organizativos de nuevo tipo y con proyección global quienes venden su fuerza de trabajo, ahora más deslocalizados hasta poder desplegar sus labores en buena proporción desde sus sitios de habitación. Pero también más marginados, hasta padecer los efectos del desempleo ya no coyuntural sino estructural, producto de la digitalización/robotización de variedad de líneas de labor. En este marco, es fundamental denunciar y combatir el outsourcing o subcontratación, violatorio de todos los derechos y garantías laborales, con involución de nuestras sociedades a formas de control y sometimiento características del Medievo.


Será un cambio, es predecible, que detonará protestas y resistencias de distinto alcance, también por todo el mundo, recordando las vividas en el siglo XIX como consecuencia de la maquinización del proceso fabril. Las protestas también alcanzarán a todos los sectores adonde llegue y afecte el capitalismo informacional, que con el paso de los días coloniza mayores espacios, afectando la vida cotidiana de millones de seres humanos al tratar de controlarlos y disciplinarlos, y de predecir sus gustos por medio del despliegue cada vez más alucinante de sistemas inteligentes que permiten regular y motivar el comportamiento humano.


Son unos sistemas inteligentes que también materializan la rápida transformación del comercio, en los sistemas de compra-venta, obligando a la bancarización de sectores cada vez más amplios de la sociedad, y por su conducto haciendo más sencillo el control que se pueda desplegar sobre sus vidas. Todo un giro que también tiene consecuencias en la monopolización de amplios y estratégicos sectores de la investigación, la producción, el mercadeo, abriendo como consecuencia de ello una disputa cada vez menos disimulada entre “globalistas” y “nacionalistas”, entre multinacionales y empresas nacionales y/o locales, lo que dará una nueva oportunidad al fortalecimiento de los Estados nacionales, esta vez de manera contradictoria, aferrados a un discurso aún más conservador en tanto actuarán en defensa de los capitales nacionales, izados como bandera por los residuos de una burguesía local enganchada a sus intereses particulares, aunque justificados desde el supuesto bienestar general y valiéndose para ello de preceptos liberales como nación, pueblo y similares.


Les corresponde, por tanto, a quienes viven de la venta de su fuerza de trabajo, cada vez más tendientes a ser trabajadores ilustrados, diseñar una propuesta global que enfrente al capital, en su nueva fase –informacional, que es una de las características que hoy ganan mayor espacio. La propuesta no puede restringirse a la defensa de sus derechos sino que adermás debe englobar a la sociedad como un todo, reivindicando el derecho al trabajo, a salarios dignos, a la libre asociación sindical y la acción colectiva, así como al goce del conjunto de derechos humanos ahora amenazados por su efectiva mercantilización. Se trata, al mismo tiempo, de sintetizar una posibilidad de nueva sociedad donde los miles de millones que habitamos este planeta podamos beneficiarnos de las nuevas tecnologías y no ser sus víctimas, haciendo real, por ejemplo, el trabajo libre y creativo, así como la implementación de la renta básica universal (3).


Es esta una proyección de vida y sociedad posibles con la cual los sectores subalternos actúen, con los primeros avances de su elaboración, de acuerdo a los retos interpuestos por la realidad en curso, para salirle adelante al statu quo que hoy experimentamos en países como el nuestro, donde la llamada “nueva normalidad” nada tiene de nueva y sí mucho de anormalidad. Vivimos más de lo mismo pero bajo renovadas circunstancias tecnológicas, de control y dominio social, con un despliegue amplio de discursos oficiales que insisten en supuestas y extraordinarias partidas económicas para democratizar la economía y facilitar la vida de las mayorías. Un discurso sin soporte real, más allá de los conocidos subsidios de diverso tipo que desde tiempo atrás, y de acuerdo a la agenda de la banca multilateral, estaban en ejecución.


Como es sabido, estudiosos de la economía nacional, así como una amplia coalición de congresistas, intentaron que el gobierno flexibilizara su modelo económico aprobando medidas en procura de alivianar la evidente reducción en sus ingresos que golpea a millones, al tiempo que mitigar el déficit fiscal que afecta las finanzas públicas, tras dinero fresco para financiar, al menos, una renta básica extraordinaria, equivalente a un salario mínimo y con duración de tres meses, con cobertura para nueve millones de familias o su equivalente, treinta millones de personas. A pesar de la sustentación en cifras concretas, y su soporte por medio de un impuesto pagable por los más ricos y por una sola vez, así como la implementación de una reforma tributaria que elimine la multiplicidad de beneficios en que se amparan para no tributar en justicia –propuestas ahora recomendadas incluso por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional–, no fue posible que el gobierno dejara a un lado la ortodoxia en el manejo de la economía.


