Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

Publicado enInternacional
Una crítica libertaria de la izquierda del capitalismo

 

La proletarización del intelectual casi nunca genera un proletario. ¿Por qué? Porque la clase burguesa, bajo la forma de la educación, le impartió desde la infancia un medio de producción que –sobre la base del privilegio educativo– hace que el intelectual sea solidario con dicha clase, y en una medida acaso mayor, hace que esta clase sea solidaria con él. Tal solidaridad puede pasar a un segundo plano, e incluso descomponerse; pero casi siempre sigue siendo lo bastante fuerte como para impedir que el intelectual esté siempre listo para actuar, o sea, para excluirlo estrictamente de la vida en el frente de batalla que lleva el verdadero proletario
 
Walter Benjamín, Reseña de “Los Empleados”,

 

de Siegfried Krakauer

El capital ha proletarizado al mundo y a la vez ha suprimido visiblemente las clases. Si los antagonismos han quedado subsumidos e integrados y ya no hay lucha de clases, entonces no hay clases. No hay clases rebeldes, ni tampoco sindicatos en el sentido genuino del término. En efecto, si el escándalo de la separación social entre poseedores y desposeídos, entre dirigentes y dirigidos, entre explotadores y explotados, ha dejado de ser la fuente principal de conflicto social y las escasas luchas que se originan transcurren siempre dentro del sistema sin cuestionarlo jamás, eso es porque no hay clases en lucha, sino masas a la deriva. Los sindicatos y los partidos “obreros”, la carcasa de una clase disuelta, persiguen otro objetivo: el mantener la ficción de un mercado laboral regulado y de una política socialista. Hoy en día el obrero es la base del capital, no su negación. Éste a través de la tecnología se adueña de cualquier actividad y su principio estructura toda la sociedad: realiza el trabajo, transforma el mundo en mundo tecnológico de trabajadores consumidores, trabajadores equipados con artefactos técnicos que viven para consumir. Fin de una clase obrera aparte, exterior y opuesta al capital, con sus propios valores; tecnificación, generalización del trabajo asalariado y adhesión a los valores mercantiles. Genocidio cultural y fin también de la polarización abrupta de las clases en el capitalismo. La sociedad no se divide en un 1% de elite financiera que decide y un 99% de masas inocentes y uniformes sin poder de decisión. Las masas se hallan terriblemente fragmentadas, jerarquizadas y comprometidas de grado o por fuerza con el sistema; sus fragmentos intermedios, cada vez más numerosos, enfermos de prudencia, desempeñan un papel esencial en la complicidad. La división entre oligarquías dirigentes por un lado y masas excluidas por el otro queda amortiguada con un amplio colchón de clases medias (middle class), una categoría social diferenciada, con sus propios intereses y su propia conciencia “ciudadana”. Las clases medias son al capitalismo de consumo, a la sociedad del espectáculo, lo que la clase obrera fue para la utopía socialista y la sociedad de clases. Las clases medias modernas no se corresponden con la antigua pequeña burguesía, sino con las capas de asalariados diplomados ligados al trabajo improductivo. Han nacido con la racionalización, la especialización y burocratización del régimen capitalista, alcanzando dimensiones considerables gracias a la terciarización progresiva de la economía (y de la tecnología que la hizo posible). Son los estudiantes de antaño: ejecutivos, expertos, cuellos blancos y funcionarios. Cuando la economía funciona dichas clases son pragmáticas, luego partidarias en bloque del orden establecido, o sea, de la partitocracia. Denominamos partitocracia al régimen político adoptado habitualmente por el capitalismo. Es el gobierno autoritario de las cúpulas de los partidos (sin separación de poderes), nacido de un desarrollo constitucional regresivo (que suprime derechos), y constituye la forma política más moderna que reviste la dominación oligárquica. El Estado partitocrático determina de alguna forma la existencia privada de las clases en cuestión. El divorcio entre lo público y lo privado es lo que dio lugar a la burocracia administrativo-política, parte esencial de estas clases. Por su situación particular, las clases medias son dadas a contemplar el mercado desde el Estado: lo ven como mediador entre la razón económica y la sociedad civil, o mejor, entre los intereses privados y el interés público, que es así como consideran su interés “de clase”. Igual que la antigua burguesía, sólo que ésta contemplaba el Estado desde el mercado. Sin embargo, Estado y mercado son las dos caras de un mismo dios –de una misma abstracción– por lo que desempeñan el mismo papel. En condiciones favorables, las que permiten un consumismo abundante, las clases medias no están politizadas, pero la crisis, al separar el Estado partitocrático del Estado del bienestar consumidor, determina su politización. Entonces de su seno surgen pensadores, analistas, partidos y coaliciones hablando en nombre de toda la sociedad, teniéndose por su representación más auténtica.

Nos encontramos inmersos en una crisis que no sólo es económica sino total. Se manifiesta tanto en el plano estructural en la imposibilidad de una sobrecapacidad productiva y un crecimiento suficiente, como en el plano territorial con los efectos destructores de la industrialización generalizada. Tanto en el plano material, como en el moral. Sus consecuencias son la multiplicación de las desigualdades, la exclusión, la degradación psíquica, la contaminación, el cambio climático, las políticas de austeridad y el aumento del control social. En la fase de globalización (cuando ya no existe clase obrera en el sentido histórico de la expresión) se ha producido de forma muy visible un divorcio entre los profesionales de la política y las masas que la padecen, que se acentúa cuando la crisis alcanza y empobrece a las clases medias, la base sumisa de la partitocracia. La crisis considerada sólo bajo su aspecto político es una crisis del sistema tradicional de partidos, y por descontado, del bipartidismo. La corrupción, el amiguismo, la prevaricación, el despilfarro y la malversación de fondos públicos resultan escandalosos no porque se hayan institucionalizado y formen parte de la administración, sino porque el paro, la precariedad, los recortes presupuestarios, las bajadas salariales y la subida de impuestos afectan a dichas clases. Las clases medias carecerán de pudor, serán indiferentes a la verdad, pero son conscientes de sus intereses, puestos en peligro por la clase política tradicional. Entonces, los viejos partidos ya no bastan para garantizar la estabilidad de la partitocracia. En los países del sur de Europa la ideología ciudadanista refleja perfectamente esa reacción desairada de las clases susodichas. Contrariamente al viejo proletariado que planteaba la cuestión en términos sociales, los partidos y alianzas ciudadanistas la plantean exclusivamente en términos políticos. Se dirigen a un nuevo sujeto, la ciudadanía, conjunto abstracto de individuos con derecho a voto. En consecuencia, consideran la democracia, es decir, el sistema parlamentario de partidos, como un imperativo categórico, y la delegación, como una especie de premisa fundamental. Así pues, el vocabulario progresista y democrático de la dominación es el que mejor corresponde a su universo mental e ideológico. Hablan en representación de una clase universal evanescente, la ciudadanía, cuya misión consistiría en cambiar con la papeleta una democracia de mala calidad por una democracia buena, “de la gente”. Así pues, el ciudadanismo es un democratismo legitimista que reproduce tópico por tópico al liberalismo burgués de antaño y con mucho alarde trata de correrlo hacia la izquierda. La crema fundadora de los nuevos partidos ciudadanistas proviene del estalinismo y del izquierdismo; para ella la palabrería democrática equivale a una actualización de las viejas cantinelas autoritarias y vanguardistas de corte leninista, que todavía asoman como actos fallidos en la prosodia verbal de algunos dirigentes. Formalmente pues, se sitúa en la izquierda del sistema. Claro, ya que es la izquierda del capitalismo.

