Jueves, 19 Junio 2008 19:00

“Lo que sí nos puede matar es la indiferencia”. Jóvenes, desplazamiento y conflicto social

Escrito por Raúl Gutiérrez
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 Entre calles polvorientas, niñas y niñoscorren descalzos y calzos, en todos los colores, tamaños y olores. En casas,amontonados estudiando o en las calles aprendiendo lo que es la vida. Lavandobusetas o mirando, simplemente, cómo se mata o se gana el día. Es en éste lugardonde ella comparte su vida con sus amigos y sus amigas, tratando quizá deencontrarle a su existencia un sentido nuevo en un nuevo lugar, una nueva razónpara vivir, una nueva pasión a la cual aferrarse. Para esto, se dedica a hacerteatro con la Corporación Déjalo Ser o componiendo canciones de rap para lacatarsis personal, actividades que encuentra en su itinerario cotidiano.Siempre buscando algo que mueva su ser.


            


De su barrio, Sandra dice: “Tokio es unbarrio… bonito, las casas son más dignas que las que teníamos antes. Pero comose ha ganado algo, se ha perdido mucho. La gente es más desunida, menoscomprensiva de la situación del otro, ese otro que ya es desconocido, ausente.Además, hace falta un colegio más grande, un puesto de salud; son cosasmateriales, pero con un buen rebusque se pueden conseguir. Pero lo que sí nospuede matar es la indiferencia, esa indiferencia que ya es conocida entrenosotros”.

 

Ella, como muchos de lo(a)s jóvenes que vivenen Colombia, pertenece a las generaciones que han vivido la diáspora por elconflicto social y armado. La evidencia de la separación entre la cultura delcampo y la urbana. Jóvenes con más de 40 años de herencia olvidada a concienciapor un Estado y un sistema amnésicos. Pero ella, como muchos otros, tiene algoque decir, una memoria por contar, una opinión y un juicio que dar.

 

Al recordar su niñez, en su rostro se dibujauna cálida sonrisa de recogimiento y felicidad. No es una felicidadhiperestésica como la que se construye en los medios, tan prefabricada comonuestra sociedad consumista. No. Es una sonrisa desconocida, una sonrisa en víade extinción, ya que en su interior trae inmanente la tranquilidad. “No es lomismo ser joven o niño en el Chocó. Allá se es más responsable con la familia,se trabaja la tierra, se escucha a los viejos, se es buen vecino con los demás.Además, en el Chocó ser joven es salir a pescar al río con los amigos. No se leoculta nada a nadie, hay de todo en abundancia, nadie aguanta hambre”. En suChocó vuelven a la memoria las grandes bonanzas que otorga la tierra a la genteque vive en ella. Un lugar de borojó y chontaduro en abundancia. Mumbu, unsitio que la vio crecer junto con su familia y amigos. Mumbu, un lugar dondeella creía que pasaría el resto de su vida. Pero la historia les tenía pensadootro rumbo.



 

Emigrantes en su propia tierra

 

Al contrastar su vida de infancia y parte desu adolescencia con los hechos ocurridos de su presente; así como suconocimiento de la vida, ese proceso del apalabrar la existencia paraencontrarle sentido, de instaurar una memoria frente a una historia de olvidoque se niega hacerla visible, Sandra reconoce en el conflicto social, en laguerra sin comienzo ni fin, las bases de un sufrimiento que padecen todas lasclases de la sociedad. Un conflicto fratricida que nos desangra y nos condenaal sufrimiento en la orfandad. En este sentido, lo percibe como la falta deoportunidades históricas que ha tenido la mayoría de colombianos, especialmentelos afrocolombianos, indígenas y campesinos. Los histórica, económica ycultualmente olvidados y marginados, que frente a un país de fuerte raigambreagraria se ha urbanizado por medio de la violencia estructural que trae consigoel tan anhelado “progreso”.

 

El ostracismo al que se ven sometidos,aceptado de manera cómplice por el Estado, la ley y la sociedad misma, losconvierte en emigrantes en su propia tierra, cambiando sus comportamientos ypercepciones construidos históricamente, readaptándose en el vacío de laciudad. “Uno se tiene que salir de su tierra que le brinda todo para que unopueda vivir. Al llegar a la ciudad, se debe de sobrevivir en lugares donde nose tiene la experiencia, el saber para hacerlo, ya que uno, la que tiene, lesirve para estar en el Chocó. Estar en Pereira significa enfrentarse a retos, acosas que uno no conoce: cómo funciona el trasporte público, los ascensores. Aconocer la civilización, que no está hecha para nosotros. Por lo demás, elnegro se convierte en resentido, lo étnico en el negro sale a flote como unaforma de defensa, se convierte en racista por miedo”. Lo que Sandra reconoce ensu percepción es el embate del progreso arraigado en nuestras ciudades, encontinua renovación. Una renovación que deja en desventaja a quienes nopractiquen su religión. El vacío continuo, rápido, que sólo encuentra susentido en el sin sentido del evolucionismo social que nos promete el progreso.Obsesionados en engullir a quienes ingenuos, al salir expulsados de sussantuarios originarios, donde la ideología del bienestar y las instituciones noentra sino a punta de violencia, obligados a ser devorados por la ilusión de lafortuna en la ciudad.

