La India destruye un satélite propio y causa un incidente internacional

La NASA se queja del incremento de basura espacial que puede dañar la Estación Internacional



Sobre el sector espacial se podría decir que para los pioneros no hay nada peor que los imitadores, pero también que en cualquier momento el espacio se puede convertir en un escenario bélico peligroso para todos en vez de un lugar común protegido. Las fuerzas armadas de la India destruyeron el pasado 27 de marzo un pequeño satélite propio recién lanzado, cuyo supuesto objetivo era el espionaje. Lo hicieron para demostrar que el país puede defenderse de ataques a sus activos espaciales, según recalcó el primer ministro indio Narendra Modi en un mensaje especial televisado.


El éxito del simulacro de ataque, a 300 kilómetros de altura, provocó que numerosos fragmentos del satélite pasaran a formar parte de la nube de basura espacial que rodea la Tierra. La NASA puso el grito en el cielo, y nunca mejor dicho. "Lo que ha hecho la India es algo horrible", aseguró James Bridenstine, su director. "Son actividades incompatibles con el futuro de las misiones tripuladas".


La agencia espacial estadounidense ya tiene estimados 400 fragmentos del satélite y localizados 64 de gran tamaño, de los cuales 20 están por encima de la órbita de la Estación Espacial Internacional (ISS), que alcanza los 410 kilómetros de altura máxima. Esto supuso un incremento notable del riesgo existente para la base espacial, que está continuamente habitada, asegura la NASA.


El Gobierno indio dijo que la inmensa mayoría de los fragmentos, al estar en órbita baja, caerá en las próximas semanas, quemándose en la atmósfera sin mayores efectos. Un especialista indio señaló, por su parte, que la maniobra no sirve para demostrar nada, porque los chinos podrían ya destruir cualquier satélite indio mientras que esto no se cumple a la inversa.


Este escenario de lenguaje prebélico, sin una razón inmediata aparente, indica la fragilidad de la situación en el espacio, falto de un marco legal suficiente. La India reconoció esta vez que quería sumarse al selecto club de países que han demostrado sus armas antisatélites, o sea imitar a Rusia, Estados Unidos y China. Este país realizó una maniobra similar, en 2007, causando igualmente una nube de basura espacial nueva. Estados Unidos hizo lo mismo en 2008, con la excusa de que un satélite que terminaría cayendo a la Tierra portaba combustible tóxico.


El hecho es que Estados Unidos y sus socios (Rusia, Canadá, la Unión Europea y Japón) no pidieron permiso a nadie para poner en órbita su Estación Espacial, ahora amenazada por sus imitadores. También sucede que el programa espacial chino está reproduciendo los de estadounidenses y rusos de hace casi cincuenta años, con un fuerte componente de orgullo nacional, y además es el mayor contribuyente a la basura espacial. Pero cuando se quejó Bridenstine de la acción india, acababa de anunciar que intentan que vuelvan astronautas de Estados Unidos a la Luna para 2024. La razón principal es, una vez más, política, porque así lo quiere el presidente Trump.


De los 23.000 elementos de basura espacial de más de 10 centímetros, en órbita baja, que rastrean las principales potencias espaciales, casi un tercio se atribuye a la maniobra china de 2007 y al choque de un satélite ruso y otro estadounidense en 2009. Los militares estadounidenses se quejan de que su capacidad de rastreo y de aviso del peligro, considerada la mejor del mundo, es solicitada, y obtenida gratis, por los mismos que producen intencionadamente basura espacial. De hecho, todos los países con actividades espaciales han puesto en peligro a los habitantes de la Tierra alguna vez, en especial cuando se han producido reentradas de naves o etapas de cohetes grandes, por accidente o no, aunque el riesgo sea muy pequeño.


La Agencia Espacial Europea (ESA) hizo el año pasado un repaso sistemático del exterior de su módulo laboratorio Columbus, que forma parte de la ISS, en busca de desperfectos, causados por los micrometeoritos naturales y la basura espacial, que pudieran poner en peligro la base. Se encontraron varios centenares de pequeñas marcas de impacto, aunque sin consecuencias. En la NASA, los especialistas rastrean todos los trozos errantes considerados peligrosos para la ISS y la desplazan cuando es necesario para evitarlos.
En el caso de la destrucción del satélite indio, un día después de la declaración del director de la NASA el Departamento de Estado de Estados Unidos se apresuró a limar asperezas con la India, aduciendo su condición de aliado estratégico con el que seguirán cooperando. Las cosas no parecen que vayan a cambiar mucho por ahora en el gran escenario espacial, aunque se esté jugando con fuego, al menos mientras no se produzca un accidente grave.

Las organizaciones ecologistas denuncian a Shell por su contribución al calentamiento global

Una coalición de organizaciones medioambientalistas ha demandado a la compañía petrolera por no actuar y descender las emisiones vinculadas a sus actividades empresariales.


Las actividades empresariales de Shell están en el punto de mira de las organizaciones ecologistas. Tanto es así, que este viernes una coalición de ONG's ha demandado a la compañía petrolera por su contribución al calentamiento global. Con ello, se inicia un proceso legal que busca, entre otras cosas, evidenciar la inacción de la empresa para descender su porcentajes de contaminación.


La denuncia ha sido presentada por una coalición de agrupaciones ecologistas holandesas, entre las que destacan Amigos de la Tierra, ActionAid, Both ENDS, Fossielvrij, Greenpeace, Jóvenes Amigos de la Tierra, Waddenvereniging, además de un grupo de 500 co-demandantes.


La noticia es la culminación de la campaña iniciada por Amigos de la Tierra Países Bajos, que hace un año reclamó a Shell medidas para poner fin a la destrucción del planeta que estaban ocasionando sus actividades empresariales. Unas advertencias que, según las ongs, fueron omitidas por los dirigentes de la compañía. Tanto es así, que los denunciantes señalan que los objetivos climáticos de la compañía "sobrepasan el umbral de 1,5ºC".


"Los directores de Shell aún no quieren decirle adiós al petróleo y al gas; arrastrarían al mundo a un colapso antes de renunciar a sus operaciones. Ahora la justicia puede evitarlo”, ha explicado Donald Pols, director de Amigos de la Tierra Países Bajos. Un razonamiento que lleva a los ecologistas a hablar de una "negligencia perjudicial" para el planeta.


En virtud de ello, sostienen que Shell está violando sus obligaciones de "proteger los derechos humanos" al no intentar siquiera reducir sus emisiones, que contribuyen al calentamiento global de manera directa. De hecho, la denuncia, compuesta por más de 230 páginas, expone que el comportamiento comercial de Shell supone una violación de "los artículos 2 y 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos: el derecho a la vida y el derecho a la vida privada y familiar".


"A pesar de que la propia empresa ha reconocido la contribución de la industria de los combustibles fósiles al calentamiento global y afirma que apoya plenamente el Acuerdo de París, sigue sin actuar, y continúa presionando en contra de las medidas que favorecen al clima y el interés general, e invirtiendo miles de millones en la extracción de petróleo y gas", explican en un comunicado los grupos ecologistas.


"Shell sigue eligiendo las ganancias sobre las personas y el planeta, es hora de usar las leyes para detenerlo y hacer que la compañía se ponga en marcha", opina Joris Thijssen, director de Greenpeace Holanda, que reclama que la compañía asuma "la responsabilidad de sus acciones y cambie de rumbo" para poder tener "un planeta habitable".
"Si esta demanda llega a buen término, podría ser la primera vez que una de las multinacionales más grandes del mundo se vea obligada a modificar sus operaciones empresariales", ha afirmado Roger Cox, quien se encarga de esta demanda contra Shell.


"Si los tribunales obligan a Shell a reducir sus emisiones de CO2 en un 45% antes de 2030 basándose en los niveles de 2010, y reducirlas a cero antes de 2050, de conformidad con el Acuerdo de París sobre el Clima, esta victoria sentaría un precedente e incrementaría la presión para que las empresas de combustibles fósiles modificasen sus conductas",opinan desde la coalición ecologista que ha impulsado la denuncia.


La denuncia contra Shell llega después de que su nombre apareciera en el último informe de InfluenceMap, que demuestra como las cinco grandes firmas petroleras destinaron en el último año cerca de 200 millones de dólares para bloquear y retrasar las iniciativas orientadas a combatir el cambio climático.


Esta no es la primera vez que las Ong ponen el foco en Shell por sus mala práxis empresarial. En 2017, el nombre de la compañía estuvo salpicado por una denuncia de Amnistía Internacional en la que se pedía una investigación contra el gigante del petroleo por presuntas violaciones y torturas en Nigeria.

Publicado enMedio Ambiente
La guerra química en Colombia tiene nombre de glifosato

El debate sobre el glifosato continúa en Colombia, a pesar de que en muchos países ya prohíben su uso. De ello dio cuenta la Audiencia Pública de seguimiento realizada en Bogotá el pasado 7 de marzo a la sentencia de la Corte Constitucional T-236 de 2017, en la cual se decidió suspender las aspersiones aéreas con este herbicida, fundamentándose en el principio de precaución*. Una de las intervenciones escuchadas en la Audiencia estuvo a cargo de la doctora Lilliam Eugenia Gómez Álvarez**, que con elocuencia sustentó las consecuencias del uso de este químico. Este artículo es una versión para prensa de lo sustentado por ella.

 

Ante el narcotráfico, sus bases y derivaciones, ¿ir al núcleo de la problemática o seguir por las ramas? ¿Revisar los resultados arrojados por la “guerra contra las drogas o negar las evidencias? Parece que nada de esto, y mucho más, se cuestionan en la Casa de Nariño, para cuyos inquilinos, con el yunque de los Estados Unidos apurando sus gargantas, hay que persistir en lo mismo: envenenar grandes extensiones del territorio nacional, para lo cual es necesario, según Iván Duque, reactivar el Programa de erradicación de cultivos ilícitos con glifosato, pasando por encima de la vida y salud de quienes allí habitan, así como del conjunto de la naturaleza misma. Destruir, para ellos no hay otra opción.

Glifosato en Colombia


El glifosato es un herbicida patentando por Monsanto bajo la marca comercial Roundup®, que sirve para la eliminación de plantas y plagas. Este químico se ha convertido en el más utilizado en el mundo; su consumo ha crecido de manera continua en las últimas décadas, como lo evidencian las cifras en Estados Unidos, con un consumo multiplicado por dieciséis entre 1992 y 2009. Se estima que en la última década se han aplicado alrededor de seis mil millones de kilogramos del mismo en todo el mundo.

Una utilización que deja sus huellas de todo tipo, entre ellas el estar asociado con varios tipos de enfermedades (Ver recuadro 1), por ejemplo el cáncer, el más estudiado en humanos es el Linfoma No Hodgkin –cáncer del tejido linfático–. Se estima, asimismo, que causa afectaciones en los ecosistemas donde se aplica.

 

 

Los daños por su aplicación, así sea controlada, cuenta con evidencia en diversos países, pero para Colombia –el único país del mundo que utiliza la aspersión aérea de herbicidas como parte de la erradicación de cultivos ilícitos– es peor, toda vez que la lluvia que sueltan las naves aéreas del mismo caen sobre las plantas por destruir, pero también sobre toda la vegetación existente alrededor, así como sobre fuentes de agua, y todo lo allí asentado. Otros países como México y Afganistán utilizaban esta estrategia, pero su uso fue descontinuado por sus altos costos económicos y sociales.

Asómbrese. El uso comercial de consumo e importación de plaguicidas en Colombia durante los últimos 20 años creció en un 360 por ciento, mientras que en los últimos 45 años la utilización del suelo para siembra aumentó solo en un 29 por ciento. ¿Quién gana con este negocio? ¿Quién pierde con el mismo?

Breve historia de la erradicación en el país

El negocio de las drogas en Colombia arrancó en los años setenta con el cultivo de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que dio lugar a la denominada bonanza marimbera. Ante las presiones del presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, se inició la primera acción de erradicación de cultivos de uso ilícito con el químico Gramoxone, cuyo ingrediente activo es el Paraquat. Fue Julio César Turbay quien emprendió en 1978 la “Operación Fulminante”, que además de la utilización del químico insertó 10 mil soldados a la Sierra Nevada para acabar con el 65 por ciento de la marihuana que ingresaba al país del norte, cultivada en alrededor de 30 mil hectáreas.

Como efecto de la presión ejercida por diferentes sectores contra el uso del Paraquat, fue prohibido en programas de fumigación y mediante la Resolución 3028 de 1989 del ICA, el gobierno nacional decidió suspender en igual año su utilización.

Cuatro décadas después de iniciada la siembra de cultivos ilícitos, y de grandes inversiones económicas para combatirlos se implementa el Plan Colombia, reactivándose las aspersiones aéreas, esta vez con el uso del glifosato, afectando así más de 1.753.386 hectáreas sembradas, lo que no significó una afectación significativa a la producción de cocaína en el país.

