De la experiencia urbana a la construcción colectiva de un nuevo paradigma de ciudad

La construcción de la ciudad hoy demanda nuevas lecturas y acciones encaminadas a reconocer las prácticas territoriales, comunitarias, organizativas e incluso institucionales, que redunden definitivamente en un modelo de ciudad ambiental y socialmente sostenible.

 

En “La experiencia urbana y su relación territorial expandida”**, artículo publicado en la anterior edición de este periódico hicimos referencia al actual modelo de ciudad, a algunas de sus principales características y problemáticas asociadas al desarrollo urbano de las ciudades colombianas, identificando las condiciones de segregación, exclusión, consumismo e individualidad que le dan sentido al modelo de ciudad vigente. Este panorama nos cuestiona acerca de ¿Cómo debería ser entonces la alternativa a éste modelo?

 

La premisa gira alrededor de una orientación más humana, sostenible y equitativa, construida a partir de repensar el hábitat como componente transversal y articulador de la vivienda, el espacio público, el medio ambiente, y el acceso a los servicios públicos, complementarios y urbanos. Un modelo que fortalezca la participación y el trabajo colectivo de los ciudadanos, que les involucre, reconozca y garantice plenamente su derecho a la ciudad.

 

Un nuevo paradigma de ciudad

 

Al ver hacia donde se están orientando las ciudades desde las administraciones municipales, como Bogotá o Medellín, pareciera que un nuevo modelo o paradigma de ciudad está lejos, inalcanzable, pues la priorización de la inversión pública para generar infraestructura productiva está por encima de las necesidades y los derechos de las personas y la naturaleza.

 

El modelo actual considera necesaria la expansión de la ciudad, la renovación urbana y las intervenciones con bulldozer –que arrasan con lo construido, en términos de infraestructura y tejido social–, para potenciar un desarrollo físico espacial que abra las puertas a nuevas inversiones privadas y al mercado, dando paso principalmente al desarrollo económico y el intercambio acelerado de mercancías. La ciudad planeada por la tecnocracia estatal entra entonces en una contradicción expresa con la ciudad habitada –y construida también– por las comunidades.

 

A pesar de este panorama, la ciudad es producto de múltiples intervenciones hechas por diversos actores, quienes desde perspectivas distintas generan otras formas de apropiarla, realizando diferentes intervenciones comunitarias e, incluso públicas, logrando establecer dinámicas sostenibles con el medio ambiente, el vecindario y la ciudad misma.

 

Estas formas de intervención hacen parte de esa otra cara de lo urbano, de un nuevo paradigma que parte del reconocimiento de la ciudad habitada, socialmente construida, y del trabajo de procesos organizativos que por años han respondido a las adversidades de habitar la ciudad informal. A partir del reconocimiento de esa ciudad que no fue planeada pero que respondió a las necesidades de una población creciente –fuertemente ligadas al déficit de vivienda y los servicios públicos–, surgen estrategias claves desde la política pública para mejorar las condiciones del hábitat y compensar los desequilibrios urbanos.

 

Destacamos el papel que juegan, por ejemplo, el mejoramiento integral de barrios y la revitalización urbana en el posicionamiento de políticas e intervenciones que escuchan las exigencias históricas de la gente por acceso a servicios y espacio público, y que a partir de la escala barrial, del reconocimiento del tejido social y la infraestructura existente, integran la participación ciudadana a la planificación y gestión del territorio. La clave radica en ir más allá de intervenciones físicas puntuales o localizadas, comprometiendo las instituciones y los presupuestos públicos en alcanzar acciones espaciales que tengan como eje fundamental la participación de la gente en la construcción de la ciudad, y que estas actuaciones exitosas sean referentes replicables.

 

Propuestas que construyen el nuevo paradigma de ciudad

 

Con el fin de alimentar las intervenciones públicas, es necesario reconocer los aportes que colectivos y organizaciones realizan en ciudades como Bogotá y Medellín, evidenciando las interrelaciones entre lo público y lo comunitario, así como los espacios de trabajo reivindicados y promovidos por la sociedad que construyen el nuevo paradigma de ciudad.

 

En Bogotá, por ejemplo, puede encontrarse cómo la construcción de acueductos comunitarios en los Cerros Orientales garantiza la prestación de servicios, y han representado un ejercicio transformador del territorio que favorece la autonomía y autodeterminación de barrios completos. O cómo la conformación de una Audiencia Pública en la zona de expansión en Usme permitió jalonar intervenciones urgentes en cuestión de transporte y equipamientos en una zona construida por la misma Administración Distrital.

 

Cada una de estas actuaciones es compleja y está cargada de dificultades en su realización, y aun así conservan la cualidad de estar liderados por la comunidad misma y de responder a unas necesidades muy concretas e inaplazables de los territorios. Por ello la urgencia de repensar el paradigma o el modelo de ciudad radica en reconocer que la organización del territorio no es un ejercicio de decretos y escritorios exclusivamente, sino de acciones ampliadas que tienen múltiples referentes internos y externos que deben ser estudiados y adaptados con rigor. El ejercicio de la participación ciudadana es transversal en cada uno de los ejemplos mencionados, y logra la articulación y fortalecimiento del tejido social a partir de la construcción de diversas estrategias para dar solución a las dificultades comunes.


La transformación de los barrios de la periferia de Medellín

 

La capital antioqueña es uno de los puntos de referencia para el desarrollo urbano, no sólo en el país sino en Latinoamérica, sin embargo, las intervenciones de sus administraciones, que son ampliamente cuestionadas por su insostenibilidad, generan nuevas tensiones territoriales que requieren de la organización y el establecimiento de lógicas de interlocución que permitan llegar a acuerdos entre la comunidad y el municipio. Ejemplo de esto es la estrategia Cinturón Verde, que, aunque busca contener el crecimiento de la ciudad, genera una dinámica de especulación en el mercado del suelo que termina expulsando a los habitantes tradicionales de las zonas afectadas por tal estrategia.

Proyectos urbanos de este tipo, parecen tener implícita la expulsión de la población de un territorio, como si esta no tuviera derecho a residir en los espacios que con su propio esfuerzo han desarrollado o habilitado. En contra respuesta, el mejoramiento de barrios surge como una estrategia poderosa para el ejercicio colectivo e incluyente, que permite interpretar de manera amplia la integración de respuestas a las necesidades –o expectativas– de una comunidad, a la vez que le relaciona con la escala de la ciudad y el mejoramiento de las condiciones de habitabilidad.

Grupos como la Mesa Interbarrial de Desconectados, la Mesa de Vivienda Comuna 8, el Movimiento de Pobladores, entre otros, crean espacios de discusión y formación territorial para pensar una propuesta de ciudad alternativa desde las comunidades, que haga valer su derecho a la ciudad y a participar en las decisiones de cómo, para qué y para quiénes se construye la ciudad. Trabajo que ya ha dado frutos al incorporar en el Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad, los principios de derecho a la ciudad y la protección a moradores, los cuales permiten consolidar el modelo de ocupación territorial que se propuso Medellín, y que deben convertirse en un referente para otras ciudades y municipios.

 

Las mujeres en la lucha por el hábitat en Bogotá

 

En la zona de expansión urbana de Bogotá la construcción de vivienda masiva ha representado para sus nuevos habitantes una oportunidad de establecer un proyecto de vida. La “casita”, como propiedad, en muchos casos es una garantía para el futuro y la reconstrucción de la vida misma. Sin embargo, estos grandes proyectos que buscan dar una propiedad especialmente a grupos vulnerados y empobrecidos, generan nuevas tensiones de difícil manejo para quienes las habitan, especialmente frente a la convivencia y la adaptación a la vida en propiedad horizontal, además del conflicto que representa habitar un espacio entre lo urbano y lo rural.

 

Esta presión recae especialmente sobre las mujeres y su rol histórico –y solitario– en la comunidad, pues quienes más sufren esta débil calidad de vida en un hábitat tan precario como el que hoy por hoy ofrece el modelo de vivienda, son ellas. La falta de equipamientos como jardines infantiles u hospitales, la baja calidad del espacio público o la falta de transporte dificultan las tareas de reproducción y cuidado, y aumentan la doble carga que de por sí ya tienen las mujeres en sus hogares.

 

En un rincón de Bogotá, en la localidad de Usme, los grupos ciudadanos organizados que han dado luz al mejoramiento e instalación de servicios como el alumbrado en las calles, la construcción de jardines infantiles o el acercamiento de servicios sociales como el control de perros o gatos, de dinámicas productivas como las huertas urbanas y la economía rural, o de acceso a derechos culturales como la lectura, el baile o la pintura, están conformados fundamentalmente por mujeres, que a través de los mecanismos jurídicos y de participación han logrado llamar la atención sobre los múltiples sobrepesos que implica habitar la ciudad formal y planeada.

 

La lucha por el agua y el ambiente en Bogotá

 

Desde el borde sur de Bogotá, un grupo de jóvenes se agrupa bajo la consigna “Parque Ecológico Cerro Seco. Lo queremos, lo necesitamos”, y adelanta un trabajo en colectivo para defender de la minería al ecosistema subxerofítico, propio de la alta montaña, y a los habitantes de sus barrios de los impactos que implicaría tal explotación para la salud. Con este trabajo defienden un modo de vida basado en el respeto a la naturaleza y ponen manifiesta la relación existente entre esta y la calidad de vida. En vez de canteras, la juventud organizada de Ciudad Bolívar pide la conformación del parque metropolitano, un espacio que sirva para la conservación, la educación ambiental y para poner freno a la expansión urbana.

Esta experiencia se convierte en un ejercicio intergeneracional de toma de conciencia sobre el territorio: mientras los abuelos fueron quienes dominaron la montaña para construir un proyecto de vida, los jóvenes retomaron la idea de la autogestión del territorio para resignificar el espacio que habitan y proponer un nuevo modelo ambiental y de espacio público. Este territorio es reconocido en la actualidad como un cuerpo vivo que hay que defender, no sólo desde las pujas administrativas, sino desde las prácticas culturales y económicas, y que deben ser transformadas en función del cuidado de la vida y la naturaleza.

 

Materialización del nuevo paradigma de ciudad

 

Cada uno de los ejemplos expuestos evidencian el accionar amplio y diverso que fluye de manera permanente en los territorios y que, además de resistir al modelo de la ciudad de hoy, propone formas de disputa de la misma en el que se garantizan derechos y se construyen otros. Estas posibilidades se dan a partir del trabajo organizado de colectivos y comunidades que desde sus acciones configuran y dotan de sentido un nuevo modelo de ciudad distante del que se sufre en la cotidianidad.

