Jueves, 21 Mayo 2009 11:04

La creación colectiva o la escucha de la diferencia

Escrito por Héctor José Arenas A.
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A  título personal, la última creación colectiva del Teatro La Candelaria, cerró su temporada en abril en Bogotá con la sala abarrotada, la boletería agotada y un éxito rotundo, certificado por el boca a boca de miles de espectadores entusiasmados por la embriaguez estética derivada de la contemplación de una obra demoledora de los cánones clásicos, que con 13 fragmentos magistrales, sutilmente hilados, nos desnudó sin piedad como sociedad, nos brindó el bálsamo del arte y nos ayudó a recomponer las subjetividades destrozadas por el largo imperio del terror.

Con el interrogante profundo en el corazón sobre las formas con las que sería posible labrar el sueño conjunto de una comunidad laboriosa y sufrida, y que no acierta aún en el hallazgo de las sendas que nos permitan salir del itinerario de horror que fabrica subjetividades monstruosas en serie, nos dirigimos en las mañanas soleadas o lluviosas de mayo a un lugar sagrado por la memoria creadora que largo tiempo ha albergado: el escenario de La Candelaria. Ingresamos en el recinto de la fe inquebrantable en el poder de la palabra para avivar conciencias con el propósito de escuchar –en la voz de quien el antillano inolvidable pudiera llamar las columnas del amor sin tregua– la palabra que nos ayude a esclarecer la génesis, los misterios y las claves de la creación colectiva.

En un patio soleado, detrás del escenario, mientras Nora González perfecciona su extraordinario talento actoral con el Tai Chi Chuan, que el maestro Liu compartió con los integrantes del grupo, escuchamos a César Badillo, formidable actor formado en el arte teatral en una institución cuyo colosal aporte a las tablas colombianas aún está por ser reconocido: la Escuela Nacional de Arte Dramático.

Acontecimiento es lo que le corre el piso al espectador


“Para mí, la creación colectiva tiene que ver con los equipos, los grupos, los combos. Porque, entre otras cosas, son maneras de escapar de la gran macropolítica y del statu quo. Hay una necesidad profundamente sentida de escapar de un orden social constrictivo, y ahí aparece la micropolítica, la vida de los colectivos. Pero no todos los grupos crean colectivamente. Esto es algo muy sui generis que se da en La Candelaria, donde este tipo de creación significa la invención conjunta de todos los elementos de la dramaturgia. Nuestra labor es crear nuestros modos de expresión con lo que llevamos dentro. En este sentido, la creación colectiva es una actitud política porque significa escaparse de los grandes relatos. Mientras un autor impone su punto de vista, es totalizante, hay un autoritarismo del autor. En la creación colectiva hay una apertura a muchas voces; en el fondo, es ella la escucha de la diferencia”, precisa César. Y enfatiza:

“La creación colectiva es la mejor metáfora de que lo que necesitamos es escuchar al diferente; superar la exclusión de verdad que se da cuando llega otro con una idea diferente de la que tenemos, y lo primero que decimos es: ¿cómo vamos a aceptar eso? Entonces, en el proceso de creación conjunta, hay discusiones durísimas, pero con argumentos y sin muertos. ¡Hicimos 120 improvisaciones para construir A título personal! Para sacar 13 cuadritos, lo que tuvimos que desechar fue inmenso”.

Razones y experiencia que deja inmensas lecciones, así lo comparte el actor: “En la creación de la obra surgió el tema del presentar y el representar. Una discusión del arte contemporáneo. Las grandes representaciones, lo macropolítico, está en crisis, tapa verdades, y en ello no nos sentimos representados. ¿Por qué? Porque ha perdido la verdad. La gran representación es una gran mentira. Igual acontece con el teatro, que se ha convertido muchas veces en una operación voyerista, donde el espectador va expectante y no le pasa nada. Entonces, el presentar crea un acontecimiento. Para mí, acontecimiento es lo que le corre el piso al espectador, aquello que lo sacude. Todo lo contrario de ese arte de distracción que se da en gran parte del cine y en casi toda la televisión. Este canon que, asumido como forma permanente, mediocriza la mente. Entonces de lo que se trata es de sacar verdades a través de la presentación”.

¿Está usted vivo?

La seguridad en sus palabras no deja lugar a dudas. Es una vida de teatro y de reflexiones compartidas con otros muchos. Continúa compartiéndonos su visión. “En A título personal, que es una autobiografía irónica de La Candelaria, creo que logramos presentarnos en nuestra esencia de briznas en el universo. Logramos relegar la automagnificencia y presentar nuestra faceta cómica, nuestra frágil condición humana como artistas, lo ridículo que habita en la exhibición de las vanidades. La inclinación por proyectar nuestros egos acontece también en otros campos, en la política ni se diga. Todos en la izquierda y en la derecha nos creemos dioses, impera la volunta de imponer, y por eso se joden tantos proyectos. Pero a lo macro no se le puede oponer lo macro. Hay que pelear por una utopía más grande, por un socialismo poético, un socialismo feliz, un socialismo participativo y nutrido en las artes, un proceso vivo y no un simulacro de participación. Y para avanzar realmente en este sentido, tenemos que recuperar con toda su contundencia y responder con toda sinceridad una pregunta que se formula en la obra: ¿Está usted vivo?

