Miércoles, 20 Abril 2011 20:26

Lluvia de ideas para entender las revueltas árabes

Escrito por Víctor de Currea-Lugo
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La cadena de protestas nace en un mundo árabe cada vez más cuestionado por la falta de democracia, tanto desde afuera (lo que no es novedad) como desde adentro (lo que ha ido creciendo en los últimos años) de los 21 Estados que constituyen el mundo árabe, caracterizados también por el autoritarismo, la corrupción, el desempleo y la falta de libertad de expresión.

En los regímenes del mundo árabe hay una familia dinástica (Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Marruecos) o un único partido en el poder (Iraq, Siria, Egipto), y siempre, detrás, un ejército. El “partido militar” ha sido determinante en todas las revueltas.

El mundo mira hacia lo que pasa en Oriente Medio y el norte de África (MENA, sigla inglesa) por muchas cosas, entre otras, porque allí se concentra más del 60 por ciento de las reservas de petróleo conocidas. A pesar de tal riqueza, el mundo árabe tiene una de las tasas de empleo más bajas del mundo, especialmente entre la población joven, y altos niveles de injusticia social.

Lo que no son las revueltas

Uno de los problemas de los análisis sobre las revueltas árabes son las explicaciones unicausales, dentro de las que sobresalen las siguientes.

–Que es el proletariado árabe haciendo su ‘revolución de octubre’. Es cierto que las protestas de Egipto tienen como antecedente las luchas de obreros textileros, y el papel del movimiento obrero en Túnez es fundamental; pero de allí a pensar que es una “lucha de clases” hay una gran diferencia. La principal razón: la debilidad del movimiento obrero y la vanguardia de otros sectores sociales. Es cierto que hay banderas contra el desempleo y la pobreza, pero eso no justifica inventar un Lenin-Mohamed que guíe las revueltas.

–Que es un proceso de islamización (islam = sumisión a Alá). Voceros de organizaciones musulmanas reconocen que las revueltas los sorprendieron tanto como a los gobiernos. Es cierto que se han sumado desde las mezquitas, pero no sólo por ser musulmanes sino también por ser ciudadanos. Hay más tensiones intramusulmanas que con otras civilizaciones: alawies de Siria contra suníes, suníes contra chiíes en Bahréin, zaydismo en Yemen, etcétera, aunque en el caso de Egipto se ve una nueva tendencia dentro de los Hermanos Musulmanes, más religiosa y menos democrática, luego de la salida de Mubarak.

–Que se trata de la ‘revolución francesa’ árabe. No es una revolución prodemocrática en la que la burguesía árabe pida libertades. Hay muchos agentes políticos en la contienda, que van desde neoliberales hasta musulmanes. No hay una única agenda en las protestas, y la agenda democrática no siempre es la ganadora. En Egipto, por ejemplo, las medidas de los militares instalados en el poder son antidemocráticas.

–Que es la ‘revolución del facebook’: que el mundo es como un gran matrix en el que basta un simple mensaje de texto para que caiga un dictador. Internet no es la causa, y se necesitaron marchas, vigilias, toma de plazas y muertos para que los gobiernos tambalearan. Muchas revueltas previas fueron posibles sin Facebook.

–Que es la CIA o Al-Qaeda. Al-Qaeda no puede estar más relegado y la CIA ya quisiera tener tanta influencia en las masas árabes. Estas dos lecturas parten de la lógica de que hay un actor detrás de todas y cada una de las revueltas, con capacidad de convocatoria y de controlar a los pueblos, lo cual es ilógico. Esto se cae de su peso porque, en los diferentes escenarios, no se puede identificar un “ganador constante” al que se le pueda acusar de mover los lazos de las revueltas.

–Que todo es sólo por petróleo. Esta teoría es la más popular. En Marruecos y Egipto, el petróleo no es la principal producción. Y el petróleo libio va a los que hoy componen la coalición contra Gadafi: el 79 por ciento va a Europa y el 5 a los Estados Unidos; el resto se manda a China. Es decir, el petróleo lo tenían las empresas transnacionales desde antes de las revueltas, que, por demás, sólo afectan la producción y suben el precio. Si fuera sólo por petróleo, serían más fuertes las protestas en Argelia, que produce más petróleo que Libia.

–Que al final son los mismos. A pesar de que los militares hoy en el poder fueron amigos de Mubarak, Egipto no es el mismo de antes. Mientras en Libia los líderes rebeldes eran amigos de Gadafi, en Túnez las reformas que se continúan dando tras la salida de Ben-Ali apuntan a un país más democrático.

