Martes, 30 Marzo 2021 09:24

Medellín: A un año de la pandemia: mujeres, persistencias y cuidado de la vida

Escrito por Yadira E. Borrero Ramírez
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Medellín: A un año de la pandemia: mujeres, persistencias y cuidado de la vida

 

Ama del día
Yo soy la suma de todas ustedes,
mujeres encerradas en la Biblia
con sus sencillas o cruciales historias.
La suma de todas las que andan
sueltas por el mundo
haciéndolo más claro o más liviano.
De ustedes vengo. De las fuertes,
las vírgenes, las grávidas,
las que pagaron caro, las esclavas.
Vengo de la caracola convertida a través
de los siglos en doncella,
de la piedra estrujada que luego devino
en cuerpo de alfarera.
La voz de ustedes es mi voz,
mujeres lejanas
mujeres de mi tiempo
por ustedes canto y brillo como la más
simple de todas las estrellas.
Yo soy la suma de todas ustedes
hilanderas, amantes, agoreras,
de la historia de ustedes nace
el río inacabable de mi pelo,
por ustedes canto y oficio
la liturgia estremecida del poema,
sabias mujeres que me sucederán luego
descabelladas
tercas
increíbles mujeres
amas absolutas de las cenizas
y del fuego.


Ana Ilse Gómez

Cuando apenas suena el canto de los gallos en la madrugada, miles de mujeres de sectores urbano marginales en Colombia se levantan preocupadas porque desde hace varios meses no tienen certeza de si podrán servir comida alguna a su prole. Miles de ellas desplazadas por la guerra, por la violencia en el campo, o llegadas desde otros barrios de nuestras ciudades, de donde fueron expulsadas por no tener como pagar un techo. Muchas de ellas madres solteras, cabeza de hogares pobres, trabajadoras y luchadoras. Es desde esa Colombia profunda, urbana, olvidada, a donde casi nunca llega el Estado, que las mujeres tejen cotidianamente prácticas solidarias para el cuidado de la vida, prácticas que han debido ser reinventadas a lo largo de este año de sindemia1 por covid-19.

En el país, de acuerdo con los datos del Dane, el 76 por ciento de la población vive en zonas urbanas, el 51,2 por ciento son mujeres y tienen la jefatura en el 36 por ciento de los hogares2. Así mismo se estima que el 9,53 por ciento de las personas en las cabeceras urbanas viven en condiciones de pobreza por Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) y el 1,79 en miseria3, muchas de estas personas son mujeres, moradoras de las grandes ciudades, en barrios urbano-periféricas.

La actual sindemia ha golpeado con más fuerza a las mujeres que a los hombres. Ellas tienen las mayores tasas de desempleo en las ciudades y las áreas metropolitanas. Para el trimestre noviembre (2020) - enero (2021), el desempleo afectó al 11,1 por ciento de los hombres y para las mujeres alcanzó al 19,64.

Como otra imagen de esta realidad, las mujeres dedican más tiempo a las tareas domésticas, que más allá de las horas dedicadas a dicho trabajo representan mayor demanda emocional; en consecuencia, las mujeres han perdido con mayor intensidad la autonomía económica, han asumido mayor cantidad de tareas domésticas y, adicionalmente, se han visto enfrentadas a mayores niveles de violencia doméstica, así como a asumir con mayor rigor las viejas tareas del cuidado no remunerado, además de las nuevas demandas para acompañar a sus hijos e hijas en los procesos educativos, a la par de cuidar de los enfermos que los servicios de salud no han atendido. Son mujeres de sectores populares asumiendo tareas que le corresponden al Estado pero por las que no cumple.

Una realidad extendida por todo el país y que nos lleva a resaltar que pese a las enormes iniquidades que viven las mujeres, principalmente las populares y racializadas y a la sobrecarga de trabajo que les ha implicado la sindemia, especialmente para mujeres de zonas urbano periféricas, no dejan de organizarse en los territorios para cuidar de sí, de sus familias y de sus comunidades. Durante este año de prolongados encierros, con desempleo creciente, de educación on-line, de teletrabajo, las mujeres recuperan las múltiples memorias de luchas, recordando cómo han sido construidos sus barrios, cómo han comprometido todo su ser para materializar el derecho al agua, a la educación, a la salud, al territorio y a la paz.

Desde la profundidad de las ciudades, los tejidos sociales femeninos se rearticulan, resignifican y fortalecen para construir alternativas allí donde el Estado no asume responsabilidades, donde solo llega aquello que se logra a través de la llamada beneficencia. Ante la ausencia y el silencio estatal, las mujeres –a partir de recuperar sus memorias de lucha–, reactivan formas de solidaridad y aportan a tejer autonomías.

Es así como en el último año se multiplicaron las experiencias de ollas comunitarias y los “recorridos” como estrategia para conseguir comida. El hambre no da espera. Según información del Dane, el 29,2 por ciento de las familias solo podían tener dos o una comida al día5. Las mujeres se organizaron para retomar prácticas que les han permitido pervivir y resistir en los territorios, desde los “recorridos” como estrategia de búsqueda activa de alimento en los centros de acopio o los supermercados, hasta la activación de ollas comunitarias para paliar el hambre.

Pero de manera más importante, potenciaron estrategias encaminadas a construir autonomía alimentaria. Es así como, con dedicación y sentido de vida, repotencian las huertas urbanas –familiares, comunitarias, pedagógicas–. En Medellín, por ejemplo, distintos proyectos de huertas urbanas, agenciados por mujeres, se despliegan en las barriadas populares como propuestas alternativas para empezar a construir posibilidades para la vida familiar y comunitaria. Saben que no es fácil, que poner la tierra a producir requiere esfuerzo físico, disciplina, insumos que reconocen no llegarán fácilmente, pero ante la indiferencia estatal no se amilanan y buscan la autonomía alimentaria para cuidar la vida, que en este contexto no es solo una opción, y sí una necesidad y un imperativo para ellas, sus hijos, y sus vecinos y vecinas.

