Antonio Marín Segovia, Gato callejero portugués... un hermoso y valiente felino, https://www.flickr.com/photos/antoniomarinsegovia/39354832085/

Las luchas por los animales en Colombia avanzan con triunfos importantes, pero en medio de un futuro incierto. La prolongación de fenómenos que arrasan la fauna silvestre, como lo son las políticas extractivistas y los megaproyectos, así como la defensa de espectáculos y negocios de herencia colonial (ganadería, becerradas, corridas de toros, etcétera), contrastan con el incentivo a la adopción de animales en situación de calle, el cese del uso de animales salvajes en circos y la suspensión o regulación de cabalgatas en varios puntos del territorio nacional.

Llevar a cabo un balance o análisis crítico de la situación animal(ista) en Colombia plantea una primera dificultad. Si asumimos una perspectiva estadocéntrica, de acuerdo con la cual la cuestión animal debería ser evaluada en el marco de unas fronteras formalmente establecidas y tomando como referencia lo que ocurre en ciertas esferas institucionales (dinámicas electorales, legislación, políticas públicas, etcétera), tendríamos, de entrada, inconvenientes para considerar al Estado mismo como un nodo o cristalización de un conjunto de relaciones de poder más amplias. Campos de estudio recientemente aparecidos, como los Estudios Críticos Animales (ECA), nos dotan de herramientas para realizar un análisis no estadocéntrico (aunque contemple la participación del Estado y los efectos de sus fronteras y dinámicas formales) de la problemática animal(ista). En ese sentido, la categoría que acá resulta fundamental es la de especismo antropocéntrico.


El especismo antropocéntrico, entendido no como una mera discriminación con base en la especie (en paralelo con nociones como sexismo, clasismo o racismo), sino como un complejo orden producto de la relativa estabilización de determinadas relaciones de poder (a la manera de conceptos como patriarcado, modo de producción capitalista o racismo estructural), nos permite llevar a cabo el análisis de una manera más compleja y productiva. Aludimos, entonces, a un conjunto de dispositivos, técnicas, saberes y relaciones tecno-bio-físico-sociales que re/producen continuamente la subordinación, sujeción y explotación animal, es decir, la dominación animal. Granjas industriales y tradicionales, bioterios, zoológicos, disciplinas como la Veterinaria y la Zootecnia, modos de alimentación, etcétera, participan inevitablemente de este orden jerárquico.


Desde el punto de vista de los ECA, quizá la forma más clara de especismo tiene que ver con el sacrificio de innumerables vidas animales no humanas para el consumo diario. Múltiples discursos son constantemente desplegados para hacernos percibir determinadas existencias como si hubiesen sido (científicamente) creadas exclusivamente para el provecho humano. La misma idea de “animal de consumo” es bastante diciente al respecto. Nuestra naturalización del problema llega a tal punto que se perfilan razas enteras con el objetivo de saber si determinado ganado es “de carne” o “de leche”, por ejemplo, o si las gallinas son “ponedoras”. Las vidas enteras de los animales quedan reducidas a sus funciones útiles respecto a los seres humanos. Por fortuna, los propios animales nos enseñan con sus experiencias en santuarios, en ciertas culturas no tan fuertemente occidentalizadas y en relaciones no (tan) especistas con los seres humanos, que sus cuerpos son capaces de obrar y de conquistar alegrías más allá de lo que el contexto especista demanda.


Así, pese a que el consumo de animales no humanos sea la muestra más clara de especismo, esta es, a su vez, una de las prácticas más extendidas y naturalizadas, lo cual da cuenta de la naturalización generalizada del orden especista mismo. Lo que prima en Colombia, por supuesto, como en todo el globo, no es otra cosa que dicha naturalización; solo hasta hace unos diez años, aproximadamente, aparecen, sin dejar de hacerlo, un conjunto de iniciativas (ciudadanas, alterculturales, intelectuales, etcétera) que cuestionan el consumo y uso generalizado de las vidas animales. La aparición de restaurantes veganos, grupos musicales, organizaciones como Resistencia Natural, la Federación de Comités de Liberación Animal, la Plataforma Colombiana por los Animales Alto, el Centro de Estudios Abolicionistas por la Liberación Animal Ceala y los participantes colombianos del Instituto Latinoamericano de Estudios Críticos Animales Ileca dan cuenta de este reciente fenómeno en crecimiento exponencial.


Podría decirse que el más bien imperceptible y continuo trabajo micropolítico ha abonado terreno para que hoy sea posible la entrada en escena de candidatos a diferentes cargos de elección popular no solo apoyados por grupos animalistas, sino ellos mismos provenientes de los movimientos animalistas. Varias concejalas y concejales elegidos son claros ejemplos de esto. No obstante, el panorama más inmediato es un poco desolador, ya que con el triunfo del ultraconservador Centro Democrático y su aspirante presidencial, Iván Duque, se prolonga la reprimarización de la economía colombiana y la triste defensa de espectáculos con animales de raigambre colonial como las corridas de toros, las corralejas, las peleas de gallos, etcétera. El triunfo del Centro Democrático es, al tiempo, el del reforzamiento del orden especista, ya que sus adherentes son conocidos sectores ganaderos y terratenientes que, entre otras cosas, han establecido históricamente nexos con el paramilitarismo.


Se trata de una pequeña clase oscilante entre formas de poder feudales y capitalistas, no necesariamente excluyentes entre sí, que cuenta con el apoyo de empresarios y sectores financieros internacionales. A manera de ejemplo, Terry Hurtado, miembro de la Federación de Comités de Liberación Animal y de la junta directiva del Institute for Critical Animal Studies, cuenta que en la ciudad de Cali se proyecta la construcción de un centro comercial en el parqueadero de la plaza de toros, lo que le generará, afirma, “un ingreso de setenta mil millones a la plaza y un flujo de un millón de personas”. Hurtado asegura que este tipo de articulaciones entre terratenientes y empresarios nacionales e internacionales deben despertar la oposición de los grupos animalistas, pues están echando abajo el arduo trabajo político-cultural antitoreo sin ningún tipo de compensación ni interés en las vidas animales sacrificadas.


