Jueves, 18 Abril 2019 07:05

Erotizar y liberar la sociedad.

Erotizar y liberar la sociedad.

Recordando a Marcuse 40 años después de su muerte.

 

A Rubén Jaramillo Vélez, introductor de la Escuela de Frankfurt en Colombia.

 

Hace 40 años, en 1979, falleció el pensador alemán Herbert Marcuse. No sólo fue uno de los filósofos más importantes de la llamada primera generación de la Escuela de Frankfurt, sino uno de los autores que inspiraron la Revolución de mayo del 68 en Francia. En esta nota recordamos su legado.

 

En una carta del 12 de mayo de 1948 Herbert Marcuse le escribía a Heidegger: “sería imposible explicar el hecho de que un hombre como tú, capaz de comprender la filosofía occidental como ningún otro, pudiera ver en el nazismo una renovación espiritual de la vida en su completud”. Este malestar de Marcuse con el autor de Ser y tiempo por su affaire con el nazismo, nos lleva 20 años atrás cuando Marcuse lo conoció en Friburgo, y cuando embrujado por Ser y tiempo- como muchos otros- veía de manera positiva la analítica de la existencia heideggeriana.


Ya en los años treinta, Marcuse pensó en realizar su habilitación docente con su investigación La ontología de Hegel y la fundamentación de una teoría de la historicidad, y si bien él mismo había desechado la posibilidad de ser profesor, luego salió a la luz que Heidegger “bloqueó la habilitación docente de Marcuse”, como lo trae a colación Rolf Wiggerhaus en su monumental La Escuela de Fráncfort. A decir verdad, Marcuse tras conocer y estudiar la primera edición de los Manuscritos económico-filosóficos de Marx, en 1932, ya había iniciado la separación teórica de Heidegger, pues consideraba que su lectura no profundizaba en las condiciones históricas concretas en las cuales existe el individuo. En pocas palabras, que a su analítica de la existencia le faltaba concreción.


Desde esa época Marcuse mantuvo un vivo interés por el pensamiento de Hegel, de Marx, al cual sumó su pasión crítica por Freud. Esto se verá en dos de las obras más importantes del pensador berlinés. En efecto, en 1941 apareció en inglés publicada la obra Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social. En ella se encuentra no sólo una de las mejores exposiciones del pensamiento de Hegel, sino algunos de los motivos que acompañarán su pensamiento posterior: la idea de la abolición del trabajo, que él analiza en Marx, y su crítica del totalitarismo social. Frente a esto último decía: “la forma de sociedad existente logra un orden universal sólo a través de la negación del individuo” y “el ataque al pensamiento crítico independiente forma parte del control totalitario”.
En Razón y revolución Marcuse sostiene: “el más alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas coincide con el más alto grado de opresión y de miseria”. Y es justamente la certeza de que el alto grado de productividad de la sociedad capitalista, junto a fenómenos como la automatización de la producción, pueden satisfacer las necesidades humanas y favorecer el tránsito hacia una sociedad sin represión, donde el ser humano pueda desarrollar todas sus potencialidades y realizar su libertad plena. Ésta idea es desarrollada en su magnífico libro Eros y civilización. Una investigación filosófica sobre Freud de 1953.


Este libro, considerado por el propio autor como una contribución a la filosofía del psicoanálisis parte de la tesis de Freud según la cual la civilización se basa necesariamente en la represión de los instintos. Esa represión constante es la que produce el malestar en la cultura. Sin embargo, la tesis que sostiene Marcuse, es que es posible ir más allá de Freud, y postular una civilización que permita la liberación del principio del placer- subyugado por el capitalismo industrial avanzado-, y elimine la represión excedente (lo que implica conservar un mínimo de represión necesaria, aspecto que, como he mostrado en mi texto Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse, es uno de los más problemáticos de su planteamiento). ¿Cómo se logra esto? Marcuse cree que el capitalismo que ha sometido la libido y la ha puesto al servicio del trabajo, de las actividades útiles y productivas, minando a la vez la libertad del hombre e impidiendo la felicidad humana, contiene en sí mismo las posibilidades de emancipación y liberación. La respuesta está en la automatización: “la automatización amenaza con hacer posible la inversión de la relación entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo, sobre la que descansa la civilización establecida, creando la posibilidad de que el tiempo de trabajo llegue a ser marginal y el tiempo libre llegue a ser tiempo completo”.


De tal manera que la alta productividad y la automatización permitiría la creación de una sociedad del tiempo libre donde el hombre puede tener todas las necesidades satisfechas, por consiguiente, la represión se torna innecesaria. De esta forma, se produciría una liberación del cuerpo reprimido, se posibilitaría la liberación de las energías sexuales, la erotización de todo el cuerpo más allá de la genitalidad, y la liberación de la sensualidad y de la naturaleza de la lógica del dominio instrumental.


Desde luego, esta transformación implica crear nuevos valores y formas de vida, a la vez que exige una conversión de la racionalidad tecnológica en una nueva racionalidad científica y de la gratificación. Se hace necesaria una “razón libidinal” que transforme el trabajo en juego y “organizar la producción y la distribución de tal manera que se emplee el menor tiempo posible para poner todas las necesidades al alcance de todos los miembros de la sociedad”.


Marcuse postuló estas cuestiones sólo en el campo teórico, pero estaba consciente de que eran posibles de acuerdo a las tendencias del capitalismo de su época. Hoy sabemos que muchas de sus ideas son realizables, al menos parcialmente: el actual capitalismo tiene un alto desarrollo técnico, una alta productividad y cada vez más sectores de la producción se automatizan sustituyendo al ser humano, de ahí que el desempleo parece una tendencia inevitable de la actual civilización. En estas condiciones, es posible reducir las horas de trabajo a la semana a unas 25 o 30 horas, reducciones que ya se han iniciado en los países del Norte de Europa. Desde luego, realizar las ideas de Marcuse requiere también una necesaria redistribución de la riqueza, la eliminación de la pobreza y la satisfacción de las necesidades básicas.


Es, realmente, en los años sesenta cuando Marcuse logra un gran reconocimiento. La publicación en 1964 de su libro El hombre unidimensional le dio fama mundial. En este libro, y teniendo en mente sobre todo la sociedad americana, describe lo que él llama la Sociedad Industrial Avanzada, como una sociedad de la administración total sobre la vida, con un alto nivel productivo, pero, ante todo, como un orden que logra minar y contener las posibilidades de liberación desatadas por el mismo sistema. En este sentido, la sociedad unidimensional elimina cualquier oposición política a la misma, integra al individuo, le crea falsas necesidades y organiza su libertad, de tal manera que éste llega a sentirse verdaderamente libre. Desde luego, es una libertad ilusoria, pues “la libre elección de amos, no suprime ni a los amos ni a los esclavos”. Esta sociedad también manipula el arte y pone la cultura al servicio de la sociedad represiva existente. Ya desde los años 30 Marcuse había hablado el “carácter afirmativo de la cultura”, con lo cual sentaba parte de las bases de la crítica de las “industrias culturales” que realizaron Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración. Son con estos dispositivos como la sociedad crea un hombre unidimensional, plenamente adaptado y con una aparente “conciencia feliz”.


Uno de los análisis más interesantes y vigentes que hace Marcuse en este libro es el del “lenguaje funcionalizado”. Allí sentenció: “Orwell predijo hace mucho que la posibilidad de que un partido político que trabaja para la defensa y el crecimiento del capitalismo fuera llamado ‘socialista’, un gobierno despótico ‘democrático’, y una elección dirigida ‘libre’, llegaría a ser una forma lingüística y política familiar”. En este lenguaje, la guerra se convierte en paz, el terrorismo internacional de los Estados en ayuda humanitaria, el desplazamiento en migración interna, una reforma tributaria en ley de financiamiento, etc. Es decir, el lenguaje empieza a formar parte de la manipulación política, se convierte en un general que das órdenes. Por eso, dijo Marcuse, los “mass-media” constituyen la “mediación entre sus amos y los servidores”.


El lenguaje se torna, entonces, en un arma de guerra contra las posibilidades de cambio y en un instrumento de control y manipulación mental. Igualmente, el uso de siglas oculta el contenido, la utilización reiterada de un adjetivo al lado de un sustantivo esconde los otros significados del sustantivo, por ejemplo, en la expresión seguridad democrática la gente olvida que toda seguridad implica algo de represión y vigilancia, y la hace ver como si fuera un acuerdo, un consenso, de todos. En fin, lo que enseña Marcuse- mucho antes que Ernesto Laclau- es que los conceptos, y los universales, como libertad, igualdad, etc., son campos de batallas, de lucha política.


Fue en El hombre unidimensional donde Marcuse mostró que el proletariado había sido integrado a la sociedad, razón por la cual ya no era una clase revolucionaria. Ahora la revolución requería de la participación de los proscritos, los extraños, los nuevos ‘bárbaros’ de la sociedad, es decir, de todos aquellos que no había sido cooptados por el sistema: los explotados, “y los perseguidos de otras razas, y de otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados […] su vida es la necesidad más inmediata y la más real para poner fin a instituciones y condiciones intolerables”. De esta manera, ambientalistas, jóvenes, intelectuales, estudiantes, hippies, mujeres, negros, desempleados, inmigrantes, pasaron a formar parte del sujeto revolucionario; ellos eran, en sí mismos, proyectiles contra la sociedad represiva. Hay que aclarar, sin embargo, contra lecturas reduccionistas, que Marcuse nunca prescindió de la clase obrera como sujeto para la revolución: él simplemente ensanchó la base social de la misma y ahora la revolución la deben hacer “todas las clases dependientes contra el capital”, o lo que él llamó “la Nueva Izquierda”. Así aparece en su texto Contrarrevolución y revuelta de 1972, donde sostiene: “mi deseo es que este libro sea ampliamente leído. Para mí significa una rectificación necesaria de mi obra”.


