Miércoles, 30 Diciembre 2020 05:41

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

El Cambio global es un problema social y político urgente. Necesitamos una cultura laica y humanística que sepa asimilar el conocimiento científico para hacer frente al Cambio Global

Se entiende por Cambio Global al conjunto de cambios ambientales que afectan a la Tierra como sistema. De estos, los controlables son los factores de origen antropogénico, que afectan a las funciones de los ecosistemas proveedores de los servicios ambientales necesarios para nuestra supervivencia y bienestar. Estos servicios se suelen clasificar en servicios de abastecimiento (alimentos, agua, madera, energías renovables, etc.), de regulación (regulación hídrica, depuración del agua, fertilidad natural del suelo, control de la erosión, polinización, control de plagas y especies exóticas invasoras) y culturales (disfrute recreativo, estético, espiritual, etc.) (EME, 2011).

Las actividades humanas que más inducen el Cambio son la transformación de uso del suelo, el calentamiento climático inducido, la contaminación de atmósfera, aguas y suelos, las perturbaciones en los ciclos biogeoquímicos, la introducción de especies exóticas invasoras y la sobreexplotación de los ecosistemas.

Dado que el Cambio Global obedece a múltiples relaciones causales, con efectos a diferentes escalas espaciales y temporales, su evolución es incierta. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisiones por parte de los gestores y la comunicación con los diferentes grupos sociales.

El Cambio Global incluye el cambio climático o calentamiento global, donde se ha puesto el peso de las políticas internacionales y los umbrales de alarma más conocidos por la población. También incluye la pérdida de diversidad biológica amparada por los objetivos incumplidos una y otra vez del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB), ya que la mayoría de los países no reconocen la importancia de la biodiversidad para la supervivencia de sus poblaciones a largo plazo. A pesar de la evidencia proporcionada por la Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés)

Aunque el Cambio Global es un problema social que atañe a toda la humanidad, ya que precisa de cambios urgentes y revolucionarios en los modos de vida, otros temas menores nos distraen de la solución. Por el momento, y a pesar de los esfuerzos individuales de personas concienciadas, no parece que haya una respuesta coordinada, adecuada y contundente ante tal amenaza de calibre planetario.

Ante los intereses monetarios de grandes corporaciones y la complicidad de los políticos, la inacción y dispersión de las acciones ciudadanas adolece de la fuerza necesaria para presionar convenientemente a los gobiernos, últimos responsables de la aplicación de las correspondientes medidas y propuestas por las directivas y convenios internacionales.

Entre las causas de esta aparente desidia o falta de voluntad de la sociedad podemos incluir:

  • La ignorancia de gran parte de la sociedad para entender adecuadamente temas científicos y ambientales complejos.
  • La dificultad de las personas para comprender las relaciones y las tramas ecológicas que nos hacen dependientes de la biosfera, así como el efecto de las perturbaciones de las actividades humanas en intensidad y extensión sobre los ecosistemas a corto y largo plazo.
  • La gente quiere certezas y rechaza la incertidumbre característica del avance científico en general y del cambio global en particular, esperando respuestas y soluciones rápidas.

Las reacciones psicológicas más frecuentes ante los efectos de un cambio global varían desde:

  • La negación de los hechos (bien utilizada por los negacionistas del cambio climático).
  • La delegación de responsabilidades en terceros (políticos, científicos o líderes armados de soluciones tecnosalvadoras),
  • La inacción basada en las creencias que siguen los dictados de falsos dioses, ya sea en los designios divinos restauradores, ya sea en la diosa madre naturaleza esperando que reajuste su equilibrio ecológico.
  • El afrontamiento del problema con bienintencionadas medidas individuales pero que a veces pueden resultar contraproducentes por su parcialidad y su efecto rebote.

Sumado a estas actitudes y comportamientos dispares de diferentes grupos sociales la ciudadanía se encuentra dividida por las distracciones que el poder utiliza para perpetuarse (aislar y dividir, confundir, enfrentar, crear opinión y silenciar las contrarias, generar miedo para ofrecer soluciones parciales, ofrecer lideres falsos etc.).

Las barreras psicológicas que impiden y dificultan una acción conjunta e integrada de la población ante el Cambio Global y la demanda política de su solución disminuirían con un mejor manejo de la incertidumbre a través de una educación laica y mejora de la información, educación y formación ambiental.

Conclusión

Para luchar contra el Cambio global y adaptarnos a un mundo cambiante y de incertidumbre creciente se requiere dotar a la sociedad una nueva cultura eco - lógica y, por tanto, laica, que integre los aspectos humanístico-científicos y que implique desde lo local a individuos, entidades y estamentos y se coordine internacionalmente.

Para ello es necesario redundar en una mayor y mejor educación y formación cultural que capacite para comprender y asimilar los mensajes científicos en general y los de índole ambiental en particular, en un marco humanístico que postule unos principios básicos de ética ecológica y equidad humana. Lo que constituiría las bases de un mayor poder social para elegir y destituir a los responsables políticos que no estén a la altura de alcanzar los retos ambientales prometidos.

 

Por Ana María Vacas Rodríguez. doctora en Biología. Ha sido Profesora asociada del Departamento de Ecología de la UCM e Investigadora del Centro Investigaciones Ambientales de la Comunidad de Madrid Fernando González Bernáldez. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérrez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

30/12/2020

Publicado enMedio Ambiente
Carolyn Steel

La autora de Ciudades Hambrientas, Carolyn Steel, repasa la relación entre ciudad y alimentación

Quizá usted no se haya fijado, pero si su ciudad tiene cierta historia habrá calles con nombre de comida. La calle de las Huertas, en Madrid, proviene de las huertas que había hasta el s.XVII; el carrer de l'Hort de Sant Pau, en Barcelona, por el huerto del convento de San Pablo del Campo. En Bilbao, una de las siete calles del Casco Viejo es la de la Carnicería Vieja. En Sevilla hay una Plaza del Pan. Basta revisar los callejeros de las zonas antiguas para entender cómo estaba configurado el espacio: dónde se vendía cada producto, dónde se ponía cada gremio. Puede que en el futuro alguien haga el mismo ejercicio y comprenda que la calle Me falta un tornillo, en Valladolid, debe su nombre a un concurso organizado por Ikea.

La arquitecta y profesora londinense Carolyn Steel empezó su investigación sobre comida cogiendo un mapa antiguo de Londres y viendo que, de repente, todo encajaba. "Los puertos fluviales de Billingsgate y Queenhithe cumplían la función de mercados principales, tanto para pescado como alimentos de importación. Las calles desde estos puertos hasta Cheapside se convirtieron en mercados: Bread Street (Calle del pan), Garlick Street (Calle del ajo), Fish Street (Calle del pescado). El plano medieval de Londres puede parecer irracional (...) pero visto desde la óptica de la comida tiene perfecto sentido. La comida moldeó Londres como hacía con todas las ciudades anteriores a la revolución industrial. Pocas cosas funcionan tan bien como medio para engendrar vida y orden urbano".

Partiendo de esa premisa, Steel se preguntó cómo alimentar a una ciudad. El resultado fue Hungry City, un completo volumen sobre la historia de la alimentación urbana que la editorial Capitán Swing acaba de publicar en español. Ciudades Hambrientas repasa con detalle los vínculos entre comida y urbes, desde quién trabaja la tierra al transporte de mercancía desde el campo, el papel de los supermercados, la historia de los restaurantes, el denostado papel de la cocina doméstica, el diseño de las viviendas (y sus cocinas), su lectura de género y el impacto ambiental de la alimentación industrial. Steel es inglesa y sabe de lo que habla: su país es, con permiso de Estados Unidos, el rey de los platos preparados. Aunque España mantiene sus tradiciones, recuerda, está amenazada. La categoría de comida lista para comer es, junto a la de comida a domicilio, de las que más ha crecido en los últimos años.

"Fue difícil que alguien publicara el libro. Lo rechazaron treinta editores. Decían: ¿es sobre comida o es sobre ciudades?", reconoce la autora en conversación con elDiario.es. "No entendían que la relación entre ambos puede ser muy profunda".

Escribió el libro hace doce años.

Empecé hace veinte. Tardé ocho años en escribirlo.

¿Ha cambiado algo en la relación entre comida y ciudad?

Sí y no. Aunque tenga varios años, el libro no está anticuado. ¿Por qué? Porque el problema de alimentar a la ciudad tiene cientos de años y no desaparecerá nunca. Es una paradoja, lo que llamo la paradoja urbana. Queremos vivir en ciudades porque nos gusta sociabilizar, pero necesitamos el campo porque de ahí sale la comida. Hablo de esto en un nuevo libro: Sitopía.

Han cambiado muchas cosas. Hemos admitido que el cambio climático existe. Cuando escribía había aún mucho escepticismo. El hecho de que estemos en una sexta extinción masiva, una catástrofe mayor que la del cambio climático pero que no tiene tanta publicidad, también se está evidenciando. Hace veinte años, la comida era un tema inabarcable. La gente no se paraba a pensar que lo define todo: nuestros cuerpos, mentes, paisajes, ciudades, economía y política. No estaríamos aquí sin ella. Ahora hay programas de comida, se la relaciona con el estilo de vida, se habla de ganadería... Son temas más visibles. Es un gran cambio.

Estudió arquitectura. ¿De dónde viene su interés por la comida?

Siempre quise ser arquitecta y no sé por qué, nadie en mi familia lo es. Cuando empecé a estudiar me di cuenta de que no me interesaba exactamente lo que hacen los arquitectos, sino la relación de la gente con los edificios. Echaba en falta la vida humana en el discurso arquitectónico. ¿Cómo integrarla? Pensé describir la ciudad a través de la comida. En uno de los cuadros que utilicé para documentarme me fijé en el mercado, porque ahí podía ver detalles de la vida cotidiana.

¿Esperaba tardar ocho años en terminar su investigación?

Terminé la estructura del libro en una semana. Fui a la biblioteca de Londres, puse "comida" en el buscador y me llevé los libros que salieron. Leyendo el primero pensé: preguntarse cómo alimentar una ciudad es preguntarse qué es la civilización urbana. ¡Es enorme! ¡Enorme! No puedo hacerlo sola, no estoy cualificada. Alguien tiene que haberlo hecho antes, debe de haber una sección en la biblioteca. Era tan obvio. No encontré nada. Años más tarde descubrí The Food of London [La comida de Londres], un libro brillante y el único que conozco que plantea directamente esta cuestión. Es de 1856.

Cogí el primer mapa de Londres, de 1676, y marqué dónde estaba el mercado, dónde vendían las frutas, por dónde llegaba el pescado. Y luego están los nombres de las calles: Poultry [aves], Fish [pescado], Cowcross [Cruce de Vacas], Chick Lane [Calle del Pollito]. Era muy obvio: las ciudades están talladas a través de la comida. Pero nadie había escrito sobre ello.

Dice que la comida es barata. ¿Debería ser más cara?

No digo que sea barata. Digo que la razón por la que existe la comida barata es porque externalizamos los costes. Eso tiene que ver con el cambio climático.

No se trata de hacerla más cara, sino de pagar su coste real. Si me como una hamburguesa de carne criada en una tierra recién deforestada, debería costarme mil euros y no dos. Necesitamos acuerdos internacionales para parar la deforestación de los bosques. Tratamos ciertas zonas de la tierra como si fueran públicas y no lo son. Eso haría la comida más cara. Hemos creado la ilusión de la comida barata tratando a la naturaleza como si nos la dieran gratis. Y sabemos que no es gratis. No diría que la comida es una mercancía porque es nuestra vida. Sin embargo, tiene que existir en el mercado. Creo que debería ser un mercado muy regulado.