Las articulaciones entre terratenientes y empresarios nacionales e internacionales también se evidencian en el extractivismo boyante y en los nuevos megaproyectos de infraestructura directamente relacionados con la circulación de capitales, así como en la deforestación y ampliación de la frontera agrícola a zonas en las que, en principio y por razones ambientales, no debería extenderse. Esto se debe a que, tras el proceso y los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las Farc-ep, muchos territorios otrora ocupados por dicha guerrilla han sido colonizados por grupos paramilitares que han asegurado el control de la tierra y, por ende, la agudización del deterioro ambiental. Incontables vidas animales se han visto sacrificadas a causa del daño ecosistémico. Justamente el momento de reprimarización, neoparamilitarismo y construcción de megaproyectos que actualmente vive Colombia, así como otros países de América Latina, hace que los movimientos ecologistas y animalistas preocupados por la llamada fauna silvestre tejan alianzas. Alianzas que también se han empezado a configurar con movimientos populares, campesinos, afros e indígenas, cuyas comunidades son desplazadas y exterminadas. Sharon Barón, activista animalista e integrante del Ileca, considera que el lobby para gravar “alimentos poco saludables” y la denuncia de la ganadería como principal causa del cambio climático y de la deforestación del Amazonas puede ser un contrapeso al desmedido poder ganadero.


Ciertamente acá el análisis del especismo en tanto orden que reproduce sistemáticamente la dominación animal es bastante pertinente, pues este tiene como telón de fondo un ideal de Hombre blanco, propietario-posesivo y viril. Tras su paso, que es el de la reprimarización de la economía en Colombia, los seres humanos y no humanos que se alejan de sus características se ven particularmente afectados (campesinos, indígenas, afros, mujeres y, por supuesto, animales no humanos y la naturaleza en general).


El especismo, corporizado en los terratenientes y empresarios nacionales e internacionales atrás descritos, así como toda la cultura moderno-colonial que los sustenta, permea a su vez las políticas de institutos estatales como el Instituto Colombiano Agropecuario ICA, el cual ha modificado sus licencias zoosanitarias de tal modo que las cabalgatas y las corridas de toros llevadas a cabo en varias partes del territorio nacional sean permitidas. Este es un ejemplo claro del funcionamiento biopolítico del especismo antropocéntrico, es decir, del uso de políticas zoosanitarias para la prolongación de la dominación animal. En esa misma línea, el cierre de restaurantes como Sabor Vegano en la ciudad de Bogotá, que le apuestan a otro tipo de relaciones con humanos y animales (en situación de calle) y a métodos no tan agresivos de asepsia, dan cuenta del carácter especista del biopoder contemporáneo.


Ahora bien, pese a todos los impedimentos, la presión y la naciente sensibilidad animalista han hecho que, por ejemplo, sean fuertemente reguladas o suspendidas las cabalgatas en grandes y pequeños municipios, con el escollo de que nuevos municipios están recibiendo a los jinetes que habían cesado sus actividades, cuestión que abre frentes de lucha política y crítica cultural adicionales. Igualmente, haber logrado la abolición del uso de los llamados animales salvajes en circos constituyó otro importante paso del movimiento animalista en Colombia.


Además de lo mencionado, quizás una de las principales victorias y alivio para los animales no humanos sea la avanzada y total sustitución de vehículos de tracción animal en varios lugares del territorio colombiano, así como la creación del Instituto de Bienestar y Protección Animal en Bogotá, cuyo enfoque bienestarista contrasta con el zoonótico, es decir, orientado al control de los animales por considerarlos como potenciales agentes transmisores de enfermedades. En este sentido específico, ha habido una transformación en la regulación biopolítica que ciertamente ha constituido algo positivo, por lo menos, para los perros y gatos en situación de calle. Asimismo, la ley 1774 modificó el Código Civil para convertir a los animales en seres sintientes y, además, permitió la penalización de actos considerados crueles. Vale destacar, en cualquier caso, que tanto el mencionado Instituto como la ley 1774 no rompen con los aspectos más naturalizados del especismo antropocéntrico, sino que lo modifican para que sea menos incisivo con algunas criaturas. Si bien la “crueldad” se encuentra penalizada, al tiempo es permitida la comercialización y matanza sistemática e ilimitada de animales. En otros términos, aun cuando los animales son considerados como capaces de experimentar placer y dolor, concomitantemente son comprendidos como mercancías con poseedores legítimos y para su provecho personal.


Adicionalmente, el Instituto de Bienestar se ocupa exclusivamente de perros y gatos y promueve la esterilización y la identificación por medio de microchips que convierte a los animales “de compañía” en pseudociudadanos. En las ciudades colombianas, así como en otras grandes ciudades del mundo, se promueve este tipo de control animal y se proyecta como un signo de progreso a ser emulado; no obstante, desde una perspectiva animalista crítica, podría decirse que la esterilización masiva es el reflejo de un orden especista en donde los animales son pensados como seres que deben ser dispuestos de manera subordinada en un espacio considerado primariamente como humano, el cual no deja de expandirse y de inundar los rincones más recónditos del globo. De ahí que muchos animalistas promovamos la esterilización libre (no forzada por el Estado) de los miembros adultos masculinos de la especie humana y la reconstrucción de los espacios, de tal manera que otras especies no se perciban como invasoras ni objetos de control en general (esterilizado, microchips, etcétera). Por cierto, el microchip como boleto de ingreso a la ciudadanía constituye un mal presagio de lo que puede ocurrir también en un futuro cercano con los seres humanos. Hurtado cree que ciertas formas de familia inter-especie, su creciente reconocimiento y respeto, son un signo esperanzador de que son posibles otras maneras de co-existir. Aquí también podríamos incluir el nuevo interés por la adopción responsable.


Finalmente, entre los temas pendientes que movimientos animalistas de otras latitudes se han encargado de visibilizar, pero que en Colombia no ocupan un lugar relevante, encontramos: 1) la lucha por la abolición de los zoológicos y de los nuevos ecoparques-zoológicos, que siguen reproduciendo la dicotomía salvaje/doméstico y sometiendo a los animales llamados salvajes a la invasiva mirada (científica) del Hombre blanco; 2) una crítica académica de la naturalización de la dominación animal por parte de saberes modernos como los de la Biología, Veterinaria y Zootecnia; 3) la disputa por espacios alimenticios libres de los llamados productos de origen animal, ecológicos y accesibles a toda la población (en contraste con meras nuevas líneas de mercado y espacios gentrificados); 4) una crítica de la ganadería como práctica especista y no solo por estar asociada a la concentración de la tierra en Colombia (ganadería extensiva) y a las diversas disputas sociales que esto genera; y 5) la lucha contra la apertura y el actual funcionamiento de bioterios y, en general, múltiples formas de experimentación animal. A este último respecto, vale mencionar la denuncia de Manuel Elkin Patarroyo por su uso de monos extraídos del Amazonas, la cual, desafortunadamente, no ha logrado frenar dichas prácticas. Finalmente, como lo recuerda Eduardo Rincón, estudioso de la cuestión animal y reconocido animalista colombiano, está el problema del uso de animales con propósitos sexuales, tema a menudo minimizado y ridiculizado pero que, en realidad, posee dimensiones alarmantes. Se ha registrado incluso la existencia de burdeles enteros dedicados a la zoofilia, que en realidad es una práctica especista que nada tiene de “amorosa” en sus formas dominantes.

