Martes, 16 Abril 2019 18:32

El cordón sanitario

Fernando Maldonado, Paisaje del estratega, mixta sobre lienzo, 80 x 100 cm., 2013 (Cortesía del autor)

Durante décadas, el poder electoral de la extrema derecha funcionó como una póliza de seguro para los liberales de izquierda y de derecha: cualquier burro moderado pasaba sin mayor dificultad la línea de llegada, en caso de competir contra una formación política inadmisible, indeseable, repulsiva. En la elección presidencial francesa de 2002, el resultado de Jean-Marie Le Pen se estancó entre una y otra vuelta, pasando de 16,8 por ciento a 17,8 por ciento. Mientras tanto, el de su rival Jacques Chirac trepó de 19,8 por ciento a 82,2 por ciento de los sufragios emitidos. Esa misma jugada permitió a Emmanuel Macron ganar en 2017, aunque por una diferencia menos impactante.


Lo que dio resultado contra la extrema derecha, los liberales piensan volver a implementarlo contra la izquierda. Para evitar su eventual avance, están tratando de construir un muro de valores que acabará por hacerla sospechosa. Para obligar así a conformarse pese a todo a quienes ya no soportan a los políticos en el poder por considerar demasiado viles a sus oponentes más fuertes.


La calumnia del antisemitismo


El azar sabe hacer las cosas, y la calumnia de una izquierda devenida en antisemita echa brotes al mismo tiempo en Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Una vez definido el blanco, basta hallar un comentario torpe, extremista o abyecto en la página de Facebook o la cuenta de Twitter de uno de los integrantes de la corriente política que uno se propone desprestigiar (el Partido Laborista británico tiene más de 500.000 adherentes). Después los medios toman la posta. Con tal de destruir a un adversario, también pueden imputársele ideas antisemitas que le son ajenas –del estilo: la democracia, el periodismo y las finanzas están al servicio de los judíos– en cuanto formule una crítica a la oligarquía, los medios o la banca.


Y la rueda empieza a girar. “Si [Jeremy] Corbyn se instalara en Downing Street, podríamos decir que por primera vez desde Hitler, un antisemita gobierna a un país europeo”, finge alertar el académico Alain Finkielkraut (1). La situación es igualmente amenazante en Estados Unidos, ya que según el presidente Donald Trump, con la elección al Congreso de varios militantes de izquierda “el Partido Demócrata se volvió un partido antiisraelí, un partido antijudío”. “Los demócratas detestan al pueblo judío”, agrega. Por su parte, Bernard-Henri Lévy acaba de vincular al diputado y periodista francés François Ruffin, tanto con Lucien Rebatet, autor del panfleto antisemita Les Décombres (Los escombros) como con Xavier Vallat, Comisario General para los asuntos judíos bajo el régimen de Vichy, y con Robert Brasillach, colaboracionista fusilado en la Liberación.


Este fabulador apreciado por los medios habría incluso detectado en Ruffin una “filiación consciente o solapada con la prosa de Gringoire” (2), semanario que destila odio antisemita, una de cuyas más famosas campañas de difamación llevó al suicidio a un ministro del Frente Popular.


En Francia y Estados Unidos hubo judíos asesinados por antisemitas. Semejante drama no debe servir de arma ideológica a Trump, el gobierno israelí y los intelectuales mentirosos. Si es necesario construir un cordón sanitario, mejor será que nos proteja de quienes imputan a sus adversarios una infamia de la cual los saben inocentes.

1. “Alain Finkielkraut: ‘Ich bin kein Opfer’”, Die Zeit, Hamburgo, 21-2-19.
2. Bernard-Henri Lévy, “Il faut franchir le ‘point Godwin’”, Le Point, París, 7-3-19.
*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Patricia Minarrieta

 

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Martes, 09 Abril 2019 10:10

El cordón sanitario

Fernando Maldonado, Paisaje del estratega, mixta sobre lienzo, 80 x 100 cm., 2013 (Cortesía del autor)

Durante décadas, el poder electoral de la extrema derecha funcionó como una póliza de seguro para los liberales de izquierda y de derecha: cualquier burro moderado pasaba sin mayor dificultad la línea de llegada, en caso de competir contra una formación política inadmisible, indeseable, repulsiva. En la elección presidencial francesa de 2002, el resultado de Jean-Marie Le Pen se estancó entre una y otra vuelta, pasando de 16,8 por ciento a 17,8 por ciento. Mientras tanto, el de su rival Jacques Chirac trepó de 19,8 por ciento a 82,2 por ciento de los sufragios emitidos. Esa misma jugada permitió a Emmanuel Macron ganar en 2017, aunque por una diferencia menos impactante.