El papel de la geografía es interesante. Me gusta la diferencia entre París y Londres. Madrid también es un buen ejemplo porque, como París, no tiene acceso al mar. París tenía problemas para alimentarse, así que impuso ciertas políticas en el campo. El sistema de alimentación estaba muy centralizado, mientras que en Londres, que podía importar comida fácilmente, imperaba el libre mercado. Eso explica el Brexit. No, nada explica el Brexit (risas). Pero el Brexit es, en parte, nostalgia por un pasado mejor y tiene que ver con el hecho de que aquí existiera esa mentalidad del libre mercado.

En la ciudad preindustrial era difícil acceder a leche fresca. Los "trenes de leche" lo solucionaron

Menciona los orígenes de Sainsbury's, uno de las principales cadenas de Reino Unido. ¿Inventaron ellos el supermercado?

Fueron distintas empresas en Estados Unidos y Reino Unido las que sentaron las bases del supermercado. Sainsbury's fue muy pionero. Sus primeros beneficios salieron de los 'trenes de la leche'. En la ciudad preindustrial era difícil acceder a comida fresca en condiciones. La leche era parte del problema. Los "trenes de leche" fueron algo muy importante, porque transportaban leche fresca del campo a la ciudad. En Sainsbury's pusieron una máquina expendedora: echabas unas monedas y te daba leche. Fue muy innovador y la gente lo adoraba. Y fueron los primeros en crear una red de distribución, en montar almacenes, llevar la leche y distribuirla desde ahí a la ciudad. Fueron pioneros en la distribución alimentaria, un elemento muy importante a la hora de alimentar a la ciudad.

En Estados Unidos, los pioneros fueron Pigly Weekly. Se dieron cuenta de que, mientras el cliente hablaba con el vendedor, perdían dinero. Pensaron: ¿cómo me puedo deshacer del humano? Es algo muy enraizado en el sistema capitalista, porque el coste de la mano de obra siempre es el mayor y el que se procura eliminar. Inventaron el autoservicio, que el cliente cogiera las cosas solo.

La siguiente innovación fue sacar el supermercado de la ciudad y hacer que la gente fuera en coche a comprar su comida. Se cargaron las calles comerciales cargándose todas las pequeñas tiendas y luego las llenaron de nuevo con sus versiones exprés [tipo Carrefour Express u otras versiones urbanas de algunos supermercados]. Esta es la última pieza del puzzle.

En los supermercados ya es habitual que no haya cajeros, sino máquinas.

El capitalismo quiere reducir el coste a cero. Para ello, mercantiliza a los humanos y a la naturaleza. Si lo piensas, la idea de reducir costes tiene que ver con obtener más beneficios. Pero si la persona que trabaja no recibe mayor recompensa, la riqueza no se distribuye. ¿Por qué no das buenos trabajos y punto?

¿Qué pasó con las tiendas de frescos en Reino Unido? En España aún tenemos mercados de abastos, pero allí apenas hay.

Reino Unido se industrializó antes que el resto. La industrialización supone mover a la gente del campo a la ciudad. Eso destruye la cultura alimenticia tradicional, de gente produciendo en una región. Así que destruimos la base de nuestra cultura gastronómica hace 250 años. Tras la revolución francesa, además, hubo una ola de gastronomía innovadora, de alta cocina. Los franceses viajaron y se convirtieron la élite. En Reino Unido ya no había cocina inglesa, era francesa. Si quieres una cultura gastronómica sana, tienes que empezar por una cultura de producción local y aspirar a la alta cocina. Así se retroalimentan. Eso lo perdimos aquí hace mucho tiempo.

Luego los estadounidenses inventaron la comida rápida y en Reino Unido la acogimos con locura. Cuando en los 70 empezaron a aparecer los supermercados, no regulamos para proteger nuestras ciudades, ni limitamos su construcción alrededor de los mercados tradicionales. Así que nuestra cultura está debilitada. Francia, España, Grecia o Italia tienen mucha más tradición, aunque también estén amenazadas: Francia es uno de los principales mercados de McDonald's. La cultura gastronómica se consigue con gente cocinando de cero y conociendo el valor de la comida. Aquí, sin mercados, es imposible que cocines de cero. Por eso consumimos más comida preparada.

Incluso ahora que hay foodies, en Reino Unido la oferta de comida preparada es inmensa.

No cocinamos. Sí, hay gente redescubriendo la comida y algún quesero artesano. Pero es un tema de clase. El 5% de la población compra comida cara y a la gran mayoría no le importa y quiere algo lo más barato posible.

Hablando de comida preparada. ¿Por qué durante un tiempo fue considerada feminista?

La historia de la cocina doméstica es fascinante. Y una cuestión de género. Siempre ha sido femenina, incluso cuando cazábamos: es un contrato social antiguo que sigue existiendo. Cuando la mujer se incorporó al mercado laboral, tras la Segunda Guerra Mundial, hubo una pequeña batalla. ¿Cuál era su papel? Debía trabajar, pero también ocuparse de la casa. ¿Cómo lideras dos vidas? ¡Con comida preparada! Hay un libro, TheParadox of Plenty [La paradoja de la abundancia] que habla de la evolución de la comida procesada en Estados Unidos. Había platos preparados para hornear, en los que fingías que cocinabas. Así preservaban la ilusión.

Ahora, por primera vez en la historia, a algunos hombres les gusta cocinar en casa. Pero en Reino Unido casi nadie quiere cocinar. Uno de mis placeres culpables es ver el programa Eat Well For Less [Come mejor por menos], donde sacan a familias que se dejan cientos de libras en comida procesada. Es deliciosamente horrible. La gente compra zanahorias cortadas porque no sabe cómo cortarlas. En este programa les dan conocimientos básicos para cocinar.

De hecho, usted cree que nos deberían enseñar a cocinar en la escuela.

Sí. No se me ocurre una habilidad más importante. Es más importante que conducir. Quizá no tan importante como leer y escribir (risas), pero lo siguiente en la lista: leer, escribir y cocinar. Es lo que pones en tu cuerpo, como construyes tu yo futuro... Si no tienes dinero, necesitas cocinar de forma asequible. Y la mayoría de las grandes gastronomías del mundo están basadas en verduras, que no son caras, pero hay que saber cocinarlas. Si vives en un desierto alimentario, con cinco supermercados a tu alrededor, no es fácil comer bien. Es difícil hacerlo en una cultura gastronómica industrial.

¿Es vegetariana?

Sí. Creo que deberíamos comer menos carne, pero no dejar de comer carne. Lo que hay que frenar es la ganadería industrial y que la carne sea de nuevo un artículo de lujo.

Las clases medias chinas han aumentado su consumo de carne en los últimos años. Quizá no estén de acuerdo...

En Sitopía hablo de la carne de laboratorio. Si tengo que elegir entre carne de laboratorio y ganadería industrial, prefiero la primera. No me gusta, pero me gusta menos la producción industrial de carne, la crueldad que implica y lo poco ecológico que es. Pero si un animal ha tenido una buena vida y ha muerto sin dolor y estrés, estoy de acuerdo en que lo comamos. Estamos preparados para comer carne, mira el diseño de nuestros dientes.

Creo que hay que entender la complejidad de todo esto, porque alguna gente ha convertido el veganismo en ideología y ahí es donde todo enloquece. Es cuestión de ser adultos. Lo hemos hecho durante siglos. Respetemos a los animales y todo tendrá sentido.

¿Qué es Sitopía?

Investigando sobre las utopías me di cuenta de que en todas se habla mucho de comida. Hablan de ella, pero no la ponen en primer lugar. Sitos es comida en griego; topos, lugar. Sitopía es el lugar de la comida. La idea es que la comida puede ser una forma práctica de llegar a la utopía. Si la valoramos e integramos, estaremos en una sitopía. Lo bonito es que las pequeñas sitopías ya existen: por ejemplo en España, donde tenéis mercados de abastos en la ciudad.

 

Por Analía Plaza

24 de diciembre de 2020 22:48h

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Publicado enSociedad
Sofia Coppola: "En Hollywood se están produciendo cambios"

Entrevista a la directora de "En las rocas"

A los 49 años, ya es una veterana con siete títulos que obtuvieron premios importantes. Su última película la reunió con Bill Murray, pero ya prepara nuevos proyectos.

 

Si existió alguna vez alguien que se dedica a la dirección y suena literalmente como sus películas, es Sofia Coppola. De tono tranquilo, la realizadora de 49 años tiene una voz meliflua y gentil que inmediatamente recuerda a su trabajo. A menudo Coppola hace películas climáticas que envuelven al espectador en atmósferas delicadas, sea la bruma de jet lag de Perdidos en Tokio a los suburbios bañados por el sol en Las vírgenes suicidas, su debut de 1999. Sus películas contemplativas se sitúan bien lejos de esas expresiones más grandes que la vida misma que supo fijar su padre Francis Ford Coppola, producciones como El Padrino y Apocalypse Now. Del mismo modo, ella no expresa ninguna de las intensidades de alto voltaje de su primo, el actor Nicolas Cage. La suya es una de las grandes dinastías de la realización cinematográfica estadounidense -están también su hermano Roman y su sobrina Gia-, pero el trabajo de Sofia se sostiene por su propio derecho, y la ha visto emerger como una de las más visionarias directoras de su generación.

Durante los últimos 21 años y siete películas, entonces, Sofia Coppola apareció como una personalísima voz en la escritura y la dirección. Ganó un Oscar por el guión para la pantalla de Perdidos en Tokio, apenas su segunda realización. En un rincón del corazón (2010) se llevó nada menos que el León de Oro en el Festival Internacional de cine de Venecia. Y en 2017 su remake de El seductor le dio el galardón a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes. Aún sus películas menos lucidas, como la despareja María Antonieta, con el correr del tiempo obtuvieron una nueva apreciación. "Creo que es reconfortante cuando se empiezan a apreciar cosas que en su momento fueron consideradas extrañas", dice ella. 

En el momento en que hablamos -primero por Zoom, luego directamente por teléfono- Coppola está en París, un cambio de escenario con respecto a la Nueva York en la que vive con su familia, compuesta por su marido, el músico francés Thomas Mars, y sus hijas Romy, de 13 años, y Cosima, de 10. "Estaba preocupada por venir aquí porque escuché que se estaba cerrando todo", señala. "Pero se siente bastante normal, está todo calmado" (esto, hay que señalarlo, fue dicho unos días antes del rebrote del virus en Europa).

De todos modos, Coppola logró escapar a lo peor de la pandemia de covid-19. Logró terminar la mezcla de sonido de su película más reciente, la odisea en tono de comedia En las rocas, justo antes de la cuarentena: aunque también llegó exhibirse en salas, la realizadora cerró un acuerdo con la plataforma Apple TV+ para proyectarla en streaming. "Realmente valoro el aspecto comunal de ver una película todos juntos en una sala de cine", dice, pero con tantas personas permaneciendo en sus hogares "siento que todos necesitamos tener algo para ver en este momento."

En las rocas parece además muy apropiada para el sistema de streaming, una película amable y llevadera "como para ver cómodamente en casa", según dice. "No es un film épico que tenés que ver sí o sí en una gran pantalla o algo así". Le cuento que la vi metido en la cama y lanza una aprobación. "Hay un canal en París que mi marido y yo acostumbrábamos ver llamado The Comfort Channel. Cada vez que lo prendías, sabías que habría alguna clase de comedia romántica que era ideal para... bueno, para cuando estás con ese estado de ánimo."