 

Este es un paradigma de ciudad que reconoce a los habitantes y a las comunidades como actores constructores de la ciudad, con capacidades para identificar las necesidades insatisfechas en lo urbano y el entorno natural, y que prioriza formas de resolverlas potenciando los mecanismos de gestión asociada. Este paradigma es posible y se evidencia mediante al menos tres elementos:

 

i) El reconocimiento desde las acciones públicas del territorio socialmente construido que es apropiado de múltiples formas según las necesidades e intereses de los diferentes actores, para que las intervenciones propuestas por la administración pública, partan de los consensos colectivos.
ii) La identificación y potencialización de la construcción de tejido social, con el cual florece el sentido de la vida en la ciudad. La generación de dinámicas que aumenten la participación de la población en la toma de decisiones, además de favorecer las lógicas en las que esto ha sido posible en los territorios, es una deuda a saldar desde los espacios de poder público.
iii) La apertura de la participación ciudadana en espacios o instrumentos de planificación estatal. La sociedad como fuente y creadora de derecho debe permear el ordenamiento jurídico y la institucionalidad en materia urbana, a través de los acuerdos sobre el territorio habitado y administrando de manera consensuada y colectiva los espacios que habitan.

El paradigma de ciudad propone traspasar la frontera existente entre el ejercicio de participación en la planeación territorial y el Estado. Su materialización podrá evidenciarse en el momento en el que se logre disminuir la brecha existente entre el ejercicio de la participación y los escenarios legales y técnicos propios del ámbito estatal, materializando una ciudad más equitativa y con servicios urbanos al alcance de todas las personas.

 

Es preciso entonces, fortalecer un sentido, una idea y una razón sobre la cual organizarse y tejer comunidad, teniendo en cuenta que la diversidad de actores hace también dificultosa la tarea de construir ciudades social y ambientalmente sostenibles. Finalmente, es necesario resaltar que la participación y el ejercicio colectivo de la gestión y las victorias por el espacio, construyen de manera incidente, la única y más preciada forma de construir ciudad sobre la ciudad, en la cotidianidad y desde abajo.

 

* Ma. Camila Carreño Novoa, Carolina Catumba, Lucía Duque Guevara y Natalia PedrazaMora
** Ver artículo “La experiencia urbana y su relación territorial expandida” en: https://www.desdeabajo.info/ediciones/item/34922-la-experiencia-urbana-y-su-relacion-territorial-expandida.html

Publicado enColombia
La experiencia urbana y su relación territorial expandida

Más allá de identificar las tensiones permanentes de habitar la ciudad, la sociedad está llamada a cuestionarla y actuar desde la construcción –o destrucción– de paradigmas urbanos que derroten la individualidad, la desigualdad y la pobreza desde el posicionamiento de actuaciones alrededor del medio ambiente y la acción prioritaria por el ser humano.

 

Hablar de ciudad conduce a pensar, casi inmediatamente, en las características físicas del concepto, su infraestructura y la facilidad que brinda tal o cual escenario para que una persona pueda acceder a una gama de servicios diferenciados. A partir de ello sería posible decir que generalmente la ciudad se concibe como uno de los resultados de la modernización.

 

Desde las Leyes de Indias, promulgadas en Europa con el fin de regular la vida en sociedad en los territorios de América invadidos y colonizados, se impuso una visión de ciudad que debería cumplir con ciertas características físicas. La definición de un centro (plaza) que está delimitado por las instituciones que representan autoridad y poder, como la iglesia católica, las instituciones que administran justicia y los lugares de decisiones de la vida pública, así como su mantenimiento con el pasar de los años, son la expresión del intento por regularizar la vida social en medio del tránsito hacia la modernidad.



Este patrón urbano, construido desde el poder, y reglado por las instituciones, terminó por consolidarse como el método formal y ordenado de construir la ciudad. Sin embargo, esa forma impuesta que ha cambiado de acuerdo a épocas, tendencias y dinámicas globales, ha desatado en la actualidad el establecimiento de un modelo de ciudad cuyo enfoque se ha limitado a desarrollar lo físico-espacial bajo pautas de mercado que destacan fundamentalmente una imagen, por encima del desarrollo socio-espacial que humanice la ciudad y, en consecuencia, las haga sostenibles, saludables y vivibles. Las ciudades en la actualidad no dialogan con sus habitantes y están reguladas simbólicamente por aquellas instituciones dedicadas a mantener un statu quo.



En este sentido, es necesario rescatar vértices de la ciudad que han sido menguados. Se trata de un espacio fundamentalmente social, y que por ende no puede ser predeterminada de antemano ya que es producida y construida por las interacciones sociales cotidianas que se dan dentro de un contexto político, ideológico, social y cultural determinado; es por ello que hablar de ciudad nos remite a hablar también de democracia. La ciudad es, finalmente, un organismo complejo donde la imagen de felicidad no es más que un sofisma que atenúa las tensiones que la vida social produce dentro de lo urbano.

 

La cotidianidad es la vida de la ciudad

 

La vivienda, la movilidad, los servicios públicos, las infraestructuras públicas, los equipamientos, y demás aspectos característicos de las ciudades se encuentran en constante interacción y resuelven, en diferentes medidas, problemáticas asociadas a lo urbano. Sin embargo, la realidad cotidiana, manifiesta de diferentes maneras a lo largo del territorio urbano, queda desvanecida ante los ejercicios de planeación, superando rápidamente las acciones planteadas por las instituciones desde la formalidad. Esta realidad es la que se vislumbra, tornándose discusión en los escenarios públicos que la ciudad –planeada o no– permite sean permeados por la cotidianidad y las tensiones de la vida que fluye a su interior.

 

En este sentido, la vida urbana también es el encuentro entre las distintas ciudadanías o sujetos urbanos cuya mayor actividad se da en los espacios abiertos como el lugar ideal para el desarrollo y consolidación de la democracia. Es así que el espacio público, ideológicamente hablando, es utilizado como herramienta homogeneizadora de la población, bajo paradigmas como la cultura ciudadana, que establece unos “usos adecuados”, normalmente relacionados con el mero tránsito o paso de peatones, espacio que es reforzado por estructuras físicas que no incluyen lugares para la permanencia o la contemplación.

 

Habitar el espacio público en los diferentes modelos de ciudad

 

El espacio público como lugar de reunión, es un escenario que se complejiza a partir de las diferentes prácticas y usos que le dan, y en esa medida constituye un espacio de encuentro que pone de manifiesto las diferencias y consensos entre la sociedad que acude al mismo.

 

Sin embargo, por lo menos en las actuales ciudades de Latinoamérica, la concepción del espacio público es cada vez más condicionante, lo que obliga a la ciudadanía asistente a replegarse a ciertas prácticas, omitiendo la diversidad en las representaciones culturales que a éste se remiten. Este tipo de espacio público fomenta la segregación, en tanto se construyen espacios para niños (parques) y ciclistas (ciclorutas), pero pocas veces espacios donde diversos sujetos (ancianos, niños, mujeres, estudiantes y deportistas) puedan convivir y encontrarse.

 

En lugar de generar un espacio público abierto, universal y accesible, un espacio que permita construir la colectividad y afianzar la posibilidad de establecer consensos ante las tensiones que resaltan en éste, el espacio público ha terminado por ser convertido en la herramienta propicia del mercado inmobiliario para potenciar sus propuestas urbanas caracterizadas, principalmente, por ser cerradas, focalizadas, conservadoras y aisladas, evitando así que la ciudad sea un espacio generador de experiencias desde el encuentro entre diferentes actores urbanos

 

Un ejemplo concreto de este análisis es el que surge de la vivencia en la ciudad con los centros comerciales o rascacielos, donde el espacio tejido con la ciudad está estrechamente vinculado a las actividades económicas que estos ofrecen. Es así como edificios como el BD Bacatá en Bogotá, o los centros comerciales en general, son una especie de coraza que no ofrece un relacionamiento con la ciudad distinto a una experiencia de consumo, a pesar de las grandes áreas y servicios urbanos que ocupan.

 

Este es el nuevo espacio público, que reemplaza las aceras y plazas por corredores y pasillos entre una multiplicidad de almacenes, un espacio que llama al consumo y a la individualidad. Un espacio que logra estructurar un escenario silenciador de las tensiones y, en consecuencia, de la posibilidad de consensuar sobre las mismas, un espacio que actúa en contraposición a las múltiples formas de tejer el territorio desde dinámicas participativas, como destaca en acciones de mejoramiento de barrios en Medellín o Bogotá.

 

Estamos entonces ante una opción para la ciudad, la cual sigue siendo una extensa malla de relaciones físicas y sociales, y que es el enclave territorial que precisa repensar su forma y relación en torno a lo colectivo y lo común. Ciertamente, el espacio público es ese hilo conector que permite abrir el encuentro en una ciudad atiborrada de construcciones, lo cual implica que estas conexiones superen la noción meramente funcional de la circulación de sus habitantes.

 

Es decir, el espacio público debe permitir organizar la vida colectiva y la reinterpretación de la ciudad a partir del reconocimiento de las diferentes representaciones culturales y políticas de la sociedad, de manera que la experiencia en lo urbano sea un ejercicio activo de apropiación que responda a las necesidades de la comunidad, todo ello por encima de los intereses inmobiliarios o económicos del mercado.

 

A partir de esto es necesario que la sociedad cuestione, desde su experiencia urbana, cuáles son las decisiones de ciudad y qué prioridad tiene lo humano, pues el espacio urbano –tal como si fuera un organismo complejo– mantiene una dinámica relacional no solamente dentro de sí, con sus múltiples sucesos, sino hacia fuera, con el espacio rural, del cual percibe una enorme cantidad de servicios sin los cuales sería imposible soportar sus actividades.

 

¿Ciudades más allá del capitalismo?

 

En la medida en que la renta sea lo que determine la construcción de ciudad, los usos colectivos serán desechados y dejados a la deriva. Es por ello que la ciudad es el espacio predilecto para la reproducción del capitalismo, el flujo e intercambio rápido de mercancías y servicios, lo que se pone de manifiesto en la forma como es ocupa el suelo, junto con las lógicas de uso establecidos en estos. Los usos agropecuarios y ambientales o de conservación del territorio, tal como el espacio público, quedaron supeditados a las necesidades de las urbes, de manera que la expansión y el desarrollo de las ciudades suceden a expensas de estos.

 

En este sentido, es necesario enfatizar en que el sostenimiento de las ciudades está estrechamente ligado al funcionamiento de grandes zonas que no son urbanas las cuales permiten el abastecimiento de agua, alimentos y generación de energía, así como de zonas para la disposición de residuos y recepción de vertimientos, entre otros, lo cual representa una dinámica ultra funcional que está a merced de prioridades lejanas a la de fortalecer las dinámicas relacionales entre las personas, la naturaleza y los espacios que habitan, lo que genera un claro desbalance entre las ciudades y las áreas rurales necesarias para garantizar estos procesos.

 

Es en este sentido que la disputa por el territorio es un suceso expandido entre las dinámicas urbanas y rurales-ambientales, disputa reflejada en la generación de conflictos como, en el caso de Bogotá, los que están ligados a la urbanización de los Cerros Orientales y el área rural de la localidad de Usme, o de áreas protegidas como en el Parque Nacional Farallones de Cali, o la ocupación sobre espacios de ronda y su posterior inundación, como sucedió en la cuenca del río Tunjuelo en la localidad de Bosa al sur de la capital del país, o con las viviendas de alto costo en la cuenca del río Bogotá en el municipio de Chía.

