Decodifican lenguaje de las abejas de miel; permitirá mejorar su nutrición

Científicos de Virginia Tech decodificaron el lenguaje de las abejas de la miel, de tal manera que permitirá interpretar las comunicaciones altamente elaboradas y complejas de los insectos.

En un artículo en Animal Behavior, los investigadores presentan una calibración universal, o para los aficionados a la ciencia ficción, un pez de babel, que traduce las comunicaciones de las abejas por medio de subespecies y paisajes.

Al descifrar los mensajes instructivos codificados en los movimientos de los insectos, llamados bailes automáticos, el equipo al frente de esta investigación espera conocer mejor los alimentos preferidos de los invertebrados y la ubicación de estas fuentes de los mismos.

"Antes de que podamos alimentar a los polinizadores, necesitamos saber cuándo y dónde necesitan comida. Debemos descifrar las danzas", señaló Roger Schürch, autor principal del artículo. "Entonces, este es un primer paso fundamental". Los investigadores analizaron los bailes de 85 abejas marcadas de tres colmenas.

Resulta que las transmisiones de las abejas de miel tienen repercusiones agrícolas, ambientales y económicas. Se estima que un tercio de los alimentos para humanos en Estados Unidos depende de las abejas y otros polinizadores. En términos monetarios, los polinizadores apoyan los rendimientos de los cultivos y los ecosistemas agrícolas y se cree que contribuyen anualmente con una cantidad estimada de 24 mil millones de dólares a la economía de Estados Unidos.

Los investigadores examinan el comportamiento de los polinizadores en diferentes paisajes para determinar dónde y cuándo plantar alimento adicional para ellos, lo que podría tener el impacto más positivo en la nutrición y salud de esos insectos.

La convergencia digital según Duque. En nombre de los pobres, gana Slims, Netflix, Apple

Describir las experiencias sobre los mundos digitales siempre será un acto inútil, ya que lo digital se mueve de modos que es imposible alcanzarlo: las creaciones estéticas, las experimentaciones de formatos y las expansiones narrativas van siempre más allá de nuestras teorías políticas, ensayos académicos y políticas públicas. Por eso, las leyes de convergencia digital deben ser más abiertas, imaginativa e incluyentes. Y eso es lo que le falta a los gurús TICs de Duque, ya que favorecen a los empresarios como Slims y Ardilla Lulle a costillas de lo público, se olvida de la soberanía nacional audiovisual en favor de Facebook, Google, Netfix y Apple tv, y convierte al Min Tics en censor oficial del régimen.

El mundo era tranquilo en la modernidad mediática: uno se ilustraba por los libros y la prensa, se acompañaba del sonido popular de la radio y se emocionaba con la televisión, en los medios estaba el poder. Pero cayó un meteorito y creó una mutación cultural y política. Este meteorito comenzó con Arpanet (1969), siguió con la WWW (1990), se hizo cotidiana con el celular (1984), se volvió todo con el Iphone (2008). Llegaron los que van a decidir el mundo: Amazon (1994), Google (1998), Wikipedia (2001), Facebook (2004), Youtube (2005), Twitter (2006), Whats app (2009)… y vinieron mucho más aplicaciones, plataformas y con todo culminó en el reinado del big data, la nueva ideología. Y la vida y el modo de habitar la realidad mutó para siempre.

Estamos en otro mundo. Lo digital es la palabra mágica para decir que se habita esta época. Lo digital se hace posible en “promiscuidad” de pantallas, plataformas, aplicaciones (apps) y redes. Y a eso que sale de ahí se le dice transmedia que nos indica que en lo narrativo cada dispositivo complementa, no copia, al otro; en lo interactivo invita a diversos modos del participar y crear; en el negocio cada creación es un modo de ganar dinero. Por el lado de los criterios de narración y expresión, los conceptos mágicos son los ejes de conexión (red–comunidad), participación (interacción y co–producción), narración (hipertexto–flujo–navegación) y programación (autonomía en la producción y el consumo). Según Carlos Scolari, el profesor argentino experto en nuevos medios –lo transmedia–, hemos llegado a una nueva experiencia textual: nada muere, todo se transforma. A este mundo digital se le llama revolución, nuevo paradigma, ecología de medios y muchas más invenciones.

Y la democracia tuvo un sueño de renovación: todos podíamos ser ciudadanos digitales, ejercer nuestro poder desde la vida cotidiana. Y esto porque el ejercicio de la ciudadanía encontró nuevos lugares de conectarse, expresarse y tejer poder. Los medios potentes del siglo XX y el periodismo “moderno”, ahora sin centro, cayeron en una crisis de sentido y de relato, se convirtieron en jurásicos para estos tiempos de velocidad y flujo. Wikipedia es conocimiento colectivo, Facebook es periodismo de algoritmo, Twitter es comunicación visceral, Ebay es una tienda sin dueños.

Las tecnologías han hecho las revoluciones productivas del mundo, siempre. Y siempre han surgido utopías que afirman que estas tecnologías de la comunicación resuelven los problemas más acuciantes de la sociedad. Se dijo que la televisión sería educación para todos, y resultó poco educativa, un tris informativa y mucho espectáculo (y es que la televisión es eso: relajación sin cabeza). Ahora el sueño son las Tics: la magia de la nueva democracia.

Desde el gobierno Uribe en Colombia alucinamos en digital. Cada gobierno reparte obsesivamente tabletas, crean centros digitales, dicen que llegó la revolución. Y nos decimos pioneros por tener aparatos, tabletas, celulares cuando todos los países de derecha e izquierda hacen exactamente lo mismo. En lo que si somos campeones es en usar lo público (espectro, recursos y leyes) a favor de los privados.

Y todos los Ministros de Tic se parecen en que legislan en favor de los empresarios y en contra del Estado, lo público y lo ciudadano. El que hasta ahora le ha hecho más daño a la política nacional Tic fue el autor de la anterior ley de convergencia digital que llegó a decir que “Vive Digital ha hecho que seamos un país moderno y próspero. De ahora en adelante la forma de arreglar los problemas de educación, justicia, agricultura, salud pública, pobreza y corrupción será con las TIC”, ese era el Ministro Molano. Ojalá fuera todo tan determinista: una tableta y todo solucionado. Mucha hispteria, demasiado cinismo, poca verdad.

Y ahora llega la ministra Constaín con el mismo discurso, cierra los “Vive Digital” de Molano, entrega todo el manejo digital a Slims, Movistar y Tigo, y todo en nombre de reducir la brecha digital, ya que se cree que al Estado le quedó grande la gestión de lo digital y el ciudadano será libre, tomará decisiones, hará la democracia suya y entraremos al paraíso Trump/Bolsonaro.

Molano le hacía caso a su amo, Telefónica-Movistar, y por eso con su ley intentó acabar con la televisión en nombre de lo digital. Ahora, Constaín quiere en otra ley acabar con la televisión pública, premiar a RCN y Caracol, entregar el manejo de lo público a los privados como Claro y dejar libres a las plataformas para que hagan lo que se les de la gana. La soberanía nacional audiovisual y digital entregada a los privados. El Estado al servicio de los privados. Y a eso lo llaman economía naranja.

El Estado y la soberanía nacional se inmolan ante el discurso determinista de que las redes y las tecnologías nos harán libres y competitivos. En un ideal tecno-optimista a lo Trump y Bolsonaro, no hay medios, hay redes y los ciudadanos ejercerán la democracia con “inteligencia”. La realidad dice que no es automático el empoderamiento ciudadano; ya vemos como Trump y Bolsonaro con whats app y twitter dominan la política, los medios y los ciudadanos.

El Proyecto de Ley para proveer convergencia de la provisión de los servicios de redes, telecomunicaciones y tv es necesario porque hay que legislar en convergencia de pantallas, más que por medios; hay que regular los servicios audiovisuales independiente de la tecnología que se utilice; hay que cerrar la brecha digital. Solo que, también, habría que proteger y expandir la soberanía audiovisual.

