Sábado, 22 Agosto 2020 05:40

Los dientes

Los dientes

1.Washington. George Washington (1732-1799), el primer presidente de Estados Unidos que más que una guerra por la Independencia –subraya Gerald Horne– encabezó una “‘contrarrevolución” para preservar la esclavitud en vías de abolición por Gran Bretaña en sus colonias norteamericanas (bit.ly/320sKPa), era, como tantos otros padres fundadores (Jefferson, Franklin et al), dueño de esclavos. Si bien −supuestamente− sus sentimientos hacia la esclavitud eran encontrados (bit.ly/31bFp2M), hacía todo para seguir lucrándose de ella, dejando este asunto para resolver a las futuras generaciones (uno por el que finalmente estalló la guerra civil). En sus tiempos no sólo perseguía con todo el peso de la ley a sus esclavos fugitivos (una preciada mercancía, no seres humanos)− o gobernando temporalmente desde Filadelfia usaba un agujero legal para negarle la libertad a su propiedad –Pennsylvania era uno de los primeros estados comprometidos en erradicar la esclavitud y según su Acto estatal de emancipación gradual de 1780 si uno no era su ciudadano podía traer sus esclavos únicamente por seis meses; pasado este lapso, automáticamente éstos obtenían la emancipación− rotándola periódicamente a su Virginia natal o sacándola no más por la frontera a Nueva Jersey reseteando en práctica el reloj de la libertad (Erika Armstrong Dunbar dixit), sino también pagaba a sus esclavos para que se extrajeran dientes sanos con los cuales completaba su dentadura. Unos chelines por allí, unos chelines por allá, según su propia libreta de cuentas. Plagado por problemas dentales desde los 20 años, asumiendo la presidencia (1789) con un sólo diente natural (bit.ly/2E334JG), Washington usaba varias prótesis −del marfil de hipopótamo, dientes de vacas, caballos, etcétera (bit.ly/2FCAgZ6)− y trataba de mejorar su estado con implantes primitivos de dientes de los esclavos. Desde 1619 cuando el primer contingente de esclavos negros fue traído de África a la todavía británica colonia de Virginia −157 años antes de la Declaración de la Independencia según la cual, sólo en la teoría liberal, todos han sido creados iguales− el racismo y la esclavitud han sido imprimidos en la futura nación que forjó Washington (bit.ly/3axABaU). Fueron base material de su acumulación primitiva (bit.ly/2Q6Z9hF) y la riqueza de las élites blancas (cuando en 1808 se prohibió la importación de esclavos, los criadores de caballos y ganado se dedicaron a criar negros para el mercado interno). El capital –tal como escribía Marx− vino también a Estados Unidos chorreando sangre de pies a cabeza. Junto con la boca.

2. Lumumba. Los dientes. Lo único que quedó de él. Cuando Patrice Lumumba (1924-1961) el primer jefe de gobierno del Congo independiente anunció que las riquezas naturales de aquel país africano finalmente iban a servir a sus habitantes y no a los colonizadores –y buscó ayuda soviética para fortalecerla independencia− tuvo que enfrentar una invasión belga (su antiguo colonizador), dos levantamientos secesionistas de unas ricas regiones mineras, la campaña estadunidense de desestabilización y un golpe de Estado anticomunista (bit.ly/3aFcfvR). La CIA trató de envenenarlo, pero luego optó por delegar la tarea a los verdugos locales y asesinos belgas (el uranio para las bombas atómicas de Estados Unidos provenía de Congo y éste “no podía ser ‘segunda Cuba’”). Lumumba fue raptado, torturado y ejecutado. Su cuerpo, cortado en pedazos, disuelto en ácido. A finales de la década de los 90 un policía belga detalló cómo se deshizo de su cadáver. Abrió el cajón y sacó dos de sus dientes y una bala sacada del cráneo (bit.ly/2Q3wMAG). Cómo recuerda Adam Hochschild –autor de un seminal King Leopold’s ghost: a story of greed, terror, and heroism in colonial Africa (1998) que detalla la brutal historia de la colonización belga− el asesinato de Lumumba fue un punto de inflexión que sofocó muchas de las esperanzas en toda la África en vías de la descolonización (bit.ly/2PXxakm). Congo (rebautizado como Zaire) se tornó otra vez el corazón de las tinieblas conradiano bajo la dictadura de Mobutu. Pero cuando un siglo antes el rey Leopoldo, un monarca iluminado, filántropo y liberal, invadió a Congo tenía boca llena de ideales: quería liberarlo del dominio de los esclavistas musulmanes, diseminar civilización, cristiandad y libre comercio. Acabó convirtiéndolo en una gran finca (marfil y caucho) con trabajo esclavo, explotación, saqueamiento y terror −cuerpos podridos, manos cortadas, cráneos y esqueletos en las cercas a los largo de la colonia, salvajes castigos con chicote, el látigo de piel de hipopótamo, en total entre 5 y 8 millones de muertos− mucho peor que el régimen anterior. Allí también el capital llegó chorreando sangre... Los “ zoo humanos” con congoleses traídos a Bélgica en condiciones nativas han sido el entretenimiento predilecto de las masas hasta... 1958 (unas décadas antes un joven congolés al cual sus captores le afilaron los dientes para que se viera más salvaje estaba exhibido en un pabellón de monos en el zoológico de Nueva York bit.ly/2YdBaSi). Ya llegó la hora de que nos dejen de ver como monos, le dijo en 1960 Lumumba en la cara al rey Balduino, el heredero de Leopoldo, que le concedió la independencia a Congo sólo para pronto querer dar marcha atrás... (bit.ly/2YhLZmr).

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Foto: Celebración del Día de Jerusalén que conmemora el 52 aniversario de la captura de Jerusalén Este por Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967. 2 de junio de 2019 (Yonatan Sindel/Flash 90)

 

Un paso más en el proyecto colonial israelí

Las pasadas semanas, muchos lectores de los medios de comunicación mayoritarios se habrán hecho la impresión de que Israel se está preparando para poner en marcha un drástico plan de anexión de la Cisjordania ocupada, tras firmar el acuerdo de coalición de gobierno y conocer el llamado “Acuerdo del Siglo” de Estados Unidos.

Pero los palestinos saben demasiado bien que la anexión anunciada por Israel no supone ninguna novedad espectacular. Si acaso, les indigna que la comunidad internacional haya reaccionado con tanto asombro.

Para comprender el abismo entre los titulares informativos y la realidad sobre el terreno, hay que ponerse en la piel de un ciudadano israelí que decida viajar desde su apartamento en Tel Aviv hasta el Mar Muerto, atravesando territorios ocupados de Cisjordania.

Dicho ciudadano solo tendrá que tomar una carretera que se dirige al este para llegar en menos de media hora a la orilla del río Jordán. No hay puestos de control ni es necesario cambiar de ruta en ese breve recorrido (tampoco existe indicador alguno que informe de que el viajero ha entrado en Cisjordania). A lo largo de toda la ruta las señales de carretera están escritas en hebreo, la policía israelí vigila que se cumplan las normas de tráfico y la Autoridad de Parques nacionales da la bienvenida a los visitantes que se dirigen a puntos de interés cercanos.