 

Bajo el actual modelo económico, la ciudad consume recursos externos y territorio, invade, desplaza, niega, impone; realidad que invita a pensar en nuevas formas de planificarla, gestionarla y construirla, eliminando o disminuyendo las desigualdades territoriales que genera su desarrollo. Es por ello que el encuentro y la interacción entre las diversas ciudadanías y sujetos urbanos también implican el relacionamiento de estos con los sujetos campesinos, los habitantes y cuidadores de áreas protegidas.

 

Los espacios de borde urbano rural, que se vienen consolidando en localidades como Usme y San Cristóbal en Bogotá, por ejemplo, dan cuenta de la posibilidad del encuentro, de la viabilidad de generar espacios públicos integrales donde se armonicen los usos y prácticas urbanas, rurales y ambientales en la ciudad. Prácticas que surgen desde abajo y que reivindican el derecho a la ciudad, a una ciudad diversa e incluyente en donde la experiencia urbana sea resultado de prácticas colectivas.

Publicado enEdición Nº249
Martes, 03 Julio 2018 07:36

Una mujer al frente del DF

Una mujer al frente del DF

Con Sheinbaum en el gobierno de la Ciudad de México y López Obrador en el Palacio Nacional, por primera vez la izquierda mexicana ocupará las dos grandes instituciones ubicadas en la céntrica plaza del Zócalo capitalino.

 

Claudia Sheinbaum, del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), partido de Andrés Manuel López Obrador, venció en las elecciones a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y se convierte así, en la primera alcaldesa electa de la capital.


“Gracias a todas y a todos. ¡Ganamos! Rescataremos la Ciudad de la Esperanza”, publicó Sheinbaum en redes sociales poco después del cierre de urnas este domingo. Con el 49% de los votos escrutados, Sheinbaum obtenía el 47,10% de los apoyos populares, seguida de Alejandra Barrales del también izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), quien habría cosechado el 30,95% de los sufragios.


Con Sheinbaum en el gobierno de Ciudad de México y López Obrador en el Palacio Nacional, por primera vez la izquierda mexicana ocupará las dos grandes instituciones ubicadas en la céntrica plaza del Zócalo capitalino, una metáfora de la estrecha relación que han mantenido los dos políticos.


La mujer que logró desbancar del gobierno de la capital al hegemónico Partido de la Revolución Democrática (PRD) luego de 21 años en el poder es científica y política, y siempre ha estado vinculada a movimientos de izquierda. Descendiente de judíos europeos llegados a México, Sheinbaum (Ciudad de México, 1962) estudió Física en la Universidad Nacional Autónoma de México y se doctoró en 1995 en Ingeniería Ambiental en la misma universidad, en la que se incorporó como académica.


Desde sus años como universitaria, Sheinbaum integró el movimiento estudiantil CEU Histórico, que en los años ochenta se enfrentó con la dirección de la UNAM por las reformas académicas que estaba impulsando la universidad.


La ahora electa alcaldesa comenzó, luego, a implicarse en política institucional apoyando la candidatura presidencial del izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas en las polémicas elecciones de 1988, en las que se impuso Carlos Salinas de Gortari entre acusaciones de fraude electoral.


Posteriormente, Sheinbaum participó en la fundación del PRD, formación que ha gobernado en la capital mexicana desde 1997, cuando una reforma política instauró la elección ciudadana del jefe de Gobierno capitalino.


López Obrador, que dirigió la Ciudad de México con el PRD entre los años 2000 y 2005, nombró a Sheinbaum secretaria de Medio Ambiente del gobierno capitalino y, desde entonces, su carrera política ha ido muy vinculada a la del líder izquierdista.


Sheinbaum fue portavoz de la candidatura presidencial de López Obrador en 2006 e integró el llamado “Gobierno legítimo”, ya que AMLO no reconoció la victoria del presidente Felipe Calderón y creó un Ejecutivo simbólico.


Seis años después volvió a intentar hacer el salto al Gobierno federal, cuando López Obrador propuso a Sheinbaum como secretaria de Medio Ambiente en caso de ganar las elecciones. La izquierda volvió a perder esos comicios y Sheinbaum acompañó a López Obrador en una nueva aventura política: la fundación de Morena.


Con esta plataforma, Sheinbaum regresó a la política local y en 2015 ganó las elecciones de la delegación (distrito) de Tlalpan, en el sur de Ciudad de México, como candidata de Morena. Su gestión estuvo en el ojo del huracán tras el sismo del 19 de septiembre pasado, cuando una veintena de niños murieron por el derrumbe del Colegio Rebsamen, ubicado en Tlalpan.


La oposición la acusó entonces de irregularidades en la adjudicación de permisos de construcción de la escuela, reproches que ella rechazó.


Sheinbaum vende como su mayor aval la gestión realizada por López Obrador cuando dirigió la capital mexicana, marcada por una mejora en la seguridad pública y la extensión de programas sociales.
Es previsible que la estrecha relación entre los dos políticos ganadores se materialice en una fuerte cooperación entre el Gobierno federal y el capitalino para combatir los problemas que más afectan a la ciudad más poblada del país: la desigualdad, la delincuencia y la contaminación.

Publicado enInternacional
Jueves, 10 Mayo 2018 17:29

Intervenciones artístico-marikas

Intervenciones artístico-marikas

El espacio urbano es tanto un reflejo como un generador de las interacciones sociales; funciona a modo de espejo de las personas que la habitan en toda su complejidad, resultando en la premisa: "el individuo construye la ciudad tanto como la ciudad construye al individuo".


Así es como encontramos una variedad de dinámicas urbanas que persisten en un mismo territorio, las que van desde la minuciosa planeación urbanística y arquitectónica hasta huellas no planeadas del habitar la ciudad, que generalmente se dan por fenómenos de segregación, crecimiento poblacional excesivo y, en el caso colombiano, por desplazamiento. Estos fenómenos caracterizan las ciudades contemporáneas, especialmente en Latinoamérica y responden al funcionamiento del capitalismo en sí.


La ciudad contemporánea, donde hay de todo pero espacio para nadie, concita al surgimiento de una suerte de distintas estrategias artísticas colectivas e individuales, para visualizar por su conducto su particular manera de leer la existencia misma de forma consciente; en estas estrategias artísticas, reflejadas a través de murales, happenings y los performances, se parte de entender lo efímero de cada intervención como un lugar susceptible de apropiación, obras e intervenciones con lascuales se busca generar cuestionamientos sobre lo invisible-cotidiano y las relaciones de poder existentes.


Confrontar los lugares comunes con los cuales el poder quiere homogenizar a los millones que ahora nos congregamos en un solo territorio, confrontar el poder y su lenguaje de lo posible como norma e imposición, liberando la creación, plasmada en paredes y otros sitios, como gritos de denuncia, pero también como llamado al encuentro y la reflexión, para dejar de ser masa amasada y alcanzar a constiruirnos como individuos en relación dinamica, formando comunidad.


Es por ello que nuestra invitación es a la exploración de las distintas huellas en que nuestras particulares y disidentes maneras de ver el mundo pueden apropiarse de la calle, es por esto que desde lo marika la apuesta de resistencia, lucha y apropiación de nuestros territorios y los espacios que habitamos también nace desde el arte, reconociendo la importancia del arte urbano, medio de expresión de nuestras apuestas y luchas, que se toman las ciudades, lo público, lo urbano, convirtiéndolo en un espacio transgresor, que trasciende los sentires y vivires particulares al cemento y el asfalto urbano, para romper su peso y frío espesor, proveyendo a la ciudad de alma, vitalizándola.


Reto y acción que toma forma, de manera más eficaz, a través de potenciar y reconcer la existencia de lo colectivo, de las comunidades, emergiendo a través de cada acto, a través de decenas, de cientos, de miles, de encuntros, debates y diálogos, con cuya potencia se iluma el camino para la otra ciudad que habrá de ser.

 

Publicado enCultura
La educación popular  como alternativa de futuro juvenil

La ciudad no está pensada para la juventud, mucho menos para los adolescentes. Ellos, desde el plano cotidiano, están obligados a seguir unas pautas de comportamiento y acción que establece el sistema educativo y el familiar: ir de la casa al colegio y del colegio a la casa... En sus tiempos libres, dedican sus energías a las redes sociales, video juegos o a divertirse con sus amigos. Sin embargo, no hay posibilidades para ellos, de verdad convocantes, más allá de eso.

 

La juventud está permeada por la cultura capitalista y sus cánones consumistas, reflejada en los medios de comunicación: programas basura que elogian al idiota, supuesto popular, al tiempo que promueve el bulling y muestra como “ñoño” al inteligente o al que le gusta el estudio. Apología de las drogas, sexo y narcotráfico, realitys shows dedicados a la competencia despiadada, la sexualización de la infancia y la juventud a partir de la música, la radio, el internet y las redes sociales.

 

La juventud del no futuro

 

Este no futuro es una característica de la sociedad colombiana. No es novedoso encontrar preadolescentes consumiendo pegante en las calles de cualquiera de nuestras grandes ciudaes, incluso dentro del sistema de transporte público. Niños y niñas que no les importa el futuro (no tienen presente, mucho menos porvenir), mientras los demás observan la escena de forma morbosa e indiferente, pero nunca con el ánimo de ayudar.

 

Muchos de ellos/ellas no cuentan con condiciones económicas y sociales favorables, lo que los va excluyendo, sacando del sistema educativo o del mundo laboral bien reconocido y remunerado. Sin opciones que vitalicen su diario vivir, encuentran en las drogas una alternativa –escapismo–; enrolados en combos o galladas para su consumo, terminan en la delincuencia como opción para levantar unos pocos pesos con los cuales sostener el propio vicio, que cada día será más intenso.

 

Un panorama al que no logra darle acertada respuesta las mediocre políticas juvenil proyectada por nuestros malos gobernantes. Es notoria la ausencia de una política juvenil desde la cual se piense y discutan cuestiones que aquejan a esta capa de la sociedad, aspectos como las drogas, el alcohol, la política, el sexo, las fiestas, el barrismo, el futuro productivo, el servicio militar obligatorio, los valores y las costumbres tradicionales de sus propios barrios, su historia en la comunidad etcétera. Todos estos temas y problemáticas son escenarios de discusión que normalmente se dejan de lado hasta dentro de las charlas familiares, lo que ocasiona un vacío, el cual se piensa llenar con la opinión o experiencia –no importa si buena o mala– de otras personas.

 

La educación popular

 

Vacío que en parte llenan los y las educadoras populares que van a los barrios y desde la autonomía abren espacios de participación e intercambio para los jóvenes, niños y niñas alrededor de distintos intereses. Escuelas de fútbol, clases de música, circo, tejido, escuelas de rap, esténcil y grafiti, refuerzos, preicfes gratuitos y populares. Proyectos que se convierten en alternativas y muchas veces puertas de cambio para los jóvenes, al sentirse reconocidos y valorados, concitados ante y para sus propias vidas, al reconocerse dentro de una comunidad, dueños de distintos saberes funcionales y transformadores.

