Jueves, 02 Agosto 2018 08:34

Los conceptos que nos faltan

Los conceptos que nos faltan

A diferencia de los pájaros, los seres humanos vuelan con raíces. Parte de las raíces están en los conceptos que hemos heredado para analizar o evaluar el mundo en el que vivimos. Sin ellos, el mundo parecería caótico, una incógnita peligrosa, una amenaza desconocida, un viaje insondable. Los conceptos nunca retratan exactamente nuestras vivencias, ya que estas son mucho más diversas y variables que las que sirven de base a los conceptos dominantes. Estos, al fin y al cabo, son los conceptos que sirven a los intereses de los grupos social, política, económica y culturalmente dominantes, aunque matizados por las modificaciones que van introduciendo los grupos sociales que resisten a la dominación. Estos últimos no siempre recurren exclusivamente a estos conceptos. Muchas veces disponen de otros que les resultan más próximos y verdaderos, pero que reservan para el consumo interno. Sin embargo, en el mundo de hoy, surcado por tantos contactos, interacciones y conflictos, no pueden dejar de tener en cuenta los conceptos dominantes, a riesgo de ver sus luchas aún más invisibilizadas o más cruelmente reprimidas. Por ejemplo, los pueblos indígenas y los campesinos no disponen del concepto de medio ambiente porque este refleja una cultura (y una economía) que no es la suya. Solo una cultura que separa en términos absolutos la sociedad de la naturaleza para poner esta a disposición incondicional de aquella, necesita tal concepto para dar cuenta de las consecuencias potencialmente nefastas (para la sociedad) que pueden resultar de dicha separación. En suma, solo una cultura (y una economía) que tiende a destruir el medio ambiente necesita el concepto de medio ambiente.


En verdad, ser dominado o subalterno significa ante todo no poder definir la realidad en términos propios, sobre la base de conceptos que reflejen sus verdaderos intereses y aspiraciones. Los conceptos, al igual que las reglas del juego, nunca son neutros y existen para consolidar los sistemas de poder, sean estos viejos o nuevos. Hay, sin embargo, periodos en los que los conceptos dominantes parecen particularmente insatisfactorios o imprecisos. Se les atribuyen con igual convicción o razonabilidad significados tan opuestos, que, de tan ricos de contenido, más bien parecen conceptos vacíos. Este no sería un problema mayor si las sociedades pudieran sustituir fácilmente estos conceptos por otros más esclarecedores o acordes con las nuevas realidades. Lo cierto es que los conceptos dominantes tienen plazos de validez insondables, ya sea porque los grupos dominantes tienen interés en mantenerlos para disfrazar o legitimar mejor su dominación, bien porque los grupos sociales dominados o subalternos no pueden correr el riesgo de tirar al niño con el agua de bañarlo. Sobre todo cuando están perdiendo, el miedo más paralizante es perderlo todo. Pienso que vivimos un periodo de estas características. Se cierne sobre él una contingencia que no es el resultado de ningún empate entre fuerzas antagónicas, lejos de eso. Más bien parece una pausa al borde del abismo con una mirada atrás.


Los grupos dominantes nunca sintieron tanto poder ni nunca tuvieron tan poco miedo de los grupos dominados. Su arrogancia y ostentación no tienen límites. Sin embargo, tienen un miedo abisal de lo que aún no controlan, una apetencia desmedida por lo que aún no poseen, un deseo incontenido de prevenir todos los riesgos y de tener pólizas de protección contra ellos. En el fondo, sospechan ser menos definitivamente vencedores de la historia como pretenden, ser señores de un mundo que se puede volver en su contra en cualquier momento y de forma caótica. Esta fragilidad perversa, que los corroe por dentro, los hace temer por su seguridad como nunca, imaginan obsesivamente nuevos enemigos, y sienten terror al pensar que, después de tanto enemigo vencido, son ellos, al final, el enemigo que falta vencer.


Por su parte, los grupos dominados nunca se sintieron tan derrotados como hoy, las exclusiones abisales de las que son víctimas parecen más permanentes que nunca, sus reivindicaciones y luchas más moderadas y defensivas son silenciadas, trivializadas por la política del espectáculo y por el espectáculo político, cuando no implican riesgos potencialmente fatales. Y, sin embargo, no pierden el sentido profundo de la dignidad que les permite saber que están siendo tratados indigna e inmerecidamente. Días mejores están por llegar. No se resignan, porque desistir puede resultar fatal. Sienten que las armas de lucha no están calibradas o no se renuevan hace mucho; se sienten aislados, injustamente tratados, carentes de aliados competentes y de solidaridad eficaz. Luchan con los conceptos y las armas que tienen pero, en el fondo, no confían ni en unos ni en otras. Sospechan que mientras no tengan confianza para crear otros conceptos e inventar otras luchas correrán siempre el riesgo de ser enemigos de sí mismos.
Al igual que todo lo demás, los conceptos también están al borde del abismo y miran atrás. Menciono, a título de ejemplo, uno de ellos: derechos humanos.


En los últimos cincuenta años, los derechos humanos se transformaron en el lenguaje privilegiado de la lucha por una sociedad mejor, más justa y menos desigual y excluyente, más pacífica. Tratados y convenciones internacionales existentes sobre los derechos humanos se fueron fortaleciendo con nuevos compromisos en el ámbito de las relaciones internacionales y del derecho constitucional, al mismo tiempo que el catálogo de los derechos se fue ampliando a fin de abarcar injusticias o discriminaciones anteriormente menos visibles (derechos de los pueblos indígenas y afrodescendientes, mujeres, LGTBI; derechos ambientales, culturales, etcétera). Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales se multiplicaron al ritmo de las movilizaciones de base y de los incentivos de instituciones multilaterales. En poco tiempo, el lenguaje de los derechos humanos pasó a ser el lenguaje hegemónico de la dignidad, un lenguaje consensual, eventualmente criticable por no ser lo suficientemente amplio, pero nunca impugnable por algún defecto de origen.


Cierto que se fue denunciando la distancia entre las declaraciones y las prácticas, así como la duplicidad de criterios en la identificación de las violaciones y en las reacciones contra ellas, pero nada de eso alteró la hegemonía de la nueva cultura oficial de la convivencia humana. Cincuenta años después, ¿cuál es el balance de esta victoria? ¿Vivimos hoy en una sociedad más justa y pacífica? Lejos de eso, la polarización social entre ricos y pobres nunca fue tan grande; guerras nuevas, novísimas, regulares, irregulares, civiles, internacionales continúan siendo entabladas, con presupuestos militares inmunes a la austeridad y la novedad de que mueren en ellas cada vez menos soldados y cada vez más poblaciones civiles inocentes: hombres, mujeres y, sobre todo, niños. Como consecuencia de esas guerras, del neoliberalismo global y de los desastres ambientales, nunca como hoy tanta gente fue forzada a desplazarse de las regiones o de los países donde nació, nunca como hoy fue tan grave la crisis humanitaria. Más trágico todavía es el hecho de que muchas de las atrocidades cometidas y de los atentados contra el bienestar de las comunidades y los pueblos se perpetran en nombre de los derechos humanos.


Por supuesto que hubo conquistas en muchas luchas, y muchos activistas de los derechos humanos pagaron con la vida el precio de su entrega generosa. ¿Acaso yo mismo no me consideré y me considero un activista de los derechos humanos? ¿Acaso no escribí libros sobre las concepciones contrahegemónicas e interculturales de los derechos humanos? A pesar de eso, y ante una realidad cruel que únicamente no salta a la vista de los hipócritas, ¿no será tiempo de repensar todo de nuevo? Al final, ¿de qué y de quién fue la victoria de los derechos humanos? ¿Fue la derrota de qué y de quién? ¿Habrá sido coincidencia que la hegemonía de los derechos humanos se acentuó con la derrota histórica del socialismo simbolizada en la caída del Muro de Berlín? Si todos concuerdan con la bondad de los derechos humanos,
¿ganan igualmente con tal consenso tanto los grupos dominantes como los grupos dominados? ¿No habrán sido los derechos humanos un artificio para centrar las luchas en temas sectoriales, dejando intacta (o hasta agravada) la dominación capitalista, colonialista y patriarcal? ¿No se habrá intensificado la línea abisal que separa a los humanos de los subhumanos, sean estos negros, mujeres, indígenas, musulmanes, refugiados o inmigrantes indocumentados? Si la causa de la dignidad humana, noble en sí misma, fue entrampada por los derechos humanos, ¿no será tiempo de desarmar el engaño y mirar hacia el futuro más allá de la repetición del presente?


Estas son preguntas fuertes, preguntas que desestabilizan algunas de nuestras creencias más arraigadas y de las prácticas que señalan el modo más exigentemente ético de ser contemporáneos de nuestro tiempo. Son preguntas fuertes para las cuales solo tenemos respuestas débiles. Y lo más trágico es que, con algunas diferencias, lo que ocurre con los derechos humanos sucede también con otros conceptos igualmente consensuales. Por ejemplo, democracia, paz, soberanía, multilateralismo, primacía del derecho, progreso. Todos estos conceptos sufren el mismo proceso de erosión, la misma facilidad con la que se dejan confundir con prácticas que los contradicen, la misma fragilidad ante enemigos que los secuestran, capturan y transforman en instrumentos dóciles de las formas más arbitrarias y repugnantes de dominación social. ¡Tanta inhumanidad y chauvinismo en nombre de la defensa de los derechos humanos; tanto autoritarismo, desigualdad y discriminación transformados en normal ejercicio de la democracia; tanta violencia y apología bélica para garantizar la paz; tanto pillaje colonialista de los recursos naturales, humanos y financieros de los países dependientes, con el respeto meramente protocolario de la soberanía; tanta imposición unilateral y chantaje en nombre del nuevo multilateralismo; tanto fraude y abuso de poder bajo el ropaje del respeto a las instituciones y el cumplimiento de la ley; tanta destrucción arbitraria de la naturaleza y de la convivencia social como precio inevitable del progreso!