Por eso, el cuestionamiento que Marcuse hizo al uso de los instintos sexuales en la monogamia, para la procreación; el llamado a la erotización de la sociedad, su apuesta por una liberación de la naturaleza, el rescate de la fantasía, la imaginación, la sensualidad; así como la convicción de que los estudiantes eran la negación erótico-política de la sociedad capitalista, cristalizaron en la revolución de mayo del 68 donde Marcuse fue, junto a Sartre, Marx, Mao Zedong, un referente fundamental. Mayo del 68 convirtió a Marcuse en un “ídolo de estudiantes en rebelión”, según dice el citado Rolf Wiggerhaus.


Por mi parte, creo que de los autores de la primera Escuela de Frankfurt fue Marcuse el que mantuvo un mayor compromiso político hasta el final de su vida. No dio virajes hacia la teología como Horkheimer, ni se centró en la estética como Theodor Adorno. Fue fiel a sus intuiciones iniciales y mantuvo la convicción de que “la historia es el reino de la posibilidad en el reino de la necesidad”. Por eso, hoy cuarenta años después de su fenecimiento físico, vale la pena retomar parte de su obra y ponerla a hablar con la contemporaneidad.

Por: Damián Pachón Soto

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enCultura
Banksy: “Confortar a los perturbados y perturbar a los confortables”

Okey, última subasta, míster Banksy con la obra “Girl with balloon o Chica con globo”, 1,10, “quién da más”, 1,15… 1,18 millones de euros “se va, se va, se ha ido”. Tras cerrarse la compra sonó una alarma desde el cuadro y segundos después el lienzo, una reproducción de un mural pintado en 2002 por el artista del graffiti, empezó a deslizarse del marco pasando por una trituradora de papel que la destruye pero no totalmente. Luego, el silencio, la desorientación y el despliegue de numerosos celulares para tomar fotos desde todos los ángulos posibles. La difusión de imágenes y el consumo viral de contenidos inunda las redes con este performance, ¿contestario o cómplice?

 

El viernes 5 de octubre, durante la subasta en Sotheby’s (Londres) de la reproducción de un grafiti de Banksy, artista de la calle que con sus creaciones critica constantemente al sistema capitalista, lo que era un acto comercial trascendió como un suceso político en el cual la denuncia y el cuestionamiento a la cosificación y mercantilización dominante en nuestras sociedades, saltó al primer lugar.

 

Según sus historias de instagram, el artista ideó un sistema para la destrucción premeditada de su obra en caso de ser subastada. Ya había demostrado su frustración y desacuerdo frente a la iniciativa de una galería londinense de realizar una exposición titulada “El Banksy robado”, llevada a cabo el 28 abril de 2014 con siete de sus trabajos callejeros, extraídos de los lugares donde fueron creados, entre ellos: “La puerta de Berlín”, “Prohibido jugar a la pelota”, “Rata de Liverpool” y “Chica con globo”.

 

La oposición de su creador a esta exposición, según sus propios argumentos, responde a que “[…] la muestra es el paso previo a una subasta […]. Y agregó, “Este ‘show’ no tiene nada que ver conmigo y me parece repugnante que se permita que cualquiera pueda quitar arte de las paredes sin permiso”. Su oposición y denuncia permite preguntar, ¿Acaso en el capitalismo todo es susceptible de ser vendido o comprado?

 

Capitalismo y arte

 

El capitalismo es una sociedad hostil a las artes y las ciencias. El valor máximo que orienta los actos de quien vive en este sistema social es el dinero. Conseguirlo, cueste lo que cueste, es la única forma de ser exitoso. Trump, el actual presidente de los Estados Unidos, es la quintaesencia de la experiencia del éxito capitalista. No es gratuito que uno de los activos principales de su fortuna sea el mafioso negocio de los casinos.

 

El esfuerzo común de crear resulta demasiado penoso para quien no se orienta por el cálculo egoísta y el frío interés. Este imperativo social ha tenido un efecto singular en la historia de las prácticas artísticas. Uno de los momentos más significativo de ese efecto fue la propuesta desarrollada por el norteamericano Andy Warhol en la década del cincuenta y sesenta del siglo pasado.

 

La imaginación de Warhol le permitió pensar la idea de una fábrica productora de objetos artísticos. Pero rápidamente asimiló que el producto fabril, al entrar en el mercado de consumo, se transmutaba en mercancía y que al asumir esa condición había que colocarle un precio. Establecer los criterios para asignarle precio a esa mercancía tan singular era un asunto de autoridad. Warhol, al fin norteamericano, captó la lógica del problema y se convirtió en millonario especulando con los precios.

 

Esta se convirtió en paradigma y sobre esa premisa tomó forma el mercado de las obras de arte. Esa incongruencia se nutrió de la necesidad de expropiar a los artistas de su autoridad de creadores, por la vía de comprar sus obras. Acumular pinturas y esculturas se convirtió en otro modo de acumulación de capital, ahora en forma de prestigio y autoridad.

 

El mercado del arte


El escenario donde el ritual acumulativo comenzó a tomar forma fue la subasta. Otro norteamericano, Alfred Taubman, convirtió a Sotheby’s –la organizadora británica de subastas–, en una institución global luego de comprarla en 1983. Pues bien, Branksy ideó un magnífico perfomance para mostrar el sinsentido de esa práctica ritual.

 

Orientado por la máxima: “Confortar a los perturbados y perturbar a los confortables”, Bransky lleva dos décadas creando experiencias artísticas. En ese proceder, no se sabe cuándo imaginó que una de sus piezas fuera subastada en Sotheby’s. Lo cierto es que decidió que uno de sus grafitis: “Chica con globo” podía cumplir ese propósito. Llevó al lienzo el grafiti y le colocó un dispositivo que al activarse lo haría trizas.

 

La pintura entró a circular en el mercado, hasta que se produjo lo esperado: la obra se ofreció en subasta en octubre de este año, vendiéndose por la suma de un millón doscientos mil euros. En el momento en que el subastador dio por terminada la puja, se activó el dispositivo, seguramente a control remoto, y la obra quedó casi destruida. De esta manera, Bansky quiso burlarse de los galeristas y del consumismo vacío, pero tuvo el efecto rebote: al no destruirse en su totalidad su obra duplicó de inmediato su valor y cayó en la trampa del mercado. Sotheby’s anunció que el 13 y 14 de octubre la exhibiría de nuevo en las galerías New Bond Street, ahora con el nombre “El amor está en la basura”, y sus proyecciones económicas no fueron erradas: las enormes filas para entrar a la galería así lo atestiguan.

 

Todo lo sólido se desvanece en el aire

 

Cómo en la metáfora de Marx, la solida experiencia de la subasta original quedó disuelta en el aire ante el pasmo de los asistentes. La travesura que desnuda las pretensiones de los ricos de expropiar la autoridad estética del artista, para usarla como patrimonio propio, cumple claramente el propósito de confortar a los perturbados. En un primer momento parecía que los confortables estarían comprometidos en una batalla legal para definir quién perdía el dinero invertido: si el comprador o Sotheby’s; finalmente no fue así, la obra duplicó su valor.

 

A propósito de esto es necesario tomar en cuenta que hace cien años se desató una especie de tsunami creativo a propósito de la Revolución de Octubre. La expectativa de una sociedad donde las personas pudieran realizar a plenitud sus potencialidades humanas cristalizó en lo que se llamó las vanguardias en la pintura, la literatura, la escultura, el cine, la arquitectura, el diseño. El desenlace final de ese principio tan esperanzador dejó una herencia de aciertos y frustraciones.

 

Hoy se está dando un nuevo tsunami creativo y Bansky es uno de los protagonistas principales. Todo parece indicar que está culminando la época donde predominó la idea del fin de la historia y el imperio absoluto del capitalismo; luces con distintas intensidades y brillos se desprenden del cuerpo que con diversas lógicas y armas dominó e impuso su lógica a lo largo de los últimos siglos, luces bajo las cuales va tomando forma y se vislumbra el cuerpo –la época– de quien lo superará.

 

* https://www.instagram.com/banksy/?hl=es-la

 

Publicado enColombia
Banksy: “Confortar a los perturbados y perturbar a los confortables”

Okey, última subasta, míster Banksy con la obra “Girl with balloon o Chica con globo”, 1,10, “quién da más”, 1,15… 1,18 millones de euros “se va, se va, se ha ido”. Tras cerrarse la compra sonó una alarma desde el cuadro y segundos después el lienzo, una reproducción de un mural pintado en 2002 por el artista del graffiti, empezó a deslizarse del marco pasando por una trituradora de papel que la destruye pero no totalmente. Luego, el silencio, la desorientación y el despliegue de numerosos celulares para tomar fotos desde todos los ángulos posibles. La difusión de imágenes y el consumo viral de contenidos inunda las redes con este performance, ¿contestario o cómplice?

 

El viernes 5 de octubre, durante la subasta en Sotheby’s (Londres) de la reproducción de un grafiti de Banksy, artista de la calle que con sus creaciones critica constantemente al sistema capitalista, lo que era un acto comercial trascendió como un suceso político en el cual la denuncia y el cuestionamiento a la cosificación y mercantilización dominante en nuestras sociedades, saltó al primer lugar.

 

Según sus historias de instagram, el artista ideó un sistema para la destrucción premeditada de su obra en caso de ser subastada. Ya había demostrado su frustración y desacuerdo frente a la iniciativa de una galería londinense de realizar una exposición titulada “El Banksy robado”, llevada a cabo el 28 abril de 2014 con siete de sus trabajos callejeros, extraídos de los lugares donde fueron creados, entre ellos: “La puerta de Berlín”, “Prohibido jugar a la pelota”, “Rata de Liverpool” y “Chica con globo”.

