Martes, 11 Diciembre 2018 05:01

Teoría de la desmoralización inducida

Teoría de la desmoralización inducida

Se sabe, desde siempre, que un modo (entre muchos combinados y desiguales) para derrotar a un enemigo u oponente, radica en hacerle perder todo lo que de confianza hubiera podido abrigar respecto a su victoria. Arrebatarle su certeza, su dignidad y sus destrezas convenciéndolo (antes, durante o después de la batalla) de su insolvencia, su pequeñez, sus complejos y su inferioridad: desmoralizarlo pues. Y para ese fin se han estudiado, y se estudian, mil modos de precipitar la derrota del oponente desde las más cotidianas, y aparentemente intrascendentes, burlas, desprecios, calumnias... hasta las más sofisticadas agresiones, verbales o simbólicas, entrenadas en laboratorios de guerra psicológica. Aquí se entiende la moral como la entendía Adolfo Sánchez Vázquez. 

Bajo el capitalismo el repertorio de las “contiendas” es muy variado aunque en su base esté la manía monopólica sustancial de quién quiere eliminar del escenario toda competencia que complique la dictadura de los precios. Pero en escala mayor, la madre de todas las luchas es la lucha de clases y de ella -y para ella- se prodiga toda forma de combate desembozado o disfrazado, capaz de asegurar un “triunfo” que, además de imponer hegemonía económica esclavista sea, al mismo tiempo, rentable. Y no les importa si eso resulta ser un retroceso o descalabro monumental contra la humanidad.


Su sueño dorado sería que, en la dinámica de la lucha, los opresores pudiesen ahorrar en armas y soldados, economizar en todo lo posible y lograr que el enemigo se derrote a sí mismo (producto del engaño, la manipulación ideológica, el odio contra sus pares...) y por añadidura -no tan azarosa- sacar ganancias de ello. Sería apoteósico, no importa si con ello se despliegan las conductas más obscenas y los anti-valores más degradantes. Como las guerras.


Desarmar al enemigo antes de que se entere, hacerle creer que lucha con denuedo y luego probable su impotencia para arrodillarlo y que, además, lo agradezca... que le otorgue la razón a su opresor y que haga de la derrota una herencia “honrosa” para su prole. En las escuelas o teorías de guerra se insiste en la importancia de golpetear al enemigo hasta que pierda todo ímpetu pero, como en no pocos casos, la pérdida del ímpetu no es sinónimo del abandono de la resistencia, el capitalismo en su fase imperial pretende que el pueblo, desmoralizado, también sirva como agente de combate contra su propia clase. Para eso sirven los “medios de comunicación” que en realidad son armas de guerra ideológica. Hoy baluartes del sueño invasor más ambicioso que consiste en dominar la capacidad de ubicuidad y de velocidad. Como las “agencias de noticias” que en realidad son fábricas de falacias y linchamientos políticos.


Además de todos los repertorios de gestos gruñidos y vociferaciones intimidatorias, las estratagemas desmoralizadoras recurren a muchos de los baluartes estéticos de sus industrias culturales. Como las agencias de publicidad. Dicen que “lo lindo vende” y para sus fines de belicismo desmoralizador, inventan por ejemplo, bellezas discriminatorias que desmoralizan a quien no tiene atributos similares al estereotipo burgués. El belicismo del “lujo” no es una forma cándida de exhibir tentaciones o fetiches de ricos... es una metralla desmoralizadora que golpea la autoestima del desposeído que por serlo se siente nada.


La idea burguesa de que “en la guerra todo se vale” no es más que la legitimación de una deformación ética al servicio de la canallada. Cuando los pueblos luchan no repiten la lógica de los opresores ni reproducen sus valores de combate. Principalmente porque no luchan por negocios. Aunque la burguesía quiera convencernos de sus métodos de lucha son los mismos que “cualquiera usaría” si se dieran las condiciones, lo cierto es que la Moral de Batalla en manos de los pueblos se funda en objetivos humanistas y de justicia social cuya organización y resultados muy otros. Simplemente porque no somos lo mismo en el sentido de clase más riguroso.


Ellos, los oligarcas, mantienen su moral de lucha basados en las ganancias y en el odio de clase que aprendieron a cultivar desde hace siglos. Ellos alimentan su despareció de clase sabedores de que “el otro” es su enemigo histórico, que constituye una mayoría y que en cualquier momento asciende la conciencia de su fuerza organizándose. Y para impedir su ascenso, acicatean una crisis de dirección revolucionaria en la que las ganas y las fuerzas de la lucha se disipen. A cualquier precio. Para ellos es una inversión.


Para salvarnos como especie, y para salvar al planeta, necesitamos consolidar nuestra conciencia de clase y nuestras fuerzas simbólicas enmarcadas por un programa revolucionario y humanista de nuevo género capaz de desmenuzar toda estrategia desmoralizadora y profundizar los baluartes de nuestra moral y no la de ellos. Cuando se asume conscientemente un conjunto de principios (que se profundizan y perfeccionan en el crisol de la praxis) nada puede quebrantar la moral emancipadora. Por ejemplo: 1. Al trabajador no se lo explota. 2. La propiedad privada es obscena en un mundo de desposeídos. 3. La tierra es de quien la trabaja. 4. Prohibido manipular la educación, la conciencia y el estado de ánimo de los pueblos 5. A cada cual según sus necesidades. Las verdaderas victorias son un motor de conciencia y de moral invencibles. Son patrimonio que no admite fronteras y que anidan en los corazones de los pueblos. Ni un paso atrás. Ni un espacio descuidado. Ni una claudicación.


Combatir la Desmoralización Inducida de ninguna manera significa suspender la crítica. Todo lo contrario. Implica el ejercicio de la crítica responsable y fundamentada que salvaguarda la unidad y no le simplifica al enemigo el trabajo de destruimos. Desmoralizados somos nada. En todo caso, está por fuente nutricia la convicción de que debemos rescatar a la especie humana y al planeta del sistema económico más depredador y criminal de la historia. Está la alegría por salvar la alegría de las personas. El amor por el amor en todas sus expresiones, la importancia de la justicia social y la vida buena para todos. Está la lucha de grandes hombres, de los indispensables, que siempre es social y siempre es histórica. Está el futuro que es posible y urgente sin amos, sin miedos, sin clases sociales y sin amargura. Esta la herencia del ejemplo heredado por los pueblos y sus luchas victoriosas, antídotos todos magníficos que cultivados en colectivo son certeza de vida buena.

Por Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

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Miércoles, 28 Noviembre 2018 06:14

La pesadilla de Polanyi

La pesadilla de Polanyi

Para entender el daño que el neoliberalismo ha causado en nuestras sociedades, es bueno tomar algo de distancia histórica. La perspectiva desde horizontes temporales largos permite cuestionar los mitos y leyendas que impiden una crítica certera sobre la economía de mercado y el capitalismo. Un vistazo al pasado ayuda a comprender que las heridas en el tejido social no son superficiales y que se acompañan de una peligrosa mutación hasta en la misma forma de pensarnos.

Lo primero que enseña la perspectiva histórica es que la sociedad de mercado no siempre existió. Este es el hallazgo fundamental de Karl Polanyi, autor de la obra magistral La gran transformación. Si bien los mercados eran conocidos desde finales de la llamada edad de piedra, las relaciones puramente mercantiles estaban acotadas por otro tipo de relaciones sociales que no tenían nada que ver con precios y mucho menos con una finalidad de lucro. Para decirlo en palabras de Polanyi, no es lo mismo una sociedad con mercados que una sociedad de mercado.

Ninguna sociedad puede sobrevivir sin un sistema económico. Pero el sistema económico basado en la idea de un mercado autorregulado es una novedad en la historia. En la antigüedad existieron mercados de todo tipo de bienes, desde telas y sandalias hasta utensilios y alimentos. Había precios y monedas. Pero las relaciones mercantiles estaban sumergidas en una matriz de relaciones sociales cuya racionalidad no era obtener ganancia o beneficio económico. Como dice Polanyi, aquellas relaciones mercantiles estaban encasilladas en otro tipo de relaciones sociales.

Las cosas cambiaron hace unos 200 años. La sociedad del siglo XVIII fue testigo de este portentoso cambio y le saludó como si se hubiese alcanzado la cima de la civilización. La admiración creció con el mito de que culminaba con esa transformación un proceso cuyo motor era una supuesta "propensión natural de los seres humanos al trueque", para usar las palabras de Adam Smith. Esa creencia es la que anima la mitología sobre una evolución natural que condujo a la sociedad de mercado.

La realidad es que no hay nada natural en la expansión del tejido mercantil. En los poblados y las ciudades de la Europa medieval el comercio era visto con recelo y como amenaza a las instituciones sociales. Por eso se le regulaba de manera estricta, con la obligación de hacer públicos los detalles de precios y plazos para cualquier transacción mercantil y la prohibición de utilizar intermediarios. Además, se mantuvo una separación rigurosa entre el comercio local y el de largas distancias. Los comerciantes dedicados a estas últimas actividades estaban inhabilitados para ejercer el comercio al menudeo. Los mercados fueron siempre una dimensión accesoria de las relaciones sociales.

