Pablo Rodríguez: "Hoy no está claro quién es el Big Brother porque está demasiado inmiscuido en nuestra vida cotidiana"

Redes sociales, algoritmos, biogenética y nuevas subjetividades

 Pablo Rodríguez es profesor de la UBA, investigador del Conicet y autor de Las palabras en las cosas. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las relaciones sociales mediadas por los algoritmos en las redes, las nuevas subjetividades configuradas por la informática y la genética, y la incidencia de la pandemia y la cuarentena en estas transformaciones. 

 

Ubícua e inasible, polisémica y fantasmagórica, la idea de información se ha convertido en el hilo que parece enhebrar todo lo existente, todo lo que existió e incluso lo que quizá nunca exista: seres humanos, animales, vegetales, pero también objetos y máquinas, todos somos, en última instancia, sistemas de datos. Ese dogma es el resultado de un largo proceso cultural que conjuga prácticas sociales y discursos científicos, y cuya genealogía reconstruye Pablo Rodríguez en su libro Las palabras en las cosas (Cactus). Desde el título del libro, Rodríguez --profesor de la UBA e investigador del Conicet-- no sólo alude a Michel Foucault para plantear continuidades y transformaciones respecto de su obra, sino que directamente sugiere que el lenguaje se autonomizó de lo humano y se expandió a las computadoras, los algoritmos, las moléculas...

- ¿Cómo se construyó este proceso que tiene a la idea de información como eje? En el libro lo define como una nueva episteme.

- Episteme es un concepto que alude a un código fundamental de la cultura a partir del cual todos los soldaditos se acomodan en un solo régimen, en una matriz muy identificable. La idea de “episteme moderna” Foucault la aplicaba a las ciencias humanas y sociales, es decir a las ciencias que surgieron en el siglo XIX y que eran un discurso de saber acerca de lo humano. No es que antes no hubiera discursos sobre lo humano, sino que en ese momento determinados discursos científicos definen qué es lo humano. A partir de la idea de información se puede notar que hay un gran conjunto de ciencias que se acomodan según un criterio diferente. Y no son solo ciencias, también hay cuestiones vinculadas con las artes por ejemplo. La información --en realidad, en el libro hablo de información, comunicación, organización y sistema-- es una palabra que se empieza a aplicar a un montón de cosas distintas: a una molécula, a un cerebro, a una computadora... La información es candidata a ocupar un lugar central en una episteme en la medida en que intenta explicar un gran conjunto de variables de órdenes diferentes. 

- ¿Cuándo comienza ese proceso?

- La aparición manifiesta se podría ubicar en la década de 1940-1950. Casi ninguna historia de las ciencias le ha dado la importancia que tienen a las Conferencias Macy, una serie de encuentros científicos que se hicieron en Estados Unidos entre 1946 y 1953. Ahí surge la idea de la cibernética --es el nombre que le pone Norbert Wiener-- y, dentro de la cibernética, el problema de la información. A partir de entonces aparecen las relaciones con la biología molecular, la computación --que surge en esa época--, las ciencias cognitivas... Ese es el emergente fuerte de la nueva episteme. Pero en realidad esa idea de información ya estaba prefigurada desde mucho tiempo antes. Por ejemplo, en la estadística, que constituye un tipo de saber en el que los signos se acomodan solos, es decir, un tipo de saber donde se manifiesta la posibilidad de que las representaciones de las cosas adquieran un sentido propio más allá de lo que están representando. Foucault decía que en la episteme moderna la representación estaba aprisionada en la figura del hombre. Pero en ese mismo tiempo, en filigrana, ya había un conjunto de discursos y disposiciones que después la cibernética vino a revelar, como a destapar la olla. Es la idea de que hay un orden de los signos que es parcialmente independiente de lo humano. Eso es lo que la cibernética pone blanco sobre negro.

- ¿Cuáles son las prácticas sociales que caracterizan a este nuevo ordenamiento?

- Hoy nuestra vida cotidiana está atravesada por las tecnologías de la información, WhatsApp, redes sociales, geolocalizadores para movernos... Hay una parte nada menor de la vida social de la mayoría de las personas que pasa por la mediación de plataformas informáticas. No discuto que existe la brecha digital, y que mucha gente no está conectada. Pero para los que sí lo estamos, la información está absolutamente imbricada en nuestra vida. Hasta la década del 80-90, el imaginario acerca de todo esto era el de lo virtual, sociedad virtual, aula virtual, según la cual se estaba duplicando un mundo por otro. Pero ahora, si conocemos a alguien a través de una plataforma, ya no podemos decir que hay una duplicación. Sí podemos decir que metés en una aplicación lo que antes te llevaba mucho tiempo: conocer a alguien, ir a un bar (hoy tenés Tinder); o ir a cambiar cassettes al Parque Rivadavia (hoy tenés Spotify). Todo el tiempo estamos dejando nuestros datos para que esas plataformas o dispositivos nos digan qué tenemos que hacer. Estamos esperando que nos digan qué hacer, no es que nos preocupa eso. 

Y esto nos lleva también a la pregunta sobre si nuestros comportamientos no son también de alguna manera algorítmicos. Alguien puede decir que Tinder es la objetivación y la tecnificación del deseo. Pero también cuando conocemos a otra persona hacemos ciertos cálculos. No es que seamos seres puramente calculadores, pero las cosas que están en el algoritmo son humanas, porque esos algoritmos los diseñaron seres humanos. El asunto es que hoy nos estamos poniendo manifiestamente a vivir por la mediación de esos algoritmos, de esas redes y dispositivos. Si no entendemos la noción de información, no se entiende esto.

- ¿Hay nuevas subjetividades propias de esta etapa?

- Cuando buscamos información en la web o en las redes, esa búsqueda no se produce en un mundo libre de datos disponibles, sino que está determinada por las búsquedas pasadas, por nuestro perfil de usuario y por los demás perfiles. La información que nos entregan como resultado está determinada por eso. Si esto fuera algo accesorio para la vida social, sería un jueguito. Pero si eso forma parte central de nuestras vidas, si muchas personas dedican mucho tiempo de sus vidas a Facebook o Instagram, por ejemplo, esto tiene que afectar a lo que llamamos subjetivación, a los modos de producción de sujetos. Si los modos de relación entre las personas pasan por estos procesamientos de datos, tenemos un proceso de subjetivación diferente al que teníamos. 

- En el libro usa el concepto de "dividual" para explicar esta transformación.

- Es un concepto que usa Deleuze, pero que tiene una historia detrás, relacionada con la idea de que el individuo no es completamente individuo, sino que es divisible o multiplicable por sí mismo. Esto es difícil de pensar para nosotros porque todavía somos modernos, vivimos a partir de la idea de que hay una coincidencia entre cuerpo, persona, individuo, sujeto. Hoy las teorías de género ponen en discusión eso, pero en general seguimos pensando así. Sin embargo, eso se está alterando, hay una especie de fragmentación que se expresa por ejemplo en las redes sociales. La construcción de lo subjetivo siempre es social, pero hoy tratamos con nosotros mismos y nos relacionamos con los demás como si todos fuéramos un gran paquete de datos. Lo sepamos o no. Si yo edito la información de mi perfil, lo estoy sabiendo. Pero no estoy pensándolo cada vez que las redes me sugieren contenido o contactos. Cada oferta de amistad que nos ofrece la red es el resultado de un gran procesamiento de datos, que incluye los datos propios. Tus perfiles en las redes son parte de vos, sin ser vos mismo. 

En este proceso de dividuación, el individuo se convierte en cosas diferentes, que pueden ser remitidas a él pero no solamente. Un caso de esta dividuación son las unidades biológicas. La información de un análisis genético, por ejemplo, es la expresión de una persona, pero no es la persona misma. Decimos que hay información en las moléculas, y esa información se manifiesta en una secuencia, y esa secuencia la sacamos de un tejido que, a su vez, forma parte de un cuerpo. Ahí tenemos cuatro instancias. Si un laboratorio dice “yo soy dueño de tal secuencia genética porque pude obtenerla”, un Estado puede decirle que no, que se trata de un bien común --como ha pasado con la secuenciación del genoma humano--. La secuencia no es una materialidad, no existe fuera de un tejido, pero si un laboratorio se la lleva es como si se llevara una parte de la persona de donde proviene. Lo mismo pasa con las células madre. Todos estos ejemplos nos dicen que uno no es únicamente uno, sino que estamos desparramados en diferentes paquetes de datos fragmentados en distintos lugares. Y todos esos datos son parte de nosotros, sin ser nosotros. Con todo eso establecemos una relación de interioridad y exterioridad, nos representan en algo y, al mismo tiempo, nada de todo eso es... mi mano. La nueva episteme es solidaria con determinadas prácticas sociales para las que, donde antes había individuos, ahora hay conjuntos diferentes.

- ¿Qué nuevas formas de control o vigilancia social son parte de esta trama?

- Esa es una de las cuestiones más complicadas de la nueva época. Hasta hace un tiempo uno podía decir: todos estamos vigilados... Era una suerte de paranoia que funcionaba como sistema crítico. Pero hoy la vigilancia se mezcló con el manejo de cuestiones prácticas, como saber qué camino o qué medio de transporte me tomo para ir a un lugar. Es una era de vigilancia absoluta, pero como estamos completamente vigilados no está claro quién vigila. Claro que hay dueños de infraestructura, dueños de servers y plataformas, es decir podemos identificar a determinadas personas como quienes tienen nuestros datos, pero como cada paso de todas nuestras vidas está datificado, esos datos están solo parcialmente procesados por humanos. En la gran mayoría de los casos, los datos son procesados algorítmicamente, funcionando a partir de la construcción de perfiles, algunos perfiles construidos por nosotros mismos en nuestras redes sociales, otros construidos ligando datos como los de las compras con tarjeta, la geolocalización de los lugares donde estamos, los consumos en la web. Todo eso es más o menos fácil de recolectar. Pero hay otra zona mucho más compleja: tenemos tantos datos que, en realidad, no sabemos qué es lo que hay, por eso existe laminería de datos, que está buscando construir perfiles que no conocemos. Como estamos mediados por estas plataformas, podemos decir que estamos completamente vigilados, porque todo lo que se nos sugiere viene determinado por esas plataformas. Pero detrás de esas plataformas no hay un señor malísimo, sino que hay un sistema sociotécnico: es decir que hemos delegado una parte no menor de la vida social en ese tipo de procesos técnicos, que son también procesos sociales. Todos esos datos nos constituyen. Porque aunque alguien no quiera entregar sus datos, no tenga celular, si va por la calle lo toman las cámaras... Desde el punto de vista de una fantasía como la de 1984, estamos mucho más en el horno que antes. Pero a la vez, el Big Brother no está claro qué es, ni quién, ni cómo funciona, porque está demasiado inmiscuido en la vida cotidiana y en nuestros criterios de practicidad. En 1984 había alguien malo que vigilaba para ejercer poder. Hoy ese poder está ejercido por mecanismos sociotécnicos a los cuales nosotros les delegamos esa capacidad y, al mismo tiempo, esos mecanismos sociotécnicos tienen una relativa independencia de criterio. La minería de datos, los algoritmos que procesan datos, arrojan resultados desconocidos para quien elaboró esos procesos originalmente. Este es un fenómeno muy inquietante. Y lo más inquietante es que, en un nivel, no somos sino datos.

- ¿El capital establece formas de acumulación diferentes en esta nueva configuración?

- Hay una economía de datos y está planteada una discusión acerca de la teoría del valor clásica, porque se está generando valor económico con cosas que no tienen trabajo detrás o, en todo caso, cosas que nos exigen redefinir qué es trabajo. Pero efectivamente ahí hay un tipo de capital. La economía de plataformas supone una nueva forma de explotación de algo que aun no sabemos si vamos a llamar plusvalía... Estamos generando unidades económicas a partir de cosas que no sentimos que sean trabajo, que no son cambiar tiempo por un salario, porque estamos todo el tiempo generando datos que son mercancías

Si todo el tiempo estamos generando mercancías, estamos ante una nueva etapa de acumulación. ¿Podemos decir que toda la serie plataformas-algoritmos-datos constituye una nueva acumulación originaria? No tengo un discurso cerrado sobre esto. Hay empresas que se compran y se venden, hay personas que se hacen millonarias o se quedan en la calle por esto que, en un sentido material estricto, no es nada. Por otro lado, tenemos al llamado biocapital, que implica tomar fenómenos vivientes y transformarlos en productivos por su propia condición de vivientes: por ejemplo, puedo agarrar ensambles moleculares y patentar una secuencia o patentar un proceso. Es algo que está vivo y que es tomado como una unidad productiva, es parte de un proceso de producción, es decir que ya no forma parte de lo vivo sino que forma parte del capital. Y esto se vincula con lo dividual: justamente porque nosotros no somos solo nosotros, ni la máquina es sólo la máquina, sino que todos estamos desperdigados por todos lados... Mientras siga habiendo capitalismo, el capitalismo va a usufructuar todo eso. ¿Podemos explicar cómo lo hace usando las categorías del siglo XIX? Claramente, no. Todo esto es inentendible sin el problema de la información. A la vez, esto no quiere decir que no sigan existiendo otros procesos más antiguos… Las fábricas siguen existiendo. El mundo tal como estaba sigue estando, pero también se está abriendo paso otro mundo.

- ¿Qué formas de resistencia social se desarrollan o pueden desarrollarse en este escenario?

