Hoy, como en el pasado, la humanidad se enfrenta a una nueva pandemia de microrganismos, la cual, sin embargo, no es sino una fracción de otra que podríamos llamar suprema o estelar. La gran pandemia” es sin duda la que nosotros mismos, como especie biológica, hemos provocado en los últimos tiempos. La especie humana no solamente desafió las leyes de los ecosistemas, sino que se extendió por buena parte del planeta y en el último siglo incrementó su población a tasas cada vez más altas y en periodos cada vez más cortos.

De los algo más de mil millones de seres humanos que existían en 1900 se pasó a los 6 mil millones en esta década. ¿Qué planeta puede soportar esta insólita expansión? Desde el punto de vista ecológico, mantener esta gigantesca población significa librar permanentemente durísimas batallas contra los organismos que buscan aprovechar esta situación anómala y, especialmente contra la gama conocida de microrganismos: hongos, bacterias, virus, retrovirus, viroides y priones.

La “gran pandemia” no es, sin embargo, solamente demográfica, también atañe a lo que podemos llamar la “matriz civilizatoria industrial” e incluye desde la visión moderna del mundo hasta los diseños tecnológicos y los mecanismos de acumulación implícitos al desarrollo del capitalismo.

No se puede solamente recurrir a Malthus sin invocar a Marx. El mundo de hoy necesita detener tanto el crecimiento descomunal de la población humana como transformar radicalmente el modelo de civilización. Hoy el riesgo no proviene únicamente de “fuera”. La influenza estacional que cada año brota en los inviernos de los dos hemisferios quita la vida a entre 250 mil y 500 mil individuos, es verdad, pero el auto mata anualmente a un millón de personas y los accidentes automovilísticos dejan entre 25 y 30 millones de heridos al año. Si el sida mantiene infectada a una población estimada en 33 millones, de las cuales anualmente mueren 2 millones, los pesticidas, creados en los laboratorios químicos, afectan, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), a 2 millones de personas y matan anualmente a 200 mil.

Cada día se hace más difícil distinguir entre las muertes provocadas por “agentes naturales externos” y las muertes generadas en el “interior” de la sociedad industrial. Las influenzas, por ejemplo, son ya enfermedades generadas por virus que son creaciones naturales e industriales. Los virus de la gripe son el resultado de la combinación endiablada de formas que han ido de los humanos a las aves y a los cerdos, del movimiento entre estos últimos, y del retorno a los humanos en ciclos dominados por el azar (las mutaciones) que se repiten silenciosa y peligrosamente por todo el planeta.

Este fenómeno se ve promovido y acentuado por la existencia de los gigantescos confinamientos mediante los cuales la producción industrial genera los alimentos cárnicos (de aves, cerdos, bovinos, etcétera). Los “campos de concentración animal”, que son cada vez más la base de la maquinaria industrial productora de alimentos, que concentran miles y cientos de miles de animales para su sacrificio, son verdaderos focos para la incubación, mutación y recombinación de virus como el de la influenza.

Y las cifras son impresionantes. La especie humana mantiene alrededor de 2 mil millones de cerdos, 85 por ciento de los cuales están en China, Europa y Estados Unidos. Cada semana las bocas humanas consumen 23 millones de cerdos, buena parte de los cuales provienen de confinamientos masivos. Monopolios y monocultivos son dos formulaciones fuertemente emparentadas desde el surgimiento del capitalismo. Los cocteles para la gestación de nuevas formas virales están, pues, a la luz del día en las granjas industrializadas del mundo, no solamente las de cerdos, sino las de las aves (la influenza aviar) y las de los bovinos (recuérdese el mal de las vacas locas).
El riesgo de enfermedades no solamente está ligado con las cadenas alimenticias (y de ahí la necesidad de crear y extender sistemas agroecológicos de producción de alimentos sanos). Las diferentes ramas industriales generan sustancias tóxicas (solamente en Europa se han inventariado 40 mil) que se está demostrando son la causa, o parte de ella, de nuevos males, como ciertos tipos de cáncer, alergias y estado de depresión inmunológica. De ellos destacan los pesticidas, utilizados principalmente en los extensos y monótonos campos de cultivo agroindustrial.

Se define un pesticida como toda aquella sustancia que sirve para combatir los parásitos y las enfermedades de cultivos, ganado, animales domésticos, y del mismo ser humano. Los pesticidas surgieron a partir de la Segunda Guerra Mundial y son compuestos químicos (DDT, organoclorados, organofosforados y carbamatos) elaborados para exterminar plagas y enfermedades que afectan las grandes concentraciones humanas y las de sus plantas y animales domesticados. No obstante, los pesticidas no solamente afectan la salud humana, también generan impactos sobre los ciclos naturales y las especies. La extraña extinción de las abejas en extensas regiones de Estados Unidos y China al parecer ha sido provocada por estas sustancias.

