Miércoles, 13 Marzo 2019 06:03

Suposición y verdad

Suposición y verdad

La política en nuestro país muchas veces se manejó con un esquema de diseño militar dando lugar al desarrollo de estrategias teñidas de ocultamiento. Los centros de poder mediático ayudaron a dibujar un clima de asfixia social que hizo que el escamoteo de la información produjera un relato construido sin sustento real y jamás desmentido, a la vez que estimulando sentimientos de odio y desprecio.

Es bien sabido que en la guerra la primera víctima es la verdad. Una vez que se lucha por el poder, no importan los métodos utilizados, tampoco importa cómo se establecen las reglas de la nueva etapa. Así, el poder vencedor quiere imponer privilegios al que la inmensa mayoría no podrá acceder.


La confianza se convierte en un presupuesto de las relaciones a diversos niveles. Este a priori no necesariamente funciona sin tropiezos. Las trampas urdidas a la sombra de un acuerdo emergen con frecuencia y en formas cada vez más sofisticadas. El Presidente proclama sin ninguna argumentación o plan que lo sustente que se conduele porque “el sinceramiento es doloroso” mientras inauditamente declama que su quimera de progreso se empieza a cumplir, porque ya estamos mejor que en 2015. Pero, como no le requieren confirmarlo, puede repetir ese slogan sin titubeos.


Los presupuestos sobre los que se basan las opiniones respecto a países, personalidades y medios, tienen una historia tejida en parte sobre hechos a los que se han adosado suposiciones e interpretaciones intencionadas, ignorancia de ciertos sucesos, acentuación de situaciones menores, ininterrumpida presencia de personas o realidades que se quieran imponer. Este trasfondo que construido como realidad incontrastable se convierte en la principal materia prima para formar opiniones que, aunque alejadas de toda racionalidad o cuestionamiento, son la base de confianza con que cuentan los que deciden cuál es la verdadera historia.


Las posibilidades tecnológicas han mostrado que pueden proveer una sólida base para manipular la comunicación. No necesitan hacer explícito su mensaje, sino llevarnos a aceptar su poder como una fuerza valiosa y la inevitabilidad por los efectos que puede producirnos.


Los medios comerciales de comunicación están provocando, al menos, tres efectos principales. En primer lugar, tienden a reforzar la despolitización de la gente. Como alguna vez lo indicó G. Gerbner –uno de pioneros en el campo de la investigación en comunicación– los conglomerados de medios “no tienen nada para decir, pero mucho para vender”. En segundo lugar, tienden a desmoralizar a la población convenciéndola de que es vana toda esperanza de cambio y que sólo resta aceptar la realidad tal cual la interpretan. El tercer efecto es la producción de realidades paradójicas. Por un lado, se verifica un mayor y creciente acceso a la recepción de medios y, al mismo tiempo, los medios están cada vez en menos manos. La influencia que ejercen las corporaciones globales se extiende a todas las esferas de la vida, mientras que se procura que el papel de los estados nacionales sea cada vez más irrelevante. Son los grandes medios los que exaltan la importancia de la libertad de expresión en la vida de la sociedad, especialmente porque son ellos los que poseen los mayores centros de información. La libertad de expresión se ha ido convirtiendo en la libertad comercial para conducirla.


* Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.

 

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Domingo, 10 Marzo 2019 06:19

La disputa norteamericana

La disputa norteamericana

Un día cualquiera, todos los días, Fox News, el canal de noticias más visto en Estados Unidos, celebra el “patriotismo” del presidente Donald Trump. Enaltecen a los veteranos de guerra, machacan con los “crímenes de extranjeros ilegales” y difaman a las figuras más influyentes del partido Demócrata, especialmente a las mujeres que osan ejercer poder. Una investigación de la revista New Yorker sostiene que la cadena televisiva, que siempre fue partidaria, se ha convertido directamente en el brazo de propaganda de la Casa Blanca. Los autores sostienen que Fox News es tanto “el escudo como la espada” mediática de Trump. 

A unos diales de distancia, el segundo lugar en televidentes lo ocupa el ascendente MSNBC, seguido por CNN, ambos canales atacados regularmente por Trump: “¡[MSNBC] podría incluso ser peor que las noticias falsas de la CNN, si eso es posible!” dijo hace poco en un tweet. Es fácil entender el origen de la furia. El pasado 27 de febrero, por ejemplo, ambas señales cubrieron casi en continuado las siete horas de dramática comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos del ex abogado personal de Trump, Michael Cohen, quien bajo juramento arremetió contra el presidente, lo calificó de “racista”, “estafador” y “tramposo” y ofreció detalles y documentos que podrían complicar las investigaciones penales y civiles en curso. Ese mismo día, en Fox News, se sucedían generosas imágenes del Presidente Trump en Vietnam en la “histórica” cumbre con el norcoreano Kim Jong-un, que luego resultó un fiasco.

En este incesante fuego cruzado, una posición de consenso sorprendió recientemente a propios y ajenos: el 65 por ciento de los estadounidenses coincide en aumentar los impuestos para los más ricos (aquellas familias que ganan más de 1 millón de dólares al año). Enhorabuena. Generó también indignación generalizada la noticia de que Amazon pagará 0 dólares en impuestos federales sobre sus ganancias de 11,2 mil millones de dólares en 2018. Es que Estados Unidos es el país desarrollado más desigual del planeta: el 0,1 por ciento de más ingresos posee casi tanta riqueza como el 90 por ciento de menos; y el salario promedio de los 500 CEO principales es 361 veces el salario promedio de un trabajador. Como bien señala Bernie Sanders, nuevamente lanzado a la carrera presidencial: “la economía está en pleno auge para los multimillonarios y las corporaciones, pero no está tan bien para la clase trabajadora”. El hogar promedio tiene menos riqueza hoy que hace 35 años y la expectativa de vida se redujo por segundo año consecutivo. En la superpotencia hay también 41 millones de personas (13 por ciento de la población) con ingresos bajo la línea de pobreza.


La paradoja perversa es que, en 2016, fue justamente un multimillonario, Donald Trump, quien logró capitalizar electoralmente la frustración, el miedo y el enojo incubados en el pueblo estadounidense. El magnate cultivó con eficacia la anti política, y ofreció respuestas (falsas) a problemáticas legítimas que el establishment del partido demócrata no supo ver. Pero desde aquella histórica primera marcha de las mujeres en Washington, el 21 de enero de 2017, algo empezó a cambiar. Se vive un auge de movilización de trabajadorxs, maestrxs, jóvenes, colectivo Lgbti. Los demócratas salieron fortalecidos de las elecciones de medio término: revitalizaron su plataforma y sus candidatxs, marcaron la agenda con temas clave para la población (sistema de salud, impuestos, deuda estudiantil, discriminación), y lograron recuperar el control de la estratégica Cámara de Representantes (Diputados). Desde este año, el Congreso estadounidense tiene un nuevo récord de mujeres (127), aunque son solamente 24 por ciento de lxs miembros, lejos de la paridad.


Mientras el partido republicano, con sus propias grietas, se abroquela detrás de Trump, una nueva generación más progresista -con más mujeres, jóvenes y minorías- está disputando el poder al interior del partido demócrata. Congresistas potentes como Alexandra Ocasio-Cortez, Elizabeth Warren y el propio Sanders lideran la batalla por un Estados Unidos en donde la redistribución del ingreso cambie de signo en favor de la mayoría. Un eje ha sido evidenciar que el supuesto “gran logro” de Trump y sus acólitos (la reforma impositiva) fue en realidad una estafa: el 83 por ciento de los beneficios por la rebaja de impuestos se lo apropiará el 1 por ciento más acaudalado del país. En contraposición a esta reforma, y haciéndose eco de aquel 65 por ciento que acuerda con cobrar más impuestos a los ricos, los demócratas manejan un menú de alternativas ambiciosas para generar una estructura impositiva verdaderamente progresiva y poder financiar el desarrollo de su país. Es uno de los terrenos de disputa de una batalla a fondo que, con matices, también atraviesa nuestro país: si el ingreso y la riqueza se redistribuyen hacia las elites, como viene haciendo el gobierno de Macri o si, en cambio, la riqueza social se empieza a canalizar nuevamente en favor del presente y el futuro de la mayoría de los argentinos.


Por Cecilia Nahon, profesora de la American University. Ex embajadora argentina en Estados Unidos

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Códigos, protocolos, y redes para la libertad

Internet*, en sus orígenes, amplió nuestra capacidad para comunicarnos y acceder a información a una escala global. Pero ahora la Red está controlada de forma masiva, centralizada y jerárquica. Los beneficios y el conocimiento que se extraen de nuestras comunicaciones se concentran en pocas empresas. Lo han logrado cerrando y privatizando el código informático, que antes era abierto y libre.


[No hacemos diferencia entre la Red de redes (WWW) e Internet, porque la mayoría de la gente las identifica. La WWW (World Wide Web) es un conjunto de protocolos que permite consultar páginas web y archivos. Internet es su medio de transmisión: un conjunto de redes de comunicación que utilizan protocolos TCP/IP que garantizan que las diferentes redes funcionen como una red única.]


La aparente complejidad tecnológica intimida a la población. Resulta increíble que usemos tantos aparatos digitales y desde hace tanto tiempo desconociendo el código, el protocolo informático y la arquitectura de las redes. Sirven para filtrar y sesgar los flujos comunicativos de las verdaderas redes sociales. Las formatean para que difundan publicidad. Interfieren en ellas por la configuración por defecto de las herramientas. Y realizan funciones que no hemos autorizado, no deseamos ni necesitamos.


