Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enEdición Nº279
Perdida en una casa-cárcel; lugar de realización del amor infame**

Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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30 años de Thelma & Louise, dos heroínas contra el patriarcado

El film de Ridley Scott significó un cambio de época

El guión de Callie Khouri se llevó el Oscar 1991, pero sobre todo tuvo un peso específico en los años que siguieron. Aunque todavía queda mucho por cambiar en Hollywood.

"Idea para un guión de cine: dos mujeres se lanzan a un raid criminal". En 1987, cuando escribió ese memo para sí misma, Callie Khouri estaba trabajando como asistente de producción para una compañía de Los Angeles que se dedicaba a avisos publicitarios y videoclips pop. Era el germen de una idea, pero un germen potente: darle a dos mujeres el tipo de papeles protágonicos que rompen reglas, personajes de acción que Hollywood entregaba regularmente a los hombres. "Ellas están dejando atrás su pueblo, las dos abandonando sus trabajos y sus familias", continuó. "Matan a un tipo, roban una tienda, se enganchan con un pibe más joven." A medida que Khouri iba delineando su idea, escribió el guión a mano en su casa, y lo fue tipeando en el trabajo. Cuatro años después era filmado por Ridley Scott con un presupuesto multimillonario, y con Susan Sarandon y Geena Davis en los roles principales.

Desde su estreno en mayo de 1991, Thelma & Louise se convirtió en uno de los temas de conversación más extendidos del año, y Khouri salió del asunto con un Oscar, un Bafta y un Globo de Oro bajo el brazo. En ese momento, mucha gente pensó que Hollywood cambiaría para siempre, que se estaba ingresando en una nueva era de igualdad de género en pantalla; otros sintieron que la película representaba al "feminismo tóxico" con "una temática explícitamente fascista". En los años que siguieron se volvió aún más amada, e incluso se advierte su legado en los grandes éxitos del Oscar de este año: la mujer de espíritu libre de Nomadland, la vengativa outsider de Hermosa venganza. Pero aún así, en la ola del #MeToo y con la grieta de inequidad de género en la industria, el verdadero momento Thelma & Louise de Hollywood aún está por venir.

Esa frase, "un momento Thelma & Louise", ha ingresado en el lenguaje como un despertar feminista ligado a un punto de no retorno, una película como ejemplo perfecto. La trama de Thelma & Louise empieza con un par de sacudidas que terminan conduciendo a uno de los finales más famosos de la historia del cine. Es la historia de dos mujeres de clase trabajadora en Arkansas que se disponen a hacer un viaje a las montañas, un fin de semana de libertad. Cuando paran en un bar carretero, Thelma (Davis) es asaltada sexualmente y Louise (Sarandon) le dispara en el pecho al violador. Desde ese punto las mujeres son fugitivas, conscientes de que la policía no admitirá su historia de defensa propia, que no pueden volver a casa, que solo pueden seguir adelante. A México, o adonde la ruta las lleve. 

A lo largo del camino, Thelma tiene una transformadora historia de una noche con un joven interpretado con abierto erotismo por Brad Pitt, y las dos mujeres tienen sus estocadas de venganza contra la cultura machista que las rodea: encierran a un policía estatal en el baúl de su auto, hacen volar el camión de combustible de un sórdido as del volante. "No recuerdo haberme sentido nunca tan despierta", dice Thelma, antes de que las mujeres decidan tomar su propio destino en sus manos.

"Thelma & Louise es un punto de cambio en términos de la representación de las mujeres", dice la doctora Shelley Cobb, profesora de artes visuales en la Universidad de Southampton. "Hay un cambio particular a comienzos de los '90 en el que Thelma & Louise impacta directamente. Estábamos moviéndonos fuera de las reacciones al feminismo en los ochenta, entrando a la tercera ola del movimiento, un post feminismo. Estábamos moviéndonos hacia ese período en el que tenés el regreso de una nueva clase de personaje fuerte femenino, tanto en Thelma & Louise como en Terminator 2". 

En el comienzo de la película, Thelma es una ama de casa infeliz, con un marido inmaduro y tosco que claramente la está engañando. Louise trabaja como camarera, atrapada en una relación que lentamente está yendo hacia ninguna parte. Pero en dos horas, estas mujeres se convierten en Butch y Sundance, incluso más. El guión de Khouri las transforma en las estrellas de una road movie, un western, un thriller al estilo Bonnie & Clyde, incluso una comedia de enredos. Ningún hombre viene en su rescate. En lugar de eso, Louise toma un arma y tira su lápiz de labios. Y encima de todo eso, la delicada Thelma crece en coraje, tomando el lugar de protección de Louise cuando es realmente necesario.

La deliberada mezcla de géneros en Thelma & Louise ofrece un satisfactorio cóctel de acción y humor; el trailer original sobrecargó el tono hacia lo segundo, presentando a película como algo sexy y alocado, con escenas de baile, Pitt con el torso desnudo y frases como "¡Estaremos tomando margaritas junto al mar, mamacita!". Para la historiadora fílmica del feminismo Maggie Hennefeld, de la Universidad de Minnesota, el humor del film es una de sus fortalezas clave: "Thelma & Louise se alimenta a la vez de las tendencias más conservadoras del género de comedia romántica y el incisivo absurdo del humor negro", dice. "Incluso sus raptos de violencia feminista retributiva provocan risas: son abruptas, sorprendentes, y revelan el absurdo de un mundo que sigue poniendo a los personajes femeninos en las situaciones más imposibles y desagradables." Para el caso, la chisporroteante rabia del camionero cuando su tanque explota, o la seca explicación de Louise al policía estatal que acaba de incapacitar: "Mi marido no fue dulce conmigo, mire en lo que me convertí."

El director Ridley Scott tuvo un rol clave en cómo se habla sobre la representación de las mujeres en pantalla. En una célebre tira cómica de 1985 de Alison Bechdel, Alien es la única película que su protagonista ha sido capaz de ver en años, la única que pasa su estricto test: el film debe tener al menos dos mujeres, y que hablen entre ellas de "algo además de un hombre". Thelma & Louise cimentó la reputación de Scott como un peso pesado de Hollywood que podía asumir temas feministas. Puede verse su toque en el esplendor visual de la película, incluyendo esos interminables paisajes desérticos y la "armada" que rodea a nuestras heroínas en el final. El aspecto general es juguetón, basta mirar el modo en que Pitt aparece jugando con una manguera. Pero hay que tener mucho cuidado en no deslucir el crédito de la guionista Khouri. "La veo como una película de Callie Khouri, especialmente cuando se la pone junto a otras cosas que ha escrito y hecho", dice Cobb. "Todo, desde la manera en que vuela el camión a la idea de Brad Pitt como una figurita para ver e imitar, a la idea de que una aventura de una noche es aceptable en una mujer. El guión es muy, muy importante."

Khouri pasó a dirigir películas protagonizadas por mujeres como Divinos secretos y, más recientemente, creó la exitosa serie televisiva Nashville. Davis definió a Khouri como "una revolucionaria", porque "crea personajes que están a cargo de su propio destino, hasta el final. Mujeres dueñas de sí mismas." Y en Thelma & Louise hay algo más que acción y risas. Es una película también profundamente desafiante sobre la cultura de la violación, algo que muchas de las personas entrevistadas por Jennifer Townsend en su perspicaz documental de 2017 Catching Sight of Thelma & Louise analizan a fondo. Townsend revisita a hombres y mujeres que llenaron un cuestionario de investigación sobre la película en su estreno original. Una mujer recuerda su propio matrimonio, y declara: "Hay muchas más Thelmas ahí fuera de lo que la gente imagina". Otra entrevistada llamada Christi llora mientras señala que la cultura de la violación no ha cambiado desde 1991.