¿Cómo se logra que no se rompa el proceso?, le preguntamos al antiguo estudiante del Colegio Santander de Bucaramanga, y nos respondió: “Con la escucha y el respeto. Así es como podemos tejer la diferencia y enriquecer lo colectivo. La escucha del otro. Pero no de carreta, como cuando se habla de la otredad, de la diferencia, pero en realidad no se abandonan las ideas fijas que nos habitan, y se afirma escuchar al otro pero apenas como un ejercicio retórico con el que astutamente se busca imponer finalmente el criterio propio, y el resultado es la desazón conjunta al descubrirse el engaño. En cambio, la atmósfera de la labor colectiva produce un apasionamiento creativo. Si alguien del grupo tiene una consideración diferente, no la desechamos; le pedimos que la ponga en común a través del juego de la improvisación”. Toda una experiencia para retomar en todos los procesos sociales, colectivos por su exigencia de construir común-unidad, esa necesidad y esa exigencia de vivir de manera diferente, donde cada uno da lo mejor de sí para que todos vivamos mejor.

Uno solo no puede salvarse

Esperando a los actores por entrevistar, frente a la puerta de La Candelaria, vemos subir por la empinada Calle 12, con su paso lento, a Francisco Martínez, y pienso en el infinito valor del mérito humilde que sostiene lo bueno que ha quedado en Colombia, sobreviviendo al implacable funcionamiento de la terrible maquinaria de exterminio y la degradación humana que produce en forma inexorable la miseria largo tiempo impuesta. Es ese mérito humilde, presente en miles y miles de seres humanos que han consagrado su vida, por sobre todas las adversidades, a hacer bien el oficio que venimos a cumplir en la Tierra. En ellos, pese al pavoroso aparato de mentiras con el que se intoxican nuestras mentes en el día a día, se ha mantenido esa inteligencia natural que salva de la actividad o la inactividad cómplice con el modelo que destruye nuestra humanidad y devasta nuestros territorios.

Pacho Martínez es uno de los veteranos del grupo. Nació en un pueblecito llamado Cerrito, en las orillas del río Magdalena, a cinco minutos de El Banco, adonde fue llevado en 1942, sin explicarle la razón, en su primer desplazamiento, cuando tenía 5 años. Llegó a Bogotá a trabajar como proyeccionista en una sala de cine, y allí se enamoró de la actuación y se vinculó al grupo original del Teatro La Candelaria, cuando éste nació como Casa de la Cultura en la década del 60. Le inquirimos por la presencia tremenda de las desapariciones y la muerte no natural en la obra A título personal, y nos respondió:

“Siento que tenemos una deuda con el país, la obligación de mostrar el desgarramiento y lo triste que es que a una madre le digan ‘Perdón, pero le matamos su hijo’. Hay algo que sale del alma: uno tiene que estar con sus compañeros. Uno solo no puede salvarse. Hay que estar con los trabajadores, con los sindicatos… a ver si de pronto no seguimos hundiéndonos en este fondo en que nos encontramos, y salimos y podemos por fin, un día, ver un poco de paz. Yo no conozco la paz; tengo 72 años y no conozco la paz”.

Paz que es necesario buscar. “Cuando tenía 4 años, allá en Cerrito, un batallón del ejército llevó a las 11 de la noche a un señor sangrado y amarrado, preguntando de casa en casa que si lo conocían. Esa fue mi primera impresión de la violencia y quedó grabada para siempre en mi cabeza… Esta es la deuda que siento con el país en que nací, la de aportar desde el arte para que un día conozcamos la paz que no hemos vivido”. ¡Conmueven las palabras de Francisco Martínez!

Lo oscuro y lo luminoso que nos habita

Nora González es una excepcional actriz bogotana. Su trabajo en De caos y de cacaos, al igual que en A título personal, captura la atención del público por el placer que suscita apreciar su consumado arte actoral. En la cafetería de La Candelaria, donde el grupo comparte la hora del almuerzo después del trabajo matutino –en el que combinan el estudio permanente con intensos ensayos–, escuchamos su experiencia:

“Mi acercamiento con la creación colectiva empezó hace casi 10 años, al llegar a La Candelaria. Había trabajado con otros grupos, pero en ese quehacer siempre había un texto del cual partíamos. Aquí comencé con El Quijote y, a pesar del texto propuesto por el maestro Santiago García, el trabajo era muy diferente porque se laboraba a partir de improvisaciones, a partir de las propuestas de los integrantes del grupo. Entonces, ya no eras un simple intérprete sino un creador en el sentido más amplio, pues uno se encargaba de hacer una propuesta en lo conceptual, en lo escénico y en la dimensión plástica”.