El último diseño ligado a los extensos campos de cultivo agroindustriales son los organismos genéticamente modificados (alimentos transgénicos), que son creaciones derivadas de la biotecnología y de la genómica. Aunque no está aún demostrado que causen daño a quienes los consumen, su peligrosidad potencial radica en un nuevo tipo de contaminación: la genética, cuyos efectos son mucho más dificiles de detectar y controlar. En esta ocasión el ser humano, no Dios, juega con los dados de la vida misma al introducir al mundo de la naturaleza organismos que pueden provocar cambios inesperados sobre las poblaciones de las especies domesticadas y silvestres. En México el caso del maíz transgénico es un caso clave y dramático.

Los seres humanos estamos atrapados dentro de una encrucijada, en una vorágine de riesgos, que es el resultado del tamaño descomunal de la población, a la cual intenta alimentarse mediante formas (agroindustriales) que facilitan, a su vez, la proliferación de patógenos, que contaminan y afectan la salud humana y que amenazan con provocar transformaciones nunca antes vistas en la estructura genética de los organismos (transgénicos). Todo ello es parte de esta “gran pandemia” a la cual siempre terminaremos llegando. ¿Cuál es la curación posible a las infinitas pandemias en que han muerto millones?

Por, Víctor M. Toledo

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En la cumbre de cambio climático, Al Gore dijo que cada aumento de un metro del nivel del mar traerá estas consecuencias.

“Ves ese río fluyendo suavemente...Notas las hojas murmurando con el viento. Escucha los pájaros, escucha las ramas arbóreas. A la distancia, sientes el pasto. Hay silencio, hay paz y, de repente, cambias de velocidad dentro de ti y es como respirar hondo y pensar: Ah, sí, se me había olvidado lo que era esto”... Luego de ello, se fusionan más imágenes que muestran sequía y contaminación.

Así, inicia el documental del ex vicepresidente estadounidense Al Gore, titulado “Una verdad incómoda” (2006), con el que busca hacer conciencia en la humanidad sobre las consecuencias del cambio climático y por el que obtuvo el Premio Nobel de la Paz, en octubre de 2007.

Aunque no ha dejado de  exponer su filme alrededor del mundo, Al Gore hizo un nuevo llamado, en  la Conferencia de Tromsoe (norte de Noruega), sobre los retos del cambio climático en la región, para actuar rápidamente y frenar el derretimiento de los hielos en el Ártico, a pocos meses de la Cumbre de Copenhague (Dinamarca) sobre el clima.

De acuerdo con sus investigaciones, el ex  vicepresidente calculó que cada aumento de un metro del nivel del mar provocará 100 millones de refugiados climáticos. De la misma manera, el derretimiento de las nieves del Himalaya, conocido como “el tercer polo”, desencadenará en un primer tiempo inundaciones y después sequía, para el 40% de la población mundial, que depende de esta fuente de agua dulce.

Gore advirtió que el hielo del Ártico y de Groenlandia desaparece a un ritmo aún más rápido que el previsto en los análisis más pesimistas de hace unos años. “Esta conferencia es una alarma para el mundo”.

El carbón y otras partículas son transportadas por el viento hasta el Ártico y depositadas sobre los hielos
En la cumbre se expuso que los bancos de hielo disminuyen casi en todas las regiones del mundo, incluso en el oeste del Antártico, zona que se pensaba que estaba relativamente a salvo del deshielo hace unos años. En el Ártico, la masa de hielo alcanzó un nivel mínimo en septiembre de 2007, con 4,13 millones de km2, y su grosor cada vez más reducido la vuelve más frágil y más susceptible de derretirse. “Las pruebas científicas para que se actúe siguen acumulándose semana tras semana”, precisó.

Para frenar el deshielo, los participantes en la conferencia de Tromsoe propusieron varias acciones rápidas, sobre todo la reducción de algunas sustancias contaminantes como el hollín. El carbón y otras partículas finas son transportadas por el viento hasta el Ártico, y depositadas sobre los hielos, aumentando así su absorción de energía solar y acelerando su deshielo.

Las medidas contra el calentamiento anunciadas hasta ahora solo permiten reducir las emisiones de CO2 de un tercio de lo necesario, afirmó el estadounidense Robert Correll, que presidió la Evaluación del impacto del cambio climático en el Ártico en 2004.

Mientras tanto, representantes de los EE.UU. y la Unión Europea (UE) se mostraron ayer más optimistas sobre la posibilidad de que se alcance un acuerdo global sobre el cambio climático en Copenhague, si bien advirtieron que las negociaciones no serán fáciles.

Los representantes de 18 grandes economías se reunieron durante dos días, en Washington, para preparar el encuentro de la ONU, en diciembre, en Copenhague, que busca alcanzar un pacto para reducir los gases de efecto invernadero.

El enviado especial de EE.UU. para el Cambio Climático, Todd Stern,  confesó ayer que está “un poco más optimista” sobre las perspectivas de un pacto que sustituya al Protocolo de Kioto, que expira en 2012. 