En la brutal escena del intento de violación, Louise interrumpe el ataque a Thelma. Pero ella no le dispara al atacante en el acto, le dispara cuando éste no muestra ningún remordimiento por el crimen. El incidente que criminaliza a Louise no es presumiblemente el ataque en el estacionamiento, sino algo que no se nombra y que le pasó a ella en Texas algunos años antes del comienzo de los hechos del film. Nunca es explicado del todo, aunque Thelma trata de adivinarlo; pero sea lo que sea es algo tan terrible que las fugitivas desvían su viaje a México para evitar al estado más grande del país, porque ella no puede ni siquiera retornar allí.

Para Cobb, escribir sobre la experencia de Louise en Texas es lo que lleva la película a otro nivel. "Crea el género de carretera para ellas, porque esa es la razón por la que terminan tanto tiempo en la ruta, no pueden atravesar Texas. Eso es lo que las convierte en fuera de la ley." Y ella elogia el guión por no detallarlo, dándole al público espacio para imaginar qué puede haber sido tan traumático para hacer que un estado quede fuera de los límites. Sarandon ha dicho que el ángulo de Texas pareció ser pasado por alto por mucha gente en el estreno. "Cuando apareció, en realidad la gente pareció no darse cuenta de la violación", dijo el año pasado. "Ahora la ves y si estás un poco al tanto sabés de qué está hablando ella, y que tuvo este flashback del ataque que sufrió. Pero recuerdo haber tenido que clarificarlo en su momento."

Khouri fue la única persona que ganó el Oscar por Thelma & Louise, aunque ambos papeles protagónicos y Scott también estuvieron nominados. La película que arrasó con todo en los premios de ese año fue El silencio de los inocentes, otro film en el que una protagonista femenina confronta a la violencia masculina. La estrella del film de Jonathan Demme, Jodie Foster, fue una de las primeras actrices seleccionadas para el elenco de Thelma & Louise, junto a Michelle Pfeiffer. Goldie Hawn y Meryl Streep también estuvieron a punto de subirse juntas al Thunderbird: en lugar de eso hicieron La muerte le sienta bien.

Puede ponerse de esta manera: parece que el comienzo delos años '90 estaba dándole forma a un momento de explosión para las creativas mujeres de Hollywood. Pero nunca debe subestimarse el poder de la reacción. Hubo mucho de eso, incluyendo al periodista John Leo, quien sostuvo lo del "feminismo tóxico" en la revista Time; también quienes la vieron como gratuitamente violenta (a pesar del hecho de que en la película solo hay un muerto), y a sus personajes masculinos como caricaturas poco realistas. No vale la pena apuntar la avalancha de películas de acción de Hollywood en las que los hombres son excesivamente violentos, y los personajes femeninos de reparto están apenas bosquejados. El guión de Khouri no trata de jugar con armas, sino de resistir la opresión. "Me quedo cualquier día con el 'feminismo tóxico' del robo a una tienda, la venganza contra una violación, el camión que explota, antes que con el neoliberalismo, la justificación y el feminismo falso", dice Hennefeld. "Pelear contra el patriarcado significa pegar algunos codazos."

Cuando Thelma y Louise toman la decisión de saltar es una condena al Estados Unidos contemporáneo, y especialmente a las fuerzas de la ley y el orden del establishment que no les ofrecen ninguna protección: un tema de la película que resuena de manera aún más poderosa en 2021. "Ellas ya fueron defraudadas y dejadas fuera del sueño americano", dice Cobb. "Salen a la ruta para tener una vacación de sus vidas habituales, pero el patriarcado aparece donde vayan, y su falta de femineidad de clase media solo empeora la confrontación con la policía, el símbolo definitivo de la autoridad institucional. No tienen salida."

Davis tuvo algo que decir sobre los detractores: "Si te sentís amenazado por esta película es que te estás identificando con la persona equivocada." Lo que conforma un potente argumento sobre la representación en pantalla: algunos públicos están tan acostumbrados a los hombres en papeles protagónicos que se identifican con ellos, aunque no sean orotagonistas. O, para ponerlo de manera más brutal: los sexistas no pueden poner su cabeza en esta película. Desde que interpretó a Thelma, Davis ha estado luchando por mejores papeles para mujeres en el cine mainstream. Recientemente dijo que Thelma & Louise "cambió para siempre la manera en que considero qué papeles tomar. Pienso en qué dirán las mujeres del público cuando vean la película." En 2004 fundó el Geena Davis Institute on Gender in Media, una organización cuyo objetivo es mejorar la representación de las mujeres en cine y televisión. Y ha sido muy expresiva en demandar cambios en la industria, un cambio que aún no ha ocurrido. "Por las reacciones de la prensa sobre Thelma & Louise,pensé que todo iba a cambiar, y que tendríamos muchas más protagonistas femeninas en películas, y estaba encantada", ha dicho. "Hubo varias oportunidades en las que salieron películas por las que la gente aseguró que las cosas iban a cambiar, pero no fue así."

Thelma & Louise no es una película que aliente a mirar atrás, pero el 30° aniversario es una buena razón para celebrar una película que contrabandea una crítica feminista dentro de una colección de género de Hollywood. Una película sobre un despertar feminista, que le dio a las mujeres un lugar protagónico con poder de fuego, deseo y complejas vidas interiores. Thelma & Louise no es un film radicalmente feminista, pero  sí genera un espacio para una nueva especie de película comercial que empuja las fronteras un poco más allá. Películas en las que las mujeres no tienen que morir segundos después de darse un beso, películas en las que las sobrevivientes pueden liberarse del trauma, películas en las que las mujeres están a cargo de su destino hasta el final.

"Lo que amo, sobre todo, es lo que llegó a significar para el público femenino a través de los años", dice Hennefeld. "Dispara la imaginación hacia la demanda de un mundo diferente". Y a veces hay que seguir el camino, te lleve a donde te lleve. Aun cuando te lleve a lo desconocido.

Por Pamela Hutchinson

26 de mayo de 2021

"Idea para un guión

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Publicado enCultura
Jueves, 13 Agosto 2020 05:36

La culpa y ¿el perdón?

La culpa y ¿el perdón?

A veces, la consulta nos acerca un problema para el que podemos pensar una solución o imaginar un acompañamiento para los consultantes. Raramente una certeza es la respuesta tranquilizadora. Pero nuestros saberes estallan cuando el asombro nos deja sin palabras, porque la conducta humana puede alterar sus decisiones hacia un lado o hacia otro, en un giroscopio demencial, proponiendo argumentos semejantes y equivalentes para avalar una u otra elección.

La consultante era una mujer de 58 años, madre de una muchacha de 22. Según refirió, la relación entre ambas siempre había sido muy buena. Compañeras, se contaban todo, según sostenía la señora sin desconfiar (aunque es razonable suponer que los hijos no hacen eso, porque son personas independientes). Incluso la presencia de Carlos, el novio de la muchacha, había sido bien recibida. ¿Y el padre? Ese era el problema. Por denuncia de la madre, él había debido cumplir varios años de cárcel por abuso sexual con agravante carnal (violación) contra la hija, cuando ella era niña. En ese momento, en libertad, había vuelto a tomar contacto con la joven, a pesar de la oposición de la madre, indignada con el hecho de que reiniciaran su trato. Esta es una estrategia conocida; una vez cumplida la pena, los violadores regresan para conectarse con sus hijos.

Ese asunto había sido motivo de un roce entre las mujeres, que no volvieron a abordarlo después de esa primera vez. La consulta materna se debía a que la hija había decidido casarse con Carlos; la familia de él planeaba una ceremonia religiosa clásica: el padre de la novia ingresaría a la iglesia del brazo de su hija y detrás, la madrina... la madre, la denunciante del violador. El novio y su familia desconocían las circunstancias previas. La jovencita rogaba a su mamá que no se opusiera a esta planificación, porque la haría muy desgraciada: al fin y al cabo, ella había perdonado a su padre violador. ¿Por qué la madre no podría hacer lo mismo y vestirse de madrina para acompañarla? Así de sencillo era: solo se trataba del inmenso, universal problema de la culpa y el perdón. Desconcertada, la señora, que no quería hacer sufrir a su hija, tampoco lograba superar el dolor de que esa joven mujer olvidara sus dolorosas declaraciones infantiles relativas al abuso con acceso carnal del que la hiciera víctima su padre. El mismo que ahora pretendía ingresar de su brazo a la iglesia, asumiendo lo que ella denominaba perdón. ¿O quizá lo que la novia anhelaba era vivir la ilusión de llevar un traje blanco, con un novio ingenuo que la esperara en el altar? Porque esa familia ignoraba los antecedentes de su padre. La consultante se preguntaba si debía esclarecer esto con ellos, aunque arriesgara perder a su hija. ¿Qué pasaría en ese caso con su vínculo con la joven? ¿Y si perdonara al miserable al que años atrás había denunciado y enviado a la cárcel? De solo considerarlo, el asco la consumía.