La mayoría de los nuevos partidos y alianzas, dirigidos principalmente por profesores, economistas y abogados que, inspirándose en el cambio de rumbo de la izquierda populista latinoamericana y griega, o lo que viene a ser lo mismo, identificando las instituciones tal cuales como el principal escenario de la transformación social, trasladan a los consistorios y parlamentos las energías que antes se disipaban en las fábricas, en los barrios y en la calle. En realidad tratan de cambiar una casta burocrática mala por otra supuestamente buena a través de comicios y posteriores componendas, algo en lo que siempre habían fracasado el neoestalinismo y el izquierdismo. Aspiran a convertirse en la nueva socialdemocracia –para el caso ibérico, bien constitucionalista o bien separatista–. Todo depende de los votos. La revolución ciudadanista empieza y termina en las urnas. Las reformas dependen exclusivamente de la aritmética parlamentaria, o sea, de la gobernabilidad institucional, algo que tiene que ver más con la predisposición a los pactos de la socialdemocracia vieja o del estalinismo renovado. Se han de conseguir nuevas mayorías políticas “de cambio” para asegurar la “gobernanza”, ya que nadie desea una ruptura social, ni siquiera los que persiguen una ruptura nacional, sino una “democracia de las personas”: una partitocracia más atenta con sus creyentes. La desmovilización, el oportunismo y la rápida burocratización que ha seguido a las diversas campañas electorales demuestran que los agitadores de la víspera se vuelven gestores responsables a la hora de instalarse en las instituciones. El resto de los mortales han de conformarse con ser espectadores pasivos del juego mezquino de la política con sus representaciones gestuales de cara a la galería, puesto que la actividad institucional ha eliminado precisamente del escenario a “las personas”. El espectáculo político es un poderoso mecanismo de dispersión.

La derecha del capital ha venido apostando por la desregulación del mercado laboral y por la tecnología, generando más problemas que los que pretendía resolver. Por el contrario, imitando el modelo desarrollista latinoamericano, la izquierda del capital apuesta en cambio por el Estado, ya que en periodos de expansión económica mundial, con el precio de las materias primas por las nubes, podía desviarse parte de las ganancias privadas hacia políticas sociales, y en periodos de recesión podía evitarse que las masas asalariadas, y sobre todo las clases medias, soportaran todo el coste de la crisis: algo de neokeynesianismo en el cocido neoliberal. De ahí viene una cierta verborrea patriótica anti Merkel o anti troika, pero no antimercado: se quiere un Estado social soberano “en el marco de la Unión Europea”, es decir, bien avenido con las finanzas mundiales. Aunque la crisis no pueda superarse, puesto que es “una depresión de larga duración y alcance global” según dicen los expertos, la reconstrucción del Estado como asistente y mediador quiere demostrar que se puede trabajar para los mercados desde la izquierda. Y especialmente para el mercado que explota la materia prima “sol, playa y discoteca”, el petróleo de acá. Es más, los partidos ciudadanistas se creen en estos momentos los más cualificados para dejar las incineradoras en su sitio, respetar la privatización de la sanidad, imponer recortes y cobrar nuevos impuestos. Para los ciudadanistas el Estado es tan sólo el instrumento con el que tratar de maquillar las contradicciones generadas por la globalización, no el arma encargada de abolirla. La preservación del Estado y no el fin del capitalismo es pues la prioridad máxima de los nuevos partidos, de ahí que su estrategia de asalto a las instituciones, ridículo sucedáneo de la toma del poder leninista, se apoye sobre todo en los electores conformistas y resignados decepcionados con los partidos de siempre y subsidiariamente, en los movimientos sociales manipulados. Por desgracia, los abogados y los militantes con propensión a convertirse en vedettes han conseguido monopolizar la palabra en la mayoría, neutralizando así todo lo que estos movimientos podían tener de antiautoritario y subversivo. La actividad institucional promueve una lectura reformista de las reivindicaciones colectivas y anula cualquier iniciativa moderada o radical de la base.

En definitiva, el ciudadanismo no trata de cambiar la sociedad sino de administrar el capitalismo –dentro de la eurozona– con el menor gasto y también con la menor represión posible para las clases medias y sus apoyos populares. Intenta demostrar que una vía alternativa de acumulación capitalista es posible y que el rescate de las personas (el acceso al estatuto de consumidor) es tan importante como el rescate de la banca, es decir, que el sacrificio de dichas clases no solamente no es necesario, sino que es contraproducente: no habrá desarrollo ni mundialización sin ellas. Quiere aumentar el nivel de consumo popular y volver al crédito a mansalva, no transformar de arriba abajo la estructura productiva y financiera. Por consiguiente, apela a la eficacia y al realismo, no al decrecimiento, los cambios bruscos y las revoluciones. El diálogo, el voto y el pacto son las armas ciudadanistas, no las movilizaciones, las ocupaciones o las huelgas generales. Pocos son los ciudadanistas que se han significado en una lucha social. Lo que quieren es un diálogo directo con el poder fáctico, y con “las personas” un diálogo virtual-mediático. Las clases medias son más que nada clases pacíficas y conectadas al espacio virtual: su identidad queda determinada por el miedo, el espectáculo y la red. En estado puro, o sea, no contaminadas por capas más permeables al racismo o la xenofobia tales como los agricultores endeudados, los obreros desclasados y los jubilados asustados, no quieren más que un cambio tranquilo y pausado, desde dentro, hacia lo mismo de siempre. En absoluto desean la construcción colectiva de un modo de vida libre sobre las ruinas del capitalismo. Por otra parte, en estos tiempos de reconversión económica, de extractivismo y de austeridad, hay poco margen de maniobra para reformas, por lo que los partidos ciudadanistas “en el poder” han de contentarse con actos institucionales simbólicos, de una repercusión mediática perfectamente calculada. En la coyuntura actual, el nacionalismo resulta de gran ayuda, al ser una mina inagotable de poses. Las burocracias ciudadanistas dependen de la coyuntura mundial, del mercado en suma, y éste no les es favorable ni lo será en el futuro. En definitiva, sus gestos rompedores ante las cámaras han de esconder su falta de resultados cuanto más tiempo mejor, a la espera o más bien temiendo la formación de otras fuerzas, antiespectáculo, anticapitalistas o simplemente antiglobalizadoras, más decididas en un sentido (un totalitarismo mucho más duro) o en otro (la revolución).

