Miércoles, 25 Abril 2018 11:04

La cereza del consumo

La cereza del consumo

Inmersos en el nuevo mundo donde hay Internet en cada bolsillo, nos acostumbramos a vivir y convivir con la publicidad y su gran estimulo al consumo; tanto en el exterior, cuando tomamos nuestro amado transporte, como a la hora de consumir contenido, sea por medios tradicionales –como la televisión– o a través de la red más grande de información a la cual ya podemos acceder desde nuestros celulares; pareciera que la gran crítica al capitalismo moderno se ha vuelto totalmente real, la publicidad y el consumo nos han seducido casi que por completo. Pero ha llegado la cereza del pastel.

 

Comencemos con nuestros celulares, el precio que pagamos por ellos. Sea de gama media o alta, la extravagancia está socialmente aceptada; nos da prestigio e integración social tener uno de estos dispositivos y mostrarle al mundo a cada instante lo que estamos comiendo, a donde vamos en nuestras bicicletas o los lugares que visitamos en Semana Santa. Ya nos hemos acostumbrado a eso, y no está mal tampoco, trabajamos duro como para no merecernos unos cuantos lujos. También hay que decir que vivir conectados no es solo una tendencia, se ha convertido en una necesidad; muchos trabajamos con ello, buscamos clientes, arreglamos negocios, escribimos artículos y explotamos a fondo las posibilidades que nos brindan estos dispositivos.

 

Ahora bien, consumimos estos lujosos productos gracias a las influencias que nos rodean, publicidad, círculos sociales, tendencias de consumo, etcétera. Pero en esta ocasión, y haciendo un esfuerzo por no parecer un punk radical en contra del capitalismo, me encantaría que conocieran lo que para mí ha llegado a ser el extremo consumo.

 

Pensar en un buen vestir es pan de cada día en esta sociedad. Sin discriminar a nadie, tanto estudiantes universitarios como adultos jóvenes nos preocupamos por cómo nos vemos y qué demostramos con nuestra apariencia. En mayor o menor medida nos hemos vuelto cada vez más vanidosos y esto lo vemos reflejado, por ejemplo, en la tendencia de las barbas sexys que se alimenta de las redes sociales, de la cultura hipster, de las migraciones desde el Pacifico y hasta de los deportistas como Gerard Piqué, Arturo Vidal o Isco Alarcón, que sirven de inspiración a quienes compramos desesperadamente tratamientos capilares y buscamos que nos consientan en alguna de las barberías que aparecieron en el mapa de la noche a la mañana, después de pasar 10 años afeitando con una cuchilla desechable los 3 pelos que teníamos.

 

A diferencia de comprar nuestros lujosos celulares que nos mantienen conectados e informados, o de soñar con tener nuestra barba de leñador para exhibirla en Instagram, esta nueva tendencia de consumo nos lleva a ver qué tanto estamos dispuestos a pagar para ser aceptados dentro de un grupo de personas. El “HypeBeast” es una tendencia derivada del “Street Wear” o moda urbana, muy conocida a través de redes sociales, más específicamente en Instagram, donde encontramos gente que no compra su ropa por amor a la marca o por ser una necesidad de primera mano, tampoco porque sean amantes de la moda. Lo hacen siguiendo el ideal de ser un chico cool a quien no le importa el precio o la marca; la prioridad es consumir y sobre todo tener esa prenda que algún famoso usó.

 

Hasta ahora todo suena muy normal, gente comprando ropa y luciendo su compra. Pero siendo específico, podría asegurar que pocas personas tienen presupuesto a final de mes para comprar uno de estos “outfits”, o ¿por qué no? No se les antoja iniciar el mes con una gorra Palace por solo $170.000, con un abrigo Superdry en $340.000; hay que pensar en estos climas fríos y nada mejor que un Jersey Hackett por $391.000, una buena camisa Ralph Lauren por $374.000. Aunque nos falta la mitad, unos jeans de cualquier marca medianamente renombrada nos costarían alrededor de $119.000, y nada mejor que darle un buen estilo con un cinturón Gucci de $850.000; para terminar, unas buenas zapatillas Jordan Retro 8 en $500.000. Perfecto, estamos totalmente a la par con la moda urbana de hoy en día, y nos costó $2’744.000, mal contados.