 


Nada de esto tiene que ser inevitablemente así para siempre. La madre de toda esta confusión, inducida por quien se beneficia de ella, de toda esta contingencia disfrazada de fatalismo, de toda esta parada vertiginosa al borde del abismo, reside en la erosión, bien urdida en los últimos cincuenta años, de la distinción entre ser de izquierda y ser de derecha, una erosión llevada a cabo con la complicidad de quienes más son perjudicados por ella. Por vía de esa erosión desaparecieron de nuestro vocabulario político las luchas anticapitalistas, anticolonialistas, antifascistas, antiimperialistas. Se concibió como pasado superado lo que al final era el presente, más que nunca determinado a ser futuro. En esto consistió estar en el abismo y mirar atrás, convencido de que el pasado del futuro nada tiene que ver con el futuro del pasado. Es la mayor monstruosidad del tiempo presente.

 

Video relacionado

https://youtu.be/EKOUN14pDWc 

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Descolonizando la revolución sexual: Rompiendo cadenas de opresión

Construir una lucha política, desde las disidencias sexuales y de género en un país latinoamericano como Colombia, demanda ubicar la lucha y las corporalidades que las ejercen como sujetos históricos y culturales. En tal ubicación nos encontramos con que existimos dentro de sistemas de explotación y opresión nacidos con los procesos de colonización en nuestros territorios, los cuales siguen vigentes en la actualidad.


Este sistema colonial moderno, eurocentrado y heterosexual, se caracteriza por mantener una jerarquía de privilegio en cuya cima se encuentra el hombre blanco hetero. Para poder mantener esta jerarquía violenta y artificial, dicho sistema ha constituido a lo largo de los siglos la existencia de categorías ficticias que permitan explotar y oprimir a quienes no están en la cima de la jerarquía. Estas categorías son de raza, clase y género, las cuales no funcionan por separado, sino que tejen un entramado que atraviesa todos los espacios de existencia posible.
Un pasado muy presente


En medio del racismo histórico que hemos vivido en nuestros territorios latinoamericanos, comúnmente son ignoradas e invisibilizadas experiencias y realidades étnicas y culturales que se salen de un modelo de sociedad blanca –impuesta mediante la violencia–. La colonización es vista como un suceso distante en la historia en cuanto a la manera como se conformaron lo que hoy conocemos como naciones y estados.


En esta historia fue cotidiano que las personas africanas fueran esclavizadas y explotadas por parte de hacendados europeos y sus descendientes; las personas indígenas nativas fueron despojadas de sus territorios y culturas. Ese proyecto colonizador –que junto a la evangelización cristiana ha destruido miles de culturas y comunidades– continua su avance por implantar una sola verdad, un solo paradigma. Así que la colonización no está solo en el pasado, en el presente nos hace a todas y a todos esclavos de un modelo de pensamiento de universalidad occidental eurocentrado que se materializa en el acaparamiento y acumulación de la tierra y la propiedad, la destrucción de lenguas y prácticas culturales, la destrucción de economías agrarias autónomas, y la imposición de modelos de sexualidad y corporalidad que niegan los placeres y el bienestar.


Este modelo que heredamos de la colonización impuso que las poblaciones estaban divididas entre hombres y mujeres, entre propietarios y personas obligadas a ser explotadas y al trabajo; entre blancos, negros e indios, situando a las gentes blancas europeas como modelo a seguir, y las personas y comunidades asignadas en las otras categorías estaban destinadas a sufrir la violencia y la explotación.


La totalización de lo intotalizable


Una herramienta importante que nos permite entender la hegemonía blanca occidental es la de epistemicidio, la cual evidencia la gran cantidad de culturas, saberes, cosmovisiones y conocimientos basados en otras corporalidades que fueron destruidos, negados, invisibilizados y robados por ser parte de otras culturas que en el paradigma del colonialismo imperial racista fueron y siguen siendo vistas como culturas salvajes, primitivas, inferiores y premodernas. No por nada aun la palabra indio es un insulto y las múltiples culturas indígenas que aún sobreviven enfrentan graves dificultades para defender el agua, la tierra, los resguardos y sus vidas ante el avance de la colonización que se manifiesta actualmente en forma de extractivismo de recursos naturales.


La colonización también impuso un sistema sexo-género que universalizó tanto las categorías únicas y binarias de hombre y mujer, como los roles y comportamientos asignados a cada una. De manera que las múltiples maneras de las culturas para reconocer las corporalidades y las sexualidades que no encajaban en las visiones europeas de feminidad y masculinidad fueron relegadas para su destrucción. No por nada se marcó a las comunidades indígenas como pecadoras sodomitas por vivir sus cuerpos y sexualidades desde otras culturas y cosmovisiones


Es por estas razones que vemos la necesidad de reconocer el carácter colonial de la manera en la que habitamos el mundo y en las múltiples formas de violencia racista, heteropatriarcal, capitalista que vivimos en la actualidad. Por lo tanto, podemos repensarnos este modelo que domina nuestras vidas, y como personas de múltiples disidencias sexuales y de género proponemos entender el carácter histórico de las categorías sexuales; no queremos seguir reproduciendo esos modelos de masculinidad y feminidad binarios que nos confinan a violencias machistas; no queremos seguir viviendo la imposición de la heterosexualidad sobre nuestros cuerpos y sostener el ideal de familia burguesa, y el sistema de explotación capitalista que conforma.


El llamado a la descolonización


Las categorías gay, homosexual, heterosexual y transexual, entre otras, nos han llegado importadas del paradigma anglo y han configurado nuestras resistencias, pero si nuestra mirada reconociera las múltiples experiencias de vivir los cuerpos y sexualidades de comunidades racializadas, nos daríamos cuenta de la gran multiplicidad de posibilidades de experimentar nuestras maneras para rebelarnos ante la violencia heteropatriarcal. Por ejemplo, las experiencias de las comunidades “Dos Espíritus” en Estados Unidos, que promueven espacios seguros para disidencias sexuales y de género de las comunidades indígenas en Norteamérica; las experiencias Muxe en México que les permiten a personas asignadas como hombres asumir su identidad femenina, con el respeto de su comunidad.


Creemos necesario luchar contra el paradigma gay y blanco que se alió con el capitalismo al reconocer derechos con la condición de alimentar el consumismo y el mercado. Creemos necesario reconocer que nuestras comunidades de disidencias sexuales en Colombia y Nuestramérica son racializadas, empobrecidas, morenas, mestizas, que no encajan en ese ideal del gay blanco exitoso que nos venden los medios. Creemos necesario organizarnos para luchar contra la violencia heterosexual y machista dentro y fuera de comunidades urbanas, rurales, mestizas, indígenas, campesinas y afro.


El llamado a la descolonización pasa por reconocer las resistencias de gentes que se rebelaron ante las opresiones coloniales, personas empobrecidas, violentadas por la procedencia, el color de piel o por las ideas asociadas a nuestros genitales o a lo que hacemos con ellos; esas luchas nos permiten soñar y construir comunidades de libertad y rebeldía.


"Que vengan los hijos y las hijas de los bosques, que vengan los hombres y mujeres de montaña, que vengan las hermanas del río, que vengan los hijos de la calle, que nos acompañen todos nuestros dioses. Porque ese día entonaremos cantos de resistencia y nadie más se burlará de nuestros sueños".


*Kimy Pernía Domicó. Líder y defensor embera, a quien le quitaron la vida los paramilitares en 2001 por oponerse al proyecto Hidroeléctrico Urrá I; y su pueblo, fue despojado de su territorio ancestral, para ser inundado.

 

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Domingo, 25 Febrero 2018 06:08

El boom de los estudios poscoloniales

El boom de los estudios poscoloniales

Hace ya más de dos décadas una nueva corriente de pensamiento se impone en el debate teórico latinoamericano: la colonialidad del poder y el saber. Una propuesta toma cuerpo a partir de los estudios sudasiáticos de carácter interdisciplinario sobre el sujeto subalterno. Intelectuales residentes en Estados Unidos redactaron en 1995 un manifiesto inaugural para América Latina. Su punto de partida: los cambios provenientes de la globalización, la crisis de la izquierda y los efectos de la trasnacionalización del Estado-nación en las formas de dominación del capitalismo de los países dependientes. Un llamado a rescatar la historia del pensamiento subalterno, donde los pueblos originarios y sus formas de organización fueran el punto de partida para redefinir una propuesta emancipadora.


En medio de un reflujo de pensamiento crítico tuvo una acogida inmediata. Era maná caído del cielo, desde el cual reiniciar debates sobre la praxis del pensamiento emancipador tras la debacle de los años 80. Años de sequía, en los que se habló de crisis de la teoría, falta de referentes y diáspora del pensamiento liberador. Los estudios decoloniales no crecieron en tierra yerma. Los antecedentes se ubican en los estudios procedentes a cuestionar la razón cultural de Occidente y su racionalidad como fuente de conocimiento. Premonitoriamente, Sergio Bagú había enunciado el problema en su obra Tiempo, realidad social y conocimiento. Posteriormente, autores cuya obra no puede encasillarse o ser asimilada en los estudios poscoloniales, pero que ha sido subsumida por dicha escuela, desarrollaron una fuerte crítica a la modernidad y la racionalidad del saber hegemónico. Me refiero a Enrique Dussel y Aníbal Quijano.


