El renombrado filósofo y disidente Noam Chomsky en su oficina del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en septiembre de 2016 (MARTIN BIALECKI / PICTURE ALLIANCE VIA GETTY IMAGES)

Entrevista a Noam Chomsky sobre la pandemia

El Covid-19 ha tomado el mundo por asalto. Hay cientos de miles de personas infectadas (posiblemente muchas más que los casos confirmados), la lista de muertes crece exponencialmente y las economías capitalistas se han estancado, lo que hace prácticamente inevitable una recesión global.

La pandemia había sido anticipada mucho antes de su aparición, pero las acciones tendentes a prepararse para esa crisis se restringieron a causa de los crueles imperativos de un orden económico en el que “la prevención de una catástrofe futura no produce beneficios”, señala Noam Chomsky en esta entrevista exclusiva para Truthout. Chomsky es profesor emérito de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y profesor laureado en la Universidad de Arizona, autor de más de 120 libros y de miles de artículos y ensayos. En esta entrevista argumenta que el propio capitalismo neoliberal es responsable de la respuesta inadecuada de Estados Unidos ante la pandemia.

C.J. Polychroniou: Noam, la epidemia de la nueva enfermedad del coronavirus se ha propagado a la mayor parte del planeta, y Estados Unidos tiene ya más casos que cualquier otro país, incluyendo China, donde se originó el virus. ¿Cree que es una evolución sorprendente?

Noam Chomsky: La escala de la plaga es sorprendente, impactante diría yo, pero no su aparición. Ni el hecho de que Estados Unidos esté teniendo la peor respuesta ante la crisis.

Los científicos llevan años avisando de la aparición de una pandemia, insistiendo en ello desde la epidemia de SARS de 2003, causada también por un coronavirus, para la cual se desarrollaron vacunas que no pasaron de la fase preclínica. Ese era el momento de empezar a poner en práctica sistemas de respuesta rápida que nos prepararan para otra epidemia y guardar la capacidad de reserva que pudiera necesitarse. También se podrían haber puesto en marcha iniciativas para desarrollar defensas y modos de tratamiento para una probable reaparición de un virus relacionado.

Pero los avances de la ciencia no son suficientes. Tiene que haber alguien que tome decisiones. Y esa opción se ve obstaculizada por la patología del orden socioeconómico contemporáneo. Las señales del mercado eran evidentes: la prevención de una catástrofe no produce beneficios. El gobierno podría haber intervenido, pero lo impide la doctrina imperante: “el gobierno es el problema”, nos dijo Reagan con su sonrisa radiante, lo que significaba que es preciso delegar la toma de decisiones, aún más, al mundo empresarial, comprometido con la obtención de beneficios y libre de la influencia de quienes deberían preocuparse por el bien común. Los años siguientes inyectaron una dosis de brutalidad neoliberal al orden capitalista sin restricciones y a la retorcida forma de mercado que desarrolla.

La gravedad de la patología se pone en evidencia a través de uno de sus fallos más dramáticos (y letales): la falta de respiradores, que constituye uno de los principales cuellos de botella a la hora de enfrentarse a la pandemia. El Departamento de Salud y Servicios Sociales anticipó el problema y contrató a una pequeña empresa para que fabricara respiradores baratos, fáciles de usar. Pero intervino la lógica capitalista. La empresa fue adquirida por una gran corporación, Covidien, que marginó el proyecto y “en 2014, sin haber entregado ningún respirador al gobierno, la dirección de Covidien comunicó a funcionarios del instituto [federal] de investigación biomédica su deseo de rescindir el contrato, según tres antiguos funcionarios federales. Los directivos se quejaron de que el contrato no era lo bastante beneficioso para la compañía”.

Es una verdad que no admite duda.

Pero entonces intervino la lógica neoliberal, que dictó que el gobierno no podía intervenir para salvar el enorme fallo del mercado que ahora está creando el caos. Tal y como argumentó muy diplomáticamente el New York Times, “la paralización de la iniciativa que pretendía crear un nuevo tipo de respirador barato y de fácil uso pone de manifiesto los peligros de subcontratar a empresas privadas proyectos con grandes implicaciones de salud pública; su foco en la obtención del máximo beneficio no siempre está en consonancia con el objetivo del gobierno: estar preparado para una futura crisis”.

Dejando a un lado la reverencia ritual al bondadoso gobierno y a sus loables objetivos, el comentario no deja de tener razón. Podríamos añadir que el foco en el máximo beneficio tampoco está “siempre en consonancia” con la esperanza de “supervivencia de la humanidad”, tomando prestada la frase de un informe eliminado del JPMorgan Chase, el mayor banco de Estados Unidos, en el que se advertía de que “la supervivencia de la humanidad” estaba en peligro de seguir el rumbo actual, al que contribuía las inversiones del propio banco en combustibles fósiles. Así que Chevron canceló un proyecto de energía sostenible rentable porque obtenía más beneficios destruyendo la vida en la Tierra. ExxonMobil ni se planteó una inversión de ese tipo porque antes habría realizado cálculos de rentabilidad más precisos.

Y era totalmente lógico, según la doctrina neoliberal. Como nos explicaron en su día Milton Friedman y otras luminarias neoliberales, la tarea de los directivos de las grandes empresas es maximizar los beneficios. Cualquier desviación de esta obligación moral destruiría los cimientos de la “vida civilizada”.

En todo caso, nos recuperaremos de la crisis del Covid-19, pagando un precio importante y posiblemente terrible, especialmente para la población más pobre y vulnerable. Pero no nos recuperaremos del deshielo de la banquisa polar y de otras consecuencias devastadoras del calentamiento global. También en este caso la catástrofe será producto de un fallo del mercado, en este caso de proporciones verdaderamente demoledoras.

La Administración actual había sido ampliamente informada de la probabilidad de una pandemia. De hecho, el pasado octubre tuvo lugar un ejercicio de simulacro a alto nivel. Durante todos sus años como presidente, Trump ha reaccionado de la manera a la que nos tiene acostumbrados: retirando la financiación y desmantelando cualquier parte relevante del gobierno e implementando regularmente las instrucciones de sus amos corporativos para eliminar las regulaciones que dificultan los beneficios y salvan vidas –y dirigiendo la carrera hacia el abismo de la catástrofe medioambiental, con diferencia su mayor crimen; de hecho el mayor crimen de la historia si consideramos las consecuencias.

A principios de enero ya había poca duda de lo que estaba ocurriendo. El 31 de diciembre China informó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) de la propagación de síntomas similares a los de la neumonía de causas desconocidas. El 7 de enero, China informó a la OMS de que los científicos habían identificado el origen de la enfermedad como un coronavirus y habían conseguido secuenciar el genoma, que pusieron a disposición del mundo científico. A lo largo de enero y febrero, la inteligencia estadounidense intentó captar la atención de Trump de todas las formas posibles sin conseguirlo. Los funcionarios informaron a la prensa de que “no conseguían convencerle de que hiciera nada a ese respecto aunque las luces de alarma estaban encendidas”.

Pero Trump no permaneció callado. Emitió una serie de declaraciones confiadas informando al público de que el coronavirus no era más serio que una tos; que tenía todo bajo control; que estaba manejando la crisis a la perfección; que era muy grave pero que él ya sabía que era una pandemia antes que nadie; y así sucesivamente, con todo el repertorio de lamentables afirmaciones. La técnica está bien diseñada, como la práctica de ir soltando mentiras tan deprisa que el propio concepto de verdad desaparece. Pase lo que pase, Trump está seguro de que sus leales seguidores le defenderán. Cuando disparas flechas al azar, alguna tiene que dar en el blanco.

Para rematar este impresionante record, el 10 de febrero, con el virus recorriendo el país de punta a punta, la Casa Blanca publicó su propuesta de presupuesto anual, que amplia aún más los fuertes recortes en todas las principales partidas sanitarias responsabilidad del gobierno (de hecho, en prácticamente cualquier cosa que pueda ayudar a la gente) al tiempo que incrementa la financiación de lo que realmente importa: el ejército y el muro [con México].

Una consecuencia de esto es el escandaloso retraso de las pruebas y lo limitado de estas, muy por debajo de otros países, lo que imposibilita el uso de estrategias de seguimiento de los contagios que han evitado que la epidemia se descontrole en las sociedades funcionales. Incluso los mejores hospitales carecen de suficiente equipamiento básico. Estados Unidos es en estos momentos el epicentro de la crisis.

Este ejemplo es apenas una pequeña muestra de la malevolencia trumpiana, pero lamentablemente ahora no tenemos más espacio para profundizar.

Aunque resulta tentador echar la culpa a Trump de la desastrosa respuesta ante la crisis, si queremos prevenir futuras catástrofes, es preciso que miremos más allá de su figura. Trump asumió el poder en una sociedad enferma, afligida por 40 años de neoliberalismo profundamente enraizado.

La versión neoliberal del capitalismo lleva en vigor desde los tiempos de Reagan y Margaret Thatcher. No debería hacer falta detallar sus funestas consecuencias. La generosidad de Reagan con los superricos tiene una relevancia absoluta en la crisis actual, cuando se prepara un nuevo rescate. Reagan se apresuró a levantar la prohibición de los paraísos fiscales y otros mecanismos destinados a trasladar la carga fiscal al público, además de autorizar la recompra de acciones –un mecanismo para inflar el valor de las acciones y enriquecer a la dirección de las empresas y a los muy ricos (que poseen la mayor parte de las acciones) al tiempo que se debilita la capacidad productiva de la compañía.

Estos cambios en la regulación tienen enormes consecuencias, del orden de decenas de billones de dólares. Por lo general, las reglas se han diseñado para beneficiar a una pequeña minoría mientras el resto tiene que luchar por mantenerse a flote. De esa manera hemos llegado a tener una sociedad en la que el 0,1 por ciento de la población posee el 20 por ciento de la riqueza y la mitad de abajo tiene un patrimonio neto negativo y vive a base de endeudarse un mes tras otro. Mientras los beneficios crecían y los salarios de los grandes directivos se disparaban, los salarios reales se han estancado. Como muestran los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman en su libro The Triumph of Injustice, los impuestos son básicamente planos en todos los grupos de renta, excepto en el más elevado, donde descienden.

El sistema sanitario privado (y con ánimo de lucro) estadounidense es desde hace tiempo un caso de escándalo a escala internacional, pues tiene un coste que duplica al de otras sociedades desarrolladas y uno de los peores resultados. La doctrina neoliberal le asestó otro golpe al introducir en él medidas empresariales de eficiencia: servicio bajo demanda y falta de reservas para contingencias. A la menor alteración, el sistema se viene abajo. Lo mismo ocurre con el frágil orden económico forjado sobre los principios neoliberales.

Este es el mundo heredado por Trump, el objetivo de su ariete. Aquellos interesados en reconstruir una sociedad viable a partir de las ruinas que queden tras la crisis actual harían bien en prestar atención al aviso de Vijay Prashad: “No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema”.

Sin embargo, incluso ahora, con el país en mitad de una emergencia de salud pública distinta de cualquier cosa que hayamos visto en mucho tiempo, al público estadounidense se le sigue diciendo que la sanidad universal no es una propuesta realista. ¿Es el neoliberalismo el único responsable de este punto de vista típicamente estadounidense sobre la salud?

Es una historia compleja. Para empezar, durante mucho tiempo las encuestas mostraban actitudes favorables hacia la sanidad universal, a veces incluso un fuerte apoyo. En los últimos años de la era Reagan, en torno al 70 por ciento de la población pensaba que la Constitución debería garantizar los cuidados sanitarios y el 40 por ciento pensaba que de hecho ya era así –asumiendo que la Constitución era la depositaria de todo lo que es evidentemente correcto. Las encuestas mostraban un gran apoyo al derecho a la sanidad universal, hasta que comenzó la ofensiva de propaganda de las compañías, advirtiendo de la enorme carga fiscal que eso supondría, algo parecido a lo que hemos visto recientemente. Entonces el apoyo popular desapareció.