Lo que dio resultado contra la extrema derecha, los liberales piensan volver a implementarlo contra la izquierda. Para evitar su eventual avance, están tratando de construir un muro de valores que acabará por hacerla sospechosa. Para obligar así a conformarse pese a todo a quienes ya no soportan a los políticos en el poder por considerar demasiado viles a sus oponentes más fuertes.


La calumnia del antisemitismo


El azar sabe hacer las cosas, y la calumnia de una izquierda devenida en antisemita echa brotes al mismo tiempo en Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Una vez definido el blanco, basta hallar un comentario torpe, extremista o abyecto en la página de Facebook o la cuenta de Twitter de uno de los integrantes de la corriente política que uno se propone desprestigiar (el Partido Laborista británico tiene más de 500.000 adherentes). Después los medios toman la posta. Con tal de destruir a un adversario, también pueden imputársele ideas antisemitas que le son ajenas –del estilo: la democracia, el periodismo y las finanzas están al servicio de los judíos– en cuanto formule una crítica a la oligarquía, los medios o la banca.


Y la rueda empieza a girar. “Si [Jeremy] Corbyn se instalara en Downing Street, podríamos decir que por primera vez desde Hitler, un antisemita gobierna a un país europeo”, finge alertar el académico Alain Finkielkraut (1). La situación es igualmente amenazante en Estados Unidos, ya que según el presidente Donald Trump, con la elección al Congreso de varios militantes de izquierda “el Partido Demócrata se volvió un partido antiisraelí, un partido antijudío”. “Los demócratas detestan al pueblo judío”, agrega. Por su parte, Bernard-Henri Lévy acaba de vincular al diputado y periodista francés François Ruffin, tanto con Lucien Rebatet, autor del panfleto antisemita Les Décombres (Los escombros) como con Xavier Vallat, Comisario General para los asuntos judíos bajo el régimen de Vichy, y con Robert Brasillach, colaboracionista fusilado en la Liberación.


Este fabulador apreciado por los medios habría incluso detectado en Ruffin una “filiación consciente o solapada con la prosa de Gringoire” (2), semanario que destila odio antisemita, una de cuyas más famosas campañas de difamación llevó al suicidio a un ministro del Frente Popular.


En Francia y Estados Unidos hubo judíos asesinados por antisemitas. Semejante drama no debe servir de arma ideológica a Trump, el gobierno israelí y los intelectuales mentirosos. Si es necesario construir un cordón sanitario, mejor será que nos proteja de quienes imputan a sus adversarios una infamia de la cual los saben inocentes.

1. “Alain Finkielkraut: ‘Ich bin kein Opfer’”, Die Zeit, Hamburgo, 21-2-19.
2. Bernard-Henri Lévy, “Il faut franchir le ‘point Godwin’”, Le Point, París, 7-3-19.
*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Patricia Minarrieta

Publicado enInternacional
La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

 

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

 

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

 

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

 

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

 

Una nueva derecha militante y militarista

 

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

 

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

 

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

 

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

 

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

 

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

 

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

 

El peor período de los movimientos

 

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

 

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

 

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

 

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

 

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

 

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

 

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

 

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

 

Sobrevivir y crecer a la intemperie

 

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

 

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

 

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

 

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

 

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

 

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

 

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Publicado enPolítica
La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

 

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

 

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

 

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

 

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

 

Una nueva derecha militante y militarista

 

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

 

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

 

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

 

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

 

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

 

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

 

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

 

El peor período de los movimientos

 

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

 

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

 

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

 

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

 

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

 

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

 

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

 

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

 

Sobrevivir y crecer a la intemperie

 

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

 

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

 

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

 

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

 

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

 

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

 

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Publicado enEdición Nº253
Alternativas antisistémicas a 22 años de rebelión zapatista

