Jueves, 16 Diciembre 2010 07:21

Controversias sobre la justicia climática

La energía no puede reciclarse y, por tanto, incluso una economía que no creciera y que use combustibles fósiles, necesitaría suministros frescos que vengan de las fronteras de la extracción. Lo mismo se aplica a los materiales que en la práctica se reciclan solamente en parte (como el cobre, el aluminio, el acero, el papel), no más de 40 o 60 por ciento. Si la economía crece, la búsqueda de fuentes de energía y materiales es aún mayor. Hay una acumulación de beneficios y de capital por la desposesión (como dijo David Harvey en 2003) o una raubwirtschaft (una expresión de geógrafos de hace 100 años) y hay también acumulación mediante la contaminación con lo que queremos decir que los beneficios capitalistas aumentan por la posibilidad de echar a la atmósfera, al agua o a los suelos, sin pagar nada o pagando poco, los residuos producidos. Que el precio de la contaminación sea bajo o nulo no indica un fallo del mercado sino un éxito (provisional) en transferir los costos sociales a la gente pobre y a las futuras generaciones. Eso es evidente en el caso de los gases con efecto invernadero. Por eso hay protestas bajo el nombre de justicia climática.

No son solamente los activistas de la justicia climática tan visibles en Cancún sino también bastantes gobiernos de países relativamente pobres, quienes reclaman la deuda ecológica, una idea que nació en América Latina entre las organizaciones de justicia ambiental en 1991. Estados Unidos (EU), la Unión Europea (UE) y Japón no reconocen esta deuda, pero en Copenhague, en diciembre de 2009, por lo menos 20 presidentes de Estado o de gobierno mencionaron explícitamente la deuda ecológica (o deuda climática). Algunos incluso usaron la palabra reparación (de daños).

En Cancún estuvieron más calmados, pero también se habló de la deuda ecológica desde algunos púlpitos gubernamentales. Pablo Solón, el embajador de Bolivia en la ONU, que ha tenido una posición valiente en Cancún, ya dijo en Copenhague el año pasado que “admitir responsabilidad por el cambio climático sin tomar las acciones necesarias para hacerle frente, es como si alguien le pone fuego a tu casa y después se niega a pagarla. Aunque el fuego se hubiera iniciado sin querer, los países industrializados, con su inacción política, han continuado echando gasolina al fuego.

No tiene justificación alguna que países como Bolivia tengan ahora que pagar esa crisis climática, lo que implica una enorme carga sobre nuestros recursos limitados para proteger a nuestra gente de esta crisis causado por los ricos y por su sobreconsumo. Nuestros glaciares están en regresión, las fuentes de agua se secan. ¿Quién debe hacer frente a eso? A nosotros nos parece justo que el contaminador pague, y no los pobres. No estamos aquí asignando culpabilidad sino solamente responsabilidad. Como dicen en EU, si lo rompes, lo pagas.

El trasfondo al discurso de Pablo Solón en Copenhague, hace un año, fue la declaración de Todd Stern (como principal negociador de EU) en una conferencia de prensa el 10 de diciembre del 2009. Reconocemos absolutamente nuestro papel histórico en poner las emisiones en la atmósfera, allá arriba. Pero el sentido de culpa o tener que pagar reparaciones, eso lo rechazo categóricamente (www.climate-justice-now.org/bolivia-responds-to-us-on-climate-debt-if-you-break-it-you-buy-it/).