Como suele ocurrir, la propaganda tiene un elemento de verdad. Los impuestos subirán, pero los gastos totales descenderán bruscamente, como muestran los datos de países comparables. ¿Cuánto? Hay algunas estimaciones interesantes. Una de las principales revistas médicas del mundo, The Lancet de Reino Unido, publicó recientemente un estudio que estimaba que la implantación de la sanidad universal en Estados Unidos “probablemente supondría un ahorro del 13 por ciento en el gasto sanitario nacional, equivalente a más de 450.000 millones de dólares anuales (según el valor del dólar en 2017)”. El estudio continuaba afirmando:

“Todo el sistema podría financiarse con un menor desembolso que el que contraen las empresas y las familias que pagan las pólizas sanitarias junto con las partidas asignadas por el gobierno. Este cambio a una sanidad de un solo pagador beneficiaría especialmente a los hogares de menores ingresos. Además, estimamos que el acceso a los cuidados sanitarios para toda la población estadounidense salvaría más de 68.000 vidas y 1,73 millones de años de vida cada año, en relación con la situación actual”.

Pero los impuestos tendrían que subir. Y parece que muchos estadounidenses prefieren gastar más dinero siempre que no sea en impuestos (aunque por otro lado eso suponga la pérdida de decenas de miles de vidas cada año). Este es un indicador sintomático del estado de la democracia estadounidense, según la percibe la gente; y, desde otra perspectiva, de la fuerza del sistema doctrinario diseñado por el poder empresarial y sus lacayos intelectuales. El ataque neoliberal ha intensificado este elemento patológico de la cultura nacional, pero las raíces son mucho más profundas y se pueden observar en muchos ejemplos. Se trata de un tema que merece la pena investigar más.

Algunos países europeos están gestionando la propagación del coronavirus mejor que otros, pero parece que los que han tenido más éxito en esta tarea se sitúan fuera del universo occidental (neo)liberal. Hablamos de Singapur, Corea del Sur, Rusia y la misma China. ¿Cree que este dato nos aporta información sobre los regímenes capitalistas occidentales?

Ha habido diferentes reacciones frente a la propagación del virus. China parece haberla controlado, al menos por ahora. Al igual que los países de su periferia, incluyendo a democracias no menos dinámicas que las occidentales, que tomaron muy en serio los primeros avisos. La mayor parte de Europa retrasó la toma de decisiones, pero algunos países actuaron con presteza. Alemania parece mantener el record global en cuanto a baja mortalidad, gracias a la reserva de instalaciones sanitarias y capacidad de diagnóstico y a la respuesta inmediata. Lo mismo parece ocurrir con Noruega. La reacción de Boris Johnson en Reino Unido fue vergonzosa. Pero los Estados Unidos de Trump van a la cola.

Sin embargo, la diligencia con que actuó Alemania con su población no se extendió más allá de sus fronteras. La Unión Europea ha demostrado estar cualquier cosa menos unida. No obstante, las sociedades europeas enfermas podrían pedir ayuda al otro lado del Atlántico. La superpotencia cubana está lista para ayudar una vez más con médicos y equipo. Mientras tanto, su vecino yanqui se ha dedicado a retirar la asistencia sanitaria a Yemen, donde ha contribuido a crear la mayor crisis humanitaria del mundo, y utiliza la oportunidad que le presenta la devastadora emergencia sanitaria para endurecer sus crueles sanciones y asegurar el máximo sufrimiento de sus supuestos enemigos. Cuba es su víctima más prolongada, desde los tiempos de las guerras terroristas y el estrangulamiento económico de Kennedy, aunque milagrosamente ha conseguido sobrevivir.

A propósito, debería ser extremadamente perturbador para los estadounidenses comparar el circo montado por Washington con los informes serenos, comedidos y objetivos de Angela Merkel sobre cómo manejar la epidemia.

Las distintas maneras de responder a la crisis no parecen depender de si el país es una democracia o una autocracia, sino de si su sociedad es funcional o disfuncional –lo que en la retórica de Trump se resume como “países de mierda”, como el que él mismo se esfuerza en crear bajo su mandato.

¿Qué piensa del plan de rescate económico del coronavirus, valorado en 2 billones de dólares? ¿Es suficiente para prevenir otra posible gran recesión y ayudar a los grupos más vulnerables de la sociedad estadounidense?

El plan de rescate es mejor que nada. Ofrece un alivio limitado a algunos de los que lo necesitan desesperadamente y contiene fondos suficientes para ayudar a los verdaderamente vulnerables: las lastimosas corporaciones que acuden en tropel a papá Estado, con el sombrero en la mano, ocultando sus copias de Ayn Rand* y suplicando una vez más que el sector público las rescate tras haber pasado sus años gloriosos amasando inmensos beneficios y ampliando estos con una orgía de recompra de acciones. Pero no hay de qué preocuparse. La caja negra será supervisada por Trump y su Secretario del Tesoro, en quienes se puede confiar que serán justos e imparciales. Y si deciden ignorar las demandas del nuevo inspector general y del Congreso, ¿quién va a evitarlo? ¿El Departamento de Justicia de Barr? ¿Un impeachment?

Deberían haberse diseñado mecanismos para que la ayuda llegue a quienes la necesitan, a los hogares, más allá de la miseria que parece habérseles asignado. Eso incluye a las personas trabajadoras que tenían verdaderos empleos y al enorme precariado que malvivía con empleos temporales e irregulares, pero también a otros: a quienes ya habían tirado la toalla, los cientos de miles de víctimas de “muerte por desesperación”** –una auténtica tragedia americana–, los sin techo, los presos, todos los que habitan viviendas tan inadecuadas que no es posible el aislamiento y el almacenamiento de comida, y muchos otros que no son difíciles de identificar.

Los economistas políticos Thomas Ferguson y Rob Johnson lo han explicado llanamente: Mientras la sanidad universal que es común en otros lugares se considere algo inalcanzable en Estados Unidos, “no hay ninguna razón por la que se deba aceptar un seguro único financiado por las empresas” Estos autores hacen un compendio de maneras sencillas de superar esta forma de robo corporativo.

Como mínimo, la práctica habitual de rescatar con dinero público al sector empresarial debería exigir como contrapartida la estricta prohibición de recompra de acciones, una participación importante de los trabajadores en la gestión de la empresa y el final de las escandalosas medidas proteccionistas de los mal llamados “acuerdos de libre comercio”, que garantizan enormes beneficios para las grandes farmacéuticas mientras aumentan el precio de los medicamentos mucho más de lo que sería razonable. Como mínimo.

Esta entrevista ha sido editada para facilitar su lectura.

  1. de T.: *Filósofa y escritora rusa que obtuvo la nacionalidad estadounidense y que defendía el egoísmo racional, el individualismo y el laissez faire y rechazaba el altruismo y el socialismo.

**Chomsky hace aquí referencia a la “epidemia” de suicidios de trabajadores en EE.UU. (del orden de 150.000 cada año), y a un libro de Anne Case y Angus Deaton, ganadores del Nobel de Economía en 2015 y autores del libro Deaths of Despair and the Future of Capitalism, al que cita indirectamente el filósofo.

Por C.J. Polychroniou | 06/04/2020 | Noam Chomsky

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://truthout.org/articles/chomsky-ventilator-shortage-exposes-the-cruelty-of-neoliberal-capitalism/

El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelión como fuente del mismo.

Publicado enSociedad
Lunes, 06 Abril 2020 06:11

El socialismo y la vida

El socialismo y la vida

El texto que presentamos fue publicado en la revista La Petite République, 7 de septiembre de 1901 (retomado en Les Cahiers de la Quinzaine de Charles Péguy) y en la compilación de ensayos Études socialistes de ese mismo año. En este texto, Jaurès entiende el socialismo como el desarrollo de la idea republicano-democrática del derecho a la existencia y a la vida como eje fundamental para vertebrar una sociedad justa. Un socialismo que apuesta decididamente por el libre desarrollo de la personalidad en armonía con el interés general sobre el suelo de la propiedad común y social. En estos días dramáticos que corren es menester sacar del baúl de los recuerdos esa tradición política que quiso construir comunidades políticas basadas en la protección y florecimiento de la vida. [Nota de los traductores]


La dominación de clase es un atentado contra la humanidad. El socialismo, que abolirá toda primacía de clase y toda clase, es, pues, una restitución de la humanidad. Por lo tanto, es, para todos, un deber de justicia ser socialistas. Que no objeten, como lo hacen algunos socialistas y algunos positivistas, que es pueril y vano invocar la justicia, que es una idea completamente metafísica y maleable en todos los sentidos, y que de esta púrpura banal todas las tiranías se hicieron un manto. No, en la sociedad moderna la palabra justicia cobra un sentido cada vez más preciso y amplio. Significa que, en todo hombre, en todo individuo, la humanidad debe ser plenamente respetada y elevada a lo más alto. No obstante, no hay realmente humanidad sino allí donde hay independencia, voluntad activa, libre y jovial adaptación del individuo al conjunto. Allí donde los hombres están bajo la dependencia y a la merced de otros hombres, allí donde las voluntades no cooperan libremente por la obra social, allí donde el individuo está sometido a la ley del conjunto por la fuerza y la costumbre, y no sólo por la razón, la humanidad está degradada y mutilada.

Es entonces únicamente con la abolición del capitalismo y con la llegada del socialismo que la humanidad se realizará1.

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Ya sé que en la Declaración de los derechos del hombre la burguesía revolucionaria deslizó un sentido oligárquico, un espíritu de clase. Ya sé que intentó consagrar en ella para siempre la forma burguesa de la propiedad, y que incluso en el orden político empezó por rechazar el derecho de sufragio a millones de pobres, convertidos en ciudadanos pasivos. Pero sé también que, de entrada, los demócratas se sirvieron del derecho del hombre, de todos los hombres, para pedir y conquistar el derecho de sufragio para todos. Sé que, de entrada, los proletarios se apoyaron en los Derechos del hombre para defender incluso sus reivindicaciones económicas. Sé que la clase obrera, aunque no tenía aún en 1789 más que una existencia rudimentaria, no tardó en aplicar, en ampliar los Derechos del hombre en un sentido proletario. Proclamó, desde 1792, que la propiedad de la vida era la primera de todas las propiedades, y que la ley de esa propiedad soberana debía imponerse sobre todas las demás.

Sin embargo, agrandad, ensalzad el sentido de la palabra vida. Comprended no sólo la subsistencia, sino toda la vida, todo el desarrollo de las facultades humanas, y veréis que es el comunismo lo que el proletariado trasplanta en la Declaración de los derechos del hombre. Así, de entrada, el derecho humano proclamado por la Revolución tenía un sentido más profundo y más amplio que el que le daba la burguesía revolucionaria. Esta última, con su derecho todavía oligárquico y estrecho, no bastaba para rellenar toda la superficie del derecho humano; el lecho del río era más amplio que el río, y hará falta un aluvión nuevo, el gran aluvión proletario y humano, para que la idea de justicia sea plena al fin.

Sólo el socialismo dará a la Declaración de los derechos del hombre todo su sentido y realizará todo el derecho humano. El derecho revolucionario burgués ha liberado la personalidad humana de muchos obstáculos; pero obligando a las nuevas generaciones a pagar una renta al capital acumulado por las generaciones anteriores, y dejando a una minoría el privilegio de percibir esa renta, golpea con una suerte de hipoteca en beneficio del pasado y en beneficio de una clase a toda personalidad humana.

Nosotros pretendemos, al contrario, que los medios de producción y de riqueza acumulados por la humanidad deben estar a disposición de todas las actividades humanas y liberarlas. Según nosotros, todo hombre tiene desde ahora un derecho sobre los medios de desarrollo que ha creado la humanidad. No es pues una persona humana, completamente débil y desnuda, expuesta a todas las opresiones y a todas las explotaciones, que viene al mundo. Es una persona investida de un derecho, y que puede reivindicar, para su entero desarrollo, el libre uso de los medios de trabajo acumulados por el esfuerzo humano. Todo individuo humano tiene derecho a su crecimiento completo. Tiene entonces derecho a exigir de la humanidad todo lo que pueda secundar su esfuerzo. Tiene derecho a trabajar, a producir, a crear, sin que ninguna categoría de hombres someta su trabajo a un desgaste y a un yugo. Y como la comunidad no puede asegurar el derecho del individuo sin poner a su disposición los medios de producción, es necesario que ella misma sea investida, sobre esos medios de producción, de un derecho soberano de propiedad.