 

No suelo ser el gran comprador de ropa, o al menos eso creo; pero algo me dice que si en mi próxima quincena me compro este outfit, comeré sopas instantáneas todo el mes y los del banco me romperán las piernas. Por suerte y dios nos libre de este mal, esta tendencia no ha llegado a ser gran cosa en países latinoamericanos; en Europa y Estados Unidos es mucho más fuerte, y ojalá que ni se acerque al país del Sagrado Corazón donde un pasaje de servicio público vale más que una lata de cerveza.

 

Pero todo esto no está lejos de un ejecutivo de alguna multinacional, un traje última colección de Emporio Armani llega a costar $2’676.000. Ahora bien, es muy diferente tener más de 40 años, manejar una empresa exitosa, ganar un jugoso salario e ir a reuniones con clientes. Pero resalto con diferencia el gasto sin motivo de los amantes de esta moda urbana, estamos hablando que por el mismo precio podría comprar 61 canastas de cerveza, ¡61! Lo sé, es una mala analogía, pero 61 canastas son mucha vida social y todos lo sabemos; pero para no parecer tan alcohólico, equivale también a tres y medio salarios mínimos.

 

Tal vez muchos de nosotros nos gastaríamos ese dinero pagando un par de materias pendientes en la universidad, ¿o por qué no? invertiríamos en un nuevo computador, en arreglar nuestra bici, meternos al gimnasio, un curso de inglés, pagar deudas, la cuota del carro o del apartamento, el estudio de nuestros hijos; cosas importantes para nuestras vidas, realmente importantes. Más allá que despilfarrar comprando ropa de marca que algún Dj o futbolista usó en su Instagram. Es cuestión de prioridades, somos demasiado susceptibles al contenido que consumimos a través de las nuevas plataformas, y allí es cuando no debemos olvidar ser autónomos a la hora de elegir qué comprar y sí realmente lo que compramos nos es útil, o simplemente es una vuelta más para la bola de nieve que llamamos consumo.

 

¿Y usted? ¿Qué haría con esos $2’744.000?

 

*Publicista

Publicado enEdición Nº245
Agroecología, capitalismo y cambio climático

Las concentraciones de gases de invernadero han alcanzado niveles nunca antes detectados. Como resultado, las temperaturas en los océanos y la tierra son ~ 1°C más altas que en la era preindustrial, y las precipitaciones se hacen más variables y más extremas. Estos cambios ya ejercen impactos tangibles sobre varios procesos biofísicos planetarios (acidificación de los océanos, extinción de miles de especies, escasez de agua fresca, etcétera) y también pone en jaque la producción agrícola, en especial los grandes monocultivos industriales, que son parte del problema pero que siguen expandiéndose a pesar de estarse autodestruyendo al minar las condiciones ecológicas de la producción: producen 30 por ciento de los gases de invernadero y dada su homegeneidad genética son extremadamente vulnerables al cambio climático.


Aunque existe conciencia sobre la emergencia que representa el cambio climático, las emisiones de carbono siguen incrementándose y no se vislumbran acciones para frenar el calentamiento global. El problema es que la causa-raíz del desafío ecológico, es el sistema capitalista incapaz de asegurar respeto por el medio ambiente y al capitalismo no le conviene implementar cortes urgentes en las emisiones de carbono, pues estas medidas amenazan su propia existencia. Detener las emisiones antes de alcanzar el umbral de 2°C (que conduciría a un estado de irreversibilidad climática) requiere un cambio revolucionario que va en contra del crecimiento económico y la hegemonía de las multinacionales. Para mantenerse bajo el umbral, los países ricos tendrían que cortar sus emisiones en 10 por ciento por año, amenazando los niveles de consumo y bienestar que gozan. Los cambios agrícolas necesarios requerirían no sólo romper el monocultivo con estrategias agroecológicas, sino también desmantelar el control de las multinacionales sobre el sistema alimentario, el sistema de producción basado en petróleo, y las políticas agrarias neoliberales que lo ampara.


La respuesta de los grandes intereses es que la tecnología unida a la magia del mercado podrán solucionar los problemas climáticos, promoviendo la ilusión de un crecimiento económico ilimitado que no impacta la naturaleza. El agronoegocio aprovecha estas crisis para restructurarse con las mismas estrategias pero disfrazadas bajo el nombre de la agricultura climáticamente inteligente. Las prácticas que proponen priorizan la mitigación basadas en mercados de carbono por sobre la resiliencia socioecológica y la soberanía alimentaria. Los créditos de carbono favorecen a los agricultores más contaminantes y los agricultores que siguen prácticas que secuestran carbono, venden sus créditos a multinacionales contaminadoras.


