Viernes, 28 Mayo 2010 15:06

La memoria, virtud cristiana y subversiva

Escrito por Ancizar Cadavid Restrepo
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"Y ahora, Señor Dios, salva a tu pueblo,
pues piensan liquidarnos y quieren destruir tu antigua herencia.
No abandones a esta parte tuya
que de la tierra de la esclavitud rescataste"
(Libro de Ester, capítulo 4).

Es la oración del cortesano Mardoqueo que quiere ser más leal a Dios y su pueblo, que a la corte en la cual y de la cual vive. Su oración es impresionante porque deja sentir un tufo de miedo ante la amenaza de liquidación y destrucción del pueblo y de la que ha construido como su herencia histórica. La vida y la libertad son, sin lugar a dudas, según el espíritu del texto, la porción más preciada de esa herencia que está en peligro.

Molesta un poco el tufillo de miedo que respira el cortesano. Y molesta porque nada bueno y mucho malo les ha hecho a los pueblos la religión practicada por miedo. América Latina carga a sus espaldas 518 años de resignación derivada del miedo metafísico que han sembrado los supersticiosos de distintos credos de matriz seudocristiana. Por eso, no gusta ese aire miedoso, y porque la vida trae ya su buena carga de miedos y malestares, de incomodidades y rompederos del alma, como para andar inventando dioses de castigo. Los seguidores de la utopía de Jesús de Nazaret son más aliados de la rebeldía creativa y la espiritualidad subversiva que de los miedos domesticadores.

Pero, más allá de lo dicho y en esencia, nos cae bien Mardoqueo por su brillante intuición de cuatro amenazas que siempre han pretendido conducir el coche de la historia: 1) Que nos liquiden como individuos, 2) que nos liquiden como pueblo 3) que liquiden nuestro proyecto histórico, 4) que destruyan lo que en limpia lucha hemos heredado y construido.

La historia humana se la ha pasado en esas: viendo desfilar minorías que se organizan para enseñorearse de la historia y los pueblos, y borrar los derechos de los individuos y los individuos mismos. Augures de desgracias, esas minorías, una vez que logran domar las conciencias y someterlas por las argucias del miedo, se adueñan de todos los productos y los bienes de la inteligencia humana, de los recursos naturales necesarios para la vida en sus diversas formas y de la herencia cultural de los pueblos; inventan tratados y normas para conducir las riquezas a sus arcas, excluyendo y condenando a la muerte inexorable, y se declaran amos y señores de los flujos de bienes y servicios, dueños y controladores absolutos y omnímodos del poder. Y pretenden también adueñarse del pensamiento, obligando al olvido con sus armas, sus obsecuentes iglesias, sus domadas escuelas y sus poderosos medios de desinformación y control de las conciencias. En fin, se la pasan avasallando con su palabra unilateral y prepotente.

Todo eso intuyó el modesto Mardoqueo y por eso se convirtió en una especie de filósofo de la historia en su oración desesperada. ¿Qué resulta siendo, entonces, Mardoqueo? Mardoqueo es el pueblo que se planta ante la desgracia y no camina más hacia el abismo; es la conciencia que se inicia con la palabra compartida, como oración, por ejemplo; es la resistencia creativa que se abre paso, modestamente, de uno en uno, y que se convierte luego en resistencia organizada, popular, inteligente, masiva, y con proyecto histórico social, político y económico.

Mardoqueo es memoria histórica, es acto de fe en el presente y acto de confianza en el futuro: "No abandones esta parte tuya que de la tierra de la esclavitud rescataste". Los mejores acompañantes de la humanidad hacia nuevos y liberadores destinos siempre han hecho esos “credos históricos” y así han concitado voluntades y convocado a los pueblos subyugados para la movilización hacia tierras de libertad. Es por eso que en comunión orante con ese buen hombre, invocamos para nuestra historia y en este esperanzador reinicio de la voluntad libertaria de las fuerzas populares, la santa y revolucionaria virtud de la memoria.


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