El conductor israelí deberá tener cuidado para no entrar por error en las zonas donde viven los palestinos residentes en Cisjordania. Pero eso no ofrece ninguna dificultad, pues tras los Acuerdos de Oslo el ejército colocó grandes carteles rojos a la entrada de las poblaciones palestinas, advirtiendo a los israelíes que penetrar dichas áreas es peligroso. Por su parte, un palestino que se encuentre al otro lado de estos carteles no puede tomar esa misma carretera para ir a Israel ni visitar esos centros turísticos del Mar Muerto a los que se dirige el conductor israelí.

En realidad, a pesar de las aparentemente complejas estructuras políticas del territorio, el mapa físico de Palestina-Israel en 2020 es muy simple: pese a la existencia de unos pocos enclaves palestinos semiautónomos en Cisjordania y la Franja de Gaza, es Israel quien controla todo, de norte a sur y de este a oeste.

Esa es la realidad que ha estado presente durante décadas. Y, a pesar de ello, el mundo se muestra alarmado porque Israel quiera hacer “oficial” la realidad mediante una anexión formal. Lo que la comunidad internacional considera un movimiento ilegal por parte de un ocupante militar, o como una disputa territorial  sobre fronteras entre dos gobiernos, los palestinos lo ven como un paso más en el proyecto colonial de asentamientos que Israel lleva un siglo practicando.

El error demográfico

La exclusión y el control, que siempre han sido rasgos esenciales del sionismo, son los elementos básicos de la geografía del territorio. La meta de crear un país solo para judíos en el que residen otros pueblos ha supuesto la interminable opresión de los palestinos. El sionismo les planteó dos opciones: o bien la expulsión y el exilio o bien aceptar el dominio de Israel sin tener ningún derecho. Todos los palestinos, con independencia del lugar del mundo en qué se encuentren, están sujetos a uno de estos dos destinos.

Cuando se fundó el Estado en 1948, muchos israelíes quedaron decepcionados porque ciudades como Hebrón, Nablus o la antigua Jerusalén, consideradas lugares sagrados por los judíos, quedaran fuera. Pero ese anhelo fue finalmente satisfecho en 1967, cuando Israel tomó el control de la totalidad del territorio del Mandato Británico de Palestina. Pero, exceptuando Jerusalén Este, el Estado nunca llegó a anexionar esos territorios bajo la ley israelí.

Hasta el día de hoy, Israel siempre ha lamentado el error demográfico que cometió al ofrecer en 1948 la ciudadanía israelí a algunos palestinos. Situados bajo la ley militar hasta 1966 y siempre discriminados, la simple existencia de ciudadanos palestinos ha frustrado los planes de Israel: crear un Estado exclusivamente judío. En ese sentido, siempre se les ha recordado que no son deseados: Netanyahu declaró claramente el año pasado que “Israel no es un Estado para todos sus ciudadanos”, y el “Acuerdo del Siglo” se atreve a proponer el traslado de sus comunidades a una futura entidad palestina.

Obsesionado por su error, Israel decidió llevar a cabo una política de “provisionalidad permanente” en Cisjordania y Gaza: su táctica de escape fue la anexión de facto a falta de una anexión de jure. Así, creó nuevas categorías para esa población indeseada: tarjetas de “residencia permanente” para los habitantes de Jerusalén Este (miles de las cuales han sido revocadas desde 1967), y tarjetas de identidad naranjas o verdes para quienes viven en Gaza o en Cisjordania, todas ellas bajo el control del Ministerio de Defensa.

Al mismo tiempo, el Estado animó a la población judía a instalarse en los territorios ocupados. A medida que progresaban los asentamientos, Israel fue construyendo carreteras de circunvalación, muros y vallas, no solo para asegurar que estos quedaran interconectados entre sí y con Israel, sino también como un instrumento para controlar y limitar los movimientos de la población palestina.

Entonces, ¿por qué tras más de cincuenta años de “provisionalidad permanente” Israel ha decidido hacer oficial esta realidad? ¿Cuál debería ser la respuesta de los palestinos?

La respuesta palestina

Tal vez esas preguntas se resuelvan cuando Israel anuncie su plan definitivo: no solo la incorporación de los asentamientos y tierras circundantes, que ya tiene bajo su control, sino también la limpieza étnica de los palestinos que permanecen en dichas áreas. Ese plan lleva años desarrollándose en lugares como el valle del Jordán, E1 y las colinas de Hebrón Sur, pero podría proseguir a más velocidad una vez se declare la anexión formal.

Dada la impunidad con la que Israel ha violado el derecho internacional en los territorios ocupados, los palestinos no tendrán mejor oportunidad para abandonar el discurso legalista de la “ocupación”. Durante mucho tiempo, los palestinos han dado a este marco internacional la oportunidad de contribuir a su lucha, a pesar de su limitación y la tergiversación de su causa, pero ha sido en vano.

Parte de este fracaso se debe a los propios líderes palestinos. Hasta finales de la década de los 80, la dirección nacional palestina consideraba a Israel como un Estado colonial que usurpaba las tierras palestinas; exigía el retorno de los refugiados y estaba a favor de un único Estado democrático para todos. Pero desde entonces la Organización para la Liberación de Palestina ha reconocido formalmente a Israel y adoptado la solución de los dos estados, en buena medida para satisfacer el punto de vista de la comunidad internacional, que actúa bajo la falsa premisa de un “conflicto” entre dos partes iguales.

Este entramado político vino a sustituir a la demanda de descolonización del Mandato Británico de Palestina y aceptó la Línea Verde como frontera dentro de la cual encerrar a los palestinos en un cuasi-estado. Casi treinta años después de los Acuerdos de Oslo, los programas de asentamiento de colonos siguen tratando a los palestinos como el mismo grupo indeseado y colonizado, ya sean ciudadanos de Israel, sujetos ocupados o refugiados expulsados.

El presidente palestino Mahmud Abbas parece reconocer este hecho cuando amenaza una y otra vez con el desmantelamiento de la Autoridad Palestina o la retirada de los llamados acuerdos de seguridad con Israel. Pero nunca ha tenido el suficiente coraje como para llevar adelante sus amenazas. Si la Autoridad Palestina no hace nada por rectificar sus errores, se limitará a aceptar los planes de Israel y a gobernar en los reducidos enclaves en nombre del Estado.

Así pues, mientras Israel afina la siguiente fase de su proyecto colonialista, es hora de que los palestinos vuelvan a reivindicar la descolonización total y un único Estado democrático en el que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, además de diseñar nuevas estrategias para conseguir dicha meta. Hasta entonces, la comunidad internacional no tiene derecho a lamentarse por la próxima anexión, fruto de los esfuerzos coloniales de Israel, que la propia comunidad internacional nunca hizo nada por detener.

 

Por Ahmad al-Bazz | 23/05/2020

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.972mag.com/israel-settler-colonial-annexation/

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Foto: Soldados israelíes toman posición mientras los manifestantes palestinos se reúnen en protesta contra la expansión de los asentamientos israelíes en la aldea cisjordana de Beita, 2 de marzo de 2020. Majdi Mohammed, AP

¿De qué tiene miedo el campo de centro izquierda de Israel cuando se trata de anexión? ¿Por qué la Unión Europea y otros países fingen tal clamor contra este próximo plan?