- Hoy no sabemos bien por dónde pasa la resistencia. Lo que sí tenemos claro, y esto debería dejar de ser tomado como un defecto, es que ya no va a haber un sujeto político como antes, en el sentido de un sujeto identificable, con reivindicaciones estables, con definiciones claras respecto de con quién tiene que negociar. Durante un tiempo se creyó que las tecnologías permitían un tipo de lazo que no permitía la política tradicional --por ejemplo, la idea de “la primavera árabe”--. Pero pronto se demostró que no hay que ser tan optimista. Creo que de acá para adelante vamos a tener sujetos políticos muy inestables, y el tipo de resistencia que pueden plantear es muy variable. Si la resistencia es contra algo global, lo global es tan global que no se sabe por dónde resistir. Eso genera que casi todas las disputas se planteen por cuestiones locales. Los mismos agentes no tienen, como antes, una definición de la historia y del antagonismo, una delimitación del conflicto. No es que todo eso ya no exista, sino que existe cada vez más pero de un modo dividual: cada vez vemos más resistencias, pero muy difícilmente puedan ser unificables. Por un lado, se necesita cada vez menos organización para resistir. Pero, por otro lado, la resistencia es cada vez menos orgánica y más episódica. En los mundos progresistas donde uno se mueve, siempre queda mejor hablar de un sujeto unificado, con una organización estable y con una conducción que sabe hacia dónde va. Pero ese no puede ser el único criterio con el cual juzgar algo que todavía no entendemos cómo se está generando. No creo que hoy una organización débil sea sinónimo de debilidad política. En otra época sí, ahora quizás no.

- ¿Cómo inciden hoy, en todo este contexto, la pandemia y la cuarentena? Las relaciones sociales parecen haberse desplazado más que nunca hacia los dispositivos y las redes informáticas.

- Creo que lo que ocurre en esta cuarentena confirma que algunas de las cuestiones que trato en el libro son centrales para entender las transformaciones operadas por la información tanto en las ciencias como en la vida cotidiana. Una de estas cuestiones es la relación entre un virus y la viralización, o sea, entre cómo se enfoca el estudio de un bicho que compone de maneras extrañas con los cuerpos y cómo se utiliza ese mismo bicho como metáfora de una circulación descontrolada. El coronavirus circula de manera descontrolada, entonces se detiene la circulación de los cuerpos, pero eso sólo se hace posible gracias a que, encerrados, podemos viralizar todo tipo de opiniones, comentarios, chistes, palabras de amor y de odio, etc. Obviamente, en otros tiempos hubo cuarentenas sin viralizaciones, pero ¿cómo entenderíamos esta cuarentena sin las tecnologías de información? 

Por otro lado, las viralizaciones y las relaciones que se establecen a través de las redes sociales no son simplemente un remedo de las interacciones cara a cara que tendríamos en la vida normal. En el medio están los datos, los algoritmos, las plataformas, todo un sistema tecnológico que hace minería de datos, elabora perfiles y conecta esos mapas de nosotros mismos con otros mapas de otros. Lo dividual no es una duplicación de uno mismo, es más bien la interacción que se plantea entre individualidades que dejan de serlo porque el medio que las conecta participa de la definición de cada uno para conectarlos: las sugerencias de amistad, las publicidades, los links a textos, todo ello está construido en base a los mismos perfiles que también editamos nosotros en nuestras redes.

- ¿Cómo observa la adaptación de instituciones como las educativas al distanciamiento social?

- Las instituciones tradicionales se tuvieron que adaptar a una virtualización forzada... En mi hogar de clase media se puede trastornar la rutina por tener la escuela en la pantalla, pero la adaptación es posible. Una parte enorme de la población no tiene esa posibilidad por múltiples razones. Ahora bien, incluso cuando se logra esa “adaptación”, se producen cosas extrañas. Foucault decía que la escuela operaba según una lógica panóptica: las y los docentes hablando y mirando desde posición central, las y los alumnos callando y devolviendo la mirada. El otro día escuché a una docente de mi hija decir: “todos con las cámaras prendidas y los micrófonos apagados”. Yo pensé: qué eficaz sigue siendo el panóptico como técnica. Sin embargo, comentando esto mismo en una clase de posgrado en la UBA, una estudiante me la devolvió: “Ojo, porque también nosotros tenemos acceso a la intimidad de tu casa”. Estas distintas interpretaciones muestran cómo se constituyen las sociedades de control y cómo, para ello, se superponen formas viejas y nuevas, pero también cómo nos vemos obligados a redefinir lo público y lo privado, y ahí es donde se ve cómo se relacionan las nuevas formas de vigilancia con nuevos modelos subjetivos donde la intimidad se encuentra redefinida. Lo que hace esta cuarentena es poner blanco sobre negro un conjunto de mutaciones que ya se estaban produciendo. Habrá que ver cuánto queda de todo esto cuando pase la pandemia, pero estoy seguro que no se volverá a lo mismo de antes, justamente porque eso “de antes” ya era distinto respecto de lo que eran las relaciones sociales hace apenas una década... Internet habrá hecho su explosión en los ’90, los celulares en los años 2000 y las redes sociales más tarde, pero su integración en el mundo cambiante de las plataformas, implicando a millones y millones de personas y sincronizándolas, tiene mucho menos tiempo. Y así de dramático fue el cambio que ahora, con otra transformación más dramática aún, no sabremos bien a qué atenernos cuando nos digan que tendremos nuevamente una “vida normal”.

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Viernes, 26 Junio 2020 06:28

Pandemia, contracción, petróleo

Pandemia, contracción, petróleo

Al acercarse la conclusión de la primera mitad del año se han multiplicado las evaluaciones y balances de lo ocurrido en el semestre de la pandemia. También las predicciones de lo que cabe esperar para la segunda y más adelante. En primer término se aprecia que, vista como tal, la pandemia no cede. Como lo expresó Le Monde (22/6/20) “…continúa acelerándose… el último millón de casos se añadió en apenas ocho días… Sus efectos se dejarán sentir a lo largo de decenios…” La coincidencia de aumentos rápidos en regiones como América Latina y Asia con el abandono de medidas de contención en Europa y Estados Unidos no es sostenible en un mundo en que la interconexión y la movilidad son componente de cualquier normalidad concebible.

Las secuelas sociales y económicas se aprecian con desaliento. Parecería darse una competencia de superlativos negativos para calificarlas y evaluarlas. Cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte, en su análisis más reciente, que esta crisis es como ninguna otra –por su magnitud y alcance, por la incerteza sobre su duración e intensidad, por los desafíos que plantea al diseño e instrumentación de políticas de respuesta y por derivarse, en gran medida, de las acciones adoptadas para superar la emergencia sanitaria misma– implica también que, aun si se consigue una pronta reactivación, será difícil eludir una transformación de fondo de las formas de operación de la economía y la sociedad globales. De conseguirse regresar a la normalidad, será, en todo caso, a una nueva normalidad, según la expresión más repetida del semestre.

Han abundado también las listas o relaciones de los sectores, actividades y empresas más afectados. No pocos se esforzaron por quedar incluidos, sobre todo en los primeros meses cuando parecía que llovería sobre ellos el maná de las ayudas, las ventajas fiscales y los subsidios. Entre las ayudas más generosas destinadas a las pymes destacaron las de Estados Unidos. Tardó poco en revelarse que una parte no menor de esos fondos había favorecido a empresas grandes e influyentes. El sector global de la energía, en general, y la rama de hidrocarburos, en particular, aparecieron en esos listados. Reforzó esa impresión el hecho insólito, aunque momentáneo, de un precio internacional negativo para el crudo estadunidense a mediados de abril.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) ofreció, en su informe mensual para junio, la siguiente viñeta: En términos deportivos, el mercado petrolero de 2020 se acerca al silbatazo de medio tiempo. Hasta el momento, las iniciativas, bajo la forma del acuerdo OPEP+ y de la reunión de los ministros de Energía del G20, han realizado una gran contribución para restaurar la estabilidad en el mercado. En caso de que se consoliden las tendencias recientes de la producción y se recupere la demanda, el mercado contará con un fundamento más estable al concluir la segunda mitad del año. Sin embargo, no deben subestimarse las enormes incertidumbres.

Adviértase que es muy baja, por no decir nula, la probabilidad de que se generalice la incipiente recuperación de la demanda, limitada ahora a China e India, y de que se revierta la caída de 11.8 millones de barriles diarios de la oferta de crudo registrada en mayo. La contracción de la actividad económica esperada en el año en curso –de 8 por ciento en las economías avanzadas según el FMI o de entre 6 y 7.6 por ciento en la mundial según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos– augura, más bien, un annus horribilis para el mercado petrolero global.

En tal situación es explicable que todo mundo prefiera ver al largo plazo. Así procedió la propia AIE. También a mediados de junio dio a conocer un amplio programa trienal de recuperación de la actividad y el empleo, para el periodo 2021-2023, centrado en el sector de la energía. Vale la pena examinar el documento íntegro, que se inicia con una visión de conjunto y se desarrolla en tres capítulos generales y seis sectoriales. ( Sustainable Recovery: https://www.iea.org/sustainable-recovery). De entrada, se advierte la dificultad de que un ambicioso plan trienal de recuperación sustentable para el sector de la energía, que supone inversiones por un billón de dólares anuales, pueda ser adoptado, en la actual coyuntura, por la comunidad de naciones, o incluso por el conjunto más restringido y afluente de los 38 estados miembros o asociados de la AIE, México entre ellos.

Por otra parte, parece demasiado arriesgado partir del supuesto de que la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que ocurrirá este año por la contracción de la economía mundial podrá mantenerse cuando ésta eventualmente se reactive. Al tratar de recuperar el terreno perdido por la crisis, las consecuencias ambientales no se contarán, por desgracia, entre las mayores preocupaciones.

De cualquier modo, el plan de la AIE apunta a líneas de acción en el petrolero y otros segmentos del sector de la energía que será valioso explorar después de la pandemia –ese futuro todavía impreciso.

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El petróleo renace de sus cenizas con un claro vencedor: Arabia Saudí

Riad emergerá con mayor poder económico y geopolítico de la crisis del petróleo generada por el desplome de la demanda durante la Gran Pandemia, gracias al histórico recorte de la producción de crudo al que se han sumado con entusiasmo Rusia y EEUU.

 

Aseguran los analistas del mercado energético que en el negocio del petróleo juegan todos los grandes productores, pero siempre gana Arabia Saudí, parafraseando la máxima de los bancos en el terreno financiero.

Y, como suele suceder, el arma que ha vuelto a utilizar Riad para elevar el precio del crudo ha sido su efectiva política de recortes de cuotas desde el seno de la OPEP, ahora reconvertida en un club aún más numeroso, con la entrada de Rusia y nuevos productores más en la mesa de negociación del cártel.

La reconvertida, desde 2016, en OPEP + se ha labrado, para más inri, el beneplácito de EEUU, desde hace un par de ejercicios, el primer suministrador neto de barriles en el mercado. Por obra y gracia de una Administración Trump que sucumbe a los cantos de sirena del poderoso lobby petrolífero, instalado en la Casa Blanca desde su llegada al poder ante la ausencia de cualquier estrategia de combate contra el cambio climático por las nutridas voces de su Ejecutivo que enarbolan la bandera del negacionismo ecológico, y que han dado al traste durante su mandato con el más mínimo vestigio de crear un New Green Deal.

Las dificultades financieras en la industria del petróleo americano, muy instalada en Texas, ha visto cómo la hibernación económico propiciada por la Gran Pandemia y la paralización de los trabajos de extracción del fracking, junto a la histórica caída de la demanda de crudo, que ha dirigido las cotizaciones del West Texas Intermediate (WTI) a escenarios negativos -en varias jornadas del mes de abril se llegó a pagar por retirar barriles ante la saturación de los inventarios- ha dejado a las firmas del sector en la antesala de la quiebra. Fitch Rating identificaba hace unas fechas a 25 compañías petrolíferas de EEUU en las proximidades de calificaciones de bonos basura por la alta tensión financiera de sus balances. El 20 de abril el WTI, de referencia en EEUU, registró un precio de -37,63 dólares, la jornada más negra de su historia.

El acuerdo del doble cártel petrolífero, la OPEP +, después de semanas de fricción entre ambos bloques -con Riad y Moscú como maestros de ceremonias y Washington entre bambalinas- en las que arreció el retroceso de la demanda de crudo en los mercados, se forjó finalmente con la decisión de rebajar la producción global en un 23%. En nada menos que 10 millones de barriles diarios. Como en tantos otros antecedentes de la historia reciente, el crudo ha resurgido como un Ave Fénix. En mayo ha recuperado un 85% de su valor, afirma Market Insider. Un salto nunca visto. Ni siquiera en septiembre de 1990, tras el inicio de la intervención militar estadounidenses -Tormenta del Desierto- de la Primera Guerra del Golfo, cuando se incrementó un 44,6%, guarda parangón con el rally alcista actual.

Dejando atrás su peor comportamiento en los mercados energéticos desde la Segunda Guerra Mundial, con una caída de la demanda del 6% para este año, como prevé la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Un hecho también sin precedentes en época de paz, cuando la petición de compras de contratos a futuros se elevaba año tras año. Bien es cierto que el régimen saudí tratará ahora de que sus socios cumplan las nuevas cuotas. Un objetivo nada sencillo.

Tampoco para el príncipe heredero, Mohamed bin Salman (MbS) y su fiel equipo de ministros vinculado al petróleo. Porque países como México, unido al club dirigido desde Rusia, se han excluido del mismo. Mientras desde el bloque de la OPEP clásica, otros como Irak, Nigeria o Angola tienen un largo historial de incumplimientos a sus espaldas.

A los que se debería unir Kazajistán desde el espacio bajo la órbita rusa. Sin embargo, ahora, todos ellos, han dado compromisos específicos a Riad y Moscú de cumplimiento de sus cuotas este mes de junio y para abordar los contratos de futuros de julio y agosto, con recortes más drásticos que dejarán sus cuotas en los parámetros previstos por el cártel. Listos para operar en el tercer trimestre del año, justo cuando el consenso del mercado apunta al despegue inicial de la economía global. El resultado ya es visible. El barril de Brent para entrega en agosto ha superado los 40 dólares tras perder un 36% de su valor en los cuatro primeros meses del año.

