El papa Francisco lanza una nueva iniciativa convocando a economistas de todo el mundo

El encuentro se realizará en marzo del próximo año. En una carta, el Papa sostiene que mientras el actual sistema económico y social produzca una víctima no podrá haber fraternidad universal.

 

El papa Francisco es la cabeza visible de una iniciativa a nivel global que lanzó y con la que busca promover el cambio del modelo económico actual. La propuesta ya comenzó a trabajarse y tendrá como expresión concreta un encuentro previsto para marzo del próximo año en la localidad de Asís, donde aspira a que participen economistas de todo el mundo.


La apuesta de Francisco es lograr un “pacto común” a partir del cual modificar la economía actual y otorgarle un alma a la economía. En la carta de convocatoria al encuentro que se denomina "Economía de Francisco", propone la necesidad de iniciar un proceso de cambio global donde participen "todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de creencia y nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atentos sobre todo a los pobres y excluidos”.


La reunión en Asís será entre el 26 al 28 de marzo de 2020 donde Francisco aspira a juntar a una buena cantidad de economistas pero también de estudiantes para que se animen a "practicar una economía diferente, una que da vida y no mata, incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza”, según la misiva.

La convocatoria del Papa también abarca a académicos. “Mientras nuestro sistema económico y social todavía produzca una víctima y haya una sola persona descartada no podrá existir la fiesta de la fraternidad universal”, señala el Papa en la carta.


La idea es promover “un proceso de cambio global que vea en comunión de intenciones no solo a los que tienen el don de la fe, sino a todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de creencia y nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atentos sobre todo a los pobres y excluidos”. De allí que se haya elegido a Asís, la ciudad de San Francisco, dado que es “el símbolo y el mensaje de un humanismo de fraternidad”. En ese sentido, el Papa argentino señaló que si “San Juan Pablo II la eligió como ícono de una cultura de paz, a mí me parece también un lugar que inspira una nueva economía”.
Sobre el santo de Asís, el Pontífice remarcó que “se despojó de toda mundanalidad para elegir a Dios como la estrella guía de su vida, haciéndose pobre con los pobres” y que puede dar “esperanza a nuestro mañana, en beneficio no solo de los más pobres, sino de toda la humanidad”.


En otro pasaje, Francisco recordó que en la Carta Encíclica Laudato “subrayé que hoy más que nunca, todo está íntimamente conectado y que la protección del medio ambiente no puede separarse de la justicia para los pobres y de la solución de los problemas estructurales de la economía mundial”. Por ello, insta a “corregir los modelos de crecimiento” aunque, “lamentablemente el llamado a tomar conciencia de la gravedad de los problemas sigue sin ser escuchado”.

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Anselm Jappe: “Ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales”

Para el pensador alemán Anselm Jappe, el capitalismo narcisista en el que estamos insertos ha dado lugar a la sociedad “autófaga” que, como en el mito, termina devorándose a sí misma cuando ya nada sacia su apetito.

Anselm Jappe (Bonn, Alemania, 1962) es un pensador inclemente y vigoroso, alérgico a los argumentos consoladores y a los subterfugios intelectuales. Junto a otros desviados de la ortodoxia marxista (Robert Kurz en Alemania, Moishe Postone en Estados Unidos, Luis Andrés Bredlow en España) lleva años cuestionando los axiomas de una izquierda que, piensa Jappe, ha sido incapaz de comprender las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas. Para Jappe y los suyos el hilo de Ariadna del que habría que tirar para desentrañar el espíritu de la época es la llamada “crítica del valor”: “Mientras que el marxismo tradicional se ha limitado siempre a demandar otra distribución de los frutos de este modo de producción, la crítica del valor ha comenzado a cuestionar el propio modo de producción”.


A España empezó a llegar su pensamiento en 1998, cuando Anagrama publicó Guy Debord, un ensayo sobre el filósofo situacionista y la banalización de su pensamiento en esa sociedad del espectáculo que tanto había repudiado. Desde entonces ha sido la editorial Pepitas de Calabaza la que ha difundido su obra en nuestro país: Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos (2011); El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. Ensayos sobre el fetichismo de la mercancía (2009) y Las aventuras de la mercancía (2016).


Su último libro es La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción, un exhaustivo estudio del mecanismo enloquecido en el que se ha convertido el sistema económico y cómo su funcionamiento nos aboca a terminar como el rey Erisictión, rey griego que acabó devorándose a sí mismo cuando ya nada saciaba su apetito, que funciona como alegoría de una civilización, la nuestra, que se autodestruye cegada por la desmesura. Anselm Jappe atendió a las preguntas de El Salto por correo electrónico.
Parte de la idea de que la crítica del valor permite darle sentido a fenómenos sociales, culturales y políticos diversos que, a priori, parecen no tener ninguna relación entre sí. ¿Podría explicar qué es la crítica del valor y por qué cree que es la herramienta más certera para entender la sociedad capitalista?

La crítica del valor es una corriente internacional, nacida en Alemania a finales de los años ochenta en torno a la revista Krisis y a Robert Kurz, que propone una crítica radical de la sociedad capitalista basada en las teorías de Marx, pero que se distancia del marxismo tradicional. La crítica del valor sitúa en el centro las categorías de mercancía, valor, dinero y, sobre todo, de trabajo abstracto, es decir, el trabajo considerado solo por la cantidad de tiempo gastado, sin tener en cuenta su contenido. Para la crítica del valor, la explotación y la lucha de clases son solo una parte del problema: el capitalismo es también una subordinación de lo concreto a lo abstracto, lo que lo convierte en una sociedad incapaz de autorregularse, y esto se ve en la crisis ecológica. La crítica del valor se opone a la fragmentación posmoderna del pensamiento: la lógica de la mercancía y del trabajo abstracto crea una teoría capaz de pensar la totalidad.


En el libro, además de la crítica del valor, recurre constantemente al psicoanálisis: ¿Qué puede decirnos hoy el psicoanálisis?, ¿cómo complementa a la crítica del valor?