El foro, que reunió a los países responsables del 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero, más la ONU, la UE y Dinamarca, pretende servir de instrumento para forjar un consenso de cara a las negociaciones de diciembre
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Martes, 06 Enero 2009 07:44

Océanos. Un mar de problemas

No es mucho lo que se sabe del mar, dicen algunos; hay mejores mapas de la superficie de Marte. Pero se han perforado 2 mil agujeros en su fondo, se le han tomado cientos de miles de fotografías, hay satélites que monitorean los cinco océanos y flotadores equipados con instrumentos que suben y bajan como yoyos perpetuos Lo que conocemos es bastante, pero muy poco es tranquilizador.

Las preocupaciones comienzan en la superficie, donde una atmósfera cargada de dióxido de carbono interactúa con las aguas salobres. El mar se ha vuelto más ácido, lo que hace la vida sea más difícil, si no imposible, para organismos marinos con conchas de carbonato de calcio o esqueletos. Éstos no son tan comunes como los camarones o langostas; sin embargo, especies como el kril (copépodo), pequeño crustáceo parecido al camarón, juegan un papel crucial en la cadena alimenticia: si las eliminamos, acabamos con quienes las consumen, cuyos depredadores podrían ser los que uno disfruta fritos, asados o con salsa tártara. Lo que es peor, podríamos desestabilizar todo el ecosistema.

Está también lo que la acidificación hace a los arrecifes de coral, en particular si ya han sido afectados por sobrexplotación, sobrecalentamiento o contaminación. Muchos lo han sido y están gravemente dañados. Algunos científicos creen que los arrecifes de coral, hogar de una cuarta parte de todas las especies marinas, podrían desaparecer en unas cuantas décadas. Sería el fin de las selvas tropicales de los mares.

El dióxido de carbono afecta al mar de diversas maneras, en particular por el calentamiento global. Los océanos se expanden conforme se calientan. También aumentan por el derretimiento de glaciares, capas de hielo y casquetes polares: el hielo de Groenlandia está en vías de derretirse por completo, lo que tarde o temprano elevará el nivel de mar casi siete metros. Incluso, a finales de este siglo el nivel bien podría haberse elevado 80 centímetros, quizá mucho más. Para 630 millones de personas que viven a menos de 10 kilómetros del mar, esto es algo serio. Países como Bangladesh, de 150 millones de habitantes, se inundarán. Incluso personas que viven tierra adentro podrían resultar afectadas por el calentamiento: las sequías en el oeste de Estados Unidos parecen causadas por el cambio de temperaturas superficiales en el Pacífico tropical.

Y están además las mareas rojas de algas florecientes, plagas de medusas y zonas muertas donde sólo prosperan organismos simples. Todos aumentan en intensidad, frecuencia y nivel. Todos, también, están vinculados al parecer con variadas presiones que el hombre inflige a los ecosistemas marinos: sobrepesca, calentamiento global, fertilizantes que van a dar a ríos y estuarios; a menudo, concatenados unos con otros.

Ciertos cambios no pueden ser responsabilidad total del hombre. Pero uno que sin duda no tiene otra causa es la escasez de peces: la mayoría de las especies grandes han sido objeto de pesca intensiva, y el resto desaparecerá en unas décadas si el pillaje continúa como hasta ahora. Más de tres cuartas partes de todas las especies de peces de mar están por debajo de niveles sostenibles, o al borde de estarlo. Otro cambio es la aparición de una masa de desechos plásticos que se arremolina en dos coágulos sobre el Pacífico, cada una tan grande como Estados Unidos. Y hay un montón más de calamidades en el mar.

Las lágrimas de Neptuno

Cada uno de estos cambios es una catástrofe. En conjunto significan algo mucho peor. Para colmo, ocurren con alarmante rapidez: en décadas, es decir, en mucho menos tiempo que los eones necesarios para que peces y plantas se adapten. Muchos son irreversibles. Según el cuerpo de científicos más eminente de Gran Bretaña, la Real Sociedad Científica, tomará muchos miles de años para que la química del océano regrese a un estado similar al preindustrial de hace 200 años. Muchos incluso temen que algunos cambios estén por alcanzar el umbral después del cual sobrevendrán de manera incontrolable y rápida muchos cambios mayores. Nadie entiende por qué el bacalao no ha regresado a las costas canadienses, aun después de 16 años de no pescarlo. Nadie sabe a ciencia cierta por qué los glaciares y las placas de hielo se derriten tan rápido, o por qué un lago de seis kilómetros cuadrados formado del deshielo en Groenlandia puede evaporarse en 24 horas, como pasó en 2006. Tales acontecimientos inesperados ponen nerviosos a los científicos.