El capitalismo declina pero su declive no se percibe igual en todas partes. No se ha considerado la crisis como múltiple: financiera, demográfica, urbana, emocional, ecológica y social. Ni se tiene en cuenta que fenómenos tan diversos como la egolatría post moderna, el nacionalismo y las guerras periféricas son responsabilidad de la mundialización capitalista. En el sur de Europa la crisis se interpreta como un desmantelamiento del “Estado del bienestar” y un problema político. En el norte, con el Estado del bienestar aún mal que bien en pie, tiende a tomarse como una invasión musulmana y una amenaza terrorista, o sea, como un problema de fronteras y de seguridad. Todo depende pues del color, la nacionalidad y la religión de los asalariados pobres (working poor), de los inmigrantes y de los refugiados. La división internacional del trabajo concentra la actividad financiera en el norte europeo y relega el sur al rango de una extensa zona residencial y turística. Por eso el sur es mayoritariamente europeísta y opuesto a la austeridad; su prosperidad depende del “bienestar” consumista norteño. El norte es todo lo contrario; su prosperidad y buena conciencia “democrática” dependen de la eficacia sureña en el control de los pasos fronterizos y de las aguas mediterráneas. La reacción mesocrática es contradictoria, pues por una parte la ilusión de reforma y apertura domina, pero, por la otra, se impone el modo de vida industrial en burbuja y la necesidad de un control absoluto de la población, lo que a la postre significa un estado de excepción “en defensa de la democracia”. A eso Bataille, Breton y otros llamaron “nacionalismo del miedo”. Las mismas clases que votan a los ciudadanistas en un sitio, votan a la extrema derecha en el otro. Los libertarios –los amantes de la libertad entendida como participación directa en la cosa pública– han de entender esto como propio de la naturaleza ambivalente de dichas clases, que se dejan arrastrar por la situación inmediata. Han de denunciar este estado de cosas e intentar construir movimientos de protesta autónomos en el terreno social y cotidiano “a defender”. Pero si las condiciones objetivas para tales tareas están dadas, las subjetivas brillan por su ausencia. Hoy por hoy, las clases medias llevan la iniciativa y los ciudadanistas la voz cantante. No abunda la determinación de usar la inteligencia y la razón sin dejarse influir por los tópicos característicos del ciudadanismo. La abstención podría ser un primer paso para marcar distancias. No obstante, la perspectiva política solamente se superará mediante una transformación radical –o mejor una vuelta a los comienzos– en el modo de pensar, en la forma de actuar y en la manera de vivir, apoyándose aquellas relaciones extra-mercado que el capitalismo no haya podido destruir o cuyo recuerdo no haya sido borrado. Asimismo mediante un retorno a lo sólido y coherente en el modo de pensar: la crítica de la concepción burguesa posmoderna del mundo es más urgente que nunca, pues no es concebible un escape del capitalismo con la conciencia colonizada por los valores de su dominación. La necesaria desaculturación (desalienación) que destruya todas las identidades de guardarropía (tal como las llama Bauman) que nos ofrece el sistema, así como todos los disfraces deconstructivos del individualismo castrado, ha de cuestionar seriamente cualquier fetiche del reino de la mercancía: el parlamentarismo, el Estado, la “máquina deseante”, la idea de progreso, el desarrollismo, el espectáculo... pero no para elaborar las correspondientes versiones “antifascistas” o “nacionales”. No se trata de fabricar una teoría única con respuestas y fórmulas para todo, una especie de moderno socialismo de cátedra, ni de anunciar la epifanía de una insurrección que nunca acaba de llegar. Tampoco se trata de forjar una entelequia (pueblo fuerte, clase proletaria, nación) que justifique un modelo organizativo arqueomilitante y vanguardista, claramente reformista, ni mucho menos de regresar literalmente al pasado sino, insistimos, de lo que se trata es de salirse de la mentalidad y la realidad del capitalismo inspirándose en el ejemplo histórico de experiencias convivenciales no capitalistas. La obra revolucionaria tiene mucho de restauración, por eso es necesario redescubrir el pasado, no para volver a él, sino para tomar conciencia de todo el acervo cultural y toda la vitalidad comunitaria sacrificadas por la barbarie industrial. El olvido es la barbarie.

Es verdad que las luchas anticapitalistas aún son débiles y a menudo recuperadas, pero si aguantan firme y rebasan el ámbito local, a poco que el desarreglo logre aniquilar políticamente a las clases medias, pueden echar abajo la vía institucional junto con el modo de vida dependiente que la sostiene. No obstante, la crisis en sí misma conduce a la ruina, no a la liberación, a menos que la exclusión se dignifique y tales fuerzas concentren un poder suficiente al margen de las instituciones. La crisis todavía es una crisis a medias. El sistema ha tropezado sobradamente con sus límites internos (estancamiento económico, restricción del crédito, acumulación insuficiente, descenso de la tasa de ganancia), pero no lo bastante con sus límites externos (energéticos, ecológicos, culturales, sociales). Hace falta una crisis más profunda que acelere la dinámica de desintegración, vuelva inviable el sistema y propulse fuerzas nuevas capaces de rehacer el tejido social con maneras fraternales, de acuerdo con reglas no mercantiles (como en Grecia), amén de articular una defensa eficaz (como en Rojava o en Oaxaca). La estrategia actual de la revolución (el uso de la exclusión y las luchas en función de un objetivo superior) ha de apuntar –tanto en la construcción cotidiana de alternativas como en la pelea diaria– hacia la erosión de cualquier autoridad institucional, la agudización de los antagonismos y la formación de una comunidad arraigada, autónoma, consciente y combativa, con sus medios de defensa preparados.

Los libertarios no desean sobrevivir en un capitalismo inhumano con rostro democrático y todavía menos bajo una dictadura en nombre de la libertad. No persiguen fines distintos a los de las masas rebeldes, por lo tanto no deberían organizarse por su cuenta dentro o fuera de las luchas. Se han de limitar a hacer visibles las contradicciones sociales confrontando sus ideas con las nuevas condiciones de dominación capitalista. No reconocen como principio básico de la sociedad un contrato social cualquiera, ni la lucha de todos contra todos o la insurrección permanente; tampoco pretenden basar ésta en la tradición, el progreso, la religión, la nación, la naturaleza, el yo o la nada. Pelean por una nueva sociedad histórica libre de separaciones, mediaciones alienantes y trabas, sin instituciones que planeen por encima, sin dirigentes, sin trabajo-mercancía, sin mercado, sin egos narcisistas y sin clases. Y asimismo sin profesionales de la anarquía. El proletariado existe por culpa de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual. Igual pasa con las conurbaciones, fruto de la separación absurda entre campo y ciudad. Ambos dejarán de existir con el fin de las separaciones.

El comunismo libertario es un sistema social caracterizado por la propiedad comunal de los recursos y estructurado por la solidaridad o ayuda mutua en tanto que correlación esencial. Allí, el trabajo –colectivo o individual– nunca pierde su forma natural en provecho de una forma abstracta y fantasmal. La producción no se separa de la necesidad y sus residuos se reciclan. Las tecnologías se aceptan mientras no alteren el funcionamiento igualitario y solidario de la sociedad, ni reduzcan la libertad de los individuos y colectivos. Conducen a la división del trabajo, pero si ésta debiera producirse por causa mayor, nunca sería permanente. Al final, iría en detrimento de la autonomía. La estabilidad va por delante del crecimiento, y el equilibrio territorial por delante de la producción. Las relaciones entre los individuos son siempre directas, no mediadas por la mercancía, por lo que todas las instituciones que derivan de ellas son igualmente directas, tanto en lo que afecta a las formas como a los contenidos. Las instituciones parten de la sociedad y no se separan de ella. Una sociedad autogestionada no tiene necesidad de empleados y funcionarios puesto que lo público no está separado de lo privado. Ha de dejar la complicación a un lado y simplificarse. Una sociedad libre es una sociedad fraternal, horizontal y equilibrada, y por consiguiente, desestatizada, desindustrializada, desurbanizada y antipatriarcal. En ella el territorio recobrará su importancia perdida, pues contrariamente a la actual, en la que reina el desarraigo, será una sociedad llena de raíces.

 

1-Charla en la Cimade, Béziers (Francia), 29 enero 2016.

 

Publicado enPolítica
Viernes, 24 Junio 2016 16:19

La pobreza ahoga a la clase media

La pobreza ahoga a la clase media

El 17 de octubre de 2015, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza Extrema, el presidente Santos afirmó que “Colombia se está convirtiendo en un país de clase media, el 67.5 por ciento de los colombianos pertenece hoy a la clase media […] Eso es equidad. Eso es tener unas políticas que están cerrando las brechas. El éxito de nuestra política social dependerá de si esa movilidad se sostiene hacia el futuro, la política social debe sacar la gente de la pobreza pero sobretodo evitar que vuelva a caer en la pobreza”.

En marzo de este año Simón Gaviria, el director de Planeación Nacional, a propósito de la disminución de la desigualdad medida a través del coeficiente Gini (de 0.56 a 0.52 en los últimos cinco años), afirmó que “el Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos continúa avanzando de forma decidida con políticas económicas incluyentes que seguirán conduciendo a Colombia hacia un país más educado, más equitativo y en paz”.

Pese a esta reducción Colombia permanece como el país más desigual en toda América Latina. Si se examina otros indicadores como el índice de Palma (que muestra el ingreso del 10 por ciento más rico contra un segmento de la clase media) no existe avance en la reducción de la desigualdad. Es más, puede mostrarse que hay un empeoramiento comparando los ingresos del 1 por ciento más rico contra la clase media.

Por otro lado es falso que la disminución de la desigualdad medida por Gini obedezca a la efectividad de los programas sociales. Estos brindan asistencia, acompañamiento y, a veces, ofrecen un subsidio, pero no son redistributivos, son paliativos para que la población sobrelleve la condición de pobreza. La única herramienta distributiva son los impuestos, y el país no tiene en los últimos cinco años una reforma tributaria progresiva. La carga impositiva que ha construido el gobierno Santos con sus reformas al estatuto tributario solo apuntan a redistribuir la riqueza desde la clase media hacia los pobres, de ahí la mejoría del coeficiente Gini.