Los programas informáticos realizan muchas tareas “invisibles”. Mientras tecleo, el procesador de texto guarda copias con mis metadatos (que me identifican), recuerda las palabras que uso, me sugiere otras … A veces pone puntos y mayúsculas, guiones y espacios donde no quiero. Pensemos, entonces, lo que las empresas pueden hacer si usan código cerrado (que no podemos conocer ni alterar).


Si delegamos en una empresa la tarea de tejer nuestras redes, le transferimos un poder enorme: impone su código o lenguaje. Y, además, su protocolo: las reglas y normas que permiten que varias personas o máquinas se comuniquen entre sí. Darle a la industria la capacidad de configurar nuestras redes sociales es como dejarle al jefe decidir si nos casamos. Si somos mujer, está claro que intentará disuadirnos para no pagar una baja de maternidad.


En la mayoría de las culturas, la red social más fuerte es la familia. Su importancia se manifiesta con un código y un protocolo bien estipulados. Hasta hace poco, una red familiar nacía del nodo de un matrimonio, firmado con el código heterosexual (hombre-mujer). La gente se casaba siguiendo el protocolo del noviazgo formal y la petición de mano a los padres de la novia. Y acababa en la boda con el cura, que cerraba el protocolo aplicando el código patriarcal (el padre-macho manda).


Además del código y del protocolo, la arquitectura de una red informática concentra o distribuye poder. Una familia tradicional puede dibujarse como una red centralizada. Todo pasa por el nodo central, que hace y deshace a su antojo. El padre controla los flujos de información. El resto de miembros, aunque hablen a sus espaldas, acata su palabra. La última decisión es suya o, en su ausencia, de la madre viuda. Si los progenitores mueren, puede producirse una desconexión de los otros nodos; por ejemplo, los hijos se dejan de hablar por la herencia. La familia tradicional encaja en el esquema de las redes centralizadas como Facebook. El Padre o Hermano Mayor ocupa el centro en ellas.


Frente a las redes centralizadas, pueden construirse redes distribuidas. El control pasa a todos los nodos conectados. Ninguno puede interrumpir la comunicación del resto. Están conectados entre sí y en pie de igualdad. No hay jerarquías sino horizontalidad. Era la arquitectura de la Internet originaria, que desapareció al ser conquistada por los estados y las empresas. Las corporaciones cerraron el código, impusieron el protocolo publicitario y privatizaron nuestra información.


El código patriarcal estaba claro. Se aprendía en la familia, la escuela y la parroquia. Después, también se aplicaba en el juzgado. Conociéndolo, podías seguirlo o saltártelo, sabiendo las consecuencias de esas decisiones. Pero era un código cerrado y no libre. No se podía cambiar ni adaptar. O lo acatabas o te quedabas “solo”; es decir, soltero o solterona, que sonaba peor.


Otras formas de amor han abierto el código y el protocolo del matrimonio. Lo hackearon, modificándolo para expresar otros afectos y formar nuevas unidades familiares. Al “abrirlo” permitieron que otras personas lo usaran para tejer matrimonios no heterosexuales. Y redes familiares menos dependientes del nodo central. En Internet ha ocurrido lo contrario: del amor libre entre iguales hemos pasado al matrimonio de conveniencia. Si no estás en las redes, no ligas. Y si ligas, será con códigos y protocolos publicitarios: vendiendo y comprando afectos en el mercado de “megustas”.


Cuando, además de abierto, el código informático es libre puede usarse, modificarse y distribuirse gratis. La potencia que desata tiene consecuencias inimaginables e impredecibles. Ya no digamos si lo adoptan los sectores sociales más dinámicos y jóvenes. El movimiento de los Indignados o 15M cobró fuerza en la red N-1. Era la aplicación libre y en abierto de Diáspora, una plataforma que habían programado tres estudiantes norteamericanos como proyecto de fin de carrera. Querían competir con Facebook. La diseñaron para que cualquier usuario controlase en todo momento qué información compartía y con quién. Fomentaba grupos de afinidad con objetivos colectivos y más allá de la Red.


El Partido X, surgido del 15M, pretendía transplantar su código a las instituciones. Intentó hackearlas: abrirlas para acabar con la corrupción y liberarlas, ponerlas al alcance de la mayoría social para que pudiese participar activamente en las cuestiones públicas.


Siendo vitales para el arranque y la ideología del 15M, las herramientas libres perdieron fuelle cuando el movimiento abrió cuentas en Facebook y Twitter. Ciertos portavoces centralizaron la comunicación. Las jerarquías tomaron cuerpo cuando los indignados relegaron el objetivo de coordinarse y se centraron en hacerse visibles. Pusieron su energía en las grandes redes, porque reunían muchos usuarios. El coste que pagaron fue que los activistas más dispuestos a trabajar a pie de calle perdieron peso.


Los ciberactivistas saben que necesitan redes propias. Como dicen en las escuelas de negocios: “nunca construyas tu casa en la tierra de otro”. O como sabe cualquier empresario: “cuando montas el negocio en torno a Facebook, en última instancia trabajas para Facebook, no en tu empresa”. El activista Shaun King, de Black Lives Matter (Las vidas negras importan, contra la violencia policial racista) vio bloqueada su cuenta en Facebook en 2016. Publicó correos que había recibido con insultos xenófobos. Y creyeron que él era el autor.
King escribió indignado:
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“No cerraron mi página de Facebook. Cerraron su página de Facebook, la que a mí me dejan usar… Esto que tardó diez años en construir, esta comunidad de más de 800.000 personas… Pensar que apretando solo un botón se puede cerrar todo eso deja un sentimiento extraño”.
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La extrañeza responde a que el código que uno creía que daba libertad se ha cerrado tanto que ya no está en manos de quien la ejerce. Las cuentas, los mensajes que compartimos y nuestros contactos son propiedad privada de las redes. Y solo entienden el protocolo publicitario.


Los algoritmos censuran contenidos que espantan a usuarios. El cierre automático presuponía que la cuenta de S. King pertenecía a un racista. La plataforma no concibe que la xenofobia se combata poniéndola en evidencia. Exponiendo que rezuma ignorancia e inseguridad. Apenas disimuladas con odio y violencia. Los protocolos publicitarios solo conciben mensajes que buscan aceptación y adeptos. Y lo peor es que podemos acabar usando las redes así. De modo inconsciente, constante y sin otro objetivo que el autobombo. Entonces, en lugar de darnos poder, nos debilitan.


*La semana pasada poníamos el foco en el contro al que nos vemos sometidos por el uso de nuestros datos que realizan los estados y las corporaciones. En este capítulo, apuntamos hacia ejemplos de todo lo contrario, en los que la tecnología se ha utilizado con propósitos emancipadores. Continuamos el debate en n/vuestra web.
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Por Víctor Sampedro
Texto original: Víctor Sampedro

Edición y actualización: Pedro Fernández de Castro

Ilustraciones: Raúl Arias

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Las hormigas obreras trabajan sin comunicarse para ahorrar energía

Entre las hormigas obreras no hay capataz alguno. Estos insectos construyen sus senderos sin recibir ninguna consigna y sin intercambio de información que valga, según un estudio publicado este miércoles en la revista Proceedings, de la Real Sociedad B.

“Es sorprendente, porque los comportamientos colectivos suelen organizarse a través de la comunicación”, explicó Thomas Bochynek, de la Universidad Northwestern, en Estados Unidos, uno de los autores del estudio.


Las hormigas son insectos sociales y se considera que poseen una verdadera inteligencia colectiva.


La construcción de los caminos que emplea la colonia para llevar alimentos hasta el hormiguero requiere miles de obreros, según el estudio.


Cada colonia puede despejar hasta tres kilómetros de caminos por año, invirtiendo hasta 11 mil horas de trabajo anual.


Tal organización (o, más bien, falta de ella) permite ahorrar energía, pues comunicar, ya sea por contacto o mediante feromonas (que hay que producir, almacenar y segregar), genera un gasto energético, precisa Thomas Bochynek.

Al otro lado de Black Mirror: algoritmos, democracia e igualdad

¿Seremos capaces los Estados, las empresas y especialmente la ciudadanía de hacer todo lo necesario para poner la inteligencia artificial al servicio de los derechos humanos, la democracia y la igualdad y no en contra?

«Sé que estáis ahí, percibo vuestra presencia. Sé que tenéis miedo. Nos teméis a nosotros. Teméis el cambio. Yo no conozco el futuro. No he venido para deciros cómo acabará todo esto... Al contrario. He venido a deciros cómo va a comenzar». The Matrix (1999)


1. Contexto: máquinas que aprenden solas

 

Nadie los ve. Están ahí. Nos gobiernan. Llevan tiempo entre nosotros, pero sólo ahora hemos empezado a percibir su existencia. Son los algoritmos de aprendizaje automático.

Pero ¿qué son realmente estos algoritmos de aprendizaje automático y qué tienen de novedoso? Un algoritmo, en general, podría definirse como un “conjunto de instrucciones lógicas para resolver un problema genérico concreto”. Un ejemplo sencillo es el algoritmo que aprendemos en la escuela para hacer una división. Hasta aquí, nada muy especial. Sin embargo, gracias a los increíbles avances informáticos en la capacidad de procesamiento y de almacenamiento de datos, en los últimos años se ha producido un salto cualitativo sorprendente. Hasta ahora, los programadores tenían que detallar cada uno de los pasos lógicos que debía seguir el programa para obtener el resultado deseado, es decir, eran los programadores los que le decían a la máquina cómo tenía que responder ante determinadas situaciones, pero los algoritmos de aprendizaje automático (en adelante, AAA) funcionan de forma totalmente diferente. De manera simplificada, un AAA consiste en redes neuronales virtuales que, de forma parecida a como aprendemos los humanos, a medida que van procesando los resultados que provocan diferentes reacciones ante una situación, van anticipando cómo responder ante futuras casuísticas. Es decir, la máquina, literalmente, “aprende”.