¿Qué se puede hacer? El mar, la última parte del mundo donde el hombre actúa aún como cazador-recolector –además de bañista, minero, basurero y contaminador general–, necesita administración, de la misma forma que la tierra. La economía la requiere tanto como el ambiente, pues el mundo dilapida dinero gracias a su pobre administración de los océanos. Según el Banco Mundial, la mala organización y la pesca excesiva dilapidan 50 mil millones de dólares al año.

La economía también ofrece algunas respuestas. Para empezar, los subsidios a la pesca deberían abolirse en una industria que se caracteriza por la sobrecapacidad e ineficiencia. Los gobiernos necesitan considerar maneras de promover el interés por la conservación en quienes explotan los recursos del mar. Una forma es el sistema de cuotas de pesca individuales transferibles que ha dado resultado en Islandia, Noruega Nueva Zelanda y el oeste de Estados Unidos. Derechos similares podrían otorgarse a quienes contaminan con nitrógeno, como se les han dado a los que en Europa contaminan con carbón y a los mineros del lecho marino en las placas continentales.

Las cuotas funcionan en aguas nacionales. Pero en alta mar, más allá de los límites del control nacional, se presentan problemas más grandes, y muchos temen que atunes, tiburones y otros grandes peces que nadan en mar abierto serán exterminados. Pese a que acuerdos internacionales de pesca que cubren el Atlántico Norte muestran que la administración puede funcionar incluso en aguas comunes, la comisión de atún del Atlántico demuestra también que puede fracasar. Y donde la pesca no puede ser administrada, sencillamente debe detenerse. Nada ha sido tan benéfico para las reservas de pescado del norte de Europa en los 150 años anteriores como la Segunda Guerra Mundial: al mantener las embarcaciones pesqueras en puerto, permitió que la industria se recuperara. Hoy, una solución preferible serían reservas marítimas, entre más grandes, mejor.

En un mundo cuya demanda de proteína crece día con día, la necesidad de conservar inventarios es evidente. Los remedios no son difíciles de comprender. Los políticos, sin embargo, son necios. Pocos de ellos, sobre todo en Europa, están preparados para un cabildeo potente, excepto en países pequeños donde la pesca tiene tanta importancia económica que la amenaza de una extinción masiva no puede pasarse por alto.

Ahora, a calmar las olas

Aunque remota, la extinción masiva que debería estar convocando inteligencias es la de la humanidad. No es prudente desestimarla cuando las emisiones de CO2, la otra gran maldición de los océanos, son tan preocupantes. A la larga, los mares son el gran vertedero de casi todo el carbono. Pueden contribuir a evitar cierto calentamiento global al almacenar CO2, generar energía por el poder de marea o por absorber carbono de la atmósfera más rápido que hoy. Sin embargo, seguirán cambiando mientras el hombre envíe tanto carbono a la atmósfera.

Hasta ahora, crecientes niveles del mar, corales en extinción y floraciones de algas en aumento son divertimentos menores para muchas personas. Huracanes como Katrina, unas cuantas inundaciones dramáticas en ciudades costeras del mundo rico, quizá la paralización de una parte de la gran banda transportadora de las corrientes oceánicas, especialmente si fuese la que calienta Europa Occidental: alguna de estas calamidades podría lograr la atención de los líderes del mundo. El problema es que para entonces podría ser demasiado tarde.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya
 

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El río Pamplonita es la cuenca estructurante de buena parte de Norte de Santander, al oriente del país y en la frontera con Venezuela. Su importancia histórica y socio-económica es evidente, e innegable el significado del río como factor de identidad cultural, al punto que el hermoso pasillo de Elías M. Soto, “Brisas del Pamplonita”, es realmente el himno de la región.


En la cuenca del Pamplonita se ubica Cúcuta, la capital del departamento, con más de medio millón de habitantes. La población total de esta sección del país asciende a 1.200.000 habitantes, y más de la mitad vive en la mencionada cuenca.

Río maltratado

La importancia del río y su cuenca no se compadecen, sin embargo, con el tratamiento que se les ha dado, sobre todo en los últimos años. Colombia contribuye con el 5 por ciento de la deforestación mundial1, y ésta ocurre particularmente en la zona andina, sin que la cuenca del Pamplonita sea la excepción. El río, según la tabla de contaminación de cuencas2 publicada en el “Diagnóstico del Cumplimiento del Derecho Humano al Agua en Colombia”, elaborado por la Defensoría del Pueblo en 2009, presenta un índice de calidad del agua calificado como “malo”3. Las causas de tan grave calificación son, según el mismo informe: vertimientos domésticos de grandes asentamientos humanos, arrastre significativo de sedimentos, actividad petrolera, actividad agrícola, empleo de fertilizantes.

La situación del Pamplonita no es excepcional en el país. De las 88 cuencas analizadas, 40 presentan la misma mala calificación. Entonces no es de extrañar, según el mismo estudio, el rezago que tenemos en cuanto a tratamiento de aguas residuales, es muy alarmante: “al 88 por ciento de los vertimientos urbanos no se le aplica tratamiento alguno, y el 85 por ciento de los vertimientos rurales tampoco cuenta con tratamiento de lodos”4.