 

En un sistema excluyente como el nuestro, en donde la juventud no tiene cabida en los escenarios de liderazgo; donde su voz, voto u opinión no son tenidos en cuenta en/para la construcción de una Colombia para ellos, sino que se continúan reproduciendo los mismos vacíos reinantes en muchas cuestiones cotidianas, los escenarios de participación e interacción que puede abrir un proceso de educación popular, da la bienvenida a la realidad de la juventud, para acercarse a nuevas formas de entender, cuestionar y transformar sus propias formas de percibir la vida.

Publicado enEdición Nº244
Lunes, 18 Diciembre 2017 07:51

Narrar en cien palabras

Narrar en cien palabras

Contar la ciudad en un breve relato.


La capacidad de síntesis para contar algo se ha llamado “Bogotá en cien palabras”. Un concurso de relatos cortos, un máximo de un centenar de vocablos, que tenían que versar alrededor de la vida en la capital colombiana. Organizado por las secretarías de Cultura, Recreación y Deporte y de Educación, el Instituto Distrital de las Artes (Idartes) y la Cámara Colombiana del Libro junto a la Fundación Plagio de Chile, es una propuesta de participación ciudadana para que la gente cuente su historia y su ciudad de manera breve.


Otras ciudades han promovido iniciativas como ésta. En 2001 fue Santiago de Chile la pionera, convocándose después en otras poblaciones como Valparaíso (Chile), Budapest (Hungría) y Puebla (México).


En esta primera edición de la versión bogotana participaron más de nueve mil relatos, de los que los cien mejores, a juicio de los jurados, serán editados en la colección de libros de bolsillo gratuitos “los libros al viento” de la Alcaldía Mayor de Bogotá. También serán ilustrados y difundidos en espacios públicos los diez más destacados de ese centenar.


En Bogotá, el jurado que ha determinado los premios ha estado compuesto por la escritora Irene Vasco, el poeta y ensayista Hugo Chaparro y el novelista Darío Jaramillo Agudelo. La convocatoria ofrecía un premio a la persona ganadora y tres menciones especiales, un talento y dos honrosas, en cada una de las tres categorías establecidas: infantil, juvenil y adultos.


La ceremonia de premiación tuvo lugar en la Biblioteca Pública Virgilio Barco el pasado 30 de noviembre. El cuento ganador fue el titulado “Gravedad” de J. P. Jiménez, de 27 años del barrio Teusaquillo. Pueden leerlo, junto a los otros nueve destacados, aquí. También pueden leer los otros noventa en este otro enlace. De entre ellos yo elijo uno titulado “La capital”, en el que una mujer de 27 años de la localidad de Chapinero describe su Bogotá, que puede ser la de mucha gente:


“Cansada e intoxicada. Con la frente en alto y el corazón en bajo, con más smog que oxígeno y más carros que personas. Bogotá es la lucha del que rebusca y la apatía del que no necesita. Indolente ciudad, eres la vida que pasa todos los días igual. Eres el calor del rolo y el frío del turista, no dejas mucho que desear cuando te vienen a visitar, sigues siendo el sueño de muchos y la realidad de pocos que han podido progresar. Necesitas que tu gente te haga un favor: que vuelvan a sentirte como una ciudad de amor.”

Yo tenía dos cuentos. En el primero, titulado “Dos mil seiscientos qué”, retrataba un poco la ciudad en noventa y tres palabras. En el segundo, de nombre “El Quijote en Bogotá”, me imaginaba al ingenioso hidalgo cabalgando por las calles bogotanas. Fue el que finalmente presenté, aunque no llego al puerto y se quedó en el camino con los otros cientos. Pero se lo quiero compartir porque así lo acordé con el caballero andante y su jamelgo galopante, protagonistas de esta breve historia acaecida en la capital:
Mira hacia los cerros sabiendo que en algún lugar están esos gigantes que no permiten la utopía. Cabalga la calle 26 y Rocinante gira en la carrera séptima como si supiera su destino. Más de doscientos años de historia le vigilan. Llega a la plaza de Bolívar y se da cuenta que los molinos se han transformado en edificios de los poderes que le niegan la locura y matan sus sueños. Compungido, descabalga y se apoya en la estatua de otro soñador que le tiende sus brazos y le susurra al oído “lucha y sueña, el mundo te necesita.”

Publicado enColombia
Miércoles, 04 Octubre 2017 06:51

¿Hacia dónde va el POT de Bogotá?

¿Hacia dónde va el POT de Bogotá?

Se agota el tiempo para la aprobación del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) en Bogotá y es importante comprender cómo entiende la actual administración la planeación urbana y dentro de ella el tema ambiental, con particularidades e intereses ecológicos y de sostenibilidad urbanas, manifiestas en los elementos de la Estructura Ecológica Principal (EEP), como por ejemplo la Reserva Thomas van der Hammen ¿Quiénes ganan con urbanizarla y quienes pierden? ¿Quiénes ganan con implementar el Plan de Manejo Ambiental y quiénes pierden? Aquí un acercamiento a esta realidad, a la luz de la información oficial.

 

Bogotá tiene particularidades ambientales que la diferencian de cualquier otra ciudad del país. Para valorarlas en su real dimensión requerimos entender, dentro de estas particularidades, algunos supuestos sugeridos por la Administración que hoy rige los destinos de la ciudad, tales como: 1) La planeación es un ejercicio técnico y no político. 2) El crecimiento de la ciudad es algo inevitable (casi que un destino manifiesto), y 3) La Estructura Ecológica Principal (EEP) es equiparable a una categoría de espacio público cualquiera. Para tal fin, tomaremos como referencia principal el documento resumen del diagnóstico para el nuevo POT. Solo nos concentramos en lo que dice dicho diagnóstico, haciendo referencia al discurso de quienes lo escriben, ya que no es nuestra intención hacer un juicio a priori y generalizante hacia todos/as los/as funcionarios/as de la Administración distrital.

 

Planeación urbana: un ejercicio político

 

En el documento del diagnóstico, en concordancia con declaraciones hechas por la actual Administración distrital, se sugiere que la práctica de la planeación urbana es un ejercicio técnico, no político. Atribuir ese carácter le brinda objetividad y certeza. Lo técnico no se discute, se da por sentado, se gerencia y ejecuta, por lo que no se concerta, sino que se socializa. Lo político para este caso, es entendido como una asociación oportunista de personas con intereses similares que buscan poder. En ese sentido lo técnico y lo político se presentan como dos polos entre lo que sería “bueno y deseable” y lo que sería “corrupto y evitable”.

 

De esta forma se niega la esencia de lo político: la discusión e incluso el disenso. Estas premisas van más allá de lo meramente semántico, porque suelen enmascarar estrategias políticas con el fin de deslegitimar la participación amplia y democrática de personas y colectivos sociales en la planeación territorial. Como técnicos ellos saben qué es mejor para “todos”. Quienes no compartan la idea de lo que es mejor según ellos, entonces son descalificados bien sea como opositores del desarrollo, conservacionistas, o en el peor de los casos beligerantes.

 

Cuando se parte de un juicio de valor como el de “beligerancia ambiental”, empleado en un documento público como es el Documento Diagnóstico (p. 62), implica hacerlo desde un prejuicio, o de una determinada convicción antagonista frente algo o alguien, se trata de un argumento falaz (ad hominen). Emplear indiscriminadamente este lenguaje, evidencia de manera alarmante un estilo de gobierno de la ciudad más bien autoritario, que se escuda en narrativas ambiguas para legitimar intereses distantes de velar por los comunes urbanos y lo público.

 

Dar por sentado que existe un consenso en torno a la participación en un proceso político como el POT es algo muy peligroso, desde un Estado que se autoproclama democrático. Esto invisibiliza al sujeto que disiente, y peor aún, lo estigmatiza. Es un ataque infundado desde un desconocimiento deliberado de las fuerzas sociales en Bogotá, en este caso del ambientalismo capitalino, que pese a sus altibajos, ha mantenido vigente el debate del lugar de lo ambiental en la ciudad, y en el mejor de los casos, ha logrado políticas concretas, por ejemplo que algunas áreas protegidas urbanas sean una realidad y no una simple arenga.

 

El POT es una de las pocas cartas de navegación territorial para debatir y construir los comunes urbanos. Establece mecanismos e instancias de participación que deben ser exigidos para su total cumplimiento y legitimidad. No obstante, presenta limitaciones técnicas y normativas, quizá la más crítica es que dichos mecanismos de participación terminan siendo ambiguos y proclives a la manipulación clientelista por parte de cualquier partido político en nombre de la participación democrática a nivel local. Luego, ¿cómo y para qué participar?

 

Reconocer las limitaciones de los instrumentos de participación, no significa adherir a la “despolitización” de los temas de la ciudad o de la planeación. Estas limitaciones no pueden ser usadas como excusa para dejar de discutir ideas contrarias a una dominante que además de negarlas, termina por estigmatizarlas. La estrategia de “despolitización” no cuestiona lo que ya existe. Se supone que lo “técnico” piensa en cómo resolver problemas puntuales, como por ejemplo, el déficit de vivienda o la movilidad, pero nunca se dice el porqué, para qué, ni menos el para quién se debe planear tales soluciones. Es por eso que las concertaciones se evitan y se limitan a socializaciones, como en el caso puntual del POZ Norte, Lagos de Torca.

 

Algo similar sucede con la concepción de lo público, que no es sólo el lugar en donde se determinan de manera colectiva los principios que rigen la vida en común. Más bien, representa la arena de debate en donde caben múltiples miradas que contraponen la supremacía de poderes particulares sobre dichos principios y vida común. En un instrumento como el POT caben todas las dimensiones de la vida urbana (y regional), como la dotación de servicios urbanos, el cómo se consolidan las funciones económicas, sociales y culturales, y no menos importante, de su estructura ecológica y biofísica, de su uso y apropiación como parte del espacio público. La ciudad no solo es espacio contenedor de la vida urbana, es ésta misma y las prácticas de sus habitantes las que producen ciudad y paisaje urbano. El planear el crecimiento de la ciudad teniendo en cuenta la administración del espacio público y su relación por ende con la naturaleza urbana, es un asunto importante. En las siguientes líneas nos concentramos en elaborar mejor este vínculo.

 

Crecimiento de la ciudad: ¿un destino manifiesto?

 

El diagnóstico general para la revisión ordinaria del POT de Bogotá parte de la premisa según la cual la ciudad ha crecido en forma consistente, continuará creciendo hasta estabilizarse en 2050, por razones que no se explican en el documento:

 

“Cada año contamos con alrededor de 100.000 nuevos habitantes (1,14 millones entre 2005 y 2016), razón por la cual también hemos crecido económicamente (más de un 3,5% anual) sin dejar de generar la tercera parte de los recursos con que cuenta el país para su desarrollo” (Documento Diagnóstico, p. 8).

 

Si bien es notable el crecimiento demográfico y económico de la ciudad, es poco acertado afirmar que estos dos fenómenos tienen una relación causal o que son directamente interdependientes. No todo crecimiento demográfico implica crecimiento económico, ni todo crecimiento económico implica un aumento de la población. Abordar solo este punto merecería todo un artículo al respecto. Lo interesante aquí es que esa imprecisión sustenta la pregunta central del ejercicio de diagnóstico, y seguramente, del POT:

 

“¿Cómo sostener este crecimiento y a la vez mejorar la distribución interna de nuestra riqueza, disminuyendo los grandes desequilibrios sociales y económicos que caracterizan a nuestro territorio?” (Documento diagnóstico, p. 9).