 

*Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia con posgrado en el campo de los Estudios Culturales.

Publicado enSociedad
Experimento monos y humanos Volkswagen trató de ocultar su experimento con monos por los "devastadores" resultados

Los resultados mostraban que las emisiones diésel de los vehículos recientes eran "más nocivas" que las de los antiguos, según publica el periódico alemán Bild

 

El fabricante de automóviles alemán Volkswagen ha tratado de ocultar los resultados de las pruebas sobre emisiones diésel en monos y humanos, que mostraban que las de los vehículos recientes eran "más nocivas" que las de los antiguos, según publica el periódico alemán Bild.

El diario ha sacado a la luz los documentos internos del laboratorio que los llevó a cabo, según los cuales estos experimentos "no debían publicarse nunca" porque podrían ser "demasiado devastadores".
Las pruebas consistían en tener a diez monos, encerrados en una pequeña jaula de cristal, respirando durante cuatro horas los gases de motores diésel. Estos experimentos fueron financiados por tres fabricantes automovilísticos alemanes, según un informe que publicado por el diario alemán Bild Zeitung.
El informe del laboratorio que realizó el experimento para la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el Transporte (EUGT) -financiada por los fabricantes Volkswagen, BMW y Daimler- muestra que los gases de escape de la combustión de los motores diésel eran introducidos a través de unos tubos en la jaula donde se encontraban los animales.


Asimismo, se les introducía un endoscopio por la nariz o la boca hasta los bronquios y se les hacían análisis de sangre, de acuerdo con el resumen que publica el diario del informe de 58 páginas.
Los animales fueron expuestos a los gases de combustión de un Volkswagen Beetle de 2013 y de una camioneta Ford de 1997 con el objetivo de demostrar que los del primero eran más limpios, pero los resultados no fueron los esperados, según el periódico.
El pasado lunes dos diarios alemanes Süddeutsche Zeitung y Stuttgarter Zeitung destaparon el escándalo de los experimentos con animales realizados por la EUGT en Estados Unidos para demostrar supuestamente que las emisiones de los nuevos diésel no eran tan nocivas para la salud. Los diarios aseguraron además que también se habían realizado experimentos con humanos con el mismo propósito.


El entonces responsable del consejo asesor de investigación de la EUGT, Helmut Greim, declaró al semanario Der Spiegel que los fabricantes automovilísticos "naturalmente conocían los experimentos" y aseguró que "no pusieron ninguna objeción".
El presidente de Volkswagen, Matthias Müller, afirmó el lunes tras conocerse la noticia que los ensayos fueron "repugnantes y antiéticos" y consideró que demuestran que su empresa y la industria deben confrontarse de manera "más seria y sensible con las cuestiones éticas".
Müller reconoció que algunos trabajadores de Volkswagen tenían informaciones sobre los controvertidos experimentos y anunció una investigación interna.

 

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Jueves, 02 Marzo 2017 23:24

¡Paren de matar!

¡Paren de matar!


El presente artículo es una versión reducida de la entrevista realizada a su autor por la radio pública alemana, a propósito de la disputa abierta en Colombia entre defensores y detractores del toreo. Una polémica que va mucho más allá y que implica la protección de los animales y de la misma naturaleza.


P. ¿Por qué las corridas de toros son un legado colonial y patriarcal?
R. Primero, porque refuerzan la estructura sexual y la concepción de la naturaleza occidentales. La estructura sexual occidental se ve claramente reflejada en el estereotipo del torero (hombre) viril, valiente/violento enfrentándose a la bestia/animal/naturaleza (toro) y, por ahí derecho, seduciendo (sometiendo, conquistando) a las damas (mujeres). Hay toreras, mujeres toreras, es cierto, pero eso no cambia el sentido patriarcal estructural del espectáculo. Recordemos además que la palabra “matador”, ampliamente usada en la tauromaquia, tiene una doble acepción en muchos contextos hispanoparlantes. El matador es el asesino, quien mata, pero también el seductor de mujeres. Lo mismo sucede con la palabra “conquistador”, el conquistador también es un asesino, es quien se impone violentamente sobre territorios y comunidades, y a su vez es igualmente un seductor, el que “conquista el corazón de... y lo doblega”.

 

Tampoco podemos olvidar que la socialización mediante la violencia es una cuestión típicamente masculina. En las corridas de toros se exhibe toda esta performance de la dominación, de la dominación de las mujeres, los animales y la naturaleza. De hecho algunos taurinos reconocen abiertamente que las corridas son una performance de la dominación y de las dinámicas de vida y muerte, pero lo que no especifican muy bien es de qué tipo de dominación y dinámicas de vida y muerte están hablando. Esto difiere, por otro lado, de los juegos indígenas, de ciertos indígenas, de cacería y co-habitación o co-modificación entre especies. No los traigo a colación como un modelo a seguir, no necesariamente, simplemente quisiera marcar el contraste entre tradiciones. En conclusión, en las corridas hay toda una política sexual en juego, que es una política colonial. Las corridas no son una actividad bárbara, sino parte de un proyecto civilizatorio occidental.

 

Respecto a la concepción occidental de la naturaleza, simplemente resta agregar que, en esta performance, inicialmente el hombre somete a una bestia, a un “animal bravo”, pero esa bestia representa la naturaleza en general. Ahora bien, el sometimiento de la naturaleza resulta clave en los proyectos civilizatorios, pero también en los desarrollistas y neodesarrollistas, modernizantes. Solo que ahora la dominación de los animales y la naturaleza se lleva a cabo por la vía, por ejemplo, de la ciencia: aparecen dispositivos como los zoológicos, bioterios, granjas industriales, monocultivos, etc. Reitero: las corridas son un espectáculo antropocéntrico occidental, una performance de la dominación de la naturaleza por el Hombre, y si bien a la naturaleza se la admira y teme, si bien se alude por ejemplo a la “bravura del toro” y su belleza, esto no ocurre porque se la ame, sino debido a que se la desea doblegar, poseer y superar, trascender.

