Miércoles, 06 Mayo 2020 05:55

¿Qué hace Estados Unidos con sus presos?

¿Qué hace Estados Unidos con sus presos?

Mientras se instala en la Argentina una absurda discusión sobre qué hacer con el riesgo de que el coronavirus estalle en las cárceles, el resto del mundo ya lo tiene resuelto. Se pierde el tiempo aterrorizando a la población con la liberación de asesinos y violadores, algo a lo que obviamente todos se oponen, y no se toman medidas básicas con los que no cometieron delitos graves y son los que llenan los penales.

 

La insólita polémica sobre las cárceles, desatada en la Argentina por la oposición, no se repite en la mayor parte del mundo, ni siquiera en los que siempre hicieron bandera con la mano dura penitenciaria. Los presos disminuyen en la totalidad de los países. Estados Unidos, con una tradición punitiva extrema, produjo decenas de miles de morigeraciones. Los datos surgen de revisar los diarios y sitios de internet de los distintos estados. 

Lo que se percibe es un temor a que explote un contagio masivo y eso contacte con el resto de la sociedad. Un ejemplo es la cárcel del condado de Cook, en Chicago, que se considera el mayor foco de virus en esa ciudad. Sucede que en una cárcel como la de Cook entran y salen centenares de personas por día: penitenciarios, médicos, enfermeros, cocineros, personal administrativo, de limpieza. Una explosión del Covid--19 en un penal, tarde o temprano repercute afuera. Y la cantidad de camas de terapia intensiva y de respiradores es una sola. Y es escasa.

* California llevaba 3.500 prisiones domiciliares o excarcelaciones. Esta semana, la cifra subió, sólo en Los Angeles, a 5.000, según informó públicamente el Defensor Oficial del Condado, Ricardo García. La medida benefició a presos en edad de riesgo y de baja peligrosidad. Los Angeles tenía 17.000 presos y ahora bajó a menos de 12.000.

* Pero las morigeraciones se dan en casi todos los condados de California. En Marin County, una prisión que suele tener unos 280 reclusos, el viernes tenía 158, tras haber enviado a sus casas a 43 ese mismo día. De la San Diego County Jail salieron 300 internos y se le negó el beneficio a otros 200, según el San Diego Union Tribune.

* La revista The Lancet, una de las más prestigiosas publicaciones científicas a nivel mundial, publicó que en el penal Marion, de Ohio, dieron positivo 2.000 del total de 2.500 presos. La revista Alive, de Ohio, afirma que la cantidad de internos bajó en un 30 por ciento por las excarcelaciones.

* En la prisión de Maricopa, en Arizona, la cantidad de presos bajó de 7.500 a 5.306. Pero además, el penal resolvió no exponer más a todos los penitenciarios, por lo tanto decidió que 700 penitenciarios no concurran hasta nuevo aviso.

* El canal KCBY de Oregón informa que la prisión llamada Washington Jail tomó una decisión que va al revés de lo habitual: fijó un número de presos con los que se puede mantener cierto nivel de prevención del virus y mandó a casa a todo el resto, siempre de los presos considerados de bajo riesgo. De esa manera redujo la población carcelaria a la mitad: la cifra normal eran 573 presos y ahora hay 280.

* En Denver, Colorado, la población carcelaria bajó un 41 por ciento por la libertad dictada a todos los mayores de 60 años; los que tenían problemas de salud, los que tenían fianzas relativamente bajas y no pudieron pagarlas y todos los que tenían por delante pocos meses de pena. El sitio Denverite dice que aún así hay peligro de contagios en las cárceles.

* En Nueva York, las oleadas de liberaciones en el penal de Rikers Island son casi diarias. Primero fueron 1.100 presos, luego, 51, 200, 175. Según el New York Post, en el estado hay en la actualidad 4.906 y es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que hay menos de 5.000 presos.

* Los medios informan sobre reducción en la cantidad de internos en Virginia, Maryland, Florida, Tennessee, Pensylvania, Minnesota, Nevada, Hawai, Alabama, Texas, Maine, Massachusets, Georgia, Michigan y otros.

La totalidad de los estados registran descensos en la cantidad de presos, muy en línea con lo que impulsan la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas. Ambas entidades quieren evitar una catástrofe humanitaria y en el servicio de salud.

El ejemplo en la Argentina sería el siguiente. En la cárcel de Devoto hay 1.800 presos. Si se produce un contagio de envergadura, una pequeña parte de los contagiados, sobre todo los que ya venían con enfermedades, necesitarán ser hospitalizados y requerirán de camas y respiradores. El hospital más cercano es el Zubizarreta, que tiene ocho camas en terapia intensiva con respirador. Parece obvio que todas esas camas y respiradores estarían ocupadas por personas contagiadas en el penal, dado que ahí las condiciones de aislamiento son imposibles. Los vecinos de la zona, tendrían que ser alojados en otros hospitales.

Eso es justamente lo que tratan de evitar en los estados norteamericanos: que les estalle una crisis que terminé produciendo gran cantidad de fallecidos en los penales y una catástrofe en el sistema sanitario.  

Una conducta que se repite en todo el mundo, sin grandes discusiones, siguiendo las recomendaciones de la OMS y la ONU. 

Publicado enInternacional
Martes, 05 Mayo 2020 06:33

Nuestro Green New Deal

Nuestro Green New Deal

El colapso provocado por la pandemia abrió un portal para discutir el futuro en Argentina y en el mundo. Si ya no podemos pretender el “retorno a la normalidad”, ¿cómo construir una agenda capaz de poner en jaque a un capitalismo que solo propone más desigualdades y caos? En este ensayo, Maristella Svampa y Enrique Viale proponen un Gran Pacto Ecosocial y Económico con cinco puntos fundamentales para encontrar una salida alternativa a esta crisis.

Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias todavía inciertas envuelven las diferentes esferas de la vida. La pandemia ha desnudado y agudizado las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Hoy se vuele necesario retomar aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables para encontrarle una salida diferente a esta crisis. Como pocas veces, la pandemia nos impulsa a dejar de mirar el Estado, los mercados, la familia, la comunidad, con lagañas tradicionales. A la luz de nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, como seres inter y ecodependientes, debemos repensar en una reconfiguración integral, esto es, social, sanitaria, económica y ecológica, que tribute a la vida y a los pueblos.  

Así, la capacidad del Estado, que hoy aparece como fundamental para superar la crisis a nivel global y nacional, debe ser puesta al servicio de un gran Green New Deal o Gran Pacto Ecosocial y Económico para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria. Lo peor que podría suceder es que, en su propósito de volver a crecer económicamente, el Estado apunte a legislar contra el ambiente, acentuando la crisis ambiental y climática, así como las desigualdades Norte-Sur y entre los diferentes grupos sociales. Hay que entender de una vez por todas que las Justicias Ecológica y Social van juntas, que no sirve una sin la otra. 

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales del Pacto Ecosocial y Económico a debatir: un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica. 

  1. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que le abra la posibilidad de una vida digna. Para acceder a este Ingreso universal o Renta básica, impulsado históricamente en nuestro país por el economista Rubén Lo Vuolo y ciertas organizaciones sociales, no se requiere ninguna otra condición personal que la de existir, y con ello, la de ser ciudadano. A diferencia de las políticas sociales focalizadas y fragmentarias que se han venido implementando en la región latinoamericana y en nuestro país en las últimas décadas, el Ingreso Universal Ciudadano está desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza (como sucede con los planes sociales focalizados) ni el clientelismo, y pretende garantizar un piso suficiente para el acceso a consumos básicos. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global, así como lo está la propuesta de reducir la jornada de trabajo estableciendo un límite de, al menos, entre 30 y 36 horas semanales, sin disminución salarial. Entre otros beneficios, esto último no solo mejoraría la calidad de vida de los y las trabajadoras sino que permitiría la creación de nuevos puestos de empleos para cubrir las horas reducidas. Pero, además, una apuesta al reparto de tareas implicaría afrontar proactivamente la realidad de la automatización de los procesos de producción y el avance de la sociedad digital, sin tener que multiplicar por ello la desocupación y la precarización del empleo.
  2. La implementación del Ingreso Universal no solo pone en el centro de la escena la cuestión de la ciudadanía sino también la necesidad de contar con sistemas impositivos progresivos, como base para su factibilidad y buen funcionamiento. No hay que olvidar que nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo, basado en los impuestos indirectos o al consumo (como el IVA) y un impuesto a las ganancias (incluyendo el impuesto al salario) que golpean sobre todo a los sectores medios y bajos. Los grandes patrimonios, las herencias, los daños ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país. Como afirma José Nun, ex secretario de Cultura, quien hace tiempo viene tallando en estos temas, “esta vía exige una reforma impositiva profunda, cuyo significado e importancia deben instalarse en la conciencia colectiva para distinguirla de los parches y remiendos que hoy reciben ese nombre”. Así, el segundo eje del Pacto Ecosocial y económico no solo apunta a un necesario impuesto a las grandes fortunas que coadyuve a afrontar el costo de la crisis. También es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure desde la base el actual sistema fiscal en todas las jurisdicciones, en un sentido equitativo, y que incluya desde el impuesto a la herencia erradicado de un plumazo por Martínez de Hoz durante la última dictadura militar, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. 

No podemos tolerar que, tal como ya sucedió a nivel global con la crisis financiera de 2008, el Estado salga a socorrer a los bancos y entidades financieras y terminen siendo los más vulnerables quienes financien esta crisis. La concentración de la riqueza a la que asistimos en esta fase del capitalismo globalizado y neoliberal es solo comparable con aquella propia del capitalismo desregulado de fines del siglo XIX y principios del XX. Mientras tanto, aunque la pobreza haya disminuido, según los períodos y las sociedades, las desigualdades aumentaron, tanto en el Norte como en el Sur global. Según datos de la organización Oxfam, el 1% más rico de la población mundial posee más del doble de riquezas que 6900 millones de personas: casi la mitad de la humanidad vive con menos de 5,50 dólares al día. En materia ecológica, los datos también escandalizan: solo 100 grandes empresas transnacionales son responsables del 70% de los gases de efecto invernadero a nivel global. 

