Miércoles, 23 Junio 2010 15:52

Los usureros se quedan con los Estados

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
Valora este artículo
(0 votos)
Avanza la crisis económica en Europa, potenciada por la deuda. Sus consecuencias, como siempre, las hacen recaer sobre los trabajadores en general, ahora a través del recorte de salarios. El modelo ya se piensa para los ajustes que se avizoran por doquier. Dicen que “guerra avisada no mata soldado”.

La implementación de programas de “ajuste estructural” en Europa, a raíz de la crisis de la deuda que estalló en Grecia y que hoy amenaza con incendiar el resto del Viejo Continente, ha provocado un debate teórico y político entre quienes se oponen a las medidas de austeridad –y que son ubicados en el ala ‘progresista’– y los que consideran que las políticas de ajuste fiscal son ineludibles si no se quieren consecuencias peores. Estos últimos han denominado a los primeros “negacionistas del déficit”, y, a la vez, éstos han respondido llamando a los promotores del apretón fiscal como “halcones” o “terroristas” del equilibrio fiscal.

Utilizar el desbalance en las cuentas del Estado como mecanismo de reactivación económica en medio de una crisis fue una estrategia formulada de manera sistemática, por primera vez, por el economista inglés J.M. Keynes en la década del 30 del siglo XX, e implementada posteriormente por Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos. Porque quizás ese aspecto les da el tinte de ‘progresistas’ a economistas como Krugman, Stiglitz y Galbraith, quienes se han mostrado abiertamente como amigos de continuar con los llamados paquetes de estímulo o de utilización del gasto fiscal, como mecanismo de apalancamiento de la inversión y, por tanto, de reactivación de la economía.

Deuda por sectores
 
RegiónDeuda por inversión directa entre empresas (%)Deuda del gobierno (%) Deuda de los bancos (%) Otro sectores (%)
Europa9155422
Asia6214528
América Latina10351639
Fuente: Revista Finanzas y Desarrollo, FMI (marzo 2009)

El argumento central del cual se parte para sostener que el déficit fiscal no puede ser considerado como amenaza para la economía es que, según la teoría monetaria moderna, éste (el déficit fiscal) no puede representar nada diferente de un superávit del sector privado, pues lo que es déficit en uno de los lados debe ser excedente en el otro. En ese sentido, la crisis debiera ser explicada por la incapacidad de un sector privado excedentario para reinvertir tal superávit. Por ello, cabría al Estado suplir esa deficiencia asumiendo la función de inversionista. El argumento es muy sencillo: si los ingresos del Estado se derivan de los impuestos pagados por el sector privado (familias y empresas), un superávit fiscal (los ingresos del Estado mayores que sus gastos) implica un drenaje mayor de los recursos del sector privado hacia el Estado y, por ende, un endeudamiento de ese sector; entre tanto, un déficit del sector público representa un menor drenaje de ingresos de las familias y las empresas, por consiguiente una mayor capacidad de ahorro, y, en consecuencia, del gasto y la inversión privadas.

Ahora bien, aun aceptando esta lógica para la discusión, de lo que se trata es de saber si los gastos del Estado, cuando se incurre en déficit, asumen la condición de “inversión”, es decir, si ese mayor gasto es necesariamente productivo. Y ahí es donde comienza el problema porque, en la reciente crisis financiera, el monto de los rescates se quedó en los bolsillos de los banqueros, que lo utilizaron para pagar las deudas con otros banqueros, sin que ello redundara en nuevos créditos hacia el llamado “sector real de la economía”. En el cuadro donde se muestra la deuda por sectores, se puede apreciar que las acreencias entre bancos dominan la estructura de la deuda mundial en la actualidad.

Que los bancos se hayan convertido en los principales deudores muestra una inversión fundamental en la lógica del capital, pues se supone que su función central es ser acreedores. Eso lo explica el hecho de que la llamada banca de inversión se constituyera en la rama más importante del sector financiero, terminando por subsumir las funciones de prestamista con las de inversionista, haciendo de los bancos unos usufructuarios tanto de la ganancia como del interés, pero simultáneamente vulnerables al doble riesgo que ello implica cuando aparecen las crisis. Ese hecho no es nuevo, y sólo refleja la profundización de un fenómeno que ya habían estudiado autores como Rudolf Hilferding y Lenin, a principios del siglo XX, y que en su momento denominaron “capitalismo financiero”, concepto que hoy adquiere gran actualidad.

