"Con los chalecos amarillos, parece que las élites descubren a una tribu del Amazonas"

Entrevistamos al geógrafo Christophe Guilluy, teórico de la Francia periférica y de la fractura entre las élites y las clases populares.

 

El movimiento de los chalecos amarillos marcará un antes y un después en el mandato de Emmanuel Macron. Surgida a mediados de noviembre, esta movilización transversal mantiene su pulso con el joven presidente francés tras un aumento en el número de manifestantes el pasado 5 de enero. Y este sábado tendrá lugar el noveno fin de semana de protestas. Los chalecos amarillos sorprendieron por su carácter espontáneo y conflictivo. No obstante, la profunda fractura entre las élites francesas y las clases populares había sido descrita desde hacía años por el geógrafo y sociólogo Christophe Guilluy (Montreuil, 1964).


Curiosamente, la publicación del último libro de este polémico ensayista, No society. El fin de la clase media occidental, coincidió con la emergencia del movimiento de los chalecos amarillos. Fracturas francesas, Francia periférica, Crepúsculo de los de arriba... Los títulos de los anteriores ensayos de Guilluy ya habían fijado los conceptos que explican la crisis social y política en Francia y en otras democracias occidentales.


"Los chalecos amarillos representan el grito del pueblo que clama: existimos. No hemos desaparecidos", asegura Guilluy a Público. Durante una extensa entrevista de más de una hora y media en un café en la Plaza de la República, en el corazón del París antaño popular, ahora víctima de la gentrificación, reivindica la victoria cultural de los chalecos amarillos: "Han conseguido que muchos entiendan que el pueblo existe en Francia, de la misma forma que hay un pueblo en Reino Unido, España o Estados Unidos".


Mientras que los sindicatos y partidos de izquierda no lograron frenar las reformas neoliberales de Macron, la marea amarilla sí que obligó al joven dirigente a ceder por primera vez en su mandato. El gobierno francés renunció a aumentar los impuestos sobre el combustible y aprobó una serie de medidas, valoradas en 10.000 millones de euros, para calmar el malestar, como un aumento de 100 euros de los ingresos de aquellos que cobran los salarios más bajos o una disminución de las cotizaciones sociales para las pensiones de menos de 2.000 euros.


Sin embargo, según Guilluy, "los logros sociales no son lo más importante, sino que hemos comprendido que el pueblo no ha desaparecido y que este ya no vive en las grandes ciudades ni en el mismo lugar que las instituciones. Por primera vez en la historia, las clases populares ya no residen allí donde se crea la riqueza y los puestos de trabajo". En definitiva, los chalecos amarillos son la cristalización de la Francia periférica.


El espejo de la Francia periférica


Según este mediático geógrafo francés, hay una dicotomía entre la Francia periférica y las metrópolis francesas (París, Lyon, Toulouse, Marsella, Burdeos, etc). Mientras que las grandes ciudades concentran la creación de la riqueza y son las zonas mejor integradas en la economía global, los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas resultan las principales perjudicadas de la desindustrialización y del modelo de la globalización neoliberal. "Los habitantes de estos territorios (jóvenes, empleados, campesinos, autónomos o pensionistas) quizás no comparten una consciencia de clase, pero sí la misma percepción de los efectos negativos de la globalización", afirma Guilluy en su obra La France périphérique.


Criticado por simplista y oponer las poblaciones modestas de las grandes ciudades con la de los territorios rurales y periurbanos, el concepto de Francia periférica se ha visto, en cierta forma, corroborado con la emergencia de los chalecos amarillos. Durante la primera jornada de protestas del 17 de noviembre —la más numerosa de todas con cerca de 300.000 manifestantes—, estuvieron más movilizados los territorios rurales menos poblados en contraposición con una movilización claramente inferior en las grandes ciudades.


No obstante, la Francia periférica no es solo el reflejo de las zonas más despobladas, a diferencia de la España vacía descrita por el escritor Sergio del Molino. El concepto de Guilluy aglutina pueblos, ciudades pequeñas y medianas en las que reside el 60% de la población francesa. Tres cuartas partes de los habitantes de estos territorios pertenecen a las clases trabajadoras y populares.


"La población modesta ya no vive en grandes ciudades"


Procedente del departamento de Seine-Saint-Denis, donde se encuentran buena parte de los suburbios en el norte de París, este geógrafo empezó estudiando los barrios más pobres de esta zona. "Entonces, me di cuenta que la mayoría de la población modesta no vive en las grandes ciudades, donde los habitantes pobres de las banlieues solo representan el 7%, sino en pequeñas y medianas ciudades. Constaté que no eran ni campesinos ni habitantes urbanos, más bien una mezcla de los dos", explica Guilluy, que militó en el pasado en el Partido Comunista Francés.


Según Guilluy, los bajos precios inmobiliarios y las escasas oportunidades laborales caracterizan los territorios de la Francia periférica: "Los precios de los inmuebles nos indican quién es importante para el sistema". "El gran problema de los habitantes de estas zonas periféricas es que cuando uno tiene un trabajo en una fábrica o empresa, tendrá grandes dificultades para encontrar otro en el caso en que lo pierda. Las lógicas económicas y sociales hacen que uno ya no pueda desplazarse allí donde se crean los puestos de trabajo", añade.


Secesión de las élites


"Uno de los grandes problemas ahora en Francia es que este país puede vivir únicamente con la riqueza que se crea en París, Lyon, Toulouse, etc. De la misma forma que en España se podría vivir únicamente con la riqueza que se crea en las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid", defiende Guilluy. Este sociólogo lamenta que las élites creyeran que el pueblo iba a desaparecer porque había dejado de vivir en las grandes ciudades globalizadas. "Estas metrópolis se han convertido en las nuevas ciudadelas del siglo XXI, cuyos habitantes no ven lo que sucede allí afuera", señala.


"Cuando apareció el movimiento de los chalecos amarillos tuve la impresión de que las élites (económicas, políticas, mediáticas y culturales) estaban descubriendo a una tribu perdida del Amazonas", asegura Guilluy. Defiende que la virulencia con la que la clase dirigente reaccionó ante la emergencia de este movimiento, tachándolo de racista, homófobo y antidemocrático, se debe a la escisión entre las élites y las clases populares. "Año tras año, las lógicas económicas y geográficas permitieron a las élites separarse del pueblo", explica Guillluy, quien cita al historiador estadounidense Christopher Lasch (autor de La rebelión de las élites y la traición a la democracia), que a finales de los setenta ya empezó a alertar ante la revuelta de las élites.