El fetichismo de la mercancía, una categoría crítica esencial de Marx retomada por la crítica del valor, se refiere a un nivel profundo e inconsciente de la sociedad. Más allá de sus intenciones conscientes, los individuos ejecutan los imperativos de un sistema social anónimo e impersonal. Marx llama al valor el “sujeto automático”. El psicoanálisis, por su parte, es otro modo de comprender ese lado inconsciente de la vida social. Ambos enfoques son complementarios, pero deben ser integrados: por lo general, el psicoanálisis ha puesto unilateralmente el acento en el individuo, descuidando la dimensión social y su evolución histórica, mientras que el marxismo ha descuidado la dimensión psicológica en favor solo del nivel económico y político. Bajo la superficie racional de la búsqueda de los propios intereses, el capitalismo es una sociedad extremadamente irracional y contraproducente que no puede explicarse solo mediante las motivaciones conscientes de los actores sociales.

¿Por qué dice que 1968 es el año inaugural de un nuevo capitalismo, “el narcisista”, frente a su predecesor, el “capitalismo edípico”?

El carácter social basado en el trabajo duro, el ahorro, la represión de las pulsiones, la obediencia a las autoridades, etc., comenzaba ya a no resultar funcional después de la Segunda Guerra Mundial. Los profundos cambios sociales producidos a partir de 1968 no condujeron en ningún lado a una superación del capitalismo, sino a su modernización. Muchas exigencias de liberación individual han encontrado su seudorrealización en la sociedad de consumo. La sumisión “edípica” a una autoridad personal —por ejemplo, un maestro que predica “patria, trabajo y familia”— ha sido sustituida por la adhesión a un sistema que aparentemente permite a los individuos realizar sus propias aspiraciones… ¡Pero a condición, claro está, de que esto se produzca en términos de mercado! Ahora, por ejemplo, los profesores son coachs que quieren ayudar a los jóvenes a incorporarse al mercado de trabajo y a concretar sus “proyectos de vida”.

Escribe que “las antiguas instancias de liberación se han integrado en la ideología del sistema” ¿Sigue la izquierda anclada en una visión del mundo que todavía no ha asimilado esa ruptura que dice que se produjo en 1968?

Muy a menudo es así. Existe una tendencia muy difundida a identificar el capitalismo contemporáneo con sus etapas pasadas y desentenderse de la evolución que se ha producido. ¿Por qué? Esencialmente, porque es mucho más fácil concebir una visión dicotómica en la que “nosotros” —el pueblo, el proletariado, los trabajadores, el “99%”— somos los “buenos”, frente a una pequeña minoría que nos oprime. Es mucho más duro admitir hasta qué punto todos nosotros estamos implicados en el sistema y tener además que revisar nuestra adhesión personal a muchos valores y estilos de vida dominantes.

¿Cómo enfrentarse entonces a un sistema que, como dice, es un mecanismo ciego y autónomo, del que nadie puede responsabilizarse y que no es posible controlar?

El hecho de que lo esencial no sean las responsabilidades personales —que, no obstante, existen; basta pensar en Monsanto-Bayer y sus campañas de desinformación sobre la peligrosidad de productos suyos como el Roundup— desde luego no impide que podamos y debamos oponernos a cualquier deterioro de las condiciones de vida provocado por la lógica económica desencadenada, ya se trate de una mina o de un aeropuerto, de un centro comercial o de los pesticidas, de una ola de despidos o del cierre de un hospital. Sin embargo, al mismo tiempo es necesario cambiar la propia vida y romper con los valores oficiales asimilados, como el de trabajar tanto para consumir tanto, y con los imperativos de la competencia, la performance, la eficiencia, la velocidad, sin preguntarse al servicio de qué hay que ser eficientes.

Alerta de los peligros que suponen la digitalización de la vida, la inteligencia artificial y la ingeniería genética, ¿a qué clase de mundo nos están llevando estas tecnologías que abrazamos con entusiasmo como si fuesen a solucionar nuestros problemas?

La opinión pública está perpleja y dividida ante estas tecnologías. Los peligros son conocidos. Pero muy a menudo se ponen de relieve también sus supuestas ventajas: las plantas genéticamente modificadas aumentan los rendimientos agrícolas, la investigación genética combate las enfermedades raras, la inteligencia artificial gestiona ciudades enteras de manera ecológica, el uso precoz del ordenador aumenta la inteligencia de los niños... Se supone que en cada ocasión hay que sopesar ventajas y desventajas. Pero la verdadera cuestión es otra: ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales.


¿Para qué aumentar los rendimientos agrícolas por medio de los transgénicos si buena parte de las cosechas acaban arrojadas al mar para mantener altos los precios? ¿Para qué revolver los genes para combatir enfermedades raras si millones de personas mueren por enfermedades de lo más vulgar, provocadas, por ejemplo, por el agua contaminada? ¿Para qué gestionar la ciudad mediante algoritmos de Google, en lugar de renunciar al plástico, el petróleo, el coche, el cemento armado o el aire acondicionado, para tener un ambiente más sostenible?

Dice que uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que nos condena a vivir en una infancia perpetua, ¿por qué el capitalismo necesita que seamos como niños para poder funcionar?

Por una parte, todo poder separado requiere súbditos infantiles. Durante mucho tiempo, fue la religión la que cumplió esta función. En algunos aspectos, el siglo XIX supuso los inicios de una emancipación mental a nivel masivo, respecto a la cual el siglo XX representa más bien una regresión. Cuanto más obedece el consumidor-ciudadano a sus impulsos inmediatos, más se aprovechan de ello el mercado y el Estado. La tendencia a un narcisismo generalizado significa también una regresión a un estadio primitivo de la infancia, donde no hay una verdadera separación entre el yo y el mundo. Como explico en mi libro, este narcisismo solipsista está ligado a la lógica del valor y del trabajo abstracto, que niega igualmente la autonomía del mundo y lo reduce a una emanación del sujeto.

Dedica cincuenta páginas del libro a reflexionar sobre las nuevas formas de crimen y terrorismo: ¿Cuáles son los rasgos de esa nueva violencia y de qué cree que son síntoma?

