Miércoles, 26 Agosto 2009 20:04

El trabalenguas que ya no traba… una voz de María Esther Cayapú

Escrito por María Fernanda Q. Alzate
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–¿Quieres que la arranquemos? –No. No sea que por arrancar
la cizaña arranquéis también el trigo; dejad que todo crezca. Cuando llegue el día de la siega, diré a los segadores: “Segad primero la cizaña, atadla en haces y quemadla
hasta reducirla a cenizas; pero el trigo,
llevadlo a mis graneros.

Giovanni Papini

María Esther Cayapú, naciste en la sombra de un silencio taciturno en el municipio de Florida (Valle del Cauca). Sobre tu rostro de ancestros indígenas, te advierto bella, airosa, de ojos lánguidos penetrantes, cabello abundante y piel cetrina. Reposas vehemente, fuerte, grácil, en el pensamiento de quienes te conocieron como compañera, madre, líder, partera y campesina.

Hacia 1975, erigiste tu casa en el municipio de Trujillo, con sentido ancestral recurriste a bahareque, madera y techo en teja de barro... Aquella casa llena de jardines, flores multicolores y olores recónditos se mezcló entre el montañoso paisaje verde y el bosque circundante. Entre el silencio de un tiempo taciturno, pariste a cuclillas seis hijos: Aníbal, Benedo, Ebert, Orlando, Doralba y Berenice. Con sobrio y pertinaz carácter, construiste amistades entre vecinos, comercializaste tu venta de moras, y tu presencia de partera penetra como una concavidad del destino en Trujillo. Abrigando quizá mortales concebidos por mujeres que entretejen la memoria distinta desde su útero: hombres, corteros, carpinteros, agricultores, sembradores, mujeres...

Entre este espacio y otro, el tiempo se asomó extrañamente en la noche del 31 de marzo y la madrugada del 17 de abril de 1990. Diez individuos entre militares y civiles penetraron a la vereda La Sonora, deteniendo y llevándose a 11 personas: agricultores, corteros, sembradores, carpinteros y una partera: María Esther Cayapú...

Me he preguntado cientos de veces... ¿desapareciste como Alicia en el país de las maravillas o un trabalenguas te desapareció?

Dime triste trabalenguas
que trabas, tristemente a leguas ya no trabas


Preguntas y más preguntas, querida María Esther...

Con el tiempo una brisa se asoma y bajo mis pupilas tu rostro aparece sin tiempo. Una voz leve me dice:
 
...aparecieron las motosierras entre ahogos y tormentos, éstas se colaron entre palabras y gritos en el municipio de Trujillo... El color púrpura de tu cuerpo se levantó como señal en el río Cauca. Seguramente aún transitas entre peces multicolores por el río, posiblemente deambulas como otros tantos, sin hallar lugar fijo hasta que la historia nos diga donde debes detenerte, y probablemente nos respondan quienes te ausentaron de tu casa, de tus hijos, de tus amigos y de tu amado esposo...

Bajo tu desaparición aún aguardo y creo que esta espera no será vacua, vana, ante el impostor de la historia. Sí, te digo que la muerte oprime como una pesadilla en el pensamiento de quienes estamos vivos. Será probable que, mientras vivamos, nuestro compromiso por los ausentes sea perenne y constante, que insistiremos siempre...
Allí, María Esther te encarnas... Sí, como un acto de un pasado reciente. De un pasado que refleja nuestro propio presente.

¿Qué me anima a verte? ¿a instalarnos este 18 de julio de 2009? Me miro y te digo: lo verdadero, la búsqueda y el sentido por la significación de una historia que no repose en las más inocuas intransigencias, bordeadas quizá por la peste y el olvido ante quienes te desaparecieron esa madrugada del 17 de abril de 1990.

Sí, mi querida María Esther Cayapú. En la estratagema de una red aparecen todavía sombras tortuosas de concilios macabros, donde se gestaron desapariciones, centros de torturas, lugares de infierno, antros de fuego, que, con el tiempo, abrazados a las sombras permitieron fosas comunes...

Es necesario que sepas cómo se tiraniza la voz de los muertos, esa señal del tiempo sin conjuras, sin tradición, sin auxilio escabroso del pasado, bajo trazos de impunidad con nombres: militares y civiles que a través del engaño, la crueldad y la soberbia quisieron fosilizar la memoria de mujeres y hombres obscenamente en fosas comunes: los verdugos de un lado y las víctimas en ellas. Sin querer detenernos sobre el ergástulo de los fratricidas que recubren lo ocioso, lo pernicioso, lo injusto y lo macabro...

Tu voz femenina transita hacia otros signos de la palabra, para querer transformar seguramente tu historia, la de otros. Allá te encarnas en las circunstancias esencialmente elegidas por este pasado. Los de ayer, los otros y los de aquí. Te digo que la historia distingue el presente y el pasado en los hechos de la memoria…, Sí, Esther, los hombres hacen su propia historia. Sé que en nuestro tiempo seguirás vertiginosamente emergiendo sin desentendernos del presente. Ante ello, se asoma a mis ojos tu leve sonrisa, la indígena, la madre, la partera, la líder, la campesina que, sin enterrar la palabra junto a otros, seguirán desde su pensamiento dando señales de vida.

Te digo: lejos de ser cautivos de un pasado escabroso, pongámonos al servicio de la justicia en la piel de la memoria y caminemos justo en la frontera del presente ante el horror del pasado. En esa frontera del presente es necesario proseguir más allá, ante la astucia de un charlatán, maligno, burlador, despellejador, culebrero, homicida que fermenta el aliento desde su nicho hacia una mezcolanza de frívolos, ociosos, átomos pasivos, recaudadores de tesoros mal habidos, parásitos, fanáticos del dinero, petrificadores de la ley, de la historia, todos acumulando depósitos personales bajo su figura ‘patriarcal’, sin duda cubriendo su propia miseria bajo la baba de palabras y actos pedidos...
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