Viernes, 28 Mayo 2010 15:31

Recicladores: sin derechos… ¿sin futuro?

Escrito por Quítin Mina
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Los proletarios modernos en Colombia ya no van a las fábricas ni trabajan con herramientas de última tecnología; el valor de su fuerza de trabajo no fluctúa en el mercado, ni tienen horario que cumplir ni seguridad social ni sindicato que exija mejores condiciones de trabajo y salariales; ahora, su lugar de trabajo es el asfalto; y las herramientas sus manos, un costal o una carreta de madera (una cajita de dulces o su mano extendida, y su tristeza para mendigar una moneda en la faena del rebusque). Las materias primas son la basura, el desperdicio, los excedentes del consumo, todo lo que el capitalismo desecha, como sus vidas.

Vienen de todas partes: ex trabajadores de lo que en los 80 aún se denominaba “sector industrial”, que el neoliberalismo erradicó; ex obreros de lo que fueran derechos fundamentales ahora privatizados, como la salud, la educación, los servicios públicos domiciliarios, las obras públicas; campesinos; afrocolombianos e indígenas desplazados, expropiados de sus tierras, de su seguridad alimentaria, de la vida de sus familias, por tradicionales y emergentes capitalistas legales e ilegales, nacionales y transnacionales. Son casi 10 millones (20 por ciento de la población), que sobreviven con ingresos inferiores a dos dólares diarios y no hacen parte de estadísticas de servicios o de encuestas de consumo, clasificados por los señores de la guerra y del poder económico como “indigentes” o “desechables” que el Estado, la sociedad, el mundo, olvidaron. El país ostenta el más alto índice de desempleo en la región, que en 2009 pasó del 11,1 por ciento, con ciudades como Pereira, que superó el 20 según el Dane, estadísticas falsas que encubren la magnitud del desempleo que incluye personas que laboran un día a la semana y vendedores callejeros de baratijas como empleados. Por cada 100 trabajadores formales, hay 109 informales o desempleados*.

El proceso de proletarización de la inmensa mayoría de los colombianos se da no por el acelerado desarrollo de los medios de producción (tecnología industrial) sino por el rápido despojo al pueblo de sus riquezas y derechos, que hacen los grandes monopolios colombianos y transnacionales (apoyados en la oligarquía local), por el desmonte del aparato productivo industrial de un país dependiente del imperialismo, productor de materias primas, por su régimen oligárquico de ‘democracia' restringida, en guerra civil no declarada de más de 50 años. En los últimos 20 han desaparecido cerca de 100.000 empresas entre grandes, medianas y pequeñas que ocupaban entre 10 y 500 trabajadores, algunas de ellas propiedad del Estado.

El primero de marzo de 2010, por las calles de Cali marcharon 300 de los 4.300 trabajadores informales del reciclaje registrados en la ciudad, reivindicando su día internacional y denunciando los atentados que el gobierno cipayo del presidente Álvaro Uribe Vélez realiza en lo jurídico contra su precaria economía. El Ejecutivo, genuino representante del nepotismo de la oligarquía colombiana, además de someter y despojar a los trabajadores de sus derechos y garantías sociales (suprimió el contrato laboral, las prestaciones y la seguridad social), le niega el derecho a pensión a partir de 2010 y le quita el de salud a la mayoría de los colombianos. Ahora arremete contra los trabajadores de la calle, criminalizando sus actividades y ordenándoles no tocar las bolsas de material desechable (Ley 1259 de 2008 o comparendo ambiental), pues desde ahora los jugosos negocios de la basura y el reciclaje serán manejados por las empresas de los jóvenes y nuevos multimillonarios, los hijos de Uribe Vélez.

Esta no es la única agresión que sufre este humilde sector. En 1992, varios de sus miembros fueron secuestrados en las calles de Barranquilla para asesinarlos y utilizarlos como conejillos de indias, y estudiar y vender sus órganos para trasplantes en la facultad de medicina en la Universidad Libre. Luego seguiría la infinita secuencia de campañas de limpieza social en las principales ciudades del país, asesinatos que son parte del gran genocidio que la criminal oligarquía colombiana emprendió hace 200 años y que en los últimos 50 suman más de un millón de muertos, miles de desaparecidos, cuatro millones de desplazados del campo a las ciudades y otros muchos que huyen de la miseria hacia las metrópolis imperialistas.

Los recicladores, el sector popular emergente de los últimos 20 años, se expande en silencio con sus pasos limpios, realizando la asepsia de la ciudad chatarrizada; de las calles congestionadas, intoxicadas por el plástico y el humo, y desmaquillada por el cartón y el papel publicitario que agrandan la plusvalía de unos pocos y empobrecen a quienes la producen. Habitan en su mayoría en las calles, hacinados en tugurios, en la zona de ladera de las periferias, al lado de caños de aguas putrefactas, en zonas bajas inundables, en zonas de alto riesgo.