 

En segundo lugar, las corridas de toros son un legado colonial porque constituyen una tradición defendida por sectores de hombres blancos, blanco-mestizos, adinerados y ligados a la posesión de tierra y ganado. Sectores herederos de privilegios coloniales. Sectores ligados a dinámicas de violencia y despojo, a lo que muchas y muchos autores en Latinoamérica llaman el “colonialismo interno”. Es más, la guerra en Colombia tiene todo que ver con esto, pues dichos sectores son los que han avalado la destrucción de comunidades y ecosistemas enteros para la ganadería extensiva, y en últimas para la reafirmación de privilegios de clase, raza, sexo y especie. La guerra es una guerra entre formas de vida, por eso el elemento estructurante de la guerra es la tierra: ¡la tierra es la vida misma! ¡Por eso también es que las y los animalistas no se han equivocado al articular el discurso de la paz con el de la abolición de las corridas de toros, la liberación animal y, como las compañeras indígenas dirían, la liberación de la tierra!

P. ¿Es la crítica a la tauromaquia un resabio de la defensa de la propia especie, ahora extendida a ciertos mamíferos y especialmente a los animales domésticos?
R. La necesidad de abolición de la tauromaquia está basada en un aprecio por la diferencia, por cierta afinidad con quien no es mi prójimo, próximo, vecino o semejante... Por eso los movimientos ecosóficos, de liberación animal y de la tierra son tan estimulantes, porque nos obligan a pensar en la dignidad tanto del toro como del agua y de la planta o de la máquina, en las mejores de sus versiones, y por esa vía a descentrarnos radicalmente como seres humanos. La crítica de la tauromaquia puede estar dando cuenta, más bien, de verdaderas transformaciones del tejido sensible y de la configuración de nuevas formas de vida, y eso es lo que más les molesta justamente a los defensores de la especie a ultranza; ellos sienten que a medida de que nosotras avanzamos, el antropo-poder, su poder de especie, se diluye, se desdibuja y acaba.

P. ¿Son violentos y autoritarios los anti-taurinos y el movimiento animalista?, ¿quieren aplastar a las minorías, a la diversidad?
R. Las recientes manifestaciones a favor de la vida y por la abolición de las corridas de toros no son otra cosa que un despliegue heterogéneo, libertario e igualitarista de vitalidad. Es la vida misma la que se expresa en las calles. ¿Cuáles son las características de la vida? Básicamente su capacidad de movimiento, de transmutación y diferenciación en un marco relacional, de co-modificación e inter-dependencia. Las diversas singularidades vivientes estamos a merced unas de otras, pero esto también significa que nos potenciamos unas con otras. El lenguaje de la vida no reconoce, por ende, jerarquías trascendentes. Pues bien, las manifestaciones han sido una clara muestra de vitalidad en el sentido de que las calles fueron ocupadas por cirqueros, músicos, nuevas religiosidades, experimentos gastronómicos, disidentes sexuales, personas con “extrañas” modificaciones corporales, recicladores, habitantes de calle, ecologistas, defensores de la despenalización de la marihuana, indigenistas, animales no humanos, feministas, etcétera.

En otros términos, las calles fueron ocupadas por la heterogeneidad de la vida que no meramente solicita el derecho a la vida del toro, sino que realiza, performa o reconfigura, en el acto, todo un tejido sensible que, justamente, da lugar a nuevos territorios existenciales donde los toros ya no pueden ocupar el lugar de subordinación al que las corridas los somete. Cuando las/os manifestantes gritaban: “Toro, amigo, el pueblo está contigo” lo que ocurría era una transmutación del concepto clásico de pueblo. El pueblo empieza a ser ese compuesto escurridizo de humanos y no humanos en toda su multiplicidad, el pueblo se convierte en algo monstruoso para los defensores de la ciudadanía clásica, para quienes el verdadero ciudadano es aquel que pertenece a una comunidad humana con pretensiones de homogeneidad y que se diferencia de la vida natural y animal, vida que desean poner violentamente a su servicio. Esto último lo impugnaba y comprendía perfectamente una manifestante que sostenía un cartel donde se podía leer: “Humanos, paren de matar, conquistemos la alegría de vivir”.

P. ¿Es contradictorio defender la despenalización del aborto y, al tiempo, la abolición de las corridas de toros?
R. El control zoobiopolítico que se aplica sobre los cuerpos de las mujeres está relacionado con el de los animales domésticos, incluyendo los llamados “toros de lidia” (aunque, por supuesto, hay muchas diferencias). El punto central allí es que, en ambos casos, se aplica un biopoder que está también marcado sexualmente, que nos separa de lo que podemos hacer con nuestros cuerpos y vidas y de la posibilidad de, caso por caso, resolver el problema de con-vivir materialmente con otros seres, sean humanos o no. Lo que se suele disputar no es que las mujeres puedan decidir soberanamente sobre otras vidas, que es lo que ocurre en la ganadería comercial y la tauromaquia, sino la posibilidad de reapropiarse de la vida, del propio cuerpo, y de redefinir contextualmente los límites entre vida y muerte; de ahí que la despenalización del aborto no quiera decir que necesariamente las mujeres aborten o salgan todas a promover el aborto sin tener en cuenta las situaciones específicas. La lucha por la despenalización del aborto y por la abolición de las corridas de toros son ambas, pues, luchas en pro de la vida y contra los dispositivos que la controlan y obstruyen.

Publicado enEdición Nº232
Rebelión en la granja. Biopolítica, Zootecnia y Domesticación

"El acercamiento que el lector encontrará a continuación, le brinda la posibilidad de reflexionar sobre las incertidumbres que rondan y amenazan las certezas sobre la condición humana cuando éstas se ven obligadas a involucrarse en los debates acerca de la vida y las particularidades del ser humano como animal. Esta cuestión se complejizó a partir del siglo XIX porque la generalizada aceptación de la teoría de la evolución y, especialmente, del origen de las especies, introdujo nuevos factores en las elucubraciones sobre el carácter y los derechos de los seres humanos.