Marx y Engels, en el Manifiesto comunista, subrayaron de forma magnífica el respeto de la vida, que es la esencia misma del comunismo:

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado en el capital. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado no será más que un medio de aumentar, de enriquecer, de estimular la vida de los trabajadores.

En la sociedad burguesa, el pasado reina sobre el presente. En la sociedad comunista, el presente reinará sobre el pasado.

La Declaración de los derechos del hombre había sido también una afirmación de la vida, un llamamiento a la vida. Fueron los derechos del hombre vivo lo que la Revolución proclamó. No reconocía a la humanidad pasada el derecho de atar a la humanidad presente. No reconocía a los servicios pasados de reyes y nobles el derecho de pesar sobre la humanidad presente y viva, y de detener su desarrollo. Al contrario, la humanidad viva tomaba para usarlo en beneficio propio todo lo que el pasado había legado de fuerzas vivas. La unidad francesa preparada por la realeza pasaba a ser, contra la propia realeza, el instrumento decisivo de la revolución. De igual forma las grandes fuerzas de producción acumuladas por la burguesía pasarán a ser, contra el privilegio capitalista, instrumento decisivo de la liberación humana.

La vida no abole el pasado: lo somete. La Revolución no es una ruptura, es una conquista. Y cuando el proletariado haya hecho esa conquista, cuando el comunismo haya sido instaurado, todo el esfuerzo humano acumulado durante siglos formará como una naturaleza benévola y rica, acogiendo desde su nacimiento a todas las personas humanas, asegurándoles su desarrollo completo.

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Así, incluso en el derecho revolucionario burgués, en la Declaración de los derechos del hombre y de los derechos de la vida, hay una raíz de comunismo. Pero esta lógica interna de la idea de derecho y de humanidad hubiese quedado ineficaz y latente sin la vigorosa acción exterior del proletariado. El proletariado interviene desde los primeros días de la Revolución. No escucha los absurdos consejos de clase de aquellos que, como Marat, le dicen: “¿Qué haces? ¿y por qué vas a tomar la Bastilla, que nunca tuvo entre sus muros a proletarios?” Avanza; libra el asalto; determina el éxito de las grandes jornadas; se dirige a las fronteras; salva la Revolución dentro y fuera; se convierte en una fuerza necesaria y recoge de camino el premio de su acción incesante. De un régimen semi-democrático y semi-burgués, hace en tres años, de 1789 a 1792, una democracia pura, donde a veces la acción de los proletarios es dominante. Desplegando su fuerza, gana confianza en sí mismo, y termina por decirse con Babeuf que, habiendo creado una potencia común, la de la nación, debe servirse de ella para fundar la felicidad común.

Así, por la acción de los proletarios, el comunismo deja de ser una vaga especulación filosófica para convertirse en un partido, en una fuerza viva. Así, el socialismo surge de la Revolución francesa bajo la acción combinada de dos fuerzas: la fuerza de la idea del derecho, la fuerza de la acción proletaria naciente. No es pues una utopía abstracta. Brota en el punto más hirviente, más efervescente de las fuentes cálidas de la vida moderna.

Pero he aquí, después de muchas pruebas, de victorias parciales y de caídas, a través de la diversidad de los regímenes políticos, el nuevo orden burgués creado por la Revolución que se desarrolla. He aquí bajo el Imperio, bajo la Restauración, el sistema económico de la burguesía, fundado en la competencia ilimitada, que comienza a producir sus efectos: incremento incontestable de la riqueza, pero inmoralidad, picaresca, perpetuo combate, desorden y opresión. ‒ El toque de genialidad de Fourier fue concebir que era posible remediar el desorden, depurar y ordenar el sistema social sin entorpecer la producción de las riquezas, sino, al contrario, incrementándola. Ningún ideal ascético: libre desarrollo de todas las facultades, de todos los instintos. La misma asociación que suprimirá las crisis multiplicará las riquezas ordenando, combinando los esfuerzos. Así, el matiz de ascetismo con el cual la Revolución había podido ensombrecer al socialismo se desvanece. Así, el socialismo, después de haber participado con los proletarios de la Revolución y con Babeuf en toda la vida revolucionaria, entra ahora en la gran corriente de las riquezas y de la producción moderna. A través de Fourier, a través de Saint-Simon, aparece como una fuerza capaz no de reprimir el capitalismo, sino de superarlo.

En el nuevo orden vislumbrado por estos grandes genios, el precio de la justicia no serán las alegrías de la vida. Al contrario, la organización justa de las fuerzas humanas se sumará a su potencia productiva. El esplendor de las riquezas manifestará la victoria del Derecho, y la felicidad será el resplandor de la justicia. El babuvismo no había sido la negación de la revolución, mas, al contrario, su pulsación más audaz. El fourierismo y el sansimonismo no son la negación, la restricción de la vida moderna, mas, al contrario, su apasionada ampliación. En todo lugar y todo momento, el socialismo es una fuerza que vive en el sentido de la ardiente corriente de la vida.

Pero a los grandes sueños de armonía y de riqueza para todos, a las grandes concepciones constructivas de Fourier y de Saint-Simon, la burguesía de Louis-Phillipe contesta con un redoblamiento de la explotación de clase, la utilización intensiva y extenuante de las fuerzas obreras, una orgía de concesiones estatales, de monopolios, de dividendos y de primas. Hubiese sido como mínimo ingenuo seguir oponiendo sueños idílicos a esta osada explotación. Es a través de la amarga crítica de la propiedad, de la renta, de la aparcería, del beneficio, la forma en la que replicó Proudhon : e incluso aquí, una vez más, la palabra que debía ser dicha, fue dicha bajo el dictado y la amarga inspiración de la vida.

Pero, ¿cómo completar la labor crítica a través de una labor de organización? ¿De qué manera se pueden agrupar en una vasta unidad de combate a todos los elementos sociales amenazados por el poder de la banca, del monopolio y del capital? Proudhon desentrañó muy rápido que el ejército de la democracia social era dispar, que estaba compuesta por un proletariado fabril todavía insuficiente en número y fuerza, y por una pequeña burguesía industrial y comercial, por un artisanado que la concentración y la absorción capitalista acechaba pero que no había logrado abolir todavía. De ahí, en la parte positiva de la obra de Proudhon, vacilaciones y contradicciones; de ahí, una mezcla singular de reacción y de revolución industrial dependiendo de si se aplica en salvar a la pequeña burguesía mediante combinaciones ficticias o de si presiente el advenimiento de la clase obrera, fuerza de la revolución. Proudhon hubiese querido suspender los acontecimientos, posponer la crisis revolucionaria de 1848 para dar al desarrollo económico el tiempo para dibujar de forma más nítida la línea que iba a seguir, y poder orientar mejor los ánimos. Pero, una vez más, ¿de dónde vienen esas vacilaciones, esos escrúpulos o incluso esos esfuerzos contradictorios sino del contacto del honesto pensamiento socialista con la realidad compleja y todavía incierta? Es la vida de un siglo que resuena sin cesar en él.

Y he aquí que desde 1848 la gran fuerza decisiva y sustancial se manifiesta y se organiza. He aquí que el crecimiento de la gran industria suscita un proletariado obrero, cada vez más numeroso, cada vez más coherente, cada vez más consciente. Aquellos que con Marx han recibido con entusiasmo el advenimiento de esa potencia decisiva, aquellos que han comprendido que a través de ella el mundo sería transformado, han podido sobrestimar la rapidez del movimiento económico. Han podido, menos prudentes que Proudhon, menos advertidos que él de las fuerzas de resistencia y de los recursos de transformación de la pequeña industria, simplificar en exceso el problema y deformar la potencia de absorción del capital concentrado.

Incluso con todas las reservas y restricciones que nos aporta el estudio de la realidad siempre compleja y múltiple, sigue siendo verdad que la clase puramente proletaria se agranda en número, que representa una fracción creciente de las sociedades humanas, que es agrupada en centros de producción cada vez más vastos; sigue siendo verdad que está completamente preparada para concebir, a través de la producción en grande, la propiedad en grande, cuyo límite es la propiedad social.

Así, el socialismo, que con Babeuf fue como el escalofrío más ardiente de la revolución democrática, que, con Fourier y Saint-Simon, fue la magnifentísima ampliación de las promesas de riqueza y de potencia que el capitalismo intrépido prodigaba al mundo, que, con Proudhon, fue la advertencia más aguda que se haya dado a las sociedades devoradas por la oligarquía burguesa, es ahora, con y en el proletariado, la más fuerte de las potencias sociales, aquella que crece sin cesar y que acabará por desplazar en su beneficio, es decir, en beneficio de la Humanidad de la que es ahora la expresión más alta, el equilibrio del mundo social.

No, el socialismo no es una concepción arbitraria y utópica; se mueve y se desarrolla de lleno con la realidad; es una gran fuerza de vida, sumergida en toda la vida y pronto capaz de tomar el timón. A la aplicación incompleta de la justicia y del derecho humano que hacía la revolución democrática y burguesa, el socialismo ha opuesto la interpretación completa y decisiva de los Derechos Humanos. A la organización de las riquezas incompleta, estrecha y caótica que intentaba el capitalismo, ha opuesto una magnífica concepción de riqueza armónica en la que el esfuerzo de cada uno se engrandecía con el esfuerzo solidario de todos. A la sequía del orgullo y del egoísmo burgués disminuido en explotación censitaria y monopolística, ha opuesto la amargura revolucionaria, la ironía provocativa y vengadora, el mortífero análisis que disuelve la mentira. Y he aquí por fin, que, a la primacía social del capital, ha opuesto la organización de clase, cada día más fuerte, del proletariado en crecimiento.

¿Cómo podrá el régimen de clases subsistir ahora que la clase oprimida y explotada está creciendo todos los días en número, en cohesión, en conciencia, y cuando está trazando el plan, cada día más claro, de acabar con la propiedad de clase?

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Ahora bien, a la par que crecen las fuerzas reales, sustanciales, del socialismo, los medios técnicos de realización socialista se precisan también. Es la nación que se constituye cada vez más en su unidad y en su soberanía y que se ve obligada a asumir cada vez más funciones económicas, preludio burdo de la propiedad social. Son las grandes ciudades urbanas e industriales por donde a través de las cuestiones de higiene, de alojamiento, de iluminación, de educación, de alimentación, la democracia entrará cada vez más en el problema vivo de la propiedad y en la administración de los dominios colectivos. Son las cooperativas de toda clase, cooperativas de consumo y cooperativas de producción, las que se multiplican. Son las organizaciones sindicales y profesionales las que se extienden, se flexibilizan, se diversifican: sindicatos, federaciones de sindicatos, casas del pueblo, federaciones de oficios, federaciones de industria.

Y así, podemos asegurar que no será de ninguna forma a través de la pesada monotonía de una burocracia central que se remplazará el privilegio capitalista. En cambio, la nación, investida del derecho social y soberano de propiedad, tendrá órganos sin límite, comunas, cooperativas, sindicatos, que darán a la propiedad social el movimiento más flexible y libre, que la armonizarán con la movilidad y variedad infinita de las fuerzas individuales. Hay por tanto una preparación técnica del socialismo del mismo modo que hay una preparación intelectual y social. Son unos niños aquellos que, febriles de las obras ya logradas, creen que les bastaría ahora con un decreto, un fiat lux proletario para hacer surgir de repente el mundo socialista. Pero esos son unos insensatos que no logran ver la irresistible fuerza de evolución que nos condena a la primacía de la burguesía y del régimen de clases.

Será la vergüenza intelectual del Partido Radical no haber contestado al inmenso problema que a todos apremia más que por una equívoca fórmula electoral: “Mantener la propiedad individual”. La fórmula podrá servir sin duda durante cierto tiempo para alentar contra el socialismo las ignorancias, los temores y los egoísmos. Pero acabará por matar al partido que se ve constreñido a usarla.

O no significa nada, o expresa el conservadurismo social más estrecho. No podrá resistir por mucho tiempo ni ante la ciencia ni ante la democracia.

Nota:

1 Jaurès suprimió aquí el párrafo siguiente: “La justicia que invocamos no es una idea vana, hipócritamente apropiada por las diversas clases en vista de sus propios fines egoístas. Es la viva afirmación de humanidad por la cual todo individuo impulsa sus facultades más altas, la libertad y la razón.”

