Sábado, 24 Octubre 2009 11:49

Centroamérica. Biocombustibles a debate

Escrito por Orlando Amarís Cervantes
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El decrecimiento de las reservas mundiales de hidrocarburos, la fluctuación de los precios del petróleo y sus consecuencias en la inflación en los países centroamericanos han hecho emerger en la región la controversial ‘oportunidad’ de producir y exportar biocombustibles.


Según el Informe del Estado de la Región (2008), hoy la región tiene dificultades para abastecerse de la energía que exige su desarrollo. De 1995 a 2006, la demanda aumentó un 71 por ciento, pasando de un consumo de 3.631 a 6.226 MW. Es importante considerar que allí sólo se aprovecha el 17 por ciento del potencial en hidroelectricidad y un 15 en geotermia. Por su parte, el consumo de hidrocarburos para generación eléctrica en 1990-2006 aumentó un 557 por ciento. El empleo del petróleo destinado al transporte es de un 66 del consumo total de hidrocarburos; el segundo destino del petróleo es la generación eléctrica.

Desde los 90, se ve incapacidad de satisfacer la demanda energética, lo que provoca racionamientos y mayor dependencia de hidrocarburos, y una mayor presión sobre los recursos naturales por el uso de leña, segunda fuente de energía según el Informe. Así, Centroamérica corre el riesgo de desabastecerse y, cuando los precios se elevan, las economías locales orientan un porcentaje cada vez mayor de su PIB a comprar hidrocarburos, afectándose los ingresos reales, en especial los de los más pobres. El consumo energético está muy vinculado con la importación de hidrocarburos, generando impactos económico-ambientales. En otras palabras, en América Central el desarrollo depende hoy de la importación de combustibles ante la insuficiente producción doméstica.

Biocombustibles y ambiente

Para la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), El estado mundial de la agricultura y la alimentación, su documento publicado en 2008, la elaboración y el uso de insumos agroindustriales para biocultivos, tales como fertilizantes nitrogenados, pueden incrementar el óxido nitroso desprendido en el aire, de efecto invernadero 300 veces más perjudicial que el CO2. Igualmente, serán necesarios plaguicidas y químicos para su producción, y combustibles para transportar la materia prima y el biocombustible hasta su destino final.

El cultivo de fuentes de energía renovables son factores amenazantes de la diversidad biológica, debido a las grandes demandas de agua y tierra en las zonas tropicales, además del empeoramiento de problemas como erosión, sedimentación y escorrentía de nutrientes tales como nitrógeno y fósforo a aguas de superficie, y su infiltración en aguas profundas por el uso creciente de fertilizantes (FAO, 2008).

El cambio de uso del suelo para cultivar las fuentes de biocombustibles también preocupa. El éxito de los biocombustibles en la reducción de CO2, contribuyente del efecto invernadero, no está asegurado: el carbono almacenado en los bosques y los pastizales se libera del suelo durante su conversión para hacerlo útil a la agricultura. En cuanto a la palma africana, la FAO también advierte que un aumento en la extensión de su cultivo puede hacer que disminuyan las selvas tropicales, y en el documento referido menciona estudios sobre la relación demanda por biocombustibles-disminución en la población de especies de aves en Brasil, debido al cambio de uso del suelo y la intensificación de estos cultivos.

Carbon mitigation by biofuels or by saving and reforesting forest?, estudio de Righelato y Spracklen (2007) publicado en la revista Science, llama a la prudencia y sostiene que el secuestro de carbono logrado por la restauración forestal es mayor que las emisiones evitadas a partir de biocombustibles líquidos. Por tanto, estos investigadores proponen centrar los esfuerzos en incrementar la eficiencia en el uso del combustible fósil, en conservar bosques y sabanas, y en restaurar el bosque y los pastos en tierras de cultivo que no se necesiten para la alimentación.

Otro factor por tomar en cuenta, según Biocombustibles y su impacto potencial en la estructura agraria, precios y empleo en América Latina, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), es que la producción de biocombustibles pudiera aumentar la presión sobre los recursos naturales y los ecosistemas. En tal sentido, el Informe (2008) sostiene que Centroamérica (incluidos Panamá y Belice) tiene 669 áreas protegidas, con una extensión total de 124.250 kilómetros cuadrados y que la mayor parte del área no se dedica a la conservación estricta, y que el presupuesto para su vigilancia y control es muy reducido. Además, hay coincidencias geográficas entre zonas protegidas y población pobre, lo que crea condiciones de vulnerabilidad para el patrimonio ambiental de América Central, pues la seguridad y la riqueza regional no depende sólo del marco normativo de los sistemas de protección nacional en materia ambiental, sino de factores socio-económicos que generan presión en los recursos y minan la tarea de conservación.

En el caso centroamericano hay un aumento en la población que vive en las áreas protegidas o sus alrededores; un incremento en la pobreza, la concentración de la tenencia de tierra y la intensificación de actividades productivas. Justo esta última constituye la principal amenaza, ya que la expansión y la intensividad de las actividades productivas son culpables de la pérdida de la biodiversidad y el cambio de uso del suelo. No ha sido posible en estos años hacer compatible la conservación y la agricultura en gran escala.