En Colombia, entre 2010 y 2014, 3.2 millones de personas dejaron de ser pobres y 1.6 millones dejaron de ser pobres extremos. Entre 2010 y 2015, según Planeación Nacional, 9.4 millones pasaron a conformar la clase media. Optimismo que oculta que el país aún cuenta con 13 millones de personas pobres por ingresos, 9.6 millones de pobres multidimensionales (44% en zonas rurales), y 3.7 millones de pobres extremos.

¿Menos pobres?

Colombia es un país de grandes contrastes, no sólo en sus climas y geografía en general sino en materia económica y humana. Por ejemplo, en materia de desigualdad, al analizar los ingresos de los más ricos contra el ingreso de la clase media, los resultados son escándalosos: el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el de la clase media, el del 0.1 por ciento es 52 veces y el del 0.01 por ciento es 149 veces. Los tres indicadores han empeorado entre el 2010 y el 2015, el primero se incrementó 6.2 por ciento, el segundo 13 por ciento, y el tercero 20.2 por ciento. (Ver gráfica 1)

g1

Si comparamos estas cifras con los más pobres del país, los resultados son peores. El ingreso del 1 por ciento más rico es 39 veces el del 10 por ciento más pobre, el del 0.1 por ciento es 275 veces y el del 0.01 por ciento es 789 veces. Estos indicadores también han empeorado en el mismo periodo, el primero se incrementó 1.3 por ciento, el segundo 8.8 por ciento, y el tercero 15.7 por ciento.

Que 4.770 connacionales ganen 150 y 789 veces el ingreso de una persona de la clase media y un pobre respectivamente explica por qué registramos como uno de los países de mayor desigualdad a nivel mundial. (Ver gráfica 2).
Tal vez para romper esta sin razón, o simplemente para cumplir con compromisos de agenda internacional, desde hace algunos años el Ejecutivo ha trazado políticas sociales para detener el crecimiento de la pobreza y darle paso a una clase media robustecida. Parte de ello es la Red de protección social contra la pobreza extrema (Unidos), cuyo origen descansa en el Conpes Social 102 de 2006, y posteriormente se creó la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema (Anspe) para administrarla. Su misión más importante era articular la oferta de programas sociales de diferentes entidades públicas y, mediante un grupo de 10 mil personas (Cogestores), dirigirla a los pobres extremos. Años después, con el Decreto 2559 del 30 de diciembre de 2015 esta agencia se elimina y se convierte en un programa del Departamento de Prosperidad Social (DPS).

Con este programa, las familias pobres tienen el acompañamiento de un cogestor en cada sitio del territorio nacional hasta donde sea posible. Ellos dan orientación para que los niños menores de cinco años sean llevados a centros de salud y reciban vacunas, ayudan a que las personas ingresen a programas de formación del Sena, etcétera. Se verifica una lista de los programas que reciben, dándole un visto bueno a las variables que supuestamente mejoran por recibir esta atención.

El mecanismo de superación de pobreza de la Red Unidos está inspirado en el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) que permite determinar la privación de las familias en su calidad de vida mediante 15 variables que reflejan aspectos educativos, bienestar de los niños y los jóvenes, condiciones laborales y de salud, y calidad de las viviendas. Al final, cuando se cree que ya g2la familia está a uno o dos logros por cumplir, aplican una encuesta para medir el IPM y así deciden quién es pobre o no. Nada garantiza que las respuestas favorables en la encuesta resuelvan la situación de pobreza, por eso mismo aquellos que según el Gobierno han dejado de ser pobres no pueden considerarse de la clase media.

El IPM no es suficiente, también es necesario revisar los ingresos de las familias. Cuando no es pobre, ni por ingresos ni por IPM, la familia sale de la Red y se dice que no es pobre. Si la familia no tiene ingresos suficientes para dejar de ser pobre aun cuando su IPM sea bueno, entonces requiere de oferta de Generación de ingresos. Con este mecanismo han promovido 256.944 familias de la pobreza extrema de una meta de 350 mil1.

Los subsidios condicionados de Más Familias en Acción y Jóvenes en Acción fortalecen las variables de salud y educación, y ayudan a que las familias se acerquen más a la condición de no pobreza. Las transferencias condicionadas son muy importantes. El 20 por ciento del ingreso del 10 por ciento más pobre corresponde a subsidios de estos programas.

Aún con este diseño de política pública existen varias barreras para la promoción de las familias pobres:

1. La oferta institucional debe revisarse, ya que muchos de sus programas no generan impacto para la superación de la pobreza, y son redundantes. Esto no permite articular la oferta de diferentes entidades públicas para que tengan una verdadera incidencia en la calidad de vida de la población que focaliza la política social.
2. Hay lugares con poca población y su acceso es muy difícil. Allí es más probable que no exista presencia estatal porque el presupuesto asignado a los programas debe responder a criterios de costo y de eficiencia.
3. Los programas de Generación de Ingresos se dirigen a incrementar las capacidades productivas de las personas. Dependen del número, de la disponibilidad y de la formación de los entrenadores en cada zona, y muchos no están creados respondiendo a estudios de mercado por lo que terminan entrenando a población en temas que no tienen ninguna demanda.
4. El acceso a activos productivos es bastante restringido para la población pobre, especialmente en las zonas rurales donde la incidencia de la pobreza es mayor. En las áreas rurales el principal activo es la tierra. De acuerdo con el Censo Agropecuario de 2015 solo el 36 por ciento de los hogares rurales son propietarios. De otro lado los emprendimientos rurales requieren de crédito y de asistencia técnica. Sin embargo el 89 por ciento del 11 por ciento de campesinos que solicita crédito lo obtiene, y solo el 9.6 por ciento recibe asistencia técnica.

Más clase media vulnerable

De acuerdo con el DNP el país registra 32.6 millones de personas que pertenecen a la clase media. El 44 por ciento está consolidada, pero el resto corre el riesgo de regresar a la pobreza. La clase media colombiana es frágil porque su ingreso es volátil. La fragilidad reside en el hecho de que no resistirían cambios bruscos en las variables macroeconómicas2.

Conscientes de ello, la política pública debería enfocarse en mejorar ciertos indicadores que favorecen la precariedad de la clase media emergente. La tasa de informalidad en la clase media consolidada es 43 por ciento mientras que en la clase emergente es 73 por ciento. En el 25 por ciento de los ingresos más bajos de la población emergente nueve de cada diez personas están en la informalidad y tres de cada diez jóvenes ni estudia ni trabaja.

Esta clase media recien salida de la pobreza sólo puede asegurar su consolidación si existiera un desestimulo a las actividades por cuenta propia, fortaleciendo el paso a trabajos asalariados de alta calidad y con protección social. Es importante, además, actuar sobre los niveles de deserción en el sistema educativo. El 4.9 por ciento de los niños entre 6 y 16 años de este sector social no asiste a instituciones de educación básica o media, y el 56.1 por ciento entre 17 y 21 años no asiste a instituciones de educación superior. Son necesarias, por tanto, políticas económicas y sociales estructurales que rompan con el modelo económico dependiente en que sigue nadando el país.

En comparación con los países desarrollados el ingreso de la clase media colombiana aún permanece en niveles bajos. Para el 2012 el ingreso promedio de la clase media en los países de la Ocde era de 26 mil dólares anuales por persona mientras que el de Colombia era 5.5 veces inferior (USD 4.720). Aunque en la última década Colombia ha tenido un crecimiento económico mucho más alto que Méjico, son muy parecidos en sus niveles de informalidad y de renta de la clase media. (Ver gráfica 3)

g3

Una mayor clase media viene acompañada de un mayor consumo. La clase media colombiana gusta del apalancamiento financiero para sostener su consumo. Por cada peso que mejore su ingreso se incrementa el gasto con tarjeta de crédito en 1.7 pesos. El teléfono móvil inteligente es otro de sus bienes preferidos, por cada nuevo miembro de la clase media hay 2.3 suscriptores de este tipo de telefonía en plan pospago. (Ver gráfica 4)

El conjunto de la clase media recibe por persona entre uno y tres salarios mínimos, y dado que seis de cada diez trabajadores de este segmento social se encuentran en condiciones de informalidad, es evidente que el acceso al crédito hipotecario es limitado. El Gobierno creó un subsidio 2.5 puntos a la tasa de crédito hipotecario. Los aspirantes de la clase media deben reunir ingresos familiares entre cuatro y ocho salarios mínimos para aplicar a la ayuda. Con estas características menos de la tercera parte puede acceder a una vivienda con subsidio estatal.