En la actualidad, en un escenario en el que bullen debates bioéticos y biopolíticos, uno de los asuntos que día a día reciben mayor atención y son objeto de crecientes movilizaciones sociales, es el de la condición animal y el de los derechos de los seres humanos en relación con los derechos de otras especies animales. En términos generales, vivimos una época que debe reconsiderar el alcance de su antropología en cuanto ésta involucra un distanciamiento del resto del reino animal, y unas relaciones que oscilan entre la proyección de la individualidad moderna en cierta clase de animales y la explotación en modo esclavista de otra. Está en juego la manera de pensar y administrar ecológicamente la vida".

Zandra Pedraza

 

 

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Publicado enCoediciones
Lunes, 24 Octubre 2016 11:14

La cuestión animal(ista)

La cuestión animal(ista)

Devenimos imperceptibles para hacernos presentes, desaparecemos para brillar colectivamente con inusitado esplendor, para aparecer cargados/as de animales, máquinas, plantas y rocas. Siendo así, ¿cómo comprender el específico ensamblaje de los diversos escritos que componen La cuestión animal(istas)? Ciertamente no desde un lugar soberano que a partir de su infinita sapiencia ordena lo que se encuentra bajo su control. Todo lo contrario. Si tales textos componen esta obra, sigamos la maravillosa intuición que se desprende de la sonoridad de las palabras: La cuestión animal(ista) no constituye un gran compendio lleno de prentensiones universalistas, e sun libro hecho musicalmente, rítmicamente, y, de entrada ha sido distribuidos ciertos tiempos, tiempos fuertes y tiempo débiles. Sin embargo la distribución que aquí proponemos no tiene que ser la de otros y otras. En fin... Sabemos que “la lectura es todo un ejercicio repiratorio, un ehercicio rítmico, antes de ser un ejercicio intelectual [a saber, “arrogantamente humao”]”. Gilles Deleuze

El durante, el después y el para siempre

'Dentro de las jaulas. Liberación animal y encarcelamiento', la nueva publicación del colectivo Ochodoscuatro Ediciones, acerca a la experiencia de varias personas que se han visto privadas de libertad por ayudar a otros a conseguirla.

Dicen de la cárcel que no es ningún lugar. En el mejor de los casos se nos presenta como un contenedor de vidas entre paréntesis, fragmentos de existencia cercados por muros de tiempo y de hormigón. Pero, a la vez, es el único lugar posible, el único tiempo posible para las personas que se encuentran en él. Dentro de las jaulas. Liberación animal y encarcelamiento recoge la evidencia de que la vida y las ideas no se detienen dentro de esos muros, por mucho que lo intenten. Al menos no fue así para Lewis Pogson.


Pogson cumplió condena en Reino Unido entre 2008 y 2010 por su participación en una acción contra un criadero de conejos. La operación, reivindicada con las siglas del Frente de Liberación Animal, logró en una noche grandes pérdidas económicas para la empresa y que 129 individuos, cuyo destino habría sido un laboratorio de experimentación, fueran rescatados y conducidos a lugares seguros. Aquellos conejos dejaban atrás las jaulas. Unos meses más tarde, a Pogson le aguardaban las suyas.


Con una voz cargada de fuerza y optimismo, el autor ayuda a comprender desde dentro cada paso del camino que los Estados y sus fuerzas represivas obligan a andar a las personas consideradas "radicales de los derechos animales", "ecoterroristas", o "animalistas extremistas".


En muchos casos, son los mismos pasos que recorre cualquier otro preso: la misma rabia, dolor y miedo, los mismos anhelos y esperanzas, la misma supervivencia a la dinámica cruel de la prisión; pero, también, pasos guiados por un entramado muy particular, construido para enjaular a un movimiento que amenaza la existencia de cualquier jaula. El miedo para desmovilizar, los montajes para criminalizar, las condenas para neutralizar... Y, para Pogson, también la feliz ironía de que, si esto es lo peor que pueden hacerle a este movimiento, jamás podrán pararlo.


Y es que, durante sus once meses en prisión, doce en arresto domiciliario y dieciocho en libertad condicional, llegó a la conclusión de que, en lugar de contener su convicción, los policías, jueces, carceleros, agentes de la condicional, etc. le estaban demostrando constantemente que estaba en lo correcto al cuestionar su sistema.


Quizá por ello su mensaje es tan instructivo y empoderante en su humildad, profundamente personal y una gran herramienta política al mismo tiempo.

Útil para comprender lo que late en el corazón de alguien que lo arriesga todo para salvar a otro animal. Útil para entender por qué esto es una amenaza a gran escala para el sistema socioeconómico, y para aprender cómo se van implementando en diferentes países medidas represivas específicas para intentar frenarla.


Pero, sobre todo, es útil para recordar que las personas encarceladas son eso, personas encarceladas. No líderes, no mártires, no héroes. Gente que se ve privada de su libertad, con todas sus consecuencias, cada uno con su particular experiencia.


Por eso, el libro incluye un apéndice con los testimonios de otros activistas que han pasado por prisión, con mayor o menor "suerte". En lo que todos coinciden es en recalcar la importancia de recibir apoyo, no sólo durante, sino también después del encierro.


Las leyes específicas creadas en los últimos años en Estados Unidos y Reino Unido para proteger a las empresas de explotación animal permiten que el control sobre los condenados se extienda más allá de los muros y más allá de la mente.


Por momentos podemos creer estar leyendo una distopía, cuando se narra la forma en que se aisla al activista de su entorno y de sus ideas de tal manera que incluso el acceso a una determinada página web o relacionarse con una persona vegetariana puede conducirle de vuelta a prisión.


El trauma, la depresión, el terror, el recuerdo del tiempo robado y la tensión generada por el orden social de la cárcel, pueden acompañarles durante años, o para siempre. Pero la solidaridad también.


Al fin y al cabo, la prisión es el recuerdo de que hay un mundo fuera que la permite. Este libro no deja que nos olvidemos de ello ni un segundo. Es el deseo de cambiar ese mundo lo que llevó a Lewis Pogson y a muchos otros a la cárcel. Pero él pasó menos de medio día en su celda por cada vida que salvó en aquella acción. La historia de su encierro es la historia de su lucha por la libertad. Entre sus líneas se lee claramente que eso nadie se lo ha podido robar.