¿Era injusto no perdonar? ¿Y si en, los avatares de los años, el padre se hubiese arrepentido y buscara genuinamente el perdón de su hija? ¿Qué experiencias tenemos con violadores que han cumplido su condena? Sabemos que, en libertad, vuelven a violar... ¿Deberíamos dar por válida la supuesta redención del personaje? O sea, creer en un violador que ni siquiera se había expresado al respecto, porque solo había reaparecido en el justo momento en que podía incorporarse a la vida de la hija. Una clave residiría en la honradez de la muchacha que asumiría el sagrado sacramento del matrimonio (ya que así lo creía ella) a partir de un ocultamiento grave que acallaba el conflicto. Pero esa joven no hablaría mientras se contara a sí misma que había perdonado a su padre; así crucificaba a su madre, horrorizada por la situación de mentira. La situación sería muy diferente si ella reconociera la verdad ante la familia de Carlos y a ellos no les importara incorporar al violador con sanción cumplida. Esto, ¿sería viable? El novio, ¿podría perdonar a su novia este silencio y olvidaría que su mujer fue atacada y violada por su padre desde los seis años de edad?

Cualquier hipótesis es válida, pero el núcleo incandescente de la cuestión se recorta sin salida y reside en la angustiosa duda personal. ¿Cuándo decidir en favor de la culpa y cuándo del perdón?

Los cristianos se proveyeron de un rezo que les garantiza una salida: el Padrenuestro. Jesús murió perdonando. O sea, en ese ámbito parecería haber respuestas, pero filosóficamente sabemos que la duda impregna la elección. ¿Hacer las paces con los violadores, que pueden ser reincidentes? ¿Hay hechos imperdonables? ¿Es posible lograr la paz mediante el perdón? En este caso, esta madre consultante, ¿debería aceptar vestirse como madrina para esa boda?

Semejante dilema no puede quedar en manos de la modista. Ese padre está sobrando y la joven novia tendrá que crecer, tanto como afirma haber crecido para elegir un perdón más allá de la Ley que sancionó duramente al padre con varios años de cárcel, para quien no hubo contemplaciones a la hora de medir la culpa.

¿Qué le digo a esa mujer desfalleciente ante la duda? Ella sabe que tiene razón y que el amor por su hija no titubeó cuando la joven era niña y con su denuncia la dejó sin padre. Ahora tendrá que volver a elegir, arriesgando dejarla sin matrimonio, como una mujer que no oculta su verdad.

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Domingo, 22 Marzo 2020 06:25

Elogio del riesgo  

Elogio del riesgo  

“Vivir es una invención arrancada del terror”, escribe Anne Dufourmantelle (París, 1964). Encendida opositora de la obediencia, filósofa y psicoanalista, escarba con pasión en las miserias emocionales de hombres y mujeres de clase media urbana bajo el capitalismo. “Un terror que algunos apaciguan entre brazos siempre distintos, otros en el alcohol, otros aún en una hiperactividad enfermiza: los seres son desiguales ante la angustia”. Nada más tramposo que la mentalidad del autoayudismo asustado y narcisista, plantea. Vivir ya es un riesgo, opina. Y sale al cruce de la conformidad con uno mismo, esa profusión de libros que forman el mercado mundial del reaseguramiento en un mundo donde no hay nada seguro. Nada más lejos del publicitado riesgo cero. Si Dufourmantelle carga contra los tabúes individuales, no menos va contra los sociales. Por ejemplo, en su “Trabajar, el undécimo mandamiento”, dispara: “El trabajo libera son palabras de siniestra memoria. En nuestras sociedades democráticas llamadas liberales, el trabajo es aquello sobre lo que reposa todo el sistema económico-político de la deuda. ¿Qué libertad permite esta sociedad a los individuos que preferirían no hacerlo? El imperativo, repetido desde el jardín de infancia hasta la vejez, que dicta que el trabajo es aquello que nos hará libres, ¿nos deja aún la opción de aceptarlo o de rechazarlo? De ahí se deriva —y de esto soy testigo como psicoanalista— una falta afectiva que mina a los seres hasta conducirlos, en ocasiones, a querer salir del juego”.

Dufourmantelle se aparta de los rebusques del hermetismo y prefiere la claridad. Su prosa es capaz de irrumpir en medio de un razonamiento discursivo con una frase cortante, una imagen que, con la potencia de la metáfora, descubre otra cosa, una que acechaba en lo reprimido y no podía ser expresada de otra forma. Y pregunta: “¿Por qué será que la extrañeza del mundo deja a ciertos seres como desollados en vida? Muchas veces éstos se vuelven creadores, a menos que sucumban – la angustia es insoportable en altas dosis o cuando dura demasiado tiempo – o bien abdiquen inmediatamente, se agarren de un objeto balsa (la botella, la jeringa, la crisis), único proveedor de esa posibilidad de un refugio que no han recibido o no han sabido recibir en la cuna. ¿Y por qué será que otros parecen haber sido inmunizados desde el nacimiento?” A Dufourmantelle no le intimida arriesgarse en sus intervenciones clínicas mediante la formulación de interrogantes tanto cuando se encuentra ante un paciente o en la situación silenciosa y meditativa de la escritura. Y sí, la escritura es esencial, constitutiva en ella. Reflexionando, anota que “el gesto de la escritura se parece a un deshechizo, a una promesa de fidelidad, pero, ¿a quién? ¿Lo sabrá el escritor en el instante en que escribe?”. Otra reflexión: “Contra la extrañeza del mundo, la escritura inventa un lenguaje para traducir lo intraducible, para hacer oír lo innombrable e intentar inscribir en él una forma nueva. Así nace una lengua propia, para parafrasear a Virginia Woolf, un recinto particular donde el sujeto a cubierto por un tiempo ha negociado su paso en la tormenta de lo real”. Importa señalarlo, además de haber escrito un ensayo sobre la hospitalidad con Jacques Derrida, Dufourmantelle ha publicado novelas.

La literatura, define, es la búsqueda de la belleza, “una parte desnuda del mundo que se nos revela”. Y escribe: “Seamos o no creyentes, la belleza abre un espacio a la trascendencia, o por lo menos a aquello que señala hacia lo que posibilita. Alcanza nuestro caos interior en la aflicción de nuestra relación con nosotros mismos, la desherencia de lo que dejamos al abandono”. No obstante, no es ingenua y va contra la idea de lo bello como salvación. “Hay en la belleza un espanto del que ha hablado toda una literatura. Aquello hacia lo cual nos señala desiste al mismo tiempo completamente”.

El año pasado, en una librería, encontré su “En caso de amor”, un pequeño tratado de psicopatología amorosa contemporánea, relaciones devastadas traducidas en una serie de ensayos provenientes de su labor clínica, pero no sólo. Si “En caso de amor” me impresionó, apenas al hojearlo, se debió a su estilo, eso que decía al principio, una legibilidad infrecuente en la escritura psi, por lo general engrupida. Sus temas: humillaciones, derrotas, vergüenzas, culpas, secretos que se resisten a la luz. Este es su material de trabajo y sus experiencias pueden leerse tanto como con un interés psi como de simple y pura curiosidad ficcional. ¿Acaso la novela familiar, esa que nos inventamos para seguir aguantando y aguantándonos, no es una ficción?