  1. En momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. No hay que ser radical ni heterodoxo en materia política y económica para darse cuenta de ello. En las economías desarrolladas la deuda total –hogares, empresas, gobierno- representa el 383% del PBI. En las economías emergentes, es del 168%. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. Y mucho menos, tampoco, en una situación de casi default provocada principalmente por los préstamos contraídos por la gestión anterior, que solo sirvieron para fugar dinero y sostener déficits fiscales que no beneficiaron a los sectores más vulnerables. Hace unas semanas, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) propuso un nuevo Plan Marshall que libere 2,5 billones de dólares de ayuda a los países emergentes, e implique el perdón de las deudas, un plan habitacional en servicios de salud, así como programas sociales. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse incluso un jubileo de la deuda, hoy aparece como viable y plausible.
  2. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas. Una vez superada la pandemia, tanto a nivel global como nacional, la recuperación de la economía debería priorizar tanto el fortalecimiento de un sistema nacional de salud y de cuidados, que exige un abandono de la lógica mercantilista, clasista y concentradora, generadora de ganancias para los monopolios farmacéuticos, y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado, así como el equilibrio y el cuidado de la Madre Tierra.

Vinculado con los problemas en la salud de la actual pandemia, recordemos que los virus más recientes–como el SARS, la gripe aviar, la gripe porcina y el Covid 19- están relacionados con la destrucción de hábitats de especies silvestres para plantar monocultivos a gran escala. Es necesario dejar el discurso bélico detrás, asumir las causas socioambientales de la pandemia y colocarlas en la agenda política-estatal para responder así a los nuevos desafíos. En esa línea, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y a la agravación de la crisis climática. 

  1. No podemos invisibilizar más los debates sobre la crisis ecológica y el colapso climático. Es momento de que la Argentina comience una Transición Socioecológica, una salida ordenada y progresiva del modelo productivo netamente fosilista y extractivista. Transición y Transformación, pues se trata de avanzar en un cambio del sistema energético hacia una sociedad post-fósil basada en energías limpias y renovables. Algo que hasta ahora no ha sido posible ni pensable, en un contexto en el que la visión eldoradista asociada a Vaca Muerta obturó aún más la expansión de imaginarios energéticos alternativos y sustentables.

Por otro lado, la caída estrepitosa del valor del barril del petróleo pone fin a la apuesta por explotar combustibles fósiles no convencionales que se había instalado en nuestro país desde el descubrimiento del yacimiento Vaca Muerta, hace poco menos de una década. Lo cierto es que la inviabilidad económica de este proyecto se evidencia desde hace varios años en los millonarios subsidios que gozaban las compañías petroleras para sostener la producción, solventados por enormes aumentos de tarifas a los consumidores. El derrumbe histórico del precio del petróleo desbarata el “Consenso del fracking” que unía sectores del campo político y económico, y deja bajo tierra el mito eldoradista sobre este yacimiento -aquel que lo mostraba como “el salvador” de nuestro país-, al tiempo que abre también una oportunidad extraordinaria para repensar totalmente el sistema energético.

Tal vez sea utópico pensar que Argentina tenga el 100% de sus energías renovables en el año 2040, pero ésa es la dirección que el país debe encarar. Al mismo tiempo, se trata de avanzar también en términos de democratización, pues la energía es un derecho humano, y una de las principales tareas en un país como el nuestro es terminar con la pobreza energética que caracteriza a las barriadas populares. Así, la justicia social y la justicia ambiental deben ir articuladas. 

La otra cara de la transición es potenciar la Agroecología para transformar el sistema agroalimentario argentino. En este sentido, la creación y fomento de cinturones verdes de agricultura ecológica en ciudades y pueblos son claves para generar empleo y garantizar alimentos sanos, seguros y baratos. Estas iniciativas, además, promoverían la soberanía alimentaria con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Se puede comenzar con la obligatoriedad de compra por parte de los gobiernos a estos productores para escuelas, hospitales y demás organismos públicos. Esto fomentaría el arraigo en pequeñas y medianas ciudades semirurales si se complementa con acceso a la tierra, la vivienda, la salud (de calidad), la educación (en todos los niveles, desde jardines de infantes hasta la universidad) y los alimentos. 

El Antropoceno como crisis es también un Urbanoceno. Tengamos en cuenta que en Argentina el 92% de la población vive en ciudades (el promedio mundial es de 54%) concentrada en un 30,34% de nuestro territorio. Solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el 0,4% de la superficie total del país, vive el 31,9% de la población total. Habitamos ciudades planificadas por y para la especulación inmobiliaria (cuya contracara es la emergencia habitacional y la insuficiencia de espacios verdes) y dominadas por la dictadura del automóvil (con transportes públicos saturados). Esta característica puso bajo la lupa a las vidas urbanas en cuarentena y evidencia la necesidad de un cambio radical en la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad, sobre todo en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula. Debemos reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza, así como de las fuentes de nuestra alimentación y nuestra vida. 

Por último, estamos convencidos que parte fundamental del Pacto Ecosocial y Económico es el reconocimiento legal de los Derechos de la Naturaleza. En otras palabras, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto. Debemos convivir armónicamente, respetar sus ritmos y capacidades. 

Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. Nadie dice que será fácil pero tampoco es imposible. Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” es el retorno a las falsas soluciones. Tampoco “volver a crecer como antes” es la salida. Solo podría conducir a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo del caos. Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa por la vía de un Gran Pacto Ecosocial y Económico puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal -hoy replegado-, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas, que privilegian la lógica del crecimiento económico así como la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

La apuesta es construir una verdadera agenda nacional y global con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa, que requieren de la participación y la imaginación popular, así como de la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas. Esto plantea sin duda, no solo la profundización y debate sobre todos estos temas, que hemos intentado presentar de modo sumario aquí, sino también la construcción de un diálogo Norte-Sur; Centro/Periferia, sobre nuevas bases geopolíticas, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad. 

Maristella Svampa, Enrique Viale | 05/05/2020 

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/green-new-deal/

Publicado enSociedad
Políticas públicas para una salida progresista a la crisis del coronavirus

Una nueva crisis está rompiendo las costuras de un sistema económico cuya salud ya era muy precaria antes de que gobiernos de todo el mundo decretaran diferentes medidas de confinamiento para atajar la expansión del virus, una situación que será aprovechada sin lugar a dudas por las grandes corporaciones mientras las fuertes restricciones limitan las posibilidades de articulación social.

 

Cuando todavía no nos habíamos recuperado de la crisis financiera del 2008 y sus consecuencias destructivas, una nueva crisis, la del coronavirus, está rompiendo las costuras de un sistema económico cuya salud ya era muy precaria antes de que gobiernos de todo el mundo decretaran diferentes medidas de confinamiento para atajar la expansión del virus. Lo que se cree que empezó en un mercado de animales de Wuhan, se extendió rápidamente a las metrópolis mundiales a la misma velocidad que la libre circulación de flujos de capitales.

La pandemia ya se ha hecho notar en la economía de la eurozona con una caída del 3,8% del PIB en el primer trimestre de 2020, según una primera estimación de Eurostat. Es el desplome trimestral más importante desde que la oficina estadística de la Comisión Europea empezara a registrar los datos del PIB por países en 1995. El PIB de Francia, segunda economía de la zona euro, cae un 5,8%, la más grande desde 1949; el PIB de España, cuarta economía, un 5,2%, la más importante desde la posguerra y el PIB de Italia, tercera más importante, un 4,7%. En Alemania, la economía más importante de la UE, el desempleo ya ha subido un 5,8% en los tres primeros meses del año.

A finales de abril, las reuniones del Consejo Europeo y el Eurogrupo no han concluido con una posición común a la hora de fijar la política económica para afrontar la recesión económica que viene. Las propuestas que se debaten en Europa se parecen más a un rescate a bajo coste, con el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), que dispone de un fondo de 410.000 millones para prestar, como primer instrumento; la utilización de 200.000 millones del Banco Europeo de Inversiones (BEI), también en forma de préstamo y un seguro de desempleo comunitario de hasta 100.000 millones que prepara la Comisión Europea. El peligro de que las consecuencias de la crisis económica vuelvan a recaer sobre las espaldas de los trabajadores se torna muy real, ya sea por medidas financieras y sociales insuficientes, ya sea porque se vuelvan a adoptar diferentes variantes de austeridad fiscal dirigidas desde Berlín.

Una salida por la izquierda

Uno de los grandes inconvenientes que tienen las clases populares a la hora de organizarse es que las herramientas políticas de las que disponen están limitadas por las fronteras nacionales, mientras que el capital al que se enfrentan es transnacional. La clase trabajadora no tiene herramientas políticas para enfrentarse a corporaciones transnacionales como Amazon, Blackstone, Blackrock, Apple, Google, Netflix o Facebook, grandes beneficiadas de la crisis económica provocada por el covid-19.

La UE tampoco dispone de mecanismos democráticos para hacer efectivas políticas de redistribución a través de herramientas fiscales comunes. De hecho, según denunció Oxfam Internacional en un informe, Irlanda, Luxemburgo, Países Bajos, Malta y Chipre serían considerados paraísos fiscales si la UE aplicase a sus Estados miembro los criterios que utiliza para elaborar su lista negra de paraísos fiscales. Uno de los destinos preferidos por su baja tributación es Irlanda, cuyo impuesto de sociedades es del 12,5% —en España es del 25%, el doble— y sede fiscal de Google, Apple, Facebook en Europa. En el caso de Amazon, su sede fiscal en Europa se ubica en Luxemburgo, que dispone de un impuesto de sociedades del 18%. BlackRock, principal accionista del Ibex35, dispuso en 2019 su centro de operaciones en Holanda, mismo destino elegido por Netflix International BV, la matriz de Netflix a través de la cual tributa por sus ingresos en España. Estas corporaciones, además, utilizan complejísimos entramados de ingeniería fiscal para tributar incluso menos.

Richard Murphy, profesor en la Universidad de Londres y experto en fiscalidad, cifró en 190.000 millones de euros los tributos eludidos por las grandes corporaciones, en un estudio publicado el año pasado por el grupo socialdemócrata en el Parlamento Europeo. Si nos centramos únicamente en la evasión fiscal, según el mismo estudio, los países de la UE dejarían de ingresar 825.000 millones de euros (60.000 millones de euros en el caso de España).

En cuanto a la presión fiscal en el conjunto de la UE, según datos de Eurostat, España está cinco puntos por debajo de la media (35,4% respecto al 40,3%) y muy lejos de los países con mayor presión fiscal, con Francia (48,4%), Bélgica (47,2%), Dinamarca (45,9%) y Suecia (44,4%) a la cabeza, seguidos de Austria (42,8%), Finlandia (42,4%) e Italia (42,0%).