El crimen se ha vuelto tan irracional y autorreferencial como la lógica económica —la acumulación tautológica de trabajo, valor y dinero— y la psique narcisista de los individuos. El amok, en sus varias formas, es el ejemplo supremo de un crimen que ya no obedece a la realización de un interés, aceptando los riesgos, sino que, en este caso, la destrucción y la autodestrucción se convierten en fines en sí mismas. El odio del sujeto de la mercancía por el mundo y a sí mismo, normalmente latente, se hace aquí manifiesto, y por eso golpea con tanta fuerza a la opinión pública. Que después se añada una seudorracionalización política o religiosa es a menudo algo secundario: en el crimen gratuito se hace evidente el vacío fundamental que habita el individuo contemporáneo, en cuanto dominado por una economía que se ha vuelto loca.

Escribe que “un retorno al estado social no es posible ni deseable”: ¿Por qué no es posible y por qué no es tampoco deseable?, ¿en qué consisten entonces esos “compromisos soportables” de los que habla al final del libro?

El “Estado social” fue financiable durante la última gran época de acumulación económica, el llamado “milagro económico” de la posguerra. Hoy esta época a menudo se recuerda con nostalgia, sobre todo en Francia, como una época dorada. Una parte de la izquierda querría simplemente retornar a aquella situación. Sin embargo, su fin no se debió solo a una contraofensiva del capital en la época neoliberal, sino también a la disminución objetiva de los beneficios, consecuencia de la sustitución del trabajo vivo por las tecnologías, única fuente del valor y, en consecuencia, de la plusvalía y de la ganancia.


La revolución microelectrónica de los años setenta ha acelerado intensamente la desaparición del trabajo vivo, y en consecuencia de los beneficios, y finalmente la posibilidad de financiar el Estado social. También hay que decir, no obstante, que la sociedad de los años sesenta era rígida y aburrida, con un futuro completamente trazado para los jóvenes. Fue contra ese modo de vida contra el que se levantó la juventud mundial en 1968. La perenne precariedad establecida más adelante por el neoliberalismo es una siniestra parodia de la vida aventurera. En lugar de soñar con el retorno a un capitalismo moderado, hoy hay que ir más allá de una sociedad en la que debemos contentarnos con migajas en forma de “protección social”.

¿Qué virtudes y qué flaquezas ve en el movimiento feminista que ha crecido estos últimos años?

El movimiento feminista ha tenido en ciertos aspectos una evolución parangonable a la del movimiento obrero histórico: tras la repulsa inicial de toda la sociedad que produce la opresión del propio grupo, se pasó a esforzarse por asegurar una mejor integración —en un caso, de los obreros; en el otro, de las mujeres— en un sistema que ya no se ponía verdaderamente en cuestión, con algunos puestos privilegiados para algunos portavoces. Los obreros consiguieron el derecho al voto y, más tarde, un coche y una casita en propiedad; alguno incluso ha llegado a ministro. Las mujeres, aparte de poder votar, han podido convertirse en policías, y alguna también en ministra. Pero no a todo el mundo le gusta. En el campus de la Universidad Complutense vi un grafiti que decía: “Contra el feminismo liberal”.


La crítica del valor, por otra parte, se ha convertido en “crítica del valor-escisión”, un término un poco complicado para afirmar que la “escisión” de la esfera del no-valor en sentido económico, tradicionalmente asignada a las mujeres (esencialmente, las tareas domésticas y los comportamientos relacionados), constituye un presupuesto esencial de la producción de valor económico. Por eso, la crítica del patriarcado representa una parte fundamental de la crítica del valor: el capitalismo es patriarcal por naturaleza y no será superado sin la abolición del patriarcado.

¿Cómo interpreta el auge del populismo y la extrema derecha desde la crítica del valor? Dice que el populismo es transversal y que poco importa que reivindique a “los de abajo” o a “la nación”.

Las distintas formas de populismo reaccionan a los males sociales —sobre todo, a la desigual distribución de la riqueza— identificando a un grupo de responsables personales: los ricos, los banqueros, los corruptos, los especuladores. Se ignoran las lógicas sistémicas y se recurre al moralismo (la “codicia”). Casi siempre, el populismo santifica el “trabajo honrado” y lo opone a los “parásitos”. Por eso, la diferencia entre populismo “de derechas” y populismo “de izquierdas” no es tan grande como se cree. Ambos se basan en un falso anticapitalismo. No se trata de una novedad absoluta; en los años veinte y treinta ya hubo fenómenos de este tipo. Entonces, el antisemitismo constituía un aspecto esencial. Pero este existe también hoy, de forma soterrada y a veces abiertamente, en la denuncia del “especulador”.

Dice en el libro que no vivimos en una sociedad tan laica como nos gusta pensar, y que a Dios lo sustituyó el Mercado. ¿Podemos vivir prescindiendo de ídolos y dioses?

Hasta ahora, en la historia un tipo de religión ha sustituido a otro. La llamada secularización no ha tenido lugar; en ciertos aspectos, la mercancía constituye una religión más insidiosa que la antigua, porque cada mercancía particular representa un ser fantasmagórico: la cantidad de trabajo abstracto que la ha producido.

¿Cree que, como Erisictón, acabaremos autodestruyéndonos o seremos capaces de echar el freno antes de la catástrofe definitiva?, ¿el capitalismo terminará colisionando con los límites del planeta o tropezará antes con su propia dinámica?

¡Quién puede saberlo! Mi libro quiere ser simplemente una pequeña contribución para evitar esa catástrofe. Parece una bobada, pero depende de cada uno de nosotros. La actitud de cada cual frente a los retos del presente ya no depende mucho de la pertenencia a una clase social, un país, una raza, un sexo. Cada uno de nosotros está llamado a adoptar posiciones sobre las múltiples cuestiones abiertas. Las fronteras tradicionales (dominadores/dominados, ricos/pobres, sur/norte del mundo) resultan hoy un tanto confusas, pero esto constituye también una oportunidad. Es sobre todo la cuestión ecológica y climática la que puede constituirse en la base de un amplio movimiento de contestación… Que, no obstante, también se encontrará con enemigos, de eso no cabe duda.

Por Bernardo Álvarez-Villar
Traducción: Diego Luis Sanromán

publicado
2019-04-20 06:15:00

 

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El estancamiento natural del capitalismo

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.