Esta secesión no es solo el fruto de haber situado a las clases populares en la periferia económica y geográfica, sino también "cultural e intelectual", asevera. Según Guilluy, "No society —esta famosa afirmación de Margaret Thatcher con la que titula su último libro— significa que el pueblo no se ve representado ni por los intelectuales ni universitarios". "Resulta simbólico que los chalecos amarillos hayan recibido un apoyo marginal de las élites de la cultura y del sector del espectáculo", afirma Guilluy, quien recuerda que "una sociedad no es viable sin vínculos entre las clases intelectuales y el pueblo".


El bipartidismo representa "a una clase media que ya no existe"


Casi dos meses después de la emergencia de este movimiento de contestación, Macron sigue sin encontrar la solución a la crisis de los chalecos amarillos. "No hay una toma de consciencia del profundo malestar. Es como si no encontrara ni siquiera el lenguaje para hablar al pueblo", lamenta Guilluy. Este geógrafo explica que se reunió con el actual presidente cuando este ejercía como ministro de Economía. Le mostró el mapa de la Francia periférica y de aquellas zonas con una mayor fragilidad económica. "Me respondió: Tiene usted razón. Pero mi método consiste en mejorar el crecimiento de las grandes ciudades y de las grandes empresas. Si progresan los primeros de la cordada, lo hará el resto", explica.


"Toda la tecnocracia francesa y europea defiende esta misma idea", lamenta Guilluy respecto al apoyo de las élites a la teoría neoliberal del goteo. "¿Por qué? Porque ellos han sacralizado la economía y piensan que todo depende de ella". Según Guilluy, que apuesta por favorecer el desarrollo de la economía y las instituciones locales e introducir algunas medidas proteccionistas, "es evidente que el modelo neoliberal es insostenible desde un punto de vista social y político".


Una inestabilidad política que se ve reflejada en la crisis de los partidos tradicionales. "Las formaciones políticas fueron concebidas para representar a una clase media que ya no existe. Resulta bastante simbólico ver que el electorado que le queda a la derecha republicana o al Partido Socialista en Francia son los herederos de esta clase media. Por un lado, los jubilados (derecha); por el otro, los funcionarios (PS)", explica.


Dificultades de Podemos


Guilluy también responsabiliza a la izquierda de esta fractura entre las élites y el pueblo. "Seguí con gran interés la aparición de Podemos y creí que había una profunda reflexión sobre la necesidad de restablecer un vínculo entre las clases intelectuales y el pueblo. Pero no lo han conseguido", lamenta. Según este geógrafo, en el partido morado se ha producido un "encierre cultural y geográfico, lo que nos muestra la dificultad de la reconciliación".


"Pienso que muchos de los responsables de Podemos no supieron abandonar sus reflejos de intelectuales de izquierdas y entender que hacía falta restablecer vínculos con las clases populares en lugar de apostar por el eje izquierda-derecha", afirma Guilluy. Considera que la formación morada ha caído prisionera de sus propios votantes: "Uno de los motivos de las dificultades de la izquierda es que se ha vuelto demasiado caricatural respecto a su electorado, formado por estudiantes universitarios, intelectuales y clases medias superiores. Mayoritariamente son personas que viven en las grandes ciudades y al final uno necesita hablar a sus votantes para existir".


No obstante, según Guilluy, "no tenemos que realizar un trabajo de reeducación del pueblo, sino de las élites. Debemos acercarnos al pueblo".

12/01/2019 12:19 Actualizado: 12/01/2019 12:19
ENRIC BONET
@EnricQuart

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

Publicado enEdición Nº245
Lunes, 23 Octubre 2017 08:58

De centro recreacional a reserva natural

De centro recreacional a reserva natural

Muy pronto iniciará el proceso de transformación del Centro Recreativo El Paraíso a El Edén Reserva Natural. Esta decisión estratégica, tomada por la Junta Directiva de la Fundación y avalada por el Consejo de Administración de la Cooperativa, es muestra contundente de nuestra reconocida apuesta por el Bienvivir, donde la protección de la naturaleza es un componente básico.

Se trata de 12 hectáreas ubicadas en el municipio de Cocorná, en zona de bosques del oriente antioqueño, de las cuales 4 hectáreas se destinaron por 20 años al servicio recreativo de nuestros Asociados y sus beneficiarios; tiempo en el que el río Calderas y sus afluentes, que pasan por el terreno, ocasionaron múltiples afectaciones a las instalaciones del Centro Recreativo y permanentemente nos recordaron la importancia de reconocer nuestro papel como parte del entorno y la necesidad de devolverles su cauce natural.

Diversos informes de orden técnico*, geológicos e hidráulicos, así como las solicitudes de adecuación requeridas por las autoridades ambientales de la zona, nos confirmaron que mantener el uso recreativo con infraestructura hotelera era de inminente riesgo para las personas que allí concurrieran, y que cualquier inversión de mitigación era cuantiosa en monto de dinero y de poca garantía.

La creación del Edén Reserva Natural es la reivindicación que hacemos en nombre de todos nuestros Asociados, en un acto de responsabilidad con el medio ambiente y la vida de las personas, un aporte colectivo a la naturaleza en la reafirmación de que juntos podemos generar verdaderos cambios.

La Reserva dará cabida a la siembra de árboles nativos, muchos de los cuales están al borde de la extinción por el uso desmedido del suelo en esta zona del territorio antioqueño, y a la recuperación de los atributos para que el ecosistema de aguas y especies retomen el curso natural.

El Edén, convocará al trabajo conjunto con los habitantes de la zona en torno a la recuperación y saneamiento de las fuentes hídricas, promoverá la vinculación de la comunidad académica y ambientalista para el desarrollo de procesos de restauración, educación y conservación de la biodiversidad, así como la implementación de prácticas sustentables; y nuestra gente, los Asociados y sus beneficiarios, serán llamados a participar tanto en la transformación como en la preservación de este espacio a través del proceso de siembra y de actividades diversas.

