Viralizar la exploración interior y explorar lo viral en tiempos de kairós

Ciertamente vivimos, aunque de formas diferenciadas, una suerte de kairós, a menudo llamado “crisis” con un tono alarmante. Kairós, antiguo dios griego, se distingue de Cronos en que sus poderes hacen alusión a un tiempo cualitativo, imposible de contener en la fragmentación y sucesión cronológica donde nos acostumbramos alojar. Vivir en kairós significa habitar la incertidumbre, allí lo viejo no perece y lo nuevo no ha nacido. Se trata de experimentar eones enteros revueltos en un instante. Cronos suele aparecer como una fuerza avasallante, inevitable, al punto que lo solemos convertir en destino: “debía suceder”. Pero la hiperbolización de Cronos no es nada distinto al engañoso efecto producido por la obliteración cotidiana de Kairós. A fin de cuentas, desde la inmensidad del coliseo romano quién iba a pensar que el imperio no era eterno.

Al habitar el kairós experimentamos un momento sublime. Las categorías del entendimiento intentan capturar, sin éxito, aquello que acontece. No basta un nombre, pero tampoco un saber ni una sola sensación. Todo transcurre como si n vidas vivieran la vida propia,… Y así es. ¿Crisis sanitaria, crisis ecológica, crisis capitalista? Sí y no, eso y mucho más: kairós. De ahí que no necesitemos tecnócratas instruidos o gobernantes iluminados, sino panales u hormigueros de médicos, veterinarios, biólogos, teólogos y chamanes. Kairós, como momento de la experimentación que experimenta de formas desiguales con nos/otros, con lo que hay en nosotros, exige afinar la atención, un poco a la manera del Buda meditativo que, en medio de la vorágine ontológica, encuentra paz. Porque kairós es caos, pero también armonía.

Sin embargo, no se trata de descalzarse y cerrar los ojos en la tranquilidad de nuestro aislado departamento, ya que el Buda, el “iluminado”, puede ser cualquier homeless urbano, selvático, marino o rural. De hecho, a menudo la pobreza económica se ha identificado con la riqueza de espíritu, y también de virus y bacterias. Aquella atención puede exigir quietud o aceleración cinéticas: dime cuál es tu cuerpo y te diré qué política necesitas. El objetivo es acometer desplazamientos en intensidad y no en mera extensión. ¿Qué forma más hábil tendríamos de esquivar cada autoridad, cada voz teorética, por muy práctica que se presente, en tiempos en que los ejércitos de expertos, o legos devenidos expertos, quieren ver el rostro de Cronos en Kairós a través de una crisis incesantemente adjetivada?

Ahora bien, no en virtud de la desapropiación constitutiva de kairós este tiempo presente/ausente, fantasmagórico, deja de ser asimismo crisis. Kairós, como los sofistas ya afirmaban en su época, la cual no deja de ser nuestra, también es el “momento oportuno”. No se medita para alcanzar un nirvana extra-terrestre parecido a un sencillo “morir en paz”, a la manera de los últimos hombres sobre la Tierra, que suelen ser los mismos que fantasean con terraformar Marte y patentar la píldora de la vida eterna, sino con el fin sin teleología de organizar las fuerzas y componer los cuerpos. Kairós puede ser aterrador, pero también fuente inagotable de alegría o esperanza sin espera. No obstante, todo depende del lugar en el que nos encontremos. En el horizonte entonces sobresale una precaución: Buda no quiere huir de su cuerpo hacia un lugar sin lugar y un tiempo uniforme, homogéneo, sino localizar(se) (en) las fuerzas que lo recorren y desbordan, allí donde esté, sea cruzado de piernas sobre la alfombra mágica o pedaleando como domiciliario expuesto a las inclemencias del tiempo, es decir, a la contaminación de los cuerpos que para él o ella no podrán llamarse nunca “ajenos”.

Te propongo, así, sin más, un viaje al centro de la Tierra allí donde te encuentres,… En tiempos de kairós.

Margarita Porete, mística beguina de finales del siglo XIII, fue asesinada por la Iglesia Católica tras haber hecho un viaje al centro de la Tierra, o luego de percatarse, afectivamente, de que el verdadero mensaje de Cristo no es otro que el de la mundanidad de Dios. Porete descubrió, a través de sus prácticas cotidianas, que todo lo existente, cualquier ente, humano o no, es expresión de una misma substancia divina, de una misma fuente de vida. La vida eterna siempre ha estado “bajo nuestros pies”, Dios ha sido el nombre imperfecto para esa energía común, inagotable, que se expresa infinitamente de diversos modos, en diversos cuerpos. Primera ley de la termodinámica. Nuestra muerte es la vida de otros, es expresión del devenir de una Vida sin nombre ni finalidad, pero perfecta, armónica en su andar. El Buda y los viajes chamánicos lo confirman: somos el fluir del agua, el águila sobrevolando y el jaguar acechando. La vitalidad, la potencia de nuestros cuerpos es solo una cantidad intensiva de la energía infinita de Dios, que en Porete vendría a ser lo mismo que decir “Tierra”.

Substancialmente hablando, todos los existentes, trátese de máquinas, humanos, cristales, virus, hongos o bacterias, somos expresión de un mismo impulso vital. La Tierra, esa Diosa de Porete, es a la vez caos y cosmos, orden y desorden. Nuestro viaje al centro de la Tierra nos permite percibir sus múltiples estratos infinitesimalmente organizados, pero también su necesaria esquizofrenia que todo lo revuelve, despedaza y pone a aparear. La Tierra es la Gran Sodomita Universal que pone en contacto reinos disímiles, que nos recuerda constantemente la farsa llamada “identidad”. Antonin Artaud, el actor de la Vida y poeta demente, propuso un nombre para esa Vida que nos vive, para ese cuerpo no endurecido que también somos: CsO o “cuerpo sin órganos”. Años más tarde un par de muchachos franceses popularizarán la idea de Dios o la Tierra como gran CsO, a la par que una abuela yanqui comenzará a pensar lo que luego llamaría Chthuluceno: ese espacio a/morfo, rizomático o tentacular donde todo lo existente se des/compone, a la manera de un baile eterno o del fuego de Heráclito que no cesa de jugar consigo mismo.