Una senda de continuidad, de neoliberalismo prolongado y renovado a través de formas culturales y de nuevos mecanismos de control y dominio, por medio de los cuales quienes administran la cosa pública se resisten a reconocer lo evidenciado en cada uno de los sectores sociales por la crisis pandémica desatada por el covid-19, en su inmensa mayoría realidades sobrediagnosticadas pero ahora restregadas en la humanidad de la totalidad social, no solo percibidas, como en otros momentos, por los especialistas.


Por ejemplo, en nuestro país, en el campo de la tributación existe un amplio segmento de medidas por tomar para garantizarle al erario un flujo fresco de dinero que, sin espantar ni ahogar a quienes más tienen, sí le permitiría acercarse a cánones internacionales y, por esa vía, reducir la histórica desigualdad social que impera entre nosotros.


Unos pocos ejemplos traídos a cuenta en el artículo “Hacia un sistema tributario progresivo y eficiente para el desarrollo” –pág. 14– resaltan que el país podría captar, con unos mínimos ajustes de normas, por lo menos treinta y más billones de pesos por año, que facilitarían necesarios recursos para una justa inyección a la inversión social y, con ello, la creación de oportunidades para que los pobres sean menos pobres y puedan gozar una vida con menos afugias, abriendo espacio para que en un futuro no lejano las mismas sean un mal recuerdo de tiempos vividos.


Sería este un giro por dar en la bicentenaria forma de gobernar que nos caracteriza como país y que ha terminado por mercantilizar los derechos humanos, por ejemplo, negando el derecho universal a la educación pública y universitaria, a tal punto que los procesos del conocimiento terminaron por ser un excelente negocio para unos pocos, disfrazados en muchas ocasiones de corporaciones y fundaciones, y una bofetada para cientos de miles de jóvenes que, al terminar el bachillerato, sienten la patada de la exclusión que les propina el Estado a través del gobierno de turno, teniendo que postergar sus aspiraciones formativas para cuando el dinero lo permita, ocasión que difícilmente llega.


Por ahora, y como una lección de estos tiempos de virtualidad, el acceso gratuito y permanente a internet, como derecho fundamental, así como a una computadora (ver: “Replantear la educación superior”, pág. 10), realza como posibilidad para que quienes cursan cualquier grado de educación no queden excluidos del proceso formativo o relegados en el mismo por no poder asistir a clase de manera oportuna.


Paralelo a ello, la enseñanza abierta de lenguajes de programación, como requisito para no quedar por fuera de los retos y posibilidades abiertas por la revolución industrial en curso, emana como un propósito para quienes administran la cosa pública y como un nuevo grado formativo para toda la sociedad, cursen o no estudios superiores y/o universitarios, para abonar a un necesario proceso de cambio en la mentalidad de estudio e investigación del conjunto social, para ir quebrando el desinterés estatal por una necesaria política de punta en ciencia y tecnología que no puede quedar relegada a los relativamente pocos que han accedido a una formación científica integral y se desempeñan en forma acorde con esta realidad. Se trata de un proceso en el cual el país debe dar un salto, más que un paso: romper con el uso de software privativo e inclinarse por el de licencia abierta, condición primera para incursionar en la construcción de un camino propio, soberano en una materia en que un paso sustancial es desarrollar, ojalá en alianza con otros países de la región, un internet soberano.


Sería un camino propio que también está por labrarse en el campo de la salud, expuesta con todas sus llagas a la mirada aterrada del conjunto social, laceraciones producidas por un sistema administrado como negocio por una red de intermediarios que, como malabaristas, acuden a todos los recursos que les permite la normatividad vigente para quedarse con la mayor cantidad de dinero posible. La materialización plena del derecho en cuestión…, que espere. La lección es franca: la sociedad no puede padecer de nuevo la pelea por el acceso a una cama, a una UCI, para salvar la vida de uno de los suyos. Otro modelo de salud es necesario y, en esa dirección, la reforma en curso de la Ley 100 en el Congreso no es la solución (ver: Otro sistema de salud es necesario y posible, pág. 8).