A falta de una armonización fiscal europea, el Ejecutivo de Pedro Sánchez podría aplicar una fiscalidad progresiva para que España se sitúe en la media europea. Para concretar algunas de estas cifras en políticas públicas, los 60.000 millones de euros que España deja de ingresar por evasión fiscal, equivalen a un 84% de los 71.145 millones que invertimos en nuestra Sanidad pública. 60.000 millones de euros es más de lo que invertimos en educación, que se situó en 51.275,9 millones de euros en 2018. Y supone más de cuatro veces lo que el gobierno destinó en I+D en 2017, según datos publicados por el INE.

Otras medidas económicas que se pueden aplicar de inmediato son las que han implementado los gobiernos de Dinamarca, Polonia, Francia y Austria, que excluirán de las ayudas públicas a las empresas registradas en paraísos fiscales. Además, Dinamarca y también los Países Bajos, negarán dichas ayudas públicas a las empresas que repartan dividendos.

En cualquier caso, economistas liberales como Juan Ramón Rallo abogan por el regreso a la ortodoxia económica y su consiguiente austeridad fiscal. En contraposición, la Comisión Europea da vía libre a la nacionalización masiva de empresas en la UE. Un anuncio que habría que tomar con cautela. Los gobiernos europeos han optado, desde los años 80, por una progresiva socialización de las pérdidas y privatización de los beneficios, en el marco de la economía capitalista en su actual fase neoliberal. De poco serviría la nacionalización estratégica de empresas para evitar su quiebra si, en cuanto dieran beneficios, se volvieran a privatizar. Profundizar en estas recetas económicas supondría un golpe muy duro a un proyecto europeo progresista y alternativo. Desde los años 90, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, el mundo ha venido experimentando una progresiva mundialización capitalista. Las izquierdas no han sabido cómo responder a este enorme desafío. Es el momento de imaginar un nuevo horizonte universalista e igualitario que sirva como alternativa al repliegue identitario posfascista, que representan dirigentes como Donald Trump en Estados Unidos, Xi Jinping en China, Vladimir Putin en Rusia, Narendra Modi en la India o Jair Bolsonaro en Brasil. En Europa, el reto de hacer frente a los Orbán, Salvini, Johnson, Le Pen o Abascal no es menor.

Una nueva economía verde

La división internacional del trabajo durante la integración europea abocó a la periferia al sector servicios. Turismo, hostelería, ocio, sol y playa. En momentos históricos como el actual, con una pandemia global que ha paralizado la actividad económica casi por completo, vemos más claro lo arriesgado que es permitir que la economía dependa tanto de un único sector. En el caso de España, cabe añadir la progresiva desindustrialización desde la transición, a excepción de Catalunya y Euskadi. Turismo, sol y playa, ladrillo y poco más. Es evidente que el sector productivo de un país no se puede transformar de un día para otro, pero ya va siendo hora de que la industria de las energías renovables se convierta en un sector estratégico importante de la economía española. Si hacemos una comparativa con el resto de países de la UE, veremos que España es el decimoquinto país en consumo de energía procedente de fuentes sostenibles, con un 17,5%, según datos de Eurostat, muy por debajo de Suecia (54,6%), Finlandia (41,2%), Letonia (40,3%), Dinamarca (36,1%) y Austria (33,4%). Nuestros vecinos del sur, Portugal (30,3%) e Italia (17,8%) también nos pasan por encima. La cifra de consumo, 0,6% inferior a la media europea, también es 2,6% puntos más baja que el objetivo que se fijaron las instituciones comunitarias para finales del 2020.

Este problema tiene difícil solución. Iberdrola, Endesa y Naturgy conforman los pilares del oligopolio eléctrico en España, que junto a EDP y Repsol controlan el 70% de la producción de electricidad y el 90 de las ventas finales. Todas ellas se encuentran entre las 10 empresas más contaminantes del país. En una entrevista con La Marea, Enrique Palazuelos, catedrático de Economía Aplicada de la UCM y experto en energía, subraya la necesidad de que el Gobierno recupere las competencias perdidas décadas atrás y reforme el sistema eléctrico. Para ello, sería fundamental que los movimientos sociales empujen en esa dirección. El pacto de Gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos incorpora algunas de estas propuestas. No va a ser tarea fácil. El dominio del actual oligopolio eléctrico ancla sus raíces en los privilegios heredados del franquismo y la transición.

El covid-19 es un inconveniente para la movilización social. Éstas son solo algunas de las medidas que se pueden tomar y que se pueden añadir a otras que se han hecho desde organizaciones populares como el Plan de Choque Social, que proponen, entre otras medidas, intervenir la sanidad privada sin compensación económica, prohibir los ERTE en empresas con beneficios, regularizar a las personas migrantes, suspender los alquileres y las hipotecas e introducir una renta básica de cuarentena universal e incondicional, que puede servir como experimento para la futura introducción de una renta básica universal permanente. 

Estas medidas económicas, laborales y fiscales aliviarían las desastrosas consecuencias que el neoliberalismo tiene sobre nuestra salud, nuestra economía y nuestras vidas y permiten imaginar horizontes de superación del capitalismo, que en su actual fase neoliberal, es el período en el que la acumulación por desposesión se ha convertido en hegemónica, en palabras de David Harvey, geógrafo y profesor de Antropología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Estas políticas neoliberales, promovidas por centros financieros como Washington y acentuadas ahora por el capitalismo digital de Silicon Valley, se basan en la privatización y desmantelamiento de los servicios públicos, la distribución regresiva de la renta y la generación de crisis para acelerar los tres procesos anteriores.

Las fuertes restricciones de circulación y movimientos debido al coronavirus suponen un gran inconveniente para articular a las organizaciones populares desde las calles con el objeto de debatir, proponer, protestar y exigir a las instituciones españolas y europeas una salida profundamente democrática, progresista, feminista, ecologista y antirracista que sirva como alternativa a los nuevos autoritarismos de derechas que se expanden por todo el globo y que ocupan gobiernos tan influyentes como los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, China, Brasil o la India. Esta contingencia será aprovechada sin lugar a dudas por las grandes corporaciones tecnológicas, que amenazan con mercantilizar cada vez más aspectos de nuestras vidas y hacernos más esclavos de sus servicios digitales. Estructurar una alternativa desde la base es una necesidad ineludible para que una salida progresista a la crisis pueda prosperar.

Por Nicolás Ribas Leopold

4 may 2020 06:00

Publicado enEconomía
Lunes, 04 Mayo 2020 06:35

Leones

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Quinta Avenida, no tienen visitas desde que comenzó la pandemia del Covid-19. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, cualidades que, según él, necesitaba todo neoyorquino para aguantar aquella crisis; lo mismo se requiere ahora.Foto La Jornada

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la gloriosa Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta Avenida no tienen visitas desde que se implementaron las medidas contra la pandemia. Han sido testigos de tanto desde 1911 –desfiles, protestas, el espectáculo cotidiano en el centro de Manhattan–, pero nada como esto, un silencio sin precedente de una ciudad clausurada. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, las cualidades que él decía necesitaba todo neoyorquino para aguantar esa crisis.

Pero en ese tiempo había un presidente llamado Franklin D. Roosevelt, movimientos sociales poderosos, partidos como el comunista y el socialista con gran capacidad de organización (de donde brotaron los conceptos de seguro de desempleo y seguro social que desde entonces forman parte fundamental de lo que queda del estado de bienestar hoy día). Hoy, en lugar de un FDR, está el gobierno corrupto y peligroso de Trump, un movimiento laboral en el punto mas débil de su historia (aunque hay señales de un posible renacimiento) y un partido de oposición, el Demócrata, que ha sido en parte cómplice del desastre con un candidato poco audaz. No es consolación que la pandemia comprobó que los herederos de los movimientos de los años 30 y de la agenda liberal de Roosevelt –Bernie Sanders y un poco Elizabeth Warren– tenían razón de que se requiere de una "revolución política" que recupere la democracia para 99 por ciento, incluyendo a los inmigrantes, y definir la salud, y acceso a ella, como un derecho humano.

Sanders escribió la semana pasada: "somos el país más rico en la historia del mundo, pero en tiempos de desigualdad masiva de ingreso y riqueza, esa realidad importa poco para la mitad del país que vive de quincena en quincena, los 40 millones en pobreza, los 87 millones que no tienen seguro de salud o uno insuficiente, y medio millón de personas sin techo". En el artículo, publicado en el New York Times, señala que el país no cuenta en verdad con "un sistema" de salud, que ese sector es un negocio que en medio de la pandemia está despidiendo a miles de trabajadores, médicos, entre otras cosas. Tal vez lo positivo de esta crisis, afirmó, es que está provocando a que muchos cuestionen los fundamentos del "sistema de valores estadunidense".

El reverendo William Barber, coordinador de la Campaña de los Pobres, comentó que “la enfermedad subyacente… es la pobreza, la cual estaba matando a casi 700 de nosotros cada día en el país más rico del mundo, mucho antes de que alguien supiera del Covid-19”.

Noam Chomsky reiteró que "Estados Unidos con Trump es un Estado fallido que representa un peligro serio para el mundo". En una entrevista reciente, señala que este país cumple con la definición técnica de un Estado fallido: uno que ha demostrado su incapacidad para atender las necesidades mas básicas de su población.

“Por más de dos siglos, Estados Unidos ha generado una amplia gama de sentimientos en el resto del mundo: amor y odio, temor y esperanza, envidia y desdén, asombro e ira. Pero hay una emoción que nunca había sido dirigida a Estados Unidos hasta ahora: lástima… El país que Trump prometió hacer grande otra vez nunca en su historia ha parecido tan lamentable”, escribió Finlan O’Toole en el Irish Times.

El factor fundamental en esta doble crisis, pandemia y economía, es la agenda neoliberal de las últimas cuatro décadas que fomentó la peor desigualdad económica en casi un siglo (https://www.federalreserve.gov/ releases/z1/dataviz/dfa/distribute/ table/#quarter:121;series:Net%20worth;demographic: networth;population:all;units:shares). Con el poder político que esto implica, en otros países eso se llama "plutocracia".

Sí. paciencia y fortaleza son necesarios para aguantar este desastre. Pero también se necesita que los leones acostados convoquen a sus admiradores a ponerse de pie para transformar esta crisis y poner fin de la pesadilla neoliberal.

Si uno escucha con mucha atención, entre el silencio impuesto por la cuarentena a veces se puede oír un nuevo y antiguo rugir.

https://www.youtube.com/watch?v=Gju7TxEvGc

Publicado enInternacional
¿La falta de vitamina D aumenta el riesgo de morir por coronavirus?

