Sábado, 24 Octubre 2009 12:29

Colombia, economía de mal en peor

Escrito por Equipo desde abajo
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Septiembre concluyó en Colombia con dos noticias que resumen el mal momento que vive el país y la grave situación que sobrellevan millones de sus habitantes.

La primera nos recordó que el empleo sigue en picada. En efecto, el Dane informó que para agosto, en las 13 principales ciudades, el desempleo ya cubre al 13,1 por ciento de la población y que otro 58 por ciento está en la informalidad. Según el ente estadístico, en sólo agosto 241 mil connacionales quedaron sin empleo. En todo el país, la tasa de desocupación llega al 11,7 por ciento, es decir, en los actuales momentos tenemos la escandalosa cifra de 13.347.740 personas en condiciones de desprotección y violación de sus derechos laborales y humanos: dos de cada tres trabajadores padecen de neoesclavismo o exclusión, según nos precisa el investigador social Libardo Sarmiento Anzola.

Las ciudades más afectadas por esta tragedia continúan siendo Pereira, con 21,3 por ciento, seguida por Popayán con 19,4 por ciento. Ibagué y Quibdó se mantienen en igual senda.

La situación de la capital risaraldense es especial, toda vez que refleja otra calamidad: la caída de los giros de sus familiares emigrados a trabajar en Europa y Estados Unidos. Simultáneamente, crece la delincuencia y, según informan algunas casas de cambio, se incrementan los giros en vía contraria, es decir, las familias les devuelven a sus miembros el dinero enviado por ellos para ser ahorrado.

El desempleo, entonces, es creciente, noticia que en parte explica y refuerza otra que el propio Dane había confirmado días atrás: en Colombia hay alrededor de 20 millones de ciudadanos pobres y 7,5 millones de habitantes en condición de indigencia (aquellos a quienes el ingreso no les alcanza ni para comer). La noticia refuerza lo informado por la Cepal para 2007: en relación con los niveles de pobreza, en ese año el valor promedio del indicador para América Latina y el Caribe fue de 34,1 por ciento. En Colombia, según la misma fuente estadística, el nivel de pobreza fue de 46,8. La pobreza extrema o indigencia fue del 8,1 en el promedio de los países de la región; en Colombia alcanzó 18,2.

La situación no podía ser otra, pues el modelo económico, como el conjunto de medidas impulsadas por el uribismo y aprobadas por el Congreso, favorecen sin vergüenza alguna a los más ricos. Una y otra vez, esta política hace evidente la carencia de un verdadero proyecto de país y la sujeción de Colombia a los intereses internacionales del capital.

No es casual, entonces, que el empleo decente desaparezca virtualmente de la escena nacional, y que con el paso del tiempo las curvas del PIB y el desempleo tiendan a ser divergentes y asimétricas: en las crisis se amplifica el desempleo; luego, durante las fases de ascenso y auge económico, los retardos en la generación de empleo tienden a ser mayores, mientras se reducen los nuevos puestos de trabajo decoroso. ¿De dónde proviene este resultado? De un modelo económico de carácter rentístico, especulativo y concentrado, dominado por una financiarización perversa al servicio del capital transnacional.

Otro elemento refuerza este carácter de la economía y la realidad social que le acompaña: la distribución del ingreso. La concentración es ahora más injusta respecto a 20 años atrás, pues en 2008 el coeficiente de Gini (mide la desigualdad en un rango entre 0 y 1, y cuando se acerca a la unidad la desigualdad es mayor) fue de 0,59 (sin cambios desde 2002), mientras que en 1991 tenía un valor de 0,54.

Industria y comercio no levantan cabeza

La otra noticia se conoció el viernes 18 de septiembre, al confirmar que la industria y el comercio siguen en picada. Según el Dane, en julio pasado la producción industrial cayó 6,5 por ciento. El mal momento de las manufacturas se explica en la menor producción de las industrias de hierro y acero (–30,8 por ciento); confecciones (–23,9); vehículos automotores (–26,3); papel, cartón (–11,9) y minerales no metálicos (–6,3 por ciento).

Por su parte, las ventas del comercio al por menor cayeron 4,7 por ciento hasta julio. Pero el vertiginoso descenso prosigue, y la misma entidad informa que en agosto las exportaciones cayeron a 2.673,5 millones de dólares, frente a igual mes de 2008, cuando alcanzó 3.289,9 millones de dólares, es decir, acusa una caída del 18,7 por ciento.