Efectividad de la erradicación con glifosato

Generalmente se cree que el número de hectáreas fumigadas expresa la efectividad del “Programa de erradicación de cultivos ilícitos”, pero si se analiza con detenimiento puede verse que esto no es tan cierto, pues aspersiones aéreas no significan erradicación definitiva. Ejemplos de estos son los trabajos de Pascual Restrepo, del Massachusetts Institute of Technology y de Sandra Rozo, de la University of California, quienes evidencian que por cada hectárea de coca fumigada con aspersión aérea con glifosato, apenas se reduce un 0,035 de la hectárea. Lo que quiere decir que, para acabar con una hectárea sembrada de coca mediante aspersión aérea, se necesita fumigar 30.

¿Por qué sucede así? Porque este método de fumigación no da completamente en las hojas de coca (Ver recuadro 2). De igual manera, los costos económicos son completamente inviables pues es una desproporción de 60 a 1, ya que el costo de erradicación por hectárea es de alrededor de 72 mil dólares, mientras que la ganancia obtenida por los cultivadores es de apenas 1.200 dólares cada dos meses, puesto que la sembrada de una hectárea (unos 1.250 kilos) genera apenas una pasta básica de cocaína de 2 kg aproximadamente durante esas 8 semanas.

Todo un despropósito, es evidente, por tanto, que los gastos generados para acabar con los cultivos de uso ilícito necesitan de la exploración de otras alternativas de erradicación menos lesivas y rentables económicamente, tanto para quien erradica como para el Estado.

Una nueva política de desplazamiento forzado

La reactivación de la política de fumigación con glifosato es sinónimo de la activación de una guerra química contra los sectores que habitan la ruralidad del país –campesinos, indígenas, afrocolombianos–, pues con los datos anteriormente expuestos se evidencia que el mecanismo de aspersión no ataca realmente el narcotráfico ni a los narcotraficantes, por el contrario, lo que genera es que los habitantes del campo tengan que abandonar sus tierras por afectaciones de salud o por el deterioro del suelo que no permite sembrar alimentos limpios (Ver recuadro 3).

Estamos, por tanto, ante una nueva guerra contra los habitantes del campo. Además de la reactivación del conflicto armado en la ruralidad, se aproxima la guerra ambiental, pues este gobierno busca ahondar lo iniciado durante el gobierno Santos: la locomotora minero-energética.

Una política para el campo que responde a intereses globales. Rusos, chinos, árabes y gringos están en disputa global. Ya se escuchan los gritos de la bestia denominada Fracking, ya se acercan como carroñeros los capitales transnacionales, que felices por no encontrar a las Farc en las zonas estratégicas, tienen vía libre para buscar los recursos ambientales que necesitan para fortalecer la industria del capitalismo y agudizar la disputa por el control del sistema mundo.

Sin organización social los efectos de esta guerra serán devastadores para todo el país, en especial para los marginados de siempre.

* El principio de precaución es el elemento estructural del derecho ambiental para evitar los daños graves o irreversibles que pueda sufrir el medio ambiente. La Corte Constitucional declaró cinco elementos fundamentales para llegar a esto, a saber:
i) Que exista peligro de daño
ii) Que éste sea grave e irreversible
iv) Que exista un principio de certeza científica, así no sea absoluta
v) Que la decisión que la autoridad adopte esté encaminada a impedir la degradación del medio ambiente
vi) Que el acto en que se adopte la decisión sea motivado
** PhD. Universite de Touls, Ecología y etología. Presidenta del Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia

Publicado enColombia
La guerra química en Colombia tiene nombre de glifosato

El debate sobre el glifosato continúa en Colombia, a pesar de que en muchos países ya prohíben su uso. De ello dio cuenta la Audiencia Pública de seguimiento realizada en Bogotá el pasado 7 de marzo a la sentencia de la Corte Constitucional T-236 de 2017, en la cual se decidió suspender las aspersiones aéreas con este herbicida, fundamentándose en el principio de precaución*. Una de las intervenciones escuchadas en la Audiencia estuvo a cargo de la doctora Lilliam Eugenia Gómez Álvarez**, que con elocuencia sustentó las consecuencias del uso de este químico. Este artículo es una versión para prensa de lo sustentado por ella.

 

Ante el narcotráfico, sus bases y derivaciones, ¿ir al núcleo de la problemática o seguir por las ramas? ¿Revisar los resultados arrojados por la “guerra contra las drogas o negar las evidencias? Parece que nada de esto, y mucho más, se cuestionan en la Casa de Nariño, para cuyos inquilinos, con el yunque de los Estados Unidos apurando sus gargantas, hay que persistir en lo mismo: envenenar grandes extensiones del territorio nacional, para lo cual es necesario, según Iván Duque, reactivar el Programa de erradicación de cultivos ilícitos con glifosato, pasando por encima de la vida y salud de quienes allí habitan, así como del conjunto de la naturaleza misma. Destruir, para ellos no hay otra opción.

Glifosato en Colombia


El glifosato es un herbicida patentando por Monsanto bajo la marca comercial Roundup®, que sirve para la eliminación de plantas y plagas. Este químico se ha convertido en el más utilizado en el mundo; su consumo ha crecido de manera continua en las últimas décadas, como lo evidencian las cifras en Estados Unidos, con un consumo multiplicado por dieciséis entre 1992 y 2009. Se estima que en la última década se han aplicado alrededor de seis mil millones de kilogramos del mismo en todo el mundo.

Una utilización que deja sus huellas de todo tipo, entre ellas el estar asociado con varios tipos de enfermedades (Ver recuadro 1), por ejemplo el cáncer, el más estudiado en humanos es el Linfoma No Hodgkin –cáncer del tejido linfático–. Se estima, asimismo, que causa afectaciones en los ecosistemas donde se aplica.

 

 

Los daños por su aplicación, así sea controlada, cuenta con evidencia en diversos países, pero para Colombia –el único país del mundo que utiliza la aspersión aérea de herbicidas como parte de la erradicación de cultivos ilícitos– es peor, toda vez que la lluvia que sueltan las naves aéreas del mismo caen sobre las plantas por destruir, pero también sobre toda la vegetación existente alrededor, así como sobre fuentes de agua, y todo lo allí asentado. Otros países como México y Afganistán utilizaban esta estrategia, pero su uso fue descontinuado por sus altos costos económicos y sociales.

Asómbrese. El uso comercial de consumo e importación de plaguicidas en Colombia durante los últimos 20 años creció en un 360 por ciento, mientras que en los últimos 45 años la utilización del suelo para siembra aumentó solo en un 29 por ciento. ¿Quién gana con este negocio? ¿Quién pierde con el mismo?

Breve historia de la erradicación en el país

El negocio de las drogas en Colombia arrancó en los años setenta con el cultivo de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que dio lugar a la denominada bonanza marimbera. Ante las presiones del presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, se inició la primera acción de erradicación de cultivos de uso ilícito con el químico Gramoxone, cuyo ingrediente activo es el Paraquat. Fue Julio César Turbay quien emprendió en 1978 la “Operación Fulminante”, que además de la utilización del químico insertó 10 mil soldados a la Sierra Nevada para acabar con el 65 por ciento de la marihuana que ingresaba al país del norte, cultivada en alrededor de 30 mil hectáreas.

Como efecto de la presión ejercida por diferentes sectores contra el uso del Paraquat, fue prohibido en programas de fumigación y mediante la Resolución 3028 de 1989 del ICA, el gobierno nacional decidió suspender en igual año su utilización.

Cuatro décadas después de iniciada la siembra de cultivos ilícitos, y de grandes inversiones económicas para combatirlos se implementa el Plan Colombia, reactivándose las aspersiones aéreas, esta vez con el uso del glifosato, afectando así más de 1.753.386 hectáreas sembradas, lo que no significó una afectación significativa a la producción de cocaína en el país.

Efectividad de la erradicación con glifosato

Generalmente se cree que el número de hectáreas fumigadas expresa la efectividad del “Programa de erradicación de cultivos ilícitos”, pero si se analiza con detenimiento puede verse que esto no es tan cierto, pues aspersiones aéreas no significan erradicación definitiva. Ejemplos de estos son los trabajos de Pascual Restrepo, del Massachusetts Institute of Technology y de Sandra Rozo, de la University of California, quienes evidencian que por cada hectárea de coca fumigada con aspersión aérea con glifosato, apenas se reduce un 0,035 de la hectárea. Lo que quiere decir que, para acabar con una hectárea sembrada de coca mediante aspersión aérea, se necesita fumigar 30.

¿Por qué sucede así? Porque este método de fumigación no da completamente en las hojas de coca (Ver recuadro 2). De igual manera, los costos económicos son completamente inviables pues es una desproporción de 60 a 1, ya que el costo de erradicación por hectárea es de alrededor de 72 mil dólares, mientras que la ganancia obtenida por los cultivadores es de apenas 1.200 dólares cada dos meses, puesto que la sembrada de una hectárea (unos 1.250 kilos) genera apenas una pasta básica de cocaína de 2 kg aproximadamente durante esas 8 semanas.

Todo un despropósito, es evidente, por tanto, que los gastos generados para acabar con los cultivos de uso ilícito necesitan de la exploración de otras alternativas de erradicación menos lesivas y rentables económicamente, tanto para quien erradica como para el Estado.

Una nueva política de desplazamiento forzado

La reactivación de la política de fumigación con glifosato es sinónimo de la activación de una guerra química contra los sectores que habitan la ruralidad del país –campesinos, indígenas, afrocolombianos–, pues con los datos anteriormente expuestos se evidencia que el mecanismo de aspersión no ataca realmente el narcotráfico ni a los narcotraficantes, por el contrario, lo que genera es que los habitantes del campo tengan que abandonar sus tierras por afectaciones de salud o por el deterioro del suelo que no permite sembrar alimentos limpios (Ver recuadro 3).

Estamos, por tanto, ante una nueva guerra contra los habitantes del campo. Además de la reactivación del conflicto armado en la ruralidad, se aproxima la guerra ambiental, pues este gobierno busca ahondar lo iniciado durante el gobierno Santos: la locomotora minero-energética.

Una política para el campo que responde a intereses globales. Rusos, chinos, árabes y gringos están en disputa global. Ya se escuchan los gritos de la bestia denominada Fracking, ya se acercan como carroñeros los capitales transnacionales, que felices por no encontrar a las Farc en las zonas estratégicas, tienen vía libre para buscar los recursos ambientales que necesitan para fortalecer la industria del capitalismo y agudizar la disputa por el control del sistema mundo.

Sin organización social los efectos de esta guerra serán devastadores para todo el país, en especial para los marginados de siempre.

* El principio de precaución es el elemento estructural del derecho ambiental para evitar los daños graves o irreversibles que pueda sufrir el medio ambiente. La Corte Constitucional declaró cinco elementos fundamentales para llegar a esto, a saber:
i) Que exista peligro de daño
ii) Que éste sea grave e irreversible
iv) Que exista un principio de certeza científica, así no sea absoluta
v) Que la decisión que la autoridad adopte esté encaminada a impedir la degradación del medio ambiente
vi) Que el acto en que se adopte la decisión sea motivado
** PhD. Universite de Touls, Ecología y etología. Presidenta del Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia

Publicado enEdición Nº255
Lunes, 01 Abril 2019 08:27

Agua que no has de beber…

Agua que no has de beber…

Al igual que el aire, el agua es un recurso fundamental para la vida, el que hasta hace algunos años muchos consideraban infinito. La evidencia actual es lo contrario. ¿Ante cuál realidad se enfrenta la humanidad en este particular?, y, ¿cuáles son los retos que nos plantea la misma?

 

La vida necesita del agua. En el subsuelo y superficie de nuestro planeta, no todo son minerales, también poseen otros componentes, el agua como el más importante de todos ellos. Y no es poca, aunque no toda es potable: alrededor del 72 por ciento de la superficie terrestre está compuesto por este líquido vital para nuestra vida. Líquido que está en los océanos, mucho más allá de lo que alcanzan a percibir nuestros ojos pues alcanza profundidades de hasta 4 km. Esta agua, salada, representa el 96,5 por ciento de la totalidad acuífera existente; otro 2 por ciento está en los glaciares, 0.6 por ciento es agua de ríos y lagos, agua subterránea 0.6 por ciento. El 1 por ciento de agua del planeta es dulce en condiciones inmediatas para su consumo, pero está distribuida con desigualdad geográfica ya que hay sitios áridos por falta del vital líquido.

El agua que podemos consumir, más allá de lo que cotidianamente nos dicen los medios de información, la consume y derrocha en mayor porcentaje la industria, así como la agricultura; otro porcentaje se pierde en el aseo de automotores y maquinarias, así como calles y ventanales de edificios; es tal este gasto que solo el 10 por ciento del agua potable está destinada para uso doméstico.

