En riesgo, 50% de las 6.700 lenguas indígenas del mundo, alerta ONU

Con cada lengua que desaparece el mundo pierde un acervo de saber tradicional, advirtió el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.

Con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, recordó en un mensaje que actualmente hay 370 millones de personas indígenas en el mundo y gran parte de ellas "todavía carecen de derechos básicos y la discriminación y la exclusión sistemáticas siguen amenazando su modo de vida, su cultura e identidad".

El funcionario internacional expuso que "las lenguas son el vehículo que utilizamos para comunicarnos y están íntimamente ligadas a nuestra cultura, nuestra historia e identidad"

Reportó que casi la mitad de las 6 mil 700 lenguas que se calcula que hay en el mundo, en su mayoría indígenas, están en peligro de desaparecer.

Este año, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, celebrado cada 9 de agosto, se dedicó a los idiomas originarios por ser 2019 el Año Internacional de las Lenguas Indígenas.

Cooperación, el camino

Por su parte, la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, expuso que contrarrestar la amenaza de la desaparición de lenguas indígenas requerirá los esfuerzos de cooperación de las comunidades de hablantes, especialistas en lenguas, organizaciones no gubernamentales y poderes públicos.

En un comunicado, la organización religiosa expuso que sensibilizar sobre la pérdida de lenguas y la diversidad lingüística sólo será eficaz si se consigue dotar de funciones contemporáneas positivas a las lenguas minoritarias desde el punto de vista de las necesidades de la vida moderna, dentro de la comunidad y también en los contextos nacional e internacional.

Al anunciar el 14 Encuentro Nacional de Pastoral de Pueblos Originarios, del 9 al 13 de septiembre, los representantes de la Iglesia católica detallaron que entre esos papeles positivos están el uso de estas lenguas en la vida cotidiana, en el comercio, la educación, las letras, las artes y los medios de comunicación.

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Martes, 06 Agosto 2019 06:58

Redes caníbales

Redes caníbales

Caníbal es todo aquel que devora a individuos de su misma especie. Para hacerlo, necesita dominar a la presa, tornarla indefensa, entonces tratar de devorarla. Ese es el rostro alarmante de las redes digitales, tan útiles para facilitar nuestra intercomunicación. Al igual que los vehículos –aviones, autos, motos– que resultan útiles para movilizarnos más rápidamente y, sin embargo, son utilizados para llevar a cabo actos terroristas como el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, las redes digitales tienen su lado sombrío.

 

Si no sabemos usarlas adecuadamente, devoran nuestro tiempo, nuestro humor, nuestra civilidad. De ahí mi resistencia a llamarlas redes sociales. La sociabilidad no siempre supera a la hostilidad. Incluso devoran nuestro sueño, pues hay quienes ya no logran desconectar el Smartphone a la hora de dormir. Devoran también nuestra capacidad de discernimiento, en la medida en que nos tribalizan y nos confinan a una única visión del mundo, sin apertura a lo contradictorio ni tolerancia para quien adopta otra óptica.

 

La medicina ya está atenta a una nueva enfermedad: la nomofobia. El término surgió en Inglaterra, derivado de no-mobile, esto es, privado del aparato de comunicación móvil. En síntesis, es el miedo a quedarse sin celular. Es la enfermedad adictiva más reciente, que estudian actualmente los terapeutas.

 

Hay quien permanece horas en las redes, naufragando más que navegando. El rostro caníbal del celular devora también nuestro protagonismo. Es el celular el que, mediante sus múltiples herramientas y aplicaciones, decide el rumbo de nuestras vidas. El diluvio de informaciones que cae una y otra vez sobre cada uno de nosotros, casi todas descontextualizadas, nos conduce ineluctablemente al territorio de la posverdad. Tocan nuestra emoción y, vertiginosas, neutralizan vuestra razón. No hay dudas de que la mayoría de nosotros es incapaz de ofender gratuitamente a un desconocido en la panadería de la esquina. Pero en las redes muchos endosan difamaciones, acusaciones sin fundamento y calumnias: ¡Las famosas fake news!

 

Hace más de 70 años, mi cofrade Dominique Duberle escribió a propósito de la cibernética: «Podemos soñar con un tiempo en el que una máquina de gobernar supla la hoy evidente insuficiencia de las mentes y los instrumentos habituales de la política» (Le Monde, 28 de diciembre de 1948).

 

El Leviatán cibernético previsto por el fraile dominico francés hoy tiene un nombre: Google, Facebook, WhatsApp, etc. Esas corporaciones devoran todos nuestros datos para que los algoritmos los transmitan a las herramientas incapaces de vernos como ciudadanos. Para ellas, somos meros consumidores. Es la era del Big Data.

 

Las redes digitales devoran incluso la realidad en la que nos encontramos insertados. Nos desplazan hacia la virtualidad y activan en nosotros sentimientos nocivos de odio y venganza. El príncipe encantado se transforma en monstruo. Los valores humanitarios se destejen, la ética se disuelve, la buena educación se descarta. Lo que importa ahora, con esta arma electrónica en las manos, es trabar la batalla del «bien» contra el «mal». Eliminar con un clic a los enemigos virtuales después de crucificarlos con injurias que se multiplican mediante el hipervínculo, el video, la imagen, el sitio web, la etiqueta, o simplemente una palabra o una frase.

 

Por Frei Betto

Granma

 

He ahí lo que pretende cada emisor: lograr que lo que posteó se haga viral. El adjetivo se deriva de virus, un sustantivo empleado en la biología que proviene del latín y significa «veneno» o «toxina». ¡Se crea así la pandemia virtual! Es necesario leer rápido este correo o zapp, porque aguardan por mí otros tantos. Y de ser el caso, responder con un texto conciso, aunque vulnere todas las reglas de la gramática y la sintaxis. Según la investigadora Maryanne Wolf, accedemos diariamente como promedio a 34 gigabytes de información, lo que equivale a un libro de cien mil palabras. Sin tiempo suficiente para la absorción y la reflexión.

 

Corremos el riesgo de dar un paso atrás en el proceso civilizatorio. A menos que las familias y las escuelas adopten algo similar a lo que acompañó el advenimiento del automóvil, cuando se percibió la necesidad de crear autoescuelas para educar a los conductores. El celular está exigiendo también una pedagogía adecuada para su buen uso.

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Vergonzoso silencio en torno al calvario de Julian Assange

Los mismos que nos entretuvieron con el gato, el patinete y la suciedad en los pasillos de la embajada han ignorado voluntariamente el informe del relator de la ONU sobre la tortura al disidente encarcelado número uno.

El relator especial del Alto Comisariado para Derechos Humanos de la ONU, el suizo Nils Melzer, logró en mayo obtener permiso para visitar a Julian Assange en la prisión británica de alta seguridad de Belmarsh. Melzer y dos reputados expertos médicos, uno de ellos psiquiatra y el otro forense, reconocieron a Assange. El 31 de mayo, hace más de un mes, el relator divulgó las conclusiones del peritaje médico realizado.

Melzer es profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Glasgow y no era en absoluto un admirador del fundador de WikiLeaks. De hecho, solo aceptó la misión que le encomendó la ONU después de que los abogados de Assange y una doctora apelaran en dos ocasiones solicitando un peritaje al Alto Comisariado de Naciones Unidas. 

“Como la mayor parte del público, yo fui inconscientemente contaminado contra Assange por la incesante campaña de desprestigio orquestada durante años, pero una vez metido en los hechos de este caso, lo que encontré me llenó de repulsión e incredulidad”, explica. 