Las menores ventas al extranjero se explican por la reducción de las exportaciones a Venezuela (cerca de un 40 por ciento), Estados Unidos (22,9) y Ecuador (cerca del 20). La crisis económica no superada y el mal momento de las relaciones con los vecinos son las razones del retroceso en las ventas.

El informe del Dane indica que 11 de 16 grupos de mercancías presentaron variaciones negativas, entre ellos vehículos y motocicletas, lubricantes y utensilios de uso doméstico. Por su parte, la Asociación Nacional de Industriales (Andi) también dio a conocer los resultados de la Encuesta de Opinión Industrial, en la cual se indica que la producción cayó 7,7 por ciento entre enero y julio. Los subsectores de menor desempeño fueron los aparatos de uso doméstico, vidrio, caucho, autos y autopartes.

Economía, industria y empleo que sintetizan una tendencia evidente en el país: “Los sectores reales de la economía, donde se producen los bienes y servicios que satisfacen las necesidades humanas, sólo generan el 38 por ciento del empleo del país. Por posición ocupacional, el trabajo asalariado participa únicamente con el 44 por ciento del total del empleo nacional; el resto son trabajadores por cuenta propia, y personas que laboran a cambio de comida y peones. Los patrones o empleadores tan solo representan el 5 por ciento. En el último año, esta estructura, antes que cambiar, se fortalece en medio de la crisis de los sectores real y moderno de la economía; en efecto, solamente el sector terciario genera empleo, y en la categoría ocupacional de trabajadores por cuenta propia o sin remuneración (43% trimestre móvil mayo-julio de 2009)” (Sarmiento Anzola, Libardo. Le Monde diplomatique edición Colombia, Nº 83, agosto 2009).

Así, y de acuerdo con las cifras oficiales mismas, la brecha entre ricos y pobres se ahonda en Colombia, y el modelo económico en boga hace agua. A la par, sucede lo mismo con el conjunto del modelo político, ahogado en medio de la más cruda corrupción, concentración del poder y ejercicio de la violencia.

La crisis siempre la paga el más débil


De nuevo al ataque. No importa la inmensidad de sus ganancias (5,9 billones en enero-julio de 2009), siempre quieren más, y pretenden obtenerlas atacando y usurpando los derechos del más débil.

En efecto, los banqueros colombianos insistieron en septiembre pasado en concretar profundas reformas sobre la legislación laboral, salud, pensiones y parafiscales, como una vía para alcanzar, según ellos, una más pronta recuperación del empleo, tras la crisis económica en curso.

“Conviene pensar en la necesidad de reformar las instituciones de este mercado, lo mismo que la financiación de los regímenes de salud y pensiones, junto con una buena parte del gasto social, para que se fondeen con impuestos generales y no con contribuciones sobre las nóminas de las empresas”, reitera la Asociación Bancaria, el gremio que agrupa a los banqueros.

Solución facilista –cortar por el lado más débil–, como otrora lo hicieron (1990-2002): “Cobren menos por los días de trabajo, flexibilicen la mano de obra y garantizamos más empleo”. Palabras más, palabras menos, fueron las pronunciadas para crear el ambiente social que permita usurpar los derechos de los trabajadores. Pero, pasados los años, todo sigue igual o peor. El empleo escasea, la estabilidad laboral es un recuerdo de otras épocas, las horas nocturnas pasaron a ser diurnas, el feriado se paga doble y no triple, como antes, en fin, el mundo del trabajo que se conoció ya no es, y quienes padecen esa realidad son los más débiles.

Pero quieren más. No les bastan su miles de millones de ganancias anuales. Por ello, la Asobancaria precisa que “la desaceleración de la actividad económica sobre el empleo durante la recesión” ha resultado “magnificada por la inflexibilidad estructural introducida por las instituciones de nuestro mercado laboral”. Es decir, recorten más derechos –como lo aseguraron en otras épocas– y todo irá mejor.

Los banqueros enfatizan sobre el particular al argumentar que, sin las rigideces introducidas por el actual entorno institucional, “las consecuencias adversas de la desaceleración de la actividad económica, en términos de empleo, fueran probablemente menores y obstaculizaran menos la reactivación del consumo privado en el corto plazo”.

Voces que hacen eco

Pero no son los únicos. En mayo pasado, Fedesarrollo, la fundación que lidera las investigaciones en temas como desarrollo y educación desde el ángulo de los más ricos del país, propuso algo similar. Decían entonces: “Colombia ya no puede aplazar más el tema de una nueva reforma laboral”.

Y se reafirmaban: “Una reforma profunda del mercado laboral en la que se ataquen los costos en la generación de empleo formal y al mismo tiempo se ataquen los subsisdios que se le están dando a la informalidad”.