Pero basta de referencias grandilocuentes, esta es nuestra primera y última estación de viaje. Nadie logrará arrebatárnosla. Las indicaciones, como es de esperarse, se vuelven confusas. En kairós no se sabe sobre qué estrato de la Tierra nos hallamos. Somos niños vagabundos en busca de un hogar perdido. Gamines ontológicos. Sin embargo, una vez alcanzada la demencia o esquizofrenia característica de la meditación del Buda, es posible discernir cada estrato imbricado sobre el otro en la Gran Sodomita Universal:

El estrato físico-químico, con moléculas jugando y librando batallas entre ellas, componiendo y descomponiendo preciosos cristales.

El estrato orgánico, con sus danzas incansables entre nucleótidos (ADN y ARN) y aminoácidos, fuente de las proteínas y, por ende, néctar de la organización de toda la vida biológica sobre la Tierra.

El estrato aloplástico o antropomorfo, esa suerte de tecnoceno caracterizado por ser una fuerza capaz de modificar radicalmente su medio, su exterior, a través de lo que a menudo se denomina lenguaje y técnica, cuestión que se suele identificar con lo humano, pero lo cierto es que lo humano y lo no humano son quienes lo habitan, aunque a veces lo humano pretenda pastorearlo o domesticarlo.

Y en medio de esa pretensión se forman otros dos estratos: el faloceno y, según enseña Cronos, el más reciente capitaloceno.

Si no poseyéramos la distinción y claridad del Buda confundiríamos los estratos aloplástico, faloceno y capitaloceno con el llamado “Antropoceno” o Época del Hombre, en la cual una indiferenciada humanidad ha devenido fuerza geológica (¡¿cuándo no lo ha sido?!). Tampoco podríamos discernir que todo acontece en el gran Cuerpo sin Órganos de la Tierra y reintroduciríamos las envejecidas dicotomías naturaleza/cultura, humano/animal, masculino/femenino y otras aberraciones “antinaturales” por el estilo que, como demonios espectrales, no dejan de condicionar nuestras vidas diarias. Porque, en efecto, esa naturaleza que no es la Tierra se tiende a ver como una fuerza arrolladora que castiga al ser humano dado su brío posesivo y dominador. ¿No suena esto a un típico castigo del Dios Padre judeo-cristiano, pero invertido? “Pachamama, no los perdones porque saben lo que hacen”, así reza la inversión perfecta, la voluntad agustiniana del siglo XXI, el neoconservadurismo de todos los días. No, los desastres “naturales”, virus y bacterias no son la expresión de una madre colérica ante la rebeldía de sus hijos. Madre que en realidad es la madre del Padre, su contracara o envés.

Tomemos el caso de un virus, uno cualquiera, sin corona ni soberanía. Un virus es la máxima expresión del cruce entre los estratos físico-químico y orgánico en el CsO de la Tierra. No se encuentra ni vivo (orgánicamente hablando) ni muerto. No es una célula, pero tampoco un cristal. Es información (ADN o ARN) en continua mutación con una protoestructura lipídica (grasosa) y de proteínas, esencialmente obtenida de las células a partir de las cuales se replica. Los virus son los culpables, en buena parte, de la diversidad genética que compone los cuerpos orgánicos, sean humanos o no, lo cual ha posibilitado, a su vez, su adaptación. No son existencias arcaicas, fósiles vivientes, sino acorazados paquetes de información que respetan algunos de los principios de la biología evolutiva sin ser entes orgánicamente vivos.

Los virus no son “parásitos”, como los biólogos acostumbran interpretar. Desde el punto de vista de cada virus, él simplemente busca componer su cuerpo con el cuerpo de cierta célula para replicar nuevos cuerpos que, a su vez, difieren de sí mismos. Algunas células rechazan la cópula sodomita, pero otras no se resisten a sus encantos, frenan la apoptosis (muerte programada) y hacen un cuerpo común. A través de ese nuevo cuerpo viro-celular la célula se reproduce y los virus se replican o iteran, es decir, se alteran en la continua repetición. En el caso del virus rey por estos días, el coronavirus SARS-CoV-2, esos nuevos cuerpos resultan entrar en relaciones de descomposición con los demás cuerpos que componen el cuerpo humano, pero no necesariamente es así. Los virus han sido para los humanos, al igual que las bacterias (por ejemplo, las que constituyen la flora bacteriana), fuente de potencia, de vitalidad. El baile de la Vida es en buena parte impredecible, pero sin el caos no habría cosmos posible.

Ahora bien, ¿qué cuerpos mueren y qué cuerpos sobreviven a las bacanales entre el Sars-CoV-2 y las células que no se resisten a su llamado de amor? Cuerpos con particularidades físico-químicas y orgánicas, por supuesto, pero también aloplásticas, falocénicas y capitalocénicas. El Sars-CoV-2 no se replica solo en dos estratos, lo hace en un mundo donde los animales llamados silvestres y domésticos se producen y circulan guiados por la ley del Capital, que no es otra cosa que la continua reorganización de cuerpos y de límites entre la vida y la muerte dada la prisa por inaugurar nuevos ciclos de acumulación o proliferación indefinida de valor. En otras palabras, el Sars-CoV-2 no se puede abstraer de los dispositivos especistas que actualmente se encuentran al servicio del Capital y que tienen un papel activo en la proliferación de esta y muchas otras epidemias y pandemias: “gripe porcina”, “gripe aviar”, “vacas locas” (causada por priones), Ébola, VIH, etc. Pero tampoco se puede abstraer del faloceno o estrato patriarcal, el cual inauguró, de diversos modos, la producción de “naturalezas baratas” y la posibilidad de su posesión, empezando por los cuerpos de las mujeres y extendiéndose a todos los seres históricamente “naturalizados”: niños, indígenas, proletarios, dementes, perversos, lumpen, animales, plantas, ríos y bosques. Faloceno y Capitaloceno son los estratos de Dios Padre, en ellos mueren prematuramente, sobre todo, los de siempre, y se genera la ficción de que las propiedades aloplásticas (técnicas) no son sino instrumentos para el control de la Tierra. No es casual, pues, que las tecnologías de disciplinamiento y control adquieran un papel protagónico en estos tiempos de “crisis”.