Esta ley de “urgencia”, que sabemos es de urgencia para dejar feliz al amo Slim, no pasó en el 2018 porque no hubo tiempo. Entonces, el gobierno en su deseo de complacer a sus amos, mete el gol en el plan de desarrollo donde en artículo 167 bajo el título de “expansión del servicio de telecomunicaciones”, allí se autoriza al Estado a contratar privados (por ejemplo, Claro) para cerrar la brecha y usar que sus obligaciones de pago al fondo publico TIC lo hagan “en especie” con lo cual se desfinancia a la televisión pública.

El proyecto de ley de convergencia digital se aprobará ahora en las sesiones ordinarias de marzo. Y este proyecto tiene 3 defectos que podrían fácilmente arreglarse si el gobierno tuviese voluntad:

• Hacerlo realmente de convergencia digital. Esto significaría no solo hacer converger a los viejos medios (Cable, RCN, Caracol, Canal Uno, canales públicos), sino meter con las mismas condiciones a todos los proveedores audiovisuales como Netflix, Facebook, Apple TV. Sin poner a todos en la misma cancha, esta es una ley de viejos medios y no una de convergencia digital.
• Proveer soberanía audiovisual. No existe una disposición para defender la industria audiovisual nacional y que obligue a que todos los proveedores de servicios tengan un mínimo de contenidos nacionales. Así mientras Europa y Brasil ponen un mínimo de contenidos nacionales y de producción en todas las plataformas audiovisuales, en Colombia nada por ley.
• El Fontics será del Ministerio Tic. Esto significa que el gobierno decidirá los contenidos de los medios públicos como táctica de premio a amigos y castigo a contradictores, se gubernamentalizaran los contenidos y se perderá la autonomía de los servicios audiovisuales.

El cerrar la brecha digital es loable pero no a nombre de la soberanía audiovisual colombiana. A la colombiana, al amo se le obedece y punto. Y el amo es Claro, Movistar, Directv, Facebook, Google, Apple. Quiero dejar constancia de tres hechos si se aprueba la ley como está:

• Asistiremos a la quiebra de la televisión pública regional, Señal, canal Uno y de los canales nacionales privados como Caracol, RCN y City TV.
• Asistiremos a la desaparición de los contenidos nacionales de las pantallas audiovisuales y, por tanto, a la desaparición de los productores audiovisuales made in Colombia.
• Tendremos una pérdida total de soberanía cultural audiovisual.

Todo se puede resolver fácil: metiendo en la ley de convergencia a Facebook, Netflix, Google y demás OTT; priorizando contenidos y productores nacionales; desgubernamentalizando la autoridad que se crea.

Lo perverso, como siempre, es que se regula solo desde lo tecnológico y se pierde la oportunidad de lo cultural y la producción televisiva. Otra oportunidad perdida para reinventar otro modo de gestión y funcionamiento de la TV Pública y los servicios audiovisuales. Se desaprovecha para legislar sobre servicios como Netflix y los demás. Y la olvidada de siempre es la producción de contenidos locales, que haya más producción nacional.

Se propone llegar a una “smart regulation”, una propuesta de regulación democrática y mínima que regule a los gigantes tecnológicos para garantizar una Internet libre y abierta, así como el pleno ejercicio de la libertad de expresión e información y la soberanía audiovisual. Se sugiere una regulación NO de los contenidos de redes, plataformas y servicios audiovisuales, sino una regulación de los dueños de esas plataformas y los canales con el objetivo de proteger a los ciudadanos ante su creciente poder. Una regulación mínima que siga los instrumentos internacionales sobre derechos humanos y que deberá tomar en cuenta las asimetrías existentes.

Esto ya lo ha está haciendo Europa. El informe de la Comisión del Parlamento del Reino Unido afirma, por ejemplo, que Facebook y las plataformas son unos “gangsters digitales”, ya que estas empresas “no pueden esconderse detrás de la afirmación de ser simplemente una “plataforma” y mantener que ellos no tienen ninguna responsabilidad en la regulación del contenido de sus sitios”.

La regla de oro del mundo digital es escuchar. Pero la ministra Constaín solo oye a sus amos: los empresarios y se hace la sorda con los ciudadanos y el sector del audiovisual en Colombia.

 

*Profesor Universidad de los Andes.

 


 

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Lunes, 18 Marzo 2019 06:18

Identidad

Identidad

Los datos personales de los usuarios de las redes sociales y de otras plataformas digitales de comunicación se han convertido en una valiosa mercancía.

En 2017 el New York Times obtuvo un gran número de documentos generados por el sistema interno de Facebook acerca de las prácticas que sigue para compartir los datos de los usuarios con otras compañías.

Según se desprende de ellos, se acrecienta la capacidad de empresas de enorme tamaño e influencia social, como Apple, Amazon y Microsoft, para aprovechar datos sensibles de los usuarios. Esto ocurre en un entorno legal que regula el uso de la información de las personas y de los compromisos que las empresas han hecho para proteger la privacidad de los usuarios.

Se estima que hacia finales de 2018 Facebook tenía más de 2 mil 200 millones de usuarios, así que bajar el costo unitario por usuario compartiendo esos datos personales representa un incremento enorme de las utilidades. Esto se extiende a otras empresas que operan plataformas tecnológicas constituidas en redes globales y que ejercen el control de enormes activos intangibles muy rentables. Con ello se incrementa el precio de las acciones, el valor de las compañías y el patrimonio de los accionistas.

Entre los recientes escándalos en torno a las prácticas de malos usos de los datos personales destaca el ocurrido a principios de 2018, cuando se descubrió que la firma de consultoría Cambridge Analytica utilizó de modo fraudulento los de Facebook para apoyar la campaña de Trump a la presidencia.

Esto expuso públicamente a Mark Zuckerberg, quien dirige y es el principal accionista de Facebook; fue requerido para testificar en el Congreso estadunidense, donde aseguró que los usuarios de Facebook tenían un completo control de todo lo que comparten en esa plataforma.

Las evidencias indican que no es así, sino que en realidad están expuestos a que sus datos sean compartidos y usados sin ningún control de ellos, que son sus legítimos dueños. Zuckerberg miente.

La privacidad ha pasado de ser un derecho a una mercancía. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, de la ONU, dice en el artículo 12 que "nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques".

El derecho a la privacidad se refiere a esa importante protección del individuo. Se trata del derecho a ser dejado en paz, a no ser molestado. Al parecer, a esos miles de millones de usuarios de Facebook y también de otras redes esto no le afecta demasiado. Y, sin embargo, la privacidad como actitud vital no debería tomarse a la ligera y mucho menos entregarse a extraños, como si se tratara de una rendición.

La privacidad tiene que ver con la esencia misma del individuo, con la capacidad de mantener su autonomía. La gente se define a sí misma, precisamente, mediante la capacidad inalienable de administrar información sobre su persona.

Al parecer, en ese sentido, las ideas mismas de identidad personal e individualidad estén modificándose de modo sensible en la sociedad, impulsadas precisamente por las nuevas tecnologías de la comunicación y el negocio de la información sobre las personas para usos comerciales o de otro tipo. La privacidad es relevante también por sus beneficios funcionales, es decir, en cuanto a la protección derivable del anonimato que puede guardarse en muy distintas circunstancias o la confidencialidad en el caso del fraude con la identidad.

La relación que se establece entre la privacidad y el individuo se ha ido modificando también. Las regulaciones sobre la seguridad de la información personal y el control que sobre ella tienen sus dueños y que están plasmadas en la leyes de esta materia son ahora cuestionadas desde otros frentes.

Hoy tiene gran relevancia el flujo de información personal en las redes sociales digitales. Son los mismos usuarios los que la proveen, incluyendo la de sus relaciones sociales, pero ahora se prevé que los atributos personales puedan incluso inferirse sin referencia directa, o sea, podría hacerse a partir de la información que proveen esas relaciones existentes en la red social digital –los amigos.

Para poner más aditamentos al debate, en una vertiente de la investigación de la neurociencia se cuestiona la existencia del libre albedrío, rasgo que sustentaba la idea de la individualidad de las personas y su responsabilidad como miembros de la sociedad. La tendencia del estudio de la actividad cerebral lleva a algunos a cuestionar, si no es que a negar, que exista tal cosa como el libre albedrío.