Los resultados de una investigación realizada en el Reino Unido

De acuerdo con una investiación realizada por científicos de la Queen Elizabeth Hospital Foundation Trust y la Universidad de East Anglia del Reino Unido, la deficiencia de vitamina D podría estar relacionada con un mayor riesgo de morir a causa del coronavirus.

Los investigadores centraron el estudio en países europeos como España, Suiza, Italia, entre otros, donde analizaron los niveles de dicha vitamina y su relación con la mortalidad a causa del virus.

A pesar de que el análisis tuvo limitaciones, consideraron que en la mortalidad a causa del coronavirus tuvo incidencia la deficiencia de vitamina D, y entre la población más vulnerable se encuentran las mujeres mayores de 70 años, quienes reportaron una deficiencia severa de la vitamina.

El resultado -aún no validado por la comunidad científica- surge del cruce entre lo niveles promedio de vitamina D en cada uno de los países europeos, con su tasa de mortalidad relativa por el covid-19. Con esta prueba estadística sencilla se demostró que existía una relación entre ambas cifras, y que aquellos países con mejores niveles de vitamina D registraron un promedio menor de cantidad de muertes por el virus.

Además, señalaron que la población más vulnerable es la de personas de edad avanzada, y agregaron que la vitamina D protege contra las infecciones respiratorias agudas, por lo que es importante ingerirla ya sea a través de los alimentos o en suplementos.

Algunos alimentos ricos en esta vitamina son sardina, atún, salmón, mariscos, hígado de pollo o vaca, algunos lácteos, setas y germen de trigo, entre otros.

Otra forma de obtener vitamina D es a través de la exposición al sol, dado que el organismo es capaz de sintetizarla naturalmente, por lo que los especialistas recomiendan estar al sol al menos 10 minutos al día.

El arqueólogo Eudald Carbonell. Susana Santamaría / Fundación Atapuerca.

 El codirector del yacimiento de Atapuerca cree que la pandemia nos ha puesto ante  el espejo como especie y que es un aviso de las consecuencias de la globalización 

 

Eudald Carbonell (Ribes de Freser, 1953) es arqueólogo, antropólogo, historiador y geólogo. Hace más de cuatro décadas empezó a estudiar los yacimientos de Atapuerca y es uno de los referentes internacionales en investigación sobre la evolución de la especie humana. Carbonell, muy crítico con la globalización, advierte de que nos hemos equivocado y mucho en nuestra adaptación al planeta y eso explica que el coronavirus haya podido provocar esta pandemia. Defiende que la alternativa al actual modelo debería ser la "planetización", un sistema más respetuoso con la diversidad y que redistribuya bien la riqueza.

¿El coronavirus nos ha puesto ante el espejo como especie?

Sí, esta es un expresión que he utilizado porque la gente la entiende rápidamente. Nuestra especie, tanto en Oriente como en Occidente, se ha puesto ante el espejo y ha visto que alguna cosa iba muy mal y que no lo estábamos haciendo bien. Esta pandemia es un aviso, un autoaviso que nos hacemos. Cuando las cosas no se hacen bien, las cosas no van bien y por lo tanto hay que cambiar la manera de hacerlo. La pandemia hará una presión selectiva sobre nuestra especie, pequeña porque todos los países intentamos combatir la selección natural, pero nos ha puesto ante el espejo como una especie que se está equivocando en la manera de adaptarse al planeta.

Afirma que el coronavirus es un aviso y en alguna ocasión ha advertido de que si no se toman decisiones se producirá un colapso como especie. ¿Qué decisiones?

Los colapsos se producen cuando un sistema se desestructura y deja de funcionar. Es como una catarsis. Todo el mundo comprende que es un colapso en las UCI: se produce un excedente de pacientes y no hay ni los medios ni la estructura de personal para hacerle frente. Aplicado este ejemplo a nivel universal significa que no existen las capacidades para continuar haciendo una vida normal.

Una pandemia como esta, que se podría haber evitado en un mundo monitorizado como este, prueba que algo hemos hecho mal. Tenemos una globalización con pies de fango. La uniformización de nuestra especie en el planeta es un error estratégico. Planteo desde hace más de 15 años la planetización frente a la globalización, el mantenimiento de la diversidad frente a la uniformidad, el progreso frente al desarrollo.

Por lo tanto lo que estamos pagando son los errores de una globalización mal planteada.

Sí, con una gran probabilidad es eso.

¿Y cómo se puede plantear de otra manera?

Es que la globalización es un error. Tenemos que parar la globalización porque tenemos que hacer una planetización. Esta globalización nos hace perder la memoria de los sistemas y culturas diversos, que nos da un pensamiento único. Mientras no tengamos más inteligencia operativa tenemos que trabajar para integrar la diversidad. Cuando desintegras, como está haciendo actualmente la globalización, destruyes la memoria del sistema humano y del sistema Tierra.

¿Un ejemplo de esa desintegración podría ser lo que está pasando con el cambio climático?

Sí, es un ejemplo. Cambios climáticos ha habido ya antes porque estamos en un sistema termodinámico. Ahora bien, en estos momentos nosotros somos conscientes de que nuestra forma de adaptarnos provoca que intervengamos en la aceleración del cambio. Y al acelerarlo puedes provocar muchos problemas a nuestra especie para readaptarse al cambio. Este es otro de los efectos de la globalización con pies de fango.

Si la alternativa es la planetización, ¿quién debe liderarla?

Debe hacerlo el pensamiento y el conocimiento. No deben hacerlo ni los intereses políticos ni los geopolíticos ni las clases extractivas. La planetización implica mantener la diversidad y ello incluye también culturas, lenguas...todo. Es un proceso para generar una interdependencia en el planeta.De esta manera el sistema no pierde memoria sino todo lo contrario porque tiene muchas memorias colectivas diferentes que pueden aportar información. Se trata de crear un conjunto de nódulos que son interdependientes y no de tener nódulos anulados y con una jerarquía que provoca que no funcionen.

¿Esta es la revolución como especie que propone?

Sí, Hablo de una revolución evolutiva, es decir, no hablo en términos políticos sino en términos de especie. Se trata de crear las estructuras necesarias para socializar la revolución científico-tecnológica sin que haya muchas pérdidas humanas como pasó en la Revolución Industrial.

¿Hemos corrido demasiado en la revolución tecnológica?

No, al contrario. Vamos demasiado lentos. Cuanto más rápido vayamos en la socialización de la tecnología más rápido se incrementará la sociabilidad. Este confinamiento hará que esa socialización de la tecnología vaya más rápido y esto es muy importante porque la tecnología y el lenguaje es lo que nos ha hecho humanos. Hará que vayamos más rápido y que no tengamos que sufrir las muertes que hubo en la Primera y Segunda Guerra Mundial para que pudiesen circular las materias primas y estabilizar el capitalismo. Ahora es al revés. Probablemente esto será el final de un sistema como el capitalismo que no resuelve los problemas que genera.

¿El final del capitalismo?

Sí, obvio. Todos los sistemas colapsan, desde el esclavismo a las sociedades medievales. El único que se intentó establecer de forma artificial fue el socialismo y también colapsó porque los humanos aún no tenemos unas capacidades suficientes para funcionar en un sistema racional.

Y si el capitalismo ha colapsado, ¿qué viene después?

La planetización se basa en la interdependencia y la redistribución de la materia y la energía en el planeta. De esta manera cada uno lo utiliza en función de cómo tiene planeada su estructura cultural. Esto sería el nuevo sistema, un sistema universal basado en la diversidad.

Se acabe o no el capitalismo, ¿el riesgo es que esta crisis la acaben pagando los de siempre, las clases más desfavorecidas?

Siempre ha sido así. Funciona la selección natural y en este caso se trata de los que tienen el poder, las clases extractivas, las que disponen de medios y de redes de resistencia. Esto es lo que se tiene que acabar. La globalización ha empoderado sistemas que son anacrónicos, fósiles y viejos. El capitalismo es un sistema caduco que no soluciona los problemas que genera. Tenemos que ir a nuevos sistemas derivados por la propia lógica humana. Si no lo hacemos nosotros, lo hará la propia evolución.

¿Cree que los actuales dirigentes políticos, sea en Estados Unidos, Europa o China y las grandes corporaciones económicas estarían dispuestas a abordar esa planetización que usted defiende?

No. Lo peor que nos está pasando en la humanidad es tener líderes. Si los eliminásemos probablemente podríamos cambiar el sistema. Además, los líderes que elegimos son los más imbéciles. Son los más ignorantes y nos llevan a estas decisiones.

Pero también será culpa de los ciudadanos porque son los líderes que escogemos.

Sí, claro. Porque somos los responsables. Es lo que tienes si tú eliges a los más imbéciles para dirigir.

¿Qué opinión tiene de cómo se está gestionando esta crisis en España?

Se está gestionando tarde y mal, como en todos sitios. España en esto no es especial. Es una ineptitud general de todos los líderes.

¿Si algún presidente le pidiese asesoramiento, usted qué le aconsejaría?

No soy partidario de dar consejos, prefiero dar opiniones.

¿Qué opinión le daría?

Que esta experiencia desgraciada le sirviese para pensar cómo puede contribuir para ir hacia la planetización y no resolverlo con un parche que lo que provocará es que mañana volvamos a estar igual. Es lo que seguramente pasará. Una vez que la gente vuelva a tener solucionadas las cosas básicas, regresaremos al estadio de antes porque somos conservadores. Esto es un error. No pueden volverse a poner parches. Y que se deje asesorar por los científicos. Eso no significa que sean infalibles. El pensamiento científico es un método y también puede estar cargado de errores. Pero una cosa es un error y otra es la incapacidad.

¿O sea que la gente nos acabaremos olvidando de lo que ha pasado y no aprenderemos ninguna lección?

Sí. Pero lo que pasa es que a lo mejor deja sustrato en la conciencia crítica de la especie y esta se va agrandando. Si eso pasase se produciría una ola que provocaría el cambio. Sería una etapa de mejor bienestar para nuestra especie.

30/04/2020 - 22:02h

Publicado enSociedad
Jueves, 30 Abril 2020 05:56

Las revueltas del pan toman Líbano

Soldados libaneses arrestan a un joven en la ciudad libanesa de Trípoli, este martes.Natalia Sancha García

Las manifestaciones rebrotan con fuerza y registran su primer muerto, mientras la crisis sanitaria precipita el colapso para hundirse en la económica

 

“Mi hermano ha muerto a los 26 años por defender pacíficamente sus derechos”, cuenta Fatima Fouad, conocida activista libanesa y hermana de Fawaz Fouad, quien falleció en la mañana del martes tras recibir un disparo de bala la noche anterior durante una protesta en la norteña ciudad de Trípoli. El cuerpo fue recibido como “mártir de la revolución” a su paso por la plaza Al Nur, epicentro de las protestas. La muerte del joven, la primera de un manifestante por fuego de las fuerzas del orden, ha desatado la violencia en las calles de la segunda urbe y lumpen del país.