Por Jean Jaurès

(1859-1914) fue fundador del histórico diario comunista francés l’Humanité y miembro fundador de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), antecesora del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés. Asesinado por su pacifismo y antimilitarismo en la víspera de la Primera Guerra Mundial, el político, filósofo e historiador fue también un firme defensor de los valores legados por la Revolución Francesa, de la que escribió una monumental Historia socialista. Reivindicó para el socialismo y el movimiento obrero la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano como programa político a desarrollar y perfeccionar a fin de alcanzar el advenimiento de una sociedad justa de libres e iguales en la que derechos civiles y sociales se complementan y alimentan mutuamente.

Fuente:

https://fr.wikisource.org/wiki/%C3%89tudes_socialistes/Le_socialisme_et_la_vie

Traducción:

Raúl González Castilla y Pablo Muyo Bussac

Publicado enSociedad
Covid19 y la doctrina del shock en los mercados financieros

A la vez que ha quebrado las cadenas de producción globales, covid19  ha revelado las graves disfunciones de los mercados financieros internacionales. La respuesta sin precedentes de los bancos centrales en favor de las grandes corporaciones, entre ellas las más contaminantes, no hará más que agravar la crisis climática.

 

Hace algo más de un mes, el 20 de febrero, el principal índice de la Bolsa de Nueva York, el Standard and Poors 500, alcanzaba sus máximos históricos. Los mercados de valores confirmaban así la visión de un ciclo eterno de prosperidad de la economía estadounidense. Las cotizaciones de las compañías parecían no tener límites, impulsadas por un crecimiento ininterrumpido del PIB durante 11 años —el más largo desde que se tienen registros—, una política monetaria complaciente y grandes rebajas de impuestos a las empresas. Y ello pese a que desde marzo de 2009 el S&P 500 se había revalorizado un 398%.

En realidad, y aunque con sus altibajos, no solo la bolsa americana ha disfrutado de una década prodigiosa. Los bonos o títulos de renta fija emitidos tanto por Estados como por empresas para obtener financiación de los mercados han alcanzado valoraciones nunca vistas. La razón principal han sido los estímulos monetarios implementados por los bancos centrales en forma de bajadas de tipos de interés y compras masivas de bonos o  Quantitative Easing (QE).

Básicamente, los QE crean dinero, pero en lugar de hacerlo el Estado emitiendo deuda pública —Letras del Tesoro, Bonos y Obligaciones, dependiendo de su plazo— para financiar gasto público, lo hace el Banco Central comprando deuda pública ya existente a bancos y fondos de inversión que la tienen en sus carteras. La diferencia es que en el primer caso el Estado decide en qué gastar el dinero, y en el segundo el dinero se destina a proporcionar liquidez a los inversores. No es poca diferencia.

Estas medidas, que inicialmente se diseñaron como extraordinarias y encaminadas a salir de la gran recesión de 2009, se han convertido en la receta fácil ante cualquier perturbación en los mercados. Episodios como el estallido de las primas de riesgo de los países periféricos de la UE en 2012, el Brexit o las guerras comerciales de Trump han provocado caídas de las bolsas que se han tratado sistemáticamente con intervenciones de los bancos centrales inyectando liquidez y comprando activos en mercado.

Estas compras de los bancos centrales hicieron que el precio de los bonos se disparase, y el precio es inverso a la rentabilidad. Cuanto más se paga por algo que “rinde” la misma cantidad, menos rentable es esa inversión. El precio de los bonos subió tanto que su rentabilidad se volvió negativa en la mayor parte de Europa —hasta -0,80% anual en el bono alemán a diez años—. Para las grandes corporaciones estas intervenciones han significado un inmenso regalo, llegando muchas de ellas a emitir bonos a tipos negativos, es decir, a recibir dinero por endeudarse.

La necesidad de conseguir rentabilidad se ha convertido en ansiedad. Con las bolsas y los bonos disparados, se ha ido empujando a los inversores a buscar nuevos tipos de activos en los que colocar su dinero. Algunos ya eran típicamente objeto de inversión, como el sector inmobiliario, donde los precios en muchos segmentos han superado a los de la anterior burbuja. Otros han empezado a serlo o han sufrido una financiarización extrema.

Infraestructuras de todo tipo, desde autopistas, puertos o aeropuertos hasta megaproyectos de energías renovables, pasando por residencias privadas de estudiantes. Todo tipo de servicios públicos diseñados bajo fórmulas de colaboración público-privada para ser empaquetados y vendidos a grandes inversores. Y por supuesto los recursos naturales, incluso el agua, entendida como un recurso cada vez más escaso y por lo tanto valioso, se han convertido en productos de inversión. Y si un día te encuentras en apuros descuida, siempre habrá un banco central a quien vendérselo.

Hasta las criptomonedas aprovecharon la ola, y aunque pincharon antes, llegaron a tener una capitalización de 800.000 millones en 2018 —ahora es menos de una cuarta parte—. Proyectos como Tron, que en septiembre de 2017 salió al mercado captando de inversores 58 millones de dólares a los cuatro meses valía 13.392 millones. Se multiplicaron los unicornios de internet, empresas que alcanzan la barrera de 1.000 millones de dólares de valoración sin haber llegado en muchos casos a generar beneficios.

Hasta se han creado fondos para invertir en los litigios de multinacionales contra Estados derivados de los nefastos Tratados de Comercio e Inversión, financiando las demandas a cambio de un porcentaje del resultado. Todo, absolutamente todo, es objeto de especulación por el enorme exceso de liquidez que es necesario rentabilizar.

En definitiva, ese océano de liquidez creado por los bancos centrales con el argumento de favorecer el crédito a empresas y familias ha servido para inflar artificialmente el precio de múltiples activos. Se ha extendido además a lugares muy diversos, financiarizando actividades controvertidas y creando graves distorsiones en los mercados como reconocen hasta sus propios participantes.

Cada rincón del planeta se ha convertido actualmente en algo sujeto a la especulación financiera en gran medida por la actuación de los bancos centrales, instituciones públicas, ajenas además a cualquier escrutinio democrático ni rendimiento de cuentas. Merece la pena recordar que el todopoderoso Mario Dragui fue uno de los directivos de Goldman Sachs que diseñó los mecanismos para que Grecia ocultase la dimensión real de su endeudamiento, años antes de tener rescata por el propio Dragui.

El cisne negro

Volviendo a Estados Unidos, ese 20 de febrero en que sus bolsas alcanzaron los máximos de todos los tiempos, ya existía algo llamado coronavirus y ya hacía un mes que se había decretado el confinamiento total de millones de personas en la región de china de Wuhan.

Desde ese día, las bolsas comienzan a retroceder, y sufren su mayor caída semanal desde 2008. La Reserva Federal (la FED) reacciona bajando los tipos de interés del 1,50% al 1,00%.

Entre el miércoles 10 y el viernes 13 de marzo la Bolsa estadounidense sufre la caída más rápida de toda su historia. De repente se ha tomado conciencia de que el covid19 que va confinando país tras país es un “cisne negro”, en el argot financiero un evento tan extraño que no sucede nunca. Hasta que sucede.

El domingo 15 la Reserva Federal vuelve a responder rebajando los tipos del 1% hasta el 0%. El lunes la bolsa vuelve a sufrir una caída histórica del 13%. Durante los siguientes siete días la FED lanza cada día una nueva medida con el encabezado siempre de “con el objetivo de facilitar el flujo del crédito a familias y empresas…”. Son en todos los casos facilidades para los bancos, desde proveerlos de liquidez por diversas vías hasta rebajarles requerimientos regulatorios y de información.

Entre estas medidas, retoma un QE que tenía congelado hace tiempo. El importe previsto son 700.000 millones de dólares, similar a los 750.000 millones de euros anunciados en paralelo por el Banco Central Europeo esa misma semana. Se destinarán a comprar en mercado tanto bonos del Tesoro como bonos hipotecarios —emisiones compuestas por paquetes de hipotecas—. Se trata de una medida para generar confianza a los inversores y a los bancos, demostrándoles que la FED está ahí para que puedan deshacer sus carteras si lo desean.

La primera semana la FED compró 125.000 millones de dólares al día. A ese ritmo en seis días agotaría el programa. Supone comprar en mercado cada diez días el equivalente al PIB anual de España.

Y los mercados siguieron cayendo. A mayor caída más se eleva la presión y las expectativas de intervenciones de los bancos centrales. El mercado lanza órdagos en forma de pánico a los reguladores. El viernes 20 de marzo la bolsa de EE UU había perdido un tercio de su valor desde aquel resplandeciente 20 de febrero de máximos históricos.

Durante el fin de semana todo tipo de bancos de negocios, expertos, y hasta miembros de la propia FED hicieron declaraciones anunciando cifras de paro, caídas del PIB, cuya lectura dejaba en estado absoluto de shock.

En tan solo una semana Goldman Sachs ha pasado de estimar una caída del PIB de EE UU del 5% a una caída del 24%. A 31 de marzo su última estimación es de un 34%.

La mayor intervención monetaria de la Historia

El lunes, tras abrir los mercados de nuevo a la baja, la FED anunció por sorpresa un nuevo QE. Y esta vez no pensaba defraudar. Incluía dos novedades muy importantes: la primera es que su importe es ilimitado. Tal cual. Parece un sinsentido que en un planeta de recursos finitos lo único ilimitado sea el dinero. En los medios financieros la llaman irónicamente QEternity.

La segunda novedad es que comprará no solo deuda pública e hipotecaria como hasta ahora sino también de empresas. Crea toda una batería de nuevos programas de entre los que destaca uno destinado eufemísticamente a “grandes empleadores”, esto es, para las grandes corporaciones. Permite a la FED prácticamente cualquier cosa, desde comprar en mercado bonos corporativos ya existentes hasta suscribir emisiones nuevas creadas ad-hoc solo para vendérselas a la FED. Incluso pueden recibir préstamos directos de la FED, con diferimiento del pago de intereses y de capital si así lo desean.

Es un rescate en toda regla a las grandes corporaciones, con dos diferencias frente a un rescate “tradicional”: puede aprovecharse de sus ventajas cualquier compañía, sin necesidad de estar en dificultades, y no exige absolutamente nada a cambio, a diferencia de lo que suele suceder en los rescates “tradicionales”.

Resultado: la Bolsa estadounidense tuvo la mayor subida diaria desde 1933. La subida que ha continuado varios días hasta alcanzar un 20% a cierre de marzo desde los mínimos de la caída. Y ello, coincidiendo de manera lacerante con el desbordamiento de contagios y fallecimientos por covid19 por todo el país

Un detalle, que ya no extraña en esta época de distopías. La FED ha delegado la ejecución del QE en Blackrock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. Es decir, ha privatizado la intervención del organismo supervisor en los mercados. Soberbio. El conflicto de interés que supone ser a la vez un participante del mercado y el brazo ejecutor de intervenciones billonarias del banco central es inconcebible.

Todas estas intervenciones de la Reserva Federal han ido en paralelo al paquete de ayudas aprobado por el Senado, que asciende a 2 billones de dólares. Es dos veces y media el equivalente lanzado para combatir la recesión de 2009.

Aunque la medida que más se ha publicitado es el helicóptero del dinero que explicaba Yago Álvarez hace unos días, un cheque directo de 1.200 dólares para cada adulto y 500 dólares para los menores, esto solo representa un 14,5% del paquete. Una vez más se desvían cantidades ingentes de dinero público hacía las grandes corporaciones. No es de extrañar siendo Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que trabajó 17 años para Goldman Sachs y fundó posteriormente su propio hegde fund o fondo de alto riesgo especulativo.

La principal medida adoptada por Mnuchin en la administración Trump hasta la fecha ha sido el masivo recorte de impuestos a las empresas realizado en 2017, rebajando entre otros un 40% el impuesto de sociedades. El caso de Fedex es paradigmático: encabezando el lobby anti impuestos, la compañía pasó de tributar 1.500 millones de dólares en 2017 a cero el año siguiente.

