El centenario de Mario Benedetti, poeta universal

El gran autor uruguayo nació el 14 de septiembre de 1920

Entre sus múltiples oficios de juventud, solo uno se convirtió en el fuego que condujo toda su carrera, el amor inquebrantable por la poesía. Hoy habrá un gran homenaje online del Instituto Cervantes y Editorial Alfaguara.

 

 

 “Un pesimista/ es sólo un optimista/ bien informado”. Este haiku, esa forma oriental que ha cautivado al mundo occidental, lo escribió un hombre extremadamente tímido y sencillo que estaba convencido de que “la poesía dice honduras que a veces la prosa calla”. Pocos poetas han sido tan saludablemente plagiados como él. Los jóvenes de varias generaciones se han enamorado con sus poemas y han leído y cantado “Te quiero” y “Por qué cantamos”, entre otros poemas. Mario Benedetti -que cumpliría 100 años este lunes 14 de septiembre-, el uruguayo más universal, fue uno de los escritores más prolíficos y populares de América Latina. Aunque frecuentó todos los géneros literarios -novela, cuento, ensayo, teatro y crónica-, la poesía era como el aire que respiraba. Tal vez sea el poeta más leído en nuestro idioma y quizá también el más cantado, gracias a Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara y Daniel Viglietti, entre otros músicos.

En el centenario de Benedetti (1920-2009), uno de los homenajes principales será el organizado conjuntamente por el Instituto Cervantes y la editorial Alfaguara este lunes 14 a las 19 hora de España (14 hora Argentina), en los que participarán Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Benjamín Prado, Elvira Sastre, Pilar Reyes, Luis García Montero, Vanesa Martín, Chus Visor y Rozalén, entre otros. El acto, en el que se presentará Mario Benedetti. Antología poética, con selección y prólogo de Serrat, será transmitido en directo desde la página web del Instituto y por su canal de Youtube. En el prólogo de la antología Serrat comenta que conoció a Benedetti en Madrid, donde acordaron hacer un disco a cuatro manos. “Canción a canción, a caballo entre Madrid y Barcelona, lo fuimos preparando con poemas elegidos de mutuo acuerdo que Mario corrigió y adaptó a rimas y ritmos más tradicionales para ser cantados. Eran versos publicados con anterioridad, a excepción de la canción que le da título al disco El sur también existe, escrita especialmente para la ocasión”, aclara el cantautor español. El Grupo Planeta invita a los lectores a pegar en sus ventanas frases de Benedetti, sacarles una foto y subirlas a las redes sociales con el hashtag #BenedettienMiVentana.

Corazón coraza

Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farrugia. Después de la quiebra de la farmacia que tuvo su padre, los Benedetti se trasladaron a Montevideo cuando Mario tenía cuatro años. El niño que se entretenía de la mano de Emilio Salgari y Julio Verne comenzó sus estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo, de donde fue retirado por su padre cuando se enteró que hacían el saludo nazi. Como sabía hablar el idioma de Goethe, participó de la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, basada en poemas de Oliverio Girondo, Juan Gelman y el propio Benedetti, donde aparece recitando un poema propio en alemán: “Corazón coraza”.

A los catorce años empezó a trabajar vendiendo repuestos para automóviles; pero también se ganó la vida como vendedor, taquígrafo de una editorial, cadete, oficinista, gerente de una inmobiliaria y periodista, entre otros oficios que ejerció. En un banco de la plaza San Martín en Buenos Aires, adonde llegó en 1938 a los dieciocho años, leyó una antología de Baldomero Fernández Moreno y el chispazo fue fulminante: supo que quería escribir poesía. Benedetti, que se consideraba discípulo de Fernández Moreno, del peruano César Vallejo y del español Antonio Machado, fue integrante de la Generación del 45 uruguaya a la que pertenecieron Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, entre otros. 

Al acercar el habla coloquial y de la vida diaria a la escritura, construyó una épica de lo cotidiano. Aunque la tirada era muy limitada, su primer éxito modesto fue Poemas de la oficina (1956); antes había publicado los poemarios La víspera indeleble (1945) y Sólo mientras tanto (1950) y los relatos de Esta mañana y otros cuentos (1949). En 1945 se integró al equipo del semanario Marcha, hasta 1974, cuando fue clausurado por la dictadura de Juan María Bordaberry. Sus viajes a Cuba fueron consolidando el despertar de su conciencia política. En 1968 creó y dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas. Junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de Independientes 26 de Marzo, una agrupación que pasó a formar parte del Frente Amplio desde sus orígenes.

“Sumiso por fuera, rebelde por dentro”

El exilio de Benedetti fue por etapas: primero se trasladó a Buenos Aires en 1973, pero la Triple A le “concedió” un plazo de 48 horas para que se fuera; entonces rumbeó hacia Perú. En Lima fue detenido y deportado. Estuvo en Cuba en 1976 y finalmente llegó a España, donde alternó su estadía entre Palma de Mallorca y Madrid hasta 1983. La versión cinematográfica de su novela La tregua (1960), la historia de ese hombre viudo que se enamora de una compañera de trabajo mucho más joven que él, dirigida por Sergio Renán, fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera (1974); aunque finalmente lo ganó la película italiana Amarcord, escrita y dirigida por Federico Fellini. 

“Me llamaron mucho la atención sus Poemas de la oficina y pronto fui siguiendo todos sus libros”, cuenta Benjamín Prado a Página/12. “También leí bastante joven su novela La tregua, que tengo la impresión de que me gustaba a mí más que a él; le había cogido algo de manía por la versión cinematográfica, que detestaba. A mí la película tampoco me pareció tan mala”, recuerda Prado y dice que siempre le llamó la atención “la mezcla de enamorado y funcionario, ese hombre triste, sumiso por fuera y rebelde por dentro, capaz de escribir unos poemas de amor que no sé tampoco si se parecían mucho a él, que estuvo toda la vida enamorado de Luz, su mujer”. Prado veía a Benedetti casi todas las semanas cuando estaba en Madrid. “Lo íbamos a visitar con su editor y el mío, Chus Visor, tomábamos un par de cervezas y hablábamos de los dos temas que más le divertía: la poesía y el fútbol (era hincha de Nacional). Era una persona entrañable pero no cariñosa, poco expansivo, bastante tímido, pero de una generosidad grande y que siempre se alegraba de que un amigo lo visitara, eso sí, a la hora programada, porque era un maniático de la puntualidad", advierte Prado. "Cuando yo empecé otra vida y él había acabado la mitad de la suya, porque al morir su mujer ya no quiso volver al piso de Madrid, insistió muchísimo a Chus Visor en que fuera a su casa y cogiera todo lo que necesitase, para llenar un poco el piso vacío al que yo me había mudado. Aún sigo utilizando muchas de las cosas que fueron suyas y él me regaló”.

Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, subraya que el paso del tiempo “no ha restado vitalidad” a la obra de uno de los poetas más leídos del castellano. “Los jóvenes que habitan nuestra lengua siguen pidiendo prestados sus versos para hablar de amor, convirtiéndolo en uno de los escritores más citados. Tampoco su narrativa ha caído en el olvido: La tregua sigue siendo un libro visitado por varias generaciones, y todos los años se reedita. La historia de Martin Santomé y Laura Avellaneda conmueve a miles de lectores a ambos lados del Atlántico. La razón de su vigencia, a mi juicio, es que su yo poético siempre tuvo que ver con la vida, con las urgencias esenciales de la existencia: el amor, la oficina, el compromiso político, la nostalgia del exilio, la soledad, expresadas en un lenguaje que buscaba atrapar el habla, lo coloquial, es decir, también la vida”, explica Reyes.

La sencillez de lo complejo

A los 28 años, la poeta Elvira Sastre pondera el hecho de que Benedetti es un poeta muy conocido en España: “Nos hablan de él desde que somos pequeños, aunque a lo mejor no tengamos sus libros en el Instituto”. La poeta, que ganó el premio Biblioteca Breve 2019 con su novela Días sin ti, revela que entre sus poemas preferidos están “Pausa”, “Amor de tarde”, “Corazón coraza” y “No te salves”. “Tiene un estilo de escritura que me apasiona y que consiste en hacer accesible y sencillo lo que es muy complejo, que era la manera en que escribía. Yo creo que lo leí cuando estaba descubriendo muchos poetas a la vez, pero es de los que se quedó y a los que vuelvo muy a menudo", reconoce Sastre. "Hace unos años leí Primavera con una esquina rota, y me encantó. Las novelas que tienen tanta poesía me encandilan, se me quedan grabadísimas. Aunque tengo muy leída la poesía de Benedetti, me queda todavía descubrirlo y leerlo en prosa”. Además de La tregua y Primavera con una esquina rota (1982), publicó las novelas Gracias por el fuego (1965), El cumpleaños de Juan Ángel (1971), La borra del café (1992) y Andamios (1996); y las colecciones de cuentos Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968) y Despistes y franquezas (1989), entre otros libros de relatos.

El poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, también empezó a leer a Benedetti por Poemas de la oficina y luego pasó a Inventario. “Lo conocí al principio de los años 80. Los jóvenes españoles que salíamos de la dictadura franquista estábamos intentando transformar la realidad, no sólo para votar cada cuatro años, sino para cambiar nuestra educación sentimental, nuestra manera de decir yo o decir te quiero. La poesía de Mario fue una buena compañera porque unía la historia y la intimidad, el compromiso y la soledad individual”. García Montero precisa que el escritor uruguayo optó por una tradición en la poesía, representada por Machado y Fernández Moreno. “Frente al prestigio de la poesía oscura o experimentalista, eligió la claridad. Los poetas partidarios de lo oscuro dicen a veces muchas tonterías camufladas en la espesura o no dicen nada. Se creen herederos de los dioses más que ciudadanos. La claridad deja al descubierto debilidades y fortalezas", plantea el director del Instituto Cervantes. 

"La poesía de Mario tiene muchas cosas que decir en un mundo como el de hoy, en el que las redes facilitan la convivencia de la intimidad y lo público. Podemos releer uno de sus primeros libros, Poemas de la oficina, y el último, Testigo de uno mismo, y advertir la importancia de la mirada que se autovigila y que respeta su soledad cuando se acerca a la vinculación con el nosotros. Mario creyó que el lenguaje poético no era una rareza, sino la versión personal del lenguaje de todos”, cierra García Montero. Los poemas de Benedetti son como grandes ojos abiertos a la vida.

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Brasil: una política exterior contra el «marxismo cultural»

La Fundación Alexandre Gusmão, vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, apela a una estrategia internacional en la que dice combatir el comunismo y el «abortismo», a los que considera pilares del «marxismo cultural». Recuperando las viejas consignas anticomunistas de la Guerra Fría, promueve el americanismo y se aleja de sus verdaderas funciones estatales.

 

Un componente vital de la política exterior de un país es la promoción de los asuntos internacionales en el ámbito interno, sobre todo a través de la cooperación y la participación en espacios bilaterales y multilaterales. Pero en Brasil, las actividades de la Fundación Alexandre Gusmão (FUNAG) sugieren que la agencia actualmente considera obsoleta la promoción de valores tan cosmopolitas. Lo que se puede asumir a la luz de las actividades recientes de la FUNAG es, de hecho, su compromiso de defender a la sociedad brasileña de una supuesta amenaza comunista.

La FUNAG es una fundación vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores y trabaja para formar la opinión pública ciudadana en relación con la política exterior. Desde la elección de Jair Bolsonaro, ha sido evidente que los dos órganos deben alinearse ciegamente con la ideología de extrema derecha de su política exterior, como la lucha contra el «globalismo». Pero lo expresado por las acciones de FUNAG va más allá.

En vista de la decreciente credibilidad de Brasil en la arena internacional, la FUNAG parece abrazar una nueva misión. Ya no comparte información con la ciudadanía sobre la proyección internacional del país ni fomenta el compromiso popular en temas internacionales. Por el contrario, su contenido presenta características claras del populismo bolsonarista: llegar a su audiencia a través de discursos sensacionalistas, en una continua campaña electoral. Después de décadas de política exterior pragmática y autodeterminada, Brasil está rezagado en una política exterior pro-estadounidense y electoralista.