“Se está normalizando el uso de la violencia conforme los políticos viven en la negación absoluta y su oligopolio roba a los pobres para dárselo al 1% de los ricos”, acota la joven. Fawaz deja a una niña de cuatro meses huérfana a la que ya tenía dificultades para mantener tras cerrar su taller de motos por la crisis. “No recibió ayuda alguna”, denuncia su hermana. Una realidad que asola a muchos otros conciudadanos. Tras un mes de pausa forzada por las medidas de confinamiento, los manifestantes retornaron a las calles el pasado día 20, seis meses después del estallido las primeras protestas. Lo han hecho con más hambre y menos paciencia con sus dirigentes que hace unos meses para centrar sus ataques contra el Banco Central y el resto de entidades financieras privadas del país.

También han pasado de las piedras a los cócteles molotov con los que jóvenes encapuchados han incendiado varias sucursales bancarias en Trípoli y, de paso, calcinado un par de vehículos policiales. Frente a ellos se desplegaba este martes el Ejército libanés quien también ha aumentado la represión. En una de las muchas batallas callejeras que se libran estos días, una fila de soldados abría fuego contra un grupo de unos 200 chavales con balas de goma y botes de gas hasta que recurrieron al fuego real con ráfagas al aire. Los jóvenes salían despavoridos por el ensordecedor estruendo de disparos. Medio centenar de heridos acabaron siendo atendidos —cinco de ellos hospitalizados— por los paramédicos de la Cruz Roja libanesa que pululaban entre nubes de gas. Uno de ellos se afanaba en vendar la pierna de un soldado al otro lado de la avenida convertida en frente de batalla.

Varios uniformados aporreaban y pateaban a otro joven detenido antes de que un oficial les ordenara parar y comportarse como soldados. Aplaudidos como símbolo de unidad nacional hasta ahora en las manifestaciones, han pasado a cargar con rabia contra los manifestantes, como se vio el martes en el repunte más grave de violencia que ha vivido el país en los últimos tres meses. “En esta ciudad han caído muchos más soldados que en el resto de Líbano en las diferentes y numerosas batallas que ha habido. No lo olvidan”, intentaba justificar durante el revuelo un agente armado y vestido de civil. Algunos de los jóvenes aprovechaban el caos para ensañarse con una heladería.

“Solo queremos pan, es muy simple, pero nos lo han robado todo”, gritaba uno de esos jóvenes con las manos repletas de piedras y el rostro cubierto por una mascarilla que le sirve para protegerse de tanto la covid-19 como del gas. Mientras se enjuagaba la cara con el agua de una manguera, algo mareado explicaba por tanto ajetreo y con el estómago vacío desde el amanecer por la celebración del Ramadán, mes de ayuno musulmán, uno de los más austeros que vive el país. La libra libanesa lleva dos semanas en caída libre y los precios se han disparado un 55%, según datos del Ministerio de Economía, empujando a casi la mitad de los 4,5 millones de ciudadanos bajo el umbral de la pobreza. “Trípoli ha sido históricamente marginalizada política y económicamente, de ahí que la pobreza afecte al 60% de sus habitantes”, valora en conversación telefónica Adib Nehme, experto en desarrollo y pobreza.

Debacle económica

Razón por la que el resto de ciudades del país miran hoy hacia Trípoli y no a Beirut como nueva punta de lanza de las protestas transformadas en una revuelta del pan. Conforme el Gobierno anuncia un plan en cinco fases para salir del confinamiento y canta victoria frente a la amenaza sanitaria (con 721 casos y 24 muertes por la covid-19, oficialmente), el país se hunde en la crisis económica. Las eficaces medidas de prevención contra la pandemia han asestado paradójicamente la estocada final al bolsillo de sus habitantes y acelerado los despidos en masa. Líbano acumula una de las deudas públicas más altas del mundo (equivalente a unos 76.000 millones de euros, el 150% del PIB) y ha declarado el primer impago de deuda de su historia.

Los bancos cerraron sus puertas hace ya un mes y no todos los cajeros tienen billetes. De ahí la inquina ciudadana contra sus instalaciones. La libra libanesa se cambiaba este fin de semana a 4.300 unidades por dólar en las casas de cambio frente a las 1.507 que mantiene el Banco Central desde hace tres décadas. “En los supermercados ya no se molestan ni en etiquetar los productos por lo volátiles que son los precios”, explica Sami, un comerciante de Trípoli. Sin reservas de divisas y con el desplome de la moneda nacional, los precios más que se duplican en un país que importa el 80% de todo lo que consume.

Al atardecer suena la llamada al Iftar, ruptura diaria del ayuno, y varias personas comienzan a distribuir cenas calientes entre las familias más pobres. Los activistas han creado toda una red de apoyo civil para los hogares que han perdido sus ingresos y colman el vacío que dejan los partidos tradicionales sin fondos para cooptar a sus bases sociales. El miedo a una espiral de violencia conforme se extienda la pobreza es algo general. En este empobrecido y conservador bastión suní, otros temen que tal y como ocurrió en esta misma ciudad en 2014 el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) venga a reclutar a jóvenes en este pozo de desesperanza.

El silencio en las calles apenas dura una hora hasta que los jóvenes, ya con el estómago lleno, se lanzan de nuevo a otra batalla campal que durará un día más hasta bien entrada la madrugada.


Las luchas de poder tras la quema de bancos

El director del Banco Central, Riad Salamé, se ha convertido en diana favorita de los insultos de los manifestantes. La indignación creció ayer en las redes cuando algunos activistas filtraron un inusual ajetreo de jets privados despegando desde el aeropuerto de Beirut, teóricamente clausurado por la pandemia hasta nuevo aviso. “Los banqueros huyen y se llevan nuestro dinero”, denunciaban en los grupos de WhatsApp.

En Líbano la mayor parte de accionistas de la banca son simultáneamente diputados o ministros que, al igual que Salamé, llevan décadas en sus puestos, tres en su caso. De ahí que mantenga estrechos lazos con la mayoría de los líderes políticos, de todas las confesiones religiosas. Incluido el ex primer ministro Saad Hariri, depuesto en octubre por las protestas.

Precisamente esta semana, su sucesor, Hasan Diab, se ha lanzado en los medios a una guerra dialéctica contra el poderoso banquero, atrayendo los ataques de sus aliados e incluso el reproche de París. Diab advirtió este martes contra aquellos que intentan “aprovecharse políticamente de las protestas para servir sus ambiciones políticas y personales en base a sus intereses y cálculos”. Un mensaje que muchos interpretan que va dirigido a su antecesor, quien no descarta reocupar el cargo.

Bastión suní, Trípoli se antoja una pieza clave para todo candidato que quiera optar al cargo de primer ministro, que según el acuerdo que rige el país ha de ser suní. La quema de bancos esconde, según varios políticos consultados, dos renovadas guerras de poder: entre los dos bloques políticos por el Gobierno, por un lado, y entre Diab y Hariri dentro del propio campo suní, por otro.

Por Natalia Sancha

Trípoli - 29 abr 2020 - 17:30 COT

Publicado enInternacional
Laboratorio en la Universidad Complutense. Álvaro Minguito

La emergencia sanitaria está aflorando la incertidumbre a niveles que hacen tambalear los cimientos de la civilización moderna. Se buscan respuestas rápidas a cuestiones complejas o hasta ahora inexploradas. La sociedad se abraza a la ciencia como en otro tiempo lo hacía a la fe. Pero, ¿realmente está la ciencia preparada para soportar tal desafío?

 

Tras una respuesta dubitativa y la generación de una alarma de consecuencias impredecibles, asistimos a una carrera científica frenética. Las crónicas hacen cábalas acerca de qué laboratorio lleva la delantera sobre la vacuna o qué tratamiento será más efectivo en una enfermedad de certezas exiguas. Ante la amalgama de pronósticos, no se contempla un único plan de choque. Las advertencias de los epidemiólogos, atenuadas antes por la arrogancia, señalan la posibilidad de nuevos rebrotes y confinamientos. Sin embargo, estas consideraciones no tienen cabida en las predicciones económicas e incluso algunos expertos se decantan por atizar a los científicos. Ante tal cantidad de información, el ciudadano no sabe a qué atenerse mientras los defensores de las teorías de la conspiración se frotan las manos.

¿Hay que desconfiar de la ciencia en estos momentos críticos? Más que desconfiar, cabría agarrarse a ella para comprender posibles paradojas en su interpretación y convertirlas en certezas. A pesar de que la emergencia apremia, el espíritu crítico, la prudencia y el rigor fortalecen el análisis. Por el momento la realidad apunta a una tesis: los valores de la sociedad moderna han corrompido una parte del sistema encargado de hacer ciencia. Por suerte, así como el covid-19 está desnudando sus carencias, también está generando multitud de motivos para atisbar un futuro de esperanza.

UNA CIENCIA DESHUMANIZADA

Durante los últimos tiempos, hemos asumido un sistema científico que replica valores nocivos. Aunque la ciencia sea un ente perfecto en su concepción abstracta, los científicos no dejan de ser seres humanos con sus consabidas imperfecciones. Algunos invierten en casas para especular, otros tienen familias a las que apenas conocen o compran objetos que no se han parado a pensar si necesitan. No es de extrañar que el individualismo, la falta de solidaridad, la acumulación de bienes y capital, la inmediatez y la superficialidad a la hora de dar respuestas a problemas complejos tengan su análogo en la ciencia.

Aunque ha sido cuestionado y criticado, hemos asumido que si uno pretende prosperar en el mundo de la academia ha de pasar por el filtro de la publicología. Los artículos son instrumentos que permiten constatar y compartir un avance científico. Sin embargo, el sistema ha invertido el proceso y el descubrimiento científico se ha convertido en un intermediario para otro fin: mejorar el estatus. Entre otras, las consecuencias son la publicación de cantidades ingentes de artículos, el descenso de la calidad y relevancia y la proliferación de prácticas deshonestas.