Hay agendas musulmanas, burguesas y de clase; y el petróleo y Facebook han jugado un papel, pero ninguno de estos hechos, por separado, explica las revueltas. Es indudable el despertar al debate político. Decía el periodista Daniel Iriarte que en Túnez “antes en los cafés se hablaba sólo de fútbol pero ahora todo el mundo habla de política”. Toda revolución, dijera Marx, es única. Como tal debe ser entendido el proceso del mundo árabe, cuya historia se está escribiendo ahora.

Lo árabe

Llamarse árabe es tan etéreo como llamarse latinoamericano, es decir, es más una noción que un concepto, más un sentimiento que una categoría. En Colombia, a los inmigrantes árabes llegados desde finales del siglo XIX se les llamó turcos porque, en aquellos años, parte de lo que hoy conocemos como mundo árabe pertenecía al imperio otomano.

La lengua que los une, el árabe, tiene grandes variaciones de país a país, al punto que un marroquí y un iraquí se comunican mejor en inglés que en su jerga local, a menos que opten por el árabe clásico, ese que se usa especialmente entre los académicos.

En 622 empezó el proceso de expansión del islam, cuyo libro sagrado (el Corán) está escrito en árabe en una única versión que se mantiene a pesar del paso de los siglos. Este proceso de islamización se acompañó de un proceso de arabización. Así, muchos pueblos conquistados se reconocen como árabes en lo que hoy comprende el norte de África y Oriente Medio, desde el Sahara Occidental hasta Omán, desde Somalia hasta Siria.

Sin embargo, no todos los árabes son musulmanes: los cristianos de Libia y los cristianos palestinos son un ejemplo. Ni todos los musulmanes son árabes: son los casos de los iraníes, que son persas, de los kurdos de Iraq y de los pastún de Afganistán.

Lo árabe es, entonces, una cultura, una forma de vida, y principalmente una forma de hablar en un idioma que se escribe de derecha a izquierda (lo opuesto al español), y que pudiera implicar una visión diferente del mundo del que nosotros tenemos.

Lo religioso

Para efectos prácticos, podemos decir que hay desde “musulmanes culturales” hasta “musulmanes absolutistas”, de la misma manera que América Latina y España están llenas de “católicos culturales”, impregnados en las prácticas y ritos religiosos pero no necesariamente convencidos de la fe católica.

Los cinco pilares del credo musulmán son: la profesión de fe (aceptar que Dios es uno solo y Mohamed su Profeta), la oración, la limosna, el ayuno (el Ramadán) y la peregrinación a la Meca (por lo menos una vez en la vida). Los musulmanes aceptan a judíos y cristianos como “pueblos de la Biblia”, siendo Jesús uno de los profetas pero no el principal, lugar reservado para Mohamed.

A diferencia del mundo católico (donde la idea de separación Estado-Iglesia es más fuerte, aunque no lo suficiente), en el mundo musulmán, en general, el papel de lo religioso en la administración de lo público es mayor. La ley musulmana (la Sharia) está reconocida en varios países como única fuente de derecho, con lo cual las libertades se ven constreñidas (es el mismo debate que tiene Israel de pretender ser democracia cuando se guía por la Torá, su libro sagrado).

La Sharia prohíbe el homicidio, las relaciones extramaritales, consumo de alcohol y juegos de azar, y regula aspectos de la vida familiar, lo cual genera un problema académico y práctico: la posibilidad de conciliar la democracia con lo musulmán.

Las dos ramas más importantes de la religión musulmana son los suníes (o seguidores de las Sunas, libro que contiene la vida del Profeta Mohamed, y por tanto que siguen su ejemplo de vida) y los chiíes (o seguidores del sobrino del Profeta, llamado Alí), que difieren en el alcance de la relación entre el Estado y la Iglesia, en últimas, como dice Mbuyi Kabunda, en la lucha por el control del poder luego de la muerte del Profeta.
 
En el norte de África hay una gran mayoría sunní; en países como Bahréin, la mayoría es chií; en Yemen, hay mitad y mitad, y además la presencia de una rama del islam llamada zaydismo. En Siria gobierna un régimen chií con particularidades religiosas: el alawismo. El debate es qué tan religiosa es la acción política de un creyente, y, por tanto, qué tan musulmanas son sus banderas y sus agendas sociales. En el caso de Bahréin, todo indica que las reivindicaciones de las mayorías chiíes, excluidas del poder, son más cercanas a la justicia social de corte marxista que a una agenda religiosa. En el caso de Egipto, los Hermanos Musulmanes fueron defensores de las revueltas contra Mubarak pero, una vez éste dejó el poder, han levantado la bandera religiosa. En el caso de Siria, la red alawi no tiene tanto que ver con la religión como con las relaciones clientelares que el Estado ha desarrollado.