A mitad de camino del objetivo -80 dólares- marcado por Riad como estratégico para sostener sus exigencias de ingresos con los que empezar a corregir el déficit presupuestario que le ocasiona, esencialmente, los altos gastos de la contienda militar en Yemen, que sufraga en su mayor parte junto a sus aliados del Golfo Pérsico. Además de la creciente repercusión de la pandemia sanitaria. Un esquema similar al que rige en la Rusia de Vladimir Putin.

Las presiones saudíes y rusas a sus aliados

Arabia Saudí regó el mercado con más de 12 millones de barriles diarios a principios del mes de abril. Preludio del descenso de la demanda, pero el gran detonante del inicio del pacto con Rusia. Riad lleva varias décadas de ventaja en el uso de la energía como herramienta de política exterior por mucho que Moscú haya aprendido a marchas forzadas desde la llegada de Putin al Kremlin.

Con la escalada de las últimas semanas, la coalición Riad-Moscú ha emprendido las presiones para que el resto de productores se ajusten rigurosamente a los recortes estimados. Hasta tal punto, que Irak ha dado su consentimiento a una reducción de más de 1,3 millones de barriles al día para ajustarse en las próximas fechas a los excedentes de mayo de su cuota asignada.

De igual manera que Nigeria, según Bloomberg, contraerá sus salidas al mercado en un 50%. Hasta dejar el suelo en los 40 dólares por barril, a la espera de que la recuperación impulse de nuevo la demanda. Sólo entonces, la OPEP + barajará una banda flexible, aunque tenue, de las cuotas productivas. A los ojos de Riad, la primera parte de la estrategia está alcanzada con la escalada de precios de mayo y el abandono del territorio negativo de cotización del mes precedente.

Y con Aramco, la supermajor entre las grandes, la mayor empresa del mundo, con contratos asegurados en Asia con abastecimiento a ritmos crecientes. Con alzas entre 5.60 y 7.30 dólares por barril suscritas por las economías asiáticas, que llevan varios meses de ventaja respecto a Europa y EEUU en la carrera por la desescalada hacia una cierta normalidad en la actividad. A expensas de posibles rebrotes de la pandemia. Pero, sobre todo, en esta maniobra, se ha apreciado la capacidad de influencia de Arabia Saudí.

Su uso de las herramientas políticas, energéticas y geoestratégicas para hacer renacer al barril de crudo de sus cenizas. Porque la reanimación del mercado lleva al mismo tiempo asociada la recuperación del resto de naciones productoras de petróleo y, muy presumiblemente, de las de gran parte de exportadoras de materias primas. Con el consiguiente acuse de recibo sobre ellas en poder de Riad. Y, de paso, una losa sobre las firmas propietarias de refinerías en Europa y Asia, que temen reducciones en sus márgenes de beneficio en tiempos de paralización económica o, a lo sumo, de despegue incierto de la actividad, con un repunte de las cotizaciones del crudo.

No hay mejor pinza estratégica para las autoridades saudíes que ostentar el apoyo de los países productores, compartir con ellos una táctica de precios y recortes y, a la vez, poner en jaque a las multinacionales occidentales. Por si fuera poco, además, cuenta con el beneplácito de EEUU, que ve en esta reacción una tabla de salvación para su industria petrolífera. En palabras del propio Donald Trump: "Hace sólo un mes, teníamos un escenario desastroso en materia energética, con los precios por debajo de cero. Hemos salvado el sector en un corto periodo de tiempo y, ¿quiénes nos han salvado? Rusia y Arabia Saudí".

El mensaje de Trump no esconde siquiera la cita electoral de noviembre, ni las críticas vertidas desde el bando demócrata sobre la docilidad diplomática de su gobierno hacia estos dos países. Pero también encierran el éxito de la política exterior energética de Riad. Más aliada que nunca de la Casa Blanca en Oriente Próximo por su rivalidad geoestratégica con Irán.

La resurgida fortaleza del gran productor global

Así lo atestigua Jason Bordoff en Foreign Policy. Con 4.000 millones de personas confinadas y el coronavirus en propagación aún por numerosas latitudes del planeta, la capacidad extractora de EEUU se ha reducido a la mitad en sólo dos meses, cuatro de cada diez firmas de este sector podrían acabar el año en estado de insolvencia y proyecciones de pérdidas de empleo para unos 220.000 trabajadores.

Estos datos son los que subyacen detrás de la versión de Trump. Pero en este contexto -dice Bordoff en su artículo-, Arabia Saudí emergerá este año como la triunfadora económica y geopolítica. A pesar de que el barril sigue lejos de los 80 dólares, de que su déficit fiscal haya superado los 9.000 millones de dólares en el primer trimestre del año, con la amenaza de recorte de su rating por parte de Moody’s y de la caída de recaudación derivada del descenso del crudo y de la agresiva expansión de la covid-19 por el reino wahabí.

Hasta el punto de que la Visión 2030, el megaproyecto de modernización económica y diversificación de la estructura productiva del país que dirige personalmente MbS ha retrasado su hoja de ruta. Porque Riad se erigirá en la referencia para abastecer de nuevo el mercado del crudo cuando la actividad global tire al alza de la demanda energética por habilidad para reactivar su capacidad de extracción. En contraste con países como Nigeria, Irak o Kazajistán, asolados por las batallas monetarias sobre sus divisas en los mercados cambiarios o Venezuela, en pleno avisto económico y social.

El recorte productivo auspiciado y tutelado por Arabia Saudí es, al mismo tiempo, el baluarte de su estrategia de llevar el barril a los 80 dólares a medio plazo. Riad tiene una deuda del 24% del PIB y su banco central, reservas por valor de 474.000 millones de dólares, cota que evoluciona muy por encima de los 300.000 millones en los que las agencias de rating sitúan un posible riesgo para defender su moneda de embestidas exteriores. El riyal tiene un currency board con el dólar.Un segundo factor que juega a favor de Riad son las previsiones de la EIA americana -la Agencia de Información Energética- de que la demanda de crudo retornará a los niveles previos a la covid ya a finales de este ejercicio.

Aunque su versión mundial, la Agencia Internacional de la Energía es algo más pesimista y calcula que se concluirá 2020 con entre un 2% y un 3% por debajo de los registros anteriores a la pandemia. En paralelo, también emerge el interés de la industria americana, dice el ex analista de Goldman Sachs, Arjun Murti, de que las firmas petrolíferas estadounidenses alcancen un punto de cierto equilibrio en sus ingresos con un barril a 50 dólares.

En el orden geopolítico, Arabia Saudí ha estrechado los lazos tanto con el Kremlin, que ha visto la conveniencia de tener como aliado a Riad en el manejo del precio del barril, como de la Casa Blanca. Después de meses en los que las bancadas demócratas del Congreso -en la Cámara de Representantes y en el Senado- y algunos versos sueltos republicanos clamaran contra el MbS por el affaire Khashoggi, el asesinato del periodista crítico con el régimen sobre el que aparece la figura del príncipe heredero, y que han estado detrás del intento legislativo de impulsar una iniciativa legal anti-OPEP por prácticas monopolísticas. Un asunto que emergen puntualmente en Capitol Hill.

Las relaciones Riad-Moscú, además, serán determinantes para inclinar la balanza de los conflictos geopolíticos en Oriente Próximo; en particular en Siria y respecto a Irán. Las de EEUU, por otro lado, serán claves para conocer si Riad extenderá o no el recorte productivo en la OPEP + en la reunión de finales de julio, en la que no se descarta, incluso, nuevas rebajas de cuotas. El estatus de Arabia Saudí como nación sobre la que gira la mano invisible del mercado del crudo volverá a brillar en los próximos meses.

 

madrid

22/06/2020 07:44

Por diego herranz

Publicado enEconomía
¿Sueñan las ovejas con COVID-19? Ganadería intensiva y las nuevas pandemias

La biodiversidad nos protege de la emergencia de nuevas enfermedades. Sin embargo, nuestro modelo de producción ataca esta biodiversidad y, en concreto, nuestra industria cárnica podría exponernos con mayor probabilidad a nuevas epidemias.

Las catástrofes pueden llegar a dejar al descubierto las debilidades de un sistema. La pandemia por SARS-CoV-2 ha mostrado lo débiles que pueden llegar a ser nuestras tecnificadas sociedades y ha dado serias lecciones de todo lo que está mal dentro del sistema capitalista. Y es que hace tan solo un año hubiera parecido imposible que un virus pusiera en jaque no solo a cientos de miles de vidas, sino a la economía global. Y esta incredulidad con la que como sociedad estamos viviendo la pandemia tiene que ver con la confianza ciega en una tecnología que continuamente promete salvarnos de la muerte. Por eso, se sigue haciendo hincapié en las soluciones tecnológicas mientras se ignoran aspectos más eficaces como la atención primaria.

¿Cuales son las causas que están en el origen de esta pandemia? El concepto de Una salud (One Health) plantea que es poco adecuado, desde el punto de vista sanitario, estudiar de forma separada al ser humano del resto de la biodiversidad del planeta, especialmente cuando se trata de enfermedades infecciosas. 

Virus y bacterias son muy diferentes en su biología infecciosa, pero tienen en común que son bastante promiscuos y con una gran capacidad de adaptación. Los virus son entidades compuestas generalmente de un pedacito de material genético envuelto en una cápsida o  envoltorio. Apenas se consideran seres vivos y podemos asimilar su comportamiento al de una partícula. Otra característica que nos interesa aquí es que en el proceso de copia de su material genético se producen muchos errores, que generalmente llevan a la inviabilidad del mismo. Sin embargo, unas pocas de estas variaciones, que también se llaman “mutaciones”, producen pequeñísimos (o grandes) cambios en las estructuras proteicas de la envoltura que permiten esa promiscuidad entre especies. 

En este contexto, ¿es seguro nuestro sistema de producción de alimentos?, ¿qué relación existe entre la pérdida de biodiversidad, las llamadas enfermedades emergentes y la industria alimentaria?, ¿puede la industria alimentaria favorecer la emergencia de nuevas pandemias?

 

LA PÉRDIDA DE BIODIVERSIDAD Y ENFERMEDADES EMERGENTES

 

En al año 2008, Kate E. Jones y sus colegas de la sociedad zoológica de Londres detectaron que, entre 1960 y 2004, el 60 % de los brotes de enfermedades emergentes tenían su origen en animales (otros trabajos más antiguos lo situaban alrededor del 75 %), que estos brotes no paraban de aumentar y que un posible mecanismo causal era el uso cada vez más extensivo que hacemos de los ecosistemas. La mayor parte estas enfermedades emergentes eran bacterias y virus, aunque otras como la leishmaniasis o la malaria también se ven influidas por el cambio climático o la deforestación. Incluso hay modelos predictivos que, de seguir nuestra tendencia destructiva actual con el planeta, auguran más y más brotes en el futuro.

En la jerga biológica se llama “efecto dilución” al efecto que tienen los ecosistemas saludables/bien conservados de actuar “diluyendo” a los patógenos. Este efecto vincula de manera causal la bajada de la biodiversidad con el aumento de zoonosis (enfermedades que se transmiten de animales a humanos) a través de dos procesos que tienen que ver con la relación entre dinámica poblacional y biodiversidad. El primer proceso dilutivo ocurre al incrementarse el número de especies presentes en un determinado hábitat a la vez que ocurre una disminución del número de individuos de cada especie (debido, básicamente, a que los recursos son limitados). Como hemos conocido de primera mano durante estos meses, la dinámica de transmisión de enfermedades depende del número de individuos de la misma especie que pueden interactuar con proximidad. Si el número de individuos de cada especie y la densidad poblacional fuesen bajas, entonces la probabilidad de transmisión de una determinada enfermedad sería también baja. Por tanto, este es un proceso que depende de la densidad poblacional. 

El segundo proceso, en cambio, depende de la frecuencia. En este caso, en ecosistemas ricos, con abundancia de recursos, aumenta la diversidad de las especies y, también, el número absoluto de miembros de todas las especies. Hay más especies y más individuos de cada una. A igual número de individuos infectados, en esta situación donde las especies son más populosas, la proporción de infectados es menor. Y esto es muy importante. Lo que determina la dinámica de transmisión de una enfermedad no es el número absoluto de infectados, sino su frecuencia dentro de la población.

Estas hipótesis han sido comprobadas para la enfermedad de Lyme, para la rabia y para el virus del Nilo occidental y, ciertamente, Europa está viviendo un incremento constante de la incidencia de de la primera de estas enfermedades debido, como ha demostrado Tim R. Hofmeester y un nutrido grupo de colegas, a la presión que la caza ejerce sobre las poblaciones de depredadores principales, en este caso zorros. Lo mismo ocurre con la rabia, que tiene en su principal aliado, paradójicamente, una saludable población de zorros, en contraposición al pensamiento generalizado de gestores y cazadores.

Es esta la razón por la que la pérdida de biodiversidad está causando un aumento de la incidencia de las enfermedades emergentes. ¿Y qué es lo que está causando la pérdida de biodiversidad

Según una revisión reciente, realizada por más de 20 especialistas de 12 países, la causa es el modo de producción de nuestras sociedades; un modo de producción basado en el crecimiento perpetuo. En suma, nuestro modelo económico está creando las condiciones ideales para el surgimiento de nuevas pandemias.