 

La oposición de su creador a esta exposición, según sus propios argumentos, responde a que “[…] la muestra es el paso previo a una subasta […]. Y agregó, “Este ‘show’ no tiene nada que ver conmigo y me parece repugnante que se permita que cualquiera pueda quitar arte de las paredes sin permiso”. Su oposición y denuncia permite preguntar, ¿Acaso en el capitalismo todo es susceptible de ser vendido o comprado?

 

Capitalismo y arte

 

El capitalismo es una sociedad hostil a las artes y las ciencias. El valor máximo que orienta los actos de quien vive en este sistema social es el dinero. Conseguirlo, cueste lo que cueste, es la única forma de ser exitoso. Trump, el actual presidente de los Estados Unidos, es la quintaesencia de la experiencia del éxito capitalista. No es gratuito que uno de los activos principales de su fortuna sea el mafioso negocio de los casinos.

 

El esfuerzo común de crear resulta demasiado penoso para quien no se orienta por el cálculo egoísta y el frío interés. Este imperativo social ha tenido un efecto singular en la historia de las prácticas artísticas. Uno de los momentos más significativo de ese efecto fue la propuesta desarrollada por el norteamericano Andy Warhol en la década del cincuenta y sesenta del siglo pasado.

 

La imaginación de Warhol le permitió pensar la idea de una fábrica productora de objetos artísticos. Pero rápidamente asimiló que el producto fabril, al entrar en el mercado de consumo, se transmutaba en mercancía y que al asumir esa condición había que colocarle un precio. Establecer los criterios para asignarle precio a esa mercancía tan singular era un asunto de autoridad. Warhol, al fin norteamericano, captó la lógica del problema y se convirtió en millonario especulando con los precios.

 

Esta se convirtió en paradigma y sobre esa premisa tomó forma el mercado de las obras de arte. Esa incongruencia se nutrió de la necesidad de expropiar a los artistas de su autoridad de creadores, por la vía de comprar sus obras. Acumular pinturas y esculturas se convirtió en otro modo de acumulación de capital, ahora en forma de prestigio y autoridad.

 

El mercado del arte


El escenario donde el ritual acumulativo comenzó a tomar forma fue la subasta. Otro norteamericano, Alfred Taubman, convirtió a Sotheby’s –la organizadora británica de subastas–, en una institución global luego de comprarla en 1983. Pues bien, Branksy ideó un magnífico perfomance para mostrar el sinsentido de esa práctica ritual.

 

Orientado por la máxima: “Confortar a los perturbados y perturbar a los confortables”, Bransky lleva dos décadas creando experiencias artísticas. En ese proceder, no se sabe cuándo imaginó que una de sus piezas fuera subastada en Sotheby’s. Lo cierto es que decidió que uno de sus grafitis: “Chica con globo” podía cumplir ese propósito. Llevó al lienzo el grafiti y le colocó un dispositivo que al activarse lo haría trizas.

 

La pintura entró a circular en el mercado, hasta que se produjo lo esperado: la obra se ofreció en subasta en octubre de este año, vendiéndose por la suma de un millón doscientos mil euros. En el momento en que el subastador dio por terminada la puja, se activó el dispositivo, seguramente a control remoto, y la obra quedó casi destruida. De esta manera, Bansky quiso burlarse de los galeristas y del consumismo vacío, pero tuvo el efecto rebote: al no destruirse en su totalidad su obra duplicó de inmediato su valor y cayó en la trampa del mercado. Sotheby’s anunció que el 13 y 14 de octubre la exhibiría de nuevo en las galerías New Bond Street, ahora con el nombre “El amor está en la basura”, y sus proyecciones económicas no fueron erradas: las enormes filas para entrar a la galería así lo atestiguan.

 

Todo lo sólido se desvanece en el aire

 

Cómo en la metáfora de Marx, la solida experiencia de la subasta original quedó disuelta en el aire ante el pasmo de los asistentes. La travesura que desnuda las pretensiones de los ricos de expropiar la autoridad estética del artista, para usarla como patrimonio propio, cumple claramente el propósito de confortar a los perturbados. En un primer momento parecía que los confortables estarían comprometidos en una batalla legal para definir quién perdía el dinero invertido: si el comprador o Sotheby’s; finalmente no fue así, la obra duplicó su valor.

 

A propósito de esto es necesario tomar en cuenta que hace cien años se desató una especie de tsunami creativo a propósito de la Revolución de Octubre. La expectativa de una sociedad donde las personas pudieran realizar a plenitud sus potencialidades humanas cristalizó en lo que se llamó las vanguardias en la pintura, la literatura, la escultura, el cine, la arquitectura, el diseño. El desenlace final de ese principio tan esperanzador dejó una herencia de aciertos y frustraciones.

 

Hoy se está dando un nuevo tsunami creativo y Bansky es uno de los protagonistas principales. Todo parece indicar que está culminando la época donde predominó la idea del fin de la historia y el imperio absoluto del capitalismo; luces con distintas intensidades y brillos se desprenden del cuerpo que con diversas lógicas y armas dominó e impuso su lógica a lo largo de los últimos siglos, luces bajo las cuales va tomando forma y se vislumbra el cuerpo –la época– de quien lo superará.

 

* https://www.instagram.com/banksy/?hl=es-la

 

Publicado enEdición Nº251
Lunes, 01 Octubre 2018 06:05

Larebil

Larebil

La revista The Economist cumplió 175 años de publicarse y lo celebró con un extenso ensayo, en el que replantea su postura liberal, misma que, según señala, inspiró su fundación por el sombrerero escocés James Wilson en 1843. Su propósito declarado era triple: impulsar el libre comercio, los mercados libres y los límites del gobierno.

La noción original del liberalismo económico y político puede tomarse así en términos generales, pero es claro que el contenido de esas tres premisas se ha ido modificando con el tiempo por las necesidades propias del complejo y conflictivo desenvolvimiento del capitalismo.


Para ilustrarlo piénsese, por ejemplo, en la creación del llamado Estado de bienestar, es decir, las distintas acciones emprendidas por los gobiernos para contener la degradación de las condiciones de vida de la población e imponer así el control político, o bien en la activa intervención pública en la economía, asociado con el keynesianismo en la Gran Depresión de la década de 1930.


Por otro lado, considérense las agresivas medidas de privatización y desregulación alentadas por Ronald Reagan o Margaret Thatcher en los años 1980 y, más tarde, las severas políticas de ajuste fiscal y la expansión especulativa del sector financiero global que llevó a la crisis de 2008.


Los redactores de The Economist se congratulan de la capacidad del liberalismo para reinventarse en un entorno en el que la sociedad como terreno de conflicto puede, en un ambiente propicio, generar competencia en el mercado y entre las ideas; un entorno en el que ha de promoverse la desconfianza en el poder excesivamente concentrado y reconocer los derechos de los individuos.


Pero la existencia de la doctrina y la práctica liberales bien podría calificarse de proceso tumultuoso y lleno de contradicciones.


La democracia que se sustenta precisamente en los ideales de la libertad y la igualdad ha mostrado recurrentemente, y lo hace hoy mismo por todas partes, ser muy frágil. La historia del siglo XX es muy ilustrativa al respecto.


El propósito del ensayo del semanario inglés es plantear cómo puede reinventarse el liberalismo en el siglo XXI.


En términos generales considera que ahora la globalización económica, los enormes flujos migratorios y el orden liberal sostenido por el poder de Estados Unidos y que defienden las élites está cuestionado.


Los movimientos populistas, dice, se mofan de los políticos liberales, quienes obsesionados por un autoritarismo basado en la corrección política y sin contacto con lo que le ocurre al común de la gente ofrecen a sus seguidores la oportunidad de tomar el control.


La postura encarnada en el ensayo se expresa en la idea de que “el liberalismo necesita escapar de su identificación con las élites y el statu quo, y reavivar el espíritu reformador” que lo caracteriza. Es ahí, sin embargo, donde se ubican las propias contradicciones de las políticas liberales.


The Economist sostiene que en años recientes ha apoyado las políticas de estabilidad de precios y la responsabilidad fiscal, la apertura comercial y de las inversiones, y el cóctel de prescripciones de política amigables con el mercado del consenso de Washington. Todo esto lo considera un entorno fructífero ahí donde se ha aplicado.


Pero es precisamente la repercusión de esas medidas lo que está siendo repudiado por una parte significativa de la sociedad y que enmarca los antagonismos que hoy afloran.
Es esto lo que se asocia con la crisis financiera y también con el antagonismo político que pone en entredicho los postulados generales de la democracia liberal.
Da la impresión de que la postura de esta publicación, que destaca, es cierto, por su larga duración y amplia influencia que tiene en un segmento de la opinión pública, está fuera de contacto de la misma manera con las élites que están bajo cuestionamiento.


Las discrepancias entre los extremos del pensamiento liberal son claramente apreciables. The Economist representa la visión de que el capitalismo puede reinventarse con las políticas apropiadas y apaciguar así las crecientes tensiones sociales. Que puede iniciar otro periodo de acumulación con cierta estabilidad social. Esa posibilidad enfrenta muchas dificultades, como se aprecia fehacientemente en la Unión Europea, cuestionada por todos lados. Algo similar ocurre con el nacionalismo que propugna el gobierno en Estados Unidos.


Un punto de vista situado en el extremo opuesto se aprecia en la severa crítica del historiador Tony Judt en su libro titulado Algo va mal (Taurus, 2016).
En todo caso, los vaivenes del pensamiento liberal exigen, me parece, una actitud abiertamente crítica, como la que ahí se expone. La contraposición del debate indica que el credo liberal debe verse expuesto en su propio espejo: larebil.

Publicado enEconomía
Viernes, 28 Septiembre 2018 06:10

Tener necesidad de que la gente piense

Tener necesidad de que la gente piense

La catástrofe de la sociedad contemporánea es producir un tipo de relación con el mundo: la posición del espectador y la víctima. No se trata de ofrecerle nuevos contenidos, sino de salir de ella.