Insistía el director adjunto de Fedesarrollo, Mauricio Santamaría, que en una reforma laboral no puede estar por fuera un tema como el pensional, “muy importante porque se ha mostrado que ahí no sólo hay un tema de impacto laboral sino que la cobertura del sistema pensional es muy baja y, si queremos aumentarla, hay que pasar por temas de reforma laboral y pensional”.

Tanto va el cántaro al agua…

Pero hay más. En igual sentido, y haciéndoles eco a estas voces, el miércoles 2 de septiembre del año en curso, el Departamento de Estudios Económicos del Banco Bilbao Viscaya (BBVA), ‘recomendaba’ aumentar los años para que se pueda acceder a la jubilación.

Decían los funcionarios de ese banco que, “comparado con otros países como Perú, Chile y México, donde el BBVA ha realizado estudios, Colombia es el más rezagado y el que registra las peores cifras en el tema pensional”.

Y para superar esa brecha es factible ajustar en tres años la edad de jubilación, según el análisis realizado, porque hoy la expectativa de vida de los colombianos es superior entre tres y cinco años a la que había hace 15 años, cuando se hizo la reforma al régimen pensional del país.

Esto indica, bajo la propuesta del BBVA, que un hombre hoy se puede jubilar a los 68 años y una mujer a los 65. “Ese incremento gradual permite que la gente acumule más ahorro y tenga una pensión adecuada cuando esté viejo”, señaló.

Pero hay más. Los voceros del banco español señalaron que dentro de una nueva reforma es recomendable eliminar la asociación de la pensión mínima con el salario mínimo.

Dicen por ahí que “guerra avisada no mata soldado”. ¿Será que esta vez se cumple el dicho?


Bogotá no escapa a la crisis económica


No podía ser de otra manera: “La crisis económica está golpeando fuertemente a la capital y, por consiguiente, la capacidad de consumo de los bogotanos se ha resentido”. Así lo confirmó Carlos Córdoba, coordinador de la Agenda Bogotá Cómo Vamos (BCV).

En medio de una recesión que rompe lógicas empresariales y políticas públicas, y comprime los mercados, el 30 por ciento de los habitantes de la ciudad encuestados asegura que su situación económica ha empeorado y el 21 se considera pobre. Entre las principales razones se encuentra el desempleo, la falta de dinero y de vivienda, así como el costo de los artículos.

Pese a esta realidad, y de acuerdo con Jorge Iván González, director del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de la Universidad Nacional, los bogotanos tienen que gastar la tercera parte de sus ingresos en la compra de los alimentos para la familia; un 24,7 por ciento debe destinarlo al pago de arriendo o la cancelación de cuotas de vivienda; un 10 debe enfocarlo a la cancelación del ‘derecho’ a la salud y otro tanto para cumplir con los servicios públicos; la educación consume el 8 por ciento de los magros ingresos mensuales.

Este estudio desnuda, por demás, la realidad que aún padecen los colombianos y en particular los bogotanos, donde el derecho a la salud y la educación todavía no es pleno. El tema de la habitación es cada vez más crítico, pues el déficit es inmenso, el acceso a créditos casi imposible, e insuficientes las políticas en marcha para paliar esa necesidad.

El drama de la crisis se refleja en la pérdida de otros derechos, entre ellos el de acceso al disfrute pleno de los servicios públicos, los cuales, como se sabe, sólo se pueden satisfacer si se compran (¿derecho para los de plata?). En efecto, el 32 por ciento de los encuestados reconoció que ha dejado de pagar algún servicio público, otro 25 ha dejado de alimentarse como lo hacía normalmente, otro 25 recorta sus gastos en salud, mientras un 22 se cuelga en el pago del arriendo, y un 10 en los créditos bancarios.

Esta realidad confirma algo ya conocido: las personas de bajos recursos no pueden gastar en recreación, diversión o, incluso, vestuario porque deben asegurar la vivienda, la alimentación, los servicios públicos y el transporte.
Lo público, pues, queda cuestionado. A pesar de las políticas en salud y educación implementadas por el Polo en la ciudad, aún falta mucho por hacer. Es urgente radicalizar o profundizar las medidas políticas en esas dos áreas, pero también aplicar cambios sustanciales que aseguren ingresos y techo digno para todos.

Por algo, y de acuerdo con la Agenda BCV, sólo el 58 por ciento de los bogotanos considera que las cosas van por buen camino (la cifra más baja desde 2003) y un 16 por ciento afirma que ninguna entidad pública o privada está haciendo algo por mejorar su calidad de vida.

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