Lunes, 23 Agosto 2010 11:17

El círculo de la pobreza en América Latina y el Caribe. Persistente desigualdad

Escrito por Edwín Guzmán
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Se ha presentado en San José de Costa Rica el Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe 2010. En el documento elaborado por una serie de consultores con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se dice: “Actuar sobre el futuro: romper la transmisión intergeneracional de la desigualdad”. La base del propósito es analizar el Índice de Desarrollo Humano de la región, que constata la tendencia para nada novedosa de la situación de pobreza que viven la mayoría de países. Sin embargo, la dirección actual presenta una agudización de la desigualdad que ubica a nuestro continente latino-caribeño como la región más desigual del planeta, al tener 10 de los 15 países más desiguales del mundo.

Índice de Desarrollo Humano

Si queremos medir el grado de bienestar de una población, no podemos limitarnos al acceso de los servicios públicos, y ni siquiera con un determinado nivel salarial como condiciones de necesidad, sino a la realización de las aspiraciones y los sueños de las personas. En este sentido, lo más cercano como herramienta de análisis pasa por el Índice de Desarrollo Humano (IDH), conjunto de indicadores para medir la calidad de vida que vive una población dentro de un país a partir de tres dimensiones fundamentales, como son los ingresos, la salud y la educación.

Sin embargo, estos datos son comprendidos por los trabajos del economista bengalí Amartya Sen. Su propuesta parte de un enfoque de capacidades que se definen como un conjunto de opciones efectivamente accesibles, ligadas a las aspiraciones de los individuos, motor que incide en las decisiones para “un bienestar mejor” de la persona y su futuro.



Frente a los cuestionamientos sobre qué entendemos por desarrollo, Amartya Sen se decide por establecer una relación entre aspiraciones personales y oportunidades disponibles, en que el desarrollo es el incremento de oportunidades reales de vida que un individuo, al poder optar por ellas, va expandiendo su libertad, es decir, posibilidades de ser y hacer. La relación es tan dinámica y compleja que la igualdad de oportunidades es una condición   necesaria para la igualdad de las capacidades, aunque suficiente.

Esta elaboración académica es en la práctica muy lejana, pues aun en las condiciones materiales de las personas es tan desfavorable que de plano borra cualquier aspiración personal. Por ejemplo, en la dimensión de ingresos del IDH, el coeficiente de Gini mide la desigualdad entre los ingresos utilizando para ello un rango de 0 a 1, donde 0 es la situación de igualdad perfecta y 1 es la total desigualdad por el monopolio único de los ingresos. En estos términos, América Latina y el Caribe registran un coeficiente de Gini tan elevado que supera en un 36 por ciento al del Este asiático, e incluso en un 18 por ciento el establecido en el África subsahariana.

En el informe presentado se plantea que tal grado de polarización de las sociedades del continente tiende a disminuir los sectores de la clase media, cuyos miembros pudieran ser un resorte para la economía nacional. El gran problema para América Latina y el Caribe es que la desigualdad no sólo es alta sino además persistente, y se reproduce como una constante histórica para baja movilidad socioeconómica, entendida como la posibilidad que tiene un sujeto para mejorar sus condiciones de vida y ascender en la estratificación social. Para el equipo de consultores, el peso de la desigualdad afecta fuertemente el IDH, que reduce el índice abruptamente en países como Bolivia, Nicaragua y Honduras.

Familia y pobreza

Una de las principales preocupaciones expresadas en el Informe es la reiterada situación de pobreza intergeneracional, es decir, que las condiciones desfavorables de la vida de los padres afectan de entrada el futuro de los hijos.

Así, se reproduce una doble victimatización de las nuevas generaciones. Por un lado, afectada por la situación de privaciones relativas que enfrentan los padres, cuyos servicios, a pesar de estar disponibles, no están al alcance de los hogares, o su capacidad no es efectiva para hacer un uso de los mismos. En segundo lugar, porque las decisiones que toman los padres afectan el futuro de los hijos, en especial en materia de educación y salud.

Es decir, que de entrada el efecto de las capacidades influye sobre las capacidades de generaciones venideras. En tales circunstancias, cuanto mayor es la desigualdad económica, ésta influye determinadamente en la condición de los padres sobre el logro de los hijos, y por tanto determina una menor movilidad social. En el continente, la posibilidad que tienen nuestros niños de presentar una buena salud o una educación satisfactoria, esencial en los primeros años para la expansión de sus capacidades, está negada por la estructura de oportunidades que viven los adultos y reforzada por su agenciamiento en el hogar al tomar decisiones negativas para el desarrollo de los infantes.