 

INDUSTRIA ALIMENTARIA Y BACTERIAS RESISTENTES A ANTIBIÓTICOS 

 

No solo los virus son capaces de producir pandemias. En los casos de las recientes epidemias como el ébola y pandemias como el VIH o el reciente SARS-Cov-2, teníamos un virus como causante. Sin embargo, las diversas epidemias de peste fueron producidas por una bacteria transmitida por un vector (las pulgas de las ratas negras), otras como la malaria y la enfermedad de Chagas producidas por protozoos 

Los antibióticos han sido capaces de salvar de la muerte por sepsis a millones de personas desde su producción y aplicación masiva en medicina al final de la Segunda Guerra Mundial, pero su uso masivo está generando resistencias al acelerar un proceso natural de intercambio genético propio de las bacterias. Cuando las bacterias intercambian fragmentos de material genético bajo condiciones de estrés, por ejemplo en presencia de antibióticos, es mucho más probable que se acaben seleccionando aquellos pocos fragmentos que contienen alguna molécula que ayuda a las bacterias a sobrevivir a ese antibiótico. Este proceso es natural. Lo que no es natural es la presencia casi ubicua de antibióticos en múltiples y variados ecosistemas. Y cuando se habla de ecosistemas, para una bacteria, bien podemos referirnos al estómago de un rumiante.

Las bacterias resistentes a antibióticos comenzaron a ser un problema en los años 50 del siglo XX. Una cepa de la bacteria Staphylococcus aureus resistente a meticilina (MRSA) producía desde infecciones cutáneas a neumonías, primero en neonatos en los cuales se hizo el descubrimiento, para después detectarla en adultos de diversos países. De hecho, hay muy pocas diferencias entre esta primera cepa y las pocas que hay hoy en día afectando a pacientes de muchos hospitales. Se podría considerar como una pandemia en toda regla.

Siempre se han asociado estas bacterias resistentes a infecciones nosocomiales, producidas durante intervenciones médicas en los hospitales, y cuya emergencia se debía en su mayor parte al uso indiscriminado que hacen las personas en sus casas de los antibióticos, automedicandose y usándolos de forma irresponsable. ¿Es el MRSA de origen hospitalario? ¿Qué papel tienen los antibióticos de uso veterinario en la industria alimentaria en este asunto?

En el año 2013 Ewan M. Harrison, del departamento de medicina veterinaria de la Universidad de Cambridge, lideró un trabajo donde demostraron que, al menos dos casos de infección por la bacteria Staphylococcus aureus resistente a meticilina (MRSA), habían ocurrido por transmisión directa desde animales de granja hasta humanos. El MRSA es una importante causa de infecciones adquiridas en el hospital, así como una causa creciente de infecciones en personas no hospitalizadas. De hecho, un estudio posterior del 2014 determinó que, pese a que todavía la transmisión zoonótica de MRSA de animales de granja a humanos era limitada y representaba todavía un porcentaje menor del total de incidencias de MRSA en el total de la población, su transmisión estaba aumentando en zonas con una elevada concentración de la explotación ganadera.

El microbiólogo Martin J. Blaser en el año 2007 escribió un libro titulado “Missing microbes: how the overuse of antibiotics is fueling our modern plagues” donde deja bien claro que no es únicamente una responsabilidad individual a través de la automedicación o el abuso, como algunos divulgadores científicos nos quieren hacer creer, sino que detrás del aumento de bacterias resistentes a antibióticos, está también la industria alimentaria a través de sus métodos basados en el engorde con antibióticos (EE.UU) o de tratamiento rutinario de infecciones (UE). 

De hecho, si se miran retrospectivamente las fechas de la legislación que permitía el uso de un determinado antibiótico para tratar, o engordar, animales y la aparición de bacterias resistentes a ese antibiótico infectando a humanos, la tesis de Blaster adquiere la fuerza de hecho probado. Algunos ejemplos. En 1995 se aprueba en EE.UU. el uso de las fluoroquinolonas en la producción de carne de aves de corral. En 1997 el CDC empieza la vigilancia en busca de bacterias del género Campylobacter resistentes a este antibiótico. El 30 % de las muestras ya contenía bacterias resistentes y comenzaba a causar infecciones en humanos. El caso de las cefalosporinas en Canadá es aún más claro, con una fuerte correlación entre uso de las mismas para el engorde de aves y la emergencia de infecciones bacterianas resistentes en humanos. 

Un equipo multidisciplinar, cuyo informe publicado en Science firma en primer lugar Thomas P. Van Boeckel, afirma que “en términos relativos, los humanos y los animales consumen cantidades comparables de antimicrobianos (…), pero dado que la biomasa de los animales destinados a comida supera con creces la biomasa de los humanos, las emergencia de nuevas mutaciones que confieran resistencia [a las bacterias] son más probables [en estos últimos]”. Las nuevas pandemias también se están gestando en macrogranjas y mataderos

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SISTEMA PRODUCTIVO Y CORONAVIRUS

 

Recientemente hemos visto cómo el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, que es capaz de replicarse con éxito desigual en varias especies animales, lograba aparentemente propagarse entre los visones en las granjas peleteras de Holanda y saltar, a su vez, de nuevo al ser humano, constituyendo la primera zoonosis documentada hasta el momento del virus causante de la actual pandemia. Este hecho es muy interesante porque apoyaría la hipótesis de que la concentración de animales de granja, genéticamente muy homogéneos, serviría de reservorio y de centro de ensayo de mutaciones que facilitarían las zoonosis. 

También hemos visto cómo los brotes dentro de la industria cárnica se multiplicaban en AlemaniaEspaña y en otros países. Estos brotes han destapado las miserias de una industria con una gran precariedad laboral que nos expone de forma irresponsable a la peor pandemia que ha padecido el planeta en un siglo. Esto demuestra en cierta manera que la industria alimentaria no solo sería el causante del origen sino también el de la expansión del virus.

En este artículo, firmado por varios autores, entre los que está Rob Wallace, el autor del libro “Grandes granjas producen grandes gripes” se muestran varias razones por las que la agroindustria sería causante de la mayor aparición de enfermedades zoonóticas: gran densidad de animales genéticamente idénticos, sacrificio de animales cada vez más jóvenes, separación espacial de la reproducción del engorde, exportación de animales vivos, aparición de nuevos núcleos urbanos en torno a las macrogranjas (desakotas periurbanas) y un largo etc. 

 

CONCLUSIÓN

 

A pesar del insistente planteamiento con tintes racistas sobre el origen del virus como una consecuencia de costumbres orientales de consumo de carne proveniente de animales exóticos, la realidad es otra.

Es el sistema de producción de carne global, la masificación y su carácter intensivo, lo que permite que de manera legal se vendan todo tipo de animales (de granja y salvajes) conjuntamente en un mismo espacio.

Además de permitir la aparición y transmisión de nuevos virus y bacterias. El considerable aumento en el consumo de carne, su “industrialización”, la facilidad y el negocio que supone el consumo alimentario de animales salvajes ha llevado a que no exista una separación entre la cría y la caza de animales como los puercoespines. La globalización de estas prácticas son las autopistas para virus emergentes como el SARS.

Por La paradoja de Jevons | 17/06/2020

Fuente:  https://www.elsaltodiario.com/paradoja-jevons-ciencia-poder/suenan-las-ovejas-con-covid-19-ganaderia-intensiva-y-las-nuevas-pandemias

Publicado enMedio Ambiente
Un mercadillo ambulante, el pasado jueves, en Lima (Perú, uno de los países más golpeados por el virus). Rodrigo Abd / AP

En el contexto de la caída de la actividad económica internacional más extendida de los últimos 150 años, América Latina será la zona más afectada, aseguró ayer el Banco Mundial (BM). El organismo prevé una contracción de 7.2 por ciento para la región este año. Será "una recesión más profunda que la causada por la crisis financiera global de 2008-2009 y la de deuda latinoamericana de la década de 1980", subrayó.

En ese contexto, según el organismo, México se contraerá 7.5 por ciento este año; su economía "será fuertemente golpeada desde múltiples ángulos", entre ellos difíciles condiciones financieras, derrumbe de los precios del petróleo y de las exportaciones, parálisis del turismo y restricciones a la movilidad para reducir la velocidad a la que se propaga el Covid-19, agregó.

En el informe Perspectivas económicas mundiales, el BM estima una caída de 5.2 por ciento de la actividad económica internacional y de 6.2 del producto interno bruto (PIB) per cápita. Esta última será la baja más aguda desde la Segunda Guerra Mundial, pero en cuanto al número de países que resentirán la crisis en riqueza por habitante, el precedente más cercano es 1870.

"A pesar del apoyo sin precedente a la política macroeconómica, la proporción de países que experimentan contracciones en el PIB per cápita alcanzará su nivel más alto desde 1870."

Desde ese año la economía global ha experimentado 14 recesiones mundiales y en cada uno de esos episodios la riqueza por habitante cayó. La crisis actual amenaza con reducir ese indicador en más de 90 por ciento de las economías del planeta, incluso más que el 85 por ciento de la Gran Depresión.

Para América Latina, donde el BM prevé el mayor deterioro en crecimiento, estima: Brasil, contracción de 8 por ciento; Argentina, 7.3; Perú, 12; Chile, 4.3, y Colombia, 4.9.

Belice, 13.5; El Salvador, 5.4; Guatemala, tres, y Honduras, 5.8. Para Guyana –donde despunta la industria petrolera– hay una previsión de crecimiento de 51.1.

"Los avances recientes de la región en cuanto a alivio de la pobreza y desigualdad podrían estar en riesgo", advirtió. Y recalcó que es la "informalidad generalizada" la principal limitante para que los programas sociales tengan efecto. Además, el endeudamiento en 2020 aumentará la presión al sector financiero y podría causar problemas en el servicio de la deuda, debido al alza de las tasas de interés en la recuperación.

Para las economías de ingresos altos se prevé una contracción de 7 por ciento –Estados Unidos, 6.1; zona euro 9.1, y Japón, 6.1–, mientras que para las emergentes y en desarrollo se estima en 2.5, con China creciendo a uno por ciento en 2020.

"Esta es una perspectiva profundamente aleccionadora, pues es probable que la crisis deje cicatrices duraderas y plantee importantes desafíos mundiales", comentó al respecto Ceyla Pazarbasioglu, vicepresidenta de Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones del BM.

Para 2021 el organismo calcula que México crecerá 3 por ciento, América Latina 2.8 y la economía mundial 4.2.

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Sábado, 06 Junio 2020 06:49

Empresas digitales, racismo y control

Empresas digitales, racismo y control

La pandemia ha funcionado como excusa perfecta para avanzar a pasos agigantados en los mecanismos empresariales y gubernamentales de vigilancia y control de la población en muchas partes del mundo. Es una situación que representa un problema en sí mismo, pero además conlleva aspectos ocultos, tanto o más inquietantes como el manejo de nuestros datos para inducirnos a conductas de consumo o de elecciones políticas, entre otros.

Bajo el supuesto de que es necesario para el control de la pandemia saber quiénes son y dónde están los contagiados (lo cual también sería un beneficio individual), se han producido más de 40 aplicaciones electrónicas de monitoreo. Son comerciales, a veces patrocinadas por gobiernos que han impuesto su uso obligatorio a la población, como en China o Australia. En la mayoría de los casos los gobiernos "aconsejan" a la población usar alguna aplicación, en ocasiones desarrolladas en colaboración con instituciones gubernamentales. En un artículo anterior mencioné que Google y Apple, clásicos competidores, se pusieron de acuerdo para desarrollar y ofrecer una aplicación de ese tipo (https://tinyurl.com/y9b2nhoa).

Aunque esas aplicaciones se promocionan ahora en el contexto de la pandemia por Covid-19, se pueden usar para muchos otros fines. Por ejemplo, a partir de las protestas por el asesinato racista de George Floyd, por la policía de Estados Unidos, el comisionado de Seguridad Pública de Minnesota, John Harrington, anunció que usarían los datos recogidos por las aplicaciones de monitoreo, cámaras, etcétera, para detectar quiénes son las personas que protestan, con quién se juntan, qué hacen, dónde van, si son "terroristas" o "crimen organizado", etcétera (https://tinyurl.com/ybll9s24).

Reveló así que las autoridades pueden recolectar la información de sistemas de monitoreo electrónicos –sean privados o públicos–, y que éstos se acopian en bases de datos que entregan perfiles de cada persona al cruzar e interpretar la información. Por la cantidad de datos que se requiere manejar, esos perfiles son construidos por programas de inteligencia artificial, cuyos algoritmos son programados por personas concretas. Para ello se basan en datos de la "realidad" que ya existen, por lo que reproducen valores racistas, patriarcales, sexistas y discriminatorios de los pobres, migrantes, etcétera. Con el asesinato de Floyd se difundió un estudio que muestra que una persona negra tiene tres veces más chances de que lo mate la policía que una blanca. Traducido a "datos", el algoritmo no registra la violencia policial, sino la población afroamericana (o latina, joven, migrante, etcétera) es más peligrosa, más tendiente a ser criminal, que se junta con otras similares, etcétera.

Hay varios estudios sobre estas parcialidades de los sistemas de inteligencia artificial. Siendo un tema injusto y de preocupación, es sólo un aspecto del problema y es importante ver el conjunto de riesgos que conlleva la omnipresencia de las plataformas digitales sobre nuestras vidas. Las protestas crecientes sobre estas parcialidades de los algoritmos probablemente obligarán a las empresas a revisarlos, aunque no es sencillo que lo hagan y cometerán nuevas.

Más allá de la vigilancia para uso de las autoridades, el fin clave de las plataformas digitales (porque es lo que le da más dinero y los ha vuelto billonarios) es la recolección permanente de insumos sobre cada uno de nosotros, nuestras familias y amigos, nuestras elecciones de todo tipo (de consumo, políticas, estéticas, sexuales y mucho más). No solamente lo que escribimos en redes sociales y decimos en público. Lo que recogen esas empresas es mucho más de lo que creemos que compartimos.

Además de lo que expresamos en palabras, existe una enorme industria de recolección de datos y nuevos análisis biométricos que analizan micrométricamente las diferentes expresiones de fotos, videos, cámaras y sistemas que interpretan esas microexpresiones, conectándolas con lugares, situaciones, emociones, reacciones a mensajes, etc.