Como sabemos, el agua sufre procesos contaminantes, por uso y por abuso, lo que la infesta con agentes patógenos, afectándola también en su color, olor, sabor, turbidez; fuentes de agua dulce (como ríos, arroyos, lagunas) que consideramos limpios pueden estar cargados de sustancias peligrosas allí disueltas por distintas vías; es por todo ello que nos vemos obligados a someterla a tratamiento de purificación. Para garantizar su consumo debemos eliminar: bacterias, contaminantes e impurezas.
Purificación para el consumo

Existen estudios y aplicaciones para obtener agua apta para la vida humana. Para cumplir con su purificación lo aplicado frecuentemente es ozono o cloro –por su poder oxidante–: el cloro es añadido en la primera etapa de purificación del agua de ríos, cascadas, vertientes naturales; puede dejar un sabor fuerte, como el que caracteriza el agua en las piscinas. El cloro –Cl2– colocado en el agua forma el ácido hipocloroso (HClO) que oxida y elimina las bacterias. Es un método muy difundido, de largo tiempo de retención y acción. Desinfecta pero no purifica, se utiliza en cantidades de 0.2 a 0.5 ppm (partes por millón); evita enfermedades como difteria, tifoidea, cólera.

El ozono O3, oxida por sí mismo las bacterias. Es más efectivo y no tiene sabor alguno. Es más caro que el cloro y tiene tiempo de retención corto. Asegura que el agua permanezca libre de contaminación microbiológica por un tiempo más largo.

 

Frente a la escasez del líquido vital

 

El agua es un recurso finito. Su alta presencia en los diferentes procesos industriales incrementan su escasez. En la actualidad se están buscando métodos de destilación de grandes volúmenes de agua, considerando para ello la del mar por la cantidad que representa. Las investigaciones avanzan y actualmente contamos con procesos y diseños con diferentes rendimientos, algunos ya en aplicación, otros en estudio y experimentación como la filtración por óxido de grafeno, que procede del carbono del grafito.

Ya se hace destilación de agua salada, Israel posee una de las más grandes plantas para este tipo de procesamiento. El método es más o menos así: se calienta el agua del mar en una serie de recipientes entubados interiormente y entre sí, sumergidos en contenedores con vacío parcial. A presión atmosférica reducida, el agua hierve instantáneamente, su vapor es condensado en contacto con conexiones enfriadas por agua marina. El calor desprendido por el agua condensada sirve para precalentar más agua salada.

Este proceso también puede adelantarse por Ósmosis, que es el movimiento de las moléculas hasta equilibrar concentraciones diferentes de dos soluciones, a través de una membrana semipermeable. Las soluciones ejercen presión en la membrana (presión osmótica) provocada por el paso del solvente puro o con menos sal, hacia la solución concentrada (mayor cantidad de sal). Es la ósmosis directa.

Pero la ósmosis inversa se aplica al agua salada, se somete esta agua a alta presión, se procura detener la sal y provocar el paso sólo del agua sin sal para desalinizarle y permitir el uso doméstico, de la siguiente manera: a la solución de agua marina recolectada le aplican una alta presión junto a la membrana semipermeable de etanoato de celulosa (papel celofán), forzando al agua salada a atravesar la membrana dejando la sal en ella. Al realizar este proceso debemos asegurarnos que la membrana sea efectiva tanto por su semipermeabilidad, como por su resistencia a las altas presiones aplicadas, de manera que permita así un flujo constante de agua dulce. Comercialmente se utiliza una membrana de un metro cúbico a una presión de más de 70 atmósferas, el paso del agua desalinizada, frecas, puede alcanzar un volumen aproximado de 250.000 litros diarios.

Otro proceso posible de seguir es el conocido como intercambio iónico, que es la eliminación de sales insolubles del agua (se depositan en el interior de las tuberías). El proceso químico de interrelación iónica, procurando aislar la sal mediante cambios de su composición original, sirve para separar la sal marina modificando su composición química, por sustitución de iones positivos (cationes) por hidronio H+, e iones negativos (aniones) por hidroxilo OH-.


Al realizar este proceso, hacemos pasar el agua de mar por columnas con estructuras naturales de silicatos o resinas sintéticas de intercambio iónico. Los iones hidrógeno H+ (hidronio) se cambian con iones de sodio Na+, mientras que los iones OH- (hidroxilo) se cambian con iones de cloro Cl-(cloruro) en el agua marina.

Las columnas de separación iónica pueden renovarse con ácido sulfúrico, para el intercambio de resinas catiónicas y sodio; los hidróxidos son para el intercambio de resinas de aniones. Se genera así un agua de buena calidad, pero esta aplicación es relativamente costosa.

 

El oxígeno, componente básico

 

Aire y agua son fundamentales para la mayoría de los organismos, incluida la especie humana. El oxígeno está presente en estos dos elementos, primordiales para la vida. La mayoría de animales y plantas acuáticas necesitan oxígeno para su respiración aeróbica, son valores pequeños, la máxima solubilidad de oxígeno en el agua es apenas 9 ppm (0.009 gramos por litro).

Los peces tienen el mayor requerimiento: 3ppm para sobrevivir y las bacterias el mínimo, inferior a 3ppm. Para mantener el balance en la diversidad acuática el contenido de oxígeno en el agua no puede ser inferior a 6 ppm.

La necesidad bioquímica del oxígeno disuelto se abastece por la descomposición acuática de materia orgánica en un tiempo aproximado de cinco días como máximo. El agua tiene una alta demanda biológica de oxígeno, que se mantiene por la retroalimentación atmosférica de este gas. Si no existiera este proceso, terminaría rápidamente la supervivencia acuática.

En los ríos esto lo facilita la movilidad del agua, que recibe oxígeno por ser agua corriente. Los lagos tienen una oxigenación mucho más lenta o ninguna. El agua pura tiene una demanda bioquímica de oxígeno de menos de 1 ppm, si este valor de demanda bioquímica de oxígeno se incrementa sobre 5 ppm, es agua contaminada.

La acumulación de residuos orgánicos en el agua causa la proliferación de ciertas especies, proceso conocido como eutrofización del agua, que es un fenómeno producido por el uso excesivo de fertilizantes artificiales y detergentes acumulados en lagos, que actúan como nutrientes y aumentan el crecimiento de plantas y algas que al vivir tal proceso reproductivo evita el ingreso de oxígeno del aire en el agua: es un proceso que también está presente en aguas marinas de movilidad lenta.

Este tipo de procesos también pueden tener otras consecuencias. Por ejemplo, cuando plantas y algas mueren, se descomponen aeróbicamente produciendo óxido carbónico y agua. Si el crecimiento excesivo de ellas y el oxígeno presente no están equilibrados, ocurre la descomposición anaeróbica, formando residuos de gases tóxicos como H2 S (gas sulfhídrico), NH3 (amoníaco), CH4 (metano), que no solo tienen un olor desagradable, sino que envenenan el agua. Mientras más especies mueren hay mayor descomposición anaeróbica y el lago no tiene vida acuática.


El océano también produce oxígeno a través de algas marinas y plancton, que pueden morir con la contaminación de su hábitat por los residuos de basura, plástico, redes de pesca, chatarra, etcétera, arrojados al mar por los seres humanos. Para cuidar el agua marina debe protegerse especialmente a los arrecifes de coral, pues producen el 80 por ciento del oxígeno indispensable para la vida marina, el calentamiento global provocaría la muerte del 35 por ciento de las corales.

El calentamiento global ocasionado por las actividades humanas ha generado un aumento aproximado de 0,6 °C en la temperatura media del planeta. Muchas industrias descargan agua caliente, sobretodo en ríos, provocando la contaminación termal. La contaminación por la variación de la temperatura del agua afecta también al oxígeno, ya que su solubilidad depende de ella, si aumenta la temperatura, baja la solubilidad del oxígeno; así como la demanda de los organismos acuáticos que terminan muriendo.

 

Reciclar y cuidar el agua

 

En muchas ciudades sus basuras van a dar a los ríos y mares, basura inorgánica que va acumulándose y basura orgánica que puede ser degradada por microorganismos, los que necesitan tiempo para este proceso; se produce así la contaminación del agua en general y de las concurridas playas en particular. Hay personas que colocan la basura en recipientes cerrados pero que en el agua se abren o rompen, dejando materia flotante, suspendida, coloidal y un rango de microorganismos.

Los residuos contaminantes y perjudiciales deben ser removidos con tratamientos concretos: para retirar residuos sólidos conviene pasar el agua por filtros mecánicos diseñados para detener objetos relativamente grandes como palos, papel, condones y bolsas. Continúa el proceso con filtros de menor gradación para detener objetos más pequeños con filtros de arena o grava de diferente espesor y tamaño, permitiendo entonces el depósito o sedimentación que queda en un recipiente apropiado, así se asienta el agua con tierra y lodo. Entonces, viene el tratamiento químico de floculación, en el que se ponen compuestos de hidróxido de calcio Ca (OH)2 y sulfato de aluminio Al2(SO4)3 que precipitan aglutinados de tierra o lodo, factibles de ser retirados mecánicamente.

Para completar la purificación del agua y disponerla para el consumo humano: se incorpora el purificador de Carbón Activado granular que por adsorción química (sustancias orgánicas especialmente volátiles, se adhieren a la superficie del gránulo de carbón) y así se eliminan restos de pesticidas, plaguicidas, compuestos orgánicos volátiles, también retira el sabor a cloro. La aplicación de rayos ultravioletas –UV–, después del cloro, proporciona un esterilizante efectivo para microorganismos en el agua.

El agua se utiliza en varios procesos productivos. Aunque no sea indispensable que toda el agua dulce del planeta sea para calmar la sed, cocinar alimentos o el aseo de los seres humanos, se debe proyectar posibles formas de una utilización responsable de este recurso natural, por ejemplo, en procesos industriales un adecuado manejo del agua permitiría que la utilizada para enfriar plantas industriales, por ejemplo, podría reciclarse procurando recogerla en reservorios y utilizarla luego para regar zonas agrícolas, solucionando dificultades ambientales.

 

El agua responsabilidad de todos/as

 

Tenemos los humanos con el agua, un problema de vida o muerte, problema que, como es conocido, puede traducirse en conflictos internos en cada uno de los países que integran la comunidad global. Para aportar, así sea un poco al cuidado del agua, cada uno de nosotras/os podría incorporar hábitos simples, como: procurar utilizar el mínimo de agua tanto en el inodoro como en la limpieza personal, abriendo la llave de agua de manera intermitente para su menor gasto posible. Regar las plantas de maceteros con agua ya utilizada en la cocina, por ejemplo (la que lava sin jabón), utilizar tuberías de mejor calidad y menor capacidad de distribución. Procurar hacer el lavado de los autos con el mínimo de agua tratada para el consumo humano. No debemos olvidar que el proceso de descontaminación, desinfección y purificación del agua necesita instalaciones y adecuaciones precisas, lo que resulta costoso y, por tanto, inviable para ser utilizada en limpieza de calles, automotores y otros.

Y como reto colectivo en cada uno de nuestros países, hay que lograr la efectiva regulación de las empresas privadas en el uso industrial del precioso líquido; merecen especial énfasis las empresas industriales del campo, las cuales consumen agua subterránea, muchas veces a su libre albedrío, así como las empresas que embotellan agua, o procesan gaseosas, cervezas, jugos y similares, todas ellas grandes consumidoras y derrochadoras de un recurso natural que es finito, además de colectivo, aunque en ocasiones apropiado –por ahora– por empresas privadas.

 


 

 

Recuadro

Multinacionales, grandes responsables de la producción de plásticos

 

En 2018, cerca de 10.000 voluntarios y 1.300 organizaciones realizaron la recolección de residuos en más de 42 países para identificar la procedencia de 187.851 piezas de plástico, encontrados en más de 238 cuerpos de agua de los seis continentes. El movimiento global “Break Free From Plastic 1” (Librarse de los plásticos), impulsor de esta iniciativa presentó en su informe* los resultados de los altos grados de contaminación del agua. Sobre la situación de los océanos en el mundo se comprueba que las multinacionales Coca-Cola Company, Pepsico y Nestlé son las empresas que fabrican la mayor parte de los productos plásticos que terminan en los mares. La producción global de plástico ha superado los 330 millones de toneladas métricas por año, en menos de dos décadas habrán más formas plásticas que seres vivos en los océanos lo que pone en peligro la existencia de la vida misma.

 

* https://www.breakfreefromplastic.org/

 
 

 

Publicado enEdición Nº255
Irrespirable. La crisis es del modelo urbano

De amarilla a naranja, entre alerta y alerta por crisis ambiental, a este punto ha llegado Bogotá, así como Medellín; otras ciudades capitales también se enrutan hacia este resultado. Las cifras de enfermos y muertos por esta realidad llaman la atención sobre paradigmas quebrados: el supuesto desarrollo –que no es tal– el modelo de ciudad, y el sistema de transporte, que colapsaron.

