Miércoles, 24 Marzo 2010 19:07

Voces de las urnas

Escrito por Equipo desde abajo
Valora este artículo
(0 votos)
Tras los comicios para el Congreso, una mirada a las lecciones abonadas por una experiencia que se repite pero que no parece ser suficiente para que la izquierda asuma la coyuntura con decisión de ruptura con la política tradicional, mostrándoles a las mayorías nacionales que hay otros caminos para construir el país necesario. Reflexiones para la provocación.
 
La primera observación, que no por sabida puede dejarse de lado, es el alto índice de abstención, hasta donde sabemos, 55 por ciento del potencial electoral respecto del Senado, aunque puede ser mayor para la Cámara, en uno u otro departamento. Precisamente, lo obvio de la observación es uno de los problemas más graves porque la abstención tiende a convertirse en un hecho ‘normal'. La mayoría de los análisis se refieren a los resultados electorales como si fueran la expresión, la voluntad ‘del país', el clima de opinión, y nada más lejano de la realidad. Tendríamos que decir, por lo menos, que los sentimientos y los deseos de esa enorme franja de la población que se abstiene constituyen un enigma. Lo único cierto es que rechazan o poco se sienten atraídos por el espectáculo electoral. Incluso, en la enorme cantidad de votos nulos, aparte de las disquisiciones sobre las dificultades con los tarjetones, sin duda reales, de todas maneras se refleja tanto la escasa politización de los electores como la poca seriedad de los ‘políticos' que, en todas las ‘corrientes', se lanzaron en masa a ‘candidatizarse'. Las exiguas cifras individuales alcanzadas por la gran mayoría corroboran esta vergüenza.
 
En todo caso, esto quiere decir de manera correlativa que los resultados dependieron en lo fundamental de las capacidades de las maquinarias. Difícil es saber qué tanto representó el “voto de opinión”, aunque probablemente fue muy poco, ni tampoco el voto ‘libre', es decir, consecuencia del compromiso militante. En cambio, sabemos que debió ser enorme la clientela pura, para no mencionar el voto forzado y el voto comprado. Los liberales, por ejemplo, al celebrar sus guarismos, no dejaron de subrayar, con el ingenuo cinismo que proporciona el ambiente de ‘normalidad', que había sido difícil conseguirlos sin contar con los recursos del poder ni las cuotas burocráticas. No reconocen, claro está, que a pesar de sus desventajas relativas sí cuentan con maquinaria. No gratuitamente su mayor votación al Senado la tuvo la famosa Arleth, esposa y heredera del imperio, oloroso a paramilitarismo, de Juancho López en Córdoba.
 
Estas elecciones fueron, pues, un duelo de maquinarias. Desgraciadamente por parte de todos los competidores, aunque para unos en mayor grado que para otros. Esta constatación es fundamental para cualquier análisis.
 
La segunda observación, que se desprende de la anterior, puede ser controvertible. Contrariamente a lo que se suele decir, no parece que estas elecciones hayan sido un plebiscito a favor o en contra de Uribe. La figura del Mesías, desde luego, era importante para la propaganda pero no fue la causa ni del triunfo de unos (Partido de la U y Conservatismo) ni de la derrota de otros. En realidad, salvo el Polo –y eso que algunos de sus representantes no dejaron de reconocer los ‘logros' de la ‘seguridad democrática'– ninguno se presentó como antiuribista. Además, aunque se puede profundizar en el análisis a partir de las cifras, los resultados fueron hasta cierto punto previsibles. Si el uribismo, ya sin reelección, es decir, como ideología, quedó como el gran triunfador, no fue propiamente por la distribución de los votos. Pensarlo es simplemente ignorar la lógica de las maquinarias. Para éstas, lo fundamental es afianzarse en el aparato de Estado y para ello se utilizan todos los recursos disponibles, comenzando por el clientelismo. Muy pocos creen el cuento de que la disputa por los votos se iba a definir según la imagen de mayor o menor cercanía del Mesías. ¿O es que alguien se atreve a pensar que el éxito del PIN se le debe a su imagen de ‘lealtad'? Es cierto que la ayuda del Gobierno fue muy importante, pero como recurso y como garantía de los otros recursos, incluyendo la amenaza de violencia, pero no como ideología que ayuda a convencer. El papel de las maquinarias es activo; de ninguna manera, pasivo. Una vez asegurado el botín, comienzan a tomar las decisiones políticas. Por eso, lo que se ha abierto ahora es una etapa de negociación. 
 
En ese mismo orden de ideas, cabe dudar de que estas elecciones hayan sido una prevuelta de la elección presidencial. No es tan cierto que J. M. Santos haya sido el ganador, como se ha encargado de propagarlo él mismo. La enorme maquinaria del Partido de la U, en parte heredera de la que tuvo el liberalismo, se compone de numerosas maquinarias regionales y locales. Aunque no se crea, tiene que garantizar ahora que se ponga en funcionamiento a favor suyo, y no es poco el esfuerzo si se toma en cuenta que ya tienen su botín. Hay que ofrecerle algo más; no basta con la ayuda que ya le prestó Uribe. Otro tanto sucede con el PIN, y en mayor grado con el conservatismo, que, por lo menos en lo que se refiere al Senado, lo siguió muy de cerca en votación. Puede suceder que, en la seguridad de pasar a la segunda vuelta, se atreva a disputarle a Santos la Presidencia. O que acepte alguna transacción para marchar juntos. Se dice que estas opciones estarían representadas por Noemí y Arias, respectivamente. Téngase en cuenta, eso sí, que cada vez importa menos la “unidad uribista” ¡Un choque de trenes! Por eso no sorprende la dilación a la hora de brindar los resultados de la consulta conservadora. Nada de raro tiene que Uribe haya estado metiendo la mano.
 