El trabajo que realizamos tiene un sentido profundo cuando hacemos del ejercicio financiero, una plataforma para generar cambios en nuestra sociedad, promoviendo la renovación de vínculos sociales, respaldando transformaciones culturales y ambientales. Esto es posible porque nos hemos comprometido con cambios en nuestra cultura política, pensando que merecemos un Bienvivir que se construye cotidianamente con hechos diarios de dignidad, ya sea  a través de la vivienda, de la educación, del disfrute de las artes y de nuestro compromiso ambiental.

Sábado, 23 Abril 2016 07:45

Los leones veganos no existen

Los leones veganos no existen
La aprobación del proceso de impeachment contra Dilma Rousseff el domingo pasado es un punto de inflexión en la historia sudamericana. Los puntos de inflexión o saturación política son momentos que redefinen el escenario y las relaciones de fuerza y que condensan en poco tiempo procesos de largo aliento.

 

 

Su fuerza disruptiva radica precisamente en desencadenar la energía acumulada de contradicciones largamente contenidas. Para este caso, el impeachment era casi inevitable, la cuestión era cómo se llegaba a él. Más que la batalla en sí, lo importante es cómo arriban los ejércitos a ésta; cuando amanece el día de las definiciones ya está casi todo dicho.

 

El resultado se fue gestando durante años. Crecía junto con la popularidad de un Lula que, a pesar de venir de abajo, era el mejor aliado de los poderes empresariales. Crecía también junto con la aprobación generalizada de este líder de la “izquierda vegetariana” (Vargas Llosa dixit; la carnívora era la venezolana) con el que todos querían salir en la foto y que nos decía que ser de izquierda y revolucionario era cosa de jóvenes, que en la madurez de la vida todos somos de centro, razonables. Lo que pasó el domingo se hizo cada vez más posible a medida que el PT fue cambiando el gorro rojo del Mst para terminar su ciclo con Katia Abreu (representante del agronegocio) como ministra de Agricultura. Los sucesivos ministros de Economía salidos del riñón de la banca hicieron al domingo cada vez más inminente y patético. Mientras ocurrían las manifestaciones de junio de 2013, que comenzaron siendo de izquierda, con reclamos de derechos sociales y económicos, el PT apostó al achique y fue rebasado por un movimiento de masas cada vez más derechizado, y terminó saliendo de la crisis transando una agenda con la derecha (contener el déficit fiscal, la inflación y la corrupción), el impeachment no paró de crecer. Con el fin del ciclo de crecimiento económico y el gobierno planteando como respuestas la ortodoxia económica y el ajuste, el domingo y su resultado ya eran cosas a las que sólo había que ponerles fecha.

 

Desde el inicio (véase la “Carta ao povo brasileiro”1) no había más estrategia en el PT que la gestión y proyección mundial y regional del capital brasileño. Es cierto que su posición en términos institucionales siempre fue frágil, y la amenaza del impeachment latente. A eso el PT respondió cediendo posiciones para evitar en lo inmediato el cerco de la derecha en el parlamento, pero al precio de hundirse cada vez más en términos estratégicos. Se fue gestando una encerrona para salir de la cual lo único que atinó a hacer el PT fue profundizar la estrategia equivocada: seguir cediendo y asumir la mera gestión del capital. La que parecía ser la sola estrategia posible para sostener al gobierno y evitar el impeachment, únicamente incrementaba la impotencia para enfrentarlo.

 

Así se llegó al punto actual, donde se alinearon las precondiciones para la ofensiva reaccionaria destituyente: a) la caída del apoyo social al gobierno, y b) la pérdida de la calle, ahora en manos de la derecha; la otra precondición era la salida del Pmdb de la base aliada, consecuencia inmediata de a y b.

 

Que el domingo pasado no haya sido recibido en medio de una huelga general, una ocupación generalizada de los lugares de estudio y/o cortes de rutas, y que su consumación no haya habilitado acciones de este tipo, es sintomático de la impotencia para enfrentar el golpe y la precaria acumulación de poder de clase. La sola denuncia y los llamados a la conciencia democrática no son suficientes para enfrentar a la derecha envalentonada y decidida a recuperar el terreno perdido.

 

Situarse por encima de los antagonismos de clase puede llevarlo a uno a la ilusión de que está habitando el privilegiado y electoralmente rentable centro político, cuando en realidad está en el aire. Si el gobierno no es de unos ni de otros, ¿quién va a poner el pellejo para sostenerlo cuando el crecimiento ya no permita seguir conciliando? A la vista están los resultados de la renuncia a disputar poder de clase y apostar a la mera gestión del capital como estrategia. La burguesía siempre fue ingrata y traicionera con sus gestores.

 

Decía un viejo miliciano chino: “Salvo el poder, todo lo demás es ilusión”. Que en medio del trago amargo al menos nos quede el aprendizaje: con cazamariposas no se atrapan dragones.

 

* Economista uruguayo.

 

Carta pública de Lula antes de la contienda electoral que lo llevó por primera vez al gobierno.

 

 

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Tariq Ali: "Ya nadie se toma en serio a las democracias occidentales"

Tariq Ali estuvo en Madrid para presentar su último libro. Este pensador y cineasta analiza el fenómeno del extremo centro, partidos con mandato neoliberal y sin relación alguna con las personas a quienes dicen representar.

 

Que Tariq Ali es un hombre informado lo demuestra que salpica sus respuestas, cortas y expresivas, con detalles de las noticias que ha leído en el periódico. Esta mañana ha visto que Podemos presentaba a su fichaje para defensa, el militar Julio Rodríguez, jefe de estado mayor con el PSOE, y Ali lo critica por "oportunismo" y porque cree que "no funcionará" presentarse como un partido inofensivo para la OTAN: "intentas cambiar tu imagen y pierdes electorado".


Ha estado en España para presentar El Extremo Centro (Alianza), un libro dedicado a Hugo Chávez, en el que Tariq Ali, referente del movimiento de la nueva izquierda británica, alerta del peligro en el que se encuentra la democracia por el auge de lo que ha denominado "extremo centro" una síntesis en forma de partidos políticos que es fruto del suicidio o el derrumbe de la socialdemocracia europea. Entre lo que plantea Ali, destacamos este párrafo:


"Las élites dirigentes de Estados Unidos y Europa, que tan enérgica y desvergonzadamente publicitaron su sistema político para ganarse el apoyo de los pueblos de Europa oriental, ahora están desembarazándose sigilosamente de ese mismo sistema. El capitalismo contemporáneo requiere un andamiaje jurídico adecuado, tanto nacional como internacional, y árbitros que se pronuncien sobre las disputas entre las empresas y sobre los derechos de la propiedad, pero en realidad no necesita una estructura democrática, salvo como escaparate. Durante cuánto tiempo nuestros gobernantes se tomarán la molestia de preservar las formas de la democracia, al tiempo que la vacían de cualquier contenido real es el argumento de un serio debate."