Las cifras son escandalosas: 17.549 muertos al año en Colombia por contaminación del aire, exposición a combustibles pesados y la mala calidad del agua, según datos del Instituto Nacional de Salud (INS).

Esta irrespirable realidad viene al caso por las anunciadas emergencias ambientales declaradas, en Bogotá, con alerta amarilla el pasado mes de febrero para una parte de la capital del país, y retomada de nuevo el 7 de marzo pero con un agravante: alerta amarilla para toda la ciudad y alerta naranja en el polígono delimitado del suroccidente de la urbe; en Medellín –primeros días de marzo– las restricciones vehiculares ampliadas son la respuesta ante evidencias de que las condiciones del aire son cada día más críticas; igual en Bucaramanga y su área metropolitana.

Es una realidad ante la cual los gobernantes y especialistas en el tema siempre recurren a lo mismo: ampliar el pico y placa, y otras medidas similares que la evidencia demuestra no van al fondo del asunto, solo distraen o sirven para que los funcionarios de turno, con cara de doctos, brinden declaraciones de prensa. La jornada del día sin carro celebrada en Bogotá el pasado 7 de febrero así permite reafirmarlo, pues una semana después, el día 15, la urbe –en especial las localidades de Kennedy, Bosa y Tunjuelito–, quedó sumida en emergencia ambiental. Tras unos pocos días y con la ampliación del pico y placa la medida fue levantada, pero tras otros días más la crisis vuelve a un pico crítico.

Unas medidas pedagógicas, que como la del día sin carro –que en realidad es un pico y placa ampliado– no logran efecto positivo alguno, a pesar de extenderse por todo el país en su aplicación, en meses y días diferentes de acuerdo a la ciudad que la adopta. Así lo desnuda la demanda de vehículos particulares en Bogotá, la cual no para de crecer y crecer (ver cuadro).


No es para menos. La ciudad moderna fue diseñada, en la distribución de espacio y la construcción de avenidas y calles, para la veloz circulación de mercancías –donde la fuerza de trabajo es la fundamental–, que es lo que explica la pervivencia y ampliación del culto al automotor. No es que no se pueda colocar límite al vehículo, esto es posible, pero lo imposible es detener –al menos para el capital– la circulación cada vez más rápida de mercancías, pues ello le colocaría un dique a la incesante y creciente multiplicación del capital mismo.

El capitalismo no se detiene, podríamos decir, y así procede sin importarle las consecuencias que ello tenga sobre la salud y vida misma de millones de personas. No de otra manera puede entenderse el ocultamiento por años de los efectos que sobre la salud tiene la emisión de gases por parte de los vehículos, los cuales continúan en venta ascendente, ni que las multinacionales, como Volkswagen, Mercedes Benz, Porsche, Audi y otras, adulteren los medidores de gases de que están dotadas las máquinas por ellos fabricadas, para ocultar así la real contaminación del aire que producen las mismas al prender y rodar.

Una acción, consciente y malintencionada que responde de manera perversa a los siete millones de víctimas que cada año produce el aire contaminado en todo el mundo, según datos del 2018 de la Organización Mundial de la Salud (OMS)*. Informe en el cual también asegura que 9 de cada 10 personas del total de quienes habitan nuestro planeta respiran aire contaminado. Para la OMS, en partículas tóxicas como los sulfatos, nitratos y el hollín, recae la responsabilidad por la muerte de una cuarta parte de personas que sufren enfermedades cardiacas y derrame cerebrales, al igual que un 43 por ciento de las enfermedades pulmonares obstructoras crónicas, al tiempo que de un 29 por ciento de la variedad de cáncer con epicentro pulmonar. Acción consciente y malintencionada que dibuja al capitalismo en su real catadura: la muerte sobre la vida, la ganancia sobre la naturaleza.

Para la jefe de citado informe, María Meira, en gran parte de las megaciudades donde hoy se amontona la población mundial la contaminación alcanza a estar hasta cinco veces por encima de lo recomendado por la organización de la salud de las Naciones Unidas.

Es una realidad que permite concluir, sin duda alguna, que medidas como el pico y placa, así como el día sin carro, son simples distractores para la real crisis en que están envueltas las ciudades todas, lo que nos invita a ahondar en la realidad que nos ahoga, para identificar el trasfondo o causas de esta crisis, y así poder proponer medidas que vayan a la raíz del asunto.

 

El imposible que ya llegó

 

La imagen no me abandona: unos van en bicicleta y otros a pie, varios llevan el rostro protegido por máscaras que les permiten respirar mejor; son pobladores de ciudades europeas y asiáticas que atraviesan avenidas, junto a ellos, calles atestadas por cientos de carros cuyos exostos emiten gases que ahogan a los transeúntes; una toma posterior –aérea– de aquellos centros urbanos los muestra cubiertos por una espesa capa producto de la contaminación estacionada en la atmósfera.

Lo primero que pensé al ver tal registro televisivo, hace ya 40 años, era que aquello era un barbaridad, ¿cómo podía vivir la gente así? ¿cómo podrían haber llegado aquellas gentes a tan degradante realidad?

La respuesta que encontraba para ello es que esa era la realidad de megaciudades cada vez más “prósperas”. Ciudades de 5, 8, 10 y hasta 15 o 20 millones de personas, la inmensa mayoría de las cuales padecen un hacinamiento insoportable. A eso había llegado la ciudad, uno de las principales creaciones de la humanidad en toda su historia.

Para ese entonces las nuestras eran buenos vivideros, ciudades de 1 o 2 millones de personas, con excepción de Bogotá que sumaba un poco más. Cuarenta años después, todo es distinto, ahora nosotros también salimos con temor a la calle, nos protegemos de los gases que expiden los automotores, y sufrimos sin descanso el irrespirable aire que nos dejan. Nuestras urbes han dejado de ser un buen vividero, las soportamos, pero deseamos no estar en ellas, al menos de manera permanente.

Como los del resto del mundo, nuestros centros urbanos han sido diseñados y dispuestos para la “eficiencia” del motor a gasolina o alguno de sus derivados; el afán permanente, el ir y venir de miles de carros y motos es la nota dominante; el aire apesta y ataca la salud de nuestros cuerpos, el ruido daña nuestros oídos, los ojos arden y lagrimean, la piel se reseca y envejece de manera prematura, y el cuerpo todo sufre afectación, no solo con enfermedades que atacan nuestros pulmones y vías respiratorias en su totalidad (enfermedades respiratorias agudas), propiciando cáncer, sino también potenciando otras como diabetes, alzheimer, entre las identificadas con tal origen.

El aire apesta, y nosotros sin saberlo respiramos partículas en suspensión –invisibles– que fluyen en el ambiente, como la PM2.5, SO2 (dióxido de azufre), además de NO2 (dióxido de nitrógeno), Pb (plomo), O3 (ozono troposférico) y CO (monóxido de carbono), es decir, veneno puro pero que actúa de manera lenta, razón por la cual muchas veces no nos preocupamos, solo con el paso del tiempo y consumidos por alguna de las enfermedades propiciadas por estos gases, venimos a comprender que padecemos las consecuencias de un modelo urbano trazado de acuerdo a las necesidades y lógicas del capital, y de sus propietarios, cabeza de multinacionales, unas más poderosas que otras. Al final de la vida comprendemos que padecemos los efectos “desarrollo”, máxima del capitalismo y sus multinacionales, bonanza para unos pocos y cruz de millones por todo el mundo.

Multinacionales éstas, que con su control extendido sobre diferentes esferas de la sociedad global manipulan y engañan sobre el real sentido del trabajo, el descanso, la comodidad, el goce, el placer, el consumo, la justicia, el medio ambiente, el sentido y uso de los vehículos, lo público, lo privado, el bienestar, en fin, sobre la razón y sentido de la vida misma.

 

Irracional

 

Atender las enfermedades derivadas de esta realidad de contaminación ambiental le significó al sistema de salud colombiano 20,7 billones de pesos, según datos del ministerio del ramo para el 2017. “Dentro de estos costos, la contaminación del sire urbano aportó el 75 por ciento, con $ 15,4 billones de pesos (1,93% del PIB de 2015) asociado a 10.527 muertes y 67,8 millones de síntomas y enfermedades”, informó el Simón Gaviria, director de Planeación nacional de entonces.

Un gasto inmenso e irracional, toda vez que el origen del problema está identificada, lo que permite interrogar, ¿una vez conocido el origen del problema no es mejor prevenir que curar? Esto es, estamos como sociedad –no solo la colombiana sino el conjunto global– ante el reto de replantearnos el mismo modelo urbano hoy imperante y dentro de éste la función y características del sistema de transporte dominante.

Como es sabido y sufrido, nuestras ciudades crecieron al ritmo de la violencia padecida en el campo –por acción de terratenientes, las direcciones de los partidos tradicionales y sus aliados–, y los millones de campesinos de allí expulsados producto de la misma. Año tras año, en ocasiones a chorros, tales campesinos dieron forma a centenares de barrios, corriendo con el costo de levantar sus casas, trazar vías y resolver los servicios públicos.

Crecimiento potenciado por intereses económicos específicos, como lo planteó Lauchlin Currie en los años 60, producto de lo cual tomó forma un sistema de financiación de vivienda como el recordado Upac, que potenciaron el sector bancario colombiano al apropiarse del ahorro de cientos de miles de familias, a la par de otras medidas que sustentaron modelos de urbanización por varias décadas. Un modelo y una realidad producto de la cual pasamos de gozar ciudades a padecerlas, en una explosión en su crecimiento que las extendió, en el caso de las capitales de departamento, sobre los municipios vecinos, incorporándolos a su territorio, y conformando extensas zonas metropolitanas.

Un crecimiento sin sentido humano que llevó a que los trabajadores de distinto oficio quedaran obligados a cruzar cada día –ida y regreso– las ciudades de habitación en procura de su sitio de trabajo. Un desgaste de energía en el cual se consume la vida misma, tanto en horas de transporte día, mes, año, como en la inhalación de gases carburantes expedidos por buses en mal estado. Un desgaste de energía que para el caso de Bogotá le implica a cada una de las personas que lo padece, al sumar las horas diarias gastadas en ello, el equivalente a 11 días del año encerrado en un bus.

Tratando de salir de tal padecimiento, miles, millones, terminaron endeudados para adquirir un carro privado que les ahorrara horas de transporte y les hiciera menos penoso el trabajo diario. Beneficios inmediatos y particulares que ocultan los perjuicios colectivos, la crisis ambiental y los problemas a ella asociados como parte de un modelo de ciudad que terminó ampliando vías, levantando puentes, haciendo intersecciones, profundizando túneles, etcétera, en beneficio del carro particular y en perjuicio de los peatones y el necesario acceso pleno al espacio público. Sin cuestionar la precariedad de lo público ni el negocio privado oculto en ello, miles, millones, con sus compras y decisión por lo particular potenciaron el mismo modelo que precariza sus vidas.

Es una irracionalidad que coloca a sociedades como la colombiana, ante el inaplazable reto de repensar y rediseñar sus centros urbanos, aprovechando para ello el cúmulo de ciudades intermedias con que cuenta y que aún permiten un crecimiento planeado y bien proyectado, ciudades máximo de un millón de pobladores, donde cada uno de quienes allí hagan su vida tengan su vivienda cerca de su sitio de trabajo y estudio, con acceso también razonable, por su distancia, a sitios de recreación y esparcimiento, así como salud y otros que complementan el amoblamiento urbano. Ciudades, cada una de estas, donde el transporte sea público y lo más amable posible con el medio ambiente, al tiempo que los desplazamientos urbanos casa-trabajo o casa-estudio puedan hacerse a pie. Centros urbanos que cuestionen el reinado del petróleo y sus derivados y asuman el uso preferente de otras fuentes de energía. Centro de habitación donde el concepto del tiempo entre en cuestión, así como el de acumulación-ganancia, relantizando la vida toda, para poder vivir y gozar, quebrando al trabajo como centro orientador de la vida.

Al así pensar decenas de nuevos, o potenciados centros urbanos, la crisis ambiental deberá encontrar un punto de resolución radical, para lo cual el carro particular debe dejar de impactar el medio ambiente, abriendo condiciones para que la vida sea más amable, recuperando la esencia de la convivencia y de lo público, todo ello como soporte de una sociedad profundamente humana, reconciliada con la naturaleza, donde alimentación y salud, trabajo y estudio, descanso y recreación, ambiente y gasto de energía, serán abordadas dentro de un solo proyecto: vivir en felicidad.

 

 

* Otros informes, como el publicado el 11 de marzo en el European Heart Journal eleva a 9 millones los decesos por esta causa, 800000 de ellos en Europa.
 

 

 

 

Publicado enEdición Nº255
Domingo, 31 Marzo 2019 06:15

Necesitamos vivir de forma diferente

Necesitamos vivir de forma diferente

Para acabar con nuestra adicción al combustible fósil necesitamos un cambio tecnológico fundamental - pero esto no puede suceder sin cambiar nuestro sistema económico y social.