El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.


Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?


La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.


Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.


Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.


La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.


Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.


En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.
Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.


Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.
Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierizaciónexuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Por Yanis Varoufakis
07/04/2019

 

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Cerezos en flor y banqueros angustiados

Es necesario reformar, y urgentemente, el sistema capitalista

En marzo de 1912, Yukio Ozaki, el alcalde de Tokio, le regaló a la ciudad de Washington 3.020 árboles de cerezos. Los arbolitos se adaptaron muy bien y, con el tiempo, se propagaron por toda la capital y sus suburbios. Así, desde hace 107 años, al comienzo de la primavera, estos cerezos florecen, ofreciendo un bellísimo espectáculo.


Pero la primavera no solo trae flores de cerezo a Washington. Con ella también llegan banqueros de todas partes del mundo. Miles de ellos. Vienen a las reuniones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, quienes convocan a los ministros de economía y jefes de los bancos centrales de casi todos los países. Esta semana han llegado 2.800 de ellos. Y también 800 periodistas, 350 representantes de organizaciones internacionales e incontables banqueros privados que vienen a reunirse con ministros y clientes. También vienen a tomar el pulso de la economía global.


Este año los banqueros andan preocupados. Gina Gopinath, la economista principal del FMI, ha alertado sobre los fuertes vientos en contra que harán que, este año, el 70% de la economía mundial crezca más lentamente. América Latina y Europa serán las regiones con los niveles más bajos de crecimiento. Los factores que desaceleran la actividad económica son muchos. Entre otros, las guerras comerciales iniciadas por Donald Trump contra China y Europa, mercados financieros más restringidos, la desaceleración de la economía China, el Brexit y la incertidumbre acerca de cuáles serán las políticas económicas que adoptarán numerosos países.


Tal como suele ocurrir en todas las convenciones multitudinarias, lo más interesante no es lo que sucede en las sesiones oficiales, sino lo que se escucha en los pasillos y lo que se debate en reuniones privadas. Un tema que no está en la agenda oficial, pero sí en muchas de las conversaciones, es la creciente amenaza a la independencia de los bancos centrales. Esa independencia suele irritar a jefes de Estado que preferirían tener el control de la política monetaria de su país. El presidente Trump, por ejemplo, ha criticado ferozmente la decisión de la Reserva Federal y el Banco Central de EE UU, de subir los tipos de interés. Los más altos tipos de interés suelen contraer la actividad económica, cosa que ningún presidente desea. Pero, por otro lado, dejar las tasas de interés demasiado bajas puede estimular la inflación, un resultado que es inaceptable para los bancos centrales. La misión fundamental de estas instituciones es contribuir a la estabilidad económica y, muy especialmente, impedir que los precios suban. Esta tensión entre las preferencias de los presidentes y los objetivos de sus bancos centrales siempre existe y por ello es importante protegerlos de las presiones políticas a las cuales están sometidos.


Es por esto que entre los asistentes a la reunión en Washington este año hay una fuerte preocupación por la decisión de Trump de proponer como gobernadores de la Reserva Federal a Stephen Moore y Herman Cain, dos de sus aliados políticos. Moore y Cain carecen de credenciales y experiencia para ocupar cargos que les permitirán influir sobre la política monetaria del banco central más importante del mundo. El propio Moore admitió: “No soy experto en política monetaria”. La preocupación no es solo que los candidatos de Trump sean confirmados por el Senado, sino que esta captura del Banco Central por parte del presidente sea una práctica que contagie a otros líderes propensos a concentrar el poder y socavar los pesos y contrapesos de la democracia. La independencia de las decisiones de los bancos centrales de los intereses electorales de los presidentes es un importante factor de estabilidad. Politizar los bancos centrales añadiría aún más incertidumbre a un sistema financiero internacional que aún no se ha recuperado plenamente de la crisis de 2008.


Otras dos preocupaciones que han estado muy presentes en la reunión de este año son la desigualdad económica y sus consecuencias sobre la estabilidad política. La OCDE, la organización que reúne a 36 de los países más prósperos, reportó que el nivel de vida de la clase media de esos países lleva una década estancado. Los costos de educación y vivienda para familias de ingresos medios se han disparado, mientras que la automatización afecta negativamente tanto a sus posibilidades de empleo como a su nivel de salario. Naturalmente, estas condiciones tienen fuertes repercusiones políticas y han contribuido a sorpresas como el Brexit y el auge de movimientos políticos con agendas radicales.


Hace unos días, en vez de asistir a otro seminario del Banco Mundial, acepté la invitación de un grupo de siete banqueros que me invitaron a acompañarlos a ver los cerezos en flor. Fue una caminata muy agradable donde, inevitablemente, la conversación se centró en todas estas, y otras, preocupaciones.


En estas conversaciones los consensos son poco frecuentes. Pero, para mi sorpresa, hubo un claro consenso entre mis compañeros de paseo acerca de la necesidad de reformar, y urgentemente, el sistema capitalista.


Pero, ¿cuáles deben ser esas reformas?


Sobre eso no hubo consenso.

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Martes, 09 Abril 2019 06:04

¿Qué es el capitaloceno?

¿Qué es el capitaloceno?