La anexión siempre se ha presentado como la madre de todos los desastres, pero tenemos que dejar de temerla, e incluso decir que sí. Se perfila como la única forma de salir del punto muerto, la única sacudida posible que podría terminar con este statu quo de desesperación en el que nos hemos quedado atrapados y que ya no puede llevar a ningún lado bueno.

La anexión es, de hecho, un premio intolerable para el ocupante y un castigo escandaloso para los ocupados. Legitima los crímenes más graves y destruye los sueños más justos, pero la alternativa es aún peor. Eternizaría la situación criminal que se perpetúa desde hace mucho tiempo. Asentaría la realidad del apartheid que ya existe desde hace bastante tiempo.

Pero la anexión también pondría fin a las mentiras y exigiría que todos miraran la verdad a los ojos. Y la verdad es que la ocupación llegó para quedarse, nunca hubo intenciones de hacer lo contrario. Ya ha creado una situación irreversible, unos 700.000 colonos,  incluidos los de Jerusalén Este, que nunca serán removidos y sin su remoción los palestinos no tendrán más que bantustanes, ni un Estado ni siquiera una caricatura de un Estado.

Esto es lo que temen los opositores a la anexión, sin un proceso declaratorio y legal, sería posible continuar sembrando engaños siempre. La anexión amenazaría la vida falaz de la Autoridad Palestina, que continúa comportándose como si fuera un Estado libre con soberanía a la vuelta de la esquina; del campo de paz israelí, que sigue creyendo que todavía existe la posibilidad de una solución de dos estados y de la Unión Europea, que cree que es suficiente emitir (¡Fuerte!) condenas a Israel y luego sentarse y no hacer nada contra el apartheid, financiarlo, armarlo y declamar sus «valores comunes» con Israel. La anexión desafiaría a los negadores de la realidad que nunca han sido desafiados en sus vidas. Por lo tanto, deberíamos estar a favor a pesar de la injusticia y los desastres que puedan surgir. A largo plazo el precio será menor que el de la situación existente.

Es precisamente el acérrimo opositor de la anexión Shaul Arieli quien mejor describió sus ventajas. En un artículo reciente (Haaretz, edición hebrea, 24 de abril), señaló cómo colapsaría la Autoridad Palestina, se cancelarían los Acuerdos de Oslo, la imagen de Israel sufriría daños y es probable que estallase otro ciclo de derramamiento de sangre. Estos son peligros reales que no se pueden tomar a la ligera, pero dice: «El paso de la anexión sería un gran golpe para los puntos de apoyo de la situación actual y alteraría su frágil equilibrio». ¿Y qué más podemos pedir, Shaul Arieli? La estabilidad que ha creado la ocupación, su rutina de normalidad, son los grandes enemigos de cualquier esperanza para ponerle fin. No tienes que ser anarquista o marxista para ver la oportunidad latente en esta terrible visión. Después de todo la anexión es más reversible que las colonias, la política de anexión puede algún día convertirse en democracia.

Hemos estado esperando este golpe para aterrizar. Es nuestra última esperanza. Quien conoce a Israel sabe que no hay posibilidad de que se despierte una mañana por su propia voluntad y diga: La ocupación no es agradable, acabemos  con ella.  Quien conoce a los palestinos sabe que nunca han estado tan débiles, aislados, fragmentados y desprovistos de cualquier espíritu de lucha. Y quien conoce el mundo sabe lo cansado que está del conflicto. Así que ahora Israel vendrá y con el aliento del conocido pacificador de Washington despertará esta realidad desde su sueño, la anexión. Es igual. En las colinas y en los valles, en el Área C y al final en toda Cisjordania.

Como nadie tiene la intención de otorgar los mismos derechos a los palestinos, Israel se declarará un Estado de apartheid. Dos pueblos, uno con todos los derechos y el otro sin ninguno, desde el podio de la Knéset y la ONU también. ¿Es demasiado ingenuo u optimista creer que la mayor parte del mundo no permanecería en silencio, así como un gran número de israelíes? ¿Hay alguna alternativa realista? Entonces dejad de tener miedo y dejad que se anexen.

Por Gideon Levy | 15/05/2020

Traducido del inglés para rebelión por J. M

Fuente: https://www.haaretz.com/opinion/.premium-let-israel-annex-the-west-bank-it-s-the-least-worst-option-for-palestinians-1.8833755

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"Francia debería reembolsar mínimamente, con más de 28.000 millones de dólares americanos a Haití"

Le Nouvelliste publica en esta edición una entrevista realizada por el Doctor en Economía Thomas Lalime, cronista de la sección Economía del periódico, con el célebre economista francés Thomas Piketty sobre en qué forma sus trabajos podrían ayudar a esclarecer la elección de las políticas públicas en Haití. El director de los estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) y eminente profesor de la Escuela de Economía de París, Piketty, respondió de manera transparente y sin maquillajes a sus preguntas.

Según los cálculos, "la deuda de la Independencia representaba en 1825 el equivalente aproximado de tres años de la producción de Haití (300% del PBI diríamos en el lenguaje de hoy). Esto sin tomar en cuenta siquiera los intereses que los banqueros franceses, y anglo-sajones no dejaron de hacer pagar hasta 1950 a cambio del "refinanciamiento de esta deuda". Francia debería reembolsar a HAITÍ hoy mínimamente con el equivalente de tres años del PBI haitiano actual,o sea más de 28.000 millones de dólares norteamericanos. Nótese que el PBI nominal se elevaba a 632 millones de millones de gourdes(moneda haitiana) para el ejercicio fiscal 2017-2018, o sea, 9.600 millones de dólares norteamericanos a la tasa de cambio de entonces de 65,6 gourdes por un dólar USA.

Thomas Lalime (T.L) : Después de El Capital en el siglo XXI en 2013, usted presenta al gran público Capital e ideología en 2019 con el fin de presentar un cuadro bastante fiel de las desigualdades. Haití, antigua colonia francesa, permanece aún como uno de los países más desiguales del mundo. ¿Ocupó Haití un lugar importante en sus investigaciones?

Thomas Piketti (T.P) : Mi nuevo libre, Capital e ideología, presenta una historia de los regímenes de desigualdades, en particular los sistemas de justificación ideológica de las desigualdades. El caso de Haití juega un rol muy importante en mi libro, pues la manera en que la isla ha sido tratada por la potencia colonial francesa y los antiguos propietarios de esclavos ilustra de manera extrema (pero desgraciadamente representativa) la brutalidad de la ideología propietarista en vigor en el siglo XIX, teniendo como fundamento una cuasi-sacralización de los derechos de los propietarios, cualesquiera sean los orígenes y las formas de la propiedad.

T.L : ¿Por qué, según usted, las desigualdades son tan escandalosas en Haití? ¿Cuál es el rol de la herencia colonial en la emergencia, la agravación y la persistencia de esas desigualdades de riquezas en Haití?

T.P : La revuelta de los esclavos en Haití es sin duda el momento más subversivo de la Revolución Francesa. Algunos en Francia estaban dispuestos a responder positivamente a ella. Al final, la línea que se impuso en París fue dura y represiva. La monarquía francesa impuso en 1825 una muy dura deuda a Haití con el fin de compensar a los propietarios de esclavos despojados de su derecho de propiedad. Esta deuda injusta pesó gravemente en el desarrollo económico, político, y humano de la isla. La deuda fue oficialmente pagada hasta la mitad del siglo XX. En realidad, es hasta nuestros días que esta pesada herencia esclavista y colonial ha hecho sentir sus efectos.