 

En La sociedad del espectáculo, un libro que desde su aparición en 1967 se ha convertido en clásico (es decir, un libro siempre contemporáneo), el pensador francés Guy Debord afirma que la verdadera catástrofe de la sociedad moderna no es un acontecimiento por venir, ni tan siquiera un proceso en marcha (cambio climático, etc.), sino un tipo de relación con el mundo: la posición de espectador, la subjetividad espectadora.


¿En qué sentido? El espectador no entra en contacto con el mundo, lo ve frente a sí. Desde un “mirador” (el espectáculo) que concentra la mirada: centraliza y virtualiza, separa de la diversidad de situaciones concretas que componen la vida. El espectador es incapaz de pensamiento y de acción: se limita al juicio exterior (bien/mal), a las generalidades y a la espera. Es una figura del aislamiento y la impotencia.


El espectador de Debord no ha quedado superado ni mucho menos por la “interacción” de las redes sociales: se ha convertido simplemente en el “opinador” de nuestros días, que siempre tiene algo qué decir sobre lo que pasa (en la pantalla), pero no tiene ninguna capacidad de cambiar nada.


El espectador es una categoría abstracta, no alguien en concreto. Es por ejemplo cualquiera que se relacione con el mundo opinando sobre los temas mediáticos, sin darse a sí mismo ningún medio adecuado para pensar o actuar al respecto. Cualquiera de nosotros puede colocarse en posición de espectador y también cualquiera puede salir. Esto es lo que nos interesa ahora. ¿Cómo salir?


El espectador embrujado


Acaba de aparecer en Argentina La brujería capitalista (Hekht libros), un libro de la filósofa Isabelle Stengers y el editor Philippe Pignarre que nos permite avanzar en estas cuestiones. Incluso por caminos diferentes a los de Guy Debord. ¿Qué quiero decir?


Para Debord, el espectador es un ser engañado y manipulado. Lo explica sobre todo muy claramente en sus Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, el libro que escribió en 1988. Stengers y Pignarre desplazan esta cuestión: no se trata de mentiras o ilusiones, sino de “embrujos”. Es decir: el problema es que nuestra capacidad de atención está capturada y nuestra potencia de pensamiento está bloqueada. Por tanto, la emancipación no pasa por tener o decir la Verdad, sino por generar “contra-embrujos”: transformaciones concretas de la atención, la percepción y la sensibilidad.


Veamos esto más despacio. El espectador queda atrapado una y otra vez en lo que los autores llaman “alternativas infernales”. Por ejemplo: o bien se levantan vallas altas y picudas, o se producirá una invasión migrante. O bien se bajan los salarios y se desmantelan los derechos sociales, o las empresas se marcharán a otro lugar con el trabajo. Aislado frente a su pantalla, el espectador es rehén de la alternativa entre dos males. ¿Cómo escapar?


No se trata de “crítica”. De hecho, el espectador puede ser muy crítico, asistir por ejemplo indignadísimo -como todos nosotros hoy- al espectáculo de la corrupción, gozar viendo rodar las cabezas de los poderosos, etc. Pero eso no cambia nada. Seguimos en la posición espectadora: víctimas de la situación, reducidos al juicio moral, a las generalidades (“son todos corruptos”, la “culpa es del sistema”) y a la espera de que alguien “solucione” el problema.


Salimos de la posición espectadora cuando nos volvemos capaces de pensar y actuar. Y nos volvemos capaces de pensar y actuar produciendo lo que los autores llaman un “agarre” o un “asidero”. Es decir, un espacio de pensamiento y acción a partir de un problema concreto. En ese momento ya no estamos frente a la pantalla, opinando y a la espera, sino implicados en una “situación de lucha”. Tanto hoy como ayer, son esas situaciones de lucha las que crean nuevos planteamientos, nuevos posibles y ponen a la sociedad en movimiento.


Sin pensamiento ni creación es imposible que haya ningún cambio social sustancial y el mal (la corrupción o cualquiera) reproducirá más tarde o más temprano sus efectos. En ese sentido, en tanto que bloquea el pensamiento y la creación, la sociedad del espectáculo es una sociedad detenida, un bucle infinito de los mismos problemas.
Situación de lucha


No se abre una situación de lucha porque se sabe, sino precisamente para saber. No se crea una situación de lucha porque hayamos tomado conciencia o abierto finalmente los ojos, sino para pensar y abrir los ojos en compañía. La lucha es un aprendizaje, una transformación de la atención, la percepción y la sensibilidad. El más intenso, el más potente.
Los autores ponen varios ejemplos: por ejemplo, la lucha de los medicamentos anti-sida. En 2001, 39 empresas farmacéuticas mundiales, sostenidas por sus asociaciones profesionales, abren proceso contra el gobierno sudafricano que garantizaba la disponibilidad a costo moderado de medicamentos para el sida. La alternativa infernal entonces decía: o hay patentes y precios altos, o es el fin de la investigación. El progreso tiene un costo y un coste.


Pero las asociaciones de pacientes de sida salen de su papel de víctimas y politizan la cuestión que les afecta: investigación, disponibilidad de los medicamentos, derechos de los enfermos, relación con los médicos. Piensan, crean, actúan. Suscitan nuevas conexiones con asociaciones humanitarias, otros afectados, empresas farmacéuticas sensibles, Estados favorables como Brasil, etc. Porque el mapa de una situación de lucha (los amigos y los enemigos) nunca está claro antes de que se abra, sino que esta lo redibuja. No hay “sujeto político” a priori, la situación de lucha lo crea.


La alternativa infernal pierde fuerza y los industriales acaban retirando su demanda. No porque los afectados les hayan opuesto buenos argumentos críticos, sino porque han creado nueva realidad: nuevas legitimidades, maneras de ver, sensibilidades, alianzas. En una situación de lucha, nos dicen los autores, los diagnósticos críticos son “pragmáticos”, es decir, inseparables de la cuestión de las estrategias y los medios adecuados. En definitiva, de las alternativas infernales se sale sólo “por el medio”: a través de situaciones concretas, por medio de prácticas, desde la vida.


Podemos pensar en el mismo sentido las luchas de los últimos años: desde la PAH hasta YO SÍ Sanidad Universal, pasando por los movimientos de pensionistas y de mujeres. Una situación de lucha es el “intelectual” más potente: no sólo describe la realidad, sino que la crea, suscitando nuevas conexiones, problematizando nuevos objetos, inventando nuevos enunciados. De hecho, los intelectuales-portavoces (nuevos y viejos) surgen muchas veces en ausencia de situaciones de lucha, para representar a los que no piensan.
Sin situaciones de lucha no hay pensamiento. Sin pensamiento no hay creación. Sin creación estamos atrapados en las alternativas infernales y espectaculares. La representación se separa de la experiencia social. Sólo quedan los juicios morales, las generalidades y la espera. El runrún cotidiano del espectáculo mediático y político, así como de nuestras redes sociales.


Que la gente piense


Hoy vemos crecer un poco por todas partes movimientos ultraconservadores. ¿Cómo combatirlos? La subjetividad a la que interpelan todos estos movimientos es la subjetividad espectadora y victimista: "el pueblo sufriente". La víctima critica, pero no emprende un proceso de cambio; considera a algún Otro culpable de todos sus males; delega sus potencias en “salvadores” a cambio de seguridad, orden, protección.


Escuchamos hoy en día a gente de izquierda decir: disputemos el victimismo a la derecha. Hagamos como Trump o Salvini, pero con otros contenidos, más “sociales”. Es una nueva alternativa infernal: hacer como la derecha para que la derecha no crezca. Un modo de reproducir la catástrofe que, como decíamos al principio, está inscrita en la propia relación espectadora y victimizada con el mundo.


En 1984, a una pregunta sobre qué es la izquierda, el filósofo francés Gilles Deleuze respondía: “la izquierda necesita que la gente piense”. A estas alturas me parece la única definición válida y la única salida posible. No disputarle a la derecha la gestión del resentimiento, del miedo y el deseo de orden, sino salir de la posición de víctimas. Que la gente piense y actúe, como se hizo durante el 15M, el único cortafuegos de la derechización que ha funcionado durante años en este país.


Dejar de repetir que “la gente” no sabe, que la gente no puede, que no tiene tiempo ni luces para pensar o actuar, que no pueden aprender o producir experiencias nuevas, que sólo pueden delegar y que la única discusión posible -entre los “listos”, claro, entre los que no son “la gente”- es sobre qué modos de representación son mejores que otros. Hay mucha derecha en la izquierda.


Que la gente piense: no convencer o seducir a la gente, considerada como “objeto” de nuestras pedagogías y nuestras estrategias. Abrir procesos y espacios donde plantear juntos nuestros propios problemas, tejer alianzas inesperadas, crear nuevos saberes. Aprender a ver el mundo por nosotros mismos, ser los protagonistas de nuestro propio proceso de aprendizaje.


Pensar es el único contra-embrujo posible. Implica ir más allá de lo que se sabe y empieza por asumir un “no saber”, arriesgarse a dudar o vacilar. Es el arte de liberar la atención de su captura y volcarla en la propia experiencia. Poner el cuerpo, precisamente lo que le falta a la posición de espectador, de tertuliano, de comentarista de la política, de polemista en redes sociales.


Seguramente necesitamos una nueva poética política. Por ejemplo, una palabra nueva para hablar de lucha, que asociamos muy rápidamente a la movilización, a la agitación activista, a un proceso separado de la vida, etc. Reinventar lo que es luchar. En realidad, una lucha es un regalo que nos damos: la oportunidad de cambiar, de transformarnos a la vez que transformamos la realidad, de mudar de piel. No hay tantas.


