Jueves, 10 Septiembre 2009 06:32

El colonialismo cabalga de nuevo

Hace tan sólo cinco años nadie consideró oportuno celebrar el bicentenario de uno de los hechos más trascendentes de la historia moderna: la primera revolución negra triunfante en el mundo. Cuando los esclavos comandados por Toussaint L’Overture expulsaron de Haití a los colonizadores franceses, en nombre de los mismos ideales que en 1789 habían llevado al “Tercer Estado” a derrocar a la monarquía, sólo obtuvieron recelos y rechazo de los revolucionarios de la metrópoli.

Mulas

Las palabras del conde de Mirabeau merecen ser recordadas. Cuando desde la colonia recién liberada se consultó a las autoridades rebeldes sobre la participación de sus habitantes en la elección de la Asamblea Nacional, los revolucionarios franceses respondieron a los revolucionarios haitianos que los derechos del hombre y del ciudadano no se extendían a los negros, por la sencilla razón de que (aún) no eran ciudadanos. Mirabeau fue más lejos al pedir a la Asamblea Nacional que recordara a los haitianos que “al calcular el número de diputados que corresponden proporcionalmente a la población de Francia, no tomamos en consideración ni el número de nuestros caballos, ni el de nuestras mulas”.

Algo muy similar ocurrió respecto a la revuelta andina de 1780, dirigida por indios y ejecutada por indios, cuyo bicentenario no fue merecedor de fastos pese a constituir un claro antecedente de la liberación de las colonias que sobrevendría tres décadas más tarde. Sus líderes más conocidos, Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina Sisa, siguen siendo referentes de segundo nivel frente a los “libertadores” como San Martín y Simón Bolívar, pese a que estos jamás hubieran podido triunfar sin el debilitamiento del colonialismo provocado por aquellos.

Propias tradiciones

Es cierto que en la década de 1980 los países latinoamericanos estaban gobernados por férreas dictaduras militares, que en modo alguno estaban dispuestas a revisar sus preconceptos sobre la historia. Pero llama la atención que las izquierdas, tanto las del Norte como las del Sur, aún se muestren tan remisas a la hora de poner las cosas en su sitio. En este continente los pueblos originarios se han levantado a lo largo de cinco siglos, aunque de modo más persistente en los 200 últimos años. Sus procesos han sido bien diferentes de los que encabezaron los criollos. En efecto, los indios no se han inspirado en los principios de la Ilustración, sino en sus propias tradiciones. Quizá para las izquierdas sea ir demasiado lejos aceptar que existe una genealogía rebelde y emancipatoria no ilustrada ni racionalista, que aunque no ha merecido mayor atención de las academias y de los partidos de izquierda, está en la raíz del pensamiento y las prácticas ‘otras’ de los oprimidos andino-amazónicos.

Otra genealogía

Sinclair Thompson, en Cuando sólo reinasen los indios, uno de los trabajos históricos más penetrantes sobre la historia rebelde de los aymaras, concluye que “no existe casi ninguna evidencia de que la insurrección panandina estuviera inspirada en los philosophes de la revolución francesa o por el éxito de los criollos norteamericanos”. Por el contrario, los rebeldes de 1780 sustentaron demandas y acciones en sus tradiciones comunitarias y como pueblos, en las prácticas asamblearias, descentralizadas y en el tradicional sistema de cargos rotativo o por turnos. No es fácil aceptar que existe otra genealogía revolucionaria que puede contribuir a fecundar los pensamientos y las prácticas emancipatorias cuando el legado occidental de cambio social, los modos y códigos como hemos practicado nuestras rebeldías, está mostrando límites tan severos como la propia civilización que los produjo. Como mínimo, debería aspirarse a promover entre las dos orillas emancipatorias en las que ha abrevado la humanidad, la oriental y la occidental, diálogos y mestizajes que las fecunden. Indagar en esa dirección es el camino elegido en solitario por el zapatismo y unos pocos otros movimientos del sótano.