T.L : Usted propone poner impuestos a los más ricos, pero en países de ingresos reducidos como Haití, en donde las instituciones son muy débiles, los ricos acaparan a menudo el aparato estatal que debería proceder a imponer estos impuestos. Frecuentemente, ellos no pagan impuestos o pagan muy poco. Estos últimos pueden bastante fácilmente provocar el cambio de un gobierno o de un funcionario que quisiera hacerles pagar más. ¿Cómo aplicar una medida semejante en este contexto?

T.P: Pienso que todos los países, comprendiendo a Haití, tienen necesidad de transparentar quién posee qué, quién recibe tal ingreso y cuánto los unos y los otros pagan o no de impuestos para contribuir a las infraestructuras colectivas, al sistema de educación y al sistema de salud. Un sistema fiscal justo debe basarse en un impuesto progresivo sobre la propiedad y un impuesto progresivo sobre los ingresos. Cualquiera sea el grado de desarrollo del país y de la administración fiscal, los gobiernos deben comprometerse a hacer un registro de las propiedades y los ingresos de sus ciudadanos, a aplicarles los impuestos adecuados y a publicar el resultado de estas operaciones. Cuántos contribuyentes fueron registrados con tal y tal nivel de patrimonio y de ingresos, en tal ciudad, año tras año. Así podrán los ciudadanos hacerse una idea del progreso(o de la ausencia de progreso) de la administración fiscal, podrán pedir cuentas, y apropiarse de la cuestión de la justicia fiscal y social.

T.L : Haití fue forzada a pagar una deuda de la independencia de 150 millones de francos-oro en 1825, o sea un monto capitalizado de más de 21.000 millones de dólares hoy, lo que en gran parte hundió la posibilidad de su despegue económico. ¿Piensa usted que Haití tiene derecho hoy a una reparación por parte de Francia?

T.P: Esta deuda representaba en 1825 el equivalente de alrededor de tres años de producción de Haití (300% del PBI con el lenguaje de hoy) Esto sin tomar en cuenta siquiera los intereses que los banqueros franceses, y anglo-sajones no dejaron de hacer pagar hasta 1950 a cambio del "refinanciamiento de esta deuda". Francia debería hoy reembolsar a HAITÍ, mínimamente con el equivalente de tres años del PBI haitiano actual.

En mi libro, estudio igualmente formas más ambiciosas de justicia trasnacional fundada en la desigualdad de acceso a la educación y a los otros bienes fundamentales, en dondequiera uno haya nacido, independientemente de los orígenes de los unos y los otros y de toda lógica de solidaridad inter generacional. Esto conduciría en la práctica a retribuciones mucho más importantes todavía en beneficio de los jóvenes Haitianos. Pero a partir del momento en que no se instrumente una norma de justicia de este tipo, hay que aceptar entonces la lógica de las reparaciones.

Por Thomas Lalime

Le Nouvelliste

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Viernes, 21 Junio 2019 06:46

Gramsci, Fanon y después

Gramsci, Fanon y después

Alguien escribió hace no tanto tiempo que lo importante no es quién habla, sino desde dónde lo hace. Recién pude comprender aspectos centrales del pensamiento de Antonio Gramsci en las comunidades campesinas de su Cerdeña natal, donde estoy participando en debates con la Coordinación de Comités Sardos que agrupa a 60 organizaciones de base.

 

El concepto de "subalternidad", fundante de toda una corriente teórica anti-colonial (aunque se denominan de formas algo más sofisticadas), no habría sido formulado por Gramsci si no hubiera nacido en una isla colonizada durante siglos por potencias extranjeras, que la convirtieron en "colonia de explotación".

 

En el pensamiento perezoso, del que nunca estamos a salvo, existe la creencia de que todo el Occidente es colonizador y todo el Sur es colonizado. Cuando en la realidad, existen periferias en una y otra parte del mundo. Y resistencias formidables.

 

En 1906, cuando Gramsci tenía 15 años, Cerdeña fue sacudida por luchas obreras y revueltas campesinas, que se erguían sobre los fuertes desequilibrios Norte-Sur, la represión implacable del Estado italiano y un amplio movimiento "sardista" que el joven llevó en su maleta y en su corazón cuando emigró al Turín proletario. Pudo comprender la Rusia soviética y campesina por su experiencia en Cerdeña, incluyendo el papel de los intelectuales en el proceso de emancipación.

 

Aunque nunca me afilié al pensamiento de Gramsci, por prejuicios y desconfianzas, puedo ver que plantó un mojón en el pensamiento crítico con su mirada anti-colonial y su apuesta por el papel de los "subalternos".

 

La siguiente etapa, por decirlo de un modo mecánico y seguramente injusto, corresponde a Frantz Fanon, en el periodo de la descolonización y las revoluciones del tercer mundo. Si Gramsci debe parte de sus sentimientos e ideas a Cerdeña, Fanon está en deuda con la Argelia que se levanta para sacudirse el yugo colonial francés.

 

Comprendió como pocos la "inferiorización" que provoca la dominación, por su experiencia como siquiatra en el hospital de Blida y, luego, en la militancia activa en el Frente de Liberación Nacional al que entregó su vida y sus sueños. En esta etapa del pensamiento crítico, los sujetos de la descolonización son los de "más abajo", campesinos y desocupados, portadores de la energía colectiva que impulsa los cambios. Critica el papel que la izquierda, en los países colonizados, concede a la clase obrera, por traslado mecánico de la experiencia en la metrópolis.

 

Quienes nacimos a la militancia en la década de 1960, estamos en deuda profunda con Fanon, ya que pudo escalar la pendiente más difícil, la que lo llevó a debatir cómo sacudirnos la interiorización del dominador que tanto daño ha producido a los procesos revolucionarios. Sólo este inestimable aporte, debe colocarlo en un lugar destacado del mundo nuestro.

 

Pero es en el tercer momento cuando se registran los cambios más asombrosos y esperanzadores. Es el momento actual, digamos, el que transcurre desde el fin del socialismo real y que tiene uno de sus centros en América Latina. El pensamiento crítico anti-colonial empieza a trenzarse con el pensamiento anti-patriarcal, fecundando un anti-capitalismo radical, enraizado en sujetos y sujetas colectivas que, en adelante, llamaremos "pueblos en movimiento".

 

El concepto me llegó por medio de una joven estudiante quechua de Abancay (Perú), Katherin Mamani, en un debate en el que rechazamos la idea eurocéntrica de "movimiento social". La menciono porque encarna el núcleo del momento actual.

 

Lo primero, es que resulta imposible separar ideas de prácticas. Las masivas y constantes acciones de los pueblos, son el combustible del pensamiento crítico, que se torna estéril cuando sólo se mira en el espejo de la autosatisfacción intelectual.

 

Lo segundo, es la impronta de las mujeres de abajo. Esto resulta tan evidente que me exime de mayores comentarios. Aunque habría que superar el concepto de pensamiento cuando nos referimos a la palabra de las mujeres que luchan, algo que aún estamos lejos de conseguir.

