Lunes, 25 Enero 2010 19:43

Congreso de los Pueblos. Referente de poder y movilización

Escrito por Equipo desde abajo
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En Colombia, tal vez desde finales de la década de los 80 del siglo XX el movimiento social no levanta cabeza; no repercute desde aquellos días, cuando el sindicalismo independiente y el movimiento cívico sufrieron persecución y vinieron a menos. O tal vez su repliegue viene de unos pocos años después –década de los 90–, cuando el movimiento campesino y su toma de tierras terminó liquidado tanto por efectos de la acción militar como por aspectos de la cultura del narcotráfico y la intensa contrarreforma agraria que operó la tripleta terratenientes tradicionales-mafia-políticos asociados.

Con estas afirmaciones no se desconocen muchas iniciativas sociales y políticas que por momentos han mostrado la recuperación de la expresión social. Entre ellas, el magisterio (año 2001) y el movimiento indígena (2008), pero se hace innocultable que ha estado ausente una acción integral con pleno contenido social y de suma de los diferentes sectores.

Diversas circunstancias contribuyen para que otros sectores no alcancen un nuevo protagonismo:

 La institucionalización del quehacer, asumida por importantes segmentos de la acción social,

–El desánimo que por largos períodos ha cubierto algunas de sus más importantes expresiones, fruto de la guerra y el terror, lo mismo que de su costo y los efectos inmediatos en cientos y miles de vidas de dirigentes y activistas de base,

–La ausencia de una teoría que referencie con precisión el qué y el cómo hacer para construir un nuevo país, pero también:

–Las equivocaciones y los personalismos unos, y los desafueros y abuso de la fuerza otros, por parte de las diversas opciones políticas que, como oposición o insurgencia, han pretendido transformarse en opción popular.

Las consecuencias de esta realidad no son de poca monta:

•Replegados sobre sí mismos, importantes núcleos de activistas se enconchan en su actividad local, negándose –en actitud política suicida– a proyectar su cotidiniadad, y relacionarla con otras experiencias y con las acciones del movimiento general.

•En el extremo opuesto –y ante la realidad de la guerra–, núcleos de activistas no encuentran un referente ni una posibilidad de consecuente construcción política legal; entonces dirigen su expectativa o su esfuerzo hacia una acción estrategista que ubica todo su potencial en las parcialidades de la guerra, la logística mínima, o la espera o ideal de recuperación guerrillera.

•Pero también, claro está, otros sectores –no pocos– sin norte preciso se enfrascan en una pragmática acción cotidiana: aprovechar todo proyecto y todo recurso que provengan del Estado para solucionar pequeñas necesidades en su entorno, sin trascender el marco institucional ni el sistema mismo que ocasiona las problemáticas que se quieren superar.

•Entre una y otra de estas prácticas de compromiso social, hay otros quehaceres. Muchos otros, ejecutados en medio de la dispersión y el voluntarismo. Algunos pueden relacionar varias de las carácterísticas enunciadas.

Sin embargo, y pese a todo el esfuerzo inyectado por cientos, miles, de activistas, la iniciativa del establecimiento permanece intacta. El conjunto popular y revolucionario no logra hasta ahora cuestionarla –contrastada con una alternativa por construir– y ponerla en la palestra pública, el desprestigio y el descenso en las encuesta

Ante esta constante que no parece tener fin, los activistas sociales, en vez de ayudar a transformar la realidad que los motiva a organizarse y resistir, teminan por brindarle aire y apariencia al sistema que confrontan.

Paradoja de la resistencia y la política. Si no hay una acción integral, coordinada, orientada hacia un norte preciso, antisistémica, con respuestas oportunas a las mediadas del régimen y con prácticas comunes y consignas consensuadas, mucha parte del valor y los esfuerzos puestos pierde su potencia, y por lentitud y debilidad termina contribuyendo, por el contrario, a la hegemonía oligárquica que desafía y se muestra sobrada en su poder y su política, incluso de guerra.

 Con el compromiso de superar esta realidad, en la primera parte del siglo que ahora empieza a deshojar su segunda década, a través de este periódico propusimos dar curso a la primera fase del Encuentro Nacional Popular (y de la Memoria), ENP-M. Era su propósito: estimular la reconstrucción de la acción social, política y del descontento en la sociedad colombiana y el movimiento popular, en superación de las circunstancias que a esta acción la mantenían (mantienen) atomizada y que la llevaban a actuar, en lo fundamental, sin iniciativa propia, con localismos, fractura de ciudad y campo y de manera contestaria.