La aparición de estados unificados territorialmente impulsó la destrucción de las barreras proteccionistas de los poblados y primeras aglomeraciones urbanas, además de proyectar la política del mercantilismo a un primer plano. Así se abrió la puerta a la creación de mercados nacionales. Si las relaciones de mercado llegaron a cubrir con su manto toda la trama de relaciones sociales, eso fue resultado de la acción del poder público o de lo que Polanyi llamó "estímulos artificiales", no de una pretendida "evolución natural".

La sociedad de mercado que se impuso a finales del siglo XVIII llevaba en su lógica la necesidad de convertir todo lo que tocaba en una mercancía. Entre otras cosas necesitó de la mercantilización de bienes (como la tierra), que anteriormente no habían sido objeto de transacciones en un mercado. Sólo así podía pretender al título de mercado autorregulado. Cuando llegó la revolución industrial, la sociedad de mercado ya había transformado el entramado de relaciones sociales que había imperado en Europa. El capitalismo nacido en las relaciones agrarias en Inglaterra completó el proceso al convertir al trabajo en mercancía y en otro espacio de rentabilidad.

El neoliberalismo y la globalización de los pasados tres decenios también se impusieron por la acción del Estado. Y lo que antes había sido visto como una amenaza para las instituciones, se convirtió en una realidad tóxica para el tejido social. Todo lo que nos rodea y hasta nuestro mismo cuerpo se ha transformado en espacio de rentabilidad para las relaciones mercantiles. La peor pesadilla de Polanyi se hizo realidad.

Sobre las espaldas de una teoría económica recalentada y refuncionalizada para servir de sustento ideológico, el neoliberalismo ha dependido de la astucia del capital para crear nuevos espacios de rentabilidad. Las fuerzas del mercado general han deformado las instituciones sociales y han creado una cultura del sentido común que cada día nos aleja más de la humanidad y del universo. Han forjado una cultura popular que gira alrededor de la competencia y del individualismo posesivo con consecuencias nefastas para los grupos más vulnerables. La historia del neoliberalismo es una pesadilla de la que nos urge despertar.

Twitter: @anadaloficial

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Martes, 20 Noviembre 2018 06:31

El racismo no necesita racistas

El racismo no necesita racistas

En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de la realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.


Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.


La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.


Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.


En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente racial en la discusión.


“You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.


Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.


El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.


Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.


Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundado Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.


La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.
Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?


Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.


Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.


Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.


Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en la Jacksonville University.

 

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Miércoles, 14 Noviembre 2018 05:40

“No hay salida del nacionalsocialismo global”

“No hay salida del nacionalsocialismo global”

Para Berardi, las personas resignaron su capacidad para pensar y sentir y, mientras la falta de diálogo impide la organización, nuevos gobiernos represivos controlan todo sin necesidad de recurrir a ejércitos. “Hoy no nos relacionamos”, asegura.

 

El filósofo Franco “Bifo” Berardi tiene la sonrisa fácil. Es profesor de la Universidad de Bologna desde hace mucho tiempo pero antes, cuando solo tenía 18 años, participó de las revueltas juveniles del 68’, se hizo amigo de Félix Guattari, frecuentó a Michel Foucault, ocupó universidades y fue feliz. Hoy asegura que esa posibilidad fue clausurada: los humanos ya no imaginan, no sienten, no hacen silencio, no reflexionan ni se aburren. Los cuerpos no se comunican y, por tanto, conocer el mundo se vuelve un horizonte imposible. Frente a una realidad atravesada por la emergencia de regímenes fascistas –enmascarados con globos, pochoclos y dientes brillantes– los ciudadanos protagonizan una sociedad violenta, caracterizada por la “epidemia de la descortesía”. Fundó revistas, creó radios alternativas y señales de TV comunitarias, publicó libros entre los que se destacan, “La fábrica de infelicidad” (2000), “Después del futuro” (2014) y Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva (2017). En esta oportunidad plantea cómo sobrevivir en un escenario de fascismo emergente, de vértigo y agresividad a la orden del día.


–A menudo plantea la frase: “El capitalismo está muerto pero seguimos viviendo al interior del cadáver”. ¿Qué quiere decir con ello?


–La vitalidad y la energía innovadora que el capitalismo tenía hasta la mitad del siglo XX se acabó. Hoy se ha transformado en un sistema esencialmente abstracto, los procesos de financierización de la economía son los que dominan la escena y la producción útil ha sido reemplazada. En la medida en que no se podía pensar el valor de cambio sin primero recaer en el valor de uso, siempre creímos que el capitalismo era muy malo pero promovía el progreso. Hoy, por el contrario, no produce nada útil sino que solo se acumula y acumula valor.


–¿Por qué no nos relacionamos?


–La abstracción de la comunicación ha producido un proyecto de intercambio de signos financieros digitales que, por supuesto, no requiere de la presencia de personas para poder efectuarse. Los cuerpos se aíslan: cuánto más conectados menos comunicados estamos. Me refiero a una crítica al progreso que ya se ha discutido tenazmente con Theodor Adorno y Max Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración. En la introducción del libro señalan que el pensamiento crítico y la democracia firman su condena a muerte si no logran comprender las consecuencias tenebrosas de la ilustración. Si no entendemos que la mayoría de la población reacciona de una manera miedosa al cambio todo terminará muy mal.


–¿En qué sentido?


–Creíamos que Adolf Hitler había perdido y no es verdad. Perdió una batalla, pero todavía gana sus guerras. Los líderes Rodrigo Duterte (Filipinas), Jair Bolsonaro, Donald Trump, Matteo Salvini (Italia) y Víktor Orbán (Hungría) representan los signos de un nazismo emergente y triunfante en todo el mundo.


–¿Por qué se vive con tanta violencia y agresividad?


–Puedo responderte con la reproducción de una frase que leí en el blog de un joven de 19 años: “Desde mi nacimiento he interactuado con entidades automáticas y nunca con cuerpos humanos. Ahora que estoy en mi juventud, la sociedad me dice que tengo que tener sexo con personas, las cuales son menos interesantes y mucho más brutales que las entidades virtuales”. Esto quiere decir que al relacionarnos –cada vez más– con autómatas perdemos la expertise, la capacidad de lidiar con la ambigüedad de los seres humanos y nos volvemos brutales. En efecto, miramos con mejores ojos a las máquinas. La violencia sexual es la falta de aptitud del sexo para poder hablar. De hecho, vivimos hablando de sexo, pero el sexo no habla. No logramos comprender el placer del deseo del cortejo, de la ironía, de la seducción y, en este sentido, lo único que queda cuando rascamos el fondo del tarro es la violencia, la apropiación brutal del otro.


–Si la capacidad emotiva se ha perdido y la de razonar se está desvaneciendo, ¿qué nos queda como Humanidad?


–No hay salida del nacionalsocialismo global. Lo único que queda como respuesta es el trauma, a partir de la readaptación del cerebro colectivo. El problema fundamental no es político, sino cognoscitivo: la victoria de Bolsonaro no representa solo una desgracia para el pueblo brasileño, pues, también es una declaración de muerte para los pulmones de la Humanidad. Te lo digo como asmático: la destrucción de la Amazonia que se está preparando implica una verdadera catástrofe. Mientras que el final de nuestros recursos se aproxima, la evolución del conocimiento social, algunas veces, demanda dos o más siglos.


–Si ya no podemos imaginar, será imposible construir futuros.


–Por supuesto, si no imaginamos no podemos actuar. La imaginación depende de lo que conocemos, de nuestras trayectorias y experiencias y, sobre todo, de nuestra percepción empática del ambiente y del cuerpo ajeno. Ya no vivimos emocionalmente de manera solidaria. Los jóvenes hoy están solos, muy solos. Necesitamos construir un movimiento erótico para curar al cerebro colectivo. Se trata de volver a unificar al cuerpo y al cerebro, a la emoción y al entendimiento. Desde aquí, #NiUnaMenos es la única experiencia mundial que, desde mi perspectiva, recupera estos vínculos. Debemos aprender de este fenómeno y extenderlo a otras áreas, recuperar derechos, volver a vivir la vida.


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Silvia Federici: "Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo"

 Con un amable castellano, Silvia Federici recibió a un grupo de periodistas de medios alternativos y comunitarios en la sede que la Fundación Rosa Luxemburgo tiene en el barrio de Chacarita. Italiana de nacimiento, pero residente en Estados Unidos desde 1967, a dónde marchó para estudiar Filosofía, Federici tuvo una activa militancia en los años ’70 y hoy sus libros son verdaderos best-sellers para una generación de jóvenes feministas. Son bien conocidas sus críticas al marxismo y a los partidos de izquierda, hoy concentradas en El patriarcado del salario, aunque no deja de señalar los aportes que las lecturas de Marx han hecho al feminismo y las luchas de las mujeres. Heredera de una corriente de pensamiento autonomista y recorriendo, luego, otros caminos propios y particulares, Federici inscribe su preocupación por el reconocimiento del trabajo reproductivo de las mujeres, en un feminismo anticapitalista.