Además, una de las piezas centrales de la «continua campaña electoral» es promover una distinción continua entre el «yo» y el «otro», dividiendo a la sociedad entre aliados y enemigos. Como buena herramienta bolsonarista, este es también el discurso que impulsa la FUNAG.

En medio de las crecientes hostilidades contra China por parte de las autoridades brasileñas, incluidos ministros de alto perfil, la FUNAG abraza el incondicional alineamiento con Estados Unidos de Bolsonaro. El 11 de agosto, la Fundación promovió la conferencia «El Rescate de la relación Brasil-Estados Unidos y sus beneficios». El presentador de la charla no era otro que el hijo del presidente, Eduardo Bolsonaro, quien discutió el «sesgo ideológico de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT)» y criticó el «tema de los médicos cubanos».

Esta postura proestadounidense, sin embargo, es la característica bolsonarista menos radical promovida por la FUNAG. La fundación parece estar actualmente especializada en combatir el comunismo y defender una agenda de valores morales conservadores. Estos temas son los más aclamados por la audiencia bolsonarista, que asocia erróneamente el comunismo con los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores. En agosto, la FUNAG promovió el seminario «Cómo destruir un país: una aventura socialista en Venezuela». Exactamente un mes antes, FUNAG también llevó a cabo la conferencia «Globalismo y comunismo».

Vale la pena recordar que globalismo es el término utilizado por Bolsonaro y líderes como Donald Trump para condenar la configuración actual de la política internacional y el orden liberal internacional, incluido el sistema de las Naciones Unidas. De manera incorrecta, el canciller brasileño Ernesto Araújo vincula con frecuencia el globalismo con el marxismo cultural.

La agenda anticomunista de FUNAG es demasiado amplia para ser explorada completamente aquí. Pero uno puede hacerse una idea de su profundidad a partir del contenido sugerido por títulos sesgados como «Castro-chavismo: crimen organizado en las Américas»; «Un siglo de escombros: pensar en el futuro con los valores morales de la derecha» y «Memoria del comunismo y el virus actual de la mentira». Todos estos eventos fueron promovidos por FUNAG entre los últimos meses de julio y agosto.

Para completar la ecuación bolsonarista, el 4 de agosto la FUNAG realizó un evento alineado con los valores conservadores-cristianos: una conferencia antiaborto titulada «La importancia de promover políticas internacionales en defensa de la vida», presentada por la diputada federal conservadora Chris Tonietto quien, como Eduardo Bolsonaro, es miembro del Partido Social Liberal (PSL), ex partido del presidente Bolsonaro.

El contenido de política exterior promovido por la FUNAG no está vinculado con las prácticas de relaciones internacionales descritas por la Constitución brasileña, entre las que se encuentran la promoción de la cooperación para el progreso humano, la defensa de los derechos humanos y la defensa continua de la integración latinoamericana. En cambio, la FUNAG se dedica actualmente a complacer a las bases bolsonaristas repitiendo la misma jerga de extrema derecha de su campaña presidencial.

La FUNAG no tiene poder de decisión en la política exterior brasileña, pero sus discursos muestran la pérdida de credibilidad internacional del país. Después del declive de su estatus internacional, la política exterior brasileña se dirige a la audiencia nacional en busca de credibilidad: esta es la política exterior electoral brasileña.

Las acciones de la FUNAG también pueden contribuir a depreciar la proyección internacional construida por Brasil en sus gobiernos anteriores. La opinión pública es un componente necesario en la construcción de la política exterior. En las democracias, la necesidad de rendición de cuentas por parte de los gobiernos contribuye a tomar acciones en línea con la opinión de la mayoría. Sin embargo, cuando una agencia como la FUNAG impulsiona las perspectivas nacionales hacia el anticomunismo radical, existe un proceso similar de participación de la población en la defensa de tales valores. Y la promoción de temas vitales, como la cooperación internacional y la integración regional, quedan atrás.

En detrimento de la anterior política exterior «orgullosa y activa», la FUNAG no parece interesada en discutir el futuro del Mercado Común del Sur (Mercosur) y otros foros regionales, o la integración regional para mitigar los impactos del covid-19 en América Latina. Pero su público puede quedarse tranquilo, con la certeza de estar protegido de la amenaza comunista.

Septiembre 2020

Este artículo es producto de la colaboración entre Nueva Sociedad y DemocraciaAbierta. Puede leer el contenido original aquí

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Sábado, 05 Septiembre 2020 05:55

Weber: la modernidad se asoma al abismo

Weber: la modernidad se asoma al abismo

 Hace poco realicé un experimento en cierta manera absurdo. Ante el exceso de curiosidad fallece incluso el gato, sobre todo el gato académico. Ingresé a la página de Google Académico para curiosear sobre qué autores gozaban de la mayor predilección o popularidad en el mundo universitario en español. Digamos, desde Madrid hasta la Patagonia. En esa página de Google aparecen las citas que un autor hace de otros autores. Me hice mi propia quiniela. Pensé en algún griego, Platón o Aristóteles. En Kant, en Marx (inevitable), en Freud (calculable), incluso en Heidegger, que ya ha alcanzado la cima de un clásico del siglo XX. Dudé si debía o no sumar a Foucault, sobre todo por la atracción de su prosa hermética, que lo vuelve disponible a liberales y conservadores, a filósofos, historiadores y literatos. El resultado me tomó completamente por sorpresa. En el primer lugar, aparecía Walter Benjamin; en el segundo, en efecto, Michel Foucault y, en el tercero, Max Weber.

Toda búsqueda en alguna página de Google nos retrotrae al sentimiento de un archivo delirante. Google muestra que el sueño ilustrado de reunir todo el conocimiento humano en un compendio de volúmenes –el enciclopedismo– desemboca inevitablemente en un orden que, a cada instante, escapa a cualquier ordenamiento posible. Un universo que crece de manera impredecible con mucho mayor rapidez que nuestra capacidad para reducir su complejidad. No sé si mi encuesta sea correcta. El apellido "Benjamin" es también un nombre común y una apelación bíblica. Y un caos similar antecede al de "Weber", un apellido común en el mundo alemán. Sea como sea, el lector puede realizar su propia encuesta. Seguramente encontrará otro resultado.

Lo que está fuera de duda es que, a 100 años de su muerte, provocada en 1920 por la gripe española, acaso la baja más importante que infingió esa pandemia al pensamiento occidental, Weber se erige como uno de los pilares claves de esa auscultación sobre el mundo contemporáneo que descifró los laberintos esenciales de las maquinarias políticas, sociales y culturales de la condición moderna, pero sobre todo a los agentes y las aporías que fundaban el anuncio de su lado más oscuro.

Murió joven, a los 56 años de edad. Comenzó tardíamente su carrera académica, que nunca dejó de ser brillante. El insomnio y la depresión lo separaron muy temprano de ella. Antes de los 35 años prefirió renunciar a su cátedra. Pasó seis años sin escribir una sola palabra, entrando y saliendo de asilos mentales. Según las memorias de su esposa, consumió diez años en ese tortuoso trajín. Malgastó un cuantioso tiempo en tratar de convertirse en político al intentar fundar un partido que conjugase los principios de la socialdemocracia con los del liberalismo. En suma, su vida activa como filósofo, sociólogo e historiador debe haberse reducido a quince años. Suficientes para definir a una de las partes centrales del pensamiento occidental: la parte que se ha preguntado –y continúa con la pregunta– de por qué el mundo de la razón desemboca en las más poderosas estructuras de dominación –la burocrcia, entre otras– y, al mismo tiempo, hace prosperar a los agentes políticos, sociales y culturales de su propia destrucción. Su proximidad con la carnicería de la Primera Guerra Mundial no hizo más que reafirmar esta visión.

Con frecuencia se le sitúa como uno de los fundadores del pesimismo sociológico. Weber se habría reído de esta definición. Par él, un pesimista no era más que un "estúpido solemne", y un optimista, un "estúpido simpático". Sin embargo, su pensamiento resulta esencial para una reflexión crítica sobre la condición moderna y el capitalismo desde la modernidad misma. Tal vez esto es lo que define a su imperecedera actualidad.

Una de las tesis principales de su obra es que la racionalización creciente de nuestras prácticas sociales desemboca inevitablemente en el desencantamiento del mundo. Doble desencantamiento. El ser contemporáneo está convencido que es capaz de calcular las consecuencias de sus acciones. Es inútil, dice Weber. Al cerrarnos sobre nuestro miedo a errar, el mundo pierde el encantamiento de todo lo que escapa a la lógica de la razón. Y la otra forma, que sitúa a nuestras sociedades constantemente en la zona de mayor peligro. La racionalización del mundo no es más que la transformación del otro en un sujeto o un objeto (una mercancía, por ejemplo). No podemos resistirnos a reducirlo a una cifra, a una máscara. Entonces se desploma el principio de empatía social, y con él la posibilidad misma de procurar alguna forma de justicia. Es cuando puede suceder lo peor: el dominio absoluto de los ordenes burocráticos, el placer por el exterminio del otro, la modernidad como fábrica de la soledad.

Weber creía que sólo el loco es capaz de enunciar la verdad, porque no teme sus consecuencias. Y no es improbable que él mismo se considerara parte de esa sagrada, noble y selecta familia.

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João Cezar Castro Rochaes profesor titular de literatura comparada de la UERJ y estudia la guerra cultural bolsonarista
  • El profesor João Cezar, experto en literatura comparada y autor del libro 'Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil', explica las especificidades del conflicto cultural promovido por Bolsonaro e inspirado en el revanchismo de la dictadura militar

 

João Cezar de Castro Rocha, profesor de literatura comparada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ), se ha dedicado a estudiar lo que califica como la guerra cultural bolsonarista. Su investigación se ha publicado en un libro titulado Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil. En una entrevista con Agência Pública enumera los elementos fundamentales que alimentan la mentalidad de la militancia bolsonarista y advierte sobre la posibilidad de radicalización de estos grupos ante el colapso del Gobierno.

Usted sostiene que existe una guerra cultural específicamente bolsonarista y que difiere de un concepto más amplio de guerras culturales ¿En qué se basa esta guerra cultural bolsonarista?

¿Cuál es el pilar de la guerra cultural bolsonarista? ¿Qué ha marcado la mentalidad de Jair Messias Bolsonaro y su clan? Bolsonaro, más que un político, es una franquicia. Hay una franquicia de políticos con el estilo de Bolsonaro. La mentalidad de Jair Messias Bolsonaro fue formada por el Ejército brasileño, pero moldeada siguiendo una línea muy particular del Ejército que está marcada por el resentimiento surgido por la repercusión de un destacado libro lanzado en 1985 y titulado Brasil: nunca más.

Este es un libro particularmente importante porque denunció las torturas, arbitrariedades y desaparición de cuerpos durante la dictadura militar [1964-1985] de una forma indiscutible. El libro recoge varios testimonios de jóvenes de 20 años tomados de los procesos de Justicia Militar y todos informan exactamente lo mismo. Algunos dicen que fueron utilizados como conejillo de indias en las clases de tortura. Es impresionante, un libro negro de la dictadura militar.

El libro fue un éxito absoluto. Se vendieron más de 100.000 copias y tuvo grandes repercusiones en el extranjero. Ayudó a consagrar, en el período de redemocratización (un período de transición que hubo al terminar el régimen militar), una imagen de las Fuerzas Armadas asociadas con la represión, la tortura y la muerte. Esto marcó a una generación del Ejército brasileño que siempre tuvo como consecuencia un proyecto revanchista, basado en un proceso revisionista. Por tal motivo, la mentalidad bolsonarista niega la existencia de la tortura. La mentalidad bolsonarista no solo niega la COVID-19, también niega las torturas de la dictadura militar.