Para ilustrar una situación concreta, anualmente se registra en el mundo un promedio de 55 nacimientos en mujeres adolescentes por cada mil mujeres del grupo etario de 15 a 19 años, pero en las cifras para América Latina y el Caribe los nacimientos ascienden a 80 casos, un guarismo superado sólo por el África. Esta condición de embarazo para las jóvenes mujeres determina una mayor probabilidad de pobreza y exclusión social. Son madres que a temprana edad presentarán una menor escolaridad, menores ingresos y una mayor dependencia de la asistencia social. Ello significa que de hecho se afecta a la siguiente generación en materia de salud y educación.

Política social y reducción de pobreza

La desigualdad y la pobreza son fenómenos causados por restricciones, cuya reducción mediante adecuadas políticas sociales, por parte de los Estados, estará determinada por la cobertura de servicios sociales básicos, lo cual implica un mayor gasto presupuestal.

En Colombia vivimos la continuidad de un gobierno nacional cuyo énfasis presupuestal estriba en lo militar y la demagogia económica, desdeñando lo social, y una administración distrital que construye documentos de política social para todo pero sin expresarla en los programas y acciones de las 12 secretarías de la Alcaldía Mayor. Entre los efectos negativos que aumentan la pobreza y perpetúan la desigualdad, el Informe cita los problemas de la representación política que afectan las políticas sociales para beneficio de las élites económicas que tienen como un ejemplo el clientelismo, forma de capturar el Estado para construir maquinarias electorales, utilizando la asistencia social. Un ejemplo nacional que la relaciona está en el Sisben, que ha servido como caudal electoral en regiones del país, y que revela debilidad institucional y ausencia de compromiso ciudadano, pero que también, aunque el estudio no lo cite, sirve para montar a un Santos en el gobierno por medio del fortín de su padrino mágico uribista de ‘familias en acción'.

Para disminuir la desigualdad es necesaria una distribución más equitativa del logro educativo. Las medidas no pueden ser en todos los casos la construcción de colegios y la ampliación de la capacidad humana de docentes, sino que, como el Informe mismo lo plantea, pueden presentarse otras problemáticas que manifiestan deserción escolar. Puede verse afectada la educación de un niño porque al interior de la familia se requieren ingresos suyos para subsistir, luego la política pública tendrá que realizar transferencias económicas que solventen los ingresos producidos por el niño. También puede ocurrir que la familia no tenga los ingresos necesarios para garantizar la efectiva asistencia de la niña a la escuela. La política pública tendría impartir subsidios. Pero al mismo tiempo puede ser que la deserción escolar exprese una mala calidad educativa que desborda la cantidad de instalaciones y de profesores, y se expresa en el detrimento de las pedagogías y la superficialidad de los conocimientos. Por eso, el logro educativo para el bienestar de las nuevas generaciones tiene que ser abordado desde distintos puntos de vista.

El segundo factor para la reducción de la desigualdad que plantea el Informe está en la asimetría de los ingresos laborales y no laborales. Para ello, son necesarias políticas que fomenten el crecimiento del empleo, incidan en el cambio de los precios relativos y realicen reajustes contra los problemas ocasionados por choques macroeconómicos. En este sentido, el documento es técnico pero no cuestiona un modelo en el que su desarrollo depende de la explotación más recurrente de los otros.

Incluso tomando ese silencio, el Informe es ingenuamente optimista frente a la posibilidad de romper los grados de desigualdad intergeneracional proporcionados por padres conscientes en las decisiones sobre el futuro de sus hijos. Pues, a pesar de su lucha por el mañana, prima la voluntad de gobiernos neoliberales que limitan las posibilidades de, por ejemplo, las jóvenes trabajadoras para cursar estudios superiores, comenzando por el hecho de que a ellas se les paga menos por su condición de género.

Se trata, en fin, de un informe que cree que los gobiernos van a cambiar las políticas sociales, cuando éstos mismos reconocen que el gasto social sigue siendo neutro o regresivo en los países de la región. También, cuando ve en instituciones estales tan débiles su incapacidad para contener la crisis de la deuda económica o eventualidades que agudizarían la pobreza por fenómenos de origen climático.

Quizá todos los bemoles que el estudio presenta, a pesar del enfoque de capacidades y aspiraciones, está en conservar la concepción de modificar nuestras sociedades estratificadas por sociedades conectadas y en las cuales haya una mayor movilidad social, creyendo que se puede subir en este modelo sin necesidad de bajar al desfavorecido y explotado. Todo ello al definir las clases sociales como simples estratificaciones por las interacciones del mercado y no como procesos históricos de dominación y resistencia.


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