Conversando con periodistas de medios alternativos

Desde el inicio de la conferencia de prensa, se deslinda de lo que ella define como un "marxismo ortodoxo que siempre miró sólo la fábrica y el proletariado industrial, invisibilizando a otros movimientos y sujetos sociales." Pero yo tenía la oportunidad de hacer una única pregunta, así que en vez de usar ese tiempo en responder su crítica al marxismo, me preocupé porque mi interrogante obtuviera una respuesta de su parte que resultara realmente provechosa. Mientras tanto, las compañeras periodistas continuaban este diálogo sobre su nuevo libro y sobre distintos temas de la coyuntura nacional e internacional. Una de ellas preguntó si era posible un feminismo que no fuera anticapitalista. "Hay muchos feminismos, y muchos no son anticapitalistas. En los últimos cuarenta años, desde mediados de los ’70, el feminismo se fue institucionalizando, se hizo un feminismo de Estado, un feminismo de la ONU que se presenta ahora como quién nos emancipa. Ese feminismo dominante es pro-capitalista neoliberal.

Impone una agenda domesticada, usando nuestro propio lenguaje para fundamentar la incorporación de las mujeres a la economía neoliberal, siendo las más precarizadas bajo la mistificación de la emancipación." Prosiguió: "Un feminismo que parta de la experiencia de las mujeres en su trabajo de reproducción, su trabajo doméstico, tiene que ser anticapitalista. El capitalismo sólo fue capaz de dar prosperidad para algunos sectores y por determinado tiempo limitado, mientras para la mayoría de las mujeres, nada." Con Silvia Federici hemos polemizado en un artículo titulado "Nosotras, el proletariado", precisamente, por la supremacía que le adjudica al trabajo reproductivo en el funcionamiento del capitalismo, al que considera más fundamental aún que a los mecanismos de extracción de plusvalía en el ámbito del trabajo extradoméstico. "El trabajo doméstico tiene una contradicción interna", dijo Federici, "porque reproduce la vida, pero en las sociedades capitalistas ese trabajo sirve para reproducir la existencia del capital, mediante la reproducción de la fuerza de trabajo.

Es el trabajo más importante de la sociedad." Otras compañeras se adentraron en algunos de los temas que fueron debatidos durante este año en el movimiento de mujeres de Argentina, en las grandes movilizaciones del 8 de marzo y por el derecho al aborto. Hubo quien comentó sobre cómo el gobierno de Macri se había reapropiado de una agenda feminista, de manera oportunista y otra que preguntó cuál debería ser el rol de los compañeros varones en las marchas de mujeres. "Los varones que apoyan, al fondo de la marcha", respondió sonriendo Silvia Federici y eligió hablar de otra ubicación, de la ubicación política: "Deben elegir dónde se ubican en esta lucha de las mujeres: si lo harán para reafirmar las jerarquías o para abolirlas".

También aprovechó para hablar de la violencia machista: "La violencia contra las mujeres es un sabotaje de la lucha anticapitalista". Aunque la lectura de sus libros, incluido El patriarcado del salario, me había despertado varios interrogantes, a mi turno tuve que decidirme por una única pregunta y planteé que, en general, se habla de los efectos negativos de la asalarización de las mujeres, porque se incorporan a trabajos muy precarios y además cargan con la doble jornada que representa el trabajo reproductivo no remunerado; pero que, actualmente, la mitad de la clase trabajadora asalariada son mujeres.

¿Qué efectos puede tener, no sobre las mujeres que es lo que ya conocemos, sino sobre el conjunto de la clase trabajadora, sus luchas, sus organizaciones, su burocracia sindical y sus representaciones –que siempre fueron masculinizadas-, que la mitad de la clase sean mujeres? Tenía en mente el impacto que, en Argentina, está teniendo el movimiento de mujeres –mayoritariamente juvenil- entre las trabajadoras de la salud, docentes, trabajadoras de diferentes gremios y ramas de la producción y los servicios que están enfrentando el ajuste impuesto por el gobierno nacional y el FMI. Pensaba en cómo, a su vez, ellas interpelan a sus compañeros de trabajo.

"Un efecto ya inmediato es el nuevo interés de muchas mujeres sobre la socialización del trabajo reproductivo; porque se ha quebrado la ilusión de que salir de la casa para hacer otro trabajo extradoméstico es emancipatorio. En los ’70 hubo un período en que las mujeres que salían a trabajar fuera de su hogar, reclamaban tiempo para amamantar, reformas en la organización del trabajo en función de sus capacidades reproductivas. Pero mientras tanto, se estaba desmantelando la gran industria como la habíamos conocido hasta el momento.

Esta temática de cómo unir las dos partes del trabajo, productivo y reproductivo, vuelve a tener importancia. Estamos asistiendo a una gran crisis de la reproducción. El derecho al aborto y a la maternidad, el rol reaccionario de la Iglesia católica y los sectores fundamentalistas, el avance de la derecha en el continente, la depredación de la naturaleza y muchos otros temas se fueron desplegando a lo largo de casi dos horas de conferencia de prensa. Cuando compararon a Bolsonaro de Brasil con Trump, aprovechó también para desligarse del Partido Demócrata norteamericano. "El peligro de la derecha, como la que representa Trump, es que se termina idealizando lo anterior, como Obama, del Partido Demócrata. Lo peor de las últimas décadas en Estados Unidos, lo hicieron los demócratas.

La alternancia en el poder de estos dos partidos es funcional al sistema." Terminó la conferencia de prensa. Mientras las periodistas salían de la sala, Silvia permaneció en su silla. Pensé que podía aprovechar la ocasión para hacerle una pregunta más de la que tenía permitida. Me invitó a sentarme a su lado y seguimos conversando por más de media hora. Le planteé que me inquietaba su afirmación sobre los comedores comunitarios y otras organizaciones impulsadas por mujeres, que permiten paliar el hambre en las barriadas populares. Que si bien permitían restablecer nuevas formas de relaciones y lazos comunitarios, como ella decía, se trataba de organizaciones para la resistencia, que surgían de las necesidades más acuciantes, de la emergencia que impone el ajuste estructural de la economía; que, entonces, teníamos que pensar cómo pasar a la ofensiva, sin idealizar las formas organizacionales a las que nos empuja la miseria capitalista para sobrevivir.

Me dijo que estaba de acuerdo con que eran formas de resistencia que surgían como consecuencia de la emergencia de la crisis y me preguntó: "Pero, acaso, ¿no viven permanentemente en situaciones de emergencia las mujeres bajo este sistema?" Añadió: "Sé que, una vez que se estabiliza la situación económica, muchas mujeres vuelven al lugar donde estaban antes. Pero creo que la lucha debe ser constituyente, construir nuevos entramados y redes, desplegar la creatividad. Porque de esa manera, lo nuevo se va construyendo en la lucha misma y no hay que esperar a algún futuro lejano." No me dejó muy convencida; pero seguimos hablando de política.

Le pregunté su opinión sobre el fenómeno Sanders en las últimas elecciones norteamericanas. Me quiso alertar de que Bernie Sanders no era verdaderamente socialista y le aclaré que yo no creía eso, pero que me parecía interesante el surgimiento de una generación de jóvenes norteamericanos abiertos a escuchar algunas ideas que, para Estados Unidos, parecían bastante radicales. "Sí, eso es cierto. Pero Sanders terminó apoyando a Hillary Clinton y el peligro es que, de ese modo, toda una generación caiga en el escepticismo y el cinismo".

Enseguida me preguntó cómo podía ser que nadie dijera más nada contra el Papa, en Argentina, cuando se sabe que Bergoglio fue indagado por casos de robos de bebé durante la dictadura militar, como también por la desaparición de dos sacerdotes de la orden jesuita. Le dije que el Papa tenía una influencia muy directa en la política nacional, que mantiene vínculos con funcionarias y funcionarios del gobierno, pero también con sectores políticos y sindicales del PJ y el kirchnerismo, con movimientos sociales. Ya estaba al tanto de que se había hecho una movilización de sectores sindicales y políticos del arco opositor, hacia la Basílica de Luján para pedir pan y trabajo. Le parecía un grave error. Para ella, criada en la Italia de posguerra, la Iglesia es sinónimo de fascismo.

Conversando con sindicalistas

Al día siguiente, Silvia Federici se reunió con mujeres sindicalistas. Las organizadoras tuvieron la amabilidad de invitarme, una vez más. Federici volvió sobre los mismos tópicos, aunque esta vez, a diferencia de la conferencia de prensa, se trató de una conversación colectiva. Nuevamente se diferenció de la izquierda partidaria, señalando que contrariamente a lo que decían las corrientes políticas, que el sujeto primario era el obrero industrial, ella sostiene que "la cadena de montaje capitalista comienza en nuestras cocinas y nuestras camas." Remarcó que el trabajo doméstico es fundamental. "¿Por qué siendo tan importante, está invisibilizado? Por eso, porque es muy importante.