 

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“Google socava nuestra capacidad de pensar de manera profunda”

El divulgador tecnológico critica en la entrevista la evolución que han tenido las redes sociales y sostiene que las nuevas tecnologías contribuyen a una mayor banalidad de los razonamientos

 

Controversia y polémica son dos sustantivos que acompañan a Nicholas Carr (Estados Unidos, 1959) desde que, en 2003, criticara en un artículo en la Harvard Business Review la evolución adquirida por las tecnologías de la información. Lo mismo discutía con directivos de Microsoft que de Intel. Para este divulgador tecnológico, internet ha convertido al ser humano en un animal superficial. Alejado de la profundidad que se le presuponen a sus razonamientos. Las redes sociales tampoco han escapado de sus dardos cargados de crítica. En la publicación de su último libro, La pesadilla tecnológica (Ediciones El Salmón), escribe que Twitter no es más que un sitio para expresar minucias personales. “Ofrece, por tomar prestada la frase del filósofo John Gray, un refugio para la insignificancia”, argumenta.


¿Por qué piensa que las redes sociales ejercen un papel tan pernicioso para la sociedad?


¿Acaso hay alguien todavía que no critique a Facebook y al resto de redes? Hemos perdido nuestra inocencia con respecto al reino digital. Nos hemos desilusionado. No creo que nadie, salvo acosadores o sádicos emocionales, obtenga demasiado placer de una red social si es que alguna vez la obtuvieron. Nos inscribimos a ciegas en sus servicios y ahora estamos habituados a ellos. Dependemos de ellos. Los tejimos en la trama de la sociedad, pero usamos las redes como un alivio de los rigores de la comunicación y el pensamiento. Como una forma de evadir nuestra mente.


¿Existe alguna posibilidad de revertir esta situación para que las redes sociales no parezcan un sitio tan vacío como describes?


¿Alguien se siente satisfecho, intelectual o socialmente, cuando las usa? No lo creo. La mayoría de gente siente ansiedad y vacío. Es importante recordar que las redes sociales, como Facebook y Twitter, se diseñaron para conversaciones informales, como charlas amistosas, ligar o intercambiar rápidamente mensajes. Nada que ver ni con la seriedad ni con conversaciones sutiles. Y, sin embargo, gracias a una combinación de pereza personal y manipulación empresarial, las hemos llegado a utilizar cada vez más para hablar en público y el debate político.


¿Cuáles son las consecuencias de que dominen el debate público?


Las redes han engendrado superficialidad y polarización. También han fomentado la propaganda y el auge de las llamadas fake news. Creo que esto último es una de las mayores tragedias de las redes sociales. Las usamos para unas formas de comunicación completamente inadecuadas.


En el libro describes a Facebook como una empresa que solo hace negocios con datos privados y anuncios. ¿La gente es consciente de su modelo?


Si todavía hay personas que están bajo la ilusión de que Facebook es una herramienta benigna para la armonía social, deben llevar años dormidas. Deberían despertar, apagar su teléfono y leer un periódico. Facebook es un negocio basado en espiarnos y manipularnos. Esto es tan obvio que creo que incluso Mark Zuckerberg lo admitiría.
¿La tecnología, por sí misma, es un problema o más bien depende del uso que le demos?


La tecnología la crean y usan humanos, por lo que al final somos responsables de ella. No es algo que caiga por arte de magia del cielo. Es un tontería pensar que la tecnología es neutral. Tiene un sesgo, nos empuja a comportarnos y a pensar de una manera determinada. Cuando adoptamos una nueva herramienta, también adoptamos sus sesgos. Por ejemplo, internet está sesgado hacia la distribución de información de alta velocidad en diferentes formatos, como audio, texto o imágenes. Esto significa que es un medio de gran distracción, que socava el pensamiento profundo. Así que, cuando nos conectamos, intercambiamos profundidad por amplitud, contemplación por estimulación.


¿Por qué aseguras que Google ha cambiado la forma en que razonamos y pensamos?


La visión de Google de la mente humana es industrial. Se trata de la eficiencia con la que nuestro cerebro procesa la información. Por esta razón, Google y otras compañías ponen tanto énfasis en la velocidad y el volumen de consumo de la información. Lo que les falta es una apreciación de la forma en que el cerebro transforma los fragmentos de información en conocimiento de calidad. Al bombardearnos, socavan nuestra capacidad de pensar de manera profunda, crítica y conceptual. Formas de pensar que requieren atención y reflexión. Hay evidencias científicas que demuestran que los medios digitales nos empujan hacia un pensamiento superficial y lejos del rigor. Y todo es mucho peor desde que llevamos encima un smartphone todo el tiempo.


Estás preocupado por las filtraciones de datos y la privacidad. ¿Las redes sociales han fomentado que los casos hayan aumentado?


Algo que las redes han dejado claro es que los puntos de vista de muchas personas están mal informados, son banales o, simplemente, erróneos. De esta forma, lograr que alguien se exprese es una bendición mixta. Todos estaríamos mejor si pasáramos más tiempo pensando críticamente sobre nuestros puntos de vista y menos en expresarlos a todo el mundo. Creo que un sentido de privacidad es esencial para desarrollar una vida intelectual rica, por lo que la forma en que las redes sociales nos han robado el refugio de la privacidad empeora todos estos problemas.


¿Cómo de cercana es la relación que mantienen actualmente las redes sociales y la política?


Las redes sociales son inadecuadas para el discurso político. Fomentan la superficialidad sobre la profundidad, la emoción sobre la razón y el pensamiento grupal por encima del crítico. Su diseño auspicia que se extienda rápidamente la propaganda y la desinformación. Los políticos han adoptado las redes sociales porque les brinda una forma fácil de llamar la atención y entusiasmar a sus bases. Resulta difícil observar efectos positivos en el movimiento del discurso político y el debate público hacia las redes.


Steve Bannon, estratega de campaña de Donald Trump, entre otros, es un ejemplo de cómo la política se ha adaptado a internet. ¿La extrema derecha lleva ventaja al resto de partidos?
En Estados Unidos, la derecha tiene una perspectiva externa. Se ven a sí mismos luchando en una batalla contra las élites políticas y académicas que consideran que controlan la cultura. Creo que es por eso que personas como Bannon apreciaron desde el principio cómo las redes sociales podrían ser un arma efectiva para la guerra cultural y política. Pero no veo que las redes tengan ningún sesgo político en particular. Pueden usarlas tanto déspotas de izquierdas como de derechas.

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Miércoles, 13 Marzo 2019 06:03

Suposición y verdad

Suposición y verdad

La política en nuestro país muchas veces se manejó con un esquema de diseño militar dando lugar al desarrollo de estrategias teñidas de ocultamiento. Los centros de poder mediático ayudaron a dibujar un clima de asfixia social que hizo que el escamoteo de la información produjera un relato construido sin sustento real y jamás desmentido, a la vez que estimulando sentimientos de odio y desprecio.

Es bien sabido que en la guerra la primera víctima es la verdad. Una vez que se lucha por el poder, no importan los métodos utilizados, tampoco importa cómo se establecen las reglas de la nueva etapa. Así, el poder vencedor quiere imponer privilegios al que la inmensa mayoría no podrá acceder.


La confianza se convierte en un presupuesto de las relaciones a diversos niveles. Este a priori no necesariamente funciona sin tropiezos. Las trampas urdidas a la sombra de un acuerdo emergen con frecuencia y en formas cada vez más sofisticadas. El Presidente proclama sin ninguna argumentación o plan que lo sustente que se conduele porque “el sinceramiento es doloroso” mientras inauditamente declama que su quimera de progreso se empieza a cumplir, porque ya estamos mejor que en 2015. Pero, como no le requieren confirmarlo, puede repetir ese slogan sin titubeos.


Los presupuestos sobre los que se basan las opiniones respecto a países, personalidades y medios, tienen una historia tejida en parte sobre hechos a los que se han adosado suposiciones e interpretaciones intencionadas, ignorancia de ciertos sucesos, acentuación de situaciones menores, ininterrumpida presencia de personas o realidades que se quieran imponer. Este trasfondo que construido como realidad incontrastable se convierte en la principal materia prima para formar opiniones que, aunque alejadas de toda racionalidad o cuestionamiento, son la base de confianza con que cuentan los que deciden cuál es la verdadera historia.