¿Cuándo se produce el momento de auge de lo que llamas extremo-centro?


Creo que el extremo centro llegó a su auge justo antes del crash de 2008, porque se sentía muy confiado, pensaba que nada le afectaba, el capitalismo era un sistema muy exitoso, no había alternativa, no se enfrentaba a desafíos reales. Y se comportó de esa manera prepotente y altiva. No solo en España, donde está muy claro: PP y PSOE tuvieron su propio mecanismo clientelar para pagar, sobornar... se enriquecieron, eran corruptos, estaban muy vinculados al sector de la construcción.


Pero pasaba lo mismo en otras partes de Europa: en Francia se juzgó a varios políticos socialistas por corrupción, por sus negocios con oligarcas; en Reino Unido ahora sabemos, porque se ha hecho público, que Tony Blair se hizo multimillonario usando su puesto de Primer Ministro y que muchos integrantes del partido laborista británico propiciaron la privatización de empresas en las que luego acabaron trabajando; y en Italia... qué vamos a decir: es un culebrón de corrupción.


Alemania, de hecho, posee el extremo centro con más tradición en la historia europea por sus orígenes: los gobiernos de coalición SPD/ CDU empezaron poco después de la Segunda Guerra Mundial; pero era algo excepcional, y ese modelo ya no es excepcional.


Y el factor adicional que hay que tener en cuenta es que este nuevo extremo centro se desarrolla durante un periodo de hegemonía estadounidense: hegemonía militar, ideológica, política... entonces, la política se "estadounidiza". Así se vio a Veltroni, uno de los líderes del Partido Demócrata, gritando en una calle de Roma "Yes we can! Yes we can!" como Obama.
¿Qué significa eso para el electorado italiano? Es la política dominada por spin doctors, intervenciones mediáticas, etc. Eso empieza a llegar a su fin con la crisis de 2008, surgen nuevos retos –algunos fuertes otros débiles–, pero ha perdido su auge, y ahora está en crisis. Lo vemos en España, en Gran Bretaña... en Francia de la extrema derecha está alcanzando unas cifras elevadas en intención de voto... no es que sea la izquierda la única al acoso, pero el extremo centro está sitiado.


¿En qué se diferencia de los partidos tradicionales?


Son partidos sin democracia interna... los partidos básicamente son grandes aparatos burocráticos con escaso contacto cotidiano con las personas que les han votado, sin mecanismos de representación del electorado dentro del partido porque los partidos han pasado a estar muy aislados de las personas. Esto explica la rebelión entre los votantes que, o no votan, o votan por algo distinto; la mayoría, todavía no, pero sí una minoría considerable. Eso es lo que sucede en la política europea.
Esa rebelión anticipa la gran batalla entre la democracia real y los partidos del extremo centro?


Ahora vemos grandes enfrentamientos políticos entre movimientos populares (de derechas e izquierdas) contra el extremo centro. El problema de la izquierda es que no puede actuar como la derecha populista, primero por su política y, segundo, porque no deberíamos comportarnos como ellos en nada, necesitamos un programa político bien definido. Pero la izquierda ha sufrido una gran derrota en Grecia.


No concuerdo con la postura de [Pablo] Iglesias, no se puede decir al público que ni de derechas ni de izquierdas, y menos en España, donde el electorado es inteligente y sabe de dónde viene cada uno, ¿qué quiere decir que ni derechas ni de izquierdas? Nada, y está pensado para no decir nada, solo: "Confía en nosotros". Pero la gente no confía en ti salvo que seas claro con lo que vas a hacer.


¿Hay una resaca a partir del derrape de Tsipras en Grecia?


Esa pérdida de confianza ha pasado a ser un gran problema con la capitulación de Syriza ante la Troika porque es un partido creado por los movimientos, en parte; otra parte, por antiguos miembros de la izquierda. No prometió mucho, pero sí dar la vuelta a la austeridad. Convocaron un referéndum, que ganaron por el 61%, contra las exigencias de la Troika. Y Tsipras se asustó de su propio pueblo y aceptó todo. Pero si querías hacer eso, ¿por qué el referéndum? ¿Por qué mentir a la gente? En las elecciones que ganó Tsipras, el 44% no votó, muchas personas.


Entonces, Syriza se ha convertido en parte del problema, no de la solución. Creo que Iglesias no tuvo mucha visión al ir a felicitarlo. ¿Qué mensaje envía a los españoles? ¿Qué apoya esa formación ? Si la apoya, ¿qué piensa hacer en España? ¿Qué ofrece a los votantes españoles? Aquí tenemos problemas con Podemos.


Siempre fue algo inocente imaginar que los medios iba a dar cobertura a Podemos, en la figura de Iglesias, que no gusta, así que la derecha creó Ciudadanos, una formación con raíces en la extrema derecha española, con gran rapidez, la prensa los cubre... Ahora Ciudadanos es tercera fuerza política y con un papel decisivo en la coalición que se formará tras las elecciones. Me preocupa mucho lo que va a pasar en el Estado español en diciembre. Creo que Podemos tomó decisiones equivocadas y cometió errores estratégicos.


¿Qué tipo de organización política se debe construir para el siglo XXI?


Creo que la única manera de que las organizaciones políticas del siglo XXI tengan éxito es que mantengan contacto habitual con sus bases, no digo todos los días, pero sí una asamblea al mes, por ejemplo, en Madrid, por barrios... como sea; en algunos momentos, deben realizar una asamblea conjunta.


Y que se comente: "no estamos contentos; o sí lo estamos, pero necesitamos que se haga esto o lo otro; o estamos enfadados y te votamos para que retiraras la medida tal o cual". No hay razón para no hacerlo, es posible. En Podemos, los círculos tuvieron un gran protagonismo en todo esto, pero el líder optó por una estructura que dicen es democrática, pero no es democrática salvo que una organización política dé espacio habitual a sus militantes, a sus activistas, para que participen.