A esta controversia se añadió inesperadamente el economista Jagdish Bhagwati, profesor de Columbia University en Nueva York, en un artículo en el Financial Times del 22 de febrero de 2010. Sin conocer aparentemente ni la literatura activista (www.deudaecológica.org) ni la académica, sobre el tema desde 1991, Bhagwati escribió que EU al enfrentarse a problemas de contaminación, tras el escándalo de Love Canal, creó en 1980 la legislación llamada Superfondo (la ley se llama oficialmente Cercla) que exige que la compañía responsable elimine los residuos tóxicos. Esta legislación sobre daños y perjuicios implica una responsabilidad estricta en el sentido legal, de manera que la responsabilidad existe aunque no se supiera entonces que los materiales vertidos eran tóxicos, como en el caso de las emisiones de dióxido de carbono hasta hace poco tiempo. Además, las personas perjudicadas pueden presentar sus propias demandas. En cambio, Todd Stern, el principal negociador estadunidense, rechazando esta tradición legal interna de EU en lo que respecta a casos de contaminación en su propio territorio, niega cualquiera obligación legal y cualquier pago por las emisiones pasadas. Evidentemente, EU debe dar marcha atrás en este punto.

Todos los países ricos deben aceptar sus pasivos ambientales, en proporción a su parte de emisiones históricas de dióxido de carbono como las contabiliza el Panel Internacional de Cambio Climático. El pago será según la responsabilidad por daños y perjuicios, por tanto esos fondos de ninguna manera pueden contarse como parte de la habitual ayuda al desarrollo, eso sería indignante. No le vas a quitar la pensión a un anciano que gana un pleito por daños y perjuicios”. Así escribió Jagdish Bhagwati.

En la UE, la Environmental Liability Directive (que se traduce como Directiva de Pasivos Ambientales, donde pasivo ambiental es sinónimo de deuda ecológica) fue promulgada en abril de 2004 aunque no todos los miembros de la unión la han transferido aun a su legislación interna. Esta legislación se supone que es para aplicación interna en la UE, no se aplica a la deuda climática (por lo menos mientras ningún juez diga lo contrario), y requiere que los estados exijan a las compañías que paguen los daños causados, incluida la restauración del ambiente cuando sea factible. En el caso del derrame de barros rojos de la producción de alúmina en Hungría en octubre de 2010, un experto de una compañía de seguros declaró que si por casualidad, extingues una oscura especie de mariposa que sólo existía en ese lugar concreto, ¿cómo vas a decir lo que vale en dinero? (Financial Times, 14 de octubre de 2010, Toxic slugde tests Brussels pollution law). Resulta muy difícil exigir la responsabilidad legal de las compañías europeas por sus pasivos socio-ambientales en el extranjero (aunque la Shell está ahora en juicio en Holanda por daños hechos en el delta del Níger). Más difícil aún es conseguir que se reconozca la deuda ecológica de EU y de la UE por los daños causados y por los costos que hace falta pagar ahora para prevenir los efectos del cambio climático a causa de las emisiones (históricas y actuales) desproporcionadas de esos países.

Sin embargo, el reclamo de compensaciones por la deuda climática se hace sentir en la calle, en los foros alternativos, 20 años después de la conferencia de Río de Janeiro de 1992. Y también se escucha a veces en las salas donde se reúnen las delegaciones oficiales. Así en Copenhague en diciembre de 2009, el entonces canciller de Ecuador, el doctor Fander Falconí, señaló que los países pobres eran como fumadores pasivos, y preguntó por qué no se aplicaba el principio de que el contaminador paga, reclamando la deuda histórica por cambio climático.

Existen cálculos al respecto. La economista de la India, Jyoti Parikh, publicó un cálculo en 1995 en que cifraba la deuda climática en 75 mil millones de dólares al año de los países del Norte a los del Sur. Vean que el Fondo Verde prometido en Cancún es de esa cantidad como un fondo, no como un pago anual, y no es un pago de deuda sino una contribución para adaptación, incluso tal vez en forma de créditos.

Parikh calculó el importe viendo lo que se ahorraban los países ricos al no realizar las necesarias reducciones de las emisiones. Srinivasan y otros autores, incluido el economista ecológico de Berkeley, Richard Norgaard, cuantificaron en unos 2 millones de millones de dólares (2008) la deuda ecológica acumulada del Norte al Sur, la mayor parte a cuenta de la deuda climática. Ese cálculo se publicó en los Proceedings of the National Academy of Sciences, indicando la credibilidad académica del concepto de deuda ecológica. Hay otros libros y artículos en revistas científicas sobre este tema.