Las posibilidades tecnológicas han mostrado que pueden proveer una sólida base para manipular la comunicación. No necesitan hacer explícito su mensaje, sino llevarnos a aceptar su poder como una fuerza valiosa y la inevitabilidad por los efectos que puede producirnos.


Los medios comerciales de comunicación están provocando, al menos, tres efectos principales. En primer lugar, tienden a reforzar la despolitización de la gente. Como alguna vez lo indicó G. Gerbner –uno de pioneros en el campo de la investigación en comunicación– los conglomerados de medios “no tienen nada para decir, pero mucho para vender”. En segundo lugar, tienden a desmoralizar a la población convenciéndola de que es vana toda esperanza de cambio y que sólo resta aceptar la realidad tal cual la interpretan. El tercer efecto es la producción de realidades paradójicas. Por un lado, se verifica un mayor y creciente acceso a la recepción de medios y, al mismo tiempo, los medios están cada vez en menos manos. La influencia que ejercen las corporaciones globales se extiende a todas las esferas de la vida, mientras que se procura que el papel de los estados nacionales sea cada vez más irrelevante. Son los grandes medios los que exaltan la importancia de la libertad de expresión en la vida de la sociedad, especialmente porque son ellos los que poseen los mayores centros de información. La libertad de expresión se ha ido convirtiendo en la libertad comercial para conducirla.


* Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.

 

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Domingo, 10 Marzo 2019 06:19

La disputa norteamericana

La disputa norteamericana

Un día cualquiera, todos los días, Fox News, el canal de noticias más visto en Estados Unidos, celebra el “patriotismo” del presidente Donald Trump. Enaltecen a los veteranos de guerra, machacan con los “crímenes de extranjeros ilegales” y difaman a las figuras más influyentes del partido Demócrata, especialmente a las mujeres que osan ejercer poder. Una investigación de la revista New Yorker sostiene que la cadena televisiva, que siempre fue partidaria, se ha convertido directamente en el brazo de propaganda de la Casa Blanca. Los autores sostienen que Fox News es tanto “el escudo como la espada” mediática de Trump. 

A unos diales de distancia, el segundo lugar en televidentes lo ocupa el ascendente MSNBC, seguido por CNN, ambos canales atacados regularmente por Trump: “¡[MSNBC] podría incluso ser peor que las noticias falsas de la CNN, si eso es posible!” dijo hace poco en un tweet. Es fácil entender el origen de la furia. El pasado 27 de febrero, por ejemplo, ambas señales cubrieron casi en continuado las siete horas de dramática comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos del ex abogado personal de Trump, Michael Cohen, quien bajo juramento arremetió contra el presidente, lo calificó de “racista”, “estafador” y “tramposo” y ofreció detalles y documentos que podrían complicar las investigaciones penales y civiles en curso. Ese mismo día, en Fox News, se sucedían generosas imágenes del Presidente Trump en Vietnam en la “histórica” cumbre con el norcoreano Kim Jong-un, que luego resultó un fiasco.

En este incesante fuego cruzado, una posición de consenso sorprendió recientemente a propios y ajenos: el 65 por ciento de los estadounidenses coincide en aumentar los impuestos para los más ricos (aquellas familias que ganan más de 1 millón de dólares al año). Enhorabuena. Generó también indignación generalizada la noticia de que Amazon pagará 0 dólares en impuestos federales sobre sus ganancias de 11,2 mil millones de dólares en 2018. Es que Estados Unidos es el país desarrollado más desigual del planeta: el 0,1 por ciento de más ingresos posee casi tanta riqueza como el 90 por ciento de menos; y el salario promedio de los 500 CEO principales es 361 veces el salario promedio de un trabajador. Como bien señala Bernie Sanders, nuevamente lanzado a la carrera presidencial: “la economía está en pleno auge para los multimillonarios y las corporaciones, pero no está tan bien para la clase trabajadora”. El hogar promedio tiene menos riqueza hoy que hace 35 años y la expectativa de vida se redujo por segundo año consecutivo. En la superpotencia hay también 41 millones de personas (13 por ciento de la población) con ingresos bajo la línea de pobreza.


La paradoja perversa es que, en 2016, fue justamente un multimillonario, Donald Trump, quien logró capitalizar electoralmente la frustración, el miedo y el enojo incubados en el pueblo estadounidense. El magnate cultivó con eficacia la anti política, y ofreció respuestas (falsas) a problemáticas legítimas que el establishment del partido demócrata no supo ver. Pero desde aquella histórica primera marcha de las mujeres en Washington, el 21 de enero de 2017, algo empezó a cambiar. Se vive un auge de movilización de trabajadorxs, maestrxs, jóvenes, colectivo Lgbti. Los demócratas salieron fortalecidos de las elecciones de medio término: revitalizaron su plataforma y sus candidatxs, marcaron la agenda con temas clave para la población (sistema de salud, impuestos, deuda estudiantil, discriminación), y lograron recuperar el control de la estratégica Cámara de Representantes (Diputados). Desde este año, el Congreso estadounidense tiene un nuevo récord de mujeres (127), aunque son solamente 24 por ciento de lxs miembros, lejos de la paridad.


Mientras el partido republicano, con sus propias grietas, se abroquela detrás de Trump, una nueva generación más progresista -con más mujeres, jóvenes y minorías- está disputando el poder al interior del partido demócrata. Congresistas potentes como Alexandra Ocasio-Cortez, Elizabeth Warren y el propio Sanders lideran la batalla por un Estados Unidos en donde la redistribución del ingreso cambie de signo en favor de la mayoría. Un eje ha sido evidenciar que el supuesto “gran logro” de Trump y sus acólitos (la reforma impositiva) fue en realidad una estafa: el 83 por ciento de los beneficios por la rebaja de impuestos se lo apropiará el 1 por ciento más acaudalado del país. En contraposición a esta reforma, y haciéndose eco de aquel 65 por ciento que acuerda con cobrar más impuestos a los ricos, los demócratas manejan un menú de alternativas ambiciosas para generar una estructura impositiva verdaderamente progresiva y poder financiar el desarrollo de su país. Es uno de los terrenos de disputa de una batalla a fondo que, con matices, también atraviesa nuestro país: si el ingreso y la riqueza se redistribuyen hacia las elites, como viene haciendo el gobierno de Macri o si, en cambio, la riqueza social se empieza a canalizar nuevamente en favor del presente y el futuro de la mayoría de los argentinos.


Por Cecilia Nahon, profesora de la American University. Ex embajadora argentina en Estados Unidos

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Códigos, protocolos, y redes para la libertad

Internet*, en sus orígenes, amplió nuestra capacidad para comunicarnos y acceder a información a una escala global. Pero ahora la Red está controlada de forma masiva, centralizada y jerárquica. Los beneficios y el conocimiento que se extraen de nuestras comunicaciones se concentran en pocas empresas. Lo han logrado cerrando y privatizando el código informático, que antes era abierto y libre.


[No hacemos diferencia entre la Red de redes (WWW) e Internet, porque la mayoría de la gente las identifica. La WWW (World Wide Web) es un conjunto de protocolos que permite consultar páginas web y archivos. Internet es su medio de transmisión: un conjunto de redes de comunicación que utilizan protocolos TCP/IP que garantizan que las diferentes redes funcionen como una red única.]


La aparente complejidad tecnológica intimida a la población. Resulta increíble que usemos tantos aparatos digitales y desde hace tanto tiempo desconociendo el código, el protocolo informático y la arquitectura de las redes. Sirven para filtrar y sesgar los flujos comunicativos de las verdaderas redes sociales. Las formatean para que difundan publicidad. Interfieren en ellas por la configuración por defecto de las herramientas. Y realizan funciones que no hemos autorizado, no deseamos ni necesitamos.


Los programas informáticos realizan muchas tareas “invisibles”. Mientras tecleo, el procesador de texto guarda copias con mis metadatos (que me identifican), recuerda las palabras que uso, me sugiere otras … A veces pone puntos y mayúsculas, guiones y espacios donde no quiero. Pensemos, entonces, lo que las empresas pueden hacer si usan código cerrado (que no podemos conocer ni alterar).


