El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

Publicado enPolítica
El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

Publicado enPolítica
Cien años de la Revolución de Octubre: el movimiento obrero en Rusia

¿Cómo fue la participación del movimiento obrero en las revoluciones burguesas-democráticas vividas por Rusia entre 1905-1917, y su preparación a finales del siglo XIX? Una revisión de textos de Lenin y Trosky nos permiten comprender su magnitud. Aquí un acercamiento a tal realidad.

 

Es común decir que la revolución Rusa inició en febrero de 1917, cuando en realidad fue en 1905 e incluso, siguiendo a Mao cuando dice que una revolución inicia recién se ha fundado el partido, entonces fue en 1898 con la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Posdr).

 

Siguiendo esta tesis, es necesario decir que Rusia vivió tres revoluciones en el siglo XX: la fallida revolución de 1905 o primera revolución democrática burguesa; la de febrero de 1917 o segunda revolución democrático-burguesa, y octubre de 1917 o revolución socialista. Todo un proceso de luchas revolucionaria con flujos y reflujos, en la lucha política y de masas de la clase obrera, del campesinado, de los soldados-campesinos, de las mujeres, de los barrios, colegios y universidades, de los intelectuales, profesionales, curas ortodoxos y políticos.

 

Dado que lo que lo vivido durante doce años en el imperio ruso (1905-septiembre de 1917) fue una revolución democrático-burguesa, la lucha fue contra la autocracia zarista y por establecer, en un primer momento, una república burguesa, y en ese sentido las luchas económicas y políticas de la clase obrera tuvieron ese sello. En octubre de 1917, al triunfar la revolución socialista, se abrió otro camino para Rusia.

 

En la lectura y comprensión de lo que estaba en marcha, Lenin realizó una comparación entre el número de huelguistas que participaron en la revolución de 1905 con los huelguistas de otros países de Occidente, a partir de las estadísticas del ministerio de Comercio e Industria ruso:

 

Número de huelguistas por miles, por años y por países

 

 RusiaEEUUAlemaniaFrancia
1895-190443.000   
19052.863.000660.000527.000438.000
1906

1.108.000 Que fue el máximo correspondiente a los quince años 1894-1909  

   
1907740.000   
1908176.000   
190964.000   

Fuente: Lenin, "Sobre la estadística de las huelgas en Rusia, sept, noviembre de 1910"

 

En este cuadro resalta la tremenda movilización obrera entre 1905-1907, que sin ser el proletariado más avanzado de Occidente sí era muy combativo, enérgico, movilizado en medio de un país que vivía una revolución burguesa. Esta inmensa movilización de huelguistas también fue el trasfondo desde el cual surgieron los soviets. Lenin comenta que una muy importante caracteriza del momento fueron las huelgas repetidas y los huelguistas que participaron en varias de ellas:

 

Año% de huelguistas sobre el número total de obreros

 

% de huelgas repetidas sobre el número total de huelgas

 

1895-19041,46%-5,10%36,2%
1905163,8%85,5%
190665,8%74,5%
190741,9%51,8%
19089,7%25,4%

Fuente: Ídem t xvi

 

Las estadísticas muestran el empuje de los obreros y su capacidad y entusiasmo para participar en las huelgas, y a pesar de que en diciembre de 1905 fue derrotada la insurrección por la represión zarista y la falta de preparación de los insurrectos y de los partidos revolucionarios, “el domingo sangriento”, el movimiento revolucionario se mantuvo hasta 1907.

 

Pero el movimiento revolucionario fue desigual. Así como entre 1905-1906 disminuye en número de huelguistas en los grandes centros industriales, en iguales años aumentó en las provincias menos industrializadas y más apartadas: la ola revolucionaria de 1905 no llegó a ellos en ese año sino en el siguiente. Lenin mira las cifras por provincias, aquí mostramos solo los datos generales. En 10 provincias del imperio, en donde trabajaban 61.800 obreros, en 1905 los huelguistas totalizaron 6.564, y en 1906, fueron 21.484. Pero entre 1906-1907 el número de provincias participantes y de obreros alzados fue mayor: 19 provincias, y 572.132 obreros; en 1907 crecieron a 285.673.

 

El análisis de este proceso le permite concluir a Lenin: “Los obreros de las diferentes regiones participaron de manera desigual en el movimiento. En resumen: 1.660.000 obreros dieron 2.863.000 huelguistas, o sea, 164 huelguistas por cada centenar de obreros, algo más de la mitad de los obreros pararon en 1905, término medio dos veces”.

 

También el número de huelgas (no de huelguistas) en toda Rusia:

 

Número de huelgas 1895-1904

 

AñosEn las ciudadesFuera de ellasTotal
1895-19041.3264391.765
190511.8912.10413.995
19065.3287866.114
19073.2583153.573
1908767125892

 

Después Lenin analiza este proceso por grupos de producción: metalúrgicos, textiles, gráficos, madereros, cuero, productos químicos, alimentos sustancias minerales, para analizar la capacidad de movilización por sectores.