Las malas noticias sobre el cambio climático siguen llegando: récord de los niveles de calor en Australia en enero, y en Reino Unido en febrero; cada vez más incendios descontrolados; saltos desconcertantes en las temperaturas en el Ártico. La peor noticia de todas es que la brecha entre lo que los científicos dicen que es necesario hacer y lo que proponen las conferencias internacionales sobre el clima sigue creciendo.


En las negociaciones de diciembre en Katowice (Polonia) -la cual, de una forma grotesca, fue patrocinada por el mayor productor de carbón, entre otros- la principal conclusión fue el acuerdo sobre las propuestas para monitorizar las acciones de los gobiernos, aunque en una versión descafeinada. Los delegados no discutieron, ni tampoco mejoraron, los objetivos voluntarios para reducir las emisiones, acordados en París en 2015; los científicos piensan que esto pone a la economía mundial en el camino de un aumento potencialmente desastroso de la temperatura media global de hasta tres grados por encima de los niveles preindustriales. La reunión incluso declinó tener en cuenta el último informe, afinado de forma diplomática, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, por la insistencia de los Estados Unidos, Arabia Saudí y otros países productores de petróleo.


Katowice fue la última ronda de conversaciones que empezó en Río de Janeiro en 1992, donde se reconoció que el uso de combustible fósil es el principal causante del calentamiento global y que necesita ser reducido. Desde entonces, ha aumentado de forma global en más de un 60 por ciento. Los gobiernos han firmado acuerdos con una mano y han despilfarrado decenas de miles de millones de dólares al año en subsidios al consumo y producción de combustible fósil con la otra.


El primer paso para ocuparse del cambio climático es rechazar la ilusión de que los gobiernos se están ocupando del problema. La sociedad en conjunto debe actuar.


Cómo darle mayor contenido a esa generalización no es tan simple. ¿Deberíamos protestar? ¿Intentar forzar a que los gobiernos inviertan en proyectos de energía renovable? ¿Hacer algo contra las nuevas centrales eléctricas? ¿Centrarnos en la energía comunitaria? ¿Todo lo anterior?


CÓMO EL USO DE COMBUSTIBLE FÓSIL HA LLEGADO A NIVELES INSOSTENIBLES


Para resolver el qué hacer con el cambio climático, la historia es una herramienta inestimable. Un entendimiento del proceso que convirtió a los combustibles fósiles en algo primordial para la actividad económica humana nos ayudará a hacer la transición desde esos combustibles.


La fuerza física concentrada, la fuerza motriz y el calor que pueden derivarse de la quema de carbón fue primordial para la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, y también para la consolidación del capitalismo en el Norte global. Aprovechar la energía del carbón y disciplinar a la mano de obra iban de la mano. Las tecnologías de la así llamada segunda revolución industrial de finales del siglo XIX -turbinas de vapor, redes eléctricas y el motor de combustión interna- multiplicaron el uso de carbón de forma exponencial y produjeron una demanda de petróleo.


Pero fue necesario un cambio enorme posterior en la economía mundial, a mitad del siglo XX, para incrementar el peligro del calentamiento global hasta su nivel actual. El incremento en el uso global de combustible fósil se aceleró en el boom de post-guerra, se paró brevemente después de la crisis de los precios del petróleo de los setenta y desde entonces no ha hecho más que incrementarse. Los científicos de los sistemas terrestres que estudian el impacto de la actividad económica en el mundo natural -de la cual el calentamiento global es un aspecto fundamental- dan al período que arranca a mitad del siglo XX el nombre de "la gran aceleración".


¿Quién o qué exactamente ha consumido todos esos combustibles fósiles? Mayoritariamente, los combustibles son usados por, y a través de, grandes sistemas tecnológicos, tales como sistemas de transporte basados en automóviles, redes de electricidad, sistemas de construcción de ciudades y sistemas militares, agrícolas e industriales.


Analizar estos sistemas tecnológicos -y el modo en que están incrustados en los sistemas económicos y sociales- es la clave para entender el ascenso incesante del uso de combustible fósil, tal y como argumento en mi libro Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption (Pluto Press, 2018).


Pensemos en los coches, por ejemplo. Sin duda, el cambio tecnológico ha ayudado a catapultarlos al protagonismo: el motor de combustión interna fue una innovación fundamental. Pero fue necesario el cambio económico y social para hacer de los coches el modo predominante de transporte urbano.


En los Estados Unidos en los años 20, los fabricantes de coches fueron los primeros en automatizar las líneas de ensamblaje e hicieron que los coches pasaran de ser un lujo a un producto de consumo de masas. Inventaron la obsolescencia programada y otras técnicas de márketing y usaron el músculo político para marginar -y a veces sabotear- otras formas de competencia dentro del transporte tales como los trolebuses y las vías férreas.


En el boom de postguerra, el uso de coches en Estados Unidos ascendió a un nivel todavía más alto, gracias una inversión estatal masiva en autopistas. Los barrios periféricos proliferaron: las gentes trabajadoras se mudaron a casas unifamiliares independientes en cantidades sin precedentes, ascendiendo la construcción de casas en Estados Unidos de varios cientos de miles al año en los años 30 a más de un millón al año durante y después de la guerra. La propiedad de casas a través de hipotecas para toda la vida era parte del trato; los jardines delanteros y traseros, y los coches, otra. Otros países ricos -aunque no todos- adoptaron este patrón de desarrollo urbano.


En los 80, algunas ciudades fuera del mundo rico empezaron a sufrir de problemas de tráfico. En Estados Unidos los fabricantes organizaron una resistencia efectiva durante bastante tiempo contra los esporádicos intentos estatales de regular la eficiencia del combustible. Llegaron los coches devoradores de gasolina: en vez de animar a los conductores a usar modelos más ligeros y más pequeños, los productores de coches popularizaron vehículos familiares que fueron clasificados como camiones y, por tanto, tenían permiso por ley para recorrer menos distancia por galón. Las ventas en Estados Unidos de estos coches alcanzaron en el 2000 los 17 millones al año.


Por tanto, aquellos que ahora trabajan en crear ciudades libre de carbono no solo se enfrentan a un elemento tecnológico más inteligente (el motor de combustión interna) sino a las estructuras sociales y económicas que han creado los sistemas de transporte urbano basados en los coches, es decir, esos sillones móviles de metal que consumen mucho combustible.
Los sistemas de transporte basados en el coche son modos extremadamente ineficientes desde el punto de vista energético de llevar a la gente de un sitio a otro. Por ejemplo, Atlanta (Estados Unidos), una ciudad muy diseminada dominada por las casas en las afueras y el transporte en coche, tiene 11 veces las emisiones de gases de efecto invernadero per cápita de Barcelona, la cual tiene una cantidad similar de población, con niveles de salario similares, pero es más compacta, con mejor transporte público y un centro relativamente libre de coches.


En el mismo sentido, la agricultura industrial que consume mucho combustible es un modo ofensivamente ineficiente desde el punto de vista energético de alimentar a la gente y la mayoría de los entornos construidos de las ciudades son formas ineficientes energéticamente de alojar a la gente. Otras áreas de actividad económica -tales como la producción militar y la industria de la publicidad- son destructivas por razones más amplias, y también ineficientes en el consumo de combustible. Tal y como ocurre en el caso del transporte urbano, esos sistemas fueron determinados por relaciones de poder y riqueza, y sigue siendo así.


La magnífica investigación del Instituto de Rendición de Cuentas sobre el Clima ha mostrado que cerca de dos tercios del dióxido de carbono emitido desde la década de 1750 pueden ser rastreados hasta la producción de los 90 mayores productores de cemento y combustible fósil, la mayoría de los cuales siguen activos hoy. La lista más reciente del Instituto incluye en el top ten a Saudi Aramco, Gazprom de Rusia, la Compañía de Petróleo Nacional de Irán, ExxonMobil de Estados Unidos, Pemex de México, Royal Dutch Shell y la Corporación Nacional de Petróleo de China.


Una lista de las compañías que controlan el consumo de combustible fósil -productores de electricidad, consorcios de ingeniería y metales, fabricantes de coches, compañías de construcción, gigantes de la agricultura y la petroquímica- es mucho más larga y más compleja, porque el consumo de combustible fósil está muy integrado en todos los tipos de actividad económica. Pero las relaciones de poder son las mismas.


NO SE TRATA SÓLAMENTE DEL CONSUMO INDIVIDUAL


Ya que la mayoría de los combustibles fósiles son consumidos por y a través de esos grandes sistemas económicos, sociales y tecnológicos, los llamamientos para reducir el consumo individual solo pueden tener un efecto limitado.


Tomemos a los conductores de coches en Atlanta. Viven en el país más rico del mundo y conducen algunos de los coches más energéticamente ineficientes del mundo. Pero están atrapados en un sistema de transporte urbano que hace casi imposible -especialmente para los que tienen hijos- llevar a cabo las funciones más básicas como llevar a los niños al colegio o comprar comida sin un coche. Además, el combustible no solo se consume en sus desplazamientos individuales sino en la fabricación de coches, la construcción de carreteras y aparcamientos, etc.


Desde luego, el consumo atroz de combustibles fósiles y de bienes de consumo es un síntoma de una sociedad enferma. Millones de personas en el mundo rico trabajan muchas horas y gastan el dinero que ganan en bienes materiales en la creencia de que esos bienes les pueden hacer felices. Pero la arraigada alienación de la cual es parte el consumo tiene que ser desafiada por la lucha por el cambio social. Las apelaciones a la moral no son suficientes.


El destino de las recientes propuestas del gobierno francés de incrementar los impuestos sobre el combustible es una historia aleccionadora. Los planes fueron presentados como unas medidas medioambientales. Pero, a pesar de las declaraciones en contra de los comentaristas de derechas, la gente los vio por lo que eran -la última de una larga serie de medidas para imponer políticas de austeridad neoliberales. Esto produjo la revuelta de los "chalecos amarillos" y la propuesta fue retirada.


En el sur global, un enfoque en el consumo individual todavía tiene menos sentido. La mayoría del uso de combustible fósil hecho por la industria, incluyendo los procesos de energía intensiva (por ejemplo la fabricación de cemento y acero) fue trasladado desde el norte global en los años 80 y 90. Fue el boom industrial de China, que está centrado en la producción de mercancías para la exportación al norte global, la que a mitad de los 2000 hizo que el país superase a los Estados Unidos como el mayor consumidor en el mundo de combustibles suministrados comercialmente.


Una investigación en la India ha destacado el papel ínfimo del consumo individual de las personas más pobres. Del incremento en la India de las emisiones de gases de efecto invernadero en las tres décadas que van de 1981 a 2011, sólo el 3-4 por ciento fue debido a la electrificación que introdujo por primera vez a 650 millones de personas, principalmente en el campo, en la red eléctrica. Del resto, la mayoría provenía de la industria y de las poblaciones urbanas más pequeñas.


QUÉ HACER CON LA ELECTRICIDAD


Las redes eléctricas están en el centro del sistema de energía dominado por el combustible fósil. En 1950, su porción en el uso global de combustible fósil era de más o menos una décima parte; hoy, es más de un tercio.


Los sistemas eléctricos, como los coches, fueron una gran innovación de finales del siglo XIX. Su primera fase de desarrollo, que culmina en el boom de postguerra, dependía de grandes centrales de energía, normalmente alimentadas por carbón.


Las centrales son inherentemente ineficientes. Aproximadamente, para cada unidad de energía que producen en forma de electricidad, se pierden dos unidades en el proceso de producción, la mayoría como pérdidas de calor, lo que produce las nubes de vapor que todos vemos salir de las torres de refrigeración de las centrales de energía. La eficiencia media global de las centrales de energía térmicas (es decir, la proporción de la energía del combustible que sale como electricidad) ha aumentado desde principios del siglo XX desde alrededor de un 25-30% al actual 34% para el carbón y un 40% para el gas. Pero nunca podrá aumentar mucho más por razones físicas.


En los años 70, cuando las élites políticas se dieron cuenta de que los combustibles fósiles no eran ni infinitos ni baratos, los ecologistas señalaron a la pérdida de energía en los procesos de conversión como la fuente potencial clave del ahorro. Quemar carbón para producir electricidad, la cual es enviada a la calefacción eléctrica de las casas de la gente, era como “cortar mantequilla con una motosierra”, según afirmó el defensor de la energía sostenible Amory Lovins en el Congreso de los Estados Unidos.


El defendía “estrategias energéticas no invasivas” que combinarían una cultura de eficiencia energética y una transición a las renovables: casas diseñadas y construidas para necesitar el mínimo de calefacción; paneles solares y molinos de viento; atención a los flujos de energía en los sistemas.


Hace más de 40 años, Lovins describía estos como “los caminos que no han sido tomados” por los gobiernos que defendían los intereses corporativos de turno más que el uso sabio de tecnologías energéticas. A pesar de haber descubierto mientras tanto el calentamiento global, estos caminos a menudo siguen siendo ignorados. Esto ocurre con el potencial de ahorro de energía de las tecnologías más recientes, especialmente de los ordenadores conectados en red e Internet.