Su nueva película es lo más cerca que podría estar de una de esas historias neoyorquinas a la Woody Allen. Rashida Jones (una de las actrices de Parks and Recreation) interpreta a Laura, una escritora que hace malabares con la maternidad, el trabajo y el matrimonio. Ella empieza a sospechar que su esposo Dean (Marlon Wayans) la está engañando, e incitada por su padre Felix (Bill Murray), un malicioso comerciante de arte, empieza a espiarlo. "Es una especie de idea ridícula a la que intenté aproximarme con cierto realismo", dice Coppola. En otras palabras, la clásica farsa alocada.

Por más liviana que intentara su mirada, Coppola también quería echar un vistazo a la maternidad, y a los compromisos que inevitablemente se asumen en función de ella. "Simplemente intenté interpretar ese momento en el que estuve en mi vida en el que mis hijos eran más chicos... ese ajuste que tenés que hacer. Pienso que cuando sos madre atravesás una crisis de identidad, y pensé que tendría sentido que ella pudiera ser vulnerable y lo suficientemente insegura para seguir adelante con ese loco plan. Solo se trataba de estar con ese ánimo."

El cambio de vida de pasar de "ser capaz de estar escribiendo toda la noche a tener que levantarse muy temprano" se convirtió en un tópico común entre ella y otras artistas amigas. ¿Estaba preocupada por la posibilidad de que tener hijos le hiciera perder su "toque"? "No, nunca pensé realmente así", responde. "Pero sí empezás a darte cuenta de que tenés que ser mucho más organizada con tu tiempo. Y eso es un poco lo opuesto a lo que significa ser artista, donde necesitás solo divagar. No es algo que puedas hacer en una hora. Y para alguien dedicado a la creación, es un ajuste definitorio."

El gran argumento de venta aquí es la reunión de Coppola con Bill Murray, responsable de protagonizar Perdidos en Tokio, en su único personaje nominado a un premio Oscar hasta la fecha: un actor en decadencia embarcado en un nostálgico flirteo con la estudiante interpretada por Scarlett Johansson en un hotel de Tokio. La directora y el actor siguen siendo amigos, e incluso Coppola lo dirigió en el especial de comedia A Very Murray Christmas algunos años atrás. "¡Creo que ahora mismo necesitamos un poquito de Bill Murray!", dice ella. "Tiene un gran corazón, y es muy divertido, en una manera que es absolutamente única, solo de él."

Si Murray le imprime a su personaje una buena carga de ese encanto cómico que le sale sin esfuerzo, Coppola señala que el mujeriego Felix también proviene de una generación de la vieja escuela de los hombres "que beben martinis y fuman cigarros." En un mundo post #MeToo, ella es plenamente consciente de que esos dinosaurios patriarcales ya no caen bien. "También hay muchas críticas sobre ellos, no encajan en la vida moderna", señala. En las rocas no lleva a un castigo en extremo, más bien le pega una palmadita aleccionadora en la muñeca..

Más convincente es la dinámica padre-hija que aparece en la película, algo que ya ha asomado en sus trabajos anterioremente -sea el sobreprotector padre de James Woods en su debut de 1999, Las vírgenes suicidas, o el perverso actor que encarna James Dorff, reuncontrándose con su hija de 11 años -interpretada por Elle Fanning- en En un rincón del corazón. Incluso La vida sin Zoe -el segmento del film colectivo Historias de Nueva York que en 1989 escribió junto a su padre- presenta a una hija tratando de reunir a su madre con un padre distante.

"Supongo que es un gran tema, siempre presente, para mí", concede. "Pero creo que probablemente para un montón de mujeres eso tiene un gran impacto en cómo te conforma la manera en que te relacionás con los hombres en el mundo. Y probablemente teniendo una gran figura paterna es algo especialmente presente en mi cabeza, pero de todos modos creo que es algo universal." Aun así, el impacto de su padre sigue siendo enorme. Durante sus años de crecimiento en California, él solía llevarla "a lugares donde los niños normalmente no van", recuerda con afecto. "¡Me enseñó a jugar a las cartas en el casino!"

¿Se sintió tentada de tomar aspectos de su propio padre para dibujar a Felix? "No, no tiene la personalidad de mi papá, en absoluto", señala. "Pero creo que se trata del amor entre ellos, el lazo que los une... cuando él le habla como si fuera un bebé... eso sí viene de mi vida. Pero ese personaje en realidad es una combinación de muchos personajes. No es la personalidad de mi padre, no es mi padre. Pero por supuesto, una toma cosas de la vida para tratar de que todo se sienta real y conectado."

Curiosamente, su padre -quien tiene 81 años- acaba de hacer un nuevo corte de El Padrino III para un relanzamiento por su 30° aniversario. "El está muy contento con eso", dice. Como adolescente, ella fue reclutada para reemplazar a Winona Ryder, que se bajó del proyecto, para interpretar a Mary Corleone; las reseñas fueron muy duras con ella. "Para mí es muy duro ver mi versión de 18 años", admite. "Ha pasado mucho tiempo, pero es extraño verte con ese aspecto tan  juvenil. Es raro de ver... casi como si fuera otra persona."

Luego de eso, ella pasó cierto tiempo en busca de su propia voz, fuera apareciendo en un video de Madonna junto a Udo Kier para "Deeper and Deeper", o diseñando una línea de ropa en Japón con la música Kim Gordon. Fue precisamente el compañero de Gordon en Sonic Youth, Thurston Moore, quien le recomendó a Coppola que leyera la novela de Jeffrey Eugenides Las vírgenes suicidas... aunque una historia de cinco hijas en un pacto suicida no pareciera exactamente un prospecto de éxito comercial.

"Cuando estaba empezando, fue realmente muy duro conseguir hacerlo", dice ella. Incluso después, durante años, Coppola se sintió como una voz femenina muy solitaria en el cine estadounidense. ¿Siente que Hollywood cambió para mejor? ¿Hay una mayor representación detrás y delante de las cámaras? "Sí, ha cambiado muchísimo desde que empecé, veinte años atrás", concuerda ella. "Y también creo que toda esta conversación pública ayuda a que haya más puntos de vista dando vueltas ahí afuera, seguro." ¿Y qué pasa con la brecha salarial entre hombres y mujeres, una cuestión vivamente señalada por Patricia Arquette cuando recibió su Oscar en 2015? ¿Se ha resuelto? "Sé que se habla mucho de eso", responde. "No estoy investigando mucho cuánto realmente ha cambiado. Espero que así sea. Por supuesto, tengo la esperanza de que realmente esté cambiando, de verdad."

Entonces, ¿qué hay en el futuro? Su "escape de la realidad" en la cuarentena fue dedicarse a adaptar una historia tragicómica de ascenso social escrita por Edith Wharton, The Custom of the Country, nuevamente para Apple TV+. "Es un libro que siempre amé", asegura. "Es una de sus historias menos conocidas, pero es muy amada por aquellos que conocen su trabajo". Una mirada paralela sobre el mundo, a través de una novela admirada casi en secreto. Es algo que encaja muy bien con Sofia Coppola.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Publicado enCultura
Viernes, 04 Diciembre 2020 05:47

Pensamiento crítico y pandemia

Pensamiento crítico y pandemia

Una de las principales características del pensamiento crítico ha sido su incomodidad, su capacidad para perturbar los lugares comunes, cuestionar saberes establecidos y sacudir la modorra de la inercia. Siempre fue un pensamiento a contracorriente, rebelde e insumiso.

Marx se dedicó a poner patas arriba, o boca abajo, la herencia teórica de Hegel. Lenin se empeñó en desobedecer a Marx, quien aseguraba que la revolución vencería primero en los países más avanzados industrialmente. Mao y los vietnamitas rechazaron las insurrecciones urbanas por la guerra campesina prolongada. Fidel y el Che fueron herejes respecto a los partidos comunistas que dominaban el escenario de las izquierdas.

El tan elogiado Walter Benjamin fue implacable con la idea de progreso y, más recientemente, los ecologistas cuestionan el desarrollo, mientras las feministas rehúsan las organizaciones verticales y los caudillos patriarcales.

El EZLN, por su parte, recoge aciertos y evita errores de revoluciones anteriores, por lo que hace a un lado la guerra para seguir transformando el mundo y defendiendo (por todos los medios) los territorios donde el pueblo manda ejerciendo su autonomía.

¿En qué situación se encuentra el pensamiento crítico en plena pandemia? ¿Cuáles deberían ser los puntos centrales de su análisis? ¿Quiénes lo formulan en este periodo?

Intentaré responder en pocas líneas.

La primera es que el pensamiento establecido, enunciado por academias, partidos y "autoridades intelectuales", está en plena decadencia, un proceso enlazado con las crisis civilizatoria y sistémica en curso. Quizá por ser parte de una civilización moderna, urbana, occidental, colonial y patriarcal. O sea, por haberse rendido al capitalismo.

El grueso de los llamados intelectuales se dedican a justificar los errores y horrores de los partidos de la izquierda electoral, más que a criticarlos, con el triste argumento de que no quieren favorecer a la derecha. Si criticar a la izquierda fuera eso, Marx y Lenin deberían ser despachados por derechistas, ya que dedicaron algunas de sus mejores obras a cuestionar a sus compañeros de ruta.

La segunda es que el pensamiento crítico debe quitar el velo de las causas estructurales y de larga duración de la situación que vivimos. No entretener audiencias con argumentos falaces. Ser capaces, por ejemplo, de vincular la pandemia con el modelo neoliberal extractivo, la brutal especulación financiera y la cuarta guerra mundial contra los pueblos, en vez de atribuir los fracasos, y los éxitos en el combate al virus, a tal o cual gobierno. A eso le llamo entretener en vez de analizar.

Además, el pensamiento crítico no debe conformarse con diagnósticos. Estamos desbordados de jucios del más diverso tipo, muchos de ellos contradictorios. Años atrás se mentaba el pico del petróleo ( peak oil) como clave de bóveda del fin de la civilización capitalista. Mucho antes, se aseguraba que el sistema caería víctima de inexorables leyes económicas.

Cada día aparecen diagnósticos que colocan los límites del sistema en el medio ambiente, el agotamiento de recursos, y un largo etcétera de supuestas "causas objetivas" que no hacen más que eludir el conflicto social como única forma de poner freno y derrotar al capitalismo. Ya lo dijo Benjamin: si el sistema cayera por razones objetivas, la lucha no tendría el menor sentido.

La tercera me parece la más importante. Hasta hoy los encargados de emitir pensamiento crítico eran varones, blancos, académicos y de clase media-alta. Por supuesto el tipo de ideas que divulgaron eran eurocéntricas, patriarcales y coloniales, aunque debe reconocerse que no por eso estaban todas erradas. Sólo debemos pasarlas por el tamiz de los pueblos, las mujeres y los jóvenes.

Ahora quienes emiten el pensamiento crítico no son ya "personalidades", sino pueblos, colectivos, comunidades, organizaciones y movimientos. ¿Quiénes son los representantes teóricos del pueblo mapuche o de los pueblos indígenas del Cauca colombiano? ¿Quiénes encarnan las ideas de los movimientos feministas y de mujeres antipatriarcales?

Todavía hay quienes creen que el pensamiento zapatista fue obra del subcomandante Marcos y ahora del subcomandante Galeano. Nunca aceptarán que son pensamientos nacidos de experiencias colectivas que son comunicados por voceros elegidos abajo. Nunca aceptarán que el vocero actual es el subcomandante Moisés.