Hazañas criollas

Por el contrario, tanto los gobiernos de derecha como de izquierda parecen coincidir en celebrar la gesta de los criollos, que tuvo sus primeros estertores en Bolivia y Ecuador en 1809 y uno de sus momentos de mayor brillo en Buenos Aires en 1810. No hay que ir muy lejos para concluir que se trata de criollos festejando hazañas de criollos, lo que no estaría nada mal si no pasaran por alto la importante ayuda que recibieron Bolívar y Miranda de los haitianos y que en los ejércitos de todo el continente había una buena proporción de indios y mestizos que, una vez conseguida la independencia, fueron las primeras víctimas de los ‘libertadores’.

Con la solitaria excepción de José Artigas, los hoy llamados ‘héroes nacionales’ de las independencias, no hicieron más que utilizar a indios y negros como carne de cañón. Lo peor, pese a todo, vino después, como bien lo puede atestiguar el pueblo mapuche. Las nuevas na- ciones fueron mucho más lejos que los colonizadores en la destrucción de los pueblos originarios, como lo prueba la guerra de exterminio denominada por la República de Chile como “Pacificación de la Araucania”. En ese sentido, los criollos mostraron una decisión genocida mucho más audaz y profunda que sus abuelos españoles y portugueses. Ahí está la guerra de Triple Alianza, donde Brasil, Argentina y Uruguay diezmaron a Paraguay, haciendo el trabajo sucio que demandaba el imperio inglés para derribar las trabas al comercio de un país que buscada su autonomía además de su independencia.

Reconquista

Sería una ironía del destino si los millonarios festejos que se preparan por parte de los ‘iberoamericanos’ estuvieran cofinanciados por empresas como Repsol, Telefónica ENCE o el Banco de Santander, que están jugando un activo papel en la recolonización del continente. Tendría su lógica: una parte sustancial de las ganancias de esas empresas provienen de sus negocios en América Latina, mucho más que de los emprendimientos en los países del norte. Repsol y Telefónica, se beneficiaron de las dudosas privatizaciones de gobiernos corruptos como los del argentino Carlos Menem, a los que repartieron cuantiosos sobornos para hacerse con el botín. Algunos de sus más destacados ejecutivos, así como los think tank de las derechas, se muestran muy activos en ‘promover las democracias’, o sea, en derribar a los gobiernos de Venezuela y Bolivia, así como apoyar a las derechas más ultras de este continente.

Bien mirado, tienen mucho para festejar. En la década de 1990, gracias a la liberalización promovida por el Consenso de Washington, volvieron a cargar oro y plata en sus arcas con la misma fruición que sus antepasados lo hicieron cinco siglos atrás. Ahora, cuando algunos gobiernos, con cierta timidez, les impiden seguir con el saqueo, se dedican a uno de sus deportes favoritos: conspirar, en nombre de la democracia y el libre mercado, contra las decisiones soberanas de los pueblos. Los festejos que se preparan, ¿forman parte de esa conspiración

Diagonal

Por Raúl Zibechi. Analista y responsable de Internacional en el semanario uruguayo Brecha

http://www.diagonalperiodico.net/El-colonialismo-cabalga-de-nuevo.html
 

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New 7 Wonders Portugal, SA está lanzando un concurso para elegir las «7 Maravillas de origen portugués en el mundo». Los resultados se darán a conocer el próximo día 10 de junio. No hay ninguna duda de que estamos en el mundo de los negocios y de los medios de comunicación y los criterios por los que se rige este mundo tienen poco que ver con la búsqueda de la verdad o la justicia. Más bien, en este caso, tienen que ver con los beneficios que pueden obtenerse con la explotación de la historia, de la obtención de los derechos de explotación del concepto de «7 Maravillas», de la publicidad, la promoción del turismo, etcétera.

Ante esto, puede parecer extraño la incomodidad y la protesta que el concurso ha suscitado en el espacio de lengua oficial portuguesa, que implica sobre todo a investigadores que se dedican al estudio del imperio colonial portugués, de los países independientes que emergieron con el fin del imperio y a educadores que, en este espacio, intentan transmitir a las nuevas generaciones una visión compleja de la historia que, lejos de ser un residuo del pasado, continúa afectando sus vidas y sociedades.