 

También analiza las huelgas del periodo 1911-1912, cuando comenzó el ascenso de la ola revolucionaria: en las huelgas económicas de 1911 participaron 96.730 huelguistas y 207.720 en 1912. Y en las huelgas políticas participaron 8.380 huelguistas en 1911, y 855.000 en 1912 (Lenin, “Las huelgas obreras según los fabricantes”, T XIX).

 

Para terminar el cuadro de la participación de la clase obrera en las huelgas de 1903 hasta febrero de 1917:

 

Huelguistas por año:

 

19038.70019118.000
190425.0001912550.000
19051.843.0001913502.000
1906651.0001914*1.859.000
1907540.0001915156.000
190893.0001916310.000
19098.0001917575.000
19104.000  

 

* La cifra de 1914 es solo para el primer semestre del año, y la de 1917 para los meses de enero y febrero. (León Trosky, Historia de la Revolución Rusa, TI, cap 3).

 

Para 1905 Rusia contaba con 1.660.00 obreros industriales, y para 1917 eran más de dos millones.

 

 

Publicado enEdición Nº235
Una breve nota de antropología de la ciencia

 

La antropología de la ciencia permite comprender el más apasionante de los fenómenos científicos, metodológicos y semánticos actuales, en curso: nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica, en donde emergen muy buenas razones y dudas frente a la idea de un método científico único, y del estatuto de dicho método.

 

Es un hecho establecido que, en la ciencia y en la metodología normales, se habla: a) de el método científico (como si no fueran posibles otros, varios, múltiples), y b) del método científico como consistente en observación, descripción, formulación de hipótesis, verificación o contrastación o falsación de la hipótesis con la experiencia, y entonces formulación de un modelo o de una teoría acerca de los fenómenos. Hasta aquí nada nuevo.

La pregunta que surge es: ¿qué explica, por qué razón se asumió desde la modernidad que el método científico consistía o consiste en estos pasos? La antropología aporta luces que permiten entender el mito fundacional de la ciencia clásica y normal imperante.

Cada época desarrolla la ciencia que puede y, al mismo tiempo, cada época desarrolla la ciencia que necesita. Pues bien, sin ambages, toda la ciencia moderna, desde Bacon hasta Pasteur, desde Vesalius hasta Galileo, desde Leeuwenhoek hasta Newton, por ejemplo, o también, desde Descartes hasta Adam Smith, es la ciencia de la burguesía como clase social en ascenso. Esta burguesía triunfará políticamente en 1789 y económicamente con la Revolución Industrial.

Si hemos de creer a dos fuentes distintas, pero cercanas, de acuerdo con Hegel (Fenomenología del espíritu) y a Marx (Contribución a la crítica de la economía política), la burguesía no hace nada: simplemente paga para que los campesinos o los obreros hagan el trabajo. De forma habitual, un burgués no sabe coser un botón, no sabe cultivar la tierra o preparar un plato en la cocina, no sabe reparar una máquina, lavar un perro o cuidar de una vaca. Y es que no necesita saberlo porque tiene el capital que le permite pagar por el trabajo. Trabajo físico o intelectual que otros hacen.

El burgués de la modernidad temprana, mediana y tardía sencillamente observa pasar el mundo; observa los acontecimientos, incluso, si se quiere a distancia, y los describe. Desde la comodidad de su estudio, de su casa o de su hacienda, formula hipótesis y demás, pero jamás se ensucia las manos. La ciencia moderna genera una conciencia epifenoménica; es justamente la conciencia de la burguesía, en el sentido cultural, social e histórico de la palabra.

Precisamente por esta razón, el método científico nació y se estableció de la forma como se ha transmitido hasta la fecha.

El método científico nace como resultado de la mentalidad fisicalista producto del triunfo de la mecánica clásica y se corresponde perfectamente con la mentalidad deductiva o hipotético–deductiva que caracteriza a la civilización occidental: “si los hechos no se ajustan a mi modelo o a mi teoría, tanto peor para el mundo”. Los modelos jamás fallan; es, en el peor de los casos, la comprensión y la aplicación de los modelos —por parte de otros— lo que falla. La economía y las finanzas son un ejemplo conspicuo al respecto.

El mundo se observa a la distancia, y la distancia y el distanciamiento son justamente lo que da origen a la actitud, al método y a la aproximación del mundo propio de la ciencia moderna. Al fin y al cabo, la perspectiva, descubierta originariamente por Brunelleschi, implica el hecho cultural, científico y social de que cada quien tiene su (propia) perspectiva. Esto es, su punto de vista.