En materia de servicio de alcantarillado en Norte de Santander, sólo el 46 por ciento de los municipios contaba con este servicio en 2005, siendo el promedio nacional de 41 por ciento. En síntesis, al río más importante del departamento, por los servicios ambientales que presta, se arrojan las aguas residuales de la mayor parte de su población y de allí mismo se toma el agua para la capital.

Otra vez, Cúcuta sin agua

La actual emergencia, determinada por la ola invernal pero realmente causada por el mal manejo de la cuenca y los ecosistemas que estructuran el territorio, tiene un antecedente reciente que también mostró la gran vulnerabilidad de la capital nortesantandereana.

El 2 de junio de 2007 fueron vertidos al río 20.000 barriles de petróleo a raíz de la ruptura del oleoducto Caño Limón-Coveñas, que cruza el Pamplonita a pocos kilómetros de la bocatoma de la Planta de El Pórtico, que a la sazón le suministraba a Cúcuta 1.600 litros de agua por segundo. Gracias al oportuno pero casual aviso de un agente de la policía, se alcanzaron a cerrar las compuertas de la bocatoma, evitando una tragedia de proporciones mayúsculas, pues el petróleo hubiera inutilizado irreparablemente dicha planta. En aquella ocasión, la séptima ciudad del país, estuvo 10 días sin agua potable. Las responsabilidades en el hecho y particularmente por la falta de funcionamiento de los dispositivos previstos y construidos para este tipo de emergencia nunca se establecieron realmente, a pesar de haberse anunciado demandas contra Ecopetrol.

Agua del Zulia no funcionó como opción

La única consecuencia que se derivó de esa emergencia fue la necesidad de disminuir la dependencia de Cúcuta respecto del río Pamplonita, y para ello se decidió traer agua del Zulia, al occidente de la ciudad, pero a menor altura, lo cual implica bombear agua, con la consiguiente necesidad de energía eléctrica para realizarlo, con mayores costos. Para tal efecto se habilitó la Planta de Carmen de Tonchalá, cercana a la termoeléctrica de Termotasajero. Igualmente se alcanzó a desplegar el Multipropósito del Cínera, megaproyecto que implica embalsar agua del curso alto del Zulia, creando un lago en el sitio de Hatoviejo, a 22 kilómetros de Cúcuta. Las consecuencias ambientales de este megaproyecto, que generaría electricidad y prestaría otros servicios, no se han estudiado cabalmente, como ocurre con otros similares en diferentes partes del país. La presente ola invernal ha puesto de presente los límites de este tipo de ‘soluciones’ al llegar las presas al borde de su capacidad de almacenamiento y amenazar con catastróficos desbordes.

Como corresponde a la mentalidad escapista y tecnicista, no fueron abordados con seriedad los problemas de fondo, como la deforestación de la cuenca y su restauración con especies nativas, el tratamiento de las aguas residuales de los municipios de la cuenca del Pamplonita y la prevención del riesgo que implica el paso del mayor oleoducto del país por el río que abastece a una de las 10 principales ciudades colombianas.

Cúcuta, de nuevo en jaque

La actual temporada invernal, efecto más de la variabilidad climática que del cambio climático, como lo han señalado varios expertos y cuyos efectos se derivan del modelo de desarrollo depredador que impera en el país, y no tanto de la intensidad de los aguaceros, puso nuevamente en jaque el suministro de agua para Cúcuta.

La turbidez de las aguas, producto de los sedimentos que arrastran el Pamplonita y el Zulia, resultado a la vez de la pérdida de cobertura vegetal en las cordilleras, obligaron al cierre de ambas plantas. A ello se sumó la interrupción del fluido eléctrico de Termotasajero a la Planta de tratamiento de agua de Carmen de Tonchalá, debido a los daños causados por el invierno en las líneas de conducción. ¡Todo un escenario de impotencia tecnológica! ¡Gran lección para quienes creen que podemos atentar impunemente contra la naturaleza porque disponemos del salvavidas de la técnica!

El resultado de todo ha sido la interrupción, alternada con el racionamiento drástico del suministro de agua para la capital fronteriza. Esta situación se prolonga ya por 20 días (para el 7 de mayo, al finalizar este artículo), y el futuro no es halagüeño ante los pronósticos de más lluvias que ha hecho el Ideam, los cuales han sido acertados en el curso de la oleada invernal que cumple ya casi un año.

El problema ha golpeado más fuertemente, como también es habitual, a los pobres. Uno de los sectores más afectados ha sido el populoso Juan Atalaya, que depende del agua de la Planta de Carmen de Tonchalá.

La privatización naufraga

Pero a todas estas, ¿quién le suministra el agua a la gente de Cúcuta? Desde 2006 y en desarrollo de la nefasta Ley 142 de 1994 sobre servicios públicos, el acueducto de la ciudad fue privatizado y entregado por 15 años a la empresa Aguas Capital-Cúcuta, de la cuestionada familia Nule.