Porque los patrones se verían obligados a pagarlo, no podrían acumular tanta riqueza como acumulan si fuera reconocido." Sin embargo, contra la posibilidad de interpretar que la lucha feminista es una lucha contra los varones, añadió: "Los reales beneficiarios de este trabajo son los hambreadores, los capitalistas." "Cambiar esta situación implica darle más poder a las mujeres, cambiar las relaciones con los hombres. A través del salario, el capital ha delegado en los hombres, el poder de controlarnos y controlar nuestro trabajo. La violencia doméstica siempre ha sido tolerada por el Estado, en gran medida, porque es parte del disciplinamiento del trabajo doméstico." Para Federici, este planteo que hicieron en los años ’70, cuando conformó con otras feministas la Campaña Internacional por el Salario para el Trabajo Doméstico, era "una medida para cambiar las relaciones de poder entre hombres y mujeres y empezar una lucha, pero teniendo más poder. No era la revolución. Algunas feministas nos acusaban de institucionalizar el lugar de la mujer en la casa, su encarcelamiento en el hogar. Pero nuestra respuesta era que las mujeres obreras nos decían que ya estaban encarceladas."

Luego se refirió al papel que jugaron las profesoras y maestras en las recientes huelgas docentes en Estados Unidos. Ellas luchaban no sólo por sus reivindicaciones sino también porque se preguntaban "qué vamos a hacer con nuestros estudiantes, que no comen". Volviendo sobre el tema de los sindicatos, añadió: "Los hombres y las mujeres migrantes han encabezado las luchas en Estados Unidos, por la sindicalización. Sólo el 9% de los trabajadores norteamericanos están sindicalizados.

Los únicos sindicatos fuertes son los de maestras y maestros. Y es un sector estratégico porque son un punto de unión entre el mundo del salario y el mundo del hogar." Quise retirarme antes de que la acusaran a Silvia de "trosquearla" con estas aseveraciones.

Mientras me alejaba por la avenida Paseo Colón, me resonaba algo en lo que Federici había sido explícita y que, a pesar de nuestras diferencias, también compartimos: "El feminismo debe ser internacionalista. Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo."


Art{iculo escrito a partir de los encuentros y actividades organizadas por la Fundación Rosa Luxemburgo y la editorial Tinta Limón, Silvia Federici está presentando, en estos días, su libro "El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo".

Por Andrea D'Atri
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Brasil confirma la instauración de un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en el continente

La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular.

Con el triunfo de Bolsonaro ya son todas las experiencias progresistas que se se han visto sacudidas, castigadas por el voto popular. La derrota de Evo en 2016, cuando se jugaba su reelección fue sorprendente. Y el avance del macrismo en las legislativas de 2017 quizá más sorprendente aún, después del ajuste económico que desarrolla en caliente. La última experiencia electoral de Ecuador a principios de 2018 y las legislativas en Venezuela en 2015, en todas pareciera concretarse una tendencia general hacia la derechización del continente, no solo como una situación producida por algunos malestares sino por un “recambio” de epoca.

Volver al poder en Brasil, además de Argentina, no parece ser una situación automática de desgaste de la izquierda ya que la derecha no solo ha ganado sino que se está perpetuando, con táctica y legalismo, pero también en los imaginarios. La derecha está diciendo lo que piensa y le está yendo bien, está teniendo más pegada que con los discursos moderados. Se vuelve tan extrema que se hace espectacular. Digamos que la derecha se popularizó porque supo leer el momento de los sectores populares en todo el continente y no solo por errores de la izquierda, aunque estos fueron la puerta de entrada al debilitamiento de los liderazgos y la incapacidad de producir sustitutos populares.
Si el lulismo está alarmado, para los brasileños es un volver al Orden y Progreso, un saludo a su bandera.

Sin embargo, la izquierda y los movimientos políticos progres que realizaron la toma del poder político en la primera década del XXI en toda América Latina ha mantenido una fuerza política que le permitirá ser oposición firme. Eso se ha demostrado en los mismos comicios, una gran fuerza social y política que, aunque este descendiendo su nivel de influencia, tiene un enraizamiento que puede cambiar nuevamente la correlación de fuerzas en lo que se debilite a su contendiente por las consecuencias de la liberalización de la economía.

El 44% de Haddad terminó siendo no tan bajo como se esperaba. Los movimientos políticos como el chavismo, el peronismo, partidos como el PT, intentarán mantener sus fuerzas, y en paralelo ir reinventando su política para que en vez de que tienda a “minorizarse”, dividirse y nuclearse en torno a una figura, pueda rediseñar una agenda pública que abra su relación con la gente y que mantenga los lazos con un porcentaje muy importante y decisiorio de los que se han ido a la derecha los últimos años, los desencantados que están generando “mayorías abstencionistas” y sus propias filas que pueden tender a escindirse como ocurre al Peronismo.


Falta ver si se mantiene el escenario electoral como espacio privilegiado para la aplicación del poder o si veremos emerger otros escenarios como el militar. En Nicaragua, Venezuela, Argentina o Brasil el riesgo es alto para la democracia, incluso la más formal, la del voto. Para saber desenlaces aun faltan varios años, menos en Argentina donde las presidenciales son en 2019.

La derecha latinoamericana, ahora liderada por Bolsonaro y su propuesta abiertamente derechista, no solo es una acentuación de la situación de crisis en la izquierda, es la reesperanza de los populares por la política, ahora desde la derecha. Cómo mínimo tiene el balón y hay que ver cómo juega la izquierda en el terreno defensivo de oposición, para lo cual luce un poco obesa en este momento, muy poco preparado para ir a las calles nuevamente a reconquistar territorio.

Si Macri está creando el modelo de transición hacia un orden liberal no tan atropellado como el que se ensayó en los 90, Bolsonaro va a acelerar ese tránsito porque son dueños del discurso que permite el mantenimiento de apoyo de las masas electorales. La izquierda sigue usando el discurso restauracionista que por ahora las mayorías no quieren recordar.
Pero no solo discursos, el voto popular se está moviendo hacia nuevas demandas que van entrando en la periferia de la “gramática derechista” mientras salen de la “órbita progre”. Los primeros le sacan brillo a las nuevas condiciones mientras que los segundos le rehúyen. La izquierda se queda sin pelear esos votos y tiene un error de origen a la hora de captar a las nuevas generaciones que no tiene vinculación directa con las experiencias neoliberales de los 90 ni dictatoriales de los 70. Hasta ideas básicas como la de igualdad pasaron de fatigar a irritar al electorado popular. En todo caso lo que demuestran los resultados electorales del continente es que los sectores populares no eran de izquierda, sino que se situaban allí en una coyuntura, y la hegemonía de Gramsci les pasó muy lejos.

El voto va del igualitarismo hacia la seguridad, porque hay nuevas sensibilidades al respecto en los sectores populares; se traslada desde la exigencia de políticas sociales redistributivas hacia el “orden” en la economía, porque hay un sector importante en ascenso que va prefiriendo la autosostenibilidad que la relación clientelar con el Estado.
También impactan las dudas que genera en las nuevas generaciones un liderazgo con mucho tiempo en el poder y que a su vez pide la reelección. El gran éxito de la derecha es que está sacando del poder a la izquierda por medio de voto y aunque utilice maniobras jurídicas, lo hace en el contexto de asumirse mayoría y aprovecharse de un descrédito en el uso del poder de la izquierda. Hasta allí no hay invento mediático. La satanización de las redes sociales proviene de la intelectualidad analógica de la izquierda que se volvió senil y no quiere aceptar el cambio social que ella misma diseño, aunque no con los resultados esperados.

La izquierda-en-el-poder no supo leer este cambio en las demandas populares. Con su táctica de la negación de las dificultades y errores se impidió ella misma procesar y dar respuesta a nuevas exigencias que han surgido, entre otras, por el debilitamiento del modelo redistributivo que implementaron exitosamente los Gobiernos populares. Si la idea de crisis fue el eje discursivo de la izquierda en la resistencia, ahora es una categoría “superada”.


Mención aparte requiere la demanda en contra de los medios de comunicación que se escucha en todos los políticos de izquierda. Después de muchos triunfos electorales, ningún dirigente explica por qué los medios tienen la potencia de aniquilamiento que no tuvieron en los años de auge de los movimientos populares. En todo caso, después de varios años en el poder, más que denuncias contra los medios se deja colar una impotencia radical y pareciera que terminal, para entender la sociedad red de Castells, o para ser más humildes, para montar un canal que la gente quiera ver.


Si la izquierda latinoamericana le perdió el respeto a los medios y los develó insuficientes, no ha podido hacer lo mismo con las redes sociales porque repitieron el modelo de la mediática tradicional y mucho menos entendieron la generación millenial que ingresaba a ser parte importante del electorado y a quienes se le repitieron las fórmulas tradicionales de la política en momentos en que la dirigencia era cuestionada, con y sin razón, de corrupta y recién acomodada o como mínimo de un proletario que acepta “coimas” [sobornos].

Son diez millones de electores los que sacó Bolsonaro al PT. Especialmente de algunas capas, pero en líneas generales, millones de votantes que acompañaron durante la última década a Lula, hoy lo hacen por una derecha radicalizada. Y ahora lo hacen sin complejos ni culpas, por las derechas de todo el continente, ahora sin excepción.