En este boom intelectual de nuevo cuño conviven académicos cuyas posturas y posiciones se agrupan bajo el ideario de representar las visiones más avanzadas del pensamiento crítico latinoamericano. Prima su repulsa al eurocentrismo. En su interior subsisten visiones milenaristas, el rechazo al occidentalismo o la reivindicación de una cultura plebeya y subalterna, variantes sobre las cuales se fundamenta una narrativa rupturista al discurso occidental, a las dinámicas del poder, la dominación cultural y un marxismo identificado como clásico.


En las ciencias sociales las modas se imponen. Emergen como fórmula innovadora para explicar la cultura, la economía, la ciencia, la filosofía, el arte o la literatura. Asimismo, se presentan como un nuevo comienzo de la historia. La realidad se pone patas arriba. Lo decolonial se trasforma en una categoría omnicomprensiva. Todo puede ser visto bajo su óptica y sus lentes. Con un lenguaje atractivo, lleno de imprecisiones, barroco, en ocasiones alambicado, pero eficiente, se yergue en comodín, cuya función consiste en encajar las piezas del pensamiento subalterno, justificando la emergencia de un nuevo saber emancipador, postcolonial.


No es la primera vez que ocurre en las ciencias sociales latinoamericanas. En los años 60 se cruzaron debates en los que una categoría, la dependencia, acabó por copar todo el espacio. Los estudios acerca de las formas dependientes del capitalismo latinoamericano colapsaron la producción intelectual. Hubo aportes, sin duda, pero también incongruencias. Se dejaron de estudiar y analizar otras propuestas emergentes cuya dinámica no calzaba con los estudios dependentistas. Me refiero, por ejemplo, a los estudios sobre el colonialismo interno o la sociología de la explotación.


Bajo el encabezado Teoría de la dependencia hubo para dar y tomar. Dependencia socioeconómica, estructural, política, colonial, financiera, industrial. Dependencia e imperialismo, dependencia y marginalidad, dialéctica de la dependencia, colonias de tipo A, B, C o D. Nada se sustrajo a su influjo. Los dependentistas enarbolaron la bandera del pensamiento del marxismo, considerándose sus únicos representantes. La teoría de la dependencia suponía un antes y un después. Su postulado era irrefutable: las sociedades latinoamericanas se hayan determinadas por la integración dependiente al sistema capitalista mundial. Verdad particularmente evidente. Somos dependientes porque nuestras burguesías, estructuras de poder y nuestra cultura son dependientes. Fernando Henrique Cardoso sentenció: No hay razón para negar la existencia de un campo teórico propio, aunque limitado y subordinado a la teoría marxista del capitalismo, en el cual se inscriben los análisis sobre la dependencia. Y en este caso no hay por qué colocar entre comillas la expresión teoría. Existe, pues, la posibilidad de pensar en la teoría de la dependencia, siempre y cuando ella se inscriba en el campo teórico más amplio de la teoría del capitalismo o de la teoría del socialismo.


Hoy se repite el error, el descubrimiento de redes de subalternidad. Se convierte en punto de partida para recrear un sujeto social inmerso en la vorágine decolonial. Sin embargo, en este afán de ser moda se tira a la papelera el conjunto de estudios que dieron explicación del fenómeno llamando las cosas por su nombre: colonialismo interno y explotación de clases y etnias. Si bien es cierto que la globalización neoliberal supone nuevas formas de ejercicio del poder, el boom de los estudios decoloniales consiste en abandonar el colonialismo interno para explicar las formas de constitución del capitalismo latinoamericano. Esperemos que la moda pase pronto.

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El huracán María, con vientos de 250 kilómetros por hora, tocó el miércoles 20 de septiembre Puerto Rico. Con vientos huracanados, intensas lluvias y fuerte oleaje devastó la isla. El fenómeno provocó inundaciones extremas en varias zonas y bastantes daños en las edificaciones.

 

Las imagénes procedentes de Puerto Rico son conmovedoras. La llamada isla del encanto hoy carece de agua potable, mucha gente no tiene acceso a comida y medicina, no ha habido servicio eléctrico o telefónico, sin electricidad los hospitales no pueden operar y no hay forma de transportar los productos almacenados en el puerto a otras partes de la isla, ya que las carreteras están severamente dañadas.

Ante esta situación, Puerto Rico enfrenta una crisis humana agravada en parte por su relación colonial con Estados Unidos y las acciones de su clase política.

Antes del huracán María, Puerto Rico ya enfrentaba una severa crisis. La isla tiene una deuda impagable de 74 billones de dólares, producto del mal manejo del presupuesto, la corrupción, el neoliberalismo y de las relaciones coloniales que mantiene con Estados Unidos, que no le permite ejercer control sobre su economía.

De la misma forma que el huracán María arrancó los techos de las casas y destapó las raíces de los árboles, también puso al descubierto los cimientos estructurales que hoy día enfrenta la economía de Puerto Rico. El origen de la actual crisis se encuentran en la forma en que se insertó Puerto Rico a la economía estadunidense. Aquí los paralelos con México son reveladores.

Durante la mayor parte de su historia la industria azucarera y sus derivados era la más importante en la isla. Al final de los años 40 del siglo pasado, comenzó la llamada operación Manos a la Obra (Bootstrap), en la que se promovió la industrialización de Puerto Rico. Este plan se basaba en dar concesiones a empresas estadunidenses para reubicarse en la isla donde encontrarían una mano de obra barata. En su esencia, este plan serviría como ejemplo para el proyecto de maquiladoras que México adoptaría bajo su Programa de Industrialización de la Frontera Norte (1965).

Al igual que en México, en Puerto Rico la agricultura decayó, se abandonó el campo y se incrementó significativamente la inmigración a Estados Unidos.

A partir de la década de los 60 y 70, casi todas de las grandes empresas farmacéuticas de los Estados Unidos operaban en Puerto Rico para beneficiarse de incentivos fiscales ofrecidos por Wa-shington y la mano de obra barata. En su auge, casi la mitad de todas las medicinas utilizadas en Estados Unidos eran producidas en Puerto Rico.

La operación Manos a la Obra también preveía el turismo y la construcción de nuevos hoteles. Después de la Revolución Cubana, el turismo aumentó dramáticamente, y Puerto Rico se convirtió en la isla más visitada en el Caribe. A raíz de estos cambios, su economía parecía crecer en comparación con otras islas de la región, pero también eran evidentes los problemas estructurales que enfrentaría en futuras décadas.

Las ganancias obtenidas por las empresas que operaban en Puerto Rico eran repatriadas a Estados Unidos. Otro factor que afectó a la economía de la isla es la llamada Ley Jones (sobre cabotaje), que controla la procedencia de buques de carga cuyo destino era la isla. Se calcula que esta norma incrementa el costo de los precios y le cuesta a la isla millones de dólares al año. Cesarla sería importante, pero no resuelve los problemas fundamentales que afrenta ese territorio.

Puerto Rico no pudo escapar de las secuelas del neoliberalismo que tomaba forma en las décadas de los 80 y 90. Al igual que en México, la entrada de China a la Organización Mundial del Comercio introdujo nuevos cambios y alteró las relaciones comerciales, introduciendo nueva competencia. El gobierno de Bill Clinton impulsando el neoliberalismo, revocó los incentivos fiscales que ofrecía a compañías estadunidenses, las cuales comenzaron a abandonar la isla, produciendo una recesión económica. Para remediar la reducción en su presupuesto, los gobiernos puertorriqueños comenzaron a endeudarse al emitir bonos de origen sospechoso dados por grandes empresas financieras. El interés por estos llegó a tal grado que las autoridades de Puerto Rico no pudieron pagar la deuda. Se agregó el mal manejo del presupuesto, proyectos como el gasoducto en el cual se desperdiciaron millones de dólares y múltiples casos de corrupción, y ante todo esto nos encontramos con la crisis que hoy en día enfrenta.

Al igual que ha sucedido en México, la clase gobernante ha tratado de imponer medidas de austeridad, reducir las pensiones de los empleados del estado, recortar los presupuestos de las universidades y la salud, mientras se incrementan los precios de los servicios públicos, como el agua y la luz. La administración de Barack Obama le impuso a Puerto Rico una Junta de Supervisión con capacidad de manejar la deuda y potestad sobre los poderes soberanos de la isla.

El huracán María produjo una destrucción masiva, de eso no hay duda. Pero fueron las decisiones tomadas por la clase política y económica de la isla y de Estados Unidos que agravaron la situación y aseguran que las secuelas del meteoro se sentirán por varias décadas. Huracanes y terremotos son actos de la naturaleza, desastres son actos humanos.

 

*Departamento de Historia, Pomona College

 

 

 

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Feminismo comunitario-Bolivia. Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra, pero por supuesto hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico.

 

El feminismo comunitario fue parido en Bolivia dentro del proceso de cambio llevado adelante por un pueblo que quiere vivir con dignidad, un pueblo que está cuestionando al sistema patriarcal, capitalista, neoliberal, colonial, transnacional, un pueblo comprometido con la despatriarcalización, la descolonización y la autonomía. El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra pero, por supuesto, hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico. Consecuentes con esa lucha, nos llamamos feministas y construimos nuestros propios conceptos como un acto de autonomía epistemológica.