El pecado mayor del ambientalismo, el conjunto de movimientos en defensa de la naturaleza y sus autores, fue habernos hecho creer que los culpables de la destrucción del mundo natural éramos todos los seres humanos sin excepción. Ya no sólo debíamos paliar y enfrentar un mundo de destrucción y deterioro, sino también debíamos vivir eternamente bajo el estigma de haberlo provocado. Entonces nos volvimos la especie más culpable del planeta. Imagine decirle a una familia que ha vivido en la miseria –896 millones viven en extrema pobreza y alrededor de 2 mil 200 millones en pobreza normal– que la crisis ecológica es también su culpa y que debe hacer sacrificios para contribuir a solucionarla. Esta idea, alimentada por la visión estrecha e incompleta de la biología, predominó durante décadas, y si bien sirvió para un saludable cambio de conducta a escalas individual, familiar y grupal, también operó como eficaz mecanismo que desvió la atención de los verdaderos culpables. En la arena científica, la cúspide de esta concepción se alcanzó con la adopción en la jerga académica del concepto de antropoceno, formulada por Paul Crutzen, premio Nobel de Química y uno de los estudiosos más destacados de la atmósfera. El antropoceno quedó definido como una nueva era geológica en la que la acción humana (la civilización moderna e industrial) se ha convertido en una nueva fuerza capaz de alterar los mayores procesos y ciclos del planeta. Hubo que esperar el desarrollo y proliferación de una ecología política para cuestionar mediante evidencias bien documentadas, las limitaciones de esa visión. A ello contribuyeron numerosos autores que fueron develando los mecanismos de la devastación de manera crítica. Por ejemplo, en 2015, la mitad de las emisiones totales de CO2 fueron responsabilidad de 10 por ciento de la población con más riqueza –700 millones de personas–, mientras la mitad de la población mundial –3 mil 500 millones– sólo generó 10 por ciento de las emisiones. Aún peor: según Oxfam, las emisiones de carbono de uno por ciento más rico son 30 veces mayores que las de 50 por ciento más pobre. Los agentes más contaminantes en la historia son las corporaciones petroleras, gaseras y cementeras. Como vimos en un artículo anterior (https://bit.ly/2uVIEu6), entre 1751 y 2010, tan sólo 90 corporaciones emitieron 63 por ciento del total de gases de efecto invernadero.

Las numerosas críticas a la idea de un antropoceno quedaron finalmente condensadas en el concepto de capitaloceno, formalmente desarrollado en el libro de Jason W. Moore (Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism, 2016), ampliamente glosado en el número 53 de la revista Ecología Política (https://bit.ly/2UmMPyd ). Moore establece en su libro que es la coacción forzada del trabajo (tanto humano como no humano), subordinada al imperativo del beneficio a cualquier precio (la acumulación ilimitada del capital), lo que provoca la ruptura del equilibrio del ecosistema planetario. No es pues la humanidad sino una pequeñísima parte de ella la principal causante. El cambio climático no debe entonces atribuirse al mero hecho de que el planeta esté poblado por 7 mil millones, sino al reducido número de personas (uno por ciento) que controlan los medios de producción y deciden cómo se ha de usar la energía. Se trata entonces de actuar contra el capital fósil. En contraposición con lo anterior, todo el aparato del sistema opera para que los ciudadanos no reconozcan y adopten esa posición. En lenguaje diplomático: se trata de no politizar la situación. No sólo los negacionistas de la crisis ecológica y climática actúan en esa línea, sino también entidades enteras como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), que desde 2012 impulsa con mucha fuerza la llamada economía verde, una estrategia para ocultar el papel de las corporaciones y hacer compatible el capitalismo con la ecología, o la FAO, que a regañadientes ha aceptado hasta recientemente a la agroecología y al campesinado como opción ante los sistemas destructivos agroindustriales, que es la vía capitalista en la agricultura. En el ocultamiento antropogénico participan también científicos conservadores. En México, como hemos señalado, existe el caso de que conocidas figuras de la ecología encabecen las campañas de lavado verde (green-washing) de las mayores corporaciones como Coca Cola, Volkswagen, Cemex, Bimbo, Telmex, Grupo México (https://bit.ly/2YYZtC7) e impulsen conceptos como el de capital natural, que apuesta por el carácter virtuoso de la mercantilización de la naturaleza. En suma, hoy resulta cada vez más difícil negar que vivimos inmersos en una nueva era geológica, que más que antropoceno debe llamarse capitaloceno, y que debemos salir de ella lo más rápido posible, antes de que el destino nos rebase.

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Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas otras esferas” (bit.ly/2UgT6L7). Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su "complicidad" en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia ("post-Westfaliana y democrática"). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de "salvarla" de diferentes reduccionismos y "ajustarla" a los tiempos pos-socialistas de la primacía del "reconocimiento" hegeliano –por sexo, género o raza (bit.ly/2Ul4pBL)–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar "lo cultural" y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su "politización de lo personal" y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar "de redistribución al reconocimiento"– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este "giro" que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –"desorganizada"/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así en su famosa aseveración: “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación (bit.ly/2m23X77). Sin desearlo acabó nutriendo "el nuevo espíritu del capitalismo" (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la "meritocracia" que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– "el feminismo siempre trataba de romperlas". Empoderamiento –en práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, "de Davos" (Lagarde/Sandberg/Clinton), "colaboracionista del sistema opresor"– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un "feminismo para el 99%" –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo ( Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El "neoliberalismo progresista", un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: ‘LGBTQ & Goldman-Sachs’”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de protección social y redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización (bit.ly/2V4Rzoo). Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una "política de transición" y favorablemente a la Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue "una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista" y "síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy" (bit.ly/2Q5Sd6K).

V. Dicha crisis –"cuya cara es Trump" (bit.ly/2FDzJm2)– es para ella la de lahegemonía. El neoliberalismo progresista que una vez creó un amplio consenso gramsciano y bloque hegemónico llega a su fin (bit.ly/2ive0Tj). No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. "El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola" (bit.ly/2dog8sQ). Con austeridad y recortes externaliza los costos –también– en cuerpos de las mujeres "dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo" [!] (bit.ly/2QHVd9C): "pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción" (bit.ly/2K20nuk).

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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“La riqueza infinita en un mundo finito no es posible”

El pensador afirma que es falsa la promesa del capitalismo de un acceso a una riqueza ilimitada. Además declara que el amor está en peligro. A la vez, se siente esperanzado por las nuevas formas de ciudadanía que buscan combatir las desigualdades.

 Somos hijos de un delirio, que a su vez fecundó otros. El inicial se creó en Occidente y sus descendientes se expandieron por todo el mundo con el capitalismo como bandera. Casi no existe esfera que no haya sido contaminada por ese delirio que preside el destino del mundo. El filósofo francés Dany Robert Dufour, profesor de Ciencias de la Educación de la Universidad París VIII, ha trazado el itinerario de ese delirio y escaneado sus implicaciones nefastas en su libro El delirio Occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio (MRA Ediciones, Barcelona). Dufour es un sabio fiel a sus ideas, un tipo lleno de bondad y lucidez humanista. El ensayo es un extraordinario alegato contra el productivismo y la tecno dictadura así como una minuciosa desconstrucción de los mitos positivos del liberalismo: no libera sino que crea dependencias, no construye sino que destruye acumulando basura y desigualdad. 