Un reencuentro con la tierra y el trabajo colectivo que les abre un reencuentro con su identidad campesina –fracturada por la violencia–, una posibilidad de recuperar su frágil autonomía, autodeterminación y, con ello, un espacio para la sanación, para el cuidado de si y el cuidado colectivo.

Es un presente muy duro y solo los meses dirán de logros, satisfacciones y nuevas luces para profundizar o desandar el camino que ahora recorren. Por lo pronto, la persistencia de formas de organización, de estrategias de cuidado colectivo, de diálogo e intercambio de saberes sobre la siembra, el cuidado, y la oportunidad de reencontrarse las fortalece como actoras colectivas y constructoras de caminos de resistencia.

1 Sindemia: hace referencia a la relación de problemas de salud y sus contextos económicos, sociales y políticos, que complejizan y explican con mayor potencia fenómenos como la pandemia de covid-19. Merrill Singer. 2009. Introduction to Syndemics. In: A Critical Systems Approach to Public and Community Health. Cap.1. San Francisco: Jossey-Bass, pp. 1-23.
2 Observatorio de Familias. Familias y brechas regionales. Boletín No 13. DNP, Sep. 2019. En: https://observatoriodefamilia.dnp.gov.co/Documents/Boletines/Boletin%2013.pdf
3 Dane. Índice de Necesidades Básica Insatisfechas (NBI) Censo nacional de población y vivienda 2018 (actualizado 10 de febrero 2021). En: https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/pobreza-y-condiciones-de-vida/necesidades-basicas-insatisfechas-nbi
4 Dane. Boletín técnico. Gran encuesta integrada de hogares. Enero 2021. Disponible en: https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ech/ech/bol_empleo_ene_21.pdf
5 Pulso Social. Número de colombianos que comieron una o dos veces llego a 25 millones en 2020. Semana 7 marzo de 2021. En: https://www.semana.com/economia/macroeconomia/articulo/numero-de-colombianos-que-comieron-una-o-dos-veces-al-dia-llego-a-25-millones-en-2020/202151/

 


 

Bello Oriente, la montaña que siente: es un barrio no regularizado aún, ubicado en la franja alta de la Comuna 3 de Medellín, que cuenta hoy con más de 5.000 habitantes. Su poblamiento fue iniciado en los años setenta del anterior siglo por decenas de familias desterradas víctimas del conflicto interno armado. Dos décadas después, cuando parecía ya poblado y el país entra en un nuevo ahondamiento del conflicto, llegó una nueva ola de desplazados, ahora comunidades afrodescendientes también victimizadas. El barrio continúa siendo un lugar de llegada y acogida, el turno actualmente es para migrantes venezolanos no regulares.

La infraestructura con que cuenta el barrio ha sido construida gracias a las múltiples acciones colectivas de sus pobladores, utilizando mingas, trabajo colaborativo, movilizaciones, estrategias jurídicas o diálogo con la administración municipal y/o el Consejo, pese a lo cual la precariedad está a la vista de todos y todas. Amplios sectores aún no cuentan con agua adecuada para el consumo humano; para quienes han podido tener acceso al acueducto los costos son altísimos, el puesto de salud más cercano se encuentra en otros barrios y, generalmente, las personas no alcanzan turnos para la atención, por lo cual, si alguien se enferma muy gravemente la peregrinación debe transitar hasta la unidad hospitalaria más cercana y generalmente no hay recursos. Durante el 2020 varios centros de salud de la ciudad fueron cerrados, dificultando aún más el acceso a los servicios clínicos.

Durante la pandemia la pobreza aumentó, dicen sus habitantes, la gente que tenía trabajo lo perdió, por ejemplo, las mujeres empleadas domésticas, y todos los dedicados al “rebusque” se tuvieron que quedar en casa durante los momentos de cuarentena, haciéndola más dolorosa aún. La situación de hambre ha sido dramática. Durante el 2020 los y las gestoras del barrio se reagruparon y pese a lo difícil de la situación, nos dice María “eso nos sirvió para estar más unidos”, para seguir en la búsqueda de esos sueños que como dice Alicia: “la idea de una comunidad fue algo pues bonito, pensar esos sueños que todavía no se han podido hacer realidad, pero que ahí están algún día”.

En esa reagrupación la siembra, recogiendo los saberes campesinos, se presentó como una oportunidad para las mujeres, para ayudar, como dice doña Libia: “yo le fui cogiendo cariño a la tierra, aquí todo es comprado, en cambio sí se puede sembrar un cilantro, cebolla, repollo, lechuga, una la puede ir a sembrar y cogerla, no tiene que comprarla y eso es lo que lo anima a uno, porque es una ayuda”.

Pero no solo son las mujeres cabeza de familia las que están involucradas en esta acción colectiva y solidaria, también lo están las nuevas generaciones, que aprenden y empiezan a involucrarse más en el tejido del barrio, a ayudar y a aprender, como lo dice una lideresa joven: “tengo 16 años, pues que hago, ya que termine el bachillerato estoy enfocada en ponerme a estudiar […] ya ahí me fui involucrando con lo de las redes de huertas y todo y ayudar, ir a reuniones y estar pendientes en las cosas del sector y de las necesidades de los demás”.

Nota: Los nombres fueron cambiados para preservar la identidad de las personas.

 

 

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Información adicional

  • Autor:Yadira E. Borrero Ramírez
  • Edición:277
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº277, marzo 20 - abril 20 de 2021
Visto 246 vecesModificado por última vez en Miércoles, 31 Marzo 2021 21:05

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