El primero de enero de este año, los subcomandantes insurgentes Moisés y Galeano, en nombre del Comité Clandestino Revolucionario Indígena –Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)– hicieron pública una declaración política para celebrar el 22 aniversario del inicio de la guerra contra el olvido, ese ¡ya basta! que prepararon en sigilo los mayas zapatistas durante una década. Porque hay quienes pretenden borrar la memoria según convenga, los subcomandantes nos recuerdan que el fuego de su palabra buscaba despertar a quien dormía, levantar a quien caía, indignar a quien se conformaba y se rendía, rebelar la historia y obligarla a decir lo que callaba. Develar esa historia –destacan los insurgentes zapatistas– de explotaciones, asesinatos, despojos, desprecios y olvidos que se escondía detrás de la historia de arriba.

Veintidós años después de esa memorable toma de ciudades en el sureño estado de Chiapas, bastiones del poder y del racismo criollo-mestizo, por un ejército de indígenas que revindicaba el artículo 39 de nuestra violentada Carta Magna, ese extraordinario movimiento, vilipendiado hoy como ayer por el poder y los intelectuales de la verdad absoluta y la amargura, convoca a reafirmar la conciencia de lucha y de compromiso para seguir adelante, cueste lo que cueste y pase lo que pase, no permitamos que el mal sistema capitalista destruya lo que hemos conquistado y lo poco que hemos podido construir con nuestro trabajo y esfuerzo durante más de 22 años: ¡nuestra libertad!

Conscientes de la tormenta que provoca la hidra capitalista con la guerra contra los pueblos y las amenazas contra la madre tierra y la sobrevivencia de la propia especie humana, consideran que ahora no es momento de echarnos para atrás, de desanimarnos o de cansarnos, debemos estar más firmes en nuestra lucha, mantener firmes las palabras y ejemplos que nos dejaron nuestros primeros compañeros: de no rendirse, no venderse y no claudicar.

Recuerdan las mutaciones experimentadas por su movimiento: en un inicio, tomar nuestras armas para matar o morir por una causa justa; posteriormente, después de las masivas manifestaciones en México y en el mundo en favor de la paz y contra la represión del Estado mexicano, el cambio en su forma de rebeldía, porque sabían que una "lucha justa del pueblo es por la vida y no por la muerte (...) Por eso entendimos que era necesario construir nuestra vida nosotros mismos, nosotras mismas, con autonomía. En medio de las grandes amenazas, de los hostigamientos militares y paramilitares, y las constantes provocaciones del mal gobierno, empezamos a formar nuestro propio sistema de gobernar, nuestra autonomía, con nuestra propia educación, nuestra propia salud, nuestra propia comunicación, nuestra propia forma de cuidar y trabajar a nuestra madre tierra; nuestra propia política como pueblo y nuestra propia ideología de cómo queremos vivir como pueblos, con otra cultura".

Hay quienes incluso sin haber estado en territorio rebelde juzgan desde las exterioridades de una intelectualidad que desprecia profundamente estos extraordinarios esfuerzos de los pueblos mayas zapatistas para resistir el embate de una guerra de desgaste contrainsurgente por parte de un gobierno criminal, considerándolos reducidos a la intranscendencia, encapsulados, aislados, de magros resultados; para estos académicos que se consideran, ellos sí, estrechamente vinculados a las luchas y las fuerzas concretas, a la centralidad de la lucha contemporánea, no tiene importancia ni significación para las alternativas emancipatorias anti-capitalistas el que durante estos 22 años de resistencia y rebeldía, el EZLN construya otra forma de vida, auto-gobernándose como pueblos colectivos, bajo los siete principios del mandar obedeciendo, "construyendo un nuevo sistema y otra forma de vida como pueblos originarios. Uno donde el pueblo manda y el gobierno obedece (...) Podemos decirlo sin pena: las comunidades zapatistas no sólo están mejor que hace 22 años. Su nivel de vida es superior al de quienes se han vendido a los partidistas de todos los colores".