Si delegamos en una empresa la tarea de tejer nuestras redes, le transferimos un poder enorme: impone su código o lenguaje. Y, además, su protocolo: las reglas y normas que permiten que varias personas o máquinas se comuniquen entre sí. Darle a la industria la capacidad de configurar nuestras redes sociales es como dejarle al jefe decidir si nos casamos. Si somos mujer, está claro que intentará disuadirnos para no pagar una baja de maternidad.


En la mayoría de las culturas, la red social más fuerte es la familia. Su importancia se manifiesta con un código y un protocolo bien estipulados. Hasta hace poco, una red familiar nacía del nodo de un matrimonio, firmado con el código heterosexual (hombre-mujer). La gente se casaba siguiendo el protocolo del noviazgo formal y la petición de mano a los padres de la novia. Y acababa en la boda con el cura, que cerraba el protocolo aplicando el código patriarcal (el padre-macho manda).


Además del código y del protocolo, la arquitectura de una red informática concentra o distribuye poder. Una familia tradicional puede dibujarse como una red centralizada. Todo pasa por el nodo central, que hace y deshace a su antojo. El padre controla los flujos de información. El resto de miembros, aunque hablen a sus espaldas, acata su palabra. La última decisión es suya o, en su ausencia, de la madre viuda. Si los progenitores mueren, puede producirse una desconexión de los otros nodos; por ejemplo, los hijos se dejan de hablar por la herencia. La familia tradicional encaja en el esquema de las redes centralizadas como Facebook. El Padre o Hermano Mayor ocupa el centro en ellas.


Frente a las redes centralizadas, pueden construirse redes distribuidas. El control pasa a todos los nodos conectados. Ninguno puede interrumpir la comunicación del resto. Están conectados entre sí y en pie de igualdad. No hay jerarquías sino horizontalidad. Era la arquitectura de la Internet originaria, que desapareció al ser conquistada por los estados y las empresas. Las corporaciones cerraron el código, impusieron el protocolo publicitario y privatizaron nuestra información.


El código patriarcal estaba claro. Se aprendía en la familia, la escuela y la parroquia. Después, también se aplicaba en el juzgado. Conociéndolo, podías seguirlo o saltártelo, sabiendo las consecuencias de esas decisiones. Pero era un código cerrado y no libre. No se podía cambiar ni adaptar. O lo acatabas o te quedabas “solo”; es decir, soltero o solterona, que sonaba peor.


Otras formas de amor han abierto el código y el protocolo del matrimonio. Lo hackearon, modificándolo para expresar otros afectos y formar nuevas unidades familiares. Al “abrirlo” permitieron que otras personas lo usaran para tejer matrimonios no heterosexuales. Y redes familiares menos dependientes del nodo central. En Internet ha ocurrido lo contrario: del amor libre entre iguales hemos pasado al matrimonio de conveniencia. Si no estás en las redes, no ligas. Y si ligas, será con códigos y protocolos publicitarios: vendiendo y comprando afectos en el mercado de “megustas”.


Cuando, además de abierto, el código informático es libre puede usarse, modificarse y distribuirse gratis. La potencia que desata tiene consecuencias inimaginables e impredecibles. Ya no digamos si lo adoptan los sectores sociales más dinámicos y jóvenes. El movimiento de los Indignados o 15M cobró fuerza en la red N-1. Era la aplicación libre y en abierto de Diáspora, una plataforma que habían programado tres estudiantes norteamericanos como proyecto de fin de carrera. Querían competir con Facebook. La diseñaron para que cualquier usuario controlase en todo momento qué información compartía y con quién. Fomentaba grupos de afinidad con objetivos colectivos y más allá de la Red.


El Partido X, surgido del 15M, pretendía transplantar su código a las instituciones. Intentó hackearlas: abrirlas para acabar con la corrupción y liberarlas, ponerlas al alcance de la mayoría social para que pudiese participar activamente en las cuestiones públicas.


Siendo vitales para el arranque y la ideología del 15M, las herramientas libres perdieron fuelle cuando el movimiento abrió cuentas en Facebook y Twitter. Ciertos portavoces centralizaron la comunicación. Las jerarquías tomaron cuerpo cuando los indignados relegaron el objetivo de coordinarse y se centraron en hacerse visibles. Pusieron su energía en las grandes redes, porque reunían muchos usuarios. El coste que pagaron fue que los activistas más dispuestos a trabajar a pie de calle perdieron peso.


Los ciberactivistas saben que necesitan redes propias. Como dicen en las escuelas de negocios: “nunca construyas tu casa en la tierra de otro”. O como sabe cualquier empresario: “cuando montas el negocio en torno a Facebook, en última instancia trabajas para Facebook, no en tu empresa”. El activista Shaun King, de Black Lives Matter (Las vidas negras importan, contra la violencia policial racista) vio bloqueada su cuenta en Facebook en 2016. Publicó correos que había recibido con insultos xenófobos. Y creyeron que él era el autor.
King escribió indignado:
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“No cerraron mi página de Facebook. Cerraron su página de Facebook, la que a mí me dejan usar… Esto que tardó diez años en construir, esta comunidad de más de 800.000 personas… Pensar que apretando solo un botón se puede cerrar todo eso deja un sentimiento extraño”.
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La extrañeza responde a que el código que uno creía que daba libertad se ha cerrado tanto que ya no está en manos de quien la ejerce. Las cuentas, los mensajes que compartimos y nuestros contactos son propiedad privada de las redes. Y solo entienden el protocolo publicitario.


Los algoritmos censuran contenidos que espantan a usuarios. El cierre automático presuponía que la cuenta de S. King pertenecía a un racista. La plataforma no concibe que la xenofobia se combata poniéndola en evidencia. Exponiendo que rezuma ignorancia e inseguridad. Apenas disimuladas con odio y violencia. Los protocolos publicitarios solo conciben mensajes que buscan aceptación y adeptos. Y lo peor es que podemos acabar usando las redes así. De modo inconsciente, constante y sin otro objetivo que el autobombo. Entonces, en lugar de darnos poder, nos debilitan.


*La semana pasada poníamos el foco en el contro al que nos vemos sometidos por el uso de nuestros datos que realizan los estados y las corporaciones. En este capítulo, apuntamos hacia ejemplos de todo lo contrario, en los que la tecnología se ha utilizado con propósitos emancipadores. Continuamos el debate en n/vuestra web.
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Por Víctor Sampedro
Texto original: Víctor Sampedro

Edición y actualización: Pedro Fernández de Castro

Ilustraciones: Raúl Arias

Publicado enSociedad
Las hormigas obreras trabajan sin comunicarse para ahorrar energía

Entre las hormigas obreras no hay capataz alguno. Estos insectos construyen sus senderos sin recibir ninguna consigna y sin intercambio de información que valga, según un estudio publicado este miércoles en la revista Proceedings, de la Real Sociedad B.

“Es sorprendente, porque los comportamientos colectivos suelen organizarse a través de la comunicación”, explicó Thomas Bochynek, de la Universidad Northwestern, en Estados Unidos, uno de los autores del estudio.


Las hormigas son insectos sociales y se considera que poseen una verdadera inteligencia colectiva.


La construcción de los caminos que emplea la colonia para llevar alimentos hasta el hormiguero requiere miles de obreros, según el estudio.


Cada colonia puede despejar hasta tres kilómetros de caminos por año, invirtiendo hasta 11 mil horas de trabajo anual.


Tal organización (o, más bien, falta de ella) permite ahorrar energía, pues comunicar, ya sea por contacto o mediante feromonas (que hay que producir, almacenar y segregar), genera un gasto energético, precisa Thomas Bochynek.

Al otro lado de Black Mirror: algoritmos, democracia e igualdad

¿Seremos capaces los Estados, las empresas y especialmente la ciudadanía de hacer todo lo necesario para poner la inteligencia artificial al servicio de los derechos humanos, la democracia y la igualdad y no en contra?

«Sé que estáis ahí, percibo vuestra presencia. Sé que tenéis miedo. Nos teméis a nosotros. Teméis el cambio. Yo no conozco el futuro. No he venido para deciros cómo acabará todo esto... Al contrario. He venido a deciros cómo va a comenzar». The Matrix (1999)


1. Contexto: máquinas que aprenden solas

 

Nadie los ve. Están ahí. Nos gobiernan. Llevan tiempo entre nosotros, pero sólo ahora hemos empezado a percibir su existencia. Son los algoritmos de aprendizaje automático.