Con sólo leer uno de sus nuevos –nuevos para nosotros– breves y punzantes ensayos del 2011 que integran “Elogio del riesgo” uno ya se da cuenta con qué clase de inteligencia está entrando en tránsito, porque, hay que decirlo, Dufourmantelle exige eso, dejarse llevar, estar dispuesto a una introspección cuestionadora, ser otro, sentir de pronto que le tiraron a uno de la alfombra o como proponía Wittgenstein, al llegar a lo alto de la escalera, en el último peldaño, animarse a patearla sin tener de qué agarrarse. Pero, me pregunto, ¿acaso no es esta la impresión del comienzo desconcertante de un tratamiento, animarse a la primera sesión?

“La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros los vivos, corremos” escribe. Le importa dejar en claro que no se trata de otra cosa que arriesgarla. “Vivimos bajo anestesia local, envueltos en celofán, buscando desesperadamente una sustancia o un amor que pueda despertarnos sin asustarnos”. En esto coincide con Kierkegaard: somos nuestros propios enterradores. Entonces, nos desafía, por qué no arriesgar el porvenir. Su coherencia es profunda. Y sus apuestas al riesgo deben ser leídas como proféticas, un saber por anticipado acerca de cuál será su destino, un destino que sólo se puede captar desde la responsabilidad de la elección y reside, como en lo escritural, en una decisión ante una circunstancia que, como en una tragedia griega, no parece fortuita. Que este libro tan deslumbrante y sabio como su angustia existencial se titule “Elogio del riesgo” cobra un sentido admirable al enterarnos cómo terminó sus días. En julio de 2017, a los cincuenta y tres años, estaba en una playa de la Riviera cuando cambió el clima y el área de nado se volvió peligrosa. Divisó a dos chicos de una pareja amiga en peligro y, sin vacilar, se lanzó al mar. Logró salvarlos, pero sufrió un paro cardíaco. Unos rescatistas la sacaron inconsciente del agua y trataron de reanimarla pero no lo lograron. Los chicos sobrevivieron. 

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Martes, 12 Noviembre 2019 06:29

La revolución de Silvia Federici

La revolución de Silvia Federici

Sobre los planteamientos de la feminista anticapitalista Silvia Federici

En estos años convulsionados de los feminismos en América Latina, las palabras de Silvia Federici resuenan en talleres y asambleas. Se han hilado con murales y cantos creados en calles desbordadas: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” se teje con su investigación sobre la caza de brujas. “No es amor, es trabajo no pago” es una de las consignas en los paros internacionales del 8 de marzo.

La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común, (1) publicado este año en Montevideo, reúne una serie de artículos que Federici escribió en la primera década del siglo XXI. Si su libro Calibán y la bruja nos permite una mirada larga sobre las luchas de las mujeres en la “transición” del feudalismo al capitalismo, ubicando la caza de brujas de los siglos XVI y XVII como suceso fundante y política de guerra contra ellas y las comunidades, esta compilación propone una lectura feminista sobre los problemas y los desafíos actuales para pensar la transformación desde la reproducción social.  

Feminista comunera  

En un artículo sobre la obra de Federici, Raquel Gutiérrez (2) la define como feminista comunera, poniendo de relieve una forma particular de entender las prácticas feministas. Federici comprende el feminismo como la lucha contra la opresión y la explotación desde la reproducción de la vida y los esfuerzos por “producir lo común”, concepto que refiere a las relaciones de cooperación que colocan la vida en el centro y no están plenamente subordinadas a las lógicas dominantes. 

Su pensamiento desordena las formas canónicas de comprender la transformación social, da pistas para recrear nuestros puntos de partida y nuestros anhelos. No se trata de una perspectiva abstracta, deslocalizada y descarnada que se desentiende de los procesos de lucha concretos; por el contrario, piensa desde las luchas.  

Sus indagaciones sobre el trabajo doméstico –históricamente invisibilizado y considerado no trabajo– habilitaron una comprensión más amplia sobre la noción misma de trabajo y los rasgos de la división sexual del trabajo. Asimismo, permitieron comprender que el mundo reproductivo es clave en el sostenimiento de la esfera productiva, ya que allí se (re)produce la fuerza de trabajo. 

Por lo tanto, Federici plantea que “el reconocimiento del trabajo doméstico ha posibilitado la comprensión de que el capitalismo se sustenta en la producción de un tipo determinado de trabajadores –y, en consecuencia, de un determinado modelo de familia, sexualidad y procreación–, lo que ha conducido a redefinir la esfera privada como una esfera de relaciones de producción y como terreno para las luchas anticapitalistas”. 

La reproducción social, tema central de La revolución feminista inacabada, refiere a “los múltiples espacios donde se producen y reproducen los alimentos, donde se cuida, se capta y se usa el agua, donde se genera y gestiona la vida cotidiana, se crían las nuevas generaciones y se dota de sentido a la existencia”.  

El debate sobre el trabajo reproductivo y su invisibilización es una de las críticas feministas centrales al pensamiento de Marx. Esta crítica es retomada en el libro. A partir del mundo reproductivo, la autora hace una lectura de la crisis actual de la reproducción social en la economía global y los desafíos que se abren para la lucha feminista en este escenario. Se plantea, entonces, un importante desplazamiento desde la producción de bienes y mercancías hasta la reproducción de la vida como centro, revolucionando así el modo de entender la transformación. 

No obstante, este desplazamiento no se desentiende de las viejas preguntas acerca de qué cambios sociales precisamos: las reordena a partir de otro punto de partida, en el que la pregunta fundamental es cómo nos reapropiamos y recreamos las condiciones para la reproducción de la vida. Esto conlleva un segundo desplazamiento, que es desbordar el binomio Estado ‑ mercado para visibilizar otro terreno: las relaciones sociales de cooperación o prácticas de producción de común. 

Federici insiste en que no hay común sin comunidad y recuerda que nadie está dispuesto a luchar sin una comunidad que le dé sustento. En su pensamiento lo común no se reduce a los bienes comunes, sino que se piensa como relaciones sociales de cooperación que se heredan o recrean, y nos permiten sostener la vida y desplegar luchas: “Lo que necesitamos es un resurgimiento y un nuevo impulso de las luchas colectivas sobre la reproducción, reclamar el control sobre las condiciones materiales de nuestra reproducción y crear nuevas formas de cooperación que escapen a la lógica del capital y del mercado. Esto no es una utopía, sino que se trata de un proceso ya en marcha en muchas partes del planeta y con posibilidades de expandirse”.  

Una revolución inacabada  

El libro se interesa también por las formas de resistencia de las mujeres y por cómo las luchas feministas hacen frente al despojo producido por la globalización. Federici recuerda que las mujeres protagonizan la resistencia ante el ataque sistemático a las condiciones materiales de la reproducción social. Por eso la globalización es, en esencia, una guerra contra ellas. 

La autora invita a hacer una lectura política de este proceso, como respuesta al ciclo de luchas que en los sesenta y los setenta cuestionó tanto la división internacional como la división sexual del trabajo, lo que causó una crisis histórica para la ganancia del capital y dio lugar a una revolución social y cultural. Las mujeres protagonizaron ese tiempo de revueltas, por lo que “no es accidental que todos los programas relacionados con la globalización hayan hecho de las mujeres su blanco principal”. 

El ajuste estructural ha destruido la subsistencia de las mujeres, que han sido desplazadas de la agricultura, el empleo público, los servicios sociales, al tiempo que han sido empujadas a trabajos esclavizantes y han pagado con su salud la mínima autonomía que logran conseguir al acceder a un salario. De este modo, los planes de ajuste recaen sobre las mismas mujeres que luego las políticas de las agencias internacionales y estatales pretenden salvar, colocándolas previamente en el lugar de víctimas, lo que posibilita la posterior cooptación política a través de programas en clave capitalista.  