De esta manera, se forma una mentalidad revisionista y revanchista en el Ejército porque considera que los militares ganaron la batalla en el golpe de 1964, pero perdieron la guerra con la opinión pública. ¿Qué hizo el ejército? Decidió pagar con la misma moneda. De 1986 a 1989, los militares reunieron documentos, principalmente de un cuerpo de represión, el CIE (Centro de Información del Ejército), privilegiando lo que consideraron crímenes de la lucha armada contra la dictadura en Brasil. De hecho, la lucha armada de la izquierda en Brasil mató a inocentes. Posteriormente, los militares crearon el proyecto Orvil, que significa libro al revés (en portugués). Literalmente es 'Brasil: nunca más', pero al revés. Ya no se trata de los crímenes de la dictadura, sino de los crímenes de la lucha armada. Es una larga lista de grupos armados, el desmantelamiento de estos grupos y los crímenes que los militares consideran que han cometido.

En una reunión ministerial el pasado 22 de abril, en un momento inesperado, Bolsonaro pronuncia la siguiente frase: "Si hubieran ganado en 1964, hoy tendrías suerte si estuvieses cortando caña y ganando 20 reales al mes". Parece una frase absolutamente loca: estamos en 2020, han pasado 56 años desde 1964. En ese momento, ya se habían reportado en Brasil casi 50.000 casos y 3 mil muertes por COVID-19. ¿Qué significa esta frase durante una reunión llevada a cabo para discutir la recuperación económica después de la pandemia? 

Es la retórica de Orvil, una retórica que prepara un golpe de Estado. En la introducción de Orvil, ellos (los militares) dicen que desde 1922 la historia republicana brasileña está marcada por un intento constante de los comunistas para tomar el poder para crear en Brasil una dictadura del proletariado que, dadas las dimensiones continentales, haría que Brasil fuese una China tropical. El intento más peligroso, afirman, es la infiltración de las instituciones, en especial de cultura, para dar forma a una mentalidad que conduzca al advenimiento del comunismo a través de las elecciones y no de la lucha armada ¿Es o no es el discurso completo del Gobierno? Si usted acepta esta narrativa, lo que sigue es un segundo punto: la doctrina de la seguridad nacional.

¿Se refiere a la idea adoptada por la dictadura de llevar al ámbito interno del país la lógica de la guerra para eliminar al enemigo?

Exactamente. En la narrativa de Orvil no hubo un solo día en que el movimiento comunista internacional no intentara imponer una dictadura del proletariado con el objetivo de transformar a Brasil en una China tropical. Si desde 1922 hasta hoy han intentado tomar el poder debe existir una contraparte para la defensa y esta es la doctrina de seguridad nacional.

Esta doctrina no es un invento de la dictadura militar brasileña, pues se desarrolló dentro del marco de la Guerra Fría y existe en otros países. Proporciona condiciones específicas para defender la integridad de la nación cuando es atacada por un enemigo externo. El derecho público internacional establece que, si una nación es atacada por otra con el propósito de ser subyugada, la nación atacada tiene todo el derecho de usar los medios necesarios para repeler la agresión, incluso si deben eliminar al enemigo externo para hacerlo. La Doctrina de Seguridad Nacional adaptó esta idea al ámbito interno para eliminar al enemigo, que es el subversivo comunista. Como el subversivo comunista en la narrativa de Orvil está al servicio del movimiento comunista internacional, es en cierta medida externo y, por lo tanto, una vez identificado, ¿qué hacer con él? Eliminarlo. Punto.

¿Esta idea de eliminación se daría en el plano físico o en el plano moral destruyendo reputaciones?

¿Cómo trasladas esta doctrina de seguridad nacional a tiempos democráticos? Tengo dos hipótesis. Usted ya mencionó una: la militancia virtual bolsonarista destruye reputaciones con una violencia y virulencia sin precedentes en Brasil. Destruir reputaciones no es nuevo, es algo que siempre ha acompañado a la política. Pero la forma en que la guerra cultural bolsonarista inventa sistemáticamente a los enemigos en serie y realiza rituales expiatorios es algo impresionante. De una hora a la siguiente, se invierte por completo la descripción de la persona y esta sufre una destrucción simbólica equivalente a una eliminación desde el punto de vista simbólico e individual. 

En la narrativa de Orvil, el cuarto intento de tomar el poder por parte del comunismo provino del intento de infiltrarse en las instituciones, en especial, en las de cultura: la prensa, el arte y la universidad. Todas las acciones del Gobierno de Bolsonaro están destinadas a destruir las instituciones que Orvil identifica como aquellas que tienen la intención de imponer el comunismo en Brasil. Cuando hablan de la prensa extrema (como el bolsonarismo llama a la prensa), la matriz narrativa está en Orvil.

Esta inesperada aparición de la doctrina de la seguridad nacional se correlaciona con la destrucción sistemática de las instituciones. ¿Qué sucede cuando entregas la Fundación Zumbi dos Palmares (institución pública para la promoción y preservación de los valores culturales, históricos, sociales y económicos resultantes de la influencia negra en la formación de la sociedad brasileña) a una persona que niega la existencia del racismo en Brasil? ¿Se destruye o no la Fundación de esta manera? ¿Qué sucede cuando entregas el IPHAN (Instituto Nacional del Patrimonio Histórico y Artístico), uno de los organismos más antiguos y longevos de la precaria estructura de la cultura en Brasil, a una bloguera que se define a sí misma como "turismóloga" o eliminas 6.000 becas de posgrado de la noche a la mañana? El CNPq (Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico) anunció un decreto de iniciación científica en el que elimina el área de humanidades. Esto nunca ha sucedido en ninguna parte del mundo. Es impactante, pero sigue la narrativa de Orvil.

No pueden, por el momento, eliminar físicamente a los enemigos. Yo no puedo ser eliminado físicamente. Pero pueden destruir la universidad para la que trabajo. Si lo hacen, me están eliminando desde un punto de vista profesional. Si un Gobierno puede usar todas las instituciones estatales a su favor, no hay necesidad de dar un golpe, el golpe ya está hecho.

Usted argumenta que hay tres pilares fundamentales: además de la narrativa de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional, se está popularizando una retórica de odio que proviene en gran parte del escritor Olavo de Carvalho. ¿Cómo funciona este tercer elemento?

Una trampa en la que no caeré es discutir la filosofía de Olavo de Carvalho. Para mí, él no tiene filosofía en absoluto. Lo que me interesa señalar es que en una prédica de casi dos décadas, el autor ha creado lo que yo llamo el sistema de creencias de Olavo de Carvalho. Este sistema de creencias es una especie de punto de fuga que maximiza los elementos de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional. Él desarrolló muy hábilmente una retórica de odio.

Lo que digo es que la retórica de odio se traslada a la doctrina de la seguridad nacional para usarse en el lenguaje mediático de las redes sociales. ¿Cuál es el objetivo de Olavo de Carvalho, un hombre de más de 70 años, para tomarse la molestia de cambiar el nombre de una persona cuando algo no le gusta? Cuando modifico el nombre de una persona para ridiculizarla, ¿acaso no estoy haciendo una descalificación que anula a esa persona? ¿El propósito de una descalificación no es la de eliminar al otro?

Además, hay otra base en esta retórica de odio de Olavo de Carvalho que llamo la exageración descalificadora. Funciona así, Olavo dice: "Nunca antes en la historia humana ha habido un ataque contra un filósofo como el que yo he recibido. En mi contra, ya se han escrito 100 mil páginas en 15 idiomas”. Es una hipérbole descalificadora porque es obvio que no hay posibilidad de que haya 100 mil páginas en la faz de la tierra contra Olavo de Carvalho, mucho menos en 15 idiomas. Pero ¿qué efecto tiene esta hipérbole? Anula el pensamiento, ya que estás de acuerdo o estás en contra, no hay otro pensamiento posible. Solo se piensa cuando hay mediación.

Entonces, convergen los tres elementos: la doctrina de la seguridad nacional, Orvil y la retórica de Olavo de Carvalho. Esta última hace que se propaguen los otros dos. Una parte considerable de lo que Olavo propone en su trabajo, desde la infiltración gramsciana hasta la toma del poder, está en Orvil. Es una combinación muy poderosa.

La guerra cultural bolsonarista es, desde el punto de vista de movilización de masas, en especial en la era digital, un fenómeno sin precedentes en la historia política brasileña reciente. Esta guerra cultural se basa en los sentimientos más arcaicos de la cultura humana. El más arcaico de todos, que es la violencia, está en la superficie de la guerra cultural bolsonarista. Nada es más primitivo que la invención constante de enemigos y la promoción del linchamiento. La capacidad que esto tiene para movilizar la estamos viendo, es una fuerza que combina la violencia y el odio.

Ahora, aquí encontramos una paradoja. Sin guerra cultural, no existe el bolsonarismo. Pero con la guerra cultural, no puede existir el Gobierno de Bolsonaro. No puedes crear enemigos constantemente si tomas en cuenta datos objetivos y si no tomas en cuenta datos objetivos, no puede haber gobierno.

Nos acercamos al momento más grave de la vida brasileña desde la redemocratización. Tendremos una recesión económica y la recuperación aún no se ve en el horizonte y el colapso del Gobierno de Bolsonaro es inevitable. Mientras mayor sea el colapso, más violenta será la guerra cultural y se hace más probable que esta guerra virtual se derrame en las calles. Este colapso acelerará el proceso de violencia, las redes sociales se volverán cada vez más violentas, los bolsonaristas serán cada vez menos y más agresivos, porque solo permanecerán los fanáticos que optarán por la violencia inesperada y fuera de control.

El bolsonarismo solo tendrá dos alternativas: aceptar el fracaso melancólico de un gobierno que ni siquiera existía o emprender la aventura del golpe autoritario. Creo que se aventurarán por lo segundo. Hay intentos de armar a los ciudadanos en todo el país, usar la policía militar en algunos estados brasileños, literalmente existe el "acuartelamiento" del gobierno: hay más soldados en el gobierno de Bolsonaro que en todos los gobiernos de la dictadura militar en 20 años. Hoy estamos viviendo una situación grave, existe un gran riesgo de golpe autoritario, que será más violento que la dictadura militar porque este deseo de eliminar las instituciones no formaba parte de la dictadura militar. La dictadura militar quería crear instituciones a su imagen y semejanza. Solo podremos detener este proceso si entendemos la lógica perversa que domina este Gobierno. Necesitamos reaccionar para preservar la democracia. Si las Fuerzas Armadas se embarcan en la aventura golpista de Bolsonaro, la situación será grave. Las instituciones están tardando demasiado en reaccionar.

 

Brasil —30 de agosto de 2020 21:27h

@agenciapublica

Traducido por Mary Gómez

Artículo publicado originalmente en Agência Pública.

Publicado enInternacional
Jueves, 27 Agosto 2020 05:53

El Superyó y lo histórico-social

El Superyó y lo histórico-social

La heterogeneidad de una constelación estructural

Un guardián de los rasgos más significativos del desarrollo del individuo y la especie.

 

No hay en el niño una facultad “natural” que le permita distinguir entre el bien y el mal. La ética no es innata sino adquirida. Le es impuesta al niño por un dictamen exterior, que paulatinamente irá haciendo suyo. El niño, al percibir su desvalimiento, pierde la ilusión de una fusión perfecta con la madre. La autosuficiencia deja paso a un sentimiento de inferioridad. La etapa del yo-ideal es idílica. Uno está inmerso en el mundo sin siquiera saber que existe el mundo. El niño es echado del Paraíso. El ideal del Yo rescata todo lo que puede del naufragio del yo-ideal. Como si tomara fuerzas de la nostalgia que siente por la época en que era para sí su propio ideal. El niño accede a los otros gracias a ese gran mediador que es el otro primordial. El niño demanda amor a ese protector omnipotente. Algunos apoyos son dados al niño incondicionalmente. Haga lo que haga, se porte como se porte, recibirá amor. En el primer caso, el niño entiende que tiene cierto valor, puesto que sus padres lo aman contra viento y marea. Pero este amor incondicional no lo prepara para provocar amor en personas que no sean sus padres.