La cuestión no es solo en América latina. En el reciente libro Regreso a Reims, el francés Didier Eribón relata cómo, en su tierra natal, obrera y comunista, ahora la gente apoya al ultraderechista Frente Nacional: “El [auge] del Frente Nacional se puede interpretar, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una identidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían defendido y representado en el pasado”.”
Las respuestas de Evo en 2016 y Correa en 2018 a sus respectivas derrotas —relacionadas con la reelección — aún reproducen un discurso impotente contra el poder mediático, todo decorado de un discurso oficial “restauracionista” que luce conservador ante la iniciativa simbólica de la derecha, porque no puede recapturar nuevas demandas, expectativas y sensibilidades de los sectores populares .


Alejandro Grimsom lo explica muy bien refiriéndose a Argentina, pero es extendible para América latina: “El problema aquí surgió cuando la narrativa sobre los logros se distanció crecientemente de las percepciones sociales. Cuantos más problemas se generaban en la realidad económica, más se concentró el gobierno en narrar lo logrado en esta década”. Y con más puntería aun: “Cuando la derecha se apropió de los términos ‘cambio’ y ‘futuro’, eso ya implicaba una derrota cultural. Ya ha sucedido lo mismo en otros momentos de la historia, como cuando se inició la revolución neoconservadora. Los proyectos populares o de izquierda se colocan a la defensiva”.


Pero la cantidad de votos y la experiencia acumulada puede hacer retomar el poder a la izquierda latinoamericana, siempre y cuando se mantengan las elecciones como mecanismo de discernimiento del debate político. La judicialización de la política, en ambos bandos parecen abrir otro rumbo de consecuencias impredecibles donde gobierna el que tiene poder en las fuerzas armadas y los tribunales.

La cuestión de la izquierda después de la crisis actual es sobre el uso del poder político. Es factible abrir una nueva agenda de cambios que reentusiasmen a diversos sectores sociales o solo “para que no gobierne la derecha”, lo que execra a la izquierda a una muy disminuida zona de confort.

Un filósofo y político radical venezolano llamado Alfredo Maneiro hablaba, en los 80, en plena derrota de la izquierda, del “agua mansa” en relación a detectar las partículas que se encuentran cuando el agua parece tranquila, pero es la misma agua de la nueva ola que vendrá y producirá significación al renacimiento simbólico que se da en la quietud. Ese es el trabajo de los movimientos progres que llegaron al poder y hoy se encuentran en una encrucijada.

Por Ociel Alí López
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

publicado
2018-10-29 11:27:00

 

 

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Jueves, 01 Noviembre 2018 06:02

La segregación y la oscuridad del alma

La segregación y la oscuridad del alma

La repetición de prácticas segregativas a lo largo de la historia cobra una vigencia cuya muestra más cercana son las elecciones en Brasil y la escalada antiinmigratoria tras las detenciones en Congreso. La autora propone interpelar esta realidad contemporánea atendiendo la producción de subjetividad y lo estructural en la constitución subjetiva.

... A fuerza de desventuras /
Tu alma es profunda y oscura...
Joan Manuel Serrat,
Mediterráneo, 1971


Desde hace un tiempo, circula un video por las llamadas “redes sociales”, en el cual, un grupo de jóvenes músicos comienza a ejecutar la versión instrumental de una canción. “Pedimos a una orquesta que diera un concierto sorpresa en un parque. Poco a poco muchos se vieron atraídos por una melodía por todos conocida...”, describen los subtítulos. La cámara va enfocando de manera alternada a los jóvenes músicos y al creciente grupo de personas –hombres y mujeres, familias con niños–, que se aglutina para acompañar al compás de su cuerpo esa apacible música. De pronto, las expresiones de placer van dando lugar al asombro, a la incomodidad, al malestar. Unos cuadros dispuestos en unos atriles delante de la orquesta empiezan a ser destapados por los músicos. El horror se devela allí transformando ese lenguaje cifrado en la imagen del semejante –hombres, mujeres, niños–, espejo de ese otro retratado “frente a mí”, que es arrojado a la muerte. “El Mediterráneo que inspiró esta canción queda muy lejos de éste donde hoy las gentes dejan la vida tratando de ponerla a salvo de la guerra”, concluye el cantautor Joan Manuel Serrat, autor del tema musical en cuestión, y cuya silueta se recorta sobre el mar que nombra.


El acto solidario pone al aire un contenido: “En los últimos 6 años han muerto más de 15 mil personas tratando de llegar a Europa. Queremos que el Mediterráneo deje de ser una gigantesca fosa común y vuelva a ser un lugar donde vivir historias maravillosas (...)”, reza la frase final del audiovisual que denuncia el desprecio por la vida de miles de personas que se convierten en un resto sin valor, un deshecho. Un recorte de una situación de la realidad contemporánea, que puede ser aplicada, que es y ha sido replicada, en distintos espacios y tiempos históricos (CEAR, 2016).


El agua devorando la vida de hombres y mujeres, como también sucedió en la Argentina del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” –a través de los llamados “vuelos de la muerte”, mediante los cuales los desaparecedores se deshacían de los cuerpos de sus víctimas indefensas arrojándolas con vida al mar–. Vidas desechadas de quienes, por distintas razones en diversos contextos epocales, no encajan en la lógica del sistema dominante.


Un sistema que, en su génesis, en la integración y consolidación territorial de la Argentina, entre mediados del siglo XIX e inicios del XX, implicó la conquista de los territorios indígenas y el exterminio de las comunidades originarias hacia la conformación de la Nación, expresión de un genocidio que también significó la eliminación del otro diferente. Pero la elite dirigente de la llamada generación del 80, que aspiraba a poblar el país de ingleses y alemanes, asistió a la llegada de otros inmigrantes en su mayoría italianos y españoles pobres que emigraban de sus tierras también en el intento de salvar sus vidas (Martínez Sarasola, 2011).


II


En un riguroso análisis del proceso de colonización de Argelia se plantea como una de las características esenciales de la situación colonial que a la sociedad dominada le eran impuestas las normas jurídicas y administrativas “con desprecio de la realidad y a despecho de las resistencias”, lo que implica una intervención cultural, una “cirugía social” que vulnera la historia y las tradiciones culturales por parte de quienes detentan el poder, generando un profundo desarraigo (Bourdieu & Sayad, 2017). Los autores sostienen que el desplazamiento forzoso afecta toda la vida social al transformar la organización del espacio habitado. Al romper el lazo familiar del ser humano con su entorno, el sujeto “se ve afectado en el fondo mismo de su ser y tan profundamente que ni siquiera puede formular su desarraigo”. Los efectos del desarraigo implican algo más que la pérdida de la tierra, alcanzan a su cultura. Pasan al mismo tiempo de “ciudadanos sin ciudad”, a perder su misma condición de ciudadanos sujetos a derechos.


En su libro Un acto vergonzoso, Taner Akçam explora y analiza las razones del genocidio armenio perpetrado por Turquía en los inicios del siglo XX. En la descripción y análisis de una verdadera masacre anunciada, se registra todo un recorrido planificado en el que “la intención detrás de la deportación era el exterminio” (Akçam, 2010), y “la eliminación de los armenios planeada con anticipación”. La obra destaca cómo los perpetradores relataban los crímenes que cometían con gran placer. Encolumnadas para su deportación, las víctimas eran sacadas de las ciudades para luego ser ejecutadas en los caminos, en los que los asesinos les robaban también sus pertenencias. El genocidio se implementó a través de “un mecanismo dual”: había órdenes oficiales de deportación y luego “órdenes separadas, no oficiales, para la aniquilación de los deportados”. Mediante la “Orden Secreta de Eliminación y Exterminio”, emisarios especiales eran los encargados de que ésta se cumpliera, y las bandas armadas llevaban luego a cabo su vil tarea. La disposición establecía “no dejar un solo armenio vivo, y que cualquiera que se interpusiera en el camino de esta orden debía ser ejecutado” para cumplir así “el propósito de destruir y aniquilar a los armenios”, que eran asesinados “porque eran alimañas”. Y repitiendo métodos que se reactualizan una y otra vez, el autor relata que “en la región del Mar Negro los armenios fueron cargados en barco y arrojados por la borda”. Hombres, mujeres y niños lanzados como deshechos fuera del mundo. Los campos de concentración en los que esperaban su destino final fueron llamados “campos de la muerte” y los que sobrevivían eran deportados al desierto: “la gente simplemente era llevada allí para dejarla morir”.


III


Corría la primera treintena de los años mil novecientos, un Freud ya débil y enfermo en su estado físico, se resistía a dejar su tierra, la Viena victoriana que, atravesada antes por la primera guerra mundial (1914-1918), iba empezando a ser conmovida ahora por las prácticas violentas del nazismo cuyo alcance habría de resonar poco tiempo después en el mundo entero. Conminado por amigos y allegados a preservar su vida, luego de la invasión nazi en Austria, ocurrida el 11 de marzo de 1938, este ruego se volvió perentorio. Que “su vida era muy cara a mucha gente”, le decían quienes pensaban que debía refugiarse inmediatamente. En su negativa, antes de recalar finalmente en Londres, Freud argüía que ningún país le daría entrada. Efectivamente, la mayoría de los países se negaba a recibir inmigrantes y la desocupación asolaba la región. El único país que admitía extranjeros era Francia, pero con la condición de que no trabajaran allí, es decir, se les permitía ingresar a Francia supuestamente para salvar la vida, pero “para morir allí de hambre” (Jones, 1998).


