Sábado, 19 Febrero 2011 12:33

Los movimientos del agua

Escrito por Rafael Colmenares
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La crisis ambiental con que Colombia cerró el 2010, permite reforzar la oportunidad y necesidad de una iniciativa como la del Referendo por el derecho al agua. Negada por el Congreso de la República, es necesario retomarla hoy con más bríos por parte del conjunto nacional con más bríos

El agua fluye, se mueve. A veces con lentitud y otras a gran velocidad. Los movimientos sociales también. Sólo seis meses después que la Cámara de Representantes hundiera el Referendo por el Derecho Humano al Agua, el país padeció las inundaciones más graves que se recuerden en décadas. Aquella iniciativa proponía, entre otras cosas: “Los ecosistemas esenciales para el ciclo del agua deben gozar de especial protección por parte del Estado y se destinarán prioritariamente a garantizar el funcionamiento de dicho ciclo”.

Luego de la tragedia invernal, que aún no ha concluido, podemos apreciar mejor la dimensión de la propuesta. Al tiempo, cada vez más colombianos sufren de sed en medio de la inundación. Es decir, la falta de acceso al agua potable, que afecta a millones de compatriotas, se padece con el agua al cuello.

Deforestación e inundación

Examinemos en primer lugar la dinámica del ciclo hidrológico en el territorio colombiano para entender mejor lo que ha ocurrido y está ocurriendo. Una explicación sencilla de los efectos de la deforestación en ese ciclo se la suministró el meteorólogo Max Henríquez a IPS: “La tala de árboles en las cuencas de los ríos permite que la lluvia no se contenga sino que llegue muy rápido a quebradas y ríos, que crecen y se desbordan. La deforestación causa problemas de aceleración del ciclo del agua en la parte terrestre”1. El nivel de deforestación es calculado por el biólogo Orlando Rangel, del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional, en 598.000 hectáreas por año.

Los efectos de la deforestación y otras formas de alteración del ciclo hidrológico en la Cuenca Magdalena-Cauca se observan en la Depresión Momposina, una de las zonas más afectadas por las inundaciones. Esta suerte de “batea tectónica”, al decir del recordado profesor Thomas Van Der Hammen, donde confluyen los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge, con numerosos afluentes a la vez, tiene una extensión de 1.850 kilómetros cuadrados y es considerada uno de los grandes deltas fluviales interiores del mundo.

Como se señala en Los sedimentos del río Magdalena: reflejo de la crisis ambiental2, “los análisis del flujo de sedimentos en la cuenca del Magdalena sugieren que un total de 153 Mt de sedimentos son arrastrados anualmente hasta la Depresión Momposina, con aproximadamente el 30 y el 36 por ciento de estos sedimentos provenientes del Medio y el alto Magdalena, respectivamente, y otro 32 por ciento aportado por el río Cauca. Una vez el río Magdalena ha salido de la Depresión Momposina, se registra un transporte de sedimentos de 142 Mt, lo que indica que cerca de 11 Mt se deposita anualmente en esta Depresión”.

Con los datos anteriores, la dramática inundación que se ha presentado en la mencionada Depresión no requiere mayor explicación: las aguas no encuentran sus depósitos y zonas de amortiguación naturales, pues están sedimentadas, cuando no rellenadas para ampliar las pasturas que requiere el modelo de ganadería extensiva allí implementado.

Otro tanto ocurre en la Cuenca del Magdalena. Como se encuentra en el mismo libro, “el Instituto Mundial de los Recursos (W.R.I.) calculó una tasa de deforestación anual del 2,6 por ciento, entre 1990 y 2000, la más alta de cualquier cuenca suramericana de orden mayor y una de las más altas a nivel mundial para cuencas tropicales. La pérdida de la cobertura original del bosque es del 87 por ciento. El IDEAM (2001) señala que cerca del 55 por ciento del área de la cuenca está destinada a la actividad agropecuaria, mientras que la cobertura de bosques alcanza sólo el 26,4 por ciento”3.

De otra parte, el mismo estudio plantea: “El aumento de la población, principalmente la concentración en grandes centros urbanos, así como la introducción de nuevas tecnologías y medios de producción, han originado grandes cambios ambientales en la cuenca del Magdalena. Estadísticas mundiales y nacionales indican que la densidad de población se encuentra entre 83 y 114 habitantes por kilómetro cuadrado, la más alta en el marco de los mayores sistemas fluviales de Suramérica”.

Lo más grave es que todo lo ocurrido había sido diagnosticado por la “Estrategia Nacional del Agua”, elaborada por el entonces Ministerio de Medio Ambiente, con el apoyo de la Universidad Nacional de Colombia (1996). En ese documento se lee: “Dicha problemática tiene como factor determinante las formas de ocupación del territorio y los sistemas de producción, dentro de los cuales los sistemas tecnológicos son particularmente significativos, como factores que alteran las condiciones de regulación del ciclo hidrológico; es decir la relación básica Suelo-Agua-Vegetación-Aire y la relación sistémica entre los diferentes pisos altitudinales, creando los desfases en la disposición espacial y temporal de la oferta y las condiciones de calidad de la misma, condiciones que explican los conflictos en la relación Oferta-Demanda hídrica, y por tanto las limitaciones al desarrollo sostenible”4.

Lo que está aconteciendo, entonces, es consecuencia directa del tipo de modelo de desarrollo que se ha impuesto en Colombia, y del tipo de sociedad inequitativa, antidemocrática y depredadora que se ha construido.