La gente se va, en especial la juventud, porque, por su espíritu, los jóvenes no quieren tonterías. Si hay demasiada tontería, se van. Y puede estar pasando, si no ha pasado ya, con estos mecanismos, con el puesto de secretario general. ¡Qué término tan terrible, no trae buenos recuerdos, eso viene de la tradición comunista con el secretario general como comandante supremo y la policía política, su subordinada!


No es una respuesta correcta, pueden decir que son más democráticos porque se les pueden mandar mensajes al muro de Facebook, pero eso no basta: puedes tener las redes sociales, pero eso no es una respuesta. Necesitas un espacio en el que la gente pueda hablar entre ella de una manera no alienante.


¿El auge de estos partidos se ha extendido desde las democracias occidentales?


Si hablamos con alguien que apoye a Erdogan, y le decimos: "estáis acabando con la democracia, estáis haciendo las cosas muy mal, la policía espía a la gente", nos dirá: "¿Dónde hemos aprendido eso? Mira las elecciones en Europa: dos partidos que piensan lo mismo se presentan a unas elecciones, es como una pelea de gallos, y luego uno gana y se hace rico. ¿Eso es correcto?" Y no, no lo es. De todas maneras, ¿por qué debería ser el modelo? Pero lo es.


Porque en los medios de todo el mundo se dice que Europa y y EE.UU. son la tierra de la civilización y de la democracia, y eso tiene un efecto en las personas. El espionaje de la NSA que expuso [Edward] Snowden, se mantiene, no para. Así que puedes exponer algo así y que la gente diga: "bueno, qué se puede hacer, es terrorismo, necesitan esa información...". Por eso, personas como Putin, que lleva un régimen autoritario con rostro democrático, dice: "No necesitamos vuestras lecciones, muchas gracias, pero no, lo vamos a hacer a nuestra manera". Ya nadie se toma en serio a las democracias occidentales.
Por último, ante este auge de la extremo derecha nos preocupa en qué estado se encuentra ésta. Países del Este de Europa, Francia o Grecia están viviendo un auge de estos grupos.


Se viene la extrema derecha y quiere llegar al poder, atacando el extremo centro desde su propia perspectiva política e, incluso, robando cosas de la izquierda, como hace Marine Le Pen, que defiende el Estado de bienestar.


Nadie en el partido socialista puede decir que va a nacionalizar industrias francesas que hayan sido privatizadas, sino que lo que dice es que el extremo centro –Le Pen no utiliza esa palabra– está saqueando los derechos sociales de la clase trabajadora francesa –francesa, no migrante: la clase trabajadora blanca francesa– y que hay que devolverle sus derechos.


El discurso más poderoso en el parlamento griego contra la capitulación lo hizo un fascista de Amanecer Dorado. Me dijeron que todo el mundo en el parlamento estaba hipnotizado, todo lo que dijo era cierto, no había manera de rebatirlo. Por eso necesitamos una izquierda que luche, que no haga concesiones, intransigente.

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Viernes, 08 Julio 2011 09:19

Réquiem para el transbordador espacial

La última misión de un transbordador saldrá hoy desde el Centro Espacial Kennedy, aunque el mal tiempo podría obligar a postergarla. El fin de esas naves implica también el fin de una era en la carrera espacial. Qué está en juego. Qué es lo que viene.     

Si todo transcurre por los carriles previstos, si al diablo no se le ocurre meter la cola en cuestiones técnicas o climáticas, durante el mediodía porteño de hoy será lanzado por última vez el transbordador espacial desde el Centro Espacial Kennedy, en la Florida, cerca de Disney World y de las playas de Miami.

Será un retiro sin pena (pocos están enterados y, entre los que lo están, es probable que pocos sientan pena por una nave espacial). Pero, también, sin gloria, dado que difícilmente alguien recuerde algo del transbordador, más allá de sus dos espectaculares accidentes en los que murieron sus siete tripulantes de ocasión: el Challenger, el 28 de enero de 1986, durante el lanzamiento (con maestra de escuela incluida), y el Columbia, el 1º de febrero de 2003, cuando intentaba la siempre peligrosa vuelta a casa desde el espacio.

Para ser justos, ante tamaña jubilación hay que decir que hubo más, mucho más. Quizá, no en el sentido de las grandes epopeyas espaciales, como la del Apolo 11. Pero el transbordador hizo lo suyo, y lo hizo bien, antes de caer derrotado no por las condiciones extremas más allá de la atmósfera o por falta de nuevas ideas para posibles misiones, sino, como tantas otras cosas maravillosas en estos tiempos, por su ineficacia a la hora de las cuentas.

¿Qué fue el transbordador? ¿Para qué sirvió? Su nacimiento se remonta a los años ’60, en plena carrera hacia la Luna, cuando quedaba claro que, si no se obtenía un vehículo capaz de ser reutilizado tras un viaje al espacio, que garantizara bajos costos y cierta eficiencia, las travesías espaciales tendrían corto futuro. Esto de poner una lata sobre un misil descartable (que eso, al fin y al cabo, es un cohete espacial) y apuntar hacia arriba resultaba realmente caro. Así nació el transbordador. Pero terminó siendo realmente un costoso vehículo semirreutilizable; parte de lo que volvía no servía más. Y lo que sí servía, debía ser reacondicionado. Si no, veamos una foto momentos antes de un lanzamiento. El transbordador en sí es el avioncito, no mucho más grande que los que aterrizan y despegan a diario del Aeroparque porteño. El enorme tanque naranja adosado a su barriga, un tanque de combustible líquido, que utilizan los pequeños motores del transbordador, sólo para llegar al espacio. Esa cosa, una vez vacía, se desprende y se pierde. Los dos pequeños cohetes flacuchos y blancos, que penden a los lados del depósito naranja, son cohetes de combustible sólido, que le dan un formidable empuje los dos primeros minutos de viaje. Esos sí se recuperan del océano y se vuelven a llenar.