Para intentar comprenderlo mejor, utilicemos el ejemplo de los programas de ajedrez. Antes, los programas de ajedrez (como el famoso caso de Deep Blue) se construían introduciendo manualmente las estrategias (mejores o peores) que utilizaría cualquier buen jugador humano, por ejemplo, asignando un valor a las piezas (un punto a los peones, tres a caballos y alfiles, cinco a las torres, etcétera) para hacer cálculos de sacrificios o privilegiando por lo general el control de las posiciones centrales para así dominar el conjunto del tablero. Es decir, se les asignaba un conjunto de reglas según las cuales, valorando las posibles jugadas siguientes, calculaban la respuesta a cada posible situación. Sin embargo, a los programas actuales de ajedrez basados en AAA no hace falta introducirles ninguna de estas estrategias predefinidas. El novedoso programa Alpha Zero de Deep Mind ha sido capaz de aprender en veinticuatro horas y simplemente jugando partidas contra sí mismo, sin ninguna participación humana, a ganar al ajedrez a los ordenadores más inteligentes; con la sorpresa de que para ganar realizaba movimientos que a cualquier humano nos resultan absolutamente incomprensibles según nuestras lógicas de puntuación y de dominio del tablero, como regalar una dama o arrinconarla en una esquina del tablero.

En la actualidad, los AAA están por todas partes, aunque no los veamos. Piensan y deciden por nosotros. Nos influyen cuando llenamos el carro de la compra, nos filtran lo que queremos ver en Google o Netflix, nos ayudan a encontrar pareja en internet o incluso orientan nuestro voto (véase el caso de Cambridge Analityca y Facebook en EE. UU.). Además, los algoritmos ya se están usando de manera generalizada en ámbitos estratégicos tan sensibles como, por ejemplo, la gestión pública, la sanidad, la seguridad, el transporte, el sector financiero o por las compañías de selección de personal.

La velocidad a la que se está desarrollando esta suerte de nueva tecnología es tan rápida que, si no empezamos a plantearnos ya de qué maneras están afectando a nuestras sociedades (y pueden afectar a su futuro), especialmente a los sectores más vulnerables, puede ser que muy pronto (si es que no ya) perdamos el control de los algoritmos que controlan nuestras vidas.

2. Mirando al futuro: desafíos, peligros y amenazas

Los escenarios a los que nos enfrentamos en este tema son muchos y muy variados, pero hemos querido agruparlos en tres grandes bloques interrelacionados: primero, las posibles amenazas para la democracia y la soberanía; segundo, los desafíos en materia de (des)igualdad y derechos humanos, y, por último, los peligros de la visión ultrasesgada de la realidad que pueden generar los algoritmos.

2.1.Posibles amenazas para la democracia y la soberanía.

a) La transparencia y la rendición de cuentas son un elemento esencial y vertebrador de toda democracia, pero ¿pueden garantizarlas los AAA que están decidiendo sobre nuestras vidas? Hemos de decir que no, que no podemos esperar que los AAA sean aliados de la transparencia y, lo que es peor, nunca podremos garantizar que lo sean. Si han utilizado el traductor de Google, seguramente hayan notado una increíble mejoría en los últimos años. Esta mejoría se debe, entre otras cosas, a que antes el software estaba programado para utilizar siempre el inglés como lenguaje intermedio, pero ahora el nuevo AAA de traducción no tiene esa restricción. El resultado es que el traductor de Google ha creado un lenguaje intermediario alienígena más eficaz, que muta mucho más rápido de lo que somos capaces de entender. Por tanto, si aceptamos nuestras limitaciones naturales para comprender este lenguaje extraterrestre o, como hemos mencionado anteriormente, las limitaciones lógicas que nos impiden comprender por qué un programa de ajedrez lleva a cabo determinados movimientos a la postre ganadores, tendremos que aceptar que de igual modo estamos inevitablemente limitados para comprender y, por tanto, auditar, las decisiones de otros algoritmos en materias mucho más sensibles para el futuro de nuestras sociedades.

b) En un sentido democrático, podríamos definir la soberanía como “la convicción generalizada de los pueblos de que de una forma u otra somos dueños de nuestro propio destino y de que tenemos la capacidad de impulsar cambios en la dirección que decidamos”. Más allá del hecho de si estamos delegando en los algoritmos un poder excesivo en nuestra toma de decisiones, existe otra amenaza filosófica esencial de los AAA con respecto a la democracia y a la soberanía, y es que suprimen los porqués de nuestra búsqueda del sentido de las cosas. Con esto lo que queremos decir es que las predicciones de los AAA, por su propia naturaleza, centran la interpretación de la realidad social en el cómo sucederán las cosas y no en el por qué suceden. Y a medida que busquemos en los algoritmos más respuestas a las preguntas de este mundo cada vez más complejo y cambiante, corremos el riesgo de estar abandonando la búsqueda de los porqués subyacentes y de empezar a abrazar una sensación cada vez mayor de inevitabilidad tácita, de que sencillamente es así como suceden las cosas y no hay más, y de renunciar, por tanto, a poder cambiar activamente el estado de las cosas e implicarnos en la defensa y el ejercicio del principio que etimológicamente fundamenta la democracia: nuestra soberanía como pueblos.

c) En tanto que los AAA tienen la capacidad de crear una realidad totalmente personalizada (piénsese por ejemplo en la publicidad diferenciada que nos ofrece Amazon a cada uno de nosotros o los ejemplos de las últimas campañas electorales estadounidenses y del brexit en Reino Unido), se abre con ello un peligroso campo para la manipulación mediática y la supresión de otro de los pilares fundamentales de la democracia: el debate público como colectivización e interpretación de problemáticas comunes. Al fin y al cabo, ¿cómo vamos a debatir nada en común cuando nos han ultraindividualizado el relato?

 

2.2. Desafíos en materia de (des)igualdad

a) La naturaleza predictiva de algunos AAA los hace singularmente performativos o, dicho de otra forma, igual que sucede con las encuestas electorales, el mero hecho de predecir una supuesta realidad futura afecta a nuestro comportamiento y acaba provocando el escenario previsto que de otra forma tal vez se podría haber evitado y, lejos de ayudar a resolver las desigualdades existentes, pueden estar agravándolas. Pongamos un ejemplo (inspirado en el libro Armas de destrucción matemática de Cathy O'Neil). En varios lugares del mundo la policía utiliza algoritmos predictivos (el más conocido es PredPol) que, haciendo uso de los registros policiales, anticipan zonas con mayor probabilidad de que se produzcan crímenes. Dejemos al margen la discusión sobre si esos registros policiales –y por tanto la información con que se alimenta al algoritmo– serían fieles a la realidad o estarían repletos de prejuicios que afectarían a la predicción. Como es lógico, el algoritmo señalaría como zonas más probables aquellas en las que ya existe más criminalidad, que en muchos casos viene derivada de situaciones de desigualdad y de racialización. ¿Qué pasaría a continuación? Lo más probable es que el mero hecho de predecir más criminalidad en una zona y el consecuente aumento de la presencia policial, provoque que las familias que se lo puedan permitir huyan del lugar, dejando atrás a las más empobrecidas y arraigadas que no pueden permitirse otra cosa, provocando así una profundización de la desigualdad y la segregación y, por tanto, con toda probabilidad, también de la conflictividad social y de la criminalidad. Se hace coincidir así el resultado con la previsión y se agrava la situación de desigualdad inicial.

b) Como cualquier avance tecnológico en una sociedad ya desigual, pueden ser profundizadores de la desigualdad, ya que la capacidad de acceso a estos avances no es simétrica en los diferentes estratos sociales. Como consecuencia, corremos el riesgo de que estos nuevos avances se pongan a operar al servicio de los intereses de los que más poder tienen y, aunque si bien es cierto que en muchos otros sentidos también pueden generar beneficios para el conjunto de la sociedad, éstos siempre se producen de arriba abajo, no horizontalmente, y normalmente en una clave de consumo. Otro riesgo claro de impacto de los AAA en la desigualdad y que quizás sea el más extendido en la actualidad es la reproducción sistematizada en algoritmos de patrones discriminatorios fruto del sesgo en los datos e información que procesan (un ejemplo reciente de esto es el algoritmo “discriminatorio” utilizado por Amazon para el reclutamiento de personal que “penalizaba” a las mujeres). En este contexto, la pregunta que debemos hacernos es ¿quiénes controlan y dirigen el futuro de los avances que ya están moldeando nuestras sociedades? Y si la respuesta no es “todos por igual”, lo más probable es que estén favoreciendo a los más privilegiados y, por lo tanto, agudizando las desigualdades existentes.

2.3. Peligros de una visión ultrasesgada y dirigida de la realidad

a) Los actuales AAA fomentan además visiones retroalimentadoras y encapsuladas de la realidad (en relación con el punto 3). Esto sucede, por ejemplo, cuando los algoritmos de las redes sociales sólo nos muestran las noticias que tienen más probabilidad de que les demos un me gusta y, por tanto, que más nos sirven para reafirmarnos, cuando comprobamos que la publicidad de Amazon es diferente de una persona a otra y se basa en un perfil personalizado o cuando nos damos cuenta que las propuestas políticas que nos llegan de los partidos son sólo aquellas que más nos preocupaban de antemano. En tanto en cuanto sólo se nos estaría mostrando esta visión ultrasesgada y dirigida de la realidad que nos resulta más cómoda y que nos refuerza y retroalimenta en nuestras concepciones previas, ¿cómo vamos a descubrir e incorporar discursos y realidades que nos son ajenas o incluso desagradables de entrada?

b) Por último, procede destacar que los AAA nos conducen a undata-centrismo, es decir, cuando los análisis de la realidad se sustentan sobre aquellos sectores de la sociedad o países que más datos generan (países ricos más digitalizados frente a países pobres), hay más probabilidades de que la agenda pública y las políticas se orienten en beneficio de dichos sectores o países y sigamos acrecentando así las desigualdades sociales que impera en la actualidad.

