Miércoles, 20 Febrero 2008 19:00

Objeción de conciencia. Marcha del 4 de Febrero

Escrito por Salvador Verdugo
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La decencia del alma

 

Vamos camino a la construcción de un nuevo rostro, hacia la consolidación de una nueva versión de ese abismo inmoral que es el fascismo. Esto es un hecho incuestionable.

 

Se trata de una variable, de una modalidad muy parroquial, todavía algo solapada, pero, eso sí, bastante evidente, del fascismo del siglo XXI en su versión latinoamericana. Y hay que decir, para vergüenza nuestra, que esta especie de hidra que estamos viendo formarse; que esta modalidad de conciencia colectiva que se está avivando, es, toda ella, de nuestra cosecha. Y, dada la calidad de sus simientes y almácigos, por la forma como se está preparando su cultivo, es fácil deducir que el crisol de su fruto está siendo diseñado para que a muy corto plazo se convierta en producto de exportación. El “fascio”made in Colombia es un producto que se está madurando, a punto de hacer eclosión: ya ostenta su condición en los escenarios públicos; ya presenta sus credenciales, su licencia y pasaporte en los aeropuertos internacionales; ya exhibe su eslogan entre pecho y espalda. Sus componentes morales, sus pilares éticos, su perfil ideológico, ya esgrimen su actitud retadora y amenazante. Y ¡ojo!... el fenómeno se está gestando con miras a futuras aventuras expansionistas. Los hechos así lo indican: la escalada de agresiones de que están siendo objeto Yolanda Pulecio, madre de Íngrid Betancourt, y la senadora Piedad Córdoba; las tétricas amenazas dirigidas al profesor Gustavo Moncayo y al ex magistrado Carlos Gaviria; el absurdo y rufianesco señalamiento de que fue objeto esta Tribuna de Opinión por obra de un congresista y la lectora de noticias de uno de los canales privados de televisión. Son éstos, apenas, una mínima expresión de esta campaña patriotera y fanática que ya insinúa criminalizar el derecho a disentir y tener una opinión libre.

 

Y, para acabar de ajustar, ¡esta marcha!… Esta marcha que ahora veo desde esta ventana, rédito de la más vergonzosa maniobra mediática de las que hasta ahora ha podido ofrecer el establecimiento; fiel ejemplo de esta destreza diseñada para atrapar las confundidas almas de los colombianos. ¡Ahí van!... Aquí los veo, formando por primera vez manada. Sintiendo el vértigo en los corazones cuando pretenden dirigirse a un objetivo común; creyendo que por fin se ha identificado al enemigo…

 

Ya en la época que preparaba el arribo del Duce, en esa Italia tristemente recordada de la primera mitad del siglo pasado, la alianza conservadora de empresarios y terratenientes consideró que los antiguos ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran poca cosa para garantizar la defensa enconada de sus intereses. Frente a la amenaza bolchevique, excitaron un repudio generalizado tal que los llevó a las calles a gritar la consigna “¡Creer! ¡Obedecer! ¡Combatir!”… Y ahí estaba el hombre que muy pronto iría a incubar todo ese sentimiento. Hoy y aquí, en esta modalidad que estamos inventando, esta consigna se esgrime contra la oleada de clamores que se consideran de suma peligrosidad: diálogo, concertación política, acuerdo humanitario.

 

Para eso sirvieron las pruebas de supervivencia y los mensajes de los secuestrados que recientemente se han divulgado. No para comprender la nefasta degradación de nuestro conflicto. No para plantear la necesidad de convocar a una reflexión profunda, convergente y pluralista, respecto a una salida negociada e inteligente de la crisis. Ni siquiera para dejarnos penetrar por el drama de las víctimas y sus familias. No. Todo lo contrario. Sirvió para permitir – y dejar que así se hiciera– que los canales privados de televisión, ligados de inmediato por las cadenas radiales y la prensa nacional y regional (¡a que no adivinamos en manos de qué grupos económicos se encuentran!) hicieran eco de mal disimuladas intenciones… Y para que todos a una se dieran el regusto de meternos ese embuchado de odio y resentimiento que tan buenos lucros les genera.