La deuda ecológica es un concepto nacido entre activistas que ahora llega a las publicaciones académicas y tal vez llegue a las políticas públicas, sorteando amenazas y sobornos como los que los negociadores de EU han prodigado, según explica Wikileaks.

Joan Martínez Alier,  catedrático de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona
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Martes, 14 Diciembre 2010 07:25

El acuerdo de Cancún: licencia para matar

El acuerdo de Cancún ha sido presentado ante la opinión pública como un avance en la lucha por enfriar el planeta. ¿Es verdad? No, no lo es. Fue un gran fracaso. Para combatir el cambio climático no hay más que una medida eficaz: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. El acuerdo aprobado en la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 16) no avanzó un solo milímetro en esta dirección.

El acuerdo de Cancún es bueno para Estados Unidos y los países desarrollados, pero es muy malo para el clima. No impide que la temperatura global aumente en más de cuatro grados centígrados. Y, como señaló con toda claridad la delegación de Bolivia, recientes reportes científicos muestran que 300 mil personas ya están muriendo cada año por los desastres relacionados con el cambio climático. Este texto amenaza con el aumento de muertes anuales a un millón.

Los compromisos de reducción de emisiones contemplados en el documento apenas alcanzan 60 por ciento de lo que el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) indica como requerimiento para que la temperatura se eleve.

El acuerdo da permiso para matar. Más que avance es un retroceso. Las naciones desarrolladas no ofrecieron nada nuevo en reducción de emisiones ni en financiación. Por el contrario, lograron abrir los candados para dar marcha atrás a los compromisos existentes, y avalar todas las rutas de escape posibles para evadir sus responsabilidades. El texto comunica textualmente que los países acuerdan que las emisiones nacionales deben tocar techo lo antes posible, pero no especifica cuál es ese techo, cuándo es lo antes posible ni qué sucede a los que no lo cumplan.

El acuerdo de Cancún crea las condiciones para vaciar de contenido el Protocolo de Kyoto. El protocolo fue aprobado en 1997 en Japón, y entró en vigor en febrero de 2005. Fija límites para la emisión de gases de efecto invernadero, vinculantes, para 37 países industrializados. Estados Unidos firmó el acuerdo, pero no lo ratificó. Los 183 países que lo ratificaron fueron responsables de menos de 55 por ciento de las emisiones de CO2 de 1990.

El documento aprobado está lleno de lagunas, confusiones deliberadas e imprecisiones. Asienta, por ejemplo, que se deben completar los trabajos para prorrogar Kyoto lo antes posible para que no haya brecha entre el primero y segundo periodo de cumplimiento, pero no dice cómo, cuándo, dónde y en qué términos. Se trata de una formulación de buena voluntad. Por ejemplo, Japón, que se había negado a seguir adelante con el segundo periodo de cumplimiento, puede alegar que salió triunfante.

El texto de Cancún abre la posibilidad de que los objetivos de disminución de gases de efecto invernadero no sean vinculantes (como lo son ahora) y su cumplimiento sea solamente voluntario, es decir, como una llamada a misa a la que asiste quien quiere. Los países –dice el texto– se comprometen a discutir las opciones legales para alcanzar un resultado acordado en 2011 en la Cumbre de Durban.

El acuerdo de Cancún fue aprobado sin consenso y con una maniobra diplomática de graves consecuencias hacia el futuro. A lo largo del plenario Bolivia expresó su desacuerdo de manera razonada. La canciller Patricia Espinosa violentó el sistema de toma de decisiones de Naciones Unidas. Este tipo de resolutivos deben ser aprobados por consenso, es decir, sin votos en contra. Así ha sido siempre. Y esa norma no fue respetada. La funcionaria mexicana rompió la regla del consenso. La violación sienta un grave precedente.