El feminismo comunitario hoy es un movimiento en Abya Yala que articula a hermanas de Argentina, Chile, Bolivia y México; es entonces una herramienta de articulación y lucha. Desde este feminismo que construimos cada día, creemos que sería injusto hablar de un movimiento feminista en América Latina y el Caribe, sí podemos hablar de colectivos y organizaciones, también de académicas y “estudiosas” que, en conjunto, no han logrado articularse pues siguen construyendo desde un feminismo colonizado y colonizante, sobre categorías insuficientes y fragmentadas, haciendo luchas temáticas, por los derechos, por la diversidad, por la inclusión, alejándose de la lucha contra el sistema. Hablamos de un feminismo que, al dejar de nombrar y de ver al patriarcado, o al reducirlo a la relación de los hombres hacia las mujeres, ha perdido la perspectiva revolucionaria y se ha vuelto funcional a éste.

Establecemos que, en la actualidad, no hay un movimiento feminista, hecho que hemos constatado en el XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe EFLAC, realizado en Perú en noviembre de 2014 desde la institucionalidad de las ONGs. Encuentro al cual asistimos evidenciando la carencia no sólo de propuestas sino de rebeldía y capacidad de soñar. Creemos que es posible identificar algunos de los desafíos que hoy convocan a las feministas que decidan asumir la responsabilidad política de luchar contra el sistema patriarcal. Descolonizar el feminismo Para el feminismo comunitario el feminismo es la lucha de cualquier mujer, en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo de la historia, que lucha, se rebela y propone ante un patriarcado que la oprime o que pretende oprimirla.

Entonces, descolonizar el feminismo es dejar de pensar, únicamente, desde los parámetros y categorías del feminismo eurocéntrico o de fechas como la revolución Francesa, porque han demostrado ser insuficientes y se han encerrado en un sistema de derechos que, en realidad, encubre los privilegios de unas y unos pocos frente a las opresiones de las mayorías. Descolonizar el feminismo es dejar de pensar desde la dicotomía del colonizador y el colonizado, es dejar de asumir el tiempo como lineal y el pensamiento como superador de las luchas, la clase como explicación suficiente y la posmodernidad como proyecto político.

Descolonizar el feminismo es volver a mirar al patriarcado en su complejidad. Para el feminismo comunitario el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, no es un sistema más, es el sistema que oprime a la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y a la naturaleza, construido históricamente y todos los días sobre el cuerpo de las mujeres. Descolonizar el feminismo ha sido, para nosotras, pensarnos frente al patriarcado recuperando la memoria larga de nuestros pueblos aymaras, huicholes, quechuas, mapuches, tzotziles, tzeltales, para construir un proyecto político de sociedad y de mundo, la comunidad y la comunidad de comunidades. Un desafío para el feminismo es dejar de dar solamente cuenta de las opresiones.

No basta un feminismo de las explicaciones, hay que proponer y construir un proyecto político, esto implica reconocer que ser negra, ser lesbiana, ser joven, ser indígena, es una posición política pero no un proyecto político de mundo, que es lo que los pueblos en lucha demandamos hoy. Superar sus categorías y las formas sectarias de sus luchas No podemos seguir asumiendo que el feminismo se reduce a la equidad de género, a la igualdad, a la diferencia o a la lucha por los derechos, cuando los pueblos en América Latina y el Caribe luchan por otra forma de vida, en Bolivia por el Vivir bien.

Superar las categorías del feminismo que ven la realidad segmentada y nos asumen a las mujeres como un tema entre tantos temas, un sector entre tantos sectores, que quiere incluirse en el sistema, es otro desafío. Esto implica, entonces, superar la visión de gueto, de superioridad, de lucha feminista desarticulada de la lucha de los pueblos. Sólo en la lucha con nuestros pueblos podemos aportar a visibilizar al patriarcado como el sistema de opresiones, hay que poner el cuerpo y no conformarnos con el colectivo, el performance o la academia.

 
Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

Todo esto tiene que ver con el desafío mayor, construir un feminismo útil para la lucha de pueblos de los que somos parte, que reposiciona la discusión sobre el aborto en el campo de la autonomía y la descolonización del cuerpo y la sexualidad; que desmonta la maternidad en esclavitud y soledad con la crianza comunitaria como responsabilidad con la vida; un feminismo que, reconociendo en el trabajo impagado de las mujeres en el hogar la constitución misma del capitalismo, construya un modelo económico que no redite la explotación de nadie ni de la naturaleza. Un feminismo que construya modelos de recuperación de los recursos, circulación de los productos y convivencia con la naturaleza para Vivir bien.

El feminismo comunitario ha encarado estos desafíos, hablamos desde un feminismo descolonizado, hemos construido conceptos, categorías y acciones útiles para desmontar el patriarcado y tenemos como propuesta la comunidad como forma de vida que se construye cada día y que es, a la vez, la forma de garantizar que el patriarcado no se recicle. Desde este camino, y sabiendo que es necesario hacer un movimiento feminista regional y mundial, convocamos al Primer Encuentro de Feminismo desde los Pueblos que se realizará en Bolivia el 2016, porque no hemos dejado de soñar y porque sabemos que los sueños se construyen cada día en comunidad.

 

Fuente: http://conlaa.com/feminismo-comunitario-bolivia-feminismo-util-para-la-lucha-de-los-pueblos/

 

Sobre la autora:

Adriana Guzmán Arroyo. Transgresora, rebelde, intensamente luchadora contra el patriarcado y la heterónoma. Es sin duda creadora de vida y sueños utopías. No calla las hipocresías del sistema ni tampoco sus ideas contundentes y revolucionarias. Desde las organizaciones sociales es reconocida por sus estudios y su experiencia política en Educación Popular, Ciencias de la Educación y Feminismo, herramientas que fortalecen la energía del Feminismo Comunitario. Nació en La Paz, Bolivia, hija de Amparo, nieta de Teresa y Elena, y creadora de Diana y Julia. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia. Fue parte de los movimientos sociales que enfrentaron la masacre del gas el 2003.

 

 

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Domingo, 02 Julio 2017 05:55

El gran sueño africano

El gran sueño africano

Con la llegada del verano, volvemos a asistir a los repetidos y a veces trágicos asaltos contra las murallas alambradas de Melilla, llevados a cabo –con sofisticadas técnicas y artimañas de asedio medieval– por disciplinadas columnas de jóvenes subsaharianos. En otras zonas (Canarias, la isla italiana de Lampedusa, las costas de Sicilia, de Grecia, de Chipre, de Malta y la isla francesa de Mayotte, cerca de Madagascar), los “invasores” llegan casi siempre a las playas de noche –cuando no zozobran–, en silenciosas embarcaciones, como antaño lo hacían sin duda vikingos, normandos o sarracenos.


En Europa y en otras partes del mundo rico, muchos (entre ellos el presidente estadounidense Donald Trump) tienden a considerar a esos “asaltantes” como agresores, delincuentes y hasta criminales. La extrema derecha europea reclama más mano dura para repeler a los intrusos, menos miramientos, y la adopción urgente de medidas más radicales. Más vigilancia, más policía, más ejército, más expulsiones... Y no siempre se pregunta: ¿por qué causas están dispuestas esas personas a correr tantos riesgos para, en definitiva, poner, por precio vil, al servicio de nuestro confort y nuestro alto nivel de vida, su fuerza de trabajo?
El África Subsahariana es una de las regiones más empobrecidas del planeta.


Con una pobreza extrema que se explica por diversos factores. En primer lugar: la trata de esclavos, crimen y genocidio que vació durante siglos el subcontinente de millones de sus hombres y mujeres más jóvenes, sanos y fornidos, obligando a comunidades enteras a vivir escondidas y aisladas en las profundidades de la jungla, sin contacto alguno con los progresos de la técnica y de la ciencia.


Rememorarse también que África ha sido, hasta hace apenas unos decenios, tierra de colonización. De una colonización impuesta por las potencias europeas a sangre y fuego, a base de guerras, exterminios y deportaciones. Todos los poderes locales que osaron oponerse y resistir a los conquistadores –portugueses, holandeses, británicos, franceses, alemanes, italianos o españoles– fueron aplastados.


En el aspecto económico, las potencias coloniales establecieron, de modo autoritario, una economía fundada en la exportación de materias primas hacia la “metrópoli” y en el consumo obligatorio de productos manufacturados producidos en Europa. De esa manera, África perdió en los dos tableros. Y esa doble explotación, por lo esencial, no se ha modificado.


Por ejemplo, Costa de Marfil, primer productor mundial de cacao (el 40% del volumen mundial) nunca ha podido desarrollar una industria chocolatera exportadora. Lo mismo se puede afirmar de Malí o Níger, dos de los principales productores de algodón, quienes se han hallado en la imposibilidad de montar una verdadera industria textil. Y eso porque, en general, las excesivas tarifas aduaneras impuestas por los países importadores ricos a los eventuales productos elaborados en el Sur arruinan toda posible competencia con los productos fabricados en el Norte.


Los países desarrollados quieren conservar la exclusividad de la transformación de las materias primas, o, en el marco de la globalización liberal, aceptan deslocalizar sus fábricas hacia China o Bangladesh, donde la mano de obra es hábil, dócil y sobre todo barata, pero no están en absoluto dispuestas a invertir en África, ni en desarrollar en este continente un sector industrial importante.


La división internacional del trabajo, efectuada en favor de los intereses de los países del Norte, atribuye a África un papel subalterno, marginal, lo cual impide a este continente entrar en la espiral virtuosa del desarrollo.


Las fabulosas riquezas mineras y forestales del continente africano son vendidas a precios de saldo, para el mayor enriquecimiento de las empresas importadoras y transformadoras del Norte. De ese modo, no se crean empleos ni siquiera en las industrias agroalimentarias, que es el sector básico a partir del cual se puede edificar un verdadero desarrollo agrícola, y más tarde industrial. Por eso también, África es el último continente que aún conoce con regularidad crisis alimentarias y hasta hambrunas.