En una entrevista reciente, Ha-Joon Chang, rostro visible de la economía del desarrollo, bromeaba diciendo que “la forma más segura de destruir el conocimiento es publicarlo en revistas científicas”. Para hacernos una idea, de los dos millones y medio de artículos publicados cada año, se estima que cerca de la mitad no ha sido citado tras cinco años. Entre un 10-20% de los citados, lo han sido únicamente por los mismos autores en otros artículos. Además de publicaciones, la acumulación se extiende a citas, congresos, estancias o proyectos reflejados en currículum vitaes de varias decenas de páginas. En algún momento los investigadores dejamos de ser personas para convertirnos en números que comparar.

Otro de los males de la ciencia moderna es la competición sin límites. Aunque la competición pueda ser un estímulo para la consecución de descubrimientos relevantes —y así pueda ser entendida mediante algunas rivalidades clásicas o frente a emergencias—, la ansiedad por dejar huella puede resultar contraproducente. Tal y como sostiene un estudio de los microbiólogos Fang y Casadevall, la competición científica —entre otras consecuencias— tiene efectos negativos en la creatividad, la salud mental, duplica esfuerzos, reduce la tendencia de los investigadores a compartir información. Además, la hipercompetitividad agranda la brecha existente entre hombres y mujeres. En contraposición, logros como la detección de ondas gravitatorias o la vacuna del ébola apuntan a un modelo cooperativo.

La competición y el afán por publicar están íntimamente ligadas con la precarización de las condiciones laborales, sujetas a las deficiencias en materia de inversión. Sin grandes atisbos de estabilización para los jóvenes, se ha interiorizado la supervivencia mediante sueldos escasos, contratos que más allá de realizar una tesis doctoral no pasan de los dos o tres años. Entendiendo que objetivos y esfuerzos han de ser maleables, se ha normalizado la omnipresencia como método de trabajo, propiciando un estilo de vida diseñado para producir. Sería discutible si esta es una estrategia óptima para atraer talento, teniendo en cuenta que la precariedad se ha estandarizado más allá de las fronteras de la investigación.

Otra de las características que azotan a la ciencia es el cortoplacismo, avivado por la breve duración de los proyectos. La consecución de resultados rápidos ha mermado su rigor, profundidad y originalidad, abonando el terreno para la superficialidad, el inmovilismo y la falta de perspectiva. Precisamente, el aumento de la carga de conocimiento se relaciona con la proliferación de la especialización. Del pensamiento del filósofo Karl Popper subyace la idea de que la especialización implica una desconexión de la realidad, provocando una pérdida de contacto con la gente y su gradual irrelevancia cultural. En estos momentos, donde los conocimientos parecen conectarse con un fin común, las tesis de Popper cobran especial relevancia.

Ante una sociedad que clamaba transparencia, una de las respuestas fue la implementación de una burocratización asfixiante. A pesar de los tímidos avances, nos hemos acostumbrado a que todo el peso burocrático recaiga sobre los investigadores; entregar centenares de documentos para evaluaciones y solicitudes de trabajo o financiación. Mientras tanto, en otros países la tarea se descarga agilizando trámites o mediante secretarías.

La presencia y la valoración de la ciencia en una sociedad hiperestimulada siguen siendo minoritarias. Por fortuna, parte de la comunidad ha entendido la necesidad de manifestarse y comunicarse de forma clara. A pesar de loables esfuerzos en materia de divulgación y la entrada de científicos en las redacciones de medios de comunicación, sigue existiendo una fisura a la hora de explicar el papel de la ciencia. Titulares como “Las matemáticas ayudan a operar el cáncer con éxito” ilustran la desconexión. Ante la falta de liderazgo e influencia social, dicha disociación se acentúa en el ámbito político. Una pequeña intuición: en la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades del Congreso de los Diputados, los científicos son minoría en detrimento de los formados en derecho.

Todos estos factores, junto a la arrogancia y la falta de honestidad para asumir errores, han establecido un caldo de cultivo peligroso para afrontar con garantías los efectos de la epidemia. A modo de estéril consuelo, desde otros países también entonan  discursos de autocrítica, sugiriendo que las miserias del sistema científico puedan ser globales. Varios de los factores mencionados anteriormente tienen su análogo en el sistema económico, tal y como señalaba Noelia Sánchez en un brillante artículo. La transversalidad de los diferentes análisis apuntan a la misma raíz del problema: un sistema que ha devorado al ser humano.

EL COVID19 DESNUDA LA REALIDAD DE LA CIENCIA

La aparición del virus ha removido los cimientos de la ciencia, así como su impacto. Mientras algunos investigadores han preferido instalarse en la posición del “yo ya dije” o seguir con sus rutinas de trabajo con la única novedad de hacerlo desde casa, otros han orientado o intensificado sus esfuerzos hacia los diferentes retos que supone la crisis. En esta última tesitura los compañeros de La Paradoja de Jevons señalaban recientemente el aumento de la presión hacia los investigadores, además de la proliferación de la necesidad de dejar huella en forma de publicología o fotografías.

Esa necesidad se acentuó durante los primeros días de cuarentena. Los medios y los expertos se lanzaban a arrojar luz, induciendo mayor confusión en algunos casos. Entre las informaciones que se hicieron viral, sorprendió una: “Un estudio de matemáticos valencianos sitúa el pico de la pandemia a finales de mayo con 800.000 infectados”, contradiciendo la lógica de haber endurecido el aislamiento. La estimación, basada en un modelo teórico, contaba con una dificultad insuperable: predecir el comportamiento humano. Los titulares y su difusión fueron objeto de amplio consumo, comprometiendo la posterior confianza en el trabajo científico. También quedarán para el recuerdo las directrices del Colegio Oficial de Biólogos de Canarias del 9 de marzo, que apuntaban a que la emergencia eran frutos de la “alarma desmedida y el miedo injustificado”.

La competición tampoco ha faltado a su cita con el covid-19. Distintas administraciones públicas y fundaciones privadas destinaron varios fondos para investigación. Dicha oportunidad no pasó desapercibida, suscitando la atención de propios y extraños. Solo en la Región de Murcia, solicitaron proyecto más de 40 grupos; mientras que el programa CaixaImpulse ha recibido 349 solicitudes para un total de quince proyectos disponibles, diez veces más que en otras convocatorias. La decisión de escoger las mejores propuestas no se antoja sencilla, levantando recelos entre los expertos.

Mientras tanto, la población se muestra expectante ante la llegada de un milagro que convierta a la emergencia en una pesadilla pasada. Hace poco, el escritor Juanjo Millás y el periodista Javier Del Pino se lamentaban por el pesimismo de las novedades científicas, en referencia a la influencia de las condiciones climatológicas sobre el virus. Esta insignificante anécdota ilustra el salto entre esperanza y realidad, acrecentado por un fenómeno tan complejo. Los ciudadanos están en su derecho de desesperar por desconocer los tiempos o frustrarse al constatar que el conocimiento humano puede ser insuficiente para ofrecer respuestas. De nuevo, emerge la necesidad de colaboración entre medios y ciencia con el objeto de llegar a todos los rincones de la sociedad. 

Otra de las carencias desnudadas es la falta de sintonía entre científicos y políticos, debido en parte a los insuficientes mecanismos de asesoramiento. En este sentido, la viróloga Margarita del Val se quejaba de la actitud de los asesores designados por el Gobierno: “Se ha formado un comité de expertos, pero en España hay especialistas de todo tipo y la ciencia puede aportar mucho más de lo que puedan decir un grupo concreto de personas”. Si tenemos en cuenta que según el sector científico las prioridades varían y las respuestas divergen, parece complicado que los gobernantes puedan tomar decisiones consensuadas y, mucho menos, que estas cuenten con el suficiente respaldo.

MOTIVOS PARA LA ESPERANZA

A pesar de la incertidumbre y de la complejidad de la crisis, cada día hay más razones para albergar esperanza. No en vano, Albert Einstein sostenía que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos”.

En pocos días hemos constatado como los resultados de los laboratorios se aplican en centros sanitarios o en las medidas de prevención. De entre los cientos de avances, se han establecido protocolos que optimizan tiempo y recursos en la detección; un árbol genealógico de la propagación del virus a través de la plataforma colaborativa Nextstrain; o los proyectos internacionales Covid Human Genetic Effort (COVIDHGE) y The Covid-19 Host Genetics Initiative, que tratan de identificar variantes genéticas influyentes en el desarrollo de la enfermedad.

Desde el CSIC se ha lanzado una apuesta por la colaboración y la trasmisión de conocimiento bajo la plataforma Salud Global, que engloba a más de 150 grupos. Por su parte, la OMS ha encabezado el ensayo clínico Solidaridad, el cual aglutina equipos de setenta países con el fin de lograr un tratamiento. Ana María Henao, responsable de Solidaridad, destacaba en una entrevista que “la colaboración está siendo clave. Se están intercambiando información de los progresos, de los errores y de las estrategias más efectivas”. También el covid-19 ha intensificado la cooperación entre el sector público y el privado, aunque falta saber en qué se traducirá. “Desde la vacuna de la viruela nunca ha habido tanta colaboración”, declaraba Luis Jodar, director del área de vacunas de Pfizer.

Además de Margarita del Val o Ana María Henao, cada vez son más familiares los nombres de científicos como Luis Enjuanes, Salvador Macip, Oriol Mitjà, Antoni Trilla, en detrimento de la popularidad de futbolistas, famosos de realities o instagramers. La ciencia se ha convertido en la fuente principal de noticias y se encuentra en un momento histórico para recuperar su prestigio y trascendencia social.

EL FUTURO PASA POR UNA CIENCIA MEJOR

Además de terapias y vacunas, a corto plazo gran parte de los esfuerzos se destinarán a temas relacionados con el covid-19: estudios genéticos, mejora de equipamientos sanitarios, desarrollo de sistemas de prevención y detección, predicción de propagaciones y consecuencias, inclusión de sistemas tecnológicos…

Sin embargo, los retos que se atisban en el horizonte van más allá. La ciencia no sólo ha de centrarse en problemas puntuales, sino que en su discusión deberá afrontar retos más globales y transversales. Uno de ellos es el equilibrio entre el humano y su entorno natural, dejar de hablar de salud humana para hacerlo de salud planetaria. En este sentido, contener el cambio climático y ofrecer vías para un desarrollo sostenible que encauce el sistema económico se antoja el mayor de los desafíos. Ninguna disciplina quedará al margen, desde las ciencias más básicas hasta las sociales, incluyendo en la ecuación a la digitalización. La concienciación y valoración de una ciencia solidaria y amplia será imprescindible, situando al conocimiento como verdadero motor de cambio.

