Domingo, 28 Noviembre 2010 18:29

Cartagena de Indias, la Venus del Caribe

Escrito por Libardo Sarmiento Anzola*
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Las fiestas de los salones durante el Concurso Nacional de Belleza en Cartagena contrastan con la miseria reinante en la mayor parte de la población. Para disimular, a la gente se le botan las migajas del jolgorio de Getsemaní a través de los desfiles acuáticos.

“La Heroica” reproduce año tras año, de manera trágica, “El nacimiento de Venus”, obra maestra del pintor italiano Sandro Botticelli. Las diosas "criollas" de la belleza emergen impolutas sobre los miles de damnificados por las inundaciones y los deslizamientos en las miserables villas cartageneras. Mientras los empresarios se llenan los bolsillos con los dineros, públicos y privados, que les deja el espectáculo, las 2.500 familias afectadas en noviembre de 2010 por las lluvias y el aumento de las mareas muestran el rostro doloroso de la exclusión que ocultan con apremio las agencias de turismo, los medios y la administración local.

¿Dos ciudades?

La imagen de una ciudad dual, la rica y la pobre, hace parte de la ideología local. El mito de las dos ciudades intenta contar relatos duales o ambiguas de la urbe, sin articulación alguna ni corresponsabilidades. Este mito adorna los discursos de los políticos, es fuente de inspiración de académicos, sirve a la filantropía de los empresarios y apacigua la rebeldía popular. Sin embargo, los mitos hacen parte de la construcción de toda sociedad.

Además del mito del dualismo, otros tres imaginarios complementan el ocultamiento de la realidad de esta sociedad portuaria y se reproducen sin fin: la dependencia “neocolonial”, el capital humano y el desarrollismo. Al estudiar su historia de manera crítica, emergen cuatro pautas (normas que gobiernan los procesos y el estilo de desarrollo) o patrones organizativos que definen estructural y sistémicamente el proceso societal cartagenero: importancia geoestratégica y apartheid social, economía de enclave, exclusión y socio-racismo.

Esta matriz, conformada por los ocho elementos analíticos anotados (cuatro imaginarios o mitos, y cuatro pautas o patrones organizativos), está cruzada y articulada en su complejidad histórica por el conflicto de clases que producen y reproducen ésta específica formación social y sus relaciones socio-económicas y políticas que se fundamentan en la expoliación, la opresión y la explotación que alimenta la voracidad de la acumulación capitalista, de propios y extranjeros, en Cartagena de Indias1.

Para las comunidades afrocolombianas y populares, el desarrollismo de las élites cartageneras siempre significa violencia, despojo, destierro, segregación y exclusión. Uno, entre miles de ejemplos, recuerda este trágico destino: Chambacú. La novela costumbrista de Manuel Zapata Olivella relata cómo la plutocracia de la “Heroica” convirtió los ranchos de cartón y paja, donde habitaban “los negros”, en “tierra de muerte”, para después transformarla en uno de los principales “polos de desarrollo y valorización” de Cartagena. Este hecho constituye un penoso símbolo de la más cruda historia del racismo en Colombia.

Hasta finales de la década de 1970, la historia de la cultura afroamericana de Cartagena pasaba inexorablemente por Chambacú, un "corral de negros”, como lo describió el escritor Zapata Olivella. Hoy, el complejo y afortunado proyecto que se levanta sobre el terreno es propiedad de Chambacú de Indias S. A., empresa en la que confluyen los intereses de miembros del gobierno del entonces presidente de Colombia Andrés Pastrana (1998-2002) y sus familias, entre ellos el actual presidente del BID, Luis Alberto Moreno, y el presidente del partido Conservador, Fernando Araujo. Lo que se constituyó en un escandaloso proceso judicial estuvo antecedido por el cambio arbitrario de destinación del terreno para la construcción de vivienda de interés social a un lujoso centro comercial. La justicia esperó hasta que prescribiera el proceso, antes que importunar a tan “importantes familias”. Hoy, los polos de desarrollo de la ciudad (el mercado de Bazurto y la renovación de la zona colindante, la vía perimetral de la Ciénaga de la Virgen, las áreas aledañas a Transcaribe, el Cerro de la Popa y la nueva carretera hacia Barranquilla), constituyen una amenaza evidente contra los pobladores populares de estos espacios urbanos, quienes serán despojados y expulsados hacia los extramuros de la ciudad, lejos del litoral.

De acuerdo con el “Informe 2010 sobre el estado de los Derechos Humanos de la población afrocolombiana”, en Colombia la discriminación racial sigue siendo una conducta “normal” en las relaciones de sociabilidad. La principal víctima de este fenómeno es la población afrocolombiana, según los resultados y conclusiones de la Encuesta sobre la Percepción del Racismo y la Discriminación Racial, realizada por el Movimiento Cimarrón en las ciudades de Bogotá, Medellín y Cartagena.