Esta es la realidad del pensamiento crítico actual. Desvaríos arriba, creatividad abajo. Como la vida misma. No hay nada esencialista en esto. El conocimiento vivo surge entre quienes luchan. Sólo quienes están transformando el mundo pueden conocerlo a fondo, entre otras cosas porque les va la vida en ello, porque no pueden hacerse la menor ilusión con los de arriba, mucho más allá del color político y del discurso que emitan.

Benjamin lo dijo con absoluta claridad: "El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate".

Publicado enPolítica
Miércoles, 02 Diciembre 2020 05:22

¿Qué está pasando con el tiempo?

Mural (1943), de Jackson Pollock.  UNIVERSITY OF IOWA MUSEUM OF ART.

Cuando pase la pandemia, habrá que hacer una revolución no para cambiar la Constitución, el gobierno o la economía sino para restaurar la humanidad más elemental, para recuperar el cuerpo perdido

 

Para orientarse en el espacio hay que tener esquinas, torres, montes, estrellas.

Para orientarse en el tiempo necesitamos costumbres y acontecimientos.

El Tiempo visto desde fuera se llama tiempo, que es lo que medimos con los relojes pero también con las fiestas colectivas y los cambios de estación.

El Tiempo visto desde dentro se llama duración, esa pasta blanda atrapada entre nuestras costillas.

Necesitamos contemplar la duración desde el tiempo para no perdernos en ella. Entre el tiempo y la duración, como entre las valvas de un molusco, tiene que haber un pequeño resquicio abierto para que entre la vida. Ese pequeño resquicio es lo que llamamos Espacio.   

La pandemia ha cerrado las valvas del molusco. El Tiempo se ha cerrado sobre la Duración, coincidiendo con ella. Ahora bien, si el Tiempo se solapa con la Duración, entonces no cabe el espacio; y no caben, en consecuencia, los cuerpos. El tiempo-duración es, por eso, una papilla sin orillas, no un río –que va hacia la muerte– sino un mar espeso sin horizonte que contemplar a lo lejos ni ramas ni piedras a las que agarrarse. Donde es posible, por tanto, decir: “eso ocurrió mañana”, “eso ocurrirá ayer”, “eso está ocurriendo sine die”. Donde es posible perderse.

Un minuto dura más que un día porque el minuto hay que contarlo y el día, en cambio, se descuenta cuando ya ha pasado. Un día dura, en cualquier caso, más que un año.

El mejor resumen lo hizo mi hijo Juan el pasado mes de mayo para definir la temporalidad del confinamiento: “Qué lentos pasan los minutos, qué rápido pasa el tiempo”.

II

Si me lavo los dientes delante del espejo no puedo saber cuándo lo estoy haciendo porque lo hago todos los días. Ese gesto es un hábito y forma parte de mi organismo, no de mi agenda. No necesito preguntarme si también hoy llevo un corazón dentro del tórax o dos pies en el extremo de las piernas porque tengo el hábito de llevarlos siempre. El gesto de lavarse los dientes, como el de tener pies, se da por descontado y, en consecuencia, no me sirve para contar el tiempo. Ni me deja ningún recuerdo ni su repetición me facilita recordar otra cosa en los aledaños, por asociación o concomitancia. Me puedo preguntar con angustia si me he tomado o no la medicina o si he cerrado el gas, pero no si me he lavado los dientes, como tampoco me pregunto si he respirado esta mañana o –y esto es importante por lo que diré enseguida– si me he conectado hoy a internet. No puedo saber cuándo me estoy lavando los dientes porque siempre me estoy lavando los dientes. Siempre estoy conectado a internet. Por eso el hábito, sumergido en la duración, es lo contrario de la costumbre, que implica la idea de repetición en el tiempo. Los lunes y miércoles voy a clase de yoga; los viernes duermo en casa de Alfredo; los sábados ceno fuera; los domingos compro el periódico y hago arroz con leche. A las 8h pasa pensativo Kant por delante de la puerta de mi casa. En otoño se caen las hojas; en primavera estallan sin ruido las flores del campo. Las costumbres, humanas o naturales, son repeticiones en el tiempo que nos permiten orientarnos en él mediante desplazamientos hacia el pasado con la memoria y desplazamientos hacia el futuro con la voluntad. Es decir, que las costumbres se recuerdan y además se esperan o se temen. Recuerdo con nostalgia mis veranos de infancia en el pueblo. Temo la visita de mis padres los jueves. Espero con impaciencia el florecimiento de las jacarandás o mi cita de los viernes con Alfredo.

III

Orientarse en el tiempo significa, por tanto, inscribir el cuerpo fuera del organismo, en un espacio en el que los gestos cuentan. Los hábitos no ocurren en el espacio. Respiro, me lavo los dientes y me conecto a internet en cualquier sitio, en ninguna parte, en una duración intestinal sin aura ni mundo. Mi cuerpo sólo está en algún sitio cuando puedo relacionarlo con otros cuerpos y, por eso mismo, situarlo en el eje vertical del tiempo. Hay que entender bien esta cuestión. Tenemos eso que llamamos “presente” sólo porque mientras obramos recordamos lo que estamos haciendo; aquellos que –como en ciertos casos trágicos de amnesia patológica– han perdido hasta tal punto la memoria que borran sus experiencias en el acto mismo de vivirlas, no viven en realidad nada. Vivimos, pues, desde la memoria y lo que llamamos “presente” no es más que nuestro pasado más reciente: de ahí, por cierto, la sensación desasosegante, inseparable de la condición humana, de que nunca estamos completamente ahí cuando besamos a nuestra amada o en la felicidad de ver por primera vez los cerezos en flor o los canales de Venecia. Nunca estamos del todo ahí y gracias a esa trágica ausencia podemos orientarnos en el tiempo y, en definitiva, vivir algo, por poco que sea, aun de manera incompleta o insuficiente. No estar del todo ahí es nuestra forma de estar ahí: un beso olvidado no es un beso; un beso sólo recordado –porque mis labios, al unirse a los tuyos, ya están en el pasado– es el único beso al que tenemos acceso los humanos. Y no está del todo mal. 

IV

Podríamos pensar que, puesto que ese gesto es sólo duración, nos lavamos los dientes en el presente puro. No es eso. No hay “presente puro”. Nos los lavamos en la pura duración sin tiempo del organismo ciego, donde la conciencia no puede entrar, ni siquiera demasiado tarde. Nos besamos, en cambio, demasiado tarde; todo lo importante –todo lo que ocurre– ocurre demasiado tarde. Mientras nos besamos tenemos la sensación de que “acabamos de besarnos”, y el gusto del beso en la boca es ya un regusto: un recuerdo muy reciente en la punta de la lengua. Nunca es sincrónico. Y de poco sirve la atención. Mientras te beso, para estar completamente en tu boca, con ansias en amores inflamado, tratando de retener ese momento intenso de intimidad, puedo intentar recordarme a mí mismo: “presta atención: estás besando a Marta”. Pero ya –ay– estoy perdido: me lo estoy recordando. Ningún gerundio es presente; todos los gerundios son un “acaba de pasar”: todos los gerundios, sí, excepto “recordando”. Nunca estoy besando a Marta aquí y ahora; por muchos minutos que la bese sin tomar aliento, y por más que la siga y la siga besando, es algo que ya ha ocurrido mientras ocurre: una sucesión más o menos larga (ojalá sea larga) de “acabo-de besar-a-Marta”, “acabo-de-besar-a-Marta”, “acabo-de-besar-a-Marta”. Nunca “empezamos a”; siempre “acabamos de”. El presente es solo la ocasión o la condición de un recuerdo más o menos vivo y más o menos tranquilo. Como lo normal es estar siempre “acabando de”, sentimos enseguida el dolor de la “incompletud”: la nostalgia de ese minuto que se nos escurrió desde el principio, la insatisfacción de no haber besado a Marta lo bastante. Pero ese dolor es siempre mejor que la nada de lavarse los dientes.

V

Vivimos en el pasado, pero también hacia el futuro, poniéndonos sin descanso por delante de ese lugar donde vivimos recordando el presente. Eso quiere decir la palabra “proyecto”. Esperamos ciertas repeticiones y preparamos ciertos acontecimientos. Nuestro cuerpo está en algún sitio porque vamos hacia alguna parte, con las piernas o con la mente; porque avanzamos por el espacio hacia el futuro. Por el resquicio entre las dos valvas –digamos– llegamos a otro sitio y además al día siguiente. Si el espacio a veces parece insoportable se debe justamente a que es tiempo petrificado que hay que horadar a martillazos para alcanzar nuestra meta: para llegar hasta Marta tengo que atravesar el parque del Retiro; cuando acabo de recorrer la distancia que me separa de Ítaca soy otro hombre y es otro año. El presente ocurre en el pasado y anticipa un futuro del que nos separa no sólo una sucesión más o menos larga de horas que hay que enhebrar sino un prado, una plaza, toda la calle de Alcalá, que es larguísima. Cualquier amante separado de su amada es espontánea y dolorosamente einsteniano: concibe el espacio-tiempo como una unidad rocosa impenetrable, compuesta de granos eleáticos que ningún deseo, por intenso que sea, puede atravesar de un salto. El presente es el pasado más reciente, pero es también el primer obstáculo para llegar a tu casa o para que llegue el verano. Nunca llego a tu casa, nunca llega el verano, es verdad, porque una vez allí ya han pasado. Pero gracias a estas dos tensiones insatisfactorias, hacia atrás y hacia adelante, nos orientamos en el tiempo y no nos sumergimos completamente en la duración intestinal del hábito orgánico sin fronteras.

VI

Pues bien, que el tiempo y la duración, a causa de la pandemia, se hayan cerrado como las valvas de un molusco significa que nuestra vida entera se ha convertido en un hábito: algo que ocurre por debajo de la atención de nuestro cuerpo, en su interior biológico, sin memoria y sin esperanza. Ya no hay espacio entre el filo del tiempo y el filo de la duración por el que pueda caber ni siquiera el dolor de haberte ya besado, el dolor de no haberte besado todavía. Creo que a todos nos está pasando esto de sentirnos temporalmente desorientados; sabemos mal qué secuelas físicas y psicológicas nos dejará. Todo se ha convertido en un permanente “lavarse los dientes” en un día cualquiera. Si orientarse en el tiempo es vivir acciones ya terminadas o aún no comenzadas, nunca “acabamos de” lavarnos los dientes porque lavarse los dientes es una acción que no tiene ni principio ni fin. No deja ninguna memoria ni contiene ningún plan de futuro. No empieza. No acaba. Sencillamente no ocurre. Los últimos nueve meses han sido sin duda los más densos y los más cortos de nuestras vidas: han pasado de una sola vez, en un solo bloque, de un tirón. A finales de agosto, cuando volví a Túnez tras un confinamiento inesperado de seis meses en un pueblo de Castilla, a donde había ido a pasar diez días de vacaciones, lo expresaba así: “Han sido los diez días más cortos de mi vida: han durado seis meses”. Una vez acabe la pandemia, dentro de un año o de dos, no recordaremos nada, porque no habrán pasado un año o dos: habrá pasado una sola unidad de tiempo. Una “unidad de tiempo” no es tiempo: es duración cuajada como un queso, encerrada en una caja de cartón y abandonada sin abrir a nuestras espaldas. O como escribí en un brusco aforismo: “El tiempo es una larga raya de cocaína encima de la mesa. Dios se la esnifa de un solo golpe de nariz”.