Esta es una experiencia que se refuerza en la obra que nos ocupa. Así nos lo explica la actriz. “En A título personal se partió de varios ejes temáticos, uno de ellos la autorreferencia. O sea, partir de uno mismo. Un tema muy complejo porque finalmente los seres humanos tenemos grandes máscaras y corazas. Entonces, desvanecer esas máscaras es un proceso muy largo y arduo porque, en primera instancia, salían apenas esbozos. Partíamos de la idea de buscar ese profundo ser interior que nunca sale al exterior pero que no pocas veces es el más cercano a lo que realmente somos. También partíamos de la idea de que yo soy el otro. Entonces, la idea era escarbar en lo más profundo de cada uno para ver qué salía, y ese es un proceso doloroso porque, así como hay facetas luminosas, también hay muchas cosas horrorosas, escondidas. Por eso se habla de la complejidad del ser humano…

El otro tema en que trabajamos fue el de la presentación y la representación. Entramos en la presentación, estar presente y no estar interpretando, representando. No era hacer un personaje sino presentar ese personaje que yo soy. Entonces, desarrollamos exploraciones individuales para buscar ese yo profundo que nos habita, un yo que tiene amores, odios, rencores, resentimientos… Me atrevo a decir que es también un yo que es el país, una realidad oscura y macabra. Entonces, siento que ese pequeño monstruo que construí en A título personal era producto de esa realidad tan tenebrosa que vivimos, con esa presencia tan fuerte de la muerte, del horror, de las masacres. Y esto se irrigaba también con esa otra persona que es frágil. Para ello utilicé textos de Gómez Jattin en que éste dice, por ejemplo, “Tranquilos que sólo a mí suelo hacer daño”, o de Brecht: “El que ríe es el que no ha recibido la terrible noticia”. Textos que manifiestan nuestros temores, los grandes miedos, la mirada que dice que no vale la pena seguir viviendo, y por otra parte la expresión de nuestra necesidad de que nos quieran, nos amen, nos acaricien. Entonces, era un personaje con dos polos opuestos: la necesidad de afecto y el monstruo producto del horror. Lo oscuro y lo luminoso que nos habita”.

Con su voz tranquila y tono ameno, Nora prosigue su reflexión. “Al final de la obra también hay un juego de contrarios para sacudir las percepciones impuestas por los medios: ¡Tranquilos, vivimos en el país más feliz del mundo! Al Divino Niño lo descuartizaron, mi mamá es una drogadicta, mi papá me violó, tenemos cuatro millones de desplazados….”.

Una escena fuerte, irónica, sin duda, opino. Para después preguntarle por las dificultades de la creación colectiva, a lo cual dice: “Una de las mayores dificultades es que uno se enamora en exceso de lo que hace, y se trata entonces de perfeccionar el poder de escucha y la capacidad de desprenderse de lo que queremos porque estamos férreamente convencidos de su valor. Al mismo tiempo, se trata de lograr que lo que uno hace resulte en algo profundo a través de permitir que mi yo inconsciente sea el que se exprese, y de realizar una labor de selección de lo valioso y madurarlo. Se trata de estar en el filo: por una parte, dejar que la intuición proponga y, por otra, acompañar ese desborde de un momento analítico que seleccione aquello que mejor logra expresar el inconsciente colectivo”.

Entre sagrado y profano

Alexandra Escobar, la joven y talentosa actriz bogotana, inició su trabajo en La Candelaria hace 11 años con la puesta en escena de El Quijote. Su evocación del trabajo colectivo en la obra Nayra, memoria en lengua aimara, nos ayuda a esclarecer el valor decisivo del espacio en la comunicación de las energías sutiles, el valor esencial del cuidado en la construcción de las atmósferas en la generación de la magia comunicativa. La escuchamos, en el ambiente acogedor del patio del Teatro, visitado por una multitud creciente que viene a la ciudad buscando las claves de nuestra cultura mestiza:

“Nos invitaron a México, y allí, en San Juan de Chamula, conocimos una iglesia muy especial. Su arquitectura es católica pero dentro están presentes las tradiciones indígenas. Ese espacio nos suscitó una luz sobre la forma de presentar las improvisaciones, las propuestas que habíamos realizado durante un año en torno a la energía, nuestro tema de investigación conjunta en este proceso creador. Ese templo es un espacio entre sagrado y profano, a partir del cual –que es como un útero– nos dimos cuenta de que podíamos hacer que todas las propuestas que habíamos des-arrollado se presentaran de manera simultánea y dieran cuenta de las creencias profundas que tenemos en América Latina con relación a la energía. Esos rituales indígenas, afros, cristianos, pueden convivir en un mismo espacio. El que recreamos fue circular, e involucra al público en la obra, que en sí misma es ritual. Solamente podían ingresar 90 personas por la disposición del espacio, que es como el de las Malokas. El nacimiento y la muerte coinciden con Oriente y Occidente. La obra terminaba y no queríamos salir a recibir aplausos porque aquél era un ritual, más que un espectáculo; era un homenaje a la memoria y las creencias profundas de nuestros pueblos de Sur América”.

*    Próxima entrega: La génesis de la creación colectiva. La intuición, el método del no método, arte y política. Nuestro inconsciente social. La obra que está ahora en construcción. El teatro del sur de América en el nacimiento del nuevo mundo. Santiago García, Patricia Ariza, Libardo Flórez, Nora Ayala y Carmiña Martínez.





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