Los ‘progresistas’ o “negacionistas del déficit” olvidan entonces dos cosas: a) que el impase de la deuda es un problema originado por los bancos y que el Estado no está dispuesto a permitir que el sector financiero se quiebre, porque ello implica una fractura muy grande en el sistema; y b), que meter en el mismo saco a las familias y las empresas, bajo la denominación de “sector privado”, es esquivar lo central del conflicto, esto es, que los excesos de capacidad instalada son efecto de que el ingreso de las familias (léase el ingreso de los trabajadores) esté por el piso. Porque la contradicción fundamental está precisamente en el interior de ese “sector privado”, puesto que el interés de los empresarios va en contravía del de los trabajadores. Esquivar ese hecho es dejar por fuera la razón principal de los desajustes, razón por la cual es inútil pregonar como mecanismo de reactivación cualquier medida anticrisis –incluido el déficit fiscal– que no se oriente al aumento del ingreso de los trabajadores.

De otro lado, se olvida que el Estado capitalista jugó en sus comienzos el papel de redistribuidor del ingreso entre sectores, de un lado, y entre grupos sociales, del otro. En un principio, el Estado se encargó de aquellas actividades necesarias para el proceso de acumulación pero no fácilmente asumibles por el capital (algunos aspectos de la educación, la salud, la investigación o la construcción de infraestructura), para lo que la tributación se convertía en eje central de la política económica. La redistribución del ingreso tuvo algún papel hasta los años 80 del siglo XX, cuando fue escamoteado por la irrupción del liberalismo más salvaje en esa década. Aquel hecho debilitó los ingresos del Estado y recargó el esfuerzo tributario sobre los sectores de menores ingresos al reorientar el recaudo desde los impuestos directos a los indirectos, acabando de socavar la dinámica de la demanda y haciendo cada vez más imposible el reciclaje de los excesos de liquidez hacia un sector productivo cada vez más saturado de inversión. El predominio de las lógicas especulativas no es gratuito y tiene su base material en los excedentes siempre en aumento de los grupos de ingresos más altos (en Estados Unidos, el 40 por ciento inferior de los ingresos posee colectivamente menos del 1 por ciento de la riqueza), que cada vez en mayor proporción se destinan a procesos especulativos.
El mundo al revés

¿Por qué entonces el sector más derechista propone un ajuste fiscal? ¿Está realmente suicidándose, tal como lo sostienen Krugman, Stiglitz, Galbraith y compañía? Llama la atención en primera instancia que la justificación explícita de los programas de ajuste sostenga que las medidas persiguen “tranquilizar los mercados”; es decir, se reconoce que se busca garantizarles el pago de la deuda. Pero si la deuda pública, por lo menos en Europa, pese a su aumento, no es lo más preocupante, conforme se aprecia en el cuadro de la deuda por sectores, ¿por qué los ajustes tienen lugar en las finanzas del Estado? Sencillamente porque es claro que los Estados prevén que deben incurrir en nuevos rescates bancarios y para ello han de generar suficientes recursos. En otras palabras, el sector financiero presiona al Estado para que garantice el pago de sus acreencias y de paso compra un seguro por si sobrevienen las quiebras. Que fueron los rescates los que dispararon la deuda y el déficit público en las economías más importantes, y que ahora se piensa asegurar ese pago mediante ajustes estructurales, es algo entendible si miramos el comportamiento agregado de esas variables para los países que conforman el G-20, donde apenas en dos años el déficit casi se triplica y la deuda más que se triplica.