“Assange fue sistemáticamente calumniado (como “violador”, “agente ruso”, “hacker” y “narcisista”) para desviar la atención de los crímenes que expuso. Una vez deshumanizado por el aislamiento, el ridículo y la vergüenza, al igual que las brujas que solíamos quemar en la hoguera, era fácil privarlo de sus derechos más fundamentales sin provocar indignación pública en todo el mundo”. Llegamos así al dictamen del equipo de Melzer sobre el trato infligido a Assange. Es inequívoco.

“Durante un periodo de varios años, Assange ha sido expuesto a graves e incrementadas formas de castigo, a un trato inhumano o degradante, cuyos efectos acumulativos solo pueden ser descritos como tortura psicológica”, ha escrito Melzer. 

“En veinte años de trabajo con víctimas de guerra, violencia y persecución política, nunca me encontré con un grupo de Estados democráticos compinchados para aislar, demonizar y abusar deliberadamente a un individuo durante tanto tiempo y con tanta despreocupación por la dignidad humana y la legalidad”.

Nils Melzer envió sus conclusiones en forma de tribuna a los diarios australianos Sydney Morning HeraldCamberra Times y a los habituales anglosajones de Europa y América, Financial TimesThe GuardianThe TelegraphThe New York TimesThe Washington Post, al semanario Newsweek y otros. Ninguno de ellos publicó una línea. En su día todos ellos nos informaron con detalle de los excrementos de Assange en las paredes de la embajada ecuatoriana en Londres, de su patinete y de su gato. En España, los principales medios también ignoraron por completo el asunto. El informe Melzer llegó discretamente a las ediciones digitales de El Mundo La Vanguardia (solo el primero mencionaba la palabra “tortura” en el titular), con cero referencias en los demás. En los últimos treinta días, la prensa establecida española ha mencionado a Assange lo menos posible.

En todo el mundo occidental los medios de comunicación participan voluntariamente, vía el silencio y la denigración, en esa “persecución colectiva” denunciada por el relator de la ONU, y cuyo principal motor se encuentra en el Pentágono, según fuentes de la Administración Obama en declaraciones al abogado Geoffrey Robertson.  

En la última cumbre del G-20, el primer ministro australiano (Assange es australiano), el conservador Scott Morrison, no mencionó el caso Assange en su entrevista con Donald Trump, manteniendo así la línea de su predecesora laborista, Julia Guillard. El ministro de Exteriores británico, Jeremy Hunt, ha definido el silenciado informe de los expertos de la ONU en tortura como “acusaciones inflamatorias”. 

Julian Assange es el disidente encarcelado número uno de Occidente, como Edward Snowden es el exiliado número uno. Actualmente Assange está pendiente de ser extraditado por el Reino Unido a Estados Unidos, donde se arriesga a una sentencia por espionaje de hasta 175 años de cárcel en el tribunal del distrito Oeste de Virginia en el que nunca un acusado por asuntos de “seguridad nacional” ganó el caso y fue absuelto. 

La suerte de Assange es un retrato del mundo de hoy, del pésimo estado de las democracias, del poder de la propaganda del establishment y de la apatía de los movimientos sociales en Europa.

 

Autor: Rafael Poch

Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

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Miércoles, 03 Julio 2019 07:02

¡Desnudos!

¡Desnudos!

Como en el refrán, así anda la izquierda en política comunicativa. En días recientes, decenas de opinadores de este perfil ideológico, regulares en las redes sociales, no cesaron de expresar su inconformidad y su desconcierto una vez conocido el despido de Daniel Coronell de la revista que por años acogió sus escritos (Ver pág. 6). “Censura” era uno de sus razones para explicar la cancelación de las funciones del periodista. A renglón seguido estaban, en otro plano, la manifiesta preocupación por las denuncias en contra del uribismo y otros comentarios sobre el establecimiento que ya no circularían de manera regular.

“Desnudos” de información, así se sentían o al menos así dejaban traslucir en sus correos y trinos quienes lamentaban la decisión de los propietarios de la revista. ¿Quién podía suplirles ahora lo que regularmente brindaba el cesado? No se equivoca el refrán de marras cuando sentencia que “Al que de ajeno se viste en la calle le desnudan”.

Es una sentencia del saber milenario plenamente comprobada en esta ocasión, cuando aquellos que siempre han integrado la cúspide del poder nacional deciden, como lo permite la propiedad de una empresa –en este caso una casa editorial–, zanjar las diferencias que puedan tener con uno de sus empleados informándole –no se sabe si con la formalidad del sobre sellado o si con la informalidad hoy impuesta por las redes sociales o si, como gesto de respeto con el otro, en reunión privada, acompañados de un aperitivo y de las remembranzas de mejores épocas compartidas. ¡Vaya usted a saber!

Lo cierto es que la noticia progresó como mecha detonante por variedad de círculos, no solo de izquierda sino también liberales –como apenas es obvio– y de otro carácter, todos concitados por iguales razones y razonamientos, como si no tuvieran diferencia alguna en la manera de encarar el reto de las comunicaciones y de la información en general.

Tal reacción y la ausencia de disconformidad preocupan, por decir lo menos, ya que exteriorizan una vez más una realidad que caracteriza a los sectores que pretenden cambiar la estructura económica, social, militar, política, cultural, del país: su desinterés por la construcción de una política en comunicaciones propia –¡en plena época del Big Data!– de un carácter y una potencia que precisamente impidan que en cualquier momento les quiten la ropa facilitada de manera ‘gentil’ por quienes, contradictoriamente, dicen querer confrontar y desplazar del control del país.

Ese desinterés no es de ahora sino de siempre, con desprecio y desperdicio de la información que reúnen y no procesan las organizaciones sociales –sindicatos y otras– pero que en los últimos 20 años es más notable, toda vez que la información dejó de ser complemento de algo –la política o cualquiera de los vectores sustanciales del gobierno y del Estado– para constituirse en el centro de la sociedad misma –en tanto la atraviesa por todos sus poros–, en factor fundamental para la lucha por la vida y, con ella, en la disputa por la cultura –esencial en cualquier pretensión de verdadero cambio social– y la opinión pública como un todo.

Sorprende que esta realidad perdure en el tiempo y que estos sectores depositen su posibilidad de informarse sobre asuntos del poder, así como sobre sus disputas internas, en una casa editorial que hace parte del corazón del propio poder, como también lo son los pocos diarios con pretensión nacional que aún sobreviven en el país.

Y sorprende, pero al mismo tiempo es incomprensible tal actitud, porque ahora nos encontramos insertos en una revolución industrial de colosal tamaño y que desprende posibilidades de nuevo tipo, para, entre otros asuntos, encarar con éxito un proyecto comunicativo de nuevo tipo, uno del tamaño del sueño que cada proyecto social tenga. Y si esto es así, ¿por qué seguir apegados a la mano de aquellos a quienes se pretende desconocer? ¿Por qué no aprender a caminar por cuenta y riesgo propios?

Estamos ante una fuerte dependencia informativa, histórica y presente, que tiene explicaciones desde la primera de todas: los sectores dotados de vocación por un país distinto no se han apropiado de la realidad que constituye la revolución industrial en curso y sus implicaciones en multiplicidad de planos y órdenes. En efecto, además de las implícitas en lo que aquí abordamos, existe el hecho real de que hoy la información es patrimonio del conjunto humano, información que –bien tratada– permite intuir, deducir y comprender las particularidades del poder y las disputas desatadas a su sombra. Pero aquellos sectores tampoco han construido, como segunda de estas razones, un proyecto político con vocación y sentido propios y que no dependa de los ires y venires de su contraparte sino que se soporte y proyecte, profundamente, en un ideario de largo plazo y que dé cuenta de la totalidad de la estructura sobre la cual está parado, avivado por lo mejor de la historia y las luchas de las generaciones que le anteceden en el territorio nacional, así como de las luchas, los sueños, los idearios, de lo mejor de la humanidad en su conjunto, retomando también de tales experiencias y sueños, alimento ideológico y político.