A principios de 2020 Mnuchin anunció que estaba trabajando en una segunda oleada de rebajas de impuestos, y como la primera, tendrá el doble efecto de impulsar el precio de las acciones en Bolsa —una de las razones que llevó a Wall Street alcanzar máximos históricos en febrero—, a la vez que se debilitan las arcas públicas.

Entre las partidas de este paquete de ayuda ya firmado por Trump, hay una partida específica de 61.000 millones para apoyar a las aerolíneas. Otra partida de 17.000 millones se dirige a “compañías estratégicas en situación complicada”, que se presume está destinada a Boing. Tan claro es su destino que Boing ha declarado que solo la utilizará cuando se eliminen algunas de las obligaciones que conlleva.

Crisis financiera frente a crisis climática

Marzo de 2020 ha sido un mes vertiginoso en los mercados financieros. Algunas bolsas mundiales llegaron a perder un 40% de su valor, como en el caso del Ibex 35, y el apoyo con todos sus medios de bancos centrales y gobiernos han provocado recuperaciones de hasta un 20%.

Pero no han sido solo las bolsas. El coronavirus, al igual que ha quebrado por completo las cadenas de producción globales, ha expuesto nítidamente las múltiples disfunciones de los mercados financieros también globales hoy en día. Tipos de interés, divisas, oro, materias primas, todos están sufriendo en mayor o medida colapsos.

A lo largo del planeta se están ejecutando agresivas intervenciones para literalmente mantener el sistema funcionando. Algunas de ellas superando claramente la capacidad de un banco central en solitario, como la realizada el 15 de marzo que ejecutaron de manera coordinada el Banco de Canadá, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal y el Banco Nacional Suizo. O tan extrañas como la anunciada el 31 de marzo por la FED, en la que ante la escasez de dólares a nivel mundial por haberse convertido en moneda refugio, ofrece cantidades ilimitadas de dólares a cambio de bonos del Tesoro de EE UU a cualquier otro banco central del mundo. Porque además sin dólares no hay comercio internacional, aunque ahora esté congelado.

Todas las herramientas que la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU fueron desplegando paulatinamente a lo largo de meses e incluso años para salvar a los mercados y salir de la recesión tras la caída de Lehman Brothers, las han utilizado hora en dosis muy superiores en apenas tres semanas.

La inmensidad de los recursos públicos cedidos a las empresas privadas hace no solo criticable las intervenciones desde el punto de vista moral, sino que muchos piensan que será peor el remedio que la enfermedad.

Pero sobre todo, a día de hoy nos enfrentamos a una crisis climática que requiere transformaciones inmediatas y radicales en los sistemas productivos, sociales y económicos. Todos estos programas e intervenciones para soportar a los mercados de valores apuntalan un sistema productivo y refuerzan principalmente a las grandes corporaciones en general, y a algunas de las industrias más contaminantes del planeta en particular.

En EE UU, sin pudor ninguno la primera industria que se ha propuesto rescatar “aprovechando” el coronavirus es la de las exploraciónes pretroliferas y fracking. Y en Canadá exactamente lo mismo.

Aprovechando el coronavirus estamos viviendo una aplicación acelerada de la doctrina del shock o capitalismo de desastre. Como relata Naomi Klein en su última entrevista virtual con El Salto y en el inspirador Decir NO no basta, y anticipando muchas de las medidas adoptadas estos días, el actual vicepresidente Mike Pence fue quien encabezó una lista de propuestas que Bush aprobó en respuesta a la catástrofe del huracán Katrina. En el plano ambiental Pence “consiguió” derogar las regulaciones ambientales en la costa del Golfo y que se diese luz verde a las extracciones petrolíferas en el Ártico.

Es estas pocas semanas de crisis, además de rescatar a la industria del fracking y otros combustibles fósiles —hundida por la guerra de precios Arabia Saudí-Rusia—, los enormes programas de estímulos han dejado completamente al margen al sector de las energías renovables, suspendiéndose o no renovándose incluso incentivos fiscales ya existentes con anterioridad. Tampoco es de extrañar siendo el director de la Agencia de Protección de Medioambiente Andrew Wheeler, quién trabajó entre 2009 y 2017 en un lobby enfocado a rebajar la legislación medioambiental y a defender específicamente a la industria del carbón.

Y como ha confirmado Mnuchin el 1 de abril, ya está trabajando en un segundo paquete de otros dos billones de dólares, enfocado en la construcción de infraestructuras, lo que sin duda será un nuevo desastre en términos medioambientales.

En Europa, el QE anunciado por el Banco Central Europeo tiene el triste nombre de Pandemic Emergency Purchase Programme (PEPP). Dispone de 750.000 millones de euros, que se destinarán en gran parte como ha denunciado Ecologistas en Acción, a comprar bonos de las principales corporaciones del continente —aquí la lista completa—. Entre los beneficiarios se encuentran algunas de las empresas de combustibles fósiles más contaminantes, como Enel, Total, Repsol, Shell, Naturgy, o ENI.

El importe del nuevo QE supone 12,5 veces el presupuesto anual de la Unión Europea para crecimiento sostenible. Y puesto en perspectiva global es una partida inferior a la destinada al rescate de aerolíneas en EE UU.

En el momento actual las medidas monetarias y fiscales que están adoptando frente al coronavirus bancos centrales y gobiernos tienen una escala tan enorme, un sesgo tan acentuado hacia las corporaciones frente a las personas y están dejando tan de lado la transición energética que chocan contra los límites del planeta.

¿El fin de los mercados financieros?

Las intervenciones en auxilio de las compañías cotizadas con la excusa de evitar el colapso en los mercados financieros están teniendo unas dimensiones tan desproporcionadas, que paradójicamente podrían acabar con ellos tal como se han entendido en la historia del capitalismo.

De hecho, llaman la atención comentarios incluso desde el sector financiero preguntándose qué sentido tienen los mercados de valores cuando prácticamente todo estará garantizado por la Reserva Federal y el Gobierno de EE UU.

Y mientras, en Europa empiezan a lanzar globos sonda sobre la posibilidad de que el BCE compre directamente acciones de las compañías, como lleva haciendo el Banco de Japón diez años en su paranoia monetaria. De hecho, está entre los primeros diez accionistas en la mitad de las compañías cotizadas de su país, renunciando además a sus derechos de voto como accionista y por tanto a la capacidad de apoyar medidas contra la crisis climática o de buen gobierno corporativo.

El estado de confinamiento físico hace necesario más que nunca el escrutinio colectivo del uso de los fondos públicos y de las políticas monetarias y fiscales. De lo contrario, cuando salgamos la doctrina del shock, real y financiera, puede haber acabado con todo.

3 abr 2020 06

Publicado enEconomía
«La pandemia se enmarca en una crisis multidimensional del capitalismo»

En un artículo reciente, escribiste: «el coronavirus constituye la chispa o el detonador de la crisis bursátil pero no es la causa». ¿Podrías aclarar lo que piensas sobre esta cuestión?

Mientras que los grandes medios y los gobiernos afirman constantemente que la crisis bursátil ha sido provocada por la pandemia del coronavirus, insistí en el hecho de que todos los elementos para una nueva crisis financiera ya estaban preparados desde hacía varios años, y que el corona virus constituía la chispa o el detonador de la crisis bursátil pero que no era su causa http://www.cadtm.org/No-el-coronavirus-no-es-responsable-de-las-caidas-en-las-bolsas . La cantidad de materia inflamable en la esfera de las finanzas ya había alcanzado la saturación desde hacía varios años, y ya se sabía que una chispa podía llegar a provocar la explosión, pero no se sabía cuándo y qué la provocaría. Lo que sí se sabía, era que se produciría.

Un primer gran crash bursátil se produjo en diciembre de 2018 en Wall Street. Bajo la presión de un grupo de los grandes bancos privados y del gobierno de Donald Trump, la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos comenzó nuevamente a bajar sus tipos de interés. Y, por consiguiente, volvió a comenzar, con sumo brío, el frenesí del aumento de los valores bursátiles, y las grandes empresas continuaron con la recompra de sus propias acciones en la bolsa para amplificar el fenómeno http://www.cadtm.org/Para-afrontar-esta-crisis-multidimensional-hay-que-expropiar-a-los-banqueros-y . Así que estas grandes empresas privadas aumentaron su endeudamiento y los grandes fondos de inversión incrementaron la compra de empresas de todo tipo, incluso industriales, recurriendo también al endeudamiento.

Y luego, de nuevo en Wall Street, entre septiembre y diciembre de 2019, hubo una gran crisis de escases de liquidez. La Reserva Federal intervino, de nuevo y masivamente, inyectando en total cientos de miles de millones de dólares para tratar de evitar el desplome de los mercados https://www.cadtm.org/Panico-en-la-Reserva-Federal-y-retorno-del-Credit-Crunch-sobre-un-mar-de-deudas + https://www.cadtm.org/Hablemos-de-nuevo-del-panico-que-sufrio-la-Reserva-Federal-de-los-EEUU-FED-en. El Banco Central Europeo (BCE) y los otros grandes bancos centrales (Reino Unido, Japón, China…) aplicaron, más o menos, el mismo tipo de política y tienen una gran responsabilidad en la acumulación de materias inflamables en la esfera financiera http://www.cadtm.org/La-crisis-economica-y-los-bancos-centrales.

Por supuesto, la amplitud del retroceso de la producción, desde marzo de 2020 y continúa. Será enorme y no tendrá precedentes en ninguna de las crisis de los últimos setenta años. De todas maneras, la crisis del sector productivo había comenzado ya en 2019, a gran escala, particularmente, en el sector automotor, ya que se había producido una caída enorme de ventas en China, en India, en Alemania, en el Reino Unido y en muchos otros países. También hubo superproducción en el sector de la fabricación de equipamientos y de máquinas herramientas en Alemania, uno de los tres principales productores mundiales en esta rama. Una de las causas fue la fuerte reducción del crecimiento industrial chino que tuvo graves consecuencias para los países que exportaban a China equipamientos, automóviles y materias primas. Durante el segundo trimestre de 2019, se declaró una recesión en el sector de la producción industrial en Alemania, en Italia, en Japón, en Sudáfrica, en Argentina… y en varios sectores industriales en Estados Unidos.

La pandemia del coronavirus constituye el detonador. Aunque también podrían haber sido detonadores algunos acontecimientos graves de otra naturaleza. Por ejemplo, una guerra declarada y caliente entre Washington e Irán, o una intervención directa de Estados Unidos en Venezuela. Y la crisis bursátil generada se habrá atribuido a cualquiera de estos acontecimientos. Pero, igualmente, yo hubiera afirmado que esa guerra, cuyas consecuencias serían muy graves, sin discusión posible, habría constituido la chispa y no la causa profunda. Aunque, es evidente que hay una relación innegable entre los dos fenómenos (la crisis bursátil y la pandemia del corona virus), eso no significa, sin embargo, que no sea necesario denunciar las explicaciones simplistas y manipuladoras, que adjudican toda la culpa al coronavirus.

¿Qué nos muestra la crisis del corona virus sobre la Unión Europea, su funcionamiento y la relación entre los Estados miembros?

La Unión Europea y sus instituciones están al descubierto frente a la pandemia del coronavirus: el presidente del Consejo Europeo no tiene ni siquiera un equipo de diez médicos para enviar a Lombardía o a España. Por el contrario, la UE gasta 420 millones de euros para la Frontex, su superequipada policía de frontera. La UE no tiene ni hospitales de campaña, ni reservas de respiradores ni de mascarillas para poder ayudar a un país miembro. Pero está equipada de drones europeos para espiar los movimientos de personas en peligro que tratan de obtener el derecho de asilo. Y esas personas, todos los años, mueren por millares en el Mediterráneo. Felizmente, Cuba acaba de enviar 50 médicos internacionalistas para ayudar a la población de Italia. Hay que luchar para hacer revivir el internacionalismo entre los pueblos.

¿Sigues, en particular, la situación en el «tercer mundo»? ¿Cuáles son las zonas que serán más duramente afectadas? ¿Los países petroleros…? ¿Y los países endeudados?