No obstante, el paso a la segunda vuelta no está seguro para nadie. Aunque a muchos les angustia que queden dos uribistas, se están moviendo fuerzas muy poderosas, nacionales e internacionales, que pueden estar apostando a otro escenario, contando con que el voto libre y el de opinión tienen mayor juego en las elecciones presidenciales. Las maquinarias van a dar su aporte fundamental pero se necesita un poco más. Aunque los votos del liberalismo, ciertamente recuperado, no son de Pardo, sus posibilidades no se reducen a éste. Otro tanto se puede decir de Vargas Lleras, que va más allá, o más acá, de un Cambio Radical reducido a sus justas proporciones. Una inquietud: aparte de la continuidad de la ‘seguridad democrática', que ya no cautiva como antes, hasta ahora nadie ha señalado qué es lo verdaderamente en juego en la definición del nuevo gobierno. ¡Salvo los neoliberales puros y duros!
 
Se dice también que el PDA, el Partido Verde y Compromiso Ciudadano son expresión del voto libre y de opinión. Ciertamente hay una franja –clase media escolarizada– que los favorece, pero infortunadamente no están exentos de la enfermedad del clientelismo. Aquí tampoco los resultados pueden atribuírseles a sus presidenciables. El último, por cierto, se hundió, afectando aunque no borrando la imagen de Fajardo. Y el segundo supo capitalizar el efecto demagogia de Gilma Jiménez, que decidió apropiarse del clamor por mayor castigo para los abusadores y violadores de niños, consigna evidentemente infalible. Por su parte, el triunfo de Antanas en la consulta, significativo por la derrota del puntero en las encuestas, Lucho Garzón, no hace más que repetir una historia bogotana ya conocida, cuyo aliento de mediano plazo está por verse.
 
El desplome del Polo estaba anunciado, sin que logre atenuarlo el éxito de Robledo, nuevamente por méritos personales. Sus pequeñas maquinarias clientelistas apenas alcanzaron a salvar a algunos de sus usufructuarios. El voto militante, desperdigado en montones de candidatos, contribuyó ciertamente al total de la lista, como lo habían planeado los estrategas del PDA, pero no le dio ni siquiera para superar al PIN y Cambio Radical, y evitar la disminución de sus elegidos al Congreso. Pero el desplome no se debe ver simplemente en las cifras. La verdad es que perdió por completo su identidad. Ni se convirtió en un partido de izquierda, con lo cual se enajenó una parte del posible voto militante, que sólo vio en la campaña una feria de apetitos individuales, y se incapacitó nuevamente para llegar al abstencionista popular. Ni se reafirmó como una opción del llamado centro, al gusto de la opinión fabricada por los medios, como pretendía la corriente triunfadora en su pasada consulta, y tuvo que ver cómo se le deslizaban sus posibles votos en brazos de los ‘verdes' y los ‘ciudadanos'.
 
Una observación final. La cuestión de la identidad es vital para un partido como el Polo. Hasta para el juego electoral. Es sabido que, en Colombia, hace mucho tiempo dejaron de ser importantes los programas. Basta ver el partido de la U y Cambio Radical. Y los otros, que igualmente se refugiaron en el expediente fácil de proclamarse uribistas. Sólo así se entiende cómo el transfuguismo haya llegado a ser en este país una figura jurídica y no un insulto. Pero estas maquinarias, parte del establecimiento capitalista, el ‘sano' y el mafioso, pueden darse ese lujo. Eso no se aplica a una opción transformadora (para no decir revolucionaria). Durante un tiempo pudo servir el juego con los votos de opinión. En parte, para enfrentar la decencia a la barbarie; en parte, para canalizar la fatiga respecto a los ‘políticos'. Pero este proyecto se agotó. Otros, contando con los medios, están capitalizando mejor este sentimiento elemental. Y aunque no fuera así, ya era necesario avanzar. Sin embargo, fue incapaz de hacerlo. Nadie puede entender qué cosa es el Polo. El lamentable gobierno del Distrito Capital contribuyó a borrar cualquier signo positivo, igual que el inexplicable voto por el Procurador. Y todo, pese a lo que podía deducirse de los excelentes debates adelantados por Robledo. Este problema de la identidad es sin duda muy profundo. Al principio, la identidad del PDA parecía asociada con una herencia histórica, de izquierda y sindical, pero figuras como Lucho Garzón y sobre todo Angelino Garzón ya se encargaron de sepultarla. Ya no importa el pasado; no es prueba de garantía. Seguramente hay una nueva generación, pero la juventud tampoco es, por sí misma, garantía. Esa identidad hay que edificarla. Bajo el apelativo de PDA o sin él, pero en todo caso dentro de los movimientos sociales, compartiendo sus luchas.

 


Visto 3788 vecesModificado por última vez en Miércoles, 31 Marzo 2010 08:18

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.