Todo ese conjunto a la hora del lanzamiento pesa dos millones de toneladas y mide 56 metros de altura. Es como armar una torre similar a un edificio de 20 pisos, con el peso de 20 mil locomotoras, que cuando la cuenta regresiva llega a “cero” simplemente debe salir hacia arriba y, en ocho minutos, alcanzar el espacio volando a unos 27.000 km/h (es decir, 30 veces más rápido que un avión). La potencia necesaria para algo así no pasa inadvertida. Los rugidos del despegue del transbordador pueden escucharse 60 kilómetros a la redonda (un hipotético lanzamiento desde Buenos Aires podría ser escuchado desde Escobar, Luján y La Plata al mismo tiempo). ¿Y para qué servía?

El transbordador tenía dos propósitos. Uno, garantizar el acceso a costos razonables al espacio. El otro, relacionado con el primero, dado que la Luna había sido alcanzada y que lo próximo era Marte (o habitar la Luna) era necesario construir una estación intermedia entre la Tierra y sus vecinos. O sea, una estación espacial. Allí podría experimentarse todo lo referente a la vida y las largas estadías en el espacio, porque ir y volver de la Luna requiere una semana entre la ida y la vuelta. Pero ir y volver de Marte, no menos de tres años. Había que ver qué ocurría con el cuerpo humano en ausencia de gravedad. Había que aprender a producir alimentos. Sin embargo, aunque el transbordador estuvo listo y voló, en 1981, por primera vez, la estación espacial no se hizo realidad hasta recién finalizando el siglo XX. ¿A dónde fue, entonces, el transbordador durante esos primeros 20 años? La respuesta fue... a ningún lado.

La verdad es que el propio transbordador se convirtió en laboratorio espacial para hacer experimentos. Tantos y tan variados que resulta difícil de enumerarlos. Podía alcanzar, como mucho, los 700 kilómetros de altura y orbitar la Tierra durante 15 días. Con esa sola capacidad, en 30 años de servicio puso satélites en órbita, sondas que visitaron Saturno o Venus, atrapó y trajo a la Tierra satélites con desperfectos o les hizo el service “in situ”, como los realizados al Telescopio Espacial Hubble, verdaderas proezas, aunque inadvertidas para casi todos. Y, claro, fue un transporte fundamental en la construcción de la Estación Espacial Internacional. Cada viaje fue una pequeña epopeya, pero invisible, en tiempos de gente poco interesada en hazañas espaciales.

El transbordador también fue parte de una lógica compleja y, a la larga, mortal. La NASA necesitó siempre evitar cortes en el presupuesto. Su mejor arma de presión: los vuelos tripulados. Pero los vuelos tripulados son carísimos. Y el transbordador, reutilizable y todo, no fue la excepción. Cada lanzamiento terminó costando entre 600 millones y 2000 millones de dólares. Con lo cual puede considerarse también uno de los mayores logros del transbordador el hecho de haber sobrevivido a los ’80 y los ’90, épocas tremendamente economicistas y muy poco aptas para románticos.

¿Qué viene? Es un misterio. Las cosas no pintan muy auspiciosas para los astronautas. Por lo pronto, la Estación Espacial, hoy en órbita, seguirá siendo abastecida por las nobles, viejas (y baratas) naves rusas Soyuz y Progress, mientras la NASA apuesta a los privados para desarrollar algo que vuele al espacio. Pero para calamidad de los ansiosos, eso no será antes de 2016, con mucha sue
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Nueva York, 25 de enero. El presidente Barack Obama propuso hoy ganar el futuro a través de la promoción de la innovación tecnológica, reformar la educación e invertir en infraestructura; proclamó que Estados Unidos ha renovado su liderazgo mundial y cedió ante la demanda de sus adversarios republicanos de congelar el gasto público, y con ello se deslizó hacia el centro político –o sea, se derechizó– en lo que es la mayor obra de teatro político anual en este país: el informe presidencial.

En el ámbito internacional, Obama declaró que hay grandes avances en las guerras en Irak y Afganistán, y que Estados Unidos ha recuperado el respeto ante el mundo. Anunció que pronto viajará a algunos países de América Latina, pero en su discurso no hubo referencias a México ni a la llamada guerra contra las drogas.

Esta obra, siempre promovida con gran drama como si algo histórico estuviera a punto de suceder, ofrece poco más que un largo discurso interrumpido por aplausos obligatorios, decorada con patriotismo y siempre concluida con la frase Dios bendiga a Estados Unidos de América, subrayando la suposición oficial de que este país fue seleccionado por las fuerzas divinas como líder del mundo. A la vez, sí es un momento político clave, ya que es el momento en que el presidente capta y controla la atención no sólo de la clase política, sino del país.

En esta ocasión, también marcó, no oficialmente, el arranque de la contienda presidencial de 2012, cuando los demócratas promoverán la relección de Obama, mientras que los republicanos buscarán cómo descarrilar la agenda presidencial para intentar derrotarlo en la próxima elección.

Ante un Congreso ahora dividido, por primera vez en su mandato (con la cámara bajo control republicano), afirmó que el voto del pueblo determinó que gobernar ahora será una responsabilidad compartida entre los partidos... Los desafíos que enfrentamos son más grandes que los partidos, más grandes que el politiqueo. Lo que está en juego para el país no son las próximas elecciones, sino la prosperidad futura, dijo, y si sostendremos el liderazgo que ha hecho de Estados Unidos no sólo un lugar en un mapa, sino un faro para el mundo.

Aunque al inicio hizo referencia a la ausencia de la representante federal Gabrielle Giffords por los hechos sangrientos en Tucson y al polarizado debate político –por ello su llamado a la unidad de la “familia americana” a pesar de diferencias de todo tipo–, no habló, ni mucho menos propuso, nuevos controles sobre las armas.

Afirmó que dos años después de que estalló la crisis económica, el mercado de valores se ha recuperado y que la economía crece de nuevo, pero que aún persisten problemas de desempleo y que el progreso se mide también por las oportunidades para una vida mejor que les pasamos a nuestros hijos. Ese es el proyecto en el que el pueblo estadunidense desea que trabajemos. Juntos.

Detalló que los ejes para ganar el futuro son alentar la innovación tecnológica, reformar y mejorar la educación en todos sus niveles, y modernizar la infraestructura nacional, ofreció algunas propuestas y resaltó algunos de los avances ya impulsados en torno a estos tres pilares.