Este viaje, de repente, se ha tornado demasiado largo, algo pesado y tedioso, temo no poder retornar. Ya no estoy en capacidad de continuar. La voz teórica se empieza a apropiar de la experiencia en medio del kairós y de eso ya tenemos bastante, lo cual está muy bien. Te propongo que inicies tu propio viaje al centro de la Tierra, y que juntos organicemos las fuerzas y compongamos las alegrías para el presente por-venir.

*Una Anémona de Mar, Año 0 d.C.

 

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Viralizar la exploración interior y explorar lo viral en tiempos de kairós

Ciertamente vivimos, aunque de formas diferenciadas, una suerte de kairós, a menudo llamado “crisis” con un tono alarmante. Kairós, antiguo dios griego, se distingue de Cronos en que sus poderes hacen alusión a un tiempo cualitativo, imposible de contener en la fragmentación y sucesión cronológica donde nos acostumbramos alojar. Vivir en kairós significa habitar la incertidumbre, allí lo viejo no perece y lo nuevo no ha nacido. Se trata de experimentar eones enteros revueltos en un instante. Cronos suele aparecer como una fuerza avasallante, inevitable, al punto que lo solemos convertir en destino: “debía suceder”. Pero la hiperbolización de Cronos no es nada distinto al engañoso efecto producido por la obliteración cotidiana de Kairós. A fin de cuentas, desde la inmensidad del coliseo romano quién iba a pensar que el imperio no era eterno.

Al habitar el kairós experimentamos un momento sublime. Las categorías del entendimiento intentan capturar, sin éxito, aquello que acontece. No basta un nombre, pero tampoco un saber ni una sola sensación. Todo transcurre como si n vidas vivieran la vida propia,… Y así es. ¿Crisis sanitaria, crisis ecológica, crisis capitalista? Sí y no, eso y mucho más: kairós. De ahí que no necesitemos tecnócratas instruidos o gobernantes iluminados, sino panales u hormigueros de médicos, veterinarios, biólogos, teólogos y chamanes. Kairós, como momento de la experimentación que experimenta de formas desiguales con nos/otros, con lo que hay en nosotros, exige afinar la atención, un poco a la manera del Buda meditativo que, en medio de la vorágine ontológica, encuentra paz. Porque kairós es caos, pero también armonía.

Sin embargo, no se trata de descalzarse y cerrar los ojos en la tranquilidad de nuestro aislado departamento, ya que el Buda, el “iluminado”, puede ser cualquier homeless urbano, selvático, marino o rural. De hecho, a menudo la pobreza económica se ha identificado con la riqueza de espíritu, y también de virus y bacterias. Aquella atención puede exigir quietud o aceleración cinéticas: dime cuál es tu cuerpo y te diré qué política necesitas. El objetivo es acometer desplazamientos en intensidad y no en mera extensión. ¿Qué forma más hábil tendríamos de esquivar cada autoridad, cada voz teorética, por muy práctica que se presente, en tiempos en que los ejércitos de expertos, o legos devenidos expertos, quieren ver el rostro de Cronos en Kairós a través de una crisis incesantemente adjetivada?

Ahora bien, no en virtud de la desapropiación constitutiva de kairós este tiempo presente/ausente, fantasmagórico, deja de ser asimismo crisis. Kairós, como los sofistas ya afirmaban en su época, la cual no deja de ser nuestra, también es el “momento oportuno”. No se medita para alcanzar un nirvana extra-terrestre parecido a un sencillo “morir en paz”, a la manera de los últimos hombres sobre la Tierra, que suelen ser los mismos que fantasean con terraformar Marte y patentar la píldora de la vida eterna, sino con el fin sin teleología de organizar las fuerzas y componer los cuerpos. Kairós puede ser aterrador, pero también fuente inagotable de alegría o esperanza sin espera. No obstante, todo depende del lugar en el que nos encontremos. En el horizonte entonces sobresale una precaución: Buda no quiere huir de su cuerpo hacia un lugar sin lugar y un tiempo uniforme, homogéneo, sino localizar(se) (en) las fuerzas que lo recorren y desbordan, allí donde esté, sea cruzado de piernas sobre la alfombra mágica o pedaleando como domiciliario expuesto a las inclemencias del tiempo, es decir, a la contaminación de los cuerpos que para él o ella no podrán llamarse nunca “ajenos”.

Te propongo, así, sin más, un viaje al centro de la Tierra allí donde te encuentres,… En tiempos de kairós.

Margarita Porete, mística beguina de finales del siglo XIII, fue asesinada por la Iglesia Católica tras haber hecho un viaje al centro de la Tierra, o luego de percatarse, afectivamente, de que el verdadero mensaje de Cristo no es otro que el de la mundanidad de Dios. Porete descubrió, a través de sus prácticas cotidianas, que todo lo existente, cualquier ente, humano o no, es expresión de una misma substancia divina, de una misma fuente de vida. La vida eterna siempre ha estado “bajo nuestros pies”, Dios ha sido el nombre imperfecto para esa energía común, inagotable, que se expresa infinitamente de diversos modos, en diversos cuerpos. Primera ley de la termodinámica. Nuestra muerte es la vida de otros, es expresión del devenir de una Vida sin nombre ni finalidad, pero perfecta, armónica en su andar. El Buda y los viajes chamánicos lo confirman: somos el fluir del agua, el águila sobrevolando y el jaguar acechando. La vitalidad, la potencia de nuestros cuerpos es solo una cantidad intensiva de la energía infinita de Dios, que en Porete vendría a ser lo mismo que decir “Tierra”.