VII

Esta coincidencia de las valvas del tiempo y de la duración se ha consumado además a través de las nuevas tecnologías, es decir, de ese confinamiento tecnológico en el que, de algún modo, vivíamos ya antes de la pandemia pero que la pandemia, imponiéndolo a modo de necesidad funcional, ha completado. El confinamiento nos ha liberado del cuerpo convirtiendo las costumbres en hábitos, pero nos ha liberado del cuerpo encerrándolo, simultáneamente, en la duración sin tiempo de la red. Buena parte de nuestra desorientación temporal, asociada a la falta de recuerdos y a la falta de proyectos, tiene que ver con esta comunicación sin cuerpos que del ocio se ha trasladado ahora también al trabajo. Alguien decía con ingeniosa perspicacia filosófica que una reunión de Zoom es como una sesión de espiritismo. Las clases on line, el teletrabajo, las conferencias en streaming nos colocan en un mundo virtualmente desaparecido del que han quedado en el aire, como la imagen del gato de Cheshire, algunas voces dispersas, algunos harapos acústicos. El que habla no habla desde Túnez; el que escucha no escucha desde Zamora. No sabemos dónde estamos ni si hay alguien escuchándonos al otro lado, porque no hay ningún lado; no sabemos si estamos hablando desde el pasado y todo lo que decimos es ya viejuno y reaccionario o si hablamos desde el futuro y estamos profetizando. Esta sensación de que nuestras palabras no están ancladas ni en un lugar ni en una fecha confiere a todos los discursos un aura fúnebre e inútil. No se puede cambiar un mundo que ya no existe. Lo más que podemos hacer en la red es cambiar de cepillo de dientes. 

VIII

Por lo demás, este cierre del tiempo sobre la duración constituye la metáfora más precisa de un capitalismo sin exterior de cuya decadencia tomamos conciencia precisamente cuando nos obstruye todas las fugas. Primero –digamos– se apoderó del tiempo y su resquicio, el espacio; ahora, a través de las tecnologías, se infiltra en la duración. Entre sus valvas, los bárbaros internos –pandemias, catástrofes climáticas– giran sin salida, sustituyendo o sumándose al “terrorismo” como función de la gobernanza global y sus medidas de excepción.

IX

Desorientados en el tiempo, confinados en las tecnologías de la comunicación, se impone una vida de hábitos, completamente animal, que no deja recuerdos y no genera proyectos, privada de costumbres y de acontecimientos; y en la que lo único que podemos hacer es dejarnos durar en la velocidad de las redes. El problema es que los humanos nos habituamos a todo y hay muchos intereses materiales y políticos en mantenernos tecnológicamente confinados para siempre; es decir, desenganchados, desinteresados del mundo. Escribo estas líneas preocupado por esta desorientación temporal que muchos compartimos (una especie de alzheimer social) tras escuchar con horror las bienintencionadas declaraciones del secretario de Estado para el Empleo, Joaquín Pérez Rey, quien ha sabido ver muy bien el carácter “disruptivo” de este “cambio cultural”: “Es necesario empezar a entender que la productividad está desligada de la presencialidad”, dice. Y añade, consciente de que el confinamiento es muy anterior a la pandemia: “Ese elemento hay que romperlo; en cierta medida está ya muy roto y hay que profundizar en él”. Pérez Rey, que hace de la necesidad virtud, ve aquí la posibilidad “de liberar tiempo”, una fórmula “de encomendar tiempo a otros usos, incluso con finalidades distintas a las que habitualmente ordenan el tiempo”. Da mucho miedo: esa ruptura entre productividad y presencialidad, que deja el espacio fuera de la esfera del trabajo, entrega para siempre el tiempo a la duración, que desbordará –está desbordando ya– los moldes del empleo para anegar el conjunto de la vida, incluso la más íntima, y consumar la sustitución de los cuerpos por funciones orgánicas. En el mundo seguirá habiendo algunos cuerpos rotos, algunos árboles quemados, mientras nosotros nos lavamos los dientes en internet.

X

Así que, cuando pase la pandemia, habrá que hacer una revolución no para cambiar la constitución, el gobierno o la economía sino para restaurar la humanidad más elemental: para salir de casa, compartir el espacio, dar un beso, elaborar un recuerdo; para volver al tiempo. Para recuperar, en definitiva, el cuerpo perdido.

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Viernes, 20 Noviembre 2020 06:22

La séptima función del lenguaje

La séptima función del lenguaje

Para Roman Jakobson, uno de los representantes de la lingüística moderna, el lenguaje es un sistema funcional caracterizado por la intencionalidad comunicativa de los hablantes. De tal manera que se puede pasar de manifestar sentimientos a tratar de influenciar o convencer a otros, de transmitir una información a expresar un mensaje de manera bella. Las funciones del lenguaje son seis, pero en nuestro país tal vez se haya descubierto la séptima.

Desde finales de la Guerra de los Mil Días (1899–1902) la oratoria se volvería un recurso para deshumanizar a los vencidos. Ateos, masones, asesinos, apátridas, traidores; son solo algunos de los adjetivos utilizados contra líderes liberales como Rafael Uribe Uribe, que a la postre sería asesinado y cuya alma es condenada públicamente al infierno por el clero de la época.

De los luchadores sociales y trabajadores de las tres primeras décadas del siglo pasado, gente muy rebelde los llama Renán Vega Cantor, se afirmó que eran infiltrados del bolchevismo internacional, propagadores de doctrinas malsanas que estaban contra la sana religión y la moral católica. Se satanizaron sus fiestas (el Primero de Mayo) y se sancionó su cultura como vulgar y contraria al progreso. Al final la Masacre de las Bananeras (1928) fue el culmen de una retórica oficial contra cualquier reivindicación social.

El Bogotazo (1948) estuvo precedido de hechos de violencia en todo el territorio nacional. Mujeres y niños asesinados, cadáveres mutilados y expuestos para el terror de la población, pueblos donde alguno era degollado por no ir a la misa el domingo o por escuchar los discursos de Jorge Eliecer Gaitán en la radio. En esta ocasión la palabra también precedía a la masacre. Se tildaba a los liberales de ateos, asesinos de niños, incendiarios de iglesias. En Antioquia un obispo instaba a la turba a matar a cambio de la entrada directa al cielo, y en Armero –Tolima– un sacerdote clamaba por la cabeza de Gaitán.

En los años sesenta, tras repartir el país entre liberales y conservadores, los campesinos se alzan ante la injusticia de un Estado que los ignora a su suerte. Crean zonas donde, de manera independiente, podrán realizar sus proyectos comunitarios de solidaridad y dignidad. Solo son familias que huyen del hambre y la pobreza impuesta desde arriba por gamonales políticos y delfines. En el Congreso de la República y los medios hegemónicos se vuelven a escuchar las voces de la muerte. Los campesinos no serían más que una plaga levantisca en contra de los legítimos dueños de la tierra, aceptar las “repúblicas Independientes” es permitir la fragmentación de la unidad nacional, la única forma de conservar la paz es con la guerra… el bombardeo a Marquetalia viene precedido de una oleada de odio que justifica la matanza.

Guerrillero, mamerto, rojo, zurdo, izquierdoso, ateo, comunista, agitador. La jerga contra todo el que quiera un cambio social era variada y respondía a una moda continental venida de las dictaduras del Cono Sur y sus aliados en la Escuela de las Américas de Panamá. Los manuales de contrainsurgencia aconsejaban buscar sediciosos en las universidades, asociaciones campesinas, Comunidades Eclesiales de Base, en los llamdos “barrios de invasión" o leyendo en el transporte público. Ellos (todos) eran el enemigo a vencer, para mantener la civilización cristiana occidental…para mantener los privilegios de unos cuantos. A las desapariciones y las sesiones de tortura siguieron las fosas comunes. Los que se perdían en la noche y la niebla ahora no podían ser nombrados, habían perdido incluso su entidad.

Así mataron al cura Camilo, a los estudiantes, a los obreros. Así mataron a la gente de la Unión Patriótica. Al comandante Pizarro que entre sonrisas de esperanza nos daba su palabra para un país en paz…los mataron para no seguirlos nombrando.

Hoy la derecha envalentonada ha normalizado el lenguaje que deshumaniza, que niega al otro, que lo mata antes de que las balas atraviesen su cuerpo. “Te doy en la cara marica”, “terroristas”, “mamertos que todo lo quieren regalado”, “castrochavistas”, “te quitás esa camiseta o te pelamos”. O simplemente “sapo”, “vendido”…”gonorrea”. Nos hemos acostumbrado a leerlo en las redes sociales, lo escuchamos sin asombro en la voz de egregios periodistas y “editorialistas” en la radio. Lo vemos en los noticieros y telenovelas que hacen apología a una cultura de la muerte y el delito.

La séptima función del lenguaje es la deshumanización. Ese poder absoluto que resta dignidad al adversario antes de torturarlo, de asesinarlo, de hacerlo un enemigo público. La palabra creadora ha desaparecido para dar paso a una nueva lengua venida de los confines del odio y la perversidad.

Para Theodor W. Adorno “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” pues la lengua ha perdido su conexión con lo más íntimo de lo humano. Los campos de concentración, esas fábricas de la muerte donde la racionalidad se convierte en una pesadilla, fueron también un cementerio de palabras y de voces. Las víctimas ya habían muerto antes de pasar el amplio portón donde los esperaba el olvido.

“Judío”, “Traidor”, “Enemigo del Estado”, “Homosexual”, “Gitano” …las palabras se convierten en etiquetas para los hombres, después en categorías para delitos y por último en el color de una estrella cosida a un raído uniforme que el prisionero utilizará para trabajar hasta morir…después el horno y la ceniza…la oscuridad y el silencio. El inicio de todo holocausto es la palabra.

Es nuestro deber recuperar la palabra creadora. Caminar con los otros para construir, humanizar y pensar. Esto solo es posible cuando hacemos de nuestro contacto con el mundo una experiencia sentipensante, donde el Otro es mi reflejo y se dignifica a través del don del lenguaje.                 

Es aquí donde la comunicación alternativa y popular asume su función frente a los hombres y mujeres que todos los días luchan, viven y mueren por la utopía posible de una sociedad mejor. La palabra que humaniza, que crea y devuelve la dignidad a los Condenados de la Tierra.

Colectivo Alebrijes

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Martes, 17 Noviembre 2020 05:40

¿Para qué sirve un escritor?

¿Para qué sirve un escritor?

Palabras inaugurales en la XVI Feria Internacional del Libro de Venezuela

 

1

Siempre me he preguntado, al igual que todo el mundo, para qué sirve un escritor. La primera respuesta que  se nos ocurre es obvia: para nada. En otros sitios los literatos motorizan industrias editoriales que ensucian mucho papel y mueven mucho dinero. En un país donde los índices de lectores subieron abruptamente y posiblemente se desplomaron tras el bloqueo, vuelve el escritor a ser fantasma sin aplicación, salvo el arribismo político o el malabarismo burocrático. Esta respuesta es falsa, pero me siento cómodo con ella. Sostener que un ser humano debe servir para algo es  mercantilismo ajeno a la Utopía, donde el Ser se justificará por el prodigio de su propia existencia y sus creaciones. Instalarse en un oficio sin escalafón ni tabla de remuneraciones es conquistar  de manera soberbia una parcela del Reino de la Libertad: del vivir sin deberle a nadie excusas ni plusvalía. Vale decir, la aristocracia sin siervos ni esclavos a la que acceden sólo creadores e indigentes.