Dany Robert Dufour tiene una obra filosófica muy rica consagrada a la amoralidad del liberalismo y sus consecuencias sobre el ser humano. En 2011, con su ensayo L’individu qui vient... après le libéralisme (El individuo que viene… después del liberalismo) Dufour se interrogaba sobre la forma de resistir a opresión liberal y sobre qué tipo de individuo vendría después. Ahora, con El delirio occidental, Dany Robert Dufour, nos habla de un individuo embrujado por ese delirio occidental. La reflexión la completa con otro ensayo de título exquisito y esperanzador: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”. En esta entrevista con PáginaI12 en París, el filósofo francés desenvuelve la red que nos captura y abre un par de ventanas hacia la emancipación.


–Su libro El delirio occidental y sus efectos actuales en la vida cotidiana: trabajo, amor y ocio aborda la dimensión predadora de Occidente y su capacidad de seducir, a pesar de que es un obvio modelo de destrucción. El origen filosófico de este delirio ha llevado al mundo a la fase de extinción de la que tanto se habla.


–El término delirio se aplica generalmente al campo de la psicología individual. Pero no hay que olvidar que el delirio forma una pareja con la razón. La racionalidad occidental nació con el filósofo Descartes en la primera parte del Siglo XVII. En su célebre libro El discurso del método, Descartes anuncia que las ciencias deben dejar de ser contemplativas para volverse activas. Ello tendrá como consecuencia el hecho de que los seres humanos van a convertirse en amos y dueños de la naturaleza. Es allí donde la razón occidental se vuelve delirante. Nuestro punto de partida es la naturaleza, somos parte de ella y no los amos. La pretensión de extraerse de la naturaleza crea una suerte de delirio de potencia y de grandeza. El capitalismo deriva de esa concepción cuando se dota de los medios de actuar en el mundo con su promesa de sacar al mundo del régimen de la penuria para ingresar en un mundo de abundancia. El capitalismo terminó produciendo un montón de esos artificios de los que hablaba Descartes, es decir, objetos manufacturados para el consumo. Es, de hecho, una promesa delirante con el fin de gozar de un montón de objetos destinados a ampliar la vida, nuestra presencia en el mundo y nuestro poder sobre él. Nos damos cuenta de que ese delirio que quiso controlar el mundo lo ha estado más bien destruyendo. Ha destruido nuestra relación con la naturaleza y los principales parámetros de los ecosistemas que regulan la vida en la tierra. Ese es el comienzo de la razón delirante. La promesa incumplible e insostenible del capitalismo se ha plasmado con el capitalismo del consumo, el cual, a su vez, destruye las bases de la vida. Se trata de un delirio occidental porque nació en Occidente pero terminó arrasando en todo el mundo. El corazón del capitalismo moderno remite al término griego de pleonexia, o sea, el apetito insaciable de poseer siempre más. Por eso los filósofos de la Grecia antigua recomendaban contener la pleonexia. Es preciso controlar esa dimensión que forma parte de la vida humana porque resulta muy destructiva. La promesa del capitalismo de un acceso a la riqueza infinita es falsa. La riqueza infinita en un mundo finito no es posible.

–Usted rescata una sensación contradictoria que afecta a los seres humanos inmersos en este delirio de consumo: el desencanto, la impotencia, lo que usted llama “la melancolía generacional de Occidente”.

–Ocurre que en el momento en que tenemos todo, nos damos cuenta de que no tenemos gran cosa. Tenemos objetos, posibilidades, tenemos diversiones, etc, etc. Pero desde el punto de vista del ser, hay algo que no está colmado. La multiplicación de las posesiones no nos llena. La dimensión fundamental del ser humano no está colmada, satisfecha. Hay entonces una melancolía porque percibimos que nos estamos perdiendo algo. La vida no consiste en poseer objetos manufacturados sino en fabricarlos nosotros mismos. Esos objetos pueden ser nuestros libros, nuestros cuadros, nuestras redes de amigos, nuestro lenguaje. Pero el mercado ofrece objetos manufacturados sin subjetividad. Fabricar nuestros propios objetos significa que hace falta un sujeto para fabricarlos, y ese sujeto soy yo. El trabajo moderno carece de subjetividad, está industrializado, instrumentalizado, parcelado, es meramente utilitario. Es delirante. De ello proviene la melancolía de la población. Hay mucho, pero no tenemos nada.

–Trabajo, ocio, amor: el delirio de Occidente contaminó cada espacio de nuestra vida. El amor es casi el único objeto revolucionario que nos queda, pero también está amenazado por la idea de marcado.


–Los efectos del delirio occidental en el trabajo lo acabamos de abordar. Y en lo que atañe al ocio, el delirio de Occidente lo pervierte porque el espacio del ocio se convirtió en un espacio de diversión y no de tiempo de trabajo para uno mismo y sobre uno mismo. Y el amor, que es lo más sorprendente y bello que hay en la vida, ha sido pervertido y reemplazado por la pornografía contemporánea de las satisfacciones. Ya no necesitamos encontrar a alguien para construir algo con él. El espacio amoroso está saturado por un mercado pornográfico que empieza a actuar desde la adolescencia con la meta de la eficacia sexual. Se olvida que, de pronto, hay algo más que se puede construir más allá de los objetos de satisfacción o de puro placer. El amor ha sido dañado por el delirio occidental. El amor está en peligro.


–La conquista occidental del mundo, la invasión del mercado como regulador de todo, no parece tener límite. Ha penetrado incluso a sociedades que contaban con su propia filosofía, con su propia cosmovisión. ¿Cómo se explica esa extraordinaria contaminación de todas las conciencias?.