A su vez, Facebook (y otras redes) complementa esos análisis con perfiles sicológicos y georreferenciados, que les permiten ofrecer al mejor postor comercial o político los datos de millones de personas por grupos de edad, sexo, barrios, poder adquisitivo, preferencias.

Con la pandemia, Naomi Klein explica que los cabilderos de las mayores plataformas digitales han estado muy activos en reclamar a los gobiernos su esencialidad y que éstos deben rápidamente construir infraestructura para permitir que expandan sus redes a todo rincón de la tierra. Quitadas de la pena, mencionan que la pandemia les permitió realizar un verdadero “experimento en educación y atención de la salud virtual, y que pueden remplazar a millones de maestros y personal de salud (https://tinyurl.com/ybcec6kl). Han recolectado un volumen indescriptible de nuevos datos de estudiantes de todos niveles y de pacientes y sistemas de salud que agregan a sus bases de datos. En muchos casos, como también sucede en México, los propios gobiernos entregan a estas empresas la gestión de los datos sobre educación y salud (https://tinyurl.com/y8q7788x). Como dice Klein, se trata de una verdadera doctrina de shock en el nuevo capitalismo de la vigilancia.

Por Silvia Ribeiro, iInvestigadora del Grupo ETC

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Viernes, 22 Mayo 2020 06:42

El capitalismo como pandemia

El capitalismo como pandemia

¿Es posible encontrar similitudes entre el virus del Capital y el COVID-19? Y, de ser así, ¿hay una estrategia compartida de lucha frente a ambos virus?

A la memoria de Julio Anguita

 

Estos tiempos de excepcionalidad han visto florecer las metáforas que pretendían aproximarnos a la comprensión de un suceso que ha venido a alterar nuestras vidas y nuestros horizontes de un modo inesperado. Enfrentados a lo imprevisto e inusitado, nos hemos visto abocados, con mayor o menor éxito, a leer a marchas forzadas un presente intempestivo, actualización de muchas de esas distopías virtuales que pueblan nuestra literatura o nuestro cine. En estas páginas siempre hemos defendido la imaginación como única potencia materialista capaz de ayudarnos a construir un futuro que, como indica en algunos de sus textos Marina Garcés con acierto, nos había sido robado pero que, de repente, se presenta ante nuestros ojos como una urgencia inmediata. Pues si nuestro presente resulta incierto, qué decir del porvenir por venir. Y si el futuro parecía obturado por un presente neoliberal que actuaba como agujero negro de toda esperanza, ahora, sin embargo, en estos tiempos de pánico, como también señala con acierto en un reciente artículo Jorge León Casero, se abre la posibilidad de pensar una salida a esta crisis que no suponga una quizá ya impensable vuelta al pasado. Deleuze nos dice que pensamos siempre obligados y, en ese sentido, las constricciones del presente resultan extremadamente evidentes.

 

El capitalismo como pandemia

 

Pero volvamos por un momento al terreno de las metáforas para intentar entender, una vez más, los mecanismos, múltiples, diversificados históricamente, del capitalismo. Las semejanzas y diferencias de las estrategias del Capital con los modos de comportamiento de un virus de alta capacidad de contagio y efectos letales como es el COVID-19 (ya saben ustedes, «d» de diciembre y 19 porque el primer infectado en China declaró haber leído ese número de veces el Libro rojo de Mao como, ineficaz a todas luces, estrategia terapéutica), no deja de ser una imagen que nos permite pensar que, acaso, las maneras de hacerles frente, a ambas pandemias, pudieran tener puntos en común.

Entre las evidentes semejanzas, el carácter desterritorializado de ambos virus, su carácter global, el desconocimiento del sentido de la palabra frontera. Capital y virus aprovechan con enorme eficacia los espacios lisos de la comunicación, los caminos que establecen nexos entre lugares lejanos del planeta, para deslizarse por su superficie e infectar todo cuanto sale a su paso. Por ello, las respuestas locales, nacionales, son de una eficacia muy limitada, pues, además de ser incapaces de sellar por completo un territorio, siempre se hallan a expensas de lo que suceda a su alrededor. En el caso del COVID-19, hemos echado en falta, frente a un virus global, la existencia de mecanismos globales que permitieran la toma de decisiones a la misma escala que actúa el virus. En el caso del capitalismo, Marx y Engels lo sintetizaron en una frase que devino lema: “Trabajadores de todos los países, uníos”, en un llamamiento a la internacionalización de las luchas como única estrategia para enfrentar a un capitalismo que no tiene otra patria que su beneficio. Una pequeña conclusión se extrae de esto: la necesidad, tanto en un caso como en el otro, de articular mecanismos globales de respuesta.

La virtud del COVID-19 es que ha puesto de manifiesto un hecho que las luchas políticas de la izquierda, de modo paradójico, venían reclamando desde tiempos lejanos pero para lo que nunca se estableció un programa político eficaz. Las internacionales no dejaron de ser, al menos avanzado el siglo XX, meros artefactos formales de muy escaso contenido político. Si la actual pandemia está obligando a pensar a los mayores detractores de la existencia de mecanismos políticos de carácter global en la necesidad de su existencia; si parece estar propiciando el que esa idea de «gobierno» mundial, presente en el discurso filosófico desde la antigüedad y reactivada por la Ilustración, adquiera esa dimensión «afectante», por decirlo al modo de Lordon, de la que hasta ahora había carecido; si algo que forma parte del ADN de la izquierda parece tener posibilidad de convertirse en agenda política y preocupación social, es el momento de volcar los esfuerzos en pensar formas de organización y prácticas globales que subrayen la importancia de lo común.

Un segundo elemento de coincidencia entre ambos virus es su enorme capacidad de contagio y los efectos letales que provocan para la vida. Es enormemente significativo que una palabra como «viral» venga asociada, cada vez más, a dinámicas que se desarrollan dentro del que es el instrumento fundamental de difusión del Capital en las sociedades contemporáneas: la tecnología de la información. En efecto, las dinámicas virales en la comunicación han acentuado aquello que define la enorme eficacia del capitalismo contemporáneo: su capacidad de construcción de subjetividad, de infectar con el virus del neoliberalismo a toda forma de vida humana. Con la diferencia de que, lejos de buscar formas de protección y medidas de profilaxis, las subjetividades contemporáneas se exponen alegremente, es uno de los más terribles efectos del virus, a las dinámicas de contagio.

Semejanza en la eficacia del contagio, pero diferencia en las actitudes frente al mismo. Merece la pena subrayar esta cuestión que, desde los orígenes del virus del Capital, marca un rasgo específico. Sabemos que una de las claves en la lucha contra el COVID-19 radica en la consecución de una inmunidad grupal que convirtiera a las sociedades, como colectivo, en geografías menos expuestas al virus. Por el contrario, el capitalismo nace intentando quebrar una importante inmunidad grupal que acompañaba a las sociedades de la Modernidad temprana. En efecto, dichas sociedades se asentaban, tanto en sus prácticas económicas como culturales, en potentes formas del común que se mostraban enormemente resistentes y reticentes al propietarismo individualista que el capitalismo se empeña en imponer. Con una extremada violencia, por otro lado. El virus del Capital provoca en la Europa moderna una extrema mortalidad, bajo la forma bien de hambrunas, bien de persecuciones, que acompaña su expansión territorial. Desde Marx a Federici se ha puesto de manifiesto cómo la acumulación originaria se produce violentando economías y saberes del común que entorpecían la labor disciplinante y rapaz del capital. Es la “economía moral de la multitud”, de la que habló Thompson. Las leyes de pobres inglesas de los siglos XVI en adelante provocaron decenas de miles de ejecuciones, solo 70.000 en tiempos de Enrique VIII, que sumieron en un estado de terror a las poblaciones expropiadas de sus medios de subsistencia. El éxodo a la ciudad y su disciplinamiento salarial permiten entender el despegue industrial de la Inglaterra de finales del XVIII.

Parece bastante evidente que la eficacia del capitalismo radica en su capacidad de destruir esas inmunidades de grupo, para lo que su virus no duda en mutar, haciéndose fordista o posfordista, según la ocasión, y así penetrar con mayor efectividad en colectivos con una especial capacidad de inmunidad. Como decía Baudrillard, el enemigo acaba instalándose en nuestro propio pensamiento. El virus de la temida subsunción real, la más potente de las mutaciones del virus del Capital, se encuentra siempre al acecho.

 

EN BUSCA DE UNA VACUNA: EL INTELECTO GENERAL COMO ECONOMÍA DEL COMÚN

 

Curiosamente, la pandemia del COVID-19 apunta en su posible solución vías y estrategias que pudieran ser también de utilidad en el diseño de un horizonte que fuera más allá de las prácticas de retorno, quizá ya imposible, a un pasado que ha cobijado en su seno el suelo fértil sobre el que ahora brota el virus. Inmunidad de grupo, vacuna y mecanismos globales de alerta y coordinación ante otras posibles pandemias parecen ser tres mecanismos inexcusables para hacer frente a esta y otras futuras pandemias. Mecanismos que también resultan imprescindibles para enfrentar la pandemia capitalista en su forma neoliberal.

Ya hemos señalado en alguna ocasión la pulsión suicida que caracteriza al neoliberalismo, cómo esta cepa específica del virus capitalista desprecia cualquier previsión de futuro y se caracteriza por un goce inmediato del presente. De quienes pueden gozarlo, claro. Su dimensión tremendamente letal exige la implementación inmediata de medidas profilácticas que eviten nuestra desaparición como especie, lo que denomino el conatus de la multitud. Los graves problemas que aquejan a la humanidad no pueden abordarse desde una perspectiva local, exigen, como hemos señalado más arriba, políticas coordinadas de ámbito global, por lo que los sectores críticos con el actual estado de cosas deben imaginar formas de cooperación política que desborden los marcos nacionales y que se empeñen en el diseño de una política del común. La actual coyuntura, que hace visible esa necesidad en el ámbito sanitario, debiera servir de palanca para extender dichas prácticas al ámbito de lo político en general. Algo que, desde una perspectiva ideológica, siempre hemos sabido, puede pasar a formar parte, quizá, de un nuevo sentido común crítico.

El diseño de la política de lo común al que antes hacía referencia pasa, a mi modo de ver, por abordar una cuestión que Marx señalaba en los Grundrisse, la del Intelecto General. Recordemos que con dicho concepto Marx hace referencia a los saberes sociales que son vampirizados por el Capital en beneficio privado y cuyo uso debiera revertir, propone él, en beneficio colectivo. Ya hemos señalado cómo el Capital se ha construido sobre la apropiación violenta de lo común, ya fuera este material o inmaterial. El neoliberalismo ha profundizado esa dinámica, hasta el punto de que Laval y Dardot nos hablan, metafóricamente, de una segunda ola de cercamientos. La lucha contra el virus médico, la denodada búsqueda de una vacuna, pone de relieve la importancia de que ese saber médico sea un saber compartido, que la vacuna alcance al conjunto de la población, pues de no ser así, los efectos letales del virus afectarán a amplios sectores de la población mundial, evidentemente la menos favorecida. La situación subraya la necesidad de que el saber científico, en especial aquel del campo de la salud, adquiera un estatuto común y no sea monopolizado por una industria, la farmacéutica, carente de toda vocación social.

A mi modo de ver, el de Intelecto General es un concepto que adquiere una importancia singular en el diseño de una política del común y en la imaginación de un futuro alejado de las inercias de las prácticas del Capital. Pues en los saberes socializados puede encontrarse la clave, la vacuna, para ir recuperando esa inmunidad de grupo que el capitalismo se ha empeñado en destruir. Cuanto más efectivas se muestren las prácticas del común, no solo en la lucha contra el virus, sino contra los efectos económicos que de la situación de confinamiento se derivan y derivarán, más se podrá visibilizar el carácter imperativo de las mismas en la defensa de los intereses de la mayoría social. Lo que empieza a parecer evidente en el ámbito de la salud, que sin un potente sistema público sanitario la población se hallaría tremendamente expuesta en coyunturas como la actual, podría también visibilizarse en otros ámbitos, como el de la energía, los transportes, la alimentación. Y esas visibilidades generan, sin duda, procesos de subjetivación sobre los que construir un nuevo sentido común crítico, como reivindica Sousa Santos. La reconstrucción de la inmunidad de grupo frente a las tendencias individualizadoras, idiotas, del capitalismo, la producción de una economía moral de la multitud sobre la base de un espíritu de lo común, koinota, la construcción de subjetividad antagonista, en última instancia, son estrategias necesarias para las que, de manera paradójica, la crisis del COVID-19 ha allanado, en parte, el camino. Imaginar un porvenir en el que lo común se convierta en el horizonte de nuestras políticas es una necesidad visibilizada por la crisis sanitaria y económica de nuestro presente ante la que se alza la siniestra alternativa de un fascismo en alza. De ahí que haya que imaginar, pero imaginar rápido.

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Cómo hacer del decrecimiento un movimiento social de masas

La crisis climática lleva a la humanidad a un túnel oscuro. Echar el freno de mano del crecimiento turbocapitalista es una necesidad requerida por la propia ciencia. Sin embargo, de fondo hay un reto mayúsculo; el de cambiar la cosmovisión individualista y tejer una conciencia comunitaria capaz de poner la vida en el centro.

 

Es difícil escapar de las evidencias de la crisis climática cuando, cada poco tiempo, un temporal inunda pueblos enteros. Deslizar argumentos negacionistas choca con la realidad de los veranos más largos. Las fotografías aéreas de unos polos derretidos podrían servir, en este mundo del símbolo, para reforzar la verdad de la ciencia. Sin embargo, pese a los numerosos informes, la conciencia ecológica no despega lo suficiente como para despojar a la sociedad del peso del individualismo. La historia del tiempo presente es la de la desigualdad, la del neoliberalismo y el consumo vertiginoso. Todos ellos, elementos que imposibilitan frenar –más bien mitigar– las consecuencias de la crisis ecosocial.