Así, parece ganar terreno una preocupante incomprensión, acompañada de desinterés, de la revolución industrial en curso, lo que impide percibir que la construcción de un proyecto comunicativo, que otrora demandaba la inversión de un capital imposible para sectores alternos, hoy no bordea las cifras de antaño. Con una potencia mayor: actualmente resulta en alguna medida fácil un proyecto alterno, que de verdad quiera trascender o asuma la integridad de lo comunicativo como bastión para concretar su utopía, o simplemente reconozca que nunca dejará de ser marginal, aferrado a lo ideológico como balso para no desaparecer, pero con altas posibilidades de convertirse en referente.

Miremos el panorama. Hasta hace poco, para construir comunicación era necesario definirse por un segmento de la misma: escrita (periódicos, revistas y similares), visual (televisión y cine), oral (radio). Esos eran los sectores en que antes se podía incursionar, y cada uno por separado. Desde hace años, esto dejó de ser así. Hoy es posible –mucho más que factible, para ser enfáticos– irrumpir de manera simultánea e integrada en estos tres sectores de la comunicación, pero además como extensión de los mismos o vehículo para concretarlos, en redes sociales, la producción de libros, así como la materialización de una política educativa de índole masiva, todo esto como lo más evidente, y todo ello al mismo tiempo, si así se pretende, y de manera colectiva, además, como concreción de un sueño de nueva sociedad que demanda cooperación y complementariedad, dejando atrás los afanes protagónicos, competencia y sed de ganancia. Claro, así ha de ser si de verdad se pretende construir un proyecto diferente de comunicación.

Tenemos ante nosotros todo un mar de posibilidades, factible de acometer, sin necesidad de grandes edificios y grandes máquinas o equipos físicos. Y esas posibilidades se pueden asumir en una misma edificación (casa, bodega, oficina), en forma descentralizada (varios equipos humanos, cada uno de ellos desde lugares diferentes), entrelazados vía chat o similar. ¿Qué es lo determinante a la hora de afrontar este reto? Sencillo: el proyecto por liderar debe tener sentido propio –de país, región, mundo–, así como sentido histórico –de tiempo.

Un proyecto así, por sus demandas técnicas –unos cuantos computadores, cámaras de video, software para edición–, es factible de ser encarado por cualquier grupo social y político que lo pretenda. ¿Qué es lo fundamental al tomar esta decisión, como segunda demanda por resolver? Es claro: el conjunto humano que afronte y lidere el reto, el cual, sin duda alguna, es el sine qua non que habrá de resolver las dificultades, en este aspecto como en cualquier otro que se encamine hacia el cambio social.

Formar un equipo humano es la principal de las labores por desarrollar, de modo que con toda conciencia logre apropiarse del momento, las posibilidades que le rodean, el territorio que habita, las formas de ser y relacionarse de quienes allí viven, sus demandas, aspiraciones, sueños y disposiciones, simultáneamente con un amplio bagaje cultural que le permita moverse con libertad por la filosofía, la sociología, la antropología y las más diversas ciencias sociales, tanto con raíz de antaño como de reciente surgimiento. La comprensión de su tiempo habrá de permitirle la operación de las nuevas tecnologías, adentrándose y ganando solvencia en el manejo de software libre y web profunda, proponiéndose en todo momento la necesaria autonomía ante el software comercial, desde la conciencia de que ahora todo está controlado y bajo sospecha, además de que todos los programas tienen puertas traseras desde donde el poder existente puede llegar a conocer los quehaceres de los grupos contraculturales, por lo cual también pueden explosionarlos cuando así lo defina quien está interesado en controlar y dominar.

En la realización de estas finalidades, no es exigible la garantía de cada una de las personas que integran el equipo social y político comprometido en tal propósito. Debemos tener claro que el trabajo ha de estar fundamentado en la acción del conjunto humano como equipo y no simplemente como agregado físico y sin unidad. Un proyecto histórico depende de la complementariedad de quienes lo integran y no de la virtud de alguno de sus líderes.

Justo en esa lógica se ha movido el proyecto comunicacional que lleva por nombre desdeabajo, no ahora sino desde hace dos décadas, cuando en el año 2000 realizamos el foro “La prensa se hace a diario y entre todos”, propuesta que no logró recepción positiva, como tampoco la consiguió años después la propuesta de constituir, entre el conjunto social por el cambio, un Sistema Nacional de Comunicaciones Alternativo (Snca). Esas propuestas han carecido de la necesaria fuerza social que rompa el enconchamiento, el protagonismo y la incomprensión del momento histórico que estamos viviendo. Tal incomprensión por parte de las fuerzas alternativas nos lleva a seguir vistiéndonos con la ropa que nos presta el establecimiento, el mismo que decide cuándo dejarnos desnudos.

 

Periódico desdeabajo Nº258

 

 

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Domingo, 30 Junio 2019 16:24

¡Desnudos!

¡Desnudos!

Como en el refrán, así anda la izquierda en política comunicativa. En días recientes, decenas de opinadores de este perfil ideológico, regulares en las redes sociales, no cesaron de expresar su inconformidad y su desconcierto una vez conocido el despido de Daniel Coronell de la revista que por años acogió sus escritos (Ver pág. 6). “Censura” era uno de sus razones para explicar la cancelación de las funciones del periodista. A renglón seguido estaban, en otro plano, la manifiesta preocupación por las denuncias en contra del uribismo y otros comentarios sobre el establecimiento que ya no circularían de manera regular.

“Desnudos” de información, así se sentían o al menos así dejaban traslucir en sus correos y trinos quienes lamentaban la decisión de los propietarios de la revista. ¿Quién podía suplirles ahora lo que regularmente brindaba el cesado? No se equivoca el refrán de marras cuando sentencia que “Al que de ajeno se viste en la calle le desnudan”.

Es una sentencia del saber milenario plenamente comprobada en esta ocasión, cuando aquellos que siempre han integrado la cúspide del poder nacional deciden, como lo permite la propiedad de una empresa –en este caso una casa editorial–, zanjar las diferencias que puedan tener con uno de sus empleados informándole –no se sabe si con la formalidad del sobre sellado o si con la informalidad hoy impuesta por las redes sociales o si, como gesto de respeto con el otro, en reunión privada, acompañados de un aperitivo y de las remembranzas de mejores épocas compartidas. ¡Vaya usted a saber!

Lo cierto es que la noticia progresó como mecha detonante por variedad de círculos, no solo de izquierda sino también liberales –como apenas es obvio– y de otro carácter, todos concitados por iguales razones y razonamientos, como si no tuvieran diferencia alguna en la manera de encarar el reto de las comunicaciones y de la información en general.

Tal reacción y la ausencia de disconformidad preocupan, por decir lo menos, ya que exteriorizan una vez más una realidad que caracteriza a los sectores que pretenden cambiar la estructura económica, social, militar, política, cultural, del país: su desinterés por la construcción de una política en comunicaciones propia –¡en plena época del Big Data!– de un carácter y una potencia que precisamente impidan que en cualquier momento les quiten la ropa facilitada de manera ‘gentil’ por quienes, contradictoriamente, dicen querer confrontar y desplazar del control del país.