 

Lo tercero, es que estamos ante pensamientos colectivos, comunitarios, que hacen casi imposible determinar quién acuñó tal o cual concepto, lo supera la herencia patriarcal/colonial legada por las academias. Ideas que van germinando por fuera de las instituciones, aunque éstas siempre pretendan cooptarlas, y que son el fruto de las comparticiones entre los abajos cuando debaten y combaten.

 

Por último, los nuevos desarrollos sólo tienen validez si muestran alguna utilidad para potenciar las emancipaciones colectivas. Y, sobre todo, para construir lo nuevo. Porque de lo que se trata, además de ponerle límites a los proyectos de arriba, es construir y crear vida allí donde el sistema, a derecha e izquierda, sólo produce muerte.

 

No es poco en los tiempos que corren. El camino andado en poco más de un siglo, es notable. Estamos ante pensamientos colectivos que nacen poniendo el cuerpo al sistema y a sus represiones.

 

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¿En la era del perdón o de la agresión?

Las reclamaciones de disculpa y de indemnización por atrocidades cometidas en las relaciones entre pueblos o países fueron frecuentes a lo largo del siglo XX. Son ejemplo de ello las iniciativas de Alemania en el caso del holocausto y de Estados Unidos en el caso de los japoneses estadounidenses presos durante la Segunda Guerra Mundial. El siglo XXI ha sido particularmente insistente en la exigencia (no siempre atendida) de reclamaciones de disculpa por crímenes, atrocidades y violencias cometidas en el pasado más o menos lejano en el contexto del colonialismo europeo.

En ocasiones, las reclamaciones de disculpa se acompañan de la solicitud de reparaciones o indemnizaciones. He aquí algunos ejemplos. En 2004, el Gobierno alemán reconoció la atrocidad cometida contra el pueblo de Namibia, el genocidio de 65.000 personas de etnia herero que se habían rebelado contra el colonizador en 1904. En 2018, el gobierno de Namibia exigía la solicitud formal de disculpas y la reparación financiera por el mal cometido, lo que fue rechazado por el gobierno alemán. En 2008, en visita a Libia, el por entonces primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, pidió formalmente disculpas al pueblo libio por las "profundas heridas" causadas por los treinta años de la colonización italiana y prometió una inversión de 5000 millones de dólares como compensación. Poco tiempo después, Libia era invadida y destruida por las "fuerzas aliadas" de las que Italia formaba parte. En 2014, la Comunidad del Caribe aprobó una propuesta de la Comisión de Reparaciones a fin de impartir justicia a las víctimas del genocidio, la esclavitud, el tráfico de esclavos y el apartheid racial considerados por la Comisión como crímenes contra la humanidad. La propuesta estaba dirigida a los principales países esclavistas en la región (Holanda, Reino Unido y Francia), pero abarcaba potencialmente a otros países. Se trataba de una propuesta muy amplia que incorporaba un plan de acción con las siguientes dimensiones: perdón formal, repatriación, programa de desarrollo de los pueblos nativos, instituciones culturales, salud pública, erradicación del analfabetismo,programa de promoción de los conocimientos africanos, rehabilitación psicológica, transferencia de tecnología. En 2015, en visita a Jamaica, David Cameron, entonces primer ministro de Reino Unido, excluyó cualquier posibilidad de reparación. Dos años antes, el mismo David Cameron, en visita a la India, reconocía que la masacre en 1919 de 1000 indios desarmados que protestaban contra el colonialismo británico había sido "profundamente vergonzosa", pero no pidió formalmente disculpas ni accedió a pagar indemnizaciones. Presionado por una acción judicial, en 2013 Reino Unido accedió a pagar 2600 libras a cada uno de los 5.000 kenianos, integrantes del movimiento Mau Mau, presos y torturados en la década de 1950 por su resistencia contra el colonialismo británico y a "lamentar sinceramente” lo sucedido. Sin embargo, cerca de 44.000 kenianos vienen exigiendo la misma indemnización por los malos tratos recibidos en el periodo colonial. En 2017, Emmanuel Macron, entonces candidato a la presidencia de la república de Francia, reconoció que la colonización de Argelia había sido un crimen contra la humanidad.


Más recientemente, al señalar los quinientos años de la colonización de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador solicitó al rey de España y al papa que pidieran formalmente disculpas por las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas durante el periodo colonial, comprometiéndose a hacer lo mismo como descendiente de los colonizadores. La petición fue terminantemente rechazada por el Estado español, pero el Gobierno de Cataluña se apresuró a reconocer los abusos, las muertes de millones de personas y la destrucción de culturas enteras cometidas por el colonialismo español. Más recientemente aún, el pasado 4 de abril, el Gobierno belga pidió disculpas a los "mestizos belgas", miles de niños hijos de padre belga y madre congoleña, nacidos al final de la colonización belga (entre 1940 y 1950), que fueron sustraídos a las familias e internados compulsivamente en orfanatos y a veces enviados a Bélgica.


¿Cuál es el significado de este movimiento de justicia histórica que, de hecho, se ha ramificado? En la actualidad incluye la reclamación de la devolución de los objetos de arte traídos (¿con qué derecho?) de las colonias europeas y exhibidos en los museos del Norte global. También incluye la devolución de tierras, por ejemplo, en Zimbabue y más recientemente en Sudáfrica con referencia al periodo del apartheid, una forma específica de colonialismo, y también en Australia. Los argumentos jurídicos o éticos en uno u otro sentido no parecen servir de mucho. Obviamente no se trata de encontrar razones para responsabilizar a las generaciones actuales de los países colonizadores por los crímenes que han cometido. El problema es político y emerge como resultado de un conjunto de factores de los cuales el más importante es la coexistencia de la independencia política con la continuidad de la dependencia colonial. Las luchas de liberación colonial en América Latina (siglo XIX) y en África y Asia (siglo XX) tenían por objetivo luchar por la justicia histórica, devolver los territorios a sus pueblos y permitirles construir un futuro propio.


Lo cierto es que nada de esto sucedió, como quedó patente de la manera más dramática en la primera liberación colonial, la de Haití, en 1804. Las condiciones impuestas a los esclavos liberados para superar el aislamiento internacional al que se vieron sometidos fueron brutales (tan brutales como las condiciones del ajuste estructural que el FMI sigue imponiendo impunemente en el Sur global) y el resultado es bien patente en el Haití de hoy. Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, denunció brillantemente la continuidad de la dependencia colonial en 1965 al acuñar el término neocolonialismo, una realidad tan vigente entonces como hoy. El pillaje de los recursos naturales que caracterizó al colonialismo continúa hoy, llevado a cabo por empresas multinacionales del Norte global con la complicidad de las élites locales que, en el caso de América Latina, son descendientes de los colonos. La reclamación de la justicia histórica no es más que una forma adicional de legitimar la lucha contra la injusticia y la desigualdad que siguen caracterizando las relaciones entre los países centrales y los países periféricos. Y cuando la respuesta se traduce en meras reclamaciones de disculpa, sean estas aceptadas o no, no pasan de rituales legitimadores de quien los exige o acepta para que todo siga igual. Es decir, el colonialismo no terminó con las independencias políticas. Terminó solo el colonialismo de ocupación territorial por una potencia extranjera. No obstante, continúa hoy bajo otras formas, algunas más brutales que las del colonialismo histórico. Tal y como la esclavitud continúa hoy bajo la forma vergonzosa del "trabajo análogo al trabajo esclavo", para usar la terminología de la ONU, el colonialismo continúa hoy no solo en forma de dependencia económica, sino también en forma de racismo, xenofobia, apartheid racial, brutalidad policial contra la juventud negra, islamofobia, "crisis de los refugiados", "guerra contra el terrorismo", asesinatos de líderes sociales en lucha por la defensa de sus territorios contra la invasión de las empresas mineras, de extracción de madera o de agricultura industrial, desastres ambientales contra poblaciones desechables, viviendo en lugares asumidos como "zonas de sacrificio", etc.