 

Toda vez que somos el país de América Latina donde menos se lee (en promedio, algo así como un libro por persona al año, sin importar el contenido), debemos conformarnos con definirnos como una sociedad desinformada. Somos adictos a la novelería; el producto cultural de consumo por excelencia son las telenovelas. ¡He ahí el asunto! Somos materia amorfa a la que cualquier pelele, con algo de astucia, se cree en condiciones de darle forma y contenido espiritual.

 

Un breve recorderis… Para aquella fe ilusoria

 

¿Dónde estaban antes esas falsas expresiones de solidaridad y compromiso que hoy se pretende esgrimir ante los secuestrados y sus familias? ¿En qué momento este gobierno tuvo el asunto dentro de las prioridades de su agenda? La respuesta es una sola: en ninguna parte, en ningún momento. Aquellos eran invisibles; pertenecían a una zona muerta de nuestra realidad, allí donde habitan los desplazados, los desaparecidos, las víctimas de las ejecuciones extrajudiciales: eran algo menos que fantasmas. Por años, sus familiares pidieron audiencia en el Palacio de Nariño. Nunca se les abrió un espacio para ser escuchados. El Señor del Palacio vino a conocer a las familias de los diputados del Valle del Cauca apenas en el momento de darles el pésame. Todos eran, antes, y siguen siendo ahora, un fastidio, un estorbo; el lunar que opaca la política de exterminio que es su santo y seña.

 

Tuvo que salir el profesor Moncayo, llevado por un arrebato de amor hacia su hijo, a recorrer el país y pregonar su propio drama: había visto un Presidente –el mismo que padece de éxtasis alucinatorios cada que se encuentra ante su tropa– que ordenaba bombardear día y noche, sin asueto, los campos y las selvas. Tal orden indicaba un resultado buscado y predecible: el profe vio prefigurada la muerte de su hijo. Entonces salió a la calle, fue a una iglesia cercana y allí se dejó penetrar por una visión casi espiritual. Se atravesó unas cadenas como símbolo de la política de guerra que había que romper. Por eso las bautizó con el nombre del mandatario: juró jamás desprenderse de ellas hasta tanto, por la vía del acuerdo humanitario, viera regresar a su hijo… ¡Vivo, no en un ataúd! Ese fue el momento clave. Sólo en ese instante la tragedia de los secuestrados adquirió un rostro y se adosó una insignia. Ya todos sabemos el impacto nacional e internacional que generó su actitud. Cuando su gesta franciscana arribó a Bogotá, todos esperábamos el anhelado encuentro: por fin, uno de los familiares iba a tener audiencia con el Mayoral del Palacio. Y, ¿qué hizo éste? Muy sencillo. Montó un aparato logístico pletórico de símbolos de su poder. Luego, con su palabra arrogante, lo apabulló, lo ultrajó, puso en entredicho la nobleza de sus intenciones; poco le bastó para considerarlo emisario del enemigo. Por último, en discurso populachero, a su mejor estilo, le demostró quién era el que imponía los valores en la conciencia de los ciudadanos.

 

Con todo y su golpe de poder, aquel suceso sacudió por primera vez la imagen inmaculada del mandatario. El tema removía la opinión, mojaba tinta hasta en los más incondicionales de sus falanges: por primera vez bajaban las encuestas de popularidad; que así lo dijeran quienes las dirigen y manosean era mucho decir. Entonces aquél inventó una salida a este escollo. Puso a Chávez y la negra Piedad a que lo desembarazaran del asunto. Convencido, eso sí, de que eso jamás tendría resultado. Y, ¡oh, sorpresa!... por esa vía empezaron a vislumbrarse metas insospechadas: habría pruebas de supervivencia, se prometía la liberación de un buen número de secuestrados. ¿Error de logística u oportunidad para avanzar en un plan todavía más elaborado?... El tiempo lo dirá. En todo caso, inventó la ocasión para frustrar la empresa de diálogo y provocar la ira del mandatario vecino, quien con su lengua desenfrenada no pierde ocasión de cobrarle el gesto maniqueo de que fue objeto. El juego se puso interesante: para desagraviarlo, las farc le entregan dos rehenes, intermediando, eso sí, el novelón sobre Emmanuel. La gente no vio, no quiso ver, en lo del niño, que Chávez ni siquiera accede a la confidencialidad de las farc; que él ni sospechaba la historia que estaba detrás del párvulo; el secreto lo tenía escondido la inteligencia del Gobierno. Pero la mesa estaba servida para realizar un nuevo amaño. Allí había un botín políticamente ventajoso. Se podía deducir una alianza secreta, dañina a los intereses del Estado. Ya no sólo se podía mostrar que el sistema tenía fieros enemigos internos. Se veía perfilar un adversario potencial: el vecino de desaforada lengua, ese bocón que parece tan fiel a su palabra de compromiso con las familias a las que todos acá seguimos dándoles la espalda. Surgen los ataques: ¡Vendepatrias, sinvergüenzas, empañando doblemente la dignidad nacional...!¡Debieran desalojar nuestro suelo! ¡Lo necesitamos limpio de gusanos!... Ahí vamos con esta historia…