La agroecología plantea la conversión agroecológica de los sistemas de producción, y la creación de redes alternativas de alimentos saludables y accesibles para todas las personas. La agroecología capitaliza en la experiencia de miles de campesino(a)s que utilizan policultivos y sistemas agroforestales que minimizan los riesgos frente al cambio climático. Evidencias demuestran que estos sistemas agroecológicos son más resistentes a los impactos de sequías y huracanes que los monocultivos, por tanto constituyen modelos que ofrecen una gama de diseños de manejo para reforzar la resiliencia de los agroecosistemas modernos.


La agroecología plantea una visión radicalmente diferente a los sistemas alimentarios globalizados basados en la homogenización, especialización, industrialización y medidas económicas cortoplacistas. Los nuevos sistemas agroecológicos se basan en sistemas familiares de pequeña escala, locales, biodiversos, autónomos, incrustados en territorios controlados por las comunidades y apoyados por consumidores solidarios que entienden que comer es a la vez un acto político y ecológico.


Por Miguel A. Altieri, profesor emérito de Agroecología, Universidad de California, Berkeley

Publicado enMedio Ambiente
Drogas sintéticas, el mayor reto para el mundo, señala la ONU

Alrededor de 247 millones de personas consumieron drogas ilícitas al menos una vez el año pasado; de ellas, 29 millones son adictas a alguna. Asimismo, ocurrieron 207 mil muertes por sobredosis, en particular de productos sintéticos, los cuales representan ahora el mayor reto, advierte el Reporte Mundial de Drogas 2016.

Estos datos se presentaron ayer en el acto conmemorativo del Día Internacional de Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, en la sede de la Secretaría de Salud, donde también la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Onudd) acordaron iniciar actividades para la actualización del Sistema Nacional para el Control de Drogas.


Enfermedades adyacentes


Antonio Mazzitelli, representante en México de la Onudd, comentó algunos aspectos del reporte. Señaló que de los 29 millones de adictos que hay a escala global, sólo uno de cada seis tiene acceso a tratamiento y rehabilitación.


Unos 12 millones de individuos son usuarios de drogas inyectables, y a causa de la utilización insegura de jeringas, 1.6 millones también viven con VIH/sida; mientras, 6 millones padecen otros males, principalmente hepatitis C.


Respecto de los opioides sintéticos y en particular las nuevas sustancias sicoactivas, el informe advierte que continúan en crecimiento, y lo más grave, señala, es que aún no existe información suficiente sobre la toxicidad y los efectos a largo plazo de su uso. Esto forma parte de los desafíos que enfrentan los países en términos de prevención y tratamiento.


Entre 2008 y 2015 se reportó la existencia de 644 nuevas sustancias sicoactivas en 102 países. Sólo el año pasado se tuvo conocimiento por primera vez de 75, mientras en 2014 fueron 66 las innovaciones.


El informe llama la atención acerca de que entre 2012 y 2014 la mayoría de las nuevas sustancias pertenecían al grupo de los cannabinoides sintéticos, pero en 2015 el patrón cambió, y entre los productos recientes hubo unos 20 que no se identificaron con ninguno de los grupos conocidos como origen de este tipo de drogas, como los cannabinoides u otras sustancias farmacológicas (tranquilizantes).


Tanto la amplia gama de opciones que existen para la fabricación de sustancias sintéticas como su potencial son un desafío para los gobiernos. Mazzitelli señaló el caso del fentanilo, del cual con 50 gramos se obtiene la misma cantidad de droga que desde 50 kilogramos de heroína.

 


Sobre la planta de la cocaína, el reporte indica que se siembra en más de 132 mil hectáreas y hay 18 millones de consumidores.


La droga de mayor consumo es la mariguana. Se cultiva en más de 180 países y la consumen 182 millones de individuos. En cuanto a los opiáceos, el documento señala que a escala mundial la goma de opio se siembra en 281 mil hectáreas, lo que equivale a 394 mil estadios de futbol y se dirige a 33 millones de consumidores.


Sobre México, el representante de Onudd resaltó que por primera vez se conoció que es el tercer productor de goma de opio en 24 mil hectáreas. Esto da cuenta, indicó, de una política más atenta a la reducción del problema.

Publicado enInternacional