 

Al suceder esto, la percepción y la valoraciónque se da por la vida se transfigura en el sufrimiento que todos podemosexperimentar como víctimas. El valor de la vida, tanto de la propia como de lacercana, llena la palabra de un sentido que se convierte en trascendente. Es laimportancia del ser próximo, que el propio acontecer doloroso naturaliza, peroque a la hora de tocarle sentir la ausencia se le dimensiona en su presenciavital, transformando la forma en que se le aprecia, reconociendo la humanidadinherente a todos. Es la enseñanza de la barbarie lo que no debe ser trasmitidonunca más desde la eliminación física y la vivencia individual. Es laexperiencia del horror y del sufrimiento que no debe repetirse jamás. “El solohecho de que por el conflicto te maten a un ser querido, uno queda sin esapersona. Uno crece sin la orientación, y más si es el padre o la madre, unoqueda a la deriva, se siente desorientado. Terminas metido en cosas en las queuno no tiene nada que ver. Inocentes, caen sin saber que está pasando. Yo nisiquiera tengo claro el comienzo del conflicto en Colombia, pero se sufren lasconsecuencias. Se ve a las madres llorando en silencio, familias enterasempacando sus pocas cosas en maletas, afanadas para que no las maten”.

 

La oportunidad de vivir vuelve a renacer, y lasolidaridad de los pueblos regresa a su retorno, encontrando en su camino adiferentes personas que en un momento de la vida escogieron a la fuerza otravía para andar. En Pereira se conjugaron en una encrucijada llamada Bosques delOtún. Una de tantas invasiones a las que se ven sometidos a repoblar enterritorios que se encuentran en los bordes de la legalidad para ellos y de lailegalidad para el Estado, la oportunidad para rehacer su vida, llegando asimular el candor de su lugar originario. Es la calidez construida de maneravirtual en el vacío y la desesperación de la ciudad. “Cuando llegamos a lainvasión en Bosques del Otún, todo era muy similar al Chocó: la forma en queestaban construidas las casas, las calles, la gente, todo era similar. Por estose vivía un aire de que se estaba en la tierra de uno y de esa manera no fuetan duro”. Es el lugar que se encuentra en el olvido de la ley pero continúa enla memoria de Sandra y las demás personas que recrearon virtualmente en eseespacio y ese tiempo su lugar de origen. Ello/as han sido reubicados a Tokio,lugar que llena las expectativas de lo legal para el Estado y la ley, como unlugar ‘digno’ para continuar su vida. Es entre el polvo y el color marrón dondese continúa la reflexión.

 

En este trasegar de su vida, en el abandono yel olvido, puede avisar una importante franja de seres humanos que participanen la solución a tan cruento conflicto. Es reconocer el potencial transformadorque tenemos todos los sujetos, que al darnos cuenta de nuestra precariasituación podemos cambiarla. Siendo para ella los sujetos organizados y losmovimientos sociales, las puntas de lanza en esta época que urge de transformación.“Yo los veo como los mediadores para construir un futuro mejor. Son locos, sonpersonas que piensan en las personas. Los escuchan y contribuyen para que seconstruya la gente en mejores personas, sean críticos y puedan realizar suproyecto de vida, encontrándose en alguno de estos sitios como sujetostrasformadores. Quieren cambiar el mundo para que se convierta en un lugar másbonito, donde dejemos de llorar por los seres queridos y la risa vuelvanuevamente”.

 

Ella, como muchos jóvenes a los que les hatocado insertarse en la ciudad, conscientes del conflicto social, cree en lossueños para el camino hacia la reconciliación y la justicia para aquellos queencarnan en su ser las consecuencias del conflicto social, partiendo desde unainiciativa que involucre a toda la sociedad. “Yo personalmente estoy de acuerdocon el intercambio humanitario como un primer paso, que todo sirve para evitarel derramamiento de sangre. La gente sale a la calle a protestar, las familiasse preguntan por sus seres queridos, desaparecidos, muertos o secuestrados, yase muestra el interés de las personas para superar el pasado, es ver que secansó el pueblo de soportar. Aunque se vea la violencia por todas partes, enlos barrios, las calles y las casas, debemos seguir buscando cómo nos unimospara buscar una verdadera solución”.

 

Con estas palabras llenas de esperanza terminamirando hacia el horizonte de su barrio, de calles polvorientas y diversidadpor todos los rincones que se mire. Sus ojos brillan resplandecientes, ensilencio, con su rostro pensativo.

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