La izquierda se dimensiona hoy día, tanto en la escala de los procesos autonómicos como en la de otras experiencias en el ámbito mundial, por su práctica concreta para forjar poder popular, más allá de las organizaciones o los partidos que las impulsen; de ahí la consigna para todos, todo, para nosotros, nada; esta es la medida para evaluar un proceso en curso, los sujetos auto-desarrollados que lo protagonizan, y no sólo los liderazgos. Así lo describen de manera singular los voceros zapatistas: "Antes, para saber si alguien era zapatista se veía si traía paliacate rojo o pasamontañas. Ahora basta ver si sabe trabajar la tierra; si cuida su cultura; si estudia para conocer la ciencia y la técnica; si se respeta como mujeres que somos; si tiene la mirada en alto y limpia; si sabe que manda como colectivo; si ve los cargos de gobierno autónomo rebelde zapatista como servicio y no como negocio; si cuando le preguntan algo que no sabe, responde "no lo sé... todavía"; si cuando se burlan diciéndole que los zapatistas ya no existen, que somos muy pocos, responde no te preocupes, ya vamos a ser más, de repente tarda, pero sí vamos a ser más; si mira lejos en calendarios y geografías; si sabe que el mañana se siembra hoy".

Los caminos de las luchas anticapitalistas y de resistencia contra el modelo de mundialización neoliberal son multifacéticos. Por ello, los zapatistas insisten en respetar maneras, tiempos y geografías de estos procesos. En todo caso, cualquier debate en torno a los gobiernos progresistas no puede hacerse a partir de construir adversarios a modo y, en particular, a costa de deslegitimar y minimizar las dignas luchas autonómicas de los mayas zapatistas que a 22 años de su rebelión, ciertamente, no se venden, no se rinden, no claudican y, sobre todo, no se corrompen ni traicionan los principios fundacionales y la congruencia ética que caracterizan al pensamiento crítico de izquierda.

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Martes, 09 Abril 2013 18:47

Radicales antisistema

Radicales antisistema

Se suele utilizar el término "antisistema" casi como sinónimo de "terrorista". Los radicales antisistema se identifican en el lenguaje de los medios con jóvenes de largas cabelleras, vestimenta oscura y sucia, barba descuidada y fuertes inclinaciones a ejercer la violencia, en el mejor de los casos contra el mobiliario urbano, y en el peor contra sufridos agentes de ley. Sabiendo que el lenguaje nunca es inocente y frecuentemente es traidor, conviene plantearse varias preguntas acerca de este calificativo: ¿de qué sistema se trata? ¿La expresión se refiere al sistema capitalista, al sistema democrático o a ambos? ¿Se da por supuesto que este calificativo incluye el ejercicio de la violencia? ¿Es posible rechazar el sistema capitalista y defender el sistema democrático o viceversa? ¿El adjetivo "radical" conserva su significado etimológico, que implica profundizar hasta la raíz de los problemas, o ha pasado a significar lo mismo que "extremista y violento"?

 

La derecha  está intentando convencernos, contra toda evidencia,  de la indisoluble unidad del capitalismo y el sistema democrático. Y por lo tanto pretende que el adjetivo "antisistema"  tenga un significado unívoco y que abarque a ambos. Pero olvida intencionadamente que ese término puede entenderse de modos muy diversos y admite distintas valoraciones. Sucede lo mismo con frases similares: la expresión "que se vayan todos", que se coreó ante el  Congreso de los Diputados o la consigna "no nos representan" también son ambiguas. Pueden entenderse como el rechazo global y sin matices de las instituciones del sistema democrático pero también pueden  ser la expresión de una legítima protesta contra la inoperancia de nuestros representantes, que no han sido capaces de articular una respuesta política al intento de desmantelar nuestro precario estado de bienestar. Y ambos sentidos son muy distintos.

 

No solo en España, sino en toda Europa –por lo menos- predomina una clase política de vuelo bajo, incapaz de mirar más allá de las próximas elecciones y renuente a emprender cambios de fondo que implicarían un enorme coste para ella. Por no hablar de los casos de corrupción, quizás no generalizados pero demasiado numerosos. Sin embargo, no habría que caer en la trampa de identificar a los políticos actuales con las mismas instituciones democráticas. Y ello, por dos razones. En primer lugar porque no todos los políticos son ineptos y venales: entre ellos hay gente lúcida y honesta que hace lo que puede –poco- en un sistema en el cual sus competencias son mínimas. Y en segundo lugar porque la política es necesaria. Nos guste o no, la vida pública de un país requiere ser organizada en instituciones y gestionada por políticos (aunque no necesariamente profesionales ni pertenecientes a los partidos actuales): un país de cuarenta y siete millones de habitantes integrado en la Unión Europea no puede soñar con una organización  como la que quería Rousseau para la República de Ginebra, una democracia directa de tipo asambleario sin separación de poderes y que prescindía de los partidos políticos.

