Viernes, 28 Mayo 2010 16:09

Santos: hay desazón en el nido del poder. Mockus: ¿el verde se teñirá de sangre?

Escrito por Omar Roberto Rodríguez
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Hay un aire de renovación en Colombia. Circunscrito al discurso en boga,
Mockus diferencia con Gustavo Petro como no pudiera con Carlos Gaviria.
Sin un liderazgo legítimo, el pueblo y su movilización aún no tienen músculo.
Sin embargo, por primera vez en la historia electoral, un candidato no liberal ni conservador puede arañar un 39 por ciento.
Dos puntos menos que los del peón del uribismo.
Es un sacudón en marcha. ¿Podrá el movimiento popular aprovecharlo?
¿Cuánto tiempo más nos durará la clausura del uribismo?

Por ahora, la sociedad busca un desfogue y nadie puede negarlo. Aún sin la erradicación del uribismo de la mente social de millones de colombianos, y sin ir todavía al fondo de su contenido y cuantificar su daño, el descontento con la ilegalidad del proyecto uribista propició –desde un sector del establecimiento– una transición. Tres años después de su diseño, apareció un viraje en la situación política y la opinión en Colombia. Con algo de agilidad, el uribismo lo captó. Y hemos visto cómo, en el juego electoral, tomó la delantera en avizorar su riesgo.

Aunque sin el resultado que esperaban en las encuestas, el propio uribismo, propuso, juega con una cara atractiva para la disputa del centro político. Sin embargo, la fórmula vicepresidencial con Angelino Garzón no neutralizó ni le quitó piso a la franja social que, con reparos de forma sobre el proyecto en ejercicio por dos períodos consecutivos, se mueve hacia Mockus y su combo de ex alcaldes. Una franja que estaba huérfana.

Es una franja sin mensaje, sin el impacto de la unidad nacional, cívica, popular y revolucionaria. En una sociedad, cuando su colectivo o sujeto social, o también algún partido (ejemplo, el Polo Democrático Alternativo), movimiento, guerrilla o vanguardia autoproclamada pierde o no alcanzan una convocatoria nacional, ya sea por su análisis equivocado de la situación y del rango de la unidad para la movilización, o por su hegemonismo, desenfoque o permeabilidad con clientelismos, la sociedad por algún camino busca una salida. Incluso, da lugar para que en el poder tradicional surjan la competencia y las contradicciones, en llave con propuestas de cooptación social. Hoy, sin peligro de continuidad en su poder, la aristocracia bogotana y sus ancestros Sanín, Pardo Rueda, Vargas Lleras buscan sacudir de sus hombros la caspa uribista. El apellido Santos, con Enrique en el ‘centro', juega su carta.

Dados los intereses del capital transnacional y la tendencia de nuestra estructura política y económica, un triunfo de Juan Manuel Santos proseguiría la ruta de latifundio, el desempleo, el analfabetismo, el luto y la sangre con desnaturalización de las Fuerzas Armadas y de nuestra soberanía.

¿Un estancamiento o retroceso en la acumulación de fuerzas?

Álvaro Uribe y su entorno cómplice están en deterioro, con recientes golpes en el hígado de origen interburgués, y de acumulación institucional y valor civil de funcionarios magistrados. Golpes no, como resultado de la acción plena y la previsión táctica con su decisión nacional ni del impulso unitario y su ejercicio por parte de ninguno de los sectores de la izquierda orgánica –tanto la social como la política y la de diferentes resistencias. Cabe hacer un recuento.

Primero, el Presidente y los suyos, acusables por varias y repetidas inconstitucionalidades, violaciones de lesa humanidad, con miles de víctimas y centenares de fosas comunes, no pudieron conseguir la constitucionalidad del referendo. Segundo, convencido de su siembra de poder paramilitar, a su entender definitivo en la cultura y la institucionalidad, enamorado de su ‘control social' con su mensaje en boga y en multiplicación por los grandes medios de comunicación, Uribe retardó la campaña de su peón, que con fortuna hoy le trae consecuencias. Tercero, aunque se intentó, no triunfó una candidatura obsecuente de su ex ministro de Agricultura en el partido conservador. Y cuarto, ahora encuentra dificultades para endosar el voto a su sumiso Juan Manuel Santos, y tendrán que admitir una segunda vuelta que ojalá, con su debate, los ponga en una variante de silla de los acusados.

Contradictorio, paradójico o descorazonador que, ante un ¡se va Uribe!, ¿sobreviene un período de mayor reflujo de la movilización por la paz y del avance –con largo tiempo de espera y lucha– como sujeto social del actor popular?

¿Cuál es el momento de la lucha en Colombia?

Es esta una respuesta que urge. Como también apremia el análisis profundo, autocrítico, de rectificación de los diferentes procederes, consignas y contenidos de las organizaciones de izquierda y de los sectores de oposición, y de sus efectos frente a la opinión y la conciencia de buena parte de los colombianos que hace rato, a costa de su dolor y sangre, bregan y esperan otra sociedad. Hay, por tanto, un gran vacío por llenar.