El lector que haya llegado hasta aquí habrá advertido que este artículo apenas habla de ciencia, centrándose en los humanos que la rigen. Por supuesto, el autor no está exento de los males que aquí señala, pudiendo incurrir en generalidades, vaguedades o contradicciones. Ningún ser humano puede ofrecer toda la perspectiva, pero sí ayudar a construir perspectivas comunes. Sería recomendable ser escéptico con las conclusiones sin un riguroso y cauto debate. Es así como se han levantado las teorías más sólidas.

Se repite el mantra de que la cuarentena es idónea para parar y replantearse todo, empezando por nosotros y siguiendo por nuestro entorno. Quizá sea momento de asumir errores y renfocar carreras, ampliar las miras para reconectarnos con la realidad. Volver a la senda del debate colectivo y la solidaridad, de ser honestos con nuestros esfuerzos y resultados, de pensar en grande en lugar de aislarnos en nuestras burbujas. Sólo así volveremos a orientar la ciencia hacia su fin: comprender el mundo para dar respuestas.

Por Rafalé Guadalmedina

29 abr 2020 05:00

Lunes, 27 Abril 2020 16:44

Miedos e incompresiones que maniatan

https://www.flickr.com/photos/vperemencom/4

“Ahí viene el coco”, eso nos decían cuando niños para asustarnos, para que no fuéramos desobedientes. Y el coco tenía una forma y color únicos, y unos poderes inmensos, poderes que no podíamos enfrentar. El temor que despertaba en nosotros tal imagen nos llevaba a pedir protección, casi siempre bajo el ala protectora de mamá.

Solo llegamos a cuestionar y superar tal poder cuando ya estábamos grandecitos, cuando ganábamos cierta comprensión de la realidad, mientras ello llegaba a conjugarse la amenaza lograba su cometido.

Similar, no igual, está sucediendo ahora: con la imagen construida con un virus que puede llegar a quebrar nuestras vidas. Que es cierto, pero que en su manejo mediático los medios oficiosos se han encargado de construir un monstruo que justifica todo tipo de excesos por parte del poder, dándole paso a sociedades no solo cada vez más controladas, sino conformes de ese mismo control, pues, en este caso no mamá sino papá Estado se tiene que hacer cargo de nosotros.

 

Una sola lectura

 

Como es reconocido por todos los estudiosos del tema, el factor fundamental que está en juego con el Covid-19 y las medidas interpuestas para controlar la pandemia que desató es que la infección no suceda en masa sino a cuentas gotas, de manera que el sistema de salud no colapse. De así ocurrir todos tendrían atención plena y el número de pacientes finalmente muertos no sería dantesco.

Ese es el ideal, ya que en la realidad las sociedades se han encontrado con la privatización de los sistemas de salud y con su real postración, un quiebre que lleve a que la atención a toda la sociedad no sea plena ni eficiente, facilitando de esa manera muertes que podrían prevenirse.

También reconocen los estudiosos que en el curso de meses todos habremos sido infectados, lo que provocaría que pasado un tiempo deberíamos ser inmunes –esto siempre y cuando el virus no mute-. Una realidad que no niega la necesidad de la vacuna, la que de manera afanosa entes privados y públicos investigan y tratan de descubrir.

Un riesgo real que prolongará en los meses la alarme que nos conmueve. En su cubrimiento de esta realidad, los medios oficiosos no se han esforzado por informar de manera plena, con todas sus facetas, sobre esta realidad y las opciones existentes para enfrentar el virus; tampoco lo hacen los gobiernos del orden nacional, departamental y municipal, sometiendo a una parte de la población a un encierro “voluntario”, complacidos del poder creciente que ahora amasan, negando con ello derechos fundamentales –a la locomoción, como a la información plena, a reunión, etcétera–, dejando en vilo logros históricos de la humanidad, los mismos que de ahora en adelante se verán limitados de manera directa o indirecta –a través del registro que capturan cámaras instaladas a lo largo de las ciudades y la identificación por su conducto de posibles disidentes, señalados como enemigos del orden, tal vez “terroristas”, necesarios de aislar o “neutralizar”, todo ello por el “bien común”.

Es una (des)información que también niega una realidad palpable: ¿por qué aislar a toda la población y por qué no hacerlo solamente con quienes sufren el impacto del virus y todas aquellas personas con quienes haya tenido contacto directo o indirecto? Una opción que nunca se valoró ni se le explicó al gran público, el mismo que aterrorizado por el “coco” acepta sin mayor resistencia, pese a la precariedad económica que sobrelleva, la orden de encierro.

Tampoco se explica el origen profundo de la crisis en curso, y la posibilidad de que una y otra vez otros virus afecten a la sociedad global sino se atacan las causas estructurales que lo posibilitan, a saber, el modelo extractivista, en producción de vegetales y animales, la manipulación genética y la utilización de sus productos en el control de plagas, infecciones y en el mismo engorde de animales.

Una forma de procurar alimento que ha encubado multiplicidad de enfermedades en el ser humano, propiciando la muerte de millones por diabetes, cáncer de las vías digestivas, obesidad, y otras enfermedades producto de un sistema económico y social que en su afán de reproducir el capital desprecia la vida.

Al no aludir a las causas de lo que ahora nos afecta es obvio, por un lado, que las mayorías estén realmente desinformadas, además de asustadas y temerosas de una muerte eminente, y por el otro que reduzcan la solución –temporal– del problema al comportamiento de cada uno, dejando a un lado al modelo socio-económico, a las multinacionales del agro como de los alimentos, al modelo urbano soporte de la industria automotriz y la alta tasa de contaminación atmosférica que desprende, haciendo cada vez menos respirable el aire en las urbes.

Una visión y comunicación parcelada de la coyuntura que de parte de los gobierno, en una proyección de mediano y largo plazo, tampoco llama a la sociedad en general a emprender proyectos asociativos de base, de todo tipo, para no salir de esta crisis sometidos y dependientes del Estado, y sí airosos y con dinámicas solidarias en curso, unas dinámicas tales que también rompan la dependencia de las multinacionales y retomen la experiencia y producción local, autosostenible, que para el caso de la agricultura retome técnicas de sol y maleza, la convivencia en un mismo terreno de variedad de plantas, dejando a un lado la permanente fumigación de las plantas; y en el caso de los animales deshacinando su cría, así como variando su alimentación –que ahora está basaba en granos producidos bajo manipulación genética. De no ser así, la toxicidad, los venenos incorporados por plantas y animales, en su ciclo final seguirán llegando al cuerpo humano, propiciando el cúmulo de enfermedades “raras” que hoy le acechan.

Es un discurso, una reproducción de imágenes y mensajes que encuentra a las organizaciones alternativas sin capacidad para contrarrestarlo. Una incapacidad soportada sobre la inexistencia de un modelo comunicacional integral, dinámico, moderno, con soporte en los bastiones más fuertes de la cultura nacional, de las propuestas tejidas por las comunidades más diversas en décadas de resistencia, y de los ecos de transformación global que vivimos, desde los cuales y con los cuales disputar la opinión pública.

Un modelo inexistente y que para las prácticas dominantes en lo social termina reducido a la utilización y la circulación de mensajes por las redes sociales, que más allá de lo que piensan unos y otras, no alcanza a entretejer lo fundamental de lo que debe ser un sistema de comunicación alternativo y, por lo tanto, no pasa de seguir reproduciendo imágenes y discursos que por más válidos que sean, por ese simple hecho no implica que permeen el tejido social ni alcancen a sensibilizar a las mayorías, que siguen bebiendo en los vasos que le extiende el establecimiento. Mensajes autocomplacientes con matrices ideológicas que no se preocupan por desestructurar el discurso del contrario ni por cuestionar de manera efectiva el sometimiento y la dependencia ampliada de la sociedad respecto del Estado.

Es una realidad tan potente que permite sin consecuencia alguna que el gobierno, y el establecimiento en su conjunto, puedan prolongar la cuarentena, quincena tras quincena, basados en un modelo impuesto internacionalmente que desprecia o desconoce otros escenarios posibles para enfrentar igual problemática, así como las consecuencias sociales, económicas y otros órdenes que su actuar desprende sobre el conjunto social, en especial los excluidos de siempre, en una primera escena los 13 millones y más de informales, así como los más de dos millones de desempleados.

Con el “coco” encima, con su sombra que nos obliga a cerrar los ojos, sin querer mirar ni al frente, ni atrás ni a los lados, buscando el ala protectora en este caso del Estado, ¿será posible así construir una alternativa social a esta crisis como a la que se avecina en el campo económico? ¿Será posible así mostrarle a las mayorías que tenemos alternativas colectivas para enfrentar y superar ambas contingencias? ¿Será posible así no olvidar el 21N y todas sus demandas pendientes de resolución efectivas, así como contener la ofensiva aniquiladora que prosigue arrebatando vidas a los liderazgos locales? ¿Será posible así romper el silencio sobre esos mismos asesinatos y evidenciar cómo los mismos están relacionados con un modelo social que en su esquema industrial, agropecuario y territorial es la causa de situaciones como las que hoy nos aislan a unos/as de otros/as?

 

Enlace aquí

 

 Enlace aquí

 

 

Enlace aquí

 

La alternativa por construir

 

Incapacidad informativa que permite, por un lado, que una parte sustancial del peso del encierro caiga sobre los sectores populares, donde residen los más de 13 millones de trabajadores que viven al día –revisen la excepciones para el encierro y verán que esto es así–, pero por otro lado impide confrontar al establecimiento, a su modelo neoliberal propiciador de las crecientes exclusiones que reinan en nuestro país, como de la privatización efectiva de todos los servicios públicos, entre ellos la salud.

Un modelo político, social y económico tal que agarró a más de 200 mil hogares por todo el país desconectados del servicio de agua por incapacidad económica para pagar la factura, que no tarda en llegar mes a mes.

Incapacidad, pobreza, miseria que desnuda la negación efectiva en nuestro país de los derechos humanos, unos derechos reducidos a vil mercancía, para recuperar los cuales (uno de los retos que desprende la crisis en curso), los sectores alternativos reciben la bandera para izar la demanda de desmercantilizarlos, pasando a una administración común de los mismos, para no volver al viejo modelo estatal–clientelar que ya padecimos.


Unos retos que nos demandan, para su disputa efectiva ante la opinión pública, la puesta en marcha de un Sistema Nacional de Comunicación Alternativo, síntesis de la multiplicidad de experiencias que en este campo existen entre estudiantes, sindicatos, Ongs, cooperativas, organizaciones sociales, etcétera. Un Sistema que responda de manera dinámica, plural y en tiempo real, al reto comunicativo potenciado por la tercera como por la cuarta revolución industrial.