¿Cómo se consuma el paso del yo ideal al ideal del yo? La desmentida del objeto propia del yo ideal es reemplazada por el reconocimiento del objeto, su sobreestimación y por la ulterior identificación. El ideal del yo es el sustituto de la perfección narcisista primaria, pero separado del yo por un desgarramiento inevitable. El niño, cuando percibe su desvalimiento, pierde la ilusión de una fusión perfecta con la madre. Y al reconocer así las fronteras entre el yo y el no-yo la ilusión de autosuficiencia deja paso a un sentimiento de inferioridad. “El ideal del yo transforma el ideal de la satisfacción en satisfacción del ideal” (Green, 1990b).

El ideal del yo articula narcisismo y objetalidad, principio de placer y de realidad. Implica proyecto, rodeo, temporalidad. El niño proyecta su ideal del yo sobre modelos sucesivos. Frustraciones y gratificaciones dosificadas, “óptimas”, lo impulsan a desprenderse de ciertas satisfacciones y lograr otras. Cada momento histórico le proporciona gratificaciones conservando la esperanza de recuperar la plenitud narcisista. La madre le ayuda a proyectar “frente a sí” su ideal del yo preservando esa promesa narcisista.

El bebé está enfrentado a una doble exigencia: la del cuerpo, lo pulsional, y la de la madre, de la cual demanda amor. Esta polaridad tensional se va complejizando: lo pulsional deviene campo del deseo estructurado según las leyes del proceso primario. Pero hay otro registro que no se puede obviar: el del narcisismo. Freud lo enunció: placer en un sistema, displacer en el otro. Placer, valor, realidad marcarán los bordes al conflicto. El psiquismo tiene varios “atractores”, cada uno con su origen histórico: demandas pulsionales, exigencias superyoicas y apremios de la realidad. Interrogante isnsoslayable: ¿“Quiere alguien mirar conmigo hasta el fondo del misterio dónde se oculta la fabricación del ideal sobre la tierra?” (Nietzsche, F, 1887)

Freud (1932) reconocía la heterogeneidad del Superyó: “no es una abstracción, es una constelación estructural”. El Superyó es multitud de voces, miradas, personajes significativos. Es la internalización de deseos y tabúes, anhelos y prohibiciones. Día a día va haciéndose cargo del “mundo externo” y, particularmente, de los valores de la cultura. El niño y el adulto necesitan ser amados por su Superyó, como también necesitan ser amados por las personas de su entorno y necesitan que sus logros sean respetados por la cultura (o por su microcultura). El Superyó “alberga la consciencia moral, la autoobservación y el ideal del Yo” (Freud, 1932). Emite juicios. La piel tiene una facultad natural para distinguir entre frío y caliente. Pero el Superyó distingue entre “bueno” y “malo” sin la ayuda de ninguna facultad innata. El niño se somete al dictamen pues el que lo dicta es aquel que lo socorre en su desamparo.

Una serie de acontecimientos le dieron al Superyó una dinámica centrífuga. Y un trabajo de simbolización lo despersonalizó al alejarlo de los objetos parentales. El Superyó es transgeneracional. El tratamiento no consiste en corroborrar su hipercrítica, en darle la razón, sino en darle batalla, a esa instancia que mira con desprecio y con furia todo lo que hacemos y haremos. Freud (1937) fue claro: “desmontar al Superyó hostil”. Las aspiraciones acerca de lo que se debe ser y tener (ideal del yo), así como las consignas acerca de lo no se debe hace (consciencia moral), están conformadas por las aspiraciones de padres o sustitutos. El superyó, al constituirse como instancia crítica, es alimentado también por el amor de los padres, vigilando al yo con el fin de garantizarle una confianza básica y evitando separaciones excesivas en relación con los ideales. Este aspecto “bienintencionado” del superyó suele ser pasado por alto, en beneficio de sus representaciones más severas, esencialmente prohibitivas y punitivas.

El Superyó es y no es heredero del complejo de Edipo. Lo es porque comenzó esperando amor de las figuras parentales y así se constituyó como instancia intrapsíquica. Y no lo es porque hereda también de múltiples figuras. Congelar el Superyó a los cinco años, como congelar la constitución subjetiva, es ignorar que la historia identificatoria continúa a lo largo de toda la vida.

El Superyó es vocero y guardián de los rasgos más significativos del desarrollo del individuo y de la especie. En términos de Freud, procura “expresión duradera al influjo paternal, eterniza la existencia de los factores a que debe su origen” (1923). Subroga los rasgos más significativos del desarrollo del individuo y de la especie. Procura “expresión duradera al influjo paternal, eterniza la existencia de los factores a que debe su origen. [Mientras que el yo es] esencialmente representante del mundo exterior, de la realidad, el superyó se le enfrenta como abogado del mundo interior, el ello” (Freud, 1923). En “El Esquema” modificará su punto de vista. “Se ve que ello y superyó, a pesar de su diversidad fundamental, muestran una coincidencia en cuanto representan los influjos del pasado: el ello, los del pasado heredado; el superyó, en lo esencial, los del pasado asumido por otros. En tanto el yo está comandado principalmente por lo que uno mismo ha vivenciado, vale decir lo accidental o actual.” Mediante esta afirmación recalca el carácter no endógeno del superyó sino su dependencia de lo social.

Luis Hornstein, premio Konex de Platino a la trayectoria en Psicoanalisis (década 1996-2006). Su último libro es Ser analista hoy (Paidos, 2018).

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La tentación de Newton ante las manifestaciones de la conspiración

Existe una historia sobre Isaac Newton que siempre ha llamado mi atención. Muy probablemente sea apócrifa, pero ilustra perfectamente cómo se veía a los científicos en el siglo XVIII. En su casa, el científico fue abordado por una señora que había perdido su bolso. El bolso contenía objetos importantes y la mujer le pidió angustiada que le dijese dónde estaba. Evidentemente, Newton se negó, no podía ayudarla. Tras catorce insistentes visitas, el científico se puso una túnica, marcó un círculo con tiza a su alrededor y dijo: Abracadabra. Ve a la fachada del Hospital Greenwich. Allí veo a un duende agachado con tu bolso.

No puedo por menos que sonreír imaginando al científico perplejo ante la incomprensión de algunos de sus vecinos sobre el funcionamiento y alcance de su trabajo. Pero también me pregunto cómo continuaría la historia al saberse estos ridiculizados por el maestro ante sus demandas imposibles.

En estas semanas corren ríos de tinta sobre algunas manifestaciones que contradicen el consenso científico. Antes que nada, recomendaría consultar el trabajo que desde finales de los años 1980 realiza el Comité de Investigación de Sociología del Conocimiento, de la Ciencia y la Tecnología de la Federación Española de Sociología (la sociedad científica que agrupa a la sociología española), así como desde la psicología social y la opinión pública, para comprender las dinámicas de la confianza social en la ciencia y las instituciones científicas.

¿Qué nos dice la evidencia sobre los movimientos contra el consenso científico?

El error de meterlo todo en el mismo saco

Primera evidencia: estos movimientos no son homogéneos. Lejos de eso, entre la población existe un amplio espectro de confianza hacia el consenso tecnocientífico y, además, con diferentes puntos de tensión. Es decir, algunas personas desconfían profundamente de la capacidad de controlar la energía nuclear, mientras que confían en las vacunas infantiles recomendadas por las instituciones sanitarias.

En el caso de la confianza en las recomendaciones sanitarias contra el coronavirus, primera sugerencia: tener en cuenta este continuo de actitudes (positivas, ambivalentes y negativas). Dicho de otra manera: no tratar las actitudes críticas como si fueran un bloque. No lo son; se trata de una amalgama de personas, algunas con posiciones infranqueables, otras con planteamientos más ambiguos, con una gran diversidad de inquietudes.

Como dice Dan Kahan en su interesante artículo en Science, tratarlos de manera uniforme puede tener efectos contraproducentes. También en España, diversos estudios muestran cómo la mayor parte de la ciudadanía expresa actitudes ambivalentes hacia la ciencia y la tecnología, alejadas de la antigua dicotomía "todo es beneficioso", "nada lo es".

La responsabilidad de los referentes en los que confiamos

Segunda evidencia: cuando analizamos realidades con aspectos científicos complejos (como un nuevo coronavirus que irrumpe de repente en nuestras vidas) la gran mayoría de las personas no puede dedicar el tiempo y la energía necesarios a comprender por ellas mismas todas las cuestiones en juego. No podemos estudiar microbiología, epidemiología, neumología, virología durante meses para poder llegar a tener una opinión sobre lo que sucede.

¿Cómo hacemos? Usamos atajos, normalmente mediados por la confianza que nos proporcionan algunas instituciones o personas. Por ello es tan importante cuidar la confianza cuando abordamos la comunicación de una crisis sanitaria como la que vivimos. Volveré sobre esto.

Así, las declaraciones de referentes sociales y políticos tienen mucha importancia. Un experimento de mi colega Matthew Hornsey muestra cómo los votantes republicanos son más propensos a rechazar la vacunación si llegan a leer tuits antivacunas de Donald Trump (en el que tienen una confianza política).

¿Hizo el presidente Trump ese curso de microbiología que no pudimos hacer? No. Pero su posicionamiento sobre temas complejos y controvertidos funciona de atajo para cientos de miles de personas. Por ello es tan importante la responsabilidad de los referentes políticos, sociales y culturales a la hora de pronunciarse sobre este tipo de cuestiones complejas. Si no pueden hacer ese curso de microbiología, deberían dirigir sus opiniones hacia las personas expertas.

Pero también existen incentivos para que algunos agentes sociales no actúen de manera responsable. Esta capacidad de ser atajos para cuestiones complejas y controvertidas está siendo utilizada por algunas agrupaciones políticas extremas en diversos países para canalizar la desconfianza y las inquietudes sobre la evolución de la pandemia. Estos incentivos deberían ser compensados por costes legales específicamente definidos para reducir este uso irresponsable de la influencia política hacia cuestiones de sanidad pública.

También es crucial la confianza que tengamos en el funcionamiento de nuestras instituciones sanitarias. Esa confianza influirá fuertemente, por ejemplo, en nuestras actitudes hacia la vacunación.

El razonamiento motivado

Una tercera evidencia que me parece muy pertinente para entender las manifestaciones recientes contra el uso de la mascarilla o las futuras vacunas es la que muestra mecanismos de razonamiento motivado o cognición protectora de la identidad.

A menudo, las personas operamos más como abogados cognitivos que como científicos cognitivos: en lugar de sopesar la información de una manera abierta, atendemos, criticamos y recordamos información de manera selectiva, de un modo que refuerza nuestras conclusiones previas. Grupos más afectados por las medidas contra el coronavirus, que ven peligrar en mayor medida su forma de vida o valores, tenderán a activar en mayor medida mecanismos de razonamiento motivado.

Y, todavía más interesante. Una investigación pendiente de publicación que hemos realizado en 2019 en España (con Celia Díaz y Matthew Hornsey) muestra que las personas con estudios superiores serían más proclives a activar este tipo de mecanismos en su reticencia a la vacunación, ya que disponen de más recursos para proteger cognitivamente su visión del mundo. Esto ayudaría a explicar la mayor presencia (con respecto al total de la población) de personas con niveles avanzados de estudios o con profesiones más expuestas por las medidas contra el coronavirus (autónomos, sector cultural, etc.).

Este mecanismo de razonamiento motivado también ayudaría a explicar por qué algunas personas reticentes con las vacunas pasan una cantidad de tiempo considerable buscando información en internet sobre las vacunas y, aun así, llegan a conclusiones alejadas del consenso científico. Y también por qué algunas campañas de vacunación que se han basado en presentar información científica o refutar mitos sobre las vacunas han logrado un éxito moderado e incluso algunas campañas particulares han llegado a tener efectos negativos (efecto boomerang).

El miedo y la necesidad de comprender

Por último, el miedo. La situación que hemos vivido estos últimos meses no tiene precedentes en nuestro tiempo de vida. Imagínese que, en esta circunstancia excepcional, siente que no puede confiar en los líderes políticos. Siente desconfianza hasta el punto que cree que no buscan proteger su salud. También desconfía de las farmacéuticas. Y de los médicos, porque cree que están al servicio de estas. No puede salir a la calle sin ‘saber’ lo que está pasando. Necesita una explicación coherente con su forma de ver el mundo.