Publicado enInternacional
Viernes, 24 Junio 2016 15:51

Un paseo por el zoológico

Un paseo por el zoológico

Durante el mes de mayo fuimos testigos de dos hechos que movilizaron diferentes tipos de sensibilidades, particularmente las animalistas y ecologistas. De un lado, un empleado del Zoológico Nacional de Chile le dio muerte a dos leones nacidos y criados allí, de aproximadamente 22 años cada uno, después de que un hombre ingresara a la jaula y los instigara con el fin de suicidarse. Por otra parte, Harambe, un gorila de 17 años de edad, fue sacrificado tras la caída de un pequeño niño en la fosa donde aquel animal se encontraba. Harambe, al igual que los leones, había nacido en cautiverio y hacía parte de un programa de reproducción de especies en peligro de extinción del Zoológico de Cincinnati, ubicado en Estados Unidos. Con el presente artículo nos gustaría conmemorar a Harambe y a los leones asesinados; creemos que la mejor manera de hacerlo es ofrecer un par de elementos iniciales que nos permitan caracterizar los zoológicos y, sobre esa base, luchar por su abolición.

 

La glotonería de la visión

 

El zoológico es inseparable del énfasis en la vista que ha perdurado a lo largo de la historia de Occidente. Occidente, con el peso cultural griego y monoteísta, particularmente cristiano, siempre ha elogiado la luz, la claridad, ha desdeñado la obscuridad y las sombras. Pensar claramente es pensar bien, es tener acceso a la verdad; y la claridad, lo blanco/puro, es también sinónimo de lo bueno. Autores críticos de las experiencias coloniales no han dudado en mostrar la conexión entre el elogio de lo blanco/bueno/puro y un conjunto de clasificaciones raciales donde lo “negro” y lo “indio”, en cercanía con lo “femenino” y lo “animal-natural-irracional”, ha sido subordinado y sometido a diferentes tipos de explotación, incluida la de sus conocimientos, frecuentemente considerados falsos, meramente míticos, dóxicos, “alejados de la luz”. Adicionalmente, el énfasis en la visión ha conllevado privilegiar un sentido que permite establecer una distancia con lo otro y los otros, ha posibilitado, en esa medida, crear la ilusión de un alejamiento, de una exterioridad descorporizada con relación al resto del mundo; un alejamiento, además, bastante conveniente para la fiscalización, el gobierno y la explotación.

Quien ve entra en una relación jerárquica, de dominio, respecto a quien es visto, y no revelo ninguna verdad si recuerdo aquí que el sujeto vidente por antonomasia es y ha sido, históricamente hablando, el Hombre blanco, cristiano y educado, “buen ciudadano” diríamos hoy, mientras que las personas históricamente racializadas como “negras”, “indias” y en general no blancas, en compañía de los animales y la naturaleza, han sido reducidos a objetos de estudio, visión y materiales para el espectáculo y beneplácito del Occidente supuestamente moderno y civilizado. Los zoológicos, inscritos en esta tradición occidental específica de la visión, son espacios donde, por un lado, se ve, se observa, a un Otro exótico, salvaje, en un espectáculo que genera cierta satisfacción de la morbosidad y diversión, y donde, por el otro, se satisface una necesidad de saber, de conocimiento de un Otro animal convertido en objeto de estudio e inspección. Sobra añadir, finalmente, que objetivar para observar es sinónimo de convertir lo vivo en inerte, de desvitalizar, de simplificar la complejidad y variabilidad del ente definido.

Ahora bien, pese a que el énfasis en la visión ha sido consustancial a la historia de Occidente, a partir del siglo XVI –con el advenimiento y posterior auge de la modernidad y de sus lógicas coloniales intrínsecas– la organización de la vida en su conjunto se comienza a racionalizar y objetivar de una forma inédita. Aparecen los conocidos “recursos humanos” y “recursos naturales”. Los Estados, paulatinamente, empiezan a preocuparse por el entendimiento y modelamiento creciente de las poblaciones humanas, animales, y de la naturaleza y el territorio en general, dinámica que llega a un punto álgido en el siglo XIX y se intenta imponer a lo largo y ancho del globo hasta nuestros días. La construcción de los hospitales, las cárceles, las escuelas y los cuarteles son indisociables de una racionalidad científica (blanca, occidental) que pasa a ser parte del ejercicio gubernamental de poder, pues dichos espacios son impensables hoy sin los discursos médicos, psicológicos, biológicos, jurídicos, etc., que los acompañan. El zoológico emerge como un dispositivo más en este esquema de saber/poder.

 

El zoológico como dispositivo moderno

 

El zoológico es, pues, un dispositivo entre muchos otros, compuesto por discursos y espacios de visibilidad. Es decir, resulta impensable sin los discursos biológicos, zoológicos, etológicos, veterinarios, zootécnicos, etc., y sin espacios físicos puntuales donde están recluidos los animales. Pero lo más interesante aquí es que el zoológico no alberga meramente a los animales salvajes, sino que los produce. Los animales salvajes deben su existencia al zoológico, así como los domésticos a las granjas (industriales o tradicionales, estas últimas no exentas de racionalización) y los de laboratorio a los bioterios. En otros términos, atacar la existencia de los zoológicos, pelear por su abolición, implica también cuestionar lo que se entiende comúnmente por “animal salvaje”, así como sus diferencias con los animales domésticos y de laboratorio.

El moderno zoológico en parte constituye una evolución de las Casas de Fieras poseídas por reyes-patriarcas (ungidos divinamente) como signo de su poderío y expresión de su control. Casas de Fieras que, con el ánimo democratizador de la modernidad, dejan de reflejar el poder particular de un rey para pasar a reflejar el gobierno racional, científico, del Estado sobre la naturaleza y la población. No es casual que la construcción de los zoológicos haya sido subvencionada por los Estados, ni que las grandes ciudades modernas tengan uno representativo: Berlín, París, Londres, Ámsterdam, Buenos Aires, Santiago de Chile, etc. De hecho, el primer gran zoológico moderno (genealógicamente hablando), el de París, fue inicialmente la mismísima Casa de Fieras del rey Luis XIV, en Versalles. Y hablamos de Luis XIV, no de cualquier rey, sino de un rey famoso por la frase “el Estado soy yo”, que, más allá de que la hubiera pronunciado o no, da cuenta del Estado absolutista que este encarnaba, de una soberanía supuestamente absoluta proveniente de un modelo teológico (la soberanía de Dios sobre sus criaturas) y reeditada en la soberanía nacional del Estado moderno, compuesto por los diversos dispositivos que acá hemos mencionado someramente.