Ahora bien, el problema de la deuda, como se sabe, no es tanto su tamaño como lo que representa su servicio, es decir, el pago de intereses y los aportes al capital (en la actualidad se estima que los países del Tercer Mundo pagan cerca de 900 mil millones de dólares anuales por servicio de la deuda, tanto externa como interna). En razón de que el prestamista vive de prestar y, por tanto, de colocar su capital a interés, la recuperación de su capital no es su afán, salvo cuando invertir en otra parte le representa mayores ingresos. En ese sentido, los procesos de reestructuración de la deuda lo favorecen, pues hacen más oneroso el préstamo y lo elevan, para el caso de los Estados, el peso de tal servicio en el presupuesto. Eso implica que la destinación de los ingresos públicos asuma cada vez más un carácter crecientemente improductivo, y que el Estado termine oficiando de simple intermediario que transfiere recursos de los otros actores sociales hacia el sector financiero. La privatización del Estado se profundiza aún más, ya que, en términos porcentuales, cada vez menos gastos suyos se dirigen a lo público.
 
Que sea mediante el aumento de los impuestos indirectos y la reducción de la nómina y los salarios de los trabajadores del sector oficial como se persiga ajustar las finanzas de los países, da absoluta claridad sobre el objetivo del ajuste, y de paso sobre la lógica de los “halcones”, que ven en cualquier nivel de ingreso de los trabajadores una sustracción de sus ganancias. Nadie propone, por tanto, que el ajuste se haga mediante la recaudación creciente de impuestos a las empresas, por ejemplo, o sobre las rentas de sus propietarios. Los amigos del déficit fiscal tampoco hablan de reajustes en la estructura tributaria, puesto que se recomienda la emisión de bonos de deuda o, la más expedita, de dinero físico.
 
Ahora bien, no cabe duda de que el ajuste fiscal en tales condiciones es recesivo, y no es creíble que los “halcones” lo ignoren, por lo cual resulta fácil entender que no pretenden una reactivación de la economía sino un “sinceramiento” o búsqueda del equilibrio en niveles más bajos de actividad. Ello se muestra en el hecho de que se aceptan ‘recuperaciones’ con tasas de desempleo altas, que para los países desarrollados giraran alrededor del 10 por ciento. Eso significa, ni más ni menos, que los desequilibrios de la capacidad instalada no pasarán por el aumento de la demanda sino por la quiebra de algunas empresas, como fue el caso de la industria del automóvil, así como de reestructuraciones tecnológicas que aumentarán aún más las pérdidas de empleo.

En Colombia, el tema se trató marginalmente y quizá lo más importante fue la discusión entre los asesores de Mockus y los de Santos sobre aumentar o no aumentar los impuestos. En el marco de la discusión teórica que hoy se da en el mundo de la economía, una primera impresión ubica a los asesores de Mockus (Hommes y Kalmanovitz) en el campo de los “halcones”, en razón de su afirmación de que es necesario un aumento de los impuestos, mientras a los de Santos (Echeverry) en el de los “negacionistas”, dada su ‘promesa’ de no aumentarlos. Sin embargo, la impresión es falsa, pues los dos son a todas luces continuistas, ya que ninguno da señales de querer reversar la política de Uribe de rebajar las tasas impositivas a los empresarios, que ha sido, entre otros motivos (como el del elevado gasto militar), causa de la elevación de la deuda en un 35 por ciento entre 2004 y 2009, mientras el servicio de la misma, que no se disparó gracias a los procesos de revaluación del peso, se elevaba 4,5 por ciento en el mismo período. Que la tendencia tiene un fuerte anclaje lo muestra que el mismísimo Banco de la República estime que entre 2009 y 2014 la deuda crecerá en un 36 por ciento y su servicio el 57.

Viendo lo que sucede en Europa, es conveniente pensar en el adagio popular: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, pues, si el experimento de reducir salarios en Grecia, España y Alemania les da resultado, porque la reacción de sus clases trabajadoras no es suficientemente contundente, ese tipo de políticas se extenderá como una mancha por el planeta. ¿Vamos a permitirlo?

Déficit fiscal200820092008-2009
Economías avanzadas G-20–2,3–3,8–6,1
Economías emergentes G-20–0,3–3,2–3,4
Total G-20–1,5–3,6  –5,1
Deuda pública      
Economías avanzadas G-204,410,014,4
Economías emergentes G-20–2,01,9–0,1
Total G-202,0 7,09,0


Visto 3704 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.