Sin embargo, la incomodidad y la protesta tienen razones de peso. La razón principal es que este concurso no sólo implica la historia de Portugal, sino también la historia de los países que estuvieron sujetos al colonialismo portugués. Y lo hace precisamente a modo de ocultar el colonialismo, es decir, el contexto social y político en que estos monumentos fueron erigidos y el uso que tuvieron durante siglos. La mirada está orientada para ver la belleza del arte y de la arquitectura de los monumentos y al mismo tiempo orientada para no ver el sufrimiento inenarrable de los millones de africanos que, entre los siglos XV y XIX, sacrificaron su vida para que muchos de estos monumentos tuvieron vida, ya sean los comprados como «propiedad mueble» o aquellos construidos al otro lado del Atlántico.


Portugal fue un participante activo en el tráfico de esclavos, la mayor deportación de la historia de la humanidad, que sólo en África occidental supuso entre 15 y 18 millones esclavos. Si tenemos en cuenta que, por cada esclavo que llegó a América, cinco murieron en los procesos de captura, en el traslado desde el interior hasta los almacenes —algunos de ellos, los monumentos de hoy—, durante el cautiverio a la espera de ser transportados o durante el viaje, estamos hablando de 90 millones de personas. Y no olvidemos que la esperanza media de vida de los recién llegados a América era de sólo de cinco o seis años más.


Los monumentos deben ser respetados y recuperados para devolvernos la historia, no para ocultárnosla. Es por esta razón que nadie imagina que se promueva la visita a Auschwitz sólo para conocer la arquitectura carcelaria modernista de Alemania. Resulta perturbador que el comisario del concurso diga que «esta visita al patrimonio de origen portugués en el mundo está hecha con un sentimiento de orgullo y satisfacción por el legado histórico de nuestro pasado» y añada que «los flujos de personas y de información a escala global nos aproximan unos a otros en tanto partes constituyentes de una misma humanidad». ¿Tendremos que concluir de ello que, como el tráfico de esclavos fue uno de esos flujos, los monumentos son un monumento al colonialismo portugués?


Todos los que trabajamos en el espacio de lengua oficial portuguesa lo hacemos con la convicción de que Portugal es un país de futuro y que éste pasa por las relaciones fraternas que supimos crear con los países que estuvieron sujetos al colonialismo portugués. Pero para que esto ocurra es necesario asumir la historia en toda su complejidad y no retirar de ella tan sólo aquello que nos conviene. Es en base a este presupuesto que estamos construyendo una vibrante comunidad científica y educativa en el espacio de lengua oficial portuguesa. El patrimonio en causa es tanto de origen portugués como de origen angoleño, mozambiqueño, guineano, caboverdiano, indio o brasileño [1]. Por un criterio mínimo de justicia histórica, las instituciones que patrocinan este concurso deben exigir a la empresa responsable total transparencia de cuentas y que los beneficios obtenidos sean destinados íntegramente a la recuperación de los  monumentos.

 

[1] Sin olvidar otros países de Asia (Timor Oriental, Macao, Goa, Damán, Diu, Dada y Nagar Haveli) y de África (Santo Tomé y Príncipe) que también fueron objeto del colonialismo portugués [N. del traductor].


Por, Boaventura de Sousa Santos
Carta Maior
Traducido por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas

Artículo original publicado el 6 de mayo de 2009.


Fuente: http://www.cartamaior.com.br/templates/colunaMostrar.cfm?coluna_id=4322


Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).


Antoni Jesús Aguiló es miembro de Rebelión y Tlaxcala. Àlex Tarradellas es miembro de Rebelión, Tlaxcala y Cubadebate. Esta traducción se puede reproducir libremente, a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

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Sábado, 24 Octubre 2009 11:46

Mariscal Antonio José de Sucre y Bolívar

Nacido en Mérida (Venezuela), comenzó a estudiar Ingeniería de Caminos, carrera que abandonó para combatir al lado de Bolívar. En 1819, ocupando José Antonio Zea provisionalmente una importante posición, éste designó a Sucre como general. Al identificarse ante Bolívar con este cargo, el Libertador se enfureció, pues ignoraba la designación de Zea y creía que, en general, él debía hacer los ascensos superiores. Aclarado lo acontecido, a regañadientes lo aceptó.