Penosamente, Bolivia no fue apoyada por los países de la Alba. La dejaron morir sola, permitieron que el gobierno mexicano la aislara. Claudia Salerno, la representante de Venezuela, apostó a convertirse en la negociadora responsable. Al final declaró: Yo puedo regresar a mi casa diciendo: tengo algo. Por supuesto no aclaró qué. Algunos representantes diplomáticos de estas naciones dijeron, extraoficialmente, que las posiciones de Evo Morales eran muy radicales y no llevaban a ningún lado, y que era necesario sacar una declaración final de compromisos.

La posición de Bolivia en favor de la justicia climática en la cumbre fue absolutamente congruente con las propuestas acordadas por 35 mil personas que asistieron a la Conferencia Mundial de los Pueblos de Cochabamba en abril de 2010. En el año transcurrido desde Copenhague, esas propuestas se integraron en el texto de negociación de las partes. Sin embargo, el texto de Cancún excluyó sistemáticamente esas voces. El resto de las naciones que integran la Alba no honraron esos compromisos, a pesar de la participación de varios mandatarios de países latinoamericanos en Cochabamba.

Una pista de los intereses presentes en el acuerdo de Cancún la brindan las declaraciones de Todd Stern, el representante de Estados Unidos. Se logró un paquete equilibrado de decisiones, dijo. Añadió: Lo que tenemos ahora es un texto que, aunque no es perfecto, es una buena base para seguir adelante.

En Cancún no hubo un pequeño paso hacia delante, como claman ONG como Oxfam. Por el contrario, se abrió la puerta a una mayor privatización y mercantilización del clima. Tal como dijo Vía Campesina: El balance es negativo para la humanidad, pues se abrieron las puertas al gran capital y a las trasnacionales para que continúen con sus negocios y sigan apostando con la vida.

Por Luis Hernández Navarro
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Sábado, 05 Junio 2010 08:48

Manchas

Las “manchas”, del más diverso tipo ganaron las primeras planas noticiosas en los últimos días. Una de las más prominentes es la ocasionada por el derrame de petróleo en el Golfo de México, que se sigue expandiendo y amenaza con convertirse para el presidente Barack Obama en algo peor que lo que fue el huracán Katrina y sus consecuencias para su antecesor George Bush. Podría decirse mucho sobre la virtual declaración de derrota del mandatario estadounidense cuando admite que no tiene medios y recursos para detener el desastre ecológico. El poderoso Estado norteamericano es incapaz de poner límite a los perjuicios causados por una empresa privada que, en busca de maximizar sus ganancias, tampoco se preocupó antes de estimar los riesgos y prevenir las medidas necesarias ante la posibilidad de una catástrofe de este tipo. No es la derrota de los Estados Unidos o de Obama en particular, sino un nuevo retroceso de la humanidad frente a la voracidad capitalista que sólo repara en la superexplotación irracional de los recursos naturales y que se nos suele presentar como “desarrollo”. El filósofo francés Edgar Morin escribió ya en el 2002 que “el desarrollo, incluso en su forma suave de desarrollo sostenible, consiste en seguir la vía que conduce al desastre”, y sostuvo sin vueltas que “hay que cambiar de vía para un nuevo comienzo” (en Morín, E., ¿Hacia el abismo?, Paidós, Buenos Aires, 2010). Tal como lo señala el analista francés, lo que está en tela de juicio es el modelo de desarrollo, y con ello la racionalidad y los equilibrios que la sociedad internacional necesita para su propia sobrevivencia. Y para este fin es evidente que no funcionan los organismos y los espacios internacionales, incluso aquellos que se adjudican la gobernanza global. En primer lugar porque el sistema internacional está viciado en sus bases: no todas las opiniones valen lo mismo ni hay condición alguna de igualdad entre los estados. Basta con advertir lo que pasa en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, actuando como un mecanismo permanente de legitimación de los abusos de los poderosos y sus aliados. Pero también en situaciones que nos atañen más directamente, como la acción abusiva de Gran Bretaña en las aguas de Malvinas. ¿Acaso alguien piensa que el pronunciamiento formal, mayoritario, recurrente y reiterado de los distintos foros internacionales a favor de la reapertura de las negociaciones por la soberanía del archipiélago entre argentinos y británicos producirá algún cambio en la posición de Londres? Pensar que ello puede ocurrir sería tan ingenuo como sostener la presunta neutralidad de Estados Unidos, en 1982 y ahora, en esa disputa.