Pero ¿qué son realmente estos algoritmos de aprendizaje automático y qué tienen de novedoso? Un algoritmo, en general, podría definirse como un “conjunto de instrucciones lógicas para resolver un problema genérico concreto”. Un ejemplo sencillo es el algoritmo que aprendemos en la escuela para hacer una división. Hasta aquí, nada muy especial. Sin embargo, gracias a los increíbles avances informáticos en la capacidad de procesamiento y de almacenamiento de datos, en los últimos años se ha producido un salto cualitativo sorprendente. Hasta ahora, los programadores tenían que detallar cada uno de los pasos lógicos que debía seguir el programa para obtener el resultado deseado, es decir, eran los programadores los que le decían a la máquina cómo tenía que responder ante determinadas situaciones, pero los algoritmos de aprendizaje automático (en adelante, AAA) funcionan de forma totalmente diferente. De manera simplificada, un AAA consiste en redes neuronales virtuales que, de forma parecida a como aprendemos los humanos, a medida que van procesando los resultados que provocan diferentes reacciones ante una situación, van anticipando cómo responder ante futuras casuísticas. Es decir, la máquina, literalmente, “aprende”.

Para intentar comprenderlo mejor, utilicemos el ejemplo de los programas de ajedrez. Antes, los programas de ajedrez (como el famoso caso de Deep Blue) se construían introduciendo manualmente las estrategias (mejores o peores) que utilizaría cualquier buen jugador humano, por ejemplo, asignando un valor a las piezas (un punto a los peones, tres a caballos y alfiles, cinco a las torres, etcétera) para hacer cálculos de sacrificios o privilegiando por lo general el control de las posiciones centrales para así dominar el conjunto del tablero. Es decir, se les asignaba un conjunto de reglas según las cuales, valorando las posibles jugadas siguientes, calculaban la respuesta a cada posible situación. Sin embargo, a los programas actuales de ajedrez basados en AAA no hace falta introducirles ninguna de estas estrategias predefinidas. El novedoso programa Alpha Zero de Deep Mind ha sido capaz de aprender en veinticuatro horas y simplemente jugando partidas contra sí mismo, sin ninguna participación humana, a ganar al ajedrez a los ordenadores más inteligentes; con la sorpresa de que para ganar realizaba movimientos que a cualquier humano nos resultan absolutamente incomprensibles según nuestras lógicas de puntuación y de dominio del tablero, como regalar una dama o arrinconarla en una esquina del tablero.

En la actualidad, los AAA están por todas partes, aunque no los veamos. Piensan y deciden por nosotros. Nos influyen cuando llenamos el carro de la compra, nos filtran lo que queremos ver en Google o Netflix, nos ayudan a encontrar pareja en internet o incluso orientan nuestro voto (véase el caso de Cambridge Analityca y Facebook en EE. UU.). Además, los algoritmos ya se están usando de manera generalizada en ámbitos estratégicos tan sensibles como, por ejemplo, la gestión pública, la sanidad, la seguridad, el transporte, el sector financiero o por las compañías de selección de personal.

La velocidad a la que se está desarrollando esta suerte de nueva tecnología es tan rápida que, si no empezamos a plantearnos ya de qué maneras están afectando a nuestras sociedades (y pueden afectar a su futuro), especialmente a los sectores más vulnerables, puede ser que muy pronto (si es que no ya) perdamos el control de los algoritmos que controlan nuestras vidas.

2. Mirando al futuro: desafíos, peligros y amenazas

Los escenarios a los que nos enfrentamos en este tema son muchos y muy variados, pero hemos querido agruparlos en tres grandes bloques interrelacionados: primero, las posibles amenazas para la democracia y la soberanía; segundo, los desafíos en materia de (des)igualdad y derechos humanos, y, por último, los peligros de la visión ultrasesgada de la realidad que pueden generar los algoritmos.

2.1.Posibles amenazas para la democracia y la soberanía.

a) La transparencia y la rendición de cuentas son un elemento esencial y vertebrador de toda democracia, pero ¿pueden garantizarlas los AAA que están decidiendo sobre nuestras vidas? Hemos de decir que no, que no podemos esperar que los AAA sean aliados de la transparencia y, lo que es peor, nunca podremos garantizar que lo sean. Si han utilizado el traductor de Google, seguramente hayan notado una increíble mejoría en los últimos años. Esta mejoría se debe, entre otras cosas, a que antes el software estaba programado para utilizar siempre el inglés como lenguaje intermedio, pero ahora el nuevo AAA de traducción no tiene esa restricción. El resultado es que el traductor de Google ha creado un lenguaje intermediario alienígena más eficaz, que muta mucho más rápido de lo que somos capaces de entender. Por tanto, si aceptamos nuestras limitaciones naturales para comprender este lenguaje extraterrestre o, como hemos mencionado anteriormente, las limitaciones lógicas que nos impiden comprender por qué un programa de ajedrez lleva a cabo determinados movimientos a la postre ganadores, tendremos que aceptar que de igual modo estamos inevitablemente limitados para comprender y, por tanto, auditar, las decisiones de otros algoritmos en materias mucho más sensibles para el futuro de nuestras sociedades.

b) En un sentido democrático, podríamos definir la soberanía como “la convicción generalizada de los pueblos de que de una forma u otra somos dueños de nuestro propio destino y de que tenemos la capacidad de impulsar cambios en la dirección que decidamos”. Más allá del hecho de si estamos delegando en los algoritmos un poder excesivo en nuestra toma de decisiones, existe otra amenaza filosófica esencial de los AAA con respecto a la democracia y a la soberanía, y es que suprimen los porqués de nuestra búsqueda del sentido de las cosas. Con esto lo que queremos decir es que las predicciones de los AAA, por su propia naturaleza, centran la interpretación de la realidad social en el cómo sucederán las cosas y no en el por qué suceden. Y a medida que busquemos en los algoritmos más respuestas a las preguntas de este mundo cada vez más complejo y cambiante, corremos el riesgo de estar abandonando la búsqueda de los porqués subyacentes y de empezar a abrazar una sensación cada vez mayor de inevitabilidad tácita, de que sencillamente es así como suceden las cosas y no hay más, y de renunciar, por tanto, a poder cambiar activamente el estado de las cosas e implicarnos en la defensa y el ejercicio del principio que etimológicamente fundamenta la democracia: nuestra soberanía como pueblos.

c) En tanto que los AAA tienen la capacidad de crear una realidad totalmente personalizada (piénsese por ejemplo en la publicidad diferenciada que nos ofrece Amazon a cada uno de nosotros o los ejemplos de las últimas campañas electorales estadounidenses y del brexit en Reino Unido), se abre con ello un peligroso campo para la manipulación mediática y la supresión de otro de los pilares fundamentales de la democracia: el debate público como colectivización e interpretación de problemáticas comunes. Al fin y al cabo, ¿cómo vamos a debatir nada en común cuando nos han ultraindividualizado el relato?