El reciclaje y el rebusque son el último refugio de una fuerza laboral que se niega a mendigar un puesto de trabajo porque ya no existe tal posibilidad. A este sector popular llegarán muchos de los que aún cuentan con un contrato temporal (entre un mes y un año) de prestación de servicios, tercerizados por ‘cooperativas de trabajo asociado' (CTA) y bolsas de empleo que reclutan esclavos para vender fuerza laboral a empresas privadas y estatales, al por mayor y asimismo a bajo costo, al estilo de los negreros del siglo XVII. Hasta junio de 2009, estas ‘cooperativas' administraban a más de 500.000 trabajadores del campo y la ciudad, sin seguridad ni prestaciones sociales, con salarios por debajo del mínimo legal en todo el territorio. Estas CTA se crearon inicialmente por las mismas empresas a las cuales prestan sus servicios, como una forma de evadir responsabilidades laborales y fiscales, reduciendo costos de producción, y fueron legalizadas en 2006 por el Estado para supuestamente atraer inversión extranjera y local en la generación de empleo en aquéllas y las maquilas ubicadas en zonas francas que tampoco pagan impuestos, violando todos los derechos laborales y acuerdos de la OIT.

La globalización neoliberal no les trajo sino muerte y miseria a los países empobrecidos por el saqueo permanente de las grandes potencias occidentales y occidentalizadas del mundo, quienes mantienen su dominación mediante oligarquías locales como la colombiana, que ejerce una dictadura violenta, genocida y voraz contra su pueblo, manteniéndolo en la ignorancia, el atraso económico y el miedo; chantajeando, destruyendo y corrompiendo a muchas organizaciones populares, cuando no recurriendo a la eliminación física de pensadores, dirigentes y activistas del movimiento obrero y de sectores como el campesinado, los indígenas y las comunidades afrocolombianas (genocidio de más de 3.500 integrantes y simpatizantes de la UP). Junto a esto, la decapitación y la dispersión de los movimientos sociales y políticos son razones por las cuales hoy no se percibe en el horizonte político y social un sujeto que dinamice o lidere un proceso de unidad y lucha popular. Las organizaciones políticas de la izquierda no han profundizado en el análisis de este tema, y en la actualidad la única posibilidad que ven es la participación en la lucha electoral, sin importarles su inserción en los movimientos sociales ni la construcción colectiva de un sujeto revolucionario. Para la izquierda no son prioridad la organización, la unidad y la movilización de sectores populares como los recicladores, mucho menos la construcción de opciones de verdadero poder popular que permitan enfrentar en todos los campos (político, económico, cultural) el proyecto oligárquico-imperialista, pues no cree en la capacidad de los sectores populares para crear y cambiar sus condiciones de existencia. El sindicalismo vinculado a la producción (agrícola e industrial) en proceso de extinción no se compromete en esta tarea. Los sindicatos, con sus aisladas luchas económicas, sólo logran mantenerse en las condiciones de explotación impuestas por el capital en la década anterior, pues ya han perdido casi la totalidad de las reivindicaciones logradas por los trabajadores hasta mediados del siglo XX.

La lucha por la emancipación de los trabajadores y los pueblos parte del autorreconocimiento como oprimidos, explotados y excluidos por el sistema capitalista. La movilización de los sectores populares se inicia en el momento que sienten la agresión de quienes los dominan y los explotan, cuando se hacen insoportables el hambre y la negación de sus derechos vitales. En estas circunstancias, sus luchas aisladas no buscan más que mejorar sus actuales condiciones de explotación, opresión y exclusión dentro de las estructuras económicas y políticas del sistema, pero en el proceso de sus luchas constantes van identificando plenamente a sus aliados y sus enemigos, generando autoconciencia emancipadora.

La actual crisis estructural del capitalismo hace que el imperialismo norteamericano y europeo se torne más violentos y voraz contra los pueblos que dominan o pretenden dominar, realidad que se palpa en Palestina, Iraq y Afganistán en su lucha por apropiarse de los recursos naturales y los combustibles para mantener su estilo de vida, de consumo y de destrucción de la madre tierra. En América Latina vuelve el Imperio del norte a aferrar sus garras, tratando de contener su patio trasero o bodega de materias primas, restituyendo su vieja política de ‘seguridad nacional' con golpes, guerras de baja intensidad y terrorismo de Estado (Honduras), ocupaciones militares (Haití, Colombia) y gobiernos títeres como el colombiano.

La integración de un amplio movimiento social como el Congreso de los Pueblos, con participación de organizaciones sociales y políticas de todos los sectores populares, e intelectuales orgánicos, pudiera ser una real alternativa frente a la situación de anonadamiento que hoy sufre nuestro pueblo.

*    Periódico desde abajo, edición 153, 2010.


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