No habría que desconectar totalmente estos episodios de lo ocurrido frente a Gaza por la irracional acción de las fuerzas armadas israelíes contra la flota de barcos encabezados por el Mavi Marmara. Es una mancha de otro tipo. Aun corriendo el riesgo de equivocación –por la distancia y las múltiples mediaciones que tiene la noticia–, casi se podría decir que la condición de “partidarios violentos del terrorismo” que Benjamin Netanyahu pretende adjudicarles a los participantes de la llamada “flota humanitaria” es un nuevo exceso verborrágico para ocultar los errores propios. Y que las armas que los israelíes denuncian que estaban a bordo de los barcos repletos de ayuda humanitaria para Gaza son tan inexistentes como las “armas químicas” que los norteamericanos usaron de pretexto para arrasar Irak y acabar con Saddam Hussein. Estados Unidos, igual que en el caso anterior pero ahora claramente a favor de sus intereses en la región, declaró también su “impotencia”: se “lamentó” por las víctimas, pero no condenó a Israel. Faltó decir que “el fin justifica los medios”, como sí lo dicen de diferentes maneras muchos representantes del Estado israelí.

En todo caso, el pueblo palestino de Gaza no puede seguir siendo otra víctima inocente del conflicto árabe-israelí. Partiendo de la condena a cualquier tipo de terrorismo, está ciertamente demostrado que el uso de la fuerza irracional, tampoco por parte de los estados, no es una vía para alcanzar la paz duradera.

Las dos manchas se conectan por un cordón umbilical: la política imperialista de los poderosos. Que son estados o empresas o una combinación de ambos. Que se expresan política y económicamente. Y que tienen como víctimas a pueblos, grupos y comunidades que son rehenes de las decisiones del poder y de sus ambiciones. Situación que sólo es posible modificar a través de una nueva forma de relaciones internacionales en las que reine una ciudadanía democrática planetaria. ¿Mirada ingenua o utópica? Seguramente tan ingenua como utópica, pero imprescindible para evitar más manchas que conduzcan a más catástrofes. Habrá que construir entonces la viabilidad para un mundo con relaciones diferentes. Es tarea de todos. Morin dice en el mismo texto citado anteriormente que “tomar conciencia de los peligros puede ser un golpe de efecto para encaminarse en la vía de la sabiduría” y que “la vía de la sabiduría requiere una toma de conciencia capital de la solidaridad humana y el destino de una comunidad planetaria” (pág. 112). Ojalá que así sea.

 Por Washington Uranga
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Domingo, 21 Junio 2009 10:59

Madre ambiente

Ecología viene del griego "oikos", casa, y "logos", conocimiento. Por tanto, es la ciencia que estudia las condiciones de la naturaleza y las relaciones entre todo lo que existe -pues todo lo que existe coexiste, pre-existe y subsiste. La ecología trata, pues, de las conexiones entre los organismos vivos, como las plantas y los animales (incluyendo los hombres y las mujeres), y su medio ambiente.

Quizás fuera más correcto, aunque no tan apropiado, hablar de ecobionomía. Biología es la ciencia del conocimiento de la vida. Ecología es más que el conocimiento de la casa en que vivimos, el planeta. Así como economía significa administración de la casa’, ecobionomía quiere decir administración de la vida en la casa’. Y es posible llamar al medio ambiente madre ambiente, pues él es nuestro suelo, nuestra raíz, nuestro alimento. De é venimos y a él volveremos.