 

Creo que en estos momentos hay que trabajar en dos direcciones. Por una parte, mostrar que la crisis actual no se limita a un problema transitorio de liquidez sino que constituye la demostración del fracaso del capitalismo financiero y la exigencia de un cambio radical de modelo económico, que ponga la riqueza en manos de instituciones democráticas. En este sentido, bienvenidas sean esas manifestaciones que "piden lo imposible": la utopía tiene un lugar importante en la historia y si bien nunca termina de realizarse –por fortuna- es indispensable para señalar la dirección a la que hay que dirigirse. Y me parece una actitud inteligente la opción por la no violencia que han manifestado esos movimientos desde que surgieron: la fuerza de esas protestas surge de su capacidad para convocar a sectores muy distintos y lograr manifestaciones masivas. Una opción por la violencia los convertiría en vanguardias sectarias mucho más fáciles de aislar.

 

Pero por otra parte no se puede descuidar la participación en la gestión política cotidiana de las instituciones democráticas, incluyendo los partidos políticos, los actuales u otros. Es necesario exigir una reforma electoral que  asegure una verdadera representación proporcional, reclamar la creación de una potente banca pública que evite la previsible privatización de las instituciones salvadas con nuestro dinero, conseguir la reforma del aparato burocrático del Estado, en el que sobran designaciones a dedo, coches oficiales e instituciones inútiles para evitar así recortes en sanidad, educación y servicios sociales, presionar para evitar desahucios que dejan miles de familias en la calle con el único objeto de mejorar las cuentas de resultados de los Bancos, evitar la marginación de los inmigrantes y tantas otras medidas que son posibles aquí y ahora. Además de una reforma constitucional que asegure, entre otras cosas, canales de participación de los ciudadanos que no se limiten a los aparatos partidarios. Y para llevar a la práctica todo esto se necesitan políticos.

 

Se objetará que tales medidas son puramente reformistas y que no implican la desaparición del sistema que ha provocado la crisis. Es verdad. Pero se trata de reformas que serán necesarias también en un deseable cambio del sistema y que permiten la incorporación de mucha gente que no comparte objetivos más ambiciosos. La superación del sistema capitalista no será nunca el resultado de la acción de pequeñas vanguardias violentas sino que exige el convencimiento mayoritario de que es posible otro tipo de organización económica y política, caracterizada por una gestión democrática de la economía financiera. Y para ello es necesario superar los dos vicios históricos de la izquierda: el sectarismo y el dogmatismo.

 

Es más cómoda, por supuesto, una protesta global e indiferenciada contra todo, una descalificación de todo lo que se mueve, metiendo en el mismo saco el parlamento entero, el capitalismo, todos los políticos, los bancos, los empresarios, los jueces, los sindicatos y, ya puestos, hasta las comunidades de vecinos. E incluso resulta más cómodo arriesgar la integridad corporal en violentas protestas callejeras. Pero en política, como en la vida misma, las abstracciones, las generalidades y las consignas puramente emocionales son muy peligrosas: suelen dar lugar a la aparición de iluminados que pretenden encarnar en ellos una supuesta e indiferenciada voluntad popular que acumula  la suma del poder público. Tales protestas indiscriminadas pueden favorecer un inmovilismo que permite que los gestores de siempre sigan haciendo su trabajo mientras en la calle la policía se encarga de reprimir a grupos reducidos que se limitan a gritar consignas maximalistas y a quemar algunos contenedores.

 

Hay que rescatar el calificativo de "radicales antisistema" de las connotaciones interesadas que limitan su significado a vociferantes enemigos de toda convivencia civilizada (que también los hay, por supuesto). Muchos pensamos que la salida de la crisis actual exige poner en cuestión las mismas raíces de un sistema capitalista que además de injusto es ineficiente y en ese sentido un razonable radicalismo antisistema no solo no constituye una amenaza para el sistema democrático sino que es la única manera de defenderlo.