Como en el resto del país y en virtud de la mencionada ley, todos los costos del suministro de agua se les han trasladado a los usuarios. La tarifa para el estrato 3 asciende a $1.112 pesos por metro cúbico. Si bien no alcanza los niveles de Bogotá, donde es de $2.300 el metro cúbico, se trata de una tarifa costosa, teniendo en cuenta que gran parte de la población de la capital nortesantandereana registra ingresos por debajo del salario mínimo.

Los cucuteños se quejan de que, a pesar de la falta de suministro del líquido, la empresa Aguas Kapital sigue pasando las cuentas de cobro como si se hubiera recibido el agua. El propio Defensor del Pueblo, Volmar Pérez, oriundo de la región, ha recomendado que no se cobre el cargo fijo a la ciudadanía, pues el servicio no se ha prestado5. Al tiempo, la Superintendencia de Servicios Públicos anuncia la apertura de una investigación contra Aguas Kapital por no contar con un plan de contingencia frente a la situación presentada.

Protesta ciudadana

La situación ha generado ya las primeras protestas ciudadanas. El jueves 5 de mayo, una multitud se reunió en el Parque Santander haciendo sonar pitos y golpeando cacerolas para denunciar el desabastecimiento y la corrupción. En los días anteriores hubo marchas y bloqueo de vías. Y ahora se fragua un movimiento social por el agua, y el frustrado Referendo por el Derecho Humano al Agua cobra cada vez mayor vigencia.

Sin embargo, las consecuencias de esta nueva emergencia se deben llevar más allá. Es urgente abordar en serio el problema de la ocupación del territorio, los sistemas productivos depredadores, la alarmante deforestación de la zona andina, y la ineficacia y la injusticia de la privatización de los servicios públicos. De lo contrario, y como ocurre en el resto del país, los nortesantandereanos continuarán sufriendo de sed con el agua al cuello.

  1. Según la FAO, la deforestación mundial asciende a siete millones de hectáreas al año y, según fuentes oficiales colombianas, de 366.000 hectáreas al año en el país, lo cual arroja un 5 por ciento de la deforestación en el planeta.
  2. Véase “Diagnóstico del Cumplimiento del Derecho Humano al Agua en Colombia”, Defensoría del Pueblo, abril de 2009, pp. 132-133.
  3. Este índice se elabora combinando indicadores como Demanda Química de Oxígeno (DQO), Conductividad, Oxígeno disuelto, PH y Sólidos Suspendidos.
  4. ibíd., p. 116.
  5. Ver www.radiosantafé.com 28-04-2011, “Defensoría del Pueblo propone no cobrar el agua en Cúcuta por fallas en el servicio”.
Publicado enEdición 169
Jueves, 21 Mayo 2009 12:01

El cagajón del diablo

La aparición de variedades de gripe y una espada como la de Damocles en forma de pandemia, saca a flote la galopante incoherencia entre los objetivos del aparato económico y los intereses vitales de la comunidad humana. Recordando a Clemenceau, es claro que los economistas no pueden legítimamente continuar monopolizando las decisiones relativas a la producción, y que otras instancias deben intervenir para que la sociedad no continúe, sin voz, en permanente peligro.

Cuando el meteorólogo Eduard Lorenz percibía que, en las predicciones del clima atmosférico, una pequeña variación en las condiciones iniciales conduce a resultados diametralmente distintos, y con ello inauguraba los estudios sobre los “sistemas caóticos”, no sólo daba pie a que su idea se sintetizara poéticamente en la famosa frase “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York” sino que también, a la vez, invitaba a darles un golpe certero a las creencias en un mundo altamente predecible y por ello fácilmente dominable.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que lo que debía convertirse en un fuerte llamado a la precaución, cuando se manejan variables delicadas, se banalizara en el campo de la economía y terminara apoyando estudios sobre temas como “el comportamiento de la bolsa de valores cuando los inversionistas actúan bajo estrés” y otras cosas por el estilo. Y eso es así porque, si esa clase de consideraciones se utilizara para mirar, por ejemplo, cómo en el capitalismo globalizado (cuyo carácter complejo y cada vez más caótico es difícil de negar) las decisiones que se toman sobre las formas de producir, distribuir y consumir se inscriben de forma creciente en ambientes inestables, las conclusiones a las que se llega nos invitan, de seguro, a no dejarle al azar (las ‘fuerzas’ del mercado) nuestro futuro en el planeta.
 
Las famosas hipotecas subprime, que han sido el detonante de la actual crisis financiera y del sector ‘real’ de la economía, son un buen ejemplo de cómo las decisiones en un solo país y en un solo sector pueden convertirse, por su efecto multiplicativo en cascada, en verdaderas bombas de tiempo para el mundo entero. En igual sentido podemos considerar la reciente amenaza de pandemia de influenza porcina, que, más allá de si fue provocada de forma consciente o no (en este caso los llamados “teóricos de la conspiración” están en condiciones de exhibir indicios muy fuertes sobre la intencionalidad del hecho), le muestra al mundo su vulnerabilidad frente a la cada vez más acelerada replicación ampliada de hechos transmisibles.