Una situación de lucha no es ningún camino de salvación. Así solo la ve el espectador, que se relaciona con todo desde fuera. Desde dentro, es una trama infinitamente frágil, muy difícil de sostener y avivar. Pero también es ese regalo. La ocasión de aprender, junto a otros, de qué está hecho el mundo que habitamos, de tensarlo y tensarnos, de probarlo y probarnos. Para no vivir y morir idiotas, es decir, como espectadores.

Amador Fernández-Savater
eldiario.es


Textos relacionados:


Volver a tierra: Guy Debord y la crítica de la sociedad del espectáculo
Una fuerza vulnerable: el malestar como energía de transformación social
Política de clase como política del encuentro


Fuente: http://www.eldiario.es/interferencias/izquierda-pensamiento_6_816878305.html

Publicado enCultura
Jueves, 27 Septiembre 2018 06:20

Evo no se calló ante Trump

Evo no se calló ante Trump

El presidente de Bolivia, Evo Morales (foto), abogó ayer por consolidar “un mundo multipolar con reglas comunes” en un discurso antiestadounidense en una sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre no proliferación de armas de destrucción masiva.

“Tenemos que dejar un mundo más justo y más seguro a las siguientes generaciones, y juntos consolidar un mundo multipolar con reglas comunes”, dijo en la mesa que compartió con sus colegas Donald Trump, de Estados Unidos; Emmanuel Macron, de Francia; Martín Vizcarra, de Perú, y la primera ministra Theresa May, del Reino Unido; entre 15 mandatarios que forman parte del Consejo de Seguridad.


“Tenemos que ser capaces y dejar en el pasado el primitivo uso de las armas entre los pueblos. Cada Estado se compromete a nunca y bajo ninguna circunstancia desarrollar, ensayar, producir, fabricar y poseer o almacenar armas nucleares u otros dispositivos nucleares”, agregó. Morales, sentado a dos metros de Donald Trump, aprovechó la ocasión para reiterar su discurso antiestadounidense y antiimperialista.


Además recordó el rol de Estados Unidos en la defensa del régimen de Reza Pahlevi en Irán hasta 1979, la invasión a Irak en 1990, el fin de Muamar el Gadafi en Libia en 2011 y la guerra civil en Siria que ya lleva siete años. “A Estados Unidos no le interesa la democracia, si así fuera no habrían financiado golpes de Estado y apoyado a dictadores. No amenazaría con intervenciones militares a gobiernos democráticamente electos como lo hace contra Venezuela”, dijo.


También sostuvo que a Estados Unidos no le interesa el multilateralismo y recordó que ese país se alejó del acuerdo climático de París y del pacto global sobre migraciones que auspicia Naciones Unidas. “En los últimos meses, Estados Unidos ha mostrado nuevamente su desprecio al derecho internacional, al multilateralismo”, dijo el gobernante sudamericano.

“A Estados Unidos no le interesan los derechos humanos ni la Justicia. Si así fuera firmarían los acuerdos internacionales de protección de los derechos humanos. No abandonarían el Consejo de Derechos Humanos y no separarían a niños migrantes de sus familias ni los pondrían en jaulas”, agregó.


El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tiene 15 países miembros. China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos tienen poder de veto por ser miembros permanentes. Los actuales miembros no permanentes son Polonia, Guinea Ecuatorial, Bolivia, Perú, Costa de Marfil, Holanda, Kuwait, Etiopía, Kazajistán y Suecia.
Ayer a la tarde, Morales pronunció su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, antes de regresar a Bolivia.

Publicado enInternacional
¡Politizar la universidad! El proyecto de la Red de Estudios Críticos Latinoamérica

Hace un año, un puñado de profesores y estudiantes nos reunimos para lanzar un proyecto académico nuevo. En principio, queríamos hacer una editorial alternativa que diera cabida a las voces que, normalmente, no tienen espacio en los portales más robustos de medios de comunicación o en los cerrados circuitos universitarios. En ese momento, no estaba claro qué queríamos o hacia dónde estábamos remando, pero era innegable que no nos faltaban las ganas de reinventar nuestro quehacer, mover las fronteras tan fijas que dictaminan qué es y cómo se hace la investigación en ciencias sociales. Queríamos, quizá en un arrebato de locura, reinventar la academia y, más osado aún, sacarla a la calle. Asumimos que el momento histórico que nos ha tocado en Colombia, que yo elevo sin sonrojarme a acontecimiento, exige una nueva universidad; una que sea más ligera para resituarse y más valiente para lanzarse en una tierra de nuevos desafíos. En este contexto es donde nace REC-Latinoamérica (Red de Estudios Críticos Latinoamérica).

Para nadie es un secreto —aunque muchos lo digan en voz baja— que la universidad está atrapada en las lógicas del mercado o, si se quiere, del neoliberalismo en su cara productiva más obscena. Los profesores están agobiados por cargas horarias y trabajos administrativos que dificultan la labor de investigación y, no menos importante, interrumpen el lazo social con los estudiantes y colegas. La investigación tiene que ajustarse a los estrechos parámetros que impone Colciencias que se verifica en la exigencia cada vez mayor de producción de papers especializados y la disminución acelerada de los libros de divulgación. Políticamente, la consecuencia —¿acaso buscada?— es que toda esta economía de la producción y del ranking ha despolitizado gradualmente a la universidad. La universidad se ha vuelto una burbuja que aísla a los profesores (hacedores de papers y proyectos) y a los estudiantes (clientes y consumidores) de las problemáticas más agudas que enfrentamos como país, como continente y como mundo; sin mencionar, en esta misma vía, la distancia con la región en nuestro país. Pareciese que la universidad anda más afanada por puntuar que por rumiar la realidad política.

Por supuesto, acá no se trata de una nostalgia de la universidad que otrora se comprometió con cambios definitivos en el siglo pasado, tampoco del guayabo de una universidad setentera llena de banderas políticas y mítines, ¡se trata de reinventarla! Partamos del hecho de que el quehacer académico tiene una relevancia política. Y es que —valga afirmarlo abiertamente— la universidad es —podría serlo— un espacio político por excelencia; y por político entiendo el campo en donde los asuntos públicos universales, los que nos atañen a todos, deben ser pensados, discutidos y traducidos en actos. En definitiva, la universidad es un lugar de construcción de sujetos políticos con preocupaciones universales. Creo que en un país como el nuestro, la universidad y los intelectuales vinculados a ella están llamados a tener una voz más activa; no solo como la voz del experto (que ahora abundan en el mercado de la licitación y el proyecto), sino como la voz moral que puede disputar los valores políticos y el sentido común de la vida pública. No hablo de un intelectual faro que tiene la verdad, pero sí de un intelectual orgánico comprometido con la transformación axiológica de la comunidad desde su quehacer académico. Necesitamos hoy, más que nunca, más artículos de prensa y más ruido en la escena pública; necesitamos intelectuales del talante de Julio Enrique Blanco, Luís Eduardo Nieto Arteta, Manuel Zapata Olivella, Quintín Lame, Estanislao Zuleta, Virginia Gutiérrez de Pineda y muchos otros que se arriesgaron a hablar de filosofía, historia y política públicamente; aunque muchos también, es justo decirlo, tuvieron que salirse del sistema por estar en la frontera entre las ideas y la calle.

En este contexto nace REC-Latinoamérica. REC quiere estar en la frontera entre la reflexión académica más rigurosa y las problemáticas más acuciantes de las comunidades. Queremos sacar las discusiones académicas a la calle y asumir las discusiones callejeras por académicas. Además, queremos pensar en red; esto significa que la idea del académico romántico, con mal genio y solitario, con una biblioteca grande, debe ser renovada. El conocimiento se hace y construye entre amigos; en comunidades de discusión horizontales que se oponen a los verticalismos de la universidad tradicional. El investigador REC es alguien que no le teme a hacer uso de los medios masivos de comunicación (Facebook, Twitter, YouTube); que escribe columnas de opinión aquí y allá; que realiza entrevistas sin sonrojarse; que no tiene un lugar de enunciación “superior” con respecto a la cultura popular. Esta es la principal razón del uso del significante “REC”, con toda la ambigüedad —adrede— asociada a las formas de registro en TV y radio.

Asimismo, tenemos una vocación crítica; eso explica nuestro apellido. Y por crítica entendemos el ejercicio que busca desnaturalizar las “verdades” que dan forma y estructuran el discurso social; esta es una de las caras de la vocación política. Sabemos que como intelectuales debemos poner el dedo en la llaga, sospechar, invertir las preguntas y poner la mirada en los lugares más inusuales. Se trata de hacer explícito un ejercicio de lectura que olfatea entre líneas y que no traga entero. Queremos desnaturalizar los discursos que mantienen relaciones de dominación y exclusión con respecto al género, la raza, la orientación sexual y la clase social. Y todo esto, en un contexto que no podemos obviar: el de las herencias coloniales. Igualmente, queremos rescatar toda una tradición de pensamiento colombiano, del caribe y latinoamericano; eso sí, sin caer en purismos y desprecios frente al valor de la tradición moderna-europea. Soñamos con construir —¡con todos los que quieran sumarse!— el centro de investigación, pensamiento y formación más importante de la región con influencia social y política. Estamos convencidos que la disputa por el sentido común es el primer paso para salir del atolladero político en el que nos encontramos. En este escenario, la construcción de una sociedad civil, de sujetos políticos, es la primera tarea que nos exige esta época como académicos. Queremos politizar la universidad y movilizar la sociedad civil.

Publicado enColombia
Jueves, 30 Agosto 2018 07:38

Invitación a silenciar el silencio

Viviana Gutiérrez, Mujeres de los paraísos pérdidos III,  lápiz, carboncillo, pastel y acuarela sobre papel (Cortesía de la autora)

Con ocasión de la publicación en este medio el pasado mes de junio del "Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor", un lector de Le Monde diplomatique expresó a su autor sus inquietudes en torno a divulgar en sus círculos de influencia este tipo de escritos.