 

Es decir, cómo continuar con las tendencias del crecimiento existentes, disminuyendo los costos de esa elección. Esta formulación implica una concepción del crecimiento como un destino manifiesto de la ciudad.

 

Otra convicción que sustenta el documento diagnóstico es que la urbanización es un proceso inevitable que, también inevitablemente destruye la naturaleza a su paso. Si no expandimos la ciudad, ella lo hará por sí misma. De esta manera, si el crecimiento y la urbanización son destinos finales e ineludibles, la única alternativa propuesta es no perder tiempo cuestionando por qué o para qué crecer, sino usar todas las posibilidades de la técnica y la tecnología para crecer de forma “racional”. Entendiendo la racionalidad como única e incuestionable, acá emergería lo que algunos llaman la interfaz ciencia-política-sociedad, relacionada a la premisa de la planeación como algo técnico y no político. Si bien este asunto merece también otro análisis en profundidad, lo que podemos decir es que la racionalidad a la que se apela tanto desde lo técnico o lo científico, precisamente termina por evitar preguntarse por qué o para qué crecer.

 

Por tanto, la directriz es “crecer sí, pero no así”. Crecer con orden para mejorar la calidad de vida de los bogotanos y hacerlos felices (término del Plan de Desarrollo 2016). La alternativa propuesta por la administración es construir ciudad con “naturaleza planeada”, corredores verdes y espacios públicos de acuerdo a los parámetros del diseño urbano. Ese es el modelo de pensamiento que fundamenta la lectura de la Administración sobre la ciudad y que sustenta los proyectos urbanos que se propone. Este es el caso concreto del Plan Zonal del Norte Lagos de Torca, y de la mencionada, pero hasta ahora no presentada formalmente, propuesta Ciudad Norte, sobre los terrenos de la Reserva Thomas van der Hammen.

 

Contrario al planteamiento del texto diagnóstico del POT, creemos que las pregunta sobre por qué y para qué crecer, son tan pertinentes como las preguntas por el cómo, y sobre todo, ¿para quién crecer? ¿Quiénes han sido y seguirán siendo los más beneficiados con los proyecto de expansión de la ciudad? El debate no puede perder de vista que estos proyectos constituyen un terreno fértil para la especulación inmobiliaria. Al respecto, nos dicen que ninguna administración hasta ahora, ha podido evitar los incrementos especulativos sobre los precios del suelo, ni siquiera las de corte “populista” (Documento Diagnóstico, p. 32). Asumen entonces que esta especulación es inevitable, otro destino manifiesto basado en la escasez del suelo urbano en la ciudad. Lo que no nos cuentan es que la escasez como concepto socialmente creado, es una realidad debatible. El punto es precisamente ¿cómo, quién y para qué se mide la escasez?

 

En la defensa unilateral de la expansión de la ciudad sobre el norte, la Administración no asume un verdadero ejercicio de planeación, de gestión y lo más difícil: de regulación, pues es más fácil fomentar las tendencias ya iniciadas y dejar que el mercado dicte los caminos. Así mismo entiende el tratamiento de la gestión de riesgos asociados al cambio climático. Si bien identifica áreas de riesgos diferenciados, sustentadas por estudios del Ideam, la postura frente a este tipo de fenómenos es la de “mitigar” con tecnología o “soluciones duras” eventos puntuales como inundaciones y deslizamientos, más asociados a la variabilidad climática que al cambio climático. Nada de adaptación o soluciones que algunos expertos llaman “basadas en naturaleza”. Se trata de un tipo de planeación que como medicina atiende los síntomas de la enfermedad, pero no previene sus causas, a pesar de conocerlas.

 

Estructura ecológica como espacio público

 

Según lo expresado en el documento diagnóstico del POT, la Estructura Ecológica Principal (EEP) es resultado de un enfoque proteccionista de la planeación en Bogotá y en Colombia, que trata a los elementos ambientales como objetos de protección pasiva que solo benefician “a los habitantes de sus entornos inmediatos y a un limitado número de especialistas y observadores de especies” (Documento Diagnóstico, p. 62). Aunque reconocen que el enfoque proteccionista “ha permitido conservar una parte de las dinámicas ecológicas originales del territorio” (Documento Diagnóstico, p. 59), consideran que no se ha acompañado de la ejecución de proyectos efectivos para la “restauración” y “renaturalización” y que estos espacios, por no hacer parte de la red de espacios públicos están subutilizados.

 

Estos planteamientos resultan problemáticos por diversas razones. En primer lugar porque otorgar a los elementos de la EEP el mismo carácter que a otros espacios públicos, como por ejemplo parques metropolitanos o zonales, es desconocer las complejidades ecológicas del territorio. Algunos de estos elementos, como por ejemplo los humedales, no pueden ser convertidos en áreas de recreación activa o soportar infraestructuras como canchas de fútbol sintéticas y ciclo rutas.

 

En segundo lugar, el concepto de EEP, no está referido a conservar las dinámicas ecológicas originales del territorio, pues como bien lo reconocen en el texto, estas son dinámicas y corresponden más bien a una unidad socio-natural, ya que no hay un estado original per se. Se trata más bien, de comprender cuáles son las relaciones entre los elementos ecológicos que han permitido la existencia de la ciudad y que favorecen su sostenibilidad, para orientar la planeación de modo que se conserven tanto la ciudad, como los elementos de la estructura ecológica, pues están íntimamente relacionadas entre sí.

 

En tercer lugar, el diseño urbano no asegura la apropiación de los espacios públicos. Las personas no sienten un espacio como propio solo por encontrarlo agradable estéticamente o porque una valla oficial les diga: ¡este espacio es tuyo! La apropiación se construye desde las comunidades y con las comunidades, en el conocimiento y la comprensión de las relaciones con el entorno. Ejemplos claros de apropiación son el humedal de La Conejera y la quebrada La Salitrosa, elementos fundamentales de la EEP que se conectan con los Cerros Orientales y el río Bogotá, a través de la Reserva van der Hammen. Las comunidades además de contar con recreación pasiva, realizan actividades de educación ambiental y mantenimiento comunitario de los elementos naturales.

 

Comentario final

 

Las discusiones alrededor de la planeación urbana y de sus implicaciones ambientales, no se reducen a quién tiene la razón absoluta, sino de identificar quién decide, quién gana y quién pierde con cada decisión. En un marco de urbanización capitalista, que no solo reproduce desigualdades sociales, sino serias afectaciones a la ecología urbana y a la sostenibilidad regional, muchos de los argumentos que esgrime la actual Administración se justifican en una supuesta inevitabilidad del crecimiento de la ciudad, que resulta bastante útil para la especulación rentista de los intereses inmobiliarios. Mover una serie de proyectos y capitales para sostener este tipo de urbanización, a través del POT, suprime un legítimo sentido público de la planeación territorial. Y este no es un asunto menor, sino que tiene que ver con el presente y futuro para millones de bogotanxs.

 

* Ecólogo, con maestría en Geografía y estudiante de doctorado en Política Ambiental en el Departamento de estudios Geográficos e Históricos de la Universidad Eastern Finland, en Joensuu, Finlandia. Ha trabajado con entidades en instituciones distritales y nacionales.
** Antropóloga, con maestría en Urbanismo de la Universidad Nacional y estudiante de doctorado en Planeación Urbana y Regional en el Instituto de Investigación y Planeación Urbana y Regional de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ha investigado los procesos de urbanización del municipio de Chía y trabajado en consultorías para Planes de Ordenamiento Territorial.

 


 

Recuadro


La ciudad como unidad socio natural, una aclaración necesaria

 

Partamos de que no hay nada equivalente a una naturaleza “intocada”. El concepto de naturaleza es ambivalente, ya que depende de quién y para qué se evoca. Tomemos el caso de los humedales de Bogotá. Su forma y paisaje actual son un producto socio-ecológico de cómo la ciudad y las relaciones de poder entre diferentes sectores de la sociedad bogotana se han relacionado con estos lugares, por ejemplo, a través de movilizaciones sociales para su defensa y la consecución de políticas concretas en su reconocimiento y manejo. Por tanto, es un ejercicio riesgoso esencializar a la naturaleza, ya que precisamente en las ciudades y entornos urbanizados es donde nuestra relación con ella es más explícita.

 

La ecología política urbana ha planteado que la ciudad no destruye la naturaleza, sino que más bien la transforma, es naturaleza urbanizada. Como en el caso de los humedales. Pero este planteamiento en ningún momento debe entenderse como una justificación para arrasar con los ecosistemas y soporte biofísico de la ciudad, o construir grandes proyectos urbanos sobre los mismos.

 

Lo que entiende la ecología política urbana por unidad socio natural es para qué y para quiénes es la ciudad y su naturaleza. Asimismo, la urbanización no solo se limita a la ciudad, sino que es el proceso de transformación de la naturaleza para materializar ésta última y su paisaje. Dicho proceso va más allá de límites físicos y administrativos, tal es el caso de la huella que la ciudad tiene en su área de influencia regional (e incluso más allá). Esto sin contar las desigualdades sociales que muchas veces acarrea este proceso que permiten sustentar a la ciudad, por ejemplo, a través del abastecimiento de agua, energía y alimentos.

 

Estos planteamientos han sido frecuentemente mal interpretados y usados de manera irresponsable por parte algunos expertos, entre ellos algunos biólogos y ecólogos. Para ellos, si la naturaleza es socialmente construida y es transformada por el proceso de la urbanización, entonces puede adaptarse a nuestras necesidades, aun cuando lo que concebimos como necesario tenga implicaciones que no se pueden prever con exactitud. Este tipo de discursos han justificado desviación de cursos de ríos, la tala de arbolado urbano, construcciones en áreas inundables, realinderamiento de áreas protegidas, entre muchos otros. Lo que no dicen algunos de estos expertos es que todas las transformaciones del territorio, por más planeadas y técnicamente controladas que sean, tienen impacto tanto en la vida de sus habitantes, como en el ambiente; así como todas las transformaciones ambientales tienen impactos en la ciudad y en la vida de sus habitantes, pues ciudad y naturaleza son una unidad.

Publicado enColombia
Martes, 26 Septiembre 2017 15:09

¿Hacia dónde va el POT de Bogotá?

¿Hacia dónde va el POT de Bogotá?

Se agota el tiempo para la aprobación del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) en Bogotá y es importante comprender cómo entiende la actual administración la planeación urbana y dentro de ella el tema ambiental, con particularidades e intereses ecológicos y de sostenibilidad urbanas, manifiestas en los elementos de la Estructura Ecológica Principal (EEP), como por ejemplo la Reserva Thomas van der Hammen ¿Quiénes ganan con urbanizarla y quienes pierden? ¿Quiénes ganan con implementar el Plan de Manejo Ambiental y quiénes pierden? Aquí un acercamiento a esta realidad, a la luz de la información oficial.