En el caso de América latina, en el que las independencias fueron conquistadas por los descendientes de los colonizadores, la continuidad del colonialismo asumió una forma específica, el colonialismo interno al que fueron sometidos los pueblos indígenas y los pueblos de matriz africana, descendientes de esclavizados. Los "modelos de desarrollo" de los últimos 150 años han ignorado sistemáticamente los intereses, las aspiraciones y las culturas de estos pueblos.


Si López Obrador insiste en cualquier variante de estos modelos no puede sorprenderse si, en lugar de disculpas, los pueblos indígenas le exigen respeto efectivo por sus culturas y territorios, así como el abandono de megaproyectos y de políticas neoextractivistas una vez rechazados por las poblaciones después de ser previamente consultadas de manera informada y de buena fe. Al reclamar disculpas al colonizador y al comprometerse su gobierno en el mismo proceso, López Obrador trae algo nuevo a la polémica sobre la justicia histórica. Asume la estatura de una sinceridad política trágica en el sentido de la tragedia griega. Se mueve en el filo de una navaja que lo puede desequilibrar hacia la caída en el propio movimiento de levantarse. Sabe, quizá mejor que nadie, que presenta hoy el máximo de conciencia social posible de un modelo de desarrollo de vocación antisocial destinado a crear rentabilidades que en gran proporción irán a los bolsillos de intereses capitalistas globales. Sabe que el capitalismo de hoy, dominado por el capital financiero, solo acepta negociar los términos del saqueo si el pillaje no se cuestiona. Sabe que, con una u otra variante, este modelo fracasó en otros países de América Latina en tiempos muy recientes (Brasil, Argentina, Ecuador, Venezuela). Tiene al norte un muro imperial, vergonzoso, demasiado sólido para derretirse con la sangre de quien intenta pasar a través de él. En él está depositada la esperanza que queda en un continente desgarrado por el imperialismo estadounidense y europeo con la complicidad de las élites locales que nunca toleraron que las clases populares, los de abajo, soñaran con el fin del colonialismo. En estas condiciones, quien es responsable de la esperanza lo es también de la frustración. La respuesta del rey de España no fue un buen presagio. Pero también es verdad que de un rey de nada no se puede esperar todo.

Traducción de Antoni Aguiló

 

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Samuel Moncada, embajador de Venezuela ante las Naciones Unidas

El embajador de Venezuela en la ONU denunció el "pillaje colonialista" de EE.UU., cuyas órdenes ejecutivas pretenden pagar a acreedores de PDVSA, Citgo y otras empresas petroleras con el dinero confiscado a Caracas.

 

El embajador de Venezuela ante las Naciones Unidas, Samuel Moncada, acusó al Gobierno de Donald Trump de orquestar "un robo de proporciones históricas" con los bienes confiscados al pueblo venezolano para pagar los bonos petroleros.


Moncada informó sobre dos órdenes ejecutivas emitidas este viernes por el Departamento del Tesoro estadounidense en las que autorizan usar el dinero confiscado a Venezuela para pagar los bonos emitidos por Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), Citgo (filial de PDVSA en EE.UU.) y otras empresas petroleras.


Con las numerosas sanciones al Gobierno venezolano, como el congelamiento de 7.000 millones de dólares en activos de PDVSA, la Casa Blanca autorizaría pagos a los acreedores que ellos escojan.


"Así los acreedores financieros de Venezuela son los primeros en recibir 'ayuda humanitaria'", señaló irónicamente Moncada en su cuenta de Twitter.
"Es claro que los abogados del Dpto. del Tesoro están beneficiando a un grupo muy específico de acreedores 'con acceso al poder' para que hagan un gran negocio con dinero del Pueblo venezolano", agregó.


De acuerdo con analistas, con el bloqueo de Venezuela de los mercados financieros internacionales, el país latinoamericano está impedido a recurrir a mercados de valores mundiales para renovar sus títulos de deuda pública o solicitar nuevos.


En este contexto, el autoproclamado presidente interino, Juan Guaidó, nombró una nueva junta directiva de Citgo. Además, su equipo ha dejado ver que solicitarían permiso a EE.UU. para usar una cuenta de garantía bloqueada, con el fin de pagar un bono emitido por PDVSA.


"Los jefes en Washington usarán a su títere en Venezuela quien 'autorizará' el saqueo de su propio país al mismo tiempo que mendiga migajas a sus jefes para la 'crisis humanitaria'", denunció Moncada.

Publicado: 9 mar 2019 03:58 GMT | Última actualización: 9 mar 2019 04:03 GMT

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“El capital viene al mundo chorreando sangre”

Dice Marx en el capítulo 14 de El capital. Es cierto: no hay lugar del mundo donde el capitalismo no haya surgido así. Lo curioso es que sus actuales defensores, quienes creen que debe permanecer para siempre y que es el fin de la historia, porque corresponde a la naturaleza humana, no sólo olvidan eso: olvidan que a cada nuevo ciclo, vuelve a imponerse “chorreando sangre y lodo”, y que a más de 500 años de depredar las riquezas del orbe, sigue siendo un modelo que excluye a las mayorías y las condena a la pobreza.


Cada nuevo ciclo: la llamada por sus propagandistas “bella época”, construyó un aparente bienestar y una democracia de aparador en Europa y Estados Unidos… montado sobre el saqueo despiadado de los recursos de las colonias y las naciones periféricas, de la misma manera que hoy se intenta poner muros a 70 por ciento de la humanidad que vive en las regiones del mundo sistemáticamente expoliadas.


Pero no se trata sólo de saqueo: de 1870 a 1914 se impuso el capitalismo mediante la sangre. Las masacres que impusieron la “civilización” no son menores que los que siempre recordamos: los de Hitler y Stalin. ¿Por qué se tiende a olvidar o minimizar aquellos? Porque los perpetraron las prístinas democracias occidentales…


Lo recuerdo porque cayó en mis manos un estudio ya clásico sobre el colonialismo: Adam Hochschild, El fantasma del rey Leopoldo, una historia devastadora que detalla el saqueo imperialista de Congo, particularmente entre 1885 y 1908, pero que nos permite una mirada de largo alcance… Afirmo arriba que cada ciclo del capitalismo nace chorreando sangre y lodo. Congo es un ejemplo: a raíz de la primera globalización, traficantes europeos esclavizaron a cientos de miles de congoleños, arrastrados a las plantaciones del continente americano y provocaron la ruina política y económica de la región. A ese ciclo del capitalismo corresponde, en México, la catástrofe demográfica y social provocada por la irrupción española iniciada en 1519.