Actualidad y retos del movimiento de defensa del agua

Como una idea alternativa a lo anterior, fluyó el movimiento de defensa del agua, que tuvo en el Referendo uno de sus momentos de aceleración. Logró concitar el apoyo de más de dos millones de firmantes, que quisieron participar en el ejercicio de un mecanismo de participación establecido en la Constitución de 1991. Una vez más, las ilusiones de incidir en la política pública, desde una iniciativa popular, se estrellaron con la dura realidad antidemocrática que campea en el Estado colombiano. El tortuoso recorrido del Referendo en el Congreso, en la Cámara de Representantes, donde fue modificado hasta desvirtuarlo y finalmente negado, es una demostración de lo anterior.

No hay duda de que la frustración del Referendo ha conducido al reflujo del movimiento, mas no a su desaparición. El referendo y sus propuestas constituyen hoy un programa que debe seguir siendo impulsado. Ya no pertenecen siquiera a quienes lo promovimos. Son patrimonio del movimiento social colombiano y han sido acogidos por diferentes manifestaciones del mismo, como el reciente Congreso de los Pueblos. Siguen enarbolados por los usuarios de servicios públicos que formalizaron su organización, la Unión Nacional de los Servicios Públicos, el año pasado; por los acueductos comunitarios, que pugnan por una organización nacional que los agrupe; por Sintraemsdes, que realizó en septiembre de 2010 su tercer foro nacional e internacional, “Agua, Medio Ambiente y Servicios Públicos”; por los indígenas y los ambientalistas.

Seguramente el movimiento, como las aguas después de la tormenta o del desbordamiento, se recoge para recobrar fuerza y regresar más impetuoso. El Comité Nacional en Defensa del Agua y de la Vida continúa reuniéndose, pero es evidente que se requiere una nueva confluencia como la que permitió adelantar la recolección de firmas del referendo y el proceso educativo y de debate político, social y ambiental que se dio a su alrededor.

Nuevos escenarios son propicios para seguir dando la batalla, entre ellos, la anunciada reconstrucción del país en las zonas afectadas, que es vista desde el gobierno nacional como una empresa financiera en torno a grandes obras de infraestructura, que supuestamente resistirán futuros embates de las aguas, y no como una ocasión para el replanteamiento de un modelo de desarrollo que altera los ecosistemas vertebrales del territorio colombiano, con consecuencias que ningún dique, represa, viaducto o megaautopista podrá contener.

Otro escenario serán sin duda los Planes Departamentales de Agua, muy publicitados por el anterior gobierno y con perfil convenientemente disminuido en este, ante las crecientes críticas de poderosos gremios como Andesco. Igualmente, la resistencia a la gran minería, que amenaza las fuentes hídricas y zonas de recarga como los páramos, debe tomar en cuenta, y lo está haciendo, los argumentos del movimiento de defensa del agua.

La reforma de las CAR, forma parcial, autoritaria y centralista de abordar la inaplazable evaluación de la antipolítica ambiental de los últimos años, lo mismo que la necesidad de reconstruir el Sistema Nacional del Ambiente, constituyen el comienzo de otro gran debate en el cual se verá involucrada la propuesta del nuevo gobierno de crear el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, aunque sin las funciones de gestión del agua y ordenamiento territorial, que pasarían al también nuevo Ministerio de Vivienda y Desarrollo Territorial, al servicio de los negocios asociados a la urbanización.

1    Entrevista realizada por Helda Martínez el 3-12-2010.   
2    Juan D. Restrepo Ängel. PhD., editor, Fondo Editorial-Universidad Eafit, agosto de 2005.
3    íd.
4    Ver “Memoria técnica de la Estrategia Nacional del Agua”, Minambiente, 1996.


Propuesta en espera de respuesta


Ante los nuevos escenarios brevemente descritos y otros que con seguridad aparecerán, cobra plena vigencia lo planteado en la Declaración del Comité Nacional en Defensa del Agua y de la Vida con ocasión del antes mencionado Foro organizado por Sintraemsdes en septiembre del año pasado:

“Proponemos definir una perspectiva estratégica del Movimiento por el Agua con base en:
  • a. La ratificación de las propuestas del referendo para el país, y de su dimensión de ideas-fuerza dentro de la construcción de un movimiento social y ciudadano, y la posibilidad de aplicarlas nacional, regional y localmente para ir construyendo agendas públicas integrales, alternativas a los modelos de desarrollo exportador, de libre cambio, extractivismo y agronegocio, entre otros aspectos de la dominación política y económica actual.
  • b. La continuidad de las dinámicas de confluencia en las luchas del agua, tales como las de impedir los trasvases, el uso inadecuado del agua en torno al agronegocio, el represamiento de los ríos, la lucha contra la gran minería como base de nuestro modelo de desarrollo y todas las formas de privatización; y promover la defensa de los páramos, y la importancia del ciclo del agua en la construcción de la soberanía, seguridad y autonomía alimentaria nacional y regional, entre otros temas fundamentales.
  •  
Un acuerdo político de continuar juntos los sectores congregados y todos los que se quieran unir en este movimiento, en torno a los dos puntos anteriores y de un plan de trabajo conjunto, basado en la declaración formal del inicio de una tercera etapa nacional del movimiento, con varias líneas de acción”.
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