–Las burguesías internacionales imponen sus modelos. Creo que si las poblaciones han sido receptivas a esta propuesta del capitalismo se debe, en parte, a que estas culturas posmodernas, esas culturas que acceden a un capitalismo tardío y su promesa de liberación absoluta, creen igualmente en la promesa de salir de los cercos morales heredados de las culturas clásicas o antiguas.¡Olviden todo y prueben la verdadera liberación del capitalismo, donde todo está autorizado y permitido!. El capitalismo funciona siempre así: promete una liberación que luego conduce a nuevas alienaciones. Fíjese la historia del cigarrillo y la liberación de la mujer. En 1929, los productores de cigarrillos estaban muy enojados porque la mitad de la humanidad, o sea las mujeres, no fumaba. Le encargaron una campaña a Edward Bernays, que era un sobrino de Freud. La campaña publicitaria de Bernays consistió en decir que el cigarrillo era una empresa de liberación de la mujer porque permitía que las mujeres se apoderaran de un objeto masculino. ¡ Fumando se volvían autónomas, liberadas con un tóxico mortal !. El modelo de liberación ofrecido por todos los objetos manufacturados no hace más que producir nuevas adicciones.

–Lo más escatológico es que, cuando más produce el capitalismo, más basura se acumula.

–Toda esta súper producción termina en basura que está cubriendo el mundo. Además del delirio, en el capitalismo hay una dimensión perversa. En la perversión, incluida la perversión freudiana, el primer estado de la perversión es el estado sádico-anal. Cambiamos mierda por algo, y ese algo se convierte en dinero y con él entramos en un ciclo infinito de dinero. Pero, al final, de ese ciclo, lo único que hay es mierda y basura. La misma que está recubriendo el mundo y con la cual no sabemos qué hacer. En los océanos hay continentes enteros de plástico que se desplazan por el mar. Los objetos tienen una obsolescencia programada. Continuamente los renovamos por otros que, a su vez, se vuelven basura. El límite moral del capitalismo fue hecho añicos. Pero desde ahora nos enfrentamos a un límite natural. El mundo no puede absorber más la masa de producción, todo el flujo de basura que perturba cada uno de los ciclos y altera la vida misma. No podemos continuar. Estamos en un sistema que nos conduce al abismo y no sabemos cómo detenerlo. En este momento estamos en la fase de frenesí del consumo. Pronto llegará la época del pánico.

–Y sin embargo, pese al panorama, su ultimo ensayo es un canto paradójico a la vida: “La situación desesperada del presente me llena de esperanzas. Frente a tres delirios políticos, la hipótesis del arte de convivir”.


–Bueno, lo primero: es una frase de Marx. Efectivamente, estamos no sólo en el delirio occidental sino que, encima, ese delirio suscita otros delirios. Políticamente hay tres. Uno: el de la pleonexia, o sea, el híper consumo. dos: el delirio de la pureza que consiste en recuperar la alianza original con Dios. Esa es la postura de los fundamentalistas, o sea, el teofascismo de los islamistas salafistas radicales que buscan la pureza original. Pero esa promesa de una pureza plena se transforma en suciedad absoluta: se dispara contra la multitud, se cortan cabezas, se mutilan miembros, etc. El delirio se encarna en la forma contraria que lo creó. El tercero: el delirio nacional de la identidad con su idea de una pureza del pueblo. El precio a pagar por ese delirio es la expulsión de los extranjeros y la fabricación de nuevos chivos expiatorios. Ese delirio de la identidad no puede sino conducir a lo que ocurrió en los años 30 del Siglo XX: nazismo, fascismo. ¿Cómo salir de esto y reconstruir una base para existir? No estoy desesperado ni tampoco soy completamente optimista. Pero todo esto me llena de esperanzas porque creo que hemos tocado fondo y ya no podemos ir más hacia abajo. Tal vez, en la conjunción de estos tres delirios hay una salida posible. Lo vemos en varios países del mundo, empezando por Francia con los chalecos amarillos donde todo emana del pueblo. El liberalismo continuó expandiéndose en el mundo con su lote de de-subjetivación, de de-socialización, de control de la población mediante los psico-poderes y de crecimiento de las desigualdades en el mundo. Sin embargo, hay muchos datos que muestran cómo la población resiste. La insurrección de los chalecos amarillos en Francia es una prueba de ello. El presidente Emmanuel Macron dijo en una entrevista que él era la “emanación del gusto del pueblo francés por lo romanesco”. Ahora está descubriendo que es la emanación del asco del pueblo francés por la desigualdad. Hay algo que se está armando y que tiene que ver con las nuevas formas de ciudadanía, con formas de combatir las desigualdades y de restaurar la dignidad de los individuos, con una manera de respetar el medio ambiente sin regresar a la vela. Hay búsquedas en curso y eso me evita estar completamente desesperado. El individuo post liberal se está preparando para llevar a cabo combates muy rudos. La gente reflexiona sobre lo que quiere y no quiere, y actúa.


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Se acentuó la desigualdad en 2018: Oxfam

Poseen 26 millonarios más dinero que los 3 mil 800 millones en mayor pobreza

 

Davos. La concentración de la riqueza se acentuó a tal punto en 2018 en el mundo, que 26 multimillonarios poseen más dinero que las 3 mil 800 millones de personas más pobres del planeta, según el informe anual de Oxfam Internacional.

"El abismo que aumenta entre ricos y pobres penaliza la lucha contra la pobreza, perjudica la economía y alimenta la rabia en el planeta", afirmó Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, citada en un comunicado.

Según la organización no gubernamental (ONG), en 2017 la proporción era de 43 multimillonarios posedores de mayor riqueza que la mitad más pobre de la humanidad.

Los gobiernos "deben asegurarse de que las empresas y los más ricos paguen su parte de impuestos", subrayó.

Byanyima habló con motivo de la publicación del tradicional informe anual de Oxfam sobre las desigualdades antes del comienzo del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos.

Las cifras de la ONG se basan en datos publicados por la revista Forbes y el banco Crédit Suisse, metodología que ha sido cuestionada por algunos economistas.

De acuerdo con la ONG, la fortuna del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, dueño de Amazon, alcanzó el año pasado 112 mil millones de dólares. "El presupuesto de salud de Etiopía equivale a uno por ciento de su fortuna", enfatizó.