3. Una propuesta de futuro: la Declaración de Toronto


Como es sabido, existe un interés creciente en comprender y dibujar las fronteras éticas y prácticas de estas nuevas tecnologías. Un ejemplo de ello es la iniciativa The Toronto Declaration: Protecting the right to equality and non-discrimination in machine learning systems lanzada por Amnistía Internacional, Access Now y otras organizaciones asociadas, sobre “derechos humanos e inteligencia artificial”.


¿Qué plantea esta histórica declaración? Muy resumidamente, la Declaración de Toronto pretende ser un primer paso para establecer las bases de un acuerdo internacional para el desarrollo de la inteligencia artificial y los AAA desde un enfoque ético y con los derechos humanos en el centro.


La estructura y el enfoque de la declaración guarda cierta similitud con los “Principios Rectores sobre las empresas y los derechos humanos: puesta en práctica del marco de las Naciones Unidas para proteger, respetar y remediar”, adoptados en el 2011 por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. De hecho, la declaración se articula sobre estos mismos tres pilares según los cuales:

1) Los Estados tiene el deber de prevenir y proteger los derechos humanos. Ello implica que deben crear un marco de seguridad jurídica para promover, respetar, cumplir y proteger los derechos humanos de los potenciales impactos negativos derivados de la aplicación y desarrollo de la inteligencia artificial, garantizar un uso público adecuado de ésta, promover su uso y conocimiento adecuados entre los funcionarios públicos, garantizar la rendición de cuentas y transparencia en las actuaciones de los sectores público y privado relacionadas con la inteligencia artificial y establecer “vasos comunicantes” con el sector privado para intercambiar conocimiento y buenas prácticas.


2) Las empresas tienen la responsabilidad de respetar los derechos humanos y para ello han de adoptar compromisos políticos claros y públicos e implantar un procedimiento de debida diligencia apropiado para identificar, prevenir, amortiguar y rendir cuentas sobre cómo su actividad y uso de la inteligencia artificial impacta o puede llegar a impactar, de forma directa o indirecta a través de su cadena de suministro o de sus relaciones comerciales, en los derechos humanos.

3) Los Estados y las empresas deben reparar y remediar sus impactos negativos en los derechos humanos derivados del uso de la inteligencia artificial, y a tal fin deben poner los recursos y adoptar las medidas necesarias para regular y establecer procedimientos adecuados de reclamación y denuncia, así como habilitar y facilitar el acceso a mecanismos de reparación transparentes, accesibles y eficaces.

A pesar de que la Declaración de Toronto se centra exclusivamente en los conceptos de igualdad y no discriminación, creemos que su contenido es absolutamente replicable a todo el espectro de los derechos humanos y, por tanto, su aportación al debate “derechos humanos frente a inteligencia artificial” es realmente valioso.


Adicionalmente, no podemos dejar de, al menos, citar otra serie de iniciativas de peso en este ámbito, como el programa del Consejo de Europa por una inteligencia artificial ética y responsable con los derechos humanos, el rule of law y la democracia (del que recomendamos dos de sus publicaciones recientes, el borrador de una guía ética para el uso responsable de inteligencia artificial y el informe Algorithms & Human Rights) o la Conferencia Mundial sobre Inteligencia Artificial ( cuya primera edición se celebró el año pasado en Shanghái).

4. Conclusión: una reflexión de partida

Queremos que este artículo sirva como reflexión para el comienzo de este nuevo paradigma social, económico y tecnológico protagonizado por máquinas capaces de aprender. Sin darnos cuenta estamos depositando una confianza cada vez mayor en ellas para controlar y dirigir nuestro futuro, convencidos de una supuesta neutralidad positiva de los avances tecnológicos. Pero, si una conclusión podemos extraer, es que los AAA –al igual que cualquier otro avance humano– no son un suceso meteorológico externo que responda a leyes naturales que nos superan y ante el cual sólo podemos prevenirnos, pero que no podemos controlar.

La buena noticia es que sí que podemos, pero la pregunta es: ¿seremos capaces los Estados, las empresas y especialmente la ciudadanía de hacer todo lo necesario para controlar los algoritmos que ya nos controlan, de poner la inteligencia artificial al servicio de los derechos humanos, la democracia y la igualdad y no en contra?; y, sobre todo, ¿conseguiremos ser las personas las verdaderas protagonistas de nuestras propias vidas en este nuevo mundo entretejido de algoritmos? Sólo el tiempo y la razón (humana o artificial) nos lo dirán.

 Por  FERNANDO ROMÁN AGUILERA / RAFAEL MERINO RUS

16 DE ENERO DE 2019

Fernando Román Aguilera (@FerxManza) es programador matemático. Obrero de las teclas de día, por las tardes a veces concejal municipalista.
Rafael Merino Rus (@Rafa__Merino) es economista y experto en gestión de ONGs. Uno de esos millennial multitarea obsesionado con mejorar este mundo. De vez en cuando escribo cosas.

“Nadie debería dar por sentada la sexualidad”

En lo que va del siglo, de todos los nominados al Oscar por personajes gay ninguno tenía esa elección sexual. La discusión abunda en matices, pero hay una coincidencia general en que Hollywood debería empezar a prestar más atención a las minorías.

 

Desde el comienzo del nuevo siglo, no menos de 25 actores y actrices han sido nominados al Oscar por interpretar roles Lgbtt. Entre ellos, Jake Gyllenhaal y Heath Ledger por su romance entre cowboys de Secreto en la montaña (2005); Charlize Theron por Monster (2003), la biopic de Aileen Wurnos; Sean Penn por el drama político Milk (2008); Benedict Cumberbatch como el programador de computadoras Alan Turing en El código enigma (2014), y Timothée Chalamet por Llámame por tu nombre, el drama dirigido por Luca Guadagnino en 2017. De esos 25 intérpretes, ni uno solo era gay.

En los últimos tiempos, el debate sobre si eso importa o no viene ganando presión en los medios. Cuando Jack Whitehall fue elegido para el elenco de Jungle Cruise, la primera película de la productora Disney con un personaje “abiertamente gay”, en las noticias y análisis pudo leerse una celebración y una crítica a partes iguales. Mientras tanto, actrices como Rachel Weisz –quien el año pasado interpretó dos papeles queer de manera excelente, en Disobedience y La favorita– están afrontando un escrutinio mucho mayor al que hubieran soportado una década atrás. De todas maneras, es un debate que no tiene una respuesta clara. Darren Criss, quien ganó hace pocos días el Globo de Oro por su personaje de Andrew Cunanan en The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, recientemente prometió no aceptar más roles de ese tenor en el futuro, por miedo a ser “otro pibe hetero tomando el personaje de un hombre gay”. Pero Ben Whishaw no está de acuerdo con esa visión. “Realmente creo que los actores pueden encarnar y retratar cualquier cosa”, dijo el actor británico, que es gay. “No deberíamos estar definidos por lo que somos”.


Es un argumento que a través del tiempo ha sido utilizado una y otra vez. “Yo considero que mi tarea no es contar la historia que viví”, le dijo Weisz hace poco a Gay Star News. “Cuando interpreto a Blanche DuBois en el teatro no soy una alcohólica. ¡Y no estoy interesada en acostarme con pibes adolescentes! Para mí, el arte de la narración consiste en convertirme en una persona que no soy.” Cate Blanchett, que interpretó a la protagonista en Carol, la hermosa película de Todd Haynes que sitúa en los años cincuenta un romance lésbico, coincide con ese punto de vista. “Pelearé hasta la muerte por el derecho a suspender la incredulidad e interpretar personajes más allá de mi experiencia”, señaló.


De todos modos esa perspectiva, a pesar de ser válida, pierde de vista algunos matices. Por un lado, ser queer implica una identidad de una manera que difícilmente sea aplicable a ser alcohólico o gustar de acostarse con adolescentes. No se trata de una experiencia que alguien puede haber tenido o no, sino una faceta esencial de la identidad; no hay ningún esfuerzo de investigación que pueda verdaderamente encapsular eso. A veces se espera que la creación de un personaje gay espeje de algún modo la experiencia de quien lo interprete. Hace poco, en declaraciones a la revista Vice, Peppermint –la primera mujer trans que se encargó de un personaje principal en un musical de Broadway, Head Over Heels– señaló que “realmente pienso que, idealmente, cualquiera debería poder interpretar el personaje perfecto para sí. Pero en este momento, las personas gay, trans y queer necesitan participar a la hora de contar sus propias historias. Hollywood tiene un terrible historial en eso de crear películas y hacer dinero explotando las experiencias de gente marginalizada, sin siquiera dejarlos tener alguna influencia en el proceso creativo. La mayor parte del tiempo, Hollywood produce estas historias sobre personas de las minorías queer y trans y lo hace mal: hay material ofensivo, historias trágicas, personajes unidimensionales y estereotipados, con muy poca profundidad”.


Lo que es peor, los intérpretes abiertamente Lgbtt no siempre tienen las mismas oportunidades que sus pares heterosexuales. Cuando la semana pasada Emma Stone gritó “¡Lo siento!” en los Globos de Oro, por interpretar a un personaje en parte asiático en Aloha (2015), no se trataba solo de un reconocimiento de que se había metido en una identidad que no tenía –y que nunca tendrá– nada que ver con ella, sino también de que había tomado una oportunidad que podría haber aprovechado alguien más adecuado. Alguien que, a causa de su identidad, muy difícilmente podría asumir alguno de los muchos otros roles que están al alcance de Stone. Muchos actores y actrices Lgbtt enfrentan el mismo prejuicio que limita sus posibilidades, son ignorados para roles queer y señalados como inadecuados para los personajes hetero. “Honestamente, no le recomendaría a ningún actor que salga del armario, si realmente se preocupa por su carrera”, dijo Rupert Everett, quien está seguro de que sus oportunidades de trabajo se marchitaron luego de que declarara públicamente su identidad gay, en 2009.