El 28 de abril de este año, Joseph Domenech, veterinario jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), aseguraba desde Roma que las autoridades sanitarias mundiales llevaban “cinco años esperando” un brote de gripe aviar y finalmente les había llegado una mezcla de gripe humana, porcina y aviar. En igual sentido, el columnista del diario La Jornada, de México, Alfredo Jalife, ironizando sobre la omnisciencia del Pentágono, el FMI y el Foro Económico Mundial de Davos, escribía el 29 de abril de 2009: “Hace 13 años se publicó un estudio Air Force 2025 en cuyo capítulo cinco se presenta un cronograma con una historia plausible, donde en 2009 (¡súper sic!) la influenza aniquilaría a 30 millones de personas”. Lo que, sin duda, afianza las muy serias sospechas sobre “la conspiración”; sin embargo, cabe preguntarse si existen otras razones por las que anticipar una pandemia puede ser hoy tan serio como predecir, por la existencia de las placas tectónicas, que tarde que temprano una ciudad como Los Ángeles se verá sacudida por un fuerte terremoto.

Pues bien, con motivo de los últimos sucesos, publicaciones de Organizaciones no Gubernamentales (ONG) como GRAIN han llamado la atención sobre las formas que asumen las explotaciones ganaderas de todo tipo, en las que cabe destacar los altísimos niveles de concentración espacial de las poblaciones animales. En “El Cuaderno de Saramago”, el blog del Premio Nobel que circula en la red, el escritor portugués señalaba el 29 de abril pasado que la población de cerdos de Estados Unidos ascendía en 1966 a 53 millones, que se distribuían en un millón de granjas, mientras que actualmente los 65 millones existentes se concentran en ‘apenas’ 65 mil instalaciones, con todos los riesgos de salud que del hacinamiento se derivan para los seres vivos. El asunto es tan delicado que la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (más conocida como EPA, sigla en inglés), y no la Secretaría de Agricultura, es la instancia responsable de vigilar las Unidades de Producción Pecuaria Intensiva, que son aquellas explotaciones que concentran más de mil bovinos para carne, 2.500 cerdos ó 750 vacas lecheras que se encuentren en condiciones de confinamiento.

Lagunas de heces y cerdos alados


El problema de la alta concentración animal ha roto el equilibrio del círculo ‘virtuoso’ que, desde tiempos inmemoriales, se había establecido entre la ganadería y la agricultura con el uso del estiércol de los animales como abono para las plantas, ya que la población animal centralizada produce más del potencialmente utilizable en las zonas aledañas. Esto ha terminado por generalizar la instalación de lagunas de desechos (conocidos como purín, en el caso de los cerdos, y definidos como la mezcla semisólida de estiércol, orina y pienso), que se convierten en seria amenaza para el ambiente y la salud humana, y terminan por provocar más de un desastre ecológico con su derrame, contaminando cuerpos de agua y provocando matanzas e infecciones en peces, lo cual acaba por trastornar la salud humana.

De igual manera, esa alta concentración y el confinamiento se convierte paulatinamente en una verdadera fábrica de virus y bacterias mutantes. El uso intensivo de drogas a que eso conduce, y el de hormonas como instrumento de crecimiento artificial, hacen que las heces de los animales criados en cautiverio se constituyan en una de las fuentes más importantes de Microcontaminantes Emergentes de Alta Persistencia, que acaban por concentrarse en los cuerpos humanos, por ser éstos, al fin de al cabo, el punto culminante de la cadena trófica en el actual estado de cosas.

No deja de ser paradójico en la reciente situación que las autoridades de la FAO llevaran cinco años esperando una pandemia de gripe aviar, basadas en el hecho de que las migraciones de ciertas aves a grandes distancias las hacían un vehículo ideal de transmisión generalizada, y terminaran recibiéndola pero mezclada y jalonada por la gripe de cerdos enjaulados. De ello se pueda esperar quizá, por lo menos, alguna lección para el futuro, como que a la ingeniería genética le quepa considerar la inconveniencia de pensar en ciertos exotismos en los que seguramente cabe el diseño de cerdos con alas.

La “primavera silenciosa” o el coche fúnebre tirado por venenos


En 1962, dos años antes de su muerte, la bióloga norteamericana Rachel Carson publicó La primavera silenciosa, libro que se constituiría en una de las bases del ecologismo moderno. En esta obra se denuncia cómo el uso indiscriminado del insecticida DDT, por su toxicidad y su capacidad para persistir en los organismos por medio de la acumulación en los tejidos grasos, era un peligro creciente a medida que se avanzaba en la cadena trófica. La obra describe cómo en Sheldon (Estados Unidos) la destrucción con DDT de una invasión masiva de escarabajos terminó afectando a los pájaros insectívoros, las lombrices de tierra y los charcos donde bebían las aves, lo cual se tradujo en una amenaza seria de extinción para estos animales. Así se mostraba por primera vez que el “control de plagas” con instrumentos químicos debía ser altamente vigilado y regulado.