 

2.2. Desafíos en materia de (des)igualdad

a) La naturaleza predictiva de algunos AAA los hace singularmente performativos o, dicho de otra forma, igual que sucede con las encuestas electorales, el mero hecho de predecir una supuesta realidad futura afecta a nuestro comportamiento y acaba provocando el escenario previsto que de otra forma tal vez se podría haber evitado y, lejos de ayudar a resolver las desigualdades existentes, pueden estar agravándolas. Pongamos un ejemplo (inspirado en el libro Armas de destrucción matemática de Cathy O'Neil). En varios lugares del mundo la policía utiliza algoritmos predictivos (el más conocido es PredPol) que, haciendo uso de los registros policiales, anticipan zonas con mayor probabilidad de que se produzcan crímenes. Dejemos al margen la discusión sobre si esos registros policiales –y por tanto la información con que se alimenta al algoritmo– serían fieles a la realidad o estarían repletos de prejuicios que afectarían a la predicción. Como es lógico, el algoritmo señalaría como zonas más probables aquellas en las que ya existe más criminalidad, que en muchos casos viene derivada de situaciones de desigualdad y de racialización. ¿Qué pasaría a continuación? Lo más probable es que el mero hecho de predecir más criminalidad en una zona y el consecuente aumento de la presencia policial, provoque que las familias que se lo puedan permitir huyan del lugar, dejando atrás a las más empobrecidas y arraigadas que no pueden permitirse otra cosa, provocando así una profundización de la desigualdad y la segregación y, por tanto, con toda probabilidad, también de la conflictividad social y de la criminalidad. Se hace coincidir así el resultado con la previsión y se agrava la situación de desigualdad inicial.

b) Como cualquier avance tecnológico en una sociedad ya desigual, pueden ser profundizadores de la desigualdad, ya que la capacidad de acceso a estos avances no es simétrica en los diferentes estratos sociales. Como consecuencia, corremos el riesgo de que estos nuevos avances se pongan a operar al servicio de los intereses de los que más poder tienen y, aunque si bien es cierto que en muchos otros sentidos también pueden generar beneficios para el conjunto de la sociedad, éstos siempre se producen de arriba abajo, no horizontalmente, y normalmente en una clave de consumo. Otro riesgo claro de impacto de los AAA en la desigualdad y que quizás sea el más extendido en la actualidad es la reproducción sistematizada en algoritmos de patrones discriminatorios fruto del sesgo en los datos e información que procesan (un ejemplo reciente de esto es el algoritmo “discriminatorio” utilizado por Amazon para el reclutamiento de personal que “penalizaba” a las mujeres). En este contexto, la pregunta que debemos hacernos es ¿quiénes controlan y dirigen el futuro de los avances que ya están moldeando nuestras sociedades? Y si la respuesta no es “todos por igual”, lo más probable es que estén favoreciendo a los más privilegiados y, por lo tanto, agudizando las desigualdades existentes.

2.3. Peligros de una visión ultrasesgada y dirigida de la realidad

a) Los actuales AAA fomentan además visiones retroalimentadoras y encapsuladas de la realidad (en relación con el punto 3). Esto sucede, por ejemplo, cuando los algoritmos de las redes sociales sólo nos muestran las noticias que tienen más probabilidad de que les demos un me gusta y, por tanto, que más nos sirven para reafirmarnos, cuando comprobamos que la publicidad de Amazon es diferente de una persona a otra y se basa en un perfil personalizado o cuando nos damos cuenta que las propuestas políticas que nos llegan de los partidos son sólo aquellas que más nos preocupaban de antemano. En tanto en cuanto sólo se nos estaría mostrando esta visión ultrasesgada y dirigida de la realidad que nos resulta más cómoda y que nos refuerza y retroalimenta en nuestras concepciones previas, ¿cómo vamos a descubrir e incorporar discursos y realidades que nos son ajenas o incluso desagradables de entrada?

b) Por último, procede destacar que los AAA nos conducen a undata-centrismo, es decir, cuando los análisis de la realidad se sustentan sobre aquellos sectores de la sociedad o países que más datos generan (países ricos más digitalizados frente a países pobres), hay más probabilidades de que la agenda pública y las políticas se orienten en beneficio de dichos sectores o países y sigamos acrecentando así las desigualdades sociales que impera en la actualidad.

3. Una propuesta de futuro: la Declaración de Toronto


Como es sabido, existe un interés creciente en comprender y dibujar las fronteras éticas y prácticas de estas nuevas tecnologías. Un ejemplo de ello es la iniciativa The Toronto Declaration: Protecting the right to equality and non-discrimination in machine learning systems lanzada por Amnistía Internacional, Access Now y otras organizaciones asociadas, sobre “derechos humanos e inteligencia artificial”.


¿Qué plantea esta histórica declaración? Muy resumidamente, la Declaración de Toronto pretende ser un primer paso para establecer las bases de un acuerdo internacional para el desarrollo de la inteligencia artificial y los AAA desde un enfoque ético y con los derechos humanos en el centro.


La estructura y el enfoque de la declaración guarda cierta similitud con los “Principios Rectores sobre las empresas y los derechos humanos: puesta en práctica del marco de las Naciones Unidas para proteger, respetar y remediar”, adoptados en el 2011 por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. De hecho, la declaración se articula sobre estos mismos tres pilares según los cuales:

1) Los Estados tiene el deber de prevenir y proteger los derechos humanos. Ello implica que deben crear un marco de seguridad jurídica para promover, respetar, cumplir y proteger los derechos humanos de los potenciales impactos negativos derivados de la aplicación y desarrollo de la inteligencia artificial, garantizar un uso público adecuado de ésta, promover su uso y conocimiento adecuados entre los funcionarios públicos, garantizar la rendición de cuentas y transparencia en las actuaciones de los sectores público y privado relacionadas con la inteligencia artificial y establecer “vasos comunicantes” con el sector privado para intercambiar conocimiento y buenas prácticas.


2) Las empresas tienen la responsabilidad de respetar los derechos humanos y para ello han de adoptar compromisos políticos claros y públicos e implantar un procedimiento de debida diligencia apropiado para identificar, prevenir, amortiguar y rendir cuentas sobre cómo su actividad y uso de la inteligencia artificial impacta o puede llegar a impactar, de forma directa o indirecta a través de su cadena de suministro o de sus relaciones comerciales, en los derechos humanos.

3) Los Estados y las empresas deben reparar y remediar sus impactos negativos en los derechos humanos derivados del uso de la inteligencia artificial, y a tal fin deben poner los recursos y adoptar las medidas necesarias para regular y establecer procedimientos adecuados de reclamación y denuncia, así como habilitar y facilitar el acceso a mecanismos de reparación transparentes, accesibles y eficaces.

A pesar de que la Declaración de Toronto se centra exclusivamente en los conceptos de igualdad y no discriminación, creemos que su contenido es absolutamente replicable a todo el espectro de los derechos humanos y, por tanto, su aportación al debate “derechos humanos frente a inteligencia artificial” es realmente valioso.


Adicionalmente, no podemos dejar de, al menos, citar otra serie de iniciativas de peso en este ámbito, como el programa del Consejo de Europa por una inteligencia artificial ética y responsable con los derechos humanos, el rule of law y la democracia (del que recomendamos dos de sus publicaciones recientes, el borrador de una guía ética para el uso responsable de inteligencia artificial y el informe Algorithms & Human Rights) o la Conferencia Mundial sobre Inteligencia Artificial ( cuya primera edición se celebró el año pasado en Shanghái).

4. Conclusión: una reflexión de partida

Queremos que este artículo sirva como reflexión para el comienzo de este nuevo paradigma social, económico y tecnológico protagonizado por máquinas capaces de aprender. Sin darnos cuenta estamos depositando una confianza cada vez mayor en ellas para controlar y dirigir nuestro futuro, convencidos de una supuesta neutralidad positiva de los avances tecnológicos. Pero, si una conclusión podemos extraer, es que los AAA –al igual que cualquier otro avance humano– no son un suceso meteorológico externo que responda a leyes naturales que nos superan y ante el cual sólo podemos prevenirnos, pero que no podemos controlar.

La buena noticia es que sí que podemos, pero la pregunta es: ¿seremos capaces los Estados, las empresas y especialmente la ciudadanía de hacer todo lo necesario para controlar los algoritmos que ya nos controlan, de poner la inteligencia artificial al servicio de los derechos humanos, la democracia y la igualdad y no en contra?; y, sobre todo, ¿conseguiremos ser las personas las verdaderas protagonistas de nuestras propias vidas en este nuevo mundo entretejido de algoritmos? Sólo el tiempo y la razón (humana o artificial) nos lo dirán.

 Por  FERNANDO ROMÁN AGUILERA / RAFAEL MERINO RUS

16 DE ENERO DE 2019

Fernando Román Aguilera (@FerxManza) es programador matemático. Obrero de las teclas de día, por las tardes a veces concejal municipalista.
Rafael Merino Rus (@Rafa__Merino) es economista y experto en gestión de ONGs. Uno de esos millennial multitarea obsesionado con mejorar este mundo. De vez en cuando escribo cosas.

“Nadie debería dar por sentada la sexualidad”

En lo que va del siglo, de todos los nominados al Oscar por personajes gay ninguno tenía esa elección sexual. La discusión abunda en matices, pero hay una coincidencia general en que Hollywood debería empezar a prestar más atención a las minorías.