Ese desinterés no es de ahora sino de siempre, con desprecio y desperdicio de la información que reúnen y no procesan las organizaciones sociales –sindicatos y otras– pero que en los últimos 20 años es más notable, toda vez que la información dejó de ser complemento de algo –la política o cualquiera de los vectores sustanciales del gobierno y del Estado– para constituirse en el centro de la sociedad misma –en tanto la atraviesa por todos sus poros–, en factor fundamental para la lucha por la vida y, con ella, en la disputa por la cultura –esencial en cualquier pretensión de verdadero cambio social– y la opinión pública como un todo.

Sorprende que esta realidad perdure en el tiempo y que estos sectores depositen su posibilidad de informarse sobre asuntos del poder, así como sobre sus disputas internas, en una casa editorial que hace parte del corazón del propio poder, como también lo son los pocos diarios con pretensión nacional que aún sobreviven en el país.

Y sorprende, pero al mismo tiempo es incomprensible tal actitud, porque ahora nos encontramos insertos en una revolución industrial de colosal tamaño y que desprende posibilidades de nuevo tipo, para, entre otros asuntos, encarar con éxito un proyecto comunicativo de nuevo tipo, uno del tamaño del sueño que cada proyecto social tenga. Y si esto es así, ¿por qué seguir apegados a la mano de aquellos a quienes se pretende desconocer? ¿Por qué no aprender a caminar por cuenta y riesgo propios?

Estamos ante una fuerte dependencia informativa, histórica y presente, que tiene explicaciones desde la primera de todas: los sectores dotados de vocación por un país distinto no se han apropiado de la realidad que constituye la revolución industrial en curso y sus implicaciones en multiplicidad de planos y órdenes. En efecto, además de las implícitas en lo que aquí abordamos, existe el hecho real de que hoy la información es patrimonio del conjunto humano, información que –bien tratada– permite intuir, deducir y comprender las particularidades del poder y las disputas desatadas a su sombra. Pero aquellos sectores tampoco han construido, como segunda de estas razones, un proyecto político con vocación y sentido propios y que no dependa de los ires y venires de su contraparte sino que se soporte y proyecte, profundamente, en un ideario de largo plazo y que dé cuenta de la totalidad de la estructura sobre la cual está parado, avivado por lo mejor de la historia y las luchas de las generaciones que le anteceden en el territorio nacional, así como de las luchas, los sueños, los idearios, de lo mejor de la humanidad en su conjunto, retomando también de tales experiencias y sueños, alimento ideológico y político.


Así, parece ganar terreno una preocupante incomprensión, acompañada de desinterés, de la revolución industrial en curso, lo que impide percibir que la construcción de un proyecto comunicativo, que otrora demandaba la inversión de un capital imposible para sectores alternos, hoy no bordea las cifras de antaño. Con una potencia mayor: actualmente resulta en alguna medida fácil un proyecto alterno, que de verdad quiera trascender o asuma la integridad de lo comunicativo como bastión para concretar su utopía, o simplemente reconozca que nunca dejará de ser marginal, aferrado a lo ideológico como balso para no desaparecer, pero con altas posibilidades de convertirse en referente.

Miremos el panorama. Hasta hace poco, para construir comunicación era necesario definirse por un segmento de la misma: escrita (periódicos, revistas y similares), visual (televisión y cine), oral (radio). Esos eran los sectores en que antes se podía incursionar, y cada uno por separado. Desde hace años, esto dejó de ser así. Hoy es posible –mucho más que factible, para ser enfáticos– irrumpir de manera simultánea e integrada en estos tres sectores de la comunicación, pero además como extensión de los mismos o vehículo para concretarlos, en redes sociales, la producción de libros, así como la materialización de una política educativa de índole masiva, todo esto como lo más evidente, y todo ello al mismo tiempo, si así se pretende, y de manera colectiva, además, como concreción de un sueño de nueva sociedad que demanda cooperación y complementariedad, dejando atrás los afanes protagónicos, competencia y sed de ganancia. Claro, así ha de ser si de verdad se pretende construir un proyecto diferente de comunicación.

Tenemos ante nosotros todo un mar de posibilidades, factible de acometer, sin necesidad de grandes edificios y grandes máquinas o equipos físicos. Y esas posibilidades se pueden asumir en una misma edificación (casa, bodega, oficina), en forma descentralizada (varios equipos humanos, cada uno de ellos desde lugares diferentes), entrelazados vía chat o similar. ¿Qué es lo determinante a la hora de afrontar este reto? Sencillo: el proyecto por liderar debe tener sentido propio –de país, región, mundo–, así como sentido histórico –de tiempo.

Un proyecto así, por sus demandas técnicas –unos cuantos computadores, cámaras de video, software para edición–, es factible de ser encarado por cualquier grupo social y político que lo pretenda. ¿Qué es lo fundamental al tomar esta decisión, como segunda demanda por resolver? Es claro: el conjunto humano que afronte y lidere el reto, el cual, sin duda alguna, es el sine qua non que habrá de resolver las dificultades, en este aspecto como en cualquier otro que se encamine hacia el cambio social.

Formar un equipo humano es la principal de las labores por desarrollar, de modo que con toda conciencia logre apropiarse del momento, las posibilidades que le rodean, el territorio que habita, las formas de ser y relacionarse de quienes allí viven, sus demandas, aspiraciones, sueños y disposiciones, simultáneamente con un amplio bagaje cultural que le permita moverse con libertad por la filosofía, la sociología, la antropología y las más diversas ciencias sociales, tanto con raíz de antaño como de reciente surgimiento. La comprensión de su tiempo habrá de permitirle la operación de las nuevas tecnologías, adentrándose y ganando solvencia en el manejo de software libre y web profunda, proponiéndose en todo momento la necesaria autonomía ante el software comercial, desde la conciencia de que ahora todo está controlado y bajo sospecha, además de que todos los programas tienen puertas traseras desde donde el poder existente puede llegar a conocer los quehaceres de los grupos contraculturales, por lo cual también pueden explosionarlos cuando así lo defina quien está interesado en controlar y dominar.

En la realización de estas finalidades, no es exigible la garantía de cada una de las personas que integran el equipo social y político comprometido en tal propósito. Debemos tener claro que el trabajo ha de estar fundamentado en la acción del conjunto humano como equipo y no simplemente como agregado físico y sin unidad. Un proyecto histórico depende de la complementariedad de quienes lo integran y no de la virtud de alguno de sus líderes.

Justo en esa lógica se ha movido el proyecto comunicacional que lleva por nombre desdeabajo, no ahora sino desde hace dos décadas, cuando en el año 2000 realizamos el foro “La prensa se hace a diario y entre todos”, propuesta que no logró recepción positiva, como tampoco la consiguió años después la propuesta de constituir, entre el conjunto social por el cambio, un Sistema Nacional de Comunicaciones Alternativo (Snca). Esas propuestas han carecido de la necesaria fuerza social que rompa el enconchamiento, el protagonismo y la incomprensión del momento histórico que estamos viviendo. Tal incomprensión por parte de las fuerzas alternativas nos lleva a seguir vistiéndonos con la ropa que nos presta el establecimiento, el mismo que decide cuándo dejarnos desnudos.

Publicado enEdición Nº258
¿Más libres o más vigilados?, en esta nueva fase del capitalismo el producto eres tú

¿Ha pasado cerca de un centro comercial y recibe en su smartphone publicidad de alguna tienda ubicada en ese establecimiento? ¿Ha descargado música de alguna banda y su red social favorita le “sugiere” que la siga?

 

Uno de los atributos del capitalismo, en esta fase de decadencia, es la capacidad que tiene para hacer sentir libre a la gente más vigilada de la historia. La inteligencia que apellida a cuanto aparato se inventa hoy trae, en letras pequeñas y numerosas, la condición de observar a su usuario. De tal manera que televisores, relojes, monitores para corredores, teléfonos observan a quien hace uso “personalizado” de estos aparatos.