Contemporáneo en su vida biológica a ambas guerras, Freud se va a interrogar una y otra vez acerca de la condición humana, para sostener que, si fue necesario instituir mandamientos que instaran al hombre a abstenerse de cometer delitos, de matar, robar, etc., era porque esto no era natural en él, y por eso la cultura debía inhibir esas pulsiones de muerte. En diversas experiencias mortíferas se pone de manifiesto la repetición de lo peor en juego del hombre como lobo del hombre, tal como sitúa Freud citando a Hobbes, en un “eterno retorno” de lo igual del que habla Nietzsche.


Así, en El malestar en la cultura, va a afirmar que bajo determinadas circunstancias el hombre puede revelarse como “bestia salvaje” que ni siquiera es capaz de respetar a los miembros de su propia especie (Freud, 2011). Y esa inclinación agresiva que perturba los vínculos con el prójimo, esa hostilidad en juego es la que se pone de manifiesto en la segregación y una amenaza permanente que acecha a la cultura. Y por eso “la cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos”. Freud va a plantear respecto de la civilización que ésta conlleva el gobierno que el hombre tuvo que hacer de la naturaleza al tiempo que la regulación de los vínculos a través de la institución de normas para la distribución de los bienes. Las sociedades más injustas e inequitativas, que propician profundas desigualdades, acentúan ese malestar.


También va a sostener en El porvenir de una ilusión, que el desarrollo de la ciencia y de la técnica puede ser usado para su aniquilamiento (Freud: 2011). La profundización de la desigualdad en la distribución de los bienes entre los hombres y la capacidad del ser humano de tomar a un semejante como objeto, y someterlo a tratos crueles inhumanos y degradantes, son y han sido acciones que ponen en juego la segregación, la discriminación, el racismo.


IV


La exclusión de miles de hombres y mujeres, en diferentes espacios físicos y temporales, que adquiere de ese modo diversas expresiones, da cuenta del odio a lo diferente, a lo extranjero, la hostilidad al semejante.


Se construye la figura del otro como extraño y en consecuencia depositario de la hostilidad y el odio, símbolo de peligro. De ahí el aumento de la xenofobia y el racismo en coincidencia con la inmigración; y la proliferación y éxitos electorales de expresiones de derecha apoyadas por muchos de los sectores más vulnerados de la población.
Zigmund Bauman, en su libro Extraños llamando a la puerta, analiza los efectos que se producen en las sociedades que ven en peligro la desaparición del modo de vida conocido, y de cómo este modo de vida moderno comporta en sí mismo la producción de “personas superfluas y vidas desperdiciadas”.


Mientras, los gobernantes –que representan los intereses de los verdaderos sectores de poder a quienes las migraciones favorecen para abaratar la mano de obra y propiciar así la maximización de la ganancia–, se debaten en responder a los intereses que tutelan y sosegar el rechazo de la gente “azuzada” por “la eterna batalla que los creadores de opinión libran sin descanso en pos de la conquista y el sometimiento de las mentes y los sentimientos humanos”, la afluencia de los migrantes es vivida por las sociedades –sometidas a una “elevada precariedad existencial” y a “la endeblez de su posición social y de sus perspectivas de futuro”–, como “más competencia en el mercado laboral” y “mayor incertidumbre” (Bauman, 2016).


Los refugiados, esos “nómadas”, “por veredicto dictado por un destino cruel”, nos recuerdan “de manera irritante, exasperante y hasta horripilante la (¿incurable?)” –se pregunta el autor–, “vulnerabilidad de nuestra propia posición y la fragilidad endémica” de ese bienestar. Es decir, nuestra propia precariedad en el mundo.


Tomando el concepto de Foucault de la “sociedad disciplinaria” hasta el actual que sitúa Byung- Chul Han de la “sociedad de rendimiento”, sostiene que este imperativo deviene el nuevo mandato de la sociedad. Esta sociedad de rendimiento es individual, “dominada por la cultura del individualismo” y en la cual hasta “se privatizan las incertidumbres de la existencia humana”. El individuo es así abandonado a su suerte, dependiendo de sus propios recursos particulares, respecto de los cuales pronto descubrirá que son insuficientes. El individuo abandonado por el Estado queda desamparado ante “una nueva precariedad de la condición existencial”. Así, el sujeto queda expuesto en el seno de “una sociedad pulverizada hasta quedar convertida en una suma de rendidores individuales”, pretendidamente independientes, “becarios no remunerados, inseguros y sin protección”, viviendo una vida fragmentada en una sociedad cuya fragmentación reproduce. El ser humano es así exigido a ser “autónomo, potente, tenaz” y conminado a “mejorar sin cesar”.


De este modo la combinación entre los movimientos internacionales de población y las transformaciones socioeconómicas ultrarrápidas tienen una estrecha relación con los fenómenos de segregación contemporánea. La desarticulación de los lazos sociales solidarios viene al lugar de la “construcción de muros en vez de puentes”, en desmedro de la restitución del lazo al otro.


V


En el marco de la etapa neoliberal más descarnada del capitalismo, se trata del empuje al goce del consumo, donde el sujeto es reducido a la lógica del mercado colocando en el lugar del ideal aquello que deja pegado el ser al tener, el concepto “del empresario de sí” de Foucault, que reduce al sujeto a mercancía sometido a la voracidad del capital en la lógica individualista del “sálvese quien pueda”, cuando en realidad la “salvación” de cada quien importa el hundimiento del semejante en una vorágine en que finalmente todos naufragan en las aguas del neoliberalismo más impiadoso. Y en ese imperativo de goce superyoico que instala al sujeto, devenido él mismo en pura mercancía, en una lucha a muerte desigual, ser y tener se funden, empujándolo a ser un “desterrado de sí”.


El ser humano, que habla anudado a un discurso social, hegemónico, que lo envuelve en un lenguaje uniforme en el que su deseo se diluye con su propia anuencia, en la ilusión de pertenecer, en el afán permanente de no ser el excluido que se cae del mapa, que queda fuera del sistema, el segregado, el diferente, el discriminado es arrojado así al desamparo de origen. Se pone de este modo en juego la hostilidad a lo diferente, al otro semejante, lo más ajeno y lo más íntimo. Lo hostil como rechazo a lo diferente, a lo diverso, tal como conceptualiza Freud en la constitución del ser humano, mediante la cual se arroja de sí todo lo malo que constituye un peligro para su existencia.


Osvaldo Delgado, situando la diferencia entre fenómenos segregativos y la segregación como estructura, toma la lógica de lo ominoso –unheimlich– como fundamento freudiano del concepto de extimidad de Lacan. La segregación es lo que aparece como respuesta a lo radicalmente otro. Se segrega lo más íntimo y retorna como unheimlich.


El capitalismo somete al ser humano a las condiciones del mercado y a la lógica del capital, el empuje al goce del consumo de objetos, que en cuanto son alcanzados ya caducan porque uno nuevo está ya lanzado al mercado en una producción incesante en donde la eficacia y el éxito son siempre efímeros y en donde la producción de bienes se excluye radicalmente de la lógica del deseo. Se es lo que se tiene y lo que se exhibe, y en ese empuje a la ilusión de alcanzar la completud, el neoliberalismo no hace más que poner en juego, todo el tiempo, la mortificación de la existencia misma, sometiendo a las personas a la esclavitud de las redes sociales en un modo de interacción que sumerge al sujeto a la soledad.
La propia constitución subjetiva del hombre, alienado al otro, hablado por el otro, la condición misma de ser hablante, de estar habitado por el lenguaje, la división subjetiva es lo que introduce la singularidad, e instaura un margen de libertad del sujeto. Hay algo que se preserva de ese sujeto de lalengua, en donde la afectación del cuerpo por el lenguaje se produce de un modo único, singular. El modo en el que cada uno fue inserto en la cultura, la adscripción del cuerpo a esas marcas del Otro.


En su lectura del ser del sujeto, Lacan va a afirmar que “hay un lenguaje antes de que al sujeto le sea supuesto saber cualquier cosa”, una anterioridad, una lógica del estatuto de la verdad, que va a alojar luego un sujeto allí. “Es en el lugar del Otro que el lenguaje encuentra su lugar”. Si el deseo es en esencia falta, sostiene citando a Sócrates, entonces no hay objeto en que el deseo se satisfaga, sí objeto causa del deseo. Esto es lo que coloca al sujeto en una posición ventajosa, un no todo como respuesta al empuje al goce del sistema.


