Lunes, 24 Enero 2011 18:34

Demencia

Escrito por Diego Sánchez González
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Bogotá sucia, Bogotá fría,
 Bogotá sucia y fría,
se te acabó la calma,
 llegó el brutalísimo punk
a tus calles y se va quedar
de por vida.

El punk afloró en los suburbios de Londres a principios de la década del 70, cuando el rock se había vuelto muy encumbrado. Las bandas del momento estaban integradas por manes muy virtuosos y culteranos que ya no tocaban con otros parches, y sólo interpretaban sus composiciones con sinfónicas, filarmónicas y grupos de cámara. En este contexto, apareció como de la nada una nueva cultura, con sus pelos de iroquíes salvajes, pintados de rojo o verdes, con una música que olía a revuelta, a tropel, a ruido subterráneo, a asfalto, una poética urbana demasiado urbana. El punk adoptó la velocidad de las calles y la convirtió en música. Entonces brotó una vorágine de bandas con una base minimalista de tres acordes rápidos, bases fuertes de guitarra, un bajo que no rebuscaba arreglos tremendistas, la batería fuera de control y un grito de letras ácidas.

Junto con Beto, un “vieja guardia” del punk bogotano, uno de esos músicos independientes y bravos, capaces de demostrar que la vida no siempre gira en torno a lo establecido, nos dimos a la tarea de evocar recuerdos y armar una breve historia del punk capitalino. Beto ha sido un espíritu inquieto, músico, artesano, viajero, “un animal del centro de Bogotá”, como él mismo se define. Junto con Rocío fundó Demencia alguna noche del 89. Se notaba a las claras que no sabían tocar ningún instrumento y no entonaban dos notas seguidas, pero el público juvenil los descubrió y los convirtió en sus ídolos, así que por varios años fueron la banda más reconocida de los espacios subterráneos de la ciudad. Por este tiempo, los toques se hacían en azoteas, patios, garajes o lotes vacíos, y terminaban en monumentales tropeles en que los músicos levantaban a patadas al público y éste los retribuía generosamente lanzándoles botellas. Eran conciertos realmente interactivos.

“Me llamo Alberto Gómez y fundé y formé parte de la banda bogotana de punk Demencia, de 1989 a 2002, cuando se disolvió en Alemania. Soy de una generación que tuvo un vacío en el rock metropolitano, un momento en que no teníamos bandas que nos marcaran un camino, una etapa que vino cuando se acabaron Flippers, Speakers y Génesis, y antes de: Ship, Crash, Traphico y Kokoa. Éramos una minoría que a duras penas llenaba un teatro. Los escasos rockeros nos congregábamos en un ritual de medianoche a ver películas en cines como Coliseo, Imperio, La Comedia, La Carrera, San Carlos, Americano, etcétera1, donde, en la oscuridad de la sala y acompañados de un buen bareto, veíamos a esas estrellas tan lejanas para nosotros, ojeábamos una y otra vez las mismas películas: Janis, Santana –Soul to soul, Woodstock, Tommy, Let it be, El submarino amarillo, Joe Cocker y su banda de perros rabiosos, La Canción es la misma, de los Zeppeling. Hasta cuando llegó The wall, de Pink Floyd, y ese tema de las películas se desvaneció por unos años.

En el inicio de los 80. Bogotá era una pichurria. No estamos en el calendario de bandas importantes. Para la época había frustración: uno quería ver sus estrellas y nunca venía nadie. En tiempos muy lejanos vinieron Santana, James Brown y Ravi Shankar, quien se presentó en la Luis Ángel Arango (esto último me lo contó el Doctor Rock). Entonces uno se rodaba por las casetas de la Avenida 19, donde empezaron a vender joyas como Never mind the bollocks, de los Sex Pistols2. Escuchando a los Pistols, uno decía ¡Huy que chimba de música pelado! Entonces los mandaba grabar en casetes y así rodaba la melodía por todos los parches.

Ya la radio se daba por enterada de los nuevos gustos del personal, y Radio Tequendama en los 610 AM y Radio Fantasía en los 1550 FM, emitían uno que otro sonido pesado. Igualmente, empezó a llegar la revista española Vibraciones, que nos entreabría la ventana para echar un ojo a la escena mundial. Por el 84, un amigo que tenía una caseta en la 19 (Néstor Flórez) trajo varios álbumes de Motörhead: Bomber, Ace of Spades, y particularmente No Sleep ‘til Hammersmith, en que Slayer yo no había escuchado nada tan pesado. El man me vendió un casete que fue toda una sensación, que tenía como una joya, hasta que en Radio Fantasía radiaron a Verdum, unos mancitos de Medellín. ¿Pero qué es esto?, se preguntaba uno. Qué sonido, papá, y eso fue una revelación para mí. A la caseta de John Vargas, otro vendedor de la 19, llegó el thras y el mejor punk a Bogotá, por esa caseta caía Héctor Buitrago (fundador de Pestilencia y luego de Aterciopelados) y traía discos que le mandaban de Europa. El otro legendario distribuidor de música, José MortDiscos, El Sastre, llegaría meses después. Todavía no tenía el local del Centro Comercial Cristales, que será el sitio donde se va ofrecer el mejor rock del mundo.