Todos los pueblos del «Sur Global» [1] están amenazados por esta crisis multidimensional del sistema capitalista mundial. La pandemia del coronavirus constituye un gravísimo problema de salud pública y la difusión del virus provoca enormes sufrimientos humanos. Esta pandemia esta por alcanzar masivamente a los países del «Sur Global», cuyos sistemas de salud pública, ya débiles o muy frágiles, estuvieron terriblemente maltratados durante 40 años de políticas neoliberales. Por consiguiente, la tasa de mortalidad será muy elevada. Utilizando el pretexto de la necesaria austeridad presupuestaria para reembolsar la deuda pública, los gobiernos y las grandes instituciones multilaterales como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) generalizaron políticas que deterioraron los sistemas de salud pública http://www.cadtm.org/Combatir-el-coronavirus-La-urgente-necesidad-de-invertir-en-salud-publica. Los países del «Sud Global» se enfrentan, en estos momentos a una nueva crisis de la deuda, sus ingresos por exportaciones bajan ya que el precio de las materias primas se hunde, mientras que las sumas que se deben pagar por las deudas son enormes. Si estos países quieren afrontar la pandemia del Covid-19, deben suspender el pago de la deuda pública y utilizar ese dinero en la salud pública.

¿Qué habrá que hacer?

Es necesario luchar para que se ponga en marcha un vasto programa anticapitalista que incluya una serie de medidas fundamentales: la suspensión del pago de la deuda pública seguida de la anulación de todas las deudas ilegítimas ya sean privadas o públicas; la expropiación sin indemnización de los grandes accionistas de los bancos con el fin de crear un verdadero servicio público de ahorro, de crédito y de seguros bajo control ciudadano; el cierre de las bolsas; la creación de un verdadero servicio nacional de salud pública; la expropiación de las empresas farmacéuticas y de los laboratorios privados de investigación y de su transferencia al sector público bajo control ciudadano; la expropiación sin indemnización de las empresas del sector de la energía (para poder realizar de manera planificada la lucha contra la crisis ecológica) y muchas otras medidas radicales y fundamentales, entre las cuales las medidas de urgencia para mejorar de inmediato las condiciones de vida de la mayoría de la población. Hay que abrogar los tratados de libre comercio y relocalizar al máximo la producción, privilegiando de esa manera los circuitos cortos.

La respuesta necesaria a la pandemia del coronavirus debe ser la ocasión para avanzar hacia una auténtica revolución que modifique radicalmente la sociedad, en su modo de vida, su modo de propiedad y su modo de producción. Esta revolución podrá suceder solamente si las víctimas del sistema entran en autoactividad y se autoorganizan, para poder desalojar al 1 % de la población y a sus lacayos de los centros de poder y así crear una verdadera democracia. Una revolución ecologista y socialista, autogestionaria y feminista es necesaria.


Texto original en francés: https://npa2009.org/actualite/economie/la-pandemie-du-coronavirus-sinscrit-dans-une-crise-multidimensionnelle-du

Por Henri Wilno | 02/04/2020

Traducción: Griselda Piñero

 

Notas

[1] La expresión «Sud Global» es utilizada cada vez con mayor frecuencia para designar lo que se calificaba comúnmente como «Tercer mundo» o «países en vías de desarrollo»: o sea un los países que comparten «un conjunto de vulnerabilidades y desafíos. (NDLR).

Eric Toussaint  es doctor en Ciencias políticas de la Universidad de Lieja y de la Universidad de París VIII, es el portavoz del CADTM Internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Sistema Deuda. Historia de las deudas soberanas y su repudio, Icaria Editorial, Barcelona 2018; Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global, El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos, Gakoa, 2002. Es coautor junto con Damien Millet del libro AAA, Audit, Annulation, Autre politique, Le Seuil, París, 2012.Coordinó los trabajos de la Comisión de la Verdad Sobre la Deuda, creada por la presidente del Parlamento griego. Esta comisión funcionó, con el auspicio del Parlamento, entre abril y octubre de 2015. El nuevo presidente del Parlamento griego anunció su disolución el 12 de noviembre de 2015. A pesar de ello, la comisión prosiguió sus trabajos y se constituyó legalmente como una asociación sin afán de lucro.

Fuente: https://www.cadtm.org/La-pandemia-del-coronavirus-se-enmarca-en-una-crisis-multidimensional-del

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Naomi Klein: “La gente habla sobre cuándo se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis”

En un encuentro virtual desde su casa, la periodista y autora de La doctrina del shock habla sobre cómo las elites están utilizando la crisis del coronavirus como excusa para avanzar en su excluyente hoja de ruta.

En situaciones de crisis como desastres o pandemias, la ciudadanía puede perder mucho: las élites aprovechan esos momentos para aprobar reformas impopulares que agravan las divisiones económicas y sociales. Pero también suponen una oportunidad de cambio. Es lo que la periodista Naomi Klein denomina la “doctrina del shock” o “capitalismo de la catástrofe”. La canadiense ofreció un encuentro virtual el pasado 26 de marzo desde su casa en New Jersey, en el que compartió su visión de la crisis del coronavirus y la situación de aislamiento que vive gran parte del planeta: “Esta es una crisis global que no respeta fronteras. Por desgracia, los líderes en todo el mundo están buscando la forma de explotarla. Así que nosotros también debemos intercambiar estrategias”, señaló. 

“Creo en el distanciamiento social, necesitamos quedarnos en casa. Y una de las razones es que nuestros líderes no prestaron atención a las señales de advertencia e impusieron una brutal austeridad económica en el sistema público de salud, dejándolo en los huesos y sin la capacidad de lidiar con este tipo de situación que estaban viendo”, opina Klein. Recuerda que el sur de Europa fue la “zona cero de las políticas de austeridad más sádicas” después de la crisis financiera de 2008. “¿Sorprende que sus hospitales, a pesar de tener atención médica pública, se encuentren tan mal equipados para enfrentar esta crisis?”, se pregunta.  

Para recordar en qué malas manos está la gestión de esta crisis sociosanitaria, Klein pone el ejemplo estadounidense: el vicepresidente Mike Pence, al que Klein considera artífice del saqueo de Nueva Orleans tras el Huracán Katrina, es ahora la persona designada por Trump para dar respuesta a la crisis del coronavirus. Y el banquero y actual secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, encargado del plan de rescate para hacer frente a la pandemia, estuvo entre quienes más se enriquecieron durante la crisis de 2008. “Hay una tendencia a poner el foco solo en Donald Trump, pero es importante comprender que está rodeado de este gabinete de ex directores ejecutivos y políticos con un largo historial de servicio a los intereses de las corporaciones”, señala Klein. 

Un modelo económico sangriento

El sistema capitalista “siempre ha estado dispuesto a sacrificar la vida a gran escala en aras de la ganancia”, señala. Le dan la razón algunos millonarios estadounidenses que recientemente han pedido que los trabajadores vuelvan a los puestos de trabajo para salvar la economía aunque la pandemia se cobre vidas. “Esa es la historia del colonialismo, de la trata transatlántica de esclavos, de las intervenciones estadounidenses por el mundo... Es un modelo económico empapado en sangre”, denuncia la autora. Y ahora la gente empieza a darse cuenta: “Las personas que antes no lo veían están encendiendo la televisión y viendo a los comentaristas y políticos de Fox News decir que tal vez deberían sacrificar a sus abuelos para que podamos subir los precios de las acciones. Y se pregunta, ¿qué tipo de sistema es este?”. 

No es algo nuevo, señala Klein, pero lo más radical es la escala del sacrificio: “Ahora, debido a nuestra profunda crisis ecológica, debido al cambio climático, es la habitabilidad del planeta lo que se está sacrificando. Es por eso que debemos pensar qué tipo de respuesta vamos a exigir, y esta tiene que estar basada en los principios de una economía verdaderamente regenerativa, basada en el cuidado y la reparación”, subraya. 

La ‘distopía de Silicon Valley’

La periodista asegura que hay momentos en que cree vivir lo que llama la distopía de Silicon Valley. “El hecho de que estemos distanciados significa que ahora muchos de nosotros estamos pasando nuestras vidas pegados a las pantallas. Nuestras relaciones sociales están mediadas por plataformas corporativas como YouTube [plataforma a través de la que ofreció el encuentro online], Twitter, Facebook, etc.  Nuestra ingesta calórica diaria nos la entrega Amazon Prime. Y las personas que están haciendo ese trabajo son increíblemente vulnerables”. Klein supone que para aquellos que más se benefician con esto, como Jeff Bezos, la única debilidad de este sistema es que sean los humanos los que tienen que entregarnos la comida y los paquetes: “Preferirían que fueran drones o robots que no pudieran enfermar”. 

Así que estamos viendo el mundo que querría Silicon Valley, señala Klein. Y es una visión muy sombría: “Esta no es la forma en que queremos vivir. Deberíamos ver una oportunidad en el rechazo a ese futuro, en la forma en que salimos de esta crisis”.

“Cuando la gente habla sobre cuándo las cosas volverán a la normalidad, debemos recordar que la normalidad era la crisis”, advierte. “¿Es normal que Australia ardiera hace un par de meses? ¿Es normal que el Amazonas ardiera un par de meses antes? ¿Es normal que a millones de personas en California se les haya cortado la electricidad repentinamente porque su proveedor privado cree que esa sería una buena manera de prevenir otro incendio forestal? Lo normal es mortal. La ‘normalidad’ es una inmensa crisis. Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida”.

La necesidad de estar indignados

Para Klein, por lo tanto, se cumple el dicho de que los momentos de crisis lo son también de oportunidad para avanzar hacia la sociedad que queremos, hacia esa transformación. “La buena noticia es que estamos en una mejor posición que en 2008 y 2009. Hemos trabajado mucho en los movimientos sociales durante estos años para crear plataformas de personas”, señala. 

“Ha habido estrategias asombrosas que las personas han ideado para usar la tecnología para ayuda mutua”, dice. Alaba las protestas de enfermeras que se han dado desde que comenzó la crisis sociosanitaria, las reivindicaciones de trabajadores por sus derechos, las huelgas de alquiler o las caceroladas en Brasil contra Bolsonaro.

“Necesitamos desarrollar nuevas herramientas de desobediencia civil que nos permitan actuar a distancia”, dice. “Estoy muy esperanzada por las formas que tienen las personas para colaborar en estos momentos, y eso conlleva una ironía, porque es cierto que nunca hemos estado tan distanciados físicamente, pero tal vez es debido a la distancia física que estamos tan decididos a llegar uno hacia el otro”. 

Klein opina que los gobiernos deberían caer por lo que está pasando. “Necesitamos estar indignados, muy indignados. Necesitamos inspirarnos por el tipo de movimientos de masas que han derrocado a los gobiernos en momentos de crisis anteriores”, sugiere, y se muestra convencida de que no vamos a alcanzar la seguridad a menos que peleemos por ello. “No es un lugar al que podamos volver: es un lugar que tenemos que construir juntos y un lugar por el que tenemos que luchar”, concluye. 

1 abr 2020 06:00

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Diez píldoras para después de la pandemia

Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad.

Se recomienda no tragarlas todas de golpe. Pueden provocar una reacción excesiva. Écheles un vistazo a todas, pero luego, si le apetece, vaya tomando una cada tres días, dejando que se disuelva lentamente en el aparato de sentir, pensar y decidir. O como mejor le venga, claro.