Estos productos de la “tercera revolución industrial” han hecho posible superar las antiguas redes centralizadas fuertemente dependientes de combustibles fósiles por sistemas descentralizados, integrados, dependientes de múltiples productores de energía. Las mejoras en tecnologías renovables (bombas solares, turbinas eólicas, bombas de calor, etc.) han ayudado.


Pero en las tres décadas que han transcurrido desde que fue descubierto el efecto del calentamiento global, la tecnología de “redes eléctricas inteligentes” apenas ha sido aplicada. En primer lugar, esas redes están gestionadas por compañías cuyo modelo de negocio es vender toda la electricidad posible. Los sistemas de generación distribuida -donde la red extrae electricidad de varias fuentes renovables y las reparte de forma eficiente- les asustan. Las empresas de electricidad descentralizadas comunitarias se ven forzadas a competir en los mismos términos con las corporaciones ya establecidas.


Un breve informe de ingenieros del Imperial College (Londres) afirmaba el año pasado que para sacar la electricidad y los sistemas de calefacción del Reino Unido fuera de los combustibles fósiles se necesitaba un “enfoque integral” coordinado por “una sola organización”. La implicación (que los investigadores no explicaron detalladamente) es que las agencias estatales tienen que coordinar la transición. ¿Qué otra “única organización” podría hacerlo? Y tal estrategia ha sido combatida ferozmente por las “seis grandes” compañías de energía de Reino Unido y sus amigos en el gobierno conservador. Este es un buen ejemplo de cómo el dominio corporativo y el dogma de la “competencia” están bloqueando las tecnologías necesarias para enfrentar el calentamiento global.


¿Y AHORA QUÉ?


No hay respuestas fáciles a la crisis histórica producida por tres décadas de inacción gubernamental en las negociaciones internacionales sobre el clima. Sugeriré tres pasos.
El primer paso es rechazar el discurso producido por estas negociaciones, que los gobiernos tienen la situación bajo control. No la tienen.


El proceso de las negociaciones ha producido y reproducido su propio discurso, desconectado del mundo, en donde 16 de los 17 años más calurosos registrados fueron en los últimos veinte años -y en donde los estudiantes, desde Australia hasta Suecia y Bélgica, hacen huelga por este motivo. Es bienvenido el hecho, en mi opinión, de que los estudiantes no solo estén instando a los gobiernos a declarar una “emergencia climática” -lo cual parece lo mínimo que podrían hacer- sino que también están buscando modos de tomar el asunto en sus manos, exigiendo aprender sobre ciencia del clima.


Los movimientos sociales, las organizaciones de trabajadores y las comunidades preocupadas por el cambio climático podrían adoptar enfoques similares: no solo exigiendo acciones del gobierno sino también adquiriendo el conocimiento para guiar la acción colectiva por nosotros mismos; no solo exigiendo “new deals verdes” legislativos sino bloqueando los proyectos corporativos de consumo intensivo de combustibles fósiles y desarrollando nuestras propias tecnologías post-combustibles fósiles. Ya existe una rica historia de estos dos tipos de acciones -desde las protestas contra el fracking o contra el oleoducto de Dakota Access a los proyectos de energía comunitaria y las iniciativas de “transición justa” en los lugares de trabajo- desde la que partir.


Un segundo paso es rechazar las soluciones técnicas falsas que oscurecen la realidad: que para abandonar los combustibles fósiles necesitamos un cambio económico y social; necesitamos vivir de forma diferente.


El enfoque actual en los coches eléctricos autónomos es un gran ejemplo de esto. La tecnología de los coches eléctricos probablemente no reducirá gran parte de las emisiones de carbono, y podría no reducirlas en absoluto, a menos que la electricidad sea generada completamente por renovables. Y mientras países como Alemania y España han dado el paso importante de aumentar la proporción de energía generada por renovables de un quinto a un cuarto, la parte realmente difícil -crear sistemas casi o completamente renovables- todavía queda por hacer.


Una posibilidad más atractiva es que las ciudades se conviertan en lugares donde la gente viva con sistemas de transporte mejores, más saludables y no dependientes de los coches. Tecnologías como los tranvías y las zonas peatonales y las infraestructuras para el uso de las bicicletas pueden ayudar. La función social principal de los coches eléctricos, por el contrario, es preservar los beneficios de los fabricantes de coches. ¿Por qué ayudarles?


Tales cambios en el transporte urbano -sustituir un sistema tecnológico por otro- significan romper la resistencia de los centros de poder y riqueza (productores de combustibles fósiles, productores de coches, constructores de carreteras, etc.) que se benefician de ellos.


Lo mismo ocurre con otros sistemas tecnológicas. Rehacer la relación entre el campo y la ciudad, desplazar la infraestructura de construcción urbana del actual modelo de consumo de energía intensivo -que acabaría con la construcción de consumo intensivo de energía de casas que desperdician calor- significa romper la resistencia de los agentes inmobiliarios, de las compañías de construcción y de sus amigos en todos los niveles del gobierno. Ir hacia redes eléctricas descentralizadas, completamente integradas, significa romper la resistencia de las compañías eléctricas actuales.


Tales cambios, que combinan un cambio tecnológico, social y económico, son el tercer paso hacia el cambio. Estos cambios, por su parte, apuntan hacia transformaciones más profundas de los sistemas social y económico que respaldan los sistemas tecnológicos. Podemos imaginar formas de organización social que sustituyen el control corporativo y estatal de la economía, avanzar un control colectivo y comunitario y, lo que es crucial, en el cual el trabajo asalariado -un punto central del capitalismo centrado en el beneficio- es superado por tipos de actividad humana más valiosos.


Una transformación social semejante -una ruptura con un sistema económico basado en el beneficio y una ruptura paralela con la política basada en la falsa premisa de que el “crecimiento económico” equivale al bienestar humano- ofrecería la base más sólida para el tipo de cambios en los sistemas tecnológicos que se necesita para completar el abandono de los combustibles fósiles.


El hecho de que los movimientos obreros y sociales hayan aspirado a tales transformaciones durante dos siglos o más y que no los hayan conseguido todavía sugiere que no hay una forma sencilla de hacer esto. Y no intento ofrecer fórmulas triviales para el éxito. Pero entender que el cambio tecnológico es interdependiente del cambio social y económico, y que deberíamos resistir la tentación de pensar en ello de forma separada, es crucial.

Por Simon Pirani*
Traducción: Cristopher Morales

publicado
2019-03-30 07:00:00

*Simon Pirani es autor de Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption, y profesor visitante en el Instituto de Oxford para Estudios Energéticos.
El artículo original fue publicado en Roar Magazine.

 

Artículo relacionado

Irrespirable. La crisis es del modelo urbano

Publicado enMedio Ambiente
Irrespirable. La crisis es del modelo urbano

De amarilla a naranja, entre alerta y alerta por crisis ambiental, a este punto ha llegado Bogotá, así como Medellín; otras ciudades capitales también se enrutan hacia este resultado. Las cifras de enfermos y muertos por esta realidad llaman la atención sobre paradigmas quebrados: el supuesto desarrollo –que no es tal– el modelo de ciudad, y el sistema de transporte, que colapsaron.

Las cifras son escandalosas: 17.549 muertos al año en Colombia por contaminación del aire, exposición a combustibles pesados y la mala calidad del agua, según datos del Instituto Nacional de Salud (INS).

Esta irrespirable realidad viene al caso por las anunciadas emergencias ambientales declaradas, en Bogotá, con alerta amarilla el pasado mes de febrero para una parte de la capital del país, y retomada de nuevo el 7 de marzo pero con un agravante: alerta amarilla para toda la ciudad y alerta naranja en el polígono delimitado del suroccidente de la urbe; en Medellín –primeros días de marzo– las restricciones vehiculares ampliadas son la respuesta ante evidencias de que las condiciones del aire son cada día más críticas; igual en Bucaramanga y su área metropolitana.

Es una realidad ante la cual los gobernantes y especialistas en el tema siempre recurren a lo mismo: ampliar el pico y placa, y otras medidas similares que la evidencia demuestra no van al fondo del asunto, solo distraen o sirven para que los funcionarios de turno, con cara de doctos, brinden declaraciones de prensa. La jornada del día sin carro celebrada en Bogotá el pasado 7 de febrero así permite reafirmarlo, pues una semana después, el día 15, la urbe –en especial las localidades de Kennedy, Bosa y Tunjuelito–, quedó sumida en emergencia ambiental. Tras unos pocos días y con la ampliación del pico y placa la medida fue levantada, pero tras otros días más la crisis vuelve a un pico crítico.

Unas medidas pedagógicas, que como la del día sin carro –que en realidad es un pico y placa ampliado– no logran efecto positivo alguno, a pesar de extenderse por todo el país en su aplicación, en meses y días diferentes de acuerdo a la ciudad que la adopta. Así lo desnuda la demanda de vehículos particulares en Bogotá, la cual no para de crecer y crecer (ver cuadro).


No es para menos. La ciudad moderna fue diseñada, en la distribución de espacio y la construcción de avenidas y calles, para la veloz circulación de mercancías –donde la fuerza de trabajo es la fundamental–, que es lo que explica la pervivencia y ampliación del culto al automotor. No es que no se pueda colocar límite al vehículo, esto es posible, pero lo imposible es detener –al menos para el capital– la circulación cada vez más rápida de mercancías, pues ello le colocaría un dique a la incesante y creciente multiplicación del capital mismo.

El capitalismo no se detiene, podríamos decir, y así procede sin importarle las consecuencias que ello tenga sobre la salud y vida misma de millones de personas. No de otra manera puede entenderse el ocultamiento por años de los efectos que sobre la salud tiene la emisión de gases por parte de los vehículos, los cuales continúan en venta ascendente, ni que las multinacionales, como Volkswagen, Mercedes Benz, Porsche, Audi y otras, adulteren los medidores de gases de que están dotadas las máquinas por ellos fabricadas, para ocultar así la real contaminación del aire que producen las mismas al prender y rodar.

Una acción, consciente y malintencionada que responde de manera perversa a los siete millones de víctimas que cada año produce el aire contaminado en todo el mundo, según datos del 2018 de la Organización Mundial de la Salud (OMS)*. Informe en el cual también asegura que 9 de cada 10 personas del total de quienes habitan nuestro planeta respiran aire contaminado. Para la OMS, en partículas tóxicas como los sulfatos, nitratos y el hollín, recae la responsabilidad por la muerte de una cuarta parte de personas que sufren enfermedades cardiacas y derrame cerebrales, al igual que un 43 por ciento de las enfermedades pulmonares obstructoras crónicas, al tiempo que de un 29 por ciento de la variedad de cáncer con epicentro pulmonar. Acción consciente y malintencionada que dibuja al capitalismo en su real catadura: la muerte sobre la vida, la ganancia sobre la naturaleza.

Para la jefe de citado informe, María Meira, en gran parte de las megaciudades donde hoy se amontona la población mundial la contaminación alcanza a estar hasta cinco veces por encima de lo recomendado por la organización de la salud de las Naciones Unidas.

Es una realidad que permite concluir, sin duda alguna, que medidas como el pico y placa, así como el día sin carro, son simples distractores para la real crisis en que están envueltas las ciudades todas, lo que nos invita a ahondar en la realidad que nos ahoga, para identificar el trasfondo o causas de esta crisis, y así poder proponer medidas que vayan a la raíz del asunto.

 

El imposible que ya llegó

 

La imagen no me abandona: unos van en bicicleta y otros a pie, varios llevan el rostro protegido por máscaras que les permiten respirar mejor; son pobladores de ciudades europeas y asiáticas que atraviesan avenidas, junto a ellos, calles atestadas por cientos de carros cuyos exostos emiten gases que ahogan a los transeúntes; una toma posterior –aérea– de aquellos centros urbanos los muestra cubiertos por una espesa capa producto de la contaminación estacionada en la atmósfera.

Lo primero que pensé al ver tal registro televisivo, hace ya 40 años, era que aquello era un barbaridad, ¿cómo podía vivir la gente así? ¿cómo podrían haber llegado aquellas gentes a tan degradante realidad?

La respuesta que encontraba para ello es que esa era la realidad de megaciudades cada vez más “prósperas”. Ciudades de 5, 8, 10 y hasta 15 o 20 millones de personas, la inmensa mayoría de las cuales padecen un hacinamiento insoportable. A eso había llegado la ciudad, uno de las principales creaciones de la humanidad en toda su historia.

Para ese entonces las nuestras eran buenos vivideros, ciudades de 1 o 2 millones de personas, con excepción de Bogotá que sumaba un poco más. Cuarenta años después, todo es distinto, ahora nosotros también salimos con temor a la calle, nos protegemos de los gases que expiden los automotores, y sufrimos sin descanso el irrespirable aire que nos dejan. Nuestras urbes han dejado de ser un buen vividero, las soportamos, pero deseamos no estar en ellas, al menos de manera permanente.