En Medellín, en 1982, la banda Complot ya andaba tocando covers de The Sex Pistols y The Clash, y por ahí en 1983 surgen parches de punkeros en Aranjuez, Castilla, Moravia y Villa Hermosa. Para el 84, la escena de Medallo ya era muy sólida. Bandas como Restos de Tragedia, Mortikans, Pe-ne, Podrida Sociedad, Sociedad Violenta y Mierda tocaban seguido y los pelados las seguían. Los hijos del proletariado paisa usaban ahora cabello largo, botas de obrero, pantalones entubados, chaquetas negras de cuero y correas de taches. Éramos metaleros, punketos, hardcoreros al mismo tiempo, así que, cuando aparecieron discos como Crucificados pelo sistema, Descanse em paz y Cada dia mais sujo e agressivo, de Ratos De Porão, y me dí cuenta de que ellos unen el punk y el metal con nuestro sonido suramericano de una forma muy bella, descubrí que eso de las tribus era una maricada sin sentido, una mierda sembrada por los capitalistas para dividir a los pelados. Desde el principio tuvimos claro que las diferencias entre nosotros no eran de género: el problema en este país era de clase.

A Bogotá llegó el punk a mediados de los 80 de la mano de unos pelados que se habían pegado el vuelto por Medallo, pillando la escena de allá. Y llega el sonido de Parabellum y esas cosas que estaban haciendo, una explosión de sonidos muy áspera. Uno de esos paisas resultó con la idea de hacer una banda de punk en Bogotá y le hizo casting a Rocío. El man quedó admirado con los gritos de esa nena: era una mujer que gritaba de una manera fantástica. Finalmente, el man se va y no organiza banda ni nada. Yo dije aquí fue, esa es la voz que yo estaba buscando, y le propuse a Rocío formar una banda. Yo sabía cuatro acordes de guitarra y nos unimos con un paisa que le daba a la batería dos porrazos y ya, con ese chorro de voz, con la gritería de esa nena, teníamos suficiente. A la banda le pusimos Demencia por un tema de Desconcierto que me gustaba mucho. Compusimos cuatro temas y los metimos en un casete muy bien grabado y lo rodamos. De un momento para otro, nos volvimos el grupo subterráneo de moda.

Por Demencia pasó mucha gente que tocaba batería, pero abandonamos la idea de tener más músicos y la banda se redujo a Rocío, que cantaba y tocaba la batería, y yo en la guitarra. A partir del 90, los conciertos salieron un poco del anonimato de los barrios o los garajes, y se hacían en bodegas y lotes vacíos. Por ejemplo, el man que vendía la ganya en la 22 con Séptima tenía un lote grande al sur, y allá montamos un toque y rodábamos la bola del sitio y llegaron 50 ó 60 punkis. Era una escena de ese tipo, pero sin duda que el toque más grande que realizamos fue el Fusa Rock, en 1997. De un momento a otro, la música empezó a llegar a borbotones: de España, R.I.P, la Polla Records, Eskorbuto, Kortatu, Barricada, Soziedad Alkohólica, Ostia Puta o Los Muertos de Cristo, bandas de Perú como Leucemia, Narcosis; de Argentina Todos tus Muertos, Ataque 77.

Nuestras letras mantuvieron una línea de protesta. Mi papá había sido miembro del Partido Comunista y yo crecí comprometido contra el capitalismo, la explotación de los trabajadores; me sentía un aliado de las gentes del sur, de los más pobres de la ciudad, una diferencia con Pestilencia, que eran niños de clase media, gente que tenía resuelta la vida. Sin embargo, el hecho definitivo que nos politiza ocurre en 1992 con el tema de los cinco siglos del descubrimiento de América. Fue un momento para pensar qué éramos, qué pasó aquí, qué somos nosotros, para dónde vamos, dónde estábamos parados. Con esas reflexiones nos acercamos a la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia) y también a gente que trabajaba en política en la Universidad Nacional.

Un factor que nos fortaleció mucho y difundió nuestra música fueron los fanzines que nosotros elaborábamos y mandábamos a varios países, y los que nos llegaban de Inglaterra, México, España, Finlandia, Estados Unidos y otros países. Un suceso que permitió difundir nuestra música fue que mi papá comprara una casa en el sector del Cartucho. Por ahí paso gente de todo el planeta: españoles, franceses, alemanes, venezolanos, mexicanos, gringos, peruanos, pelados de Medellín y Cali. Nuestra fama se extendió. Esto nos permitió establecer relaciones con grupos alemanes y por allá viajamos en 2002, cuando finalmente se disuelve la banda. Rocío se casó y se quedó en Europa, y yo empecé a tener obligaciones y había que responder.

Hoy uno mira hacia atrás y se da cuenta de que nos quedó una historia y el honor de ser pioneros del punk en Bogotá.

Demencia, en Alemania, 2002.

1    Salas de cine hoy transformadas en sedes de iglesias evangélicas o centros comerciales de segunda categoría.
Por esta misma época, llegan a las casetas de la Avenida 19 los primeros ejemplares de las revistas españolas Viejo Topo y Ajo Blanco, que serán fundamentales en la construcción de una tendencia anarquista entre la izquierda bogotana, importadas por Posada (joven trotskista que se suicidó a comienzos de los 80) y Enrique Romero Cano.

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