2

Me corrijo: el escritor sí sirve para algo, o más bien para todo. Los  seres vivientes acceden a la condición de animales sociales al desarrollar el lenguaje. Abejas, hormigas y delfines disponen de complejos medios de comunicación. El de los seres humanos es el que más depende de la capacidad de invención. De creerle a Noam Chomsky, las estructuras profundas de nuestro lenguaje serían fijas e innatas, pero a partir de ellas hemos desarrollado millares de idiomas y culturas distintas. El escritor  organiza, fija, potencia y preserva las palabras, primero en el mecanismo mudable de la memoria, luego en la trama de los signos preservados en piedra, arcilla, nudos, papel o pulsos electromagnéticos. La palabra dicha es local y fugaz, sin más alcance que la voz y el recuerdo. La reducida a  signos en la escritura aspira a perdurable. Gracias a ella disfrutamos de inagotable  acceso a todo lo dicho desde el comienzo de los tiempos y el confín de las distancias.

3

Sin lenguaje sería  imposible coordinar  conductas humanas; sin escritura, hacer  esta coordinación perdurable. Las palabras no son la realidad, pero erigen  modelos modificables de ella. Las más poderosas  nombran objetos intangibles. Tribu, Aldea, Ciudad, Nación, Religión, República, Estado, son palabras. El escritor incesantemente construye y destruye  la concepción del mundo. Alrededor de textos como la Biblia, las Analectas, la Odisea, el Popol Vuh, el Corán,  El Príncipe o El Quijote terminan de decantarse los idiomas que a su vez definirán naciones. La escritura  fija la realidad fluyente del idioma y mediante él  estabiliza el sistema compartido de valores que llamamos Nación. Cada escritor desarrolla un estilo y cada comunidad una civilización, especie de intangible frontera del cuerpo político. Hay Naciones cuya cultura perdura milenios después de destruido su Estado, y Estados aniquilados porque dejaron morir su cultura. 

4

La naturaleza  se nos hace inteligible a través del lenguaje. Organizamos  vocablos mediante gramáticas cuyas construcciones llamamos filosofías, con las cuales  explicamos el mundo. El universo es sólo  caos de sensaciones hasta que lo ordenamos con el mito, la Historia y las matemáticas. No hay escritor más preciso que quien  traza números, a pesar de que su cosmos está poblado de criaturas insensatas: el cero, el infinito, los números irracionales. No olvidemos al que apunta sonidos y nos interna en orbes musicales  al parecer desprovistos de otro sentido que el de cautivarnos. Pintores y escultores  articulan imágenes y formas, ingenieros y arquitectos palabras  sólidas. Todo lo real fue escritura; pasado su tiempo devendrá Historia.

5

Cuenta Maquiavelo que luego de pasar el día discutiendo con jornaleros y pastores, se encerraba en su biblioteca para conversar con los grandes hombres del pasado. La filosofía no ha encontrado mejor manera de definir el Ser que considerarlo una hilación de ideas, vale decir, de palabras. Seguir el monólogo interior de James Joyce es temporariamente convertirse en él. Mediante la lectura disponemos de mil vidas; mediante la escritura, de la ilusión de ubicuidad e inmortalidad. Sólo muere el escritor cuando ya no es leído; sólo deja de serlo cuando evade su Verdad. Nace muerta la palabra que  expresa adulación o  moda. La venalidad no expresa más que el precio que la compra.

 6

Toda opresión es legitimada por cadenas verbales. Su fin llega cuando son resignificadas las  palabras de sus murallas conceptuales.  Toda Revolución es disparada por la prédica de una Vanguardia Ilustrada. La Revolución Francesa, la Independencia, la Bolchevique, la China, la Descolonización, la Cubana, la Sandinista, la Boliviana,  fueron movimientos explosivos detonados por  mechas de conceptos. El bolivarianismo es  intento de plasmar lo mejor del nacionalismo, el antiimperialismo, el integracionismo, el socialismo del  proyecto de la izquierda de los años sesenta. En vano desdijeron de este último algunos de sus autores. Lo dicho en vida sobrevive a quien muere en espíritu. 

7

Sobre la tierra se baten  a muerte el discurso de la Alienación y el del Reino de la Libertad. Algoritmos de  dividendos deciden hecatombes. Mentes artificiales enuncian palabras digitales que asfixian la esperanza y proscriben el futuro. Cada vocablo que tecleamos es registrado por mecanismos espías y cribado por análisis de contenido.  La información se concentra en un número cada vez menor de softwares. Todo lo que digamos puede ser digitalizado en  contra nuestra. Más de un millar de idiomas hablamos los humanos: las máquinas los han traducido a  uno solo. Mientras construimos el mundo con conceptos los ordenadores lo reducen a data. Debemos aprender idiomas inhumanos que sólo conocen el uno y el cero para defender nuestra patria, que es el infinito. Una vez más, es preciso inventar el lenguaje que nombre la vida. La palabra es nuestra memoria y nuestro consuelo. Nuestro anhelo de arribar al mundo donde, como anticiparon Carlos Gardel y Alfredo Lepera, no habrá más penas, ni olvido.

Por Luis Britto García | 17/11/2020

Fuente: http://luisbrittogarcia.blogspot.com/2020/11/para-que-sirve-un-escritor.html

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Jueves, 12 Noviembre 2020 06:11

Memoria del Caribe

Memoria del Caribe

Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos con base en una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy diversas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.

La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la llamada lógica geográfica.

Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del Golfo de México, desde Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.

El Misisipi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe, y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse.

Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.

Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y españoles peninsulares de la Conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, y los colonos portugueses, los italianos pobres del sur, los judíos sefarditas y los de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del imperio otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.

Y, sobre todo, y éste es un elemento común que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos de África. Por todo el Caribe se multiplicó la población negra y mulata. Y fueron ellos quienes junto con los mestizos pelearon las guerras de independencia, y se diluyeron bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.

Pero la herencia africana es infaltable e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.

Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.

Dónde si no habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière , cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.

Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio ha-bría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.

La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, a El recurso del método, de Alejo Carpentier, a El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, a La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.

Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.

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Elecciones en Estados Unidos: "pueblo de brutos"

"Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur"

 

"La condición de un pueblo embrutecido es peor que la condición de un pueblo de brutos ". 257 años separan esta frase escrita en 1763 por el filosofo francés y creador de la Enciclopedia Denis Diderot de este final de 2020. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos en este momento respira en cada palabra de esa frase. Un pueblo embrutecido elige a un déspota y regala su libertad. La brevedad lapidaria de Diderot retrata magistralmente, más allá de los tiempos, la involución dramática de una sociedad y de una cultura que representó lo más avanzado de la modernidad democrática, muy por encima del cínico almidón europeo. 

Donald Trump boicotea su propio país con la misma filosofía con la que los esbirros de Washington boicotearon nuestras democracias durante un largo periodo del Siglo XX. Sus sicarios se llamaron Pinochet, Videla, Duarte, Bordaberry o Stroessner y diseminaron en los años 70 un tendal de horrores que la memoria colectiva guarda como actos de barbarie encubiertos por la impunidad y la fuerza. De Siglo a Siglo, de Pinochet y Videla a Donald Trump, se derrumba una ficción alimentada por el imperio y surge, potente e íntegra, una fuerza que dio vuelta la historia y puso al Sur de América en el camino de su resurrección soberana y al exportador de crímenes ante los mismos extremos que el expandió. La víctima de esos crímenes tiene las manos en las riendas de su destino. Chile, con el plebiscito para la reforma de la Constitución, se sacó de encima la herencia del autoritarismo, de la violación de la ley y la contaminación de las instituciones con la que Trump ha gobernado e intenta seguir en el poder. La historia vuelve a ser nuestra y respira en el Sur.

Los procesos son simultáneos: Chile se libera y nos libera en lo real y lo simbólico de ese pasado de sicariato, de una Constitución diseñada en Washington, mientras Estados Unidos ingresa en el túnel del tiempo del que Chile acaba de salir: el imperio que exportó muertes, torturas y dictaduras se fabricó un autócrata mentiroso y corrupto que pisoteó todas las leyes y dejará un legado mucho más arraigado de lo que se sospecha: el trumpismo no se acaba con Donald Trump sino que recién empieza. 

En 2020, Donald Trump le agregó 5 millones de votos (68 millones) a los que había obtenido en 2016. Instituciones vaciadas o corrompidas, un Partido Republicano aliado a lo más nefasto que haya existido y orientado hacia la confrontación y la trampa, servicios secretos y organismos de seguridad en el fango y una Corte Suprema cautiva del trumpismo se han instalado por unas cuántas décadas en el corazón de esa democracia degradada. Mientras Chile despedía el legado de la dictadura-cultura que Washington exportó, Estados Unidos entraba de lleno en la era del autoritarismo mesiánico. El renacido espectro de Augusto Pinochet se mudó al Capitolio y allí permanecerá por un tiempo. En el discurso que pronunció cuando prestó juramento (27 de enero de 2017), Trump saludó a aquellos norteamericanos que habían votado por él “para formar un movimiento histórico como el mundo jamás ha visto hasta el momento”. Y allí está, lejos, muy lejos de la “majestad de la democracia norteamericana” con la que el ex presidente Georges Bush saludó la victoria de Bill Clinton en las elecciones de 1993. 

La “majestad” es un trapo pisoteado por un demente en quien millones de votantes siguen viendo un Mesías. Trump es más que Trump: es el interciso a través del cual se ve el derrumbe moral de una sociedad que se cansó de fabricar en el cine héroes morales para terminar eligiendo al actor más acabado de la inmoralidad. El sueño americano se transmutó en pesadilla planetaria. En el abismo entre uno y otro, del sueño a la pesadilla, no sólo cae la puerilidad del mito. En esa caída también se desnuda nuestra mansa y constante rendición a los pies de un modelo cultural, financiero y tecnológico que ha hipnotizado a todo el planeta. Los años durante los cuales, en América Latina y en Europa, se exploraban y realizaban intentos de estéticas soberanas en muchos campos culturales se esfumaron o reciclaron en una dependencia cultural y tecnológica que no tiene precedentes en la historia humana. Jamás hubo tantos millones de seres humanos, oriundos de culturas y geografías tan diferentes como distantes, usando o mirando embobados los productos confeccionados por un mismo imperio. 

La dependencia mental con respecto a Estados Unidos ha sido una abdicación global. Ni siquiera el imperio ha podido controlar sus propias invenciones. Ha acumulado una fuerza imperial tan destructora que ya no tiene armas para protegerse a sí mismo. Una vez más, Facebook, Twitter o YouTube fueron incapaces de frenar o gestionar el flujo de informaciones falsas generado por las elecciones en Estados Unidos y el posterior diluvio de aberraciones difundidas por Donald Trump y sus partidarios. En inglés --únicamente en inglés-- Twitter colgó una advertencia sobre los dudosos mensajes de Trump, pero no evitó su propagación. En cuanto a Facebook, la totalidad de los mensajes mentirosos del mandatario denunciando supuestos “fraudes masivos” están en acceso libre. En español o en francés no hay freno alguno: los repetidores conspiracionistas los traducen y los retwittean con plena holgura. Así aparecieron en español mensajes vistos por millones de personas que hablaban de fraudes en Arizona o denunciaban la presencia imaginaria de milicias de ultra izquierda desplegándose en el territorio norteamericano. Ni hablar de YouTube y sus canales alternativos. 