 

Desde el comienzo del nuevo siglo, no menos de 25 actores y actrices han sido nominados al Oscar por interpretar roles Lgbtt. Entre ellos, Jake Gyllenhaal y Heath Ledger por su romance entre cowboys de Secreto en la montaña (2005); Charlize Theron por Monster (2003), la biopic de Aileen Wurnos; Sean Penn por el drama político Milk (2008); Benedict Cumberbatch como el programador de computadoras Alan Turing en El código enigma (2014), y Timothée Chalamet por Llámame por tu nombre, el drama dirigido por Luca Guadagnino en 2017. De esos 25 intérpretes, ni uno solo era gay.

En los últimos tiempos, el debate sobre si eso importa o no viene ganando presión en los medios. Cuando Jack Whitehall fue elegido para el elenco de Jungle Cruise, la primera película de la productora Disney con un personaje “abiertamente gay”, en las noticias y análisis pudo leerse una celebración y una crítica a partes iguales. Mientras tanto, actrices como Rachel Weisz –quien el año pasado interpretó dos papeles queer de manera excelente, en Disobedience y La favorita– están afrontando un escrutinio mucho mayor al que hubieran soportado una década atrás. De todas maneras, es un debate que no tiene una respuesta clara. Darren Criss, quien ganó hace pocos días el Globo de Oro por su personaje de Andrew Cunanan en The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, recientemente prometió no aceptar más roles de ese tenor en el futuro, por miedo a ser “otro pibe hetero tomando el personaje de un hombre gay”. Pero Ben Whishaw no está de acuerdo con esa visión. “Realmente creo que los actores pueden encarnar y retratar cualquier cosa”, dijo el actor británico, que es gay. “No deberíamos estar definidos por lo que somos”.


Es un argumento que a través del tiempo ha sido utilizado una y otra vez. “Yo considero que mi tarea no es contar la historia que viví”, le dijo Weisz hace poco a Gay Star News. “Cuando interpreto a Blanche DuBois en el teatro no soy una alcohólica. ¡Y no estoy interesada en acostarme con pibes adolescentes! Para mí, el arte de la narración consiste en convertirme en una persona que no soy.” Cate Blanchett, que interpretó a la protagonista en Carol, la hermosa película de Todd Haynes que sitúa en los años cincuenta un romance lésbico, coincide con ese punto de vista. “Pelearé hasta la muerte por el derecho a suspender la incredulidad e interpretar personajes más allá de mi experiencia”, señaló.


De todos modos esa perspectiva, a pesar de ser válida, pierde de vista algunos matices. Por un lado, ser queer implica una identidad de una manera que difícilmente sea aplicable a ser alcohólico o gustar de acostarse con adolescentes. No se trata de una experiencia que alguien puede haber tenido o no, sino una faceta esencial de la identidad; no hay ningún esfuerzo de investigación que pueda verdaderamente encapsular eso. A veces se espera que la creación de un personaje gay espeje de algún modo la experiencia de quien lo interprete. Hace poco, en declaraciones a la revista Vice, Peppermint –la primera mujer trans que se encargó de un personaje principal en un musical de Broadway, Head Over Heels– señaló que “realmente pienso que, idealmente, cualquiera debería poder interpretar el personaje perfecto para sí. Pero en este momento, las personas gay, trans y queer necesitan participar a la hora de contar sus propias historias. Hollywood tiene un terrible historial en eso de crear películas y hacer dinero explotando las experiencias de gente marginalizada, sin siquiera dejarlos tener alguna influencia en el proceso creativo. La mayor parte del tiempo, Hollywood produce estas historias sobre personas de las minorías queer y trans y lo hace mal: hay material ofensivo, historias trágicas, personajes unidimensionales y estereotipados, con muy poca profundidad”.


Lo que es peor, los intérpretes abiertamente Lgbtt no siempre tienen las mismas oportunidades que sus pares heterosexuales. Cuando la semana pasada Emma Stone gritó “¡Lo siento!” en los Globos de Oro, por interpretar a un personaje en parte asiático en Aloha (2015), no se trataba solo de un reconocimiento de que se había metido en una identidad que no tenía –y que nunca tendrá– nada que ver con ella, sino también de que había tomado una oportunidad que podría haber aprovechado alguien más adecuado. Alguien que, a causa de su identidad, muy difícilmente podría asumir alguno de los muchos otros roles que están al alcance de Stone. Muchos actores y actrices Lgbtt enfrentan el mismo prejuicio que limita sus posibilidades, son ignorados para roles queer y señalados como inadecuados para los personajes hetero. “Honestamente, no le recomendaría a ningún actor que salga del armario, si realmente se preocupa por su carrera”, dijo Rupert Everett, quien está seguro de que sus oportunidades de trabajo se marchitaron luego de que declarara públicamente su identidad gay, en 2009.


Un estudio reciente descubrió que más de la mitad de intérpretes Lgbtt han escuchado comentarios anti gay en el set de filmación, mientras que casi la mitad de los gay y lesbianas entrevistadas creen que los productores y ejecutivos de los estudios cinematográficos los consideran más difíciles de “vender”. También les cuesta conseguir agente que los represente. En otra entrevista de Vice, el actor Giovanni Bienne –representante del Comité de Igualdad Lgbtt– recordó haber ido a castings de personajes hetero y que le recomendaran “mantenerlo” durante la charla posterior. “Sean Penn no hizo audiciones para Milk”, señaló Bienne, “pero si lo hubiera hecho, después de impactar al equipo de casting nadie le hubiera dicho que se ‘mantuviera gay’ luego de la prueba”.


Pero la idea de que los actores y actrices queer deberían quedarse bien guardados en el armario es por lo menos problemática. “Seas hetero o gay, la gente no debería saber nada de tu sexualidad”, dijo 2015 Matt Damon, quien está casado con una mujer. Es claro que hay un doble estándar. Cuando Ellen Page firmó contrato para interpretar a Stacie Andree –una mujer gay que pelea por el derecho a recibir la pensión de su pareja moribunda– en Freeheld (2015), estaba, en sus propias palabras, “muy, muy dentro del armario”. Pero a medida que se acercaba el momento de la filmación, se dijo a sí misma: “No hay manera de que no seas una persona gay activa si hacés esta película”. Así, en 2014 aprovechó un discurso una campaña por los Derechos Humanos para declararse públicamente gay. “Se trata de salir a la luz, interpretar a un personaje gay, e interpretar a un personaje que me resulta tan inspirador”, le dijo Page a la revista Time. “Fue una experiencia asombrosa”. Desde entonces ha interpretado personajes hetero en películas como Tallulah (2016), pero también abrazó su rol como alguien capaz de abrir caminos en una industria que aún tiene poca representación para voces como la de ella. “Honestamente, si tuviera que tomar personajes gay por el resto de mi carrera, estaría encantada”, dijo.


En todo el debate, ¿dónde encaja la cuestión de la fluidez sexual? ¿Y qué pasa con los actores y actrices que aún no están listos para discutir su propia identidad? En una entrevista del año pasado sobre The Miseducation of Cameron Post, un drama psicológico sobre la conversión gay, la actriz Chloe Grace Moretz se mostró disconforme cuando se le mencionó un artículo en la que se la citaba como alguien hetero interpretando un rol gay. “Bueno, creo que lo importante es no dar por sentada la sexualidad de nadie”, dijo. “Quiero decir, no asumas nada”. Pocos meses después fue fotografiada besándose con la modelo Kate Harrison en las calles de Malibú. Para Desiree Akhavan, quien dirigió a Moretz en Cameron Post y protagoniza la brillante serie The Bisexual (ver aparte), lo más importante es que “hay una mano queer en el volante”. “Si seleccionan a alguien hetero y tienen un montón de gente queer en el equipo y le da dignidad al personaje, creo que está bien”, dijo.


No hay una solución fácil ni recetas mágicas para la cuestión. Lo que queda abundantemente claro es que las voces queer necesitan ser escuchadas. Y no solo cuando hablan a través de la boca del mundo hetero.

Por Alexandra Pollard
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para PáginaI12.

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