 


*Escritor y filósofo

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Viernes, 02 Noviembre 2012 11:06

Geopolítica y lucha antisistémica

Geopolítica y lucha antisistémica

Cuando los pueblos se lanzan a la lucha no calculan las relaciones de fuerzas en el mundo. Simplemente pelean. Si antes de hacerlo se dedicaran a examinar las posibilidades que tienen de vencer, no existirían ni los movimientos antisistémicos ni la multitud de levantamientos, insurrecciones y resistencias que están atravesando el mundo y nuestra región. Los y las de abajo nunca actuaron con base en la racionalidad instrumental, como suelen creer los cientistas sociales y los analistas que ven el mundo desde arriba.

 

La gente común aplica en su vida cotidiana, de la que forman parte tanto las resistencias como los levantamientos, una racionalidad otra, hilvanada de indignaciones, sufrimientos y gozos, que los lleva a actuar con base en su sentido común de dignidad y ayuda mutua. Los cálculos racionales, eso que cierta izquierda ha dado en llamar "la correlación de fuerzas", no forman parte de las culturas del abajo. Pero tampoco se ponen en acción de forma mecánica, espontánea como gustan juzgar despectivamente los profesionales de la revolución, sino en consulta con otros y otras que comparten los mismos territorios en resistencia. Ahí sí, evalúan y analizan, teniendo en cuenta si ha llegado el momento de lanzar nuevos desafíos. Lo que suele ocupar el centro de sus análisis es si están capacitados para afrontar las consecuencias del desafío, que siempre se miden en muertos, heridos y cárcel. En suma, los de abajo se lanzan a la acción luego de evaluar cuidadosamente la fortaleza interior, la situación de sus propias fuerzas y no tanto las relaciones entre los arribas y los abajos que, salvo excepciones, siempre son desfavorables.

 

¿Por qué entonces estudiar las relaciones entre estados, los nuevos desequilibrios y los cambios que se están produciendo? O, mejor, ¿qué importancia tiene la geopolítica, una ciencia creada por los estados imperialistas para dominar las periferias, para los movimientos antisistémicos?

 

La primera, casi obvia, es que siempre es necesario conocer los escenarios en los que actuamos y de modo muy particular las tendencias de fondo que mueven el mundo en un periodo de especial turbulencia. Si acordamos que el sistema-mundo en el que vivimos está atravesando un periodo de cambios profundos y los modos de dominación mutan con cierta rapidez, seguir el rastro de dichas mutaciones es tan importante para el militante como el reconocimiento del terreno lo es para el combatiente. Siempre que se reconozca que la forma adecuada de conocer es la transformación, la acción y no la contemplación.

 

La plática del subcomandante insurgente Marcos titulada luego La Cuarta Guerra Mundial fue una pieza importante para situar a los rebeldes del mundo en una realidad nueva realidad que es la continuación de la guerra contra los pueblos de Chiapas "pese a que pudo haber terminado de una forma digna y ejemplar"1. De alguna manera estos análisis son algo así como cartografías o mapas rudimentarios: orientan sin determinar, muestran los obstáculos que hay por delante y los posibles atajos.

 

En este caso, se trata de echar luz sobre la novedad que supone, para los pueblos sudamericanos en particular, la presencia de un vecino con vocación imperial en las fronteras de nuestros territorios. No sólo eso. El ascenso de Brasil como potencia regional y global va de la mano del nacimiento de un nuevo bloque de poder que está reconfigurando el carácter del conflicto en ese país, pero también en la región.

 

La segunda cuestión, derivada directamente de la anterior, se relaciona con los impactos de los actuales procesos interestatales y geopolíticos en los movimientos sociales. Brasil Potencia es posible gracias a la alianza de un sector decisivo del movimiento sindical y del aparato estatal federal con la burguesía brasileña y las fuerzas armadas. Explicar la ampliación/reconfiguración del bloque en el poder ha sido uno de mis objetivos centrales porque estoy convencido que supone la mayor novedad que se produce en nuestra región en décadas. La división del trabajo entre los propietarios del capital y quienes lo administran (básicamente dirigentes del PT y de algunos grandes sindicatos), o sea entre dos fracciones de la burguesía, es parte esencial del nuevo escenario regional que explica, en alguna medida, la confrontación entre el llamado progresismo y las derechas tradicionales.