Un estudio reciente descubrió que más de la mitad de intérpretes Lgbtt han escuchado comentarios anti gay en el set de filmación, mientras que casi la mitad de los gay y lesbianas entrevistadas creen que los productores y ejecutivos de los estudios cinematográficos los consideran más difíciles de “vender”. También les cuesta conseguir agente que los represente. En otra entrevista de Vice, el actor Giovanni Bienne –representante del Comité de Igualdad Lgbtt– recordó haber ido a castings de personajes hetero y que le recomendaran “mantenerlo” durante la charla posterior. “Sean Penn no hizo audiciones para Milk”, señaló Bienne, “pero si lo hubiera hecho, después de impactar al equipo de casting nadie le hubiera dicho que se ‘mantuviera gay’ luego de la prueba”.


Pero la idea de que los actores y actrices queer deberían quedarse bien guardados en el armario es por lo menos problemática. “Seas hetero o gay, la gente no debería saber nada de tu sexualidad”, dijo 2015 Matt Damon, quien está casado con una mujer. Es claro que hay un doble estándar. Cuando Ellen Page firmó contrato para interpretar a Stacie Andree –una mujer gay que pelea por el derecho a recibir la pensión de su pareja moribunda– en Freeheld (2015), estaba, en sus propias palabras, “muy, muy dentro del armario”. Pero a medida que se acercaba el momento de la filmación, se dijo a sí misma: “No hay manera de que no seas una persona gay activa si hacés esta película”. Así, en 2014 aprovechó un discurso una campaña por los Derechos Humanos para declararse públicamente gay. “Se trata de salir a la luz, interpretar a un personaje gay, e interpretar a un personaje que me resulta tan inspirador”, le dijo Page a la revista Time. “Fue una experiencia asombrosa”. Desde entonces ha interpretado personajes hetero en películas como Tallulah (2016), pero también abrazó su rol como alguien capaz de abrir caminos en una industria que aún tiene poca representación para voces como la de ella. “Honestamente, si tuviera que tomar personajes gay por el resto de mi carrera, estaría encantada”, dijo.


En todo el debate, ¿dónde encaja la cuestión de la fluidez sexual? ¿Y qué pasa con los actores y actrices que aún no están listos para discutir su propia identidad? En una entrevista del año pasado sobre The Miseducation of Cameron Post, un drama psicológico sobre la conversión gay, la actriz Chloe Grace Moretz se mostró disconforme cuando se le mencionó un artículo en la que se la citaba como alguien hetero interpretando un rol gay. “Bueno, creo que lo importante es no dar por sentada la sexualidad de nadie”, dijo. “Quiero decir, no asumas nada”. Pocos meses después fue fotografiada besándose con la modelo Kate Harrison en las calles de Malibú. Para Desiree Akhavan, quien dirigió a Moretz en Cameron Post y protagoniza la brillante serie The Bisexual (ver aparte), lo más importante es que “hay una mano queer en el volante”. “Si seleccionan a alguien hetero y tienen un montón de gente queer en el equipo y le da dignidad al personaje, creo que está bien”, dijo.


No hay una solución fácil ni recetas mágicas para la cuestión. Lo que queda abundantemente claro es que las voces queer necesitan ser escuchadas. Y no solo cuando hablan a través de la boca del mundo hetero.

Por Alexandra Pollard
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para PáginaI12.

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Lunes, 14 Enero 2019 05:43

El circo

El circo

Muchos sugieren que sería mejor evitar hablar de él, ignorarlo, borrarlo, que eso sería intolerable para él, que todo su juego es capturar los reflectores, buscar definir el debate para distraer, para desviar la atención sobre toda una serie de cosas, incluida su sospechosa relación con el Kremlin y la corrupción e ineptitud que define a su gobierno, entre otras cosas. El bufón peligroso maneja este circo, y de alguna manera todos le ayudamos con su reality show al prestarle atención, incluso, pues, esta columna, por ejemplo. Pero a veces los reflectores capturan cosas que el cirquero hubiera preferido dejar en lo oscurito.

A veces este es un juego de escondidillas entre luces y sombras.


Todo el enfoque hoy aquí es el cierre parcial del gobierno con más de 800 mil empleados federales que no recibieron sus sueldos con consecuencias crecientes para millones más, todo como resultado de la exigencia por un muro como única solución para una inexistente crisis de seguridad en la frontera.


Da manotazos a una mesa, viaja a la frontera, cancela sus vacaciones y su viaje a Davos. Pero de repente, en su prisa por atacar a cualquiera que perciba como opositor, declara cosas muy reveladoras, como por ejemplo, cuando denunció reportes en los medios de que la Casa Blanca es un caos en torno al cierre de gobierno, afirmó que no hay “ningún caos. De hecho, no hay casi nadie en la Casa Blanca, más que yo…”


Se dice que está cada vez más aislado y sigue bajo sitio por múltiples investigaciones sobre la posible colaboración y actos corruptos o de negocios potencialmente ilícitos de sus socios, de su campaña y hasta de su familia con los rusos. Algunos pronostican cargos criminales contra él y/o su familia.


Le urge cambiar el canal, y provocar caos en otras partes para evadir el suyo.


Pero dos revelaciones dramáticas en los medios a fines de esta semana rompieron por ahora el control del circo dirigido por el bufón y los reflectores se voltearon por un momento de la crisis ficticia en la frontera a la real dentro de la Casa Blanca.


Primero el New York Times reveló el viernes que la FBI estaba tan alarmada con el comportamiento del presidente cuando decidió despedir al entonces jefe James Comey –quien encabezaba la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016– que ordenó una pesquisa de contra-inteligencia para evaluar si el presidente de Estados Unidos estaba trabajando para intereses rusos, lo cual implicaba que él podría ser una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. No se sabe si esta indagatoria sigue activa, si descubrió algo o si ahora forma parte de la encabezada por Mueller.


Eso fue seguido el sábado, cuando el Washington Post reportó que no hay transcripciones o reportes detallados –ni en archivos clasificados– de los cinco intercambios cara a cara entre Trump y Vladimir Putin a lo largo de los últimos dos años. El presidente cerró o limitó el acceso de su propio equipo a esas reuniones, no rindió reportes detallados de lo que se habló, y en por lo menos una ocasión Trump confiscó algunos de los apuntes de su traductor y en una de las reuniones ordenó no revelar nada, incluso a sus propios asesores, sobre lo que habían escuchado.


El guion no llega al nivel sofisticado e inteligente de una novela de John le Carre, más bien estamos dentro de una novela o película de espías y conspiraciones políticas pésima y mediocre, pero el hecho de que así estén las cosas es casi increíble. Que parte de la cúpula nacional, como los diplomáticos extranjeros, intelectuales, políticos y más pretendan que todo es normal es aún más increíble (la historia no es muy amable con los cómplices).


Este maestro de ceremonias sabe manipular los reflectores. Pero este circo sólo puede funcionar porque demasiados seguimos comprando boletos y palomitas, y los críticos siguen ofreciendo sus reseñas en lugar de llamar a que el público se levante y se salga de la carpa dejando al bufón solo bajo el reflector.

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Miércoles, 05 Diciembre 2018 05:39

Articulación social

Articulación social

Los cuarteles de la simulación política y la manipulación emocional se han puesto a trabajar para modelar el escenario electoral de 2019. Se disponen a agitar fantasmas y barrer la crisis bajo la alfombra para intentar prolongar el actual modelo de concentración económica y descarte social. El ejército se equipa con armas informáticas y de mapeo social para reclutar voluntarios que intervengan los territorios y siembren semillas de discordia en la población. Su estado mayor funciona como brazo político del nuevo modelo de liberalismo digital basado en la información y en su procesamiento mediante algoritmos.


La palabra algoritmo tiene un insospechado origen árabe, legado por un matemático del Asia Central que se radicó en Bagdad hace más de un milenio. Desde entonces, el vocablo transitó un largo camino, asociado siempre a los pasos que orientan un proceso matemático para obtener un resultado. Uno de los investigadores más famosos vinculados con el tema es el criptógrafo inglés Alan Touring, que construyó la máquina que lleva su nombre y que lo hizo famoso por su desempeño durante la Segunda Guerra Mundial, cuando trabajó en descifrar los códigos nazis, particularmente los de la máquina Enigma. El análisis de aquellos datos permitió anticipar bombardeos y salvar vidas.


La teoría matemática de la información redujo luego los procesos a puros intercambios de datos y más tarde la cibernética empezó a reemplazar los humanos por el intercambio entre computadoras. Esa convergencia fue vaciando la comunicación de su contenido social para confinarla al campo de la pura instrumentación tecno económica, base del modelo productivo en ascenso. La concentración empresarial de medios y plataformas bajo un sesgo monopólico amenaza ahora con teledirigir los discursos y narrativas que debieran alimentar el debate público.


El esquema productivo y el informacional se complementan. La economía de nube se basa en el trabajo invisible, no remunerado, desprovisto de estatuto y sin territorio, que simula ofrecer un servicio gratuito a los usuarios para convertirlos en virtuales “esclavos” –como lo define el sociólogo español Angel Luis Lara– al producir enormes ganancias que benefician a plataformas remotas intercambiando emociones, compras, preferencias, viajes y datos biométricos.