Las mal llamadas redes sociales han vuelto a probar que son Armas de embrutecimiento masivo (AEM). De esa subcultura surgió Qanon. Este grupo de extrema derecha radical, adepto a la violencia, híper trumpista, antisemita, islamofóbico, anti latino y anti afroamericano funciona mediante mensajes encriptados propagados en la red y cree que existe un Estado profundo manejado por una elite de pedófilos que conspira contra quien es, para ellos, el salvador del mundo, Donald Trump. Ese delirio violento presentó 20 candidatos y uno de ellos ingresó hace unos días a la Cámara baja: la hoy senadora Marjorie Greene (Georgia). Es rubia, racista, pro Qanon, armada hasta los dientes, promotora de una campaña bélica contra los “pedosatánicos” del supuesto “Deep State” y los socialistas. El FBI considera a Qanon como una amenaza terrorista con “capacidades de motivar a extremistas nacionales a llevar a cabo actividades criminales y violentas”. El más perfecto y expandido útil tecnológico engendró un monstruo que se come su propia democracia.

A los verdaderos demócratas de Occidente les vendría muy bien mirar hacia nuestro Sur para reinventarse. Hemos resistido dictaduras asesinas, a las desapariciones, las torturas, al terrorismo de Estado, a las privatizaciones, al colonialismo interior, a los evangelistas liberales, a la expoliación de nuestros recursos naturales, a la deslealtad de nuestras burguesías, a la manipulación de las instituciones, a la corrupción, la impunidad, el subdesarrollo, la desigualdad como filosofía política y a la guerra permanente que, desde el inicio, Estados Unidos le declaró a América Latina. Siempre han estado en guerra contra nosotros. No ha habido presidente norteamericano que no nos haya legado una dictadura. Obama nos dejó el golpe de Estado en Honduras (Manuel Zelaya) y Trump y la OEA la mascarada patética del golpe en Bolivia contra Evo Morales. 

Hemos mirado a los ojos y respirado el aliento de la barbarie durante décadas. Nunca dejamos de ser el sueño colectivo de libertad con la que se forjaron nuestras historias americanas. ¡Qué enorme y sórdida paradoja ! Hoy le toca a la primera potencia mundial y a la democracia piloto luchar por su propia libertad. Y los demás imperios coloniales de Europa están sacudido e invadidos por una extrema derecha violenta y xenófoba que corroe todo lo que roza. La Argentina le está diciendo al mundo mucho más de lo que la confrontación interna y la basura mediática permite escuchar. Bolivia regresó a los tiempos modernos democráticos después de una pausa en el Siglo XIX y Chile desterró los suspiros moribundos de una infamia institucional. Los medios globales miran el Brasil de Bolsonaro, pero la epifanía somos nosotros. Late en ese triángulo mágico del Sur acechado y violentado que ha sabido restaurar y creer en lo que Occidente no cree más. El autoritarismo galopante que se extiende en Occidente contrasta con la lenta pero firme conquista de nuestras libertades. 

El Siglo de las Luces que preside el nacimiento de la democracia occidental se dejó envolver por el sigilo de las sombras. ¿Quién nos hubiese dicho que un fantoche grosero convertiría la Casa Blanca en el Castillo sombrío de una autocracia naciente? El trumpismo nos revela mucho de nosotros porque enfoca, en su fatal contradicción, nuestra potencia emancipadora, los horrores que padecimos por la libertad y la forma irrenunciable en que la fuimos consolidando. También nos demuestra la futilidad de la dependencia y el costo que aún acarrea. 

Hoy es el Sur quien puede ayudar, con las manos abiertas y la memoria sin rencores, al pueblo estadounidense a liberarse. Tenemos mucha experiencia en autócratas formados en Washington. Sabemos, mejor que ellos, cómo salir vivos y libres de la sumisión. No hemos levantado una Escuela de las Américas para capacitar dictadores como lo hizo Estados Unidos, sino desarrollado una práctica democrática con identidad nueva.

Empieza ya un viaje al revés. El Sur le puede transmitir al Norte la ética de la emancipación y la libertad que ese mismo Norte tantas y tantas veces interceptó para su conveniencia. Pueden contar con nosotros. Tal vez, nuestras debilidades e imperfecciones institucionales no nos legitimen ante Occidente. Pero somos hoy un halo de luz. Las sombras que proyecta el imperio iluminan nuestra propia grandeza colectiva, nuestro hondo pasado de violencia importada y nuestra resurrección soberana. Pueblo norteamericano, nuestras fosas comunes, nuestros vuelos de la muerte, nuestros desaparecidos, nuestros hijos robados, nuestros escuadrones de la muerte, nuestros pueblos originarios despojados, nuestras democracias vendidas son parte de la guerra encubierta que las sucesivas administraciones norteamericanas fueron implementando con los lacayos nacionales. Hemos vencido esas vicisitudes sangrientas. En la Argentina hemos hecho justicia y condenado a los criminales contra la humanidad. Tenemos mucha sabiduría acumulada para compartir. Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur.

Por Eduardo Febbro

Desde París.

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Las dos almas de América Entrevista a Patrick Iber

¿Representa realmente Donald Trump a sectores de clase trabajadora? ¿Qué pasó con el voto latino y afroaestadounidense? ¿Cuánto pesó la adscripción religiosa? ¿Cómo queda posicionada el ala izquierda del Partido Demócrata en un futuro gobierno de Joe Biden?

 

Para quienes esperaban una «ola azul», las elecciones estadounidenses dejaron un sabor amargo, aunque las proyecciones acercan a Joe Biden a la Casa Blanca. Si este resultado fue por la fortaleza de Donald Trump o por la debilidad demócrata será motivo de numerosos análisis. En esta entrevista, Patrick Iber, historiador y profesor de la Universidad de Wisconsin, analiza los resultados y las perspectivas que se abren. Es además autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America [Ni paz ni libertad: La Guerra Fría cultural en América Latina] (Harvard up, Cambridge, 2015), escribe en Dissent y New Republic y fue asesor en la campaña de Bernie Sanders para las primarias.

Al menos por lo que sabemos hasta ahora, las encuestas no acertaron con el resultado electoral que anticipaba una holgada victoria de Joe Biden. ¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué hubo momentos en los que se creyó incluso que Trump podía ganar?

Más que una jornada electoral hemos vivido una suerte de temporada de elecciones. Evidentemente hay una fecha de las elecciones, pero en Estados Unidos cada estado tiene la responsabilidad de organizarlas en su territorio. Es decir, no tenemos un sistema federal para organizar las elecciones. Y además, cada Estado tiene distintas reglas. En general, hay tres maneras de votar: por correo, en persona de manera anticipada o el día de las elecciones. Lo que hemos visto es que muchos demócratas han votado con anticipación o por correo, mientras que muchos más republicanos votaron el 3 de noviembre.

Realmente es difícil saber qué sucedió con las encuestas, excepto afirmar que algo similar sucedió en 2016. En aquel contexto, las encuestas daban ventaja a Hillary Clinton y las cosas resultaron muy diferentes. Un fenómeno que se ha hecho evidente es que muchas personas no dicen que votarán por Donald Trump. Sin embargo, hay que dividir la problemática de las encuestas entre lo estatal y lo nacional. En el ámbito nacional, más o menos acertaron. Sin embargo, el problema principal residió en el nivel estatal. En Wisconsin, en el estado en el que vivo, diversas encuestas daban una ventaja de entre 8 y 10 puntos de diferencia en favor de Biden, pero acabará ganando por aproximadamente 20.000 votos, es decir, por menos de un punto.

Esos momentos en los que veía que existía la posibilidad de un triunfo de Trump –o más bien que Biden iba perdiendo– la situación no era, en realidad, la que se percibía. En algunos estados, como Wisconsin o Michigan, no se pueden comenzar a contar los votos emitidos por correo hasta después de terminar el conteo de los emitidos personalmente. Por lo tanto, lo que se veía en los primeros resultados era el voto emitido el mismo día de la elección. Luego, con el conteo del voto emitido por correo, se verificó un aumento significativo del voto demócrata. Esto hace que la acusación de fraude de Trump esté completamente alejada de la realidad. Lo que se verifica, en realidad, es que el voto se desarrolló sin irregularidades en todo el país.

Algunos han escrito sobre la posibilidad de que el Partido Republicano se transforme en un partido conservador con base en la clase trabajadora, incluso más mutirracial que como lo conocíamos, sobre todo proyectando la sociología del voto de Florida, donde al final de impuso Trump.

Se ha hablado mucho del voto latino, especialmente en Florida, donde Trump en efecto ganó el Estado con el apoyo de buena parte de la comunidad latina. Yo quiero insistir en que sin saber los resultados finales es difícil construir un panorama global y completo. El voto latino en Estados Unidos incluye muchas comunidades y estas son distintas entre sí. Hay diferencias entre el voto de origen cubano de Florida y el de origen mexicano de Arizona. En este sentido, fue una sorpresa para muchos el triunfo de Biden en este último estado, considerado bastante conservador durante muchos años. El voto latino sindicalizado en Nevada, por ejemplo, también ha sido muy importante para la victoria de Biden en ese estado. Hay algo de mitología en la idea de que el trumpismo se ha convertido en un espacio multiétnico de clase trabajadora. Pero sí hay que decir que Trump ha tenido cierto grado de apoyo (entre 30% y 35%) en el voto latino y también en el voto asiático. El voto afroaestadounidense, en cambio, sigue siendo mayoritariamente demócrata (alrededor del 90%).

Lo que se evidencia especialmente en el estado de Florida es que el discurso articulado por Trump de que Biden es o bien un socialista o bien un aliado/rehén de los socialistas, ha tenido un impacto bastante fuerte. Hemos visto también la movilización de mensajes a través de Facebook y WhatsApp con fake news en ese mismo sentido. Lo que queda claro es que el discurso antisocialista importante en la base de Trump. Aunque durante los últimos años se ha hablado del racismo como parte del apoyo a Trump –y esto es cierto–, no se trata del único factor explicativo. El Partido Demócrata sigue teniendo ventaja en lo que en Estados Unidos llamamos «minorías» en términos raciales y culturales, pero también sigue teniendo ventaja entre la clase trabajadora. Aun así, se ha percibido que algo ha cambiado en los últimos años: que el nivel de educación influye como un factor importante. Una persona bastante acomodada con educación superior universitaria es mucho más probable que se incline por los demócratas. Esto no es algo que sucediera de este modo en el pasado. Es muy fácil simplificar y afirmar que el Partido Demócrata es un partido de las elites, mientras que el Partido Republicano es un partido blanco de clase trabajadora. La realidad es mucho más compleja y esas categorizaciones no siempre se verifican. En algunos casos, sucede todo lo contrario. Pero hay que indagar más en estas transformaciones.

Para eso hay que mirar los diferentes territorios…

Antes de las elecciones se hablaba mucho de esa posibilidad de que Trump conquistase un porcentaje más alto del voto afroestadounidense, especialmente entre los varones. También se afirmaba lo mismo en relación al voto latino. Lo que se sostenía es que su machismo podía producir cierto tipo de atracción en esas comunidades. Yo no me atrevería a plantear algo firme sobre esta materia porque los resultados finales nos permitirán hacer un desglose para verificar qué ha sucedido y qué no ha sucedido. Sin embargo, es posible hacer algunas conjeturas. Trump no parece haber ganado mucho en torno al voto afroestadounidense, aunque entre las múltiples comunidades latinas sí parece haber tenido ciertos avances, en algunos estados y en algunos sectores. Entre los cubanos y los venezolanos que viven en Florida el mensaje antisocialista es fuerte y penetra en parte de esas comunidades. Sin embargo, el voto puertorriqueño es muy fuerte a favor de Biden, tal como lo han sido el voto haitiano y el voto mexicano. Algo similar sucede con el voto dominicano en Nueva York.