 

¡Lázaro, levántate y anda!
Juan 11:43.

Apreciado amigo: muchas gracias por su misiva del pasado 9 de julio, la he leído con atención y confieso que me ha dado pie para reflexionar, en especial en lo relativo a las tribulaciones que tan generosamente comparte conmigo. Cuando remití a su buzón la nota que apareció en este periódico sobre el espinoso tema que nos tiene tan impresionados a muchos, no pensé que fuera a provocar un malestar tan profundo como el que se ha atrevido a manifestar.


Sí, la verdad es que nuestro país vive momentos de zozobra, de incertidumbre; no sabemos qué deparará los siguientes años que pintan, desde ya, tan parecidos a los nefastos años de fines del siglo pasado y comienzos del actual. La forma como, mientras escribimos y leemos estas líneas, se amenaza, diezma, silencia y elimina, impunemente, a líderes sociales, periodistas, artistas, intelectuales, pensadores, es decir a gentes del saber y a gentes del actuar, es escalofriante.


Hay razones para callar; hay motivos para silenciar y mirar a un lado. Es más seguro, es menos riesgoso. También es más cobarde y no por eso lo acuso de cobardía, ni mucho menos. Lo que sí quiero es invitarlo a que reflexionemos juntos sobre estos difíciles asuntos de tener que vivir en nuestra sociedad; una sociedad que parece no querer liberarse del odio, de la guerra perpetua, de la revancha sin fin y que se resiste (al menos en la mayoría que se expresa en las urnas) a abrazar un proceso de paz, así sea imperfecto, pero finalmente un proceso que quiere y pretende alcanzar una paz estable y duradera.


Usted dice, en su misiva: no tengo el suficiente valor para enviárselo (mi artículo) a los miembros de … (omito aquí el nombre del círculo de jóvenes que usted dirige hace años), pues, de hacerlo, correría el riesgo de perder mi trabajo” ¡Ay! Qué cierto y qué doloroso lo que usted dice. Qué desgracia también leer esto en una época en la que la información supuestamente fluye de manera rápida y sin barreras; una época donde los mensajes que se comparten en redes sociales se convierten en “virales” y llegan a miles, millones de personas, en cuestión de minutos y horas. Y si usted pierde su trabajo, entonces, ¿de qué va a vivir?


Esa pregunta ronda a todo pensador crítico, usted no es el único a quien acosa esa incertidumbre. Baste recordar que Cervantes, a la par de su oficio por el que lo recordamos hoy día, desempeñó múltiples trabajos: paje de obispo, trabuquero en la batalla de Lepanto, prisionero-esclavo de los turcos, organizador profesional de huidas frustradas, estafador profesional, jugador empedernido, administrador (con dudosos resultados) de fortunas ajenas, alto comisario para el abastecimiento y reclutamiento de la «Armada invencible». ¿Será que hoy existe escasez de ocupaciones?
Claro, vuelvo a lo anterior, lo que circula en las redes es generalmente anónimo y lo que hace cada cual no es más que replicar lo que le llegó sin saber quién originó la cadena, de esa forma se salva la responsabilidad y se repliega a la función de servir de elemental eslabón de una cadena infinita. Cosa diferente es compartir un artículo firmado, como el mío, y replicarlo, en su círculo íntimo, con las consecuencias que usted anticipa y reconoce.


Usted, amigo, quiéralo o no, hace parte de un grupo mayor de personas agrupadas bajo una palabra que a fuerza de usarla se ha tornado, lastimosamente, en peyorativa. Llamarse o reconocerse como intelectual (quizá mejor usar hoy “pensador crítico”) suena demodé, un anacronismo, como si se hubiera jubilado el acto de pensar, de pensar críticamente y de expresar y propagar el propio pensamiento. Los términos intelectual, inteligencias, intelectualismo tienen un gustillo, en ciertos círculos de poder, a subversivo, a propiciador de motines, a agitador profesional. Y, con todo, estoy dispuesto a defender esa acepción, y me acojo a lo dicho por el reconocido escritor palestino-británico Edward W. Said, que defiende en Representaciones del intelectual, la tesis de que este es “un francotirador […] y perturbador del statu quo” (1).


Nada más cierto. Ser intelectual es renunciar a ser turiferario incensario, a negarse a ser altavoz de un sistema político, social o cultural enquistado en el poder; ser intelectual es oponerse a dejarse cooptar por el poder corruptor del capital aceptando cargos, nombramientos y lisonjas que lo que consiguen es silenciar la opinión independiente; ser intelectual es tener, al decir, vuelvo a citar aquí a Said, el coraje para que “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humana [deban] defenderse independientemente del partido en que milite un intelectual, de su procedencia nacional y de sus lealtades primigenias” (2).


Usted, que es un agudo observador de la sociedad de la que hace parte, confiesa que las actividades llevadas a cabo por la [institución a la que pertenece] se enmarcan dentro de la estrategia neoliberal de sustituir al Estado en su función de garante de los derechos sociales y que, por lo tanto, los servicios que ofrece –entre ellos el [círculo que usted orienta]– poco o nada aportan al bienestar de la comunidad, mucho menos a su emancipación. Sí, estoy de acuerdo. Es la forma como el capital acude a dispositivos de biopolítica –como diría Foucault–, para doblegar al ciudadano, alienándolo, haciéndole creer que está jugando un rol activo en la sociedad, que hace parte de una democracia participativa, que tiene voz y voto en el derrotero de una comunidad, o en el barrio, o en las juntas (de acción comunal o administradoras locales), o en una biblioteca pública, en un círculo de lectura, o lo que sea.


Muchos de estos programas de política cultural que ostentosamente pregonan a los cuatro vientos los municipios más grandes del país (usted vive en una de las cuatro ciudades más grandes de Colombia) son, en verdad, mecanismos para “encausar” a los ciudadanos en una vocación de rebaño bajo la falsa premisa de que se está apoyando la libre manifestación de la personalidad bajo las banderas de la inclusión, la diversidad cultural y los derechos culturales; todo por supuesto en el marco de un programa político ideológico, que salvo contadas excepciones en los últimos veinte años (por ejemplo, durante las alcaldías progresistas en Bogotá) ha correspondido a alcaldías detentadas por representantes de las clases tradicionales del poder. Por consiguiente, toda política cultural emanada de un gobierno de estos está encaminada a apuntalar, sutil o expresamente, el statu quo de un sistema que clama a gritos ser renovado por sistemas más democráticos y de clara orientación social.


Por eso no es sorprendente, que sobre su hombro sienta la presencia intrusa, permanente, de ojos supervisores que vigilan la actividad que usted orienta, y lo que allí manifiesta y comparte, de tal forma que el circulo intelectual que usted dirige, nunca se desvíe de lo ¨correcto”, de lo esperado para una persona profesional como usted –que vive dignamente de los dineros oficiales y de las empresas privadas o semiprivadas que subvencionan las actividades culturales en las que está inmerso.


Usted, querido amigo, tiene las cosas claras. No otra cosa puedo pensar cuando manifiesta: Sé también que el modelo de desarrollo que promueve [la entidad matriz] es un modelo insostenible y, como [usted] lo muestra […], criminal, y que la [institución a la que pertenezco], al depender financieramente de esta empresa, no es más que un [organismo] de bolsillo cuyo objetivo, en el fondo, no es más que construir a ultranza una imagen favorable de dicho modelo.


No puede ser mas elocuente. El problema, en definitiva, no radica en desenmascarar el modelo que se repite una y otra vez a largo de toda la geografía nacional, en las grandes y medianas ciudades, en las pequeñas poblaciones, en los barrios y en los centros culturales del país. El quid del asunto es ¿qué hacer frente a esa realidad, qué postura hay que asumir ante lo evidente? Y de nuevo, usted lo reconoce: Sé muy bien todo esto, pero ignoro qué podría hacer al respecto y, en todo caso, he perdido el valor para intentar algo.


Cuánto duele leer esta confesión, tan íntima como desgarradora, tan sencilla como brutal. Creo que allí se resume la problemática que lo tiene atrapado en esta aparente sin salida. Cuando dice que ha perdido el valor de intentar algo siento un profundo dolor en mi condición de colega suyo. No puedo evitar evocaciones de mi propia vida en las que yo también fui presa de ese mismo temor, de esa misma congoja, de ese sentir los brazos caídos y no tener siquiera la fuerza de levantarlos para decir aquí estoy y quiero decir algo. ¿Quién acaso puede decir que, teniendo las ganas de actuar, no ha perdido el ímpetu para hacerlo?


No se trata de abrazarnos y llorar juntos por la encrucijada en la que está. Todo lo contrario, si algo puedo hacer y está a mi alcance es pararme a su lado y acompañarlo a dar el primer paso cuando usted esté listo. No se trata de empujarlo, ni de jalarlo para que salga de esa especie de somnolencia en la que ha caído. Tampoco de hacerlo escuchar discursos estentóreos sobre la función el intelectual, y recitarla parrafadas completas de Gramsci o de Fidel o de otros pensadores que se han dirigido específicamente a los intelectuales de la sociedad. Cada cual es dueño de sus propios miedos, de sus propios fantasmas, de los esqueletos que guarda en su armario.


Sabrá usted, en su sabiduría interior, el camino para superar todo lo que lo inmoviliza en este momento. Sabrá el momento apropiado, el discurso correcto; el cómo salir airoso de tan difícil trance sin quedar chamuscado en el proceso. Reconozco que no es poco el tiempo que ha tenido las barbas en remojo. Dice:


Desde que ingresé [aquí], hace diez años, y en la medida en que me fui haciendo consciente de la situación en la que me encontraba, empecé a sentir la responsabilidad de promover algún cambio, expresando mis opiniones ante las directivas siempre que tenía la oportunidad e introduciendo, en las actividades que han estado a mi cargo, una perspectiva crítica.