Actuar es necesario. Así lo reclamaba Hoesung Lee, presidente del Panel de Científicos Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), en la pasada cumbre del clima. Pero para que el problema se ataje de lleno también se requiere un discurso capaz de revertir la espiral ideológica sobre la que se asientan los principios del individualismo neoliberal; reforzar lo común se presta esencial si se quiere afrontar el reto climático con aspiraciones de triunfo. "Somos una cultura que no se siente ecodependiente y no es capaz de entender hasta que punto dependemos de la naturaleza. Se pone en práctica el antropocentrismo; el no sentirse dependiente de la tierra", expresa Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista.

Es, en definitiva, "el triunfo de la individualidad", apunta Jordi Mir, doctor en Humanidades y experto en filosofía política. Y este es un principio esencial de un sistema basado en el crecimiento exponencial y de un modelo socioeconómico que no atiende a la evidencia de que la riqueza material choca con los límites biofísicos del planeta. "Detrás de estas ideas dominantes hay una clara idea de imponer ciertos pensamientos en la agenda. Por ejemplo, el tema del transporte público frente a la libertad individual de poseer un transporte privado: las compañías de automoción son muy activas en promover la necesidad de crear un derecho a comprar un coche, pero no porque sean malas ni perversas, sino porque ese es su modelo de negocio".

Sin embargo, esos anhelos de poseer riquezas materiales podrían chocar, desde una perspectiva climática, con los derechos comunes y, en definitiva, con el devenir de una sociedad que, ante todo, aspira a sobrevivir. "La crisis ecológica o la crisis que vivimos ahora de la covid tienen en común algo básico, que nos afectan como como especie y no como individuos. No hay salidas individuales; sabemos que anualmente hay miles de personas que fallecen por enfermedades relacionadas a la contaminación y no existe una solución individual a ese problema", agrega Mir, evidenciando cómo la denominada libertad individual de consumir o tener ciertas conductas pueden ir en contra de lo común.

El poder de la industria cultural ha sido clave para generar esta necesidad de construir una identidad en torno al consumo. "Desde los años ochenta, se llevó adelante un discurso neoliberal muy intenso para desprestigiar lo público, eliminarlo si fuera posible, lo que incentivó una tendencia humana a buscar reconocimiento. Esa tendencia puede tomar formas buenas para el conjunto de la sociedad, pero también negativas como diferenciarse competitivamente a través del consumo, lo cual no es puramente espontáneo, sino fruto de un desarrollo discursivo muy apoyado por todos los medios que nos rodean, también desde la ficción", valora Alicia Puleo, doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valladolid.

"Cuando vemos ficción no nos damos cuenta de como interiorizamos el modelo de consumo. En cambio, lo publico, lo común y ecológico, es presentado de una forma estereotipada, como algo negativo y fantasioso. También se ha representado como algo antiestético o, incluso, como algo que responde a algún tipo de patología mental", añade la filósofa y autora de Claves ecofeministas

 

Hacia lo común

 

Superar esa construcción cultural que vincula el éxito a lo material es, quizá, el gran reto social del siglo XXI. "Tenemos tres ejes claros para superar ese afán de lujo privado. Por un lado, necesitamos una organización basada en la suficiencia económica. Luego, el principio de reparto, es decir, la redistribución de a riqueza y la lucha contra la riqueza excesiva. Por último, potenciar lo común y el cuidado como práctica política", razona Herrero. El desafío, por tanto, gira hacia la necesidad de "crear vidas lujosas en un clima de suficiencia" para poder asumir que "materialmente la vida debe ser mucho más sencilla".

Mir apunta a la necesidad de alejar los discursos del clima de confrontación, en tanto que "el escario nunca debe ser una opción", sobre todo cuando la cosmovisión material e individualista responde a un modelo sociedad que deriva en una serie de malas prácticas que son inconscientes por la mayor parte de la población. "Detrás de todo está la idea de que tenemos libertad y derecho a consumir o, por ejemplo, viajar en avión tantas veces como queramos. En el fondo, el mensaje de 'compra billetes low cost para viajar barato' va ligado a una serie de incentivos económicos de los que depende mucha gente, porque nuestras sociedades se articulan en torno a ello", profesa el humanista. "Nosotros planteamos algo muy diferente. Ante esta idea de libertad para decidir qué, cómo y cuánto consumir, debe haber una respuesta que sea capaz de concienciar". Se trata al fin y al cabo de hacer más evidente las contradicciones del sistema con la sostenibilidad de la vida en todas sus formas

"¿Qué sociedad es más libre: aquella en la que puedes comprar billetes low cost o la que restringe estos viaje por el problema ecológico? ¿Dónde se es más libre: en un lugar en el que se regulan unas condiciones materiales de vida mínimas, o dónde la libertad sólo consiste en poder luchar de manera individual contra la precariedad? ¿Somos más libres cuando permitimos que cada entidad contamine lo que crea oportuno, o cuando se interviene para restringir las emisiones?", plantea Mir. "Parece que la libertad de todos se tendrá que construir desde una dimensión colectiva, porque nuestras diferentes libertades individuales puestas a competir ponen en peligro la sostenibilidad de la vida".

Revertir este paradigma y hacer de todos estos valores cercanos al decrecentismo un movimiento social de masas es un reto que viene a revertir una construcción cultural afianzada con décadas de dominio neoliberal. "Una de las claves es que el discurso ecológico sea positivo, basado en el ideal de justicia y en un modelo alternativo de vida que sea atractivo. Si el discurso es el de la renuncia y la austeridad, va a ser muy difícil conseguir algo", arguye Puleo. "Habría que insistir en otro paradigma de felicidad: no se trata de ser más pobres o tener la vida más reducida, sino en descubrir nuevas posibilidades que no estén basadas en el consumo destructivo de la naturaleza", agrega, poniendo como ejemplo la ética epicúrea: "Es muy adecuada para estos problemas, ya que es hedonista, porque no renuncia al placer, sino que se centra en aquellos que no están vinculados en los lujos materiales"

El escritor británico George Monbiot hablaba en una columna en The Guardian de hacer del lujo privado un lujo común. Es decir, hacer que los esfuerzos que los individuos ponen en poseer objetos materiales vayan destinados hacia la construcción de servicios públicos de calidad. Prescindir, por ejemplo, del coche para generar un transporte público de calidad y basado en los criterios de igualdad. "Hay objetos individuales que irremediablemente nos llevan hacia injusticia social, pero que repensadas en torno a dinámicas cooperativas pueden ser válidas", expone Herrero. "Se me ocurre, por ejemplo, que ante las olas de calor el aire acondicionado no pueda ser extensible a toda la población, pero si se pueden crear espacios colectivos refrigerados".

 

Cuando lleguen los "extraterrestres"

 

El deseo de cambiar el modelo nace del decrecentismo, no como ideología, sino como fenómeno del que la humanidad no escapará, ya que el colapso del planeta fruto de una actividad económica basada en el crecimiento parece, según advierte la ciencia, cada vez más inevitable. "La clave es cómo decrecer: ¿por una vía fascista y autoritaria que conlleve recorte de derechos o por una vía democrática?", se pregunta Herrero. La dificultad de generar una conciencia global de planeta es uno de los primeros obstáculos ya que el cambio climático lleva siendo denunciado desde los años setenta del siglo XX y los pasos resolutivos, desde entonces, han sido escasos. 

En cierta medida, existe un paralelismo con la crisis de la covid-19 actual. Así lo entiende la atropóloga ecofeminista, que señala cómo el parón de la economía y las decisiones del confinamiento se han efectuado principalmente porque la vida estaba en juego. Este riesgo mortal es algo común con la situación de emergencia ecológica que experimenta la sociedad en su conjunto, sin embargo, en este caso, "la mayor parte de la gente no tiene esa percepción de riesgo".

"Hasta que no lleguen los extraterrestres e invadan el planeta no habrá una reacción conjunta", ironiza Mir, realizando un paralelismo metafórico con los efectos devastadores de la crisis climática. "Parece ser que el ser humano necesita una concreción dramática para poder reaccionar". No en vano, para el humanista la crisis del coronavirus sirve para evidenciar cómo en ocasiones lo colectivo prevalece a lo individual, incluso en una sociedad como la actual, lo cual genera ciertas esperanzas.

En cualquier caso, ese reto de articular un discurso potente, capaz de generar conciencias sociales en torno a un cambio de paradigma, se presta como un paso necesario para que la sociedad pueda tener cierta resilencia ante el colapso climático. Para Puleo, conseguir que el movimiento decrecentista o ecologista tenga cierto calado requiere de "un discurso positivo" e integrador basado en "pactos de ayuda mutua". Es decir, "acuerdos entre movimientos sociales con cierto parentesco –feminismo, ecologismo, animalismo, pacifismo, antirracismo... – que a veces tienen ciertos roces inútiles. La idea es enriquecer cada movimiento con las sensibilidades de los otros. Creo que esta una clave para tejer un decrecentismo exitoso", zanja la filósofa.

 

Un cambio global

 

Articular cambios sociales conlleva riesgos. La desvirtuación de un movimiento se puede pagar caro, en tanto que la historia muestra como el poder ha tenido a bien teñir de progreso lo que termina desembocando en desigualdad. El camino de la utopía ecosocial, en ese sentido, no queda libre de curvas y desvíos perversos. El denominado green washing, el lavado de cara verde, es una realidad que se observa ya en el presente, cuando compañías que durante décadas apostaron su crecimiento al petróleo y la expansión materialista de la riqueza, comenzaron a invertir en campañas de marketing o en negocios aparentemente libres de contaminación. 

La transición ecosocial podría derivar en un aumento de las brechas que separan el Sur Global, estancado en una pila de injusticias sociales, y el Norte Global, que ha basado su supremacía en la extracción de recursos de Estados en desarrollo. "En el siglo XVIII había naciones muy avanzadas en materia de derechos humanos, pero en el fondo, mantenían la esclavitud en sus colonias del caribe. Se podría dar una situación así, en la que los países del norte cambiaran el paradigma verde a costa de mantener sucios otro territorios. Esto es algo que ya ocurre actualmente", advierte Puleo.

"Cualquier propuesta verde que no sea consciente del reparto y del derecho de todo el mundo a acceder a lo mínimo corre el riesgo de derivar en autoritarismos", dice Herrero. El ejemplo de Le Pen es válido para la antropóloga, que recuerda cómo su discurso de autosuficiencia y relocalización productiva se asienta en el rechazo y la criminalización. "Sería un error pesar en una organización de ciudades verdes que descansan sobre el flujo de materiales y energías que vienen de otros territorios", incide. 

Por tanto, la encrucijada de la humanidad pasa, no sólo por desmaterializar las aspiraciones vitales y potencial los valores comunitarios, sino por hacerlo de una forma global, sin generar nichos territoriales de falsa sostenibilidad.

madrid

17/05/2020 08:50

Actualizado: 17/05/2020 11:11

Alejandro tena

Publicado enMedio Ambiente
Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Darío Salamone.

Los efectos del aislamiento en usuarios de drogas y ludópatas

La abstinencia por el encierro obligado disparó un abanico de situaciones en las personas con adicciones y sus familiares. Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Salamone, tres psicoanalistas especializados en el tema, explican esas problemáticas.

 

La cuarentena obligatoria trastocó las conductas de todos. De las personas con adicciones también. De pronto, entre los que tienen como único medio de descarga el análisis, algunos lo pudieron seguir realizando vía internet. Otro no. Algunos pudieron seguir consumiendo. A otros se les restringió esa posibilidad. Seguramente están los que se pusieron a pensar en dejar de consumir. Algunos tienen mayor fortaleza. Probablemente sean los que pueden continuar con su tratamiento. Tal vez otros se sienten asfixiados no sólo por no poder consumir sino porque la familia es restrictiva. Algunas familias se enteraron durante la cuarentena que un integrante es adicto. Otras, que ya lo sabían, funcionaron como imprescindibles contenedoras y se fortalecieron los vínculos. Seguramente hay más casos y situaciones. Tantas, como personas que sufren adicciones. Para conocer qué pasa con las problemáticas de las personas con adicciones durante el aislamiento social, PáginaI12 consultó a tres destacados especialistas: Ernesto Sinatra, Luis Darío Salamone y Débora Blanca.

Ernesto Sinatra es una eminencia en el mundo Psi en relación al campo de las adicciones. Psicoanalista y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es codirector del TyA (Toxicomanía y Alcoholismo), el Grupo de Investigación en Toxicomanía y Alcoholismo del Instituto del Campo Freudiano. Entre otros libros, es autor de [email protected] [email protected] [email protected] implosión del género en la feminización del mundo, ¿Todo sobre las drogas? y Adixiones (en edición). “Como siempre, una premisa general que va a permitir situarnos: vamos a hablar de una manera general. Hay una cuestión que es fundamental diferenciar: lo que vale en cada caso no podemos, a veces, llevar a lo que vale para todos. Aun con estas consideraciones necesarias podríamos dar cuenta de lo que podría acontecer”, aclara Sinatra ante la primera pregunta del cronista.

 

--Se habla mucho de situaciones de ansiedad y angustia que puede generar el aislamiento a cualquier persona en general. ¿Qué pasa con la ansiedad en una persona adicta que tiene que atravesar la cuarentena? ¿Qué riesgo implica?