Aquí entran en juego diversas teorías de la conspiración en torno al origen y la naturaleza del coronavirus. Para algunas personas, estas teorías cubren una necesidad urgente en un momento en que su vida está dando un vuelco: comprender. Porque si comprendo (o creo comprender) tengo la sensación de tener un mayor control sobre la situación.

El periodismo científico vive un momento crucial en todo el mundo, ya que puede influir de manera significativa en cómo evoluciona ese rango amplio de actitudes ambivalentes hacia la ciencia y la tecnología en este contexto de crisis sanitaria. Y sabemos que estas actitudes influirán en los comportamientos futuros.

Muchas personas quieren saber dónde está la solución y la quieren ya. Además, desconfían ante el hecho de que la ciencia no sea monolítica, que no todos los científicos den la misma contestación, que haya médicos que den explicaciones discordantes con el consenso mayoritario de la ciencia. También desconfían de que, en contextos de incertidumbre, haya medidas que posteriormente se corrijan o que puedan resultar contradictorias con otras. A pesar de que algunos ciudadanos insistan catorce veces, como a Newton, creo que la comunicación de la ciencia debe ser fiel a sus límites, evitando darles lo que reclaman: respuestas para todo, monolíticas, infalibles.

Redes sociales que polarizan mensajes

En las redes sociales veo cómo crece el ruido, la simplificación, la polarización social. El conflicto no necesariamente es negativo. Sin embargo, enfrentarnos contra quienes desconfían del consenso científico llevará a la polarización. Y en esta crisis, la polarización social promete pocos beneficios y, en cambio, mucho que perder.

Algunas reacciones duras contra las manifestaciones recientes me preocupan, aunque pueda entender las emociones que las motivan. Primero, porque numerosos estudios muestran que ridiculizar a estas personas es contraproducente. Sugiero revisar las recomendaciones de UNESCO (basadas en evidencia científica) sobre cómo comunicarse con personas que creen firmemente en teorías de la conspiración.

Segundo, porque el endurecimiento de las posiciones puede provocar enfrentamientos (no solo verbales) entre grupos de personas que ven al otro como el enemigo. Me sorprendió recientemente un tuit de un diputado, señalando a los manifestantes como "enemigos del pueblo". Si empezamos a vernos como enemigos difícilmente podremos colaborar en un reto en el que nos necesitamos mutuamente.

La tentación de ridiculizar a quien no confía en el consenso científico puede llevarnos a una disminución de la confianza social. Sin confianza, no hay colaboración. Sin colaboración, no podemos parar la pandemia. En esta situación, creo que Newton respiraría por decimoquinta vez y, sin caer en la ridiculización, trataría de entender la desesperación de su vecina. Porque la necesita.

Por JOSEP LOBERA

Profesor de Sociología, Universidad Autónoma de Madrid

23/08/2020

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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Sábado, 15 Agosto 2020 06:11

Los matices humanos

 Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Buenos Aires, noviembre de 2019. AFP, JUAN MABROMATA

EL FEMINISMO COMO FENÓMENO DE MASAS

 

La identidad es una cárcel. (…)

La identidad no es una idea que ayuda a la humanidad a encontrarse consigo misma.

Deseo para el futuro la inutilidad absoluta de la identidad. (…)

Lo importante es la invención: alguien que decide pararse en el mundo e inventarse.

Lucrecia Martel1

 

Cuando aquel 3 de junio de 2015 las argentinas salieron a las calles a gritar «ni una menos», los feminismos uruguayos, que venían en un proceso de transformación propia, se hicieron eco de la marcha y sus reclamos, estableciendo un mojón histórico en la construcción de un internacionalismo popular y masivo. En ese momento, el objetivo primordial era romper el silencio social e instalar con fuerza la certeza de que la violencia basada en género es una variable básica para comprender las desigualdades estructurales que asolan la vida de los cuerpos feminizados. A partir de ese momento –y también gracias a la globalización de movimientos como el #MeToo y a procesos locales de «destape» como la Operación Océano, entre otros–, las causas feministas empezaron a tomar un protagonismo mucho más importante en la opinión pública, revolucionando con herramientas diversas –que van desde las nuevas escrituras académicas hasta los usos del lenguaje inclusivo, pasando por un millón de estrategias autogestivas e institucionales– la construcción de nuestras subjetividades. Es muy probable que la actitud de escucha de la sociedad hacia el caso Viglietti, por ejemplo, tenga mucho que ver con esa ruptura del silencio que se ha logrado. Si era un secreto a voces que ya se había hecho público en 2017 cuando el compositor murió, ¿por qué recién ahora, a pesar de todas las resistencias, pudimos comenzar a procesarlo y discutirlo? Porque ha cambiado el contexto de escucha, y eso, en sí mismo, constituye un logro inmenso.

Para instalar la discusión y volver a politizar la vida, las tácticas comunicacionales de los feminismos latinoamericanos han dado un enorme resultado. Las calles y las redes se complementan para difundir un vasto campo de pensamiento no hegemónico, y si bien es cierto que las consignas siempre son una síntesis de ideas más complejas, esas pequeñas frases hicieron la diferencia y permitieron que cada vez más personas se encuentren dispuestas a escuchar razones sobre asuntos que, hace sólo cinco años, se encontraban casi ausentes de las conversaciones cotidianas. Empezamos a leernos y escucharnos más entre nosotras, a darnos cuenta del profundo alcance de la cultura patriarcal, a identificar la opresión de género como un mecanismo fundante para el capitalismo, pero que, incluso, lo trasciende para extenderse a casi todos los sistemas políticos que han estructurado la vida humana a lo largo del tiempo.

Hemos vivenciado el valor de ese proceso esta misma semana, en la que decenas de estudiantes de Medicina se animaron, bajo el hashtag #MeLoDijeronEnLaFmed, a contar en Twitter sus experiencias de acoso y abuso dentro de la facultad. La literatura de consignas, esa creación colectiva orgánica al movimiento, ha sido clave para que las ideas feministas lleguen a lugares impensados, trascendiendo distancias de todo tipo. Así, la ruptura del silencio dio paso a una masividad sumamente heterogénea, en la que incluso la palabra feminismo se ha convertido en territorio de disputa. Esa masividad que, sin lugar a dudas y a pesar de todo, es tremenda buena noticia, ha traído nuevos problemas y ha intensificado debates que se han vuelto muy difíciles de transitar con serenidad, porque es natural que las pasiones atraviesen una práctica política tan enraizada en las experiencias personales. Sentirse parte del movimiento feminista no necesita más (por suerte) que un acto voluntario: alcanza con declararse feminista. Aun así, la posibilidad de considerarnos «compañeras» se ha fragilizado para dar paso a acusaciones que parecen irreparables, como la de «encubrir violadores», que aparece con una facilidad alarmante. ¿De verdad es responsable una mujer que ama a un varón, porque es su padre, su hermano, su pareja, su amigo o su compañero de trabajo, de las acciones que ese varón realiza o ha realizado en el pasado? ¿No resulta evidente que para condenar a cualquier persona que se conoce y se ama son necesarias ciertas garantías? ¿No hay contradicciones en el acto de erigirse en un lugar de moral impoluta y colocarse «afuera» del problema cuando sabemos que la sociedad de la que formamos parte está enteramente atravesada por la cultura de la violación y por una idea de amor que tiene un vínculo histórico con la violencia?

Resulta difícil para las feministas hacer ciertas preguntas críticas hacia adentro. Para escucharnos y ser escuchadas tuvimos que atrincherarnos y no dar el flanco, porque no nos quedaba otra. Decir «hermana, yo te creo» es una decisión política fundamental, porque es un acto de habilitación de la escucha, una subversión revolucionaria contra la sospecha obligada que caía sobre quienes se animaban a hablar. ¿Pero qué pasa cuando vemos que la práctica del rumor se instala en las generaciones más jóvenes y que acusaciones anónimas, para las que no hay ni siquiera testimonios o personas cercanas que les pongan el cuerpo a las denuncias, terminan destruyendo la potencia de los movimientos colectivos mixtos, que se desarman en pedazos? Es un problema muy grave, porque, claro, la Justicia está muy lejos de ofrecer caminos reales de intervención. Si ni siquiera es capaz de prevenir femicidios perpetrados por varones denunciados previamente, ¿cómo podemos pretender que intervenga con eficacia para dirimir, por ejemplo, si el hecho de que un varón se quite un preservativo sin permiso constituye un delito que debe ser penalizado? Así, si bien en un principio el trabajo de las feministas se encauzaba con naturalidad hacia lograr que las mujeres denunciaran más, contar con una Justicia que no sea funcional a la perpetuación de la violencia parece un objetivo tan lejano e inaccesible que, para muchas compañeras, es inevitable la tentación de abandonarlo.

Pero que la Justicia sea una institución patriarcal y funcional al poder no puede llevarnos a «pasar de ella» de manera acrítica. El método del escrache es una herramienta importante cuando el sistema falla o se rehúsa a actuar, pero nunca debería ser nuestra primera opción. Mal utilizado puede resultar muy peligroso, incluso para la víctima. En los escraches que se hacían a los represores después de la dictadura, tanto en Argentina como en Uruguay, había organizaciones que generaban su propia información y respaldaban esas acusaciones: Madres y Familiares, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S. ¿Pero qué pasa cuando, en un movimiento masivo, los escraches no cuentan con ningún mecanismo de confirmación, ni siquiera interno? ¿Es loable pensar en un feminismo que juzga sin ofrecer garantía alguna? Hoy, más que nunca, el procedimiento de la justicia por mano propia –por más que esa justicia se trate del aislamiento social o de la «cancelación»– se acerca demasiado a los procesos de construcción de subjetividad más alarmantes de la sociedad, esos que les abren paso a los fascismos. Los grises existen: no es lo mismo una acusación de acoso hacia un profesor o un jefe, por ejemplo, con la disparidad de poder que eso significa, que una acusación que se realiza hacia un par, aunque resulte incómodo decirlo. Del mismo modo, si bien la violencia verbal es violencia, no es exactamente lo mismo que la que se ejerce físicamente. Aplanar esos matices no es una actitud responsable. Todo ciudadano merece un juicio justo, y sus personas cercanas necesitan ese juicio para enfrentar la verdad, y por eso necesitamos disputar la Justicia para transformarla. El humanismo es una concepción filosófica necesaria porque la identidad no debería ser una cárcel. Creer que las personas pueden cambiar también es una decisión política, y no es momento de menospreciarla.

Hoy no estamos en el mismo lugar que hace cinco años atrás. No es fácil preguntarnos con lucidez sobre cómo seguir, porque muchas veces eso implica abandonar los atajos para jugarse por el camino largo. Hay demasiadas luchas que requieren que podamos organizarnos sin acusarnos, a priori, entre nosotras. Sin ir más lejos, de cara a las elecciones departamentales, asusta la manera en que nuestras causas están siendo ninguneadas por todos los partidos políticos. La tolerancia, la confianza y el cuidado también incluyen otorgarnos garantías reales, responsables, para decidir a quién aislar, a quién cancelar o a quién odiar. Y tenemos que poder hacer autocrítica sin juzgarnos y condenarnos tan fácilmente, para que la masividad no sea un ruido que nos engulla y nos traga, operando en contra del cambio social estructural por el que venimos luchando y que, más temprano que tarde, conseguiremos.

1   Extraído de la charla brindada por Lucrecia Martel el 7 de marzo en el Centro Cultural Kirchner, Buenos Aires, Argentina. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=VzpfPwsOpjA

 

14 agosto, 2020

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H. G. Wells: socialismo y ciencia para cambiar el mundo

El 13 de agosto de 1946, falleció uno de las figuras literarias más importantes del Reino Unido. Sus obras abordaban la ciencia ficción y las desigualdades sociales, además de ser un ferviente defensor de la corriente humanista. Al menos, hasta que las guerras mundiales terminaron sepultando su optimismo.