Pero a la vez afirmó que el gobierno tiene que asumir mayor responsabilidad fiscal y propuso extender el congelamiento de incrementos en algunos rubros del gasto discrecional federal durante los próximos cinco años, invitó a buscar formas de cortar algunos programas, y a un debate para evaluar posibles reformas a programas masivos como el Seguro Social.

En breve referencia al tema migratorio, reiteró la necesidad de proteger nuestras fronteras, aplicar nuestras leyes y abordar (el asunto de) los millones de indocumentados que ahora viven en las sombras, pero no propuso ninguna iniciativa de reforma concreta ni calendario para lograrlo. Enfatizó el asunto de estudiantes que llegaron al país siendo niños con padres indocumentados y que es insensato expulsar a estudiantes que pueden hacer contribuciones a este país.

Ámbito internacional

En términos de diplomacia y seguridad internacional, ante desafíos y amenazas de todo tipo, dijo que por el nuevo esfuerzo para mayor cooperación internacional de su gobierno podemos decir que el liderazgo estadunidense ha sido renovado y que la reputación de Estados Unidos ha sido restaurada en el mundo.

En su única referencia al hemisferio americano, anunció que realizará una gira por Brasil, Chile y El Salvador en marzo para forjar nuevas alianzas por el progreso en las Américas. Agregó que una clave para la prosperidad es promover el comercio internacional, e instó a la aprobación de tratados de libre comercio con Panamá y Colombia, entre otros.

En torno a las guerras, elogió los avances en Irak, y proclamó que en ese país la guerra está llegando a su fin, resaltó las ofensivas contra Al Qaeda en Afganistán y Pakistán, y reafirmó que esa organización será derrotada. Subrayó nuevas relaciones con varias partes del mundo como esfuerzos exitosos para contener amenazas como la de Irán.

Concluyó que desde los primeros días de nuestra fundación, Estados Unidos ha sido la historia de gente ordinaria que se atreve a soñar. Así es como ganamos en futuro.

Parte de la puesta en escena incluye a los invitados del presidente que se sientan al lado de su esposa, Michelle. En esta ocasión estaban los padres de Christina Taylor, la niña de 9 años que murió en el tiroteo en Tucson, junto con Daniel Hernández, el estudiante latino que ayudó a salvar la vida de Gabrielle Giffords, herida en el atentado en Arizona. También estaban veteranos de las guerras de Afganistán e Irak, la ejecutiva en jefe de Xerox, varios pequeños empresarios, un trabajador, rescatistas a quienes hace unas semanas se les otorgó un fondo para atender sus necesidades médicas como resultado de su heroísmo, entre otros. Como siempre, también estaba presente todo el gabinete (con la excepción de uno, que como rutina queda fuera en caso de un ataque catastrófico y así encabezar el gobierno), la Suprema Corte y el Estado Mayor.

Por primera vez, también como parte del teatro político, los representantes de los dos partidos en el Congreso se sentaron entremezclados, y no de un lado los republicanos y del otro los demócratas como es la tradición, para expresar unidad y bipartidismo ante lo ocurrido en Tucson y críticas de que la polarización y retórica beligerante entre ambos ha contaminado el debate nacional.

El telón bajó, y mañana se sabrá qué opinan los críticos de la obra.
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Martes, 15 Junio 2010 06:59

Verde verde. Centro centro

Concluye lánguidamente la coyuntura electoral, y de alguna manera en forma anticipada si miramos sus resultados ya cantados.

Todo era promisorio desde el 26 de febrero cuando la Corte Constitucional cerró el paso a la perpetuación en persona de Alvaro Uribe en la presidencia de Colombia, pero estamos llegando al final infeliz de escoger entre dos modalidades de continuismo: el declarado de Uribe en cuerpo ajeno, y el del neoliberalismo antipolítico y decente.

Va pasando la “calentura” y regresan las aguas a sus cauces de antes del 26 de febrero; la polarización entre una izquierda democrática minúscula y un establecimiento prepotente con nueva cara y mejor apellido en la casa presidencial. Por un lado el uribe-santismo fortalecido cuantitativamente con sus aliados tradicionales, y por el otro, el Polo y lo que quede del partido Liberal, en el mejor de los casos acompañados de los sectores más independientes de la sociedad civil: parte del periodismo investigativo y de opinión, otra parte aún más pequeña de la academia, algunos sectores de la justicia, algunas minorías culturales, defensores de derechos humanos y organizaciones de lucha contra la pobreza.

La política colombiana se ha vuelto trágicamente previsible. Es como si se hubiera escapado a la Ciencia Social y se burlara de quienes tratamos de interpretarla a diario buscando sus desajustes, sus esguinces y sus novedades en cada coyuntura. Aquí estamos pues de nuevo, en la polarización, en la continuidad del presidente más polarizante que ha tenido Colombia después de Laureano Gómez, y la continuidad también de una oposición golpeada con todas las armas posibles siempre al borde de su desaparición, cuando no desaparecida de verdad y luego resucitada.

Hablar de polarización remite a dos cuestiones básicas: a la estructura socioeconómica y sus indicadores, y a la estructura política con sus expresiones partidistas; dos asuntos que a muy pocos les gusta relacionar, y al no hacerlo contribuyen tanto a la confusión como a no pocas frustraciones colectivas.

En busca de la clase media

En lo social, Colombia es un país fuertemente polarizado por donde se le mire. Es la sociedad nacional más desigual o inequitativa de América Latina y la de mayor índice de desempleo, con cerca de cinco millones de desplazados y altísimos índices de pobreza e indigencia; la concentración del ingreso es una de las más altas del mundo. Todo lo anterior nos conduce a la pregunta por las “clases medias” en Colombia; la pregunta por su existencia, su dinámica y sus tránsitos, para luego pisar los terrenos de sus expresiones políticas y partidistas.

Durante la existencia del incipiente estado de bienestar colombiano, convengamos que hasta la década de los 70s, fungieron como clases medias en nuestro país los profesionales, los empleados del sector de los servicios, bancarios, educativos, de la salud, etc., los pequeños comerciantes, artesanos, pequeños industriales y mandos medios de la industria. Todos estos sectores, a partir de complejos procesos de política económica, han sido despojados de sus privilegios y hoy son damnificados de un aparato económico fuertemente informalizado que quebró sus relaciones laborales y sus lazos de integración con los grandes capitales del país. La casi totalidad de esas fuerzas sociales subsisten ahora como contratistas asimétricas frente a verdaderos pulpos del capital globalizado. Muchos han tenido que correr a afiliarse al Sisben y han hecho así inviable el neoliberal sistema nacional de salud. Su pauperización es generalizada!