Así, la burguesía, contra el peso de la Iglesia en el medioevo, descubre que una perspectiva sobre el mundo y la realidad es posible, y ello va intrínsecamente ligado al descubrimiento del individualismo. Cada quien tiene su punto de vista. Y eso es respetable, se dice.

De consuno, el método científico permite y garantiza la objetividad y la universalidad de la ciencia, de los experimentos, de los argumentos. Que es justamente el fundamento de todo el mundo moderno. Y del mundo normal vigente a la fecha.

De esta suerte, el método científico se erige en canónica frente a los razonamientos tanto como frente a los fenómenos y los hechos. De partida, la primera afirmación fuerte de la conciencia moderna es el reconocimiento de los hechos, de los fenómenos: facts – data. Sin datos es imposible hacer ciencia, y los datos son susceptibles de observación y descripción, y demás.

De esta suerte, la forma normal de hacer ciencia es tomando distancia de los fenómenos, y sí, justamente, observándolos, describiéndolos y los demás pasos. Dicha ciencia y método garantiza varias cosas, así: en primer lugar que la prerrogativa de la buena conciencia consiste en observar y explicar el mundo y que, por tanto, es la prerrogativa de la buena ciencia formular modelos acerca de la realidad y la naturaleza. La capacidad comprensiva y explicativa del modelo define exactamente la realidad misma de los fenómenos.

Pues bien, la conciencia epifenoménica, fundante de el método científico es, al mismo tiempo, una conciencia distante e indolente del mundo. Como lo pusieron de manifiesto gente como I. Prigogine y S. Kauffman, desencantó el mundo. El mundo se volvió, simple y llanamente, un amasijo de hechos, datos, observaciones y modelos; y en el mejor de los casos, de teorías subsecuentes.

Una conciencia semejante no se compromete con el mundo ni con nada, porque ya tiene sus intereses creados, sus zonas de confort y sus ganancias aseguradas de antemano. La indolencia, el desapego y el desafecto son las consecuencias necesarias del método científico. “Que al mundo le duela lo que le haya doler, porque la ciencia es objetiva y universal”. Lo cual, en realidad, no es sino la traducción epistemológica de la más cara de las consignas de los poderes e imperios: “dura es la ley, pero es la ley”; desde los romanos.

Por lo demás, el desencantamiento del mundo vuelve psicótico al universo del conocimiento: es exactamente la idea de las dos culturas; las ciencias de un lado, y las humanidades de otro.

Como se aprecia, la antropología de la ciencia permite comprender el más apasionante de los fenómenos científicos, metodológicos y semánticos actuales, en curso: nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica, en donde emergen muy buenas razones y dudas frente a la idea de un método científico único, y del estatuto de dicho método.

La historia en el futuro inmediato pondrá de manifiesto lo que pueda suceder de la revolución científica en curso en la que nos hallamos, todos, inmersos. Entonces, la propia antropología de la ciencia habrá cambiado, junto al cambio mismo de la ciencia, y del mundo.

 

 

Francia: ¡bienvenida la lucha de clases!

 

En Las luchas de clases en Francia (1850) –una serie de artículos publicados luego como panfleto separado (1895)–, Carlos Marx, analizando las grandes transformaciones políticas por las que a mitad del siglo XIX pasa este país, describe la lucha de clases como “política ejercida en ‘terreno ideológico’ y en ‘disfraces ideológicos’”. Hoy, desde luego, seguimos en el "terreno ideológico" e incluso –por la contraofensiva del neoliberalismo– quizás más que nunca.

 

Seguimos, también, en el teatro de los disfraces. En la escena política francesa destacan las patéticas figuras de François Hollande y Manuel Valls, que sólo andan de "socialistas" para representar mejor los intereses clasistas de la patronal y del gran capital. Pero después de varios años de "aburrimiento" y tras oscuros meses de desmovilización por las "amenazas del terror" y miedo inducido desde el Estado, finalmente se caen las máscaras.

 

Las intensas movilizaciones sindicales –huelgas, piquetes, bloqueos, hasta luchas en las barricadas– y el surgimiento del movimiento Nuit debout en respuesta a la neoliberal "reforma" laboral que aumenta horas de trabajo, facilita despidos, anula la negociación colectiva y contratos por rama gremial, arrastrando a los trabajadores de vuelta al siglo XIX y tiempos de Marx, constituyen un nuevo capítulo en las luchas de clases en Francia.

 

Tras dos meses y medio del estallido de Nuit debout son otra vez los sindicatos los que tienen la iniciativa. Hace unas semanas, Stathis Kouvelakis hizo una observación crucial: "hay que ver qué sector será la locomotora de las movilizaciones actuales", el papel que en otros ciclos de protesta cumplían trabajadores de refinerías y ferrocarrileros ( The Jacobin, 16/5/16).