Como los del resto del mundo, nuestros centros urbanos han sido diseñados y dispuestos para la “eficiencia” del motor a gasolina o alguno de sus derivados; el afán permanente, el ir y venir de miles de carros y motos es la nota dominante; el aire apesta y ataca la salud de nuestros cuerpos, el ruido daña nuestros oídos, los ojos arden y lagrimean, la piel se reseca y envejece de manera prematura, y el cuerpo todo sufre afectación, no solo con enfermedades que atacan nuestros pulmones y vías respiratorias en su totalidad (enfermedades respiratorias agudas), propiciando cáncer, sino también potenciando otras como diabetes, alzheimer, entre las identificadas con tal origen.

El aire apesta, y nosotros sin saberlo respiramos partículas en suspensión –invisibles– que fluyen en el ambiente, como la PM2.5, SO2 (dióxido de azufre), además de NO2 (dióxido de nitrógeno), Pb (plomo), O3 (ozono troposférico) y CO (monóxido de carbono), es decir, veneno puro pero que actúa de manera lenta, razón por la cual muchas veces no nos preocupamos, solo con el paso del tiempo y consumidos por alguna de las enfermedades propiciadas por estos gases, venimos a comprender que padecemos las consecuencias de un modelo urbano trazado de acuerdo a las necesidades y lógicas del capital, y de sus propietarios, cabeza de multinacionales, unas más poderosas que otras. Al final de la vida comprendemos que padecemos los efectos “desarrollo”, máxima del capitalismo y sus multinacionales, bonanza para unos pocos y cruz de millones por todo el mundo.

Multinacionales éstas, que con su control extendido sobre diferentes esferas de la sociedad global manipulan y engañan sobre el real sentido del trabajo, el descanso, la comodidad, el goce, el placer, el consumo, la justicia, el medio ambiente, el sentido y uso de los vehículos, lo público, lo privado, el bienestar, en fin, sobre la razón y sentido de la vida misma.

 

Irracional

 

Atender las enfermedades derivadas de esta realidad de contaminación ambiental le significó al sistema de salud colombiano 20,7 billones de pesos, según datos del ministerio del ramo para el 2017. “Dentro de estos costos, la contaminación del sire urbano aportó el 75 por ciento, con $ 15,4 billones de pesos (1,93% del PIB de 2015) asociado a 10.527 muertes y 67,8 millones de síntomas y enfermedades”, informó el Simón Gaviria, director de Planeación nacional de entonces.

Un gasto inmenso e irracional, toda vez que el origen del problema está identificada, lo que permite interrogar, ¿una vez conocido el origen del problema no es mejor prevenir que curar? Esto es, estamos como sociedad –no solo la colombiana sino el conjunto global– ante el reto de replantearnos el mismo modelo urbano hoy imperante y dentro de éste la función y características del sistema de transporte dominante.

Como es sabido y sufrido, nuestras ciudades crecieron al ritmo de la violencia padecida en el campo –por acción de terratenientes, las direcciones de los partidos tradicionales y sus aliados–, y los millones de campesinos de allí expulsados producto de la misma. Año tras año, en ocasiones a chorros, tales campesinos dieron forma a centenares de barrios, corriendo con el costo de levantar sus casas, trazar vías y resolver los servicios públicos.

Crecimiento potenciado por intereses económicos específicos, como lo planteó Lauchlin Currie en los años 60, producto de lo cual tomó forma un sistema de financiación de vivienda como el recordado Upac, que potenciaron el sector bancario colombiano al apropiarse del ahorro de cientos de miles de familias, a la par de otras medidas que sustentaron modelos de urbanización por varias décadas. Un modelo y una realidad producto de la cual pasamos de gozar ciudades a padecerlas, en una explosión en su crecimiento que las extendió, en el caso de las capitales de departamento, sobre los municipios vecinos, incorporándolos a su territorio, y conformando extensas zonas metropolitanas.

Un crecimiento sin sentido humano que llevó a que los trabajadores de distinto oficio quedaran obligados a cruzar cada día –ida y regreso– las ciudades de habitación en procura de su sitio de trabajo. Un desgaste de energía en el cual se consume la vida misma, tanto en horas de transporte día, mes, año, como en la inhalación de gases carburantes expedidos por buses en mal estado. Un desgaste de energía que para el caso de Bogotá le implica a cada una de las personas que lo padece, al sumar las horas diarias gastadas en ello, el equivalente a 11 días del año encerrado en un bus.

Tratando de salir de tal padecimiento, miles, millones, terminaron endeudados para adquirir un carro privado que les ahorrara horas de transporte y les hiciera menos penoso el trabajo diario. Beneficios inmediatos y particulares que ocultan los perjuicios colectivos, la crisis ambiental y los problemas a ella asociados como parte de un modelo de ciudad que terminó ampliando vías, levantando puentes, haciendo intersecciones, profundizando túneles, etcétera, en beneficio del carro particular y en perjuicio de los peatones y el necesario acceso pleno al espacio público. Sin cuestionar la precariedad de lo público ni el negocio privado oculto en ello, miles, millones, con sus compras y decisión por lo particular potenciaron el mismo modelo que precariza sus vidas.

Es una irracionalidad que coloca a sociedades como la colombiana, ante el inaplazable reto de repensar y rediseñar sus centros urbanos, aprovechando para ello el cúmulo de ciudades intermedias con que cuenta y que aún permiten un crecimiento planeado y bien proyectado, ciudades máximo de un millón de pobladores, donde cada uno de quienes allí hagan su vida tengan su vivienda cerca de su sitio de trabajo y estudio, con acceso también razonable, por su distancia, a sitios de recreación y esparcimiento, así como salud y otros que complementan el amoblamiento urbano. Ciudades, cada una de estas, donde el transporte sea público y lo más amable posible con el medio ambiente, al tiempo que los desplazamientos urbanos casa-trabajo o casa-estudio puedan hacerse a pie. Centros urbanos que cuestionen el reinado del petróleo y sus derivados y asuman el uso preferente de otras fuentes de energía. Centro de habitación donde el concepto del tiempo entre en cuestión, así como el de acumulación-ganancia, relantizando la vida toda, para poder vivir y gozar, quebrando al trabajo como centro orientador de la vida.

Al así pensar decenas de nuevos, o potenciados centros urbanos, la crisis ambiental deberá encontrar un punto de resolución radical, para lo cual el carro particular debe dejar de impactar el medio ambiente, abriendo condiciones para que la vida sea más amable, recuperando la esencia de la convivencia y de lo público, todo ello como soporte de una sociedad profundamente humana, reconciliada con la naturaleza, donde alimentación y salud, trabajo y estudio, descanso y recreación, ambiente y gasto de energía, serán abordadas dentro de un solo proyecto: vivir en felicidad.

 

 

* Otros informes, como el publicado el 11 de marzo en el European Heart Journal eleva a 9 millones los decesos por esta causa, 800000 de ellos en Europa.
 

 

 

 

Publicado enColombia
“Hay que prepararse ya para las consecuencias del cambio climático”

La exministra ecuatoriana preside en Buenos Aires la reunión de cooperación Sur-Sur

Para María Fernanda Espinosa, la diplomática ecuatoriana que preside la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, hay que acelerar las medidas defensivas contra el cambio climático. “El objetivo es construir resistencia y capacidad de adaptación, prepararse ya para las consecuencias del cambio”, especialmente en los países más pequeños y menos desarrollados, los que más sufrirán en las próximas décadas. El clima, la desigualdad económica y las migraciones han sido, junto al asunto urgente de la mujer, los grandes temas de la reunión Sur-Sur que los 193 países de la ONU han mantenido el jueves y el viernes en Buenos Aires.


“Un tema muy importante es la reforma de los mecanismos internos en la Asamblea General de la ONU y cómo tomar decisiones en una época en que los consensos son cada vez más raros; eso, sin embargo, difícilmente saldrá en un titular”, dice Espinosa durante una entrevista desarrollada en su hotel bonaerense. “La Asamblea adopta decisiones, pero luego cada país debe aplicarlas y ahí tenemos un déficit”, reconoce.


Aunque se trabaja mucho en la reforma interna, las urgencias planetarias concentran la atención. El cambio climático, para empezar: quién paga la factura, cómo se reparten responsabilidades y cómo se afrenta algo que ya resulta inevitable. Serán los temas de la gran conferencia de Nueva York, en septiembre. La presidenta de la Asamblea General cree que hay razones para el optimismo. Estados Unidos se ha retirado de los Acuerdos de París y su presidente, Donald Trump, incluso niega que exista el calentamiento, “pero cientos de ciudades estadounidenses y varios estados están aplicando los Acuerdos de París, China ha decidido cambiar su matriz energética y emprender la reconversión tecnológica, igual que India, y en general estamos en el camino correcto. Lo que ocurre”, subraya, “es que hay que acelerar”.


No se trata solamente de evitar que la temperatura planetaria suba más de dos grados respecto a la era preindustrial, algo que, según un informe de la ONU en noviembre, ya está a punto de ocurrir, sino de prepararse para las consecuencias del calentamiento. “Soy latinoamericana, sé que los países pequeños y con menos recursos serán los más afectados, y lo que debemos hacer ahora es redireccionar esfuerzos para construir resiliencia ante los fenómenos naturales”, dice Espinosa.


Una de las consecuencias del cambio climático será el agravamiento de las migraciones. Hoy, 250 millones de personas están en movimiento, el 80% de ellas dentro de África. La cuestión migratoria afecta muy especialmente a los países del sur, principales emisores y principales receptores, y tiene su raíz, como siempre a lo largo de la historia, en la desigualdad, que genera pobreza y violencia. “Hay demasiada gente marginada de los frutos de la globalización; si no conseguimos reducir las desigualdades y no cumplimos el objetivo de crear 600 millones de nuevos puestos de trabajo antes de 2030, los problemas serán gravísimos”, afirma.


La antigua ministra ecuatoriana se enciende al hablar de la mujer. “Solo 20 de los 193 países están dirigidos por mujeres; solo el 25% de los parlamentarios son mujeres; las mujeres cobran, a igual trabajo, una media del 20% menos; y los números de la violencia contra la mujer hieren: una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia”, explica, antes de recordar que 20 millones de niñas están anualmente en riesgo de sufrir la mutilación genital.


Espinosa proclama la necesidad de respetar todas las religiones, pero precisa que incluso las religiones tienen como límite la dignidad humana. En referencia no explícita a algunos países musulmanes, recuerda que “quienes han firmado la Carta de las Naciones Unidas están obligados a cumplirla”. Y asegura que si la mujer no se integra con igualdad de derechos en la política y el trabajo, ninguno de los objetivos económicos de la ONU podrá cumplirse. El programa Spotlight, patrocinado por la ONU y la Unión Europea y dirigido a combatir la violencia contra niñas y mujeres, ha sido una de las novedades en la reunión de Buenos Aires.


Durante la reunión, Venezuela denunció que las presiones internacionales contra el régimen de Nicolás Maduro habían supuesto ya una pérdida económica de 24.000 millones de dólares. Hay quien presiona a los dirigentes de la ONU para que dejen de reconocer a Maduro como presidente, pero eso solo podría hacerse con una improbable decisión mayoritaria de la Asamblea General. ¿Puede hacer algo la organización? “Es un problema muy difícil”, admite Espinosa, “y la solución no pasa ni por la intervención militar ni por la violencia. Hacen falta diálogo y concertación. Podemos ayudar, pero la clave está en los propios venezolanos”.

Por Enric González
Buenos Aires 22 MAR 2019 - 15:42 COT

Publicado enMedio Ambiente
Viernes, 22 Marzo 2019 08:45

Agua que no has de beber…

Agua que no has de beber…

Al igual que el aire, el agua es un recurso fundamental para la vida, el que hasta hace algunos años muchos consideraban infinito. La evidencia actual es lo contrario. ¿Ante cuál realidad se enfrenta la humanidad en este particular?, y, ¿cuáles son los retos que nos plantea la misma?

 

La vida necesita del agua. En el subsuelo y superficie de nuestro planeta, no todo son minerales, también poseen otros componentes, el agua como el más importante de todos ellos. Y no es poca, aunque no toda es potable: alrededor del 72 por ciento de la superficie terrestre está compuesto por este líquido vital para nuestra vida. Líquido que está en los océanos, mucho más allá de lo que alcanzan a percibir nuestros ojos pues alcanza profundidades de hasta 4 km. Esta agua, salada, representa el 96,5 por ciento de la totalidad acuífera existente; otro 2 por ciento está en los glaciares, 0.6 por ciento es agua de ríos y lagos, agua subterránea 0.6 por ciento. El 1 por ciento de agua del planeta es dulce en condiciones inmediatas para su consumo, pero está distribuida con desigualdad geográfica ya que hay sitios áridos por falta del vital líquido.