Esta región del mundo, tan a menudo calificada por los medios dominantes del Norte de “subdesarrollada”, “violenta”, “caótica” e “infernal”, no habría conocido tal inestabilidad política – golpes de Estado militares, insurrecciones, masacres, genocidios, guerras civiles, terrorismo yihadista–, si los países ricos del Norte (empezando por las antiguas potencias coloniales) le hubiesen ofrecido posibilidades de desarrollo reales en lugar de seguir explotándola. La pobreza creciente se ha convertido en causa de desorden político, de corrupción, de nepotismo y de inestabilidad crónica. Y esta misma inestabilidad desalienta a los inversores, tanto locales como internacionales. Con lo cual se cierra el círculo vicioso del laberinto de la pobreza.


Todo esto explica por qué hoy un (o una) joven del sur del Sahara, en plena salud y a menudo con buena formación educativa, no desea seguir viviendo en lo que es el calabozo del mundo. Decenas de miles, en este momento, están marchando hacia los vados que conducen a Europa, con la esperanza de poder vivir, por fin, una vida normal. Y quizá también con la reivindicación inconsciente de que algo les debemos de nuestra riqueza actual.


Esto es solo el comienzo, y no se sabe qué tipo de muros habrá que construir para desalentar el flujo. Porque el Banco Mundial acaba de advertir de que la bomba demográfica ya ha estallado, y que ya hay en los países pobres unos 2.500 millones de jóvenes menores de 22 años que no encuentran trabajo en sus países. Y cuya única perspectiva es correr al asalto de las murallas de Europa...


Para algunos países africanos del Sahel, que están entre los Estados más pobres del mundo, como Malí, Burkina Faso, Níger y Chad, el algodón, “oro blanco”, representa entre un 30% y un 40% del valor de sus exportaciones. Es, por consiguiente, un producto vital del que, en estos Estados, viven directamente tres millones de agricultores e indirectamente más de quince millones de personas... “El algodón está ligado a la historia de África y a la penosa historia de la esclavitud –dice Aminata Traoré, exministra de Cultura de Malí–, pero hoy queremos que nos ayude a liberarnos y no que nos esclavice de nuevo”.


Estos países pobres, en los últimos decenios, han sacrificado otras infraestructuras y han hecho esfuerzos considerables (construcción de embalses, canales de riego) para aumentar las superficies dedicadas al cultivo del algodón. Y hoy se encuentran en una situación dramática porque, a pesar del bajísimo coste de una producción realizada por campesinos pobres, el algodón africano se vende mal a la exportación y resulta más caro que el que producen algunos países ricos como Estados Unidos, que controla el 30% de las exportaciones mundiales de la fibra blanca.


¿Cómo es posible que el algodón producido a precio de oro en Norteamérica resulte más barato que el que se cultiva a coste infrahumano en África? Sencillamente porque Washington vierte a sus productores de algodón unas subvenciones anuales de unos 3.000 millones de dólares... Por eso el algodón estadounidense puede venderse en el mercado internacional a un precio inferior al de su coste y hasta más bajo que el precio del “oro blanco” africano.


Consecuencia: si esas subvenciones se mantienen, se producirá una catástrofe económica de gran envergadura en esos países africanos del Sahel que ya se encuentran entre los menos avanzados del planeta. Millones de agricultores seguirán abandonando el campo para ir a enrolarse en los ejércitos yihadistas que controlan gran parte del Sahel; o irán a hacinarse en los barrios de chabolas de las periferias urbanas desde donde la miseria y el hambre empujarán a los más atrevidos a tratar de emigrar a Europa. A bordo de cayucos hasta Canarias, o atravesando el desierto del Sahara hasta Libia intentando después cruzar a Italia.


Del algodón a la patera solo hay un paso. Y aunque parezca que una cosa no tiene que ver con la otra, los países de la Unión Europea, y entre estos los más expuestos a la entrada de los inmigrantes clandestinos subsaharianos, deberían insistir para que se supriman las subvenciones a las exportaciones agrícolas, y en particular a las del algodón, que solo benefician a unos miles de agricultores norteamericanos mientras arruinan a millones de africanos.


Recordemos que la actividad principal, a escala planetaria, sigue siendo la agricultura. De todos los campesinos del mundo, apenas unos 30 millones disponen de un tractor, 250 millones trabajan con instrumentos de tracción animal y 1.300 millones usan herramientas manuales... Esa es la dramática realidad de la agricultura de hoy.
En junio de 2005, para tratar la situación de África y como coartada en dirección a la opinión pública mundial, los jefes de Estado del G-8 invitaron a los presidentes de Sudáfrica, Argelia, Etiopía, Ghana, Senegal y Tanzania, además de a Kofi Annan, entonces secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La idea de Tony Blair, primer ministro británico en aquel momento y que presidía ese G-8, era reducir la deuda externa de los países intermediarios, después de haber reducido la de trece países pobres de África. También proponía aumentar la ayuda pública al desarrollo (APD) unos 25.000 millones de dólares al año durante un lustro hasta alcanzar el 0,75% del producto nacional bruto (PNB). El presidente estadounidense George W. Bush se opuso a ello bajo el pretexto de que África no sería capaz de absorber tal cantidad de capitales... Sin embargo, la ayuda propuesta por Tony Blair era inferior a lo que estaba costando entonces la guerra de Irak. Otros observadores recordaron que Estados Unidos consintió consagrar, después de la Segunda Guerra Mundial, no el 0,75% de su PNB, sino el 1% durante cuatro años para ayudar a reconstruir Europa con el Plan Marshall...


Si de verdad quisieran ayudar a África, los países ricos tendrían que tomar, con urgencia, cinco sencillas medidas:


— Primera, suprimir definitivamente la deuda externa africana (por cada dólar prestado, África ya ha devuelto 1,3 dólares solo en intereses).
— Segunda, suprimir las subvenciones a las exportaciones agrícolas que inundan, a precios de saldo, los mercados de los países en desarrollo y destruyen la agricultura local.
— Tercera, abrir los mercados agrícolas de Norteamérica, de la Unión Europea y de Japón a los productos africanos.
— Cuarta, aceptar que los países africanos establezcan una política proteccionista en favor de sus producciones locales tanto agrícolas como industriales, sin que el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial los sancione.
— Y quinta, reorientar la investigación farmacéutica para curar las epidemias endémicas de África (cuando hoy, el 90% de la investigación farmacéutica está orientada a mejorar la vida del 10% de la población rica mundial).


Los recursos abundan y existen soluciones para erradicar la pobreza en África y en el resto del planeta; falta voluntad política. ¿Cuándo se acabará de admitir que suprimiendo la pobreza y las injusticias, se suprimen las principales causas del terrorismo en el mundo?

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Viernes, 23 Junio 2017 07:04

El Estado (colonial) y la revolución

El Estado (colonial) y la revolución

Ha transcurrido un siglo desde que Lenin escribiera una de las piezas más importantes del pensamiento crítico: "El Estado y la revolución". La obra fue escrita entre las dos revoluciones de 1917, la de febrero que acabó con el zarismo, y la de octubre que llevó a los soviets al poder. Se trata de la reconstrucción del pensamiento de Marx y Engels sobre el Estado, que estaba siendo menoscabado por las tendencias hegemónicas en las izquierdas de aquel momento.

 

Las principales ideas que surgen del texto son básicamente dos. El Estado es "un órgano de dominación de una clase", por lo que no es apropiado hablar de Estado libre o popular. La revolución debe destruir el Estado burgués y remplazarlo por el Estado proletario que, en rigor, ya no es un verdadero Estado, puesto que ha "demolido" el aparato burocrático-militar (la burocracia y el ejército regular) que son sustituidos por funcionarios públicos electos y revocables y el armamento del pueblo, respectivamente.

 

Este no-verdadero-Estado comienza un lento proceso de "extinción", cuestión que Lenin recoge de Marx y actualiza. En polémica con los anarquistas, los marxistas sostuvieron que el Estado tal como lo conocemos no puede desparecer ni extinguirse, sólo cabe destruirlo. Pero el no-Estado que lo sustituye, que ya no cuenta ni con ejército ni con burocracia permanentes, sí puede comenzar a desaparecer como órgano de poder-sobre, en la medida que las clases tienden también a desaparecer.

 

La Comuna de París era en aquellos años el ejemplo predilecto. Según Lenin, en la comuna "el órgano de represión es la mayoría de la población y no una minoría, como siempre fue el caso bajo la esclavitud, la servidumbre y la esclavitud asalariada".

 

Véase el énfasis de aquellos revolucionarios en destruir el corazón del aparato estatal. Recordemos que Marx, en su balance sobre la comuna, sostuvo que "la clase obrera no puede simplemente tomar posesión del aparato estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines".

 

Hasta aquí una brevísima reconstrucción del pensamiento crítico sobre el Estado. En adelante, debemos considerar que se trata de reflexiones sobre los estados europeos, en los países más desarrollados del mundo que eran, a la vez, naciones imperiales.

 

En América Latina la construcción de los estados-nación fue bien diferente. Estamos ante estados que fueron creados contra y sobre las mayorías indias, negras y mestizas, como órganos de represión de clase (al igual que en Europa), pero además y superpuesto, como órganos de dominación de una raza sobre otras. En suma, no sólo fueron creados para asegurar la explotación y extracción de plusvalor, sino para consolidar el eje racial como nudo de la dominación.

 

En la mayor parte de los países latinoamericanos, los administradores del Estado-nación (tanto las burocracias civiles como las militares) son personas blancas que despojan y oprimen violentamente a las mayorías indias, negras y mestizas. Este doble eje, clasista y racista, de los estados nacidos con las independencias no sólo no modifica los análisis de Marx y Lenin, sino que los coloca en un punto distinto: la dominación estatal no puede sino ejercerse mediante la violencia racista y de clase.