En síntesis, atacar los zoológicos, las granjas y los bioterios, como solemos hacer los animalistas abolicionistas, es atacar la definición científica misma de animal salvaje, doméstico y de laboratorio, y, por ende, la diferencia entre humanos y animales, y entre lo humano y lo no humano en general. Pero cuestionar los zoológicos, las granjas y los bioterios implica también cuestionar los hospitales, las cárceles, las escuelas, los manicomios, etc. Por supuesto, una escuela no equivale a una prisión, ni un zoológico a un hospital mental, pero responden a un mismo diagrama de fuerzas que los comunica. Un diagrama que no es otro que el del capitalismo colonial y patriarcal contemporáneo, sus instituciones e ímpetu depredador... Espero que estas sean más razones para que juntos y juntas gritemos “¡abolición!”.

Publicado enEdición Nº225
Hacia un animalismo improductivo e irresponsable

Dejarte acariciar por las letras, no domesticar por el autor

 

“Los (pretendidos) hiperhumanos de hoy adolecen de excesiva buena conciencia, y de su correlato: remordimiento o mala conciencia”... Quise empezar este texto con tal afirmación, enigmática por demás, quizá difícil de “comprender”. Lo hago con varios objetivos, pero probablemente es uno el que más importa: no deseo tratar a “mis lectores” como objetos sobre los cuales es necesario depositar, excretar, mis “ilustres” opiniones; me gustaría, antes bien, llamar su atención, provocarlos, acariciarlos con cada palabra, así dichas caricias –que no son mías sino de las marcas (las letras, sus espacios, su color, etcétera) que, de una u otra forma, ustedes encuentran legibles cada uno a su modo– les generen desconcierto, confusión, angustia o incluso ira. A menudo la labor del columnista o del analista es la del domesticador o el domador, la de un aplicado pastor de animales humanos, de humanos salvajes a los que se hace necesario educar, adiestrar. De ahí que la mayoría de medios masivos de comunicación sean tan redundantes en sus expresiones, tan polarizantes además, y que carezcan de vida. Todo gesto creativo, vital, es inmediatamente cuestionado por su presunta falta de rigor, seriedad, sobriedad o transparencia.

El juego (erótico, de inocentes caricias) está prohibido, pues como adultos responsables debemos “ir al grano”, eyacular rápido, saber que los pacientes actos de creatividad tienen sus espacios delimitados en nuestras sociedades de hiperconsumo: el mercado (donde, si se posee el dinero, se le puede dar rienda suelta a los deseos más profundos), el manicomio y la esfera de “las artes y la cultura”. Contener la creatividad es contener lo que de “animal” hay en nosotros y nosotras, y, a su vez, despreciar la demencia, la feminidad-afectividad, la irracionalidad, en suma, el salvajismo generalizado que nos compone. Es como si, en épocas de ecologismos y animalismos, fuéramos más humanos que nunca y, por ende, acudiéramos a un desprecio de lo “no-humano” sin precedentes. Mi animalismo empieza por reconocer que las dicotomías autor/lector y sujeto/objeto son correlato de la dicotomía jerárquica humano/no-humano, y que cualquier tentativa de desestabilizar el antropocentrismo pasa incluso por la revaloración de los ejercicios de lectura y escritura.

 

La ley 1774 en contexto

 

Volvamos a nuestra afirmación inicial: “Los (pretendidos) hiperhumanos de hoy adolecen de excesiva buena conciencia, y de su correlato: remordimiento o mala conciencia”. Y sí, repetir va en contra de los principios económicos de eficiencia y eficacia. En todo caso, en sentido estricto, nuestra repetición, creemos, es más creativa que la redundancia más mediática. Repetimos porque amamos la vida, porque nos regocijamos en el ocio, la dilatación y la improductividad, porque aborrecemos el ritmo imparable de los humanos, de quienes tratan la Tierra como un kleenex. ¡La invención de las servilletas y las bolsas plásticas es tal vez el signo más palpable de un mundo decadente! Nosotras repetimos. Nosotras las vacas, como diría Nietzsche, rumiamos, rumiamos, y digerimos lentamente, alegremente. Hay algo más allá del ciclo “reproducción-producción-consumo”... al que a nosotras las vacas también nos desean someter, ¡nos negamos a que hagan de nuestros voluptuosos cuerpos un bistec!, nos negamos a ser su comidita rápida del día. En fin, esa afirmación que aquí repetimos expresa, de hecho, algo bastante simple pero difícil de asimilar: si los seres humanos históricamente se han definido por su racionalidad (o alma racional), una racionalidad capaz de controlar el cuerpo y la naturaleza, en tiempos neoliberales asistimos a una explosión de “lo humano”, pues, se nos dice, los individuos deben ser capaces de educarse a sí mismos constantemente, de esforzarse por mantenerse saludables, de entretenerse, de escoger hábilmente entre alternativas diferenciadas en un entorno altamente inestable.

 

Protección parcial e interesada

 

Los humanos del neoliberalismo son, o pretenden ser, hiperhumanos: sujetos extremadamente racionales que se bastan a sí mismos, y que con su racionalidad exacerbada controlan sus entornos caóticos y se modifican incesantemente para adaptarse mejor. Como es sabido, el ascenso de este tipo de individuos es directamente proporcional a la privatización de las empresas público-estatales y de otros mecanismos, no necesariamente estatales (como los experimentos de vida comunista/comunitaria), que se levantaban sobre la asunción más o menos amplia de seres humanos dependientes, integrantes de un ingente mundo social-natural.