El alto endeudamiento al que tienen que exponerse esta clase, para sostener un nivel de consumo que los incluya dentro de las sociedades capitalistas, los condenan a su muerte civil. A mayor endeudamiento solo queda la preocupación de mantener un ingreso para pagar los intereses y el dinero prestado, por lo tanto no hay espacio para la protesta, para la desobediencia civil, y para la expresión política del inconformismo. La bancarización es un medio de neutralización política. Una mayor clase media implica entonces que las élites tradicionales que nos han gobernado no tienen oposición desde la sociedad civil y que seguirán legislando para los ricos.

¡Qué los ricos paguen!

El Índice de Palma es un complemento del Coeficiente de Gini como medida de desigualdad. El Gini es muy sensible a los valores medios y no refleja los extremos. Por el contrario el Índice de Palma muestra el número de veces en qué el ingreso del 10 por ciento más rico de la población supera al del 40 por ciento más pobre. Entre el 2010 y el 2015 el Gini se redujo en 6.8 por ciento pero el índice de Palma permaneció igual.

La riqueza de los más ricos se incrementa más rápido que la de la clase media y la de los pobres. En los últimos 5 años el ingreso del 10 por ciento más rico de la población creció 20 veces más en comparación con la clase media y 198 veces más que el ingreso del 10 por ciento más pobre. Este proceso ha profundizado la desigualdad. Es decir que g4los esfuerzos tributarios en este periodo han estado orientados a redistribuir el ingreso sin afectar a la población verdaderamente más rica. (Ver gráfica 5).
Este proceso de concentración de la riqueza es universal. Algunas de las recomendaciones para contrarrestarlo son:

• La lucha contra la desigualdad debe ser un imperativo de todos los gobiernos. Para 2015 solo 62 personas en el mundo tenían la misma riqueza que 3.6 mil millones de habitantes.
• Ninguna persona debe vivir en la pobreza o la miseria. Con la abundante riqueza existente puede establecerse una renta mínima vital.
• La especulación no genera valor para la sociedad pero sí permite el enriquecimiento fácil de unos pocos. La volatilidad del mercado de valores además logra desestabilizar al sector real. Se requiere entonces de un impuesto a las transacciones financieras locales y globales.
• Reducir la jornada laboral. Esto permitiría emplear un número mayor de personas y estas tendrían más tiempo libre y, por tanto, mejor calidad de vida.
• Ajustar la remuneración de los asalariados, además de inflación, por productividad. Sus ingresos reflejarían, además del incremento del costo de vida, un premio por su contribución que raras veces es reconocida. Esto ampliaría la participación de los asalariados en la renta de un país.
• Estimular un estilo de vida sobrio. No se necesita comprar todo lo que nos ofrecen, muchos bienes o servicios no son realmente útiles, están programados para ser obsolescentes, o tener que actualizarse con frecuencia. Es sencillamente una estrategia de las empresas para obtener más utilidades.
• Es necesario un consumo responsable, que no apoye el enriquecimiento de quienes ya lo son, y la pobreza de los explotados por ellos. Muchas industrias no tienen consideración con el medio ambiente y contribuyen al empeoramiento de las condiciones sociales en varios lugares del mundo. Apple explota a miles de trabajadores en China. La industria del coltán, mineral necesario para producir los componentes electrónicos de los celulares inteligentes, estimula la guerra y la pobreza en el Congo.

Colombia es el país con la peor distribución del ingreso en América Latina, por tanto no debe ser ajeno a este tipo de propuestas, que pueden concretarse así:

• Eliminar las exenciones y descuentos que permite el actual Estatuto Tributario mejoraría la distribución del ingreso. Esta medida facilitaría la consolidación de la clase media por permitirle un mayor ingreso disponible, pues el recaudo no recaería sobre ellos sino sobre los ingresos verdaderamente altos. Jorge Espitia calculó que en el 2014 habían 26 mil empresas que tenían una tasa nominal de 25 por ciento en el impuesto de renta, pero que con las exenciones se reducía a un pago efectivo del 2.32 por ciento de sus ingresos operacionales. El Ministerio de Hacienda estimó que en este mismo año todos los beneficios tributarios representaron 6.7 billones de pesos.
g5• Hacer que la tarifa de los impuestos directos sea mayor conforme crece la base gravable. En el caso en que los impuestos en su conjunto sigan manteniendo su efecto regresivo se obstaculizará la reducción de la pobreza, porque una persona pobre que se beneficia de subsidios estatales los pierde a través del pago de impuestos indirectos como el IVA.
• No permitir a las empresas mineras deducir las regalías del pago de impuesto de renta. El pago de regalías sirve de compensación al daño ambiental que ocasionan.
• Crear el impuesto a los dividendos para persona natural. La concentración accionaria es muy alta, tiene un Gini de 0.87.

Son imperiosas políticas económicas y sociales realmente redistributivas, mucho más cuando el país entra en una fase de desaceleración. El desempleo llegó a 10 por ciento, la inflación acumulada del año está en 4.6 por ciento, y la mayor tasa de intervención (7.25%) está encareciendo el crédito. Todas estas variables amenazan la consolidación de la nueva clase media que ha logrado llegar allí por su cuenta o por la ayuda del Estado, y golpean de manera ampliada a los más pobres, llevándolos a mayor deterioro en sus ingresos y condiciones de vida. No son necesarios nuevos impuestos, basta con eliminar los beneficios que tienen los más ricos.

1 El IPM consta de 15 variables, la familia que no tenga respuestas favorables en 5 de estas se considera pobre. Cuando el ingreso de una persona está por debajo del valor de una canasta básica de consumo que define el DNP se le considera pobre por ingresos.
2 El Banco Mundial define la clase media a aquellas personas que tienen un ingreso diario entre 10 y 50 dólares diarios. El Gobierno adopta la primera definición. Según la Ocde, la clase media es aquella que está entre los percentil 25 y 75 de la distribución de ingresos. En este artículo se usa esta definición y para los cálculos presentados se toma la mediana o percentil 50 como medida representativa del ingreso de la clase media

Publicado enEdición Nº225
El misterio de la clase media en América Latina

En años recientes se ha abierto un intenso debate sobre el papel político de la clase media en América Latina. Sin embargo, el término clase media es exageradamente ambiguo. Tiene tantas acepciones como enfoques teóricos. La economía ortodoxa apela al ingreso para su definición y la sociología dominante lo limita a un asunto de estratificación social. Otros se centran en una cuestión de identidad, en una nueva subjetividad emergente que se siente incluida en un modo de vida promedio. En cualquiera de sus interpretaciones, la clase media existe actualmente como dilema político de época.

 

La estructura de clases sociales de la región ha cambiado sustancialmente de forma acelerada. Se conformó un nuevo sujeto gracias a las políticas redistributivas implementadas en la región. En Bolivia, en la última década, 20 por ciento de la población ha pasado de la extrema pobreza a ser considerada como clase media. En Ecuador, en ese mismo periodo, la clase media se duplicó. En Venezuela, durante la revolución bolivariana, se triplicó. En Argentina, durante el kirchnerismo, se incorporaron 9 millones de personas a esta categoría. En Brasil, durante los gobiernos de Lula y Dilma, la nueva clase media abarca a 39 millones de personas. Este ascenso social o reenclasamiento positivo es un rasgo característico irrefutable de este ciclo político.