  1. El sistema no ha provocado directamente la pandemia, pero es muy probable que la haya producido indirectamente. Tal vez no ha causado la crisis puntual, la del corona­virus -parece que no les gusta que mezclemos el virus con la corona, pero así son las cosas-, pero sí que ha generado las precondiciones: vuelco climático, reducción de es­pacios naturales, movimientos desmesurados de personas y mercancías (suponiendo que para el capital sean cosas distintas) por la globalización, la deslocalización y el tu­rismo, alimentación basura, contaminación “urbi et orbi”...
  2. Lo que sí es seguro es que ha creado las condiciones para la extensión de la pande­mia y el colapso sanitario. La contrarreforma neoliberal se ha cebado en los servicios públicos y sociales (y en las condiciones laborales) para abrir nuevos nichos de lucro con las necesidades básicas. Al tiempo, “su” estado destinó a las empresas centena­res de millones de euros para cubrir sus espaldas. El pueblo paga cada vez más por cada vez menos, los amos pagan cada vez menos por cada vez más.
  3. El sistema no ha provocado la pandemia, pero está dispuesto a sacarle el jugo: en lo social, en lo político y en lo económico. El capitalismo no es superinteligente ni omni­potente, pero es sumamente listo para sacar provecho de cualquier circunstancia. Hasta la última gota. Caiga quien caiga. Y más ahora que está senil y desesperado por la imposible recuperación de la perdida lozanía. Es su ocasión para expulsar a más gente del sistema, para más autoritarismo (incluso neofascismo) y para más negocio (o lo que es lo mismo, en las actuales circunstancias, más especulación, es decir, más casino financiero).
  4. La pandemia no es la causa (la precondición) de la crisis, sino su precipitante. Esta­mos acostumbrados a analizar las crisis como fases cortas. Esas son las pequeñas. Tal vez nos deberíamos habituar a considerarlas como fases largas. Esas son las pro­fundas. Esta empezó, sin necesidad de fechas precisas, en el último tercio del siglo veinte (o en el último cuarto, qué más da) y puede durar siglos. Para pasar del escla­vismo al capitalismo (su versión mejorada y modernizada) se necesitó toda una Edad Media.
  5. ¿Y para qué aprovechan la crisis? Para recuperar, fortalecer e incrementar precisa­mente el sistema que la ha producido y que la ha convertido en caótica. Las grandes empresas por delante de la gente. Muy por delante, suponiendo incluso que la gente del pueblo esté en la fila. Solo hay que saber comparar cifras. Sí, para salir de la crisis (y de la pandemia) pretenden apoyar en primer y casi exclusivo lugar a quienes la han producido y/o expandido, aunque no hayan mostrado el más mínimo signo real de arre­pentimiento. Todo muy razonable y justificado.
  6. Pero esta pretendida salida de la crisis no afecta solo a lo económico. Si quieren tener más beneficios y más dinero es para tener más poder. Si quieren tener más poder es para tener más beneficios y más dinero. Como los tiempos que se avecinan van a os­cilar entre lo muy duro y lo terriblemente duro prevén que van a necesitar más estado. Y más subordinado. Y más subordinante. Así que el autoritarismo, la vigilancia, la mili­tarización, el ultranacionalismo, la xenofobia, el neofascismo (incluso el ecofascismo), la aporofobia (el odio a los pobres), etc., se van a mezclar con nuevos chivos expiato­rios a los que culpar (el sectarismo, por principio, no tiene límites) y el fomento de las “guerras entre los de abajo” -no vayan a señalar a los verdaderos culpables-, ataques a los servidores y no a sus amos, etc.
  7. Esta gran crisis (la importante, la de fondo) puede contener muchas crisis puntuales. Y la siguiente puede ser peor que esta. Y la siguiente… Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad. Tendrían que verse con el agua al cuello por la resistencia o la movilización popular… o por la imposibilidad de recuperar sus ganancias. Tendríamos que no haber aprendido nada para caer de nuevo en la misma argucia: el capital pacta cuando está débil para poder lanzar la ofensiva cuando recu­pera la fuerza. Elemental.
  8. Nunca hemos estado mejor preparados para afrontar una crisis de fondo. El pensa­miento y la ética antagónicos, ecofeministas, solidarios, autogestionarios… ya no son marginales, aunque tal vez sigan siendo minoritarios. Nunca este pensamiento y esta ética han estado mejor y más unitaria y, al mismo tiempo, diversamente expuestos. No digo nombres (muchos femeninos), porque no cabrían.
  9. Y no es solo el pensamiento y la ética, sino, lo que es más importante, la multitud de pequeños colectivos movilizados y de pequeñas experiencias refe­renciales de otro modo de con-vivir: comunitarias, agroecológicas, educativas, comuni­cacionales… Gente que ha situado en la práctica una vida digna y feliz al margen de la acumulación de beneficios, del sacrificio del tiempo y de las relaciones humanas insatis­factorias y del consumismo idiota. Al mismo tiempo, nunca nues­tras posibilidades de organización en red han sido tan potentes.
  10. Ahora solo queda la última píldora: siempre nos jugamos mucho. En el día a día. Pero hay momentos específicos en la historia -acontecimientos- que van a suponer un cam­bio de sentido. Para peor, para mucho peor, o para mejor, para mucho mejor. Ojalá acumulemos suficiente asco y rabia y la transmutemos en acción resistente y creativa, en apoyo mutuo y dignidad. No sé si seremos capaces pero, en principio, esperanza. Mucha esperanza.

Por Ricardo Sosa

31 mar 2020 11:44

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Sábado, 28 Marzo 2020 07:03

Contagiar otro mundo

Contagiar otro mundo

Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.

Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: "después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento".

Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: "esta crisis no la pueden pagar los pueblos". Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.

Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: "Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema". A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.

En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.

En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: "tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar".

Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.

Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un "enemigo" invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.

También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: "arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro."

Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: "distancia física con solidaridad social". Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: "a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos", una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: "no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted".

Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.

Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: "La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos".

Al-Dabi Olvera, cronista

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Jueves, 26 Marzo 2020 06:55

¿A quién vamos a matar?

¿A quién vamos a matar?

Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Sin embargo, la desinformación o el desconcierto ante el covid19 ha dado relevancia a discursos teñidos de la peligrosa ideología del ecofascismo.

Un jabalí pasea tranquilamente por la calle Balmes, en Barcelona. Atraviesa una Diagonal desierta y silenciosa y sigue su camino. Alguien lo graba con el móvil y lo sube a las redes sociales. En pocos minutos, el vídeo acumula miles de reproducciones. La imagen es hermosa, pero también inquietante. Se parece demasiado a las escenas apocalípticas que hemos visto cientos de veces en el cine y la televisión. El vídeo se viraliza en unos minutos y comienza a extenderse por Twitter, por Facebook, por WhatsApp. No es el único de este tipo que ha circulado por las redes sociales en los últimos días. Hemos visto también pavos reales en las calles de Madrid, delfines en el puerto de Cagliari, peces en los canales de Venecia. Los vídeos aparecen acompañados de comentarios. Un buen número de ellos afirma que esas imágenes son la prueba de que la verdadera pandemia es el ser humano, que el verdadero virus somos nosotros.

No es la primera vez que leemos este tipo de afirmaciones desde la extensión del covid19. La reducción de los niveles de contaminación en Wuhan, el primer foco de extensión de la pandemia, también fue interpretada por un buen número de usuarios de las redes sociales como una prueba de que el planeta se defendía de la nocividad del ser humano creando una enfermedad para la que no teníamos cura. La Tierra se purgaba de la plaga humana. Gaia se vengaba de nosotros.

La mayoría de estos tuits y posts no tenían una reflexión estructurada detrás. Eran simples comentarios rápidos que mezclaban ecologismo mal entendido, culpa judeocristiana y cultura de la distopía. Sin embargo, aunque las personas que los lanzaban a las redes no fueran conscientes de ello, compartían un marco de pensamiento peligroso. No solo porque eran tremendamente insensibles con el sufrimiento de miles de personas que están viendo enfermar y morir a sus seres queridos, que están luchando ellos mismos contra el virus o que están afrontando despidos y pérdida de ingresos, sino también porque contribuían a extender el sustrato necesario para el desarrollo de una ideología peligrosa, el ecofascismo.

Las semillas del ecofascismo

Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. En este marco de pensamiento, lo que se identifica como causa de la crisis es el exceso de seres humanos, por lo que la muerte de una buena cantidad de ellos sería la única posibilidad de restaurar el equilibrio ecológico.

La pregunta entonces es ¿quién va a morir? Parece difícil creer que las personas que defienden este tipo de ideas estén pensando en organizar el suicidio colectivo de su familia o asesinar a sus amigos. Lo más probable es que piensen que eso no va a sucederles a ellos, que van a estar en el grupo de población que no se vea afectado por esa medida. ¿A quién vamos a considerar “desechable” entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? En una sociedad capitalista parece bastante plausible que se esgrimiesen criterios de productividad y meritocracia, que en realidad solo encubrirían una tremenda violencia de clase contra los de más abajo. Los “desechables” probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Otra posibilidad sería que, desde esta ideología ecofascista, se quisiese aplicar un criterio demográfico. En la actualidad, la zona del mundo que presenta una mayor tasa de crecimiento de población es el África subsahariana, así que parece bastante probable que los países occidentales quisieran externalizar el exterminio de población a esta zona. La historia de violencia colonial niega cualquier tentación de considerarlo exagerado.

Más allá del exterminio directo de la población, se podrían optar por medidas como la esterilización. De nuevo, surge la misma pregunta ¿las personas que piensan que el ser humano es una plaga están considerando esterilizar a sus amigos, a sus seres queridos? ¿A quién vamos a esterilizar? Las esterilizaciones masivas tampoco son nuevas en la historia, ni ajenas a las democracias liberales: el Perú de Fujimori esterilizó sin consentimiento a 300.000 personas, la mayoría mujeres indígenas, entre 1996 y 2001; Japón esterilizó a 25.000 personas con enfermedades hereditarias o diversidad funcional entre 1948 y 1996 gracias a la Ley de Protección de la Eugenesia que buscaba “un Japón mejor”; Estados Unidos esterilizó forzosamente a más de 60.000 personas en la primera mitad del siglo XX, gracias a leyes de eugenesia que daban potestad a los funcionarios públicos para esterilizar a personas consideradas “no aptas” para tener hijos, la mayoría mujeres negras, indias, latinas y con diversidad funcional. Y podríamos seguir con decenas de ejemplos más por todo el mundo.

Otra posibilidad sería establecer políticas de limitación del número de hijos, como la política del hijo único vigente en China durante varias décadas. Sin embargo, con una natalidad desplomada en Occidente, lo más probable es que de nuevo esto se aplicase, haciendo uso de un alto grado de violencia colonial, a las zonas del mundo que tienen una tasa de fecundidad superior a la tasa de reposición, como África subsahariana o Asia occidental.

Si seguimos el razonamiento de muchos de los comentarios en redes sociales, parece que es el propio planeta el que se va a hacer cargo de la “purga” de la población a través de pandemias y enfermedades. Esto va bien para descargarnos de la responsabilidad de tener que asesinar o esterilizar, pero lo cierto es que es bastante absurdo. El planeta no es un ente con capacidad de pensar, no hace planes, no se venga del daño que le han causado los humanos. Esta especie de ecofascismo místico que antropomorfiza al planeta no solo no resiste ningún tipo de razonamiento lógico, sino que además es bastante desconsiderado con el sufrimiento de enfermos y familiares. Tienes que ser una persona bastante terrible para decirle a alguien que acaba de perder a su madre que en realidad es un sacrificio de Gaia.

Desviar el foco

El marco ideológico del ecofascismo no es ajeno a algunos de los principales partidos de extrema derecha europeos. El Frente Nacional de Marine Le Pen o el Fidesz de Viktor Orban ya han hablado en varias ocasiones de la necesidad de endurecer el cierre de fronteras como medida de lucha contra el cambio climático. En una entrevista hace unos meses, Le Pen argumentaba que la preocupación por el clima es “inherentemente nacionalista” y que los “nómadas”, como llama a los migrantes, “no se preocupan por el medio ambiente porque no tienen patria”. De momento, las medidas que proponen no incluyen el exterminio o la esterilización forzosa de la población, pero parece irresponsable alimentar en redes el sustrato de este marco ideológico. Al fin y al cabo, solo hay un paso entre uno y otro, y la experiencia histórica ya nos advierte de lo sencillo que es recorrerlo.

Pero además de contribuir a extender las semillas del ecofascismo, los comentarios que señalan el exceso de población como causa de la crisis ecológica también desvían el foco del problema principal: el capitalismo. Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Esta misma población, con otra forma de organización social, podría vivir de forma sostenible.

Un estudio publicado en la revista Nature en enero de este mismo año mostraba que el planeta sería capaz de alimentar a 10.000 millones de personas, casi 3.000 millones más que en la actualidad, sin sobrepasar los límites ecológicos. Para ello, claro, serían necesarios cambios en la producción y en la dieta, como el descenso en el consumo de carne, la sustitución de unos alimentos por otros o la reducción del regadío y la fertilización química en determinadas zonas del planeta. El informe partía de un escenario capitalista, por lo que es fácil imaginar lo que podríamos hacer en otro escenario.