 

 

Los hiperhumanos de hoy se proyectan en tanto seres infinitamente responsables de sí. Es decir, de no conseguir trabajo es por su culpa, de no tener éxito académico es por su culpa, de no gozar de buena salud es por su culpa. Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa (¡vaya inventico judeo-cristiano el de la culpa y el libre albedrío!). Y claro, a la larga lista de deberes autoimpuestos se le suma el imperativo de conciencia ecológica, animal y social. No es casual, por ende, que la compra de unas zapatillas ya venga con su dosis de buena conciencia (“al adquirirlas ayudarás a los niños de África”) o que el cartón de una hamburguesa tenga impreso el símbolo de “reciclable”. No es casual tampoco que los finales del siglo XX, y comienzos del XXI, sean los momentos de oro de las leyes y políticas “verdes”, de los discursos pseudoindigenistas o new age y de las organizaciones humanitarias. Más aún, la Constitución colombiana de 1991, conocida como la Constitución verde (y multicultural), así como el Estatuto nacional de protección de los animales (1989), tuvieron lugar en el mismo momento de entrada del neoliberalismo al país. Ni la Constitución ni el Estatuto de protección han logrado frenar la crisis ambiental (el extractivismo anda campante) y mucho menos la subordinación/explotación animal, así como tampoco se ha logrado frenar el alarmante expolio de los pueblos indígenas y las comunidades negras. Entonces, ¿reflejan las leyes la “buena conciencia” del hiperhumano neoliberal? Sí, pero quizás no absolutamente, también constituyen huellas de luchas irreductibles a cualquier comprensión sistémica del asunto; no obstante, es preciso insistir en las dimensiones perniciosas de las normas para no quedarnos en ellas, para caminar más allá.

Así pues, me gustaría ahora aludir a unos cuantos asuntos jurídicos que han sido relevantes para las discusiones sobre la llamada protección animal. El año 2016 inició para muchos animalistas con una gran noticia: la Ley 1774 modificó el Código Civil, el mencionado Estatuto de protección, el Código Penal y el Código de Procedimiento Penal; su principal logro fue declarar, en el Artículo 1, que “los animales como seres sintientes no son cosas”, por lo que deben recibir “especial protección contra el sufrimiento y dolor”, lo cual conduce a tipificar ciertas conductas hacia los animales como punibles, además de establecer “un procedimiento sancionatorio de carácter policivo y judicial”. ¿Significa esto que los animales dejan de ser considerados en el Código Civil como bienes? Para nada, la diferencia es que no son meros bienes, sino bienes sintientes, por lo que merecen cierta protección. En otros términos, al poner el Artículo 1 de la Ley 1774 en un contexto más amplio nos percatamos de que los animales siguen siendo cosas, propiedades, aunque poseen una dimensión, la de la “sintiencia”, que les otorga alguna defensa. De lo contrario quedarían instantáneamente abolidos un conjunto de negocios como el de la venta de animales-mascota, la vivisección, la ganadería, las corridas de toros, etc. Se puede, pues, inferir que la Ley 1774 no cuestiona la máquina especista antropocéntrica, simplemente refuerza el “buen uso” de cada animal dado su destino-función en el orden dominante, dependiendo de si se trata de uno silvestre, asilvestrado, doméstico o domado.

La ley en cuestión, antes que desestabilizar o resquebrajar el orden imperante, posee un alcance eminentemente punitivo y policial, lo cual, evidentemente, fortalece el aparato punitivo y policial del Estado y la moralización de los ciudadanos, a saber, su despreciable domesticación.
Es más, recordemos que si algo caracteriza al Estado neoliberal es su reducción en cuanto a la prestación directa de ciertos servicios (se los descarga al sector privado), pero también el abultamiento del aparato punitivo y policial-militar, el cual garantiza un clima de seguridad para los intercambios individuales privados, sobre todo los relativos a las grandes empresas.

Cada individuo racional debe, según sus intereses, alcanzar las metas propuestas a través del mercado y de su propio esfuerzo, debe saber seguir un conjunto de reglas económicas y, en la medida de lo posible, ser solidario, tolerante y responsabilizarse por lo que hace o deja de hacer en general. Esto garantiza el armonioso orden del capital, y claro, la vigilancia de unos individuos frente a los otros y de una poderosa fuerza bélica en caso de que aparezca uno que otro “salvaje” o “terrorista” que ponga en tela de juicio la susodicha “armonía”. Así lo atestigua la resistencia afro que recientemente adquirió visibilidad al tomarse la vía Panamericana y ser recibida con el Escuadrón móvil antidisturbios. Resistencia afro que viene afirmando una lucha no solo por el territorio, como comúnmente se dice, sino por la sustentabilidad de un conjunto de formas-de-vida en movimiento pero siempre basadas-en-lugar. La resistencia afro es la afirmación de potentes formas-de-vida donde se le apunta a una redefinición de lo humano mismo, y de los límites entre lo humano y lo no-humano, es una apuesta donde las nociones mismas de naturaleza y animalidad cambian de función y significado, por lo tanto constituye una afrenta contra los hiperhumanos de hoy y su “buena conciencia” (ecológica y social).

 

Mirada antropocéntrica

 

Alejandro Ordoñez, ese remedo de procurador que tenemos, recientemente reaccionó, mediante un concepto enviado a la Corte Constitucional, a una demanda de inconstitucionalidad contra los artículos del Código Civil que, como dijimos, aún consideran a los animales como bienes. Muchas organizaciones animalistas pusieron el grito en el cielo porque para Ordoñez, como era de esperarse, los únicos poseedores de dignidad (y alma) son los seres humanos, mientras que los animales son propiedades (creaciones divinas) a su servicio. Yo de lo que me sorprendo es del excesivo moralismo (judeo-cristiano) que trasluce el liberalismo de la mayoría de voceros animalistas, su insistencia en la responsabilidad moral, la culpa y la punición. Su asumido papel civilizador hacia quienes consideran “oscurantistas” (como Ordoñez), “bárbaros” o “salvajes”. Su ensimismamiento en los animales y soterrado desprecio de la animalidad. Su proyecto de construcción de “buenos ciudadanos libres”, perfectamente adiestrados, ¿de hiperhumanos? La urgencia que se nos presenta es la de cuestionar la definición misma de lo que es un animal doméstico, su diferencia con uno salvaje o domado, la diferencia entre un humano y un animal, la separación entre lo animal y lo vegetal; en suma, lo que está en juego hoy es la vida y la materialidad en su conjunto, ¡hablamos de formas-de-vida enteras, entrelazadas! A mí me causa el mismo escozor que el Código Civil defina como bienes a ser “dominados, poseídos, usados o gozados” a las plantas y la tierra. Tal vez, solo tal vez, si empezamos por la “vida inorgánica”, si nos fijamos en su potencia, podamos redefinir radicalmente lo humano y lo animal, en lugar de insistir en el ensanchamiento, en la reforma, de un esquema humanista ya caduco.

Publicado enEdición Nº224