Lunes, 23 Noviembre 2020 10:31

Mi química intuiruca

Escrito por Daniela Sierra Navarrete
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Mi química intuiruca

Una piel amarilla que combinada con el tiempo se arruga y ennegrece. En ella, la emergencia de otra posibilidad de vida: una blanca, moteada y dispersa. Adentro, se esconde un protomanjar. Blando, ahora más curuba que amarillo, espera un plátano su inexorable destino. No nació para ser un patacón con hogao; el caos lo llevó en compañía de canela y panela a ser postre.

¿De quién es la receta que le dio sentido a un plátano que estuvo a dos días de ser compostado?

De mi mamá.

Por el linaje huilense llegó la técnica de “dejar sentar el café” y de secar el arroz poniendo una lata de sardinas en el “culo de la olla”. Por el del altiplano, llegó un asombro entre fucsia y violeta que se mueve entre la silueta de las berenjenas y las circunferencias que ondean hacia adentro la figura de una tajada de remolacha. Mi cocina es la transición de ambas posibilidades de conocimiento femenino. Y en ella, día a día, estoy yo, decidiendo cuál será la base bioquímica de la materia que el cuerpo de mi hija y de mi esposo, que en ese acto milagroso de metabolizar, transformarán en energía.

Mi cocina es el centro de mando en dónde se define cómo la primera ley de la termodinámica se concreta para mantener avante la vida de la casa. Aquellos procesos que empezaron por el ciclaje de nutrientes en tierras circundantes de esta ciudad que hoy habitamos, terminan siendo las kcal que Mariana necesita para poder abstraer el divisor de 27.

La vida sigue siendo, estando, amaneciendo: nuestra casa es apenas una molécula casi insignificante en ese hecho inevitable de la existencia. Pero ahí estamos y somos orden en movimiento; nos andamos como organismos que día a día se autoregeneran gracias al tránsito de materia, energía e información que nos constituye como cuerpos dentro de los múltiples sistemas de vida que nos habitan y que habitamos. Somos maíz, somos frijol.

La cocina es el lugar del poder. Un laboratorio dinámico en el que se contrapuntea la decisión, el pensamiento y la acción. En el tra tra tra del redoble que produce el filo metálico del cuchillo contra la madera maciza de la tabla, se sintetiza conocimiento empírico, concreto, particular. ¿Qué necesita Mariana para crecer? Eso no lo sabe el nutricionista, no lo sabe el médico. Su desconocimiento radica en que ignoran que Mariana necesita que la yema esté babosa para que el huevo le entre o que la arepa esté quemada para que halle en ella el disfrute. La cocina es el lugar en el que generaciones anteriores a mí y las que devienen, tomarán la decisión de qué comer y cómo comerlo de acuerdo a los requerimientos específicos que cada cuerpo exige del universo del alimento; de acuerdo a las relaciones particulares que se van tejiendo entre el deseo y la posibilidad.

Cada cocina es contenedora de una historia específica sobre los tránsitos entre los sistemas alimentarios y las decisiones familiares. Habitarla y saber trabajarla es un acto complejo: de reflexión constante, de memoria, de creación. Ser la señora de la cocina es el ejercicio intelectual más complejo que he tenido. Es un lugar que me permite ser desde la meditación que el mantra del corte produce, hasta el agite y movimiento, precisos, para darle la vuelta de manera exitosa a una tortilla. El producto –y valga presumirlo– una portentosa unidad compuesta de huevo, espinaca, papa criolla, cebollín, tomate y zanahoria; es decir: una bomba proteica cargada de potasio, hierro y vitamina A que irá directo al cerebro de la Marianita.

Yo decido qué come mi hija; ese es el acto más poderoso y reiterativo que ejerzo en mi ejercicio diario de ser y estar. Aquel inefable destino del plátano maduro se reciclará en alguna de las células marianescas. Mientras tanto, en el jugo de durazno, mandarina y ciruela que se acaba de inventar mi ingeniosa retoña, sigue andado el milagro de la vida. Acá no comemos de multinacionales: nos alimenta la tierra.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentamos tres narraciones acerca de la maternidad, ese mandato del patriarcado que parece ineludible para las mujeres, pero que algunas han tomado como su lugar de resistencia, erigiéndose como “mamás desobedientes”.
Estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la tercera entrega de nuestro tercer tritono.

Información adicional

  • Autor:Daniela Sierra Navarrete
  • Edición:274
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº274, noviembre 20 - diciembre 20 de 2020
Visto 465 vecesModificado por última vez en Lunes, 23 Noviembre 2020 10:33

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