¿Dónde ha quedado ese ímpetu, usted, que apenas debe rozar, si mucho, los treinta años (pero no muchos más) que lo iluminó durante esa primera parte de su jornada? ¿Dónde ese espíritu travieso, dónde ese aliento rebelde, dónde ese ideario anárquico? No soy quien tenga que recordar que el intelectual es aquel portador de un pensamiento indócil, “más bien a menudo subversivo, que contribuye a poner en crisis los valores fundamentales de los dogmas, creencias y culturas de pertenencia” (3). Es la heterodoxia, al decir de Maldonado, lo que caracteriza, entre otros aspectos, al intelectual: aquella capacidad o voluntad de actuar “en contraposición a los dogmas, a los cuerpos doctrinales, a los modelos de comportamientos, a los ordenamientos simbólicos, y también a los asertos de poder existentes” (4). Sin embargo, a mi inquietud, usted aclara:


Con el tiempo, y debido a los choques y fracasos que llegué a experimentar en ese proceso, aquel sentimiento de responsabilidad por promover algún cambio terminó convirtiéndose en un sentimiento de vergüenza y de culpa por no ser capaz de hacer nada realmente eficaz, ni siquiera lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. ¿Me equivoco si aventuro que usted tocó fondo y es imposible seguirse hundiendo en su inacción? ¿Qué tiene que suceder en su vida para que llegue un sacudón mayor y lo arroje de manera brutal contra el pavimento de la existencia? ¿Qué más debe presenciar que sucede a su alrededor, en su ciudad, tan hermosa, tan ejemplar, tan pujante, y a la vez tan llena de desigualdades e injusticias, para que usted encuentre mil y una formas de expresar todo lo que bulle en usted y necesita hacer para generar ese cambio que reconoce tan necesario?


No se trata de actos heroicos; de poner el pecho a los fusiles que silencian todos los días, y cada vez más, a tantos y tantos colombianos ante la imperturbabilidad de las autoridades, de los gobernantes, de las fuerzas del orden. No. Se trata de preguntarse ¿qué está en mis manos hacer para poner en acción el pensamiento crítico que bulle en mí?


Cada cual hace lo que está a su alcance, y así lo reconoce: Espero, pues, que entienda lo importante y admirable que es para mí su denuncia: tanto más en cuanto que yo no soy capaz de hacer algo semejante. La sociedad necesita, como dice Said, de “un ser aparte, alguien capaz de decirle la verdad al poder, un individuo duro, elocuente, inmensamente valiente y aguerrido para quien ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención” (5). Entonces, ¿cuál es el ejemplo que quiere dar a ese círculo de jóvenes que lo siguen semana a semana, con una fidelidad asombrosa, que viajan kilómetros y kilómetros para escucharlo y dejarse guiar en sus lecturas, pensamientos, y actividades por su voz de orientador, de acompañante de caminos?


No es necesario que se siga envileciendo con el autocastigo: Soy un muy buen ejemplo del modo como el sistema-mundo capitalista envilece a las personas, y no lo digo con ironía ni cinismo, lo digo, repito, con vergüenza y con culpa. Basta ya de tanto autoflagelo; tome las decisiones que tiene que tomar y pase de la reflexión a la acción; de la autoconmiseración, de jugar al rol de víctima a asumir la potestad por su vida.


Por supuesto, hay riesgos, algunos extremos, especialmente en este país, en esta época. El pensador crítico puede morir en la hoguera, verse obligado al exilio, al ostracismo, a ser más que silenciado, ignorado, separado del mainstream, como se dice hoy. Foucault acuñó el concepto de “microfísica del poder” para aludir a una nueva forma de doblegamiento, más refinada que la antigua que tenía el soberano del privilegio de apoderarse de la vida de los súbditos para suprimirla. La microfísica del poder es aquella, sofisticada y moderna, del poder disciplinario mediante “funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete” (6). El objetivo es “producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas” (7) . Es evidente que en la Colombia del siglo veintiuno nos hemos quedado con lo peor de lo peor, es decir, con ambas formas de poder: la microfísica del poder no ha reemplazado el poder original del soberano –léase aquí las fuerzas oscuras detrás del poder que eliminan cada día, uno a uno, a los líderes sociales de tantas regiones en el país– de suprimir la vida y se reserva la otra, la sutil forma de alienar a sus ciudadanos con los dispositivos disciplinarios mencionados.


Cabe a cada cual tomar decisiones. Usted cierra su nota con un esperanzador: Espero, también, poder contarle algún día que finalmente sí fui capaz de hacer algo, aunque sólo sea lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. Creo, con todo respeto, que su aspiración se queda corta, y no lo culpo, atrapado en esa maraña en la que se encuentra. Quizá el horizonte es otro. Quizá a dónde apuntar el foco es más alto. En lo profundo de su conciencia reposa exactamente lo que debe hacer, el viaje que debe emprender. Buen viento y mares intranquilos, colega.

 

1. Said, Edward W., Representaciones del intelectual, Paidós Studio, Barcelona, 1996, p. 12
2. Ibíd., p. 14.
3. Maldonado, Tomas, ¿Qué es un intelectual? Aventuras y desventuras de un rol, Paidós Studio, Barcelona, 1998, p.27
4. Ibid., p. 28
5. Said, p. 27
6. Foucault, M., Historia de la sexualidad. 1 La voluntad de poder. Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 165
7. Ibíd., p. 169.
* Escritor. Su más reciente novela Y adentro, la caldera, Ediciones Desde Abajo, junio 2018. Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

Publicado enColombia
Lunes, 02 Julio 2018 08:01

Crítica del pensamiento financiero

Crítica del pensamiento financiero

Un lugar común de la filosofía del siglo XX dictaminó que era posible hacer cosas con palabras. Desde luego, las más antiguas filosofías siempre supieron que era posible hacer política con palabras, y más aún, casi exclusivamente con palabras, y en caso extremo, con una única palabra. Por eso vale la pena detenerse en una cuestión principal. Es decir, bajo qué condiciones una palabra está indisociablemente unida a una cadena de hechos, por lo cual lo que entendemos habitualmente por palabra se convierte en una pieza al rojo vivo, acero laminado de una realidad política inmediata. Es el caso de la palabra incautación, que aparece en uno de los folios del entendimiento con el FMI, con la cual se interpretan los acontecimientos que bajo el gobierno de Cristina Kirchner llevaron a la restitución al Estado de los fondos jubilatorios, que habían sido apropiados por el sistema financiero. Si hubiera sido una incautación, tal como lo interpreta en su maquinaria de significados el mundo capitalista en general, queda limpio el conducto ávido y oscuro que los vuelva a ser presa de las especulaciones sostenidas en la teoría neoliberal. Esta convierte el aporte de la solidaridad intergeneracional entre trabajadores en otro excedente de la circulación privada de capitales.

El acontecimiento libre que en que debería convertirse la ciudadanía, en las grandes tesis heredadas de las revoluciones clásicas burguesas, se torna ahora en una coacción que impone la bancarización obligada de los ex sujetos sociales. En el período arcaico de las burguesías, la bancarización del sujeto público no era coactiva, por eso se podía seguir hablando de sujetos. No lo somos ya, aunque los gigantes financieros, comunicacionales e informáticos fusionados, nos hablen de vos y de ir juntos y de acompañarnos siempre. Este acompañamiento sí que preocupa.

Al señalar la presencia de esta palabra en el memorándum de entendimiento con el FMI, se revela uno de los gravísimos basamentos que lo constituyen. Y esa reveladora palabra, sobre la que descansa una red de decisiones que serían adversas y ruinosas para la población, es motivo de un proyecto de ley para que se la retire. Al presentar ese proyecto en el Senado, la senadora Cristina Kirchner produce una singular novedad que se une a la invitación siempre necesaria a refinar las luchas políticas. Se trata de aguzarlas por medios no convencionales, esto es, medir el alcance, significado y sedimentación de las palabras, en las acepciones en conflicto que siempre caracterizan lo político. ¡Una Ley para cuestionar una Palabra! Es evidente que las formas heredadas de las políticas de resistencia tienen siempre una aureola épica, masiva, perentoria. En ellas siempre late el justo deseo de continuidad y de agregados constantes de nuevos resistentes en virtud de los nuevos capítulos que va escribiendo una pedagogía de luchas sociales, intelectuales y morales. Sabemos, en tanto, que ellas no serían igualmente efectivas si no fueran punteadas con una rigurosa observación de las palabras, unidades de sentido a través de las cuales se lucha, pero que son asimismo los sentidos por los cuales se lucha.

Los que descartan la vida política testimonial –abundan–, tanto como los que ahora se arrepienten de no haber integrado un número de parlamentarios resistentes, aunque no alcance el quórum –pues no hay nada efectivo en política que no sea acompañado por su símbolo testimonial respectivo–, deben aleccionarse de cómo la realidad efectiva tan cantada y la actividad testimonial se complementan absolutamente. Y hasta se pueden fusionar, como el hierro con el carbono, en un sutil testimonio como lo es un Proyecto de Ley, que también quiere hacer de la palabra una fuerza operativa y social. Entonces, un hecho que parece una intervención ocasional, que no iría al pleno de las cosas, se convierte en una pieza esencial de la crítica a los tientos de acero revestidos de túnicas benévolas, con los que el FMI avasalla a una nación.

Publicado enEconomía
Lunes, 28 Mayo 2018 09:29

Se las traen

Se las traen

En el reconocido ensayo, “Apocalípticos e Integrados”, Umberto Eco nos advierte que Superman se las trae. Dice: “de un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad […] se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico y tecnológico del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la eliminación de procedimientos inhumanos […]. En vez de eso, Superman desarrolla su actividad en la pequeña comunidad en la que vive y el mal, el único mal a combatir, se configura en la especie de individuos pertenecientes al underworld: los que desvalijan bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada”, y el bien: a la caridad.