 

Bogotá tiene particularidades ambientales que la diferencian de cualquier otra ciudad del país. Para valorarlas en su real dimensión requerimos entender, dentro de estas particularidades, algunos supuestos sugeridos por la Administración que hoy rige los destinos de la ciudad, tales como: 1) La planeación es un ejercicio técnico y no político. 2) El crecimiento de la ciudad es algo inevitable (casi que un destino manifiesto), y 3) La Estructura Ecológica Principal (EEP) es equiparable a una categoría de espacio público cualquiera. Para tal fin, tomaremos como referencia principal el documento resumen del diagnóstico para el nuevo POT. Solo nos concentramos en lo que dice dicho diagnóstico, haciendo referencia al discurso de quienes lo escriben, ya que no es nuestra intención hacer un juicio a priori y generalizante hacia todos/as los/as funcionarios/as de la Administración distrital.

 

Planeación urbana: un ejercicio político

 

En el documento del diagnóstico, en concordancia con declaraciones hechas por la actual Administración distrital, se sugiere que la práctica de la planeación urbana es un ejercicio técnico, no político. Atribuir ese carácter le brinda objetividad y certeza. Lo técnico no se discute, se da por sentado, se gerencia y ejecuta, por lo que no se concerta, sino que se socializa. Lo político para este caso, es entendido como una asociación oportunista de personas con intereses similares que buscan poder. En ese sentido lo técnico y lo político se presentan como dos polos entre lo que sería “bueno y deseable” y lo que sería “corrupto y evitable”.

 

De esta forma se niega la esencia de lo político: la discusión e incluso el disenso. Estas premisas van más allá de lo meramente semántico, porque suelen enmascarar estrategias políticas con el fin de deslegitimar la participación amplia y democrática de personas y colectivos sociales en la planeación territorial. Como técnicos ellos saben qué es mejor para “todos”. Quienes no compartan la idea de lo que es mejor según ellos, entonces son descalificados bien sea como opositores del desarrollo, conservacionistas, o en el peor de los casos beligerantes.

 

Cuando se parte de un juicio de valor como el de “beligerancia ambiental”, empleado en un documento público como es el Documento Diagnóstico (p. 62), implica hacerlo desde un prejuicio, o de una determinada convicción antagonista frente algo o alguien, se trata de un argumento falaz (ad hominen). Emplear indiscriminadamente este lenguaje, evidencia de manera alarmante un estilo de gobierno de la ciudad más bien autoritario, que se escuda en narrativas ambiguas para legitimar intereses distantes de velar por los comunes urbanos y lo público.

 

Dar por sentado que existe un consenso en torno a la participación en un proceso político como el POT es algo muy peligroso, desde un Estado que se autoproclama democrático. Esto invisibiliza al sujeto que disiente, y peor aún, lo estigmatiza. Es un ataque infundado desde un desconocimiento deliberado de las fuerzas sociales en Bogotá, en este caso del ambientalismo capitalino, que pese a sus altibajos, ha mantenido vigente el debate del lugar de lo ambiental en la ciudad, y en el mejor de los casos, ha logrado políticas concretas, por ejemplo que algunas áreas protegidas urbanas sean una realidad y no una simple arenga.

 

El POT es una de las pocas cartas de navegación territorial para debatir y construir los comunes urbanos. Establece mecanismos e instancias de participación que deben ser exigidos para su total cumplimiento y legitimidad. No obstante, presenta limitaciones técnicas y normativas, quizá la más crítica es que dichos mecanismos de participación terminan siendo ambiguos y proclives a la manipulación clientelista por parte de cualquier partido político en nombre de la participación democrática a nivel local. Luego, ¿cómo y para qué participar?

 

Reconocer las limitaciones de los instrumentos de participación, no significa adherir a la “despolitización” de los temas de la ciudad o de la planeación. Estas limitaciones no pueden ser usadas como excusa para dejar de discutir ideas contrarias a una dominante que además de negarlas, termina por estigmatizarlas. La estrategia de “despolitización” no cuestiona lo que ya existe. Se supone que lo “técnico” piensa en cómo resolver problemas puntuales, como por ejemplo, el déficit de vivienda o la movilidad, pero nunca se dice el porqué, para qué, ni menos el para quién se debe planear tales soluciones. Es por eso que las concertaciones se evitan y se limitan a socializaciones, como en el caso puntual del POZ Norte, Lagos de Torca.

 

Algo similar sucede con la concepción de lo público, que no es sólo el lugar en donde se determinan de manera colectiva los principios que rigen la vida en común. Más bien, representa la arena de debate en donde caben múltiples miradas que contraponen la supremacía de poderes particulares sobre dichos principios y vida común. En un instrumento como el POT caben todas las dimensiones de la vida urbana (y regional), como la dotación de servicios urbanos, el cómo se consolidan las funciones económicas, sociales y culturales, y no menos importante, de su estructura ecológica y biofísica, de su uso y apropiación como parte del espacio público. La ciudad no solo es espacio contenedor de la vida urbana, es ésta misma y las prácticas de sus habitantes las que producen ciudad y paisaje urbano. El planear el crecimiento de la ciudad teniendo en cuenta la administración del espacio público y su relación por ende con la naturaleza urbana, es un asunto importante. En las siguientes líneas nos concentramos en elaborar mejor este vínculo.

 

Crecimiento de la ciudad: ¿un destino manifiesto?

 

El diagnóstico general para la revisión ordinaria del POT de Bogotá parte de la premisa según la cual la ciudad ha crecido en forma consistente, continuará creciendo hasta estabilizarse en 2050, por razones que no se explican en el documento:

 

“Cada año contamos con alrededor de 100.000 nuevos habitantes (1,14 millones entre 2005 y 2016), razón por la cual también hemos crecido económicamente (más de un 3,5% anual) sin dejar de generar la tercera parte de los recursos con que cuenta el país para su desarrollo” (Documento Diagnóstico, p. 8).

 

Si bien es notable el crecimiento demográfico y económico de la ciudad, es poco acertado afirmar que estos dos fenómenos tienen una relación causal o que son directamente interdependientes. No todo crecimiento demográfico implica crecimiento económico, ni todo crecimiento económico implica un aumento de la población. Abordar solo este punto merecería todo un artículo al respecto. Lo interesante aquí es que esa imprecisión sustenta la pregunta central del ejercicio de diagnóstico, y seguramente, del POT:

 

“¿Cómo sostener este crecimiento y a la vez mejorar la distribución interna de nuestra riqueza, disminuyendo los grandes desequilibrios sociales y económicos que caracterizan a nuestro territorio?” (Documento diagnóstico, p. 9).

 

Es decir, cómo continuar con las tendencias del crecimiento existentes, disminuyendo los costos de esa elección. Esta formulación implica una concepción del crecimiento como un destino manifiesto de la ciudad.

 

Otra convicción que sustenta el documento diagnóstico es que la urbanización es un proceso inevitable que, también inevitablemente destruye la naturaleza a su paso. Si no expandimos la ciudad, ella lo hará por sí misma. De esta manera, si el crecimiento y la urbanización son destinos finales e ineludibles, la única alternativa propuesta es no perder tiempo cuestionando por qué o para qué crecer, sino usar todas las posibilidades de la técnica y la tecnología para crecer de forma “racional”. Entendiendo la racionalidad como única e incuestionable, acá emergería lo que algunos llaman la interfaz ciencia-política-sociedad, relacionada a la premisa de la planeación como algo técnico y no político. Si bien este asunto merece también otro análisis en profundidad, lo que podemos decir es que la racionalidad a la que se apela tanto desde lo técnico o lo científico, precisamente termina por evitar preguntarse por qué o para qué crecer.

 

Por tanto, la directriz es “crecer sí, pero no así”. Crecer con orden para mejorar la calidad de vida de los bogotanos y hacerlos felices (término del Plan de Desarrollo 2016). La alternativa propuesta por la administración es construir ciudad con “naturaleza planeada”, corredores verdes y espacios públicos de acuerdo a los parámetros del diseño urbano. Ese es el modelo de pensamiento que fundamenta la lectura de la Administración sobre la ciudad y que sustenta los proyectos urbanos que se propone. Este es el caso concreto del Plan Zonal del Norte Lagos de Torca, y de la mencionada, pero hasta ahora no presentada formalmente, propuesta Ciudad Norte, sobre los terrenos de la Reserva Thomas van der Hammen.

 

Contrario al planteamiento del texto diagnóstico del POT, creemos que las pregunta sobre por qué y para qué crecer, son tan pertinentes como las preguntas por el cómo, y sobre todo, ¿para quién crecer? ¿Quiénes han sido y seguirán siendo los más beneficiados con los proyecto de expansión de la ciudad? El debate no puede perder de vista que estos proyectos constituyen un terreno fértil para la especulación inmobiliaria. Al respecto, nos dicen que ninguna administración hasta ahora, ha podido evitar los incrementos especulativos sobre los precios del suelo, ni siquiera las de corte “populista” (Documento Diagnóstico, p. 32). Asumen entonces que esta especulación es inevitable, otro destino manifiesto basado en la escasez del suelo urbano en la ciudad. Lo que no nos cuentan es que la escasez como concepto socialmente creado, es una realidad debatible. El punto es precisamente ¿cómo, quién y para qué se mide la escasez?

 

En la defensa unilateral de la expansión de la ciudad sobre el norte, la Administración no asume un verdadero ejercicio de planeación, de gestión y lo más difícil: de regulación, pues es más fácil fomentar las tendencias ya iniciadas y dejar que el mercado dicte los caminos. Así mismo entiende el tratamiento de la gestión de riesgos asociados al cambio climático. Si bien identifica áreas de riesgos diferenciados, sustentadas por estudios del Ideam, la postura frente a este tipo de fenómenos es la de “mitigar” con tecnología o “soluciones duras” eventos puntuales como inundaciones y deslizamientos, más asociados a la variabilidad climática que al cambio climático. Nada de adaptación o soluciones que algunos expertos llaman “basadas en naturaleza”. Se trata de un tipo de planeación que como medicina atiende los síntomas de la enfermedad, pero no previene sus causas, a pesar de conocerlas.

 

Estructura ecológica como espacio público

 

Según lo expresado en el documento diagnóstico del POT, la Estructura Ecológica Principal (EEP) es resultado de un enfoque proteccionista de la planeación en Bogotá y en Colombia, que trata a los elementos ambientales como objetos de protección pasiva que solo benefician “a los habitantes de sus entornos inmediatos y a un limitado número de especialistas y observadores de especies” (Documento Diagnóstico, p. 62). Aunque reconocen que el enfoque proteccionista “ha permitido conservar una parte de las dinámicas ecológicas originales del territorio” (Documento Diagnóstico, p. 59), consideran que no se ha acompañado de la ejecución de proyectos efectivos para la “restauración” y “renaturalización” y que estos espacios, por no hacer parte de la red de espacios públicos están subutilizados.