 

La manera en la que se afronte este fenómeno será decisiva en este momento histórico. Tras la victoria de Macri en Argentina, la derrota electoral del chavismo en la Asamblea de Venezuela, el revés de Evo Morales en el referendo para la relección en Bolivia, a menos de un año de las elecciones presidenciales en Ecuador, y en medio del intento de golpe contra Dilma en Brasil, el asunto de la clase media se sitúa actualmente en el centro de la controversia política.

 

La llamada nueva derecha latinoamericana del siglo XXI lleva años prestando especial atención en cómo hablarle a esta nueva clase media. El objetivo es doble. Por un lado, ha venido prometiendo (desde la oposición sin responsabilidad de gobierno) aquello que reclama la lógica aspiracional de ese nuevo sujeto. Y, por otro, busca darle forma e identidad para constituirla como un actor social afín a su proyecto político-económico. Se presenta así a la clase media como si estuviera cansada de confrontar, aparentemente despolitizada, que prefiere la moderación, mayoritariamente urbana, que no le importa ni la justicia social ni la igualdad, que se siente más cómoda con otros valores materialistas (consumo) y postmaterialistas (ecologismo), y cada vez más individualizada.

 

Seguramente hay mucho de verdad en esto, pero tampoco se puede dar todo por cierto. Tal caracterización responde a una intencionalidad, la de instaurar un nuevo sentido común conservador acerca de lo que es la nueva clase media. Hecha a medida, construida a su semejanza, y útil como nuevo sujeto.

 

He aquí la nueva jugada del neoconservadurismo para vencer en medio de este pulso sobre la resignificación de quién es la naciente clase media. Aún es un enigma por descifrar. No es la clase media europea de las décadas pasadas, ni siquiera es la clase media latinoamericana preexistente a estos procesos de intensa movilidad social. García Linera la conceptualiza como clase media de origen popular, lo que significa que no es una clase media al uso. Es otra clase media, distinta, que ha naturalizado los derechos sociales adquiridos y tiene nuevas aspiraciones; pero esto no significa que haya perdido sus raíces.

 

Es una clase media politizada, pero no de la misma manera que lo era hace una década. Tiene una nueva subjetividad que nos toca conocer. Está en constante relación con nuevos medios (redes sociales); tiene otra estética, otros marcos culturales que responden a una etapa posfordista.

 

El desafío está en caracterizar a esa clase media de origen popular en forma más compleja de lo que lo hacen Durán Barba y compañía. Este sujeto emergente es heterogéneo y contradictorio; es un híbrido de lo que fue, lo que es y lo que quiere ser. Es un actor en transición, en conformación. Es más, todavía es una especie de casi clase media, que se encuentra al filo del alambre como cualquier recién llegado que siempre puede volver al lugar desde donde salió. A esto, el Banco Mundial le llama clase vulnerable, porque dejó de ser pobre, pero nunca pasó a ser rica; todavía susceptible de retroceder si la economía no crece lo suficiente. La restricción económica externa pone en riesgo su permanencia.

 

Seguramente, este término, el de nueva clase media, incomoda al pensamiento tradicional de la izquierda, más acostumbrado a otras categorías teóricas. Esto es comprensible, pero no hay tiempo que perder en un debate en curso que no pide permiso a los manuales clásicos.

 

El misterio de la clase media está omnipresente. O se permite la restauración de una clase media light procedente de la visión neoconservadora, o por el contrario, se disputa su significado. De no hacerlo, corremos el riesgo de interpretarla como si fuera una clase media de otro espacio y otro tiempo histórico, importada e impuesta como tantas veces nos lo hicieron con recetas, teorías, categorías, epistemes y marcos analíticos.

 

 

* Director CELAG
Twitter: @alfreserramanci

 

 

Publicado enSociedad
Viernes, 01 Abril 2016 06:50

La nueva derecha en Brasil

La nueva derecha en Brasil

La hegemonía en las calles brasileñas pertenece hoy a la derecha, por primera vez en 50 años. Poco antes del golpe de Estado de marzo de 1964, la derecha protagonizaba grandes manifestaciones contra el presidente progresista João Goulart, como la Marcha de la Familia con Dios por la Libertad en São Paulo, que congregó a cerca de 300 mil personas (http://goo.gl/J3wE1).


Bajo la dictadura la izquierda ganó las calles. A contrapelo, impuso modos de protesta, símbolos y discursos que sentaron su hegemonía hasta el 20 de junio de 2013. Ese día comenzó la llamada Revuelta de los Coxinhas (término peyorativo para referirse a varones blancos de clase media alta, engreídos, pitucos en lenguaje rioplatense).


Lo que sucedió aquella noche en las principales ciudades del país aún no ha sido dilucidado, pero lo cierto es que aprovechando manifestaciones masivas del Movimento Passe Livre (MPL) contra el aumento de las tarifas del transporte urbano, decenas de miles de coxinhas con la bandera de Brasil y los colores verdeamarelo desembarcaron en las marchas, agredieron y expulsaron a quienes portaban símbolos de izquierda y tomaron el control de las manifestaciones.


No es la simple reproducción de la vieja derecha católica y militarista que apoyó el golpe de 1964. Es una nueva derecha: sin partido, de clase media alta (con ingresos de más de cinco salarios mínimos), apoyada por empresarios industriales mientras el agrobusiness está en el gobierno; que acepta el aborto, el matrimonio igualitario, la despenalización de la mariguana y la gratuidad de los servicios públicos (http://goo.gl/AMSH3n). Pero se opone a las cuotas para estudiantes negros en las universidades y cree que Bolsa Familia la perjudica.


Es un error pensar que actúan digitados por los medios, como si fueran autómatas. Lo que no quiere decir que los medios estén al margen de la actual coyuntura brasileña. Es una derecha militante, que tiene estrategia y organizaciones propias, laica, politizada, formada en universidades privadas y públicas.


La primera acción de calle fue convocada por el Movimiento Cívico por el Derecho de los Brasileños, más conocido como Cansei (me cansé), el 17 de agosto de 2007, a la que asistieron 5 mil personas cuando aún latía el mensalão, el primer escándalo de corrupción que sacudió al gobierno del PT desde 2005. Las crónicas de prensa ironizaban sobre las marcas exclusivas de ropa que lucían los manifestantes, quienes fueron rechazados por los más importantes dirigentes del socialdemócrata PSDB, entre ellos el ex presidente Fernando Henrique Cardoso (http://goo.gl/pBvtHR).


Pese a la fugacidad del movimiento, nació un patrón de acción que luego se repite: gritos de fuera Lula, participación de actrices y actores populares de telenovelas, apoyo de la Federación de Industrias de São Paulo (FIESP) y de la Orden de Abogados de Brasil (OAB), y expulsión de personas que portaban banderas del PSDB porque se definen como anti-partidos.


Pero lo decisivo fue lo sucedido entre 2007 y 2013, aunque es poco atendido por los medios y los analistas. La nueva derecha creció en los centros de estudiantes de universidades públicas que eran bastiones de la izquierda. El caso más significativo sucedió en la Universidad Nacional de Brasilia (UNB).


En 2009 se creó el grupo Alianza por la Libertad, autodefinido como liberal, que ganó la dirección del centro de estudiantes en 2011 con 22 por ciento de los votos, ante la fragmentación de las izquierdas. Fue relegida por cuarta vez en 2015, con 60 por ciento de los votos, desplazando a las agrupaciones del movimiento estudiantil. La UNB había protagonizado luchas muy importantes como la ocupación de la rectoría en 2008, exigiendo la renuncia del rector denunciado por corrupción.

Alianza por la Libertad, vinculada al grupo Estudiantes por la Libertad (financiado por fundaciones neoliberales y anticomunistas de Estados Unidos) y al Instituto Liberal, se concentró en temas cotidianos de los estudiantes, como la limpieza de los baños y la seguridad en el campus. Mientras el movimiento estudiantil planteaba sus demandas en términos generales, la derecha buscaba soluciones concretas muy elementales. Sus principales apoyos estaban en las facultades de ingeniería, derecho y economía.