Los actores sociales pueden entonces ser reemplazados por un celular y sus acciones dirigidas por control remoto. Es la militancia 2.0 en la que el PRO deposita todas sus fichas para ganar el próximo mandato. Buscan “voluntarios territoriales” en las redes para cubrir su vacío en las barriadas del conurbano y las provincias. Procuran captar perfiles afines en la nube para organizar el desembarco con audios, videos y mensajes que los algoritmos repartirán según el ID digital a partir de la información que suministra cada vecino con sus contactos. Saben que la manipulación individual está al alcance de la mano. La secuencia matemática busca -en este caso- neutralizar las críticas e inocular mensajes de odio o superstición que espanten al electorado de opciones populares.


La oposición al modelo no debería correr en esa cancha enjabonada, donde reinan los grandes procesadores de big data, a menos que solo se aspire a un cambio cosmético. El algoritmo opositor debería ser en este caso el de articular la organización social con todas las mediaciones de comunicación en el territorio (incluyendo las digitales) para restituir el vínculo entre los ciudadanos y su representación política. Volver a unir lo social y lo político, lo individual con lo masivo, las bases con los dirigentes, los medios y las agendas locales con sus audiencias, el capital con el consumo, la universidad con la producción. Recuperar el tejido social con un proyecto que pueda gobernar el salto tecnológico con un modelo inclusivo.


No se trata de renunciar a la batalla tecnológica, sino de replantear el problema desde el contacto personal, la reunión barrial, la ronda de mate y las instancias que articularon históricamente el territorio y la representación política. Ese tejido es el espacio que puede resistir frente a una lógica externa que lo atraviesa todo y que interfiere las relaciones sociales oponiendo a los pobres entre sí o enfrentando a los trabajadores en el mundo laboral uberizado. Es hora de resignificar lo tecnológico desde lo social. De apropiar el algoritmo como la secuencia de acciones humanas que puedan conectar la organización social y política alrededor de la resolución de un problema central: el de construir un modelo productivo que nos incluya a todos.


* Docente de Derecho de la Comunicación Undav-UNM

 

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Jueves, 29 Noviembre 2018 06:13

Inteligencia y revolución numérica

Inteligencia y revolución numérica

La medida de la inteligencia humana con los métodos de las estadísticas científicas, efectuadas por los mejores especialistas, lleva más a plantearnos cuestiones inquietantes y menos a ofrecernos respuestas optimistas. En la actualidad, un nuevo fenómeno se propaga en el mundo: la revolución numérica. Esta innovación representa a primera vista un incontestable progreso de la técnica, pero como sucede con otros progresos tecnológicos, conviene examinar tanto las ventajas como los inconvenientes. Es toda la ambigüedad de la palabra progreso: le ocurre poder aportar lo mejor como lo peor.

Por ejemplo, la revolución numérica, última creación de la inteligencia científica, que se instala poco a poco en todos los dominios, ha obtenido ya ciertos resultados: cada día en más estaciones de ferrocarril en Francia, las taquillas donde se vendían los boletos de tren han sido suprimidas: ninguna necesidad de ventanillas y empleados cuando es posible reservar sus boletos por Internet, aunque para hacerlo sea necesario disponer de este moderno servicio. Cuestión secundaria que no preocupa mucho a los promotores de la revolución numérica, a quienes inquietan muy poco los malaventurados que no están a la moda de los últimos descubrimientos y avances de la técnica moderna. Tanto peor para estos retrógrados si se ven condenados a vivir en un mundo cuyas nuevas reglas de comunicación escapan a su entendimiento. En ocasiones, el progreso puede ser feroz cuando no tiene en cuenta que son seres humanos quienes son los beneficiarios o las víctimas.

Con la instalación de la revolución numérica, la comunicación entre los miembros de una misma sociedad ha cambiado: si usted tiene necesidad de pedir una información cualquiera a una empresa, nacional o privada, toma usted su teléfono y ya no es un empleado quien responde, es una máquina. Para empezar, la voz grabada le pide esperar y le envía algo de música para ‘‘ayudarlo” a esperar sin perder la paciencia. Las máquinas son a la vez neutras e indiferentes, pero están siempre muy ocupadas. Esto podría hacer añorar la época cuando una verdadera persona respondía a su llamada. Si va usted de compras a un supermercado, cuando llega a la salida, después de haber cargado su carrito de compras, no se asombre si no ve ninguna cajera para registrar el precio de sus productos y darle la cuenta: una máquina registra sus mercancías y sólo necesita usted introducir en un aparato su tarjeta de crédito para pagar. Cabe observar que este sistema suprime cada vez muchos puestos donde antes trabajaban empleados ahora sustituidos por robots, sin duda menos costosos que el trabajo humano, y que así esta revolución numérica favorece el aumento de las ganancias de las más grandes empresas.

El mundo imaginado por Orwell en sus novelas de anticipación, como 1984, parece realizarse más y más cada nuevo día. La invención del personaje de Big Brother no es el menos inquietante de los hallazgos de este gran y pesimista visionario. Su obra nos recuerda que tenemos el deber de interrogarnos sobre el sentido y las consecuencias de todo progreso. Hoy, los ecologistas se preguntan sobre el porvenir del planeta, gravemente amenazado por la acción industrial de quienes sacan provecho de su explotación sin obedecer a las leyes de la naturaleza. Aquí también, conviene interrogarse sobre lo que distingue al verdadero progreso de su opuesto más radical, la carrera por el poderío, el dominio y el aumento voraz de ilimitadas ganancias.

Ante esta visión de un mundo robotizado, donde Big Brother es remplazado por un teléfono celular espía de su dueño y donde las máquinas dictan nuestros actos, no cabe asombrarse de la baja de los coeficientes intelectuales (IQ) en las naciones más industrializadas, ni de una inteligencia que parece superior en pueblos donde los hombres aún no obedecen a los programas de sofisticadas máquinas, libres de imaginar a su antojo los sueños.

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Paul Mason: “Los gobiernos tienen que dar un paso al frente y romper el monopolio de Facebook”

El divulgador Paul Mason no cree que sus ojos vuelvan a ver otra crisis del capitalismo y también considera que ahora es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar a Facebook enseñando públicamente su algoritmo.


Si rescatáramos las viejas teorías de Adam Smith y David Ricardo sobre las que se cimentó el pensamiento capitalista y las comparáramos con la realidad de la economía global actual, seguramente no encontraríamos ni un mínimo rasgo en común, más allá del “todo por la pasta” que nunca caduca. El concepto capitalismo ha evolucionado al neoliberalismo que Thatcher y Reagan expandieron por todo el globo y que ha servido de pretexto perfecto para el avance de lo privado sobre lo público. Desde la caída de Lehman Brothers, nuevos estilos de economía se están desarrollando en un escenario. Algunos lo llaman economía digital, otros economía colaborativa, otros turbocapitalismo, otros economía rentista.


Las leyes de la competencia que nos prometían una gran variedad de productos a bajo precio solo han servido para quitar barreras públicas al dominio de los grandes olipolios. Entre todo ello, un nuevo factor que lo ha cambiado todo entra en la ecuación de la economía: los datos. Desde el casi obsceno control que tienen las grandes empresas tecnológicas sobre nuestras vidas, a la reducción del coste marginal de muchos productos a cero, los datos lo están cambiando todo. Incluidas las relaciones de poder mundial. Hay una clara evolución en el ecosistema económico mundial, pero nadie le quiere poner nombre. Paul Mason sí lo hace.


Este periodista y divulgador nacido en 1960 en Leigh (Reino Unido) trabajó durante más de una década como editor de economía en la BBC. Hace tres años publicó el libro Postcapitalismo: hacia un nuevo futuro (Paidós). Un libro de referencia entre las personas que quieren visualizar cómo será el final del capitalismo y, lo más importante, quieran avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria. Visita Madrid para dar una conferencia en el ciclo “Seis contradicciones y el fin del presente” del Reina Sofia y recibe a El Salto.


Voy a empezar por la difícil: ¿ha muerto el capitalismo? ¿está el neoliberalismo en caída?

El neoliberalismo está roto, es como un zombi, no funciona. En el sentido en que el sistema neoliberalista claramente provocó la crisis de 2008 y lo que hicieron fue lanzar 20 billones de dólares de los bancos centrales. Ahora, si miramos a nuestro alrededor, podemos ver tipos de negocios que no existían antes desde 2008, como los coches con conductor que hacen de taxis, pero el único motivo por el que existen es gracias a esos 20 billones de dólares de dinero gratis. Sin embargo, hay un problema, que es exactamente el problema contrario al que tuvieron en la crisis de 1930: han podido salvar la economía pero no han podido salvar la narrativa. Puedes mantener una economía a flote, pero no puedes mantener a flote una narrativa porque los cerebros de la gente exigen que haya coherencia. Salvando la economía lo que hicieron fue trasladar la presión a los políticos, y estos políticos simplemente han colapsado.


Mucha gente no deja de pensar y preguntarse cuándo será la próxima crisis del neoliberalismo, y yo no pienso que vaya a ver una nueva crisis del capitalismo. Incluso si hay otro crash de las bolsas, ellos simplemente inyectarán más dinero gratis en el sistema. Lo que yo expliqué en mi libro, hace tres años, es que si no avanzamos desde el neoliberalismo, este romperá la globalización. Y esto es lo que está pasando. Podemos ver proyectos neoliberales nacionalistas como por ejemplo Trump o el Brexit, para el ala más ultraderechista del partido conservador. Pero de lo que yo hablo en el libro como neoliberalismo es algo global. Aunque China o India lo estén haciendo bien ahora, si Estados Unidos se sale, se rompe el sistema.