 

Si aquellos consideraban al Estado como un "parásito" adherido al cuerpo de la sociedad, en América Latina no sólo parasita (figura que remite a la explotación), sino que es una máquina asesina, como lo muestra la historia de cinco siglos. Una maquinaria que ha unificado los intereses de una clase que es, a la vez, económicamente y racialmente dominante.

 

Llegados a este punto, quisiera hacer algunas consideraciones de actualidad.

 

La primera, es que la realidad del mundo ha cambiado en el siglo anterior, pero esos cambios no han modificado el papel del Estado. Más aún, podemos decir que vivimos bajo un régimen donde los estados están al servicio de la cuarta guerra mundial contra los pueblos. O sea, los estados le hacen la guerra a los pueblos; no estamos ante una desviación sino ante una realidad de carácter estructural.

 

La segunda es que, tratándose de destruir el aparato estatal, puede argumentarse (con razón) que los sectores populares no tenemos la fuerza suficiente para hacerlo, por lo menos en la inmensa mayoría de los países. Por eso, buena parte de las revoluciones son hijas de la guerra, momento en el cual los estados colapsan y se debilitan en extremo, como sucede en Siria. En esos momentos, surgen experiencias como la de los kurdos en Rojava.

 

No tener la fuerza suficiente, no quiere decir que deba darse por bueno ocupar el aparato estatal sin destruir sus núcleos de poder civil y militar. Todos los gobiernos progresistas (los pasados, los actuales y los que vendrán) no tienen otra política hacia los ejércitos que mantenerlos como están, intocables, porque ni siquiera sueñan con entrar en conflicto con ellos.

 

El problema es que ambas burocracias (pero en particular la militar) no pueden transformarse desde dentro ni de forma gradual. Suele decirse que las fuerzas armadas están subordinadas al poder civil. No es cierto, tienen sus propios intereses y mandan, aún en los países más "democráticos". En Uruguay, por poner un ejemplo, los militares impidieron hasta hoy que se conozca la verdad sobre los desaparecidos y las torturas. Tanto el actual presidente, Tabaré Vázquez, como el anterior, José Mujica, se subordinaron a los militares.

 

Es muy poco serio pretender llegar al gobierno sin una política clara hacia las burocracias civil y militar. Las más de las veces, las izquierdas electorales eluden la cuestión, esconden la cabeza como el avestruz. Luego hacen gala de un pragmatismo sin límites.

 

Entonces, ¿qué hacer cuando no hay fuerza para derrotarlos?

 

Los kurdos y los zapatistas, además de los mapuche y los nasa, optaron por otro camino: armarse como pueblos, a veces con armas de fuego y otras veces con armas simbólicas como los bastones de mando. No es cuestión de técnica militar sino de disposición de ánimo.

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Sábado, 01 Abril 2017 09:09

Entre universalismo y colonialismo

Entre universalismo y colonialismo
Desde el 20 de marzo se desarrolla una revuelta popular histórica en Guyana Francesa que ha cobrado una fuerza sin precedentes y que denuncia la desigualdad social y económica entre este departamento francés del norte de Sudamérica y la Francia “metropolitana”.

 

Guayana Francesa arde. Desde el 20 de marzo se desarrolla allí una movilización popular que ha cobrado una fuerza sin precedentes y que denuncia la desigualdad social y económica entre este departamento francés del norte de Sudamérica y la Francia “metropolitana”. El puerto comercial de Dégrad-des-Cannes ha sido bloqueado y cortadas las rutas hacia todas las ciudades del departamento y a lo largo de la costa atlántica. Cerraron escuelas, comercios y oficinas públicas. Las protestas culminaron el lunes con una huelga general y el martes con “las manifestaciones más grandes de la historia” en el territorio, según las autoridades. De los casi 250 mil habitantes del departamento, unos 14 mil salieron a las calles y paralizaron las ciudades, en lo que se llamó “El día muerto”.

“Estamos en Francia pero no se nos considera verdaderamente franceses”, expresó una docente francoguayanesa al diario francés Le Monde (28-III-17).
Su frase resume el trasfondo del movimiento francoguayanés que reclama la igualdad y el universalismo que el Iluminismo y la revolución francesa les prometieron a todos. Es que la realidad en este territorio, que fue colonia francesa entre 1676 y 1946, es muy diferente a la del “metropolitano”: el desempleo es de 23 por ciento, los sueldos 30 por ciento inferiores, mientras que el costo de vida es 12 por ciento superior. Pero además la inseguridad es endémica, con la mayor tasa de homicidios de todos los departamentos del país (radio Europe 1, 25-I-17). En 2016 fueron asesinadas 42 personas de esta escueta población.

El punto culminante, afirmó un policía francoguayanés llamado Pierre a Le Monde, fue “cuando dos jóvenes fueron abatidos como perros en febrero o marzo”. En respuesta surgieron Los 500 Hermanos Contra la Delincuencia, un grupo de hombres musculosos que se manifiestan con las caras cubiertas por pasamontañas y exigen medidas contra la inseguridad a la vez que se reivindican pacifistas.

Los francoguayaneses reclaman un nuevo “Plan Marshall”, y sus reivindicaciones son diversas: piden mejoras en la infraestructura, de la red de atención a la salud (en los hospitales faltan médicos, muchos pacientes tienen que viajar a Europa para tratarse y, según los profesionales, en los centros de salud se trabaja en condiciones deplorables); los docentes demandan inversiones masivas para mejorar la educación; los campesinos denuncian retrasos en el cobro de las subvenciones europeas; los indígenas denuncian los proyectos de explotación de oro.

Guayana Francesa también es un lugar de grandes contrastes, al lado de una sociedad que carece de buenos servicios básicos sociales existe una ciudad como Kourou, con su Centro Espacial Guayanés, desde donde la empresa Arianespace lanza cohetes al espacio. “Kourou es el Estado dentro del Estado. He visto helicópteros sobrevolarlo y pienso: ‘¿Ah, sí? ¿Tenemos todo eso aquí?’ Ya vemos cuáles son las prioridades de Francia en Guayana, son los cohetes lo que le interesa”, declaró un manifestante en Kourou al portal francés Médiapart (24-III-17).
Debido a las movilizaciones, la empresa de satélites Arianespace se vio obligada a postergar el lanzamiento de uno de sus cohetes.

Las respuestas de París a las protestas revelaron la distancia que todavía existe entre la capital y el llamado “ultramar”. Ante la histórica movilización, el gobierno francés terminó anunciando, el lunes, que enviaría dos ministros a Guayana, pero llevaba una semana negándose a hacerlo. La ministra de Ultramar, Ericka Bareigts, propuso que el diálogo se llevara a cabo en París, mientras que el movimiento reclamaba que se hiciera en suelo francoguayanés. A pesar de que las manifestaciones fueron pacíficas, el ministro del Interior, Matthias Fekl, declaró que “no se dialoga con un pasamontañas, se dialoga con el rostro descubierto”, en referencia a los 500 Hermanos.

Al cierre de esta edición de Brecha, los dirigentes de la movilización popular, sentados a la mesa para conversar con la ministra de Ultramar y el ministro del Interior, suspendieron las discusiones en Cayena a pocos minutos de comenzar, reclamando transparencia en las negociaciones.

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Jueves, 02 Marzo 2017 23:24

¡Paren de matar!

¡Paren de matar!


El presente artículo es una versión reducida de la entrevista realizada a su autor por la radio pública alemana, a propósito de la disputa abierta en Colombia entre defensores y detractores del toreo. Una polémica que va mucho más allá y que implica la protección de los animales y de la misma naturaleza.


P. ¿Por qué las corridas de toros son un legado colonial y patriarcal?
R. Primero, porque refuerzan la estructura sexual y la concepción de la naturaleza occidentales. La estructura sexual occidental se ve claramente reflejada en el estereotipo del torero (hombre) viril, valiente/violento enfrentándose a la bestia/animal/naturaleza (toro) y, por ahí derecho, seduciendo (sometiendo, conquistando) a las damas (mujeres). Hay toreras, mujeres toreras, es cierto, pero eso no cambia el sentido patriarcal estructural del espectáculo. Recordemos además que la palabra “matador”, ampliamente usada en la tauromaquia, tiene una doble acepción en muchos contextos hispanoparlantes. El matador es el asesino, quien mata, pero también el seductor de mujeres. Lo mismo sucede con la palabra “conquistador”, el conquistador también es un asesino, es quien se impone violentamente sobre territorios y comunidades, y a su vez es igualmente un seductor, el que “conquista el corazón de... y lo doblega”.

 

Tampoco podemos olvidar que la socialización mediante la violencia es una cuestión típicamente masculina. En las corridas de toros se exhibe toda esta performance de la dominación, de la dominación de las mujeres, los animales y la naturaleza. De hecho algunos taurinos reconocen abiertamente que las corridas son una performance de la dominación y de las dinámicas de vida y muerte, pero lo que no especifican muy bien es de qué tipo de dominación y dinámicas de vida y muerte están hablando. Esto difiere, por otro lado, de los juegos indígenas, de ciertos indígenas, de cacería y co-habitación o co-modificación entre especies. No los traigo a colación como un modelo a seguir, no necesariamente, simplemente quisiera marcar el contraste entre tradiciones. En conclusión, en las corridas hay toda una política sexual en juego, que es una política colonial. Las corridas no son una actividad bárbara, sino parte de un proyecto civilizatorio occidental.