 

Herbert George Wells se autodefinió como un socialista demócrata en 1886 y, durante toda su vida, profesó unos ideales que buscaban la igualdad total. Para ello, promulgó la eliminación de clases y la libre competición en la sociedad, siempre y cuando las personas tuviesen derecho a las mismas oportunidades, sin importar su origen. 

En sus obras literarias, destacó su pasión por los avances científicos y plasmó de manera explícita las diferencias sociales. Por ejemplo, en La Máquina del Tiempo ofrece un paradigma muy ilustrativo sobre ambas temáticas, a través de una historia en la que figuran dos razas descendientes de los seres humanos, los Eloi y los Morlocks. En la novela, basada en un futuro muy lejano, las desigualdades sociales son fehacientes: mientras los Eloi viven en verdes praderas, iluminados por la luz del sol y en armonía pura, los Morlocks habitan bajo tierra, denostados y sin vestigios de su antigua humanidad.

De manera similar, Cuando el Durmiente Despierta presenta una realidad futurista, concretamente en el año 2100. A diferencia de La Máquina del Tiempo, no existe un dispositivo para viajar en el tiempo, sino que Graham, el protagonista de la narrativa, duerme durante 200 años, y al despertar, contempla aterrorizado el deterioro de la sociedad.

En esta realidad, los proletarios son oprimidos de manera incesante, la policía utiliza continuamente la violencia contra los civiles, y las mujeres que dan a luz, tienen que entregar a sus bebés, que pasarán a ser alimentados por robots con forma de mujer. Para horror de Graham, se da cuenta que, a través de una sucesión de eventos inicialmente inexplicables, él se ha convertido, mientras dormía, en la persona más poderosa del mundo. 

Nuevamente, la pasión de H. G. Wells por el desarrollo tecnológico queda plasmado en la novela, aunque a través de Graham, muestra el peligro que entraña el uso de la ciencia para fines ególatras. A través de un método de vigilancia extremadamente preciso, se ilustra una sociedad donde se ha establecido una esclavitud sistémica. En este aspecto, el escritor británico siempre remarcó la importancia del derecho a la privacidad de las personas.

Una sociedad en la que “riqueza es poder”, y enseñar “solamente produce descontento y problemas”, es la historia sobre la que versa Cuando el Durmiente Despierta. A pesar de no ser una de las obras más famosas, ofrece una imagen muy lúgubre acerca del excesivo control y la represión ejercida sobre los habitantes, temáticas adoptadas por George Orwell en 1984 o Czeslaw Milosz en La Mente Cautiva.

Pese a tener el dominio mundial, el protagonista de Cuando el Durmiente Despierta nunca llega a corromperse y, por el contrario, se une a las clases más denostadas para eliminar la desigualdad en el planeta

Además de ciencia y socialismo, en La Isla del Doctor Moreau y El Hombre Invisible, se detalla una clara lucha interna en el propio ser humano, entre lo éticamente correcto y la importancia del progreso. La idea se basa en que la capacidad para inventar es prácticamente ilimitada, al igual que la facilidad para caer en actos inmorales y perversos. 

En El Hombre Invisible, H. G. Wells desafía al lector, a través de una cuestión formulada de manera indirecta durante la narrativa, a que se imagine con un poder semejante, y que sea capaz de no caer en la tentación de cometer actos malignos.

Por otra parte, la duda sobre las barreras que están dispuestas a atravesar los seres humanos en sus ansias por expandirse, la responde de manera explícita en La Guerra de los Mundos. La idea del relato surgió de una conversación que tuvo con su hermano Frank, mientras hablaban de la llegada de los europeos a la isla de Tasmania, y la destrucción de los nativos. 

 “Imagina que, desde el cielo, vienen seres de otro planeta, y se ponen a vivir entre nosotros”, dijo Frank. Y años más tarde, H. G. Wells explicó que, antes que criticar a los invasores de la novela, “hemos de recordar la implacable y absoluta destrucción que los seres humanos hemos causado”, y mencionó la hostilidad de los europeos hacia los nativos de la isla de Tasmania. Con su ironía habitual, lanzó una pregunta al aire: “¿Somos tan misericordiosos, como para quejarnos si los marcianos apareciesen con el mismo espíritu conquistador?”.

Al final de “La Guerra de los Mundos”, la humanidad parece condenada a la extinción, tras la hecatombe producida por la llegada de los invasores. Sin embargo, a diferencia de los humanos, el sistema inmunológico de los extraterrestres, no estaba preparado para defenderse de las enfermedades de la Tierra. De esta forma, la pandemia aniquiló a una especie que estaba causando estragos en el planeta.

Su optimismo en la capacidad soñadora de los seres humanos para inventar era una continuación de las ideas promulgadas a través de la Ilustración, y que se habían expandido a través de los movimientos modernistas.

 

Libertad total e igualdad sin restricciones

 

Antes de la Primera Guerra Mundial, H. G. Wells era, posiblemente, el escritor que mejor captaba la esencia de la época. Su optimismo en la capacidad soñadora de los seres humanos para inventar era una continuación de las ideas promulgadas a través de la Ilustración, y que se habían expandido a través de los movimientos modernistas.

De esta manera, muchos de sus escritos se enfocaban en la posibilidad de investigar, en las aventuras que aguardaban a aquellas personas con capacidad y determinación para descubrir. Y no solamente en el ámbito científico, también en el aspecto social, pues para él, la libertad debía extenderse a todos los ámbitos. 

De hecho, era muy crítico con los movimientos conservadores cristianos y los códigos de conducta de la época. Entre sus reivindicaciones, destacó su apoyo incuestionable a la libertad sexual, a la necesidad de una educación global, y al movimiento sufragista. De hecho, en su novela Ann Veronica, escrita en 1909, habla sobre los futuros movimientos de liberación de la mujer, en la lucha para conseguir la igualdad de género.

Para él no existía duda posible. Si la humanidad quería alcanzar un futuro próspero, el camino debía trazarse a través de la igualdad, la cooperación, y la paz mundial. Estos ideales fueron plasmados a comienzos del siglo XX en Mankind in the Making, novela en la que destaca la igualdad entre sexos, y en sus convicciones de la necesidad de crear un proyecto social, al que calificó como Nuevo Republicanismo. 

Siendo uno de los escritores más famosos de la época, también participó activamente en las campañas socialistas, y criticó a la burguesía. En 1903, se unió a la Sociedad Fabiana, formada por un grupo de intelectuales socialistas, que incluía a personajes ilustres como George Bernard Shaw, Beatrice Webb, y Sidney Webb.

No obstante, desde los inicios, se mostró decepcionado con muchas acciones tomadas por la organización, y en 1906, redactó un artículo, donde criticó abiertamente la falta de ambición de sus integrantes para hacer reformas importantes, de aspecto más radical. Uno de los principales desacuerdos, era la negativa de los miembros de la Sociedad Fabiana, a reconocer la libertad para amar y tener sexo.

 

Ciencia para el progreso social

 

A lo largo de los años, las novelas de H. G. Wells han perdurado, gracias en parte por la sencillez en sus narrativas de ciencia ficción. Adelantó muchos avances tecnológicos a través de sus novelas, y la fascinación que el escritor británico tenía sobre la ciencia, tras sus años de estudio, era evidente. A ello se unía su creencia de que el socialismo y el progreso científico eran dos aspectos que debían permanecer juntos. A través de su estudio en la biología, comprendió que la unión de los seres humanos era esencial para poder adaptarse a una realidad cambiante, y así poder mejorarla por el bien común.

Por ello, no sorprende que en Anticipaciones, publicada en 1902, el escritor británico muestre una idea de que, para prosperar, los seres humanos han de confiar en la ciencia. Años más tarde, en 1905, escribió Una Utopía Moderna, novela en la que se ilustra un mundo donde la propiedad es regulada por el estado, en la que la igualdad entre hombres y mujeres es patente.

Aunque su obra parece una analogía del comunismo, al igual que la obra Utopía, publicada en 1516 por Thomas More, la realidad es que, por aquel entonces, H. G. Wells rechazaba el comunismo como ideología de estado.

Precisamente, se observa una crítica al sistema en el hecho de que los Samurai, que son los líderes de la sociedad de la novela, gobiernan sin haber sido elegidos. Sobre el sistema de gobierno implementado en Una Utopía Moderna, Michael Sherborne, escritor de la biografía H. G. Wells: Another Kind of Life, explica que se trata de “un Estado unipartidista antidemocrático, en el que la verdad no se establece mediante una discusión crítica, sino a través de una creencia compartida”.

Pero con el transcurso de los años, H. G. Wells viajó a Rusia en tres ocasiones, y tras su encuentro con Lenin, su percepción sobre el comunismo cambió drásticamente. Prueba de ello son sus experiencias recogidas en el libro Rusia en las Sombras, donde detalla su entrevista con el líder de la Revolución Bolchevique.

De aquel encuentro, el escritor británico se mostró impresionado con la doctrina de Lenin, y declaró que “gracias a él, a pesar de Marx, entendí que el comunismo podía ser enormemente creativo”. Era obvio su rechazo al filósofo alemán, como había demostrado en escritos anteriores. Para él, la expansión del marxismo no se debió al mérito de esta corriente ideológica, más bien a que la opción contraria, el capitalismo, es “estúpida, egoísta, excesiva y anárquica”.

Por sus críticas al marxismo, se granjeó la enemistad de gran parte de los comunistas, mientras que, por su desprecio al capitalismo, fue duramente criticado por los conservadores. Entre ellos, Winston Churchill, que le había otorgado el crédito de concebir en sus obras, la idea de usar aeroplanos y tanques antes de la Primera Guerra Mundial.

Habiéndose reunido durante décadas para discutir sobre diversos temas de actualidad, finalmente la relación entre ambos se deterioró. H. G. Wells le consideraba un miembro ilustrado de la clase gobernante, y Winston Churchill repudiaba sus ideales socialistas.

 

Las guerras mundiales y el pesimismo de H. G. Wells

 

Con el paso de las décadas, y el transcurso de las guerras, su firme creencia en la corriente humanista fue debilitándose. Primero fue la Guerra de los Boers en 1899, el conflicto a través del cual empezó a entender la complejidad de la naturaleza violenta en los seres humanos.

Después de la primera Guerra Mundial, inevitablemente, el optimismo del escritor británico, al igual que el de muchos humanos, empezó a desvanecerse

Y después de la Primera Guerra Mundial, para H. G. Wells y gran parte de los intelectuales de la época, confiar en una raza que había causado tanta devastación, dependía prácticamente de un acto de fe sin fundamentos en los que sostenerse. Inevitablemente, el optimismo del escritor británico, al igual que el de muchos humanos, empezó a desvanecerse.

Además, a través de su novela de ficción El Mundo Liberado, escribió acerca de un potencial atómico de catastrófica magnitud. Publicada en 1914, este escrito fue una oda a los posibles avances tecnológicos, al igual que un aviso sobre los peligros del uso indebido de la ciencia.

Paradójicamente, la exhaustiva imaginación que H. G. Wells muestra en la novela, especialmente al describir una granada de uranio capaz de provocar explosiones de manera indefinida, cautivó a Leo Szilard. Posteriormente, el físico húngaro reconoció que, a través de la obra del escritor británico, entendió “lo que significaría la liberación de la energía atómica a gran escala”.

Y eventualmente, en 1934, plasmó esta realidad en forma de reactor nuclear. En 1939, El propio Leo Slizard y Albert Einstein escribieron una carta al presidente Franklin Delano Roosevelt, que comenzó el Proyecto Manhattan, y que terminó con el bombardeo de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagaski. Precisamente, en otra novela de H. G. Wells, La forma de las cosas que vendrán, publicada en 1933 y que fue adaptada al cine, se pronosticó con precisión el lanzamiento de bombas durante un conflicto global, provocando una devastación inminente. Por su parte, el propio Leo Slizard quedó atormentado al comprobar el poder destructivo de las bombas atómicas, y en 1950, pronosticó que una bomba de cobalto destruiría a todos los seres vivos.