Hay dos posiciones extremas en lo religioso: un modelo laico donde se construye un Estado moderno con una sociedad creyente en el islam (el modelo turco sería lo más cercano); y un modelo de Estado confesional donde el Corán (y su interpretación) actúe como guía de lo privado pero también de lo público (el modelo talibán). Tanto los partidarios de la primera opción como de la segunda están moviendo sus fichas en el ajedrez del mundo árabe para posicionarse de la mejor manera. Lo que no se puede perpetuar es la visión capitalista de reemplazar la “amenaza comunista” con la “amenaza musulmana”.

Agenda de las revueltas

Los manifestantes se han inmolado en Túnez, han tomado sitios públicos en Egipto, han recogido los cadáveres de sus compañeros en Libia y en Bahréin. Además, han sufrido duras persecuciones en Argelia, se han enfrentado a contramanifestantes en Yemen; y han sido abaleados en funerales en Bahréin, Siria y Libia.

Cada país tiene su propia agenda y elementos comunes a otras agendas, dadas las similitudes existentes entre los regímenes. Pero es un poco impreciso hablar de “la revuelta del mundo árabe” cuando hay revueltas de diferentes tipos, que cambian con el contexto, e incluso con el tiempo. Y también es riesgoso llamarlo “revolución”, pues los cambios que se buscan algunas veces son más reformas que verdaderas revoluciones.

En todos los países, con diferentes intensidades, aparecen banderas contra la corrupción, la tiranía, el desempleo, etcétera, y por la inclusión política y la libertad. Pero estas frases son tan vagas e inexactas que en ellas caben todos los excluidos del poder y hasta los “nuevos rebeldes” (Egipto, Yemen, Libia), que hasta hace muy poco hacían parte de las élites políticas y militares (ex ministros y ex generales).

En todos los casos vemos levantamientos populares que llenan las calles y cuyas reivindicaciones se van haciendo más radicales en cuanto más represiva es la respuesta del gobierno (en Bahréin, de pedir una monarquía constitucional, pasaron a pedir la caída de Al-Khalifa, por ejemplo). Vemos que los manifestantes son acusados de agentes foráneos (Siria), borrachos y jóvenes drogados (Libia) y hasta agentes al servicio de la CIA o de Irán (Bahréin).

Cuando no se pudo negar más la realidad, se hizo una serie de ofertas, cambios de autoridades locales y del gabinete de ministros (Yemen, Egipto), promesas de aumentos salariales (Egipto), declaraciones de modificaciones de los regímenes de emergencia vigentes (Siria), para finalmente mantener la situación. Otra estrategia es organizar marchas progubernamentales, muchas de ellas organizadas por la policía del régimen (Egipto), y otras por las redes clientelares al servicio del gobierno (Yemen, Libia, Siria). Las agresiones directas a los manifestantes por parte de grupos rompehuelgas es una constante (Egipto, Yemen, Siria). Finalmente, la muerte de manifestantes aumentó la furia de los pueblos, y los entierros se convirtieron en otra forma de protesta que fue escenario de nuevas masacres (Siria, Yemen, Libia).

País por país

En Túnez, aunque Ben-Alí ya no gobierna, ha habido varios reemplazos. Todo indica que la gente en las calles se ha convertido en la garantía de que finalmente no quede el poder en manos de viejos déspotas amigos del presidente depuesto. Esa tarea es, sin duda, la más importante luego de la caída de un régimen: evitar la continuación de las mismas políticas bajo otro nombre.

En Libia, Gadafi optó por no repetir el camino de Ben-Alí ni el de Mubarak. La guerra, iniciada por grupos de intelectuales clase media de la región este del país (Cyrenaica), ahora es dirigida por antiguos amigos de Gadafi, lo que termina por aumentar la confusión. Los ataques de la ONU tenían la bendición del Consejo de Seguridad, el pedido de ayuda de los rebeldes libios y la aprobación de la Liga Árabe, pero sólo en relación con la zona de exclusión aérea. El dilema ahora es: negociación o fuerzas de la ONU terrestres. El primero requiere maduración del contexto, el segundo puede aumentar el apoyo a Gadafi, desviar otras protestas árabes en actos antiimperialistas.

En Egipto, el vacío de Mubarak fue llenado por el ejército. La misma fuerza que reprimió durante años, ahora se presenta como “salvador de la democracia”. Desde el cambio de gobierno se han producido cientos de detenciones y casos de tortura. Los Hermanos Musulmanes, que habían posado de moderados, ya han hecho pública su nueva agenda: un Egipto islámico. Y los militares buscan fórmulas para desarrollar un “mubarakismo sin Mubarak” y quedarse con el poder. Por eso siguen las protestas en la Plaza de la Libertad.