Substancialmente hablando, todos los existentes, trátese de máquinas, humanos, cristales, virus, hongos o bacterias, somos expresión de un mismo impulso vital. La Tierra, esa Diosa de Porete, es a la vez caos y cosmos, orden y desorden. Nuestro viaje al centro de la Tierra nos permite percibir sus múltiples estratos infinitesimalmente organizados, pero también su necesaria esquizofrenia que todo lo revuelve, despedaza y pone a aparear. La Tierra es la Gran Sodomita Universal que pone en contacto reinos disímiles, que nos recuerda constantemente la farsa llamada “identidad”. Antonin Artaud, el actor de la Vida y poeta demente, propuso un nombre para esa Vida que nos vive, para ese cuerpo no endurecido que también somos: CsO o “cuerpo sin órganos”. Años más tarde un par de muchachos franceses popularizarán la idea de Dios o la Tierra como gran CsO, a la par que una abuela yanqui comenzará a pensar lo que luego llamaría Chthuluceno: ese espacio a/morfo, rizomático o tentacular donde todo lo existente se des/compone, a la manera de un baile eterno o del fuego de Heráclito que no cesa de jugar consigo mismo.

Pero basta de referencias grandilocuentes, esta es nuestra primera y última estación de viaje. Nadie logrará arrebatárnosla. Las indicaciones, como es de esperarse, se vuelven confusas. En kairós no se sabe sobre qué estrato de la Tierra nos hallamos. Somos niños vagabundos en busca de un hogar perdido. Gamines ontológicos. Sin embargo, una vez alcanzada la demencia o esquizofrenia característica de la meditación del Buda, es posible discernir cada estrato imbricado sobre el otro en la Gran Sodomita Universal:

El estrato físico-químico, con moléculas jugando y librando batallas entre ellas, componiendo y descomponiendo preciosos cristales.

El estrato orgánico, con sus danzas incansables entre nucleótidos (ADN y ARN) y aminoácidos, fuente de las proteínas y, por ende, néctar de la organización de toda la vida biológica sobre la Tierra.

El estrato aloplástico o antropomorfo, esa suerte de tecnoceno caracterizado por ser una fuerza capaz de modificar radicalmente su medio, su exterior, a través de lo que a menudo se denomina lenguaje y técnica, cuestión que se suele identificar con lo humano, pero lo cierto es que lo humano y lo no humano son quienes lo habitan, aunque a veces lo humano pretenda pastorearlo o domesticarlo.

Y en medio de esa pretensión se forman otros dos estratos: el faloceno y, según enseña Cronos, el más reciente capitaloceno.

Si no poseyéramos la distinción y claridad del Buda confundiríamos los estratos aloplástico, faloceno y capitaloceno con el llamado “Antropoceno” o Época del Hombre, en la cual una indiferenciada humanidad ha devenido fuerza geológica (¡¿cuándo no lo ha sido?!). Tampoco podríamos discernir que todo acontece en el gran Cuerpo sin Órganos de la Tierra y reintroduciríamos las envejecidas dicotomías naturaleza/cultura, humano/animal, masculino/femenino y otras aberraciones “antinaturales” por el estilo que, como demonios espectrales, no dejan de condicionar nuestras vidas diarias. Porque, en efecto, esa naturaleza que no es la Tierra se tiende a ver como una fuerza arrolladora que castiga al ser humano dado su brío posesivo y dominador. ¿No suena esto a un típico castigo del Dios Padre judeo-cristiano, pero invertido? “Pachamama, no los perdones porque saben lo que hacen”, así reza la inversión perfecta, la voluntad agustiniana del siglo XXI, el neoconservadurismo de todos los días. No, los desastres “naturales”, virus y bacterias no son la expresión de una madre colérica ante la rebeldía de sus hijos. Madre que en realidad es la madre del Padre, su contracara o envés.

Tomemos el caso de un virus, uno cualquiera, sin corona ni soberanía. Un virus es la máxima expresión del cruce entre los estratos físico-químico y orgánico en el CsO de la Tierra. No se encuentra ni vivo (orgánicamente hablando) ni muerto. No es una célula, pero tampoco un cristal. Es información (ADN o ARN) en continua mutación con una protoestructura lipídica (grasosa) y de proteínas, esencialmente obtenida de las células a partir de las cuales se replica. Los virus son los culpables, en buena parte, de la diversidad genética que compone los cuerpos orgánicos, sean humanos o no, lo cual ha posibilitado, a su vez, su adaptación. No son existencias arcaicas, fósiles vivientes, sino acorazados paquetes de información que respetan algunos de los principios de la biología evolutiva sin ser entes orgánicamente vivos.

Los virus no son “parásitos”, como los biólogos acostumbran interpretar. Desde el punto de vista de cada virus, él simplemente busca componer su cuerpo con el cuerpo de cierta célula para replicar nuevos cuerpos que, a su vez, difieren de sí mismos. Algunas células rechazan la cópula sodomita, pero otras no se resisten a sus encantos, frenan la apoptosis (muerte programada) y hacen un cuerpo común. A través de ese nuevo cuerpo viro-celular la célula se reproduce y los virus se replican o iteran, es decir, se alteran en la continua repetición. En el caso del virus rey por estos días, el coronavirus SARS-CoV-2, esos nuevos cuerpos resultan entrar en relaciones de descomposición con los demás cuerpos que componen el cuerpo humano, pero no necesariamente es así. Los virus han sido para los humanos, al igual que las bacterias (por ejemplo, las que constituyen la flora bacteriana), fuente de potencia, de vitalidad. El baile de la Vida es en buena parte impredecible, pero sin el caos no habría cosmos posible.