 

 

¿La locomotora?

 

Curioso: es justamente en Las luchas... donde Marx incluye la famosa aseveración "las revoluciones son las locomotoras de la historia", que casi 100 años más tarde Walter Benjamin encuentra tan problemática.

 

Tal vez la frase –acorde con el dictum benjaminiano– debería ser entonces: “hay que ver qué sector será capaz de ‘jalar el freno de emergencia’”; sea como sea, en la cabeza están otra vez los refineros y los ferrocarrileros. Los primeros paralizando el suministro de combustible en todo el país y los segundos –en la huelga abierta desde hace dos semanas– deteniendo la mitad de conexiones locales y 80 por ciento de trenes rápidos (TGV). Detienen incluso el tren especial en que viaja el trofeo de la Eurocopa 2016, una pasajera "bocanada de aire" que el gobierno aprovecha para desviar la atención interna e internacional de las protestas.

 

Tiene razón David Fernbach, aunque en varios aspectos se queda corto: Las luchas... es un documento formidable. Allí Marx por primera vez trata de explicar el presente usando su "método materialista" y empieza a desarrollar de manera sistemática conceptos para analizar el fenómeno de la lucha de clases: "una lucha de grupos cuya existencia e intereses son determinados por las relaciones de producción" (en: Karl Marx, Surveys from exile, 2010, p. 9).

 

 

Afina su argumento.

 

Hasta ahora –incluso recién en Manifiesto comunista (1848)– habla sólo de dos clases (la burguesía y el proletariado), pero estudiando a Francia descubre una rica variedad de ellas y de sus "fracciones", sobre todo las que conforman el "bloque de poder". Al final resultará que la lucha de clases es posible precisamente porque no hay solo dos clases, sino más elementos que "no encajan", y que el conflicto se da porque luchan por "encajar" o porque otros luchan por "apropiarse" de ellos.

 

Hablando de la "democracia representativa" –y tratando de responder a una pregunta: "¿cómo es posible que una minoría de clase propietaria logra gobernar a los demás?"– enfatiza que "ésta nace como un producto de la lucha de clases y que en ella tendrá su fin". Negar esto o tener ilusiones de lo contrario es para él un ‘“cretinismo parlamentario’: una epidemia que se propagó ampliamente por Europa a partir de 1848”. Si bien Marx no desecha la democracia parlamentaria (sic), tampoco defiende mucho el sufragio universal (sic) –un fenómeno marginal en su tiempo (p. 13-14)–, prefiriendo criticar el "poder mágico" que le atribuyen los sectores dominantes que acostumbran contraponer "reglas abstractas de justicia a los resultados inmediatos de la lucha de clases".

 

Cuando en 1848 el gobierno de Lamartine niega al pueblo de las barricadas parisinas el derecho de "declarar una (nueva) república", diciendo que sólo la mayoría de los franceses tiene esta facultad, que hay que esperar su voto y que todo esto es una "usurpación", Marx responde con una amarga ironía: "La burguesía permite al proletariado sólo un tipo de usurpación: la de la lucha" (The class struggles..., en: Surveys from exile, p. 42).

 

He aquí un déjà vu: el otro día a los manifestantes que en las calles de París demandan el retiro de la ley laboral, el primer ministro Valls les dice: "¡La democracia no es la calle! ¡La democracia es el voto!" (Libération, 9/6/16).

 

 

¡Vaya ironía!

 

Lo dice el mismo político que –frente a la resistencia en las filas de su propio Partido Socialista (cuyo nombre sin embargo ya no engaña a nadie...)– no se anima a poner dicha propuesta a un debate parlamentario y sujetarla a la votación, "como debería ser", sino opta por pasarla por decreto (¡sic!), un mecanismo antidemocrático por excelencia.

 

Y él mismo, cuya (im)popularidad –73 por ciento de desaprobación vs 18 por ciento de aprobación– contrasta con la opinión de 72 por ciento de los franceses que rechazan la nueva ley (Le Figaro, 2/6/16). Pero por supuesto, "hay que esperar el voto" y "todo lo contrario sería una usurpación", dirán los defensores de la democracia procedural contagiados del virus del "cretinismo parlamentario" que aún no se extinguió en "las Europas" (y hasta se propagó por el mundo). Esperar, esperar, esperar... mientras las clases dominantes pasan por debajo de la mesa "reformas" antipopulares sin posibilidad de ser aprobadas ni siquiera en los parlamentos controlados por su propio "bloque de poder".

 

Se mire como se mire en 2016, igualito que en los tiempos de Marx, el único tipo de usurpación que la burguesía permite a la clase trabajadora es la de la lucha.

 

En efecto: ¡bienvenidos de vuelta al siglo XIX!

 

* Periodista polaco

Twitter: @periodistapl

Publicado enPolítica