A partir de este diagnóstico, Federici hace una lectura crítica de las expresiones del feminismo liberal que optan por la estrategia de la participación política y la incursión en las instituciones. Sostiene que la globalización es especialmente catastrófica para las mujeres, no porque sea dirigida por agencias con predominio masculino, sino por sus propios objetivos. 

Advierte que los intentos de mejorar la condición de las mujeres incorporando en los organismos una “perspectiva de género” tienen además un “efecto mistificador, al permitir a estas agencias cooptar las luchas que realizan las mujeres contra la agenda neoliberal”. Por lo tanto, es necesario luchar contra la globalización capitalista y las agencias y los organismos internacionales que la impulsan. 

Federici no se opone a exigir políticas de resarcimiento en lo inmediato, pero afirma que en el largo plazo las feministas tenemos que reconocer que no podemos esperar ninguna mejora sustantiva de nuestras condiciones de vida proveniente del capitalismo. Recuerda que “si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la sobrevivencia de relaciones capitalistas, este debe ser nuestro terreno de lucha”, y agrega que “la liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específicas, empezando con el control sobre los medios básicos de producción y subsistencia”.  

En el libro se abordan desafíos y problemas políticos que dialogan e iluminan nuestras prácticas de hoy. Pensar lo común como alternativa al binomio Estado ‑ mercado abre un horizonte de deseo nuevo, distinto para nuestras luchas. Nos invita a disponer de nuestra energía no sólo en la demanda, sino en la construcción aquí y ahora de esos otros mundos con los que soñamos. Ubicar la reproducción de la vida en el centro nos permite ver que nuestra capacidad de crear y cuidar es lo que sostiene el mundo, y si podemos sostenerlo, podemos transformarlo.

 

Notas

(1) Silvia Federici (2019). La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común. Montevideo: Minervas Ediciones

(2) Mexicana. Matemática, filósofa y socióloga. Fue parte del levantamiento popular ‑ comunitario conocido como “guerra del agua”, que aconteció en Cochabamba en 2000. 

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“La riqueza infinita en un mundo finito no es posible”

El pensador afirma que es falsa la promesa del capitalismo de un acceso a una riqueza ilimitada. Además declara que el amor está en peligro. A la vez, se siente esperanzado por las nuevas formas de ciudadanía que buscan combatir las desigualdades.

 Somos hijos de un delirio, que a su vez fecundó otros. El inicial se creó en Occidente y sus descendientes se expandieron por todo el mundo con el capitalismo como bandera. Casi no existe esfera que no haya sido contaminada por ese delirio que preside el destino del mundo. El filósofo francés Dany Robert Dufour, profesor de Ciencias de la Educación de la Universidad París VIII, ha trazado el itinerario de ese delirio y escaneado sus implicaciones nefastas en su libro El delirio Occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio (MRA Ediciones, Barcelona). Dufour es un sabio fiel a sus ideas, un tipo lleno de bondad y lucidez humanista. El ensayo es un extraordinario alegato contra el productivismo y la tecno dictadura así como una minuciosa desconstrucción de los mitos positivos del liberalismo: no libera sino que crea dependencias, no construye sino que destruye acumulando basura y desigualdad. 

Dany Robert Dufour tiene una obra filosófica muy rica consagrada a la amoralidad del liberalismo y sus consecuencias sobre el ser humano. En 2011, con su ensayo L’individu qui vient... après le libéralisme (El individuo que viene… después del liberalismo) Dufour se interrogaba sobre la forma de resistir a opresión liberal y sobre qué tipo de individuo vendría después. Ahora, con El delirio occidental, Dany Robert Dufour, nos habla de un individuo embrujado por ese delirio occidental. La reflexión la completa con otro ensayo de título exquisito y esperanzador: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”. En esta entrevista con PáginaI12 en París, el filósofo francés desenvuelve la red que nos captura y abre un par de ventanas hacia la emancipación.


–Su libro El delirio occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio aborda la dimensión predadora de Occidente y su capacidad de seducir, a pesar de que es un obvio modelo de destrucción. El origen filosófico de este delirio ha llevado al mundo a la fase de extinción de la que tanto se habla.


–El término delirio se aplica generalmente al campo de la psicología individual. Pero no hay que olvidar que el delirio forma una pareja con la razón. La racionalidad occidental nació con el filósofo Descartes en la primera parte del Siglo XVII. En su célebre libro El discurso del método, Descartes anuncia que las ciencias deben dejar de ser contemplativas para volverse activas. Ello tendrá como consecuencia el hecho de que los seres humanos van a convertirse en amos y dueños de la naturaleza. Es allí donde la razón occidental se vuelve delirante. Nuestro punto de partida es la naturaleza, somos parte de ella y no los amos. La pretensión de extraerse de la naturaleza crea una suerte de delirio de potencia y de grandeza. El capitalismo deriva de esa concepción cuando se dota de los medios de actuar en el mundo con su promesa de sacar al mundo del régimen de la penuria para ingresar en un mundo de abundancia. El capitalismo terminó produciendo un montón de esos artificios de los que hablaba Descartes, es decir, objetos manufacturados para el consumo. Es, de hecho, una promesa delirante con el fin de gozar de un montón de objetos destinados a ampliar la vida, nuestra presencia en el mundo y nuestro poder sobre él. Nos damos cuenta de que ese delirio que quiso controlar el mundo lo ha estado más bien destruyendo. Ha destruido nuestra relación con la naturaleza y los principales parámetros de los ecosistemas que regulan la vida en la tierra. Ese es el comienzo de la razón delirante. La promesa incumplible e insostenible del capitalismo se ha plasmado con el capitalismo del consumo, el cual, a su vez, destruye las bases de la vida. Se trata de un delirio occidental porque nació en Occidente pero terminó arrasando en todo el mundo. El corazón del capitalismo moderno remite al término griego de pleonexia, o sea, el apetito insaciable de poseer siempre más. Por eso los filósofos de la Grecia antigua recomendaban contener la pleonexia. Es preciso controlar esa dimensión que forma parte de la vida humana porque resulta muy destructiva. La promesa del capitalismo de un acceso a la riqueza infinita es falsa. La riqueza infinita en un mundo finito no es posible.

–Usted rescata una sensación contradictoria que afecta a los seres humanos inmersos en este delirio de consumo: el desencanto, la impotencia, lo que usted llama “la melancolía generacional de Occidente”.

–Ocurre que en el momento en que tenemos todo, nos damos cuenta de que no tenemos gran cosa. Tenemos objetos, posibilidades, tenemos diversiones, etc, etc. Pero desde el punto de vista del ser, hay algo que no está colmado. La multiplicación de las posesiones no nos llena. La dimensión fundamental del ser humano no está colmada, satisfecha. Hay entonces una melancolía porque percibimos que nos estamos perdiendo algo. La vida no consiste en poseer objetos manufacturados sino en fabricarlos nosotros mismos. Esos objetos pueden ser nuestros libros, nuestros cuadros, nuestras redes de amigos, nuestro lenguaje. Pero el mercado ofrece objetos manufacturados sin subjetividad. Fabricar nuestros propios objetos significa que hace falta un sujeto para fabricarlos, y ese sujeto soy yo. El trabajo moderno carece de subjetividad, está industrializado, instrumentalizado, parcelado, es meramente utilitario. Es delirante. De ello proviene la melancolía de la población. Hay mucho, pero no tenemos nada.

–Trabajo, ocio, amor: el delirio de Occidente contaminó cada espacio de nuestra vida. El amor es casi el único objeto revolucionario que nos queda, pero también está amenazado por la idea de marcado.


–Los efectos del delirio occidental en el trabajo lo acabamos de abordar. Y en lo que atañe al ocio, el delirio de Occidente lo pervierte porque el espacio del ocio se convirtió en un espacio de diversión y no de tiempo de trabajo para uno mismo y sobre uno mismo. Y el amor, que es lo más sorprendente y bello que hay en la vida, ha sido pervertido y reemplazado por la pornografía contemporánea de las satisfacciones. Ya no necesitamos encontrar a alguien para construir algo con él. El espacio amoroso está saturado por un mercado pornográfico que empieza a actuar desde la adolescencia con la meta de la eficacia sexual. Se olvida que, de pronto, hay algo más que se puede construir más allá de los objetos de satisfacción o de puro placer. El amor ha sido dañado por el delirio occidental. El amor está en peligro.