Fuera de Florida, una de las sorpresas ha sido el Valle del Río Grande, en la frontera entre Texas y México. Tradicionalmente esta ha sido una de las zonas más pobres del país y ha tendido a votar a los demócratas. Allí Biden perdió bastante apoyo. En el condado de Zapata, por ejemplo, Clinton había ganado por 30 puntos y Biden perdió. Esa es una sorpresa y muchos están pensando en lo que significa esa merma de votos en un lugar que tiene sus particularidades: se trata de una zona fronteriza en la que buena parte del empleo se genera por lo que podríamos llamar el «complejo fronterizo-industrial». Los mensajes antiinmigrantes tienen cierto eco entre esas comunidades, incluso entre los latinos. Aunque a veces parezca difícil de entender, no es imposible encontrar latinos que abogan por una política de restricción con respecto a la inmigración, sosteniendo que mientras ellos han llegado al país de modo correcto y legal, los otros también deberían hacer lo mismo si pretenden ingresar. En ese sentido, hay que afirmar que se habla mucho sobre el racismo entre la comunidad blanca, dado que esta es la forma racista con mayor impacto político. Sin embargo, se habla menos del racismo contra los afros entre algunos latinos o algunos asiáticos, así como del racismo antilatino de algunos miembros de la comunidad afroestadounidense. Ese tipo de situaciones, aunque no son dominantes, existen.

¿Cómo juega la religión en todo esto? A menudo se piensa en ella de manera un tanto simplista

El discurso progresista en Estados Unidos, que comparto (no me molesta ser identificado como socialista democrático), ha insistido en que el problema fundamental de Trump está constituido por el racismo y la misoginia. Eso no es en absoluto falso. Pero también hay muchos ciudadanos y ciudadanas que no se consideran racistas (y en muchos casos no son blancos) que apoyan a Trump. Parte de esto se vincula con el fuerte apoyo que ha tenido por parte de la comunidad evangélica. Muchos de ellos no comparten su personalidad ni su forma de ser, pero defienden, por ejemplo, su oposición al derecho al aborto. En Estados Unidos el derecho al aborto es el resultado de una decisión tomada por la Corte Suprema en 1973.

Ahora, con una mayoría conservadora, podrían argumentar que esa decisión fue incorrecta y dejar que decida cada estado en lugar de mantener una legislación de carácter federal. Esto es percibido como un logro para parte de esa comunidad, dado que considera que se trata de un punto innegociable. Al igual que el nombramiento de jueces conservadores, no solo en la Corte Suprema. Sin embargo, esas posiciones son sostenidas por personas que no necesariamente se consideran racistas ni participan del supremacismo blanco. Lo mismo sucede con las opiniones sobre los derechos de la población LGTBI, que han sido fuertes ejes de debate por parte del progresismo. Estas cuestiones deben ser tenidas en cuenta, también considerando que parte de la población latina en Estados Unidos tiene estas adscripciones religiosas.

Al mismo tiempo, no podemos hacer generalizaciones sobre el voto religioso. Una de las grandes mitologías que se han construido es la de que el Partido Demócrata es antirreligioso, algo que es estrictamente falso. Biden mismo es un católico devoto y practicante, mientras que Trump no parece ser nada de eso. Trump, tres veces divorciado, no representa los valores defendidos por buena parte de las comunidades cristianas que articulan sus puntos de vista al menos parcialmente como una defensa de los valores y de la familia tradicional. Como ser humano, Biden representa mejor que Trump esos valores.

En ese sentido, cabe mencionar que el voto católico siempre ha estado dividido casi en partes iguales entre demócratas y republicanos. Asuntos como el aborto favorecen el voto a los republicanos, mientras que el discurso sobre la justicia social los acerca a los demócratas. Lo cierto es que, comparado con otros países con niveles más o menos similares de riqueza, Estados Unidos es un país mucho más religioso. Dado que no contamos con una Iglesia privilegiada y establecida del Estado, tenemos una diversidad de prácticas religiosas muy amplia. Y muchos de ellos tienen un compromiso con la justicia social, algo que favorece al Partido Demócrata. Históricamente, personajes como el pastor Martin Luther King han sido clave en este sentido. Al día de hoy, muchas iglesias afroestadounidenses siguen apoyando al Partido Demócrata. Y allí está, entre muchos otros, el caso del Reverendo William Barber II en Carolina del Norte.

Hay que evitar la idea de que el Partido Demócrata es un partido secular, mientras que el Partido Republicano es el partido de los religiosos. Eso no es así. Pero sin embargo se debe prestar atención al factor religioso, porque en muchos casos ha incidido, como comentaba recién respecto al llamado voto evangélico.

¿Cómo queda el sector socialista democrático con estos resultados?

Yo provengo de ese sector y, en tal sentido, apoyé e incluso trabajé para la campaña de Bernie Sanders. Tras su derrota en las primarias, Sanders dio todo su apoyo a Biden para sacar a Trump y, en la mayoría de los casos, los votantes que preferían a Sanders o a Elizabeth Warren apostaron por Biden sin ningún tipo de problema. Yendo a los socialistas democráticos, hemos visto la reelección de Alexandria Ocasio-Cortez por amplio margen y la llegada de algunas otras figuras como Jamaal Bowman. Esto supone la posibilidad de que miembros de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) ocupen posiciones que anteriormente estaban ocupadas por miembros de alas mucho más moderadas del Partido Demócrata.

Durante la campaña, la acusación de Trump de que Biden era un socialista llevó al candidato demócrata a responder que había sido justamente él quien había vencido a Sanders en la primaria. Esto le permitía distanciarse de la acusación, pero generaba una cierta incomodidad para el sector de izquierda del partido. Por un lado, entendían que era una forma de defensa de Biden, pero, por otro lado, no daba total cuenta del giro progresista del partido.

No obstante, hay dos o tres consideraciones que deben ser tenidas en cuenta. Todo indica que Biden terminará siendo electo y que mejoró respecto a la elección de Hillary Clinton en 2016. En varios estados, los márgenes son estrechos, pero en el nivel nacional es una victoria definitiva. Sin embargo, muchos de sus seguidores anticipaban una victoria más contundente de la que realmente se está produciendo. En ese sentido, había cierta esperanza de controlar el Senado, algo que parece que no sucederá (dependerá, probablemente, de una segunda vuelta en Georgia en enero). Por ende, enfrentaremos el riesgo de un gobierno dividido, con el Senado en manos de los republicanos y el Congreso y la Casa Blanca en manos de los demócratas. Esto deja a la izquierda en un problema. Los miembros de primer rango del gabinete de Biden deben ser aprobados por el Senado y Mitch McConnell, líder de los republicanos en la Cámara Alta, ya ha advertido que no aceptará a progresistas. La posibilidad que tenía Biden de colocar en esos puestos a miembros de la izquierda del Partido Demócrata (un sector que ha crecido considerablemente) puede quedar trunca. Y si el Partido Demócrata solo representa a una parte de sus seguidores, se deja afuera a una izquierda que ofreció su apoyo a Biden para sacar a Trump de la Casa Blanca. Esto todavía no ha sucedido aún, pero es una posibilidad cierta. Hay que aclarar, sin embargo, que esto solo es válido para los ministros del gabinete, pero no para los administradores designados por esos ministros. Ellos sí pueden escoger a personas que provengan del ala izquierda del Partido Demócrata sin necesitar la aprobación del Senado.

Muchos votantes de la izquierda demócrata esperaban que, en caso de conquistar el Senado, se pudiera además cambiar varias tradiciones políticas (como el «filibusterismo») y hacer reformas políticas pendientes. Si bien esas posibilidades no existen por el momento, hay que aclarar que la posibilidad a tensionar a Biden por izquierda no ha desaparecido. Los resultados de las primarias demócratas indicaron que Sanders –y la posición política del socialismo democrático– cuentan con un apoyo de entre el 30 y el 35% del partido. Esto le otorga una fuerza significativa a estas posiciones. Tras el fin de la campaña, Biden realizó una serie de encuentros y armó comisiones para la unidad del Partido Demócrata. Esas comisiones tenían a tres integrantes designados por Sanders y a cinco designados por Biden, lo que reflejaba las tendencias partidarias. Esas comisiones publicaron planes políticos estratégicos para ocho áreas, entre las que se destacaban el cambio climático y la política migratoria, entre otras. El resultado reflejó un compromiso entre las distintas tendencias del partido.

Especialmente con la temática del cambio climático, se evidenció que era posible influenciar a Biden y empujarlo hacia una posición más progresista y escorada hacia la izquierda. Si bien durante los debates Biden rechazaba el llamado Green New Deal, presentaba un plan alternativo que es bastante agresivo para enfrentar los problemas climáticos. En tal sentido, creo que los grupos organizados de izquierda tienen cierta esperanza en la posibilidad de influir en la presidencia de Biden. La complicación, claro, es, tal como mencionaba, el Senado. Es decir, se trata de una complicación institucional desarrollada desde fuera del Partido Demócrata.

Resulta interesante que en Florida, mientras ganó Trump, los electores votaron por amplia mayoría, en referéndum, un asalario mínimo que deberá llegar tendencialmente a 15 dólares la hora, lo que hasta hace poco era una consigna limitada a la izquierda, ¿cómo se entiende eso?

Hace relativamente poco, Fox News –una de las principales cadenas televisivas de la derecha– realizó una encuesta entre sus espectadores. El resultado fue algo sorprendente. La mayoría apoyaba la intervención estatal en salud y defendían la posibilidad de un salario mínimo. Estos dos temas han sido sistemáticamente atacados por la derecha y, de hecho, constituyen parte de la agenda de la izquierda. En tal sentido, la pregunta que debemos hacernos es por qué si hay apoyo para ese tipo de políticas, tantos ciudadanos deciden, igualmente, no votar a los demócratas que las impulsan. Carezco de una respuesta clara, pero es probable que sean reactivos a otras cuestiones propias de los demócratas. En particular, a ciertos discursos progresistas sobre otras esferas. Es claro que hay un «temor al socialismo» en ciertos grupos en el país, pero también hay un sector bastante extendido al que podríamos calificar como poseedor de «sentimientos antiprogresistas».

Estos sentimientos son realmente una fuerza en la política y hacen que la oposición, por ejemplo, a las políticas de diversidad, pesen más que las coincidencias con respecto al rol del Estado en ciertas materias. Eso puede llevarlos a votar a Trump. Yo creo que si Trump hubiese sido un poco más inteligente, habría impulsado un programa más populista en términos económicos. Pero hay que subrayar que el Partido Republicano no es un populista en términos económicos, sino neoliberal. Es probable que Trump habría podido torcer por lo menos parte de ese rumbo. En ese caso, podría haber sido antiprogresista en términos culturales (manteniendo su oposición a lo que llama la «cultura liberal») pero populista en términos de una defensa más real de la clase trabajadora. Sin embargo, no lo hizo, y aún así, pudo expandir su base político. El Partido Demócrata va a tener una oportunidad para demostrar que su gobierno puede beneficiar a la mayoría de la población. Pero el trumpismo, con o sin Trump, seguirá vigente. Esa es una de las cosas decepcionantes de esta elección. Hemos sacado un líder con tendencias autoritarias, lo cual no es poco, pero las tendencias autoritarias en el sistema de gobierno, y en la población, siguen presentando una amenaza.

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