 

¿Delirios de Pedro Carreño?

 

Ah, de aquellos tiempos en los que era un chiste decir que al entonces diputado chavista Pedro Carreño se le ocurrió insinuar que los aparatos de televisión satelital nos espiaban, pocos años después el público se enteró de que televisores inteligentes espiaban las casas de su “dueños”.

La organización WikiLeaks, grupo de ciberactivistas fundado por el australiano Julian Assange, inició en 2017 la publicación de 8 mil 761 documentos procedentes de la unidad de ciberespionaje de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), en la que trabajan unas 5 mil personas.

Refiere la filtración el caso del programa “Ángel que llora” (Weeping Angel), diseñado por las “televisiones inteligentes” de la empresa surcoreana Samsung. “Después de infectar [el aparato], Weeping Angel pone a la televisión en un modo ‘off’ falso”, según la nota de prensa colgada por WikiLeaks en su web. Cuando está en modo “off” falso, la televisión parece apagada, pero no lo está. En vez de eso, “graba las conversaciones en la habitación y las envía a través de Internet a un servidor secreto de la CIA”.

Cuando en 2015 Samsung lanzó en Estados Unidos sus “televisores inteligentes”, con el eslogan “La tele nunca ha sido tan lista”, el gigante coreano ya advertía en el manual de instrucciones que “el dispositivo puede capturar órdenes orales” que Samsung podría “recolectar” y “transmitir (junto con información acerca del dispositivo, incluyendo la identificación de éste) a terceros”, incluso en el caso de que esos datos incluyeran “información personal o sensible”.

En la última generación de iPhones, Siri, el famoso asistente online de Apple, escucha siempre lo que se dice a su alrededor y lo envía a la sede de la empresa. Lo mismo que Alexa, el rival de Siri de Amazon.

 

Más capitalismo, pero ahora “de vigilancia”

 

Lo que algunos autores han bautizado como “capitalismo de vigilancia” es una fase del capitalismo en la que los medios de producción son las vidas personales y reposan sobre la infraestructura digital, ya no sobre un dueño concreto; la mano de obra es el usuario de aplicaciones, las propias vidas humanas (cuyo sentido es poder comprar, mayoritariamente) son los medios de producción que generan la verdadera materia prima: los datos personales.

Impuesto como un manto, ya el capitalismo no se basa solamente en la fuerza de trabajo de la clase trabajadora sino en la información que aporte cada individuo respecto a su sistema de toma de decisiones para votar, comprar, etc.

Bajo esta faceta del capital no solo se trata de concentrar capital, tierra y fuerza de trabajo sino datos personales como llave para amplificar dicha concentración sin dar la cara, al ejercer el monopolio del negocio digital de marcas como Google, Facebook, Apple y Amazon, que suman a todo tipo de compañías del entorno tradicional a su forma de hacer negocios.

 

Fórmula Google: Saber lo que te gusta (o no)

 

La fórmula Google tiene en su génesis a Sheryl Sandberg, encargada de la publicidad online, quien llegó a la conclusión de que combinando la información derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios, podían ofrecer un análisis muy interesante para que, con una predicción de quién necesitaba o deseaba qué, el anunciante supiera a quién dirigirse y qué venderle.

De esto habló,en una entrevista con la BBC Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School quien acuñó el término “capitalismo de vigilancia”.

Se diseminó entonces el modelo mediante el cual los datos se convirtieron en fuente de riqueza debido a que facilitaban las predicciones sobre comportamientos, lo que se traduce en ventas para anunciantes, aseguradoras, almacenes y hasta partidos políticos. Fue así como entre 2001 y 2004, los ingresos de Google crecieron casi un 3.600% y, a partir de marzo de 2008 cuando Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, se implanta el mismo modus operandi exitoso para las minorías megamillonarias.

En el negocio de las predicciones, cuya herramienta es el Big Data, la mano de obra es gratis; se trata de una minería en la que se extraen comportamientos, hábitos, deseos, miedos, sueños, proyectos, dudas… para ser vendidas a partir de un mito: el consentimiento del público poseedor.

Quien desea descargar algún contenido o programa gratuito acepta unos términos sin haberlos leído en profundidad o extraviado en una inaccesible jerga legislativa, técnica y conceptual, sus datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocerle mejor y obtener un perfil de cómo es el usuario.

“Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics.

 

Entre la adicción y el juego: La eterna adolescencia

 

Hay más. Llaneza agrega que “las aplicaciones están basadas en un inteligentísimo sistema de adicción y gamificación. Diseñan esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”.

Lograda la adicción, parece prácticamente imposible negarse a ceder la vida personal a cambio de la app del momento. Considera la experta que las personas no son inconscientes sino adictas, y que viven en un estado de infantilización ante la tecnología.

El modelaje de la adolescencia eterna, esa en la que se asocia juventud y consumo, y consumo con eternidad, desemboca en una fiebre que consiste en querer formar parte de lo último, recibir atención y no perderse de nada, de ahí que aplicaciones de moda como aquella que convertía rostros en obras de arte terminan creando modelos para el reconocimiento facial y sirviendo a la inteligencia artificial para que, en el futuro, le sean violados a las personas los derechos a la privacidad o a ser admitidos en algún sitio.

El engaño es doble: cuando el usuario entrega sus datos a cambio de servicios aparentemente inocentes, y cuando esos datos son después utilizados para elaborar un perfil cuya utilidad no solo pareciera ser comercial.

El ciclo de la adicción se intensifica mediante otra clave: la gratuidad de los servicios. Las apps gratuitas logran captar usuarios cual anzuelo y, a través de ellas, comienza la extracción de datos y, con ellos, la acumulación de comportamientos se convertirán en predicciones listas para ser transformadas en dinero.

 

¿Más libres o más vigilados?

 

Sistemas combinados de uso entre gadgets (equipos personalizados) recopilan datos que quedan guardados y se mezclan con los datos extraídos del smartphone para reportar un conocimiento de cada usuario desde diversos ángulos, que incluyen el entorno familiar. La conexión total se ha convertido en vigilancia total pero se vende (y experimenta) como libertad.

Analizando el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad en su libro La expulsión de lo distinto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, dice:

“En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”.

Agrega que la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”.

Por lo tanto, no es el mismo sistema represivo de la sociedad disciplinaria: en la actualidad somos teledirigidos en función de nuestra misma aspiración social expresada en posts, tweets, etc. Alimentar ese ya no tan nuevo modo de producción tiene su costo para muchos y ganancia para pocos.

 

(Tomado de Misión Verdad)

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Ingenio y tecnología: las tácticas de los jóvenes en las protestas de Hong Kong

Los manifestantes se inspiran en el Movimiento de los Paraguas de 2014, pero son más conscientes de los riesgos que hoy implica una movilización a cara descubierta

 

 

“Dame tu teléfono. ¿Tienes Telegram? Cambia esto en los ajustes de privacidad. Elimina las conversaciones. Quita estos símbolos”, recomienda Rick, uno de los miles de jóvenes que el miércoles pasado rodeó el Parlamento de Hong Kong para protestar contra el proyecto de ley de extradición. Hace cinco años, los estudiantes hongkoneses que rodearon la sede de su parlamento autónomo durante tres meses en el llamado Movimiento de los Paraguas, no tenían ningún problema en divulgar su cara y sus datos personales. Hoy, ellos y sus hermanos menores, protagonistas del nuevo movimiento de protesta contra la creciente influencia de China en el territorio autónomo, son mucho más cautos. Son mucho más conscientes de los beneficios, pero también los riesgos, del uso de la tecnología. Pero tan ingeniosos como entonces, o más, a la hora de movilizarse.