Ahora bien, ¿qué cuerpos mueren y qué cuerpos sobreviven a las bacanales entre el Sars-CoV-2 y las células que no se resisten a su llamado de amor? Cuerpos con particularidades físico-químicas y orgánicas, por supuesto, pero también aloplásticas, falocénicas y capitalocénicas. El Sars-CoV-2 no se replica solo en dos estratos, lo hace en un mundo donde los animales llamados silvestres y domésticos se producen y circulan guiados por la ley del Capital, que no es otra cosa que la continua reorganización de cuerpos y de límites entre la vida y la muerte dada la prisa por inaugurar nuevos ciclos de acumulación o proliferación indefinida de valor. En otras palabras, el Sars-CoV-2 no se puede abstraer de los dispositivos especistas que actualmente se encuentran al servicio del Capital y que tienen un papel activo en la proliferación de esta y muchas otras epidemias y pandemias: “gripe porcina”, “gripe aviar”, “vacas locas” (causada por priones), Ébola, VIH, etc. Pero tampoco se puede abstraer del faloceno o estrato patriarcal, el cual inauguró, de diversos modos, la producción de “naturalezas baratas” y la posibilidad de su posesión, empezando por los cuerpos de las mujeres y extendiéndose a todos los seres históricamente “naturalizados”: niños, indígenas, proletarios, dementes, perversos, lumpen, animales, plantas, ríos y bosques. Faloceno y Capitaloceno son los estratos de Dios Padre, en ellos mueren prematuramente, sobre todo, los de siempre, y se genera la ficción de que las propiedades aloplásticas (técnicas) no son sino instrumentos para el control de la Tierra. No es casual, pues, que las tecnologías de disciplinamiento y control adquieran un papel protagónico en estos tiempos de “crisis”.

Este viaje, de repente, se ha tornado demasiado largo, algo pesado y tedioso, temo no poder retornar. Ya no estoy en capacidad de continuar. La voz teórica se empieza a apropiar de la experiencia en medio del kairós y de eso ya tenemos bastante, lo cual está muy bien. Te propongo que inicies tu propio viaje al centro de la Tierra, y que juntos organicemos las fuerzas y compongamos las alegrías para el presente por-venir.

*Una Anémona de Mar, Año 0 d.C.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enEdición Nº267
Jueves, 07 Julio 2011 09:16

“La música es inexorable”

“¿Cómo se las arregla el lenguaje para decir algo acerca de la música?”, pregunta el autor de este ensayo: “Con pobreza y dificultad, con el auxilio del adjetivo”, contesta. Pero, “¿se puede hablar de la música sin adjetivos?”. Su respuesta se referencia en Daniel Barenboim, Roland Barthes y otros autores para indagar en eso que “es y no es un lenguaje que juega en el interior del cuerpo”.

“Me falta algo cuando no escucho música,
y si escucho música, entonces empieza realmente a faltarme algo.
Esto es lo mejor que sé decir acerca de la música.”
Robert Walser, en Las composiciones de Fritz Kocher

Michel Tournier, en El árbol y el camino (ed. Alfaguara), hace algunas preguntas muy simples acerca de la música: “De todas estas innumerables horas pasadas en compañía de Johann Sebastian Bach o de Claude Debussy, ¿qué es lo que queda? Está claro que tamaña cantidad de tiempo consagrado a cualquier otra cosa –chino, astronomía, dominó o prestidigitación– habría hecho de mí un maestro en la especialidad. ¿Dónde está el fruto por tanto? ¿Para qué han servido tantas y tantas horas de audición? ¿Y en qué, por ejemplo, gana una obra literaria con la presencia de la música?”.

Para Tournier, una especie de rivalidad se juega entre la música y las letras. Otras opiniones van en esa dirección. Victor Hugo se sublevaba y decía: “Prohibido colocar música a lo largo de mis versos”. Otra frase de Tournier lo ilustra ejemplarmente: “Así, uno de los resortes principales de la dinámica musical es la creación de una ausencia, de una presencia al revés, en hueco, de una necesidad cada vez más imperiosa de lo que va a seguir”.

Ese estilo de relatar algo de la experiencia de escuchar música invita a que dediquemos un tiempo a recoger impresiones subjetivas acerca de la audición de la música. Brad Mehldau, pianista de jazz y compositor, dice en el programa que se adjunta en su CD Elegiac Cycle (el lector puede ir a la página http://soportablehorror.blogspot.com y pulsar el enlace correspondiente: verá el texto y escuchará la música) que uno de los aspectos del arte más atractivos para él es la “manera aparentemente mística de elevar la vida de todos los días, trascenderla, al otorgarle belleza. Estar expuesto a nueva música o nueva literatura es algo que requiere un detalle”. Para Meldhau –y esto es lo importante– el encuentro con la música nunca es un descubrimiento, sino al contrario, es “la confirmación de alguna cosa compartida entre el compositor y yo, sentimientos traslapados, si pudiera decirse. Resulta algo así como la constatación de un parentesco, un “ése eres tu”, una celebración entre el artista y el espectador, a la manera de un “partir juntos el pan”.

El arte le habría permitido a Brad Meldhau, en la infancia, ponerse en contacto con algo del orden de la muerte pero de una manera francamente tangible. Tocar una “eternidad” que no es la del tiempo, sino la de aquello que no cambia. Está allí, y estará. Pasar por el lugar común de la vida y de la muerte. Esa especie de exaltación que acompaña en ocasiones a la música no tiene nada que ver con la moral, sino con la confirmación de la brevedad de la vida y de la apariencia de eternidad del arte. Escuchar una música que nos produce un shock o un deslumbramiento o un impulso en ocasiones desenfrenado por escuchar más –comenta Meldhau– viene a ser que “comenzamos a sentir la mortalidad”. La música no representa el tiempo, sino que avanza a través de él. Es cuando el cuerpo experimenta ese cosquillleo, las tripas se mueven, y por esa razón Meldhau grabó el ciclo de elegías, una serie de improvisaciones en la línea de Rilke cuando decía que “nuestra percepción de la belleza es solamente el comienzo del terror”.