Responsabilizar de la crisis climática al conjunto de la población por igual también supone desviar el foco del problema de clase. La realidad, sin embargo, es que el 10% de la población más rica del planeta genera la mitad de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo. La mitad más pobre del planeta, en cambio, solo contribuye con un 10%. Las medidas destinadas a reducir la población parecen poco efectivas para hacer frente a una contaminación que es producida de forma mayoritaria por un conjunto bastante pequeño de la población mundial.

Si de verdad nos preocupa la crisis ecológica y esta no es una mera excusa para imponer políticas de cierre de fronteras y control de la población, deberíamos poner el foco en las relaciones de producción y consumo capitalistas y no en la cifra global de población. Y si nos preocupan las tasas de natalidad de algunas zonas del planeta ─según los datos de la ONU la global ya descendió hasta el 2,3 mujeres por hijo, muy cerca de la tasa de reposición de 2,1─ deberíamos hacernos fervientes feministas, porque si algo nos ha demostrado la experiencia histórica es que las tasas de natalidad descienden cuando las mujeres tienen el control sobre sus propios cuerpos y pueden acceder libremente a métodos anticonceptivos y a abortos seguros.

No necesitamos medidas de control de la población ni esterilizaciones masivas, y tampoco necesitamos pandemias que lo hagan por nosotros. Necesitamos acabar con un sistema de producción y consumo que está llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes y que ha supuesto ya el exterminio de cientos de miles de especies. Necesitamos entender que el capitalismo es un sistema fracasado que no es capaz de garantizar la supervivencia en el planeta y que debe ser sustituido por otra forma de organización social. Frente al riesgo de la extensión del ecofascismo, necesitamos articular un ecosocialismo que será necesariamente diferente del socialismo del siglo pasado, pero que nos permitirá garantizar la supervivencia de todos los habitantes del planeta ─humanos y no humanos─ y asegurar la mejor de las vidas posibles para todos, no solo para unos pocos. Quizá, como decía el filósofo Jason Read hace unos días, la elección del siglo XXI ya no es entre socialismo o barbarie, sino entre socialismo o extinción.

Por Layla Martínez

25 mar 2020 06:01

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Periódico desdeabajo, 2014/03/17

Los tiempos cambian. Un virus ha colocado al mundo en un estado práctico de preguerra. Los distintos Estados y gobiernos aplican medidas de control y temor –en frontera con el terror/pánico y el total disciplinamiento– social que más parecen prueba contra alzamientos colectivos que para controlar un fenómeno de salud pública. En medio de ello, inyectan miles de millones para enfrentar la crisis de salud desatada y, a la par, la crisis económica, con signos de recesión que gana espacio.

Esa es la realidad que nos acecha. Si los tiempos cambian, también debe hacerlo la política, sobre todo la que pretende la mayor participación posible del país nacional, la que aspira que la dirección de sus vidas esté en manos de la propia gente y no de quienes dicen ser sus representantes, para el caso colombiano la oligarquía que en ningún momento de la historia local ha estado preocupada por el bienestar de quienes habitan esta parte del mundo.

Es un cambio de tiempo y de la política que obliga a todas las organizaciones y procesos sociales ligadas con la dinámica de inconformidad y protesta social despuntada el 21N a repensar el qué y cómo hacer, en particular en lo concerniente con el pliego petitorio.

Como es de conocimiento público, la elaboración de tal pliego se constituyó en motivo de discordia al interior del Comité nacional del paro a tal punto que el mismo en vez de ser racional y concreto creció como espuma, hasta resumir más de cien reivindicaciones. Un pliego de difícil difusión y complicada defensa en una negociación abierta, cierta, algo a lo que no ha trascendido el Gobierno.

Son reivindicaciones todas ellas válidas y necesarias de concretar, pero el cambio de la realidad global y local coloca al activismo social y político ante nuevas circunstancias, unas en la que la fragilidad e improcedencia del actual sistema socio-económico ha quedado al desnudo, evidenciando ante los ojos de todos el desastre social procurado por 30 años de neoliberalismo abierto.

No hay duda de ello. Ahora que nos tienen bajo amenaza de encerrarnos, sin posibilidad de llevar a cabo las actividades rutinarias con las cuales logramos los pocos dineros que reunimos para poder sobrevivir, es más evidente o notorio el desempleo –y sus consecuencias– que afecta a millones en el país así como el subempleo, el rebusque por cuenta propia, la informalidad –y sus consecuencias, en uno y otro caso, de todo orden–. Como es conocido, mucha de la gente que sobrevive en tales circunstancias pasa la mayor cantidad de horas del día en la calle, a la intemperie o protegida por rústicas casetas, parasoles y similares. No cuentan con otra opción, tienen que gritar sus servicios, ofrecer sus cuerpos para cargar mercancías, tratar de vender baratijas de todo orden, etcétera.

¿Qué y cómo harán estos millones para lograr sus ingresos si de un momento a otro el gobierno nacional o los gobiernos locales expiden una norma por medio de la cual prohíben salir de la casa? ¿Cómo sobrevivirán si los expulsan de las calles, su lugar de rebusque?

¿De dónde procurarán los dineros necesarios tanto para el alimento, como para cancelar el arriendo, la cuota para abonar al apartamento hipotecado, para pagar los recibos de los servicios públicos, los que, como es conocido, cuando no son pagados a tiempo son cortados por las empresas propietarias de agua, luz, teléfono? A la par, ¿cómo harán los pequeños productores y comerciantes para aguantar este embate en el cual verán, asimismo, contraídas sus ventas e ingresos?

En otra arista de igual problemática, dicen los ‘sabios’ del gobierno que debemos lavarnos las manos cada 3 horas, ¿dónde se las lavan quienes se rebuscan en la calle si el “derecho” para ingresar a un baño está mediado por cancelar entre $ 600 y hasta 1.000 pesos?
Esto para no llegar al extremo de quienes están despojados de todo, durmiendo en un rincón cualquiera, ¿dónde se lavan? ¿Quién les presta el servicio? Y en caso de enfermedad, ¿quién está pendiente de los miles que ahora deambulan sin ruta alguna?

Las medidas recomendadas, no reparan en que este es un país fracturado, donde unos pocos concentran miles de millones y donde las mayorías no acumulan sino necesidades y sueños. El ‘consejo de los gobernantes’ que no acudir al trabajo y desempeñar las funciones desde la casa, teletrabajo. Claro, en muchos hogares hay computador, pero no en todos, y no todos pueden pagar la conexión Wi-fi. ¿Qué hacer ante una realidad tan testaruda?

También recomiendan entretenerse en la casa, ver televisión, olvidando que su servicio público fue desmantelado, de manera que ahora hasta la televisión, que corre sus ondas por el espectro público, está privatizada. No existe proyecto de país y, por tanto, no existe proyecto cultural y con él una oferta de televisión y radio, así como en todos los campos que abre la internet. Tampoco existe en los barrios la oferta cultural en teatro, baile y otros campos, como espacio para cohesionar y ahondar pertenencias.

Todo esto, y mucho más, es lo que hace indispensable que los sectores sociales alternativos levanten un pliego reivindicativo de urgencia, deponiendo el construido y entregado al Gobierno meses atrás. Pueden hacer parte del mismo:

1. Servicios públicos gratuitos, por lo menos a lo largo de los próximos 6 meses, y más si la coyuntura que vivimos se prolonga.
2. Congelamiento de las deudas por compra –hipoteca– de vivienda, por un periodo igual o más amplio que el anterior. Anulación de toda medida de desahucio.
3. Poner en marcha políticas de atención y prevención en salud pública con redes de médicos en casa.
4. Garantía de mercado mensual, a cargo del gobierno nacional, en complemento con los gobiernos municipales y distritales, con todo lo indispensable para una alimentación equilibrada, para todas las familias estrato 1, 2, 3.
5. Ampliación de la oferta de los comedores comunitarios, tanto en cantidad (ampliación de cupos) como en calidad de los servido.
6. Wi-fi público y gratuito en todas las ciudades
7. Abocar la reconstrucción de la televisión nacional y de un proyecto cultural con proyecto de país soberano.
8. Fortalecimiento y ahondamiento de un proyecto educativo nacional, incluida la educación superior y universitaria, garantizando red de internet para todos los colegios y liceos de primera y secundaria. Educación gratuita, incluida la educación superior y universitaria.
9. Congelación de las deudas contraídas con la banca por pequeños y medianos agricultores.
10. Disposición de una red nacional para el mercadeo de todo tipo de productos, previendo y antecediendo de esta manera el monopolio, acaparamiento y especulación con productos básicos de la canasta familiar.
11. Desplegar una línea de crédito con un año de gracia, y para el segundo con un 0,5 de interés mensual, para apalancar a pequeños empresarios y comerciantes

Otras muchas medidas pueden y deben ser implementadas desde ya y con ello recuperar el sentido de lo público, no como lo fue en alguna época –bajo el control del Estado clientelar– sino colocando en cada instancia a las comunidades como parte fundamental de los equipos humanos que diseñen, ejecuten y controlen todo tipo de oferta pública, empezando a recorrer un camino que nos permita construir un país de todos/as y para todos/as.

Parte de estas propuestas pueden ser implementadas de manera inicial e ilustrativa, por gobiernos locales como el de Bogotá, Medellín y Cali, las cuales cuentan con empresas públicas en varios campos, con recursos económicos que les permiten cierta autonomía, y con miles de personas formadas en los más variados campos del saber, las cuales pueden liderar el diseño, ejecución y seguimiento de las mismas, siempre convocando y constituyendo amplios equipos comunitarios.

Son propuestas para la acción, para conectar con el país nacional. Toda crisis trae una oportunidad, no dejemos pasar la que tenemos ante nuestros ojos.

 

 

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Publicado enEdición Nº266
FMI: "La recesión por el coronavirus será al menos tan grave como la crisis financiera mundial o algo peor"

La directora gerente del FMI avisa del impacto de la crisis del coronavirus en los países emergentes donde "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada"

Kristalina Georgieva, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha señalado que debido al impacto económico del coronavirus "las perspectivas de crecimiento mundial: para el año 2020 son negativas, una recesión al menos tan grave como durante la crisis financiera mundial o algo peor. Pero esperamos la recuperación en 2021", en la rueda de prensa posterior al encuentro telemático del G20, la reunión de los países ricos y emergentes más importantes del mundo. 

"Es fundamental dar prioridad a la contención de la epidemia y fortalecer los sistemas de salud. El impacto económico es y será grave, pero cuanto más rápido se detenga el virus, más rápido y fuerte la recuperación será", ha señalado Georgieva.

La directora gerente del FMI ha avisado del fuerte descalabro que pueden sufrir las economías emergentes por la crisis económica de la pandemia cuando "los inversores ya han retirado 83.000 millones de dólares de los mercados emergentes desde el comienzo de la crisis, la mayor salida de capital jamás registrada. Estamos particularmente preocupados por los países de bajos ingresos con una crisis de deuda, una cuestión en la que estamos trabajando estrechamente con el Banco Mundial".

Ante la situación económica, la directora gerente del Fondo ha comentado que el organismo multilateral "va a aumentar masivamente la financiación de emergencia, que ya  casi 80 países están solicitando" y ha recordado que disponen de "una capacidad de préstamo de 1 billón de dólares", que ya anunció el pasado 16 de marzo.

"La crisis de liquidez mundial se afianza, necesitamos se proporcionen líneas de intercambio adicionales", ha resaltado Georgieva que ha añadido que el FMI busca que sus países miembros amplíen las líneas de liquides y que el organismo multilateral va a proponer "una red más amplia de líneas de intercambio".

El presidente del Banco Mundial, David Malpass, ha afirmado que los países "necesitan moverse rápido para incrementar su gasto sanitario, fortalecer sus redes de seguridad social, apoyar al sector privado y revertir la interrupción de los mercados financieros", según informa Europa Press.

Malpass, que también ha intervenido en la teleconferencia del G20, ha solicitado a los países presentes que consideren que suspendan el cobro de deudas soberanas hasta que el Banco Mundial y el FMI hayan hecho una valoración plena de sus necesidad de financiación ante el coronavirus.

23/03/2020 - 18:11h

Publicado enEconomía
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