“No nos ha quedado otro remedio”, explica “Yip”, un veterano del Movimiento de los Paraguas que hoy es profesor auxiliar en una de las mejores universidades de Hong Kong, y que el miércoles estuvo entre las primeras líneas de manifestantes. “No podemos votar. El gobierno no nos escucha, aunque salgamos a la calle un millón de personas como el domingo pasado, porque está más pendiente de lo que digan en Pekín. Solo nos queda organizar protestas, y en esto nos hemos convertido en expertos. Los jóvenes de Hong Kong, quizá, no saben mucho de cosas como Historia y Literatura, porque nuestro sistema educativo no lo considera importante. Pero pregunta a cualquier chico de 18, 20, 25 años: todos tienen nociones de guerrilla urbana”.

La experiencia acumulada en los casi tres meses en que el Movimiento de los Paraguas ocupó las calles del centro de Hong Kong les sirvió para aprender de logística: en las concentraciones del miércoles era notable la coordinación entre líneas, la rapidez con la que se establecieron puestos de avituallamiento y la eficacia en el abastecimiento. Simplemente moviendo los brazos, los chicos de delante podían hacer saber a la retaguardia si necesitaban comida, agua o material de protección. Un sistema de relevos encadenados se lo proporcionaba en cuestión de segundos. Los desechos volvían de la misma manera a la base para ir a la basura, o al reciclaje.

A diferencia de la de 2014, esta movilización carecía de líderes. Simplemente, los participantes se fueron poniendo de acuerdo a través de la aplicación de mensajería encriptada Telegram, que permite crear canales y grupos que fueron coordinando y comunicando información en tiempo récord. “Todo se organizó en unas pocas horas”, recuerda “Yip”. “No había unos líderes que se tuvieran que poner de acuerdo entre ellos sobre lo que queríamos. Eso estaba claro: la retirada del proyecto de ley de extradición. Además, las redes de mensajería nos permitieron compartir información y consejos de manera mucho más eficaz que hace cinco años”.

“Lo llamamos la estrategia de las arañas, tendiendo redes en Internet para envolver al tigre”, en este caso el gobierno autónomo de Hong Kong o incluso la propia China, apunta este manifestante. Como muchos de ellos, no quiere facilitar más que un apodo y se niega a difundir su imagen, para evitar represalias.

En cuestión de apenas unas horas, desde la medianoche a primeras horas de la mañana del miércoles, decenas de miles de jóvenes -muchos muy jóvenes, aún en edad escolar- habían rodeado el Parlamento, pertrechados con cascos contra las porras, plásticos contra la humedad, y gafas de buceo contra los gases lacrimógenos.

Pero, además, esta vez, la gran mayoría llevaba mascarillas y evitaba dar su nombre, para evitar ser reconocidos. Para llegar y marcharse de la zona de las manifestaciones, en lugar de la tarjeta de metro -la omnipresente Octopus, con la que se puede pagar en muchos otros comercios, pero que revela en qué estación se utilizó-, compraban billetes individuales. Después de la disolución por la fuerza por parte de la Policía, comenzaba un apagón digital: unos a otros se recomendaban cómo eliminar cualquier rastro en el teléfono o en internet, qué decir para justificar visitas a Urgencias, o cómo obtener asesoría legal en caso de ser detenidos.

Es algo, alegan “Yip” y otros varios manifestantes, que aprendieron del Movimiento de los Paraguas. Entonces, aunque los juicios no llegaron hasta años después, los líderes de aquella protesta quedaron todos fichados y muchos cumplen hoy penas de cárcel. Un destino que no quieren imitar. Especialmente, puntualizan, si se acaba aprobando la ley de extradición contra la que protestan. En ese caso, China podrá pedir la entrega de cualquier crítico, con la excusa de una acusación cualquiera. Y si Hong Kong la concede -afirman-, quién sabe qué pasaría del otro lado de la frontera, bajo un sistema legal supeditado al poder del Partido Comunista.

Entre sus motivos para la sospecha, alegan, el hecho de que la propia aplicación de mensajería encriptada Telegram, la preferida en estas protestas, denunciara que el miércoles sufrió un “potente ataque” desde ordenadores en China para interrumpir su servicio. Dos de los 81 heridos en las cargas policiales del miércoles fueron detenidos en el hospital.

Para este domingo está convocada una nueva gran manifestación de protesta para exigir la retirada del proyecto de ley de extradición, que por primera vez permitirá entregar sospechosos a China. Pese a las negativas del gobierno local, muchos hongkoneses temen que se emplee por motivos políticos y que acabe diluyendo la libertad de asociación o de expresión que representan una de las marcas de identidad de Hong Kong frente al resto de la China continental. Los participantes en la movilización del miércoles aseguran que asistirán.

Por Macarena Vidal Liy

Hong Kong 14 JUN 2019 - 14:51 COT

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Lars Wehring : “La tecnología hace que nuestra vida sea predecible y dirigida”

No tiene smartphone y sus equipos informáticos se limitan a un pequeño ordenador portátil con Linux. El activista Lars Wehring cree que no se puede separar el capitalismo de la tecnología

 

“No rechazo la tecnología pero quiero mantener mis secretos a salvo”, comenta el físico e investigador alemán Lars Wehring (Wuppertal, 1969) al explicar por qué no tiene smartphone y sus equipos informáticos se limitan a un pequeño ordenador portátil con Linux. Activista del colectivo Capulcu (Vagabundo, en turco), que surgió en 2013 en seis ciudades alemanas para mantener nuestro futuro no escrito y que los adelantos tecnológicos no conviertan en autómatas nuestras vidas, Wehring ha participado en Bilbao en las jornadas “Kapitala ala bizitza” (Capital o vida), organizadas por Komite Internazionalistak.

Desde Capulcu habláis de ataque tecnológico en lugar de progreso.


Estamos convencidos de que vivimos algo más que un desarrollo tecnológico y además de que no es neutral. Durante la segunda revolución industrial se inventó la cadena de montaje, que no fue algo casual sino intencionado. Taylor quería acabar con la autonomía de los trabajadores. Ahora estamos viviendo lo mismo con la inteligencia artificial. El proceso de innovación tecnológica no es casual sino intencionado y está cambiando la sociedad. Por eso lo llamamos un ataque tecnológico.

La tecnología no es neutral. Y no solo por cómo se usa.


El uso de la tecnología y su desarrollo no se pueden separar, están intrincados. Si queremos, podemos interpretar la historia de la tecnología como algo neutral pero no vamos a entender las dinámicas de sus innovaciones, todo lo relacionado con el poder que está inscrito en ese proceso de innovación. Por eso digo que no podemos entender la historia de la tecnología si hablamos de que es neutral o de que depende de cómo la usemos.

Habéis publicado ya tres libros. El último, en octubre, y de momento solo en alemán, se titula Delete (Borrar). ¿Es esa la solución, borrarse de las redes sociales?


No, no. Tenemos que borrar mucho más que nuestro perfil de Facebook. Se trata de borrar nuestras dependencias de la tecnología. Dejar de ser unos simples usuarios de estas tecnologías.

En este sentido, apostáis por la autodefensa digital.


Ese fue nuestro punto de partida. Comenzamos por ahí en el 2013, cuando Edward Snowden reveló la manera de funcionar de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense. Tuvo que escapar y para mantener a salvo su integridad y el contacto con los periodistas utilizó un sistema operativo muy duro y hermético. Esa fue nuestra primera tarea, escribir un manual sobre este sistema operativo blindado para que lo puedan utilizar los activistas, periodistas y abogados de izquierdas. Entonces descubrimos que eso era necesario pero no suficiente y pasamos a los tres libros que ya hemos publicado: Disrupt (Interrumpir), Disconnect (Desconectar) y Delete (Borrar). Y comenzamos a construir un discurso más político que el de la simple autodefensa.