En esos años la derecha ganó otras universidades estatales como Minas Gerais y Rio Grande do Sul, y creció en otras, siempre rechazando la política partidaria, acusando a los militantes de izquierda de buscar cargos de confianza. Sus cuadros se formaban en institutos y organizaban agrupaciones de nuevo tipo.


En paralelo, se expandieron las marchas contra la corrupción. En 2011 hubo marchas en 25 ciudades, siendo la de Brasilia la más numerosa con 20 mil personas con el apoyo de la OAB. Los manifestantes llevaban banderas brasileñas y cantaron el himno nacional, lo que indica que un movimiento legítimo fue cooptado por la derecha más militante (http://goo.gl/CtLMyI).


La hipótesis es que antes de la explosión de junio de 2013 la nueva derecha ya era una fuerza social y tenía experiencia en la conducción de masas, justo cuando la militancia de izquierda abandonaba la calle y se volcaba hacia el Estado. La nueva derecha creó una cultura de protesta en la calle, lo que le permitió reconducir las marchas hacia sus objetivos. Sobre la base de esas experiencias, en 2014 nacen los grupos que hoy convocan millones: Movimento Brasil Livre, Vem Pra Rua y Revoltados On Line.


¿Por qué las izquierdas no han sido capaces de entender este avance de una nueva derecha y todo lo atribuyen a los medios? Una respuesta, provisoria, es que no se comprende la realidad desde las instituciones sino desde la calle. La página passapalavra.info fue la primera en advertir lo que se venía, la misma noche del 20 de junio, al igual que ex miembros del MPL, como el antropólogo Paíque Duques Santarém y el filósofo Pablo Ortellado. Esta nueva derecha no puede combatirse con argumentos ideológicos, sino en la disputa viva de la vida cotidiana.

Publicado enPolítica
Viernes, 22 Enero 2016 06:58

Entre barras y estrellas, la caída

Entre barras y estrellas, la caída

Las consecuencias sociales y culturales del dominio del 1 por ciento son devastadoras, sobre todo en su cuna, Estados Unidos. Lo novedoso es que las políticas ultraliberales no están afectando sólo a las minorías y a los pobres sino, como relata un reciente informe, a las capas medias que sostenían el sistema.

 

De la crisis se retorna, en no pocas ocasiones, con fuerzas renovadas y horizontes despejados. La decadencia, en cambio, cierra perspectivas y muestra la carencia de recursos para enfrentar los desafíos. Suele decirse que las crisis son oportunidades y que las superan aquellos que saben aprovecharlas. En la decadencia, sin embargo, no hay otra que contemplar el paso demoledor del tiempo que convierte la ruina en esclerosis mortal.


Cuando se analiza la decadencia de Estados Unidos, tras un siglo de reinado, suele focalizarse el debate en las relaciones internacionales, en el tránsito doloroso y en curso de su hegemonía unipolar a la necesidad que tiene ahora de compartir el mundo con las llamadas potencias emergentes que, en realidad, son potencias muy anteriores a la estadounidense. Pocas veces se mira hacia adentro, hacia las relaciones humanas y sociales de un país que, hace poco más de medio siglo, se ofrecía como la tierra de la libertad cuando el nazismo arrasaba Europa.


En la primera década y media del siglo, el país que supo atraer a la flor y nata de la intelectualidad europea (pintores, poetas, físicos, novelistas, arquitectos y urbanistas, entre muchos otros), donde pudieron desarrollar talentos que eran perseguidos tanto en la Alemania de Hitler como en la Italia de Mussolini, por no mencionar la España de Franco y la Unión Soviética de Stalin, se encuentra en franca regresión, según varios indicadores y reflexiones difundidas en las últimas semanas.


De tierra de la libertad se convirtió en país sombrío, rechazado en medio mundo y aceptado a regañadientes en el otro medio. Su otrora rutilante democracia ya no encandila; muestra signos inequívocos de agotamiento, de haberse convertido en una oligarquía del dinero que está vaciando al país más poderoso del planeta.


CAMINO AL TERCER MUNDO.


El economista Paul Craig Roberts fue subsecretario del Tesoro en la administración de Ronald Reagan, fue editor y columnista de The Wall Street Journal y de la revista Business Week (desde 2010 rebautizada como Bloomberg Businessweek). En suma, es un conservador, un hombre del sistema. Sin embargo, es un crítico feroz de la política exterior estadounidense desde la invasión a Irak, y rechaza la política de aislamiento a Irán.


Cree que Estados Unidos se encamina a ser un país del Tercer Mundo. Los datos que aporta se focalizan en la desigualdad, que se profundiza constantemente. La Oficina del Censo difundió en setiembre cifras sobre los ingresos de los cinco quintiles de la población. Todos perdieron. El quintil más pobre tuvo un descenso del 17,1 por ciento desde el pico en 1999. Los quintiles siguientes tuvieron caídas del 10,8 por ciento desde 2000, del 6,9 y del 2,8 por ciento respectivamente. Incluso el quintil superior tuvo una reducción del 1,7 por ciento, pero desde 2006. Sólo el 1 por ciento tuvo un aumento en los ingresos (Consortiumnews, 29-X-15).


Según Roberts, algunos tramos muestran ingresos similares a los de fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970. Hay 93 millones de estadounidenses en edad de trabajar que no están en la fuerza de trabajo, un récord histórico. Si se incluyera a los trabajadores desalentados en la medición de la desocupación, el índice treparía al 23 por ciento, muy por encima del oficial del 5,2.


Las razones, sostiene, se deben a la deslocalización de la producción, ya que las grandes empresas trasladaron sus fábricas al extranjero, donde pagan menos y obtienen mayores ganancias, aumentando el valor de las acciones y las retribuciones de los gerentes. Mientras los puestos de trabajo más calificados se crean lejos del país, en Estados Unidos "la economía crea puestos a tiempo parcial y mal pagados, como camareras, vendedores al por menor y servicios de atención médica ambulatoria". En consecuencia, la mitad de los jóvenes de 25 años vive con sus padres porque no pueden independizarse, frente a un 25 por ciento que sí lo hacía en 1999.


El peso del sector financiero en el Pbi se ha duplicado desde 1960. La demanda no crece ni es capaz de impulsar la economía por los bajos ingresos de los asalariados. "La infraestructura económica y social se está derrumbando, incluyendo la propia familia, el Estado de derecho y la responsabilidad del gobierno", estima Roberts. Cree que el colapso de la Unión Soviética fue perjudicial para su país, ya que creció la arrogancia de los neoconservadores, y los países más poblados como India y China abrieron sus fuerzas de trabajo al capital occidental, "acelerando la decadencia económica estadou-nidense y dejando a su economía en dificultades para soportar la enorme deuda de las guerras".


SIN DERECHOS.


La revuelta de Baltimore, el pasado 25 de abril, en respuesta a la muerte de un joven negro que estaba bajo custodia policial, es, para David Goldman, un punto de no retorno. Su reflexión es demoledora: "Seis años después de la elección del primer presidente afroestadou-nidense, las perspectivas de los estadounidenses negros parecen más sombrías que nunca desde la Primera Guerra Mundial, cuando comenzaba la migración masiva desde los campos del sur hacia las fábricas del norte" (Asia Times, 28-IV-15).


Goldman es un economista estadounidense que asegura escribir "desde una perspectiva judeocristiana", con análisis centrados en factores demográficos y económicos de larga duración y volcado a la comprensión del ascenso y caída de las naciones. En los ochenta se desempeñó como director general de fondos de inversión en organismos como el Credit Suisse y el Bank of America, entre otros. Actualmente publica sus columnas en Asia Times bajo el seudónimo Spengler.


Los datos demográficos que vierte para explicar la situación de la población negra son sorprendentes. El 72,5 por ciento de los niños negros nace en hogares monoparentales. Lo mismo sucede con el 53 por ciento de los hispanos y sólo el 29 por ciento de los niños blancos.