La improvisación tiene algo efímero, que una vez tocado se desvanece, y ésa es su fuerza mortal (Meldhau incluso sostiene que la música celebra ironía). El horror y la belleza no vendrían a ser dos polos opuestos de lo estético: uno linda con la otra en una siniestra vecindad.

Es muy habitual hablar acerca del “lenguaje musical”. ¿En qué la música sería un lenguaje? ¿Y si (no) lo fuera, qué es, cómo está estructurada? Continuando con Meldhau, él propone que la música sería “un medio de expresión completamente en el abstracto”. Se puede sostener que la música exprese, que sea ese medio una forma apta para expresar... ¿qué? ¿La música sería un lenguaje sin palabras, y seguiría siendo un lenguaje? Lo que podemos asegurar es que la música pareciera no necesitar referirse a algo por fuera de ella misma para sostenerse, acercándose así a la clásica definición de signo lingüístico de Ferdinand de Saussure: el signo no requiere, para su funcionamiento, que esté presente algún referente en el acto de significación; se basta a sí mismo, en la medida en que es lo que todos los otros signos no son; como si estuviera constituido como un fragmento que contiene al resto sin ser idéntico a él. Forma y contenido son aquí casi parámetros indistinguibles y en música no parece que hubiese lugar alguno para el par objetivo versus subjetivo.

Otro punto de vista es aquel que propone en su autobiografía el pianista y director de orquesta Daniel Barenboim. “La música no sólo expresa las emociones existentes en los seres humanos, sino que es en sí misma una creación humana que pretende imitar a la naturaleza en su más profundo sentido” (Una vida para la música, ed. Javier Vergara). La música tendría, según él, la capacidad de trascender las relaciones emocionales e incluso de estar al margen de ellas. Pero lo que más lo atrajo de la música –dice– fue su particular temporalidad, que no se encuentra en ninguna otra arte. “En la música hay algo inexorable.”

Esa inexorabilidad estaría ligada a algo inflexible, a una dureza implacable, una insensibilidad que se tiñe a veces de fatal. En la música habría algo –no identificado– que se opondría a cualquier tipo de ruego. No hay palabra que la convenza.

Por otro lado, una interpretación musical es algo que solamente existe mientras se toca el instrumento. Cada interpretación es algo totalmente inédito, inaudito, ya que el sonido no se puede mantener indefinidamente: en algún momento hay caída, surge el silencio.

“La música es una parte esencial de mi vida”, dice Barenboim, en tanto lo ha reconfortado y le ha permitido aproximarse a la idea de la muerte, una facultad que no es espontánea en el ser humano. El silencio es lo que está antes y después de la música. No hay saber –recuerdo– acerca del antes del nacimiento, como tampoco lo habrá para el después de la vida. Entonces, la vida es algo que se emparienta con la música en tanto está entre dos silencios, es decir, “entre dos muertes”.

“No hay mejor evasión en la vida que la que se logra a través de la música, como tampoco hay mejor manera de entender la vida que a través de la música”, agrega Barenboim. En esa evasión (evasión de qué de la vida) y en ese entender (qué de la vida) no parece que hubiera mucho espacio para algo más. Barenboim confiesa que aquello que se recibe de la música tiene que ver con el sonido, la manera en que el músico puede controlar el sonido, la emisión, sostener el sonido en el mismo nivel, algo tan difícil como mantener en el aire un objeto venciendo la ley de la gravedad. “He experimentado algo parecido al dolor físico cuando se deja que la frase (musical) concluya sin guardar relación alguna con la parte precedente o con la que viene después.” Las notas también sufren de agonías.

Además, Barenboim considera que la música es pensamiento; las notas están organizadas de manera que tengan una “relación recíproca”. Sin embargo, continúa, la expresión en música es la creación de algo que el sonido no posee intrínsecamente. Es la cualidad embriagadora de la música. Barenboim se apoya en Spinoza para comentar que una frase tiene su sitio en la composición musical de la misma manera que cada ser humano tiene su lugar en el universo. En Spinoza, la felicidad es el conocimiento del lugar que se ocupa en el universo.

Baremboim advierte que “en la música no existe una separación entre pensamiento y emoción, entre racionalidad e intuición; todos esos elementos constituyen una unidad. Einstein dijo que lo más inexplicable del universo es que es explicable. Se podría casi parafrasearlo diciendo que lo más explicable de la música es que es inexplicable. Después de toda observación y análisis, siempre hay un elemento que sigue siendo incomprensible. En eso estriba para mí el carácter trascendental de la música”.

En el cuerpo, en el sexo

¿Cómo se las arregla el lenguaje para decir algo acerca de la música? Con pobreza y dificultad, con el auxilio del adjetivo. El adjetivo es el muro imaginario con el cual el sujeto se protege de una pérdida que siente que lo amenaza; hay que asegurar que aquello que se escucha no termine destruyendo las pocas y necesarias certidumbres. ¿Se puede hablar de la música sin adjetivos?