El inicio del capitalismo industrial no afectó particularmente a Congo, pero sí el del imperialismo: según los cálculos de Hochschild, de 1890 a 1910 el territorio bajo control personal del rey Leopoldo pasó de 20 a 10 millones de habitantes. Los cálculos más bajos ofrecen la cifra de no menos de 3 millones de personas fallecidas de muerte no natural. ¿Causas de esa mortandad? a) los asesinatos y masacres; b) hambruna, agotamiento y abandono (de niños y ancianos, cuando las comunidades huían y se refugiaban en la selva); c) enfermedades agravadas por desnutrición, agotamiento, desesperanza y falta de atención, y d) el descenso del índice de natalidad por la ausencia de varones y rechazo al embarazo en esas condiciones.


¿La causa? Según los pocos africanos cuyo testimonio pudo recogerse, es una: el caucho. Es decir, la expoliación inmisericorde de los recursos, en beneficio de los oligopolios imperialistas. Y el autor no comete el error de creer que Congo es un caso aislado: muestra también que en las regiones caucheras bajo dominio francés, alemán y portugués, los porcentajes de muertos eran similares a los de Congo. Muestra también el silencio británico an¬te las peculiaridades inhumanas de su imperio. A ese ciclo del capitalismo corresponde, en México, la esclavitud real y descarnada en las plantaciones y monterías del sureste (documentadas por Armando Bartra en El México bárbaro) y las guerras de exterminio contra los apaches, comanches, mayas y yaquis: el porfiriato.


Tras la Segunda Guerra Mundial, el ca¬pi¬talismo entró en otro periodo y las poten¬cias se vieron obligadas a reconocer la In¬de¬pendencia de sus colonias, tras previo trabajo que garantizara la continuidad de su dependencia económica. Cuando el recién electo primer ministro de Congo Patricio Lumumba amenazó poner límites a esa dependencia casi total, la CIA, con la anuencia (documentada) del presidente Eisenhower, ordenó su asesinato. Luego fue impuesto, con beneplácito y apoyo de Washington y París, Desiré Mobuto, quien gobernó en pro de las trasnacionales. Al dejar el poder (1997), su fortuna y extravagancia eran parecidas a las de Leopoldo. Sus métodos preceden y luego son parte integral de los esquemas neoliberales de saqueo. Hoy día, según datos relativamente fiables, 10 por ciento de la población de Congo busca refugio económico y humano, huyendo de un país devastado. Son parte de la nueva tragedia humanitaria del capitalismo: la de los migrantes.


Pd 1: El libro documenta también la campaña de ocultamiento que hizo de Leopoldo un filántropo y un benefactor; un rey demócrata y liberal.
Pd 2: Leopoldo respaldó cuanto pudo la experiencia imperialista de su hermana y su cuñado Maximiliano, un príncipe “filántropo y benefactor; demócrata y liberal”.


Twitter: @HistoriaPedro
Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

 

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Los significados históricos de la revolución kurda

La experiencia revolucionaria del pueblo kurdo, que ha puesto en práctica particularmente en Rojava (norte de Siria) el llamado Confederalismo Democrático, junto con los gobiernos autonómicos de los mayas zapatistas del EZLN en Chiapas, constituyen procesos emancipatorios alternativos sumamente avanzados mundialmente. El Confederalismo Democrático se fundamenta en autonomías comunitarias de varios niveles, en democracias participativas de sectores, pueblos y grupos culturales de la sociedad, en la sustentabilidad ecológica y en la mujer como sujeto de transformación con capacidad de decisión en todos los ámbitos políticos, militares, sociales y económicos.

El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que alienta esta causa y proviene de un marxismo ortodoxo y una lucha de más de 40 años, abandona la idea de un Estado nacional, hace una crítica tanto al socialismo real como a todos los gobiernos existentes. El PKK sostiene que el Estado encierra la semilla del capitalismo y que libertad y Estado nunca pueden coexistir, ya que éste desarrolla el poder de una minoría sobre el resto de la población.

Al igual que en el proyecto multiétnico y de tolerancia religiosa del EZLN, en el Confederalismo Democrático del norte de Siria, los kurdos, conviven con árabes, asirios, turcomanos, chechenos, circasianos, musulmanes, cristianos, yezedis y otras doctrinas y sectas, a partir de la coexistencia mutua y la fraternidad entre los pueblos. En el Contrato Social de la Federación Democrática del Norte de Siria, se "garantiza la igualdad de todos los pueblos en materia de derechos y deberes, respeto a los estatutos de derechos humanos y preservación de la paz nacional e internacional".

Este documento fundante instituye que la Federación Democrática se basa en la colectivización de la tierra, el agua y los recursos energéticos; adopta la economía social y la industria ecológicas; la riqueza y los recursos naturales son de propiedad pública; no permite la explotación, el monopolio, ni la cosificación de las mujeres; aporta una cobertura social y sanitaria a todos los individuos. Se reitera que las mujeres disfrutarán de su libre albedrío en la familia democrática, construida sobre la base de una vida común igualitaria y que los jóvenes son la fuerza motriz de la sociedad y su participación debe estar garantizada en todos los ámbitos. La opresión y asimilación cultural, el exterminio y la ocupación se consideran un crimen contra la humanidad y la resistencia a estas prácticas es legítima. En la Federación la educación es gratuita en todos los niveles, siendo la primaria y la secundaria obligatorias; mientras los derechos al trabajo, la salud y la vivienda están asegurados.

El sistema político-social de la Federación se basa en la formación de comunas, instituciones sociales, sindicatos y asambleas, siendo la comuna la forma organizativa fundamental de la democracia directa, la instancia de gestión y toma de decisiones, mientras las asambleas son las unidades sociales que representan al pueblo, en las que se debate y decide en el nivel de pueblos, barrios, ciudades, distritos, regiones y cantones.

En Turquía, el Confederalismo Democrático opera por medio del Partido Democrático de los Pueblos y el Partido de la Sociedad Democrática, los cuales participaron victoriosamente en las elecciones de más 100 ayuntamientos, hasta que el gobierno turco, con una ley de emergencia, los declaró terroristas y ocupó con sus delegados los aparatos gubernamentales. Este golpe de Estado produjo una gran represión que encarceló a más de 10 mil hombres y mujeres, que hoy son parte de los numerosos presos políticos de origen kurdo. Desde el año de 2016, la aviación y la artillería turcas bombardearon nueve ciudades kurdas, y su ejército ocupó a sangre y fuego la ciudad de Afrin, en el norte de Siria, hasta la fecha, preparándose para una ofensiva contra otros dos cantones de Rojava.

En Irak, los kurdos mantienen una autonomía relativa, con autogobiernos y partidos que sustentan la idea de establecer un Estado nacional. Sin embargo, la influencia del Confederalismo Democrático en urbes iraquís se deja sentir en el Partido de la Solución Democrática, mientras en regiones montañosas liberadas que cubren territorios de Irak, Turquía e Irán, se establece el Confederalismo Democrático, custodiado por agrupamientos guerrilleros de autodefensa.