Hasta ahí son datos esperables. Pero cuando se discrimina por "color" y empleo, las cosas dan un vuelco dramático: tres mujeres negras tienen trabajo a tiempo completo por cada dos varones negros; para los blancos, las cifras se invierten: hay tres varones blancos empleados por cada dos mujeres blancas. Dos tercios de las licenciaturas concedidas a afrodescendientes son para mujeres. "¿Dónde están los hombres negros?", se pregunta Spengler.


La respuesta es tremenda: por cada cien mujeres negras que no están en la cárcel, hay sólo 83 varones negros en la misma situación. El 17 por ciento restante murió o está preso. La tasa de encarcelamiento de la población negra es alucinante: uno de cada 87 blancos en edad de trabajar está preso, frente a uno de cada 36 hispanos y uno de cada 12 negros (Asia Times, 28-IV-15). Los varones negros tienen una en 21 posibilidades de ser asesinados, frente a una en 131 para los hombres blancos. Si la ira llevó a la población negra a incendiar Baltimore bajo un presidente negro "es porque no hay solución a la vista, síntoma de la decadencia estadounidense", dice Spengler.


Hay 6 millones de personas que perdieron su derecho a votar por haber estado en prisión. La estadounidense es "una de las pocas democracias que privan de derecho a votar a sus ciudadanos cuando entran en la cárcel" (El País, 2-XI-15). Florida, uno de los estados clave en las elecciones, tiene 1,6 millones de personas que no pueden votar. El 23 por ciento de los negros está en esa situación.


Una docena de estados declara ilegal el voto de los detenidos, incluso luego de cumplir condena, mientras en Florida se debe esperar hasta 16 años para poder pedir la restitución de ese derecho. Entre el 80 y el 90 por ciento de los presos pertenece a alguna minoría racial, según Humans Rights Watch.


EPIDEMIA SILENCIOSA.


A medida que el sector financiero se ha ido posesionando de la economía y la política estadounidenses, la sociedad comenzó a resquebrajarse, afectando en particular a las capas medias. Algo de eso revela el reciente estudio de la Universidad de Princeton, que asegura que la mortalidad de blancos de mediana edad se ha disparado en las dos últimas décadas.


Los datos que encontró el estudio, en el que participó el último Nobel de economía, Angus Deaton, revelan que medio millón de personas de entre 45 y 54 años murieron por cirrosis, suicidios, alcohol y drogas (The New York Times, 3-XI-15). Ningún otro grupo demográfico en Estados Unidos o en otro país desarrollado ha tenido un comportamiento similar, con la excepción de la época del pico de la epidemia de sida.


El informe señala que esos datos "invierten décadas de progreso y son únicos de Estados Unidos". Las razones hay que buscarlas en el empeoramiento de la salud física y mental de ese grupo de población, visible en sus dificultades para llevar a cabo tareas diarias, el aumento del dolor crónico y la imposibilidad de trabajar. La tasa de mortalidad de la población blanca de 45 a 54 años venía descendiendo un 2 por ciento anual en Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido y Canadá. Pero a partir de 1998 en Estados Unidos crece medio punto cada año.


Lo llamativo es que las muertes por sobredosis bajaron entre hispanos y negros pero aumentaron entre los blancos a partir de 1999. "En 2006, por primera vez, las muertes por causas relacionadas con el consumo de drogas y alcohol entre blancos superaron a las de negros e hispanos", dice la Universidad de Princeton. Pero lo más estremecedor es la cantidad de personas que dicen sufrir dolor crónico: uno de cada tres blancos de edad media tiene dolor crónico en las articulaciones, uno de cada cinco en el cuello y uno de cada siete en la espalda. También crece el "estrés psicológico serio", las personas que tienen dificultad para "caminar 400 metros o subir diez escalones, estar de pie o sentadas durante dos horas o relacionarse con amigos". Hablamos de personas de 45 a 54 años.


Uno de los secretos que revela el informe, que naturalmente ha causado enorme revuelo, es el aumento del consumo de heroína y medicamentos para paliar el dolor. "El 90 por ciento de las personas que consumieron heroína por primera vez en la última década son blancas", y "tres de cada cuatro optaron por la heroína después de consumir medicamentos recetados por un médico", destaca la revista de psiquiatría de la Asociación Médica de Estados Unidos. Según los autores, el mayor control sobre los medicamentos con opiáceos derivó en que se sustituyeran por heroína.


Se trata de una epidemia silenciosa que incluye uso de medicamentos contra el dolor y drogas (hábitos con fronteras porosas), suicidios y consumo de alcohol. Los autores del informe concluyen señalando que ese grupo de población será "el primero que llegará a la mediana edad y verá que no vivirá mejor que sus padres", en lo que puede ser una "generación perdida". Las razones son dos: las presiones económicas y el nivel educativo.


En los hechos, y más allá de la voluntad de sus autores, el informe es una de las denuncias más potentes y demoledoras contra las políticas neoliberales del 1 por ciento a costa del 99 por ciento, que consisten, entre otras, en un ataque frontal contra la clase media.


AUTORITARISMO NEOLIBERAL.


Henry Giroux es uno de los más importantes pedagogos del mundo, fundador de la pedagogía crítica, y reconocido por la huella que dejaron sus 35 libros. Acaba de publicar un largo artículo titulado "Cultura de la crueldad: la era del autoritarismo liberal", en el que denuncia cómo la pesadilla de George Orwell de una sociedad totalitaria "proyecta una sombra oscura sobre Estados Unidos" (Counterpunch, 23-X-15).


Este nuevo autoritarismo habla de "una experiencia diferente de terror total en el siglo XXI", basada en "un ethos mezquino que clama contra cualquier noción de solidaridad y compasión por los demás". En apoyo de su hipótesis cita varios hechos elocuentes: la democracia se marchita, se registra un asalto continuo y despiadado contra el Estado social, crece la cultura de la supervivencia del más apto y se destruye cualquier vestigio de contrato social. "Los mercados utilizan sus recursos económicos e ideológicos para armar y militarizar todos los aspectos de la vida cotidiana, celebrar una cultura del miedo, una pedagogía de la represión, y una política de la precariedad, el control, y la vigilancia de masas", destaca Giroux.


Los poderosos han impuesto "un mundo de sombras y desorden en su búsqueda implacable de riqueza, indiferente al saqueo de la humanidad y el planeta". Ya no existen espacios seguros al amparo de los acaparadores y de los tentáculos de la vigilancia y el castigo estatales. Sí existe, en cambio, una "tolerancia infinita" a los delitos de los banqueros, y aparecen "zonas de abandono social" en las que las personas son desechables. En esa categoría entran "los jóvenes, los grupos de bajos ingresos y las minorías de clase y color, que están siendo demonizados, criminalizados o simplemente abandonados, ya sea en virtud de su incapacidad para participar en los rituales del consumo debido a trabajos mal pagados, mala salud o necesidades familiares urgentes".


Los jóvenes son los más proclives a sufrir esta situación, que se traduce en crecientes niveles de ansiedad, estrés, depresión y suicidio. Con base en informes oficiales, Giroux señala que "uno de cada cinco jóvenes y uno de cada cuatro estudiantes universitarios sufren de algún tipo de enfermedad mental diagnosticable".


Son demasiados, en resumen, los síntomas de la decadencia como para ignorarlos.


La represión es una consecuencia casi obligada. The Economist informó que "los equipos de Swat (unidades de elite para la lucha contra el terrorismo y operaciones especiales) se desplegaron cerca de 3 mil veces en 1980, pero ahora se utilizan alrededor de 50 mil veces al año". La policía mata cuatro personas por día, según el sitio http://killedbypolice.net/, que lleva una cuenta que crece de año en año.


Giroux concluye asegurando que ninguna democracia puede sobrevivir al tipo de desigualdad en la que "las 400 personas más ricas tienen tanta riqueza como 154 millones de estadounidenses". Y clama por un renacer del espíritu crítico y de la acción de los movimientos antisistémicos.

Publicado enInternacional