 

Ernesto Sinatra: --Tenemos un precepto respecto del campo de las adicciones, de las toxicomanías: es que hay algo que denominamos “función del tóxico”. Por ese término lo que ubicamos son los rasgos particulares que hay en cada uno del lugar que ocupa la droga o las drogas en la economía libidinal de alguien. Es decir, una droga no siempre tiene la misma función por más que su química o sus efectos químicos se supongan alcanzar a todos. Hay diferencia. De la misma manera que la angustia --que es lo que tan frecuentemente en casos como el actual de un encierro, nos afecta a todos--, tiene también un impacto fundamental y diferencial en los llamados adictos: qué hace cada uno a la falta de aquello que es lo que más quiere, necesita. Esa es una pregunta que vale no solamente para los llamados adictos sino para cada uno. Por ejemplo, la falta de un partenaire, de una pareja, es algo que por las contingencias, los lugares en los que uno se había encontrado por la luctuosa situación de esta pandemia, hace que haya gente que está aislada en este preciso instante sin su pareja. La droga puede ocupar ese lugar también. Entonces, la ansiedad por la pérdida del semejante, de la pareja, del ser querido también puede aparecer claramente respecto de eso que es para uno una condición esencial de la satisfacción. Y eso es lo que acontece con las drogas cuando se transforman en el partenaire exclusivo de alguien. Sabemos: las drogas tienen un fundamento de aislamiento ya no social sino personal determinante por lo que llamamos en psicoanálisis, el autoerotismo. Por más que muchas veces el consumo --y hablo de distintas drogas-- pueda hacerse comunitariamente siempre hay algo de recogerse, retornar sobre el propio cuerpo para infiltrar allí una satisfacción, que es absolutamente autoerótica; siempre, por más que sea con otros. Entonces, la manera en que eso pega, como se dice, en cada cual, tiene en esta ocasión con el aislamiento social, que en algunos casos hay diferencias. Por ejemplo, alguien que ha prescindido de drogarse siendo habitual consumidor de drogas por la presencia intimidante del partenaire, ya no de la droga como partenaire sino de la pareja de uno. Antes tenía la posibilidad de salir y volver, de desplazarse por la ciudad, de ir a su trabajo, de ir distintos lugares de recreación. Pero ahora al estar todo el tiempo con la pareja, la esposa, la compañera, el compañero la cuestión se complica. A veces, eso lleva a, por culpa de mirar directamente, aun sin pensarlo en estas coordenadas, dejar de consumir. O por la cuestión reprobatoria que se encuentra en la pareja, que ha de ser la que diga directamente, por ejemplo: "¿Acaso vas a drogarte?". O esa mirada que, a veces, hace que alguien quede tomado por la marca de una amenaza directa o velada que solamente puede presentarse tal vez ni siquiera con la voz: con una mirada recriminatoria respecto de un: "Bueno, quiero salir". Y ahora no se puede.

 

--Hay una diferencia sustancial: una cosa es la abstinencia voluntaria y otra es la abstinencia obligatoria por la coyuntura. ¿Cómo se vive la abstinencia en una situación inédita como la actual?

 

E.S.: --La abstinencia obligatoria es un punto central que es habitual en las personas que tienen una relación compleja no sólo con las drogas sino con las normas. Por ejemplo, abstinencia voluntaria es una cosa y la obligatoria tiene un hombre que es el de prohibición. Es decir, cuando es el otro social, el Estado el que viene a decir "No consumirás", eso es un empuje al consumo. Entonces, ahí tenemos habilitada alguna vía que está en torno de la transgresión.

 

--¿El aburrimiento es un factor de riesgo en estos momentos para el adicto?

 

E.S.: --Es factor de riesgo para lo humano mismo. No hay nada peor que el aburrimiento. Sería algo así como una de las pasiones más intolerables, con la paradoja de que, en verdad, hablar de una de las pasiones más intolerables es lo que se llama un oxímoron, una contradicción en los propios términos porque efectivamente el aburrimiento es la caída del deseo mismo. Allí donde hay aburrimiento, hay que colegir, hay que deducir que hay algo en el deseo de uno que no está funcionando, que el deseo se cayó. Como podríamos decir que la falta de conectividad en internet es porque se cayó el sistema, cuando hay algo del aburrimiento que aparece es un síntoma de que el deseo como sistema que sostiene a alguien en vilo se ha caído. Y no hay nada peor que la caída del deseo para ubicar qué colocar en su lugar. Por eso Freud tempranamente descubrió que las drogas tienen un valor de ser un lenitivo, un elemento que permita tratar la desprotección, la soledad radical del individuo. Allí, en el punto exacto en el cual no hay con qué responder a una situación de ansiedad, de desesperanza, de falta de previsibilidad del mundo, en ese vacío que se cava en ese momento las drogas van a ocupar un lugar. Y se colocan exactamente en el lugar de lo que no funciona como cohesión natural en lo humano. No tenemos la duda dilecta para satisfacernos de una forma siempre igual. Por eso, los objetos de la tecnología intentan una vez y otra producir toda serie de instrumentos tecnológicos que permitan encontrar una satisfacción a medida de cada uno. Y las drogas ahí tienen un lugar preponderante porque es el intento de infiltrar en el propio cuerpo una satisfacción que permita prescindir del otro, de los otros, de los demás.

 

Límites del afuera

 

Luis Darío Salamone es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. También es codirector del Departamento de Toxicomanías y Alcoholismo del Instituto Clínico de Buenos Aires (TyA) y profesor de la Maestría en Clínica Psicoanalítica del ICdeBA y de la Universidad Nacional de Córdoba. Es autor de los libros Alcohol, tabaco y otro vicios, El silencio de las drogas y Cuando la droga falla, entre otros libros. "En casos que tengo de personas que estaban comprometidas con el consumo, frente a la situación de tener que estar en sus casas, encerrados y no salir por las noches por el aislamiento, eso permitía una especie de abstinencia del asunto. Y de esa manera fue como lo que sería una especie de internación domiciliaria. Y lo que le permite el análisis es sobrellevar la situación. Están encerrados y con el análisis pueden tratar esa angustia, esa ansiedad que les permite, de alguna manera, sostener esa abstinencia. Hay que ver qué pasa cuando salgamos de esta situación", plantea Salamone.

 

--Se habla de la importancia de los límites sin que sean prohibitivos. ¿Qué pasa cuando el límite viene de afuera, cuando se impone una situación inédita, como la de la cuarentena y del aislamiento social y no es una persona la que pone los límites al adicto?

 

Luis Salamone: --Lo vamos a saber cuando salgamos de la situación de cuarentena. A diferencia de otras disciplinas que trabajan con adicciones, el psicoanálisis no pide abstinencia al sujeto. Eso es algo que se consigue a lo largo del tratamiento. No es algo que sea una condición de entrada. Sin embargo, esta situación de aislamiento a algunos les sirve para despegarse del asunto. Y eso les permite trabajar. Por eso, hay que ver qué pasa porque después tal vez puedan seguir trabajando bien o quizás incurran nuevamente. Esta es una casuística que se está explorando porque es algo nuevo para todos.

 

--Quienes habían superado su adicción, ¿se pueden ver afectados por una recaída debido a la falta de rutina en sus terapias y de sus actividades?

 

L.S.: --Por lo menos en mi caso, los tratamientos continúan. O sea, no va a ser esa una razón. No sé si el término es “recaída” porque no lo usamos mucho en psicoanálisis. Hay una concepción diferente en psicoanálisis de la adicción que la que generalmente circula. Puede uno tener un problema con la sustancia, que la tenía quizás de una manera diferente. Y quizás le permita trabajar después de la ingesta o no. En los casos que llevo, hasta ahora no he visto esta problemática. Pero un análisis en relación a estas cosas lleva tiempo y muchas veces hay idas y vueltas. Ni siquiera uno lo ve como recaída porque uno no le está pidiendo la abstinencia al sujeto. Uno está esperando que pueda cambiar su relación con esa satisfacción. No es algo que se hace a partir de un discurso amo, un discurso que lleva a controlar. Se hace a partir de cuestionar la relación que tiene con esa satisfacción. A partir de eso, el sujeto se torna responsable. Y puede responder como quiera.

 

--Antes mencionaba que, a veces, la cuarentena puede funcionar para que se reconecte con su satisfacción, más allá de la droga. En ese sentido, ¿es posible pensar a la cuarentena como un momento propicio en el que la persona adicta reflexione sobre su problemática y acceda a solicitar un tratamiento cuando antes no lo hacía?

 

L.S.: --Puede pasar. En relación a lo que era la vida cotidiana, incluso lo que tiene que ver con el consumo, puede ser un momento de poner un freno. Y eso va a depender de lo que cada uno haga con eso, pero puede llevar a que alguien diga: "Es el momento". Cuando se buscan internaciones, en general, se busca eso, lo que se llama el "destete", el despegue de la sustancia, el cortar a partir de la internación. Pero eso puede tener éxito, puede servirle a alguien si hay un trabajo de elaboración, que es lo que hace un análisis. El psicoanálisis se pregunta más que por la cuestión de la droga en sí, qué le pasa a uno. Incluso, hasta piensa que hay cuestiones anteriores que le pasan a uno y que lo llevan a consumir, como que el problema no es el consumo sino que el consumo es la consecuencia de alguna problemática. Entonces, por ahí, despegarse de las sustancias, y poder hablar de lo que lo lleva a uno a eso, le permite otro tipo de elaboración.

 

Adicción al juego en cuarentena

 

Débora Blanca es licenciada en Psicología, egresada de la Universidad de Buenos Aires, y psicoanalista especializada en ludopatía. En el 2004 comenzó su labor asistencial, de investigación y divulgación en relación al juego patológico, coordinando grupos de jugadores y familiares. Fundó y dirigió Entrelazar, Centro de investigación y tratamiento de la adicción al juego, y actualmente es la directora de la institución Lazos en Juego.

 

--Si la adicción al juego provoca sensaciones como adrenalina, evasión de los problemas y llenar el tiempo vacío, ¿qué pasa con quienes padecen ludopatía en estos momentos en que el tiempo parece haberse detenido?

 

Débora Blanca: --Es todo un tema porque por primera vez, de una manera inédita a partir de la cuarentena, cerraron las salas de juego, los bingos, los casinos. Es la primera vez que tuvieron que cerrar. Con lo cual, el ludópata no tiene adónde ir a jugar. Hablamos del ludópata del juego presencial, de tener que ir a un lugar para jugar. No tienen dónde, comparado con las adicciones a sustancias donde quizás el que fuma, puede fumar adentro, o el que toma, también puede hacerlo. Pero en relación al juego presencial no están pudiendo jugar. Entonces, hay una pequeña porción, en especial hombres jóvenes, que puede ser que estén sustituyendo el juego presencial por el juego on line. Pero después, hay una gran mayoría, especialmente la gente grande, que va muchas horas a los bingos, que dedican mucho tiempo al juego, que ahora no están jugando.

 

--¿Qué está pasando con esas personas?

 

D.B.: --En principio, hay algo que es determinante y que hace a la diferencia. Si esa persona estaba haciendo un tratamiento previo a la cuarentena o si no lo estaba haciendo. Es decir, si estamos frente a un paciente que se estaba tratando por la adicción al juego y esa persona estaba pudiendo abstenerse al juego y especialmente estaba pudiendo pensar las causas que la llevaban y la llevan a destruirse, entonces la cuarentena quizás lo agarra en un momento en que puede soportar un poco más el no jugar. Esa tensión que se pone en el juego --como usted decía, tanto la adrenalina como la evasión de los problemas es lo que busca el ludópata en el juego--, seguramente la está redistribuyendo en otras cuestiones, en otras actividades. Probablemente, esté registrando de una manera distinta el tiempo y el dinero, que son dos cuestiones que, cuando se está en carrera de juego, van directamente a pérdida. Posiblemente esté registrando también de otra manera su propio cuerpo, un cuerpo totalmente abandonado durante la adicción; los lazos, los vínculos porque además no sólo el ludópata está en su casa las 24 horas sino la familia. Entonces, qué está pasando ahí, es muy distinto en alguien que estaba trabajando respecto de su problema de adicción que en alguien que no lo estaba haciendo. Y en alguien que no lo estaba haciendo, probablemente haya más complicaciones, más tensión en la familia, quizás están fumando más. En general, el ludópata fuma. O está teniendo acceso a otro tipo de sustancias o medicación, mucho más estresado, más ansioso, más deprimido. Al no poder depositar en la máquina, en la ruleta o el juego que fuere, qué está haciendo esa persona con eso es más complejo.

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“La pregunta es qué se hace con el virus del capitalismo”

El sociólogo argentino Alejandro Horowicz, profesor de Los cambios en el sistema político mundial, explica por qué las crisis de los mercados han superado los límites de lo real

 

A comienzos de este año, cuando Alejandro Horowicz volvió a Buenos Aires después de celebrar su cumpleaños 70 en Nueva York, el nuevo coronavirus era apenas una “misteriosa neumonía china” y el adjetivo “histórico” recién empezaba a saltar de los titulares sobre los incendios en Australia a las noticias sobre la decisión del príncipe Harry y Meghan Markle de ser normales. En febrero estalló el contagio en Europa, pero las noticias sobre el virus tardaron casi un mes en volverse algo “histórico”: el 28 de febrero, después de siete días en picada, los mercados bursátiles de todo el mundo informaron sus mayores caídas en una semana desde la crisis financiera de 2008. Una caída histórica, la primera de varias en la carrera descendente de los mercados, seguida por otro récord histórico en Estados Unidos, en este caso ascendente: el de los números de desempleo.

“Los mercados practican el socialismo al revés: las pérdidas son de todos, las ganancias son de los mercados”, dirá después Horowicz, un miércoles por la mañana, del otro lado de la pantalla. Horowicz es ensayista, doctor en Ciencias Sociales, profesor en la Universidad de Buenos Aires y autor de varios libros, entre ellos Los cuatro peronismos, un clásico del pensamiento político en Argentina. El año pasado publicó su último libro, El huracán rojo (un estudio sobre las revoluciones desde la de Francia en 1978 hasta la de Rusia en 1917), fruto de años de investigación y escritura. El trabajo, que tenía previsto lanzarse en España este año, “no es una visita al museo de las revoluciones”, advierte la sinopsis; por el contrario, la obra lee las revoluciones en tiempo presente: como condición de posibilidad de la democracia política, la transformación tecnológica o la educación masiva que conocemos hoy.