 

Con todo, cada nuevo episodio hacía revivir el debate del acuerdo humanitario. Ya venían las secuestradas, envueltas de inmediato en una áurea suficientemente sospechosa: parecían llegar de una finca veraniega en Venezuela, casi rozagantes, y hasta se despidieron de beso de los facinerosos. Y una de ellas, Consuelo González de Perdomo, anunciaba el comienzo de una nueva campaña por la negociación política. Había que atajar eso. Un espontáneo de Medellín, dando la cara, dirección, teléfono y cédula de ciudadanía, comenzó a reunir firmas para convocar un referendo que obligara al Presidente a realizar un acuerdo. Iniciativa popular que se convirtiera en mandato… ¿Cómo así? ¡Esto puede resultar peligroso…! ¡Había que sepultar este asunto de una vez por todas! ¡Si las liberadas no nos sirven, si sus familias tampoco se prestan!… ¡Ah, ya! ¡cojamos las cartas de supervivencia!… Para qué está la internet… Digamos que los niños que van a MacDonald’s, los niños que hacen juernes en las zonas rosas de las ciudades capitales son hoy la muestra de la nueva sociedad civil; que ellos, los que chatean y bajan material pornográfico para intercambiar con sus amigos en sus eternas horas de ocio, amanecieron, justamente ahora, exudando Patria por todos los poros. Digamos que ellos dicen que nuestra dignidad ya no resiste más y es necesario convocar a una marcha contra el secuestro y contra las farc (por ahora). Que eso se lance. Que eso se esparza. Que aparezca en primer plano. Nosotros nos encargamos del resto…

 

Y aquí van. Aquí los veo desde esta ventana. Es una marcha majestuosa, extraordinaria, descomunal. El ideal de masa con la que sueña cualquier líder absolutista. Alcanzo a escuchar algunas consignas… Voy a la biblioteca. No se por qué, en vez de releer Masa y poder, de Elías Canetti, se me atraviesa el lomo amarilloso de la biografía del Führer; el libro que Jaime, mi amigo librero, me regaló porque nadie se lo compraba. Lo abro al azar y encuentro este discurso. …¡Oh, Dios!... No debería estremecerme… Ahora me quejo de que los años no sean suficientes para endurecer mi alma. Esta fragilidad me hace intentar un ocioso ejercicio: medir los sentimientos de las familias de los secuestrados… Pensar incluso en qué estarán sintiendo ellos mismos... ¿Qué dirá Íngrid Betancourt, ahora que sabe que nuestro gobierno considera a su madre como una enemiga pública? Que ha sido vilipendiada… que en torno a ella se cierne un círculo de hostilidad y repugnancia cada vez más hostigante y pendenciero… ¿Qué será de las otras madres, de las esposas, hijos y hermanos de esos seres que no tienen alcurnia, los dolientes de los soldados y los policías en cautiverio? Supuestamente, esta marcha es por ellos y “para” ellos. Pero no aparecen; no los veo. Nuevamente están siendo eclipsados. Otra vez están condenados a permanecer en la sombra. Se han convertido en un retorcido pretexto; son una quimera. ¡Con razón, han tenido que refugiarse en las iglesias! Allí, como siempre lo han hecho, oran en cadena; le preguntan al dios de los colombianos por qué no escucha sus plegarias.

 

Yo, desde aquí, y quizás a otro dios, oro con ellos. Ruego que esta nube densa se disipe y no se convierta en el obsceno presagio que veo ante mis ojos. Razón suficiente para objetar la marcha.

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