En Jordania, el divide-y-vencerás da sus frutos. Restablecer subsidios ha garantizado la desmovilización de un sector; reprimir, el silencio de otro sector. Y el paso más perverso: enfrentar a los jordano-palestinos con los jordanos no palestinos. Así, las agendas nacionales de protesta se diluyen en reivindicaciones parciales, más fáciles de saciar o de perseguir.

En Siria, con las promesas de nacionalización de kurdos, el presidente Assad se quita un problema de encima y la represión se encarga del resto. Assad no optó por prometer reformas sino que habló de conspiraciones extranjeras en contra suya. El temor es que se cambie el Estado de excepción vigente por una ley antiterrorista. Las condiciones de vida son mejores que en otros países, pero la presencia de refugiados iraquíes ha disparado los precios, con lo cual resulta fácil crear un chivo expiatorio para la situación.

En Yemen, el Presidente se mantiene en el poder a pesar de haber perdido el apoyo de sus parlamentarios, de varios generales y de los líderes de las dos tribus más importantes del país, pero todo indica que su permanencia tiene los días contados.

Y en Bahréin, el país del golfo Pérsico con más tensiones, las fuerzas de seguridad de Arabia Saudita ensayan cómo controlar las protestas. Si lo logran, envían un mensaje al resto de pueblos de la zona; si fracasan, es posible que aumenten las tensiones en los países de la región. Bahréin y Arabia Saudita culpan a Irán, pero las revueltas no son en esencia chiíes ni proiraníes: De hecho, pudieran ser un ejemplo para el pueblo iraní.

En Sudán, el debate no es tanto contra el régimen genocida de Al-Bashir (quien tiene una orden de captura por parte de la Corte Penal Internacional) sino el futuro del nuevo Estado: Sudán del Sur, fruto de la lucha armada de varias décadas y de un referendo en enero pasado.

En Somalia, el problema es la ausencia completa de instituciones de orden nacional y el colapso del país bajo los señores de la guerra, los grupos extremistas (Al-Shabbab) y la piratería, que es más un mecanismo de supervivencia que una industria planificada. Al balance hay que sumarle los miles de refugiados que han huido a Kenia, a Yemen e incluso a su vecina Etiopía.

En Palestina, la agenda es por la unidad. Los palestinos han salido a las calles en Ramallah y en Gaza, exigiendo que la OLP y Hamas reorganicen una dirección palestina unificada que permita enfrentar el principal punto de la agenda: la ocupación. Sin resolver la ocupación, los otros esfuerzos por construir poder palestino caen en el vacío.

Palabras finales

En el mundo árabe hay estados antioccidentales (Siria) y prooccidentales (Egipto), pero todos son antidemocráticos. Como caracteriza Daniel Iriarte, periodista experto en la zona, ya el camino de evasión de la agenda interna no está constituido por las guerras internacionales (en contextos muy nacionalistas) ni la emigración masiva, lo que hizo que explotara la olla de presión interna.

Los seudodemocráticos sistemas árabes dependen de relaciones clientelares-mafiosas (como en el caso italiano y el colombiano) pero agravadas, pues no se presenta la ausencia de ciudadanía como una disfunción sino como parte del sistema. La conciencia de sí, ganada en el incremento importante del nivel educativo del mundo árabe en las últimas décadas, sumado al acceso a medios de comunicación (el papel de la cadena de televisión Al-Jazeera no es poca cosa) y además a las nuevas tecnologías de la información, le permitieron al árabe ponerse de pie ante un sistema donde tribus, clanes, religiones, son parte del entramado de poder. El joven tunecino que se inmoló el 17 de diciembre de 2010, dando comienzo a la primera de las revueltas, simboliza la realidad del árabe de a pie, de un mundo de frustración que bullía bajo las formalidades políticas.

¿Cuál es el próximo paso? Es muy difícil predecirlo. Los pueblos árabes están aprendiendo de sus vecinos, pero los gobiernos del mundo árabe también aprenden y se están reacomodando para bloquear eventuales protestas. Dice el refrán que “los pueblos no se levantan sino cuando son conscientes de su fuerza, y sólo son conscientes de su fuerza el día en que se levantan”, a lo que se pudieran agregar dos sentencias: a) que igualmente son conscientes de su fuerza cuando el pueblo vecino se levanta; y b) cuando un gobernante cae, el gobernante vecino aprende. El mundo árabe (contrario a lo que decían Suleiman en Egipto y Gadafi en Libia, y lo que cree y espera Israel) sí está listo para la democracia. Las revueltas del mundo árabe apenas empiezan.
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