El escritor Rodolfo Fogwill decía que siempre se escribe en contra de algo; Horowicz parece la prueba de que siempre se piensa y se enseña (mejor) en contra de algo. En esta entrevista, por ejemplo, contra las explicaciones vacías y las miradas ahistóricas del presente.

Pregunta. Desde que empezó la crisis por el coronavirus, todo el tiempo leemos que tal Bolsa de valores o tal moneda se han desplomado por el temor de los mercados. ¿Quiénes son “los mercados”? ¿De quiénes estamos hablando?

Respuesta. Los mercados forman parte del género literario de los anónimos, a los cuales se les puede hacer decir prácticamente cualquier cosa, porque uno los “interpreta” como le viene en gana. Existen los llamados supuestos datos objetivos de los mercados, que son el precio al que cotizan los valores. Pero para poder creerles a los mercados es preciso ser, fundamentalmente, muy ignorante. ¿Por qué digo esto? Si vos mirás la deuda pública soberana del conjunto de los países de este mundo y sumás ese valor, y sumás los productos brutos, el ingreso de esos mismos países, vas a ver un fenómeno por lo menos muy curioso que no registran los mercados: que la deuda soberana es cuatro veces mayor a la producción anual de riqueza del planeta Tierra. Entonces, la pregunta es: ¿cómo puede ser que se deba cuatro veces lo que existe?

Los economistas tienen un modo muy divertido y encantador de explicar lo que no explican y que consiste en decir que eso es capital ficticio. Entonces, la pregunta se traslada: ¿qué es el capital ficticio? Porque convengamos en que, cuando yo digo que esto es una ficción, sabemos que no rige el estatuto de la verdad.

Los mercados te muestran simplemente una aspecto, que es la compra y la venta de un bien, y parten de la presuposición de que ese precio es el precio justo. Pero esto surge de transformar en abstractas y en igualdades cuestiones que de ninguna manera son iguales entre sí. Por ejemplo, a nadie se le ocurre que un señor que vende su fuerza de trabajo es igual al capitalista que se la compra. Porque ahí estamos frente a lo que Marx llamaba “la libertad de morirse de hambre”. Esa es la libertad de los mercados: la de que te podés morir democrática y libremente de hambre, de coronavirus o de cualquier otra maldita peste. La primer cuestión, cuando decimos “los mercados”, es que estamos hablando de procesos que ignoramos, cuya profundidad desconocemos, que no nos proponemos averiguar y que simplemente estamos formulando una respuesta que vale tanto como el abracadabra.

P. ¿Qué significan entonces las crisis de los mercados?

R. ¿Qué es una crisis en términos de mercado? Una ruptura de un conjunto de determinados equilibrios. ¿Cuál es ese equilibrio? Pues bien, que el gasto público esté por encima de las posibilidades de esa determinada sociedad. Por lo tanto, en aceptación al dictamen de los mercados, la Unión Europea, por ejemplo, tiene reglas extremadamente duras sobre cuál debe ser el comportamiento de cada uno de sus Estados nacionales miembro respecto del gasto público. Ahora, ese gasto público tiene algunas curiosidades inenarrables. La primera curiosidad es que en 2010, la deuda de los países respecto del gasto era de la mitad. Esto es: debían la mitad de lo que producían. Uno puede decir que está bien, que está mal, pero todavía no es ficción literaria pura. No estamos frente a una esquizofrenia. Estamos frente a algo que se comporta según patrones convenidos previamente. Pues bien, entre el 2010 y el 2020, ¿viste esa transformación de 0,5 a 4,2? [la deuda soberana de los países pasó de ser la mitad a ser cuatro veces lo que producían]. Lo que vos ves es una fenomenal transferencia de ingresos de los sectores productivos al sistema financiero internacional. ¿Esta es la primera vez que lo ves? No, de ninguna manera. Esto es una política constante.

Si vos mirás la crisis de 2008 en los Estados Unidos, ves que un conjunto de bancos quiebran. ¿Por qué quiebran? Porque hicieron préstamos chatarra, acumularon los préstamos chatarra, emitieron títulos sobre los préstamos chatarra, no tenían ninguna clase de control, prestaban a cualquiera de cualquier modo, hacían diferencias siderales hasta que, por supuesto, la bola de nieve... pasó lo que tenía que pasar; es decir, se cayó a pique. El dislate consiste en que el valor de mercado no tiene nada que ver con el de la producción de bienes reales, porque el mercado no registra la producción de bienes reales en rigor de verdad, sino las operaciones y los flujos financieros.

¿Cuál es el sentido de esos flujos financieros? Pues bien, como los bancos hicieron lo que hicieron, quebraron. En el momento en que quiebran los bancos descubrimos qué es el mercado: el mercado es la incapacidad de autorregularse; porque si la lógica del mercado funciona librada a su propio modo de operar, lo que sucede es que el mercado y las sociedades reguladas de este modo se van al mismísimo carajo. ¿Qué hace el Gobierno de los Estados Unidos, que tiene una cierta comprensión fanática de algunos principios económicos, pero que no se suicida tan sencillamente? Establece una inyección de 750.000 millones de millones de fondos públicos para rescatar a los bancos. ¿Qué nos enseña la economía de mercado? Que si yo pongo la plata, yo soy el dueño. Ustedes, muchachos, quebraron, entonces los bancos son públicos, son de aquellos que pagamos los impuestos. Pero no, los mercados practican el socialismo al revés: las pérdidas son de todos, las ganancias son de los mercados; es decir, del sistema financiero internacional.

Entonces, cuando hablamos de los mercados no hablamos de ninguna otra cosa que del sistema financiero internacional. Y cuando hablamos del coronavirus, de lo que hablamos es del efecto que una gramática mercantil que se extiende sobre todo, produce como efecto destructivo sobre todo. Yo no soy un infectólogo, no soy médico y no pretendo dar lecciones de aquello que ignoro, ni mucho menos. No sé cómo se combate específicamente esta pandemia, pero sé como se combate el sistema y la lógica de las pandemias. Es decir: si los mercados siguen regulando la producción, y el planeta Tierra se explota como una especie de granja sin límites, donde el único concepto de los mercados, que es la rentabilidad, puede destruir todo, incluido el mercado, lo van a hacer. Sin ninguna duda. Entonces, zafemos o no zafemos del coronavirus, la pregunta es qué se hace con el virus del capitalismo. Ese es un virus altamente peligroso.

P- Cuando empezaron a colapsar los mercados, recuerdo haber visto varios posteos en redes sociales que decían: de pronto estamos descubriendo que, al final, a la economía la sostenían los cuerpos que trabajan. ¿Esto es así o gran parte de las ganancias de los flujos de capital que vemos son simplemente ficticias? O sea, no se corresponden con…

R. Se corresponden con las necesidades del capital, no con las necesidades de la actividad. Y las necesidades del capital tienen que ver con la rentabilidad. Y esto tiene una ecuación matemática enormemente sencilla. Tomemos el ejemplo de los autos de Fórmula 1. Cuando vos mirás los corredores de autos Fórmula 1, ves que la diferencia entre el primero y el último son unas centésimas de segundo, un segundo. Entonces vos decís: ¿qué relevancia tiene esto en andar en auto? Ninguna. Es decir: si tu auto tiene un pique de una fracción de segundo sobre 400 kilómetros respecto del mío y hace que tengas una ventaja de cuatro segundos en llegar. ¿Qué es lo que sucede con tu auto? ¿Por qué es mejor que el mío? ¿Se puede usar ese auto? ¿Vos podés subirte al auto y usarlo en una carretera? No. Esta es la fantasía de los mercados y de la productividad infinita a cualquier precio.

La idea de tardar menos para hacer una cosa es importante si yo tardo 30 días en llegar desde Madrid a Buenos Aires en barco; cuando yo voy en avión, la cosa cambia. Y si el avión, en lugar de ir a 900 kilómetros por hora, puede ir a 1.800 kilómetros por hora, está bien. Pero hay un momento en que se constituye lo que se llama un límite fisiológico; esto es: a esa velocidad los cuerpos se desintegran. Por lo tanto no es una velocidad útil, no nos sirve, le sirve a otra cosa. La sociedad humana ha llegado a un punto donde la economía de tiempo ha alcanzado, en muchos de sus elementos —no digo en todos—, topes imposible de superar, por así decirlo. Vos fíjate que esto hasta nos produce un efecto subjetivo. Una carta tardaba, en alguna época, cuando el correo funcionaba de verdad, seis días, cinco días en llegar de Buenos Aires a Londres. Ida y vuelta, 15 días. Hoy, cuando yo tengo que esperar 15 segundos en la computadora para entrar a mi charla de Zoom con vos, digo: “¡Qué lenta que está esta máquina, carajo!”. Ahora, esta percepción es una percepción real. No es un disparate. Pero someter a esta percepción el conjunto de las decisiones de la existencia de un planeta sí es un disparate. Este es el punto.

Tenemos estructuras de medición y evaluación absolutamente arbitrarias. Y estamos acostumbrados a un ejercicio que destruye todas las especificidades. Ahí vemos el final de esta lógica, que es básicamente una lógica teológica. Una lógica que no admite sino un Dios único todopoderoso. Hemos construido un Dios único, todopoderoso, que es la gramática mercantil y su altar son los mercados.

P. ¿Cuál ha sido el comportamiento de los mercados en otros momentos críticos de la historia reciente? Más allá de la crisis de 2008, ¿ha habido momentos que hayan sido esenciales para transformar la relación entre el capital y los Estados nacionales?

R. Sin duda. Cuando vos ves el fenómeno que arranca en 1890, que desemboca en la Primera Guerra Mundial, ves la ampliación del mercado nacional como un mercado insuficiente. Viene la lógica de esto que estamos planteando como lógica de los mercados. ¿Cuándo es insuficiente el mercado nacional? Yo puedo decir que es insuficiente porque hay una sobreoferta. Esa es una lectura. La segunda lectura es que la demanda es demasiado pobre, es demasiado incapaz.

Cuando vos mirás al interior de los Estados nacionales y ves, por ejemplo, una comparación entre Alemania y Francia, ves que Alemania, teniendo un mercado mucho más grande que Francia —numéricamente la población alemana es casi dos veces la población francesa— al mismo tiempo tiene una demanda muy baja. ¿Por qué? Porque las sociedades campesinas que no han hecho la revolución democrática son muy incapaces de comprar. En consecuencia, vos necesitás vender fuera lo que no podés vender dentro. Esta necesidad de ampliación de mercado se expresa como imperialismo geográfico, como el imperialismo más elemental y obvio. Y entonces ves en ese mismo período previo, entre 1860 y 1890, que Gran Bretaña quintuplica sus posesiones coloniales. Y se mastica, ni más ni menos, que a la India. No estamos hablando de una pequeña cuestión, no estamos hablando de las Falklands [las Islas Malvinas], estamos hablando de la India, de un tamaño descomunal, con una sociedad que tiene varias decenas de veces la población y la extensión de Gran Bretaña. Entonces nos damos cuenta de que estamos frente a un fenómeno de otro nivel.

Cuando vemos cómo ingresa el mercado y el capitalismo en Japón, vemos que ingresa con las cañoneras. Cuando vemos cómo ingresa el capitalismo en China, vemos que ingresa con una guerra de opio. Cuando vemos cómo se amplía el mercado mundial, vemos exactamente mecanismos político-militares relativamente atroces. Este ajuste es permanente y para cada ciclo tenés nuevos ajustes. Porque no es que vos ingresaste al mercado mundial en 1848 y por lo tanto, en la crisis posterior de 1946, te va bien. En 1848 Gran Bretaña hegemonizaba el mercado mundial. En 1946, Gran Bretaña era la gran perdedora del mercado mundial. Termina endeudada con los Estados Unidos y, de la potencia colonial imperial que era, tiene que retroceder, perder la India, perder su lugar, poner fin al imperio de la reina Victoria. Entonces no hay ninguna duda de que hay una relación directa entre una cosa y la otra. Lo que tenemos que tener muy, muy en claro, es que esta relación no es amable.

Cuando Marx escribe “hay un adentro y un afuera del mercado mundial”, el afuera del mercado mundial es todavía más grande que el mercado mundial. Con la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, el mercado mundial y el planeta Tierra se han vuelto lo mismo. Tenemos un dominio globalizado que no tiene ninguna forma de control democrático. ¿Quién elige al presidente del Fondo Monetario Internacional, al presidente del Banco Mundial, al conjunto de sistemas que en rigor son los que gobiernan y deciden en última instancia?

Hemos visto cómo el mercado mundial cambiaba al primer ministro de Italia, al primer ministro de Grecia. Hemos visto cuestiones que, con los estándares que usábamos para caracterizar los golpes de Estado en América Latina, se llamaban golpe de Estado. Sin embargo, nadie se inmutó demasiado. Nadie creyó que esto era particularmente grave. Nadie se plantea que el problema... el problema sigue siendo cuál es el déficit, el déficit fiscal es lo que nos quita el sueño, porque esto es lo que pone nervioso a los mercados. ¿Y qué es, en definitiva? Lo que te está diciendo es que lo único que se propone es garantizar que pagues lo que debes, no que clausures la deuda. Están planteando una transferencia sistémica de bienes, permanente, que no tiene modo de ser soportada por esa estructura sin derrumbarse.

En Marx, la noción de competencia y la noción de crisis son prácticamente iguales. La competencia entre capitales supone, obviamente, la derrota de los más débiles, la reconcentración y la crisis como modo de saldar esta actividad. Lo que tenemos que entender es que el volumen, la importancia, la intensidad y la calidad de todo esto ha llegado a un punto en que, desde la bomba atómica para acá, militarmente, y ahora financieramente, somos capaces de poner fin a la existencia de la vida en el planeta Tierra. Esta es la novedad que los diarios no ponen en tapa.

Eliezer Budasoff

México - 02 may 2020 - 14:45 COT

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