 

Estos planteamientos resultan problemáticos por diversas razones. En primer lugar porque otorgar a los elementos de la EEP el mismo carácter que a otros espacios públicos, como por ejemplo parques metropolitanos o zonales, es desconocer las complejidades ecológicas del territorio. Algunos de estos elementos, como por ejemplo los humedales, no pueden ser convertidos en áreas de recreación activa o soportar infraestructuras como canchas de fútbol sintéticas y ciclo rutas.

 

En segundo lugar, el concepto de EEP, no está referido a conservar las dinámicas ecológicas originales del territorio, pues como bien lo reconocen en el texto, estas son dinámicas y corresponden más bien a una unidad socio-natural, ya que no hay un estado original per se. Se trata más bien, de comprender cuáles son las relaciones entre los elementos ecológicos que han permitido la existencia de la ciudad y que favorecen su sostenibilidad, para orientar la planeación de modo que se conserven tanto la ciudad, como los elementos de la estructura ecológica, pues están íntimamente relacionadas entre sí.

 

En tercer lugar, el diseño urbano no asegura la apropiación de los espacios públicos. Las personas no sienten un espacio como propio solo por encontrarlo agradable estéticamente o porque una valla oficial les diga: ¡este espacio es tuyo! La apropiación se construye desde las comunidades y con las comunidades, en el conocimiento y la comprensión de las relaciones con el entorno. Ejemplos claros de apropiación son el humedal de La Conejera y la quebrada La Salitrosa, elementos fundamentales de la EEP que se conectan con los Cerros Orientales y el río Bogotá, a través de la Reserva van der Hammen. Las comunidades además de contar con recreación pasiva, realizan actividades de educación ambiental y mantenimiento comunitario de los elementos naturales.

 

Comentario final

 

Las discusiones alrededor de la planeación urbana y de sus implicaciones ambientales, no se reducen a quién tiene la razón absoluta, sino de identificar quién decide, quién gana y quién pierde con cada decisión. En un marco de urbanización capitalista, que no solo reproduce desigualdades sociales, sino serias afectaciones a la ecología urbana y a la sostenibilidad regional, muchos de los argumentos que esgrime la actual Administración se justifican en una supuesta inevitabilidad del crecimiento de la ciudad, que resulta bastante útil para la especulación rentista de los intereses inmobiliarios. Mover una serie de proyectos y capitales para sostener este tipo de urbanización, a través del POT, suprime un legítimo sentido público de la planeación territorial. Y este no es un asunto menor, sino que tiene que ver con el presente y futuro para millones de bogotanxs.

 

* Ecólogo, con maestría en Geografía y estudiante de doctorado en Política Ambiental en el Departamento de estudios Geográficos e Históricos de la Universidad Eastern Finland, en Joensuu, Finlandia. Ha trabajado con entidades en instituciones distritales y nacionales.
** Antropóloga, con maestría en Urbanismo de la Universidad Nacional y estudiante de doctorado en Planeación Urbana y Regional en el Instituto de Investigación y Planeación Urbana y Regional de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ha investigado los procesos de urbanización del municipio de Chía y trabajado en consultorías para Planes de Ordenamiento Territorial.

 


 

Recuadro


La ciudad como unidad socio natural, una aclaración necesaria

 

Partamos de que no hay nada equivalente a una naturaleza “intocada”. El concepto de naturaleza es ambivalente, ya que depende de quién y para qué se evoca. Tomemos el caso de los humedales de Bogotá. Su forma y paisaje actual son un producto socio-ecológico de cómo la ciudad y las relaciones de poder entre diferentes sectores de la sociedad bogotana se han relacionado con estos lugares, por ejemplo, a través de movilizaciones sociales para su defensa y la consecución de políticas concretas en su reconocimiento y manejo. Por tanto, es un ejercicio riesgoso esencializar a la naturaleza, ya que precisamente en las ciudades y entornos urbanizados es donde nuestra relación con ella es más explícita.

 

La ecología política urbana ha planteado que la ciudad no destruye la naturaleza, sino que más bien la transforma, es naturaleza urbanizada. Como en el caso de los humedales. Pero este planteamiento en ningún momento debe entenderse como una justificación para arrasar con los ecosistemas y soporte biofísico de la ciudad, o construir grandes proyectos urbanos sobre los mismos.

 

Lo que entiende la ecología política urbana por unidad socio natural es para qué y para quiénes es la ciudad y su naturaleza. Asimismo, la urbanización no solo se limita a la ciudad, sino que es el proceso de transformación de la naturaleza para materializar ésta última y su paisaje. Dicho proceso va más allá de límites físicos y administrativos, tal es el caso de la huella que la ciudad tiene en su área de influencia regional (e incluso más allá). Esto sin contar las desigualdades sociales que muchas veces acarrea este proceso que permiten sustentar a la ciudad, por ejemplo, a través del abastecimiento de agua, energía y alimentos.

 

Estos planteamientos han sido frecuentemente mal interpretados y usados de manera irresponsable por parte algunos expertos, entre ellos algunos biólogos y ecólogos. Para ellos, si la naturaleza es socialmente construida y es transformada por el proceso de la urbanización, entonces puede adaptarse a nuestras necesidades, aun cuando lo que concebimos como necesario tenga implicaciones que no se pueden prever con exactitud. Este tipo de discursos han justificado desviación de cursos de ríos, la tala de arbolado urbano, construcciones en áreas inundables, realinderamiento de áreas protegidas, entre muchos otros. Lo que no dicen algunos de estos expertos es que todas las transformaciones del territorio, por más planeadas y técnicamente controladas que sean, tienen impacto tanto en la vida de sus habitantes, como en el ambiente; así como todas las transformaciones ambientales tienen impactos en la ciudad y en la vida de sus habitantes, pues ciudad y naturaleza son una unidad.

Publicado enEdición Nº239
Miércoles, 13 Septiembre 2017 06:42

El ocaso de la "era del automóvil"

El ocaso de la "era del automóvil"

Uno de los detalles interesantes arrojados por la tormenta Harvey en Houston –y seguramente también por Irma, en Florida, aunque esos datos todavía no los tenemos a la mano– es el efecto del cambio climático en el futuro del automóvil.

La revista Wired publica un artículo sobre la situación de los autos en Houston. Resulta que las inundaciones provocadas por Harvey destruyeron casi un millón de automóviles. Las aseguradoras calculan entre dos y medio y 5 mil millones de dólares de pérdidas en el rubro de automóviles dañados.

Además de la enormidad de esta cifra, está la crisis de transporte que representa la destrucción de todos esos autos en el plano inmediato. Houston necesita una importación urgente de automóviles que sustituyan al millón estropeado, porque es una metrópoli cuyo trazo y fórmula urbana dependió desde siempre del auto. Se trata, finalmente, de una ciudad que ocupa cerca de 970 kilómetros cuadrados, muchos más, por ejemplo, que la superficie de ciudades con poblaciones mayores, como Nueva York, que ocupa alrededor de 750 kilómetros cuadrados, e incluso más que Los Ángeles, que fue la primera ciudad hecha para la fórmula carro particular. En Houston el automóvil es una necesidad básica, por lo que se cuenta con un promedio 1.8 autos por unidad doméstica.

Sin embargo, y al igual que buen número de las ciudades de la ahora inundada península de Florida, Houston está construida sobre una planicie atravesada por ríos, y tenderá a inundarse de manera recurrente en situación de cambio climático. Los huracanes y las lluvias intensísimas son resultado predicho y previsible a futuro. Es de esperarse que las primas para asegurar un auto en Houston aumenten, y que quede mermada la capacidad que tienen actualmente las familias de tener casi dos autos en promedio.

Así, habrá que estar atentos hasta ver cuántas ciudades estadunidenses –hechas para el automóvil– no están ubicadas en zonas que quedarán inundadas año con año por los huracanes, las lluvias torrenciales y los aluviones provocados por el cambio climático. Zonas en que las primas de seguro contra inundación aumenten radicalmente. El Washington Post de ayer publica que hay más de 800 mil casas rodantes en Florida, de las cuales menos de una tercera parte están en situación para sobrevivir un huracán. Es un primer dato en este sentido, desde Florida.

Hasta ahora, la crítica ambientalista del automóvil como solución al problema del transporte urbano ha hecho hincapié en el asunto de las emisiones de carbono, y a la parte que tienen en la generación del efecto invernadero que está calentando al planeta, y desordenando el clima. Es una crítica indispensable, que está llevando a una pluralidad de respuestas positivas, desde el aumento sensible en el uso de formas alternativas de transporte, como la bicicleta y el transporte público, hasta el impulso al auto eléctrico y a los híbridos. Pero hay además otros temas relacionados, como el de la calidad de la vida en ciudades con tráfico densísimo, y la desigualdad social relacionada con la fórmula que favorece al auto particular.

Estos factores mancomunados están llevando a que surja otra imagen de ciudad moderna e "inteligente", que es una totalmente contraria a los modelos estadunidenses del siglo XX, tipo Houston.

Así, la ciudad de París, que será la sede de los Juegos Olímpicos de 2024, acaba de anunciar que piensa recibir esa competencia sin ya sin autos particulares. Así, como suena. Los autos particulares estarán prohibidos en París para 2024, donde desde hace ya más de un año la ciudad ha comenzado a experimentar con ocasionales "días sin auto". Hoy, París ha impuesto un conjunto de medidas para ir inhibiendo la circulación de coches, aumentado precios al estacionamiento, por ejemplo. La ciudad está también por prohibir la circulación de coches con motores diésel.

Hay ahí una discusión muy viva que cuestiona el derecho de los dueños de autos a ocupar la cantidad de espacio de calle que requieren para estacionarse. Los carriles ocupados por los autos estacionados se están destinando cada vez más a carriles de bicicletas, motonetas e híbridos de bicis motorizadas. Para 2024, los coches que circularán por las calles de la ciudad serán taxis que estarán circulando constantemente, sin estacionarse. De esta forma, las calles tendrán mucho más espacio.

Estas políticas van de la mano de grandes proyectos de expansión del Metro en los suburbios, que siempre dependen más del auto que las zonas céntricas, para facilitar así que esa población pueda entrar y salir del centro en tren, sin meter autos a París. Como decía un comentarista, París, que fue la capital del siglo XIX, será ahora la capital del siglo XXI. Será la primera ciudad sin auto particular.

Importa discutir todo esto en México, porque países como el nuestro se convierten fácilmente en consumidores de tecnologías caducas. Por ejemplo, la Revolución Mexicana se hizo con las famosas "carabinas 30-30", recicladas del ejército estadunidense, que las había desechado después de la guerra de 1898. Es frecuente que los países del llamado "tercer mundo" sean consumidores de todo lo que pasa de moda en los países avanzados, como cigarrillos, refrescos, y comida chatarra. No sería nada raro que ahora que inicia el ocaso del auto particular haya presiones urbanísticas en pro de la solución coche. Habrá que resistir esa tentación, y emular a París, y no a Houston.

Publicado enSociedad
Sábado, 02 Septiembre 2017 10:15

La disputa por Bogotá

La disputa por Bogotá

La posible citación en los próximos meses a quienes habitan Bogotá para que decidan sobre la continuidad o destitución de Enrique Peñalosa como alcalde, recuerda que en esta ciudad está en disputa la forma de habitarla, construirla y apropiarla. En este artículo un acercamiento a tal realidad a través de repasar algunos escenarios que resaltan la importancia de esta urbe para el país y las dinámicas que la agitan.