Hablando de política, ¿se puede liberar a la tecnología del capitalismo?


Estaría bien que pudiéramos desconectar la tecnología del capitalismo pero creo que esta idea es falsa. No se puede quitar la parte capitalista de la tecnología.

Entonces, ¿tampoco se puede hablar de una tecnología anticapitalista?


No. Hay que analizar la forma en la que utilizamos la tecnología y ahí sí que se puede decir quizás que exista una manera anticapitalista. Es interesante mirar a Chile, con Salvador Allende. Inventaron un sistema cibernético para organizar a las doscientas empresas más importantes del país. Su idea era hacer una especie de socialismo cibernético. Podemos pensar que esto es una versión anticapitalista de la tecnología pero incluso en esta interpretación socialista de la cibernética había investigadores que tenían en mente usar esa tecnología para controlar a las personas, al pueblo. Por eso pienso que es difícil darle incluso un uso anticapitalista a la tecnología.

Todo lo relacionado con los avances tecnológicos tiene muy buena prensa y la gente aún lo percibe de manera positiva.


Sí, aunque está cambiando, sobre todo en relación con Facebook, Google y Amazon, que están teniendo problemas para mantener su buena reputación. Ha habido recientes escándalos por el mal uso de los datos que manejan estas empresas y los usuarios estamos volviéndonos cada vez más escépticos. Estamos pasando de pensar que es un escándalo singular o puntual a que quizás sea un problema del modelo de negocio en sí mismo que tienen estas empresas, que al final lo que hacen es vender nuestros datos. La gente está comenzando a entender que se trata de un escándalo permanente.

¿Y cómo se posiciona la izquierda en este tema?


Es una cuestión interesante porque la mayoría de los activistas de izquierdas están utilizando constantemente estas tecnologías y al mismo tiempo criticando el uso que se les da. Y cuando se les confronta por ello te llaman primitivista. No quieren mantenerse apartados de esta tecnología pero al mismo tiempo demandan más análisis político sobre ella.

La empresa Facebook ofrece a través de su aplicación móvil “Free basics” acceso gratuito a sitios webs con la idea de favorecer el uso de internet en algunos países en desarrollo.


Eso es neocolonialismo y los propios pueblos lo sienten y perciben así. Y por eso lo rechazan. Sobre todo, en India. En 2015 hubo un gran movimiento contrario al paquete “Free basics” que da acceso gratuito a cuarenta páginas de internet, a las páginas que Facebook quiere, por supuesto. Y la gente en India denunció que se trataba del viejo colonialismo que ya habían sufrido. Y a raíz de las protestas, Facebook tuvo que retirar su oferta allí en febrero de 2016.

Volvamos la vista atrás. Hacéis un paralelismo entre los almacenes de Amazon y las fábricas de producción en cadena de Ford de comienzos del siglo XX. ¿Por qué?


La cadena de montaje es la versión antigua de la herramienta para apropiarse de la habilidad de los trabajadores para organizarse por sí mismos, por su cuenta. La nueva versión, a día de hoy, es el escáner manual con el que se recogen y seleccionan los paquetes en los grandes almacenes logísticos de Amazon. Este escáner monitoriza la posición de los productos en el almacén pero también registra dónde se encuentra en cada instante cada trabajador, a qué hora manipula cada paquete, el tiempo que tarda… así que puede medir la velocidad a la que trabajan los operarios. La máxima de Amazon es que los trabajadores no pueden estar por debajo de la media de rendimiento de la empresa. Y todo el mundo se da cada vez más prisa para lograrlo aunque nadie sabe cuál es esa media. Esta autooptimización es la nueva versión de la cadena de montaje.

La asistencia digital lo ocupa todo. Incluso en nuestra vida cotidiana parece difícil ya pasar un día sin recurrir a Google. ¿Terminaremos convirtiéndonos en bots?


Eso es justo lo que actualmente están midiendo los sociólogos, si nuestro comportamiento es cada vez más robotizado y hasta dónde podrá automatizarse. Con la asistencia digital, basada en la inteligencia artificial, no solo obedecemos sino que nos uniformizamos y volvemos menos individuos.

Alibaba, la empresa líder en comercio electrónico del planeta, utiliza desde hace tiempo en su aplicación móvil Alipay –la principal plataforma electrónica de pagos en China y en el mundo– el sistema de crédito social, un baremo para calificar el comportamiento de los usuarios y la confianza que merecen. Esta puntuación la calcula un algoritmo que se supone tiene en cuenta nuestras compras pero también, por lo que parece, otros datos relativos a nuestras multas, créditos bancarios o informes de salud. ¿Qué consecuencias puede tener para nuestras vidas que las empresas utilicen estos sistemas de puntuación social?


Hacen que nuestra vida no solo sea predecible sino también guiable, dirigible. Y esto es algo que además crea muchísima dependencia y destruye nuestra autonomía. Es por lo que nosotros lo combatimos tan duro como podemos. El sistema chino de crédito social es el instrumento perfecto para manipular realmente los pensamientos y hábitos de la gente. Si yo no tengo suficientes créditos en este sistema, mi cifra es pequeña, me saldrá más caro alquilar un piso, utilizar el tren de alta velocidad, conseguir un billete de avión para vuelos intercontinentales o un puesto de trabajo para el Estado. Las consecuencias son severas solo por no tener suficientes puntos. Así que terminaremos haciendo lo necesario para lograrlos. Nos guste o no somos obligatoriamente dependientes de este número.

De momento, este sistema lo usan ya algunas empresas y el gobierno chino tiene previsto instaurar un carnet cívico público y obligatorio inspirado en él que podrían luego copiar también otros países.


Tengo miedo de que así sea. La respuesta de Google con su “Book of life” es muy similar, va por esa línea. Sin entrar en muchos detalles, la ideología del conductivismo viene a decirnos que el mundo es demasiado complejo así que tenemos que obedecer a nuestros expertos, que ellos nos van a decir cómo vivir. Y esta ideología está en la base de este sistema. Tenemos que combatir esta ideología porque es muy dura. No se trata de combatir solo la tecnología sino la ideología que transmite y esto es mucho más difícil.

¿Cómo se hace?


Tenemos que rechazar este sistema pero no lo podemos hacer de forma individual sino colectiva. El rechazo individual implica colocarnos fuera de la sociedad. De forma colectiva podemos cambiar la opinión pública y esto afectaría también a la aceptación de estos sistemas. Por otra parte, podemos sabotear el funcionamiento de estos sistemas. En Berlín, por ejemplo, la gente ha destruido físicamente, ha quemado, instalaciones y conexiones de internet con la idea de desconectar el flujo de datos necesarios para que el capitalismo funcionara.

Lo que más preocupa a las empresas es su reputación social.


Las empresas tiene miedo a la opinión pública porque la reputación es la base para que la gente utilice sus productos. Ese es su punto más débil. Revelar las condiciones laborales de mierda en Amazon, la visión antisocial del futuro que tiene Amazon, es nuestra mejor opción para combatir y reducir su reputación aún más.

Si las quejas contra alguno de sus productos amenaza su reputación son capaces de retirarlo.


Este fue el caso de Google, en 2014, cuando sacaron al mercado sus Google Glass, las gafas inteligentes para googlear todas las cosas que vemos. Como hubo una gran resistencia en contra, Google las sacó del mercado porque, según reconoció, no estábamos suficientemente preparados para este avance y había que esperar. Ahora está desarrollando otras Google Glass 2.0. Nosotros somos muy escépticos y cuando las saquen otra vez al mercado vamos a seguir combatiéndolas y atacando a la gente que las use. La resistencia permanece y por eso Google de momento solo utiliza estas gafas en la industria automovilística pero no en el espacio público.