VI


Los derechos humanos como precepto universal para-todos, como avances en la normativa internacional para la preservación de la vida de las personas, surgen en relación a lo peor de la condición humana puesta de manifiesto en los crímenes de la guerra. Los derechos humanos prohíben, condenan el goce de exterminar al otro, ponen límite al goce asesino. En este punto, “Derechos Humanos es un nombre para ese lazo social que se funda en el límite al poder del Otro”, el psicoanálisis propicia el poder alojar también allí esa singularidad propia del sujeto. Si la segregación es lo que queda por fuera del orden simbólico, aquello rechazado por el discurso de la época, lo que “no tiene reconocimiento en el orden simbólico del Otro”, el compromiso de nuestra práctica con la realidad de nuestro tiempo no es sin atender la posición del analista en relación al malestar en la cultura (Aramburu, 2000).
Lacan, en su Proposición del 9 de octubre de 1967 sostiene: “Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”.


En El porvenir de una ilusión Freud va a decir que “el presente tiene que devenir pasado (…) para formular juicios sobre las cosas venideras”. La repetición, en diversas expresiones a lo largo de la historia de la humanidad, de prácticas segregativas, cobra una actualidad y vigencia en el presente que nos convocan a interpelar esta realidad contemporánea, atendiendo la producción de subjetividad, sin dejar de lado lo estructural en la constitución subjetiva.


La desintegración del Estado de derecho, la entrega obscena de la soberanía, la persecución a los líderes regionales, el contubernio político-jurídico-mediático al servicio del poder económico, la vulneración de los derechos más elementales de las personas, la exclusión de miles de compatriotas al hambre y la miseria, la persecución actual a los inmigrantes senegaleses y a quienes se solidarizan con ellos, la construcción del otro como amenaza y fuente del mal, como símbolo de peligro para habilitar así su eliminación material, se repite en el presente, también cuando se convoca para esa persecución a quienes ya han hecho “el trabajo sucio”, delineando “el enemigo interno”, de cara a la defensa de sus intereses.
Los recientes resultados de la elección en Brasil con el alarmante crecimiento del referente de un discurso racista, homofóbico, que reivindica la tortura y las prácticas más oscuras de la dictadura, encarna ese segregacionismo explícito, el odio, la posición contraria a los Derechos Humanos. Fascismo social, dice Boaventura de Souza Santos, mientras diversas voces del campo progresista apuestan a iniciativas de unidad.


El presente se torna pasado que nos alerta en relación a lo venidero. Así podremos echar tal vez más luz en la oscuridad de estos procesos y estar más prevenidos frente al porvenir.
Ana María Careaga: Psicoanalista. El presente texto es una adaptación del artículo publicado en el libro Indagaciones psicoanalíticas sobre la segregación, compilado por O. Delgado y P. Fridman, ediciones Grama, 2017.

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Miércoles, 31 Octubre 2018 04:55

Comunicación y cultura

Comunicación y cultura

A partir del hecho de las noticias falsas, Marta Riskin sostiene que mientras unos mienten a sabiendas otros se niegan a aceptar que el proceso de socialización moldea patrones de conducta, se creen inmunes a los fenómenos colectivos y a sus efectos económicos y políticos sobre cuerpos y comportamientos.

“Ningún hombre mira jamás el mundo con ojos prístinos. Lo ve a través de un definido equipo de costumbres e instituciones y modo de pensar.”. Ruth Benedict


Son tiempos en los cuales el derecho a la información veraz está en peligro. La mayoría de los ciudadanos del planeta desconfía de medios de comunicación y redes sociales y dicen estar al tanto de los efectos del deterioro de la libertad de expresión sobre la vida democrática, la paz mundial y hasta la supervivencia planetaria.
Sin embargo, y aún descartando el porcentaje de quienes mienten a sabiendas; pocos aceptan responsabilidad o registran las contradicciones entre enunciadas preferencias éticas o políticas y sus elecciones concretas.


El mero señalamiento provoca incomodidad y justificaciones en contradicciones… ajenas.


Hábitos, prejuicios, preferencias de consumo, elecciones (de pareja, profesionales, electorales) y hasta argumentos, dependen en buena medida de decisiones mucho más inconscientes y automáticas de lo que creemos pero, rara vez detectamos los factores socioculturales que condicionan opiniones y decisiones personales, desde las más íntimas a las comunitarias.


Quizá porque solo aceptamos en teoría, que el proceso de socialización moldea patrones de conducta, creencias y rutinas sociales pero, nos creemos inmunes a los fenómenos colectivos y a sus efectos económicos y políticos sobre cuerpos y comportamientos.


Según Ruth Benedict construimos nuestra identidad dentro de un modelo cultural y cada civilización selecciona y utiliza apenas un segmento del gran arco de potenciales (y contradictorios) propósitos y motivaciones humanos. Su comparación de los pueblos Zuñi de Nuevo México, Dobu de Nueva Guinea y los Kwakiutl de la costa noroeste americana, continúa siendo reveladora.


En apretada síntesis. Los Zuñi eran muy religiosos, valoraban la cooperación y no entendían la idea de guerra; los Dobu consideraban a todo hombre un enemigo y sus mayores virtudes la agresividad y la traición; los Kwakiutl eran famosos por los Potlacht, grandes fiestas donde cada hombre destruía todas las riquezas que había acumulado en el año para demostrar su propia grandeza individual y la inferioridad de los otros.


Los tres pueblos construyeron pautas de comportamiento individual completamente diferentes, partiendo de actitudes presentes en todas las sociedades.


La agresividad y la competencia, la solidaridad y la cooperación son tendencias humanas pero su presencia conductual depende en buena medida, de los criterios de valoración que hacemos como comunidad a lo largo de la ¿evolución?


La coexistencia de los diferentes patrones de vida que la humanidad ha creado con las materias primas de la existencia requiere del cultivo inteligente de cada comunidad para continuar eligiendo los propios para una buena vida. Una elección que exige el reconocimiento sobre la poderosa influencia que hoy ejercen redes, medios, instituciones y referentes culturales para direccionar los cambios culturales en favor de mezquinos intereses.


Cuando, por ejemplo, Mario Vargas Llosa dice “la opinión pública ha llegado al convencimiento de que la política es un quehacer de personas amorales, ineficientes y propensas a la corrupción” construye opinión pública.


Acompañado por el eco mundial de repetidores seriales y eludiendo amplios y profundos debates, la idea alcanzará a cada persona hasta imponerse como principio de la vida social.
La manipulación mediática de quienes abusan del poder económico para comprar casi cualquier cosa (herramientas tecnológicas incluidas), está edificando mundos subjetivos a su triste imagen y semejanza.


Mientras se multiplica y reproduce a sí mismo en espejos de odio, miedo y violencia; no es casual que las invitaciones a individuos aislados a habitar exclusivos refugios tengan éxito.
La capacidad de reflexión y el auto cuestionamiento, un rasgo pedagógico incentivado por numerosas y antiguas culturas y sin duda, por la educación pública nacional (y descartado por todos los autoritarismos) cuestiona los objetivos del Gran Hermano; el cual ya ha demostrado su poder para construir un mundo hostil e inhabitable y, al mismo tiempo, su incapacidad para crear culturas cooperativas e integradas donde las personas puedan desarrollar sus mejores potencialidades.


El pensamiento crítico que ha dado frutos gigantescos, tales como las ciencias y las artes, es herramienta imprescindible para que una cultura utilice sus propios saberes y experiencias para interrogarse e investigar los resultados de sus acciones y para elegir entre felicidades personales edulcoradas, solitarias y abstractas o alcanzar desarrollos precisos en sus libertades y derechos individuales y colectivos.


* Antropóloga, Universidad Nacional de Rosario.

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Supersón Frailejónico: tras las sendas de la carranga

De los montes vienen bajando, entre caminitos de piedra, ocho jóvenes habitantes de la ciudad de Bogotá, que entonando y combinando ritmos tradicionales del país y la región cundiboyacense, lograron darle forma a un nuevo estilo para la carranga, una forma cambiante que trae consigo sonidos de chirimías caucanas, melodías de pasillos, merengues bambuquiaos, fandangos, san juanitos y torbellinos.

 

Son unos ritmos cuyos intérpretes van tocando y danzando al compás de la tierra. A los instrumentos tradicionales de la carranga, como el requinto, tiple y la guacharaca, les juntaron instrumentos como el rondín pareado, contrabajo, chiflos, bombos, quiribillos, maracas y flautas. Todo un variopinto musical que lleva letras que preguntan y reflexionan sobre querencias sociales, tales como el agua, la tierra, la protección de los animales, el medio ambiente, entre otros*.

 

Una música para guardianar la vida y los territorios

 

Acompañados de incas collarejos y osos de anteojos, el Supersón Frailejónico se perfila como una nueva generación de la carranga que le canta a la vida, a los páramos y montañas, lagunas y cusumbos, taitas y biohotes.

 

En su primer disco “De los montes vienen bajando”, presentado el 28 de septiembre en la ciudad de Bogotá, nos encontramos con doce canciones entre las que se encuentran las historias del botadero doña Juana, la vecina más jodida y maluca del sur de Bogotá, que afecta directamente a los habitantes de Ciudad Bolívar y contamina el río Tunjuelo; así mismo está entre sus entonaciones un clamor por la vida que cuenta la historia del páramo de Santurbán en las tierras santandereanas, amenazado en su existencia por el monstruo de la megaxminería y la ambición del poder. Doce canciones para descubrir, bailar y cavilar.