–La conquista occidental del mundo, la invasión del mercado como regulador de todo, no parece tener límite. Ha penetrado incluso a sociedades que contaban con su propia filosofía, con su propia cosmovisión. ¿Cómo se explica esa extraordinaria contaminación de todas las conciencias?.


–Las burguesías internacionales imponen sus modelos. Creo que si las poblaciones han sido receptivas a esta propuesta del capitalismo se debe, en parte, a que estas culturas posmodernas, esas culturas que acceden a un capitalismo tardío y su promesa de liberación absoluta, creen igualmente en la promesa de salir de los cercos morales heredados de las culturas clásicas o antiguas.¡Olviden todo y prueben la verdadera liberación del capitalismo, donde todo está autorizado y permitido!. El capitalismo funciona siempre así: promete una liberación que luego conduce a nuevas alienaciones. Fíjese la historia del cigarrillo y la liberación de la mujer. En 1929, los productores de cigarrillos estaban muy enojados porque la mitad de la humanidad, o sea las mujeres, no fumaba. Le encargaron una campaña a Edward Bernays, que era un sobrino de Freud. La campaña publicitaria de Bernays consistió en decir que el cigarrillo era una empresa de liberación de la mujer porque permitía que las mujeres se apoderaran de un objeto masculino. ¡ Fumando se volvían autónomas, liberadas con un tóxico mortal !. El modelo de liberación ofrecido por todos los objetos manufacturados no hace más que producir nuevas adicciones.

–Lo más escatológico es que, cuando más produce el capitalismo, más basura se acumula.

–Toda esta súper producción termina en basura que está cubriendo el mundo. Además del delirio, en el capitalismo hay una dimensión perversa. En la perversión, incluida la perversión freudiana, el primer estado de la perversión es el estado sádico-anal. Cambiamos mierda por algo, y ese algo se convierte en dinero y con él entramos en un ciclo infinito de dinero. Pero, al final, de ese ciclo, lo único que hay es mierda y basura. La misma que está recubriendo el mundo y con la cual no sabemos qué hacer. En los océanos hay continentes enteros de plástico que se desplazan por el mar. Los objetos tienen una obsolescencia programada. Continuamente los renovamos por otros que, a su vez, se vuelven basura. El límite moral del capitalismo fue hecho añicos. Pero desde ahora nos enfrentamos a un límite natural. El mundo no puede absorber más la masa de producción, todo el flujo de basura que perturba cada uno de los ciclos y altera la vida misma. No podemos continuar. Estamos en un sistema que nos conduce al abismo y no sabemos cómo detenerlo. En este momento estamos en la fase de frenesí del consumo. Pronto llegará la época del pánico.

–Y sin embargo, pese al panorama, su ultimo ensayo es un canto paradójico a la vida: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”.


–Bueno, lo primero: es una frase de Marx. Efectivamente, estamos no sólo en el delirio occidental sino que, encima, ese delirio suscita otros delirios. Políticamente hay tres. Uno: el de la pleonexia, o sea, el híper consumo. dos: el delirio de la pureza que consiste en recuperar la alianza original con Dios. Esa es la postura de los fundamentalistas, o sea, el teofascismo de los islamistas salafistas radicales que buscan la pureza original. Pero esa promesa de una pureza plena se transforma en suciedad absoluta: se dispara contra la multitud, se cortan cabezas, se mutilan miembros, etc. El delirio se encarna en la forma contraria que lo creó. El tercero: el delirio nacional de la identidad con su idea de una pureza del pueblo. El precio a pagar por ese delirio es la expulsión de los extranjeros y la fabricación de nuevos chivos expiatorios. Ese delirio de la identidad no puede sino conducir a lo que ocurrió en los años 30 del Siglo XX: nazismo, fascismo. ¿Cómo salir de esto y reconstruir una base para existir? No estoy desesperado ni tampoco soy completamente optimista. Pero todo esto me llena de esperanzas porque creo que hemos tocado fondo y ya no podemos ir más hacia abajo. Tal vez, en la conjunción de estos tres delirios hay una salida posible. Lo vemos en varios países del mundo, empezando por Francia con los chalecos amarillos donde todo emana del pueblo. El liberalismo continuó expandiéndose en el mundo con su lote de de-subjetivación, de de-socialización, de control de la población mediante los psico-poderes y de crecimiento de las desigualdades en el mundo. Sin embargo, hay muchos datos que muestran cómo la población resiste. La insurrección de los chalecos amarillos en Francia es una prueba de ello. El presidente Emmanuel Macron dijo en una entrevista que él era la “emanación del gusto del pueblo francés por lo romanesco”. Ahora está descubriendo que es la emanación del asco del pueblo francés por la desigualdad. Hay algo que se está armando y que tiene que ver con las nuevas formas de ciudadanía, con formas de combatir las desigualdades y de restaurar la dignidad de los individuos, con una manera de respetar el medio ambiente sin regresar a la vela. Hay búsquedas en curso y eso me evita estar completamente desesperado. El individuo post liberal se está preparando para llevar a cabo combates muy rudos. La gente reflexiona sobre lo que quiere y no quiere, y actúa.


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Jueves, 17 Enero 2019 06:21

El amor de antes, el amor de ahora

El amor de antes, el amor de ahora

Por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, se pregunta la autora. ¿Será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque sabemos que es imposible prometer un amor eterno?, arriesga. El amor virtual y el poliamor, desde la mirada psicoanalítica.


Desde hace ya algún tiempo, asistimos a una nueva modalidad en la comunicación: nadie está exento de leer un diario, mandar un Whatsapp o subir un post a una red social, pero hasta hace poco no podíamos imaginar la posibilidad de establecer un vínculo de pareja también por esta vía.


En estos tiempos de arrasadora virtualidad, parece irrumpir un modo muy particular de amor, un amor a distancia. Evitar el encuentro con el otro sexo, pero sobre todo protegerse del sufrimiento que la experiencia amorosa pueda ocasionar: amar a resguardo, dejando que el amor quede alojado en el plano del ideal en vez de salir al encuentro de lo que efectiva y sorpresivamente allí se produzca: ¿será éste el amor platónico de la posmodernidad?


Llegué a saber de la existencia del amor virtual gracias al trabajo con pacientes púberes y adolescentes.


Recuerdo un relato de S: “Me puse de novia por chat, lo conozco del otro colegio pero no lo veo, solo nos hablamos por acá, asi estoy más tranquila, no quiero complicarme, ¿para qué?”


Creo que es fundamental poder escuchar este “para qué”, pues señala el nudo de la cuestión: como si el amor se tratara de algo funcional o utilitario y no causal: no es lo mismo “amar porque”, a “amar para”, aquí el eje se desplaza.


En la actualidad el amor virtual sucede y esto tiene su lógica: no hay espacio, ni tiempo, ni objeto que quiera resignarse, ¿será este síntoma de época un facilitador de una nueva idea del amor: un amor “simple” y “sin complicaciones”?


En este nuevo tiempo donde prima la autosuficiencia y la prescindibilidad, cabría preguntarse si necesitamos del amor de “un-otro”.


Lo que resulta evidente es que el amor romántico, apasionado y exclusivo ha dejado su lugar a una modalidad novedosa: el amor libre, inclusivo y múltiple.


Si evocamos al mito de Aristófanes podremos acercarnos a una idea del amor que remite a la teoría de la “media naranja”: el amor como un modo de ser completado, acabado por el otro, que tendría aquello que a nosotros nos falta, por tanto solo nos resta encontrar quien sea su portador.