La música es y no es un lenguaje que juega en el interior del cuerpo, en el sexo, en el vientre que late. Hay momentos en que se pierde la distinción entre compositor, intérprete y auditor: todo auditor ejecuta lo que escucha. El cuerpo, con la música habla, declara. Habla para no decir nada. Es una palabra no lingüística sino corporal. Roland Barthes lo dice así: “Las figuras del cuerpo que son figuras musicales no me resultan fáciles de nombrar. Para llevar a cabo esta operación es necesaria la capacidad metafórica (¿cómo explicar mi cuerpo sino con imágenes?) y esta capacidad puede fallarme en algún momento: algo se agita dentro de mí, pero no encuentro la metáfora adecuada. Así me sucede con la Quinta Kreisleriana (de Schumann) que tiene un episodio (más bien un acontecimiento) que me obsesiona pero cuyo secreto corporal no acabo de penetrar: se inscribe en mí, pero no sé dónde: ¿en qué parte, en qué región del cuerpo y de la lengua? En cuanto a cuerpo (en cuanto a cuerpo mío), el texto musical está agujereado de pérdidas: lucho por hallar un lenguaje, una denominación: ¡mi reino por una palabra!, ¡ah, si supiera escribir! La música sería, pues, lo que lucha con la escritura”

Y agrega: “En la música (...), el referente es el cuerpo. El cuerpo pasa a la música sin otro relevo que el significante. Ese pasaje –esa transgresión– hace de la música una locura: no solamente la música de Schumann, sino toda música. Con relación al escritor, el músico está siempre loco (y el escritor, él, jamás puede serlo, ya que está condenado al sentido)”.

Para dar con ese secreto corporal que promueve Barthes, es inútil el recurso de la metáfora. Y esto es lo más interesante de su apuesta: en la falla, en la imposibilidad del recurso a ese aparato lenguajero que es la metáfora, el cuerpo puede mostrarse como extraño al nombre. Barthes cita a Ricardo III y su grito implorando un escape cuando todo ya está perdido.

El cuerpo se presenta entonces como aquello que forma una especie de lastre y del cual no es posible sacárselo de encima. Nunca se escucha música sin el cuerpo. Y allí mismo es donde hace su aparición la locura.

La música funciona como un buen lastre para no derivar más de la cuenta, cosa que en general los adolescentes confirman por el uso incondicional que hacen de la música. Diríamos, con Barthes, que el escritor se debe plegar al sentido pero esa condena no se le aplica al músico.

Simulacro de un lenguaje, rito de una agonía de la significación; se aloja en la raíz del cuerpo que no aloja el lenguaje, raíz de la sublimación. La voz musical, esa que canta sin que necesitemos saber lo que dice, rechaza lo edípico. Hay una especie de fricción entre la lengua y lo musical. La música no vacila, ni desplaza, ni metaforiza. ¿Inhumana tal vez?

Por Mario Betteo Barberis *
* Psicoanalista. Texto extractado de El soportable horror de la música, de reciente aparición (ed. Letra Viva).
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Domingo, 21 Junio 2009 10:59

Madre ambiente

Ecología viene del griego "oikos", casa, y "logos", conocimiento. Por tanto, es la ciencia que estudia las condiciones de la naturaleza y las relaciones entre todo lo que existe -pues todo lo que existe coexiste, pre-existe y subsiste. La ecología trata, pues, de las conexiones entre los organismos vivos, como las plantas y los animales (incluyendo los hombres y las mujeres), y su medio ambiente.

Quizás fuera más correcto, aunque no tan apropiado, hablar de ecobionomía. Biología es la ciencia del conocimiento de la vida. Ecología es más que el conocimiento de la casa en que vivimos, el planeta. Así como economía significa administración de la casa’, ecobionomía quiere decir administración de la vida en la casa’. Y es posible llamar al medio ambiente madre ambiente, pues él es nuestro suelo, nuestra raíz, nuestro alimento. De é venimos y a él volveremos.

Esta visión de interdependencia entre todos los seres de la naturaleza se perdió con la modernidad. A lo cual ayudó una interpretación equivocada de la Biblia -la idea de que Dios lo creó todo y finalmente lo entregó a los seres humanos para que "dominasen" la Tierra. El
dominio se convirtió en sinónimo de expoliación, estupro, explotación. Se buscó la manera de arrancarle al planeta el máximo de lucro. Los ríos fueron polucionados; los mares, contaminados; el aire que respiramos, envenenado.

Pero no existe separación entre la naturaleza y los seres humanos. Somos seres naturales, aunque humanos porque estamos dotados de conciencia e inteligencia. Y espirituales, porque estamos abiertos a la comunión de amor con el prójimo y con Dios.

El Universo tiene cerca de 14 mil millones de años. Y el ser humano existe hace apenas 2 millones de años. Eso significa que somos el resultado de la evolución del Universo que, como decía Teilhard de Chardin, es movida por una "energía divina".

Antes del surgimiento del hombre y la mujer, o Universo era bello, pero ciego. Un ciego no puede contemplar su propia belleza. Cuando surgimos, el Universo ganó, en nosotros, mente y ojos para mirarse en el espejo. Al mirarnos la naturaleza, es el Universo quien se mira a través de nuestros ojos. Y ve que es bello. Por eso es llamado Cosmos. Palabra griega que da también origen a la palabra cosmético -lo que imprime belleza.

La Tierra, ahora, está polucionada. Y nosotros sufrimos los efectos de su devastación, pues todo lo que hacemos se refleja en la Tierra, y todo lo que sucede en la Tierra se refleja en nosotros. Como decía Gandhi: "La Tierra satisface las necesidades de todos, menos la voracidad de los consumistas". Son los países ricos del Norte del mundo los que más
contribuyen a la contaminación del planeta. Son responsables del 80% de la contaminación, de los cuales los EUA contribuyen con el 23% e insisten en no firmar el Protocolo de Kyoto.

"Cuando el último árbol sea talado -dice un indio de los EUA-, el último río envenenado y el último pez pescado, entonces vamos a darnos cuenta de que no podemos comer dinero".

El mayor problema ambiental, hoy, no es el aire polucionado o los mares sucios. Es la amenaza de extinción de la especie humana, debido a la pobreza y a la violencia. Salvar la Tierra es liberar a las personas de todas las situaciones de injusticia y opresión.