 

Desde este punto de vista, las historias de superhéroes son instrumentos ideológicos que están en función de los intereses de la clase dominante. Digámoslo en la vieja terminología marxista: dichas historias son instrumentos de dominación de clase. Hay razones para creerlo: en efecto, como dice Eco, más que protectores de la humanidad, los superhéroes son los principales protectores de la propiedad privada, de los valores y de las condiciones ideológicas que la justifican. Pero estas historias heróicas son más que un instrumento de dominación y no se reducen sólo a la clase. Son principalmente herramientas de deshumanización y abarcan el género y las razas. Es bien sabido que durante años la figura del superhéroe ha sido la del hombre blanco y la del villano la mujer o el hombre no blanco.

 

Sin embargo, razón de su gran capacidad de atracción, esta deshumanizaciòn no es evidente, no es visible a simple vista. Estas historias ocultan sus mensajes sexistas, racistas, elitistas y contrainsurgentes, con un ropaje de crítica social, una crítica que, sin embargo, es tolerable, comestible, que no perturba a los grupos de poder o, por mucho, son una diminuta piedra en el zapato. Por eso nada pasa cuando en Iron man 3 se parodia la imagen del terrorista que surgió tras los atentados del 9/11 en las Torres Gemelas: la del barbudo con rasgos del Medio Oriente (remedo de Bin Ladem), que al final resulta ser un mediocre actor estadounidense. Esto mismo sucede con la aclamada serie The punisher.



Alianza macabra

 

Entre los mensajes críticos en The punisher: la corrupción de la CIA, los efectos negativos en los soldados retirados, el terrorista interno y el control sobre las armas, hay uno oculto –o inconsciente– que merece especial atención: la necesaria y justificable alianza entre la justicia como institución (encarnada principalmente en la agente Madani) y la ilegalidad (representada en Frank Castle y Micro), para que aquella funcione y sea realmente efectiva. Un mensaje peligroso e incontrolable. Pero vamos por partes; para entender cómo se expresa esto primero hay que definir quién es Frank Castle.

 

Frank Castle es un tipo de antihéroe cuyas virtudes, dice Eco, “se humanizan, y sus poderes, más que sobrenaturales, constituyen la más alta realización de un poder natural, como lo es la astucia, la rapidez y la habilidad bélica”. En ese sentido, Frank es un exmarine que ha desarrollado al máximo sus dotes como combatiente. El soldado perfecto. Adicto a la sangre. Entre más lo golpean más fuerte se hace y, mientras un soldado cualquiera cae fulminado ante una explosión, Castle agudiza sus sentidos, deja de respirar y en cuestión de segundos aniquila a toda una escuadra, sin balas, sin armas, sólo con sus manos. Pero ¿por qué Castle es un antihéroe y no un superhéroe? Por eso mismo, precisamente. Los antihéroes son personajes que están en la frontera entre el reino de los villanos y el reino de los héroes. Ser antihéroe significa que el fin justifica los medios. A diferencia de Superman, de Batman y de Black Panther, Frank aniquila a sus enemigos insertándoles balas en la cabeza o triturándolos a mazazos. Esto nunca lo haría un héroe. Sin embargo, tampoco cruza la línea de la maldad porque nunca asesina a nadie “inocente”, todos los que están en su mira hicieron algo malo que justifica su muerte; como matar a un familiar, amenazar a un amigo. De Frank podría decirse que mata en defensa propia o con justa razón. Si un soldado se topa enfrente suyo con la orden de detenerlo, Frank le advierte que no le quiere hacer daño y suplica a Dios que lo deje seguir. Eso causa que el público empatice con sus objetivos, como la justicia, pero rechace sus métodos, la violencia.

 

Otra característica que reafirma la postura de antihéroe de Castle es que sus motivos son absolutamente personales. Miremos: Frank sólo ataca a los criminales que hicieron o quieren hacer daño a su familia o amigos. Contrario, los verdaderos héroes luchan por la humanidad. Si bien Bruce Wayne se convierte en Batman por un motivo personal, pronto, tras cumplir su objetivo, se dedica a luchar contra el crimen en Ciudad Gótica. Frank no. A penas cumple con su cometido se pierde, se convierte en un obrero de construcción asocial, aislado del mundo, como se muestra en los primeros capítulos en The punisher. Lo preocupante de este tipo de personaje, del antihéroe, es que son los que más fuerza de atracción, más admiración e imitación ejercen sobre el público, ejemplo de ello es Deadpool. Si ya son peligrosos los modelos de héroes convencionales que luchan contra el crimen del bajo mundo por el supuesto “bien común”, peor aún aquellos que se reducen hacia lo simplemente personal, como la venganza. Así, si de Superman no esperamos una revolución, de estos antihéroes ni pensemos siquiera que salgan a votar.

 

Definido Frank Castle, pasemos página. En The punisher los enemigos de Frank son Billy Russo y William Rawlins, conocido como Orange. Russo también es un exmarine retirado (el mejor amigo de Castle en Afganistán) y dueño de Anvi, una compañía de seguridad privada cuyo personal lo componen veteranos de guerra, aquellos que no encuentran darle otro sentido a su vida más que seguir bañándose en sangre. Russo se esconde tras una fachada de empresario filántropo que dona parte de sus ganancias a la fundación de Curtis Hoyle, dedicada al apoyo psicológico de soldados retirados que sufren estrés postraumático. Sin saberlo Frank, Russo trabaja para Orange desde que estaban en Afganistán y fue a él a quien la policía buscaba en Central Park cuando ocurrió la fatalidad que le destruyó la vida y lo convirtió en zombi. Si Billy Russo es el estereotipo del empresario que se enriquece con la guerra, William Rawlins es el típico agente de la CIA corrupto que, gracias a su posición, se enriquece en suelo extranjero trasportando droga en los cuerpos de soldados fallecidos y asesinando a supuestos terroristas que resultan ser agentes de gobiernos locales que investigan sus acciones, como el que Frank, por orden de Orange, asesina. Es ahí cuando entra en la historia otro personaje típico, la agente Madani, quien desde entonces carga con la mayor parte del argumento de la historia porque es quien investiga a los implicados del asesinato de su compañero a manos de soldados norteamericanos. Investigación que va a tener obstáculos impuestos tanto por Orange como por la justicia misma. Aquí es donde está el meollo del asunto porque, para saltar los obstáculos, Madani debe incurrir en acciones poco legítimas, como engañar a sus subordinados llevándolos a una operación suicida. Pero Madani sabe que sólo así obtendrán resultados.

 

Esa misma idea la tiene otro personaje fundamental, David Lieberman, conocido en el mundo oculto de los hackers como Micro, un genio no tan típico de la navegación. Él, al igual que Castle, desconfían de la justicia y por ello se mantienen al margen. Más que desconfiar, han sufrido en carne propia la corrupción. Cuando Liberman trabajaba para la Agencia Nacional de Seguridad como analista informático recibió el video en el que se ve a un soldado encapuchado asesinar al colega de Madani. Dubitativo, se lo hizo llegar a esta, pero por razones desconocidas la mujer lo pierde. Agentes de la CIA, que trabajan para Orange, descubren que Lieberman filtró el video e intentan asesinarlo. Así, Lieberman, quien debe aparentar estar muerto, pasa a ser Micro. Micro busca a Castle para que le ayude a vengarse y, luego de varias peripecias, Castle accede. Sabe que necesita las herramientas tecnológicas que Micro le ofrece.

 

La crítica evidente –visible– que se hace a la CIA no es de menor calibre. Como dice Marion James, subdirectora y jefe inmediata de Orange, quien desconocía las andanzas de su subalterno, las acciones de éste, de ser conocidas, destruirían años de política exterior de los Estados Unidos, lo que sucede en realidad. Es verdad que la crítica se suaviza dado que la problemática se reduce a unos cuantos corruptos, las “manzanas podridas” que hay en cualquier institución y que por tanto no demuestran que el comportamiento de la agencia sea estructural, como en realidad lo es.

 

Sin embargo, el mensaje menos evidente y por tanto más peligroso que ayuda a justificar acciones ilegales de la justicia queda oculto. La serie expresa, con Castle, Micro y con la misma Madani, ese sentimiento de desconfianza que el ciudadano común siente hacia la justicia. El problema surge cuando el espectador ve que sólo cuando la justicia recurre a la ilegalidad es cuando encuentra pruebas, descubre información relevante y capturan a los resposables, o por lo menos los descubren, lo cual se logra cuando el trio (Madani, Castle y Micro) en el desenlace de la historia se unen para atrapar a Orange y Will. Hechos que en la justicia ordinaria resultan inalcanzables.

 

Pensemos en los efectos de este mensaje en un espectador cercano: el colombiano común. ¿Qué pasa cuando nuestro espectador recibe este mensaje? ¿a quién representa Castle en este contexto? Sin duda, el espectador asimila a The Punisher con un paramilitar. No puede ser un guerrillero porque, como se ve, Castle nunca busca una revolución ni tomarse el poder político. Él es un exmilitar con sed de venganza. ¿Suena familiar? ¿de cuántos paramilitares no hemos escuchado que buscaban vengar la muerte de sus familiares ya que la justicia no pudo con las Farc? Podría decirse que tal conclusión parece sacada del sombrero del mago, pero, aclaremos: no es que consideremos que los productores de la serie hayan decidido de manera deliberada hacer una historia para justificar el paramilitarismo en Colombia, claro que no, lo que sucede es que los mensajes son contextualizados y consumidos acríticamente por el espectador, el mismo que no advierte que The Punisher se las trae.

Publicado enEdición Nº246
Página 1 de 5