 

Un llamamiento a la memoria y al presente. Las letras de esta agrupación nos cuentan historias de los pueblos indígenas que habitaron y habitan los territorios de la Sabana, así mismo reconoce los saberes de los campesinos, y recuerda los múltiples animales que habitan los páramos y montañas del país, cuya existencia está en peligro.

 

Tocando las fibras de la cultura

 

En los tiempos que vivimos en Colombia, de incertidumbre política y social, donde la democracia es un simple formalismo y las decisiones de las comunidades con respecto a sus territorios son irrespetadas/violadas por los intereses de la economía mundo capitalista –modificación de las consultas populares, fumigación con glifosato, proyecto de legalización del fraking, entre otros temas–, el suceso de que del monte vengan bajando nuevos compositores e intérpretes de los ritmos criollos, con sus desarrollos y nuevas sonoridades, así como conjunción de memorias de instrumentos, le viene muy bien. Con toda certeza, una alegre contribución que invita a gozar a la vez que pensar, y pensar para hacer y no solo para contemplar, pues, al fin y al cabo, a nuestro territorio lo defendemos todos y todas, o simplemente le dejaremos a las generaciones que van llegando un peladero lleno de edificios y coloridas fotos con la fauna que pobló desde siempre esta parte de nuestra América.

 

Con alegría sonora y temática, el Supersón nos acerca de una manera creativa a temas sustanciales para la vida, riendo y cuestionando en defensa de la misma, de la cual dicen en una de sus letras: “La vida no tiene precio pa’ que se pueda comprar, si sumercé no me entiende pruebe oro al desayunar”.

 

* Para escuchar su primer EP “Sembrando canciones pa’ hacer crecer la vida” y su primer disco “De los montes vienen bajando” ver: https://elsupersonfrailejonico.bandcamp.com/ Video canción “caminito de piedra”: https://www.youtube.com/watch?v=eb_1SkGvAP0 Para saber más del grupo visitar sus redes https://www.facebook.com/elsupersonfrailejonico/https://www.instagram.com/elsupersonfrailejonico/?hl=es-la

 

Publicado enEdición Nº251
Facebook es a la vez vector de sociabilidad y monstruo voraz que vive en un caos digital, señalan los autores de Monstruos 2.0.

La semióloga Pauline Escande-Gauquié y el teórico de los medios Bertrand Naivin definen a las redes sociales como monstruos, instrumentos eficaces para la manipulación política desde el Brexit, pasando por la victoria de Trump hasta la votación en Brasil.

 

Estaban destinadas a ser un espacio social y responsable y terminaron convirtiéndose en un instrumento masivo de manipulación política y en un basural donde abundan las amenazas, los insultos, los agravios, las calumnias masivas, las venganzas y los patoteros anónimos de toda índole: las redes sociales son el depósito infinito de las peores inclinaciones de la condición humana. Del Brexit en Gran Bretaña, pasando por la elección de Donald Trump hasta la consulta presidencial brasileña donde WhatsApp sirvió de lazo para sembrar incontables mentiras, la eficacia de las redes está sobradamente probada. Ya no cabe llamarlas redes sociales sino “redes suciales” o, como las definen dos autores franceses que acaban de publicar un ensayo- investigación sobre el tema, liza y llanamente “un monstruo”. El sueño igualitario desembocó en une pesadilla colectiva. La semióloga Pauline Escande-Gauquié y el teórico de los medios Bertrand Naivin exploran los pasillos más oscuros en el libro Monstres 2.0, l’autre visage des réseaux sociaux (ed. François Bourin) (Monstruos 2.0, el otro rostro de las redes sociales). Twitter, FaceBook, Instagram y los demás derivados con sus ejércitos de conspiradores, trols y vengadores incógnitos son un espacio de suciedad globalizada. Pauline Escande-Gauquié observa que “la redes sociales funcionan como un médium, o sea, una técnica, a través de la cual los desbordamientos del espacio real se multiplican porque dentro de ese otro espacio virtual no hay control ni regulación. Allí todo depende del libre arbitrio, o sea, de la capacidad de los individuos a autorregularse”.


Esa autorregulación, en las redes, es una utopía. Reina la angustia y una suerte de maldad descontrolada. La semióloga francesa observa a este respecto que “las redes sociales nos empujan cada vez más hacia el pathos y cada vez menos a la reflexión”. Entre todos estos odios y violencia arrojadas en las redes se perdió la utopía inicial de quienes las crearon,

tanto más cuanto que, asegura la autora, “en el espacio virtual ciertas fronteras que se activan en el mundo real explotan, lo que termina explicando la profanación y la transgresión”. Al principio, “la cultura web estuvo empujada por una cultura que giró en torno al acceso gratuito al conocimiento para todos. La idea central consistió en que la expresión fuera totalmente libre y, de esa forma, romper la verticalidad y permitir que el público tuviera la oportunidad de expresarse con otra mirada sobre los acontecimientos, tantos los históricos como los de la actualidad”. Ese enfoque-sueño quedó sepultado, y no sólo por las agresiones o agravios, sino por una suerte de totalitarismo del chantaje y la vigilancia. Eso es precisamente lo que los autores de Monstruos 2.0 llaman “el control absoluto”. Según precisa Pauline Escande-Gauquié, se trata de un régimen donde el “riesgo totalitario no esta personificado por un ente de vigilancia. No. Está basado en la lógica de la sociedad de vigilancia. Cada ciudadano tiene la capacidad de vigilar, de multiplicarse. Ya no es un órgano de vigilancia que lo observa todo para controlar. Ahora es el control de todo por todos, a cada momento sabemos que todo el mundo está mirando, controlando”.


Resulta agraviante constatar que en una sociedad totalmente libre de su expresión los individuos acepten sin protestar que las redes se entremetan en todo, a cada instante, que cada huella sea convertida en dinero y que no existe ni se reclame un marco de regulación. Los pocos dirigentes políticos que tratan de limitar los zarpazos del Monstruo se encuentran en minoría. La propia Comisaria europea de Justicia, Vera Jourova, calificó a Facebook como “un flujo de basura”. Las redes parecen convertirnos en seres con una doble identidad. El psicólogo y psicoanalista Michaël Stora, fundador del Observatorio de los mundos digitales en ciencias humanas (OMNSH) y autor del libro Hiperconnexion (Editorial Larouse) comenta que “se pueden ver a las redes sociales como una suerte de baile de máscaras. La idea que preside todo es que en las redes me permito ser ese otro que, por lo general, no me autorizo a ser”. De allí una de las características monstruosas del territorio virtual, al cual, a propósito de Facebook, Michaël Stora califica como una suerte de “tiranía invisible”.

Facebook sería así, para los dos autores de Monstruos 2.0, “un nuevo Leviatán, al mismo tiempo vector de socialidad y monstruo voraz que vive no ya en un caos acuático sino digital”. Esos monstruos plantean “un interrogante a nuestra humanidad y a los desvíos de nuestra época”, asegura Pauline Escande-Gauquié, para la cual, por un lado “será necesario reforzar de una u otra forma nuestra educación digital porque las redes no son solo un espacio de likes o selfies inocentes. Por otro lado, será preciso sancionar financieramente a las empresas que administran las redes monstruos. No podemos pensar más en vivir desconectados porque esos útiles son fenomenales si se los utiliza bien”.


Mientras tanto, conviviremos con un territorio virtual donde reinan el patoterismo y el arreglo de cuentas, las identidades múltiples y los traficantes de opiniones. Los racistas, los homófonos, los misóginos, los agresores de mujeres, los cornudos y cornudas y las empresas que hacen dinero con todo esto tienen al alcance de sus dedos un mundo ideal. La pregunta que subyace a lo largo de todo el libro consiste en saber si las redes sociales nos convierten en monstruos potenciales o no hacen más que despertar el monstruo que ya estaba adentro. “El problema, destaca la autora, es que con internet tendemos a confundir la vida virtual y la vida real. Antes, ambas estaban bien separadas, pero ya no”. Y dentro de esa virtualidad se abren las fauces de los Monstruos en plural porque esta investigación descubre que, en las redes, somos monstruos múltiples: “monstruos híbridos con varias cabezas como la Hidra de la mitología griega cuyas cabezas vuelven a crecer cuando se las corta. Las redes sociales reproducen esa hibridez porque allí se pueden crear varias identidades con las que se revelan así nuestras zonas obscuras: monstruos devoradores, empezando por el mismo medio que devora el tiempo y nuestras capacidades criticas cuando nos tienta permanentemente a escribir, a mirar y a opinar de forma adicta: monstruo de la bestialidad también desde el momento en que las redes sociales alientan a la expresión de nuestras pulsiones más mórbidas y agresivas. Y esa bestialidad es, a menudo, el signo de un retroceso civil”. En suma, las redes, según los autores, ofrecen la alternativa perfecta: santos en la vida cívica y real, monstruos encubiertos en las redes.
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