Son múltiples los giros por dar para encaminar al país por el sendero de la justicia y la necesaria superación de la amplia brecha y la deuda social que se tiene con las mayorías, propósito en el cual no puede quedar aplazada la superación del modelo extractivista y la economía de enclave como núcleo de la economía nacional. Incursionar en una política industrial y agraria verde (ver: “Los retos para el cambio climático después de la crisis”, pág. 18) es algo inaplazable, más tratándose de un país de regiones, biodiverso, multicultural, gozoso de agua y de climas, con todo lo cual puede construir un modelo de vida propio para su beneficio y el de la humanidad.


Con la vista siempre proyectada en procurar que la felicidad de vivir sea real para los cincuenta millones que habitamos esta parte del mundo, y para no seguir aplazando una de las condiciones básicas para materializar tal propósito, que consiste precisamente en que cada uno de nosotros trabaje en el área del conocimiento que lo hace sentirse pleno, hay que diseñar e implementar una política masiva de empleo que le garantice a cada quien los ingresos suficientes para que, llegado el caso de nuevos confinamientos, ni él ni los suyos queden expuestos a la intranquilidad por saber que no tienen ingresos ni, por tanto, las condiciones objetivas para cubrir los gastos diarios que exige un modelo de vida individualizante como el que impera. Es una política de empleo que debe garantizar el derecho a una pensión digna, soportada en un sistema público preocupado por el bienestar de quien cotiza a lo largo de su vida laboral y que, una vez salido del circuito laboral, debe sentirse seguro porque esos dineros no fueron asumidos como capital para la especulación ni como mecanismo por medio del cual unos terceros se lucran del trabajo ajeno, por lo cual terminan entregándole mes a mes, hasta que lo ahorrado se agote, mucho menos del salario que devengaba y, como consecuencia, dejándolo en serios aprietos para vivir en dignidad (ver: “Mejorar la protección social para la vejez pasa por marchitar el ahorro individual”, pág. 16).


Son propuestas, estas y otras muchas que podrían retomarse, izadas ante la oportunidad abierta por la crisis potenciada por el covid-19, oportunidad que no se debe desaprovechar, precisamente para avanzar hacia una verdadera y nueva normalidad, no para retomar la ya conocida y padecida. Es un reto inmenso que, lo sabemos, no será concretado por quienes detentan el poder en el país, con sus cuentas de muchos ceros protegidas en paraísos fiscales, felices con la especulación con la tierra y urbanística, con un sistema tributario que los exonera, lucrándose de modelos en salud y educativos que se diseñaron para el negocio y no para la satisfacción de derechos, así como vividores de un modelo económico que devasta las potencialidades humanas con que contamos, sin exigirse ni preocuparse por el bienestar general y la protección de la naturaleza que habitamos.


Ante todo ello, sin duda, un nuevo pacto social debe asomar en el horizonte como condición indispensable para dar el giro necesario que evite “cambiar para que nada cambie”. Un pacto que “debe surgir de un poder comunitario con capacidad de autodeterminación que oriente la política pública en sintonía con la reproducción de la vida y viabilice la configuración de una democracia radical” (ver: “Un nuevo contrato para la reproducción social de la vida”, pág. 12), dando paso a otra democracia, más allá de la formal, que, al tiempo que propicia una amplia y constante participación del conjunto social en control de la llamada cosa pública, se atreva a diseñar, evaluar y reajustar cada vez que sea necesario el cuerpo normativo por medio del cual regulemos nuestra vida y la convivencia. Un modelo social para el presente y para el futuro, acorde con los cambios que vivimos y con las tendencias de todo orden que han de llegar.

1. Clausewitz, Carl, De la guerra,Editorial Labor/.omega, 1984, España.
2. Zibechi, Raúl, “Hacia una muralla tecnológica (digital) global”, https://www.desdeabajo.info/mundo/item/40772-hacia-una-muralla-tecnologica-digital-global.html.
3. Dávalos, Pablo, Un Manifiesto para el siglo XXI. De la Renta básica universal y otras utopías, Ediciones Desde Abajo, mayo de 2020.

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=180&search=suscrip

 

Información adicional

  • Autor:Carlos Gutiérrez Márquez
  • Edición:205
  • Sección:Editorial
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº205, noviembre 2020
Visto 314 vecesModificado por última vez en Jueves, 12 Noviembre 2020 07:43

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.