Lacan plantea una posición crítica respecto a esta idea proponiendo que no existe tal complemento y afirmando además que la relación sexual, el encuentro con el otro, es de por sí imposible (tanto en lo sexual como en lo discursivo): no hay sino encuentro fallido, mal-entendido. Por lo tanto, siempre buscaremos para no encontrar o lo que encontramos no será nunca lo que buscamos.


Donde más claramente se cristaliza esta contemporánea noción del amor es en el actualmente mediáticamente conocido “poliamor”, expresión que verifica que la idea originaria del amor ha empezado a caer en desuso.


Hasta hace no mucho tiempo, el contacto cuerpo a cuerpo, el poder pasar el tiempo juntos era como “tocar el cielo con las manos”, aquello a lo que toda pareja aspiraba con ansias. De hecho, las más apasionantes historias de amor (como Romeo y Julieta, por ejemplo), mostraban justamente esta tragedia: la imposibilidad de encontrarse les resultaba tan tortuoso que en eso se les iba la vida. Hoy, claramente, esto no sería un problema, ya que la ausencia del encuentro físico no es un impedimento para el amor. Verse o no verse resulta anecdótico, lo importante, sí, es poder nombrar el vínculo, definir qué somos; una vez determinado el rol, lo demás pasa a un segundo plano. Por lo tanto, podríamos pensar que la relación hoy no se construye día a día, encuentro tras encuentro sino que se pacta: “somos novios” y al parecer eso basta: la palabra es acto.


Tradicionalmente la idea del amor era entendida como un estar dispuesto a dar todo por el otro. En el amor romántico, amar lo era todo en la vida de un sujeto, se soñaba con llegar a encontrar el amor de la vida, creyéndose que esa persona existía y por tanto ese encuentro era posible. El amor tradicional era más aristofánico que lacaniano.


No surgen dudas al afirmar que amar es elegir, por lo tanto, resulta crucial rescatar el valor de apuesta en relación al amor y que por lo tanto dicha elección conlleva, inexorablemente, una pérdida. Amar es, por decirlo de un modo deleuziano, un acontecimiento: marca un antes y un después en la vida de un sujeto. ¿Cuántas veces nos encontramos diciendo que nunca volveremos a ser el que fuimos, al haber atravesado una experiencia amorosa?


Sucede que este punto nodal que define al amor como una decisión con su consecuente renuncia, en el poliamor parece no ponerse en juego. Entonces ¿será necesario redefinir el concepto de amor a la luz de estos tiempos que corren?


¿Podemos validar la existencia del amor diversificado o será el poliamor un oxímoron?


En principio, parecería desprenderse del concepto de “polivínculo” la idea de que aquí no hay renuncia: el amor múltiple puede habilitar a plantear que aquí nada se pierde, sería una versión del amor que nos recuerda que a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos ahora no habría lugar a lo imposible.


Entonces tal vez el poliamor podría definirse como un modo de amar contemporáneo o tal vez como una excepción del amor o cabría la posibilidad de pensarlo como un semblante (entendiendo por semblante aquello que juega a ser pero que en esencia no es).


De todas formas, si bien el poliamor se instala con más fuerza actualmente, no se podrá afirmar que es realmente novedoso: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre vivieron una larga y apasionada historia de amor libre (un modo más antiguo de nombrar lo mismo).


Algo más de 50 años juntos en una establecida y acordada pareja abierta que, según los relatos de cada uno de ellos, no hubiera podido funcionar de otra forma.
Una de las cuestiones en las que habría que poner el acento está sustentado en la idea de que no es necesario tener que elegir, allí se cede algo invaluable: la libertad. Por lo tanto ¿se podría hablar de un acto de amor frente a la elección de una no elección, o de lo que se tratará allí será más bien, de la inhibición del acto? La no aceptación de que algo siempre se pierde, esto es la asunción de que, ante la castración, no hay escapatoria posible.


Se podrá argumentar que en el poliamor también hay algo que se termina perdiendo indefectiblemente (si elijo A y B pierdo C) pero en definitiva lo que se pierde allí no sería más que su valor narcisista. La contracara de ello será lidiar con la responsabilidad de la incondicionalidad y el consecuente sentimiento de culpa que adviene frente a un posible conflicto o un eventual fracaso. En este sentido, la idea del polivínculo podrá ser entendido como un bálsamo, ya que trae aparejado un importante efecto de alivio. Ahora bien, ¿será que una relación abierta es menos exigida y por ello menos conflictiva? Por otro lado, si la prohibición genera el deseo, si la falta nos ubica como deseantes, ¿no podrá ser el poliamor el causante del aplastamiento del deseo? Todo esto está aún por verse.


Sea como fuere, creo que hay algo en el amor de antes y en el amor actual que se mantiene intacto, y es el punto en el que todo amor representa una ficción, es el que uno se inventa. Como dice Charly García, “un amor real es como dormir y estar despierto”.


Por lo tanto, de lo que se tratará es de decidir si se quiere ficcionar o no, a sabiendas de que aunque se esté con otro, aunque por momentos ambos estén inmersos en esa especie de “locura a dúo”, esa invención es necesariamente singular.


La pregunta necesaria es por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, ¿será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque en definitiva sabemos de la imposibilidad de prometer un amor que sea eterno? Acaso esta nueva modalidad de amor nos alivia, nos aligera aunque no por ello nos garantice nada.
Nunca hemos faltado tanto a la verdad como en nombre del amor, otorgando a la mentira cierta función protectora.


Cuántas veces hemos escuchado frases como: “nunca querré a nadie como a vos”, “te amo desde el día en que te conocí”, “sin vos me muero”. Ninguna de ellas puede ser contrastada pero a su vez sabemos de su insustentabilidad. ¿Cómo saber si amaremos por siempre, cómo medir el amor, cómo suponer la inminencia de la muerte frente a su ausencia?
El amor nos confronta con el hecho de que, como en toda ficción, llegará el momento del desenlace y el desencanto que podrá anunciar el final definitivo o tal vez no, que podrá llevar a una resignificación del amor, o no.


Y esto compete tanto al amor de antes como al amor de ahora, porque amar, para que siga siendo un acto y no devenga un simulacro, implica inevitablemente el atravesamiento de conflictos; si ello no ocurre en vez de amor, tal vez estemos hablando de otra cosa.


Q Psicoanalista.

 

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Viernes, 08 Septiembre 2017 07:35

Amor & Feminismo

Amor & Feminismo

 

Del feminismo aprendimos a cuestionar lo heredado y a analizar críticamente el presente, nunca esperamos un manual sobre cómo querer. En manos de cada una está la posibilidad de conseguirlo, y en la de todas, luchar porque sea más fácil.

 

He vivido en espacios contraculturales, como okupas, y he formado –y formo– parte de eso que se llama difusamente “movimientos sociales” en el entorno de la autonomía política. En esos espacios, he estado rodeada de gente que se cuestionaba las relaciones amorosas “tradicionales” casi como imperativo vital.

He sido testigo de relaciones abiertas, tríos amorosos, relaciones simultáneas –eso que ahora llaman poliamor– y otras variables de relación donde se podía repensar cada una de las cuestiones que se supone que vienen asociadas a ese dispositivo social que llamamos “amor”, o que llamamos “pareja”. He tenido entre mis brazos a un amigo triste que necesitaba consuelo porque su novia se había ido de vacaciones con otra mujer que era la novia de su novia. He visto a gente luchar contra los celos, o mentirse a sí misma diciendo que no los sentía. He tenido que fingir que no me importase que mi novio –compañero, decimos– me hablase de su último ligue.

Lo he pasado algo mal y algo he aprendido de estas experiencias. Por supuesto, he conocido también a parejas felices que compartían amantes sin ningún tipo de problema.