Da mucho miedo el futuro que se adivina tras todos estos avances. ¿Cómo se combate ese miedo?


Deberíamos mantener nuestras estructuras de solidaridad, tanto analógicas como digitales, porque son incompatibles con la forma de pensar de Facebook, que nos presiona para aislarnos como individuos en sus sistemas predefinidos de comunicación y vida. Nuestras estructuras sociales son la mejor forma de mantener la esperanza en contra de este distópico futuro.

Vivimos en una especie de cárcel digital en la que todo lo que hacemos está controlado, vigilado.


El panóptico digital no solo es represivo, tal y como veíamos en la obra “1984”, de George Orwell, sino que es también seductor. Si comparamos el viejo panóptico, esa torre central de vigilancia de las prisiones del siglo XVIII, y el de ahora, vemos que el de antes es mucho más represivo y el de ahora, mucho más seductor. Somos nosotros mismos quienes damos los datos sobre nuestros gustos, preferencias, dónde estamos, relaciones personales… En la novela “1984” había palabras que estaban prohibidas y ahora no hay nada prohibido, te seducen todo el rato para que lo entregues todo voluntariamente.

El escritor George Orwell vaticinó en su famoso libro que el Gran Hermano llegaría cuarenta años después. ¿Cómo ves nuestro mundo tecnológico dentro de diez?


Tengo también una visión distópica del futuro. Un montón de gente va a ser completamente dependiente de las estructuras de poder basadas en la tecnología. Sin embargo, va a haber un creciente número de disidentes, bien porque estén en contra críticamente o porque no tengan materialmente capacidad de utilizarlo, que van a desconectarse de este sistema de las tecnologías. Por ejemplo, habrá gente que no va a poder ser partícipe del sistema público de salud porque va a estar tan tecnologizado que no van a poder interactuar con él. Por eso, será importante crear un proceso colectivo para que esta gente expulsada del sistema sanitario tenga su propio sistema de salud alternativo. Algo así como lo que vimos en 2008 en Grecia. El sistema público griego de salud quebró pero en diferentes barrios la gente se organizó para tener su propio sistema de salud.

Y tú, ¿qué estarás haciendo en 2029?


Andaré en algún lugar de Europa tratando de organizar de alguna manera estas resistencias y procesos de autogestión.

2019-06-10 06:41:00

Sábado, 08 Junio 2019 09:14

Amenazas de las redes 5G

Amenazas de las redes 5G
Las nuevas redes de conectividad con tecnología 5G conllevan riesgos sin precedente para la salud y el medioambiente, la vida humana, animal y vegetal. Siendo éste un aspecto fundamental, por el cual no debería permitirse su expansión, es solamente uno de los muchos problemas que implica su desarrollo. Son un elemento crucial de grandes transformaciones –mayoritariamente negativas– en múltiples aspectos de la vida económica, política y social de los países. Afectarán radicalmente la producción de servicios y el comercio internacional, y proveerán nuevas formas de vigilancia y control, todo ello centralizado en manos de unas cuantas empresas trasnacionales y algunos gobiernos. Tanto para China como para Estados Unidos, la expansión de tecnología 5G es una política de gobierno, lo cual es trasfondo del bloqueo a Huawei, ya que China está más avanzada en su desarrollo.

Las redes 5G, llamadas así por ser la quinta generación de redes de comunicación inalámbrica, prometen ser notablemente más rápidas y con más capacidad de trasmitir datos (mayor ancho de banda), por lo que podrían cubrir una cantidad mucho mayor de conexiones en el mismo espacio. La idea es aumentar la velocidad de descarga hasta 20 veces más rápido que con las actuales redes 4G. La tecnología 5G no es sólo un desarrollo de las anteriores. También cambia la frecuencia de onda con que se transmite. Agrega una frecuencia de ondas milimétricas mucho más cortas que las anteriores y con una densidad mucho mayor. Como su rango de alcance es significativamente menor, para que sustituya a las redes actuales y expanda su potencial, sería necesario instalar una enorme cantidad de antenas de rangos cortos, cada 100 metros (10-12 casas) en zonas urbanas. Éstas estarán a su vez conectadas a una densa red de miles de satélites de baja altura, por lo que sus promotores aseguran que podrían conectar cualquier área en el planeta y que no sufrirán cortes de transmisión.

Esta capacidad de conectar más dispositivos a las redes inalámbricas hará dar un salto cuantitativo al Internet de las cosas, que se refiere a las conexiones inalámbricas entre todo tipo de aparatos industriales y domésticos –teléfonos, computadoras, pantallas, cámaras que nos ven; máquinas de café, estufas, refrigeradores, camas y otros muebles inteligentes; autos y dispositivos de salud. Todo ello conectado a nuestros expedientes médicos, laborales, crediticios, educativos, hábitos de consumo, actividades de tiempo libre, etcétera. También en entornos abiertos o plazas comerciales, centros educativos y de atención pública será posible una multiplicación exponencial de sistemas de conectividad, vigilancia, rastreo e identificación, enmarcados en las llamadas ciudades inteligentes, con una multiplicación de drones y vehículos no tripulados para servicios, entregas y vigilancia.

Todo esto representa una invasión de espacios, mentes y cuerpos como nunca antes habríamos podido imaginar, siendo además una fuente inagotable de datos sobre nosotros y el cuerpo social para vender a empresas de seguros, de medicamentos y muchas otras mercancías, e incluso a entidades políticas y de manipulación electoral, como explica Sally Burch (https://tinyurl.com/yapm9kzp)

Junto con ello aumentará exponencialmente la exposición a radiaciones electromagnéticas de las personas y todo ser vivo, tema ya pendiente con las redes de comunicación existentes. Sobre estas últimas existen numerosos estudios que muestran los riesgos de la radiación relacionada con el uso de teléfonos móviles y Wifi. El Consejo de Europa, por ejemplo, declaró desde 2011 (EC, resolución 1815) que se debería informar al público sobre los riesgos, bajar el nivel de frecuencias permitidas, limitar las conexiones inalámbricas y sustituirlas por conexiones cableadas en escuelas, bibliotecas y lugares públicos, porque el riesgo es mayor para niñas y niños. (https://tinyurl.com/y69tmx52)

Una serie de estudios científicos refieren que estas radiaciones electromagnéticas producen estrés celular, daños genéticos y en el sistema reproductivo, déficit de atención y aprendizaje, trastornos neurólogicos y, por conjunción de varios factores, potencialmente cáncer. Intervienen además los sistemas de orientación de aves, abejas, hormigas y ranas, entre otros animales que han sido estudiados. Katie Singer, autora del libro Una primavera silenciosa electrónica, da cuenta de varios de esos estudios también sobre impactos en humanos (www.electronicsilentspring.com ).

No obstante, la densa red de microondas milimétricas y capa de radiación electromagnética a que nos expondrían la instalación masiva de redes con tecnología 5G no tiene precedente. Tanto por el tipo de ondas, el aumento de la cantidad de aparatos emisores y receptores, por la continuidad y asiduidad de uso, por la red satelital para comunicarlos entre sí y por el proyecto de expansión a todas los rincones del planeta. Por todo ello, un grupo de médicos y científicos de varios países comenzaron un llamado internacional dirigido a Naciones Unidas, con referencia a varios estudios, para detener el despliegue de estas redes (www.5gspaceappeal.org). Urge conocer y ampliar el debate, pues hay demasiado en juego.

 

* Investigadora del Grupo ETC

La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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