Pero dejando el neoliberalismo de lado, este no es el fin del capitalismo. El fin del capitalismo vendrá, para mí, como en un siglo. Pero tenemos que ser capaces de visualizar lo que eso significa. Y esto me lleva al punto central de la tesis del postcapitalismo: la tecnología de la información es diferente a otros avances tecnológicos anteriores porque desafía las raíces de una sociedad basada en el trabajo y en la escasez.


Has dicho que no crees que haya una nueva crisis del neoliberalismo porque inyectarán dinero gratis, pero la realidad es que ahora mismo están haciéndolo desde el Banco Central Europeo con el Quantitive Easing (QE). ¿Qué crees que pasará cuando acabe dentro de un año?

Bueno, recuerda que cuando acaba no acaba. Que acabe el QE significa que acabarán de lanzar nuevo dinero al mercado, pero el dinero seguirá ahí. En el Reino Unido, el Banco Central va a mantener los bonos que han comprado por lo menos durante los próximos 30 años. Sin embargo, es cierto que será una señal en la que querrán que la economía crezca por sí misma. Y lo que vamos a ver es un crecimiento muy débil. Ya es bastante débil en los Estados Unidos, incluso aunque Janet Yellen ha sido cautelosa y no ha querido sacar de una manera muy agresiva el dinero de su banco central del mercado.


Pero este no es el problema estratégico. El problema estratégico es que las fuentes de crecimiento de los últimos años son muy débiles. En los últimos 30 años hemos crecido mediante la extensión del crédito, expandiendo la fuerza laboral mundial, doblándola, y con lo que llamamos catching growing: Turquía se convierte en lo que era Croacia, Croacia se convierte en lo que era Austria, China se convierte en lo que era Turquía.


Los economistas del Banco de Inglaterra hicieron una clara predicción para los próximos 30 años. Dijeron que las fuentes de crecimiento encogen, permitiendo que solo la productividad pueda crecer. Entonces, en vez de utilizar el gran poder que tenemos con la automatización y la robótica para disminuir cada vez más la cantidad de trabajo que hacemos, lo que se está creando es lo que mi buen amigo David Graeber llama los bullshit jobs (trabajos de mierda). Pero si creamos esos bullshit jobs lo que hacemos es evitar que exista ningún tipo de productividad. Lo que haces es mantener a mucha gente en una precariedad mal pagada para que el sistema financiero siga funcionando.


No es que alguien haya diseñado este tipo de precariedad, pero el punto aquí es que todo el mundo tiene que poder comprar un teléfono, deben tener una cuenta bancaria, tiene que poder devolver su préstamo de estudiante, por lo que tiene que haber trabajo, da igual cuál sea, al sistema no le importa. Por lo que el problema no es que los bancos centrales dejen de inyectar dinero, es que siempre vamos a tener que confiar implicitamente, hasta el final, en la intervención de los bancos centrales, porque solo quedan unas pocas fuentes de crecimiento a nivel global, excepto la productividad.


Y qué hay de los datos, ¿no son ahora esa principal fuente de crecimiento?

No. Voy a intentar argumentarte por qué. El punto fundamental sobre las tecnologías de la información y los productores de datos es que colapsan sus propios costes de producción. Esto es normal cuando hablamos de datos, pero la realidad es que también afecta a la realidad. En el libro pongo el ejemplo de estos ingenieros que diseñaban, al principio de su carrera, el avión Tornado calculando doce posibles situaciones de estrés que podría sufrir la cola del avión. Al final de su carrera, diseñaron el exitoso avión Eurofighter utilizando 1,86 millones de pruebas de estrés de manera simultánea. Esto no hace necesariamente que un avión sea más barato que otro, porque no es una cuestión de solo diseñar. Se tiene que construir, hacer el prototipo, etc. Los datos están haciendo que baje el coste de todo, pero los precios no están bajando en muchas áreas. La razón es que están apareciendo monopolios como respuesta a todo esto.

Por lo que yo veo es que las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) son las respuestas distorsionadas del capitalismo para los que pretenden colapsar el coste de los productos, porque son las que necesitan mantener los costes de producción altos.


El primer estudio sobre el impacto de internet en la macroeconomía hecho por una autoridad gubernamental fue el de la OCDE en 2013. La OCDE dice “ok, miremos la productividad y miremos lo que se llama el excedente del consumidor”, que es si, por ejemplo, Amazon reduce los costes, nosotros los consumidores podremos obtener más que si nos lo vende una persona en una tienda, porque esa persona es dueña y paga esa tienda.


La OCDE dice que este excedente del consumidor está ocurriendo y es real, pero lo que también dice es que hay algo mucho más grande: el impacto en lo que queda fuera del mercado. Aquí nos encontramos un problema, porque si le preguntas a un economista te dirá que no está para nada interesado en ese impacto que queda al margen del mercado. Te dirá que no es economía. Pero, para mí, en una tesis postcapitalista, lo que está fuera del mercado es la clave, porque yo movería la economía a un estado fuera del mercado.
Por lo que la productividad de los datos está claramente creciendo exponencialmente, pero no tiene un efecto en el mercado, produce más valor y productividad gratis. Y solo pueden captar valor económico en un corto periodo de tiempo, el de la recompensa a la innovación o si mantenienes un monopolio.


Es por esto que te argumento que, ahora mismo, nos encontramos en una situación en la que donde la relación social del capitalismo está absolutamente fuera de la tecnología que está siendo creada. No solo porque “la información quiere ser libre”, como dijo Steward Brand, sino también porque la fuerza de trabajo y los salarios están disociándose.
Un patrón principal del capitalismo ha sido su obsesión por saber cuántas horas de trabajo vale cualquier cosa, pero eso ya ha dejado de importarnos. Ahora podemos producir productos sin usar trabajo.

Uno. La tecnología de la información colapsa el precio de producción. Dos. Disociar trabajo de salarios. Tres. Crear trabajo en red que pueda crear productos gratis. Y cuatro, crear democracia de la información. Por ejemplo, si desarrollo algo nuevo con mi teléfono móvil, mañana todo el mundo lo tiene gracias a una actualización. El capitalismo moderno es una reacción distorsionada de eso. La reacción a la disminución en el coste de la producción es el monopolio. La reacción a la posibilidad de la disociación son los bullshit jobs. La reacción a los efectos de las redes es lo que en inglés llamamos rent seeking [extractores de rentas]. Empresas que ya no producen riqueza, sino que la agarran de aquellos que ya la producen , como el modelo de Uber o AirBnB. Y de la democracia en la información nos podemos olvidar, porque en su lugar lo que hay es una enorme simetría de información y poder.
Existe esta frase de Fredric Jameson que decía que era más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo. Ahora es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar a Facebook enseñándome su algoritmo. Es imposible que yo lo sepa o Facebook colapsaría.


Entonces, ¿cómo podemos acabar o luchar contra esos monopolios que dominan y están instaurados a nivel mundial?

Cada uno de esos cuatro puntos que te he dicho antes tienen una solución. Para romper los monopolios están las leyes de la competencia. La de Europa dice que tiene que haber siempre por lo menos cuatro bancos, por lo menos cuatro empresas de todo. Cuando cojo un vuelo no pienso que se va a estrellar porque sé que hay cuatro empresas de turbinas que están compitiendo entre ellas para producir los aviones. Incluso si es casi un monopolio donde muchas se pertenecen unas a otras, están compitiendo. Entonces, ¿por qué no le puede pasar eso a Facebook? Mucha gente dirá que dónde van a poder ellos conectarse mejor con los amigos de sus amigos. Pero, por ejemplo, cuando vas a un cajero no siempre vas al cajero de tu banco. Tú vas a un cajero. Pues creo que Facebook podría ser ese cajero automático. Sería la pantalla frontal, pero detrás de ellos las empresas podrían ser forzadas a competir a la hora de proveer el servicio de las amistades, de la base de datos o de los algoritmos. Y así podríamos elegir. Podríamos elegir entre un proveedor de pago que no me mostrara publicidad. Podríamos elegir un proveedor que tuviera un código ético y nos prometiera que nunca va a vender nuestros datos a un gobierno o a un Cambridge Analtica. Lo más extraño de todo esto es que a la gente le resulta muy difícil imaginar esto que te estoy explicando. Pueden imaginar cuatro supermercados o cuatro bancos, pero no son capaces de imaginar cuatro Facebooks. Los gobiernos tienen que dar un paso al frente y romper el monopolio de Facebook y tienen que permitir que haya competencia para colapsar el precio.
Y hay otra cosa, estas empresas de datos sabían que esto estaba llegando y lo que realmente necesitan es que haya alguien que posea algún tipo de registro de identidad. Y hablamos de un problema que se tiene en los dos lados, porque yo creo que una sociedad civilizada no debería permitir el total anonimato. Twitter ahora mismo es el mayor hervidero de antisemitismo del mundo. Hay muchos bots, pero también hay miles de antisemitas que se aprovechan de ese anonimato que les ofrece esa red. No creo que la civilización actual deba permitir eso. Debes ser una persona real para participar en la sociedad digital.


Sin embargo, ¿quién debe ser dueño de ese registro de identificación? Yo estoy muy contento de que mi gobierno sepa dónde vivo, porque yo quiero votar y me he registrado para ello. Pero no quiero que el gobierno sepa quiénes son mis amigos o cuál es mi estado de salud. De igual forma, tampoco quiero que lo sepa Facebook. Por lo que creo que necesitamos crear un registro de identidad con una capa de propiedad pública, pero con acceso privado. A los que más les convendría sería a Google, Facebook o Amazon, porque necesitan hacer un pacto la sociedad civil. Y la única manera posible que veo es lo que está sucediendo en Barcelona, con Ada Colau y su jefa de tecnología, Francesca Bria, con tecnología blockchain. De manera que cualquiera podría dar y quitar acceso a sus datos de una manera individual. Podríamos poseer algo colectivo de manera individual. No sería ni un bien común, es una comuna.