 

Una parte de la última camada de movimientos ha perdido su autonomía política e ideológica en este nuevo escenario. Al apostar al "mal menor" como atajo ante el cúmulo de dificultades en nuestros territorios, los antiguos referentes se convirtieron en administradores estatales "sensibles" a los problemas de los pobres. En el mejor de los casos, buscan amortiguar los efectos del modelo, pero en todos los casos lo hacen sin cuestionarlo, porque ya se integraron en el mismo.

 

Por último, hemos ingresado en un periodo turbulento marcado por la militarización del planeta y los conflictos armados en gran escala. A los de abajo nos toca enfrentar el mayor desafío imaginable: defender la vida ante el proyecto de muerte de los de arriba. Confío en que en los momentos de caos sistémico no perdamos la brújula y mantengamos el timón firmemente orientado hacia la construcción y reconstrucción permanentes del mundo nuevo. Las simpatías que nos despiertan las derrotas del imperio, por más pequeñas que sean, no deben nublar la vista sobre los horrores que suponen las potencias emergentes agrupadas en el acrónimo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). La reciente matanza de 34 mineros sudafricanos, a la que el progresismo ha dada escasa relevancia, enseña la hechura clasista de las nuevas hegemonías.

 

* Versión levemente corregida del prólogo a la edición mexicana de Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo, Bajo Tierra, 2012.

1Pronunciada el 20 de noviembre de 1999, fue publicada por la revista Rebeldía número 4, febrero de 2003, bajo el título "¿Cuáles son las características fundamentales de la IV Guerra Mundial?"

 

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No es difícil aceptar que América Latina constituye hoy el frente de vanguardia de la lucha antisistémica mundial por excelencia, al observar que aquí, en el subcontinente latinoamericano, tenemos por lo menos cinco movimientos sociales tan complejos, masivos, activos, innovadores y creativos que no parecen tener equivalente en Europa, Asia o África. ¿Por qué le ha tocado ahora a nuestra América Latina esta función honrosa de ser el espacio civilizatorio donde se desarrollan, en los últimos tres o cuatro lustros, las resistencias más avanzadas del planeta?

La lectura que nos propone Immanuel Wallerstein en este nuevo libro –en una revisión de las resistencias antisistémicas de 1789 a 1945, prosiguiendo con los movimientos de este carácter de la posguerra y los que retomaron las enseñanzas de 1968– brinda a los activistas y los estudiosos de lo social importantes pistas sobre el sentido de la categoría antisistémica. Su estudio le permite al lector develar, por qué las más importantes expresiones de esta clase de movimientos sociales toman lugar en la región a finales del siglo XX y comienzos del XXI.


ISBN 978-958-8454-02-3
184 páginas
Precio: $. 35.000


Índice

Prefacio

Planeta Tierra: Los movimientos antisistémicos hoy

Sobre las distintas formas y expresiones de la protesta social

Pensar los movimientos antisistémicos hoy América Latina, frente de vanguardia de la actual lucha antisistémica mundial

Sobre la originalidad y la importancia mundial del neozapatismo
 

Capítulo 1

Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos

El nacimiento de los movimientos antisistémicos y sus debates estratégicos en los años de 1789 a 1945

El éxito de los movimientos en la posguerra: triunfos y ambigüedades

¿Hacia el futuro? El debate sobre la estrategia está todavía abierto

A la orden del día de los movimientos
 

Capítulo 2

Las nuevas rebeliones antisistémicas: ¿Un movimiento de movimientos?

1968 y después

Del maoísmo a Porto Alegre

Un período de transición

Consideraciones estratégicas
 

Capítulo 3

Los dilemas de un espacio abierto: El futuro del Foro Social Mundial
 

Capítulo 4

El CNA y Sudáfrica: Pasado y presente de los movimientos de liberación en el sistema-mundo

Así que hablemos de la carga del mundo
 

Capítulo 5

Cuatro acercamientos al neozapatismo mexicano

1.       Marcos, Mandela, Gandhi

2.       Los Zapatistas: la segunda etapa

3.       La Otra Campaña en perspectiva histórica

4.       ¿Qué es lo que los neozapatistas han logrado?
 

Capítulo 6

Estados Unidos, América Latina y el futuro de los movimientos antisistémicos

 

A modo de colofón

El mundo en el año 2015

Apéndice

Chiapas y los nuevos movimientos antisistémicos de América Latina (Entrevista)