Pero Bolívar tenía un alto concepto de Sucre. En 1819 lo nombra Ministro de Guerra en campaña y dice sobre él: “Es uno de los mejores oficiales del ejército; reúne todos los conocimientos profesionales de Soublette; el bondadoso carácter de Briceño; el talento de Santander y la actividad de Salom; por extraño que parezca, no se le conocen ni sospechan sus actividades. Estoy resuelto a sacarlo a la luz, persuadido de que algún día me rivalizará”.

El primer año de Sucre en Ecuador, enviado por Bolívar, fue de infortunios. Venía luchando por que los soldados argentino-peruanos cooperaran en la liberación de Quito. A comienzos de 1822, llegaron mil hombres del Perú a órdenes del coronel Santa Cruz, incorporándose en febrero al ejército de Sucre. Atravesando las difíciles cordilleras de los Andes, el 24 de mayo, mediante movimientos que desorientaron a los españoles, avanzaron sobre Quito, produciéndose una difícil batalla en la que triunfaron los patriotas, destacándose el ataque del coronel Córdoba. Al día siguiente, Sucre entró en Quito con sus tropas.

Las dificultades internas en la Nueva Granada y sobre todo sus desacuerdos con Santander habían llevado a Bolívar a asumir la dictadura. Antes, en Perú, también había encontrado fuertes y desleales opositores y la abierta traición de uno de sus máximos dirigentes dispuesto a hacer causa común con los españoles. La independencia de Perú estaba llena de dificultades. Organizó su cuerpo de oficiales, con Sucre al mando del ejército aliado, aunque Bolívar retuvo la dirección de la campaña. A los peruanos les asignó el norte, y la cercanía de las montañas a los colombianos. Sucre aconsejó la ofensiva, pues consideraba la defensiva muy peligrosa, pero Bolívar se opuso. “Bolívar no podía inspeccionar por sí mismo la ejecución de todas la órdenes pero tenía en Sucre un excelente sustituto que podía equipararse a él en todas las artes militares y lo sobrepasaba en el método. Sucre no sólo adiestró a los soldados: cabalgó por las montañas para familiarizarse con los caminos, confeccionó mapas, en una palabra, fue infatigable”.

De Colombia llegaron nuevas tropas y Sucre, que oficialmente era comandante en jefe del ejército, fue comisionado por Bolívar para recoger aquellas dispersas y enfermas, ubicándolas en los cuarteles. Una vez cumplida su misión, se quejó por escrito ante Bolívar, presentándole su renuncia, pues pensaba que esas actividades eran degradantes para el Comandante del Ejército y que sus oficiales se habían burlado de él. “He sido separado de la cabeza del ejército para ejecutar una comisión que en cualquier parte se confía, cuando más, a un ayudante general, y enviado a retaguardia a tiempo que se marchaba contra el enemigo; por consiguiente, se me ha dado públicamente el testimonio de un concepto de incapaz en las operaciones activas, y se ha autorizado a mis compañeros para tratarme como a un imbécil o un inútil”.

Bolívar no puso mayor atención a la queja de Sucre, pero le contestó que lo había hecho como una prueba de estima y no de humillación. Sucre aceptó a medias estas explicaciones y retiró su renuncia. En el mismo mes, Bolívar recibió un mensaje de Santa Fe en el que Santander le comunicaba que le retiraba las facultades extraordinarias que tenía. Dio instrucciones a Sucre para que informara al ejército de esa decisión. Sucre asumió el mando, ya no como delegado de Bolívar sino con plenos poderes para actuar.