Ante el viraje en una franja del país, parece estar en duda la capacidad del conjunto de la izquierda y de sus avanzadas sociales para definir e identificar cuáles son el momento y sus tareas acordes. Su capacidad para reconocer cuál es el actual y cuál el momento más avanzado en el proceso de lucha y confrontación de clases, y si tuvo provecho o con error se desperdició entre 1982 y 1989; con los efectos de una crisis y ausencia de conducción diversa y plural que nos afecta hasta el día de hoy… sin el logro y la solución de un liderazgo nacional, urbano y rural, crisis en la cual las muertes de Gaitán y de Camilo, y de Pardo Leal luego, no han podido restañarse. Un error ayer, cuando las fuerzas estuvieron en ascenso, más equivocado hoy con un movimiento político de iniciativas bajas o perdidas.

Un Polo Verde o un Verde Frente Social… Esta reflexión frente al país actual no puede eludir una rectificación de propuesta orgánica hacia el conjunto social y popular (ver: desde abajo, edición anterior, número 156, pág. 4, Editorial) que ratifique la organización de un partido de diversas tendencias como avanzó el PDA, con la superación de los defectos que hoy nos disminuyen. No sólo de pacto electoral, debemos persistir en la búsqueda de una interpelación ‘orgánica' que les dé continuidad social, protagónica, a las campañas de Antanas Mockus y Gustavo Petro, con una definición mayor frente al sistema económico y su lógica de acumulación de capital y orientación hacia la ganancia desmedida y la especulación; con fomento de la gran propiedad privada industrial y terrateniente, sin límite alguno de su perjuicio social y productivo; y que, inevitablemente, guarda la semilla de conflicto ciudadano entre ricos y pobres, y entre poderosos y desprotegidos e indefensos.

¿La sangre también empapará el verde?

En Colombia, sin ir más lejos en el tiempo, todos los presidentes del siglo XX se untaron de sangre. De opositores, presos, de manifestantes, y/o rebeldes e inocentes. Tras ocho años, Uribe se va. Con todos sus minutos puestos en la guerra, para su vergüenza, el general Padilla de León informó en Europa que el conflicto armado –con abandono de puertas para una solución política– cuenta hoy “con ocho mil guerrilleros…”. Es decir, no cesa. En Santos no extraña. Pero, ¿también Mockus, sin propuestas de inclusión y democracia, y sin diferencia, repite la doctrina Uribe, yendo más allá al descalificar a la Cruz Roja Internacional en sus gestiones? A pesar de todo, y de los ocho años de uribismo, el país abre ventanas por donde se puede airear la acción política.

Los movimientos sociales llegan hasta hoy en condiciones, aunque no óptimas, sí mejores al pensar de quienes desde las hegemonías liberal y conservadora, en el comienzo y mediados del siglo XX, han pretendido exterminarlos. Aún con represión, tienen propuestas:

-    El Congreso de los Pueblos (en sus dos versiones), la Marcha Patriótica por la independencia, el próximo Encuentro Nacional de Unidad Popular, y otras dinámicas en marcha, dan la oportunidad de encontrarse en sus gritos y enrutar sus luchas por objetivos comunes del pueblo y la nación.
-    Estas iniciativas ponen de manera optimista a estos movimientos en un vértice de ruptura de cerca de 20 años de institucionalización y cooptación de sus luchas y liderazgos. Veinte años iniciados con la Constituyente del 91. Es decir, estos movimientos están ante la posibilidad de un nuevo estadio de la lucha. Con el nacer de nuevos liderazgos y con su impulso: de reivindicaciones precisas, multiplicación de referentes políticos, metodológicos, con nortes de unidad; que aumenten la posibilidad de enfrentar y superar el modelo de ajuste y control legalizado por entonces. ¡Oído Mockus! ¡Oído Santos!

Estamos ante la posibilidad abierta para la consigna de resumen de las luchas que se avecinan: ¡Por el desmonte del Estado neoliberal! He ahí el reto.

El Congreso de los Pueblos

El desafío para instalar y darle apertura al Congreso de los Pueblos, el próximo 20 de julio, con la presentación al país de múltiples mensajes: Por un lado, de ruptura con la referencia y la esperanza –que algunos pudieran haber guardado– con un Legislativo puesto de espaldas al país.

Por otro, proyectar ante el conjunto del país una instancia de dirección estratégica y táctica –que se construirá/consolidará en los próximos años.

Como manifiesto, Mensaje o Carta al país, el primer documento que emanará de este Congreso contendrá todas las voces y nuestros sueños de paz, justicia y libertad y ¡por la restauración moral y democrática de la Nación!

Un mensaje para el gobierno que empieza el próximo 7 de agosto, que no podrá ser otro que el de un emplazamiento: con la obligación de respuesta en sus 100 primeros días.


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