La Amazonía brasileña es un ejemplo triste de agresión a la madre ambiente. Al comienzo del siglo XX, muchas empresas se enriquecieron con la explotación del caucho y dejaron en su lugar un rastro de miseria. En los años 1970 el multimillonario norteamericano Daniel Ludwing cercó uno de los mayores latifundios del mundo -2 millones de hectáreas- para explotar celulosa y madera, dejándonos como herencia tierra devastada y suelo agotado casi convertido en desierto. Es lo que pretende repetir, ahora, el agronegocio interesado en talar la selva para plantar soya y criar ganado.

La injusticia social produce desequilibrio ambiental y eso genera injusticia social. Con razón alertaba Chico Mendes a la economía sustentable (o sea capaz de no perjudicar a las futuras generaciones) y a la ecología centrada en la vida digna de los pueblos de la selva.

La mística bíblica nos invita a contemplar toda la Creación como obra divina. Jesús nos moviliza a la lucha en favor de la vida -de los otros, de la naturaleza, del planeta y del Universo. Dicen los Hechos de los Apóstoles: "Él no está lejos de cada uno de nosotros. Pues en Él vivimos, nos movemos y existimos. Somos de la raza del mismo Deus" (17, 28). Todo este mundo es morada divina. Debemos tener una relación complementaria con la naturaleza y con el prójimo, de los cuales dependemos para vivir y ser felices. Eso se llama amor.

(Traducción de J.L.Burguet)
Por: Frei Betto. Escritor, autor de "El amor fecunda el Universo.
Ecología y espiritualidad", junto con Marcelo Barros.
Más información: http://alainet.org
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Viernes, 19 Diciembre 2008 08:47

Problemas, fascinaciones y oportunidades

Hace 30 años la humanidad tenía un problema, la ciencia tenía una fascinación y la industria tenía una oportunidad. Nuestro problema era la injusticia. Las masas de hambrientos crecían y al mismo tiempo la cantidad de campesinos y agricultores menguaba. La ciencia, mientras tanto, estaba fascinada por la biotecnología, la idea de que podríamos manipular genéticamente los cultivos y el ganado (y la gente) para insertarle características que supuestamente superarían todos nuestros  problemas.

La industria de los agronegocios vio la oportunidad de extraer las enormes ganancias latentes en toda la cadena alimentaria. Pero el sistema alimentario tremendamente descentralizado les impedía llenarse los bolsillos. Para remediar esta enojosa situación había que centralizarlo.

Todo lo que la industria tuvo que hacer fue convencer a los gobiernos de que la revolución biotecnológica podía poner fin al hambre sin hacer daño al ambiente. Pero, dijeron, la biotecnología era una actividad con demasiado riesgo para pequeñas empresas y demasiado cara para investigadores públicos. Para llevar esta tecnología al mundo, los fitomejoradores públicos tendrían que dejar de competir con los fitomejoradores privados. Los reguladores y controles antimonopolios tendrían que mirar para otro lado cuando las empresas de agroquímicos se apoderaran de las empresas de semillas, que a su vez compraron otras empresas de semillas. Los gobiernos tendrían que proteger las inversiones de las industrias otorgándoles patentes, primero sobre las plantas y luego sobre los genes. Las reglamentaciones de inocuidad para proteger a los consumidores, ganadas arduamente en el transcurso de un siglo, tendrían que rendirse ante los alimentos y medicamentos modificados genéticamente.

La industria obtuvo lo que quiso. De las miles de compañías de semillas e instituciones públicas de mejoramiento de cultivos que existían 30 años atrás, ahora sólo quedan 10 trasnacionales que controlan más de dos tercios de las ventas mundiales de semillas, que están bajo propiedad intelectual. De las docenas de compañías de plaguicidas que existían hace tres décadas, 10 controlan ahora casi 90 por ciento de las ventas de agroquímicos en todo el mundo. De casi mil empresas biotecnológicas emergentes hace 15 años, 10 tienen ahora los tres cuartos de los ingresos de esa industria. Y seis de las empresas líderes en semillas son también seis de las líderes en agroquímicos y biotecnología.
En los pasados 30 años, un puñado de compañías ganaron el control sobre una cuarta parte de la biomasa anual del planeta (cultivos, ganado, pesca, etcétera), que fue integrada a la economía de mercado mundial.

Actualmente, la humanidad tiene un problema, la ciencia tiene una fascinación y la industria tiene una oportunidad. Nuestro problema es el hambre y la injusticia en un mundo de caos climático. La ciencia tiene una fascinación con la convergencia tecnológica a escala nanométrica, que incluye la posibilidad de diseñar nuevas formas de vida desde cero. La oportunidad de la industria radica en las tres cuartas partes de la biomasa del mundo que, aunque se usa, permanece fuera de la economía de mercado global.

Con la ayuda de nuevas tecnologías, la industria cree que cualquier producto químico que hoy es fabricado a partir del carbono de combustibles fósiles puede hacerse a partir del carbono encontrado en las plantas. Además de cultivos, las algas de los océanos, los árboles de la Amazonia y el pasto de las sabanas pueden ofrecer materias primas (supuestamente) renovables para alimentar a la gente, hacer combustibles, fabricar aparatos y curar enfermedades, a la vez que eludir el calentamiento global. Para que la industria haga realidad esta visión, los gobiernos deben aceptar que esta tecnología es demasiado cara. Convencer a los competidores de que corren demasiado riesgo. Hay que desmantelar más reglamentos y aprobar más patentes monopólicas.

Y tal como ocurrió con la biotecnología, las nuevas tecnologías no tienen por qué ser socialmente útiles o técnicamente superiores (es decir, no tienen por qué funcionar) para ser rentables. Todo lo que tienen que hacer es eludir la competencia y las alternativas y coaccionar a los gobiernos para que se abandonen a su control. Una vez que el mercado está monopolizado, poco importa cuáles son los resultados de la tecnología.

Por, Pat Mooney. Premio Nobel Alternativo y director del Grupo ETC
El texto prologa el informe ¿De quién es la naturaleza?: el poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida, disponible en www.etcgroup.org
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