El colapso del Imperio

El 8 de diciembre, en Ayacucho se enfrentaron los dos ejércitos. Las fuerzas españolas estaban ocultas en una colina, a muy corta distancia del ejército comandado por Sucre, compuesto por 5.800 hombres (recordemos que los españoles eran más de 9.000). Unas y otras fuerzas se ubicaron en el terreno según su conveniencia. El ala derecha de los españoles inició el ataque. Sucre envió sus tropas a ese sitio, a órdenes del teniente coronel Córdoba, quien arengó a sus tropas, y con gran serenidad daría la consigna célebre en la historia de las batallas por la Independencia. “Soldados, adelante! Paso de vencedores!”. Los batallones de caballería, sin disparar un solo tiro, se lanzaron al ataque. Las furiosas bayonetas patriotas desbarataron la resistencia enemiga. Capturaron al virrey La Serna, su artillería, víveres, muchos otros recursos y centenares de prisioneros, muchos de ellos nativos reclutados a la fuerza.

Sucre asumió modestamente este triunfo, sin jactancia alguna. Ese mismo día ascendió a general a José María Córdoba, y poco después, Bolívar, feliz por la victoria, nombró a Sucre Mariscal de Ayacucho, en tanto que él seguía siendo el Libertador, general Simón Bolívar. El 10 de diciembre de 1824, Sucre le escribe a Bolívar: “He creído justo nombrar al general Córdoba sobre el campo de batalla, y, a nombre de usted y de Colombia, general de división… Córdoba se ha portado bravamente: él decidió la batalla”.

Aquella fue la última batalla en el continente contra las fuerzas españolas, que perdieron 18.000 hombres y toda su capacidad militar. Sucre tenía 29 años y hacía 15 había iniciado su lucha al lado de los patriotas. El 9 de febrero de 1825 emitió un decreto proclamando nación independiente al Alto Perú y convocado una asamblea nacional para definir sobre su forma de gobierno. Bolívar se opuso, pues creía que Sucre se había excedido en sus atribuciones. “Usted y el ejército a su mando me están subordinados; sólo debe ejecutar lo que yo le ordene. Ni yo ni usted ni los parlamentos peruano-colombianos pueden violar los principios del Derecho Público que hemos reconocido en América”.

Sucre arguyó que no había hecho nada distinto de lo ya propuesto por Bolívar. Aceptó aplazar la Asamblea Nacional y ofreció su renuncia, que Bolívar no aceptó. Pero el fondo del problema era otro: “Se resistía a que la reputación militar de Sucre se realizara con la gloria de libertar a toda una nación. De ahí que el propio Bolívar, al cabo de tres meses, emitiera una orden confirmando el decreto de Sucre en todos sus puntos esenciales” (Mazur).

La Asamblea Nacional se reunió en Chuquisaca el 10 de julio, y el 6 de agosto declaró su independencia. A propuesta de Sucre, la nueva nación tomó el nombre de Bolivia el 18 de agosto de 1825. Sus admiradores le dieron una corona de oro, que Bolívar le entregó a Sucre, y éste se la dio a Córdoba, que patrióticamente emocionado la envió a Rionegro, su tierra natal, donde reposa en el Museo de la Independencia. Sucre fue nombrado Presidente del nuevo país.

Ahora la máxima preocupación del Libertador era la Constitución Política de Bolivia. Así concibió una “monarquía sin monarca”, con vicepresidente hereditario y vitalicio. “El poder del primer ministro se concentra en una familia, disposición ilógica y ridícula […] la Constitución Boliviana, adoptada en julio de 1826, es el producto asombroso de una extravagante imaginación política. El autor de este libro no ha encontrado prueba alguna de que no fuera totalmente hija del cerebro de Bolívar” (G. Mazur).

El vicepresidente sería Sucre, que no aceptó y rechazó el proyecto de monarquía. En la Presidencia de Bolivia tuvo muchas dificultades. Vencido su segundo año de gobierno (1826-1828), se retiró y viajó a Bogotá, donde no encontró a Bolívar, pero le dejó una bella carta de despedida. Emprendió camino de regreso a Quito, y fue asesinado en la montaña de Berruecos. Se atribuye su muerte al general Juan José Flores, entonces presidente del Ecuador.

Bibliografía

Indalecio Liévano Aguirre. Los grandes conflictos socio-económicos de nuestra historia
E. Botero Saldarriaga. Biografía de Córdoba
Gerhart Mazur. Simón Bolívar


Publicado enEdición 151
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