Miércoles, 23 Junio 2010 11:58

¿Es cristiano sacarle el cuerpo al conflicto?

Escrito por Ancízar Cadavid Restrepo
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“Estando en un cerro alto,
lejos de todo,
Pedro le dijo a Jesús:
¡Qué bueno es hacer unas chocitas
y quedarnos aquí! Jesús respondió:
Levántense, no teman”.
Mateo 17, 1-9

Pedro, presintiendo todo lo que se gestaba en Jerusalén en contra de Jesús y de su grupo, no quiere bajar de la montaña. Azuzado por su miedo, este pescador ingenuo y transparente lo sugiere sin miramientos: “¡Hagamos cabaña aquí en lo alto!”. Sabiéndose mirado con reproche, lo comprende todo: no es en la placidez de aquella cumbre fascinante y encantada donde está la tarea. Allí arriba, y eso apenas, el solaz transitorio, el aliento para las fatigas y el acoso que se avecinan. Todo el ambiente político y religioso de aquella Palestina convertida en colonia del imperio romano se ha venido enrareciendo: el centro del poder imperial ve con muy malos ojos el testimonio, la palabra y la acción de fermento de Jesús que crecen y ganan seguidores. Se ha emprendido una feroz campaña en contra suya. Hay amenaza y olor de cruz y de muerte siguiendo sus pisadas. Porque un pueblo convertido en colonia y enceguecido por los brillos del imperio es torpe, y ciego, y peligrosamente fanático. Palestina padece el fanatismo miedoso de los avasallados por Roma.

Por eso se está tan bien, a sus anchas, en el silencio del cerro distante, en la quietud de aquella cima boscosa y pacificadora. Exactamente por eso, la tentación confesada “hagamos casa aquí en lo alto”. Pero es claro: no está la tarea allí afuera, en la placidez de esa cima transformada. Hay que bajar a Jerusalén; hay que reasumir la palabra y sus riesgos de muerte, los caminos con sus amenazas de emboscada, la aparición en público y sus peligros de señalamiento y reseña.

Pedro tiene muy tatuado su espíritu con el apacible talento de los pescadores. Sonsacado de sus lagos, es hombre más de montañas calmas que de alborotadas jerusalenes. Pero hay que descender porque la tarea está allá abajo, allá donde campea y es evidente el nudo del conflicto entre los críticos del imperio y sus obsecuentes, negadores de individuos y de pueblos.

Es allá abajo donde el amor efectivo y transformador tiene que ser nuevamente predicado; es en Jerusalén, convertida en capital de desencanto y de desgracia, donde deben ser convocados gestos, palabras y presencias proféticas que anuncien que, mientras haya conatos de conquista sobre pueblo alguno de la Tierra, deberá anunciarse la voluntad de Dios, que no quiere pueblos subyugados por otros pueblos.

Es allá, abajo, en Jerusalén, en su templo convertido en santuario del mercado, donde hay que predicar noticias buenas y sanadoras a favor de la vida, que es mucho más que mezquina compraventa.

Es abajo, en Jerusalén, donde hay que recordar hasta la muerte misma que el Reino de Dios concuerda en todo con el intercambio apacible de bienes y servicios, pero nunca, en nada, absolutamente, con el mercado voraz que chupa la sangre de las hijas y los hijos de su amor y pone en subasta su pellejo.

***

A manera de colofón. Las distintas iglesias de América Latina de los años 60, movidas por los vientos de apertura del Concilio Vaticano II, se habían dedicado a acompañar el dolor y las luchas de los pueblos oprimidos del continente. Después, por la presión proimperialista y prolibre mercado del binomio Wojtyla-Ratzinger (Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI) que se concretó en una persecución a muerte a la Teología de la Liberación, a teólogas y teólogos, las acciones de las iglesias a favor de la liberación de los pueblos fueron perseguidas con saña y dispersadas, por fuera de todo derecho y de todo espíritu evangélico.

Pero ellas y ellos, teólogas y teólogos populares, “desde abajo”, sobrevivientes de esa lucha a muerte contra la vida, ahí siguieron, ahí están y ahí han aprendido a hacer tarea lenta y en más silencio, con menos púlpito.

Todo indica que estamos reconvocando y reuniendo y volviendo a darle estructura orgánica a la praxis de la liberación. En fin, estamos volviendo a la lucha de abajo de la montaña, allá en las distintas jerusalenes de nuestra América oprimida.
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