En Irán, el pueblo se organiza mediante el Partido del Kurdistán Este Libre, el Partido de la Sociedad Democrática y el Partido Vida Libre, brutalmente reprimidos por el gobierno confesional de los ayatolas. Aquí operan igualmente fuerzas guerrilleras de autodefensa separadas de hombres y mujeres.

La revolución kurda busca por encima de todo la transformación interior de los individuos. Se trata de erradicar la ideología patriarcal, clasista y racista para lograr la liberación de la sociedad y el fin del capitalismo y el imperialismo.

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Viernes, 16 Noviembre 2018 05:44

La Gran Guerra no ha terminado

La Gran Guerra no ha terminado

Hubo algo horriblemente familiar sobre la forma en que conmemoramos el supuesto fin, hace cien años, de la Primera Guerra Mundial. No sólo las cascadas de amapolas ni los nombres ya conocidos: Mons, Somme, Ypres, Verdún. Sino el casi total silencio sobre los que murieron en ella, cuyos ojos no eran tan azules como los nuestros ni sus pieles tan rosadas como las nuestras, aun cuando el sufrimiento que les causó la Gran Guerra continúa hasta hoy.

Incluso en los suplementos dominicales que se atrevieron a alejarse del frente occidental sólo para tocar brevemente el impacto posterior que la guerra tuvo en la nueva Polonia, la nueva Checoslovaquia, la nueva Yugoslavia y la Rusia Bolchevique, hubo una sola mención a Turquía. De la hambruna masiva –que causó quizá 1.6 millones de muertos– de los árabes de Levante causado por el saqueo de los turcos y el bloqueo de los aliados durante la Primera Guerra Mundial no se dijo una sola palabra. Lo que es aún más sorprendente: no encontré una sola referencia al mayor crimen contra la humanidad de la Primera Guerra Mundial; no hablo del asesinato de rehenes belgas a manos de tropas alemanas en 1914, sino del genocidio armenio de millón y medio de civiles cristianos en 1915, cometido por el imperio Otomano turco aliado de Alemania.

¿Qué le ocurrió a ese documento clave de la Primera Guerra Mundial en Medio Oriente en la declaración de Balfour de 1917 que prometió una patria para los judíos en Palestina y condenó a los árabes palestinos (que entonces eran mayoría en la zona) a lo que yo llamo condición de refugiados? ¿O al acuerdo Sykes Picot que partió en pedazos a Medio Oriente y traicionó la promesa de independencia hecha a los árabes? ¿O el avance del general Allenby sobre Jerusalén durante el cual ejecutó el primer ataque con gas en Medio Oriente y que fue olvidado por nuestros amados comentaristas?

Estamos tan enamorados de la salvaje historia moderna de Siria e Irak que nos olvidamos –o desconocemos– que los hombres de Allenby dispararon bombas de gas contra el ejército turco nada menos que en Gaza. Pero los ataques con gas permanecieron confinados en la memoria colectiva al Frente Occidental el pasado fin de semana.

Los cementerios de la guerra tanto en Medio Oriente como en Europa contienen decenas de miles de tumbas musulmanas –de argelinos, marroquíes, indios– y no vi una sola fotografía de ellas. Tampoco de las de trabajadores chinos que murieron en el Frente Occidental, cuando transportaban bombas para las tropas británicas, ni de los soldados africanos que lucharon y murieron en Somme, Francia. El presidente Macron fue el único que, al parecer, recordó este hecho, como debía ser, pues más de 30 mil hombres de las islas Comores, Senegal, Somalia, Guinea y Benin murieron en la Gran Guerra.

Existió un monumento en memoria de estas tropas en la ciudad francesa de Reims, pero los alemanes lanzaron un feroz ataque racista contra los soldados negros que participaron en la Primera Guerra Mundial y ocuparon Alemania: los acusaron de violar a mujeres y "poner en peligro el futuro de la raza alemana". Todo era mentira, por supuesto, pero cuando las legiones de Hitler volvieron a invadir Francia en 1940 el monumento fue destruido, pues la propaganda nazi en contra de estos hombres funcionó. Asimismo, más de 2 mil soldados negros que eran parte de las fuerzas francesas fueron masacrados por la Wehrmacht. Este monumento acaba de ser reconstruido a tiempo y fue develado para el centenario del Armisticio.

Además están las sepulcrales ironías de los muertos. De los 4 mil soldados marroquíes –todos ellos musulmanes– enviados a la batalla de Marne de 1914 sólo sobrevivieron 800. Otros murieron en Verdún. De los 45 mil soldados marroquíes del general Hubert Lyautey, 12 mil murieron antes de 1918. Fue la pequeña revista francesa Jeune Afriqueto la que publicó una nota sobre las tumbas de los marroquíes que aún están marcadas con la estrella y la luna creciente que eran símbolos del califato turco otomano. Pero los marroquíes, si bien eran habitantes del imperio Otomano y tenían esa nacionalidad, lucharon en las filas francesas contra los aliados turcos de Alemania. La estrella y la luna creciente jamás fue símbolo oficial de los musulmanes. En todo caso, los marroquíes ya tenían su propia bandera antes de la Gran Guerra.

Pero, desde luego, los verdaderos símbolos de la Primera Guerra Mundial y sus sangrientos resultados están en Medio Oriente. Los conflictos en la región –Siria, Irak, Israel, Gaza, Cisjordania y el Golfo– tienen su génesis en nuestra titánica Gran Guerra. Sykes-Picot dividió a los árabes. Fue esa guerra la que, apenas comenzada la batalla de Gallipoli, permitió a los turcos destruir a su minoría cristiana armenia. Los nazis, por cierto, amaban a Mustafa Kemal Ataturk porque limpió a sus minorías. Cuando Ataturk murió, la primera plana del periódico alemán Volkisher Beobachter se imprimió con un marco negro.

La división entre Líbano y Siria y sus sistemas sectarios de administración fueron inventados por los franceses después de que aseguraron un mandato posguerra para gobernar en Levante. La rebelión iraquí contra el mandato británico fue en parte alentado por el rechazo a la declaración de Balfour.

Traviesamente, me puse a buscar en los viejos libros de historia de la biblioteca de mi difunto padre, quien traviesamente luchó en la Tercera Batalla de Somme en 1918. Ahí encontré la ira y el dolor de Winston Churchill, quien escribió sobre el "holocausto" de los armenios (de verdad usó esa palabra) pero no pudo prever el futuro del mundo árabe en los cuatro volúmenes de su historia de la Gran Guerra publicada en 1935. La única disertación sobre el imperio otomano, que aún ardía a fuego lento, viene en un apéndice de dos hojas en la página 1647 titulada: "Un Memorando sobre la Pacificación de Medio Oriente".

En cuanto a los palestinos que despiertan cada mañana entre el polvo y la mugre de los campamentos de Nahr el Bared, Ein el Helwe o Sabra y Chatia en Líbano, la pluma de Balfour dejó su firma en este documento sobre el despojo no en 1915, sino apenas anoche, pues estos refugiados aún habitan en chozas y casuchas en este momento en que usted lee estas palabras, por lo que la Primera Guerra Mundial no ha terminado, ni siquiera ahora, después del centésimo aniversario de su "fin".

Traducción: Gabriela Fonseca

 

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