Pasando de la ficción escrita a la realidad vivida, para H. G. Wells, la Segunda Guerra Mundial fue una ilustración definitiva de un panorama desalentador. La humanidad, que parecía incapaz de aprender de sus errores, quedó retratada.

De manera simbólica, como una broma macabra del destino, la última obra del escritor británico fue Mente al final de su atadura. Publicada en 1945, en el año de la conclusión del conflicto armado, el escritor inglés ofrece una visión oscura y desalentadora del mundo, donde tras la destrucción ocasionada, los seres humanos no pueden seguir viviendo.

Finalmente, el 13 de agosto de 1946, tendido en su lecho, H. G. Wells se despidió de sus seres queridos, a los que dedicó sus últimas palabras. “Podéis iros. Estoy bien”. 

 

El legado humanista de Wells y la Declaración de Derechos Humanos

 

El escritor británico se despidió de un mundo que debía continuar sin él, pero que nunca le olvidaría. No es casualidad que un socialista de convicciones igualitarias tan efusivas como él, y siendo una de las figuras literarias más influyentes de la época, fuese esencial en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Durante sus últimos años de vida, su visión crítica y sagaz sobre el mundo seguía intacta. De esta forma, en 1940 escribió un borrador titulado “La Declaración de Derechos del Hombre”, que él mismo reconoció que incluía de igual a manera a “mujeres y hombres, niños o adultos”.

A través este escrito, su objetivo era encontrar “un código de Derechos Humanos fundamentales, que fuese accesible a todas las personas”. Años más tarde, este documento sirvió de inspiración para la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Las premisas del borrador se centraban en la necesidad de crear un documento, a través del cual se pudiese establecer una ley internacional, con el fin de acabar con los conflictos. Remarcó la importancia del derecho a la privacidad de las personas, la necesidad de preocuparse por cualquier acto de crueldad que aconteciese en el mundo, y abogó por una “profunda reconstrucción de los métodos de la vida humana”. 

De manera similar a José Saramago, quién en Ensayo Sobre la Lucidez explicó que “los derechos no son abstracciones, tienen existencia incluso cuando no son respetados”, H. G. Wells resaltó que “la ley debe incluir a la totalidad de las personas”. Según el escritor inglés, teniendo en cuenta la evolución social y el continuo nacimiento de seres humanos, “no puede existir una generación particular que sea capaz acaparar todo el poder legislativo, sino que este debe ser inherente a toda la humanidad”.

Desde que avisara de los peligros del aumento de las desigualdades de clases en “La Máquina del Tiempo”, hasta que se resignó a la capacidad destructiva de la raza humana en “Mente al final de su atadura”, transcurrieron 50 años. Durante su vida y a través de sus escritos, profundizó sobre temas que tienen resonancia en el siglo XXI, como el peligro de un conflicto nuclear, los métodos de vigilancia, el poder de manipulación de los medios, la creación de una red de conexión global y el calentamiento global.

De hecho, durante una conferencia en Australia en 1939, alertó de los peligros que entraña la explotación frenética de los recursos ambientales. “Los seres humanos queman bosques, talan árboles, destruyen terrenos, extinguen animales”, explicó. También ofreció una idea para concienciar a los seres humanos acerca de la necesaria protección del ecosistema: “Si en cada atlas se mostrasen las regiones devastadas por las actividades del ser humano, la gente quedaría atónita”. 

El legado de Herbert George Wells es asombroso, y sus desalentadoras advertencias sobre el futuro, demasiado reales en el presente.

Por Juanjo Andrés Cuervo

13 ago 2020 09:00

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La memoria (también) es un campo de batalla simbólico

Memorándum sobre los olvidos funcionales

Entre los planes de toda dominación, económico-cultural, ocupa un lugar de privilegio la usurpación simbólica incluso en los campos de la identidad y de la memoria. Nunca será fácil someter a un pueblo que tenga “fresco” en su recuerdo, el bagaje histórico de las luchas con sus derrotas y sus victorias. No es que sólo de recuerdos viva la especie humana y tampoco que los archivos mnemotécnicos, por sí solos, salven a los pueblos de las tragedias opresoras. Pero es seguro que las batallas en los campos simbólicos de la memoria son decisivos no sólo por la cantidad sino por su calidad movilizante y su oportunidad coyuntural. Es urgente re-politizar a la memoria. 

También es preciso emancipar a la memoria de todas las emboscadas ideológicas que pretenden reducirla a sólo “archivo muerto”, “ocioso” y “estorboso”, capricho de la imaginación “solipsista”. No es suficiente la “memoria activa” si no es, específicamente, memoria crítica y descolonizadora. Recordar por recordar comporta el peligro de las nostalgia boba. Recordar es una parte de la producción de sentido donde entran en juego todas las formas de la memoria que no sólo es repertorio de “retratos mentales” quietos. La memoria opera en toda la red de los sentidos, objetivos y subjetivos. Umberto Eco, en algunos temas desmemoriado, entendía que uno recuerda rostros, aromas, fechas, frases, gestos, afectos, texturas… pero, por más que se las ingenien para que así parezca, ninguna memoria es puramente individual. El recuerdo expresa al conjunto de las relaciones sociales y en ellas los modos y los medios de la producción económica e ideológica. 

Nada tiene la memoria de “enciclopédica” per se, no es un plan armado por coleccionistas organizadores de saberes. Es mucho más parecida a un “collage” (no caprichoso) que cobra sentido sólo en el sentido de la dialéctica social desde el epicentro de esas contradicciones internas que la convierten en “cultura de masas”, “comics”, letras de canciones, mitos cinematográficos, éxitos de propaganda, obsesiones de educación religiosa… a fuerza de emociones que dan adherencia a los fanatismos. Tales contradicciones internas son la presión sanguínea de un cierto metabolismo ideológico, siempre con pronóstico reservado, según la trama en que se activan o manipulan los recuerdos. Sólo con luchas emancipadoras a conciencia, se recupera la memoria crítica de sí y del contexto, porque sin cuerpo político, sin poder social emancipador, pensamientos y recuerdos se quedan en la infancia o la adolescencia de tipo museísticos y contemplativos. Ésta es quizás la parte más revolucionaria de una semiótica emancipadora de la memoria, donde las fuerzas del recuerdo se vuelven movilizadores y marcan la vida simbólica de los pueblos que, al final, se revitaliza en clave abolicionista contra toda manipulación, usurpación o degeneración de la memoria.

A la burguesía le gusta jugar con la memoria para homenajearse a sí misma, convirtiéndose en añoranza profunda que se nos inserta como “recuerdo del futuro” inexistente. Inventaron “épocas de oro” para inocularnos ensoñaciones e ilusionismos nostálgicos, para hacernos sentir que perdimos esa “tierra prometida” que nunca tuvimos. Nos hacen sentir tristeza y ansias para rescatar, compulsivamente, la época en que todo fue “prospero”, abundante y feliz… con una especie de memoria taxi que nos lleva hacia lo que nunca existió pero que está ahí, motorizado por películas, cancioneros, museos y baratijas ideológicas de moda. Si “todo tiempo pasado fue mejor” estamos fritos. Lo peor no ha “pasado”, lo “mejor” no ha existido (más que para unos cuantos) y la memoria es, en manos de la ideología dominante, mercancía del capricho hegemónico. La realidad de los seres humanos simplemente empeora: más hambrunas, más desempleo, más inflación, más pobreza… menos futuro bajo el capitalismo. ¿Alguien lo recuerda?

Un lugar específico (no exento de necesidad crítica y autocrítica) ocupa el estudio científico de las patologías de la memoria. El repertorio es muy amplio, y con excepciones, estudiado bajo muchas limitaciones, voluntarias e involuntarias. No será aquí donde se pueda profundizar con solvencia esa revisión. Lo que sucede en el campo de las “enfermedades de la memoria” contiene desorientación, dudas y cuestionamientos que debemos elaborar y profundizar como contribución teórica en un área tan sensible que, más de una vez, ha sido estancia de los peores experimentos en la guerra psicológica orquestada por el imperio. Recordemos Hiroshima y Nagasaki y la manipulación “clásica” sobre cuánto de nosotros es “propio” y cuánto producto de la manipulación simbólica fabricado por la cultura dominante aunque, a veces, lo “olvidemos”. Algunos sueñan con que el único sentido de nuestras vidas opere como respuesta a una suma de “recuerdos” inducidos por cierta capacidad de compra. Memoria del consumismo fabricada en laboratorios de semiótica burguesa.

Dicen algunos que la memoria es un “género de ficción”. Eso supondría que hay un “autor”, demiurgo de memorias al antojo de las circunstancias o las conveniencias. Como los publicistas. Pero eso sería cierto en una definición del individualismo que ignorara el peso de la Historia sobre la memoria con los lenguajes, las arquitecturas, los modos de producción y las relaciones de producción. Al otro lado del conflicto, en el campo de Batalla que, también, es la Memoria, está el bastión del amor (única fuerza capaz de reconciliarnos con nosotros mismos decía Breton) y todas sus expresiones. En el amor no mercantil, que genera tantas memorias, está la fuente de lo mejor de nosotros mismos, la base de toda idea de futuro, la clave de un humanismo de lo concreto y de nuevo género. Algo que está muy presente en nuestras vidas, que lucha contra las tinieblas ideológicas (falsa consciencia) imperantes. Principio fundamental y programa de lucha emancipador para recuperar a la memoria y ponerla a salvo de nuestro propio olvido. 

Mucho cuidado. En memoria de “grandes luchas” y “grandes luchadores” se han cometido equivocaciones inmensas. Bajo la cualidad aparente del “homenaje” memorioso a personas o eventos, puede habitar una no poco tendenciosa usurpación simbólica que termine desplazando a los hechos concretos y los convierta en despojos anecdóticos para condimentar discursos ampulosos o charlas en cocteles diplomáticos. Un día, por fin, las fuerzas de la epistemología y la pedagogía comprometidas con la multidisciplina y la política emancipadoras, resarcirán el papel de la memoria en la construcción del sujeto social crítico hoy cercenado de los modelos educativos. Harán lugar a una Semiótica para la Emancipación inserta, también, en la revolución de las consciencias. Y eso es urgente, no lo olvidemos. 


Por. Fernando Buen Abad Domínguez, Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús

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Covid-19: oportunidad del neoliberalismo para impulsar una brutal neo privatización educativa en América Latina

Escalamiento del Apagón Pedagógico Global 

 

Desde el año 2015 venimos denunciando el riesgo que ocurriera un Apagón Pedagógico Global(APG). Advertíamos que este APG tendría una expresión concreta en la virtualización y la relocalización en la  casa  de una parte importante de los procesos de enseñanza-aprendizaje. No lo decíamos por tremendismo, sino porque esta tendencia al APG había sido anunciada en varios documentos de las Bancas de Desarrollo y de los organismos multilaterales. Sin embargo, buena parte de la izquierda pedagógica desestimó este escenario al considerarlo improbable. Comprender esta realidad implicaba reconocer que estamos ante un reseteo planetario de la cultura educativa, lo cual desafiaba muchas de las certezas construidas en el campo de las alternativas pedagógicas. La más reciente publicación del Foro Económico Mundial de Davos “COVID-19: el Gran Reseteo” (julio, 2020) confirma las valoraciones y análisis prospectivos que hacíamos hace años.

Siempre señalamos responsablemente, que no sabíamos cuál sería el evento o el mecanismo para ello, pero que la tendencia del capitalismo cognitivo de la tercera revolución industrial apuntaba en esa dirección. El COVID-19 se convirtió en el evento que construyó las condiciones de posibilidad para el desarrollo a escala planetario del Apagón Pedagógico Global.

La transición entre la tercera revolución industrial a la cuarta revolución industrial hizo inminente el APG. Esta transición comportaba la consideración, por parte del capital, de la obsolescencia de la máquina educativa newtoniana de la primera y segunda revolución industrial. Obsolescencia determinada por el impacto de la aceleración de la innovación en los procesos educativos.

