Jueves, 19 Junio 2008 19:00

Manuel Marulanda y su asesor

Escrito por Francisco José Trujillo
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No mucho después, unos seis meses, sedespidió. Se fue para el Tolima, incorporándose a los grupos rurales comunistasque en 1964 constituyeron las farc. Adoptó el nombre de Jacobo Arenas, tal vezpensando en el progresista militar guatemalteco Jacobo Árbenz, derrocadopresidente de su país por un títere del imperialismo norteamericano. Marulandadeclaró que Jacobo fue su mejor asesor y amigo.

 

¿Qué pensaba Marulanda de su lucha? Nos diceArturo Alape en su libro Las vidas de Pedro Antonio - Mario Manuel MarulandaVélez - Tirofijo:

 

Ah, el Día Rojo, el día lunes, un día a lasemana en que todos con su respectivo comandante se hacían presentes en lasiembra del maíz, en el desmatoje de las sementeras; físicamente El Davis seconcentraba a trabajar voluntariamente en un cañaduzal. Ah, la hora sabrosa quese celebraba cada ocho días, se recogía el personal en pleno y en el patiocentral, con cinco músicos que cantaban y tocaban, se olvidaba momentáneamentela guerra que se cernía sobre ellos, dándole la espalda al bloqueo y saliendocomo recién despiertos del aislamiento a que estaban sometidos, para bailar ybailar de seguido. Una costumbre que se esperaba con la ansiedad entre losdientes para aflojarle el nudo a la tensión de la vida.

 

No había médicos en el campamento, “había loque nosotros llamamos los teguas, 10 ó 12 a los que, por maldad, les teníamossus apodos, que por lo regular resultaban muy acertados: el Doctor Gualanday,el Doctor Leche de Higuerón, el Doctor Chipaca, el Doctor Cola de Caballo”.

 

En esa época estábamos hablando de lanecesidad de que se vincularan a este tipo de lucha los revolucionarios de laciudad. Él miraba aquella idea con aprecio extraordinario. Decía Isaías Pardo,cuándo esa gente que sufre hambre, limitaciones en la ciudad, debería venirsepara acá […] Aquí es donde está la cosa importante, donde va a decidirse eldestino de la revolución colombiana. Yo le decía, bueno, Isaías, de pronto esagente de la ciudad se acelera y viene con nosotros, mira las cartas que nosmandan. Yo le leía las cartas que nos enviaban desde la ciudad. El hombre sesentía sumamente alegre. Decía Isaías Pardo, puede ser que no estemos toda lavida dándole golpes al mundo, es decir, cultivando, sembrando maíz, losfríjoles, sino que estemos en función distinta, en función de poder”.

 

Marulanda, al volver a Marquetalia en buscadel río subterráneo de sus influencias, comenzaría a escuchar y leer, sin quepadeciera de escalofríos en el cuerpo, noticias diversas sobre sus muertes.Sería desde entonces uno de los hombres que más han sobrevivido en el mundo alespanto de tantas muertes sobre su vida –muertes que lo acechan, muertesdeseadas, muertes inventadas, localizadas en cualquier parte de su cuerpo–, susmuertes alcanzarían hasta cien. Las historias de sus muertes se escucharían enlos confines de la selva y de la montaña. La invención no tendría límites. Perootros recogerían esas historias de sus muertes supuestas para contarlas demanera distinta; se volverían a escuchar por una voz que nunca ha cesado dehablar.

 

En el libro de Alape no hay un Marulandacruel, sanguinario, secuestrador. Sólo un campesino “enmontado” que huyebuscando refugio, dónde ubicarse con su grupo, peleando con los “liberaleslimpios” que combaten al “sucio”, que es él, Marulanda.

 

¿Cuándo cambió Marulanda y cuándo las farctorcieron su rumbo? ¿Quizá la muerte de Jacobo Arenas tuvo que ver con elcambio?

 

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