Si construimos un registro de identidad como un propiedad común, no propiedad de gobierno ni empresas, con un esqueleto blockchain, entonces podríamos crear un poder social para todo el mundo. Esa es la forma de romper el monopolio.


Y estos que tú has llamado rent seekers...

Tenemos que atacar a esas empresas. Hay que decir: la extracción de rentas es ilegal.


O sea que tú ilegalizarías Uber.

Sí… No, bueno, lo que haría es decirles que es totalmente legal existir como empresa, pero no puedes operar en Madrid porque no te queremos. Porque la existencia de este tipo de empresas ha destruido a miles de empresas de taxis en todo el mundo y es nuestro cometido, como civilización moderna, proteger este tipo de empresas y economía. Como ha hecho Barcelona con Airbnb. Si estas empresas son capaces de remodelar su negocio en una escalada hacia abajo, pues entonces bien. Pero la realidad es que hay bancos y fondos de inversión que están metiendo mucho dinero en estas empresas con el propósito de eliminar la competencia destruyendo a todas esas empresas como las de los taxis. La sociedad civil tiene el derecho de decir que modelos como el de Uber no se permiten. Si nos dijeran que es un modelo de negocio que utiliza a trabajadores esclavos no tendríamos problema en prohibir ese tipo de modelos, pero el problema aquí es que la gente todavía no tiene del todo claro cuál es ese modelo y entonces se quedan mirando sin reaccionar. También hay que tener en cuenta que estas empresas están gastando millones y millones haciendo lobby en la Comisión Europa.


Claro, y esos lobbies son los mismos que están haciendo que se cumplan esas leyes de competencia de las que antes hablabas para presionar y obligar a gobiernos municipales a aceptar modelos de negocio como los de Uber en pro de defender esa libre competencia.

Cierto. Por eso necesitamos la victoria en Europa. Para mí, cuanto más está la Comisión Europea en el bolsillo de estas empresas, menos legitimidad va a tener Europa. Miramos a los Estados Unidos de Trump y pensamos en lo horrible que es, pero la verdad es que allí impera la ley. ¿Cuántos periodistas han muerto en Estados Unidos a manos de la mafia? Ninguno. En Europa, por lo menos, tres. Europa es grande en términos de corrupción, en crimen organizado, en corrupción a un nivel institucional europeo. La soberanía de la Comisión Europea es un espacio que nadie entiende y por eso es un patio de recreo perfecto para las grandes multinacionales.


El Ayuntamiento de Madrid acaba firmar un contrato con una empresa de Google, Carto DB, para intercambiar datos en un proyecto para mejorar la movilidad y el tráfico de la ciudad. Vemos en este caso cómo ya no se usa el típico modelo de privatización donde la empresa se hace con un servicio que antes hacía una administración pública, sino que es una partenariado entre lo público y lo privado para ofrecer un servicio que todavía la administración público no ofrecía. ¿Cómo se puede parar o revertir ese tipo de prácticas?

No conozco los detalles de ese contrato, pero el caso es que no estoy en contra de que las administraciones públicas firmen contratos con empresas para realizar proyectos innovadores. El problema es quién posee todos esos datos y sus efectos. El modelo tradicional es que estas empresas den la tecnología, porque ellas lo que quieren son los datos. Google, por ejemplo, recolectaba información de Gmail, pero tras unos años decidieron que habían recogido suficiente información. Cuando fueron capaces de predecir cómo se comunicaba la gente a una escala global, ya no necesitaban seguir recolectando datos.


Yo creo que, en unos cinco años, la ciudad de Madrid podría recoger la suficiente información para controlar, predecir y mejorar su circulación. Y creo que las ciudades tienen que aprovechar esa información y que lo hagan con una empresa externa. Pero hay un problema en lo que concierne al consentimiento. Pongo un ejemplo: ahora mismo se está experimentando con los coches autoconducidos. Estos vehículos tienen sensores y cámaras que lo graban y localizan todo. Puden recolectar una cantidad inmensa de datos. Nos pueden grabar al pasar por nuestro lado. Si la empresa que está produciendo esos coches es comprada por Google, esta empresa pasará a saberlo todo sobre nosotros. Sabrán quién es el dueño de cualquier coche y dónde y a qué horas lo suele aparcar, pero también podrán saber quién está teniendo una aventura con quién o quién es gay. Entonces el problema está en cómo le damos permiso a la empresa que recolecta información sobre el tráfico y cómo, saber para qué y para quién es utilizable toda esa información sobre nosotros. Porque la información es increíblemente poderosa y, ahí, entramos en una situación que da miedo.


¿Cómo es el uso que se le va a dar a esa información? ¿cómo puedo, o no, consentirlo? Tenemos que empezar a exigir que se nos diga qué se hace con todos esos datos que recolectan de nosotros. Algo que debería ser normal en una regulación capitalista, pero el problema es que estas grandes empresas escapan a esa regulación y les han dejado espacio para hacer lo que quieran.


¿Qué políticas o acciones puede hacer un ayuntamiento para realizar ese tránsito hacia una sociedad postcapitalista?

Atacar a los extractores de rentas, como por ejemplo ha hecho Barcelona con Airbnb. Si atacas a esos modelos, creas espacios para otros modelo que no se basan en esa extracción. Las empresas innovadoras y reales pueden competir a un mismo nivel con las grandes empresas. Además se pueden promover alternativas no capitalistas: cooperativas de crédito, servicios públicos o que sean cooperativas dueñas de los usuarios.


En Madrid, debería haber una aplicación pública donde los taxistas deberían poder ofrecer sus servicios sin pagar, porque dicha aplicación no necesite buscar beneficio. El Ayuntamiento de Madrid puede pedir a una empresa privada que desarrolle esa aplicación, pero después la aplicación debe ser municipal. Si luego Madrid se la quiere vender a otros ayuntamientos en el mundo, pues perfecto. Pero nunca debe ser privatizada.


Otro ejemplo son todas esas bicicletas de alquiler mediante una aplicación que ahora han aparecido de repente por todos los lados. Los ayuntamientos deberían regular y prohibirlas.
A nivel nacional, se tiene que avanzar hay una renta básica universal (RBU). Porque la RBU es el complemento que necesitamos para avanzar hacia una robotización del empleo y para que cada vez trabajemos menos. Pero a un nivel local también se pueden hacer muchas cosas en esta dirección. Yo he hablado con los riders de Deliveroo que se están juntando en sindicatos en el Reino Unido. Les pregunté qué querían y me dijeron que una subida de un 5% en su salario no era una medida que les fuera a solucionar mucho, pero que si podían acceder a transporte gratuito, sanidad gratuita, educación gratuita y tener garantizado el acceso a la vivienda, entonces, podrían vivir con el salario de repartidor de Deliveroo. Hay que eliminar esa necesidad de tener que ganar dinero para pagar todos.


El municipalismo ahí tiene un papel muy importante. Si consigues que todos esos servicios sean gratis, tu ciudad se convertirá en una ciudad donde la gente quiera vivir, de la cual saldrán cosas maravillosas porque la gente estará menos preocupada por llegar a final de mes y tener que estar trabajando para poder cubrir todas esas necesidades. El activismo, el arte y otras cosas pueden florecer.


Democracia en los datos y la información es otra de las labores en las que el municipalismo puede avanzar. Los ayuntamientos no pueden obligar a las grandes multinacionales a que la practiquen, pero estos si que pueden hacerlo. El ejemplo es el proyecto de Franscesca Bria con Barcelona en Común que he comentado antes. Es un proyecto que también lo ha adoptado Amsterdam y dentro de poco lo hará Berlín. O sea que ya tenemos tres ciudades importantes europeas que van a desarrollar este tipo de democracia de la información.
Los ayuntamientos deben abrir cuanta más información les sea posible. Deben desarrollar software libre y promover que se haga todo en software libre y código abierto. Las ciudades siempre han sido muy importantes en la creación de las civilizaciones, desde la era de Mesopotamia. Y en una era postcapitalista van a ser igual de importantes.

El año que viene publicas nuevo libro. ¿Qué podemos esperar de Clear Bright Future: A radical defence of the human being?

Es una defensa del humanismo. El tema es que los humanos siempre, durante toda la historia, hemos tenido un profundo temor a seres mejores que nosotros. Los humanos siempre hemos querido ser dioses, pero también podemos acabar siendo zombis. Las nuevas tecnologías nos muestran un nuevo escenario en el que esas dos posibilidades pueden ocurrir, porque en el próximo siglo vamos a crear inteligencias posthumanas que serán más inteligentes que nosotros y esto nos puede traer muchos problemas. Ahora mismo, la gente que apoya a Trump son algo así como zombis que confrontan a la razón. Y no hablo en sentido metafórico, son personas que no creen que el cambio climático les vaya a afectar.
Entonces, mi teoría es que para poder luchar contra todo lo que tiene que ver con Inteligencia Artificial, Facebook, control mediante algoritmos, Trump y la extrema derecha necesitamos defender los derechos humanos contra la mecanización, contra el control y contra la irracionalidad. Necesitamos ser humanistas.


Quiero rescatar las teorías más tempranas de Marx, que veía el comunismo como un humanismo radical, tal y como él lo llamaba. Marx decía que podemos ser libres porque tenemos un el don biológico de poder ser comunicarnos y cooperar, no porque hayamos inventado nuevas herramientas. Quiero rescatar eso, porque creo que eso es lo que puede hacer que la izquierda pueda batir el control algorítmico, la mierda de la extrema derecha, Silicon Valley, etc. Mi libro es un ataque a esa deshumanización.

 

Por Yago Álvarez
@EconoCabreado
2018-11-28 14:00:00

 

Publicado enInternacional