Precisamente, es lo producido por estas revoluciones industriales lo que ha fortalecido el poder de las comunicaciones, facilitando que los medios oficiosos difundan un mensaje de status quo que por lo menos confunde o desmoviliza a un segmento importante de nuestra sociedad. Es un poder reconfirmado por el virus de moda. Verificación con valor sustancial toda vez que la emergencia y ampliación de las redes sociales había creado entre múltiples expresiones de los actores sociales alternativo la sensación contraria.

Una errada apreciación nacida del acceso abierto y múltiple a un conjunto de canales de comunicación a través de los cuales es posible interactuar al instante, en vivo, lo que multiplica su impacto. Un acceso que deja por fuera los impedimentos de otras épocas para poder contar con medios propios, en especial el de capital.

Es una posibilidad que con el paso de los años todos y cada uno de los procesos sociales fue asumiendo, bien a través de diseñar y administrar sus páginas web y en ellas presentando a la sociedad sus diferentes propósitos, bien dándole onda a programación radial, bien construyendo sus canales de video, como también poniendo a rotar sus informativos escritos.

Una dinámica abordada a pulso, con el esfuerzo y afán de cada organización –pequeña, mediana o grande– de hacer lo mejor posible en este campo, y con la ilusión de que lo está haciendo bien, pese a lo cual, para unas como para otras, el impacto de su mensaje no trasciende a sus propios afiliados, socios, amigos o influencia más cercana. Es decir, se cambió de soporte –mayoritariamente el papel– por lo virtual pero se continúo haciendo lo mismo que antes: chapolas, agitación, denuncia, pero no mucho más.

Una acción comunicativa que como antes era norma, no intenta conjunción de esfuerzos con procesos similares o simplemente cercanos gremial, social o políticamente, pero que tampoco pretende ascender sobre el conjunto social, para plasmar y ampliar en su tejido un proyecto de país alterno, sino que se conforma, como premio de consolación, con actuar y dejar sus huellas sobre el entorno inmediato.
Un desinterés por la acción común que también se extiende al desconocimiento efectivo que tienen y nos ofrecen las nuevas tecnologías y su posible eco sobre la sociedad –de lo comunicativo– de ser bien usadas.

Conformes con su utilización parcial o mínima, también su impacto es parcial o mínimo. Queda al margen su valoración y utilización efectiva de las nuevas tecnologías, y con ello la posibilidad de interactuar con escritura, imagen y sonido, así como de hacerla en tiempo real, buscando construir audiencias cada vez más amplias, las cuales ya no sean las receptoras de mensajes sino también, y esto es lo ideal, quienes crean el mensaje. Un camino para construir o potenciar desde el movimiento social.

Un proceder comunicativo conformista para el cual, mientras trasmita lo que pienso, con la falsa ilusión que mucha gente está sintonizada conmigo, me doy por satisfecho. Así, con este proceder y este mar de islas ahora llamadas dominios .com, .co, .org, .info, persiste, se multiplica y prolonga la atomización social. Un accionar que oculta, que lleva a insuflar la imagen de lo que no es, como resultado del eco alcanzado por el mensaje alternativo en ciertas coyunturas, bien de lucha callejera, bien en tiempo electoral.

Un actuar que no es ajeno a la concepción política-alternativa imperante, para la cual continúan dominando los proyectos de un solo color político, inflamados de voluntarismo, abrigados en la certeza histórica de su causa, concluyendo por ello, por ese solo precepto, que toda la sociedad está de acuerdo con sus ilusiones: –nosotros somos el centro del país y del universo–.

Nada más lejano de la realidad. La comunicación, como la sociedad toda, es un campo en permanente disputa y en el cual no es posible disputar de manera efectiva a través de islas dispersas ni de mensajes cargados de ideología. De ahí la importancia irrenunciable de construir un Sistema Nacional de Comunicación Alternativo, el cual reúna, retome y potencie las capacidades, recursos y acumulados de diversos procesos, para entre todos y todas darle forma a un mensaje pensando para todos los públicos , interactivo, dinámico, abierto, plural, que fluya por diversidad de canales; mensaje puesto a circular con la consciencia que está en disputa con otros muchos y entre ellos con el construido y difundido por los medios oficiosos, el dominante entre nosotros pues son parte del poder que controla y prolonga una realidad aceptada desde hace mucho tiempo por las mayorías. Es decir, la disputa no es simplemente con los otros mensajes, es con toda la superestructura vigente y al ser así en disputa con la raíz cultural que ahonda un dominio, unos valores, una moral, una ética, un sentido de la vida.

Una superestructura soporte del “coco” que ahora deambula en forma de virus y con el cual nos han llevado a guardar un silencio que le deja expedito todo el terreno al establecimiento. Sin mensaje no es factible la disputa de proyecto histórico, por más que aremos en el terreno local.

 

 

Publicado enEdición Nº267
Lunes, 27 Abril 2020 06:34

Pandemia y después

Pandemia y después

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso

Los imponderables medios, los arduos periodistas, los sabios comunicadores, los opinólogos de todo borde, las buenas conciencias de la atormentada sociedad, las autoridades del pensamiento contemporáneo, argentino y de otras partes, sostienen que esta pandemia va a darlo vuelta todo, que después de ella nada va a a ser igual, que habrá cambios radicales y sustanciales en nuestras vidas. El público lo lee o lo escucha, lo repite y lo difunde, como si el dicho fuese, una vez más, la palabra revelada.

En verdad, la gente está bastante aturdida por los hechos, por estas enfermedades misteriosas y sus muertes masivas, por estas cuarentenas y estos confinamientos, por esta avalancha de nueva y novedosa información médica, biológica, microbiológica y terapéutica, por estas prevenciones, jamás tomadas ni contempladas, por este miedo que le meten y difunden todos, y apenas si sabe bien dónde está parada y en qué país, en qué pedazo de tierra, de qué mundo.

Otras retóricas se vinculan con aquella vaticinadora, que es la que más cunde, la futurológica, sin alcanzar a ser centrales: la complotista, que desvía la ciencia según sus pareceres, ideológicos, políticos, y hace de esta pandemia un hecho deliberado, cuando no elaborado, del enemigo; la naturalista, que insiste, no sin razón, en el daño que producen al planeta la extracción, la explotación, el menoscabo, la depredación; la anti homocéntrica, que defiende una vez más al reino animal y hasta llega a sostener que esta es su reacción y su defensa. Y, en fin, las diversas charlatanerías, como las que florecen en algunas religiones y prácticas mágicas en el Brasil de Bolsonaro, y en algunos países africanos, donde según Le Monde “la grande guerre contre les hémorroïdes a laissé place à la lutte contre le coronavirus” (la gran guerra contra las hemorroides ha dejado lugar a la lucha contra el coronavirus), por parte de santones y curanderos. Pero ninguna parece tan potente y actuante como las primeras, tal vez porque lo que hacen es ocultar las otras, y hablar de un futuro en el que todo ello se haya obviado.

¿Qué es lo que va a cambiar? ¿Por qué “ya nada va a ser igual” después de esta pandemia? ¿Por qué “el mundo no va a ser el mismo”? ¿Por qué las relaciones económicas, sociales, productivas, y hasta las afectivas, no van a ser las mismas? ¿Qué producirá “el ocaso del Imperio”? ¿Qué es lo que va a transformarse, tan rotundamente? ¿Por qué esta pandemia traerá una derrota tan flagrante del capitalismo y del neoliberalismo, en la teoría y en la práctica? Frases y consignas que suelen prender con facilidad en bocas nuestras, sin que nos preguntemos, seriamente, por su significado, por su verdadera razón. ¿No habrá más ricos y pobres? ¿No habrá más clases? ¿Cambiará la esencia del sistema? (aquí y en otros lados). ¿De dónde sale esto?

Fundado en algo que suele calificarse, poco modestamente, modesta experiencia, y en lo que creo que puede ser mi conocimiento de la realidad, de la organización económica y social del mundo y de los seres humanos que lo habitan, a los que he visto comportarse a lo largo de más de siete décadas, creo, si se me permite, que van a cambiar muy pocas cosas fundamentales. Si no cede el complejo agroindustrial alimentario, que infecta el ambiente, los seres animales, vegetales y, por cierto, humanos, y los gobiernos siguen quedándose quietos como en estos últimos cincuenta años (por dar alguna fecha), que nadie espere cambios. Si continúa la contaminación a mansalva de las aguas, de los mares, del aire y de la tierra, de todos los productos vegetales y animales con que nos alimentamos; si, además, no cambia el papel de los Estados en la organización, en la atención, en el cuidado de la salud de las poblaciones, si ella sigue en manos de empresas privadas (sí que capitalistas salvajes), poco va a mejorar la condición de esa salud y su dudosa protección. Si el capitalismo, la ganancia y el individualismo siguen primando, de manera proclamada y pública, autorizada, procurada, desembozada, cómplice, sobre los distintos tipos de parciales solidaridades colectivas, poco habrá de cambios a verificar, más que en algunas áreas específicas.

Por otro lado, los sistemas políticos, así, como están, se hallan bastante cómodos en el mundo de hoy: hay derechas (liberales, financieras, supercapitalistas, hambreadoras y explotadoras), e izquierdas (contestatarias, más o menos reformistas, más o menos consecuentes). Ninguno de esos sistemas, que se vea, en lo fundamental a punto de caer. Salvo casos excepcionales (Irán, bien contradictoriamente; Venezuela, menor y tan verbalizado) conviven en el planeta sin mayores sobresaltos, y se ha visto, durante esta pandemia, una colaboración y asistencia mutuas y recíprocas que llaman la atención (de lo que no son el único ejemplo, aunque sí sumamente destacable, las brigadas cubanas).

Que me disculpen los heteredoxos, los nuevos cientistas, los muy modernos renovadores del dogma, los vigilantes del pensamiento antitotalitario y del más o menos totalitario: en tanto que haya clases, y por consiguiente lucha de clases, las cosas, pasada esta pandemia, seguirán igual (o peor). Hasta que haya un tope y al fin se junte todo, en un momento, en un período, en que los de abajo no quieran más y los de arriba no puedan más. Y todo empiece realmente a sacudirse. Mis visiones llegan hasta ahí. No soy un previsor ni un anticipador ni mucho menos un vaticinador de nuevas sociedades. Me queda demasiado grande.

27 de abril de 2020 ·

 

Por Mario Goloboff, escritor y docente universitario.

Publicado enSociedad