Pese a los ataques que suscitó y aún suscita el libro de parte de los escépticos, que todavía pretenden cuestionar que el uso indiscriminado de sustancias químicas es peligroso, e insisten en su inocuidad, la ruta que abrió ha encontrado eco, hasta el punto de que la IV conferencia de las partes del Convenio de Estocolmo, realizada del 4 al 8 de mayo del presente año, agrega nueve sustancias al listado de Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), completando 21. Con la misma orientación, el 13 de enero el Parlamento Europeo aprobaba un conjunto de medidas que entrarán en vigencia con total plenitud hasta 2018, y que hacen más estricto el uso de plaguicidas. Pero, más allá, lo importante es que se comienza a reconocer que aplicar la lógica productivista a la agricultura y la ganadería es altamente riesgoso. Es un significativo avance el hecho de que se cuestione la lógica de la ganancia como único mecanismo decisivo en la determinación de las formas que asumen las explotaciones agrícolas y ganaderas. Estamos ante un tema que debe ser profundizado y socializado con todas las implicaciones que de esto se deduzcan.

Los nutrientes, otro problema


Según la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, realizada por Naciones Unidas, además del calentamiento global, otro gran problema es la carga excesiva de nutrientes que provienen de la agricultura y provocan inicialmente la eutrofización (aumento anormal de la biomasa que desequilibra el ecosistema) de las aguas dulces superficiales y subterráneas, y que termina por alterar el medio marino con la generación de las “mareas rojas” (floraciones algales), que se transforman luego en los llamados puntos muertos (áreas marinas sin vida). Desde 1960 se han duplicado los flujos de nitrógeno reactivo, los de fósforo se han triplicado, y del nitrógeno sintético, fabricado desde 1913, más de la mitad del total ha sido utilizado a partir de 1985, mostrándose un uso acelerado de químicos que no da muestras de detenerse. Rociar la materia viva, y de paso el suelo y el agua con venenos de todo tipo, ya comienza a pasarnos factura, razón de más para que los cuestionamientos acerca de la explotación intensiva de los sectores agrícola y pecuario se conviertan en un eje de reflexión sobre lo que debe ser una organización social más equilibrada.
La producción de drogas, venenos y organismos genéticamente modificados (a través de la biotecnología) convergen en una sola industria representada en multinacionales como Monsanto y Syngenta, industria que lo mismo gana si envenena o si ofrece la cura. De allí que al capital no parezca preocuparle la aparición de las pandemias y se esfuerce en hacernos creer que su advenimiento es ‘natural’ e inevitable. Cabe, por ello, a los grupos alternativos luchar por que se ponga en el campo de la discusión que el capitalismo globalizado e integrado se ha convertido en un sistema altamente inestable (complejo y caótico), y que persistir en la producción centralizada, concentrada e intensiva, tanto en la ganadería como en la agricultura, implica un peligro en el que la humanidad se juega su supervivencia.

Nunca antes los movimientos alternativos han tenido al alcance de la mano pruebas tan contundentes acerca de la precariedad de los principios rectores del capitalismo. Pues, aún aceptando que la especialización de las naciones y las regiones (división del trabajo guiada por las ventajas comparativas) pueda hacer más barata la producción, se hace fácilmente demostrable que ello aumenta considerablemente la inseguridad sobre los suministros en el largo plazo, así como la aplicación de economías de escala en la producción de biomasa es altamente riesgosa en cuanto a la generación y la difusión explosiva de enfermedades que pueden incluso amenazar la existencia humana. El desafío está servido en cuanto a la estructuración de un discurso coherente que nos ubique nuevamente como parte integral de la naturaleza, y no como su contraparte, y que además involucre la importancia de considerar que, como seres vivos, estamos ligados a las otras especies que conforman la cadena de la vida.

La suerte de nuestros congéneres de hoy y de mañana no se puede seguir considerando como independiente de lo que hacemos con nuestro entorno. Fausto comprobó que venderle el alma al diablo no es tan buen negocio, y la humanidad ya tiene pruebas de que girar tan solo alrededor del dinero y la ganancia procura una borrachera de corto plazo de la que ya va siendo hora de salir, para lo cual se hace necesario comenzar por parafrasear a George Clemenceau (a quien se atribuye la famosa frase de que “la guerra es demasiado seria para dejársela a los militares”), y decir que la economía es demasiado seria para dejársela a los economistas ortodoxos y los empresarios. La primera victoria se dará si demostramos lo elemental y desatinado de sus discursos.
Publicado enEdición 146