 

Respecto a la concepción occidental de la naturaleza, simplemente resta agregar que, en esta performance, inicialmente el hombre somete a una bestia, a un “animal bravo”, pero esa bestia representa la naturaleza en general. Ahora bien, el sometimiento de la naturaleza resulta clave en los proyectos civilizatorios, pero también en los desarrollistas y neodesarrollistas, modernizantes. Solo que ahora la dominación de los animales y la naturaleza se lleva a cabo por la vía, por ejemplo, de la ciencia: aparecen dispositivos como los zoológicos, bioterios, granjas industriales, monocultivos, etc. Reitero: las corridas son un espectáculo antropocéntrico occidental, una performance de la dominación de la naturaleza por el Hombre, y si bien a la naturaleza se la admira y teme, si bien se alude por ejemplo a la “bravura del toro” y su belleza, esto no ocurre porque se la ame, sino debido a que se la desea doblegar, poseer y superar, trascender.

 

En segundo lugar, las corridas de toros son un legado colonial porque constituyen una tradición defendida por sectores de hombres blancos, blanco-mestizos, adinerados y ligados a la posesión de tierra y ganado. Sectores herederos de privilegios coloniales. Sectores ligados a dinámicas de violencia y despojo, a lo que muchas y muchos autores en Latinoamérica llaman el “colonialismo interno”. Es más, la guerra en Colombia tiene todo que ver con esto, pues dichos sectores son los que han avalado la destrucción de comunidades y ecosistemas enteros para la ganadería extensiva, y en últimas para la reafirmación de privilegios de clase, raza, sexo y especie. La guerra es una guerra entre formas de vida, por eso el elemento estructurante de la guerra es la tierra: ¡la tierra es la vida misma! ¡Por eso también es que las y los animalistas no se han equivocado al articular el discurso de la paz con el de la abolición de las corridas de toros, la liberación animal y, como las compañeras indígenas dirían, la liberación de la tierra!

P. ¿Es la crítica a la tauromaquia un resabio de la defensa de la propia especie, ahora extendida a ciertos mamíferos y especialmente a los animales domésticos?
R. La necesidad de abolición de la tauromaquia está basada en un aprecio por la diferencia, por cierta afinidad con quien no es mi prójimo, próximo, vecino o semejante... Por eso los movimientos ecosóficos, de liberación animal y de la tierra son tan estimulantes, porque nos obligan a pensar en la dignidad tanto del toro como del agua y de la planta o de la máquina, en las mejores de sus versiones, y por esa vía a descentrarnos radicalmente como seres humanos. La crítica de la tauromaquia puede estar dando cuenta, más bien, de verdaderas transformaciones del tejido sensible y de la configuración de nuevas formas de vida, y eso es lo que más les molesta justamente a los defensores de la especie a ultranza; ellos sienten que a medida de que nosotras avanzamos, el antropo-poder, su poder de especie, se diluye, se desdibuja y acaba.

P. ¿Son violentos y autoritarios los anti-taurinos y el movimiento animalista?, ¿quieren aplastar a las minorías, a la diversidad?
R. Las recientes manifestaciones a favor de la vida y por la abolición de las corridas de toros no son otra cosa que un despliegue heterogéneo, libertario e igualitarista de vitalidad. Es la vida misma la que se expresa en las calles. ¿Cuáles son las características de la vida? Básicamente su capacidad de movimiento, de transmutación y diferenciación en un marco relacional, de co-modificación e inter-dependencia. Las diversas singularidades vivientes estamos a merced unas de otras, pero esto también significa que nos potenciamos unas con otras. El lenguaje de la vida no reconoce, por ende, jerarquías trascendentes. Pues bien, las manifestaciones han sido una clara muestra de vitalidad en el sentido de que las calles fueron ocupadas por cirqueros, músicos, nuevas religiosidades, experimentos gastronómicos, disidentes sexuales, personas con “extrañas” modificaciones corporales, recicladores, habitantes de calle, ecologistas, defensores de la despenalización de la marihuana, indigenistas, animales no humanos, feministas, etcétera.

En otros términos, las calles fueron ocupadas por la heterogeneidad de la vida que no meramente solicita el derecho a la vida del toro, sino que realiza, performa o reconfigura, en el acto, todo un tejido sensible que, justamente, da lugar a nuevos territorios existenciales donde los toros ya no pueden ocupar el lugar de subordinación al que las corridas los somete. Cuando las/os manifestantes gritaban: “Toro, amigo, el pueblo está contigo” lo que ocurría era una transmutación del concepto clásico de pueblo. El pueblo empieza a ser ese compuesto escurridizo de humanos y no humanos en toda su multiplicidad, el pueblo se convierte en algo monstruoso para los defensores de la ciudadanía clásica, para quienes el verdadero ciudadano es aquel que pertenece a una comunidad humana con pretensiones de homogeneidad y que se diferencia de la vida natural y animal, vida que desean poner violentamente a su servicio. Esto último lo impugnaba y comprendía perfectamente una manifestante que sostenía un cartel donde se podía leer: “Humanos, paren de matar, conquistemos la alegría de vivir”.

P. ¿Es contradictorio defender la despenalización del aborto y, al tiempo, la abolición de las corridas de toros?
R. El control zoobiopolítico que se aplica sobre los cuerpos de las mujeres está relacionado con el de los animales domésticos, incluyendo los llamados “toros de lidia” (aunque, por supuesto, hay muchas diferencias). El punto central allí es que, en ambos casos, se aplica un biopoder que está también marcado sexualmente, que nos separa de lo que podemos hacer con nuestros cuerpos y vidas y de la posibilidad de, caso por caso, resolver el problema de con-vivir materialmente con otros seres, sean humanos o no. Lo que se suele disputar no es que las mujeres puedan decidir soberanamente sobre otras vidas, que es lo que ocurre en la ganadería comercial y la tauromaquia, sino la posibilidad de reapropiarse de la vida, del propio cuerpo, y de redefinir contextualmente los límites entre vida y muerte; de ahí que la despenalización del aborto no quiera decir que necesariamente las mujeres aborten o salgan todas a promover el aborto sin tener en cuenta las situaciones específicas. La lucha por la despenalización del aborto y por la abolición de las corridas de toros son ambas, pues, luchas en pro de la vida y contra los dispositivos que la controlan y obstruyen.

Publicado enEdición Nº232
NI VOTO CONSCIENTE, NI VOTO ÚTIL: ENTENDER LA DEMOCRACIA COMO ESCUELA

 

Debo confesar no solo mi tristeza sino también mi desazón al ver que después de una supuesta “década ganada” (ya van a hacer dos décadas desde la elección de Hugo Chávez en Venezuela que inaugurara una era anti–, si no post-neoliberal en las urnas y la esperanza de que sea así en la esfera público-estatal de la (geo)política latinoamericana), nuestros debates político-electorales no llegan más allá de lo más superficial y los lugares comunes de la “larga y triste noche neoliberal” que pareciera nos sigue encegueciendo en sus penumbras.

Si de lo que se trataba era de democratizar no solo el funcionamiento de las instituciones del Estado sino también de transformar las relaciones de poder que constituyen a la sociedad en la que vivimos, tanto por dentro como en los márgenes y más del Estado, parece que ganamos más ambivalencia e incertidumbre que otra cosa. La restauración conservadora que se nota dentro y fuera del correísmo, dentro y fuera de las fronteras nacionales, alrededor del continente. Quiero creer, no como dogma de fe sino como hipótesis científico-social, que esto es solo la punta del iceberg: ante la mediocridad de los temas planteados en la actual campaña electoral como una suerte de pantalla que esconde un Ecuador y una América Latina profunda, como su historia milenaria de creación (contra)cultural y de resistencia anti-colonial, existen diálogos y conversas que revelan otra concepción (geo)política sobre lo que somos y podemos ser como sujetos de nuestra propia historia.

La (geo)política no puede ser vista simplemente como el arte y/o la ciencia de dar o importar recetas para resolver problemas sociales (sean estas de cuño economicista-tecnocrático o relacionados a la acción colectiva sea en forma de instituciones, organizaciones o movilizaciones sociales) ni de buscar una inserción más adecuado o no-dependiente en el mercado global. Lo político surge del dichoso poder constituyente, que en sociedades como las nuestras ha sido más invocado que realmente vivido en un proceso geopolítico de largo aliento en Nuestra América digno de ser llamado revolucionario por haber transformado las lógicas detrás del sistema de clasificación capitalista y las formas de identificación que este genera, tanto a nivel local como nacional y global. Poder constituyente que no es más que la invocación del poder originario como raíz que dio lugar a los poderes constituidos; es a la vez una invitación a hacer memoria colectiva para entender de donde surgen los problemas sociales que enfrentamos y –a través de este proceso- volvernos capaces de forjar otro tipo de organizaciones e instituciones constituidas de forma que fomenten –no ofusquen- la participación protagónica y no la representación mentirosa.

En las últimas dos décadas en el Ecuador tuvimos dos asambleas constituyentes que produjeron dos constituciones (1998 y 2008) que sin duda – a pesar de la hegemonía neoliberal que marcó el cambio de siglo en el continente y el mundo- fueron el resultado y también catalizaron enriquecedores procesos de creatividad (geo)política-cultural; espacios donde convergieron las resistencias anti-neoliberales como las del movimiento indígena que, a su vez, deben ser entendidas en el contexto histórico más amplio de lo que el sociólogo peruano Aníbal Quijano ha llamado la colonialidad del poder. En otras palabras, la continuación del poder estructurante[1] de las lógicas violentas de la acumulación por desposesión que fundó el colonialismo europeo en el siglo XVI, y que continúan caracterizando a los distintos tipos de dependencia estructural que ha generado la modernidad capitalista, continúa limitando tanto la capacidad del Estado para trans-formarse en el espacio real de la participación popular y la apropiación/defensa de lo público así como el potencial transformador de las movimientos y organizaciones sociales.