Esta visión de interdependencia entre todos los seres de la naturaleza se perdió con la modernidad. A lo cual ayudó una interpretación equivocada de la Biblia -la idea de que Dios lo creó todo y finalmente lo entregó a los seres humanos para que "dominasen" la Tierra. El
dominio se convirtió en sinónimo de expoliación, estupro, explotación. Se buscó la manera de arrancarle al planeta el máximo de lucro. Los ríos fueron polucionados; los mares, contaminados; el aire que respiramos, envenenado.

Pero no existe separación entre la naturaleza y los seres humanos. Somos seres naturales, aunque humanos porque estamos dotados de conciencia e inteligencia. Y espirituales, porque estamos abiertos a la comunión de amor con el prójimo y con Dios.

El Universo tiene cerca de 14 mil millones de años. Y el ser humano existe hace apenas 2 millones de años. Eso significa que somos el resultado de la evolución del Universo que, como decía Teilhard de Chardin, es movida por una "energía divina".

Antes del surgimiento del hombre y la mujer, o Universo era bello, pero ciego. Un ciego no puede contemplar su propia belleza. Cuando surgimos, el Universo ganó, en nosotros, mente y ojos para mirarse en el espejo. Al mirarnos la naturaleza, es el Universo quien se mira a través de nuestros ojos. Y ve que es bello. Por eso es llamado Cosmos. Palabra griega que da también origen a la palabra cosmético -lo que imprime belleza.

La Tierra, ahora, está polucionada. Y nosotros sufrimos los efectos de su devastación, pues todo lo que hacemos se refleja en la Tierra, y todo lo que sucede en la Tierra se refleja en nosotros. Como decía Gandhi: "La Tierra satisface las necesidades de todos, menos la voracidad de los consumistas". Son los países ricos del Norte del mundo los que más
contribuyen a la contaminación del planeta. Son responsables del 80% de la contaminación, de los cuales los EUA contribuyen con el 23% e insisten en no firmar el Protocolo de Kyoto.

"Cuando el último árbol sea talado -dice un indio de los EUA-, el último río envenenado y el último pez pescado, entonces vamos a darnos cuenta de que no podemos comer dinero".

El mayor problema ambiental, hoy, no es el aire polucionado o los mares sucios. Es la amenaza de extinción de la especie humana, debido a la pobreza y a la violencia. Salvar la Tierra es liberar a las personas de todas las situaciones de injusticia y opresión.

La Amazonía brasileña es un ejemplo triste de agresión a la madre ambiente. Al comienzo del siglo XX, muchas empresas se enriquecieron con la explotación del caucho y dejaron en su lugar un rastro de miseria. En los años 1970 el multimillonario norteamericano Daniel Ludwing cercó uno de los mayores latifundios del mundo -2 millones de hectáreas- para explotar celulosa y madera, dejándonos como herencia tierra devastada y suelo agotado casi convertido en desierto. Es lo que pretende repetir, ahora, el agronegocio interesado en talar la selva para plantar soya y criar ganado.

La injusticia social produce desequilibrio ambiental y eso genera injusticia social. Con razón alertaba Chico Mendes a la economía sustentable (o sea capaz de no perjudicar a las futuras generaciones) y a la ecología centrada en la vida digna de los pueblos de la selva.

La mística bíblica nos invita a contemplar toda la Creación como obra divina. Jesús nos moviliza a la lucha en favor de la vida -de los otros, de la naturaleza, del planeta y del Universo. Dicen los Hechos de los Apóstoles: "Él no está lejos de cada uno de nosotros. Pues en Él vivimos, nos movemos y existimos. Somos de la raza del mismo Deus" (17, 28). Todo este mundo es morada divina. Debemos tener una relación complementaria con la naturaleza y con el prójimo, de los cuales dependemos para vivir y ser felices. Eso se llama amor.

(Traducción de J.L.Burguet)
Por: Frei Betto. Escritor, autor de "El amor fecunda el Universo.
Ecología y espiritualidad", junto con Marcelo Barros.
Más información: http://alainet.org
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