Crecen fortunas

En tanto, la riqueza de los multimillonarios del mundo aumentó 900 mil millones de dólares el año pasado, a un ritmo de 2 mil 500 millones de dólares por día. En contraste, los ingresos de la mitad más pobre de la población del planeta cayeron 11 por ciento.

Desde la crisis financiera de 2008 la cantidad de multimillonarios se ha duplicado, añadió.

Además, Oxfam destacó que “los ricos se benefician no sólo de una fortuna en plena expansión, sino de los niveles impositivos menos elevados desde hace décadas.

"Si la tendencia fuera contraria, la mayoría de los gobiernos tendrían suficientes recursos para financiar los servicios públicos", subrayó Oxfam, que estima que "la riqueza está particularmente subgravada".

Precisa que de un dólar de impuestos a los ingresos, sólo cuatro céntimos provienen del gravamen a la riqueza.

Oxfam estima que los más ricos esconden al fisco 7.6 billones de dólares. En ese sentido, en algunos países, como Brasil o Reino Unido, "el 10 por ciento de los más pobres paga impuestos más altos en proporción con sus ingresos que los más ricos".

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Miércoles, 09 Enero 2019 06:46

Hechiceros en el sector bancario

Hechiceros en el sector bancario

En el año 180 de la era presente, el retórico Luciano de Samósata escribió un relato que cautivó a sus seguidores. Su historia cuenta cómo Éucrates pudo apropiarse en secreto de la fórmula mágica que utilizaba un afamado mago egipcio. El conjuro le permitía dar vida a objetos inanimados y ponerlos a su servicio.
Con la fórmula mágica hizo que una escoba fuera a recoger agua, pero concluida esa tarea la escoba siguió trayendo más agua. Al no poder detenerla, Éucrates, desesperado, la partió con un hacha, sólo para descubrir que las dos mitades cobraban vida y continuaban su trabajo hasta que la casa del mago se inundó. Sólo el regreso del hechicero irritado permitió detener la marcha inexorable de las escobas.


La potencia de la moraleja llamó la atención de Goethe, quien en 1798 la desarrolló en su poema Die Zauberlehrling, el aprendiz de brujo. El mensaje es de cautela: no se deben desatar fuerzas que no pueden ser controladas. La historia revela que el mensaje ha sido raramente escuchado. Un ejemplo lo encontramos en el mundo financiero.
El dogma neoliberal afirma la necesidad de eliminar regulaciones y liberar el potencial innovador en el sector financiero para generar innovaciones, mejores productos y mejor servicio. Hace unas cuatro décadas comenzó a ser aplicada esa fórmula, y hoy los resultados están a la vista.


La desregulación en el sector financiero de la economía mundial ha guiado a gobiernos y organismos internacionales desde hace más de cuatro décadas. Las instituciones que impulsaron esta corriente van desde el Fondo Monetario Internacional hasta el Banco de Pagos Internacionales (BPI) en Basilea, Suiza. Desde la academia, los economistas neoliberales también transmitieron el mensaje de que la desregulación mejoraría la eficiencia y promovería el crecimiento.


Para alcanzar el objetivo de estabilidad del sistema bancario se fomentó una cultura de desregulación que promoviera la innovación. Y como las escobas de Éucrates, las innovaciones no tardaron en multiplicarse. Ingeniería financiera, técnicas de bursatilización, derivados y otros productos exóticos proliferaron para que, en teoría, los riesgos fueran cada vez más manejables, mientras se hacía cada vez más frágil la estructura del sistema bancario.
La política sobre estabilidad del sistema bancario descansa en los acuerdos del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea (CSBB) del BPI. En 1988 entró en vigor el primero de esos acuerdos, llamado Basilea I, con requisitos de capitalización para garantizar que los bancos privados pudieran absorber pérdidas sin comprometer el sistema bancario. Ese acuerdo introdujo la evaluación del capital con el método de activos ponderados por riesgo, con el fin de contar con una medida más rigurosa de la fortaleza o debilidad de un banco. La regla establecida fue que el capital mínimo de un banco debe ser de 8 por ciento del total de los activos ponderados por riesgo, y en los años que siguieron ese porcentaje aumentó hasta 12 por ciento en los bancos de los países de la OCDE. Pero ese incremento se debió más a la eliminación de muchos activos riesgosos de las hojas de balance de los bancos a través de operaciones de titulización: disminuyó el capital necesario para cumplir con el requisito de Basilea I, pero los riesgos no se redujeron. La innovación financiera vino al rescate de los bancos y les permitió seguir apostando en el casino de alto riesgo.


Basilea II buscó corregir algunos defectos de Basilea I. El nuevo acuerdo estaba comenzando a ser implementado, cuando estalló la crisis de 2007-2008. La ironía es que Basilea II reafirma la autonomía de los bancos en la evaluación de sus riesgos y reafirma la confianza en el uso de fórmulas de autorregulación basadas en un enfoque microprudencial. Hoy, Basilea III busca disciplinar la autoregulación e incorpora nuevos requisitos sobre apalancamiento. Pero este último acuerdo sigue afirmando el principio fundamental de permitir los métodos basados en modelos internos (de los bancos) para la evaluación de riesgos.


La desregulación del sector permitió la gestación de innovaciones, como la ingeniería sobre la titularización de todo tipo de instrumentos y la creación de derivados exóticos para explotar nuevos mercados en búsqueda de mayor rentabilidad. Estas innovaciones en el sector bancario-financiero hacían creer que el riesgo era más manejable, pero debilitaron las condiciones de estabilidad sistémica. Cada banco desarrolló su modelo interno para reducir sus requerimientos de capital, al tiempo que mostraban que se estaba reduciendo el riesgo: la microeficiencia desembocó en un macroproblema.


En una transición histórica, el crecimiento desorbitado del sector financiero y bancario a escala mundial ha transformado estructuras capitalistas en plataformas para la especulación. Creyendo promover la eficiencia, la desregulación fomentó la inestabilidad. Algún día el hechicero regresará a casa para disciplinar a los aprendices con una megacrisis que pondrá fin a la pesadilla de la desregulación financiera.


Twitter: @anadaloficial

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El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

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