El potencial transformador y anti-colonial de los conceptos que surgieron de estos procesos constituyentes, entendidos no simplemente como las asambleas oficiales sino en los procesos organizativos que comenzaron a demandar la creación de estos espacios, está claro cuando tomamos con seriedad los desafíos de la plurinacionalidad y la interculturalidad para replantear el problema de la auto-determinación de los pueblos o las formas de desarrollo endógeno (como el Sumak Kawsay o el Suma Qamaña), poder popular y comunal necesarios para forjar democracias revolucionarias. La existencia todavía latente de este potencial revolucionario está tanto en las genealogías históricas que estos conceptos nos invitan a investigar cuanto en los horizontes (geo)políticos que plantean más allá de la modernidad capitalista y el sentido común que ha generado en la gran mayoría de nosotros.

En sociedades tan desiguales como las que han resultado del (neo) colonialismo moderno, la democracia no puede ser meramente democrática sino que debe aspirar a ser revolucionaria, en el sentido descolonizador de la palabra. La democracia lo puede ser a medida en que se base en la participación protagónica no meramente de los ciudadanos (entendidos como conjunto abstracto de individuos) sino de aquellos sujetos subalternizados por la historia moderna. Por “subalterno” no me refiero a una característica esencial sino al hecho social y la condición histórica de haber sido empujadxs hacia los márgenes de la estatalidad y la “ciudadanía” excluyente que ha caracterizado al desarrollo del capitalismo moderno y el sistema de estados-nación que lo conforma. Aquellxs reducidos a posiciones estructurales subalternas en la lógica de la clasificación capitalista dominante (que produce “clases en si”[2]) guardan en su alteridad el potencial revolucionario de volverse “clases para si”[3] al constituirse en sujeto histórico capaz de transformar el orden normal de las cosas; en otras palabras de subvertir la lógica clasificatoria dominante empleando formas de identificación que subvierten el status quo a medida en que su existencia no permite la total estabilidad de sistemas (geo)políticos basados en la desigualdad extrema.

Es por eso que molesta que estos conceptos –con dignas excepciones- se evaporen tan rápido del debate de lxs políticxs que aspiran a representar a una sociedad tan diversa (en el sentido barroco [B. Echeverría] y abigarrado [R. Zavaleta Mercado] de la palabra) y tan rica en historia rebelde que fue la que dio vida a los proyectos (geo)políticos que estos conceptos sugieren. Y molesta mucho más que en este contexto aparezcan los falsos sabios y profetas que quieren con moralismos utilitaristas sugerir que los que hemos decidido protestar (sea con nuestro voto y ojalá también con otras formas y estrategias de mayor alcance) no estamos siendo ni conscientes ni útiles al “cambio” que nos prometen. Resultaría tierno –sino fuera tan perverso- que la oposición a la auto-proclamada “Revolución Ciudadana” diga que “ya viene el cambio positivo” con fuerza inesperada para que, a renglón seguido y tratando de inspirar la vergüenza católico-cristiana que muchos llevamos dentro, nos digan después que ni se nos ocurra votar nulo o blanco pues así gana más fácil el sucesor del partido de Correa, que por cierto, estaría bajando estrepitosamente en las encuestas, dicen. Suspiro. Cuando el juego democrático se reduce a enseñarnos matemáticas, ni las cuentas electorales nos terminan por salir bien.

El voto útil sería aquel que va por aquel(la) que tenga más chances de llegar a una segunda vuelta con el candidato oficialista. Los que lo dicen asumen que lo “útil” para el país es acabar con este gobierno y confunde sus utilidades con el interés general. Por otro lado el voto consciente sería aquel de un/a votante que dispone de información y ha formado su preferencia en relación a su consciencia sobre lo individualmente cree que es lo que el país necesita. Sin embargo, no admite que en este proceso a algunxs la consciencia nos llame a votar nulo o blanco. Ahí nos damos cuenta de que los que así presentan nuestras opciones solo tienen consciencia de una democracia limitada al ritual del voto como tal: hablan de libertad y, aun cuando no se refieran meramente a la libertad de defender sus intereses mezquinos, la piensan en el sentido abstracto, del que recibe una dádiva divina o responsabilidad cívica y no llaman nunca la atención a la necesidad de la organización de sujetos (geo)políticos capaces de sostener transformaciones estructurales de largo aliento antes que debates políticos sin imaginación.

Al oír que por un lado se celebran puentes, carreteras e hidroeléctricas mientras por el otro se ofrece de todo un poco aunque no se sepa bien cómo mismo, después de acabar con todos los impuestos habidos y por haber, van a financiar sus descabelladas propuestas, solo puedo pensar en el revolucionario afrocaribeño Frantz Fanon, quien, después de haber conseguido la Independencia de Angola, a partir de la lucha armada en la que este participó como combatiente y cómo psiquiatra que fue de profesión, argumentaba:

Si la construcción de un puente no ha de enriquecer la conciencia de los que trabajan allí́, vale más que no se construya el puente, que los ciudadanos sigan atravesando el río a nado o en barcazas. El puente no debe caer en paracaídas, no debe ser impuesto por un deus ex machina al panorama social, sino que debe surgir por el contrario de los músculos y del cerebro de los ciudadanos” (Los Condenados de la Tierra, 1959).

Pues solo así se hacen ciudadanos. Parece que ni los unos ni los otros han entendido ni entenderán esta básica lección sobre construir naciones democráticas que funcionen como escuelas. Escuelas donde se forjen no solo ciudadanos sino hombres y mujeres nuevas, con cuerpos y mentes descolonizadas, capaces de superar la competencia y la explotación como regla estructurante de sus relaciones sociales.

No se trata de simplemente de mejorar la vida a los ciudadanos, ni darles derecho de ciudadanía a lxs que nunca los han tenido (aunque esto haya sido históricamente importante sin duda). Ni el cemento ni ninguna otra cosa son ni pueden ser en si mismos revolucionarios, a menos que fomenten el surgimiento de la conciencia (geo)política de que no se puede esperar que otrxs nos resuelvan nuestros problemas ni mucho menos que solxs y fragmentariamente podamos hacerlo algún día. Hoy más que nunca, vótese por quien se vote, se requiere más que votos, útiles o conscientes, votos (y otras herramientas) que sean conscientizadores de la necesidad de organizarnos para ejercer poder popular a contracorriente de los que instrumentalizan a la democracia para defender sus intereses y privilegios. En otras palabras, no se puede democratizar sin descolonizar y, a la vez, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar la (geo)política moderna. En estos tres campos interconectados no se le puede sacar el cuerpo al conflicto social y a la batalla de ideas.

Por estas razones (y otras cuantas más) votaré nulo en la papeleta presidencial (¿no es otra forma acaso de combatir el dichoso hiperpresidencialismo entendido no solo como problema institucional sino relacionado a la cultura política dominante?) y en el resto de papeletas trataré de escoger estratégicamente lxs que puedan ser aliados en la lucha cuesta arriba por despatriarcalizar y descolonizar, en otras palabras re-inventar y trans-formar lo público, para así sentarnos de nuevo en una gran asamblea que pueda constantemente (re)definir no solo qué ha sido y qué es realmente sino también lo que puede ser la democracia.

La necesaria multiplicación de espacios donde la creatividad (geo)política y (contra)cultural de la gente común pueda volver a florecer a través de la participación protagónica que teorice encarnadamente las posibilidades de concebir la democracia ya no desde los políticos realmente existentes sino desde la (geo)política cotidiana que forjan lxs que luchan y resisten a las injusticias del capitalismo global y su colonialidad heternormativa.

 

Referencias bibliográficas:

Bourdieu, Pierre (1977). Outline of a Theory of Practice. Cambridge University Press.

Wright, Eric Olin. (2015). Understanding Class. Verso.

[1] Con “poder estructurante” hago referencia a la noción de Pierre Bourdieu de “estructura estructurante estructurada” que utiliza para teorizar la noción de habitus (1977) . Si queremos cambiar estructuras sociales tenemos que entenderlas en su complejidad histórica, que implica una permanencia autoritaria/autorizante, en tanto las estructuras sociales están, por definición, estructuradas, y las posibilidades políticas que emergen del saber que las estructuras también son estructurantes, o sea requieren constantemente de (re)producir formas de actuar y pensar normalizadas, propias del sentido común imperante.

[2] La concepción marxista de “clase-en-si” refiere a un entendimiento de clase social como lugar social o posición estructural, objetivamente definida por la relación compartida de los miembros de una clase social con el modo y los medios de producción. Sin embargo puede entenderse también en relación a lo que Max Weber definió como “situación de clase” (ver Wright, 2015, p. 34).

[3] A diferencia de “clase-en-si”, la concepción marxista de “clase-para-si” implica la distinción analítica entre clase como actor socio-político y clase como lugar o posición estructural. Es importante no caer en la tentación teleológica de pensar que es un proceso natural la trans-formación de una clase-en-si en una clase-para-si, ya que esto oscurece la utilidad de analítica de esta distinción. Importancia que está en entender la relación entre clasificación e identificación como dinámicas sociales para entender la relación entre estructuras históricas y el potencial subalterno, siempre latente pero nunca inevitable, de convertirse en un actor/agente (geo)político capaz de destruir y reemplazar estructuras colonial-capitalista.

 

*Docente de la Escuela de Sociología de la Universidad Central del Ecuador

 

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