El agua que podemos consumir, más allá de lo que cotidianamente nos dicen los medios de información, la consume y derrocha en mayor porcentaje la industria, así como la agricultura; otro porcentaje se pierde en el aseo de automotores y maquinarias, así como calles y ventanales de edificios; es tal este gasto que solo el 10 por ciento del agua potable está destinada para uso doméstico.

Como sabemos, el agua sufre procesos contaminantes, por uso y por abuso, lo que la infesta con agentes patógenos, afectándola también en su color, olor, sabor, turbidez; fuentes de agua dulce (como ríos, arroyos, lagunas) que consideramos limpios pueden estar cargados de sustancias peligrosas allí disueltas por distintas vías; es por todo ello que nos vemos obligados a someterla a tratamiento de purificación. Para garantizar su consumo debemos eliminar: bacterias, contaminantes e impurezas.
Purificación para el consumo

Existen estudios y aplicaciones para obtener agua apta para la vida humana. Para cumplir con su purificación lo aplicado frecuentemente es ozono o cloro –por su poder oxidante–: el cloro es añadido en la primera etapa de purificación del agua de ríos, cascadas, vertientes naturales; puede dejar un sabor fuerte, como el que caracteriza el agua en las piscinas. El cloro –Cl2– colocado en el agua forma el ácido hipocloroso (HClO) que oxida y elimina las bacterias. Es un método muy difundido, de largo tiempo de retención y acción. Desinfecta pero no purifica, se utiliza en cantidades de 0.2 a 0.5 ppm (partes por millón); evita enfermedades como difteria, tifoidea, cólera.

El ozono O3, oxida por sí mismo las bacterias. Es más efectivo y no tiene sabor alguno. Es más caro que el cloro y tiene tiempo de retención corto. Asegura que el agua permanezca libre de contaminación microbiológica por un tiempo más largo.

 

Frente a la escasez del líquido vital

 

El agua es un recurso finito. Su alta presencia en los diferentes procesos industriales incrementan su escasez. En la actualidad se están buscando métodos de destilación de grandes volúmenes de agua, considerando para ello la del mar por la cantidad que representa. Las investigaciones avanzan y actualmente contamos con procesos y diseños con diferentes rendimientos, algunos ya en aplicación, otros en estudio y experimentación como la filtración por óxido de grafeno, que procede del carbono del grafito.

Ya se hace destilación de agua salada, Israel posee una de las más grandes plantas para este tipo de procesamiento. El método es más o menos así: se calienta el agua del mar en una serie de recipientes entubados interiormente y entre sí, sumergidos en contenedores con vacío parcial. A presión atmosférica reducida, el agua hierve instantáneamente, su vapor es condensado en contacto con conexiones enfriadas por agua marina. El calor desprendido por el agua condensada sirve para precalentar más agua salada.

Este proceso también puede adelantarse por Ósmosis, que es el movimiento de las moléculas hasta equilibrar concentraciones diferentes de dos soluciones, a través de una membrana semipermeable. Las soluciones ejercen presión en la membrana (presión osmótica) provocada por el paso del solvente puro o con menos sal, hacia la solución concentrada (mayor cantidad de sal). Es la ósmosis directa.

Pero la ósmosis inversa se aplica al agua salada, se somete esta agua a alta presión, se procura detener la sal y provocar el paso sólo del agua sin sal para desalinizarle y permitir el uso doméstico, de la siguiente manera: a la solución de agua marina recolectada le aplican una alta presión junto a la membrana semipermeable de etanoato de celulosa (papel celofán), forzando al agua salada a atravesar la membrana dejando la sal en ella. Al realizar este proceso debemos asegurarnos que la membrana sea efectiva tanto por su semipermeabilidad, como por su resistencia a las altas presiones aplicadas, de manera que permita así un flujo constante de agua dulce. Comercialmente se utiliza una membrana de un metro cúbico a una presión de más de 70 atmósferas, el paso del agua desalinizada, frecas, puede alcanzar un volumen aproximado de 250.000 litros diarios.

Otro proceso posible de seguir es el conocido como intercambio iónico, que es la eliminación de sales insolubles del agua (se depositan en el interior de las tuberías). El proceso químico de interrelación iónica, procurando aislar la sal mediante cambios de su composición original, sirve para separar la sal marina modificando su composición química, por sustitución de iones positivos (cationes) por hidronio H+, e iones negativos (aniones) por hidroxilo OH-.


Al realizar este proceso, hacemos pasar el agua de mar por columnas con estructuras naturales de silicatos o resinas sintéticas de intercambio iónico. Los iones hidrógeno H+ (hidronio) se cambian con iones de sodio Na+, mientras que los iones OH- (hidroxilo) se cambian con iones de cloro Cl-(cloruro) en el agua marina.

Las columnas de separación iónica pueden renovarse con ácido sulfúrico, para el intercambio de resinas catiónicas y sodio; los hidróxidos son para el intercambio de resinas de aniones. Se genera así un agua de buena calidad, pero esta aplicación es relativamente costosa.

 

El oxígeno, componente básico

 

Aire y agua son fundamentales para la mayoría de los organismos, incluida la especie humana. El oxígeno está presente en estos dos elementos, primordiales para la vida. La mayoría de animales y plantas acuáticas necesitan oxígeno para su respiración aeróbica, son valores pequeños, la máxima solubilidad de oxígeno en el agua es apenas 9 ppm (0.009 gramos por litro).

Los peces tienen el mayor requerimiento: 3ppm para sobrevivir y las bacterias el mínimo, inferior a 3ppm. Para mantener el balance en la diversidad acuática el contenido de oxígeno en el agua no puede ser inferior a 6 ppm.

La necesidad bioquímica del oxígeno disuelto se abastece por la descomposición acuática de materia orgánica en un tiempo aproximado de cinco días como máximo. El agua tiene una alta demanda biológica de oxígeno, que se mantiene por la retroalimentación atmosférica de este gas. Si no existiera este proceso, terminaría rápidamente la supervivencia acuática.

En los ríos esto lo facilita la movilidad del agua, que recibe oxígeno por ser agua corriente. Los lagos tienen una oxigenación mucho más lenta o ninguna. El agua pura tiene una demanda bioquímica de oxígeno de menos de 1 ppm, si este valor de demanda bioquímica de oxígeno se incrementa sobre 5 ppm, es agua contaminada.

La acumulación de residuos orgánicos en el agua causa la proliferación de ciertas especies, proceso conocido como eutrofización del agua, que es un fenómeno producido por el uso excesivo de fertilizantes artificiales y detergentes acumulados en lagos, que actúan como nutrientes y aumentan el crecimiento de plantas y algas que al vivir tal proceso reproductivo evita el ingreso de oxígeno del aire en el agua: es un proceso que también está presente en aguas marinas de movilidad lenta.

Este tipo de procesos también pueden tener otras consecuencias. Por ejemplo, cuando plantas y algas mueren, se descomponen aeróbicamente produciendo óxido carbónico y agua. Si el crecimiento excesivo de ellas y el oxígeno presente no están equilibrados, ocurre la descomposición anaeróbica, formando residuos de gases tóxicos como H2 S (gas sulfhídrico), NH3 (amoníaco), CH4 (metano), que no solo tienen un olor desagradable, sino que envenenan el agua. Mientras más especies mueren hay mayor descomposición anaeróbica y el lago no tiene vida acuática.


El océano también produce oxígeno a través de algas marinas y plancton, que pueden morir con la contaminación de su hábitat por los residuos de basura, plástico, redes de pesca, chatarra, etcétera, arrojados al mar por los seres humanos. Para cuidar el agua marina debe protegerse especialmente a los arrecifes de coral, pues producen el 80 por ciento del oxígeno indispensable para la vida marina, el calentamiento global provocaría la muerte del 35 por ciento de las corales.

El calentamiento global ocasionado por las actividades humanas ha generado un aumento aproximado de 0,6 °C en la temperatura media del planeta. Muchas industrias descargan agua caliente, sobretodo en ríos, provocando la contaminación termal. La contaminación por la variación de la temperatura del agua afecta también al oxígeno, ya que su solubilidad depende de ella, si aumenta la temperatura, baja la solubilidad del oxígeno; así como la demanda de los organismos acuáticos que terminan muriendo.

 

Reciclar y cuidar el agua

 

En muchas ciudades sus basuras van a dar a los ríos y mares, basura inorgánica que va acumulándose y basura orgánica que puede ser degradada por microorganismos, los que necesitan tiempo para este proceso; se produce así la contaminación del agua en general y de las concurridas playas en particular. Hay personas que colocan la basura en recipientes cerrados pero que en el agua se abren o rompen, dejando materia flotante, suspendida, coloidal y un rango de microorganismos.

Los residuos contaminantes y perjudiciales deben ser removidos con tratamientos concretos: para retirar residuos sólidos conviene pasar el agua por filtros mecánicos diseñados para detener objetos relativamente grandes como palos, papel, condones y bolsas. Continúa el proceso con filtros de menor gradación para detener objetos más pequeños con filtros de arena o grava de diferente espesor y tamaño, permitiendo entonces el depósito o sedimentación que queda en un recipiente apropiado, así se asienta el agua con tierra y lodo. Entonces, viene el tratamiento químico de floculación, en el que se ponen compuestos de hidróxido de calcio Ca (OH)2 y sulfato de aluminio Al2(SO4)3 que precipitan aglutinados de tierra o lodo, factibles de ser retirados mecánicamente.

Para completar la purificación del agua y disponerla para el consumo humano: se incorpora el purificador de Carbón Activado granular que por adsorción química (sustancias orgánicas especialmente volátiles, se adhieren a la superficie del gránulo de carbón) y así se eliminan restos de pesticidas, plaguicidas, compuestos orgánicos volátiles, también retira el sabor a cloro. La aplicación de rayos ultravioletas –UV–, después del cloro, proporciona un esterilizante efectivo para microorganismos en el agua.

El agua se utiliza en varios procesos productivos. Aunque no sea indispensable que toda el agua dulce del planeta sea para calmar la sed, cocinar alimentos o el aseo de los seres humanos, se debe proyectar posibles formas de una utilización responsable de este recurso natural, por ejemplo, en procesos industriales un adecuado manejo del agua permitiría que la utilizada para enfriar plantas industriales, por ejemplo, podría reciclarse procurando recogerla en reservorios y utilizarla luego para regar zonas agrícolas, solucionando dificultades ambientales.

 

El agua responsabilidad de todos/as

 

Tenemos los humanos con el agua, un problema de vida o muerte, problema que, como es conocido, puede traducirse en conflictos internos en cada uno de los países que integran la comunidad global. Para aportar, así sea un poco al cuidado del agua, cada uno de nosotras/os podría incorporar hábitos simples, como: procurar utilizar el mínimo de agua tanto en el inodoro como en la limpieza personal, abriendo la llave de agua de manera intermitente para su menor gasto posible. Regar las plantas de maceteros con agua ya utilizada en la cocina, por ejemplo (la que lava sin jabón), utilizar tuberías de mejor calidad y menor capacidad de distribución. Procurar hacer el lavado de los autos con el mínimo de agua tratada para el consumo humano. No debemos olvidar que el proceso de descontaminación, desinfección y purificación del agua necesita instalaciones y adecuaciones precisas, lo que resulta costoso y, por tanto, inviable para ser utilizada en limpieza de calles, automotores y otros.

Y como reto colectivo en cada uno de nuestros países, hay que lograr la efectiva regulación de las empresas privadas en el uso industrial del precioso líquido; merecen especial énfasis las empresas industriales del campo, las cuales consumen agua subterránea, muchas veces a su libre albedrío, así como las empresas que embotellan agua, o procesan gaseosas, cervezas, jugos y similares, todas ellas grandes consumidoras y derrochadoras de un recurso natural que es finito, además de colectivo, aunque en ocasiones apropiado –por ahora– por empresas privadas.

 


 

 

Recuadro

Multinacionales, grandes responsables de la producción de plásticos

 

En 2018, cerca de 10.000 voluntarios y 1.300 organizaciones realizaron la recolección de residuos en más de 42 países para identificar la procedencia de 187.851 piezas de plástico, encontrados en más de 238 cuerpos de agua de los seis continentes. El movimiento global “Break Free From Plastic 1” (Librarse de los plásticos), impulsor de esta iniciativa presentó en su informe* los resultados de los altos grados de contaminación del agua. Sobre la situación de los océanos en el mundo se comprueba que las multinacionales Coca-Cola Company, Pepsico y Nestlé son las empresas que fabrican la mayor parte de los productos plásticos que terminan en los mares. La producción global de plástico ha superado los 330 millones de toneladas métricas por año, en menos de dos décadas habrán más formas plásticas que seres vivos en los océanos lo que pone en peligro la existencia de la vida misma.

 

* https://www.breakfreefromplastic.org/

 
 

 

Publicado enMedio Ambiente
Página 1 de 27