La cuarentena sanitaria por la pandemia del COVID-19 obligó a generar respuestas en materia de escolaridad y educación. Las medidas educativas elaboradas por las burocracias de los ministerios de educación, fueron construidas a partir de la apelación al concepto de “emergencia”. La real emergencia sanitaria, fue usada para desarrollar un giro inusitado, dramático y excluyente en la educación. La llamada emergencia educativa sirvió de pretexto para que en la mayoría de países se intentara dar continuidad a las labores escolares, ya no en las escuelas, liceos y universidades sino “en casa” y por mecanismos remotos, en su mayoría codificados al público bajo las expresiones de “educación virtual en casa, “universidad en casa”.

 

El paradigma neoliberal de la sociedad educadora

 

Esta “nueva Realidad” nos obliga a revalorar el paradigma educativo neoliberal de la “sociedad educadora”, que desembarcó con fuerza en la región en la década de los ochenta del siglo XX.  Esta iniciativa, en la era de la transnacionalización del capital y de la mundialización cultural contemplaba la intención de ir transfiriendo a las familias, docentes y estudiantes, las condiciones mínimas para el cumplimiento al derecho a la educación.

El fortalecimiento de los mecanismos para garantizar el pago de las matrículas y “colaboraciones para las sociedades de padres y representantes” en las escuelas públicas, sirvieron como caballo de Troya para intentar recargar en las familias los costes del mantenimiento de los planteles escolares, las actividades extraordinarias, los docentes suplentes, etc., en la ruta para que las madres y los padres fueron asumiendo la responsabilidad educativa que correspondía a los Estados. Cada vez más se le fue transfiriendo a las familias muchas de las responsabilidades que otrora habían asumido los Estados.

Esta intención pudo concretarse solo parcialmente y de manera desigual en los países de la región, gracias a la movilización del magisterio, los profes universitarios y los estudiantes; las familias lo hicieron en menor medida, atrapadas por la cultura evaluativa de la calidad educativa.

La exigencia de mayores aportes a los sistemas escolares por parte de las familias se encubría con el discurso funcional de la co-responsabilidad para alcanzar una educación inclusiva de calidad, algo que se convertía en un chantaje funcional para la desmovilización de las familias. Esa “noción” de la co-responsabilidad comporto un salto en la construcción de hegemonía, sobre la necesidad que los Estados “compartieran” con las familias los costes de la educación pública. Esta operación de propaganda, abrió las puertas a reformas en las constituciones nacionales y las leyes de educación que implicaron un abandono drástico de las responsabilidades del Estado, encubiertas con discursos progresistas.

 

La obligación de los Estados en garantizar las condiciones mínimas para el derecho a la educación

 

Desde una perspectiva emancipadora y de Estado Docente, la responsabilidad de garantizar el derecho a la educación es de los Estados Nacionales. Es decir, los Estados entre otras cosas, deben garantizar que a) el presupuesto destinado a la educación no sea inferior al 6% del Producto Interno Bruto o menor del 20% presupuesto público; b) exista una legislación educativa que garantice el acceso universal a la escolaridad y en igualdad de condiciones, por lo menos, a los estudiantes de educación inicial y primaria. En algunos países esta obligación se extiende al bachillerato; c) elaborar los planes de estudio y los modelos de enseñanza-aprendizaje que garanticen un aprendizaje contextualizado a cada realidad, desafíos epocales y necesidades de la población; d) construir la infraestructura necesaria (escuela, liceos, preescolares, universidades) para garantizar la igualdad de condiciones de aprendizaje; e) dotar las escuelas, liceos y universidades de los elementos, equipos y contenidos inherentes a la aceleración de la innovación y garantizar que todes los y las estudiantes tengan las mismas condiciones de acceso a estas tecnología y conocimientos; f) desarrollar una continua actualización de la formación inicial y permanente de los y las docentes que permita  garantizar el papel de la escuela como institución democratizadora del conocimiento entre los sectores populares.

Previo a la pandemia, muchas de estas condiciones mínimas de partida no eran cubiertas por los Estados nacionales, lo cual generaba resistencias, movilizaciones y denuncias del movimiento magisterial y estudiantil.

La desinversión en educación y la precarización de las condiciones de trabajo de los y las docentes actuaban como disparadores de la premisa neoliberal de abandonar la responsabilidad de los Estados con la educación pública, dando paso al modelo de sociedad educadora.

Debemos tener cuidado que el logro del 6% del PIB como piso mínimo no sea usado en buena medida para la firma de contratos con las grandes transnacionales tecnológicas en materia de contenidos educativos digitales y virtuales, ni para construir la infraestructura base para la transición a la cuarta revolución industrial, escenario en el cual se continue recargando en las familias, estudiantes y docentes el grueso de la inversión en equipamiento tecnológico básico (computadores, laptos, celulares) y la conectividad al internet. Subrayar siempre que esto es (y sería) privatización educativa y triunfo del paradigma neoliberal de sociedad educadora.

En el plano internacional el neoliberalismo educativo cada vez más se aseguraba que en muchos de los protocolos de los organismos multilaterales, el derecho a la educación apareciera sin sus apellidos sustantivos de gratuita, popular, científica y laica. Cada vez más en estos protocolos aparece el compromiso de vincular el sector privado al cumplimiento del derecho a la educación, que no es otra cosa que la transición a la construcción de hegemonía respecto a la educación como una mercancía.

El tránsito abrupto de un modelo de educación presencial en las escuelas, al modelo de “educación virtual en casa”, de “universidad en casa” y, el temor del contagio mortal, posibilitó un acelerado abandono de las premisas de responsabilidad de los Estados Nacionales que le obligan a garantizar las condiciones mínimas para el desarrollo del derecho a la educación.

 

La neo privatización educativa en el marco de la pandemia del COVID-19

 

El Coronavirus aceleró y escaló a una dimensión impensable solo meses atrás, las tendencias privatizadoras de la educación. El modelo de “educación virtual en casa”, de “universidad en casa” que han impulsado los sistemas educativos en América Latina ha comportado una privatización de hecho. Las responsabilidades de los Estados de garantizar las condiciones mínimas para desarrollar los procesos de enseñanza y aprendizaje han sido abandonadas y se ha entrado en la lógica del neoliberalismo educativo.

Ahora, en el marco de la pandemia del COVID-19 son las familias, les estudiantes y los y las docentes, quienes deben asumir los costes del pago del internet, la suscripción a plataformas privativas para poder dar clases, la compra o reparación de sus computadoras para dar clases. Los Estados se desentienden de su responsabilidad usando el acostumbrado lenguaje de la “vocación docente”, de la “mística de los educadores”. Se trata de una Neo privatización educativa a escala global.

Muchos de los contenidos educativos en este contexto de “virtualidad en casa”, son aquellos que están disponibles en las plataformas privativas. Los y las docentes no fueron formadas y no están siendo formados adecuadamente para trabajar en entornos digitales, lo cual ha implicado una serie de déficits y problemas derivados del ensayo y error, de “como va viniendo vamos viendo”.

Se pretende culpabilizar de los errores de la coyuntura a los y las docentes, convirtiéndose el Estado en un evaluador que con desenfado traslada su responsabilidad a terceros, usando los criterios de la cultura evaluativa. La culpabilizacióna  los docentes, es una cortina de humo que procura ocultar que se está produciendo una brutal privatización educativa.

Las condiciones en las cuales se están desarrollando los procesos de enseñanza aprendizaje son desiguales y estratificadoras. Muchos estudiantes no cuentan siquiera con una casa donde estudiar de manera estable, otros no poseen familia que les apoyen, la mayoría no tienen textos o acceso a internet, ni computadoras.

La escuela, con sus programas alimentarios procuraba garantizar que todes comieran por lo menos una vez al día, precisamente para igualar las condiciones de partida para aprender a aprender. Las medidas tomadas por los ministerios de educación han roto en solo meses, la conquista social de asociar el derecho a la educación con garantías de igualdad de condiciones para desarrollar los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Esa “nueva normalidad” está siendo poco denunciada, por el contrario, en muchos casos, está dinámica ocurriendo con el silencio cómplice de importantes sectores de la academia y los sindicatos burocráticos patronales.  Como en todo proceso de opresión, las resistencias marcan la diferencia y hoy casi un centenar de organizaciones del magisterio en la región, educadores populares y pedagogos críticos han comenzado a denunciar y movilizarse en contra de esta realidad.

 

Educación de primera para incluidos en la tecnología, educación de tercera para los excluidos de la tecnología.

 

Para colmo, con el pretexto de la emergencia sanitaria se está produciendo una nueva estratificación de la educación. Los que tienen acceso a computadores e internet, cuyo porcentaje no excede el 50% de la población en América Latina y el Caribe, son los que tienen la posibilidad de participar en la educación remota que intenta darle continuidad a los procesos de escolarización. Estas condiciones previas son las que se venden como logros de acceso a la formación, que en realidad son simplemente acceso a a información actualizada. Se confunde la capacidad individualizada de navegación conducida por la red de internet con aprendizajes.

Los otros y otras, la mayoría de estudiantes, que no tiene acceso a computadora e internet, están recibiendo enseñanza por televisión o radio, con contenidos y metodologías de la televisión educativa de los sesenta del siglo XX, transitando el aprendizaje con una mirada desde el retrovisor, no hacia el presente y el futuro.   Esto redundará en nuevas formas de exclusión. Es una educación de segunda para pobres.

Por otra parte, quienes viven en zonas de difícil acceso y precaria conectividad, con limitadas posibilidades incluso de acceder a una señal de radio, están recibiendo una educación por módulos, educación de tercera, que trata de ocultar que les están dejando en los bordes de la marginalidad intelectual.

La apelación a la contingencia y la emergencia para producir esta privatización educativa no tiene justificación alguna, más aún cuando las autoridades educativas desoyeron las advertencias que hicimos desde cinco años sobre un inminente Apagón Pedagógico Global (APG) y la obligación que tenían los Estados para prepararse para escenarios como estos, con la mirada pensada en la inclusión educativa y la justicia social.

 

La escuela no volverá a ser lo que era

 

Esta realidad no puede hacer que nos refugiemos de manera conservadora en intentar volver a las condiciones existentes antes de la pandemia. La escuela, liceo y universidad que teníamos en febrero del 2020 tampoco representaban la aspiración de los sectores populares y críticos, respecto a lo que debería ser una educación liberadora y emancipadora.

Se trata entonces de comprender y trabajar de manera renovada por una nueva escuela gratuita, popular, democrática, laica, científica y presencial, que reivindique la tradición y el saber pedagógico acumulado por décadas, pero que sea también sea capaz de empalmar con lo nuevo, lo emergente en clave de resistencia anticapitalista.

 

Alternativas 

 

Ciertamente lo peor que puede pasar es que un niño, niña o adolescente quede desconectado del sistema escolar. El hecho que consideremos que es necesario un esfuerzo contingente urgente, mediados por la educación por televisión, radio o módulos para los que no tienen acceso a la conexión digital, no nos impide advertir que ello está comportando una nueva estratificación, con un claro sentido de clase.

Son los pobres, las mujeres trabajadoras, la clase obrera, los campesinos, quienes viven en condiciones de marginalidad en los barrios quienes están resultando más afectados por la neo privatización educativa en marcha y la estratificación de la escolarización determinada por el acceso a computadores y conexión a internet.

Las alternativas están en el plano epistémico y en la organización para la resistencia.  En el primero, la sorpresa y la sensación de vértigo que esta situación de la cuarentena por el COVID-19 ha causado en amplios sectores progresistas, nos lleva a afirmar que lo urgente es clarificar lo que está pasando y establecer de manera compartida el horizonte inmediato contra la opresión neoliberal.

Lo segundo, reivindicar que las experiencias de colectivos pedagógicos en las escuelas, liceos y universidades emerge con fuerza como una práctica muy potente para avanzar de manera colectiva, desde abajo, en la comprensión de lo ocurre y la elaboración de resistencias anticapitalistas.

Tercero, fortalecer la unidad de los sindicatos y gremios docentes combativos, con los movimientos de educadores populares y pedagogos críticos para de manera conjunta elaborar una ruta de acciones coyunturales y estratégicas.

Es momento de inventar para no errar.

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