 El Congreso de los Pueblos

 Una de las tareas más importantes que se proponía (propone) ese ENP-M descansaba (descansa) en la instalación de un Congreso de los Pueblos. Su intención era (es), en lo fundamental: construir un referente de poder político y social, por medio del cual se superara la dispersión de las resistencias sociales, pero además proyectar una luz, un norte, que potencie los bríos del activismo en procura de gobierno y poder.

 Se proponía (propone) un Congreso de los Pueblos, toda vez que se diagnosticaba el sin sentido histórico del congreso oficial, culpable en todas sus mayorías de la tragedia nacional. Siempre: del lado de la oligarquía. Sin puertas abiertas –ni a medio abrir– para los menos favorecidos. Había, entonces, que ganar capacidad, experiencia de gobierno.

 Tal objetivo pudiera iniciarse o alcanzarse con ese nuevo Congreso Popular, congreso que, sin pretender ser Estado, les marcaría un ritmo –como Estado Mayor del Pueblo, según la experiencia de Evo Morales y su partido MAS– a las nuevas prácticas populares:

 

relacionamiento de las diversas experiencias en marcha,

–espacio para el debate y la coordinación,

–superación de las prácticas localistas al proyectarlas y permitir que se sientan parte de un todo,

–investigación de los temas fundamentales del Estado para abocarlos con sentido comunitario, barrial, veredal;

–relacionamiento de la acción institucional y la extrainstitucional de los sectores populares al permitir y estimular la participación por derecho propio de los congresistas –identificados como del campo popular– elegidos en los comicios institucionales de cada cuatro años;

–potenciación de la protesta callejera unitaria, como el mejor expediente para el logro de todo tipo de reivindicaciones.

Consignas, propósitos éstos del Congreso de los Pueblos que no se han podido concretar. No, toda vez que el nivel de discusión y de disposición en los distintos sectores sociales y políticos no permite ni extiende y potencia el debate en torno a su posibilidad, su necesidad y su viabilidad. Sin permitir así una negación con sustento o la aclaración con toda precisión del qué, el porqué, el para qué, el cómo, el con quiénes y los demás interrogantes que deben acompañar una respuesta y un debate fraternos ante cualquier iniciativa política por emprender contra el enemigo común.

 La Minga. Ausencia de espacio y encuentro que empezó a ser rota por el caminar de la Minga indígena. En especial su capítulo 2008, cuando concluye como una de las tareas imperiosas por poner en ejercicio en 2009, precisamente, la del Congreso de los Pueblos. En este último año, y pese a la vitalidad con la cual la Minga retomó la vía pública, el propósito no se concretó.

Responsabilidad de coordinación e impulso. Tal vez la ausencia de un ente que estimule el debate y las relaciones necesarias en torno a este propósito fue uno de los aspectos que aplazaron su capítulo y su concreción.

Dadas estas circunstancias, y la consideración del giro estratégico que vive la situación nacional una vez que fueron aprobadas en nuestro país las bases militares para que opere el ejército de los Estados Unidos, como también la preocupación y la ocupación electoral de importantes franjas del activismo, desde abajo –y amigos cercanos– se arroga la tarea inmediata de salir a estimular dentro del conjunto del movimiento social, concretando con el mayor sentido unitario, la instalación del Congreso de los Pueblos; de jalonar en todo el país la tarea, y mes tras mes ir constituyendo, ampliando, un equipo de impulso que haga del mismo un propósito cada vez más colectivo y por ningún motivo aislado, hegemonizado, por fuerza o experiencia particular alguna.

Fecha: el próximo 20 de julio, día en que se conmemora el bicentenario de la primera independencia, pero también del calendario en que se instala cada año el congreso oficioso.

Lugar: ideal pero por definir, hasta ahora Bogotá.

Temática y metodología: es labor por construir de manera colectiva en los próximos seis meses.

Financiamiento, transportes e infraestructura: con el aporte de todos y todas.

La tarea nos espera. Todas y cada una de las experiencias y dinámicas podemos y debemos participar. Otra sociedad, otra Colombia, son posibles. Hagamos que así sea.

Visto 4679 vecesModificado por última vez en Martes, 26 Enero 2010 15:47

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