Biocombustibles, agricultura y soberanía alimentaria en Centroamérica

Al revisar el Informe en materia de seguridad alimentaria, el panorama es alarmante. De 1990 a 2005, el cultivo de arroz, fríjoles y sorgo se redujo a la mitad, mientras los no tradicionales, dedicados a la exportación, aumentaron el doble. La producción de granos básicos por habitante es inferior a la de los 90, como resultado de la política neoliberal de apertura comercial que deteriora la posibilidad de que estas poblaciones se autoabastezcan.

Asimismo, aumenta la disponibilidad de granos básicos, resultado de las importaciones, que crecieron un 30 por ciento en 1990-2003. Esto es grave si se considera que los precios del maíz y el arroz se duplicaron de 2000 a 2008. Entre los factores de tal alza está la demanda de éstos para producir biocombustibles. Por si fuera poco, el incremento de un 15 por ciento en los precios de los alimentos significa el aumento de 2,5 millones de nuevos pobres extremos, sobre todo en Honduras y Guatemala, según el Informe.

Además, hay gran expectativa en los biocombustibles como potencial fuente adicional de empleo, en especial en el campo. Sin embargo, para el cultivo de caña de azúcar, principal fuente para producir etanol en Brasil, el asunto no es tan positivo. Teniendo en cuenta las afirmaciones del citado documento de la Cepal, la participación del empleo rural en el cultivo de caña de azúcar ha decrecido, y además los empleos rurales siguen asociados con los niveles salariales más bajos, siendo los empleados temporales los más desfavorecidos.

Considerando lo anterior, y que la apertura comercial transforma las estructuras productivas de la región y disminuye la participación del agro en las economías en los últimos 20 años, todo indica que América Central no tiene condiciones para que la agricultura sea un motor democrático de desarrollo y, por tanto, una herramienta para erradicar la pobreza.

Bases para una discusión

La generación de energía renovable por medio de la biomasa orientada por el libre mercado, lejos de hacer parte de una solución pudiera ser un problema en el actual estado de la región. La iniciativa, atractiva para Centroamérica, no está exenta de ser una producción de ‘oportunidad’ en extremo coyuntural, pues no se articula a una propuesta seria de desarrollo rural y ahorro de energía.

Según la FAO (2008), los combustibles seguirán empujando alzas en los alimentos, con impacto en América Central, que importa. Ello ocurrirá aun con ‘disponibilidad’, pues los países pagarán más por importar, debido a la apertura contraria a la producción nacional, y producirán lo no tradicional para exportar, importando lo que otros producen supuestamente a menores costos. En fin, a corto plazo, la población urbana y rural, sin tierra suficiente y sin capacidad de autoabastecerse, pagará más altos precios por los cultivos regulares de hace pocas décadas, antes que los programas de apertura se aplicaran en Centroamérica y se experimentara una consecuente reorientación productiva.

Aunque puede decirse que hay posibilidades de que los cultivos para biocombustibles sean de pequeños propietarios, esto requiere una vigilancia estatal que prevenga abusos contra los pequeños propietarios en la compra de insumos, así como subvencionar su producción. En cuanto a la absorción de mano de obra, el cultivo de materia prima para biocombustibles no repercutirá favorablemente en el ingreso de la población rural centroamericana, pues quizá los cultivos tengan pocos trabajadores fijos, a fin de mantener la competitividad. Al respecto, ya hay muestras de ‘flexibles’ relaciones laborales en la producción de banano y piña. Si ello ocurre con las regulaciones de hoy, ¿cómo esperar que se dé otro tipo de relaciones patronales para la población joven que se inserte en esta actividad? La pregunta cobra vigencia cuando la fuerza de trabajo en Centroamérica tiene una amplia base rural, y un 29 por ciento de la misma no supera los 25 años.

Finalmente, consideramos que con el desarrollo de esta opción energética, Centroamérica puede eventualmente disminuir en grado mínimo su dependencia de los combustibles fósiles. Sin embargo, esta producción exige subvención y protagonismo estatal (ausentes en los últimos 30 años) para que aquélla sea posible para los pequeños y medianos productores. La discusión sobre biocombustibles permite, pues, visibilizar los problemas deliberadamente no resueltos por los gobiernos centroamericanos y que convierten la herramienta energética renovable, útil al desarrollo, en factor agravante de lo laboral y ambiental. El desarrollo de insumos para biocombustibles, en las condiciones de hoy, se enmarcará en la explotación intensiva de recursos naturales, propia de la agroindustria y sujeta a los precios internacionales, ya que tarde o temprano se orientará hacia la exportación en vez de impulsar el desarrollo interno. Esta discusión, aunque importante, en la forma como empresarios y gobiernos acuden a ella, es un distractor de la problemática que afecta el agro en la región, y cuya atención se posterga en detrimento de un modelo realmente democrático y sostenible.

Bibliografía

FAO (2008). El estado mundial de la agricultura y la alimentación. Roma: Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.
Programa del Estado de la Nación (2008). Estado de la región en desarrollo humano sostenible. Un informe de Centroamérica y para Centroamérica. San José: Estado de la Nación,
Razo, Carlos. Astete-Miller, Sofía. Saucedo, Alberto. Ludeña, Carlos (2007). Biocombustibles y su impacto potencial en la estructura agraria, precios y empleo en América Latina. Santiago de Chile: Cepal.
Righelato, R. y Spracklen, D. (2007). “Carbon mitigation by biofuels or by saving and reforesting forest?”. En: Science, vol. 317.

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