Quizás esta matemática de los cuerpos es la parte más folclórica y llamativa del todo el asunto. La parte difícil era la de construir día a día relaciones duraderas poniendo en cuestión los roles sociales asignados y los que cada uno acaba asumiendo en la pareja; la de intentar respetar los espacios de cada cual en un compromiso virtuoso sin dependencias obscenas ni sentirse abandonado en los momentos difíciles; o la de construir interacciones igualitarias, sin regodearse en la capacidad de dominio que te proporciona el que alguien te necesite. Amarse, al fin, con libertad, pero al mismo tiempo, apoyo, compromiso, mutua responsabilidad.

Eso ha sido infinitamente más difícil. Una amiga sabia de aquel tiempo siempre me decía que habíamos derribado todos los muros, habíamos puesto todo en cuestión, habíamos deconstruido el amor y las relaciones, pero no pudimos conseguir un modelo alternativo sólido o sostenible. (Mi amiga ahora está en un matrimonio bastante convencional. Tiene un marido celoso. Lo lleva regular).

 

Lo que aprendimos en esa época, lo aprendimos del feminismo

 

En buena parte, todas estas experiencias estaban marcadas por las enseñanzas del feminismo, también por un cierto influjo de la liberación del deseo y de la puesta en cuestión de los roles de género que aportaban las luchas LGTBI. Si jugábamos en fiestas y talleres a actuar con el género cambiado, o si convivíamos con transexuales que hacían relatos espectaculares y profundos de sus transiciones, estos roles se evidenciaban más claramente en su condición de performance.

Del feminismo aprendimos, por ejemplo, que emanciparnos como mujeres solo se podría lograr si nos desprendíamos del ideal del amor romántico. Aquí cada una hizo su camino. Para muchas, entre las que me cuento, esto no significaba dejar de enamorarse o de disfrutar de las emociones que provoca el enamoramiento por más que estén “históricamente determinadas” o “socialmente construidas”. Quería decir cosas como que tu felicidad en la relación es más importante que la relación misma, por más intensidad que te recorra. Que si no te hace feliz estar con esa persona, pues la relación no sirve.

Que el amor no es suficiente para sostener nada, hace falta componerse de esas otras mil maneras que hacen posible la vida en común. Que el amor no puede ser jamás una relación de dominio ni un intento de control sobre el otro por más miedo que te dé perder a esa persona. Y no siempre es fácil, claro. A veces nos sentimos tan solas, somos tan frágiles. En esa época, aprendimos cómo estaban vinculados el amor romántico y la violencia en la pareja. Pocos obstáculos hay tan grandes para la igualdad de la mujer –y la felicidad humana en general– como el modelo tradicional de romance, donde los celos, la necesidad de posesión y el ser a través de la vinculación con el otro están tan relacionados con la reproducción de la violencia machista. Sin embargo, esos roles patriarcales, como dice bell hooks, pueden ser asumidos también por mujeres tanto en parejas homosexuales como heterosexuales cuando usan ese amor para someter y dominar.

La idea que subyace es que la manera en la que se ha construido socialmente ese sentimiento legitima cosas como leer los mensajes del móvil de nuestra pareja o utilizar la violencia “pasional”. Aunque hemos avanzado mucho, resulta alarmante cuánta gente todavía piensa que los celos son una expresión de amor. Dice hooks: “Por amor” las mujeres nos aferramos a situaciones de maltrato, abuso y explotación. Somos capaces de humillarnos ‘por amor’ y, a la vez, de presumir de nuestra intensa capacidad de amar”. Por supuesto, en el día a día, pareja, amor y condiciones materiales de existencia tejen su propia red. Cuando muchas mujeres además dejan sus trabajos para dedicarse a las tareas de cuidado y del hogar, se generan dependencias económicas que a veces atan más que el ideal romántico.

 

El amor tiene más formas que las nubes

 

Somos frágiles, a veces, nos sentimos tan solas. Decía. El feminismo nos habló de interdependencia. El ideal de persona independiente del capitalismo liberal no sirve y además invisibiliza toda la trama de cuidados –pagados o no– que sostienen esas vidas. Nadie puede vivir sin ayuda de otros, ya sea en la enfermedad, o en situaciones difíciles, ya sea en determinados momentos de la vida: infancia, vejez. También hay muchas personas con diversidad funcional que necesitan a otras. Por no decir qué tipo de vida sería una, donde no sostenerse nunca en nadie significaría no apoyar tampoco a los demás.

No existe, pero tampoco es deseable. No es deseable pagar por todo lo que necesitamos ni está al alcance de todas las clases sociales. (Así como tampoco es justo que cuidar recaiga en las mujeres ya sea retribuido o “por amor”.) Por eso, somos frágiles, como toda vida humana. Por eso, seguimos formando familias, y todavía la mayoría son nucleares –papá, mamá, hijos– aunque cada vez menos.

En aquel entonces, hablábamos de comunidades alternativas. La okupación nos permitía sentir que teníamos una especie de familia elegida porque convivíamos intensamente con otros. Decíamos: “sororidad”, o “amistades fuertes capaces de conformar redes de cuidados”. La pareja no es imprescindible, existen vínculos afectivos que pueden sustituirla. O al menos, concluíamos, hacernos más fuertes frente a dependencias amorosas que pueden llegar a ser dañinas.

De todas formas, el modelo convivencial –elegir con quién vives, vivir con amigos– por cómo se organiza el mercado de la vivienda es difícilmente generalizable. Tampoco es sencillo. De aquel tiempo quedan amigos, pero un tanto por ciento muy pequeño. Y la familia, que en algún momento nos pudo pesar, sigue sosteniéndonos. Algún que otro colega redescubrió a su familia cuando tuvo que irse a vivir con los padres durante la crisis. Pese a todos los cambios, la institución familiar resiste. Muta de innumerables maneras, se adapta, pero ahí sigue. Todavía funciona a su manera porque no parece que hayamos encontrado una manera de sustituirla.

Aun así, sabemos que la familia nuclear o patriarcal –papá, mamá, niños–, e incluso sus variantes homosexuales, puede ser un pozo de profundas insatisfacciones. Sobre todo cuando se cierra sobre sí misma, y sirve para reforzar la autoridad paterna, la dependencia femenina y de los hijos. Sin embargo, también constituye un refugio para el viento helado de la individuación capitalista.

 

El amor en los tiempos de Tinder

 

Así, aunque la familia nuclear esté en crisis no es porque esté dando lugar masivamente a nuevas comunidades alternativas basadas en otro tipo de vínculos, sino a algo más parecido a un individualismo exacerbado. Cambiar la dependencia de la pareja por la independencia del mercado no parece una alternativa emancipadora. Cada vez hay más divorcios y menos relaciones a largo plazo, pero más singles –como estilo de vida–, y la pareja se vive culturalmente como un estorbo a la libertad personal más que como un apoyo en las propias dificultades. Algunas feministas como Arlie Russell Hochschild hablan no solo de mercantilización de los cuidados, sino de mercantilización de la propia vida íntima, de la vida familiar y de las emociones.

El compromiso de por vida también está siendo sustituido por los valores de mercado: novedad, reemplazo continuo, miedo al aburrimiento y a la repetición. Como dice Eva Illouz, las antiguas exigencias de fidelidad o compromiso entran en contradicción con el culto a la intensidad de la experiencia siempre nueva. No es extraño así que para algunas personas el mito del amor romántico pueda constituir incluso una suerte de refugio en busca de autenticidad o estabilidad. Quizás por eso este mito siga teniendo tanto protagonismo en los productos de la industria cultural. Que los cambios culturales impulsados por las feministas sean también funcionales a nuevos nichos de mercado es una de las contradicciones con las que tenemos que convivir.

En el capitalismo contemporáneo, las libertades conquistadas producen valor. Las feministas caminamos por el filo de estas contradicciones sin un plano tratando de construir vínculos duraderos y compromisos en libertad que nos hagan felices. Del feminismo aprendimos a cuestionarnos lo heredado y a analizar críticamente el presente, nunca esperamos un mapa detallado o un manual de instrucciones sobre cómo amar.

En manos de cada una está la posibilidad de conseguirlo, y en la de todas, luchar porque eso sea más fácil en una sociedad más justa e igualitaria.

 

 

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