No podemos seguir hablando alegremente de clases medias en Colombia, o que nos expliquen en la mitad de qué es que están, o entre quiénes es que pueden mediar esas clases. El centro social ha desaparecido prácticamente en este país. Dejó de desarrollarse y al contrario, tiende a cero el desarrollo de esas fuerzas sociales que en otras sociedades garantizan los equilibrios políticos, las estabilidades y la tramitación democrática de los grandes conflictos. En tanto el centro social es un vacío, el centro político es “una casa en el aire” donde solo habita la Antipolítica.

¿Y el centro?

Una cosa son las democracias europeas, donde los centrismos tienen bases sociales importantes que en alguna medida sustentan la estabilidad y la alternación en el poder; y otra bien distinta sociedades como la nuestra, donde la voracidad de sus clases dirigentes ha desmontado las bases materiales del equilibrio político para perpetuar privilegios cada vez más ilegítimos.

La erradicación de esas bases materiales ha sido al mismo tiempo la erradicación del centro político como opción de poder en Colombia. Las “opciones centro”, el “centro-centro” y el “centro profundo” que soplan sobre la política Colombiana cada vez que tenemos elecciones a la vista, han sido y son alternativas que terminan girando alrededor de los nuevos modales que se proponen para el establecimiento. Eso han sido, para aterrizar esta hipótesis, los dos gobiernos de Mockus en Bogotá y el de Fajardo en Medellín.

El Centro político en Colombia, hoy encasillado en la antipolítica Mockus-fajardista y el neoliberalismo peñalosista, no se ha atrevido a reivindicar los privilegios perdidos de las clases medias colombianas, es decir, se niega a representar al Centro social porque si lo hace, queda atrapado por el programa del Polo Democrático. A cambio de correr ese riesgo, nuestros centristas verdes, principalmente durante el último mes al verse obligados a ser explícitos, han declarado que el discurso de la equidad social tiende a justificar la violencia, que la salud y la educación no tienen que ser derechos fundamentales, rechazaron formular una nueva política internacional basada en la soberanía nacional, y como si algo les quedara faltando, aclararon que ellos no serán un partido de oposición, que simplemente apoyarán la continuidad de lo bueno y criticarán lo malo del antecesor, es decir el “ni uribismo ni antiuribismo” ya conocido de Fajardo.

El Centro en Colombia, solo puede existir como retórica para producir fenómenos electorales, así haya sido utilizada por nuestros bien intencionados exalcaldes, además alcanzando una votación mayoritariamente juvenil que envidian la izquierda y los partidos tradicionales.

Centro quiere decir comodín, o más bien estación de paso de todos aquellos que transitan de un lado al otro del espectro político.

Ahora: parece haber entonces, un secreto en los muy buenos resultados electorales del Centro, que en principio convocaba contra la trampa y la cultura del atajo enquistada en el uribismo, pero que se deslizó al final hacia la generalización maniquea de todo lo político como sujeto de corrupción.

Otra hipótesis es que ese secreto del éxito verde se llama Antipolítica, una práctica que empieza por “rebelarse” contra la correspondencia entre los discursos y los intereses, entre economía y política, entre formaciones partidistas y clases sociales, entre la lucha política y la estructura social. Proclamando la identidad maniquea entre corrupción y política trata de resolver su dilema huyendo de todo lenguaje que suponga conflicto, para refugiarse en los gestos y los símbolos, entre los cuales se prefieren los más simples y efectistas, los más aptos para consumidores despolitizados del video.

Su aspiración es a una política visual, liberada de complicaciones racionales ni preguntas alusivas a la crudeza de las materialidades sociales. La pregunta por su propia representación social sería perturbadora; interrogar su política de acuerdos y alianzas es una indiscreción; consultar si entrarán a la “unidad nacional” o harán oposición, es una necedad.

La anti, novedad continuista

La antipolítica es una expresión ideológica del liberalismo “neo” que después de la caída del muro de Berlín proclamó la victoria de su “pensamiento único” y la sepultura eterna y simultánea de la historia, las ideologías y las utopías. De tal suerte que su única verdad es el mercado, y en tanto la política no lo interprete o no sea su copia auténtica, debe también entrar al museo.

La Antipolítica en Colombia no se reduce a la simbología unas veces grotesca y otras veces confusa de Mockus; también hace parte de su baúl ese purismo ingenuo del que no se entiende con el otro para no perder la identidad, que nos retrae al sectarismo mesiánico de la vieja izquierda conspirativa de los años 60-70s, y que puede llevar a la cuestionada estrategia de convocar militancias ajenas al tiempo que se desprecian las “maquinarias” que las representan; todo bajo la tesis de las “alianzas ciudadanas”.

La Antipolítica además, es un boquete abierto en el estado a través del cual se introducen no unicamente exalcaldes exitosos. Ojalá así fuera. También entran, especialmente a los cuerpos legislativos, personajes de éxito en la televisión, el deporte y otros campos de la vida social muy poco vinculados con la gestión del interés público y de la sociedad en su conjunto.

La ola y el partido Verde podrían subsistir obviamente. Nadie les puede fabricar su lápida aún, mucho menos si hacen un giro a la izquierda o terminan el que ya iniciaron a la derecha; deberán precisar eso sí, su representación social y además, “reverdecerse” de verdad, ya que en esta campaña electoral nos dejaron esperando sus planteamientos y proyectos sobre la crisis ambiental del país, sobre la recuperación de sus ecosistemas estratégicos, los estragos ambientales de la minería industrializada, el destaponamiento del Darién, la sostenibilidad de nuestro desarrollo y un largo etcétera que en cualquier parte del expectro que se ubiquen, por lo menos les aportarían identidad y proyecto político.

De tal suerte que los Verdes no son todavía algo novedoso en la política colombiana. Aunque más desapercibidos, ya habíamos tenido Centrismo y Antipolítica en pasadas coyunturas electorales. Nuestra política tiende de nuevo a cerrarse en su propia “guerra fría” interna, ojalá no sea por otro largo cuatrenio.


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