 

Su día a día. Lo sucedido en el Bronx, el incremento en las tarifas de Transmilenio, la persecución a los vendedores ambulantes, las intenciones sobre la reserva Van Der Hammen, el tema del metro, y la venta de la ETB, son parte de las cuestiones más relevantes que durante los últimos meses han marcado la pauta en los medios de comunicación, las calles, los cafés, los hogares y cada uno de los escenarios que constituyen la vida en la urbe capitalina.

 

Podríamos decir que todas estas controversias, más allá de su impacto mediático, expresan algo más profundo: una disputa sobre el modelo de ciudad, su rumbo y su que hacer, que asume nuevos elementos y matices, pero que vale la pena no dejar pasar por alto.

 

Dinámicas de Bogotá

 

Bogotá es una urbe que cada día se posiciona más en el concierto internacional como una ciudad cosmopolita vinculada a una economía global y unas dinámicas internacionales, muestra de ello es la presencia de fuertes capitales internacionales (financieros, inmobiliarios, entre otros), clúster de emprendimientos y negocios, aumento de la movilización de carga y pasajeros a nivel internacional, localización de hubs de servicios, aumento del turismo internacional y de la localización de multinacionales asociadas, venta de servicios de educación superior y de salud especializados, las TICs –en particular las telecomunicaciones–, entre otros negocios que ganan posicionamiento y prosperidad en la ciudad.

 

Junto a esta dinámica de posicionamiento del capital internacional se encuentra el fortalecimiento de los capitales nacionales, también presentes en ella, basados en la capacidad de consumo que presenta esta aglomeración urbana de más de 8.110.595 (SDP, 2017), a los que se suman cerca de 1.500.000 habitantes en los 19 municipios localizados en su entorno inmediato y con los cuales funcionalmente constituyen un área metropolitana.

 

En Bogotá se genera y concentra de más del 25 por ciento del PIB de Colombia. Un territorio con la población suficiente para poder encarar cualquier actividad productiva que aquí se localice, con la infraestructura y los recursos dispuestos para el desarrollo del capital en todas sus manifestaciones.

 

Esta dinámica, prioritariamente económica, se territorializa en la ciudad y se acomoda a los intereses del mercado, de ahí que esta urbe se encuentre en constante proceso de ajuste y construcción, ya que las nuevas demandas exigen nuevos escenarios en condiciones específicas; así el territorio se dispone en función de los intereses del mercado.

 

Sin embargo, este vertiginoso crecimiento no llega en sus beneficios a todos los que aquí habitan, ni en términos de mejoras de sus territorios ni en términos de recursos económicos que les permitan acceder al consumo de un mayor número de bienes y servicios, reafirmándose con ello dos dinámicas: por una parte, una ciudad en la que cada día resulta más difícil habitar, producto de los costos de localización que ello implica y, de otra, la expulsión de la población del territorio a través de las dinámicas de especulación y despojo que impone el mercado.

 

Dinámicas políticas y escenarios de participación

 

También hay que reconocer que la ciudad ha cambiado políticamente desde el proceso de elección de alcaldes a fines de los años 80, la elección de las JAL a inicios de los años 90 junto con el nombramiento de los alcaldes locales, sumado al mal llamado proceso de descentralización de la ciudad en 20 localidades. De igual manera, la puesta en marcha de la Constitución Política de 1991 mutó las dinámicas políticas así como los procesos y prácticas de la participación.

 

Por un lado, pasamos de contar con dos partidos políticos claramente caracterizados (liberal y conservador) y hegemónicos a lo largo de más de 100 años, a una diáspora de partidos derivados de estos que se plantean ambivalentes, con discursos ambiguos pero con las mismas prácticas políticas tradicionales. Por su parte, la izquierda no logra consolidar una propuesta unitaria y a semejanza de los partidos tradicionales, se encuentra fragmentada y dispersa.

 

Ciudad en disputa, donde el principal botín es la alcaldía, tanto por su cuota burocrática como por los espacios, mecanismos y caudales de que dispone para hacer negocios de todo tipo, turbios o limpios, eficientes o precarios. Solo baste mencionar el negocio del manejo de las basuras y del botadero de Doña Juana, donde nada vale hablar de programas de reciclaje, uso eficiente de energías, generación de riqueza y valor a partir de los desechos cuando todo se entierra.

 

Por otra parte, los procesos de participación en la ciudad también han mutado, quizás lo más visible es la pérdida de protagonismo por parte de las JAC ante el establecimiento de las JAL. Pero también la ciudad ha crecido, expandido y, en buena medida, consolidado. Ya las demandas y aspiraciones de la población no están relacionadas exclusivamente con el acceso a servicios públicos domiciliarios y transporte, ya el problema mayor no es de cobertura sino de calidad y de tarifas. Realidad que ha conllevado la aparición de múltiples formas de organización en torno a múltiples intereses que antes no eran tan visibles y evidentes, procesos que hoy están presentes en la ciudad en todas sus localidades. Procesos barriales, zonales, locales, territoriales, sectoriales, entre otros.

 

Todo esto muestra la capacidad de los habitantes de esta urbe por construir sus propias apuestas, por adelantar dinámicas no institucionalizadas, por exigir el reconocimiento de derechos que aunque consagrados no se materializan, por exigir la efetiva concreción de las políticas públicas, fenómeno que expresa un claro conflicto entre prácticas políticas tradicionales y procesos de participación en los que el cómo, para quién, y con quién se gobierna esta ciudad se torna en punto central de la disputa.

 

Modelo de desarrollo y modelo de ordenamiento

 

Colombia, como ya se ha señalado en múltiples ocasiones, es un país que está determinado por el modelo de desarrollo asociado al modo de producción capitalista, y con éste su etapa más desarrollada, el neoliberalismo**, modelo que se refleja en todos los ámbitos de la vida de la ciudad, tanto los públicos como los privados, generando a su vez una visión territorial que se construye a través de los Planes de Desarrollo y los Planes de Ordenamiento Territorial –POT–, especializando un modo de producción que basa todo su crecimiento y progreso en las fuerzas del mercado.

 

Este modelo ha efectuado la transferencia de la responsabilidad pública al sector privado en materia de servicios públicos (privatización de las empresas de electricidad, telefonía, gas natural, aseo y transporte), en materia de servicios sociales (imposición de un modelo de privatización de la salud y la educación), la reducción de los salarios y la pérdida del poder adquisitivo, todo lo cual ha impactado de mala manera a quienes la habitan, como al conjunto del territorio que pueblan.

 

Dentro de esa perspectiva, el problema del modelo no se centra en resolverle la problemática ni las necesidades al conjunto de la población, sino en disponer de los recursos que están en ese territorio, indistintamente de que todos puedan ser beneficiados o no. Por lo tanto, el modelo no está planteado como una alternativa para resolver las lógicas de segregación y exclusión de la ciudad, no, está pensado como un mecanismo que permita una mirada y una perspectiva desde un sector de la sociedad –el dominante– que concibe el territorio frente a unos fines específicos –de lucro–.

 

Este modelo de ciudad basa su configuración sobre cuatro elementos de análisis: el territorio, la población, la política y el mercado. El territorio, como escenario donde se expresan la segregación socio-espacial, la expulsión de población de los territorios mejorados y la especialización y usos del suelo urbano de manera rentística frente al mercado. La población, sujeta a la satisfacción de sus necesidades, la resolución de la pobreza y la miseria, el acceso a condiciones de calidad de vida y de participación en el juego de la democracia. La política, como reguladora de las relaciones entre lo público y lo privado, como determinante de la construcción social del territorio, así como la construcción y orientación del modelo de desarrollo. Y el mercado, entendido como la base fundamental del modelo de desarrollo, su materialización como modelo de ciudad y como determinante de lo público.

 

Por ello, lo que hoy está en disputa son dos formas de entender la construcción y apropiación de la ciudad. Una, al servicio del capital y del conjunto de demandas del mercado en cabeza de las clases dirigentes asociadas en los partidos políticos tradicionales y que hoy presentan como figura visible al señor Enrique Peñalosa, voz de los poderosos y sus intereses.

 

Pero, por otra parte, en Bogotá se están configurando propuestas que conciben la ciudad para sus habitantes, garantizando su acceso a bienes y servicios para el conjunto de sus pobladores, incluyendo los más necesitados. Una ciudad incluyente, no solo en el discurso sino en la práctica. Una ciudad que valore la participación y la considere incidente y decisiva. Una ciudad donde el territorio se respeta y se defiende, donde los recursos naturales se valoran y el agua se considera un bien común, una ciudad que se debe ordenar en función de las necesidades mayoritarias y no de los intereses particulares. En fin, una ciudad que se piensa colectivamente, cuestión que no se reconoce, no se valora y se descalifica.

 

Esta disputa contiene hoy un ingrediente importante, la convocatoria a un proceso de revocatoria del mandato de su alcalde, no por ser Enrique Peñalosa, sino porque lo que está en disputa son el modelo de desarrollo y el modelo de ordenamiento para todos los que vivimos en esta ciudad.

 

¿Hacia dónde avanzar?

 

En el sentido anterior, es necesario definir los puntos centrales que se espera sean incluidos en la configuración de un modelo de ciudad incluyente. Una propuesta donde el derecho a la ciudad y el territorio se constituyan en la bandera reivindicativa en la disputa por la Bogotá. Debemos profundizar el reconocimiento del derecho a la ciudad y el territorio con base en la Carta por el Derecho a la Ciudad: caso Bogotá, como un elemento articulador de las reivindicaciones colectivas, de manera que se reconozcan nuestras particularidades, que se privilegien los bienes comunes y se fortalezca el sentido de lo colectivo. Esta disputa deberá ser, a su vez, la base de la construcción de la paz territorial, en este caso no sólo para Bogotá sino para todas las ciudades colombianas.

 

Se trata, entonces, de poner en práctica el derecho a la ciudad, un derecho que garantice el ejercicio pleno de la ciudadanía y la realización de todos los derechos como lo señaló la Asamblea Mundial de Pobladores celebrada en México en 2000 (HIC-AL, 2008). Es decir, hablamos de un nuevo proyecto de ciudad en el que su base sean los derechos humanos, individuales, colectivos y de tercera generación. Derechos que permitan el pleno ejercicio de sus habitantes a ser parte de la ciudad. Una ciudad dispuesta al servicio de las mayorías.

 

Bogotá, 12 de agosto de 2017

 

* Arquitecto, Magíster y Doctor en Urbanismo. Doctor en Arquitectura y Ciudad. Profesor Asociado Universidad Nacional de Colombia. Escuela de Arquitectura y Urbanismo. Investigador Senior (IS). Líder del Grupo de Investigación «Procesos Urbanos en Hábitat, Vivienda e Informalidad». Dirección Carrera 30 No. 45-03. Edificio Sindu. Oficina 106. Bogotá. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
** La ciudad de Bogotá es el referente del avance del modelo en el país.

Publicado enEdición Nº238