Población y pobreza

Cartagena de Indias registra una rápida expansión de la población y un elevado crecimiento económico desde finales del siglo XIX. En 1905, los habitantes se acercaban a la cifra de 10.000. Para 1951, la población de la ciudad sumaba 128.887 personas. De acuerdo con las proyecciones del Dane, la población en 2010 llega a 944.250 habitantes. Según los datos del DNP, la pobreza en Cartagena pasó de 35,8 por ciento en 2008 a 36 por ciento en 2009. En la extrema pobreza se mantienen nueve de cada 100 cartageneros. No obstante, en los niveles 1,2 y 3 del Sisben, que el sistema asimila a población en condiciones de pobreza, se encuentra el 90,5 por ciento de la población.

La pobreza, tan extendida en la ciudad portuaria, obedece a una economía de enclave que no genera empleo digno. Durante 2010, la tasa de desempleo es de 12,5 por ciento, por encima del promedio de las 13 principales ciudades del país. El empleo informal afecta al 60,5 por ciento de los trabajadores, esto es, en condiciones precarias, inestables y sin seguridad social. El empleo que se genera es mayoritariamente por cuenta propia, microemprendimiento, servicio doméstico y trabajadores familiares sin remuneración. En una economía de enclave, las empresas carecen de vinculaciones significativas con los circuitos de la economía local. No hay un proceso de difusión tecnológica ni de entrenamiento o capacitación de la mano de obra nativa; tampoco una articulación con actividades complementarias locales, como el sistema educativo, las políticas sociales o el desarrollo urbanístico. La acumulación de capital del enclave empresarial cartagenero tiene como fuentes la industria, el comercio, la construcción, el sector financiero y las actividades asociadas con el turismo y portuarias.

Según una reciente investigación, “en las tres últimas décadas Cartagena ha sido una de las ciudades colombianas con mayor crecimiento económico y demográfico. Sin embargo, la repartición de esa prosperidad ha sido muy desigual. […] Cartagena es una ciudad con gran polarización en los ingresos y las oportunidades sociales, lo cual tiene una clara manifestación en el espacio físico: los pobres están localizados en determinados sitios, y los más altos ingresos están en otros lugares. Además, hay un componente étnico en esa polarización. Los más pobres, que además se ubican en los sitios menos atractivos, son mayoritariamente afrodescendientes”2.

De otra parte, el manejo de las finanzas públicas no promueve la justicia, la equidad ni la inclusión. Los ricos no pagan impuestos y los programas sociales son de corte asistencialista. El déficit fiscal de Cartagena es de carácter estructural, lo que refleja: i) la clase dirigente no es proclive a afectar la desigual distribución del ingreso a través de los mecanismos fiscales que dispone la administración local, ii) el rápido enriquecimiento de la ciudad durante las últimas décadas ha beneficiado principalmente a los ricos, en una tendencia constante de concentración de la riqueza, sin que se refleje en un fortalecimiento de las finanzas públicas, iii) el financiamiento del déficit de la ciudad mediante empréstitos beneficia al sector financiero, a la vez que les quita recursos a las vigencias futuras y genera dependencia política de la ciudad respecto a los interés de los banqueros, iv) la ciudad, en la actual estructura presupuestaria, no cuenta con procedimientos incluyentes (presupuestos participativos) ni con los recursos financieros sostenibles para adelantar una política pública social que garantice la inclusión, la universalidad de los Derechos Humanos y el ejercicio pleno de la ciudadanía de los cartageneros.

En resumen, es necesario comprender, enfrentar y transformar, desde las propias comunidades afectadas, las pautas o factores históricos y las estructuras que determinan la dinámica de Cartagena, esto es: la economía de enclave, la exclusión, el socio-racismo y la segregación geográfica (con instituciones que unifiquen, infraestructura que conecte, e intervenciones que focalicen, redistribuyan e incluyan).

Es importante develar y destruir los mitos fundantes que aún campean en el imaginario de la “Heroica”. Sólo así es posible una ciudad que integre un modelo de desarrollo local sostenible, y de políticas públicas orientadas por los valores de dignidad, inclusión, democracia y derechos humanos. La premisa mayor de este cambio es la organización y el empoderamiento político popular, esto es, un ejercicio diario de poder instituyente y constituyente de las comunidades en sus espacios locales de existencia.

*    Economista y máster en teoría económica. Filósofo y especialista en análisis existencial. Consultor, investigador y escritor independiente. Integrante de los comités editoriales de los periódicos desde abajo y Le Monde Diplomatique. Investigador asociado del Observatorio Derechos Sociales y Desarrollo de Cartagena de Indias.

1    La profundización y el análisis de estos ocho elementos se presentan en el libro: Sarmiento Anzola, Libardo (2010); Cartagena de Indias: el mito de las dos ciudades; Observatorio Derechos Sociales y Desarrollo; Cartagena de Indias.
2    Aguilera, María y Meisel, Adofo (2009), ¿La isla que se repite? Cartagena en el Censo de Población de 2005, en: Revista del Banco de la República, Vol. LXXXXII Nº 976, Bogotá, febrero de 2009, p. 24.

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